no estoy yo para dejarme morir; pasemos este mal rato tocando el pito y esto algo disipará mis penas;—y se llevó el pito a la boca y no hizo mas que hacerlo sonar y principian a llegar de carrerita todos los conejos, unos de un lado, otros de otro y se pusieron a bailar delante de él al compás de lo que tocaba. Imagínense cuánto sería el gusto del atribulado Comín, porque, por más que él tratara de engañarse, el susto se lo comía vivo; tanta fué la alegría de que se vió inundado todo su ser que no pudo contenerse y se puso a bailar con los conejos, hasta que se sintió fatigado. Díjoles entonces a los conejitos:
—Váyanse a corretear y a comer no más, mientras yo duermo una siestecita, que cuando sea tiempo los llamaré.
Y con esto los animalitos se fueron y perdieron de vista en un abrir y cerrar de ojos.
Mientras Comín dormía, el Rey le dijo a la Bruja:
—Comadre, no sé por qué me tinca que este diablo de Comín va a volver con los cincuenta conejos, ¿por qué no{127} va a ver si los ha soltado y le compra uno, aunque le pida lo que le pida?
—Voy, compadre, y haré lo posible por quitarle uno siquiera.
Y se fué la vieja para donde estaba Comín, pero en la mitad del camino se transformó en la misma hermosa niña que robó la carta a Corrín. Pero, Comín que la había divisado desde lejos, antes que se transformara, se preparó para el ataque y poco antes que la Bruja llegase tocó el pito, y los conejos, apareciendo por todos lados, se formaron en círculo delante de Comín, como esperando sus órdenes. Llegó la Bruja transformada en niña y en verdad que venía hecha una tentación, pero Comín, que no olvidaba lo que le había pasado a su compañero pocos días antes, cuando volvía con la contestación de la carta que había llevado a Roma, apenas la falsa joven se le sentó al lado y con palabras halagüeñas le pidió que le vendiera un par de esos lindos conejitos, que los quería para cría, y que estaba dispuesta a darle lo que por ellos pidiera, fuese lo que fuese, Comín le dijo:
—Señorita, aquí está muy fresco, así es que no se imagine que tengo calor y no me venga a ofrecer membrillos para refrescarme, por que no seré tan leso como lo fué Corrín en días pasados, que se dejó embaucar tan fácilmente por usted. A otro perro con ese hueso.
—¿De qué cosas me habla usted, que no le entiendo? ¿Quién es ese Corrín y qué membrillos son esos?
—Mira, bruja de moledera, no te hagáis la lesa! más bien ándate donde tu compadre el Rey para que vea que no sacáis nada conmigo, y ándate luego, porque si no, la sacáis chueca.
—Este hombre debe estar loco—dijo la Bruja—mejor será que me vaya.
Y se fué donde el Rey.
—Señor—le dijo—este pícaro de Comín tiene a los conejos mansitos, como si los hubiera criado guachitos. Y lo peor es que me conoció y no pude sacarle ninguno.{128}
—¿Y qué hacemos, comadre? Fíjese que su ahijada no quiere casarse con él y va a salir triunfante de todas las pruebas.
—Compadre, haga que mañana vaya mi comadre la Reina, pueda ser que ella consiga comprarle un conejito siquiera.
—Eso haremos, comadre; ella es muy habilosa y pueda ser que con su talento lo consiga; aunque lo dudo.
Cuando el Sol se puso, llegó Comín con los cincuenta conejos que le habían entregado, ni uno más ni uno menos; y al día siguiente volvió a salir con ellos y los dejó que se fueran a retozar con toda tranquilidad. Poco después llegó la Reina disfrazada, muy empolvada y con mucho colorete, pero a pesar de todo Comín la conoció, tocó el pito y los animalitos llegaron corriendo y se congregaron a su rededor.
—¡Qué lindos los conejitos! ¿son para venderlos?
—No se venden, señorita; son del Rey y tengo que entregar en la tarde los cincuenta que son, porque si falta alguno nos fusilan a mí y a mis compañeros; con que usted verá si puedo vender uno solo que sea.
—Pero uno siquiera.
—¿Pero que no ha entendido lo que acabo de decirle? Si falta uno solo de los cincuenta conejos que me han entregado, nos despachan a mí y a mis cinco compañeros para el otro mundo.
—¿Y si le diera 5.000 pesos por uno?
—Ni aunque me dé 10.000.
—¿Ni por 20.000 pesos?
—Ni por 50.000; valen más mi vida y la de mis cinco amigos.
—Mire, le daré 100.000 pesos.
—Sea por 100.000 pesos, y además un abrazo y un beso y un mordisco en el pescuezo.
—Todo lo que me pide, menos el mordisco.
—Sin mordisco, no hay venta.{129}
—Si es así, venga también el mordisco, pero que no sea muy fuerte.
Entregó la Reina los 100.000 pesos, se dejó besar y abrazar y tuvo que aguantar un mordisco formidable de aquel gran comedor, que le arrancó medio cogote con sus dientes; pero la Reina, a pesar del intenso dolor que le produjo la herida, que casi se desmayó, se dió por feliz y satisfecha cuando Comín le entregó un conejo, que se llevó muy bien envuelto en la falda de su rico vestido. Comín se quedó aguaitándola, y cuando vió que iba a llegar al palacio, tocó el pito y al oirlo el conejo abrió un agujero en la tela en que iba envuelto y partió a todo escape a reunirse con sus compañeros, que lo esperaban delante de Comín. La Reina no se dió cuenta de la huída del animalito y sólo cuando extendió su vestido ante su marido para mostrárselo, vino a conocer su desgracia. Por cierto que al Rey sólo le contó lo de los 100.000, y por lo que hacía a la herida del cuello, que no podía moverlo, lo atribuyó a que se le había producido al pasar por debajo de una rama quebrada.
Al otro día, también por consejo de la Bruja, fué Hermosura del Mundo, muy bien disfrazada, a comprar un conejo y Comín que la conoció muy bien, se lo vendió por otros 100.000, un beso, un abrazo y qué sé yo qué otros cariños más, porque la Princesa a todo estaba dispuesta, menos a casarse con Comín. Pero la Hermosura del Mundo le pasó lo que a su madre, que, a pesar de haber envuelto el conejito con toda prolijidad, asegurándolo con alfileres de gancho, el animalito, obedeciendo al llamado del pito, logró desprenderse de su encierro sin que Hermosura del Mundo lo notara, y llegó muy sí señor a reunirse con los otros conejos.
Comín dijo al Rey:
—Supongo que su Sacarrial Majestad no nos va a tener toda la vida a mí y a mis compañeros exigiéndonos pruebas casi imposibles de ejecutar y que algún día esto ha de tener fin. Creo haber ganado sobradamente la{130} mano de vuestra hija llevando a cabo los siete trabajos que se nos han impuesto, y espero que vuestra Majestad me la concederá hoy mismo:
Pero el Rey, que ya había sido aconsejado por la Bruja, le contestó:
—Es cierto Comín que tú y tus compañeros habéis ejecutado las siete pruebas que os he exigido, aunque una no se terminó, pero todavía voy a imponeros una más, y será la última: ésto y mucho más vale Hermosura del Mundo.
—¿Y cuál será esa última prueba, señor?
—Coge ese saco y llénamelo de verdades.
—Perfectamente, señor, y si quiere le lleno dos. ¿Puedo comenzar luego?
—Puedes comenzar.
La Corte estaba reunida, el Rey sentado en su trono; la Reina, con su cogote entrapajado, a la derecha del Rey; Hermosura del Mundo, a la izquierda; la Bruja, al lado de la Princesa; y a uno y otro lado de la gran sala, los grandes de la Corte y principales dignatarios y funcionarios. Se adelantó Comín, tomó el saco que se le había indicado y principió:
—¿Es verdad, señor, que para conceder la mano de Hermosura del Mundo vuestra Majestad antes no pedía sino que se le construyera en tres días y de tres azuelazos un castillo igual o mejor que el de su Sacarrial Majestad y en el cual se vieran el Sol y la Luna?, y que en esta vez, a exigencias de vuestra hija la Princesa Hermosura del Mundo, que me encuentra muy guatón y ordinario, me ha obligado vuestra Majestad a ejecutar muchos otros trabajos, a cual de ellos más difícil?
—Sí, es verdad.
