—Pero no sé cuándo iré, señora. Pienso en mi padre, que puede morir repentinamente, cuando menos lo temamos, y esto dificulta mis viajes.

Entonces, ella, con el mismo gesto resuelto de la señorita pobre de Monterrey, cuando pensaba en su porvenir, al lado de un padre arruinado, dió consejos al estudiante:

—Hay que ser enérgico; hay que trabajar y enriquecerse. Sólo es libre el que tiene dinero.

Una noche Rina dejó de asistir á la comida del Ritz. Se había quedado encerrada en su cuarto del Palace Hotel, pretextando una fuerte jaqueca. Concha y Florestán rieron, suponiendo algún desarreglo facial que la obligaba á mantenerse oculta por unas horas.

En el comedor del Ritz encontró la californiana á una familia de compatriotas suyos que estaban de paso en Madrid para visitar Sevilla y Granada. Florestán fué presentado á esta familia, y todas las mujeres de ella, viendo en el joven un bailarín disponible, se lo pasaron de una á otra durante la noche.

La reina Calafia casi siempre olvidaba el baile, prefiriendo hablar con Florestán; pero esta noche se mostró irritada por la facilidad con que sus amigas disponían de un hombre presentado por ella. Y para evitar tal abuso, quiso aprovechar todas las danzas. Ella misma invitaba á Florestán con el gesto ó con un movimiento de sus ojos.

Bailaron hasta las tres de la madrugada y bebieron mucho. El jefe de la familia, para celebrar el encuentro con mistress Douglas, belleza famosa de su país, dejó que el encargado del comedor renovase las botellas de champaña con la pasmosa celeridad de las suertes de prestidigitación, descorchando una cuando la otra aún no estaba mediada. Siempre aparecían llenas las copas, á pesar de que la agitación del baile y el calor del salón obligaban á las parejas á buscarlas ávidamente en cada descanso.

Salieron juntos del hotel «la Embajadora» y Florestán. Ella quiso ir á pie. No había mas que atravesar el Paseo del Prado. El Palace Hotel alzaba su masa sobre el otro borde de la obscura arboleda.

La dama sentía calor. Llevaba abierto su abrigo sobre el escote. Se apoyó, al andar con cierta pesadez, en el robusto brazo del joven. Confesaba riendo haber bebido y bailado exageradamente. ¿Qué dirían de ella si la viesen con este aspecto allá en su país?... ¡Una dama que era protectora de tantas sociedades respetables para combatir el alcohol, los excesos de la danza y otros abusos y pecados!... ¡Ah, Europa vieja y tentadora!... Pero al mismo tiempo, encontraba en esta situación algo anormal un nuevo sabor á la existencia y descubría en la vida ignoradas atracciones, llegando á preguntarse si no habría estado equivocada hasta entonces...

Dejaron á sus espaldas los automóviles y los grupos de chófers estacionados frente al hotel, viéndose de pronto como caídos en la absoluta soledad del paseo.

El nocturno silencio era cortado por el canto monótono de los chorros de la fuente de Neptuno. Como ya eran llegadas las horas vecinas al amanecer, estaba apagado en gran parte el alumbrado público. Sólo algunos faroles, macilentos y largamente espaciados, marcaban sus pinceladas rojas bajo la bóveda de ébano de los árboles.

Parecía este paseo urbano, en su profunda lobreguez, un bosque desierto á enorme distancia de toda aglomeración humana. Las masas de edificación á ambos lados de la obscura avenida-jardín eran á modo de colinas cortadas, de acantilados verticales. Sobre sus aristas se tendía una amplia faja de cielo, con temblores de estrellas, perdiéndose longitudinalmente en el infinito.

Se detuvo la reina Calafia en mitad del corto trayecto entre hotel y hotel, cerca del carro de mármol de Neptuno. La hizo estremecerse la fresca caricia del vapor acuático exhalado por el susurrante tazón.

Esta lóbrega y misteriosa quietud le sugirió la posibilidad de que apareciesen varios ladrones, atraídos por el brillo de sus alhajas. La idea le hizo temblar levemente sobre el musculoso brazo en que se apoyaba. ¡Qué interesante un ladrón!...

Se acordó de sus habilidades de luchadora, de sus secretos para tumbar instantáneamente á un adversario. Se imaginó también, con cierta vanidad, el esfuerzo agresivo que podía hacer para defenderla aquel muchacho atlético y propenso á avergonzarse que iba á su lado. Luego se arrepintió de sus malos deseos.

«¡Has bebido, Conchita!—se dijo, empleando el mismo diminutivo que le daba su padre cuando era niña, y ella recordaba siempre al hacerse recriminaciones—. ¡Has bebido demasiado, hija mía!»

Al contemplar la inerte ciudad, le pareció que la noche iba á durar siempre, que no despertaría más aquella aglomeración humana dormida bajo los techos... Y si llegaba á despertar, su vida sería obscura, perezosa, aislada del resto del mundo, casi igual á su sueño.

Sintió una repentina lástima por aquel mocetón simple y hermoso que le servía de apoyo. Inclinó la cabeza hacia él, buscando sus pupilas.

Este gesto afectivo tuvo al mismo tiempo una avidez hostil. Su boca, en aquel momento, lo mismo podía morder que besar.

«¡Has bebido, Conchita!—seguía diciéndose mentalmente—. ¡Has bebido demasiado!»

Su voz exterior preguntó al mismo tiempo con violencia, como si formulase una recriminación:

—¿Y un hombre como usted va á quedarse aquí para siempre? ¿Y se casará, y tendrá hijos, y no conocerá otro horizonte que el de su casa, ni acariciará mayor ideal en su existencia que el de mantener á su familia?...

Florestán quedó sorprendido por el tono violento de estas preguntas y no supo qué contestar. También él estaba perturbado por lo que había bebido y por el contacto de aquel cuerpo que se apoyaba en el suyo con familiar abandono.

La dama reanudó su marcha, tirando de él, y dijo con brusquedad, como si le diese una orden:

—¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.

VI

Donde van presentándose los enamorados de la reina y se habla un poco de la famosa Ciudad-Camaleón

Al atravesar la viuda, una semana después, el hall de su hotel á la hora del almuerzo, tuvo un encuentro inesperado.

Un hombre hundido en un sillón, con el rostro envuelto en la nube olorosa de su habano, dejó éste, al verla, sobre una mesilla inmediata y se puso de pie, sonriendo.

—¡Oh, mistress Douglas! ¡Qué agradable sorpresa!... No sabía que estaba usted en Madrid.

La dama sonrió igualmente, pero con malicia.

—Tampoco yo le creía aquí, Arbuckle. Siempre se arreglan las cosas de modo que nos encontramos.

Y el llamado Arbuckle, que era casi un gigante por su estatura y su volumen, bajó los ojos como si no pudiera resistir la mirada burlona de la señora. Mostraba la confusión de un niño grande que ha dicho una mentira y se ve descubierto.

Este hombre, que parecía estar más allá de los treinta años, sin llegar á los treinta y cinco, era de fuerte osamenta y exuberantes músculos. Tenía la cabeza y el cuello de un gladiador antiguo, la hermosura vigorosa y reposada del toro. En su rostro completamente rasurado cada sonrisa iba acompañada del brillo marfileño de sus dientes y el relampagueo del oro con que estaban chapados algunos de ellos. A pesar de su atletismo, sus ojos y su boca tenían algo de pueril, y toda su persona parecía esparcir un halo de credulidad y confianza.

Era indudablemente de limitado radio mental, con muy contadas ideas, pero éstas nacían robustas y bien definidas, quedando clavadas para siempre en su voluntad. Tenía la mandíbula fuerte y el entrecejo partido en ciertos momentos por una arruga profunda, que modificaba su rostro plácido. Esto era muy de tarde en tarde, cuando las contrariedades, en fuerza de repetirse, despertaban en él una cólera terca, dura y fría como el hielo, alterando la unidad de su carácter, predispuesto al optimismo.

La señora Douglas le había conocido años antes, al quedar viuda y tener que ocuparse de la administración de su fortuna. Este Haroldo Arbuckle era también de California, y los hombres de negocios le consideraban mozo de mérito por haber hecho en poco tiempo la primera parte de su carrera, creyéndolo destinado á mayores triunfos si continuaba trabajando. Como muchos californianos, unía la enérgica voluntad del emigrante venido del Norte al espíritu andariego y predispuesto á las aventuras de los hombres morenos, primeros colonizadores de dicho país.

