En el cuento que sigue, español, pero que no he visto impreso, el desarrollo es casi el mismo que el de la Tenquita. Lo publico como nota comparativa.
Había una vez en una aldea un Gallo, que recibió una invitación de otro Gallo, primo suyo, para asistir a sus bodas. El Gallo se levantó muy temprano, se acicaló y vistió convenientemente y emprendió el viaje, olvidando tomar el desayuno.{30}
En el camino encontró una boñiga de vaca, toda llena de granos de trigo sin digerir; y aquí vinieron los apuros de mi buen Gallo, que empezó a decir entre sí:
—¿Qué haré? picaré o no picaré? si pico, me mancho el pico, y si no, me muero de hambre.
Así estuvo meditando por algún rato y mirando los granos de trigo, hasta que cayó en la tentación y se dió un buen hartazgo.
Siguió su camino y a poco andar encontró una mata de Malva y le dijo:
—Malva, límpiame el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
La Malva dijo:
—No quiero.
Más adelante encontró a una Oveja y le dijo:
—Oveja, come a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
La Oveja dijo:
—No quiero.
Siguió andando y más adelante encontró a un Lobo y le dijo:
—Lobo, come a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Lobo dijo:
—No quiero.
Siguió el Gallo su camino y más adelante encontró a un Perro y le dijo:
—Perro, mata a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Perro dijo:
—No quiero.
A poco andar encontró el Gallo a un Palo y le dijo:
—Palo, apalea a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no qui{31}so comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Palo dijo:
—No quiero.
Anduvo el Gallo un rato más y se encontró con un Fuego y le dijo:
—Fuego, quema a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Fuego dijo:
—No quiero.
Más adelante encontró el Gallo al Agua y le dijo:
—Agua, apaga a Fuego, que Fuego no quiso quemar a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Agua dijo:
—No quiero.
Siguió andando el Gallo y más adelante encontró a un Burro, y le dijo:
—Burro, bébete a Agua, que Agua no quiso apagar a Fuego, que Fuego no quiso quemar a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
(Aquí se suspende el cuento y se habla de cualquiera otra cosa. De pronto se dice:—«¿Dónde llegaba? ¿al Palo? ¿al Fuego?»; y cuando contesta alguno:—«Al Burro», se le dice:—«Alzale la cola y bésale el c...»){32}
Este era un Rey que tenía una hija única, de una hermosura extraordinaria, virtuosa, caritativa y hacendosa. El Rey la amaba entrañablemente y, como se dice, tenía puestos los ojos en ella.
La Princesa acostumbraba subir todos los días a la terraza del palacio y allí pasaba las horas cosiendo o bordando y recreándose con la vista de las plantas, árboles y flores que adornaban el parque real, que desde allí se dominaba.
Un día que estaba en su acostumbrado trabajo, un lindo Canarito se paró en la rama de un árbol que casi llegaba hasta donde ella estaba sentada, y entonó un canto tan melodioso que la princesa, a fin de oirle mejor, se levantó para acercarse a la avecita, pero apenas se movió de su asiento, el Canarito se fué.
La Princesa, pensando que el pajarito podía volver, hizo colocar una jaula con trampa en el mismo árbol, para cazarlo.
Efectivamente, el Canarito volvió al día siguiente, pero en vez de acercarse a la jaula, se posó en el bastidor de la Princesa y después de gorjear unos cuantos trinos, tomó con el pico una madeja de seda y emprendió el vuelo.
Al otro día estaba la Princesa, como siempre, ocupada en sus labores, cuando de repente llega el Canarito, se para en el bastidor, canta dulcemente un instante, y tomando con el pico el dedal de oro que la Princesa acababa de dejar en el costurero, y abriendo las alas desapareció en el espacio.
La repetición de la aventura preocupó bastante a la Princesa, que no pasó buena noche. Sin embargo, se levantó temprano y volvió a la terraza a continuar su bor{33}dado, pensando en el Canarito, de quien a toda costa quería apoderarse.
En esto estaba cuando llega la linda avecita, cantando aún mejor que en los días anteriores, y sin siquiera detenerse un momento, se apodera de las tijeras de oro de la Princesa, y elevándose por los aires, se pierde de vista.
La Princesa cayó gravemente enferma. Por llamado del Rey, vinieron los médicos más prestigiosos y los adivinos de más fama, tanto del país como del extranjero, y ninguno pudo conocer la enfermedad.
Mientras tanto, la Princesa languidecía, su mal se agravaba, y se iba consumiendo poco a poco. El Rey, desesperado, hizo publicar un bando en que ofrecía grandes riquezas al que lograra sanar a su hija.
Muchos lo tentaron, pero ninguno lo consiguió, y la Princesa seguía empeorando a ojos vistas.
En un pueblo algo alejado de la ciudad en que la Corte residía, vivía una viejecita que tenía un hijo vivo y despierto, llamado Juan.
Un día lo llamó y le dijo:
—Mira, Juanito, toma estas tres tortillas que acabo de hacer al rescoldo y se las llevas a la Princesa, que ellas le darán salud. Que no te vayas a comer ninguna, ni se te pierdan, porque las tres han de llegar a poder de la Princesa.
El muchacho tenía la costumbre de obedecer sin replicar. Subió en un burro; a un lado de las alforjas colocó las tortillas y al otro un pedazo de pan, harina y un poco de charqui y se puso en marcha.
La mitad del camino llevaría andado, cuando el burro se puso a corcovear y por más que Juanito le pegaba fuerte y feo con una varilla, el animal no avanzaba un paso.
Viendo la porfía de la bestia, Juanito sacó las tortillas de las alforjas y descendió del burro para seguir a pie; pero en cuanto bajó, se le cayó una de las tortillas y se le fué rodando por el camino.{34}
Era de ver cómo Juanito corría detrás de la tortilla, que rodaba y rodaba, sin poderla alcanzar; y el pícaro burro, que antes no quería moverse, cómo seguía a Juanito, que casi le pisaba los talones.
Por fin la tortilla se metió adentro de una cueva y Juanito se coló detrás de ella.
Cuando Juanito estuvo adentro, se encontró, sin saber cómo, en un gran comedor regiamente amueblado. La mesa estaba cubierta de ricas viandas y manjares de toda especie que exhalaban un perfume delicioso, y como al muchacho, con la carrera, se le había abierto el apetito, tomó el cucharón para servirse un plato de cazuela y ya iba a meterlo en la sopera, cuando el cucharón se le enderezó en la mano y pegándole fuertemente en la cara le dijo:
—¿Cómo te atreves a comer antes que tus amos?
En esto se sintió un gran ruído, y entró rodando al comedor una gran bola de cobre. Juanito, lleno de miedo, apenas tuvo tiempo de esconderse detrás de la puerta, y desde allí pudo ver que la bola se abría en dos partes, como una concha, y de ella salía un lindo canario.
Con el mismo ruído y el mismo aparato entraron otras dos bolas más, una tras otra, y de cada una salió otro canario.
Las tres avecitas sacudieron sus plumas un momento, como si se desperezaran, y después, volando, se introdujeron a un elegante dormitorio situado al lado del comedor, en el que había tres lujosas camas.
Juanito continuaba observando desde su escondite, con la curiosidad que es de suponer, tan extraños acontecimientos. De pronto vió que tres negros atravesaban el patio y el comedor y entraban al dormitorio conduciendo sendos baños de plata, que colocaban al lado de las camas.
Inmediatamente los Canaritos se zambulleron en el agua y un rato después salían de los baños transformados en hermosos Príncipes. Los esclavos los perfumaron, los enjuagaron y ayudaron a vestirse, y en seguida se reti{35}raron, dejándolos recostados en sus camas, contándose lo que les había pasado en los últimos quince días, tiempo que no se veían.