—Y muy grande. Entra, verdad, al saco.—Y haciéndose como que echaba algo al saco, continuó:
—¿Es verdad, señor, que ejecutados todos los trabajos a entera satisfacción de su Majestad, vuestra Majestad, por consejos de esa Bruja infernal dispuso se me entregaran{131} cincuenta conejos que debía soltar en la montaña y traerlos en la tarde, durante tres días, sin que faltara uno solo, so pena de la vida de seis personas, y que la misma Bruja, transformada en una hermosa niña, trató de quitarme uno de los conejos para que vuestra Majestad nos mandara fusilar a mí y a mis cinco compañeros; pero yo la conocí y no bastaron ni sus ofertas, ni sus tentaciones y demás argucias de que se valió para que yo le entregara uno?
—También es verdad.
—Otra verdad al saco, y van dos. Las que voy a decir en seguida son tan gordas que cada una es bastante para llenar un saco.
Y dirigiéndose a la Reina preguntó:
—No es verdad señora, que vuestra Majestad, disfrazada de dama de la Corte, fué el segundo día a comprarme un conejo con el mismo fin que su comadre la maldita Bruja, y que después de muchas ofertas consentí en entregarle uno en cambio de 100.000 pesos, un beso...
—Mira, hijo, le dijo la Reina al Rey, estamos tonteando; es mejor que se casen luego; ¿no ves que es inútil batallar con él y que siempre saldremos perdiendo?
Todavía hablaba la Reina cuando apareció al lado de Comín, sin que nadie supiera de donde salía, el mismo anciano que le había dado el pito, y dirigiéndose a la Princesa le dijo:
—Hermosura del Mundo, cásate con él y serás feliz.
Y tocando a Comín con el palo que le servía de bastón, quedó Comín transformado en un gallardo joven y cambió no sólo de figura sino que hasta del modo de hablar.
Se casaron, y Comín dejó de ser el gran comedor de antes; pero sus compañeros, que siguieron a su servicio, conservaron las virtudes de que gozaban y fueron poderosos defensores del reino. Hermosura del Mundo fué, como se lo pronosticó el viejito, muy feliz con su marido y jamás se acordó de que hubiera sido guatón y de modales ordinarios. Tuvieron un semillero de niños, todos buenos e{132} inteligentes, y fueron para ellos una verdadera corona, más valiosa que la que ciñeron en su frente a la muerte del Rey.
Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento y pase por un zapatito roto para que alguno de los que me oyen cuente otro.
Este era un viejo Rey, muy rico y poderoso, que gobernaba un extenso país, lleno de recursos y muy poblado.
Este Rey tenía tres hijos, hermosos, fuertes y valientes, queridos de todo el pueblo, y mucho más de sus padres, a quienes respetaban y amaban con idolatría.
El Rey y su familia moraban en un suntuoso palacio, a cuyos pies se extendía un huerto plantado de toda clase de árboles frutales de las especies más escogidas y variadas; pero su principal ornamento era un enorme y bellísimo manzano, cuya copa descollaba sobre todos y se divisaba desde muy lejos. Su tronco de plata y sus hojas de bronce eran la admiración de cuantos lo veían.
Una antigua leyenda ligaba su existencia a la suerte del reino.
Este árbol prodigioso daba todos los años tres manzanas de oro, que maduraban sucesivamente en las tres primeras noches del mes de Enero; pero desde hacía tres años, alguien se introducía en el huerto y se las robaba en el momento preciso en que entraban en sazón sin que hubiese sido posible atrapar, y ni siquiera ver, al miserable que las substraía, a pesar de las infinitas precauciones que se tomaban para impedir su entrada, y de que una numerosa guardia, armada hasta los dientes, se establecía aquellas tres noches alrededor del árbol. Poco antes de las doce un sueño irresistible se apoderaba de todos, y{133} no despertaban hasta el día siguiente, cuando ya la fruta había desaparecido.
El Rey se sentía sumamente afligido con esta desgracia, que lo era, y muy grande, pues, como se ha dicho, la suerte del reino dependía del manzano maravilloso.
Una vez, en el último día del año, que el Rey se hallaba rodeado de sus hijos y de todos los grandes de la Corte, dijo:
—Mañana a media noche madurará la primera manzana de oro, y por cuarta vez vendrá el misterioso ladrón y se la robará. ¿No hay entre todos ustedes un valiente que estorbe su entrada?
Se acercó al trono el hijo mayor del Rey e hincando una rodilla ante su anciano padre, habló de esta manera:
—Mi señor y padre, yo me propongo esperar a nuestro enemigo y no dejarme dominar por el sueño, y por fuerte que sea, vencerlo y arrastrarlo encadenado a vuestras plantas.
—Anda, hijo, contestó el Rey, y quiera Dios que te vaya bien en la empresa.
Se retiró el príncipe a sus habitaciones, y aunque no eran más de las 2 de la tarde, se echó a dormir, a fin de no tener sueño en la noche, Como a las 11 despertó, y armándose de poderosas armas, se dirigió al huerto y se sentó al pie del manzano a esperar la llegada del ladrón.
Al dar la campana del reloj del palacio el primer golpe de las 12, se iluminó el huerto con una luz tan viva que el Príncipe, como herido por un rayo, perdió la vista y cayó desvanecido en tierra.
Al día siguiente lo encontraron tendido, como muerto, y en el árbol sólo vieron dos manzanas de oro: una había sido robada.
En el consejo que se celebró ese día, se comentó el hecho en medio de gritos de venganza; pero nadie, sino el segundo de los hijos del Rey, se ofreció para velar esa noche y hacer un escarmiento en el desconocido personaje que se había propuesto acabar con la tranquilidad del reino.{134}
Pero el hombre propone y Dios dispone, y las cosas no resultaron según los deseos del Príncipe. Los hechos se repitieron en igual forma que en la noche anterior, y en la mañana siguiente encontraron al Príncipe tendido en el suelo, sin conocimiento y sin vista. En el árbol no quedaba sino una manzana.
La consternación más profunda se pintaba en todos los rostros. En el consejo nadie se atrevía a hablar; parecía que todos habían perdido el uso de la palabra.
Pero he aquí que el tercero de los príncipes, jovencito imberbe de unos 18 años, se adelantó hasta el trono, y prosternándose ante su padre, se expresó del siguiente modo:
—Señor y padre amado, me aflige veros triste y contemplar a mis hermanos en el miserable estado en que han quedado; me aflige ver al pueblo sobrecogido de espanto y a todos sin ánimo ni valor para nada. Yo deseo acabar con este estado de cosas: quiero que la paz vuelva a todos, y espero que Dios dará fuerzas suficientes a mi brazo para vencer al enemigo común y volver a todos la tranquilidad. Dadme vuestra bendición, bendecid también mis armas, y que Dios me ayude.
Con los ojos inundados de lágrimas, bendijo el Rey al Príncipe y bendijo asimismo las armas que éste depositó a sus pies. En seguida, el Príncipe, pidiendo permiso al Rey para retirarse, salió de la sala con paso tranquilo, se dirigió a sus habitaciones, en donde estuvo orando hasta cerca de las 12, hora en que, armado nada más que de su arco y de una flecha (las armas que su padre había bendecido), se dirigió al huerto con la confianza de que había de vencer.
Poco después sintió un ruido, como el de una gran ave que volara a corta distancia, y al dar el reloj la primera campanada de las 12, el huerto se iluminó con una luz vivísima. Pero el Príncipe en vez de mirar inmediatamente hacia el árbol de las manzanas de oro, como lo habían hecho sus hermanos, se prosternó humildemente y sólo{135} después de invocar el nombre de Dios y pedirle su ayuda, tomó el arco y colocó la flecha en la cuerda. Al resplandor de la luz, que se había dulcificado notablemente, pudo ver el Príncipe una Aguila enorme, con las plumas de oro, que tenía sobre sus hombros a una hermosísima Princesa sujeta de la cintura con una cadena de oro, cuyo extremo apretaba el águila fuertemente con una de sus patas, mientras con la otra trataba de agarrar la única manzana que quedaba. En el preciso momento que el ave la cogía, el Príncipe lanzó la flecha e hirió la pata con que el ave acababa de tomar la manzana. El Aguila lanzó un grito de dolor, soltó la manzana, que el Príncipe se apresuró a levantar, y huyó. Pero antes la Princesa arrancó al ave una pluma de oro y lanzándosela al joven, le gritó:
—Guárdala, que ella te servirá para encontrarme.