Siguiendo la tradición de su tierra natal, comenzó por ser minero, buscador de oro; mas había nacido demasiado tarde, cuando los veneros auríferos de California ya no podían ofrecer sorpresas, y tuvo que trabajar primeramente en el Transvaal y luego en las soledades glaciales de Alaska. Aún no era verdaderamente rico. Él mismo confesaba no «valer» más allá de un millón de dólares, pero contaba con una gran energía para el trabajo y una mirada exacta para la apreciación de cosas y personas, condiciones que podían hacer de él un multimillonario, un director de negocios gigantescos, como los que viven en Nueva York.

Había conocido á «la Embajadora» Douglas en San Francisco, al comprarle unas acciones de minas de oro en Alaska que ella no deseaba conservar. Sus entrevistas para la terminación de dicho negocio influyeron en la existencia de Arbuckle, cambiando momentáneamente su curso.

Este trabajador infatigable sintió repentinamente una necesidad imperiosa de reposo. No tenía familia, estaba solo en el mundo, ¿para qué esforzarse por adquirir más dinero? Era un engaño cruel desconocer los verdaderos placeres de la vida, concentrando toda la existencia en la conquista de una riqueza inútil... Y dejando en suspenso sus especulaciones, se dedicó á viajar por Europa, organizando de tal modo itinerarios y descansos, que siempre venía á instalarse en las mismas ciudades donde residía la viuda Douglas.

A los pocos encuentros resultaron inútiles sus pretextos y excusas, inventados con una malicia cándida. La viuda había adivinado sus intenciones. Unas veces reía de ellas bondadosamente; otras, según su humor, las desviaba con un cambio violento de conversación.

Aprovechando un diálogo de dos horas seguidas en el hall de un hotel de Venecia para combatir el aburrimiento de cierta noche de lluvia, Arbuckle habló á la dama de su soledad. Necesitaba una compañera; debía constituir una familia. Él era capaz de realizar grandes cosas, como cualquier potentado de los que dirigen los negocios del mundo desde el Wall Street de Nueva York; pero reclamaba para ello el apoyo de una esposa que le inspirase nuevas ambiciones. Debía ser esta compañera una mujer superior, é intentó describirla...

Mas «la Embajadora», adelantándose maliciosamente á tal descripción, emprendió su pintura física y moral, atribuyéndola un sinnúmero de condiciones que la hacían diferente en todo á ella. Y el californiano movió la cabeza negativamente al verla tan desorientada, aunque sin atreverse á protestar.

Algunas veces, cuando la viuda estaba de buen humor, volvía á describirle su futura esposa, mas valiéndose de tales detalles, que Arbuckle acababa por reconocer, aterrado, una semejanza absoluta con Rina. La hermosa dama, gozándose en su confusión, se atrevía á insinuarle que su felicidad sería casarse con esta solterona sentimental.

—¡Oh, mistress Douglas!—exclamaba Haroldo, escandalizado—. Es otra mujer la que yo deseo. ¡Si usted quisiera!...

Ella cortaba la balbuciente declaración con sus risas, fingiendo tomarla á broma, y no era necesario más para que al otro se le enronqueciese la voz, quedando en desesperado silencio.

Su voluntad sólo era ruda é invencible para inquirir el paradero de la viuda y salirle al encuentro. Cuando ésta emprendía un viaje repentino sin dar aviso á sus amigos, decía á Rina en las primeras horas:

—Esta vez no conseguirá descubrirnos mister Arbuckle.

Pero transcurridos algunos días, creía husmear en el aire su próxima aparición.

—Verás como se presenta de pronto. Debe saber ya nuestro paradero. ¡Qué hombre!

Y efectivamente, el buscador de oro, acostumbrado á orientarse en las soledades africanas ó en las pistas abiertas sobre la nieve de las llanuras árticas, parecía aplicar sus facultades de orientación á la complicada red circulatoria de Europa, acabando por dar siempre con las fugitivas.

La viuda, que le había olvidado desde que llegó á Madrid, mostró cierta contrariedad al recordar las persecuciones respetuosas y tenaces de este enamorado. En el primer momento hasta consideró irritante su presencia. Luego, la imagen de otro de sus solicitantes le hizo más tolerable el encuentro presente.

«A lo menos, éste me obedece—pensó—. No se atreve á hablar y sólo me importuna siguiéndome á todas partes. ¡Si fuese el otro!...»

Y acabó por recibir con una sonrisa bonachona las confusas explicaciones de su compatriota.

—¡Qué casualidad! No sabía que estuviese usted aquí. Voy á Sevilla; me aburría mucho en París. Mi propósito era salir esta noche; pero ya que la he encontrado, me quedaré unos días.

Ella le miró con ojos incrédulos. Sabía de antemano todo lo que podía hacer Arbuckle. Permanecería en Madrid hasta que le diese á entender con rudas insinuaciones, en un día de nervios trastornados, que estaba harta de su presencia. También podía ocurrir que ella se marchase de pronto con Rina sin avisárselo.

Agradeció interiormente la respetuosa discreción de este hombre fuerte y tímido. Se había instalado aquella mañana en el Hotel Palace, creyendo que mistress Douglas vivía en el Ritz. Al enterarse luego de su error, se apresuró á cambiar de alojamiento, trasladándose al segundo hotel. Un gentleman debe desaparecer oportunamente cuando se cansan de verle. No es discreto vivir bajo el mismo techo que la mujer deseada.

Después de tal encuentro creyó inútil la viuda demorar la presentación de Arbuckle á las personas que la rodeaban. Este enamorado silencioso y tenaz acababa por vencer todos los alejamientos, y era necesario resignarse á introducirlo en el círculo de su vida normal. Ya que había descubierto su paradero, debía agregarlo á su séquito.

En la misma noche, Arbuckle habló con Florestán en el comedor del Ritz, y al día siguiente, por estar invitado Mascaró á almorzar con las dos señoras, se conocieron igualmente el profesor y el californiano.

—¡Un mozo simpático!—dijo don Antonio al salir del hotel con el hijo de Balboa—. Conozco el tipo; así son muchos de los que trabajan en aquella tierra. Actividad ilimitada; dureza con ellos mismos y con los demás en el momento del negocio; pero una vez terminado éste, muestran una alegría simple, cultivan su cuerpo hasta la vejez con los mismos juegos de cuando eran niños y consideran la vida con un optimismo inalterable.

Se equivocaban las gentes en Europa al imaginarse el hombre de negocios de América con arreglo á la existencia que llevan los manipuladores del dinero en el mundo viejo. Los negocios están más esquilmados en las naciones del continente antiguo, la riqueza es tradicional y monopolizada, algo misterioso que sólo poseen unos cuantos centenares de hombres, transmitiéndoselo de generación en generación. Es preciso que ocurra una guerra continental, un cataclismo histórico, para que surjan nuevos ricos. Las clases sociales viven cada una en su molde, y son muy raros los saltos por encima de los límites divisorios.

En América todos los días surgen nuevos ricos, y el pobre cuenta á lo menos con la ilusión. El capital no es allá algo misterioso é invisible que sólo se deja conocer de unos cuantos. Abunda el dinero, corre como el agua bajo el sol, á la vista de todos, en incesante circulación, con un esparcimiento que Mascaró llamaba «democrático». Todo servicio obtiene un pago; todo hombre «vale» algo. Nadie considera cerrado su camino definitivamente, ni se cree nacido, con una fatalidad irremediable, para ser pobre hasta la muerte. Viven en la dulce compañía de la esperanza, que es la más consoladora de las ilusiones. Tienen abierta una ventana en su existencia para que entre por ella la Suerte. El mozo de hotel cree en la posibilidad de ser pocos meses después tan rico como los ricos á quienes sirve.

