Métete en mi potito
y tráncate con un palito.

Y entonces se metieron en el buche del Medio-pollo el Arriero y todas sus mulitas.

Bueno. Entonces el Medio-pollo llegó al río, que venía muy anchazo de tanta agua que traía y se paró a la orilla y se puso a pensar:—Yo no puedo volar porque no tengo mas que una alita. ¿Qué hago yo? me voy a tomar toda la agüita para dejarlo seco y poder pasar.

Y entonces el Medio-pollo se tomó toda el agua del río y pasó para el otro lado, y siguió marchando un día entero hasta que topó con un Tigre que estaba descansando en una piedra. Entonces el Medio-pollo es que le dijo:{95}

—¿Qué hace ahí, compadrito Tigre?

—Tengo que ir donde el Rey—es que le dijo el Tigre—y estoy muy cansado. ¿Por qué no me lleváis vos, Medio-pollito?

—Bueno—es que le dijo el Medio-pollo—

Métete en mi potito
y tráncate con un palito.

Y entonces es que el Tigre se metió en el buche del Medio-pollo.

Bueno, pues. Entonces el Medio-pollo la endilgó por el camino otro día más, hasta que se encontró con un León que estaba echado en un ladito. Entonces el Medio-pollo es que le dijo:

—¿Qué hace ahí, compadrito León?

—¡Qué he de hacer Medio-pollito!—es que le dijo el León.—Estoy medio despiado de tanto andar y tengo que ir a la casa del Rey y no puedo más. ¿Por qué no me lleváis vos, Medio-pollito?

—Bueno—es que le dijo el Medio-pollo—

Métete en mi potito
y tráncate con un palito.

Y al tirito se metió el León en el buche del Medio-pollo.

Todavía tuvo que andar un día más el Medio-pollo, hasta que tropezó con una Zorra que se estaba haciendo la dormida debajo de unos árboles. Entonces el Medio-pollo es que le dijo:

—¿Qué está haciendo ahí, mi comadrita Zorra?

Y es que la Zorra le dijo:

—Aquí estoy, compadrito, medio muerta de hambre. Hace una pila de días que no como ni un racimito de uvas siquiera.

Entonces es que le dijo el Medio-pollo:

—Yo la llevaré, comadrita, donde el Rey; pueda ser que le tenga lástima y le dé alguna cosita que comer.

Métase en mi potito
y tránquese con un palito.
{96}

Bueno, pues. Se metió la Zorra en el buche del Medio-pollo y siguió andando hasta que topó con el palacio del Rey. Y entonces el Medio-pollo, cuando lo llevaron donde el Rey, es que le dijo:

—Mi Rey, mi soberano, aquí he venido desde muy lejazo para traerle a su Sacarrial Majestad esta naranjita de oro, que es regalo que yo le traigo.

Bueno. Entonces el Rey agarró la naranjita y les dijo a sus pajes que llevaran al Medio-pollo al gallinero para que estuviera con todos sus compañeros, y les dijo que le echaran harta gransita, y harto triguito y maicito bastantazo, para que se llenara.

Y entonces cuando dejaron al Medio-pollo en el gallinero, todos los gallos, las gallinas y los pavos se le fueron encima a picotearlo y casi se lo comieron vivo. Y entonces el Medio-pollo, cuando se vió acorralado y que me lo querían avasallar, se fué a un rinconcito, pujó un poquichicho y entonces salió la Zorra y se comió todos los gallos y toditas las gallinas y toditos los pavos, y no dejó ni unito, y se arrancó para la Cordillera; y entonces es que el Medio-pollo se comió todas las gransitas.

Bueno, pues. Entonces al otro día fueron los pajes, con las claras, al gallinero para ver como había amanecido el Medio-pollo, y se quedaron todos patifríos cuando vieron que el Medio-pollo se había comido todas las aves, porque no sabían que se las había comido la Zorra; y entonces se fueron todos apurados donde el Rey y es que le dijeron:

—Señor, el Medio-pollo se ha comido todas las aves y no ha dejado una ni para un remedio.

Entonces es que dijo el Rey:

—Bueno. ¿Qué hacemos entonces con el Medio-pollo? Yo no lo puedo matar porque me ha traído este regalo.

Y es que un paje le dijo:

—Si a su Sacarrial Majestad le parece, lo echaremos al potrero donde están los caballos y los coches de su Majestad y pueda ser que los caballos lo maten a patadas.{97}

—Bueno,—es que les dijo el Rey—; pero yo les prohibo que ustedes lo maten.

Y lo echaron al potrero.

Y entonces, cuando el pobrecito Medio-pollo se vió entre las patas de tantísima bestia, le dió miedo como un diablo, y arrimándose a un rinconcito, pujó un poquichicho y echó al León para afuera; y entonces el León se comió a todititos los caballos y no dejó ni unito ni para un remedio; y se arrancó para la Cordillera.

Bueno, pues. Al otro día bien de albita, fueron los pajes a ver si los caballos habían matado al Medio-pollo, y casi se fueron de espaldas cuando vieron al Medio-pollo arriba de un árbol cantando a todo lo que le daba el pico, como haciéndoles burla porque se había comido todos los caballos. Así lo creían ellos, porque ellos no sabían que se los había comido el León. Y entonces se fueron corriendo donde el Rey y se lo contaron todo.

Bueno. El Rey se quedó todo admirado y es que les dijo:

—Yo no puedo matar a ese Medio-pollo que me ha traído esta naranja de oro de regalo. Ustedes sabrán lo que con él hacen, pero les prohibo que lo maten.

Bueno. Entonces el paje principal es que le dijo:

—Si su Sacarrial Majestad quiere, lo echamos a este Medio-pollo al potrero donde están las vacas y ahí lo matan con seguridad.

El Rey no dijo nada; y entonces lo echaron al potrero de las vacas.

Bueno, pues. El pobre Medio-pollito se vió todo afligido entremedio de las patas de tantísima vaca, y no hallaba qué hacerse, porque con el susto se le había olvidado que todavía tenía adentro del buche al Tigre; y entonces de puro miedo se le escapó un pedito, y donde se le abrió el potito salió el Tigre hecho una fiera y se comió todititas las vacas; y arrancó después para la Cordillera.

Al otro día bien tempranito, con las diucas, se fueron{98} los pajes para el potrero de las vacas, y cuando vieron que no quedaba ni una ni para un remedio, casi se cayeron muertos, y en nada estuvo que no se quedaron muertos de la rabia cuando vieron al Medio-pollo encaramado en una rama y que se reía de ellos y cantaba ¡cucurucú! ¡cucurucú!

Bueno, pues. Se fueron entonces todos furiosos donde el Rey, y es que le dijeron:

—Señor, hay que matar a este Medio-pollo, porque tiene al diablo metido adentro del cuerpo; se ha comido en la noche todas las vacas, y si lo dejamos con vida nos va a comer a todos nosotros.

Entonces el Rey es que les dijo:

—¿Cómo voy a matar a este Medio-pollo que me ha traído un regalo tan bueno? Ya he prohibido que lo maten.

—Bueno, pues, señor,—dijo el paje principal—no lo mataremos; pero si su Sacarrial Majestad no se enoja, lo echaremos al horno del pan para que se ase al rescoldo, porque, en la de no, nos va a comer a todos.