Dos de los Príncipes nada importante tuvieron que referir; pero, en cambio, el tercero contó que en una de sus excursiones había divisado a una Princesa tan hermosa como no había visto otra en su vida, que estaba perdidamente enamorado de ella y que, no hallando cómo llamar su atención, le había robado un día una madeja de seda con que bordaba, otro día su dedal y al siguiente unas tijeras de oro, objetos que tenía al lado en su velador. Y tomándolos, los besaba tiernamente, diciéndoles las palabras más dulces y cariñosas.
Después de escuchar esto, Juanito logró escabullirse sin ser notado, y como el hambre le apretaba, se metió en la cocina, en la cual no encontró a nadie. Con temor probó de uno de los guisos, y viendo que nada le pasaba, se creyó autorizado para hartar su estómago.
Después de satisfacer su apetito, salió, sin tropiezos, de aquel palacio encantado, y al lado afuera de la entrada de la cueva, tropezó con su burro, que lo esperaba. Montó en él, y a las pocas horas se encontró frente al palacio del Rey.
Pidió permiso al jefe de la guardia para pasar a ver a la Princesa y entregarle las tortillas, con las cuales—aseguraba él—sanaría la enferma. Al principio no querían dejarlo entrar, pero en vista de su insistencia, lo condujeron a presencia del Rey, y como la petición de Juanito estaba de acuerdo con el bando que el mismo Rey había mandado publicar, ordenó que se le llevase a las habitaciones de la Princesa.
La Princesa, cansada con las preguntas de tanto charlatán como había ido a visitarla, en cuanto entró Juanito se dió vuelta para la pared; pero éste, sin inmutarse, le habló en los siguientes términos, de un resuello:
—Manda a decir mi mamita que su mercé es su señorita, que tenga muy buenos días y que cómo está y que aquí{36} le manda estas tres tortillas, pero no le traigo más que dos, porque la otra se me fué rodando cuando salí de mi tierra, y yo, por seguirla, llegué hasta un palacio encantado, en donde vi y oí cosas tan maravillosas como tal vez no habrá visto ni oído alma viviente en este mundo. Figúrese usted, señorita que, escondido detrás de la puerta del comedor del palacio, vi que llegaban tres grandes bolas de cobre, que al rodar metían mucho ruido y que se abrían por la mitad y que de cada una de ellas salía un canarito.
Al llegar a este punto, la Princesa se volvió para el lado de Juanito, e incorporándose en la cama, le preguntó con ansiedad:
—¿Y qué hicieron esos pajaritos?
—Sacudieron sus alitas y en seguida se fueron volando a un dormitorio situado al lado del comedor y en el cual había tres camas; y entonces llegaron tres negros, trayendo cada uno un baño que depositó al lado de las camas; en cada uno de ellos se metió un Canario y a los pocos instantes salieron convertidos en tres hermosos Príncipes, que se recostaron en sus camas y empezaron a contarse lo que les había ocurrido en los últimos días. Dos de ellos no tuvieron nada nuevo que contar, pero el otro, que era el más lindo de los tres, les dijo que un día que pasaba volando por el palacio de un Rey, divisó a la Princesa más hermosa que en su vida había visto, que se había enamorado perdidamente de ella y que, para llamar su atención, le había robado un día una madeja de seda, otra vez el dedal de oro y otro día sus tijeras. No oí más, porque ya no aguantaba el hambre y me fuí a la cocina a comer algo. Después que maté el hambre salí, y al lado afuera encontré a mi burro, monté en él y me vine a cumplir el encargo de mi mamita. Pero su mercé me perdonará que no le haya traído más que dos de las tres tortillas que mi mamita me entregó para su mercé, porque como habrá visto, no es mía la culpa de que se me haya perdido una.
La Princesa, que había escuchado anhelante a Juanito, contestó:{37}
—Está muy bien, Juanito ¿y serías capaz de llevarme a la cueva en que está el palacio encantado?
—Como nó pues, señorita, si el camino es bien refácil; no está más que a la vueltecita de la esquina.
La Princesa hizo llamar al Rey.
—Padre, le dijo, todos los que hasta ahora han venido a verme no han sido sino unos charlatanes, con excepción de este niño, que es médico verdadero. El me ha traído la salud, pero aunque me siento bien, para restablecerme por completo necesito hacer un viaje de unos cuantos días, y espero que Vuestra Majestad no me negará el permiso. El solo me acompañará.
El Rey se quedó admirado de ver el cambio tan radical que en un momento se había operado en la salud de su hija, y como la amaba tanto y nada se atrevía a negarle, le concedió el permiso que solicitaba. Quiso que llevara dinero, mucho dinero, para los gastos que pudieran ofrecérsele; pero ella lo rehusó, lo mismo que el séquito que se le ofrecía, y salió sin más compañía que Juanito, montados ambos en el burro que había traído al niño a palacio.
El burro los condujo en pocas horas hasta la entrada de la cueva, en donde bajaron. La Princesa le dió a Juanito una carta para el Rey, en la que le decía que no pasase cuidados por ella, que estaba bien, que en pocos días más regresaría completamente restablecida, y que le entregara a Juanito el dinero que había ofrecido al que la sanase de su enfermedad.
Deshizo Juanito el camino y puso en manos del Rey la carta de la Princesa. El Rey ordenó que se le diese una gran suma de dinero y con ella regresó Juanito a casa de su madre, y ambos, desde entonces, llevan una vida tranquila y holgada.
Volvamos a la Princesa que, una vez que quedó sola, entró al interior de la cueva y se encontró de repente en medio de un gran comedor regiamente amueblado. No sabía qué hacerse, cuando entró el Canarito revoloteando{38} y cantando alegremente y después de hacerle mil gracias a su adorada, se detuvo y le habló de esta suerte:
—Hermosa Princesa, ¿cómo te has atrevido a poner tus plantas en este sitio en que te esperan tantos peligros?
—Linda avecita, por verte y tenerte a mi lado encontraré livianos todos los trabajos que se me presenten; no aspiro sino a estar en tu compañía y oir tu hermoso canto.
—Princesa, esta cueva encantada está al cuidado de una vieja hechicera; búscala y la encontrarás en la última pieza del interior y dile que deseas ocuparte y vienes a ofrecerle tus servicios; ella los aceptará y te encargará trabajos que te parecerán imposibles de ejecutar, pero no tengas cuidado que yo velaré siempre por tí y te ayudaré.
La Princesa, después de recorrer muchos patios y galerías, llegó a una pieza a cuya puerta estaba sentada una vieja de aspecto repelente, con la cabellera desgreñada, el rostro sucio, las uñas larguísimas, los ojos encarnizados. En cuanto divisó a la Princesa, con voz áspera le preguntó:
—¿Qué buscas aquí, vil gusanillo de la tierra?
—Señora, le contestó, necesito emplearme y andaba buscando dónde servir, cuando llegué a esta casa y como encontré la puerta franca y nadie acudió a mi llamado, entré hasta este sitio sin encontrar en mi camino a ninguna persona; ¿no querría Ud. tomarme a su servicio?
—Está bien, dijo la vieja; retírate a aquella pieza y mañana, de alba, vienes a recibir mis órdenes.
La Princesa se retiró sumamente afligida; el rostro mal agestado de la Bruja y su voz dura y antipática la atemorizaron y pasó la noche sin dormir.
Apenas amaneció se fué a la pieza de la vieja, que ya estaba en pie y que la esperaba con un gran frasco de vidrio.
—Toma este frasco, le dijo, y antes de las doce del día me lo traerás lleno de lágrimas de picaflores; si no consigues llenarlo, te costará la vida.{39}
La Princesa salió llorando sin saber a dónde dirigirse, pero a poco andar vió en un árbol al Canarito, que le dijo:
—Ve a aquel monte que se divisa allí cerca; antes de subir cortarás una varillita de la primera planta que encuentres a mano derecha del camino que conduce a la cima, subes y esperas arriba la salida del sol; colocas el frasco en el suelo e inmediatamente vendrá una multitud de picaflores y uno tras otro irá parándose en la boca del frasco.
Entonces tú les vas dando un golpecito en la cabeza con la varilla y derramará cada uno tres lágrimas dentro del frasco. Serán tantos y se turnarán tan rápidamente que en menos de una hora lo llenarán.