—Hay allá hombres malos, de carácter duro y cruel, como en todas partes—terminó diciendo Mascaró—; pero la inmensa mayoría es optimista, tiene confianza en la vida, cree que el bien es en ella más poderoso que el mal, no conoce los pesimismos del europeo. Tal vez se debe esto á que abunda el oro. El que tiene dinero ve la vida de otro modo que el que no lo tiene. Ya sabes el refrán: «Donde no hay harina...» Por eso se experimenta una sorpresa enorme al llegar á aquella tierra y ver de cerca sus hombres de negocios. Como todo lo de allá debe ser forzosamente cincuenta ó cien veces más grande que lo de Europa, nos los imaginamos unos monstruos terribles, nunca vistos. El negociante de Europa es sombrío, amargado, escéptico, capaz de quitarte la piel con su mirada. «¡Cómo será el de allá!...», nos decimos. Y nos encontramos con una especie de niños grandes, muy fuertes en las horas de trabajo, y que cuando terminan éstas se van al club á jugar á la pelota. Si caen, son capaces de todo para levantarse; si se ven en un apuro, te echarán por la borda; pero cuando ganan dinero, lo primero que piensan es que todos deben recibir su parte. Marchando bien sus asuntos, ríen bondadosamente, se alegran con cualquier historia, miran la vida á través de su optimismo y creen necesario tener un ideal generoso y desinteresado, un ideal un poco «romántico», como compensación á la vulgaridad de sus negocios.

Adivinando la simpatía del catedrático, lo buscaba Arbuckle durante las horas numerosas y lentas en que se veía privado de hablar con la señora Douglas.

Mascaró admiraba la pulcritud en el vestir de su nuevo amigo. Sus camisas y corbatas parecían siempre recién estrenadas; sus trajes eran eternamente flamantes, cual si acabasen de recibir el planchado del sastre; una elegancia á la americana, como decía don Antonio, «teniendo por base el traje de calle», con gran variedad de tintes y formas. En una solapa ostentaba á guisa de condecoración un pequeño redondel azul de esmalte con una cifra: la insignia de su club de San Francisco.

Otro motivo de admiración para Mascaró fué la prodigalidad y la potencia de este hombre como fumador. Nunca pudo sorprenderle sin un cigarro en la boca: un cigarro enorme, ventrudo en su parte media, con un perfume mareador de hoja intensamente madura. Hablaba sin apartarlo de sus labios, manteniéndolo sujeto en una de las comisuras de su boca. Lo mordía, consumiendo con sus dientes una parte casi igual á la devorada por el fuego. En momentos de silencio le hacía dar continuas vueltas con una rotación imperceptible de sus labios.

Iba todas las tardes á sentarse en el hall del Palace Hotel con la esperanza de ver á «la Embajadora» Douglas, y si el catedrático se asomaba á dicha rotonda, su primer saludo era presentarle un estuche de piel con media docena de cigarros, largos, panzudos, esparciendo un perfume que hacía pensar al imaginativo Mascaró en las vegas cubanas.

Su trato con este nuevo amigo hizo temer al catedrático por la salud de su garganta. Él no podría consumir impunemente á todas horas aquellos cigarros suculentos, de olorosa braveza, que no causaban daño alguno al americano.

—¡Qué tío para fumar!—decía con veneración.

Algunas veces llegó á creer que llevaba un estuche repleto de cigarros en cada uno de sus bolsillos. Allí donde metía la mano en su traje sacaba habanos para él y para los demás.

Cuando Mascaró salía á dar un paseo en las primeras horas de la tarde, sus pies experimentaban inmediatamente la atracción del Palace Hotel.

—Vamos á ver si el amigo Arbuckle está en el hall.

Y lo encontraba siempre, viéndose recibido por él como un emisario que enviaba la Suerte para librarle del aburrimiento de una espera á solas.

No sentía interés por ver Madrid. Lo había conocido en viajes anteriores, y él venía ahora para otra cosa. Su conveniencia era permanecer en el hall esperando que la viuda bajase de sus habitaciones ó entrase de la calle, para hacerse el encontradizo (¡siempre por casualidad!), entablando una conversación con ella, aunque fuese rápida.

Algunas veces se contentaba con ver á Rina, pero ésta parecía menospreciarle por su ceguera ó su ignorancia. ¡Un hombre que pasaba junto á su felicidad sin fijarse en ella, empeñándose en perseguir cosas imposibles!...

La presencia de Mascaró representaba para Arbuckle unas cuantas horas de conversación, durante las cuales raro sería que su mala suerte le privase de un tránsito fugaz de la viuda. Y para no quedarse solo, vigilaba la combustión del cigarro enorme ofrecido á su nuevo amigo, y apenas veía llegar el fuego más allá de su parte media sacaba el estuche, brindándole con otro.

—No diga que no—rogaba, empleando un español de California, matizado de palabras inglesas ó italianas en momentos de duda—; son muy saludables y no hacen daño. Yo suelo fumar hasta veinte por día.

Otro motivo de satisfacción para Arbuckle era el entusiasmo con que el catedrático iba recordando la visita que había hecho á su tierra natal. La verbosidad exuberante de Mascaró hacía revivir ante sus ojos el panorama de San Francisco, el idolatrado «Frisco» de su infancia, cuyo desarrollo y belleza seguía admirando después de haber viajado por casi toda la tierra.

Para el español, era la Universidad de Berkeley, al otro lado de la hermosa bahía, uno de los mejores recuerdos de su existencia. Hablaba del campanil de esta Universidad, igual á una torre de faro, que los habitantes de San Francisco veían desde la orilla opuesta; de sus diez mil estudiantes, de su teatro griego, donado por la munificencia de un multimillonario, con arboledas en cuyo ramaje cantaban los pájaros como el coro antiguo de las tragedias.

—Aquí en Europa saben muy pocos lo que es una universidad americana—dijo una tarde á Florestán, que se había sentado con ellos en el hall—. Los más se limitan á imaginarse un edificio monstruosamente grande. «La mejor universidad de mi país—se dicen—tiene cincuenta ó cien metros de fachada. Entonces una universidad de América debe tener medio kilómetro cuando menos sobre la calle...» No señor; una universidad es allá un parque, un enorme parque, con fuentes, canales y algunas veces con lagos para regatas. Un palacio blanco es la biblioteca; otro palacio pertenece á las Letras; otro á las Ciencias; y además, los grupos de pabellones para los estudiantes, que forman un pueblo libre, y el club para los profesores, todo separado, con árboles, con pájaros, con una alegría que hace amable el estudio y placentero y suave el trabajo. El mejor recuerdo que guardan allá muchos hombres es el de los años pasados en la universidad-jardín.

Luego, el catedrático se expresaba con más energía, como si le irritase la consideración de una injusticia.

—Allá no hay presupuesto de Instrucción pública ni ministro tampoco. Las universidades son asociaciones libres, mantenidas por el dinero que dan los particulares. Se juntan los ricos para fundar una universidad, como aquí para fundar un casino en el que se juega... Todo multimillonario procura que le perdonen sus riquezas destinando la mayor parte á una universidad, á un museo, á una biblioteca. ¿Cuántos millonarios hemos visto en Europa que dejen sus fortunas á los centros de enseñanza? Algunos, si no tienen hijos, legan su dinero á un hospital ó un asilo. Los más erigen un convento ó una iglesia... Nunca una escuela ó una biblioteca. ¡Y todavía hay bodoques que se imaginan á los Estados Unidos como un país simplemente de comerciantes, de gentes materialistas, sin ninguna idealidad, sin amor á las letras y las artes!...

Otro recuerdo predilecto era su viaje por el Sur de California, donde habían existido las Misiones españolas, y su visita á la famosa ciudad de Los Angeles.

Este levantino del mar Mediterráneo se había imaginado revivir su infancia viendo junto al océano Pacífico los naranjales de la California meridional y sus otras arboledas de frutos variados. Eran planicies semejantes á las vegas de Valencia y de Murcia, pero todo en mayor escala, más enorme y vasto, mejor cuidado, alcanzando los árboles proporciones extraordinarias, revelando sus frutos el milagro de la voluntad del cultivador aplicada al estudio y selección de los dones del suelo. En torno á las estaciones de ferrocarril surgía de muelles y almacenes un perfume intenso de frutas maduras y tablas recién cortadas para fabricar cajas.

Los árboles se perdían á lo lejos en filas regulares, con sus troncos pintados de blanco para defensa de los parásitos, lo que les daba el aspecto de fustes de una columnata interminable. Todas las casas se mostraban embellecidas exteriormente por plantas trepadoras cubiertas de flores. Los caminos estaban orlados con eucaliptos de crecimiento tan enorme, que parecían contar siglos de existencia.

