CAPITULO XII

«DON JUAN»

Al día siguiente, en la casa de doña Asunción se festejaba con un almuerzo excepcional la inauguración del Instituto.

La patrona se había propuesto celebrar el acontecimiento con una comida el día mismo de su feliz realización; pero hubo que postergarla porque el profesor Herrlin recibió, por primera vez desde su llegada a Buenos Aires, una invitación de Simón Camilo Sánchez, e Inclán-Zavaleta, de su lado, se había comprometido a asistir a la lectura de un drama histórico del doctor David Peña.

De vuelta de la ceremonia, doña Asunción se sentó a la mesa para la comida de la noche, pero no probó bocado. Tenía de comensal único al silencioso empleado de la casa de óptica, gracias a lo cual pudo reflexionar con detención. Las tareas domésticas no le dejaban, por lo general, tiempo para hacerlo, y no advirtió así, hasta aquella noche, el lugar que el ilustre profesor sueco había llegado a ocupar en su casa y en su corazón.

Contemplando el asiento vacío del ausente, se dió a pensar en lo desiertos que serían sus días cuando el profesor, concluída su misión, retornara a su país. No tendría ya la preocupación cotidiana de que estuvieran listos a las ocho en punto el tazón de café con leche y crema, las tostadas con mermelada y la copa de Oporto que componían su desayuno ordinario. No debería ya vigilar para que a las once y media se sirviera el almuerzo y para que a las tres de la tarde se le enviase el te con leche, las rebanadas de pan negro con manteca y de pan candeal con miel, junto con la copita de coñac a que estaba habituado. Recordaría en vano que a las cinco y media volvía a tomar te solo con bizcochos y que exigía regularmente la última comida a las ocho de la noche. Y hasta llegaría a olvidar que las veladas de invierno, en torno de la estufa, se distinguen de las sobremesas estivales porque en un caso el ponche debe estar bien caliente, y en el otro, la cerveza bien helada...

Don Augusto—como había acabado la patrona por llamarle—sabía apreciar la delicadeza de la vida doméstica. Cuando ella misma arreglaba su habitación, limpiaba el polvo de los libros y ponía un búcaro de flores sobre la estantería, el sabio, aunque hubiera estado ausente, reconocía su mano y le daba las gracias con una efusión infantil.

No; no era como esos ogros de medicina, que llenaban los cajones de las mesas de luz con trozos de cadáveres, ni como el historiador Inclán-Zavaleta, que colgaba las medias de las perillas de la cama.

Y absorta en tales reflexiones melancólicas, doña Asunción se quedó hasta muy tarde sentada ante la mesa.

Sin embargo, al día siguiente no eran todavía las siete de la mañana cuando la diligente patrona andaba ya revolviendo entre los trastos de la cocina y traía al trote a la cocinera y a la sirvienta. El zafarrancho culinario duró hasta media hora antes de la señalada para el almuerzo, en que doña Asunción, habiendo dejado todo dispuesto, se sentó a descansar en el jardín.

Don Pepe, que andaba retozando por allí, fué a tenderse a sus pies. Así, toda encendida aún por el resplandor de los fogones, con la arrogante expresión de una dueña de casa que acaba de imponerse, humillándola, a una cocinera levantisca; la matinée, que señalaba, sin destacarlas, sus líneas opulentas, y el conejo extendido a sus plantas, le pareció al privat docent la figura, acuñada en medallas bajo el reinado de Adriano, que representaba, como se sabe, la Hesperia de los latinos. Augusto Herrlin estuvo por llamarla «madre de pueblos» y «genio de una raza voluptuosa y marcial»; pero recordó que era soltera y temió ofender su pudor.

Nuestro buen profesor no era locuaz; pero estaba dominado aún por la excitación del día anterior y necesitaba desahogarla en palabras. Así que, fijándose en el animal, comenzó a decir:

—Este conejo, de la variedad «gigantea», apellidado vulgarmente «gigante de Flandes», por su nombre científico Lepus cuniculus giganteus, y que se distingue de las otras especies monstruosas por sus orejas más pequeñas y erectas, no debía llamarse don Pepe, sino don Juan.

—¿Por qué, don Augusto?—preguntó suavemente la patrona.

—Las funciones esenciales de estos seres—continuó el profesor—son, en efecto, la nutrición y el amor, y por ellas debiera caracterizárseles. Es cierto que ambas son necesidades primordiales de todas las especies y que el hambre y la pasión sexual (doña Asunción se ruborizó) son los instintos primarios del hombre; pero en pocos animales alcanzan la intensidad que en el conejo, la liebre y el lepórido. Los antiguos romanos habían consagrado la liebre a Venus y tenían su carne por un manjar afrodisíaco...

Y el privat docent de Upsala siguió ensartando con su ingenuidad de sabio una serie de detalles procaces sobre las fornicaciones y el régimen poligámico de los conejos y los románticos torneos amatorios de las liebres.