Siguió la princesa el camino que le indicó el Canario y al llegar al monte cortó una varilla del primer arbusto que halló a la derecha de la senda; en seguida continuó su marcha, y una vez que estuvo arriba, dejó el frasco en el suelo, se sentó sobre una piedra y se quedó meditando sobre su triste suerte y las raras aventuras de su corta vida, hasta que el sol se levantó brillante y majestuoso en el horizonte.
Inmediatamente acudió de todas partes una multitud de picaflores, cuyas plumas tornasoladas lanzaban vívidos reflejos al ser heridas por los rayos solares. Las lindas avecitas revoloteaban en torno de la Princesa, y saliendo del grupo, de a dos y de a tres se paraban en el borde de la boca del frasco y esperaban que la joven les diese un suave golpecito en la cabeza con la varilla, para retirarse y dejar el puesto a otras de sus compañeras. Esta escena se repitió con tal rapidez que, aunque sólo eran tres las lágrimas que cada picaflor depositaba en el frasco, en media hora éste se había llenado. Sin embargo de haber cumplido su tarea, la Princesa no se movió de aquel sitio: el solo recuerdo de la Bruja le imponía pavor y la hacía extremecerse, ¡y se sentía tan bien en medio de los árboles y de los pajaritos!
Cuando el sol llegó a lo más alto del cielo, la Princesa{40} se despidió cariñosamente de los picaflores, agradeciéndoles con frases llenas de dulzura el servicio que le habían hecho; y rodeada de ellos, que no la dejaron sino cuando llegó al plano, descendió del cerro con el frasco en sus brazos.
Pocos momentos después llegaba a la cueva y se encontraba en presencia de la aborrecible vieja, y entregándole el frasco le decía:
—Señora, estáis servida.
—Está bien, refunfuñó la Bruja; mañana temprano vendrás a recibir una nueva orden.
Y arrojándole un mendrugo de pan, le indicó con el dedo que se retirara a su cuarto.
La Princesa pasó la noche sin dormir, así es que muy temprano, antes que amaneciese, ya estaba en presencia de la hechicera. La vieja, que la esperaba, le pasó un cofre de una hermosura imponderable, cubierto de incrustaciones de oro y de adornos de flores de diamantes, perlas y rubíes, y entregándole una llavecita, le ordenó que la llevase a casa de otra vieja, su amiga, porque era su cumpleaños. Esta amiga la abriría y sacaría su contenido y después debía regresar la Princesa con la caja y estar de vuelta antes del mediodía.
Salió la Princesa llorando y sin saber cómo, se halló de pronto al pie del monte en que había estado la mañana anterior. Allí encontró al Canarito, que le dijo:
—Enjuga tu llanto, hermosa Princesa, y quédate aquí hasta la hora conveniente. Lo que la vieja desea es que abras el cofre; pero no lo abrirás, ni tampoco lo llevarás a casa de la amiga de la Bruja, porque ella te lo haría abrir. Poco antes de las doce te irás a la cueva y entregarás el cofre a la vieja diciéndole que su amiga lo había abierto y habían salido de adentro unos guerreros que la habían muerto. Y el Canarito se fué.
Mientras llegaba la hora, la Princesa se entretuvo con los picaflores que revoloteaban a su alrededor de la manera más graciosa, haciendo mil figuras y evoluciones como si{41} bailaran; pero cuando el sol iba a llegar al mediodía, bajó siempre rodeada de las avecitas, hasta que llegó a la cueva. La vieja la esperaba en el interior, en la puerta de su habitación, y le entregó el cofre diciéndole que apenas la amiga lo había abierto, habían salido de él una cantidad innumerable de guerreros armados que en un momento le dieron la muerte, desapareciendo en seguida.
—Pero ¿es cierto lo que me dices, muchacha? contestó la vieja, ¡si no puede ser!
—Pero así ha sido, señora.
—A ver, pásame la llave.
Y tomándola, abre el cofre y sale de él un verdadero ejército de jóvenes armados de espadas, lanzas y hachas con las cuales traspasan y destrozan a la infame vieja, que se revuelca en el suelo en medio de un mar de sangre. Los jóvenes guerreros desaparecen dejándola por muerta; pero la Bruja tenía la vida de los gatos, y, arrastrándose como pudo, se echó a la cama.
La Princesa quedó anonadada con esta escena, y se habría quedado quién sabe hasta cuándo como enclavada en el suelo, si la voz de la vieja no la hubiese sacado de su abstracción.
—Hijita, le dijo la vieja con un tono que trataba de aparecer cariñoso, vaya a la otra pieza, tome el primero de los frascos que hay en el armario y me lo trae; quiero tomar del licor que hay en él para morir y dejar de sufrir.
Pasó la Princesa a la pieza contigua, y ahí encontró al Canarito, que le dijo muy quedo al oído:
—No le lleves el primero sino el último de los frascos del armario, para que muera de veras: cualquier otro que le lleves le dará la vida y no terminarán nunca nuestros sufrimientos.
Obedeció la Princesa y le llevó el último frasco.
—¿Este es el primero, hijita?
—Sí, señora, éste es el primero.
—No vaya a haberse equivocado y haya tomado el segundo.{42}
—No, señora, estoy completamente segura de que he traído el primero.
—Entonces deme una cucharada de él.
La Princesa le pasó una cucharada del líquido que el frasco contenía y la vieja se lo bebió con ansia; pero apenas lo tragó, comenzó la Bruja a torcerse, a despedazarse con las uñas, a morderse las manos y los brazos, dando unos gritos tan desaforados que parecía que el palacio se iba a venir al suelo.
Por suerte, todo esto duró poco, porque la vieja, en medio de los mayores dolores, entregó pronto su alma al diablo, a quien con tanto empeño había servido durante su larga vida.
En cuanto cesaron los alaridos de la Bruja, sucedió una cosa inesperada. La cueva y el palacio se convirtieron en un bello y extenso país; los Canarios, en tres hermosos príncipes; los negros que había visto Juanito, en grandes de la corte, y los picaflores, en los habitantes del reino, todos los cuales vinieron a rendir homenaje a la Princesa.
Acercóse a ella el más hermoso de los tres Príncipes e hincando una rodilla en tierra, habló a la Princesa de esta manera:
—Princesa, yo soy aquel Canario que os arrebató la madeja de seda, el dedal y las tijeras y que más tarde os aconsejó lo que debíais hacer para libraros y librarnos de la malvada hechicera que por satisfacer una ruin venganza mató a nuestros padres y nos tenía hechizados a mí, a mis hermanos y a nuestro pueblo. Bien sabéis que yo os amo y que no podré vivir sino en vuestra compañía. Sé que vos me amáis también, pues por amor a mí habéis arrastrando tantos peligros. ¿Queréis que vayamos ahora mismo donde vuestro padre, que es nuestro vecino, para pedir vuestra mano?
—Príncipe, contestó la joven, mi anhelo es ser vuestra esposa; partamos cuanto antes.
El pueblo, entusiasmado, aclamó a la Princesa, llamán{43}dola su reina, su buena y querida reina, y jurando amarla y protegerla de todo peligro.
Grande fué el alborozo del Rey, padre de la Princesa, al verla llegar completamente sana de su enfermedad y en tan buena compañía. Las bodas se celebraron al día siguiente y hubo grandes fiestas y regocijos públicos en los dos reinos, cuyos pueblos confraternizaban como si fueran uno. Los novios fueron muy felices; gobernaron a su pueblo con bondad paternal y Dios los premió dándoles hijos bellos y virtuosos, que les hicieron agradable su peregrinación en esta vida.
Este era un Rey que cayó enfermo de un fuerte dolor a la cabeza. Su dolencia lo obligó durante muchos días a guardar cama y durante ellos no pudo ocuparse de los asuntos de gobierno. Cuando se levantó, se encontró con que le había salido un cachito.