Casi todos los frutos del planeta se desarrollaban prodigiosamente sobre este suelo feliz. Mascaró recordaba entusiasmado la naranja californiana, luminosa como un pequeño farol japonés, guardando bajo su cápsula color de oro rojo un jugo denso, ávido de expansionarse, sin el menor vestigio de pepitas, por haberlas suprimido el cultivador con una incesante selección.

La gran curiosidad de este jardín infinito á la vista eran las antiguas Misiones de los frailes españoles. Todo californiano veía en ellas la gloria histórica de su país. Los más de los conventos estaban en ruinas, manteniéndose con milagroso equilibrio las arcadas de sus claustros, hechos de adobes, y parte de sus bóvedas. Algunos de estos monumentos humildes eran reconstruídos por el entusiasmo patriótico, invirtiéndose en ellos cantidades enormes que hubiesen asombrado á los compañeros de Junípero Serra. Para darles estabilidad eran introducidos armazones de acero en el interior de sus muros de tierra seca. Se empleaban los procedimientos más recientes y americanos de la edificación para perpetuar estas construcciones hechas por el indio y el fraile con simples rectángulos de barro cocidos al sol.

En los conventos que aún se mantenían de pie se agolpaban los viajeros de las ciudades para contemplar con histórica emoción las pobres custodias, las imágenes pintarrajeadas, todos los objetos humildes de culto que había logrado improvisar la miseria de unas Misiones perdidas en lo que era entonces para España el rincón más obscuro y lejano de sus colonias.

Recordaban estas iglesias á Mascaró, á pesar de la mediocridad y primitivez de sus adornos, muchos de los templos coloniales que había visto en sus viajes por la América del Sur. Fuesen pobres ó suntuosos, en todos ellos la principal riqueza estaba en el techo. Los frailes habían podido mostrarse pródigos al labrar el artesonado por vivir en países abundantes en madera. Sobre los muros de adobe cubiertos de cal se apoyaba la techumbre de atrevida curva, sustentada por maderos flexibles, que, en fuerza de inmersiones y continua presión, habían acabado por arquearse como las duelas de un tonel gigantesco. Otras veces estos techos tenían la forma de una artesa puesta al revés, de una barca con las puntas cortadas vuelta hacia abajo. Y las vigas, tendidas de muro á muro, parecían los bancos de esta embarcación invertida.

Las campanas de los conventos muertos eran guardadas como símbolos de la vieja California. Muchos hoteles enormes que la iniciativa americana iba construyendo en este país invernal buscaban su emplazamiento cerca de las ruinas de alguna Misión. Y si las ruinas no existían, el arquitecto procuraba inventarlas. Lo importante era que al entrar en el hotel pudiese admirar el cliente, entre los esplendores de un jardín moderno, una campana verdosa y rajada: la de los antiguos franciscanos españoles. La campana misionera era el remate del escudo de armas de California, figurando en todos los anuncios y marcas comerciales del país.

Junto al pequeño convento de Nuestra Señora la Reina de los Angeles se había ido formando la moderna ciudad de Los Angeles, la más elegante y atractiva de todas las urbes de los Estados Unidos.

—Es la Niza de allá—continuó don Antonio—; pero una Niza que tiene en invierno cerca de un millón de habitantes, cuatro ó cinco veces más grande que la de Europa, con todos los adelantos y comodidades de la vida americana y cerca del lugar donde la costa del Pacífico resulta más interesante por sus islas montañosas y su vegetación submarina. La ilusión de todo americano es ir en invierno á Los Angeles, y si es muy rico instalarse en Pasadena, lugar inmediato de hoteles caros y lujosos... En Mónaco, en Cannes y otros puertos de la Costa Azul se ven anclados los yates de los millonarios que han venido á pasar el invierno. Al llegar á Los Angeles encontré en la estación muchos vagones azules que permanecían apartados fuera de las vías en movimiento. Eran los yates terrestres de los millonarios de allá. Cada uno tiene su vagón especial arreglado á su gusto, y mientras pasa los meses de invierno en Los Angeles, el costoso vehículo espera en la estación, con su cocinero y sus ayudas de cámara inactivos, lo mismo que la marinería de un yate anclado. Cuando uno de estos personajes se cansa de comer en su hotel de Pasadena, entre jardines floridos, da á sus amistades un banquete «á bordo» de su vagón especial. Luego, al terminar el invierno, se vuelve á Nueva York en este coche-casa, ó á cualquiera otra de las ciudades de la costa del Atlántico. Seis días y seis noches de tren. Hay que retrasar ó adelantar el reloj varias veces, lo mismo que cuando atraviesa uno el mar para ir á América ó vuelve de allá. ¡Aquella nación es todo un mundo!...

Mascaró recordaba los túneles de Los Angeles. Al ensancharse la ciudad había tropezado con el obstáculo de varias colinas, que obligaron á su caserío á remontarse por las pendientes. Pero las grandes calles habían acabado por vencer las gibas del suelo perforándolas con túneles.

Estas avenidas subterráneas tenían sus paredes y sus bóvedas revestidas con ladrillos blancos de porcelana biselada. Noche y día brillaban en su seno focos de electricidad ocultos en el muro, y estos chorros luminosos de origen invisible se extendían por la curva del techo, descomponiéndose en las facetas de la porcelana con el irisamiento del nácar. Los focos de los autos, deslizándose como las cuentas de un rosario de fuego, cortaban con sus chorros móviles de luz roja este brillo lácteo, semejante al reflejo de la luna sobre un mar dormido.

—Cree uno que marcha por el interior de una ostra perlífera; parece que el automóvil se haya extraviado en las nacaradas revueltas de una caracola marina gigantesca.

Luego hablaba de la abundancia de los automóviles californianos como signo de la riqueza del país. Había un vehículo de esta clase por cada cuatro habitantes.

—De modo—continuó diciendo—que una mañana puede montar en auto la población entera de California, niños y viejos, y marcharse á toda velocidad, dejándola desierta... Pero no hay miedo de que lo haga. Es un suelo el suyo como no hay otro en el mundo.

Tan grande era la fama de este país, que su nombre, invención de un obscuro novelista de Castilla, había acabado por ser sinónimo de tierra hermosa. En Niza y Cannes, los barrios mejores por la fertilidad de sus jardines eran llamados La California. El título de la ínsula de la reina Calafia evocaba en todo el mundo una visión paradisíaca.

El oro que la había hecho célebre sólo representó una opulencia transitoria. Su riqueza permanente estaba en los campos cultivados. En su parte septentrional, antes de llegar á San Francisco, había selvas convertidas por la previsión del gobierno en parques nacionales, con árboles prodigiosos, las famosas «sequoias», bajo cuyas raíces formando arcos podían pasar á la vez varios hombres á caballo.

El subsuelo, rico en vetas auríferas, guardaba filones de los más diversos metales, y á esta riqueza sólida había venido á unirse en los últimos años el oro líquido, obscuro y maloliente necesario á la industria moderna. Por las entrañas de esta tierra, madre del naranjo y otras frutas de crecimiento maravilloso, circulaba el petróleo. Sobre las arboledas cultivadas asomaban su vértice los andamiajes de madera que marcan la existencia del pozo petrolífero. Dentro de la misma ciudad de Los Angeles había visto Mascaró terrenos rodeados de cercas, como si fuesen solares en construcción, mostrándose por encima de dichas barreras idénticos maderos en forma de pirámide. Eran fuentes de petróleo surgidas en el interior de la ciudad, pero cuya explotación había sido suspendida, por resultar incompatible con el funcionamiento y la hermosura de la vida urbana.

—Y la última riqueza de California es el cinematógrafo—siguió diciendo Mascaró—; una de las más importantes de los Estados Unidos, uno de sus primeros artículos de exportación.

No era en realidad la ciudad de Los Angeles el lugar santo donde se creaba la vida sin voz; se llamaba Hollywood, nombre de un pueblo inmediato.

Había nacido en los últimos años, desarrollándose con la rapidez biológica de un órgano reclamado imperiosamente por la función.