Entonces esos brutos echaron al Medio-pollito al horno, cuando estaba bien caldeado, y el pobrecito casi se cagó del susto. Se arrimó como pudo a la boca del horno y se puso a pensar:—¿Qué hago yo? Si me largo un pedito, con el vientecito que eche van a crecer las llamitas y me quemo más lueguito.

Ya se le estaban chamuscando las plumitas al pobrecito.

Bueno, pues. El Medio-pollito no se acordaba que tenía metido el Río en el buche; pero con el calor de las llamitas principiaron a alborotarse las aguas y a sonarle las tripitas, y entonces, medio muerto de gusto, se acordó del Río y pujó con todas sus fuerzas, y entonces es que salió toda el agua de un de repente y apagó el fuego. Y como era la hora en que venían los pajes, se ahogaron toditos y no quedó ni unito.

Entonces fué el Medio-pollo donde el Rey y es que le dijo:{99}

—Ya están muertos todos esos condenados que me querían matar.

Entonces el Rey, muy contento de ver vivo al Medio-pollito, es que le dijo:

—Yo les había prohibido a mis pajes que te mataran. Y ¿qué vais a hacer ahora Medio-pollito?

—Si su Sacarrial Majestad me da permiso, yo me voy para mi tierra—es que le dijo el Medio-pollo—porque quiero ver a mi mamita, que estará con cuidado.

El Rey mandó entonces al mayordomo que le diera al Medio-pollo todo el trigo que había en la troje, que era una barbaridad; y entonces el Medio-pollo volvió a pujar y salió el Arriero con todas sus mulitas y cargaron todo el triguito.

Bueno. Entonces cuando llegaron a su tierra, el Arriero y el Medio-pollito se repartieron el trigo como hermanos, hicieron dos pilas igualitas y cada uno agarró la suya.

Entonces la Gallinita se puso muy contenta de volver a ver a su Medio-pollito, y ya nunquita más tuvo que trabajar.

Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

15. EL BARCO DE LOS TRES HACHAZOS.

(Me lo refirió el Capitán D. Alberto Muñoz Figueroa, de Santiago, en 1922).

Para saber y contar etc.

Han de saber que un Rey tenía en medio del huerto de su palacio un árbol muy corpulento que nunca fué regado sino con aguas de su hija, y esta circunstancia, por disposición de una bruja que había criado a la Princesa, había comunicado al árbol la virtud de que no pudiera ser tocado por ninguna herramienta, so pena de morir el que la manejara, salvo que la operación se hiciera en{100} día que no hubiera sido regado directamente por quien tenía la obligación de hacerlo.

Pues bien, el Rey, que conocía esta virtud, hizo publicar por todas partes que no daría la mano de su hija sino a quien fuese capaz de hacer un barco con solos tres hachazos que diera al tronco de aquel árbol.

Muchos pretendientes se presentaron a tentar la prueba, pero todos, al descargar el primer golpe, caían muertos como si hubieran sido heridos por un rayo.

Entre los súbditos del Rey había un joven pobre, excelente hijo, que un día amaneció con la idea de ir a conquistar la mano de la Princesa, y provisto de la bendición de su madre, de una hacha, de un hierro para marcar y de una tortilla que su madre le dió, emprendió el camino, sin darse cuenta de la dificultad de la empresa que iba a acometer.

A poco andar, le salió al paso un viejecito que con voz compungida le pidió una limosna. El joven, compadecido, le entregó la tortilla que llevaba, y el viejecito, en pago de su buena obra, le dió un pito diciéndole que podría servirle cada vez que se encontrara en apuros. Antes de retirarse, le aconsejó que tomara a su servicio a las cuatro primeras personas que encontrara en su camino; y despidiéndose de él, le indicó por donde debía seguir.

Nuevamente púsose en marcha el joven y después de tres días de camino se encontró con un hombre que estaba tendido de bruces en el suelo, bebiéndose el agua de un río.

—¿Qué estás haciendo?—preguntó Antonio, que así se llamaba el joven.

—¿Qué quiere que haga?—contestó el interpelado—tomándome el agua de este río, hasta dejarlo seco, porque hoy he amanecido con una sed muy grande.

—¿Y serás capaz de bebértela toda?

—¡Ya lo creo, pues; si para mí el agua que arrastra un río es como un vaso de agua para otros! Y si en vez{101} de agua arrastrara vino, mejor que mejor; más luego lo secaría!

—¿Por qué no te vienes conmigo? Tú puedes servirme y cuando termine la empresa en que me he metido, te pagaré bien.

—Perfectamente, me voy con Ud., señor.

Y siguieron muy tranquilamente por el mismo camino.

No habían andado todavía media hora, cuando tropezaron con un cazador, que con un fusil de caza hacía la puntería a un objeto que ninguno de los dos alcanzaba a divisar.

—¿A quién le apuntas?—preguntó Antonio.

—A un mosco que veo volando como a una legua de altura—respondió el cazador.

—¿Y crees que podrás matarlo?

—¡Que si lo creo! estoy seguro de que lo mataré! y si no, esperen un momento.

Y dicho esto, disparó.

Un buen rato después cayó a los pies de ellos el mosco con el cuerpo atravesado de un balín. Antonio y su compañero quedaron admirados, tanto de la buena vista del Cazador como de su admirable puntería.

—¿Quieres venirte conmigo?—le dijo Antonio.—Posiblemente tenga que servirme de ti en una empresa en que me he metido, y una vez que le dé buen fin, me encontraré en situación de pagarte como sea debido.

—Pues, señor, me voy con usted.

Y los tres continuaron la interrumpida marcha; y después de haber andado una media hora, toparon con un hombre muy alto y muy flaco que estaba fuertemente abrazado al tronco de un grueso árbol.

—¡Qué hombre más raro!—dijo Antonio—,¿por qué estará abrazado al árbol?

—Señor,—le contestó el hombre—mi oficio es correr y más correr, y si no me ataran o me sujetara como ahora lo estoy, tendría que seguir corriendo.

—¿No sería bueno—dijo Antonio a sus compañeros{102}—que llevásemos a este hombre con nosotros? quién sabe si necesitemos de la virtud que tiene!

—Bueno sería que viniese con nosotros—contestaron los interpelados.

—Me gustaría irme con ustedes—dijo el hombre corredor—pero sería necesario, para no seguir corriendo, que me llevasen amarrado.

Entonces uno de los acompañantes de Antonio se sacó de la cintura una fuerte correa y con ella ató las piernas del Corredor, que fué llevado en hombros de uno y otro alternativamente; así continuaron su camino hasta que encontraron a otro hombre que estaba tendido en tierra con una oreja pegada al suelo.

—¡Qué curioso lo que oigo,—decía el hombre—, qué curioso!

—¿Y qué es lo que oyes?—interrogó Antonio.

—Oigo que una señora aconseja a su hija que no deje de regar temprano con sus aguas cierto árbol, cada vez que se presente algún pretendiente de su mano para hacer un barco de tres hachazos, porque regado el árbol, nadie podrá hacer el barco en el mismo día.

—Pues es preciso que tú nos acompañes—dijo Antonio—y no tengas cuidado, que se te pagará bien.

—Bueno, pues, señor, me iré con usted.

Y los cinco siguieron camino hasta llegar al palacio del Rey, en el cual se les dió alojamiento, como se acostumbraba con todos los que pretendían hacer el barco.