Doña Asunción, que escuchaba en silencio el escabroso relato, mientras acariciaba con mano trémula las sedosas orejas de su protegido, se levantó precipitadamente al oír el aviso para el almuerzo. Don Pepe o don Juan, como se quiera llamarlo, la siguió a grandes trancos, moviendo cómicamente las orejas y el rabo, convencido de que aun podía agradar a su dueña con sus morisquetas y sus gracias infantiles.

Pero desde la sabia disertación del jardín, don Pepe fué para la opulenta patrona la bestia disoluta, el macho cruel y egoísta, el incestuoso y filicida, el amante insaciable y seductor satánico que los poetas han idealizado en el retrato de Don Juan. No volvió jamás a acariciarle en público; sólo unas pocas veces, a escondidas, lo estrechó contra su pecho, y besándole nerviosamente, le dijo: «¡Monstruo!...»

CAPITULO XIII

EL HONOR DE LOS PUEBLOS

El almuerzo preparado por doña Asunción en homenaje del sabio bacteriólogo debía ser su obra maestra; pero, como tantas otras obras maestras, quedó inconclusa.

A mediados de la comida dos personas reclamaron insistentemente entrevistarse sin retardo con el profesor. Herrlin abandonó su asiento de honor y se encerró con los dos visitantes.

—Deben de ser periodistas—dijo la patrona para explicarse la inoportunidad de su arribo.

Eran, efectivamente, dos periodistas de la Redacción de El León de Castilla, que venían, en nombre de su director, D. Cástulo Z. Pérez de Manara, a retar a duelo al profesor doctor Augusto Herrlin por las expresiones denigrantes con que en su discurso de la víspera habíase referido a la madre patria. Pérez de Manara, que continuaba con honor y provecho la tradición combativa del periodismo español en el Río de la Plata, creía que la substitución del león heráldico, emblema de la nobleza y el valor castellanos, por el conejo de las medallas de la época de Adriano, y el calificativo de «conejera» (cuniculosa) dado a la hidalga nación eran afrentas que sólo podían lavarse con la sangre del profesor sueco.

—Pero, señores, si no hay ofensa alguna...

—No es usted el indicado para pronunciarse a ese respecto—replicó severamente uno de los padrinos.

—Si no he hecho mas que recoger todos esos datos en las fuentes históricas...

—Aunque los hubiese bebido usted en la Cibeles—repuso airadamente el otro padrino—. ¿Cree usted que cuadra a los héroes de Somorrostro el pedir socorro a las legiones garibaldinas para defenderse de una plaga de gazapos? Paparruchas, hombre, paparruchas. Ni aunque lo dijesen Ramón y Cajal y Menéndez y Pelayo...

—No conozco a esos cuatro señores—contestó pacíficamente el sabio—; pero puedo mostrarles ahora mismo el pasaje del libro III de la Geográfica, de Strabon, en que se refiere el hecho. Tengo a mano la edición de Kramer, Berlín, 1844-47, ejecutada sobre el Códice de París, 1393, que si ustedes quieren pueden confrontar con la traducción francesa de M. Amédée Tardieu, París, 1867-94. Pongo esos libros a la disposición del señor Pérez de Manara...

—Nosotros, señor profesor, hemos venido a desafiar a un hombre, no a una biblioteca...

Indiferente a los arrebatos de los dos representantes, el privat docent intentó entrar en una larga disertación para demostrar que el reconocimiento de la veracidad histórica es compatible con el respeto a las naciones. Pero a cada argumento ambos padrinos dábanse sendos golpes en el pecho y exclamaban a coro:

—¡Somos castellanos!...

—¡Y yo soy sueco!—dijo al final, ya amoscado, el profesor de Upsala.

—No sólo lo es usted, sino que se lo hace—enunció el primer padrino.

Por el tono, Herrlin advirtió que esa frase tenía un sentido injurioso. Cortó resueltamente la conferencia, y rogándoles a los enviados de Pérez de Manara que aguardasen un instante, se dirigió al comedor con las facciones demudadas por la ira. Llamó aparte a don José María de Inclán-Zavaleta y al mayor de los estudiantes de Medicina, y poniéndolos rápidamente al corriente del asunto, les designó como representantes suyos. Los dos aceptaron, trasladándose a la sala, donde el cuarteto de padrinos comenzó a deliberar.

Encerrado mientras tanto en su habitación, Herrlin se entregó a un desordenado paseo, y terminó arrugando de un puñetazo el primer volumen de la Geográfica, de Strabon, en la correcta edición de Kramer, Berlín, 1844.

«¡Que doce mil quinientos diablos los utilicen para calentarse los pies en pleno rigor del estío infernal!», dijo, refiriéndose a las ciencias históricas y geográficas.

E hizo el voto de no transgredir jamás los límites de la bacteriología.

Aunque las tramitaciones se prolongaron varios días e intervinieron en ellas el canciller, el ministro de Agricultura, Simón Camilo Sánchez y el jefe de Policía, además de los cuatro padrinos, Augusto Herrlin salió bien librado. No le dejaron batirse, y tuvo que contentarse con firmar una declaración pública en la que enunciaba su afectuoso respeto por la madre patria, y en la que Strabon, Plinio y Cátulo aparecían como tres panfletistas que hubiesen escrito bajo las pasiones de la guerra de la independencia americana. A despecho de los usos caballerescos, el profesor sueco consintió en entregar él mismo aquella nota a los padrinos de su adversario.