El Rey, por supuesto, quiso tener oculta de todos esta desgracia; pero no lo consiguió: el pelo le creció tanto que tuvo necesidad de hacer llamar a un peluquero, encargando que le trajeran el más discreto de la ciudad.
Sus Ministros pasaron revista a todos los fígaros de la capital y por fin creyeron encontrar al que su Majestad necesitaba: era éste un pobre hombre que, aunque manejaba magistralmente la tijera y la navaja, casi no tenía clientela porque era muy reservado y poco comunicativo; no hablaba sino cuando era de absoluta necesidad.{44}
Con los informes de los Ministros, el Rey lo nombró su peluquero.
En la primera sesión, el Rey le dijo que a ninguna persona debía comunicarle su desgracia y le exigió bajo juramento que así lo hiciese. El Peluquero juró que a ninguna persona diría que el Rey tenía un cachito. Después de esto le cortó el pelo y se retiró para volver dentro de un mes.
No hizo mas que salir el Peluquero y sentir un desasosiego como nunca lo había tenido; y lo peor es que este malestar no lo dejaba y experimentaba como una necesidad de echar afuera aquel secreto que le hormigueaba por todo el cuerpo. Y aquí tenemos a nuestro hombre, que hasta entonces había vivido tranquilo, convertido en el ser más desgraciado de la tierra: no comía, no dormía, no trabajaba, no tenía ánimos para nada.
Y sin embargo de no comer, se iba hinchando, hinchando hasta ponerse redondo como una tinaja.
El pobre hombre se sentía desfallecer, no hallaba qué hacerse; estaba seguro de que se moriría en horas más si no contaba su secreto. Pero ¿y el juramento? El era buen cristiano y por nada de la vida perdería su alma.
Desesperado, salió al campo; y aquí le ocurrió una idea salvadora. Con una estaca que halló a mano abrió un hoyo y echándose de barriga en tierra se puso a decirle:—¡El Rey tiene cachito! el Rey tiene cachito!—repitiendo la frase no menos de cien veces; y a medida que la iba diciendo, la barriga se le iba deshinchando. En seguida tapó el hoyo con la misma tierra que de él había sacado.
¡Qué desahogado, qué aliviado y qué flaco se levantó el Barbero! ¡Qué feliz se sintió! Pocos momentos después llegó a su casa pidiendo desaforadamente que le dieran de comer; ¡qué apetito! todo lo que le servían se le hacía poco! La mujer estaba desesperada: ¿de dónde sacaría alimentos suficientes para llenar aquel tonel sin fondo? Se comió todo lo que pilló a mano, cuanta materia engullible había en la casa, y por fin, más cansado de hacer{45} funcionar las mandíbulas que satisfecho, se acostó. ¡Era de ver la placidez con que dormía el santo varón! Durmió dos días con sus noches, y se levantó feliz, cantando y con grandes disposiciones para trabajar. Era otro hombre.
Pasaron los días uno tras otro hasta completar una semana, cuando ocurrió una cosa inesperada. Los niños de la escuela habían ido a hacer la chancha al campo vecino y encontraron una mata de capachitos, que había brotado precisamente en el lugar en que el Peluquero había hecho el hoyo; arrancaban las florecitas y tomándolas con el dedo pulgar, índice y cordial, las reventaban en sus frentes, como tienen costumbre de hacerlo; pero en esta vez la florecitas, al estallar, decían:
—¡El Rey tiene cachito!
Admirados los niños de este prodigio, llevaron a sus casas todos los capachitos que quedaban y repitieron la prueba y los capachitos siempre decían:—¡El Rey tiene cachito!
No se podía dudar de la noticia, y ella corrió como el aceite: en pocos instantes la conocía toda la ciudad. Y tanto y tanto cundió que llegó a oídos del Rey.
El Rey hizo llamar al Peluquero y después de apostrofarlo duramente le dijo que le haría pagar con la vida su indiscreción. El Peluquero respetuosamente repuso:—Señor, yo juré a Vuestra Majestad no decirle a ninguna persona su secreto y lo he cumplido, porque hasta ahora no se lo he dicho a alma nacida. ¿Qué culpa tengo yo si los capachitos lo andan proclamando a los cuatro vientos?
Por cierto que se cuidó de contarle lo que había hecho, y como de esto no había testigos, el Rey hubo de perdonarlo.{46}
Para saber y contar y contar para saber.
Este era un caballero que tenía un fundo cerca de la ciudad, muy grande y muy hermoso, pero que tenía la maldición de que nadie podía vivir en él, porque, sin saber cómo ni por qué, al otro día amanecían muertos los que pretendían trabajarlo. El caballero estaba desesperado, y ofreció darlo a medias al que se atreviese a sembrarlo.
Había en la misma ciudad una viuda muy pobre, que tenía tres hijos, decididos y valientes, los cuales se pusieron de acuerdo para trasladarse al fundo. Partieron, llevando cada uno un pedazo de pan y otro de queso, que para más no les alcanzó el poco dinero que tenían.
Habían andado ya un buen trecho, cuando el menor se hizo a un lado de sus hermanos, que siguieron andando, porque se le ofreció una necesidad. Iba ya a reunirse con ellos, cuando se le presentó una pobre vieja pidiéndole una limosna. El, compadecido, le dió el pan y el queso que llevaba, y entonces la anciana le entregó una varillita, diciéndole que era de virtud y que le haría todo lo que le pidiese, y desapareció.
Llegaron los tres hermanos al fundo muy de madrugada y convinieron en que mientras iban a trabajar los dos menores, el mayor se quedaría haciendo la comida para los tres.
Fueron los menores al trabajo y cuando el mayor tenía hecha la comida y en punto para servirla, salió de un pozo que había cerca de la cocina un enorme Culebrón, y el joven, del susto, se fué de espaldas y casi se mató del golpe.
—La vida o la comida, le dijo el Culebrón.
—La comida, le contestó el pobre, más muerto que vivo.{47}
El Culebrón devoró la comida y en seguida desapareció por el pozo.
Poco después llegaron los otros dos hermanos, quienes, de tanto que habían trabajado, venían que no podían más de hambre. Cuando supieron lo que había pasado, casi se murieron de rabia.
Al día siguiente se quedó el segundo haciendo la comida, partieron a trabajar los otros dos, y sucedió lo mismo que el día anterior: salió el Culebrón, se comió la comida, y dejó tocando tabletas a los tres hermanos.
El tercer día se quedó el menor, y en el momento en que éste retiraba la olla del fuego, salió el Culebrón y le dijo:
—La vida o la comida.
—Ni la vida ni la comida, le respondió el joven, y poniéndose en facha con su varillita en la mano, obligó al Culebrón a retirarse a su pozo bastante mal herido.
Llegaron los otros dos, y comieron todos con mucho apetito.
Después dijo el más joven:
—Para vernos libres en adelante de este estorbo, amárrenme con un cordel y descuélguenme en el pozo y yo mataré al Culebrón donde se encuentre. Cuando mueva la cuerda es para que la tiren y me suban.
Bajó el joven, y en el fondo del pozo se encontró con un hermosísimo palacio, que tenía todas las puertas y ventanas cerradas. Golpeó inútilmente, porque no le abrieron. Entonces, sacando su varillita, dijo:
—Dios y una hormiguita, e inmediatamente se convirtió en hormiga. Así pudo entrar por una rendija y llegó a una sala en donde había una niña más bella que el sol. Se le subió por un costado y de repente la picó.
—¿Quién me pica? dijo la niña.
—Yo, señorita, contestó el joven desencantándose.
Se pusieron a conversar. La niña le dijo que eran tres hermanas, hijas del Culebrón, el cual las tenía encerradas bajo siete llaves y no les permitía ver a nadie.
—Yo mataré al Culebrón y las libraré a ustedes.{48}
—No podrás matarlo—le dijo la joven—porque mi padre es el Cuerpo sin Alma.
—Pero tú podrás averiguar en dónde tiene el alma y entonces yo daré buena cuenta de él.
Fué la niña al lugar en que estaba su padre, y con ella el joven, convertido en hormiga, pegado a su costado.
