Parte de los soldados eran españoles de la Península, pertenecientes al batallón de Voluntarios de Cataluña, y el resto jinetes del llamado «Presidio de las Californias», que llevaban por arma defensiva la «cuera», casaca de varios pellejos de venado superpuestos, casi impenetrable á las flechas de los indios, y la «adarga», fabricada con dos pieles crudas de toro, escudo que manejaba el jinete con su brazo izquierdo para defenderse él y su caballo de los golpes. Llevaban también, cayendo á ambos lados de la silla, sobre sus muslos, dos cueros rígidos, llamados «defensas», que les cubrían las piernas para no lastimárselas cuando hacían correr sus caballos entre los matorrales. Esgrimían diestramente sus armas, consistentes en lanza y espada de gran anchura, llevando además una escopeta corta en el arzón. Eran hombres de mucho aguante y sufrimiento en la fatiga, obedientes, resueltos, ágiles, y su jefe Portolá los tenía «por los mayores jinetes del mundo y los soldados que mejor ganaban el pan del augusto monarca al que servían».
Tuvieron que luchar con la tierra y las enfermedades más que contra los hombres. Los indígenas intentaron cerrarles el paso, pero no osaban combatirles resueltamente. Los padecimientos fueron grandes para abrirse camino en esta tierra que por primera vez recibía la huella de los hombres blancos. Además sufrieron mortales enfermedades á causa de la mala alimentación, y las tripulaciones del par de paquebotes que seguían la costa se vieron diezmadas por el escorbuto.
Portolá, con su tropa dividida en dos secciones, marchó y marchó durante varios meses, pues sus jornadas sólo podían ser breves en un suelo tan abrupto.
Al fin, el 2 de Noviembre, al detenerse los exploradores en un altozano, vieron una especie de mar interior del que emergían varias islas y que venía á perderse tierra adentro, formando marismas. La bahía de San Francisco acababa de ser descubierta. Lo que los navegantes no pudieron ver nunca por mar, lo había hallado casualmente un capitán de dragones.
La expedición tuvo que retroceder á su punto de partida, ó sea á San Diego, sin haber encontrado el puerto de Monterrey, ni á la ida ni á la vuelta. Al avanzar hacia el Norte, lo dejó á su izquierda, sin darse cuenta de ello. De regreso, no creyó necesario Portolá entretenerse buscando el fondeadero descubierto por Vizcaíno siglo y medio antes. Él había hallado algo mejor.
—Me imagino lo que debió decir el capitán de Gerona al juntarse con el padre Serra en San Diego: «No he encontrado Monterrey, pero en cambio traigo un puerto como no hay otro en el mundo.» Y como Gálvez había autorizado al padre Serra para dar el nombre de San Francisco de Asís, patrón de su Orden, al lugar que considerase más importante entre todos los descubiertos por la expedición, decidió el fraile que la hermosa bahía se llamase para siempre San Francisco.
Mascaró siguió contando el resto de la vida de don Gaspar de Portolá. Su misión había terminado, y como eran otros los que debían colonizar las tierras exploradas por él, volvió á su comandancia de la Baja California. El gobierno lo hizo teniente coronel por esta expedición y gobernador de Guadalajara, en Méjico. Luego regresó á España, llegando á coronel de un regimiento de coraceros que guarnecía Aranjuez, donde estaba la corte. Y allí murió en 1806, dos años antes de la invasión de España por Napoleón.
—Tal vez se acordó muy de tarde en tarde de aquella bahía enorme contemplada desde una altura y á la que volvió la espalda para no verla más. ¿Cómo podía adivinar que iba á fundarse allí la ciudad más grande del Pacífico, una de las más famosas de la tierra, cincuenta años después de su muerte, y que esto inmortalizaría su nombre?
El coronel Portolá se fué del mundo sin sospechar que sería célebre, más célebre que muchos conquistadores de la época heroica que realizaron hazañas inauditas, pero tuvieron la mala suerte de descubrir tierras de América que hoy arrastran una vida decadente ó están completamente olvidadas. Los nombres de estos héroes son cada vez más obscuros, según se va hundiendo el país que descubrieron y colonizaron. En cambio, el nombre de Portolá, descubridor de San Francisco, va unido al de una metrópoli cuyo crecimiento parece ilimitado.
—Algún día—dijo Mascaró—, el núcleo vital de la civilización humana, que fué pasando de Asia á Europa, y ahora empieza á trasladarse de Europa á América, saltará á las grandes islas del Pacífico y al Extremo Oriente, siguiendo su movimiento orbital. Y entonces San Francisco será el heredero de París, de Londres, de Nueva York.
Describió el catedrático la organización del nuevo territorio. Se fundaban en él cuatro presidios: Monterrey, San Francisco, San Diego y Santa Bárbara.
Al notar la extrañeza de alguno de sus oyentes, se apresuró á añadir:
—Presidio, en español, significa «lugar fortificado», lugar con guarnición. Así se entendió siempre, hasta hace un siglo. Pero al ser enviados delincuentes á nuestros presidios de África, ó sea á las plazas fortificadas que tenemos allá, la gente empezó á usar «presidio» como sinónimo de cárcel ó penal.
Se fundaban tres pueblos, uno de ellos «Nuestra Señora la Reina de los Angeles», aglomeración de chozas en torno á una humilde iglesia franciscana, que servía de núcleo á la moderna y hermosa ciudad de Los Angeles. Luego, los frailes, bajo la dirección ferviente de Junípero Serra, creaban veintiuna Misiones, á una jornada de distancia entre ellas, cordón de pequeños conventos con aldeas de indios adjuntas, que se extendía desde San Diego de Alcalá, junto á la actual frontera de Méjico, hasta más arriba de San Francisco.
El catedrático había contemplado la estatua colosal de este civilizador evangélico en el parque de la Puerta de Oro, el paseo más hermoso de la gran ciudad californiana. Las Misiones fundadas por el padre Serra habían educado á los indios con más desinterés que las antiguas Misiones jesuíticas del Paraguay, limitándose á su obra instructiva, sin soñar con la constitución de un Estado teocrático.
Muchos de estos frailes eran nacidos en las orillas del Mediterráneo, como el mallorquín que los dirigía, y pretendieron repetir sobre la fértil tierra californiana los jardines del Levante español. El naranjo creció por primera vez en esta parte de América, como en los huertos de Mallorca y de Valencia.
—Los primitivos maestros de los cultivadores californianos, célebres ahora en el mundo entero—siguió diciendo Mascaró—, fueron los frailes venidos de España. Esta colonización es la única de toda América que no se vió precedida por guerras y derramamientos de sangre. Los misioneros tuvieron que luchar mucho con el espíritu receloso, burlón y astuto de los indios de California; pero lentamente, gracias á sus lecciones de agricultura y de medicina y á otras ventajas de la cultura aportada por ellos, acabaron los discípulos del padre Serra por atraerse á las tribus errantes, instalándolas en torno á sus fundaciones.
Esta Arcadia mística y agrícola duró menos de medio siglo y no tuvo tiempo para desarrollar toda su obra civilizadora. Además, una serie de epidemias afligieron á muchas de las Misiones, dispersando ó destruyendo sus nacientes núcleos de población.
Cuando Méjico se declaró independiente, separándose de España, los nuevos gobernantes legislaron desde la capital de un modo uniforme, lo mismo para las ciudades próximas que para las Misiones remotas, sin pensar que éstas vivían más lejos de su gobierno que Méjico vivía de Europa. Los decretos de secularización dieron fin á los días pastorales de las Misiones. Éstas fueron disueltas; los frailes se marcharon; los indios se esparcieron, volviendo los más de ellos á la barbarie, y las iglesias franciscanas fueron derrumbándose, hasta convertirse en tristes y pintorescas ruinas.
Quedaron como únicos señores del país y representantes de la civilización blanca los dueños de «haciendas» y «ranchos», los caballeros de origen español, hijos ó nietos de empleados y militares, y pasaron muchos años de paz y obscuridad sobre la tierra explorada por el capitán Portolá.
La República de Méjico, viviendo entre incesantes revueltas, enviaba gobernadores á California, pero las más de las veces, al llegar éstos á su destino, después de un viaje de muchas semanas, ya no existía el gobierno que los había nombrado. La autoridad de Méjico era puramente nominal. Los vecinos acomodados de Monterrey y los «rancheros» de las antiguas Misiones llevaban una existencia en realidad independiente, gobernándose por sí mismos, con arreglo á las costumbres.