Estos fueron a recogerla al Instituto en momentos en que Herrlin, con un ojo aplicado al tubo de un microscopio, veía abrirse un esporo de su cocobacilo con el regocijo del que advierte la primera sonrisa de su primogénito.

Uno de los redactores de El León de Castilla, indignado por los arteros recursos del profesor sueco para vencer a los conejos, le dijo a modo de despedida:

—¡Nosotros los castellanos, señor profesor, matamos los conejos frente a frente!

CAPITULO XIV

LA SEPTICEMIA DE HERRLIN

A la inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola siguió, pocas semanas después, la creación de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, que debía informar sobre las investigaciones científicas del profesor Herrlin. Componían esa Junta el indispensable Simón Camilo Sánchez, varios altos funcionarios y el doctor Aníbal Gaona, ex magistrado, ex ministro, ex vocal del Consejo de Educación, ex embajador, etcétera, etc.

El doctor Gaona era la persona de mayor prestigio del país. Su reputación de integridad no podía ser igualada por nadie, porque nadie como él había firmado siempre en disidencia en los acuerdos de las Cámaras de apelaciones, ni había renunciado tantos ministerios a los pocos días de aceptarlos como una solución nacional, ni había sufrido un número mayor de injustas derrotas en los comicios. Su designación fué acogida con aplauso por todo el mundo y señalada como un indicio de que el Gobierno estaba irrevocablemente resuelto a llevar adelante la campaña leporicida.

El profesor Herrlin no podía iniciar sus trabajos hasta tanto la Junta no le oyese y aprobase su plan. Tuvo, pues, que aguardar a que se constituyese, redactase su reglamento, eligiese presidente al doctor Gaona, nombrase dos secretarios rentados y discutiese durante varias semanas el local en que celebraría definitivamente sus sesiones.

Por fin cierto día pudo exponer ante la Junta en pleno, y en presencia del ministro de Agricultura, las virtudes de su cocobacilo. Su disertación fué escuchada en medio de un silencio impresionante. El privat docent, después de explicar minuciosamente los detalles que diferencian el género bacteria (bacterium) del bacilo (bacillus), confundidos con frecuencia por el vulgo, señaló todas las excepciones conocidas de esa clasificación en dos géneros, y terminó estableciendo la regla llamada «principio de Hedenius», según la cual los bacilos pueden ostentar todos los caracteres de las bacterias y las bacterias todos los caracteres de los bacilos. El cocobacilo Herrlin encuadraba, como todos sus congéneres, en el principio de su sabio maestro de Upsala, y excepción hecha de la rapidez de su multiplicación y la resistencia de sus esporos, no ofrecía ningún rasgo extraordinario. Era el agente de la septicemia cuniculosa de Herrlin, que no debía confundirse con la septicemia experimental de Koch ni con la espontánea de Alfort. Inoculado a un conejo, el cocobacilo determinaba su muerte en menos de veinte horas. Apenas recibían en sus tejidos al terrible huésped, los pobres roedores se mostraban abatidos, con signos de decaimiento moral, faltos de apetito, y con las orejas gachas y el pelo erizado se apelotonaban en el fondo de sus cuevas.

Allí, después de una serie de trastornos intestinales, iba a sorprenderles irremediablemente la muerte.

Pero lo maravilloso de los estudios del profesor sueco residía en el grado de domesticación a que había llevado su cocobacilo. Este le obedecía con la docilidad de un perro, y así, a su arbitrio, aumentando o disminuyendo su virulencia, podía fulminar a los conejos en menos de dos horas o prolongar su agonía durante muchos meses, atacar únicamente a las hembras o exterminar sólo a los machos y hacerlo mortífero en verano e inocuo en invierno o viceversa. Además, mediante un régimen especial, podía convertir a ciertos conejos en agentes propagadores del bacilo. Los animales preparados para esas funciones derrotistas adquirían una vitalidad a toda prueba y una extraña afición por la sociedad de sus semejantes. Sin respetos por las castas sociales ni por los usos venerables del mundo cunicular, se introducían audaz y afablemente en las cuevas ajenas, se hacían de la familia, infectaban a todos sus miembros, y apenas recogían el último suspiro del último representante de la tribu corrían a la cueva más próxima, donde se instalaban con el desenfado de los conejos habituados al trato mundano. Y la descripción que hacía el profesor sueco de la afabilidad, el buen humor y el don de gentes de esos individuos consagrados a llevar la desolación y la muerte a los hogares era realmente siniestra.

«¡Qué formidables jettatores!», pensó entre sí el doctor Gaona, que era supersticioso.

Simón Camilo Sánchez, burócrata por excelencia, meditó con melancolía en el porvenir del Departamento cuando ya no existiesen conejos a quien vigilar. En cambio, el ministro oía con avidez a Herrlin, soñando voluptuosamente en aplastar a la diputación socialista bajo una montaña de pestilentes cadáveres de conejos.