Fijado el día de la prueba, Antonio se puso en acecho desde antes que amaneciera, y cuando el sol despuntaba sus rayos, como viera que la Princesa llegaba al pie del árbol y, encuclillándose, se preparaba para regarlo, sacó el pito que le había obsequiado el anciano y llevándoselo a los labios sopló, y se produjo ¡Dios mío! un sonido tan espantoso que la Princesa, toda asustada, huyó a refugiarse en su aposento, sin conseguir regar el árbol.

La prueba debía tener lugar a las 12, y desde mucho antes los corredores del patio en que estaba el árbol se hallaban repletos de nobles y grandes de la Corte que, pre{103}sididos por los Reyes y la Princesa, querían presenciarla. Al dar el reloj el primer campanazo, salió Antonio con su hacha al hombro, y sonando el duodécimo, pegó, uno en pos de otro, ni uno más, ni uno menos, los tres golpes que tenía derecho a dar, y lo que hasta entonces ninguno de los numerosos candidatos que habían tentado la empresa había podido hacer, resultó ahora de la manera más sorprendente: como por encanto surgió del lugar que hasta un momento antes ocupaba el árbol, un buque maravilloso, con toda la armazón de oro y las velas de plata, que se movía majestuosamente en un hermoso estanque, entre cisnes y pececitos dorados. Un hurra estruendoso salió de la boca de todos y los mismos Reyes y la Princesa, muy a su pesar, no pudieron contener sus aplausos.

Los Reyes, no obstante el buen éxito de la prueba, no quisieron conceder a Antonio la mano de su hija, aunque ella, en vista del espléndido resultado obtenido por el joven y su gallarda figura, se inclinaba a aceptarlo por marido, y le impusieron, para conseguirla, la ejecución de nuevos trabajos, que Antonio aceptó de lleno, decidido como estaba a casarse con la Princesa, de quién se había enamorado profundamente, desde que la vió.

Aceptadas las nuevas exigencias de los padres de la Princesa, el Rey condujo a Antonio a una inmensa bodega toda llena de enormes toneles de vino y le dijo:

—Tienes que beberte todo este vino antes que den las 12 del día de mañana, so pena de la vida,—y le entregó las llaves y se fué.

Esperó Antonio que el Rey se alejase, y cuando calculó que ya estaría en palacio, fué en busca del Bebedor e introduciéndole en la bodega, le preguntó si se encontraba capaz de ingerir antes del mediodía todo el vino y licor que allí se guardaba. El Bebedor le contestó que tan capaz se sentía de bebérselo que no le pedía sino dos horas para dejar completamente secos los toneles. Y así fué, en efecto, porque dos horas más tarde volvió Antonio{104} a la bodega y no halló ni rastros de líquido; sólo vió al Bebedor, que, sentado en un poyo, fumaba tranquilamente un cigarro.—«Aquí estamos, señor,—le dijo—descansando un poco, porque después de beber, mejor que andar, es sentarse un ratito y pitar un cigarro».

Al otro día el Rey pidió a Antonio las llaves de la bodega, y se quedó mudo de espanto al ver que aquella grandísima cantidad de toneles poco antes repletos de vino y licores, estaba completamente vacía. Atontado se fué a sus habitaciones, pero antes dijo a Antonio:

—En un momento más te llamaré.

El Rey tenía un hechicero a su servicio y a él le pidió consejo acerca de qué trabajo debería proponerle a Antonio que éste no fuera capaz de ejecutarlo.

El hechicero le dijo:

—Escriba V. M. dos cartas para el Rey su vecino, una me entrega a mí, que me transformaré en jote y la llevaré en un santiamén; la otra se la entrega al pretendiente de la Princesa para que él le dé curso, y veremos cuál de los dos trae primero la contestación.

—Me parece bien—murmuró el Rey, y ordenó a su secretario que inmediatamente escribiese las dos cartas y que estuvieran listas en un momento. Con esto, mandó el monarca que llamasen a Antonio, quien, de pie ante el trono, oyó respetuosamente la orden que se le daba, y que, como la anterior, se sancionaba con pena de la vida. Antonio prometió entregar al Rey la contestación antes que el jote, y salió.

Inmediatamente reunió a sus compañeros y les contó el apuro en que se encontraba.

—No tenga cuidado, señor,—dijo el Hombre Largo—yo me encargaré de llevar la carta y traer la contestación, y por muy ligero que vuele el jote yo correré más rápidamente que lo que él vuela.

—Y nosotros velaremos por lo que pueda suceder—agregó el Cazador.

Y al punto el Hombre Largo tomó la carta y zanca{105}jeando con velocidad pasmosa, se perdió de vista en un momento. Y tan lijero anduvo que cuando el jote iba aún con la carta, el Hombre Largo volvía ya con la respuesta. Se cruzaron en lo alto de un cerro, el corredor corriendo y el Jote volando, y cuando éste, que como se ha dicho, era el Hechicero, lo divisó, dejó caer desde lo alto un anillo. El Hombre Largo, a pesar de la rapidez de su carrera, vió brillar el anillo en el suelo y se detuvo a recogerlo; encontrolo hermoso y pareciéndole que no le quedaría mal, se lo puso; pero apenas introdujo el dedo en el anillo, cayó en tierra dominado de un violento sueño. Con su vista perspicaz el Cazador vió todo lo ocurrido desde el lugar en que se hallaba, y comprendiendo que era el anillo el que había dejado como muerto a su compañero, le hizo los puntos con su fusil y disparó con tanto acierto que la bala rompió el anillo y cayó destrozado al suelo. Roto el encanto, el Hombre Largo continuó su carrera y en un momento llegó donde Antonio y le entregó la respuesta, que Antonio llevó inmediatamente al Rey. El Jote se demoró más de un día aún en llegar con la contestación, y el Rey, despechado, lo hizo matar.

Al otro día, bien temprano, el Rey, aconsejado por la Reina, hizo entregar a Antonio veinte conejos que debía soltar en la montaña para que anduviesen libremente y traerlos todos en la tarde; si no los traía su cuello recibiría las caricias de la cuchilla del verdugo. Antonio ofreció volver con los veinte conejos; y preguntó si esa sería la última prueba a que se le sometía. El Rey le prometió que si salía bien en ésta, no le impondría sino otra más.

Partió Antonio llevando los conejos y acompañado del mayordomo de palacio, que iba para comprobar si Antonio soltaba los animalitos; y como viera que en cuanto llegaron a la montaña les daba completa libertad y que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, se volvió y contó a los Reyes cómo los conejos habían huído más que ligero y que sería muy difícil que Antonio pudie{106}ra cogerlos. El Rey, que recordaba cómo Antonio, había salido tan bien de las empresas anteriores, pidió a la Reina que se disfrazase y fuese a comprarle un par de conejos y le diese por ellos el dinero que le pidiese. Hízolo así la Reina; se vistió con los vestidos de su doncella, se peinó de distinta manera que como Antonio la había visto y, arreglada, en fin, de modo que no la conociese, partió para la montaña. Antonio la divisó desde lejos y la conoció perfectamente, y sacando el pito, lo hizo sonar. Como por encanto los conejos, saliendo de todas partes, se reunieron en un momento frente a Antonio, retozando graciosamente.