Al ocurrir en 1846 la guerra entre Méjico y los Estados Unidos, un comodoro norteamericano echaba á tierra su gente en Monterrey, izando la bandera de su República sin encontrar obstáculos. Los californianos que habían vivido alejados de Méjico no se creyeron en la obligación de oponer una desesperada resistencia.
Poco después ocurrió en esta tierra uno de los sucesos más ruidosos del siglo XIX. Siempre habían circulado vagos rumores de que la California era un país abundantísimo en oro. Estas noticias ya legendarias databan de siglos. Los primeros conquistadores españoles las habían conocido, guiándose por ellas en las soledades del llamado Nuevo Méjico y de Arizona. Pero durante doscientos años, los que avanzaron á través de las belicosas tribus de apaches y navajos, y los navegantes exploradores de la costa californiana, jamás obtuvieron una pepita del precioso metal. Dos años después de haberse apoderado de Alta California la República de los Estados Unidos, ocurrió por obra de la casualidad, y con la sorpresa ruidosa de un golpe teatral, el descubrimiento ansiado.
—Todo en California—continuó el catedrático—fué obra del azar. Los pilotos españoles que exploraban la costa en demanda de un puerto pasaron y repasaron, durante dos siglos, frente á uno de los más grandes del mundo sin verlo nunca, y su descubrimiento fué obra de un soldado terrestre que no lo buscaba. Hernán Cortés, y otros después de él, perdieron su fortuna y algunos de ellos su vida buscando un oro del que hablaban los indígenas en sus cuentos, y que nunca pudieron encontrar. Y cuando al fin la casualidad descubrió la riqueza aurífera de dicho suelo, éste ya no pertenecía á España.
Don Antonio hacía consideraciones sobre la fecha del descubrimiento del oro en California. Si tal hallazgo lo hubiese realizado siglos antes cualquiera de los exploradores marítimos, la codicia y el espíritu de aventura habrían aglomerado la gente blanca en California, constituyéndose una colonia fuerte y numerosa, como en Méjico, en Perú y otros lugares de la antigua América española. En tal caso no habría bastado el desembarco de un simple comodoro en el fondeadero de Monterrey para adueñarse del país.
—Los Estados Unidos—añadió Mascaró—habrían tropezado con otra República de Méjico establecida al Oeste, en lo que son hoy sus Estados del Pacífico, como hoy tropieza con la que tiene al Sur.
Pero la ironía de la Historia guardó oculto el oro californiano en el curso de doscientos años de tenaz rebusca, para no mostrarlo hasta después de la fecha en que la marina de los Estados Unidos se apoderó de Monterrey, ganosa de adquirir un puerto en el Pacífico.
Fué en 1848 cuando Sutter, un oficial suizo que había servido á los reyes de Francia, emigrando luego á California al ocurrir la caída de los Borbones, descubrió cierta cantidad de oro al abrir un nuevo canal para su pequeño molino cerca del río Sacramento. Nunca se conoció una noticia de efecto tan instantáneo y enorme. En pocos días se despoblaron las ciudades, las aldeas, los «ranchos» de California, y hasta se desbandó en parte el pequeño ejército de ocupación enviado por los Estados Unidos. Todos querían ser mineros, esparciéndose por montes y valles en busca de oro. Antes de que terminase el año habían llegado miles y miles de hombres procedentes del Estado de Oregón, del vecino Méjico y del lejano Chile.
Al circular las cartas de los primeros mineros por los Estados de la República Unida existentes al otro lado de los montes Alleghanys, ó sea á orillas del Atlántico, la fiebre del oro se apoderó de los ciudadanos yankis. Hasta entonces este metal había sido únicamente de España. Ahora les llegaba su vez á los Estados Unidos de la América del Norte, y el regalo del destino era enorme, como nunca se había visto en la Historia.
Todos los hombres enérgicos y atrevidos de la tierra se lanzaron hacia este nuevo Eldorado, más positivo y seguro que el de las leyendas de la conquista española. Hubo semana que desembarcaron diez mil inmigrantes en las playas de California. La bahía descubierta por el capitán Portolá vió llegar buques con toda clase de banderas que derramaban en sus orillas aventureros de diversos colores, hablando todos los idiomas.
Las dificultades geográficas para llegar á este país, que parecían insuperables hasta poco antes, fueron vencidas por el alud humano. California pertenecía á los Estados Unidos, pero esta República tenía concentrada su vida á orillas del Atlántico, y sus habitantes, para llegar á la ribera del Pacífico, necesitaban atravesar toda la anchura de la América del Norte, casi inexplorada, con tribus belicosas que oponían una resistencia sangrienta al avance del hombre blanco.
—Hace setenta años nada más—dijo Mascaró—, donde hoy existen ciudades que asombran por sus gigantescos edificios, el indio errante clavaba su tienda de cuero y se erguía orgulloso mirando las cabelleras de enemigos que adornaban su cintura.
Largos convoyes de carretas que hacían oficio de casas emprendieron la marcha por el centro de la gran República, siguiendo las riberas de los ríos: oasis lineales á través de la inmensidad árida ó silvestre. Los avances de la gente atraída por California sirvieron para acelerar la colonización y civilización del centro del país. Pero la mayoría de los aventureros, como tenía prisa en conquistar la riqueza, tomaba el camino más corto, que era geográficamente el más largo, embarcándose en cualquier puerto del Atlántico para dar la vuelta á América por el cabo de Hornos y remontar el Pacífico hasta California.
El comercio, seducido por las ganancias fabulosas del país del oro, también adoptó esta ruta, tenida al poco tiempo por ordinaria, y que representaba, sumando las dos navegaciones á lo largo de ambas costas de América, un viaje casi igual á la circunnavegación del globo terráqueo.
Entonces empezó la famosa era de los clippers americanos, el esfuerzo más audaz realizado por los hombres desde el día que se lanzaron sobre las olas montados en maderos y dando al viento un pedazo de tela. Como todo armador ó capitán quería dar la vuelta á América llegando á California en menos tiempo que sus rivales, se estableció entre ellos una lucha de construcción naval, creándose el clipper, buque que extremó temerariamente las dimensiones de su velamen y la estrechez de su casco, con menosprecio de las leyes de estabilidad. Estos buques realizaron rápidas travesías que poco antes hubiesen parecido inverosímiles.
Sus capitanes tuvieron por aliados al vendaval y la tempestad. Las velas se rasgaban ó eran arrebatadas por el viento, antes de pasar por la vergüenza de amainarlas. Algunos, al acostarse, ponían candado á ciertas partes del cordaje de su clipper, para que nadie pudiese disminuir el velamen mientras ellos dormían. El diablo, excelente amigo, cuidaría del rumbo durante su sueño; y si se iban al fondo, que fuese con toda la lona desplegada, para llegar más pronto á las entrañas del mar. Cada capitán quería ver San Francisco varios días antes que los otros clippers que seguían el mismo rumbo.
Valparaíso, puerto de descanso para los buques que habían doblado el cabo de Hornos luchando con el terrible Oeste, vió la llegada de muchos de estos clippers con la arboladura hecha astillas, rasos como pontones y sin otro gobierno que un velacho de ocasión. Los barcos envejecidos, los aventureros de madera y cobre que habían navegado por todos los Océanos, emprendían su última travesía con rumbo á California, lo mismo que los aventureros de carne y hueso. Resultaba magnífico negocio llevar hasta la tierra del oro estos cascarones destinados á pudrirse en un puerto. Las mercancías de su cargamento eran vendidas antes de salir de las calas. Sus tripulantes, reclutados para un solo viaje sin obligación de retorno, se echaban á tierra inmediatamente para dedicarse á la busca de oro. El veterano del mar era puesto en seco, y se disputaban su compra los nuevos ricos del país para convertirlo en hotel, en almacenes ó en oficinas. Había que hacer rápidamente las cosas en este país maravilloso. Cada día de ocio representaba montones perdidos del precioso metal. Nadie quería ser albañil ni ocuparse en construcciones. Los millonarios vivían en chozas de adobes ó en simples tiendas. Comprar un barco viejo era adquirir instantáneamente un palacio maravilloso.