CAPITULO XV

UNA CAMPAÑA ELECTORAL

A tiempo que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía expedirse respecto al informe del profesor Herrlin, las elecciones de renovación presidencial comenzaban a preocupar a las gentes. Al principio, como no se conocían aún las candidaturas definitivas, la agitación pública se manifestaba ardorosa, pero confusamente. Las fuerzas opositoras habían librado ya en torno del presupuesto de la Protección Agrícola su primer combate con las del Gobierno, y la propaganda partidista había convertido aquel organismo burocrático en el emblema del oficialismo ignaro y corruptor. Algunas elecciones provinciales, preludio del gran acto comicial, fueron ganadas por los elementos de Delfín Acuña, empleados todos de los Comisariatos locales, y esta derrota enardeció a las oposiciones. El Departamento de Protección Agrícola fué calificado de «máquina electoral puesta al servicio del Gobierno y alimentada con los dineros del pueblo» y estigmatizada en mil manifiestos.

Y cuando la Convención del partido oficial designó su candidato al doctor Aníbal Gaona, presidente de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, los grupos de opositores arreciaron en su campaña. El descaro del oficialismo llegaba hasta el extremo de levantar la candidatura de un empleado de la Protección Agrícola.

En contra de Gaona, la coalición opositora alzó el nombre del doctor Juan Carlos Vértiz, que había sido intendente de San Luis durante la revolución del año 96, que, como se sabe, duró tres horas y cuarenta y cinco minutos.

Entre ambos candidatos, de méritos tan equilibrados, el triunfo era indeciso. Sus programas respectivos no iban ciertamente a dividir la opinión: el del doctor Gaona proclamaba «libertad de sufragio, reducción del presupuesto, fomento del comercio y las industrias», y el de su antagonista enunciaba «pureza electoral, disminución de los gastos, propulsión de las industrias y el comercio».

Pero el doctor Gaona pertenecía al Departamento oprobioso, mientras que el doctor Vértiz no había ocupado jamás un cargo público, y por esta sola señal el electorado debió decidirse entre ambos. La zarandeada institución vino así a convertirse en el centro de la contienda.

Ya desde los preliminares de la campaña electoral los grupos opositores tomaron la costumbre de ir a silbar ante el edificio del Departamento y a denostar a los pocos empleados que se asomaban a las ventanas del viejo caserón.

Durante toda la campaña electoral el doctor Vértiz no abandonó su quinta de Morón. Su austeridad cívica le vedaba salir a solicitar el voto de los electores. No pronunció tampoco una sola palabra, ni escribió una línea, y a partir del día de la proclamación negóse terminantemente a recibir a los caudillos opositores que trabajaban por el triunfo de su candidatura. La única vez que se le oyó decir algo fué en el velorio de un ex revolucionario del 96. El doctor Vértiz, ante el ataúd de su compañero de armas, repitió hasta tres veces en voz baja: «El conejo no existe, el conejo no existe, el conejo no existe.»

Esa sentencia, recogida por oídos fieles, fué la fórmula mágica de la campaña electoral. Desde aquella noche los opositores diéronse a afirmar resueltamente: «El conejo no existe... El conejo es una invención del régimen oprobioso...»

Con toda la gravedad de un espíritu jurista, el doctor Gaona preparaba mientras tanto el informe que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía presentar sobre el método del profesor Herrlin y la eficacia de su cocobacilo. A mediados de la campaña electoral, la parte ya redactada alcanzaba a 2.480 páginas en papel de oficio. El candidato gubernamental había extractado todas las Memorias y publicaciones del Departamento de Protección Agrícola y había solicitado además infinidad de informes al sabio sueco. Junto con los tres voluminosos tomos en que el doctor Gaona creía poder concretar los varios aspectos de la cuestión, debía aparecer un Atlas con la colección de todos los mapas sobre repartición de la plaga de conejos dados a luz en los últimos cinco años. Esa prueba gráfica y documental iba dirigida directamente contra el optimismo práctico de su antagonista, al que aludía cuando hablaba del «optimismo del avestruz, que, escondiendo la cabeza bajo el ala, se niega a reconocer el peligro».

El Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, en tres tomos y un atlas, apareció editado por la imprenta Coni y llevando por nombre de autor el del doctor Aníbal Gaona con todos los títulos que había alcanzado en toda su larga vida pública.

Los cuatro volúmenes eran de unas dimensiones impresionantes, y ante ellos nadie se habría sentido capaz de negar la existencia del conejo. Así, los partidarios del doctor Vértiz a la aparición del libro sufrieron un profundo desconcierto. Era inútil que los más fanáticos exclamasen: «¡El conejo no existe!... Avanti!» Sus correligionarios contemplaban la mole enorme del Informe y movían la cabeza con desconsuelo: la obra del doctor Gaona era inexpugnable. ¡Cualquiera se atrevía con las 4.375 páginas de texto!