—En toda la tierra es conocido Hollywood; pocos son los que no han visto alguna vez sus calles—dijo el profesor á Florestán—. Esas avenidas orladas de pequeñas palmeras, con jardines sin valla, formando pendientes de musgo y de flores, por donde se persiguen los héroes de las historias cómicas y pasan automóviles que aplastan á las gentes ó marchan en vertiginoso zigzag, como si estuviesen ebrios, eso es Hollywood.

Su primera visita á dicha población había sido á mediodía, cuando los actores interrumpen su trabajo para tomar el lunch. Tenía unos quince mil habitantes, casi todos artistas. Los llamados «estudios», donde se producen las obras cinematográficas, eran la verdadera industria de esta villa. Como viven en ella miles de mujeres solas y ganando mucho dinero, habían surgido otras industrias menores: sombrererías, modistas y demás establecimientos de lujo. Los más de los habitantes tenían automóvil, guiándolo ellos mismos. Hasta los carpinteros y los maquinistas constructores de las decoraciones para las obras llegaban al trabajo guiando su vehículo mecánico. En las extensas avenidas, abiertas sin miedo á despilfarros de espacio, se adivinaba la existencia de los «estudios» al ver un centenar de automóviles en doble ó triple fila, todos con el dueño ausente.

Mascaró, al entrar en Hollywood, fué pasando entre numerosos grupos de odaliscas, unas envueltas púdicamente en sus velos, otras dejándolos flotar sobre sus espaldas, mientras corrían veloces, con una alegría de colegialas en libertad. En uno de los «estudios» se estaba filmando aquel día un cuento oriental. Las figurantas con familia acudían á sus casas para tomar el lunch y regresar cuanto antes al fabuloso Bagdad del califa Harum Al-Rachid.

Enumeraba el catedrático las maravillas de este pueblo, que por sus incesantes transformaciones era llamado la Ciudad-Camaleón.

Cada «estudio» ocupaba vastos terrenos guardados por vallas, y en esta planicie cerrada, arquitectos y hábiles manipuladores del cemento armado construían y destruían en el curso del año toda clase de poblaciones. Un día, sobre las cercas se iban elevando, en hábil y engañosa perspectiva, la torre Eiffel, el puente Alejandro, la bóveda de los Inválidos, todo lo más conocido del panorama de París. Y las empresas cinematográficas aprovechaban tal reconstitución, que había costado meses y meses de trabajo, para filmar de una vez y en unos cuantos días todas las historias que tenían por escenario la capital francesa.

Otras veces se podía ver en Hollywood el puente de los Suspiros, el Rialto y la plaza de San Marcos de Venecia; ó un zoco árabe, de tiendecitas lóbregas, al que afluían varias calles abovedadas como túneles, agitándose en su ámbito abigarrada muchedumbre de mercaderes, camelleros, hembras veladas y santones.

—Y todo construído de verdad, todo sólido y duradero, como si no hubiera de ser echado abajo apenas el operador da la última vuelta de manivela á su aparato. ¡Los chascos que se llevaba uno en la Ciudad-Camaleón!...

Recordaba haber paseado por calles idénticas á las que habitan los obreros en los suburbios de las grandes ciudades industriales. Eran casas de ladrillo ahumado, fachadas monótonas, con vidrios polvorientos en sus ventanas. Las comadres de brazos arremangados hablaban apoyadas en los quiciales de las puertas ó remendaban sus ropas sentadas en el umbral. Un tranvía viejo pasaba por el centro de la calle, haciendo apartarse á los grupos de chicuelos astrosos, hijos de emigrantes italianos ó irlandeses.

El catedrático había creído que este barrio de trabajadores sobre terrenos dedicados á la cinematografía era una prolongación olvidada de la vida industrial de algún grupo de fábricas próximas. Pero de pronto, cuando sus acompañantes abrieron la puerta de una de las casas y le invitaron á pasar adelante, no pudo contener una exclamación de asombro. La casa no continuaba. La calle estaba hecha simplemente de fachadas, y lo mismo ella que las gentes que se agrupaban junto á las puertas, las tiendecitas sucias de los pisos bajos, el tranvía viejo, los carretones circulantes cargados de cajas y toneles, todo era fingido, todo preparado para representar cinematográficamente una novela de la vida obrera en los Estados Unidos.

Todos los pueblos de la tierra, atraídos por el nuevo arte, enviaban sus gentes y sus idiomas á la Ciudad-Camaleón.

Mascaró había visto en las diversas secciones de un mismo «estudio», que filmaba varias historias á la vez, bailarinas de Málaga y bailarinas de Bombay, jinetes mejicanos ó de Australia, gauchos de las Pampas y esquimales venidos de Alaska. En las inmediaciones de Hollywood volaba á veces un aeroplano, cuyo tripulante hacía dar al aparato las vueltas más audaces, arrojándose luego en el vacío, para agarrarse á un árbol ó un tejado.

Resultaba visible la riqueza de la Ciudad-Camaleón en los edificios y las personas. Las casas de los artistas, rodeadas de floridos jardines, eran de madera en su mayor parte, elegantes bengalows, adornados interiormente con ricas alfombras y muebles ostentosos. Se adivinaba la aburrida suntuosidad de las gentes que ganan mucho dinero y se ven obligadas por su trabajo á permanecer siempre en el mismo sitio. Era una opulencia igual á la de los mineros aglomerados en un rincón solitario de la tierra, que no saben qué inventar para aligerarse del oro que llevan ceñido al talle.

Casi todas las mujeres iban elegantemente vestidas, con una elegancia pesada y costosa. Algunas, en las primeras horas matinales, llevaban trajes de rica seda bordados de oro.

La dulzura del cielo, la persistencia del sol de California, que rara vez deja de mostrarse, habían impulsado las grandes industrias cinematográficas á establecer sus «estudios» en este pueblo junto á Los Angeles. Hasta el pasado salvaje del país ayudaba al mayor esplendor del arte mudo. Cerca de Hollywood existía una de las llamadas «reducciones» de indios, porción de terreno que el gobierno deja á las antiguas tribus para que sigan vivaqueando como antes de la conquista realizada por los blancos.

—Estos pieles rojas—continuó don Antonio—han acabado por sentir, como cualquiera señorita, la tentación demoniaca del cinematógrafo, y buscan el figurar en los films cuando alguna historia exige la presencia de indios. En la Ciudad-Camaleón, los reclutadores de figurantes son personajes que merecen tanto interés como los que construyen poblaciones de quita y pon. Basta decirles: «Necesito quinientas personas de esta ó de la otra clase», y al día siguiente, á las siete de la mañana, se presenta en el «estudio» la muchedumbre amaestrada que ha pedido usted. Si la fábula exige la presencia de una tribu india, el agente echa mano al teléfono y llama al cacique del campamento próximo, pues en las tolderías de los Estados Unidos hay teléfonos, máquinas de coser, máquinas de contar el dinero y plumas estilográficas, lo que no impide que las gentes lleven aún plumas en la cabeza, mantas rayadas y pantalones de cuero acampanados, con cabelleras colgantes. «Para mañana—dice el reclutador—quiero cien guerreros con sus familias y sus tiendas.» Y al día siguiente, á primera hora, acampan en los terrenos del «estudio» los pieles rojas con traje de guerra, armados de lanza y flechas, y fuman acurrucados en el suelo sus largas pipas de piedra, mientras las mujeres, chatas y de ojos oblicuos, plantan las tiendas cónicas de cuero pintarrajeado, y los chiquillos cobrizos juguetean con los perros de la tribu.

Se entusiasmaba el catedrático al hablar de las ventajas de la cooperación y del capital abundante. En unas cuantas horas podía uno improvisarse cinematografista en la Ciudad-Camaleón, alquilando un «estudio» donde todo estaba preparado: el personal, las fuerzas eléctricas, los reflectores, enormes como los de un navío de guerra. En Europa había que hacer las cosas partiendo de lo más elemental, como el que se ve obligado para construir un mueble á empezar por la siembra de la semilla del árbol, esperando á que éste crezca y pueda proporcionar finalmente tablas para la deseada fabricación.

Cada artista trabajaba según la calidad de su rostro.

—El figurante novel, al ofrecer sus servicios, queda clasificado por los conocedores. «Cabeza de juez», apunta en su libro de notas el agente. Y cuando un «estudio» necesita un juez, lo llaman... En Europa no trabajaría una semana en todo el año. En Hollywood, donde se crean á la vez quince ó veinte historias cinematográficas, no hay día en que el «juez» deje de trabajar.