—Papá, ¿por qué lo llaman a usted el Cuerpo sin Alma?
—No te lo diré, porque las paredes tienen oídos y los matorrales ojos.
—Pero si aquí estamos solos, y encerradas como vivimos ¿a quién podría confiarle lo que usted me diga?
Entonces él repuso:
—Hija, has de saber que en el monte vecino hay una laguna; dentro de la laguna hay un toro; matando a ese toro, sale de su cuerpo un león; matando a ese león, sale una zorra muy corredora, que nadie la podrá alcanzar; adentro de la zorra hay una paloma; y adentro de la paloma, un huevo. Ese huevo es mi alma, y si llegan a quebrarlo, soy muerto.
Siguieron hablando un rato sobre otras cosas y poco después la niña se retiró a su pieza. Inmediatamente el joven se fué corriendo para la laguna, y apenas había llegado a la orilla, salió el toro bramando y escarbando la tierra que daba miedo.
—Dios y un toro de los más bravos—dijo el joven sacando la varillita y al punto se convirtió en toro y se puso a pelear con el que había salido de la laguna, hasta que lo mató. Por el hocico del toro muerto salió un león, que echaba el cielo abajo con sus rugidos.
—Dios y un león de los más bravos—dijo el joven a la varillita, y convirtiéndose en león, atacó rudamente a su contrario y lo mató. Entonces salió la zorra corredora del hocico del león muerto, y tanto y tan bien corría que no se le veían las patas.
—Dios y un perro zorrero, de los más corredores y más bravos, dijo el joven, y en el mismo instante se volvió{49} perro, y tan ligero corría, que las patas no tocaban el suelo. En un momento alcanzó a la zorra y también la despachó.
Mientras tanto el Cuerpo sin Alma se sentía muy enfermo y daba unos quejidos terribles. La niña se acercó a preguntarle qué tenía.
—Retírate, traidora—le dijo el Culebrón—si no quieres que te mate.
Del cuerpo de la zorra salió una paloma, que se perdió en el espacio. El joven dijo:
—Dios y un halcón de los más voladores;—y convertido en halcón dió alcance a la paloma, la mató y le sacó del buche el huevo que tenía guardado y que era el alma del Culebrón.
Poco después se presentó en el palacio y mostrándole el huevo, dijo al Culebrón, que apenas respiraba ya, tan desfallecido estaba:
—¿Conoces esto?
—¿Cómo no lo he de conocer, si es mi alma?
—Te la entregaré si me das el manojo de llaves del palacio.
El Cuerpo sin Alma le entregó las llaves y el joven, disparándole el huevo, le dijo:
—Ahí la tienes.
Pero el huevo le dió en la frente al Culebrón y se reventó, y el Culebrón cayó muerto.
El joven se fué a librar a las tres niñas, pero la menor, que era la que él había visto, no quería que sacase a las otras, porque estaba enamorada de él y temía que sus hermanas, que también eran muy bellas, le robasen su amor. Pero él le dijo:
—Si nosotros también somos tres; mis hermanos se casarán con tus hermanas.
Las sacó a las otras dos de su encierro y amarrando primeramente a la menor, movió el cordel y los que estaban arriba la subieron. Los dos hermanos, cuando la vieron tan buena moza, se pusieron a pelear, para ver cuál se la{50} llevaba; pero ella les dijo que eran tres y que luego subirían las otras dos.
Cuando hubieron subido las tres niñas, los hermanos mayores no volvieron a echar el cordel, y tomando cada uno a su compañera, dejaron abandonada a la menor, que esperó en vano que subiera el joven que había quedado en el pozo.
Un momento después conoció éste su desgracia, y, turbado con la pena que le causaba la traición de sus hermanos, por decirle a la varillita “siete estados para arriba”, le dijo “siete estados para abajo” y llegó a la tierra de los pigmeos, donde, del golpe tan violento que recibió, quedó sin sentidos. Cuando volvió en sí, los pigmeos le habían robado su varillita de virtud.
El pobre entró a sufrir mucho y llegó su miseria a tal estado que se vió obligado a ocuparse como cuidador de los rebaños del Rey de los pigmeos para ganarse la vida.
Un día que lloraba su desgracia, se le apareció una Aguilita y le preguntó:
—¿Por qué está tan triste y llorando?
—¿Cómo no he de llorar, distante de la que amo y viéndome en el estado en que me hallo y sin esperanzas de volver a la tierra?
—Yo lo sacaré de aquí si le parece; pero tiene que llevar mucha carne, porque el viaje es largo y hay que atravesar el mar.
—Está bien, llevaremos un cordero.
Y el joven mató un cordero y dividiéndolo en cuartos lo puso sobre el Aguila y él se montó en seguida encima.
Al poco rato el Aguilita pidió de comer y él le puso en el pico un cuarto de cordero. Volaron un rato, y el Aguilita pidió más, y él le entregó el segundo cuarto; después, el tercero; y por fin el único que quedaba.
Iban volando por sobre el mar cuando el Aguilita dijo:
—Compañero, ¿queda carnecita? mire que me faltan las fuerzas y nos caeremos al mar y nos ahogaremos si no como.{51}
El joven se cortó una pierna y se la atravesó en el pico al Aguila. Esta escena se repitió dos veces más, y el joven tuvo que cortar su otra pierna y el brazo izquierdo, que el Aguila devoró en un instante. De pronto dijo el Aguila:
—Ya llegamos; bájese, compañerito, que en aquel palacio está su niña; y apúrese porque la van a casar con un príncipe y ella no quiere, porque lo está esperando a usted.
—¿Y cómo me bajo—respondió el joven—si no tengo piernas?
—Echese al suelo no más, y no se demore, que lo dejan sin novia.
Al dejarse caer, el joven se encontró con sus dos piernas y sus dos brazos, y si buen mozo había sido antes, quedó desde entonces mucho mejor. Llorando de alegría, le dió las gracias a la Aguilita, y ella, convirtiéndose en ángel, le dijo que era el de su guarda, que viéndolo tan triste, había venido a sacarlo de apuros.
Cuando llegó al palacio en que estaba su amada, la alegría de ésta fué grande, y en lugar de celebrarse el matrimonio con el príncipe con quien la obligaban a casarse, se casó con el joven que tanto había sufrido por ella y había sido su primer amor. La fiesta estuvo muy buena y hasta ahora estará que se arde; yo me encontré en ella y comí y tomé hasta que casi reventé. Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento para serranías de más adentro.
Este era un hombre que vivía en el campo y había quedado viudo con dos hijos pequeños: un niñito y una{52} niñita. El hombre era pobre y para alimentar a sus hijos tenía que salir a trabajar todos los días antes que apareciera el sol, y como los niños no eran capaces de hacer nada, se los dejaba encomendados a una vecina que los trataba con mucho cariño, les lavaba su ropita y les daba muy bien de comer.
Mejoró un poco la situación del hombre y se casó con la vecina; pero ésta, apenas salía su marido de la casa, obligaba a los niños a hacer el fuego, a que le trajesen agua del río en baldes que eran muy pesados para ellos, a barrer y ejecutar otros trabajos superiores a sus escasas y débiles fuerzas; y si la leña no estaba bien encendida, o los baldes no llegaban completamente llenos, o quedaba un poco de basura en el suelo, les pegaba cruelmente con lo primero que hallaba a mano.
Una vez, el niño le dijo a la niña:—Vámonos de aquí, hermanita; ¿para qué estamos sufriendo tanto?,—y al otro día muy temprano dejaron su lecho, abandonaron la casa en que habían nacido y marcharon a la ventura, alimentándose de frutas y de yerbas y durmiendo en las cuevas de las montañas o en los ranchos abandonados que encontraban en su camino.
Después de muchos días de marcha, llegaron a una tierra desierta, sin casas ni árboles, en la que el calor del sol se hacía sentir con toda su fuerza. Los niños morían de sed y en ninguna parte hallaban agua para aplacarla. Por fin llegaron a la orilla de una laguna y cuando se disponían a beber, oyeron una voz que decía:
—El que de esta agua bebiere tiburón se ha de volver y devorará a su hermano.