Cuando el Príncipe volvió al palacio con sus trofeos, fué recibido con los mayores transportes de alegría. El Rey no cabía en sí de gozo, pues como todos los demás, temía que al Príncipe le hubiese sucedido la misma desgracia que tan cruelmente había herido a sus hermanos.
Una vez que el joven terminó de referir la aventura, manifestó a sus padres que tenía deseos de ir a la conquista de la hermosa Princesa, y de matar al Aguila para librar al reino de las desgracias que este monstruo pudiera causarle.
El Rey le dió permiso para tentar esta nueva empresa; y el joven, que tenía prisa de partir, pues el recuerdo de la Princesa le había medio trastornado, arregló en un momento sus prevenciones de viaje, y sin acompañarse de nadie, se lanzó por el primer camino que halló a su paso.
Así marchó al azar días y días, preguntando en todas partes si sabían en donde se encontraría el Aguila de las plumas de oro; pero nadie le daba noticias.
Un día que iba muy triste y pensativo porque el tiempo pasaba y pasaba sin adelantar en sus diligencias, fué de{136} pronto sacado de su meditación por la algazara que formaban unos cuantos niños dentro de una zanja abierta a orillas del camino. Se acercó a ver qué motivaba la bulla y vió que los chicos ortigaban a una gran rana que tenían en el suelo tendida de espaldas. El Príncipe les increpó su crueldad, los castigó suavemente y los obligó a retirarse. En seguida tomó la rana y la ocultó a alguna distancia entre la yerba a fin de que, si los niños volvían, no la encontraran.
Anduvo todavía varios días, siguiendo caminos y cruzando bosques en que no encontraba a nadie, hasta que por fin llegó a una choza que se levantaba a orillas de un arroyo. En la puerta estaba sentada una viejecita de aspecto agradable, que tomaba tranquilamente su mate, que ella misma se cebaba. El Príncipe la saludó afablemente y le preguntó si podría decirle en dónde encontraría al Aguila de las plumas de oro y a la Princesa que tenía prisionera. La viejecita le contestó que seguramente podría darle algunas noticias que le interesarían, pero que era bueno que bajase del caballo para que se sirviera un matecito y descansara. El Príncipe accedió a los deseos de la anciana, quien le cebó su buen mate con hojas de cedrón y cáscaras de naranjas, y después lo condujo a una pieza en que había una excelente cama, que el Príncipe, que no había reposado en lecho desde que había salido de palacio, encontró más blanda y agradable que la que tenía en sus habitaciones.
Durmió el Príncipe como un ángel de Dios, y al día siguiente se levantó reconfortado y alegre y con mayores deseos de continuar la aventura. Agradeció a la viejecita sus servicios, la obsequió con algunas de las provisiones que llevaba y le rogó que le diese las noticias que le había ofrecido. La anciana le dijo:
—Joven Príncipe, tú has sido bueno conmigo, tienes un corazón bondadoso, pues te apiadas de la desgracia ajena, y yo quiero pagar la deuda que contigo{137} tengo contraída, en cuanto mi poder alcance, y premiar tu virtud.
El Príncipe no comprendió lo que la buena mujer le decía, y pensando que tal vez se referiría a las provisiones que le había obsequiado, le dijo:
—¡Señora! si el alojamiento que usted me ha ofrecido y la buena noche que he pasado en su casa valen cien veces más que los pobres víveres que le he dejado; de manera que yo soy siempre su deudor!
—No es esa mi deuda, ¿Te acuerdas, Príncipe, de aquella rana que ortigaban unos niños dentro de una zanja y a quien tú salvaste? Pues, aquella rana soy yo, que a estas horas habría perecido a manos de aquellos malvados muchachos si tú no me quitas de su poder. Yo soy agradecida, y pagaré mi deuda de la mejor manera posible.
»En un palacio muy distante de aquí vive un gigante hechicero, muy malvado, y mi enemigo. El es quien tiene prisionera a la Princesa que buscas y él también el que, convertido en águila con las plumas de oro, va todos los años a robar al huerto de tu padre las manzanas del árbol maravilloso. Esas manzanas son las que mantienen su poder, y como en su última correría sólo alcanzó a robar dos, su poder no durará sino los ocho primeros meses de este año; además, la pluma que le arrancó la Princesa ha disminuido su fuerza, que también se ha aminorado un poco con la herida que tú le causaste en una pata, y que lo ha dejado cojo. Si tú quieres esperar que se cumplan los ocho meses, no te costará más trabajo conquistar a la Princesa que vencer al Gigante en lucha ordinaria, de hombre a hombre, con la seguridad de que, con los medios que yo te proporcione, saldrás vencedor; pero, si desde luego quieres rescatar a la prisionera y matar al enemigo de tu patria, tendrás que correr muchos y grandes peligros, a pesar de las fuerzas que ha perdido el Gigante, pues su poder siempre es mucho y está rodeado de feroces auxiliares.{138}
—Prefiero correr los peligros, dijo el Príncipe, y dar fin de una vez a esta empresa, aunque perezca en la contienda.
—No perecerás, pero tendrás que pasar grandes fatigas. Sigue el camino que principia aquí al frente de mi choza, y después de tres días de marcha llegarás a casa de una bruja tuerta, más mala que la hiel y comadre muy querida del Gigante: ésta es la primera avanzada que tienes que vencer. Cuando llegues, la encontrarás sentada a la puerta, con la espalda vuelta al camino; te acercarás a ella, procurando que no te sienta y cuando llegues a donde está, trata de meterle en el ojo derecho la pluma de oro que te lanzó la Princesa, y quedará ciega: entonces te apoderas de un hacha que guarda detrás de la puerta y que te servirá para vencer a las fieras que custodian el palacio del Gigante, para pelear con este mismo y derrotarlo y para cortar las cadenas con que está aprisionada la Princesa. Tomarás también una redoma que la Bruja tiene en una mesa de arrimo que hay en la primera pieza de la derecha; el agua que contiene es de virtud, y para aprovecharla introducirás en ella la pluma de oro y te lavarás las quemaduras y heridas que te produzcan los monstruos guardianes del palacio. De la misma manera curarás, cuando vuelvas a palacio, la ceguera de tus hermanos. Si alguna desgracia imprevista te sucede, acuérdate de mí, y correré en tu auxilio. Ahora anda, y que Dios te ayude.
Partió el Príncipe todo alborozado, y a los tres días de casi un continuo andar, el caballo se detuvo a corta distancia de la puerta de una modesta casa, en la cual había una mujer sentada en un piso, con la espalda vuelta al camino. Se bajó el Príncipe de su caballo y andando muy quedito, en la punta de los pies, se acercó a la mujer y le metió la pluma de oro en uno de sus ojos; pero por desgracia se equivocó, pues en vez de introducirla en el derecho, que era el sano, se la metió en el izquierdo, que era{139} el tuerto. La mujer, al sentirse herida, entró a la casa y volvió rápidamente trayendo un poco de agua de la redoma, con la que roció al Príncipe, diciendo al mismo tiempo: “Vuélvete quiltro”. Y el Príncipe se convirtió al punto en un perrillo sucio y despreciable. La mujer tomó incontinenti un garrote y le propinó una de las palizas más famosas de que haya memoria.
El Príncipe huyó al interior de la casa con la cola entre las piernas, aullando lastimosamente.
¡Cómo se lamentaba el pobre de su error! Ya todo estaba perdido! Adiós, Princesa, y padres y hermanos!
Pero de repente se acordó de la última recomendación de la viejecita y se puso a decir muy bajito, para que no lo oyeran: «¡Ranita, Ranita, acuérdate de este pobre príncipe!» Y casi al mismo instante que terminaba estas palabras, vió a su lado a la Rana.
Dió la Rana un salto y díjole al oído: «No tengas cuidado, esperemos que la Bruja duerma y entonces pagará las hechas y por hacer».
Pasadas unas dos o tres horas, se acercaron a la puerta de la pieza en que la Bruja dormía y sintieron que roncaba ruidosamente. Entonces la Rana se convirtió en la Viejecita que había conocido el Príncipe tres días antes y diciendo unas palabras ininteligibles, el Príncipe dejó de ser perro y tomó su forma natural. La pluma de oro sirvió para abrir la puerta del dormitorio de la Bruja, sin que hiciera ruido: y entonces tomando el Príncipe el hacha que estaba tras de la puerta, asestó a la Bruja tal golpe en el cuello que le separó la cabeza de los hombros.