Y así continuaba enumerando las particularidades de la Ciudad-Camaleón; pueblo que no tenía más allá de una docena de años de verdadera existencia y llenaba el mundo con sus obras, dando alimento imaginativo á todas las razas de la tierra, venciendo los obstáculos que oponen los idiomas y los colores diversos de las gentes, haciendo penetrar muchas veces la poesía ó los adelantos del pensamiento en lugares inaccesibles por la tradición ó la barbarie, donde jamás consigue entrar el libro.

Para Arbuckle, representaba un placer reposado y dulce escuchar al catedrático envolviéndose en las nubes de su habano, hundido en las blanduras de un sillón de la rotonda, atisbando al mismo tiempo, disimuladamente, todas las personas que veía entrar en el hotel y dirigirse á los ascensores. Como Mascaró sabía evocar con una realidad casi tangible el recuerdo de la amada California, esto le hacía imaginarse que la señora Douglas estaba allí, entre ellos, aunque transcurriesen las horas sin que se mostrase.

En espera de tiempos mejores, Haroldo encontraba aceptable su actual situación. Algunas tardes la viuda se quedaba en el hall, después del almuerzo, hablando con sus amigos, pues aquel sabio, que decía cosas tan hermosas y agradables, parecía atraerla con el encanto de su palabra. El californiano se explicaba esta fuerza atractiva. Florestán le era simpático por su juventud, pero apenas si fijaba en él su atención. Después de la viuda sólo tenía ojos para el gran Mascaró.

Esta espera plácida de hombre que cuenta con el tiempo para la realización de sus deseos, y considera inútiles audacias y prisas, se vió turbada de pronto por un suceso inesperado. Una tarde, cuando Arbuckle aguardaba la llegada de su amigo el catedrático, vió avanzar bajo la cúpula del hall á otra persona conocida, pero que él se imaginaba muy lejos de Madrid: el marqués de Casa Botero.

Lo había encontrado en París, durante varios meses, casi todos los días, por ser un amigo de la señora Douglas, tan persistente y tenaz como él. La mayor preocupación del californiano al salir para Madrid había sido que el otro no averiguase el paradero de la viuda.

Este encuentro era lo peor que podía ocurrirle; pero á pesar de ello apretó la mano del marqués con forzuda efusión, sonriendo al mismo tiempo sin hipocresía. Estaba enterado desde su juventud de la cortés lealtad con que debe tratarse á un adversario. Había estrechado la diestra, siendo muchacho, de muchos camaradas con los que se batía luego á puñetazos. Terminado el boxeo, era también de regla darse una mano, mientras la otra estaba ocupada en rascarse los chichones y limpiar el rostro de sangre. Hay que demoler al enemigo si se puede, pero sin faltar nunca á la consideración que merece por ser hombre.

—¿Usted aquí? ¡Qué sorpresa!...

Y el otro contestó con una petulancia en la que se adivinaba su deseo de aplastar al hombre de negocios:

—Sentí de pronto el deseo irresistible de contemplar una vez más los Velázquez. Yo soy muy artista y tengo necesidades espirituales que ignoran otros.

Aunque no existiese entre los dos la seductora personalidad de la viuda Douglas, que los separaba y los hacía buscarse al mismo tiempo, no por ello Arbuckle habría sentido simpatía alguna por este personaje. Se levantaba entre ambos un antagonismo tradicional é irreductible. Era como si perteneciesen á dos especies distintas de hombres que venían chocando y devorándose desde el principio de la existencia humana.

El marqués de Casa Botero, de la misma edad que Arbuckle, parecía más viejo que él por el rostro y más joven por la esbeltez de su figura. Era extremadamente enjuto de carnes, con la delgadez del deportista que vigila celosamente su peso y no permite sobre el andamiaje de su osamenta otra carne que el músculo productor de fuerza, pero comprimido y correoso, sin los abultamientos del atletismo profesional. Bajo la piel de su rostro se marcaban las oquedades y aristas del hueso. Esta epidermis estaba algo quebrada por la pátina de los ejercicios al aire libre, por las inmovilidades en la playa bajo el sol después de la natación, por los deportes de invierno en las estaciones elegantes de Suiza. No eran arrugas de vejez; era el agrietamiento de la flacura buscada con extremados ejercicios. Llevaba el rubio bigote corto, y su cabellera peinada atrás con tal violencia, que parecía tirar de ella una mano invisible. Tenía en sus movimientos la ligereza del jinete, y en sus gestos y su mirada fría la insolente seguridad del hombre de armas que cuenta con sus ventajas de esgrimidor.

Avezado Arbuckle en sus negocios internacionales á la lucha con la mentira, le era fácil husmear la presencia ó la ausencia del dinero, y basándose en tal adivinación consideraba pobre al marqués no creyendo ninguna de las manifestaciones de opulencia que hacía frecuentemente con gestos de multimillonario hastiado de su prosperidad.

Llevaba, sin embargo, una vida tan costosa como la de los ricos, mostrándose en todos los lugares de Europa frecuentados por gentes acaudaladas. La señora Douglas le había conocido, una primavera, en un hotel de Florencia. Rina lo veneró desde el primer momento como si fuese la personificación material de muchos personajes interesantes adorados por ella en novelas que llamaba «aristocráticas». La viuda le miró con cierta simpatía al oir que era un marqués español.

Esta nacionalidad de Casa Botero no resultaba clara. Unas veces se decía español, afirmando que su título nobiliario había sido dado por los reyes de España. Otras, para explicar sus defectos de pronunciación, se declaraba nacido en Sicilia, pero sus abuelos habían ido á Madrid con Carlos III, al renunciar éste la corona de Nápoles por la de España.

Dudaba Arbuckle de sus dos nacionalidades, creyéndole más bien nacido en alguno de los puertos cosmopolitas del Mediterráneo oriental, donde los judíos que fueron expulsados de la Península hablan aún el castellano antiguo. ¿Quién podía saber con certeza lo que era este hombre y la legitimidad de su título?... Su única ocupación visible era coleccionar cuadros y antigüedades, ponderando las enormes sumas que le costaba satisfacer sus refinados gustos de artista. Pero el californiano tenía la sospecha de que se dedicaba al corretaje y venta de estos objetos, muchas veces de dudosa autenticidad, abusando de las manías seudo-artísticas de ciertas personas ricas é ignorantes á las que había conocido en salones ú hoteles célebres, siendo esta industria cuidadosamente disimulada su mejor renta.

Vivía con lujo, y si tenía apuros monetarios los ocultaba con habilidad. En opinión de Arbuckle, el negocio que ocupaba enteramente su pensamiento era casarse, fuese como fuese, con la millonaria Douglas... Pero la consideración de que era su adversario le hacía callar tales sospechas, para que su compatriota no le creyese falto de lealtad y de justicia.

Después de haberle conocido en Florencia volvió «la Embajadora» á encontrarlo en París, y desde entonces fué tropezándose con Casa Botero en todos sus viajes por Europa.

Era menos hábil y rápido que el antiguo buscador de oro para descubrir su paradero; mas de todas suertes acababa por surgir ante su paso pocos días después de haberse mostrado Arbuckle. Resultaba de trato menos seguro y plácido que el otro solicitante; siempre hallaba el medio de exponer sus pretensiones amorosas, á pesar de las interrupciones burlonas de la viuda y su habilidad para librarse de palabreos importunos. Además, había sabido atraerse la simpatía de Rina, y ésta le ayudaba con sus elogios y sus frases de admiración al quedar á solas con la viuda.

Dos sentimientos contradictorios agitaban á la señora Douglas al pensar en él. «Tal vez será conveniente cortar esta amistad», se decía muchas veces.

Casa Botero estaba bien relacionado socialmente; entraba en todas partes; era muy conocido en París desde los hoteles inmediatos al Arco de Triunfo hasta los establecimientos y clubs vecinos á la Magdalena; pero algunas personas de situación respetable sonreían irónicamente ó hacían un gesto de inquietud al oir su nombre. Otros afirmaban que en la Embajada de España nadie conocía á este personaje, ni estaban enterados de la existencia del marquesado de Casa Botero. Tal vez eran murmuraciones de sus enemigos. También podía ser que su título fuese de los que concede el Papa. Pero aunque no resultase menospreciable por un pasado turbio, siempre era para ella un amigo poco tranquilizador, que le obligaba á vivir recelosa y pronta á defenderse.