Los clippers veloces y los pesados buques de carga completaban sus tripulaciones en Valparaíso. El chileno, andariego y aficionado por tradición á la minería, fué el americano del Sur que más pronto sintió la atracción de California, embarcándose como marinero para hacer el viaje gratuitamente. Una vez allá, se esparció por la tierra del oro, con la ilusión de dar un golpe de piqueta de los que convierten, en el espacio de un minuto, á un aventurero hambriento en multimillonario.
Mascaró describía la maravillosa transformación de San Francisco, metrópoli californiana. Cuando el molinero del Sacramento encontró el primer puñado de oro, la bahía descubierta por Portolá sólo tenía junto á su boca la aldea de Sausalito, el ruinoso y abandonado fuerte de la época española sobre la colina llamada del Presidio, y á un lado la antigua Misión de Dolores, grupo de chozas en torno á una pequeña iglesia. Esto era todo.
En pocos años surgió la ciudad de San Francisco. Primero fué de madera, como todo pueblo improvisado; luego de albañilería, extendiendo sus límites hasta absorber lo que antes eran aldeas alejadas unas de otras, y actualmente figuraba como la primera ciudad del Pacífico.
Sus rascacielos, rivales de los de Nueva York, hundían su cúspide en las nubes; su puerto alineaba muelles y almacenes en una extensión de varios kilómetros. En la ribera opuesta de la bahía existían importantes ciudades, como Oakland, Berkeley y otras. Eran á modo de prolongaciones de la vida de San Francisco. Hacían recordar las raíces de ciertos árboles gigantescos que perforan el lecho de los ríos y pasan á la ribera opuesta para resurgir y crecer como árboles filiales, saludando desde lejos con el movimiento de sus ramas al árbol progenitor.
La tierra y el fuego querían destruir esta obra prodigiosa y rápida de los hombres. La ciudad se había incendiado repetidas veces. El suelo temblaba periódicamente, con intervalos de pocos años. Los terremotos de San Francisco eran famosos por su frecuencia; pero á continuación de estos cataclismos, la ciudad resurgía sobre cimientos más sólidos, más extensa, más alta, yendo desde la Puerta de Oro hasta el término de la bahía, haciendo pasar sus tentáculos urbanos bajo el lecho del mar interior, para asomar sus extremidades en la orilla de enfrente.
Sus casas, altas como torres, perforaban las nieblas que sorprendían á veces este país solar, cubriendo con sus velos el marítimo paisaje. Pero un capricho del viento rasgaba el brumoso telón, dejando visibles otra vez la verde planicie de la bahía agujereada por sus islas, el azul del cielo, y entre ambos colores la línea gris y rojiza de la orilla opuesta, con la blanca torre de la Universidad de Berkeley, igual á un faro lejano.
Como la ciudad, en su desdoblamiento incesante, había escalado las montañas inmediatas, muchas calles eran de una pendiente violenta, que obligaba á cortar sus aceras en escalones, circulando por estas cuestas tranvías y automóviles con la horizontalidad trastornada, lo mismo que los vehículos funiculares. Apenas cerraba la noche, el vacío lóbrego del cielo era poblado por los anuncios luminosos, con una muchedumbre quimerática y parpadeante: duendes de grotescos saludos, caricaturas gesticuladoras, vehículos rojos que rodaban sin cambiar de sitio, dragones verdes, aves de paradisíaco plumaje. Hasta los templos ayudaban al esplendor de este segundo día artificial que reinaba sobre las techumbres, colgando del muro enlutado de la noche cruces gigantescas formadas con gruesos diamantes eléctricos.
—Cuando yo estuve en «Frisco», como llaman los californianos por abreviación á su ciudad—siguió diciendo don Antonio—, me acordé muchas veces del coronel de los coraceros del rey, don Gaspar de Portolá, muerto en Aranjuez en 1806. Me lo imaginaba resucitando en 1906, cien años después, para contemplar cómo es ahora la bahía que él descubrió ó para ver San Francisco en plena noche. Creo que, de ser posible esta resurrección, habría vuelto á morirse inmediatamente, de sorpresa y de asombro.
El recuerdo de la época española de California hizo emprender á Mascaró un nuevo relato.
—Hay una California romántica... Tú has estado allá, y debes haber oído contar la historia de Concha Argüello.
Balboa, después de quedar con los ojos en alto y la frente contraída como si esforzase su memoria, hizo un gesto afirmativo. Recordaba vagamente estos amores novelescos, que le había contado muchos años antes una señora vieja de Monterrey. Pero como Florestán y Consuelito, algo aburridos por la historia del lejano país, parecieron animarse con el anuncio de esta novela de amor, Mascaró siguió hablando.
Él había visitado «el Presidio», la parte militar de San Francisco, donde están acuarteladas las fuerzas de su guarnición, por ser tradicional este emplazamiento desde la época española. Había visto cómo en el lugar que ocupó el antiguo fuerte se conservaba la casa del gobernador español, edificio de un solo piso, con paredes de adobes y techo de tejas curvas, formando gran alero para defender de la lluvia y el sol las puertas y las rejas. Era una casa igual á todas las antiguas de Méjico y otros países hispano-americanos. La comandancia norteamericana la había reparado para que no se derrumbase, pero respetando sus líneas originales. Una placa de bronce junto á la puerta recordaba que allí habían vivido los jefes españoles del antiguo Presidio de San Francisco.
En 1806, cuando moría Portolá en España, era gobernador de este fuerte el capitán don José Darío Argüello, y un hijo suyo, igualmente oficial, le ayudaba á vigilar el Presidio de Monterrey, reemplazándose los dos en el cuidado de ambas plazas. El capitán tenía una hija de quince años, María de la Concepción Argüello, nacida en el Presidio de San Francisco y bautizada en la cercana Misión de Dolores.
—Yo me la imagino vestida con arreglo á las modas españolas de aquella época: falda hueca y corta, breve pie con zapatito de seda y cintas cruzadas sobre la media blanca, la carita de un moreno pálido, dos rizos en espiral como virutas entre las orejas pequeñas y los ojos aterciopelados, profundamente negros, y sobre el torreón de su cabellera abundante una gran peineta de concha. En días de fiesta, cuando bajaba á la iglesia de los Dolores, donde la habían bautizado, colocaría sobre la peineta el calado pabellón de una mantilla negra. Al estar sola en su casa, sus brazos redondos, con graciosos hoyuelos en los codos, se estiraban, desperezándose elegantemente, fuera de las abombadas mangas de farol, y sus manos, libres de guantes ó mitones, hacían repiquetear unas castañuelas, acompañando el rítmico movimiento de sus pies.
La hija del gobernador del Presidio de San Francisco amaba el baile; pero su recato de doncella católica y bien criada le hacía buscar la soledad para entregarse á este placer. Bailaba para ella misma, haciendo sonar junto á sus oídos las castañuelas, horas y más horas, como si éstas hablasen, contántole secretos de un mundo lejano. Muchos afirmaban que en la exuberancia de su alegría infantil prefería bailar ante las imágenes santas mejor que rezarles oraciones, por creer que de este modo expresaba más sinceramente su veneración.
Un día, estando el gobernador Argüello en Monterrey, llegó á la bahía de San Francisco una fragata rusa, que tenía por nombre Juno. Este buque lo mandaba un aristócrata de San Petersburgo, un chambelán del zar Alejandro I, llamado Nicolás Rezanov. Viajaba á lo largo de la costa de California con pretexto de exploraciones científicas, y por esto iba á bordo un sabio alemán llamado Lansdorff, que dejó escrito un libro sobre dicha expedición.
La llegada de un buque ruso á la bahía solitaria de San Francisco, visitada únicamente por los paquebotes de la marina de guerra española y algunos barcos de cabotaje procedentes de Méjico, era un suceso extraordinario, y el gobernador Argüello, al recibir la noticia, se apresuró á volver al fuerte de dicha bahía, llamado de San Joaquín. Inmediatamente se dió cuenta de que el gran señor ruso estaba preocupado por cosas muy ajenas á una exploración política.
—Veo desde aquí á Rezanov—dijo el catedrático—. Era indudablemente el tipo del galán romántico que existió á principios del siglo XIX, con aire melancólico y algo «fatal», un personaje como los de Lord Byron, Madame Stael y otros autores de la época, héroes sentimentales y trágicos, de piernas musculosas apretadas por el pantalón de punto, levitón con esclavina, cara pálida y el cabello alborotado, como si lo agitase un huracán invisible. Desde la primera vez que bajó á tierra sintió en su corazón el repiqueteo de aquellas castañuelas que acompañaban á todas partes á la hija del gobernador.