La Viejecita tomó la redoma y le dijo al Príncipe que ella lo acompañaría para que no le sucediera otra nueva desgracia. Abandonaron la casa, y a la luz de la Luna vió el Príncipe dos caballos, el de él, en que montó, y otro más, en que subió la Viejecita.
Emprendieron la marcha, y cuando ya era de día, divisó el Príncipe, muy lejos, muy lejos, en la cumbre de{140} una alta montaña, una especie de castillo. La Viejecita le dijo: «Este es el palacio del Gigante, a quien venceremos con la ayuda de Dios.»
Siguieron avanzando, y cuando ya estaban como a una legua de distancia del palacio, llegó hasta ellos un ruido ensordecedor de maullidos, ladridos y rugidos espantosos, como si miles de fieras lanzaran a un tiempo sus gritos amenazadores. Cualquiera habría retrocedido lleno de pavor, pero nuestros viajeros siguieron impertérritos su camino.
Media legua más habrían andado los caballos cuando un impedimento bastante serio los detuvo por un instante: las fieras no se contentaban ya con sus gritos sino que al mismo tiempo lanzaban por hocico y narices gruesos chorros de fuego líquido que llegaban hasta nuestros caminantes y casi los abrasaban. Pero la pluma de oro empapada en el agua de la redoma se portó a las mil maravillas, pues no sólo les curó como por ensalmo las llagas que el fuego les había producido, sino que además los inmunizó para recibir nuevas quemaduras.
Entonces pudieron avanzar sin cuidado; pero antes de llegar hasta la puerta del palacio tenían que atravesar una larga extensión de terreno ocupada por una multitud de leones, tigres, serpientes, demonios y otras fieras y monstruos servidores del Gigante, que estaban dispuestos a despedazar a los dos intrusos o dejarse destrozar por ellos antes que permitir llegaran hasta su amo.
Pero el Príncipe, armado del hacha encontrada en la pieza de la Bruja, y la Viejecita blandiendo la pluma de oro impregnada con agua de la redoma, pudieron derrotar, aunque con algún trabajo y sacando algunas heridas, a sus poderosos enemigos, que quedaron tendidos en el campo, sin vida.
Hélos ahora en presencia del Gigante, el cual, al verlos acercarse, levantó su pesada muleta de hierro, capaz, no{141} de matar a un solo cristiano, sino de concluir con un numeroso ejército.
El Príncipe se adelantaba hacia él sin temor, y una vez que el Gigante lo tuvo a su alcance, dejó caer la muleta con tal fuerza que más de la mitad de ella penetró en la tierra. El Príncipe, en cuanto notó el movimiento del Gigante, esquivó el cuerpo, y alzando su hacha, la descargó sobre la pierna sana de su enemigo, que cortó como si fuera de queso. El monstruo, no pudiendo mantenerse en pie, cayó cuan largo era, y el Príncipe, corriendo apresuradamente, de un hachazo le cortó la cabeza a cercén.
La liberación de la Princesa fué cosa de un momento; con un suave golpe del hacha se cortó la cadena de oro que la aprisionaba, y pudo arrojarse en los brazos de su libertador.
En carros y caballos que había en el mismo palacio, cargó el Príncipe todas las riquezas que encontró, e inmediatamente se pusieron todos en camino para el reino de su padre. Por medio del arte de la Viejecita, que tan buenos servicios le había prestado, en pocas horas llegaron a la entrada de la capital. Allí la Viejecita se despidió del Príncipe y de la Princesa y después de aconsejarles que fueran siempre buenos y virtuosos, único modo de obtener la felicidad, desapareció de su vista. La Viejecita era la Virgen.
El Príncipe fué acogido por todos en medio de la mayor alegría y proclamado salvador de la patria. Sus hermanos recobraron la vista sirviéndose de la pluma de oro y del agua de la redoma.
El matrimonio del joven Príncipe y de la Princesa fué uno de los acontecimientos más celebrados. Se hicieron grandes fiestas para el pueblo, que se divirtió alegremente, y yo me encontré en ellas y bebí mucho y comí más que un sabañón.{142}
(Narrador: José Pino, de veinte años, de Rancagua.)
Para saber y contar, escuchar y aprender. Esteras y esteritas, para sacar peritas; esteras y esterones, para sacar orejones. No le eche tantas chacharachas, por que la vieja es muy lacha, ni se las deje de echar, porque de todo ha de llevar: pan y pan para las monjas de San Juan; pan y harina para las monjas Capuchinas; pan y queso, para los tontos lesos. Fin del principio y principio del fin. ¡Atención!
Han de saber que hace muchos años vivían en un pueblecito de la costa dos pobres viejos, marido y mujer, muy apreciados de los vecinos por su bondad y por lo serviciales que eran con todo el mundo.
El marido era pescador y la mujer se ocupaba de los quehaceres de la casa, que, aunque no eran muchos, no dejaban de ser bastantes para sus años. Sus bienes se reducían a la choza que habitaban, a la red, una yegua, una perra y unos cuantos pesos, muy pocos, por cierto, que habían logrado reunir a fuerza de privaciones y que guardaban cuidadosamente para atender a las enfermedades que pudieran sobrevenirles o a cualesquiera otras necesidades imprevistas.
Sucedió una vez que durante varios días le fué muy mal al viejito en la pesca. Echaba la red y no sacaba nada; sin embargo, los otros pescadores retiraban sus redes llenas.
«¿Qué diantres habré hecho yo para que el cielo me castigue así?»—decía desesperado el anciano; y volvía a echar la red, y nada, siempre vacía.{143}
En las tardes se iba triste a su casa, y a pesar de que su mujer trataba de consolarlo y le contaba chascarros para hacerlo reir, no lo conseguía.
Se comieron las pocas economías que tenían, y cuando no les quedaba ya ni un chico, el pobre viejo, llorando, se fué a la playa, montado en su yegua como acostumbraba hacerlo, y tirando la red al mar, dijo:—«En nombre sea de Dios y que se haga su voluntad»; y después de un rato, al retirarla, la encontró tan pesada, que para sacarla tuvo que amarrarla a la cincha de la yegua.
Mientras la yegua tiraba la red, el viejo se refregaba las manos de gusto, y riéndose decía:—«En fin la suerte cambia; tendremos para comer algunos días y aún podremos vender algo.» ¡Pero cuál no sería su asombro cuando al examinar la red encontró que lo único que había pescado era un pecesillo que no medía más de una cuarta!
Y ese ser tan pequeño, ¿cómo pesaba tánto, que él, que era tan forzudo, no había podido arrastrar la red y había tenido que auxiliarse de la yegua para sacarla? Tomó su cuchillo e iba a abrir el pescadito para ver lo que lo hacía tan pesado, y cuando estaba a punto de hacer esta operación, oyó que el pez le decía:—«No me mates aquí. Llévame para tu casa y allá me partes en cinco trozos: la cabeza, que te comerás tú; la cola, que se comerá tu mujer; los dos costados, que darás uno a la yegua y el otro a la perra; y por último, el lomo, que plantarás en el jardín. Si haces lo que te digo, no tendrás de qué quejarte, y además, en adelante, siempre cogerás pesca en abundancia».
Se fué el pescador a su choza e hizo lo que le había ordenado el pececito; y ¡oh maravilla! al otro día tuvo la viejecita dos niños muy hermosos y tan parecidos el uno al otro, que era de confundirlos; asimismo, la yegua tuvo dos potrillos del mismo pelo y del mismo tamaño; la perra dos perritos casi iguales, y en el jardín nacieron dos naranjos.{144}
Desde ese mismo día el viejecito pescó como ningún otro; de manera que tuvo alimento suficiente para toda la familia y pescado para vender en la ciudad vecina. La fortuna le sonreía de todas maneras, pues los niños crecían sanos y robustos y eran excelentes personas.
Pasaron los años unos tras otros y los niños transformados ya en hombres, cumplieron los veinte. Entonces el mayor, que se llamaba Francisco, quiso salir a rodar tierras, para probar fortuna, y le pidió la bendición a sus padres. Inmediatamente después de abrazarlos, armose de una espada, montó en su caballo y seguido de su perro, partió al galope.