—Hermanita, no tomemos de esta agua—dijo el niño—aguantemos la sed y vámonos, puede ser que más allá encontremos agua buena.
Muy tristes se apartaron de la laguna y a cada instante más sedientos; pero luego tropezaron con un pozo y el corazón se les alegró. Sirviéndose de una cuerda que estaba en el suelo al lado del brocal, echaron adentro{53} un tiesto que cerca estaba, y cuando ya lo alzaban repleto de agua, salió del pozo una voz que decía:
—El que de esta agua bebiere, sierpe se ha de volver y devorará a su hermano.
—Hermanita, no tomemos de esta agua—dijo el niño—aguantemos la sed y vámonos, pueda ser que más allá encontremos otra mejor.
La niña no soportaba la sed, y si no hubiera sido por la amenaza de que si bebía de esa agua devoraría a su hermano, habría bebido hasta saciarse.
Continuaron su camino muy tristes, desfallecidos, casi sin fuerzas para andar, pero a los pocos pasos tropezaron con un arroyo de agua fresca y cristalina. Echáronse de bruces para beber y cuando sus secas fauces estaban a punto de humedecerse, oyeron estas palabras que salían de la corriente:
—El que de esta agua beba, corderito se ha de volver.
—Hermanita no tomemos...—alcanzó apenas a decir el niño, cuando vió a su hermana convertida en corderita. La pobrecilla, no oyendo la amenaza de que si bebía devoraría a su hermano, se apresuró a apagar su sed y alcanzó a tragar unos cuantos sorbos de aquella agua maldita.
Es fácil suponer en qué estado dejaría esta desgracia a los pobres hermanos, que ya no tuvieron otro consuelo que conversar y comunicarse sus penas, porque, por suerte para ellos, al experimentar la niña su transformación, no había perdido el uso de la palabra. Sin embargo, el niño lloraba mucho; no podía acostumbrarse a ver a su hermana convertida en animal.
Un día le salió al paso una viejecita.
—¿Por qué llora tanto, hijito?—le preguntó.
—¿Cómo no he de llorar, mamita, con la desgracia que nos ha sucedido? ¡Qué no daría yo por ver a mi hermana convertida en mujer otra vez!
—Hijito, eso no es posible por ahora; pero con esta varillita de virtud que voy a ocultar en las lanas de la Corde{54}rita, tendrá ella lo que quiera; podrá hasta volverse mujer por tres horas cada vez que lo desee, y para siempre cuando un príncipe quiera casarse con ella.
Y desapareció después de colocar una varita entre las lanas de la Cordera.
Desde ese momento la Corderita dejó de lamentarse y se la veía brincar y correr al rededor de su hermano y balar alegremente; porque ha de saberse que no hablaba con él sino cuando estaban solos.
Pasó algún tiempo, y el niño que ya se había convertido en hombre, entró a servir como pastor de los rebaños del Rey, el cual, como era muy bondadoso, le permitió conservar la Corderita a su lado.
Sucedió que en la noche del primer día en que el pastor había entrado en funciones, el hijo del Rey tuvo que pasar por el patio en que estaban las habitaciones de los sirvientes, y se extrañó de oir de la más alejada, que era la que ocupaba el pastor y la Corderita, una voz femenina. Se detuvo a escuchar para referirle a la Reina, su madre, lo que oyera, pues era prohibido que las sirvientas penetraran a las piezas de ese patio; pero no sintió sino murmullos y no alcanzó a entender ni una palabra. Al día siguiente, el Príncipe refirió a su madre lo sucedido, y en la tarde, cuando el pastor regresó, después de guardar el ganado, fué conducido a presencia de la Reina.
A la pregunta que le hizo la Reina de quién era la mujer que en la noche anterior había estado en su aposento, contestó:
—No estaba, señora, con ninguna mujer, sino con una huachita Cordera que el Rey mi Señor me ha permitido guardar a mi lado y a la que he conseguido enseñar varias palabras. (No se atrevió a contarle la verdad).
—¿Y qué palabras sabe? preguntó la Reina admirada.
—Dice ya, papá, mamá, hermano y otras.
—Tráeme la Corderita; quiero verla.
Fué el jóven a su pieza, contó a su hermana lo que había hablado con la Reina y le aconsejó que mientras{55} tanto no dijese más palabras que las que él había dicho a la Reina que le había enseñado, y la condujo a la presencia de la soberana.
La Corderita se bañaba todos los días en el río, de modo que siempre estaba muy limpia. La Reina quedó encantada y le dijo al pastor que se la dejase, que ella la cuidaría muy bien.
La Reina le tomó mucho cariño y a todas partes iba con ella. La Corderita la llamaba mamá; al Rey le decía papá, y al Príncipe hermano.
La Reina se dijo un día:—Si un rústico pastor ha podido enseñar a este animalito a pronunciar unas cuantas palabras, ¿por qué no he de conseguir yo que aprenda a hablar como una persona?
Desde ese día comenzó a enseñarle a hablar, y la Huachita se hacía la que no sabía y que poco a poco iba aprendiendo.
Pasó así algún tiempo, hasta que para celebrar una victoria obtenida por el Rey, se organizaron grandes fiestas, entre ellas unas carreras de caballos a que debía concurrir toda la Corte.
Cuando llegó ese día, la Corderita, que hasta entonces no había hecho uso de la virtud que tenía, quiso ir a las carreras; y después que los Reyes, el Príncipe y demás potentados que vivían en palacio salieron, ella también salió sin que nadie la viera, y se fué al campo, y al lado de un espino que allí había, dijo:
—Varillita de virtud, por la virtud que Dios te ha dado, haz que me convierta en mujer, vestida con un traje de color de estrellas y que aparezca aquí para llevarme a las fiestas una carroza de plata arrastrada por dos parejas de caballos y servida por tres pajes negros. E inmediatamente se encontró convertida en una hermosísima joven, vestida como había pedido y con el coche con los tres negritos. La piel de cordero estaba a su lado, y antes de subir a la carroza la dejó colgada de una rama del espino, y partió.{56}
Cuando llegó a la plaza, atrajo las miradas de todos por su hermosura y la riqueza y esplendor de su traje. Nadie la conocía y unos a otros se decían: «¿de dónde vendrá esta princesa?» El Príncipe, sobre todo, la atendió mucho y se enamoró perdidamente de ella. Cuando sonó la hora en que debía retirarse, el Príncipe le preguntó si volvería al día siguiente y ella le contestó que sí.
En la Corte no se habló en el resto del día de otra cosa que de la fiesta; pero la preocupación de todos era la bellísima joven desconocida.
Llegó el día siguiente y todo el mundo se trasladó a las carreras.
Una vez que la Corderita se encontró sola, volvió al campo, y al pie del espino pidió a la varillita que la transformara en mujer, vestida con traje de color de la luna y las estrellas y la condujese a la fiesta en una carroza de oro arrastrada por tres parejas de caballos y servida por seis pajes negros; y al punto todo se hizo como ella lo había pedido. Dejó la piel de oveja colgada de una rama del espino, subió al carruaje y se fué a las fiestas.
A su entrada, la atención de la multitud se concentró en ella, y si hermosa la habían encontrado el día anterior, más hermosa aun la encontraron en este día. El Príncipe, todavía más enamorado, fué a colocarse inmediatamente a su lado y allí estuvo conversando con ella hasta el momento que la joven se levantó para retirarse.
El otro día era el último de las carreras. La afluencia de gente fué mayor; puede decirse que toda la ciudad se había trasladado a presenciarlas.