Durante diez días, el fuerte de San Joaquín, lugar aburrido y monótono, presenció continuas fiestas. Sonaron guitarras y cantos junto á los cañones de bronce asomados á las troneras de piedra, para reflejar sus negras gargantas en las aguas de la bahía. Las niñas de la colonia intercalaban el «barrego», danza del país, con el fandango y el bolero venidos de España. Los marinos rusos enseñaban á las californianas el vals, baile de Europa que sólo tenía unos cuantos años de existencia y representaba entonces una gran novedad.
El chambelán Rezanov aprovechaba todas las ocasiones para hablar á solas con la bulliciosa Conchita, acariciándola con los ojos mientras la muchacha continuaba su charla de pájaro inquieto. Una mañana pidió al comandante del fuerte una entrevista secreta, y cuando el viejo soldado esperaba oir alguna proposición política para su gobierno, el prócer le manifestó simplemente su deseo de casarse con su hija y la conformidad de ésta. Pero por ser él dignatario de una corte, necesitaba la licencia de su emperador é iba á partir cuanto antes para obtenerla.
Sólo pidió que le concediesen dos años para cumplir su palabra. Volvería en dicho plazo á California, dando la vuelta al mundo.
Este marino amoroso, que tenía diez ó quince años más que Conchita y estaba acostumbrado á largas navegaciones y lances de guerra, consideraba empresa ordinaria atravesar medio planeta yendo en busca de un monosílabo de su emperador y seguir luego su viaje cruzando la otra mitad de la tierra, hasta volver allí mismo. De San Petersburgo iría á Madrid como enviado extraordinario de su zar, para desvanecer todo error de comprensión entre las dos naciones, con motivo de su visita á California. Luego de vivir algunas semanas en la corte de Carlos IV, dirigida entonces por el favorito Godoy, se embarcaría con rumbo á Veracruz ú otro puerto de Méjico, encaminándose desde allí á San Francisco para unirse á su prometida.
Quedó el capitán Argüello confundido y emocionado por su futuro parentesco con este personaje que era amigo del zar y pronto sería amigo de su rey. Vió tal vez á su hija viviendo en la corte de España como embajadora de Rusia, paseando por los jardines de Aranjuez en días de gran fiesta, cuando corrían sus fuentes á imitación de las de Versalles. Y él se vió también gobernador general de toda la California, ó funcionario aún más poderoso en la ciudad de Méjico.
Rezanov tenía prisa, y una tarde de Mayo la Juno levó anclas, poniendo la proa al Norte, hacia la América rusa, situada frente á Siberia. La blanca fragata saludó al fuerte de San Joaquín con siete cañonazos, y éste devolvió el saludo enviándole nueve.
Lloraba la gentil bailarina con el pañuelo ante sus ojos, agitándolo luego húmedo de lágrimas. El gobernador y las personas importantes del Presidio se inclinaban quitándose los sombreros para contestar á las aclamaciones de la tripulación rusa, cada vez más lejanas.
—Y Rezanov no volvió nunca... Concha Argüello esperó más de treinta años, sin recibir noticias suyas. Huyeron de ella la frescura y el regocijo de la juventud. Luego perdió completamente su belleza. Fué una mujer avejentada por el dolor, seca y dura por las privaciones de la austeridad, pero nunca olvidó al hombre blanco, rubio y grande que había pasado por su vida como un personaje novelesco. Sólo había llenado con su presencia diez días de la historia de ella, pero estos días pesaban más y emitían mayor luz que todo lo que llevaba vivido... Tardó treinta y seis años en saber que su novio había muerto pocos meses después de separarse de ella. Le creyó por tanto tiempo infiel y olvidadizo, esperando vagamente su arrepentimiento y su vuelta... Y el otro no era mas que un cadáver, luego un esqueleto, y finalmente un montón de huesos, que poco á poco iba disgregándose en el seno de la tierra.
El romántico personaje había desembarcado en la costa de Siberia, emprendiendo su viaje á través de la Rusia asiática. Una caída de caballo le hizo morir repentinamente en Ojotsk, pequeña ciudad perdida entre las nieves, que es ahora una estación del ferrocarril Transiberiano.
Lansdorff, el sabio alemán que iba en la Juno, visitó al año siguiente su tumba, y escribió un libro sobre la expedición, contando entre otras cosas la novelesca historia de Rezanov y Concha Argüello, hija del gobernador del Presidio de San Francisco.
Esta historia de amor fué muy leída, y el público de Europa conoció la verdad muchísimos años antes que la principal interesada. Todos sabían la muerte del chambelán Rezanov cuando iba camino de San Petersburgo para pedir á su emperador licencia de casamiento; todos menos Conchita, la californiana de las castañuelas, que seguía esperándole.
San Francisco era entonces el último rincón de la tierra. Sólo algún buque explorador podía llegar á sus aguas desiertas. Ningún libro de Europa osaba emprender tan inaudito viaje.
—¡Nunca volverá!—se dijo al fin Concha.
Sus padres habían muerto. Su hermano era gobernador de San Francisco, pero nombrado por la nueva República de Méjico.
La alegre criolla ya no bailaba. Era una mujer que había perdido la juventud, dedicando ahora sus días á la educación de los niños pobres y al cuidado de los enfermos.
Como en la olvidada California no existían aún conventos de mujeres, ella vivía en libertad; unas veces con la familia de su hermano, otras en la casa de antiguos amigos de su padre; pero su existencia era ascética, y había ingresado en la Tercera Orden de San Francisco para vestir su hábito negro.
Las gentes la admiraban por sus privaciones voluntarias y la abnegación con que atendía á los desgraciados. Tal vez la antigua muchacha del fuerte de San Joaquín, al verse á solas, se entretenía en repiquetear los olvidados crótalos, evocando de este modo la imagen de aquellos diez días que habían sido su verdadera existencia, y por eso la gente la llamaba «la Santa de las Castañuelas».
Treinta y seis años después que la Juno levó anclas alojándose de San Francisco, ó sea cuando Concha Argüello tenía ya cincuenta y uno de edad, llegó á California un personaje inglés, Sir Jorge Simpson, que hacía un viaje por tierra alrededor del mundo.
Esto ocurrió en 1842. Los habitantes de la antigua Misión de Santa Bárbara le dieron un banquete, pues no era suceso ordinario el paso por aquella tierra de un viajero de tal importancia. Y como no hubo en la población quien dejase de asistir á dicha fiesta, Simpson se fijó en una especie de monja que había acudido contra su voluntad, llevada por la familia en cuya casa vivía.
Algunos vecinos le contaron su historia. Era la hija del antiguo gobernador español de San Francisco, y había esperado durante toda su existencia á un novio ruso que se fué y no volvió.
El inglés había leído el libro de Lansdorff al publicarse en 1814, y se maravilló viendo en la realidad á la heroína de aquella antigua historia de amor. Pero su asombro fué en aumento al darse cuenta de que esta mujer, después de transcurridos treinta y seis años, todavía ignoraba la muerte de su novio, creyéndole casado con otra ó simplemente olvidado de ella.
Fué Sir Jorge quien le contó cómo Rezanov había fallecido á las pocas semanas de su partida de San Francisco, quedando para siempre bajo un bloque de piedra en un cementerio siberiano.
Diez años después, al establecerse en California el primer convento de monjas dominicas, Concha tomó el hábito, cambiando su nombre por el de María Dominga, y murió en 1857.
—Esta es la historia de la Santa de las Castañuelas, que pasó la mayor parte de su existencia mirando el mar solitario de California, sintiendo en su alma el vaivén de la confianza y el desaliento, igual al ir y venir de las olas; llorando unas veces la infidelidad y el olvido del ausente, creyendo en otros momentos que iba á llegar, cuando los centinelas del fuerte anunciaban una vela en el horizonte... ¡Y el hombre esperado durante tantos años había muerto!... ¡Y ella no lo supo hasta los últimos tiempos de su vida; una vida compuesta de diez días de amor y treinta y seis años de espera!
Cuando la esposa de Mascaró comparaba á Consuelito con muchas señoritas de su misma edad que ella llamaba desdeñosamente «modernistas», los méritos de su hija le inspiraban una satisfacción sólo comparable al escándalo y el menosprecio que le infundían las otras.