Después de algunos días de marcha, llegó a una ciudad y notó que la poca gente que andaba por las calles parecía consternada por una gran desgracia. Al mismo tiempo se oían lamentos, llantos y alaridos por todas partes.
Detuvo Francisco a una viejecita que iba toda llorosa y le preguntó por qué los habitantes de la ciudad andaban tan tristes.
—¡Cómo no hemos de estar afligidos, patroncito, cuando hoy debe comerse el culebrón a la única hija de nuestro rey, la princesa más bella y más bondadosa que se conoce, tan querida de los pobres, pues a todos nos auxilia y nos consuela! Ah! esta es la peor desgracia que podía sucedernos!
Y la anciana lloraba sin consuelo.
—Pero, cuénteme que es eso del culebrón y por qué se va a comer a la Princesa.
—Ha de saber, señor, que en la montaña vecina se ha establecido desde hace años, un culebrón enorme, que tiene siete cabezas y al cual nadie ha podido matar, por valiente que haya sido, pues en cuanto le cortan una, al momento renace, y para concluir con él habría que cortarle las siete de una vez; pero hasta ahora, señor, ninguno lo ha conseguido, a pesar de que el Rey ha ofrecido como premio la mano de su hija, y lo único que se ha sacado es{145} que hayamos tenido que lamentar el desaparecimiento de los más nobles caballeros, de los mejores soldados del ejército que tentaron la aventura. Pero esto, mi caballerito, nada sería; lo peor es que la fiera, para no envenenar el agua, lo cual acabaría con la población del reino, exige que cada año se le entregue una princesa de sangre real; ya se le han entregado las primas y sobrinas del rey y no queda sino la única hija que nuestro monarca tiene, a quien tanto quiere que se mira en ella, y lo mismo el pueblo entero, que la adora; y hoy a las 12 del día, se vence el plazo, en que el culebrón vendrá a buscarla. La princesa se dirigió temprano a la montaña, para que la fiera dé hoy también cuenta de ella.
—Pues, por esta vez, buena anciana, el culebrón no saldrá con la suya, que para algo Dios ha dado fuerza a mi brazo y ha infundido valor en mi espíritu.
Pidió el hijo del pescador las señas del lugar en que estaba la princesa y, dadas por la viejecita clavó espuelas al caballo y partió a toda carrera.
Halló Francisco a la princesa sentada en una piedra, llorando amargamente y enjugándose las lágrimas con su larga y brillante cabellera rubia, cuyas crenchas, sueltas, pendían a uno y otro lado del cuello. El joven trató de consolarla y le prometió que mataría al monstruo antes que tocara uno solo de sus cabellos; y con tanta seguridad hablaba, que logró infundir confianza en la princesa. Conversaron un rato, hasta que Francisco, que se sentía fatigado, quiso descansar mientras llegaba la hora del combate, y tendiéndose en tierra y apoyando la cabeza en las faldas de la princesa, se quedó dormido. Momentos antes, mientras hablaban, la Princesa había dado al joven un pañuelo, con su cifra, y un valioso anillo, diciéndole que tal vez podría servirle de algo más tarde.
Junto con sentirse la primera campanada de las 12 en los relojes de la ciudad, se oyó un rugido formidable que conmovió toda la montaña y, naturalmente, despertó al joven.{146}
Monta éste apresuradamente en su caballo y empuñando la espada, llama a su perro y se apercibe para la pelea. Fué ésta un espectáculo digno de verse. El Culebrón adelantaba las siete cabezas hacia su enemigo y trataba ya de morderlo con sus afilados colmillos, ya de estrecharlo entre sus cuellos; pero, por un lado el caballo, que esquivaba los ataques con toda rapidez, y el perro, por otro, que acosaba a la fiera con sus dentelladas, le impedían dañar al hijo del pescador.
De vez en cuando nuestro combatiente lograba asestar con su espada un terrible golpe en alguno de los cuellos de la bestia y una de las cabezas rodaba por el suelo; pero era inútil, porque en el mismo instante de ser cortada aparecía otra nueva.
Largas horas habían transcurrido desde el comienzo del combate y ninguno de los dos enemigos había conseguido ventaja sensible sobre el otro; pero sucedió que el Culebrón, por defenderse del perro que acababa de abrirle ancha herida cerca de la cola y de la cual manaba sangre en abundancia, dirigió las siete cabezas hacia atrás, y entonces el hijo del pescador, aprovechando de la circunstancia de que el monstruo no podía atacarlo, levantó la espada con las dos manos y, con robusta fuerza, la dejó caer un poco más abajo de donde el cuello se dividía en siete. El rugido que lanzó el animal al sentirse mortalmente herido, fué tremendo, y se oyó a muchas leguas de distancia; pero, inmediatamente se produjo el silencio más completo. El Culebrón no volvería ya a molestar a nadie y el reino se vería libre, en adelante, de tan cruel enemigo.
Francisco bajó de su caballo y, cortando una por una las siete lenguas de la bestia, las envolvió en el pañuelo de la Princesa y las guardó en su pecho.
Mientras tanto la Princesa, que había presenciado el terrible combate y que a cada momento le parecía ver a su defensor triturado en las fauces del fiero monstruo,{147} presa del mayor terror, enmudeció—y cuando el joven, ya vencedor, corrió hacia ella para subirla a su caballo y conducirla a la ciudad, no pudo articular ni una palabra y hubo de limitarse a manifestarle su gratitud por medio de señas.
El joven dejó a la princesa en las puertas de la capital y, prometiéndole que volvería en tiempo oportuno, se despidió y fué a alojarse en una choza abandonada que se levantaba no muy lejos y cerca de la cual había agua y pasto en abundancia para su caballo y pesca y caza para él y su perro.
En el mismo día en que se efectuó el combate, un negro, que el cocinero del rey ocupaba en acarrear leña de la montaña, tropezó con el Culebrón, que yacía en tierra todavía caliente, pues no hacía mucho que había sido matado. El enorme peso del animal impidió al negro cargarlo, a pesar de sus fuerzas, y entonces, a hachazos, lo cortó en varios trozos, que arrojó en el carro de que se servía para conducir la leña, y llevándolo a palacio se presentó al Rey, diciéndole que acababa de matarlo y exigiéndole el cumplimiento de la promesa de que casaría a su hija con el vencedor del monstruo. La princesa había llegado pocos momentos antes; pero como había quedado muda y estaba como atontada de miedo, no se hallaba en situación de desmentir al miserable negro.
Como parecía evidente que el negro había sido el matador del Culebrón, y palabra de Rey no puede faltar, concedió el Rey al negro la mano de la Princesa y se convino en que, en unos quince días más, cuando la Princesa hubiera salido del estado de inconsciencia en que se encontraba, se celebraría la boda.
Pasaron los días y aunque la Princesa no recobró la palabra, se prepararon los festejos para la celebración del matrimonio. Las fiestas debían comenzar con una gran comida, a que asistiría toda la corte. La Princesa estaba desesperada, pero como no podía hablar, a pesar de los{148} esfuerzos que hacía para explicar por medio de gestos la impostura del negro, no pudo darse a entender.
Llegó el día del banquete, y el hijo del pescador, que estaba en autos de todo por lo que se decía en la ciudad, cuando fué la hora de la comida, ordenó a su perro que, sin que nadie lo viera, arrebatara al negro su plato. El perro ejecutó la orden por dos veces seguidas, sin ser visto; el negro, creyendo que algunos de los servidores adrede le sacaba los platos ante de tocarlos, formó grande alharaca y se armó el alboroto consiguiente. La tercera vez, Francisco mandó al perro que se dejara ver; y al ser sorprendido en el acto de robar el plato al negro, el Rey ordenó a sus guardias que lo siguieran y trajeran a su presencia al amo del perro.
Cuando llegaron a la choza en que el joven se hospedaba, el capitán de la guardia le intimó orden de seguirlo, pero Francisco dijo que sólo iría si lo iban a buscar en coche, porque él era quien debía estar en la mesa sentado al lado de la Princesa en lugar del horrible negro, que no pasaba de ser un impostor; que se le llevara ante el Rey no en calidad de preso, sino en la forma que indicaba y probaría palmariamente lo que acababa de decir.
Volvió el capitán con el mensaje ante el monarca y a pesar de las protestas del negro, con gran contento de la Princesa y de las damas y señoras de la corte dispuso el Rey que trajeran al joven en coche, como él lo pedía, para oir sus alegaciones.