Poco después llegó la Reina, se sentó al lado de Antonio y entabló conversación con él. Primero le habló de otras cosas y después de los conejos.—Qué hermosos los conejitos—le dijo—,¿por qué no me vende un par para hacer cría?—Antonio le contestó que no podía, que tenía que entregar los veinte, completos, en la tarde, so pena de vida. Ella le ofrecía lo que quisiera, este mundo y el otro; pero inútilmente, porque Antonio no cedía ni aflojaba un pelo. Sin embargo, como la Reina continuara con sus exigencias, Antonio le dijo que sólo de una manera le entregaría el par de conejos, y hasta media docena si le parecía y era dejándose aplicar una marca en las posaderas. La Reina, que no quería que Antonio se casara con su hija, viendo que no había otro medio de concluir con él, aceptó la proposición, y Antonio, para no hacerla sufrir, ya que con su sufrimiento nada ganaba, en vez de calentar el hierro, lo impregnó de tinta indeleble y lo estampó en las partes convenidas; después de lo cual la falsa doncella recibió los dos conejos y envolviéndolos en el delantal, se fué contentísima a paso ligero. ¿Qué le importaba a ella la marca? Antonio, que no podía entregar sino 18 conejos, moriría a manos del verdugo y nadie sabría lo que a ella le había pasado. Pero la Reina no contaba con el pito de Antonio, quién una vez que calculó que la Reina estaba próxima a llegar a palacio, sa{107}có el silbato y lo hizo sonar: un minuto después el par de conejos estaba con sus compañeros frente a Antonio. La Reina no se dió cuenta de la huida de los animalitos, así fué que casi se cayó muerta de rabia cuando al querer mostrarlos al Rey se encontró con que no traía ninguno. Contó al Rey lo que le había sucedido y sólo pudo consolarse con la esperanza de que los conejos no se hubieran ido a reunir con los otros que tenía Antonio, esperanza que le salió fallida, ya que poco después entró el joven y entregó al Rey los veinte conejos.

—Señor,—le dijo—me parece que he cumplido. Ojalá, para salir luego de cuidados, me diga cuál es el trabajo que me falta ejecutar.

—Es éste—le contestó el Rey:—toma ese saco; a las 12, me lo traes lleno de nada, nonada, tres ayes y una verdad; y ya sabes, si falta alguna de estas tres cosas ¡fuera cabeza!

—No tenga cuidado S. M., que será complacido.

Al día siguiente salió Antonio provisto de su saco, y después de echar en él, alternativamente, el hierro para marcar, un gran manojo de hortiga caballuna, una piedra y un trozo de madera, ató la boca del saco, se fué al palacio y colocándose al lado del estanque en que estaba el buque de los tres hachazos, esperó que bajaran el Rey, la Reina, la Princesa y los nobles, como en todas las pruebas anteriores. Poco antes de las 12 ya estaba reunida toda la concurrencia, y sonando la duodécima campanada del reloj, dijo el Rey:

—Supongo que habrás traído nada en el saco.

—Sí, Majestad, y aquí está—contestó Antonio—sacando el pedazo de madera, que arrojó al estanque;—ya ve V. M. que nada.

—Es verdad—dijo el Rey—¿y la nonada?

—Aquí la tiene V. M.—respondió el joven, mostrando la piedra que extrajo del saco,—pues si la arrojo al agua, no nada.{108}

El Rey no tuvo más remedio que asentir, y con voz alterada por la cólera al verse vencido, preguntó:

—¿Y los tres ayes?

—Para eso será preciso que V. M. comisione a alguno de los suyos, para que no se crea que los falsifico.

Ordenó el Rey a la doncella de la Princesa que fuese a sacar los ayes, y al acercarse al joven para cumplir el mandato, éste le dijo:

—Es preciso meter al saco las dos manos y buscar con cuidado entre unas yerbas que hay en el fondo, para que no se escapen.

La niña creyó que si buscaba rápidamente los ayes podrían escaparse y el joven perder la partida, y para conseguirlo, metió las manos precipitadamente entre las ortigas, que juntaba y apartaba para facilitar la salida de los ayes, pero no duró sino un instante, porque las manos se le irritaron de tal manera y era tan grande el dolor que sentía que tuvo que sacarlas casi al momento, gritando «¡ay, ay, ay!» Antonio dijo entonces al Rey:

—Ahí tiene V. M. los tres ayes que me había exigido.

—Ahora veamos esa verdad, dijo el Rey con voz alterada.

Y sacando Antonio del saco el hierro de marcar, dijo:

—Ha de saber V. M. que ayer, mientras cuidaba los conejos en la montaña, vino la Reina, a quién conocí perfectamente, a pesar del disfraz, y me pidió que le vendiera dos de esos animalitos, y yo, después de discutir un poco, consentí en dárselos con la condición...

—De que se le diera la mano de nuestra hija—exclamó la Reina, dirigiéndose al Rey, pero de modo que todos oyeron lo que decía.

—Eso es,—confirmó Antonio—y espero que después de lo sucedido, V. M. no se negará a permitir mi matrimonio con su hija.

—Lo permito gustoso—contestó el monarca,—tanto más cuanto veo que eres una persona de tal mérito que{109} no hay empresa que se te encomiende, por difícil que sea, que no la ejecutes de la manera más cumplida.

Y así fué como Antonio, mozo pobre, pero bueno, se casó con la hija del Rey y llegó más tarde a sentarse en el trono, siendo feliz hasta donde se puede serlo en esta tierra de desgracias, con su mujer y los numerosos hijos que tuvo.

16. HERMOSURA DEL MUNDO, O EL CASTILLO DE LOS TRES AZUELAZOS.

(Contado por Tránsito González, maestro carpintero, de Choapa y 57 años de edad. Me lo refirió en Peñaflor, en 1922.)

Vivían en un pueblo dos viejitos casados desde hacía muchos años; pero Dios no los había favorecido dándoles un hijo siquiera. Tenían numeroso ganado y algún dinero, y temiendo morirse pronto y no sabiendo a quien dejarle sus bienes, adoptaron a un huerfanito que recién nacido había perdido a sus padres, y lo criaron con grande esmero y cariño. El chiquitín se llamaba Nicomedes, pero el nombre no le venía, porque era un comedor terrible: cuando era guagua, no le aguantó ninguna ama, porque, a las que le llevaban, les secaba los pechos de dos o tres chupetadas y tuvieron que criarlo con leche de vaca, y apenas le bastaba la de dos. Cuando le salieron dientes, comenzó por comerse un conejo y una gallina al día, después siguió con un cabrito, después con una oveja o un cordero, y cuando tenía doce años se comía un buey descansadamente. Por causa de su voraz apetito nadie lo llamaba por su nombre y todos le decían Comín, Comón, hijo del buen Comedor.

Llegó el caso de que de tanto comer el niño, el ganado se les iba concluyendo a los viejos, quienes, por otra par{110}te, gozaban de muy buena salud y parecía que cada día estaban mejor y que nunca se iban a morir; temieron, entonces, quedar en la miseria, y para evitarlo le dijeron a Comín que saliera a buscar a donde ganarse la vida, que ya no podían tenerlo a su lado por más tiempo.