Al mismo tiempo le inspiraba cierta gratitud por el interés con que atendía á sus diversiones, proporcionándola invitación para asistir á las fiestas más famosas, guiándola con su experiencia y sus amistades en el círculo de la vida cosmopolita comprendido bajo el título de «todo París». Era para ella lo que para ciertas damas antiguas el llamado «caballero sirviente». Gracias á su auxilio había conocido en pocos meses un París que muchas de sus compatriotas tardaban años en conquistar.

Sentía á veces remordimiento al darse cuenta del inexplicable contraste entre la simpatía que le inspiraba este hombre y las noticias de su vida anterior. Era una vergüenza igual á la que se sufre con el descubrimiento de un pecado: vergüenza que no nos impide persistir en él. Conocía varias «historias malas» del tal Casa Botero, historias de amor con mujeres á las que había hecho perder su prestigio y su posición social; historias con damas que á última hora no quisieron casarse con él; mas todo ello era muy vago; nadie podía afirmarlo con un testimonio directo, y el marqués continuaba siendo bien recibido en salones respetables frecuentados por ella.

La estima simpática de este hombre inquietante era su único pecado mental, lo que hacía que le apreciase todavía más, con ese interés curioso que inspiran los libertinos alegres y serviciales á muchas personas honestas. Era para ella á modo de una ventana que le permitía asomarse sobre un mundo prohibido. Todo lo malo que le contaban acerca de su pasado parecía añadir nuevas seducciones á su persona. Según iban aumentando los informes en perversidad, se agrandaba su atracción: la terrible atracción que ejerce lo desconocido.

Ella, además, era una mujer fuerte, predispuesta por instinto á buscar todo lo arriesgado. Bastaba que muchas señoras evitasen con miedo el trato de este hombre, para que «la Embajadora» le concediese mayor familiaridad. Sonreía cuando algunas amigas tímidas le insinuaban que este individuo iba indudablemente en busca de sus millones y era capaz de comprometerla en un escándalo social, para obligarla de tal modo á casarse con él. Le gustaba juguetear con el peligro, desorientar con sus coqueterías y sus severidades á este temido sujeto, sin permitirle que avanzase un paso más en su intimidad. Era como si domesticase una bestia feroz y astuta, divirtiéndose en hacer de ella un gozquecillo, seguidor humilde de sus pasos.

La mujer que Mascaró apodaba «la reina Calafia» podía arriesgarse en estos ejercicios de amazona, sin miedo alguno. Sus opiniones austeras, la ordenada serenidad de su vida física, le permitían considerarse fuerte, ignorando ó despreciando la embriaguez de la tentación. Su existencia tenía la regularidad isócrona y vencedora de una máquina.

El adulterio, con los tapujos y mentiras que forman su acompañamiento, le había parecido siempre una cobardía, indigna de su carácter franco y valeroso.

«Si yo me hubiese enamorado alguna vez—se decía interiormente—, si un hombre me hubiese hecho su esclava, antes que engañar á mi marido le habría revelado la verdad, separándome de él. Todo es preferible á la mentira... Eso que llaman amor y obliga á las vilezas del adulterio es indudablemente igual á una enfermedad, y la mujer que sufre tal desgracia debe sobrellevarla valientemente y no mentir.»

Tampoco admitía el amor sin la vida común. ¿Esconderse?... ¿Mostrar rubor en público por una pasión á la que se dedican luego en secreto tan hermosas palabras?... No; ella sólo habría aceptado amar á un hombre á la luz del sol.

Por eso le atraían y divertían como espectáculos raros las aventuras del adulterio, los incidentes de la pasión oculta y vergonzosa, que sirven de base á tantas historias de amor. Le parecían actos de una humanidad secundaria, malsana y merecedora al mismo tiempo de interés. Su salud siempre equilibrada, su sensualidad adormecida, le permitían vivir rozándose con todas estas historias sin miedo al contagio, como un operador de laboratorio, defendido por guantes aisladores, maneja tranquilamente venenos mortales ó fuerzas fulminantes.

Había también mucho de coquetería femenil en la predilección que mostraba por este amigo inquietante. Como no había conocido otra pasión que el reposado y dulce compañerismo de su esposo, le placía secretamente verse deseada con violencia, al modo «latino», con cierta falta de respeto.

Se ofendía cuando Casa Botero intentaba ir lejos en sus palabras. Una vez que, aprovechando una conversación á solas, quiso besarla, Concha Ceballos lo inmovilizó dolorosamente con uno de aquellos golpes del pugilato japonés aprendido en su juventud. Con ella era peligroso intentar algo que no hubiese autorizado previamente.

Luego la amazona sonreía con una vanidad de colegiala al escuchar las amenazas de celoso añadidas por el marqués á sus declaraciones de amor.

—Si usted ama á otro, lo mataré. ¡Juro que lo mataré!

Nunca había oído esto á sus pretendientes, cuando era soltera.

—Entonces, mate usted á Arbuckle—dijo riendo.

Casa Botero quedó indeciso, y al fin añadió con desdeñosa magnanimidad:

—A ese lo desprecio. Sé bien que nunca será un rival temible para mí.

Fluctuando entre la desconfianza por sus antecedentes, el agradecimiento por sus servicios y el deseo de coquetear con él para convencerse de su propia fuerza y hacer ver á sus amigas que este hombre tan temible para otras mujeres no podía inspirarle miedo, continuaba la viuda admitiendo sus visitas, hasta que de pronto sentía la necesidad de alejarlo. Era prudente guarecerse detrás de los obstáculos del tiempo y la distancia. Resultaba demasiado pegajoso en sus deseos de hacerla marquesa de Casa Botero... Y en uno de tales momentos había dispuesto su viaje á España para ayudar á Rina.

Al presentarse en Madrid este solicitante, ella acogió con risas la noticia de su llegada.

—Me lo temía—dijo á su compañera—. Ya está la familia completa.

Hubo sin embargo en su risa una expresión de contrariedad. «La Embajadora» no se sentía aquí con el mismo buen humor para tolerar á sus dos enamorados que en París y otras ciudades.

Por fortuna, el bondadoso Arbuckle la libró de su presencia. Nunca llegaba á presentir con exactitud los deseos de la viuda, pero algunas veces por obra del azar, sabía servirla y complacerla mejor que el otro. Pensó que, estando ahora en Madrid aquel adversario, simpático á las mujeres, pero enigmático y sospechoso para muchos hombres, nada podría adelantar él en sus pretensiones. Era mejor irse á Sevilla por unos días, justificando de tal modo lo que había dicho á la viuda.

El marqués, menos discreto que él, se había instalado en el mismo Palace, buscando sin recato alguno ver con frecuencia á la señora Douglas. Pero Arbuckle creyó que podía emprender tranquilamente dicho viaje, pues dejaba á sus espaldas buenos auxiliares.

Su ilustre amigo don Antonio había manifestado una opinión francamente adversa desde la primera vez que vió á Casa Botero.

—No me gusta ese tipo. Además... ¿qué marquesado es el suyo?... Nunca he oído mentar el tal título.

Florestán mostraba igualmente repulsión por él desde la noche que le conoció en el comedor del Ritz.

Le molestaba el tono familiar de su conversación con la señora Douglas, como si existiese en su pasado una intimidad que no podía mantener oculta. Le irritó la cortesía teatral con que besaba su mano.

Se dió cuenta por primera vez de que otros hombres, además de él, podían ser amigos de dicha señora, recibiendo sus palabras, sus ojeadas y sonrisas. Creyó que le robaban algo suyo, y esto le hizo perder la serenidad de su carácter simple y rectilíneo.

Casa Botero, como si adivinase sus sentimientos, le trató con una hostilidad falsamente cortés.

Repetidas veces, en el curso de esta primera comida, miró con inquietud á la señora Douglas y luego al joven. Aprovechando un momento en que Rina conversaba con Florestán, se inclinó hacia la viuda para decirla quedamente:

—Veo que ha hecho usted, apenas llegada, muy buenas amistades en Madrid. ¿Verdaderamente, le interesa la gente tan joven?...