Al entrar Francisco en la sala del convite, llamó la atención de los circunstantes, por su varonil hermosura y por su cortesanía. Pidió permiso al Rey para hablar y, concedido que le fué, preguntó al negro si las cabezas del Culebrón (que aún se conservaban como recuerdo y permanecían expuestas a la admiración del público), estaban completas cuando las había traído a la ciudad. El negro contestó que estaban completas; pues él nada les había sacado ni notó que nada les faltara; que después de termi{149}nado el combate que había sostenido con la fiera, se había limitado a cortar con su hacha el cuello principal del animal. Francisco pidió entonces al Rey y a todos los presentes que tomaran nota de lo que acababan de oir, y tornó a preguntar al negro:
—¿Estás seguro de que nada les faltaba? ¿Todas tenían sus dos ojos, sus dos orejas, su lengua?
—Supongo que todas las tendrían, porque, como he dicho, yo nada les saqué.
—De manera, repuso el joven, dirigiéndose al Rey, que si yo tuviera en mi poder o los ojos, o las orejas, o las lenguas del Culebrón, ¿sería yo el matador del monstruo? Ya que después que le trajeron a palacio yo no habría podido sacárselos, pues si lo hubiese tentado, me lo habrían impedido los guardias que, según he oído, lo han custodiado día y noche.
—Así es—contestó el Rey.
—Así es—murmuraron los que estaban en la mesa.
—Pues bien, aquí están las siete lenguas del monstruo, que yo corté después de matarlo, y envolví en este pañuelo con la cifra de la Princesa, que ella misma me entregó antes del combate. Con esto queda comprobado que el negro es un miserable embustero que no hizo otra cosa que dividir el cadáver del monstruo que yo había dejado abandonado mientras conducía a la princesa a la ciudad; y a mayor abundamiento, he aquí un anillo que también ella me obsequió y que si su Majestad me permite colocaré en la mano de su antigua dueña.
A una señal de asentimiento que el Rey hizo, Francisco se acercó a la Princesa, y en cuanto el joven colocó el anillo en su mano, la gentil niña recobró el habla y exclamó:
—¡Padre, este es mi salvador; él es el verdadero matador del culebrón!
El Rey ordenó a la guardia que en el acto sacaran al negro de la sala y lo despeñaran desde la cumbre de un{150} cerro muy alto, que servía para ajusticiar a los criminales; y a Francisco que se sentara al lado de la Princesa, que desde ese momento pasaba a ser su prometida.
La fiesta, que había comenzado en medio de la mayor tristeza, pues la vista del negro los tenía a todos desazonados, se tornó en francamente alegre y terminó con la celebración del matrimonio del hijo del pescador con la princesa.
Cuando los novios estuvieron en sus habitaciones, el joven se asomó casualmente a una ventana y vió que a la distancia se elevaba una gruesa columna de humo rojizo.
—Parece que hay un incendio—dijo Francisco a la Princesa.
—No es un incendio—le contestó ella;—es el humo de la fogata que todas las noches encienden en el castillo de la «Torderás, irás y no volverás».
—¡Qué nombre más raro tiene ese castillo!
—Se llama así porque el que a él va, no vuelve.
—Pues no le valdrá a ese castillo el nombre de la «Torderás, irás y no volverás», porque yo iré y volveré.
La princesa rogó con insistencia a su marido que no fuese, que no se expusiera al peligro, pero Francisco le contestó:
—Si triunfé del Culebrón que tanto daño causaba al reino, ¿por qué no venceré los peligros que en el castillo puedan presentárseme?
Y saliendo de las habitaciones, se fué a la caballeriza y sin más compañía que su fiel perro partió a la luz de la Luna.
Aquel humo rojizo que aparentaba estar no muy distante del palacio, parecía alejarse a medida que el joven avanzaba hacia él; y sólo en la mañana, después de una marcha continua de la noche entera, logró él acercarse al castillo. Pero ojalá nunca hubiera llegado hasta ahí, porque no bien se encontró en ese sitio, comenzó a salir, como si del suelo brotara, una muchedumbre de viejas{151} horribles, que lo rodearon y que dándose fuertes tirones de la cabellera, se arrancaban pelos que arrojaban al intruso que iba a turbarlas en su reposo. Al principio nada ocurrió, pero en el mismo instante que uno de los muchos pelos de las viejas, que flotaban en el aire, tocó a Francisco, tanto éste como su caballo y su perro se convirtieron en piedras.
Volvamos ahora a casa del pescador, que ya es tiempo.
Desde que Francisco salió de casa de sus padres, ni éstos ni el hermano que quedó con ellos habían tenido noticias suyas. Se consolaban de la ausencia del deudo querido visitando diariamente el naranjo que había nacido al mismo tiempo que él, de uno de los costados del pescado, y que a él le había correspondido. Viéndolo y cuidándolo, les parecía estar con Francisco.
Un día el árbol que hasta entonces había crecido esbelto y lozano, amaneció mustio, con las hojas amarillas, como si estuviera a punto de secarse. Al verlo en este estado, Domingo, gemelo de Francisco, dijo a sus padres:
—A Francisco debe haberle ocurrido alguna desgracia, porque su naranjo ha amanecido enfermo. Si me dan permiso, salgo inmediatamente en su socorro.
Bendijéronle sus padres; y ciñéndose la espada, montó en su caballo y partió a la carrera, acompañado de su perro, hasta llegar a la misma ciudad a que había arribado su hermano.
La primera persona a quien encontró fué aquella viejecita que contó a Francisco la historia del Culebrón. Domingo la saludó cariñosamente y le preguntó por las últimas noticias que circulaban en la ciudad. La viejecita le refirió cómo un joven muy parecido a él, casi igual, que había llegado días antes había librado a la Princesa y al reino del Culebrón; el matrimonio del joven con la Princesa y la desaparición del novio; todo sin omitir detalle ni circunstancia de interés.
Por los datos de la anciana, no dudó Domingo que el{152} desaparecido era su hermano, y para averiguar mejor las cosas, se dirigió al palacio. Los guardias creyeron que era el esposo de la Princesa y lo dejaron pasar. La Princesa también creyó que era su marido y lo recibió con mucha alegría.
—¿Qué te habías hecho en estos tres días?—le dijo—Creía que te había acaecido alguna desgracia: que el caballo te hubiera arrojado, que te hubieran asesinado...
—Por suerte, hija, no me ha pasado nada serio; me extravié y me costó mucho dar con el camino; pero, dime: ¿qué es ese humo rojizo que se divisa a lo lejos?
—Pero, hijo, ¿qué se te ha hecho la memoria? ¿No te acuerdas que te dije la otra vez, en la noche de nuestro casamiento, que ese humo salía de la «Torderás, irás y no volverás»? ¿Y que, efectivamente, el que iba a él iba pero no volvía, y que, a pesar de mis súplicas, montaste en tu caballo y te fuiste?
—Ciertamente, ahora me acuerdo; pero, como acabo de decirte, me extravié. Sin embargo, iré de nuevo y volveré.
Domingo comprendió, por la conversación anterior, que a su hermano le había sucedido algo grave en su expedición al castillo, y se propuso salvarlo. Se despidió de la princesa con un «hasta luego» y, montando en su caballo, partió en dirección al castillo, seguido de su perro.
Al amanecer llegó a inmediaciones del castillo, y vió como salían las horribles viejas a estorbarle el paso, y como le tiraban los cabellos que se arrancaban de la cabeza; y adivinando con qué fin lo hacían, desenvainó la espada, clavó espuelas al caballo y arremetió contra las brujas. Tanto menudeó los golpes y con tanto acierto, que en pocos minutos no quedó en pie sino una de las arpías.
Iba Domingo a matarla, pero ella se arrodilló suplicante, y le dijo:
—¡Perdóname la vida, señor, y te devolveré a tu hermano, que está encantado!{153}
—Está bien—le dijo Domingo—no te mataré, pero desencantarás no sólo a mi hermano, sino a todos los demás que estén encantados en este castillo maldito y en sus dependencias; e inmediatamente después saldrás de este país para no volver más a él, so pena de la vida.