Sin embargo, la reacción no tardó en producirse. Los opositores eludieron referirse al Informe; pero atacaron con más acritud si cabe al Departamento. A la vuelta de un gran mitin, una columna nutrida de manifestantes verticistas quiso llegar hasta el edificio del Departamento, pero fué duramente rechazada por la Policía. Exacerbados por esta derrota, un grupo de afiliados a un Comité de la Floresta apedreó al anochecer el Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola. A esa hora sólo se hallaban en el establecimiento Herrlin y un sirviente. El profesor estaba ocupado en el trasvase de unos cultivos de cocobacilo cuando oyó los gritos de los asaltantes y el estrépito de los cristales, que saltaban en mil pedazos. Corrió a la puerta de entrada y desde allí procuró descubrir en las sombras el origen del tumulto. A su aparición, los gritos arreciaron en la calle, así como la lluvia de piedras que se estrellaban contra el frente de la casa. Un cascote que zumbó más vigorosamente que los otros alcanzó en una sien al estupefacto Herrlin. Este sintió el choque; advirtió en seguida la tibieza de la sangre, que le corría por la cara, y asiéndose al pasamano de la puerta, fué doblándose lentamente hasta que quedó sin fuerzas en el suelo. Los gritos de los revoltosos le parecieron mezclarse con el sordo borboteo de la sangre, y poco a poco fué perdiendo dulcemente la noción de todo, como cuando se quedaba dormido, frente a la estufa de su cuarto de estudiante, en Upsala.

CAPITULO XVI

THE RABBIT’S MARCH

Cuando el profesor Herrlin volvió en sí se halló en una habitación de hospital, toda blanca e inundada de luz. Por una ventana divisó una extensión de parque, y a lo lejos, la atmósfera fuliginosa de un barrio fabril. Tres o cuatro personas conversaban animadamente en un extremo de la estancia. Herrlin creyó reconocer las voces, pero no entendió lo que decían. A un movimiento suyo, los interlocutores se acercaron al lecho, y viéndole con los ojos abiertos y la expresión lúcida, comenzaron a arengarle en una lengua rotunda y armoniosa. El privat docent se incorporó en el lecho, y después de mirar con angustia a sus interpelantes, murmuró unas palabras en sueco. Augusto Herrlin se había olvidado del castellano...

Había olvidado asimismo todo cuanto le aconteciera desde su embarco en Estocolmo. Las gentes que esos días se acercaron a su lecho no le parecían extrañas, y las palabras incomprensibles que le dirigieron sonaban en sus oídos como algo muy conocido; pero ni unas ni otras evocaron recuerdo alguno en su espíritu. Toda su vida mental se reducía a sus hábitos e impresiones de Upsala. A veces el paso lento del practicante de guardia le hacía creer que el profesor Hedenius se aproximaba para arrancarle de la extraña pesadilla en que estaba postrado, y otras un vocerío lejano le daba la ilusión de que los estudiantes abandonaban el aula magna borealis de su vieja Universidad.

Ese confinamiento en el pasado hacía de él una persona dócil e inerte. Seguro de que era presa de las ilusiones de un delirio, se entregaba sin resistencia a todas las sugestiones de los que le rodeaban. Una visita que le hizo el ministro sueco no le ilustró sobre su situación.

El diplomático, para no comprometerse, no hizo la menor alusión al cascotazo, y le dirigió esas vagas preguntas y frases consoladoras que se aplican lo mismo a un enfermo del cólera morbo que al clausurado en su casa por un resfrío. Como a la semana de su vuelta a la vida Herrlin fué conducido a casa de doña Asunción. La patrona, que ya le había visitado en el hospital, le recibió llorando, y esta demostración de sentimiento arrancó por un instante al privat docent de la inconsciencia a que se había abandonado.

Satisfecho de darse en el mundo de los sueños con un ente compasivo, le alargó la mano y la saludó afablemente en sueco. Doña Asunción redobló el llanto, y en medio de su desconsuelo apuntó el orgullo femenino: «¡Pobrecito, me ha reconocido!...»

Este estado del director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola no era conocido sino por unas cuantas personas. Todo el mundo se había enterado de su salida del hospital y se le suponía ya sano y fuerte.

Era lo mejor que podía ocurrir; el asalto al Instituto despertó una emoción tan violenta, que de alimentarse con cualquier otra noticia se comprometería el orden público.

Toda la Prensa condenó enérgicamente el vergonzoso atentado y encareció el prestigio mundial de la víctima. Sólo El León de Castilla se permitió insinuar que, de haber sido Herrlin un argentino o un castellano, los asaltantes no habrían salido tan bien librados. Las acciones de la candidatura Vértiz sufrieron una merma considerable. Aunque las fracciones opositoras se asociaron a la protesta pública, no pudieron eludir cierta responsabilidad. El Comité universitario de la candidatura Gaona, en un vibrante manifiesto, había acusado del crimen de lesa ciencia al doctor Vértiz, «instigador directo del ominoso hecho, que es una página de vergüenza en el infolio inmaculado de la civilización argentina».