—¡Qué niñas las de ahora!—decía—. Parecen huir de sus madres, como si las odiasen. Muchas quieren ir solas por las calles, lo mismo que gitanas. No saben mas que bailar y bailar, como si fuesen del teatro; llevan el pelo cortado, igual que los antiguos pajes, y fuman en público con los muchachos que las acompañan á los tés y los dancing. ¡Si esto se hubiese visto cuando yo era soltera é iba á todas partes con mamá!... ¡Cómo gobernarán su hogar esas mujeres cuando se casen, si es que con tal educación pueden pensar en casarse!...
El catedrático sonreía con una expresión tolerante.
—La juventud es la juventud, mujer. Déjalas que bailen ahora; ya se encargará el tiempo de hacerles ver las cosas más seriamente.
Doña Amparo acogía con un silencio hostil estas afirmaciones de su esposo, tocado igualmente, según ella, de aquel «modernismo» execrable. En tales momentos era cuando Mascaró la veía de pronto como iluminada por una nueva luz cruda y acusadora de sus defectos, desvaneciéndose las envolturas engañosas con que parecían embellecerla los recuerdos del pasado.
Hacía memoria don Antonio de sus ojos de abertura prolongada y triangular, unos ojos en forma de almendra, así como de la llena esbeltez de sus miembros, en la época juvenil. Ahora sus párpados se habían achicado, dando á los bellos ojos de otros tiempos una redondez bovina. Como ocurre con frecuencia á las beldades de tez morena, el vello sutil de su labio superior se había robustecido, convirtiéndose en ligero bigote, que ella procuraba disimular bajo una pródiga aplicación de polvos de arroz, sacando con frecuencia la borla de su bolso de mano.
Hablaba con orgullo de la estrechez de su talle y se mantenía fiel á los corsés de su juventud, llevando la cintura muy ceñida para que se marcasen mejor las rotundidades del pecho y de los flancos; «un cuerpo de guitarra», como decía el marido. Otro recuerdo de su juventud era la afición á los peinados altos, abundantes en rizos superpuestos, y á los sombreros pesados y pródigos en flores, que parecían un coronamiento indispensable del soberbio edificio de sus cabellos, naturales y artificiales.
En la mirada de Mascaró al contemplarla tal como era, pasados los cuarenta años, había una mezcla contradictoria de tolerancia, tierno compañerismo é ironía. Recordando su noviazgo con esta belleza de la costa de Levante, murmuraba en su interior: «¡Y pensar que la dediqué tantos versos y quise matar por celos á un teniente que pretendía casarse con ella!»
Cuando doña Amparo no comparaba á su Consuelito con las otras jóvenes, parecía sentir menos entusiasmo por sus cualidades. Lamentábase muchas veces de su ingratitud, como lo hacen las madres que se suponen pospuestas en el cariño de sus hijas.
—Quiere á su padre más que á mí. Los dos se entienden para dejarme á un lado.
Indudablemente, Consuelito, como la mayoría de las muchachas de su edad, empezaba á conocer confusamente el sentimentalismo del sexo admirando á su padre, como si adivinase á través de su persona al hombre misterioso que le reservaba el porvenir. Aparte de esto, la señorita Mascaró mostraba por don Antonio la tierna conmiseración que inspiran las víctimas de la injusticia, y siempre que surgía alguna desavenencia entre sus progenitores, por instinto, y antes de conocer los detalles del asunto, se mostraba partidaria de su padre.
Además, esta joven, que por haber crecido entre libros mostraba cierta afición á las lecturas que ella llamaba «serias», seguía con interés los estudios de don Antonio, siendo la única en la casa que alababa y respetaba sus obscuros trabajos de profesor. Con la mimosis frecuente en los niños, deseosos de imitar lo que hacen sus mayores, Consuelito quiso dedicarse al estudio de la Historia y la Literatura. Soñó con las glorias del doctorado, y olvidando su juventud y su sexo, se veía á sí misma, imaginariamente, ocupando una cátedra y escuchada con respetuoso silencio por centenares de hombres.
Al terminar sus estudios elementales empezó á cursar el bachillerato, ayudada y protegida por su padre contra las protestas de doña Amparo. Ésta no podía comprender que las mujeres se dedicasen á lo que parece privilegio de los hombres. Para ella, el estudio, lo mismo que la profesión de soldado, de navegante y otras no menos peligrosas, era función varonil.
—Yo no digo que la mujer sea una ignorante. Resulta agradable leer de vez en cuando un libro entretenido y bonito, y tampoco está de más saber escribir una carta. Pero todo eso de grandes libracos y de ciencias es para los hombres. La mujer ha nacido para cuidar la casa y los hijos. Si hace bien eso, no necesita hacer más.
Luego miraba con cierta conmiseración á su esposo, añadiendo:
—Ya tenemos bastante con un sabio. ¡Para lo que sirve la tal sabiduría!
Con lo que ganaba el profesor y lo que producían sus libros de texto no hubiera sido posible satisfacer completamente los gastos de la vida familiar, modesta, pero decorosa y sin apuros pecuniarios. Afortunadamente, los padres de ella la habían dejado, allá en la ciudad natal, unos terrenos como única herencia. Al principio no valían gran cosa; luego las reformas urbanas aumentaron considerablemente su precio, proporcionando á la familia una pequeña fortuna que había completado y afirmado su bienestar.
Terminó Consuelito los estudios del bachillerato é iba á pasar á la Universidad, cuando mostró una repentina indiferencia por sus futuras glorias científicas. Doña Amparo, algo resignada ya á estas aficiones, que establecían mayor intimidad entre el padre y la hija, alejándola á ella como si fuese de una esencia inferior, se mostró agradablemente sorprendida por el tal cambio, que al principio le pareció inexplicable. Luego, gracias á su agudeza femenil, capaz de explicarse muchas cosas que no pueden descubrirse con ayuda de los libros, fué adivinando los sentimientos de la muchacha.
La familia Mascaró vivía unida á otra familia menos completa: la del ingeniero Balboa. Éste, por hallarse falto de mujer, era como ciertos seres complementarios que en la vida marítima se instalan sobre el caparazón de un animal más grande y poderoso y se mueven sin ningún esfuerzo, adheridos á su organismo, cual si formasen parte de él. Como Florestán no tenía madre, había sido atendido en su adolescencia por doña Amparo. El hijo de Balboa frecuentaba la casa de Mascaró con la misma confianza que la suya. La esposa del catedrático, al visitar el domicilio del ingeniero, hablaba familiarmente á sus dos criadas, dándoles consejos é indicaciones, que ellas aceptaban como órdenes.
Florestán tenía dos años más que Consuelito, y esto parecía establecer entre ellos una desigualdad enorme. Trataba á la niña como un superior, esforzando sus explicaciones, cual si la otra no pudiese comprender nada de lo que él decía. Este tono desdeñoso de su compañero de niñez había influído decisivamente en los entusiasmos científicos de la hija de Mascaró. Si quiso estudiar, fué para hacer ver á Florestán que el estudio no es privilegio de los hombres. Y al poco tiempo se dió cuenta de que el joven se mostraba menos desdeñoso con ella, disimulando cierta irritación al ver cómo osaba intervenir en los diálogos de las personas mayores, recibiendo alabanzas del ingeniero Balboa por sus razones discretas y su erudición libresca.
Una rivalidad sorda y tenaz se fué creando entre los dos antiguos camaradas de infancia. Se querían como antes. Florestán la hubiese defendido lo mismo que cuando jugaban en los paseos públicos y Consuelito imploraba su protección. Pero su afecto estaba ahora mezclado con una agresividad celosa, y cada uno procuraba sobrepujar al otro, gozándose en su humillación, sin dejar por ello de buscarse.
Por ser de genio más vivo y palabra más fácil, la hija de Mascaró hacía patentes con mayor franqueza sus sentimientos. Hablaba de Florestán como de un tirano al que era preciso derribar. Si el joven anunciaba con orgullo su próximo ingreso en la Escuela de Ingenieros, ella le hacía saber que al año siguiente entraría en la Universidad. Él iba á poseer un título para agujerear la corteza terrestre en busca de metales; figuraría como un ingeniero más entre muchísimos otros, mientras que ella tal vez llegase á ser una profesora célebre, una mujer excepcional, lo mismo que ciertas damas españolas de otros siglos, recordadas por su padre al fomentar sus aficiones, que habían ocupado cátedras en las universidades.