La vieja cortó una varita de un árbol que estaba allí cerca y con ella fué tocando una por una las piedras diseminadas en el suelo y, a medida que las tocaba, se convertían en gallardos mancebos, montados en briosos caballos. Una vez que no quedaron piedras, la vieja hechicera, seguida siempre de Domingo, armado de su espada, penetró en el castillo, desde cuya puerta se divisaban interminables galerías de estatuas de mármol que representaban bellísimas niñas: unas de pie, otras sentadas, otras de rodillas, etc. También las fué tocando la vieja con la varita, y en cuanto sentían su contacto, se animaban y descendían de sus pedestales. Eran las numerosas jóvenes que el Culebrón, en vez de devorarlas, como todos lo creían, llevaba al castillo, en donde eran transformadas en estatuas por las hechiceras.
Francisco y Domingo se abrazaron cariñosamente, y sin pérdida de tiempo emprendieron marcha a la ciudad, seguidos de los innumerables jóvenes de uno y otro sexo recientemente desencantados, que entonaban loores a su libertador.
Llegaron a palacio y Francisco contó al Rey y a la Princesa las peregrinas aventuras que les habían acaecido.
Al día siguiente se celebró el fausto acontecimiento con un gran banquete, al que concurrió toda la familia real y los jóvenes salvados por Domingo. El fué, naturalmente, el héroe de la fiesta, y a cada momento se le aclamaba.
Invitado por el Rey a que escogiera la que más le agradara para esposa, entre las jóvenes salvadas por él mismo, todas las cuales eran de sangre real, fijó su atención en una que descollaba entre todas por su aspecto dulce y modesto. Era prima de la princesa, mujer de su hermano, y muy querida del Rey y de ella.{154}
Con ella se casó y fijaron su residencia en el antiguo castillo de la «Torderás, irás y no volverás», el que, libre de la maléfica influencia del Culebrón y de sus servidoras, se había transformado en una espléndida mansión. Domingo le cambió el fatídico nombre con que era conocido, por el de «Castillo de la Torderás, si a él vas, contento volverás»; y en efecto, quien lo visitaba salía plenamente satisfecho de la magnificencia con que era atendido por sus dueños.
Francisco y Domingo no olvidaron a sus padres en la prosperidad: los llevaron a su lado y los honraron como buenos hijos. Dios los premió, haciéndolos felices hasta el fin de su vida, que fué larga y se deslizó dulcemente, sin penalidades ni contratiempos.
Y aquí se acabó el cuento, y se lo llevó el viento, y se entró por la puerta de un convento; los frailes, que lo oyeron, quedaron muy alegres; los mochos y sirvientes se cayeron de contentos.
Este era un Rey muy rico, que tenía un Monito muy ladrón, y el monito iba todas las noches a robarle charqui para comérselo con sus amigos.
Un día fué el Rey a la bodega para ver cuanto charqui le quedaba porque lo iba a vender al día siguiente. El Rey, al entrar a la bodega, se cayó de espaldas del{155} susto que le dió porque encontró tan poquito charqui. Llamó entonces al Mayordomo y le dijo:—¿Tú has vendido charqui? El Mayordomo le contestó:—Yo no, su mercé; yo para nada he entrado a la bodega y ni siquiera he visto el charqui.
El Rey se puso a contar el charqui para ver si en la noche se lo iban a robar; una vez que contó los líos, llamó a sus mozos y les mandó que toda la noche hicieran ronda por la orilla de la bodega y pudieran pillar al ladrón, advirtiéndoles que a la mañana siguiente vendría a saber lo que había pasado.
Los pobres mozos casi se murieron de frío en la noche, y no vieron a nadie.
Al otro día tempranito fué el Rey a preguntar si habían visto al ladrón. Los mozos le contestaron que no habían visto a nadie. Entonces llamó al Mayordomo, entró con él a la bodega, contó de nuevo el charqui y vió que le faltaban muchos líos.
Enojado como un diablo, porque creía que el Mayordomo era el ladrón y se estaba haciendo el leso, le dijo:—Te doy de plazo dos días para que pilles al ladrón, y si en los dos días no lo has pillado, con tu cabeza pagarás el charqui que se ha perdido. Y se fué dejando todo afligido al pobre Mayordomo.
Cuando el Mayordomo se quedó solo, se puso a decir:—¡Buena cosa, que mi amito sea tan injusto conmigo, cuando yo ni malicio quien pueda ser el ladrón!
Cansado de tanto pensar el pobre hombre, se le ocurrió ir donde una vieja bruja que tenía pacto con el diablo, para pedirle consejo.
Se fué donde la vieja y le contó todo lo que le había pasado y lo que el Rey le había dicho. La vieja le dijo que no fuera miedoso porque nada le pasaría.—“Váyase a la casa—le dijo—recoja hartas chamisas y haga una fogata bien grande adentro de la bodega y se fija bien por donde sale el humo y viene a avisármelo”.{156}
El Mayordomo se fué contento porque ya el Rey no mandaría cortarle la cabeza. Agarró las chamisas y les atracó fuego. Ligerito vió el humito que salía por un portillito que había en un rincón. Al tirito se fué donde la vieja y le dijo que el humo salía por un portillito que había en un rincón. Entonces la vieja le dijo que hiciera un mono de liga y le pusiera en las manos una baraja y pusiera una mesa con harta plata en un lado y una vela encendida en el otro, y que todo lo arreglara muy bien y lo pusiera frente al portillo y volviera al otro día.
El Mayordomo se fué e hizo todo lo que la vieja le había encargado.
Después que dejó todo arreglado, se fué dejando bien cerrada la bodega.
En la noche llegó mi buen Monito, que se entraba por el portillito, y vió al compañero con la baraja en la mano y con tantísima plata en la mesa que llegó a saltar de gusto, porque decía:—«Esta noche le gano toda la plata y me voy a remoler donde mis chiquillas con plata y con harto charqui».
Entró como de costumbre, y le dijo al otro mono:
—Ya estoy aquí, compañerito de mi alma; vamos a rifar quien talla.
Y agarró una chaucha y la tiró para arriba diciendo:
—¿Cara o sello? Sello! te tocó a ti; ya está; principia.
Y como el mono de liga estaba quieto, el Monito le dijo:
—Contra na estáis enojado, porque si no me jugáis, te quito la plata y te pego.
El Monito viendo, que la hora se pasaba y el otro no jugaba, le quitó la baraja y se puso a tallar él. Luego tiró dos cartas y le preguntó:
—¿A cuál vay vos?; y el otro mono callado.
Le dijo entonces:
—Bueno, ya que no querís escoger, escogeré yo; te apuesto cien pesos a la sota de oro; y el otro mono, callado.{157}
El Monito tiró y ganó, y siguió jugando hasta que le ganó todita la plata al otro. Después dijo:
—Me teníay que dar más plata, todavía, porque me habís quedado debiendo; y el otro mono callado.
Y le ha dado tanta rabia al Monito porque el otro no le contestaba ni le hacía caso, que le dijo:
—Ya que vos no me pagáis, yo te pagaré; y le endilgó un puñete tan fuertazo que lo botó de la silla.
Quedó el Monito pegado de la mano derecha. Entonces le dijo al mono de liga:
—Si no me soltáis, te mando otro puñete, cosa que te haga escupir tachuelas. Y el mono callado.
Le mandó entonces otro puñete, y se quedó pegado de la mano izquierda. Después le dijo:
—Si no me soltáis, te mando una patá que te hago estornudar pejerreyes.
También le mandó la patada y también quedó pegado de la pata derecha.
Después le largó una patada con la pata izquierda, y se quedó pegado de esta pata.
Después le lanzó un colazo, y quedó pegado de la cola.
Después le mandó un guatazo, y se quedó pegado de la guata.
Ya no le quedaba libre más que la cabeza.
Entonces le dijo:
—Suéltame, monito lindo, te doy toda la plata que te he ganado, toda la que yo traía, y toda la que tú queray. Y el otro mono callado.
Entonces vió que era lesera rogarlo, y le mandó un cabezazo a matarlo: y también quedó pegado de la cabeza.
A todo esto venían ya las claras del día y el Monito estaba frito. Llorando estaba el Monito su desgracia y lamentándose de su suerte, cuando llegó el Mayordomo y lo vió. Entonces casi se volvió loco de gusto el Mayordomo, porque había pillado al ladrón. Más que ligerito se fué donde el Rey para avisarle que el ladrón había caído en{158} la trampa. El Rey fué corriendo a ver quien era el ladrón, y cuando entró en la bodega se quedó abismado de ver a su Monito preso; y le ha dado toitita la rabia, que mandó que lo sacaran y lo amarraran a los castaños para que le echaran dos fondos de agua hirviendo y le metieran por el poto un barra de fierro que estuviera bien caldeada.