Delfín Acuña, que se constituyera en manager de la candidatura oficial, tuvo la idea de ofrecer un banquete de desagravio al profesor Herrlin: era el golpe de gracia a la campaña opositora. Apenas se lanzó la iniciativa comenzaron a llover adhesiones de las Asociaciones universitarias, centros científicos, institutos de cultura y Sociedades pedagógicas; de las sesenta Cooperativas constituídas por los empleados del Departamento de Protección Agrícola; de los cientos de Comités gaonistas; de los clubs atléticos escandinavos y de mil organizaciones de todo carácter. La lista de comensales llegó a una cifra fabulosa, y la Comisión organizadora se vió en la necesidad de cerrar la inscripción cuatro días antes del banquete. Para compensar a los miles de ciudadanos que no pudieron conseguir cubierto, Delfín Acuña imaginó organizar una manifestación de antorchas que iría a saludar al privat docent a la salida del teatro donde se tendería la mesa.

Llegó la noche del banquete. El anonadamiento en que vivía el profesor sueco no preocupó a los directores del homenaje; Acuña había prometido remediar a todo, y eso les tranquilizaba. El activo provinciano se presentó al anochecer en casa de doña Asunción, y a fuerza de mímica y con la ayuda de la patrona vistió al sabio de frac, le pintó con tintura de yodo la cicatriz, apenas visible, del ominoso cascotazo, y metiéndole en un automóvil lo llevó al Coliseo. En el vestíbulo aguardaba al sabio la Comisión organizadora del homenaje. Forzado por su compañero, el pobre autómata dió la mano a todos, y al penetrar en el inmenso recinto agradeció con gestos mecánicos la estruendosa aclamación que saludó su llegada. Sostenido siempre por Delfín Acuña, se llegó como un sonámbulo hasta la cabecera del banquete y ocupó el lugar de honor. A su lado tomó ubicación Delfín Acuña. Los mil doscientos comensales se sentaron a lo largo de las mesas, que parecían perderse en el horizonte, y por un momento no se oyó más que el ruido de los cubiertos y el rumor de los dos mil cuatrocientos maxilares. Junto con la memoria, el privat docent había perdido el apetito; puso los codos sobre la mesa, y con la cara oculta entre las manos se entregó a sus recuerdos de Upsala. Delfín Acuña, para explicar esta compostura, dijo a su vecino de la derecha:

—El profesor está mamado....

Y a los pocos segundos esta simple observación, pasando de boca en boca, había llegado al extremo de la mesa. De aquí saltó el mantel, pasó a la mesa próxima y corrió por las filas interminables de comensales como un hilo de agua por las hendeduras de un embaldosado: «¡El profesor está mamado!... ¡El profesor está mamado!...»

Y los comensales se sonrieron, conmovidos por ese rasgo de hombría, que ellos consideraban incompatible con el cultivo de las Ciencias naturales. Sólo en la mesa ocupada por los miembros más espectables de la colectividad sueca se notaron algunos gestos de disgusto.

Como una delicada atención a las funciones del profesor Herrlin, el menú del banquete se componía todo de platos alusivos: Salpicon de p’tit lapin, Soupe de lièvre, Oreilles de lapin a la Hindenburg, Civet de lièvre, Queue de p’tit lapin a la Sainte Menehould, Welsh-Rabbit, etc., etcétera. Delfín Acuña había contratado con destino a la comida la provisión de 4.000 conejos, cuyas pieles, después de sacrificados, fueron distribuídas a los elementos de los Comités gaonistas que debían formar en la manifestación de antorchas.

El doctor Gaona ofreció la demostración. Cuando al retirarse el último plato de conejo se puso de pie, estalló en la sala una ovación ensordecedora. El candidato a la presidencia se inclinó conmovido, y encarándose con el privat docent le expuso cuánta admiración tenía por su talento, cuánto respeto por sus nobles condiciones personales y cuánta gratitud por los servicios incalculables que había prestado al país... Y mientras desarrollaba extensamente estos tres tópicos, el aludido paseaba la mirada distraída de sus ojos azules por el plafón del teatro. En el preciso instante en que terminó la peroración del candidato, Delfín Acuña aplicó al privat docent un puñetazo en el estómago, que le obligó a doblarse sobre la mesa, en señal de agradecimiento, y antes de que se repusiese del golpe, el doctor Gaona lo estrechó cordialmente en sus brazos. En ese momento, en medio de las ovaciones delirantes que suscitó el discurso y la escena del abrazo, la banda del maestro Malvagni atacó los primeros compases de The Rabbit’s March (La marcha del conejo), que había venido a ser el himno oficial de los gaonistas. ¡Qué entusiasmo entonces! ¡Con qué profunda unción se elevaron las primeras palabras de la canción partidista!:

Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (bis)
. . . . . . . . . . . . . . . .

El eco de la canción llegó hasta la multitud, que con las antorchas encendidas y tremolando 4.000 pieles de conejo daba un aspecto fantástico a la plaza Libertad. Y 10.000 voces, trémulas de cívica emoción, entonaron el himno augusto:

Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (bis)
. . . . . . . . . . . . . . . .

Los soldados del escuadrón hicieron la venia...

CAPITULO XVII

«¡EL CONEJO NO EXISTE!»