A la misma hora que los días anteriores, llegó la joven en una carroza de diamantes arrastrada por cuatro parejas de caballos y servida por doce negros; su traje tenía los colores de la luna, de las estrellas y del sol naciente, y si linda la habían encontrado las otras dos veces, más linda la hallaron esta vez. Todos los ojos estaban clavados en ella y de los labios de la muchedumbre no salían sino alabanzas en su honor. Apenas la divisó el Príncipe{57} fué a sentarse a su lado a cortejarla. Cuando estaba hablándola con más entusiasmo, llegó un paje con un recado de la Reina y el Príncipe tuvo que abandonar su asiento por un momento; a su regreso se encontró con que estaba vacío el lugar que ocupaba la niña.
Se acabaron las fiestas y nadie volvió a ver a la joven.
El Príncipe se puso muy triste y languidecía rápidamente. Los médicos nada pudieron para curar su mal y los Reyes lloraban la próxima muerte de su único hijo.
Un día, cuando ya se había perdido toda esperanza de salvación, dijo la Corderita a la Reina:
—Mamá, ¿quiere que vaya yo a cuidar al enfermo? Quién sabe si pueda sanarlo!
¡Qué se perdía con que fuese! La Reina consintió y ella misma condujo a la Corderita a las habitaciones del enfermo y la dejó allí.
Apenas se retiró la Reina, la Corderita pidió muy quedito a la varillita que la convirtiera en mujer, ataviada con el mismo traje con que se había presentado a las carreras, y una vez transformada, se acercó a la cama del enfermo y lo llamó dulcemente. El Príncipe abrió los ojos y a la vista de su amada sintió que le volvía la vida.
Tres horas conversaron alegremente y al terminar este tiempo la joven tornó a convertirse en la Huachita Cordera.
El Príncipe hizo llamar a los Reyes, y les dijo:
—Padres, la Corderita me ha sanado; me siento perfectamente bien y es preciso que me dejen casarme con ella.
Apenas el Príncipe dijo estas palabras, cumpliéndose el vaticinio de la viejecita que había dado a la Corderita la virtud, se transformó ésta para siempre en la bellísima niña que todos habían visto en las fiestas, y los Reyes, henchidos de contento, consintieron en el matrimonio de su hijo con la joven.
Los novios fueron muy felices y vivieron en una perpetua luna de miel y tuvieron muchos hijos.
El hermano de la joven, que hasta el día antes del ma{58}trimonio había continuado como pastor, fué ennoblecido y siguió viviendo en la Corte, desempeñando empleos muy principales.
Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.
Hubo en un país lejano un Rey muy malo que se complacía en el daño que causaba a sus súbditos.
Un día que salió a cazar, y se extravió en el bosque, vió en la puerta de una choza a una jovencita muy bella y agraciada, y llevándola a Palacio se casó con ella.
Un mes nada más duró la felicidad de la Reina. Transcurrido este corto tiempo, durante el cual el Rey fué tierno y cariñoso con ella, se reveló nuevamente en él el hombre perverso, de fieros instintos. Con pretextos y sin pretextos, todo lo encontraba malo, y como la Reina era la persona que tenía más cerca, la desgraciada pagaba el pato. Un día que amaneció de más mal humor que de ordinario, hizo sacar los ojos a la Reina y ordenó que la encerrasen en un calabozo húmedo y sin luz, que daba a uno de los patios interiores del palacio, y que la sometiesen a una alimentación escasa.
Poco tiempo después, el Rey se casó con otra joven, la cual también sólo un mes fué feliz, y pasó otro mes al lado de su esposo sufriendo toda clase de vejámenes; después, privada de la vista, fué a hacer compañía en el calabozo a su predecesora.
La misma suerte corrieron cinco niñas más, con las cuales el monarca contrajo matrimonio sucesivamente.{59}
Las siete desgraciadas tuvieron un hijo cada una en su prisión, pero sólo la primera lo conservó; las otras, muertas de hambre, se comieron los suyos, y si no hubiera sido porque la primera mujer logró ocultar a su hijo y que éste, como si adivinara el destino que le estaba reservado si las compañeras de su madre lo descubrían, jamás lanzó el menor gemido ni se le oyó llorar.
La criatura era hermosa y fué creciendo. Su madre le enseñaba a hablar en las noches, cuando sus compañeras dormían, y paulatinamente fué comunicándole los pocos conocimientos que tenía, lo que el niño aprendía con suma facilidad, porque estaba dotado de gran inteligencia.
Una vez el niño encontró un clavo y, jugando, se puso a escarbar la pared al lado del sitio que ocupaba su madre. La muralla, con la humedad, estaba blanda, así es que en pocos momentos hizo un pequeño forado por el que penetró un poco de luz; le dieron deseos de salir para conocer el mundo, de que tanto había oído hablar a su madre, y para conseguirlo continuó trabajando hasta que el agujero fué suficientemente grande para dejarlo pasar. Le contó a su madre lo que había hecho y le pidió que mientras él andaba afuera cubriera ella el forado con su cuerpo para que el carcelero no lo viese.
Salió el chico y se encontró con un hermoso huerto. No se cansaba de admirar el cielo, tan azul y tan bello; mucho también le llamaron la atención los árboles, las flores y los frutos; tomó algunos de éstos, los probó y los encontró sabrosísimos. Cogió entonces todos los que pudo para llevárselos a su madre, la cual sólo entonces comunicó la existencia de su hijo a sus compañeras de desgracia e hizo que el niño les repartiera frutas.
Desde ese momento el niño fué la alegría de todas, que lo quisieron entrañablemente, y él les pagaba su cariño renovándoles cada día las provisiones que tomaba en el huerto.
Cada vez que el niño estaba fuera, la madre pasaba{60} sobresaltada, temiendo que uno de los hortelanos lo encontrara y lo llevase a presencia del Rey. Por lo que pudiese suceder, le dijo un día:—Hijo, si te llegan a ver, te preguntarán de dónde vienes, cómo te llamas y quiénes son tus padres, y tú contestarás que vienes del mundo que tu nombre es el Viento y que eres hijo del Trueno y de la Lluvia.
Pasó algún tiempo, más de un año, sin que nada se descubriera, porque el chico practicaba sus excursiones muy de mañana y los hortelanos no eran madrugadores; pero una vez que uno de éstos se levantó más temprano que de costumbre, fué cogido y llevado a la presencia del Rey. Al Rey le cayó en gracia el chico y le preguntó:
—¿De dónde vienes?
—Del mundo.
—¿Quién es tu padre?
—El Trueno.
—¿Y tu madre?
—La Lluvia.
Poco después de haberle hecho sacar los ojos a su séptima mujer y haberla encerrado en el calabozo, el Rey se había casado por octava vez; pero en ésta le salió el futre, como vulgarmente se dice, porque la nueva esposa no era el manso cordero, ni la humilde paloma que las anteriores. Mujer de carácter fuerte, de corazón duro y envidiosa, dominó a su marido por completo. El Rey se fué acostumbrando poco a poco a obedecer, y como consecuencia, su carácter se debilitó y dulcificó.
Como dijimos, el chico le cayó en gracia al Rey, sólo de verlo, y mucho más cuando lo oyó responder con tanto despejo a sus preguntas; y ordenó que lo vistiesen bien y lo dejasen en completa libertad para andar por el palacio y sus dependencias.
El niño vivía con la servidumbre, que lo adoraba. Cuando concluía su comida, recogía todos los restos y se los llevaba a las ciegas, con las cuales conversaba un rato{61} cada vez que entraba a la prisión, especialmente en la noche, antes de retirarse al cuarto que se le había destinado.
A medida que el niño crecía en altura, crecía también en inteligencia, de tal modo que su fama salió de los patios de la servidumbre y llegó a oídos de la Reina. Ella también quiso oírlo, y al escuchar sus contestaciones tan prontas y oportunas, se propuso perderlo. La Reina era envidiosa y no tenía hijos. Se fingió enferma, hizo llamar al Rey y le dijo que había soñado que no sanaría de su enfermedad sino tomando leche de leona traída por un león en odre de león, y que había de ser el niño quien la fuese a buscar.