Sacaron los mozos al Monito y lo amarraron a los castaños y se fueron a calentar el fierro y el agua.
Cuando estaba solo el Monito, acierta a pasar por ahí su compadre León, que le preguntó:
—Qué está haciendo ahí, compadrito? Apuesto que me lo han pillado robando castañas.
Entonces el Monito le contestó:
—¡Ay compadrito, si Ud. supiera lo que me pasa, estoy seguro que no se reiría de mí sino que me salvaría!
El compadre León al oirlo hablar con tanta pena, le preguntó:
—¿Qué le pasa, compadrito?
Y el Monito le contestó:
—¡Qué malos son conmigo, compadrito! ¿a quién se le ocurre que un Monito tan chico como yo se va a comer una ternera tamañaza, y más no teniendo ni una pisquita de ganas de comer? ¿por qué, compadrito, usted que es tan bueno y es bien grande no se come la ternera y me salva a mí?
El compadre León llevaba harta hambre, porque hacía hartazos días que no probaba ni agua, así es que le dijo al Monito:
—Bueno, pero ¿qué hay que hacer?
Entonces el Monito le contestó:
—Primero me tiene que cortar las amarras, quedando usted en mi lugar. Después vendrán dos hombres a preguntarle si se come la ternera, y usted les dirá que sí, que se la come toitita. Entonces le entregarán la ternera y lo dejarán en paz con su pancita bien llena.{159}
—Muy bien le dijo el compadre León, manos a la obra; y ligerito desató al Monito, y se puso él en su lugar para que lo amarrara.
El Monito lo amarró bien amarrado para que no se fuera, y cuando acabó de amarrarlo, le dijo:
—Adiós, compadrito León, que goce mucho con la ternera y que no se vaya a empachar.
Y se fué, dejando al compadre León bien amarrado y con la boca que se le hacía agua.
El compadre León llegaba a menear la cola de contento y no hallaba las horas que le trajeran la ternera.
Por fin llegaron los hombres con los fondos de agua hirviendo y la barra de fierro, que llegaba a venir coloradita de lo caldeada que estaba. El León creyó que la barra era el asador que había servido para asar la ternera y que a la ternera la traían en los fondos.
En cuanto llegaron los hombres le dijeron:
—¡Ah! endenantes erais Monito y ahora te volvisteis leoncito; pero esto no te servirá de nada.
El compadre León, creyendo que le preguntaban si se comía la ternera, contestó:
—¡Sí me la como! ¡Sí me la como!
—Si ya te la vais a comer, Monito diablo, le dijeron; y diciendo y haciendo, le han echado encima los dos fondos de agua hirviendo y me lo han dejado lo mismo que pollo en punto de echarlo a la cazuela; y más que ligerito y antes que el compadre León se repusiera, le han metido la barra caldeadita por el poto, y se lo dejaron lo mismito que luche.
El compadrito León, del dolor que le dió, cortó las amarras y se arrancó antes que le hicieran otra cosa peor. Se fué bramando lo mismito que un buey cuando lo marcan.
Cuando iba corriendo, le salió al camino su compadre Monito y desde lejitos le dijo:
—¿Qué hubo, compadrito León, potito quemado? ¿se comió la ternera? ¿Bueno que estaría bien rica, no?{160}
El compadrito León potito quemado casi no podía hablar del dolor; pero se paró un ratito y le contestó:
Ya me las pagarís bien, Monito picarón.
Una vez que se mejoró el compadrito León potito quemado, se fué donde una comadre Zorra que tenía, que era el mismo diablo y veía debajo del agua, a preguntarle como haría para pillar al Monito. La comadre Zorra cuando vió a su compadre León con el poto quemado, casi se murió de la risa que le dió y le hizo muchísima burla. Después que se cansó de reir, le aconsejó al compadre León que se fuera a la orilla del río y se escondiera bien detrás de una piedra, sin hablar ni una sola palabra, porque todos los días iba el Monito a tomar agua ahí.
El compadre Leoncito potito quemado le dió las gracias, y se fué a donde la Zorra le había dicho y se escondió y esperó que llegara el Monito.
En esto estaba cuando llegó el Monito y le mereció ver la punta de la cola al compadrito León. Entonces el Monito se puso todo malicioso y antes de tomar agua comenzó a decir:
—Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?...
Y así siguió hasta que el compadre León se aburrió y le dijo:
—Tómame no más, Monito.
Entonces el Monito dijo:
—Yo no tomo agua que habla, porque ahí está mi compadre Leoncito potito quemado: y se arrancó antes que el compadre León lo pillara.
El compadre León salió de su escondite rabiando porque no había pillado al Monito y se fué a donde la comadre Zorra a contarle lo que le había pasado. La comadre Zorra casi le pegó al verlo tan tonto, y después que lo retó bien le dijo:
—Vaya otra vez a ponerse detrás de la misma piedra y no le diga ni una palabra, aunque esté todo un día esperando.{161}
El compadre León prometió quedarse callado y se fué ligerito a esconderse antes que llegara el Monito y lo pillara.
Después de mucho rato llegó el Monito con un palito en la mano y se puso a decir lo mismo que la primera vez:
Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... hasta que se cansó, y como nadie le contestara, se puso a tomar agua.
En esto estaba cuando el compadre Leoncito potito quemado pegó un salto y me lo pescó al Monito de una mano. El Monito, todo afligido, le dijo:
Mire, compadrito, perdóneme por esta vez,—y el de León no le hacía caso.
—Bueno, compadrito, ya que no me perdona, no me agarre de esa manito porque la tengo enferma; agárreme esta otra.
El compadre fué a agarrarle la otra mano; pero en vez de la mano le agarró el palito que le alargó el Monito. Donde el Monito, en cuanto se vió libre, se arrancó gritando:
—¡Buena cosa, mi compadre Leoncito potito quemado! por agarrarme la manito me agarró el palito.
El compadre León agarró el palito y lo hizo pedacitos, jurando y perjurando porque el Monito había vuelto a hacerlo leso.
Otra vez se fué donde la comadre Zorra.
La comadre, al saber lo que había pasado, agarró una varilla y le sobó el lomo al compadrito León para que se le quitara lo pavo. Después que le dió unos cuantos varillazos, le dijo:
—Váyase a la mata de palma donde el Monito va a almorzar, por detrás de los sauces para que así no lo vea, y no le haga caso de nada, y lleve un buen cordel para que lo traiga amarrado.
El compadre León le dió las gracias a su comadre Zorra y le prometió seguir su consejo al pie de la letra.{162}
Desde arriba de la palma divisó el Monito al compadre León, que venía haciéndose el lesito, y se puso a gritarle:
—Compadrito León potito quemado, ¿por qué no se sube a la palma a comer coquitos conmigo? ¡mire que están muy ricos! Al León se le hacía agua el hocico y ya le parecía que estaba comiendo coquitos; pero se acordó del encargo de su comadre Zorra y de los varillazos que le había dado, y le contestó al Monito:
—No quiero cocos, a comerte vengo.
Pero el Monito le dijo:
—Suba no más, compadrito, después que comamos coquitos me come a mí. Tíreme una punta del cordel y usted se amarra de la otra a la cintura y yo lo subo.
Ya se estaba haciendo tarde, así es que el compadre León, de puro aburrido que estaba, hizo lo que el Monito le indicaba: le tiró el cordel y él se amarró bien a la cintura. El Monito le decía:
—¡Ay compadrito! ¡cuántos coquitos se va a comer, y después me comerá a mí!
Mientras el León iba subiendo, el Monito se iba bajando. Cuando el compadre León iba a llegar arriba, vió que el Monito estaba abajo. Lleno de rabia le dijo:
—¡Ah, pícaro! me habís engañado! pero me las tenís que pagar no más!;—y ya se iba a bajar, cuando le dice el Monito:
—Ya está frito mi compadrito León potito quemado; y lo amarró bien firme a la palma, dejando al pobre Leoncito colgado.
El Monito principió a hacerlo rabiar, diciéndole que era un tonto, que ya lo había hecho leso tres veces y todavía no escarmentaba y que para celebrar la diablura que había hecho se iba a robar más charqui.
El compadre León ya estaba desesperado porque nadie lo sacaba, sino que, al contrario, pasaban y le hacían burla como un diablo.