Se despidió Comín de sus padres adoptivos, y llegó a una hacienda cuyo dueño lo tomó a su servicio para que le cuidara un enorme ganado de ovejas que tenía, y como era muy friolento, para que en la noche le tuviera fuego encendido a la hora que se lo pidiera. El sueldo que pagaba era bueno; pero había una condición bastante dura, y era que si alguna vez no le tenía fuego encendido, o le faltaba alguna oveja, que las contaban una vez por semana, lo mandaba degollar. Comín aceptó el contrato, pero tenía la intención de comer a su gusto todas las ovejas que su hambre insaciable le pidiese, siquiera por siete días, y mandarse cambiar antes que contasen el ganado.

El hacendado le pedía fuego todas las noches a distintas horas y Comín siempre se lo proporcionaba, de modo que nunca lo pudo pillar, y como las ovejas las contaban sólo una vez por semana, tampoco pudieron notar que se comía cuatro o cinco cada día.

Seis hacía ya que estaba en la hacienda, cuando en la cocina, en la hora de la comida, oyó contar que el Rey de las Tres Puntas del Aromo ofrecía dar en matrimonio a su hija Hermosura del Mundo y un millón de pesos a aquel que frente a su castillo, de tres azuelazos, construyera en tres días otro castillo tan lindo o mejor que el del Rey y en el cual debían lucir el Sol y la Luna, y el que se presentara a hacerlo y no lo hiciera, tenía pena de la vida. Comín se dijo:—Yo voy a tentar la aventura: entre que mañana me degüellen cuando vean que faltan tantísimas ovejas y correr la suerte de poder levantar el castillo de tres azuelazos, lo haga o no, prefiero esto último. Y al otro día por la mañana, después de salir con el ganado y dejarlo abandonado en el campo, se mandó cam{111}biar, no llevando por todo bastimento sino un pan que había guardado en el desayuno.

Unas cuantas horas había andado cuando le salió al encuentro un viejito y con voz temblorosa le pidió algo que comer, si llevaba.

—Sí, llevo un pan, buen anciano,—le dijo Comín—y tómelo todo para usted.

—Y tú ¿qué vas a comer, hijito?

—Lo que Dios quiera, taitita; lo que es con un pan no tengo ni para comenzar, y lo mismo me da comerlo que no comerlo.

—Está bien, hijito, ¿y a dónde vas?

—Voy a conquistar la mano de Hermosura del Mundo, hija del Rey de las Tres Puntas del Aromo y a ganar un millón de pesos.

—¿Y lo conseguirás?

—No lo sé, pero a eso voy. Me dicen que el Rey la dará en matrimonio al que de tres golpes de azuela le haga, en tres días, frente al suyo, un castillo tan lindo o mejor que el de él, en el que, además, se vean el Sol y la Luna; y el que se presente y no lo haga, tiene pena de la vida.

—¿Y con qué cuentas para hacerlo?

—Con la ayuda de Dios solamente, porque ni siquiera tengo la azuela.

—Quiero premiar tu buen corazón, Toma esta azuelita—le dijo el viejo pasándole una nuevecita que sacó de debajo del poncho;—con ella, en el primer día darás un solo golpe en el suelo en el lugar que te indiquen, e inmediatamente aparecerán los cimientos; en el segundo día darás también con la azuelita un golpe en los cimientos y aparecerán las murallas; en el tercer día darás otro golpe con la misma azuelita en las murallas, y entonces quedará completamente terminado el castillo, que será más hermoso y estará mejor amueblado que el del Rey. Toma, además, este pitito; haciéndolo sonar cuando te encuentres en apuros, te verás libre de todo mal.{112}

Y despidiéndose de Comín, se fué el viejito por un lado y Comín por otro.

A poco andar Comín encontró a un hombre que estaba tendido en el suelo y con una oreja pegada a la tierra.

—¿Qué hace amigo?—preguntó Comín.

—Estoy oyendo a unos pimeos que discuten acaloradamente sobre una carrera, y estoy muy entretenido con la disputa que tienen acerca de si ganó este caballo o ganó el otro.

—¿Y cómo se llama usted?

—Escuchín, Escuchón, hijo del buen Escuchador.

—¿Quieres que vamos juntos a rodar tierras?

—No, señor, déjeme aquí, que estoy muy divertido con la carrera de los pimeos.

—Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.

—Vaya, pues, lo acompañaré por tratarse de una aventura poco común y yo soy muy amigo de las aventuras.

Marcharon en compañía por un buen rato conversando alegremente, hasta que encontraron a un hombre que miraba con mucha atención hacia arriba.

—¿Qué hace, amigo?—preguntó Comín.

—Aquí estoy aguaitando a una aguilita que anda muy altazo por las regiones del cielo.—Y haciéndoles los puntos con una carabina que tenía al lado disparó. Nada divisaban ni Comín ni Escuchín, por más que miraban, pero como un cuarto de hora más tarde percibieron un puntito negro que poco a poco se fué agrandando, hasta que, por fin, media hora después del disparo, vieron caer a sus pies una águila.

—¿Y cómo se llama usted?{113}

—Aguaitín, Aguaitón, hijo del buen Aguaitador.

—¿Por qué no vamos juntos a rodar tierras?

—No, señor, déjeme aquí, que lo paso muy entretenido cazando pajaritos.

—Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá además un premio de un millón de pesos.

—Si es así, lo acompañaré, por tratarse de una aventura que no se ve todos los días, y yo me muero por las aventuras raras.

Siguieron andando los tres, departiendo amigablemente, hasta que llegaron a la orilla de un gran río, muy ancho y muy correntoso, y en la margen opuesta vieron a un hombre que con pies de cabra formaba una represa.

—¿Qué hace ahí, mi amigo?

—Juntando un poquito de agua, señor, para tomármela y apagar mi sed.

—¿Y cómo se llama usted?

—Tomín, Tomón, hijo del buen Tomador.

—¿Por qué no se viene con nosotros a rodar tierras?

—No señor, déjeme por aquí, que hay tantos ríos; mire que yo ando siempre sediento y me hace mucha falta el agua.

—Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo, y la da para casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá además, un premio de un millón de pesos.

—Por tratarse de casamiento, en donde habrá harto{114} que tomar, lo acompañaré, pues; pero si van a las Tres Puntas del Aromo tienen que pasar para este lado.

—Díganos si sabe, donde está el puente para atravesarlo.

—Qué puente ni qué niño muerto, señor; si para atravesarlo no hay más puente que mi estómago, como ustedes van a verlo;—y tendiéndose de guatita, dió dos o tres sorbidos, ¡qué sorbidos, Dios Santo! y dejó el río completamente seco y Comín y sus compañeros pudieron pasar a pie enjuto al otro lado, y acompañados de Tomín siguieron su camino.

Poco después llegaron a un llano y vieron a un hombre que corría con una rapidez extraordinaria.

—¿Qué hace, amigo?—le preguntó Comín.

—Aquí me tiene señor, apostando carreras con el Viento.

—¿Y cómo le va en las carreras?

—No muy mal, señor: cuando corremos cuesta arriba, salimos iguales, pero cuando corremos cuesta abajo, yo se la gano al Viento.

—¿Y cómo se llama usted?

—Corrín, Corrón hijo del buen Corredor.

—¿Por qué no se viene con nosotros? No le faltará trabajo: vamos a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda, que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.