Influenciado Florestán por esta envidiosa emulación, no se dió cuenta de las modificaciones que iba realizando la pubertad en su hostil amiga. Dejó de ser una niña angulosa y algo amuchachada. Toda ella pareció adquirir una suavidad de terciopelo, dulcificándose el brillo de sus ojos, el timbre de su voz, la naciente redondez de sus miembros, el contacto de su piel.
Doña Amparo, que durante su infancia la había juzgado muy parecida al padre, reconociendo con cierto orgullo esta falta de hermosura como un testimonio de fidelidad conyugal, empezó á creer que Consuelito sería lo mismo que ella en los tiempos que conoció á su esposo, cuando su belleza no había sufrido aún las maduras exageraciones de un estío violento. Tenía la misma brevedad, aristocrática y española, de pies y manos. La madre lamentaba que los corsés actuales, ó la ausencia de corsé, que también era de moda, no permitiesen á su hija lucir el estrecho talle heredado de ella, que había sido la gloria de su juventud.
Al inquietarse Mascaró por la melancolía de Consuelito y su repentina indiferencia ante los problemas históricos, doña Amparo sonrió con orgullo. Ella estaba mejor enterada de ciertas cosas que su marido el sabio.
—Yo sé lo que tiene... Lo sé tal vez mejor que ella misma.
Como ya no hablaba de sus estudios y parecía haberlos abandonado, cesaron sus querellas con Florestán. La joven acogía ahora en silencio sus petulancias de estudiante, y si hablaba, era para admirar todo lo que él dijese. Vencido el hijo de Balboa por esta mansedumbre melancólica, empezó también á mostrarse menos locuaz. Se miraban silenciosos al sentarse juntos, cuando los Mascaró iban de visita por la noche á la casa del ingeniero.
Florestán inventó pretextos para frecuentar más que antes la vivienda del catedrático. Doña Amparo, con maternal complacencia, delegaba algunas veces sus funciones en el joven, rogándole que acompañase á Consuelito cuando ella no podía salir á la calle.
—Tú eres como de la familia. Os queréis desde pequeños, y nadie puede hablar si os encuentra juntos.
Al verse á solas con su hija, la esposa de Mascaró iba diciendo con la gravedad del que cree repetir las mayores enseñanzas de la experiencia:
—Es ahora cuando sigues tu verdadera vocación. Para una mujer, lo más importante consiste en encontrar al hombre que merezca ser su compañero por todo el resto de su vida. Nuestra única carrera es casarse. Lo demás son «modernismos» y cosas raras, buenas para las extranjeras.
Sintiéronse empujados los dos jóvenes por la complicidad tácita y sonriente de sus familias. El ingeniero Balboa los miraba durante las veladas con sus ojos dulces de enfermo, y esta contemplación parecía disipar su tristeza. Mascaró, que era franco en sus afectos y no gustaba, como su esposa, de precauciones y pequeñas astucias, dejó escapar un día su pensamiento en forma de palabras.
—Vosotros acabaréis por casaros—dijo á los dos jóvenes—. Indudablemente ya sois novios.
Y como ambos se ruborizasen, añadió bondadosamente:
—Por mí no tengáis miedo. Me parece muy bien. La juventud está para eso en el mundo.
Fué don Antonio el que dió forma concreta y clara á sus sentimientos. Hasta entonces se habían buscado sin darse cuenta del verdadero carácter de esta fuerza atractiva. El catedrático se encargó de dar forma á una declaración que cada uno adivinaba en el otro, sin creer necesario hacerla de viva voz, por haberla aceptado en silencio de antemano. Después de esto se consideraron en noviazgo formal, sintiéndose aprobados y protegidos por las sonrisas y las palabras de sus mayores.
Doña Amparo, con su pragmatismo doméstico, hizo largos cálculos sobre la vida del futuro matrimonio. Florestán aún podía ser rico si su padre no se mezclaba en más negocios de los que habían devorado gran parte de su fortuna. Las minas que guardaba en Méjico podían dar buenos rendimientos sólo con que una calma de varios años cortase las revoluciones frecuentes de aquel país. Además, el joven iba á tener una profesión lucrativa, pues ella consideraba todas las carreras de mayor rendimiento que la de su esposo.
La única contrariedad capaz de turbar esta aprobación amplia y bondadosa dada por doña Amparo al futuro matrimonio, era que Florestán tendría que marcharse tal vez á América por sus negocios, llevándose á su mujer. ¡Separarse de su hija única!... Luego se consolaba pensando que esta ausencia no sería para siempre y otras jóvenes se habían casado en iguales condiciones, volviendo años después, considerablemente enriquecidas, al lado de sus madres. Además, con el optimismo del enfermo que ve en lontananza una operación necesaria y procura no pensar en ella, teniéndola por algo incierto que puede ir demorando, la señora de Mascaró dudaba de este viaje.
—Tal vez no necesite ir allá. ¿Quién sabe las cosas que pueden ocurrir antes?... Lo que importa es que se casen.
Y el noviazgo de los jóvenes fué tranquilo, plácido, sin sobresaltos pasionales, exento de celos.
Consuelito era la que sentía á veces cierta inquietud al oir cómo algunas amigas suyas alababan la hermosura de Florestán. Se consideraba inferior á su novio físicamente, y temía por lo mismo que se lo quitasen. Él seguía sus estudios, prestaba una atención de devoto á los inventos algo quimeráticos de su padre, y las horas libres de ocupación las dedicaba á los deportes, gozando una enérgica voluptuosidad con el cultivo atlético de sus músculos. Su amor por Consuelito era una pasión tranquila, mesurada, regular, semejante á la del marido que está seguro de su mujer.
Se casarían cuando él terminase su carrera. Todo estaba previsto. Nunca se le ocurrió que su novia pudiera sentir predilección por otro hombre. Tampoco conoció los caprichos de la concupiscencia, ni arrebatados deseos de infidelidad. Sobre su vida secreta de muchacho sanote y de lentas pasiones sólo pesaba el pueril remordimiento de unos cuantos actos de curiosidad para conocer directamente el misterio del encuentro sexual, volviendo de ellos con tal indiferencia, que sólo muy de tarde en tarde sentía el deseo de buscar la repetición.
Contaba veinte años é iba á terminar en el curso siguiente su carrera, cuando vió una mañana en la sala de trabajo de su padre aquellas dos señoras extranjeras, una de las cuales era apodada por Mascaró la «reina Calafia». Al otro día de esta visita fué por la mañana al Palace Hotel, para entregar á la señora Douglas el legajo de documentos referente á las minas de Méjico.
Era poco más de mediodía, y tuvo que esperar en el hall. Cerca de la una llegaron la señora Douglas y Rina. Acababan de bajar de su automóvil ante la puerta del hotel, teniendo que abrirse paso entre los curiosos, atraídos por la novedad de ver á una dama guiando su carruaje mecánico.
La presencia de Florestán pareció alegrar á las dos. La viuda, después de haber confiado á su acompañante los papeles del joven, se despojó de su gabán de automovilista, encargando á Rina que subiese ambas cosas á sus habitaciones. No quiso separarse por unos minutos de aquel mocetón que parecía inquieto ante ella y bajaba los ojos, balbuceando, sin atreverse á mirarla otra vez. Temió que aprovechase su ausencia para huir, después de haber cumplido el encargo de su padre.
—Usted se queda á almorzar con nosotras... No diga que no. Le debo este obsequio. No es mas que una compensación insignificante por lo que se ha molestado trayéndonos esos papeles.
Intentó resistirse Florestán con balbuceos y fugitivas sonrisas; pero al fin, no queriendo parecer tímido, aceptó resueltamente. Avisaría por teléfono, para que en su casa no extrañasen esta ausencia.
Durante el almuerzo, la «reina Calafia» fué dándole explicaciones sobre su instalación en Madrid y su modo de vivir. Algunos de sus compatriotas estaban alojados al otro lado del Paseo del Prado, en el Hotel Ritz. Ella iba todas las noches á comer en el Ritz, pues de este modo podía encontrar á muchos amigos suyos, de paso en Madrid, que había conocido en diversos hoteles de Europa. Pero las habitaciones del Palace Hotel eran de mayor amplitud y comodidad. Además, desde las ventanas de este hotel moderno y enorme se disfrutaba la vista más interesante de Madrid.