El Rey, que no hacía sino la voluntad de su mujer, aunque a disgusto ordenó al niño que cumpliera los deseos de la Reina. El niño, muy afligido, fué a contarle a su madre lo que le pasaba, y ésta le dijo:
—La Reina quiere perderte, pero nada te sucederá si sigues mis consejos. Pide al cocinero, antes de partir, una cacerola, pan, leche y sal suficiente para sazonarla; te vas por tal y tal camino hasta que llegues a una llanura en que verás una gran peña a orillas de un riachuelo sombreado de árboles; haces una sopa de pan con leche y dejas la cacerola entre el arroyo y la peña y te ocultas detrás de un árbol. Poco después llegará un león, que después de olfatear la sopa la comerá; una vez que se la haya tomado toda, dirá él:—¡Qué buena está esta sopa! ¿Quién la habrá traído?—Entonces sales de tu escondite y le contestas:—«Yo, señor», y el león, agradecido te dará lo que le pidas.
Provisto de la cacerola y de las raciones de pan, leche y sal suficientes, se dirigió afuera de la ciudad y siguió por el camino que su madre le había indicado, hasta llegar a la peña. Allí se detuvo, hizo la sopa de pan con leche y depositó la cacerola entre el riachuelo y la peña y ocultándose detrás de un corpulento árbol, esperó. Pocos momentos después llegaron a sus oídos los espan{62}tosos rugidos de un león, y casi en seguida vió aparecer a la terrible fiera, que, rabiosa, rugía y escarbaba la tierra, y abriendo las narices aspiraba el aire en todas direcciones como si buscara con el olfato el lugar en que se encontraba un ser extraño; pero sucedió que lo primero que llegó a sus narices fué el olor suavísimo para él de la sopa de pan con leche, y dirigiéndose al sitio en que el niño la había dejado, se la tomó poco a poco, saboreándola con delicia.
Una vez que concluyó de comérsela, se lamió los bigotes y exclamó:
—¡Qué cosa más rica! ¡Quién la habrá dejado aquí? Y entonces el niño, saliendo de su escondite, exclamó:
—Yo la traje, señor León.
El León lo miró un poco sorprendido y después de un rato, le preguntó:
—¿Qué quieres que te dé en pago del placer que me has proporcionado?
—Señor León—le contestó el niño—lo que quiero es un poco de leche de leona en odre de león, y que sea llevada al palacio por un león, para que se mejore la Reina, que está enferma.
—Está bien—le dijo el León—tendrás lo que pides; pero, en cuanto llegues al palacio, le pegarás tres veces en la cabeza con esta varillita al leoncito que conduzca el odre y le dirás «ándate para tu casa».
Y mientras el León hablaba, apareció un leoncito con un odre sobre sus espaldas.
Púsose en marcha el niño, yendo adelante el leoncito con su carga. Cuando llegaron frente al palacio, estaba la Reina en uno de los balcones, y al divisar al niño y a su compañero, casi se murió de ira.
Frente a la puerta del palacio echó el niño sobre sus hombros el odre y, recordando las instrucciones del León, dió al leoncito tres golpes con la varilla, diciéndole al mismo tiempo: «ándate para tu casa». El leoncito desapareció.{63}
El odio de la Reina para con el hijo de la ciega creció después de esta aventura y juró que lo haría morir. Hízose enferma nuevamente y le dijo al Rey que había soñado que no sanaría sino viendo las torres cantando y las almenas bailando, y que debía ser el niño quien se las había de traer. El Rey, temiendo la ira de la Reina, ordenó al niño, a pesar del cariño que le tenía, que fuese en busca de los objetos que aquélla decía necesitar.
El niño se fué llorando al calabozo y le contó a su madre lo que la Reina exigía de él.
—No tengas cuidado—le dijo la ciega—la Reina quiere que mueras; pero si sigues mis instrucciones, nada te sucederá. Pide al hortelano que te preste un burrito y a la mujer del jardinero su guitarra. Montado en el burro, tomas tal y tal camino; y después de andar siete horas, llegarás a una ciudad encantada, en la cual no verás más ser humano que una vieja bruja. Desde que divises la ciudad tocarás la guitarra sin cesar hasta que salgas, y, aunque la vieja te la pida, ni dejarás de tocar ni se la darás. Tú tienes bastante inteligencia para manejarte bien en lo demás que pueda sucederte.
Se abrigó el niño con un poncho, porque hacía mucho frío, y montado sobre el burro y con la guitarra colgada al cuello por medio de una correa, se dirigió a la ciudad. Cuando estuvo cerca, se puso a tocarla y le salió al encuentro una horrible vieja que le pidió se la vendiera; pero el niño, sin dejar de tañerla ni un momento, le contestó que no la vendía, pero que más allacito se la daría si le mostraba todo lo que había de interesante y curioso dentro de la ciudad.
Se pusieron en marcha, el niño toca que toca y la vieja chancleteando a su lado, hasta que llegaron a un chiquero muy elegante, en que había un chanchito muy bien cuidado.
—¿Y este chanchito, mamita?
—Este chanchito es la vida de la actual mujer de tu padre; ¡pero dame tu guitarra, niño!{64}
—Más adelante se la daré, mamita.
Continuaron por la misma calle; el niño dale que dale a las cuerdas de la guitarra y la vieja sin perderle pisada. Llegaron a una plaza, en medio de la cual, entre flores de colores brillantísimos que despedían una fragancia exquisita, se elevaba una delgada columna de agua dorada.
—¿Qué es esto, mamita? preguntó el niño.
—Esta es el agua maravillosa que da vista a los ciegos; pero ¡dame tu guitarra, hijito!
—Más adelante se la daré, mamita.
Un poco más allá, siguiendo la misma calle, en medio de otra, entre jardines y sobre una mesa hecha de un solo diamante, vió el niño un castillo en miniatura, de marfil, del cual salían voces argentinas de una belleza inefable que lo dejaron extático por un momento; se habría dicho que dentro había un coro de ángeles. Al mismo tiempo, de las troneras del castillo salían como disparados unos pequeños proyectiles, que una vez en el aire, se movían graciosamente como si bailasen.
El niño preguntó:
—¿Y qué son estas cosas, mamita?
—Estas son las torres que cantan y las almenas que bailan; pero ¡dame tu guitarra, hijito!
—Dentro de poco se la daré, mamita; no tenga cuidado.
Por fin llegaron a un lugar en que había muchas velas encendidas, unas largas, casi enteras, otras medianas y otras menores.
—Y esto ¿qué es, mamita?
Estas velas son la vida de los habitantes del país.
—¿Y esta vela tan alta y tan gruesa, que está adelante de todas? ¿Tal vez es la vida del Rey mi padre?
—No, hijito; esa es mi vida, que, como ves, durará más, mucho más que las otras; pero dame tu...
No alcanzó a terminar la frase la bruja, porque el niño, sin dejar de tocar con la mano izquierda, con la derecha tomó un extremo del poncho y dando con él un fuerte{65} golpe a la vela, la apagó, y la vieja cayó al mismo tiempo en el suelo muerta para siempre.
En seguida el niño llenó un frasco del agua maravillosa, guardó en las petacas que llevaba el burro las torres cantando y las almenas bailando, y ató el chancho con un lazo que aseguró a la enjalma, y se volvió muy alegre a la ciudad en que residía el Rey su padre.
Cuando llegó a la plaza del palacio, divisó a la Reina asomada al balcón, y cuando ésta vió al niño sano y salvo, de la rabia se arrancaba los cabellos.
El niño se desmontó de su cabalgadura y tomando entre sus manos al chanchito lo arrojó con fuerza al suelo matándolo inmediatamente; en el momento mismo la malvada Reina lanzó el último suspiro y entregó su alma al diablo.
Después de esto se fué a la prisión en que estaban las ciegas, y con el agua maravillosa volvió la vista a su madre y a sus seis compañeras de infortunio. Hecho lo cual se fué a ver al Rey y le contó todo lo sucedido. El Rey se sintió doblemente feliz y aliviado al oir la relación del niño, primeramente de verse libre de aquella mujer que le había hecho perder su personalidad; y segundo, de saber que aquel niño a quien tanto cariño había tomado, era su hijo.