—Vaya, pues, lo acompañaré, porque supongo que me pagará bien.

—Como no, pues, ho! una vez que me case con la princesa te daré harta plata. El millón de pesos que me entregue el Rey será para ustedes.

Y los cinco continuaron andando hasta que dieron con{115} uno que estaba con los calzones abajo aspirando aire a dos carrillos.

—¿Qué está haciendo amigo?

—Preparándome para rosar esa montaña y esa risquería que ahí se divisan, porque pienso sembrar en ellas.

—¿Pero cuánto tiempo se va a demorar en rosarlas, cercarlas y sembrarlas?

—Un ratito no más, pues; va usted a ver con qué facilidad lo hago.

Los hizo retirarse a un lado, y después de aspirar más aire comenzó a lanzarlo por el trasero con tanto tino que los troncos de los árboles y los riscos, que volaban en todas direcciones, al caer iban formando una cerca perfectamente hecha y el terreno quedó completamente limpio, en punto de ararlo.

—¿Y cómo se llama usted?

—Peín, Peón, hijo del buen Peorrón.

—¿Por qué no se viene con nosotros? le pagaremos bien. Vamos a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. Habrá, además, un premio de un millón de pesos, que se repartirá entre ustedes.

—Si es así, dejaré este trabajo para otra vez y me iré con ustedes.

Y los seis siguieron la interrumpida marcha y por fin llegaron al castillo del Rey, que los recibió en presencia de la Reina, de la Princesa y de toda la Corte.

Se adelantó Comín, que hacía de jefe de los recién llegados, y respetuosamente habló así al Rey:

—Después de muchos días de penoso viaje llego a presencia de su Sacarrial Majestad a pretender la mano de vuestra hija Hermosura del Mundo, para lo cual me comprometo a hacer en tres días como su Sacarrial Majestad lo exige, un castillo tan lindo o mejor que el de su Saca{116}rrial Majestad, de sólo tres azuelazos, y no espero para levantarlo sino saber si siempre su Sacarrial Majestad mantiene su promesa, y en caso de que sí, que se me indique el sitio en que debo construirlo.

La Princesa, que estaba sentada a la izquierda del Rey (la Reina estaba a la derecha), le pegó en el codo y le dijo al oido:

—Papá, no quiero casarme con él, aunque haga el castillo de tres azuelazos; es muy gordo y muy ordinario; impóngale otras obligaciones.

La verdad es que hasta entonces no se habían presentado otros pretendientes que reyes y príncipes, y que Comín, ante ellos, tenía que parecer a Hermosura del Mundo un ser despreciable; así es que el Rey encontró razón a su hija, y en consecuencia de lo que ella pedía, contestó a Comín:

—Encuentro que es corta mi exigencia de hacer solamente un castillo en cambio de la mano de mi hija, así es que últimamente he decidido que a esa prueba se agreguen otros seis trabajos más, de modo que por todos sean siete.

—¿Y se podría saber de antemano cuáles son esos seis trabajos?

—Los iré diciendo uno a uno a medida que se ejecuten los anteriores.

—Está bien, señor, me someto a todas las exigencias de su Sacarrial Majestad.

—Piénsalo bien, antes, mira que cualquiera de las pruebas que no lleves a buen fin les costará la vida a ti y a tus compañeros, porque supongo que cuentas con la ayuda de ellos para ejecutarlas.

—Así es, efectivamente, señor.

—Pero cada prueba no puede ser llevada a cabo sino por uno solo y todos seis sois solidarios del desempeño de cada uno.

—Como he dicho me someto respetuosamente a todas las condiciones de su Sacarrial Majestad.

—Si es así, puedes comenzar; el castillo debe levan{117}tarse en esa plaza que está frente a mi palacio: tienes tres días de plazo para hacerlo y en cada día no puedes dar más de un azuelazo.

Comín se dirigió al sitio que se le indicaba y levantando la azuelita que le había dado el viejito, dió el primer azuelazo; y los Reyes, Hermosura del Mundo y la Corte vieron asombrados lo que hasta entonces no habían conseguido ver: la azuela que toca la tierra y los cimientos que quedan hechos instantáneamente.

—Papá, este roto va a salir con la suya; yo no me caso con él.

—No tenga cuidado, hijita, que si logra hacer el castillo, todavía tendrá que hacer otros seis trabajos, a cual más difícil, para lo cual nos aconsejaremos de su madrina, a quien, como bruja que es, se le ocurrirán cosas que será imposible hacer.

—Ojalá sea así, papá, porque yo no me caso con este guatón indecente.

Trascurrieron una tras otra las 24 horas que tiene el día, el sol salió por donde siempre sale y llegó el momento en que Comín debía dar el segundo azuelazo, y lo dió ante la familia real y la Corte con el mismo éxito que el primero, pues tocar la tierra con la azuela y alzarse las murallas del castillo fueron cosas simultáneas.

Todos se quedaron con la boca abierta.

Cuando volvieron en sí, Hermosura del Mundo dijo al Rey:

—Papá, ya le he dicho, por nada del mundo me caso con ese hombre.

—Si ya lo sé, hijita; no tenga cuidado, confíe en su padre.

Pero al otro día crecieron los temores de la Princesa: tercer azuelazo dado por Comín y el castillo que queda terminado. Pero ¡qué castillo, señores! Había que verlo! Ante él el del Rey parecía un mamarracho. Amigos, todos, todos sin excepción, al ver aquella maravilla, se cayeron de espaldas.{118}

Cuando volvieron de su estupor, dijo Comín:

—¿Por qué no pasamos a visitarlo?

Y se dirigieron al castillo presididos por el Rey.

¡Qué les diré de la admiración que produjeron los decorados, los tapices, y los muebles! No salían sino voces de alabanza de todos los labios y el Rey, enamorado del hermoso alcázar, resolvió quedarse viviendo ahí y dejar el otro palacio para la servidumbre. Pero a pesar de todo, la Princesa no se resolvía a dar su mano al gordo Comín.

—Señor,—dijo éste, una vez que el Rey y acompañantes recorrieron el palacio—¿cuál será la prueba a que vuestra Majestad me va a someter mañana?

—Esta tarde te la daré a conocer—contestó el monarca. (El Rey quería darse tiempo para consultar a su comadre bruja, y fué lo que hizo cuando Comín y sus compañeros se retiraron.)

—Comadre, ¿qué hacemos para que el castillo nos salga de balde y Comín no se case con Hermosura del Mundo?

—Pídale que en tres días le haga otro castillo igual o mejor en el aire.

—De veras, comadre, que esto no lo podrá hacer.

Mientras tanto Escuchín oía lo que el Rey y la Bruja conversaban y dijo a Comín y compañeros:

—En la mala estamos, amigos. Por consejo de la Bruja, el Rey va a mandar hacer a Comín un castillo en el aire igual o mejor que el de los tres azuelazos. Pero se me ocurre una idea que puede salvarnos: Comín ofrece hacer el castillo diciéndole al Rey que nosotros pondremos los maestros, pero que él proporcione los trabajadores y los materiales; los maestros serán tres loros que oigo hablar a siete leguas de aquí, como si fueran cristianos. Hay que irlos a buscar, enseñarles lo que deben decir y los ponemos en el aire, muy alto para que no los vean y desde ahí pidan los materiales.

—Pero ¿quién los va a buscar?