El doctor Gaona triunfaba. La publicación del Informe había inclinado la opinión en favor suyo, y el desfile subsecuente al banquete del Coliseo puso la victoria de su parte. La exhibición de las 4.000 pieles de conejos, que llenaron de pelusa todo el norte de la ciudad, impresionó a los electores, que desde esa noche acotaron con leyendas sarcásticas e injuriosas las proclamas de los verticistas: ¡El conejo no existe...!

A dos meses de las elecciones, el candidato oficial podía considerarse ungido presidente de la República. En el Departamento de Protección Agrícola reinaba un júbilo extraordinario: Delfín Acuña preparaba una enorme lista de ascensos y aumentos de sueldos, y Simón Camilo Sánchez estaba estudiando la posibilidad de contratar un empréstito de cien millones de pesos para llevar adelante la campaña.

Convencidos de su derrota irremediable, los opositores dejaron de dar señales de vida. Sólo los diputados socialistas velaban. De acuerdo con su táctica, habían repartido la lectura de los tres tomos del Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria entre los veinte secretarios de los Comités de la capital, reservándose ellos el trabajo de coordinar los informes y hacer el resumen de toda la labor. A los noventa días de acometer esa empresa ciclópea, los quince legisladores conocían al dedillo la vida y milagros del cocobacilo de Herrlin y sabían el té que se había gastado en la primera semana del primer año en el Subcomisariato de los Quirquinchos. Pero su asombro no tuvo límite cuando advirtieron que los mapas reproducidos en el formidable Atlas eran falsos. Todas las cartas levantadas mensualmente durante cinco años por la Sección de Cartografía del Departamento señalando la repartición de la plaga leporina habían sido construídas de cabo a rabo con datos absolutamente inventados. En veinte puntos del territorio no se habían conocido nunca otros conejos que los reproducidos en los carteles de propaganda de la Protección Agrícola, y a pesar de eso desaparecían en los mapas bajo enormes borrones de azul de Prusia. La mistificación alcanzaba proporciones de epopeya en los mapas de la región de Cuyo, trazados bajo la dirección de Delfín Acuña; las dos provincias vitivinícolas parecían un mar inmenso; ¡tan uniforme y constante el añil que las cubría!

Es de imaginarse el escándalo que en torno de este asunto promovió la diputación socialista. Las revelaciones que agregaron respecto al manejo de los fondos de la Protección Agrícola y sobre la inercia criminal que había reinado en las gestiones para la aplicación del cocobacilo produjeron en todo el país una sensación de estupor.

El presidente de la República declaró que ayudaría con todo su poder al esclarecimiento del affaire, y dió, en efecto, órdenes al jefe de Policía para que se pusiera al servicio de la Comisión investigadora parlamentaria.

Esta inició la instrucción del sumario en medio de la mayor expectativa pública; los taquígrafos de la Prensa asistían a las sesiones, y a cada reunión los diarios opositores anunciaban con bombas de estruendo la aparición de los boletines especiales. Se tomó declaración al ministro de Agricultura, a Simón Camilo Sánchez, al doctor Gaona y, en fin, a todos los que habían tenido alguna participación en la campaña contra el conejo. Cuando le llegó el turno a Delfín Acuña se anunció que acababa de partir para Montevideo, y en su lugar la Comisión investigadora hizo traer a su seno al profesor Herrlin. Los taquígrafos de la Prensa no pudieron recoger ni una sola palabra de las pocas pronunciadas en sueco por el sabio. Después de una serie de tentativas para entender al privat docent, la Comisión dictaminó que ese individuo no podía ser el autor de los brillantes trabajos que figuraban en el Informe, y que éstos, con toda seguridad, eran fraguados como los mapas. Augusto Herrlin fué devuelto a casa de doña Asunción y exonerado en el día por el superior Gobierno. Los diarios opositores menudearon las bombas y los boletines, y en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán y Mendoza se organizaron espontáneamente grandes manifestaciones populares. El doctor Gaona declinó su candidatura a la presidencia, y el ministro de Agricultura presentó su dimisión, que le fué aceptada. En cuanto a Simón Camilo Sánchez, emprendió discretamente un viaje al Brasil con la intención de renunciar a la vuelta.

El doctor Juan Carlos Vértiz fué elegido presidente sin oposición. El día de su asunción del mando, después de prestar juramento ante el Congreso, se encaminó a su quinta de Morón para meditar sobre los hombres que debían compartir con él la pesada carga del gobierno.

Al salir fué aclamado por la multitud y llevado en andas desde la plaza del Congreso hasta la estación del Once, donde le esperaba, para conducirle a su retiro, un vagón de segunda acoplado a un tren de carga, pues el doctor Vértiz era muy demócrata. En su entusiasmo, el pueblo llegó hasta querer desenganchar la locomotora y arrastrar a pulso el vagón de su ídolo. Pero la fe, que levanta montañas, es incapaz de mover un vagón de ferrocarril...