VII

De las discusiones que tuvo Mascaró con su esposa y de un recado que le envió Florestán

El día que conocieron en Florencia á Casa Botero, y después en las numerosas conversaciones tenidas con él en París y otras ciudades, las dos californianas le oyeron hablar siempre con orgullo de su noble abolengo español.

—Los Casa Botero somos de origen siciliano, pero mis ascendientes sirvieron con tal lealtad á Carlos III, que al renunciar éste á la corona de Nápoles para ser rey de España, no quiso separarse de ellos y ordenó que le siguieran á su nuevo reino, figurando mucho en la corte de Madrid.

Esto lo decía estando en Italia y en Francia; pero al vivir en Madrid empezó á mostrarse más siciliano que español. Olvidaba á los abuelos que siguieron á Carlos III para hacer memoria únicamente de los otros que se habían quedado junto á los Borbones de Nápoles, así como de ciertas propiedades y derechos que aún poseía en Sicilia.

Como sólo le visitaban en Madrid algunos amigos aficionados á los deportes y dados á los placeres conocidos por él en París, y había hecho mención tantas veces de los ilustres tíos y primos que tenía en España, creyó necesario justificar este retraimiento de su familia.

Los tales parientes—según ciertas explicaciones misteriosas que dió á Rina—eran de la aristocracia más histórica de España, pero no podían olvidar la lealtad de los Botero con la monarquía legítima, viendo en ella un remordimiento para su propia conducta.

—Mis abuelos siguieron al pretendiente don Carlos, que era el monarca verdadero, mientras los demás parientes aceptaban la rama usurpadora. Por eso el gobierno finge no conocer nuestro marquesado, indudablemente más legítimo que el de los otros, pues nos lo dió el único rey.

Y la solterona repetía estas explicaciones por encontrar en ellas cierto sabor romántico, sin fijarse en la indiferencia con que las escuchaba la viuda. ¿Qué podían importarle las historias de este hombre elegante y de incierta nacionalidad, que Arbuckle tenía por un aventurero?... Ella no iba á casarse con él. Además, empezaba á serle molesta la presencia del marqués á los pocos días de haberlo encontrado en Madrid.

Resultaba menos maleable y simpático que en París. Se creía tal vez, al vivir en este nuevo ambiente, con nuevos derechos sobre ella. Consideraba que por antigüedad debía ser el más asiduo y atendido de todos sus amigos, mostrando una disposición hostil contra Florestán, como si viese en él á un intruso.

Ya no podía gozar la viuda tranquilamente el honesto placer de ser acompañada á todas partes por este muchacho respetuoso y tímido, que parecía esparcir en torno de su persona una energía flúida, inconsciente y reposada, algo semejante á las misteriosas fuerzas telúricas que surgen de las entrañas de la tierra. «La Embajadora» se sentía más joven, más optimista y de ánimo más firme al lado de este acompañante, que muchas veces permanecía en silencio, mirándola con unos ojos que eran acariciadores, sin que él se diese cuenta de tal audacia.

La presencia del marqués había trastornado esta vida de creciente intimidad, casi igual á la de sus tiempos de soltera en Monterrey, cuando galopaba al lado de algún jinete mudo por la timidez, que iba preparando mentalmente su declaración de amor. Le era imposible organizar una excursión en automóvil á cualquiera de las ciudades históricas de Castilla, sin que á última hora dejase de surgir Casa Botero, agregándose al viaje. Era Rina, sin duda, la que, por imprudencia ó exceso de admiración, revelaba á este hombre los proyectos de la viuda para el día siguiente, lo que le permitía presentarse con una oportunidad molesta.

Florestán se mostraba aún más contrariado que la señora Douglas por la asiduidad de Casa Botero. Al vivir éste en el mismo hotel, no necesitaba pasar largas horas en el hall, como Arbuckle, atisbando las llegadas ó salidas de la viuda para entablar conversación con ella. Se mostraba también menos respetuoso y obediente que el californiano, siendo á veces tal su terquedad en no despegarse del grupo de las dos señoras, que la viuda se veía obligada á valerse de un descaro sonriente para hacerle saber que ya la había visto bastante por el momento.

El interés visible de ella era mantener cerca á Florestán y alejar al otro. Al principio, el joven Balboa había frecuentado el hotel como quien va á cumplir maquinalmente una obligación cortés y agradable. Luego se había ido transformando el carácter de estas visitas en el curso de un mes, que era poco más ó menos el tiempo de su amistad con la señora Douglas.

Llegaba al Palace con anticipación, mucho antes de la hora convenida con la viuda para sus paseos por la ciudad, sus excursiones en automóvil ó sus comidas. Algunas veces no había sido citado por ella, pues deseaba hacer compras en las tiendas de antigüedades acompañada solamente de Rina. Otros días gustaba de salir sola, por el interés mezclado de inquietud que le inspiraba la muchedumbre en las calles de Madrid. También estaban de paso algunos viajeros de su nación y le era preciso aceptar sus invitaciones, viviendo con ellos unas horas, sin su joven acompañante.

Durante estas ausencias, Florestán empezó á considerarse igual á Arbuckle. Fué, como él, á ocupar un sillón en el hall del hotel, y para justificar dicho acto ante su propio juicio, se dijo que lo hacía por costumbre, porque le había tomado afición á sentarse bajo la cúpula de cristales, viendo la gente cosmopolita que pasaba entre las columnas del salón circular.

En realidad permanecía agazapado en su asiento, lo mismo que un espía que se finge distraído y lo vigila todo por el rabillo de un ojo. Seguía atentamente las entradas y salidas de los huéspedes, con la esperanza de que apareciese de pronto Concha Ceballos, proporcionándole este encuentro una entrevista más.

Le atormentaban ó le enfurecían ahora preocupaciones é inquietudes ignoradas semanas antes. Al acompañar á la señora Douglas por la ciudad, la cólera hacía pasar algunas veces por sus pupilas un resplandor agresivo, aconsejándole al mismo tiempo caer á bastonazos sobre la gente.

No podía la viuda pasar inadvertida en las calles inmediatas á la Puerta del Sol, donde las aceras están siempre ocupadas y hay que marchar con lento paso. Como en España no abundan las mujeres de gran estatura y el vulgo siente una admiración instintiva por las hembras altas, bien llenas, de porte gimnástico y andar ágil, el tránsito de la californiana parecía ir inflamando un reguero de avideces genésicas. Los más no la encontraban suficientemente gruesa para su talla aventajada; mas aun así, sentían en su imaginación el estallido de un cúmulo de fantasías salaces é inverosímiles, expresando sus deseos con el inevitable requiebro, que cuando más brutal les parece más de hombre.

—¡Eso es una hembra!... ¡Vaya una tía!

Adivinando por su aspecto que era extranjera, recargaban sin escrúpulo el color de sus admiraciones y anhelos, y creyendo no ser entendidos, se delectaban con sus propias desvergüenzas. La señora nacida en Monterrey parpadeaba ligeramente, estiraba el labio superior, palidecía un poco y seguía adelante, fingiendo no haber comprendido. Algunas veces, en realidad, no llegaba á entender, á pesar de su conocimiento del idioma; tan extraordinariamente soeces y de origen inconfesable eran las palabras con que algunos expresaban su entusiasmo.

Todo esto hacía sufrir á Florestán un suplicio nuevo. Él había transitado por las mismas calles acompañando á doña Amparo y Consuelito, sin oir nada semejante. Pero ahora iba con una extranjera, con una mujer que por su aspecto físico, su manera de vestir y sus movimientos se diferenciaba de las del país, y la excepción parecía inflamar la avidez carnal de los transeuntes.

—¡Gente grosera! ¡Pueblo sin educación!—protestaba en voz baja el joven.

Y no se atrevía á decir más, porque la señora Douglas continuaba su marcha fingiendo indiferencia, como si no hubiese entendido ninguna de las palabras musitadas por muchos hombres al cruzarse con ella.

Durante sus largas esperas en el hotel, las tardes que atisbaba una ocasión para encontrarse con la viuda, no gozaba el consuelo de verse acompañado como el bueno de Arbuckle. Permanecía solo horas enteras. Alguna vez veía á Casa Botero entrar en el hall; pero después de haber mirado á todos lados, al descubrir á Balboa se apresuraba á retirarse, como si no lo hubiese conocido.