—Corrín puede ir por ellos.{119}

Fué Corrín y en un cuarto de hora estaba de vuelta con los tres loros.

Les enseñaron a las avecitas lo que tenían que hacer, y como eran muy inteligentes, en poco rato aprendieron la lección.

Al otro día muy temprano estaban los loros en el aire, colocados a cierta distancia uno de otro; y la cosa resultó a maravilla, porque el día amaneció con una neblina tan espesa que ni con anteojos de larga vista los habrían divisado.

Llegó la hora de la prueba y estaba todo preparado: los canteros con la piedra labrada para los cimientos y para las murallas; los albañiles, con la mezcla en punto; los carpinteros, con las puertas y ventanas; y así los demás.

Cuando ya estaban todos reunidos, se oye la voz de los maestros que desde el aire piden los materiales:

—¡Ya están hechos los heridos! suban luego las piedras para los cimientos! ¿Qué hacen que no suben la mezcla? ¡Pronto, porque no es cosa para demorarse!

Y gritaban de todos lados que se apuraran, que estaban perdiendo tiempo. Pero los trabajadores no hacían más que mirar para arriba y no hallaban por donde subir; hasta que una comisión de ellos se presentó al Rey y le dijo que no sabían como pasar los materiales que desde tan alto les pedían los maestros; que aunque hubiera escaleras que alcanzaran a llegar hasta ellos nadie se atrevería a subir tan arriba, pues todos temerían caer con el peso de los materiales, o que les diera un vahido y se les fuera la cabeza. El Rey les encontró razón sobrada, y dispuso que no se siguiera el trabajo, y a Comín le dijo que en la tarde le diría cuál sería el que tendría que ejecutar al día siguiente.

Cuando quedaron solos, el Rey preguntó a la Bruja:

—Comadre, ¿qué trabajo daremos mañana a Comín?

—Haga que le pongan cuarenta fondos de comida, de los más grandes que se encuentren, y ordénele que él,{120} o uno de sus compañeros, se lo coma en un solo día, y si no se lo come, los manda fusilar y el castillo le sale de balde y la Princesa no se casa con el guatón.

Escuchín que todo lo oía dijo a sus compañeros:

—Perdidos somos, amigos; la maldita bruja aconseja al Rey que mañana haga poner cuarenta fondos de comida para que uno solo de nosotros se lo coma en un día, y si no, nos manda fusilar a todos.

Y entonces dijo Comín, cuya gracia no conocían sus amigos:

—Compañeros, ¿para qué estoy yo aquí? hace un montón de días que no como casi nada, así es que los cuarenta fondos puedo despacharlos en un suspiro; tengo apetito como un diacho.

Desde antes que aclarara, los cocineros del Rey se pusieron a preparar los cuarenta fondos de comida. ¡Puchas que echaban carne! Veinte terneros y veinte corderos tuvieron que descuerar y destripar. ¡Y papas! y porotos! y choclos! y cebollas! un saco de cada cosa vaciaron en cada fondo, fuera del arroz, del cilantro, yerbabuena y comino! Y como si todo eso fuera poco, al lado de cada fondo vaciaron una gran canastada de pan. Había para dar de comer a un ejército entero!

Comín, que veía los preparativos, se refregaba las manos de gusto. ¡Hacía tiempo que no comía hasta quedar satisfecho!

Dando las 12 el reloj del castillo, anunció el Cocinero Mayor que la comida estaba en punto y pidió que se adelantara el que debía comérsela. Comín se presentó y preguntó si ya podía comenzar.

—A la hora que quiera—contestó el Cocinero Mayor—pero no tiene de plazo sino hasta las 5 de la tarde para comérselo todo.

—¿Hasta las 5?—dijo Comín—va a ver que antes de las 2 van a quedar los fondos pelados.

Y así fué, en efecto; porque aquel hombre no puede decirse que comía, ni que tragaba, ni que engullía, sino{121} que devoraba todo lo que estaba a su alcance y las enormes presas de carne y las cucharonadas de papas, porotos, y cebollas y los panes desaparecían como por encanto al llegar a su boca, y llegaban incesantemente.

A las 2 de la tarde no quedaban ni rastros de aquel inmenso guisado, y el Maestro de Cocina y sus ayudantes vieron con asombro que no había necesidad de limpiar los fondos, porque tan limpios los dejó Comín que brillaban como patenas.

Comín dijo al Cocinero Mayor:

—Señor Cocinero Mayor, ¿no prepararon un fondito de dulce de alcayota o de manjar blanco? mire que estoy acostumbrado a tomar desengraso. Y también me hace falta un barril de café, bien cargadito, para asentar el estómago.

El Cocinero Mayor se fué con Comín a donde el Rey.

—Señor,—dijo el Cocinero—ya se comió este bárbaro los cuarenta fondos de comida, y todavía pide un fondo de postre y un barril de café.

El Rey, admirado, preguntó a Comín:

—¿Y cómo pudiste pasar tanta comida?

—A fuerza de pan, pues, señor,—contestó Comín.

—¿Y todavía persistes en tomar postre y café?

—Si su Sacarrial Majestad se digna ordenar que me lo den, me lo tomaré, señor.

El Rey ordenó que complacieran a Comín, y a éste le dijo que al otro día temprano le daría un nuevo trabajo.

El Rey mandó llamar a la Bruja.

—Comadre, ¿qué trabajo les damos mañana a estos bárbaros, que no lo puedan hacer para que el castillo me salga de balde y Hermosura del Mundo no se case con Comín?

—Disponga Su Majestad que uno de ellos se tome en un solo día cuarenta toneles de aguardiente y de vino, veinte de cada cosa, y si no lo hace, que no lo hará, los manda fusilar a todos y así le sale de balde el castillo y la Princesa seguirá soltera.{122}

—Me parece bien el consejo, comadre.

Escuchín, que todo lo oía, dijo a sus amigos:

—Perdidos somos, compañeros; la maldita bruja aconseja al Rey que mañana haga tomar a uno de nosotros 40 toneles de aguardiente y de vino, veinte de cada cosa, en un solo día, y si no se lo toma, nos hace fusilar a todos.

—¿Y para qué he venido yo?—dijo Tomín.

—Pero, compañero, se le van a quemar las tripas con tanto aguardiente.

—No se apure por eso, amigo, que mis tripas están blindadas.

Al día siguiente dijo el Rey a Comín.

—Voy a encerrar a uno de ustedes en la bodega y antes de las 5 de la tarde debe beberse los veinticinco toneles de aguardiente y los veinticinco de vino que hay en ella, y si no, ya saben lo que les pasa. (El Rey agregó diez toneles más, por lo que pudiera suceder).

Se adelantó Tomín:

—A mí me toca, Sacarrial Majestad, desempeñar esa prueba. Puede su Sacarrial Majestad encerrarme en la bodega a la hora que quiera, con la seguridad de que sus deseos serán cumplidos.

Y efectivamente, cuando el Rey abrió la bodega, a las 5, vió con asombro que los toneles estaban completamente secos.

—Pero, hombre, por Dios ¿cómo has podido beber tanto?

—Señor, es que yo no tomo sino en dos ocasiones: cuando tengo sed y cuando no la tengo.

—Se comprende, entonces; aunque no lo encuentro muy claro.