CAPITULO XVIII

DONDE SE REVELA POR FIN LA SINGULAR EFICACIA DEL COCOBACILO DE HERRLIN

Simón Camilo Sánchez retornó al país cuando el doctor Vértiz se hallaba en plena luna de miel con el bastón de Rivadavia. El ejercicio de la presidencia, los halagos de una autoridad indiscutida sobre todos los partidos políticos del país habían exaltado su optimismo hasta el punto de que ya no creía posible la existencia del mal sobre la tierra. Así, cuando Simón Camilo Sánchez fué a verle para ofrecerle personalmente, con todo el dolor de su alma, la renuncia del cargo de director del Departamento de Protección Agrícola, el presidente le recibió con los brazos abiertos y le forzó a que continuase prestando sus servicios al país. «Es cierto—le dijo—que el conejo carece de existencia ideal, pero en cambio los empleados de la Protección Agrícola son una realidad tangible. Yo no puedo abandonarlos a su suerte, y he pensado en utilizar esa institución para la propaganda de optimismo renovador entre las clases rurales.»

Después de esa, Simón Camilo Sánchez tuvo una serie de largas conferencias con el primer magistrado, y al cabo de algunas semanas le presentó un proyecto de reorganización del Departamento de Protección Agrícola. La reforma estaba inspirada en el concepto de que era necesario llevar a la mente de todos los agricultores del país la convicción de que sin sembrar no es posible cosechar y que, en consecuencia, debían sembrar y sembrar sin descanso. Por una ley de la nación se instituyó el Día de la Siembra, solemne festividad en que todos los niños de las escuelas de la República debieron sembrar semillas simbólicas en las plazas, parques y lugares abiertos de las ciudades. Para dar ejemplo, el doctor Vértiz, rodeado de todos sus ministros, plantó unas semillas de alpiste en el rond-point de la calle Florida y Diagonal Norte y regaló al cacique Chepalofú, jefe de una tribu de fueguinos que había venido a visitarle, una reproducción en terracota del Sembrador, de Meunier.

Las macetas subieron de precio; los azadones de juguete para niño se agotaron en plaza; la tierra extraída de las construcciones urbanas se cotizó en la Bolsa, y un furioso delirio de sembrar de todo se apoderó de los que no tenían tierra alguna en que sembrar.

La propaganda del Departamento de Protección Agrícola alcanzó en este sentido el summum de la perfección. No podía abrirse una caja de fósforos sin encontrar las leyendas: Siembre, si quiere cosechar. No deje pasar su oportunidad de sembrar. ¿Por qué permite usted que los cardos invadan su campo?, etcétera, etc. El interior de los tranvías estaba plagado de esos letreros sintéticos, y los trenes habían reemplazado sus letreros luminosos sobre los conejos con sentencias sobre el cultivo intenso. La oficina de cartografía del Departamento volvió a publicar mensualmente mapas de toda la República, con la indicación de las zonas sometidas a la benéfica acción del arado, y todos los carteles sobre la plaga leporina se substituyeron con affiches optimistas. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola subió a quince millones.

Augusto Herrlin fué poco a poco, gracias a los cuidados de doña Asunción, recobrando la memoria y el apetito. Pero a medida que se le iban presentando los recuerdos de sus cinco años de vida bonaerense se desvanecían todas las impresiones de su existencia anterior. Y cuando pudo reconstruir, detalle por detalle, el proceso de la actuación del cocobacilo, notó sin melancolía que acababa de olvidarse de la última palabra sueca. Junto con ella desaparecieron las imágenes del profesor Hedenius y de su séptima hija y no volvieron ya nunca más a conmoverle los vestigios de su hipóstasis europea.

De toda su aventura sólo sacó una cariñosa simpatía por don Pepe, que había sido el compañero de su larga convalecencia, y un tierno afecto por su patrona.

Cierta vez, el conejo de Flandes, revolviendo entre los trastos de la habitación del profesor, halló un tubo de cristal cerrado en un extremo con un tapón de madera. Don Pepe, asegurando el tubo con sus dos manecitas, comenzó a roer el tapón hasta que hizo estallar el vidrio de la embocadura. Del tubo salió un líquido espeso e incoloro que don Pepe husmeó con detención. Después, inquieto por la incorrección que había cometido, fué a esconderse en un rincón del jardín. Allí le acometieron al poco rato unos escalofríos, se le erizó el pelo y dió los signos del decaimiento más desesperante.

Cuando doña Asunción, extrañada por su ausencia, salió en su busca, le halló ya en la terrible agonía característica de la septicemia de Herrlin. Don Pepe murió a los pocos minutos en los brazos de su patrona. Su cadáver ofrecía un aspecto tan espantoso, que el consejo de pensionistas decidió proceder de inmediato a su inhumación. Don Pepe fué enterrado en el mismo jardín que había sido durante tantos años escenario de sus correrías y de sus gracias infantiles.

Pocos días después el profesor Herrlin depositaba sobre su tumba una lápida que decía:

A
«DON PEPE»
PRIMERA Y UNICA
VICTIMA AMERICANA
DEL
COCOBACILO DE HERRLIN
MCMXVIII

Y para compensar de su pérdida a doña Asunción, se casó con ella.

UNA SEMANA DE HOLGORIO