—Del Ritz sólo se ven las masas de edificios de la ciudad en la otra orilla del Prado. Desde aquí veo la arboleda de los jardines del Retiro: ese pequeño museo que llaman ustedes «el Casón»; á mis pies la fuente de Neptuno, con sus caballos marinos de mármol hundidos en el agua, y lo que más me interesa: encuentro á todas horas, al abrir mis ventanas, el Museo del Prado...
Reconocía que esta última vista siempre era igual y no resultaba extraordinaria: paredes de ladrillo color de rosa y columnas blancas. Pero el tal edificio tenía para ella el interés del muro detrás del cual sabemos que está ocurriendo algo importante. Sentía la satisfacción del que tiene por vecinos á personajes ilustres, aunque los vea de tarde en tarde. Se encontraba mejor en este hotel, porque al levantarse todas las mañanas, lo primero que veía era el palacio rosado y blanco donde esperaban su visita antiguos y venerados amigos: Velázquez, Goya, Ticiano, Rubens.
—Vale la pena de instalarse aquí, cerca de unas gentes tan distinguidas y agradables.
Florestán fué perdiendo su timidez en el resto del almuerzo. Aquella señora, de la que había oído hablar á su padre con inquietud, lo mismo que si representase la llegada de un peligro, le parecía ahora bonachona, familiar, comunicativa, y acabó por conversar con ella sin temor alguno, como si la conociese largo tiempo.
Rina, á pesar de su posición secundaria, le inspiraba menos confianza. Huía sus ojos de los ojos de ella, que le contemplaban con canina devoción. Más que la mudez admirativa de la solterona, le gustaba la afabilidad de la viuda Douglas, una afabilidad de soberana que desea achicarse para evitar inquietudes al que la escucha, inspirándole confianza.
La hermosa californiana pareció interesarse por la vida del joven. Indudablemente tendría novia. Los españoles son de una gran precocidad sentimental. Ella recordaba todas las novelas y romanzas que tienen por base amoríos en España, con gran prodigalidad de claveles, rejas y guitarras. Y Florestán, ruborizándose como si confesase una falta, declaró que tenía novia, pero se abstuvo de dar nuevos detalles.
No preguntaron las dos señoras si era joven y bonita, por parecerles esto axiomático tratándose de un buen mozo, y dieron inmediatamente de lado á la tal novia para seguir ocupándose del joven. Concha Ceballos se fué enterando con creciente interés de su vida y sus aspiraciones. Éstas no parecían ir más allá de sus estudios y sus hazañas en los deportes atléticos.
Poco á poco Florestán pasó á hablar de su pasado. No había conocido á su madre. Sólo guardaba de ella un retrato, tan pequeño y borroso, que no le permitía formarse una imagen exacta de cómo fué.
La viuda Douglas le miró con nuevo interés al escuchar los recuerdos de su infancia, falta de cariño maternal, pasada entre parientes lejanos, con un padre que le amaba mucho, pero siempre estaba ausente, persiguiendo la realización de sus quimeras de inventor. Todo su cariño lo había concentrado en este padre, admirándolo por su talento y compadeciéndole por su falta de éxito en la vida.
—¡Está tan enfermo!... Han dicho los médicos que debemos evitarle toda emoción extraordinaria. Puede vivir muchos años y puede morir fulminantemente en un minuto. Su vida es incierta, como la de todos los enfermos del corazón. Es injusto afligir con preocupaciones é inquietudes á un hombre tan bueno...
El rostro de la reina Calafia reflejó una expresión pasajera de remordimiento. Se acordaba de su agresividad con Balboa, y procuró cambiar el curso de la conversación.
Rina parecía haber olvidado completamente sus cóleras y protestas contra el «mal hombre» de Madrid. Miraba fijamente á Florestán, admirando su juventud; escuchaba su voz como una música marcial, sin saber con certeza lo que decía. Todo el sentimentalismo inútil depositado en ella por largos años de amor insatisfecho se agitaba y hervía en presencia de este joven atleta. Lo admiraba generosamente, sabiendo que su admiración nunca sería comprendida ni agradecida. Los hombres sólo tenían ojos para la viuda porque era millonaria y elegante. Pero gozaba el deleite puro y desinteresado del pobre que celebra las cosas de los otros sabiendo que no las poseerá nunca. Con su imaginación más que con sus sentidos, percibía en el joven un perfume de savia primaveral.
Cuando terminó el almuerzo y Florestán se hubo marchado, ella resumió su admiración en una frase:
—¿Te has fijado, Conchita? Huele á hierba de montaña... huele á agua corriente.
A partir de este almuerzo, el hijo de Ricardo Balboa creyó notar la influencia de una energía centrífuga que tiraba de él, sacándolo de la órbita de su vida ordinaria. Rara era la tarde que aquellas señoras no le hacían abandonar sus estudios ó el paseo habitual con algunos camaradas de la Escuela de Ingenieros. Le llamaban al hotel, recibiéndolo en el salón particular que tenía alquilado la señora Douglas. El deseo de ellas era ir examinando, ayudadas por el joven, aquel paquete de documentos referentes á la mina. Pero el legajo seguía sin abrir sobre una mesa del salón. Apenas llegaba Florestán, las dos sentían una ansia violenta de aire libre, de perspectivas campestres, de arrebatadas velocidades. El automóvil estaba abajo, guardado por el mecánico de la señora Douglas. Florestán debía ser el guía de ellas, enseñándoles los alrededores de Madrid.
Ocupaban Rina y el chófer americano los asientos de atrás, destinados á los señores. La viuda agarraba el volante, y algunas veces, en pleno camino, cambiaba de sitio con el joven, cediéndole su asiento de conductora para enseñarle prácticamente el manejo y particularidades de este vehículo fabricado en los Estados Unidos.
Subieron las tortuosas carreteras que escalan en zigzag las vertientes del Guadarrama; atravesaron los puertos que durante el invierno quedan ocultos bajo los aludes de nieve; se detuvieron en bosques de vegetación alpestre para contemplar á sus pies ciertos valles con pueblos de techumbres obscuras que recuerdan en el corazón de Castilla los paisajes de Suiza; aspiraron al llegar á las cumbres el perfume de la madera resinosa recién partida en los aserraderos. A orillas de los ríos de nieve líquida que cortan las mesetas cubiertas de un moho vegetal, amarillento y fino como el terciopelo, encontraron muchas veces toros bravos de las ganaderías castellanas. Se erguían belicosos al oir el resuello del automóvil y bajaban el testuz con ganas de acometer al animalote metálico que ondeaba en el viento un rabo de humo y otro mucho más largo de polvo.
Algunas noches, á primera hora, se presentaba Florestán en casa de Mascaró, vestido de smoking, traje extraordinario para la familia del catedrático. Venía á excusarse: no le verían hasta el día siguiente. Estaba invitado á comer en el Ritz por aquellas dos señoras, que deseaban agradecerle con tales convites sus servicios de acompañante.
Consuelito mostraba en el primer momento cierta contrariedad. Iba á pasar la velada sin su novio. La casa de don Ricardo Balboa ó la suya le parecían vacías estando aquél ausente. Luego aceptaba su pena con cierto orgullo. Encontraba lógico que aquellas dos extranjeras obsequiasen á Florestán, reconociendo en su persona los mismos méritos admirados por ella.
Doña Amparo sentía su vanidad ligeramente halagada al ver á su futuro yerno vestido con tanta «distinción» é imaginárselo en trato frecuente con las personas importantes que comían en el Ritz. Luego, una inquietud obscura y mal definida le hacía expresarse con tono agresivo:
—Pero esas señoras ¿cuándo se van?... Yo creía que, después de entenderse con Balboa en lo de la mina, ya no les quedaba nada que hacer aquí.
Un día Florestán tiró del catedrático para que le arrastrase igualmente aquella atracción centrífuga que le mantenía á él girando en torno á las dos americanas.
—Don Antonio, esas señoras desean conocerle. Quieren ver Toledo, pero bien visto, con una persona que sepa todo lo antiguo, y yo les he dicho que nadie para eso como usted. Además, la señora Douglas ansía mucho verle desde que supo que ha estado usted en California dando conferencias en aquella Universidad.
Y Mascaró se dejó llevar por el joven. Las amigas de Ricardo Balboa bien podían serlo suyas igualmente.
Tuvo el catedrático la certeza de que se acordaría siempre de este viaje á Toledo. En el camino se libraron por milagro de un accidente mortal. Estuvieron próximos á chocar contra un carro enorme, tirado por cuatro mulas que marchaban á su gusto, con el carretero dormido. La serenidad y la mano pronta de la señora Douglas lograron que su automóvil se deslizase junto á este vehículo semejante á un promontorio, rozándolo apenas. Todo el resto del camino representó para don Antonio una continua inquietud. Él no estaba acostumbrado á estas velocidades inoportunas en una carretera abundante en baches, donde los carromatos, con sus conductores aletargados, se colocaban de pronto ante el automóvil, obligando á cerrar sus frenos violentamente.
Pero dejando aparte estos pequeños sustos, Mascaró sentíase contento. Por primera vez en toda su existencia se veía en trato real y tangible con una de aquellas mujeres que él llamaba «extraordinarias» y sólo había conocido en su imaginación.
Mientras vagaban por Toledo y daba él sus explicaciones en el claustro de la catedral, en el Zocodover ó en las pendientes callejuelas que aún conservan latente la vida de otros siglos, se fué entregando á una de sus aventuras imaginativas. El perfume de aquella gran señora que iba á su lado y los rápidos encontrones con su cuerpo ágil y lleno, cada vez que tropezaba él en las desigualdades del pavimento, parecieron dar nueva fuerza á sus desvaríos fantásticos. Se vió haciendo un viaje alrededor del mundo en tierna asociación con aquella dama, igual á la reina de las amazonas. Toledo era una ciudad de la India; su catedral, una gran pagoda abandonada, y él iba dando explicaciones históricas á su compañera, que le había seguido hasta Asia, enloquecida de amor. Pero de pronto notaba que la mujer «extraordinaria», sin dejar de escucharle, volvía sus ojos con preferencia á la servidumbre que llevaban los dos en su viaje: el ayuda de cámara y la doncella.
¡Ay!... Este ayuda de cámara, al mirarlo Mascaró con atención, iba tomando el rostro y la figura de Florestán, novio de su hija, y bastaba el recuerdo de Consuelito para que se viniesen abajo todas sus fantasmagorías. Además, la reina Calafia, tan enamorada y sumisa dentro de su imaginación, sólo hacía caso en la realidad de sus explicaciones eruditas, y apenas terminadas éstas, iba á unirse con Florestán, apresurando el paso para hablarle más íntimamente.
Al quedarse atrás el catedrático, tenía que conversar con Rina, la cual, á falta de mejor compañero, empezaba á hablarle con un tono infantil, empleando otras coqueterías impropias de su edad y que además consideraba inútiles. Le sabía casado. Era un poco feo, de mediocre estatura, y la solterona, en sus ensueños, veía siempre mozos arrogantes y muy altos... Pero al fin era un hombre, y ella juzgaba preferible marchar con él á ir sola.
Después de esta excursión quedó don Antonio muy amigo de «la pareja yanki», como él decía, y su mujer y su hija, por una consecuencia lógica, no tardaron en relacionarse con ambas extranjeras.
La señora Douglas invitó á comer una noche á los dos Balboa, á Mascaró y su familia. Doña Amparo anduvo ocupada todo el día para presentarse «dignamente» en los salones del Ritz, así como su hija.
Por primera vez iba á comer en dicho hotel, y esto representaba una gran emoción para su vanidad. Ella sabría insinuarlo al día siguiente en sus conversaciones con las esposas de otros profesores. Además conocería de cerca á la tal reina Calafia, de la que se hablaba tanto en su casa y en la de Balboa.
Se mantuvo doña Amparo durante la comida muy seria y parca en palabras. Necesitaba ocultar sus diversas y contradictorias emociones. Le preocupaban la oportunidad y el éxito de los arreglos que había hecho en su vestido, un poco anticuado, comparándolo con los vestidos de las otras señoras que estaban en las mesas inmediatas. Le impresionaba, además, verse en aquel comedor, el más nombrado de Madrid.
Lo único que le proporcionaba cierto aplomo era la presencia de su hija. Iba vestida con sencillez, pero su frescura juvenil le daba un atractivo distinto á la elegancia majestuosa de la millonaria. Doña Amparo pensó en el perfume y los colores de una flor junto al brillo deslumbrante de una alhaja magnífica.
Se supo con certeza qué opinión definitiva debía tener de la reina Calafia. Le inspiraba respeto esta señora, presintiendo en su existencia los esplendores de un mundo que ella no conocería nunca. Admiró la elegancia de su traje, su doble collar de perlas, el brillo de un diamante azul, cuadrado y enorme, en uno de sus dedos. Era indudablemente una mujer de otra especie que la suya, y por esto la veneró y la aborreció: todo á la vez.
De Rina había prescindido desde el primer momento, adivinando la humildad de su posición. Sintió extrañeza y molestia ante el misterio de aquella cara con la piel exageradamente tersa y juvenil, mientras sus ojos parecían viejos. La comparó con un chino vestido de mujer. Además, «olía á pobre» y miraba á todos los hombres con una simpatía ansiosa; hasta á su propio marido.
Toda la atención de doña Amparo era para la antigua «Embajadora». Al mismo tiempo que la admiraba, sentía una necesidad de protestar interiormente contra ella. Debía tener en su existencia los mismos hábitos y libertades que la habían indignado en las otras mujeres llamadas por ella «modernistas». Su hija, en cambio, no disimulaba la atracción que le hacían sentir el lujo y las costumbres elegantes de aquella extranjera.
Al final de la comida, Concha y Rina fumaron. En las otras mesas eran muchas las señoras que fumaban; pero doña Amparo sólo quiso ver á la reina Calafia y su acompañante.
Consuelito, que se mostraba extraordinariamente alegre, aceptó un cigarrillo emboquillado con pétalo de rosa que le ofrecía su nueva amiga, y lo encendió sin pedir permiso á su madre. Se sentía animada por la risa aprobadora del catedrático, que estaba viviendo en aquel comedor un episodio más de sus aventuras mentales. Y la austera señora guardó su cólera para cuando volviese á casa quedando á solas con su marido.
Después de esta comida, se habló de la reina Calafia en el domicilio de Mascaró como de una amiga antigua. Consuelito la nombraba con frecuencia, encontrando á su gusto todo lo que había oído á la otra, aceptando sus ideas, imitando un poco sus ademanes y hasta el modo de llevar los vestidos.
Doña Amparo era la única que se resistía á la seductora influencia de la extranjera.
—Yo no me quedo con su convite. Necesito devolvérselo—decía frunciendo el ceño, como si hubiese recibido una ofensa—. Es preciso invitarla, para que no nos crea unos pobres. Si ella tiene sus millones, yo tengo mi dignidad.
—¡Bueno, mujer!—contestó don Antonio, bondadosamente—. La daremos un almuerzo de platos españoles.
Comía Florestán varias noches por semana en el Ritz. Le era imposible librarse de las invitaciones de aquella señora. Además, ella mostraba un interés sincero por su porvenir, y esto hizo que toda la familia Mascaró tolerase sin inquietud las ausencias del joven.
Debía pensar en su carrera. Consuelito se veía ya, gracias al apoyo de la reina Calafia, viviendo con su marido en los Estados Unidos, tierra de maravillas de la que hablaba su padre con entusiasmo. Doña Amparo olvidó por un momento las contradictorias apreciaciones que le inspiraba aquella señora, para pensar únicamente con arreglo á su buen sentido de dueña de casa. Tal vez esta millonaria, viuda y sin hijos, proporcionase al joven matrimonio los medios de enriquecerse.
En realidad, la californiana hablaba muchas veces con el joven de su existencia futura, haciéndole preguntas sobre sus proyectos para después de terminada su carrera.
Ella sólo comprendía al hombre con un ideal de positiva realización y trabajando para conseguirlo. Le causaba asombro ir conociendo la existencia de limitados horizontes que había llevado hasta entonces Florestán. Después de nacer y vivir sus primeros años fuera de España, había quedado para siempre en este país, sin pasar nunca sus fronteras.
—¿Y no ha estado usted ni siquiera en París?...
No, Florestán no había vuelto al extranjero. Aprendió el francés y el inglés con su padre, complaciéndose en escuchar durante las veladas, como si fuesen cuentos mágicos, las descripciones de los países donde había vivido el inventor y que él visitaría más adelante.