—Comadre, le dijo a la Bruja una vez que quedaron solos,—voy saliendo mal con sus consejos; si siguen así las cosas, tengo que largar el millón de pesos y dejar que Comín se case con Hermosura del Mundo; es preciso que se le ocurra algo más difícil, algo que ninguno de estos bárbaros pueda hacer.

—Mire, compadre, esta vez si que la sacamos bien con seguridad: dígale que uno de ellos tiene que apostar con{123}migo a cuál llega primero a Roma con una carta que su Majestad, nos entregará y si yo llego primero con la contestación, ellos perderán, vuestra Majestad los manda fusilar y el Castillo le sale gratis y Hermosura del Mundo no se casa con Comín.

—Compañeros,—dijo Escuchín a sus amigos—perdidos somos; el Rey, por consejo de la maldita Bruja, va a hacer que uno de nosotros apueste con la Bruja a cual vuelve primero con la contestación de una carta que han de llevar a Roma, y si gana la Bruja nos fusilan a todos.

—¿Y para qué estoy yo aquí—dijo Corrín—sino para correr con quien quiera?

Tempranito, al otro día, hizo llamar el Rey a Comín y a sus compañeros.

—Uno de ustedes y mi comadre van a llevarme cada uno una carta a Roma y si mi comadre vuelve primero con la contesta, los seis serán fusilados sin remisión. ¿Cuál es el que va a ir?

—Yo, señor,—dijo Corrín.

Y el Rey entregándoles una carta a Corrín y otra a la Bruja, los hizo colocarse uno al lado del otro, como cuando se colocan los caballos para correr, y diciéndoles “una, dos, tres”, salieron disparados como flechas, pero todavía no salían de la ciudad y ya Corrín se les perdió de vista y no había ni luces de él. Cuando Comín venía de vuelta con la contesta, la Bruja no llevaba andado ni la mitad del camino de ida; la Bruja lo divisó desde lejos y viéndose perdida, se transformó en una linda jovencita y lo esperó sentada en una piedra, a la sombra de un árbol.

—¿A dónde va tan ligero, señor, con tanto calor como hace? Siéntese un ratito a descansar y sírvase estos membrillitos para que se refresque;—y le mostraba dos hermosos membrillos, que llegaban a estar fragantes.

Corrín no resistió la tentación y se sentó al lado de la joven. Conversaron un rato y después dijo él:

—Voy a dormir una siestecita, tengo tiempo de más para cumplir mi encargo;—y se recostó en la falda de la{124} Bruja, la cual, en cuanto Corrín se quedó dormido, le puso adormideras en la cabeza para que no despertara tan luego, le sacó del bolsillo la carta que traía de Roma y partió con ella de regreso, dejando a Corrín con la cabeza apoyada en la piedra en que acababa de estar sentada.

Pero todo lo que hablaron Corrín y la Bruja transformada en niña lo oyó Escuchín y les dijo a sus compañeros:

—Perdidos somos, amigos; la Bruja ha hecho tal y cual cosa, le ha robado la contesta a Corrín, a quien ha puesto adormideras en la cabeza, y lo ha dejado durmiendo y la maldita vieja estará de vuelta, con la carta, en un par de horas.

—No hay cuidado dijo Aguaitín; desde aquí veo durmiendo a Corrín y lo voy a despertar, y al mismo tiempo castigaré a la Bruja.

Y haciendo la puntería con su carabina primero a la Bruja, le quebró una pata y la dejó coja que no podía ni mover el pie; y de otro disparo atravesó una oreja a Corrín que despertó y salió corriendo a todo escape, hasta que encontró a la vieja y quitándole la carta, en dos zancajos llegó al palacio y se la entregó al Rey.

Comín preguntó al Rey cuál sería la otra prueba; y el Rey, esperando que llegara la Bruja, le contestó que les daba una semana de descanso.

Transcurridos siete días, llegó la Bruja cojeando, y como estaba picada con Comín y sus compañeros, para embromarlos de una vez a todos, le aconsejó al Rey que mandara a los seis amigos solos a pelear contra el numeroso ejército de los moros que le había declarado la guerra, y siendo ellos tan pocos contra tantos, con seguridad los matarían, o cuando menos los tomarían prisioneros, y entonces el Rey se quedaría de balde con el castillo y la Princesa seguiría tan soltera como hasta entonces. Al Rey le pareció que este consejo era el mejor que había recibido de la Bruja y ya le parecía verse libre de Comín y de sus compañeros; pero Escuchín, que no se descui{125}daba, lo oyó todo y se lo comunicó a sus amigos:

—Perdidos somos—les dijo;—la Bruja aconseja al Rey que nos mande a nosotros solos a combatir con el numeroso ejército moro que le ha declarado la guerra; ¿qué va a ser de nosotros?

—En la buena estamos, compañeros—dijo Comín.—Cuando nos coloquen frente a los moros y cuando estén todavía lejos, Aguaitín les disparará con su carabina, y cuando el ejército enemigo esté más cerca, Peín les disparará con su transpontín y con ésto quedamos vencedores.

Así quedó convenido y el plan se ejecutó al día siguiente en todas sus partes tal como se había establecido. Primeramente Aguaitín dió buena cuenta de gran número de moros, pero ésto se hacía sólo con el objeto de dar tiempo a Peín para prepararse, y tan bien se preparó, tanto aire aspiró que cuando los moros habían avanzado hasta llegar a una legua de distancia, bajándose los calzones volvió el trasero hacia ellos y lanzando una terrible andanada de ventosidades, los elevó a todos a grande altura, yendo a caer muertos a enorme distancia. Esta fué la primera batalla en que se usaron los gases asfixiantes.

A pesar del beneficio que para el reino significaba tan espléndida victoria, Hermosura del Mundo no cedía, y pidió al Rey que le exigiera el trabajo que faltaba para completar los siete. Y he aquí cual fué el séptimo trabajo, siempre aconsejado por la Bruja:

Tenía el Rey una hermosa conejera poblada de cincuenta lindísimos conejos de raza fina. Díjole la Bruja:

—Entregue a Comín los cincuenta conejos y le ordena que los lleve a la montaña durante tres días y los suelte en ella, y que en la tarde los traiga arriándolos como si fuesen un rebaño de corderos, y si no vuelve con los cincuenta, sin que le falte ninguno, los hace fusilar a todos.

Y así se hizo.

Llevó Comín los conejos en dos sacos y los soltó en la montaña, y los animalitos, apenas se vieron libres, huyeron en todas direcciones. Comín pensaba:{126}

—Ahora sí que es cierto que el Rey nos hace sacar el orujo a mí y a mis compañeros, porque ¿cómo voy a juntar estos conejos de miéchica cuando llegue la hora de volverme con ellos, sueltos, como si fuesen un rebaño de corderos? Seguramente llegaré sin ninguno.

Comín se quedó triste y pensativo por un momento y se recostó en el musgo, sobre el costado izquierdo; después de un rato, sintiéndose cansado, se dió vuelta al otro lado y sintió que algo duro le molestaba; creyó que sería una piedra y se incorporó para quitarla, pero no halló nada en el suelo; entonces se registró para ver qué podía ser lo que le incomodaba y encontró en un bolsillo de sus pantalones el pito que le había dado el viejito, y se dijo, acordándose de un verso que había oído cantar antes de salir de su tierra: