El Estado Mayor del viaje.—Más mujeres que hombres.—Cordial familiaridad norteamericana.—La española que conoció tres Papas.—El cocinero escultor.—Las Frinés de la piscina y la tranquilidad de sus compañeros de natación.—En el canal de Bahama.—La hermosa costa de la Florida.
La «American Express», sociedad de Nueva York que dirije este viaje, ha montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones.
En este centro hay un Banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico le trae todas las mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos financieros se le quieran confiar.
Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000 dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de gobierno en Europa. Tiene á sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro funcionarios, retribuídos también con largueza. Unos son antiguos profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos é instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías á los pequeños grupos de viajeros que abandonando el buque se lancen á través de las naciones asiáticas.
Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el Franconia es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes ó simple curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana, intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una completa independencia.
Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas. Los maridos ó los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de sus negocios comerciales ó de sus profesiones científicas. Los compañeros de viaje son generalmente ingenieros ó banqueros en ciudades del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando la vuelta á la tierra.
Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido, mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad perdida en los vastísimos Estados del centro de la gran República. Luego, en el curso de nuestro periplo, leyendo los periódicos que mencionan á todas las personas notables de la expedición, me entero de que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos unidades y á veces tres.
Nunca en mi vida anterior he vivido entre personas tan joviales, tan sencillas, tan ecuánimes en sus gustos y afectos. Creo que durante el resto de mi existencia me acordaré siempre de su agradable compañía.
En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona existencia en las soledades del Océano acaba por despertar y excitar lo peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta á la vela, era recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas durante la navegación, así como los desafíos concertados, se consideraban sin valor alguno al saltar á tierra. En el Franconia han transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como niños grandes.
Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas son una distinguida dama de la América del Sur y su doncella, que hace años la sigue á todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos. Casilda—así se llama la española—ha visto mucho en Europa, y al contar sus impresiones del viejo mundo, las resume en las tres visitas que hizo al Vaticano acompañando á su señora, chilena.
—Yo he conocido tres Papas—dice con orgullo.
Ahora va á conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el Océano, ha sido simplemente para dar la vuelta entera á nuestro planeta, y continúa tal viaje sin mostrar grandes asombros.
A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas conocen la misteriosa existencia del mar.
Otro español va á bordo del Franconia, un joven cocinero, llamado Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas á la imprenta del buque, para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con tanta abundancia produce la máquina especial del Franconia. Esculpe cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de albos torreones, grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo su frescura inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos ó atravesamos la línea ecuatorial.
Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas, como los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía sentimental. Las diversiones comunes del buque—bailes, cinematógrafo y conferencias—facilitan la aproximación.
Nadie se levanta tarde en el Franconia. Los más de sus ocupantes son aficionados á los deportes y recibieron en la escuela una educación activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe y balbucea como un niño. El cielo y el Océano tienen la pueril alegría de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar la agilidad corporal; de las abluciones y nataciones que mantienen la limpieza higiénica de la piel.
A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos.
Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño y bajan á la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde elegante de sus habilidades natatorias.
Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas, largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda vestimenta un traje de baño cortísimo—lo necesario nada más para cubrir la parte media de su cuerpo—y una especie de tirantes que se unen sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo piensan, se lo callan.
A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera extraordinaria unas desnudeces á cuya vista están acostumbrados. Me acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones.
Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco, quedando sin otro tapujo que la mancha azul ó negra de punto de seda que cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones, llamamientos y risas sube desde el fondo del buque á las últimas cubiertas.
Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes en la popa, para dejar libre todo el resto del casco á los grandes aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el Trópico.
Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol, que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse, como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco á poco y acaba por extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y roja... Luego, nada. Estando en la capital de Méjico presencié muchas veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en pleno cielo, sin descender á la línea del horizonte, sin ocultarse detrás del mar ó las montañas.
Cambia el tiempo; el mar empieza á agitarse durante la noche, y al día siguiente el horizonte es gris y las olas obscuras. Se nota la proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas.
Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables, llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su blancura con los colores del iris.
Cuando languidece la tarde, el Franconia, á pesar de su triple quilla y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los embates del mar, se mueve de un modo extraordinario.
Otra vez se ha cubierto el cielo de obscuros nubarrones, pero el sol antes de huir los perfora, lanzando á través de ellos un chorro de oro color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un aparato cinematográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira lo mismo que si el Océano lo sometiese á una enorme succión. Ya no es redondo, se prolonga por abajo y parece un aeróstato de seda escarlata. Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo fulminante, como si estallase, cubriendo el mundo con una explosión de sombras.
Todos los pasajeros están acostumbrados á los viajes por mar, y la agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque. Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile. Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América á Europa, más rudas y tempestuosas.
Los profesores contratados por la «American Express» dan sus conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas, describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos á visitar: la Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos, dándolas una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia. De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los regueros que esta aspersión del Océano hace correr sobre el suelo.
A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo que puede llamarse paradisíaco. Marcha el buque á gran velocidad, alcanzando y dejando atrás á otros vapores menos rápidos, y sin embargo parece inmóvil.
Una costa se extiende paralelamente al Franconia. Vemos una línea amarilla de arena y detrás otra línea verde obscura, formada de bosques. Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía.
Navegamos ante la Florida, antigua tierra española. Aquí está la ciudad de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos, fundada por el conquistador Menéndez de Avilés. Aquí vino mucho antes Ponce de León, desde su gobierno de Puerto Rico, en busca de la «Fuente de la Juventud»—eterna esperanza de los hombres—, para que diese nueva savia á su cuerpo, quebrantado por enfermedades y heridas. Aquí trabajaron, lucharon y murieron centenares y centenares de españoles, por implantar la civilización cristiana, un siglo antes de que los primeros ingleses desembarcasen en lo que son hoy los Estados Unidos.
Voy descubriendo edificios altísimos que á tal distancia me parecen fábricas. Al examinarlos con unos anteojos potentes me convenzo de que son hoteles con jardines de palmeras y cocoteros: los famosísimos hoteles de la Florida, los más caros y elegantes de la tierra, que albergan durante el invierno á los archimillonarios de Nueva York y Chicago.
El mar toma el tono verde de las aguas poco profundas. Según avanzamos, se va poblando de isletas redondas como escudos y ribeteadas de cocoteros. Son los cayos. Sobre algunas tierras á flor de agua, que no pueden verse de lejos, se alzan andamiajes, semejantes por su estructura á la torre Eiffel, aunque de más modestas proporciones y con las cúspides ocupadas por faros.
Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mariposa de colores, roja, negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes de árboles.
Un perfume primaveral se desliza á través de la respiración salada del Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos, una costa que por algo recibió su florido nombre.
Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque, después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan á todos á las últimas cubiertas.
Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines, edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante. Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del amanecer.
Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto, arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto á su entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.
El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta.
Este castillo se llama «El Morro», y el puerto que tenemos enfrente es la Habana.
Cuba imaginada por un niño.—Los monstruos guardadores de la puerta del Paraíso.—Habana «la Alegre».—Los periódicos y los casinos.—Dinero abundante y pródigamente gastado.—Butacas de teatro á cien pesos por noche.—Los nuevos barrios de la Habana.—Mis habitaciones de «huésped de honor».—Si duermo en ellas, pierdo mi viaje alrededor del mundo.—Los bailes de máscaras del «Franconia».—El coronel vendedor de periódicos.—Mi enfermedad.
En mi niñez, cuando la isla de Cuba era aún tierra española, no podía oir hablar de la Habana sin que me agitase un sentimiento contradictorio de admiración y de terror.
Era para mí el país del azúcar una ciudad encantada, como las de los cuentos infantiles, donde las casan debían ser de caramelo y no había mas que agacharse para comer tierra cristalina y dulce. Además, todos volvían de allá trayendo onzas de oro y hablaban de negritos como los que había yo visto danzar, desnudos y graciosos, en las funciones de teatro. Pero la entrada de este paraíso era estrechísima y la guardaban terribles monstruos, siendo el más carnicero de todos el llamado vómito negro. Muchas veces escuché la noticia de haber muerto en la isla lejana, hermosa y mortífera, personas á las que conocí fuertes y animosas en el momento de partir.
Ahora hace años que desapareció para siempre lo que me infundía enorme terror al pensar en Cuba. En cambio subsiste, cada vez más amplificada por el progreso, la riqueza de la isla que tanto admiré en mis infantiles fantasías.
Los norteamericanos, al ocuparla por algún tiempo, se dedicaron al exterminio del mosquito propagador de la fiebre mortal y al saneamiento de las tierras encharcadas. Luego, los médicos extranjeros y los del país, igualmente notables, han acabado por suprimir las antiguas enfermedades que tan insegura hacían la vida de los viajeros antes de su aclimatación. Hoy, la más grande de las Antillas es país de salubridad regular y constante, y la Habana una de las ciudades más higiénicas de la tierra.
Su prosperidad económica ha ido desarrollándose en proporciones enormes, como su higiene pública. La producción actual de azúcar y tabaco casi dobla la de pasados tiempos. Su riqueza ha resultado algunas veces excesiva y perniciosa, dando origen á reacciones de pobreza, como en otros países jóvenes, de vertiginoso crecimiento.
Si fuese preciso dar un sobrenombre á la capital de Cuba, como los ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos, se la podría llamar Habana «la Alegre». Es una ciudad que sonríe al que llega, sin que pueda decirse con certeza dónde está su sonrisa.
Guarda cierto aspecto andaluz de antigua urbe colonial, construída con arreglo al patrón enviado de Madrid por el Consejo de Indias. La influencia poderosa de la vecina República de los Estados Unidos, las comodidades de su civilización material, no han modificado aún su fisonomía aseñorada y tranquila de país con tradiciones de raza y un pasado histórico.
Los nuevos monumentos en honor de sus héroes que adornan plazas y paseos resultan desiguales artísticamente: unos son dignos de respeto, otros lamentables, como obras de confitería tierna. Los parques recién trazados y los nuevos barrios del ensanche de la ciudad resultan magníficos, y parecen recordar los sucesivos chaparrones de abrumadora riqueza que han caído sobre este país en los últimos treinta años.
La alegría de la Habana, más que en sus paseos, en sus edificaciones y en el movimiento animado de sus calles, hay que buscarla en el carácter de las gentes; en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece excesiva á los extranjeros; en la belleza de sus mujeres, interesantemente pálidas y con enormes ojos.
He estado dos veces en la Habana por breve tiempo, y en ambas visitas, más que la hermosura de la ciudad atrajeron mi atención dos manifestaciones características de su vida pública que no tienen nada semejante en ningún otro país. Los periódicos de la Habana y los casinos de la Habana son algo excepcional.
Un día entero necesité para ir visitando las redacciones de los diarios más importantes, y no pude verlas todas. Unas ocupan enormes casas coloniales que son casi palacios; otras, edificios propios de reciente construcción. Tienen talleres vastísimos y máquinas de múltiple funcionamiento, como los primeros diarios de Nueva York. No existe una diferencia considerable entre los periódicos más célebres de los Estados Unidos y los de la capital de Cuba. Además se publican numerosos magazines y revistas especiales... Y como la población de la isla no llega á tres millones de seres, se pregunta uno dónde están los lectores necesarios para esta prensa, digna por su número, su calidad y su fuerza, de un país de veinticinco ó treinta millones de habitantes.
Las asociaciones de la Habana pueden competir por su lujo con los clubs más célebres de la tierra. El comercio, compuesto casi en su totalidad de españoles, considera obra patriótica la continuación y desenvolvimiento de sus casinos, anteriores á la independencia del país.
Ya están olvidadas las antiguas luchas entre peninsulares y cubanos. Ahora, unos y otros sienten igual interés por la prosperidad de la isla. Además, los hijos de los españoles son cubanos, y dentro de las antiguas sociedades se van confundiendo todos, sin diferencias de origen.
A las organizaciones españolas pertenecen los edificios más grandes y ostentosos de la ciudad. El Círculo de Dependientes de Comercio tiene 40.000 socios, residentes en la Habana. No creo que en Europa ni en los Estados Unidos exista un club tan numeroso.
El Círculo Gallego es un palacio que guarda en su interior uno de los teatros más grandes de la ciudad. El Casino Español, resumen de las aspiraciones de las diversas sociedades hispánicas con título provincial, posee un salón de mármoles diversos traídos de España y de estucos policromos, que parece el salón del trono en un palacio real.
Todas estas sociedades, uniendo lo útil á lo ostentoso, mantienen en los alrededores de la Habana hospitales y sanatorios, instalados con tanta largueza y tales innovaciones, que de muchas partes vienen á estudiarlos como modelos.
Se nota en la Habana, á las pocas horas de vivir en ella, que es ciudad abundante en dinero. Pero otras ciudades revelan igualmente riqueza y no tienen el aspecto atrayente y simpático de ésta. Es que Habana «la Alegre» además de tener dinero lo gasta con una tranquilidad y un descuido rayanos en el derroche. Sus teatros son numerosos y están siempre llenos. Sus cafés y sus bailes nunca carecen de público. Aquí fué donde Caruso y otros cantantes, pagados de un modo inverosímil, obtuvieron sus más altas remuneraciones. En la Ópera de la Habana ha llegado á costar una butaca cien pesos oro por noche. Tan irritante pareció á algunos este despilfarro, que protestaron de él bárbaramente, arrojando una bomba en plena función.
En los escaparates de sus tiendas se ven las telas más caras y ricas. Las mujeres visten con un lujo en apariencia sencillo, para no salirse de las reglas del buen gusto, pero en realidad costosísimo.
Fuera de la Habana, en los nuevos barrios, son cada vez más numerosos los palacetes particulares. La antigua arquitectura española, con el aditamento de las comodidades de la vida norteamericana, es generalmente la de tales edificios. La jardinería del Trópico da una nota de originalidad á estas construcciones, que recuerdan á la vez los patios de Sevilla y los palacios de madera de Long Island.
Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de ciertas leyes de su país, la Habana ofrece un atractivo especial. Es una ciudad á las puertas de su patria, donde no impera el llamado «régimen seco». Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un bar en cada calle. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos pueden pasar el canal de la Florida para venir á emborracharse bajo la bandera cubana.
Me veo recibido cariñosamente en esta amada ciudad de habla española. El Municipio me ha declarado su huésped, comisionando al escritor Rafael Conte, antiguo amigo mío, para que me dirija y me guarde durante el tiempo que permanezca en la Habana. Simpáticos periodistas de incansable y sonriente preguntar, jóvenes escritores que revelan su talento en las curiosidades literarias y las paradojas de su conversación, me acompañan en mis visitas á las redacciones de los diarios y en los dos banquetes amistosos y sin ceremonia con que soy obsequiado, á mediodía y por la noche.
Presencio la belleza del crepúsculo tropical en una lujosa «villa» de las afueras, donde vive con su esposa el joven conde del Rivero, hijo del célebre fundador de El Diario de la Marina.
Como el Ayuntamiento ha reservado para mí las mejores habitaciones del Hotel Sevilla—el más caro de la ciudad—, mi amigo Conte se esfuerza por convencerme de que debo quedarme en ellas, volviendo al buque en las primeras horas de la mañana siguiente. Sería mal interpretado que prescindiese yo de usar dichas habitaciones después de haber sido declarado «huésped de honor».
A la una de la madrugada discutimos frente al hotel si debo ó no dormir en tierra. Siento un dolor insistente en una pierna, cierta torpeza muscular que hace cada vez más pesados sus movimientos. La necesidad de un pronto descanso me impulsa á admitir las objeciones de mi amigo, pero cuando entro en el hotel para acostarme, tropiezo con un compañero del Franconia.
Es un joven norteamericano, de buenas maneras, un bailarín incansable, que sale del dancing del hotel. En el buque se muestra sobrio; pero aquí, por seguir la rutina de muchos de sus compatriotas y para convencerse de que verdaderamente está en un país libre, se ha embriagado de un modo lastimoso. Me abraza como si viese á un hermano, intenta besarme, enternecido por el encuentro, y me dice que nosotros dos somos los únicos del Franconia que estamos en tierra. Todos los otros se fueron á media noche. El buque zarpará al amanecer, y no á las diez de la mañana como se había anunciado.
Corremos al puerto, solitario y silencioso á esta hora avanzada, y el amigo Conte consigue que una lancha del gobierno nos lleve hasta el Franconia, que tiene apagadas la mayor parte de sus luces y parece dormido... Si ocupo mi cama de honor en el hotel, termina mi viaje alrededor del mundo en la primera escala.
Cuando al día siguiente despierto, en mi camarote, el buque está navegando hace ya varias horas. Las costas de Cuba se han esfumado en el horizonte. Nos rodea el hermoso mar de las Antillas, en el cual logra descender la luz á grandes profundidades, dando una claridad dorada á las aguas azules.
Los viajeros, después de haber pasado un día en tierra, parecen encontrar nuevos atractivos á la vida marítima. En la última cubierta juegan grupos de señoritas vestidas de blanco y raqueta en mano, interrumpiendo con risotadas los incidentes de su deporte. Otras empujan discos de madera con una pala, á través de rectángulos trazados con tiza en el suelo. Más allá arrojan anillas de cuerda para que se introduzcan en un espigón, ó pelotas enormes que deben entrar por una manga de red. El suelo se estremece con los galopes de esta juventud de faldas cortas con menudos pliegues, perseguida por otra juventud que usa camisa de cuello abierto y pantalones de franela.
Las señoras hablan del próximo baile de máscaras, el primero de la travesía, que va á ser entre la Habana y Panamá. Cada una guarda el secreto de los disfraces ocultos en sus maletas.
Antes de empezar nuestro viaje, los expertos que lo dirigen, para evitar errores y olvidos, nos han dado una lista de lo que debemos llevar con nosotros, y en ella figuran como artículos indispensables un traje de baño para la gran piscina y varios disfraces para los bailes de máscaras. Esto último es tan importante como dos pares de gafas negras de recambio para los países ardientes que vamos á visitar. Con dos disfraces hay bastante por el momento. Al llegar á los países del Extremo Oriente todos comprarán vestimentas japonesas, chinas ó indostánicas, y los últimos bailes van á ser los más ostentosos y originales.
Entre estas gentes simpáticas, de trato llano, propensas á la risa, y que no necesitan para alegrarse de grandes complicaciones, las hay dispuestas á disfrazarse á todas horas para regocijo de sus compañeros. El día antes de la llegada á Cuba ha sido domingo. En las ciudades de los Estados Unidos el domingo es el día en que se venden más periódicos. Los grandes diarios publican ediciones extraordinarias, de ochenta ó cien páginas, con novelas completas y resúmenes de todas las materias que pueden interesar á cada lector. Desde el amanecer, los vendedores vocean en las calles la enorme edición dominical.
También en el primer domingo, á bordo del Franconia, una voz ronca empieza á gritar por los corredores los títulos de varias publicaciones célebres de Nueva York, como si estuviésemos aún en la metrópoli americana. Las gentes se asoman en traje de dormir á las puertas de sus camarotes. El vendedor callejero es un gentleman casi de dos metros de estatura, un millonario procedente de los Estados del Sur, al que llaman todos «coronel» por tener este grado en la milicia cívica de su ciudad.
Se ha disfrazado de pilluelo y ofrece gravemente periódicos viejos á todos los que se asoman á las puertas. Los más celebran con una risa, que puede llamarse americana por lo espontánea y pronta, esta excentricidad del personaje. Uno de sus compatriotas permanece serio y le mira con extrañeza, no pudiendo comprender tal conducta.
—Si no se ríe usted un poco, voy á llorar de pena—dice el falso vendedor de periódicos.
Y tan cómico resulta el gesto con que el hombretón inicia su llanto infantil, que el otro se ve obligado á reir como los demás.
Yo no podré presenciar el primer baile de máscaras del Franconia. En varios días no veré otra cosa que las paredes de mi camarote.
A las pocas horas de alejarnos de la Habana he quedado clavado en mi lecho por una parálisis de la pierna izquierda. El médico de á bordo declara que es una ciática, tal vez á consecuencia de la atmósfera húmeda del mar. Luego pensamos los dos que bien puede ser por una imprudencia en el aireamiento de mi habitación.
El Franconia no tiene ventiladores á uso antiguo, con hélices de molesto y tenaz abejorreo. Cada camarote posee dos pequeñas esferas de bronce, metidas en alvéolos del mismo metal. Estos ojos dorados, cuando tienen el agujero de su negra pupila hacia adentro é invisible, permanecen inactivos. Pero basta volverlos, para que de ambos orificios surja una manga silenciosa y fría que cambia el ambiente del camarote con sus pequeños huracanes. Durante el anclaje en los puertos, los mosquitos de agua muerta que se introducen por los ventanos se ven obligados á retroceder, volviéndose con rabiosos zumbidos por donde vinieron. Los dos chorros mudos los voltean con su ímpetu, lo mismo que un aeroplano pillado por una tormenta, y les hacen huir finalmente al otro lado de la pared del buque.
He pasado una noche entera con ambos ventiladores enfilados hacia mi cama. La proximidad del calor de Cuba me hizo emplear este refrescamiento imprudente. Mientras dormía, las dos mangas de helado viento, que hacen funciones de mosquitero, cayeron horas y horas sobre el lugar de mi cuerpo donde ahora siento el llamado nudo ciático.
—Tiene usted para algunos días—dice el médico inglés, moviendo la cabeza—. Habrá que emplear los rayos violeta... No intente moverse.
¡Bien empieza el viaje alrededor del mundo!
Dos escalinatas de agua y una meseta lacustre.—Las fuerzas eléctricas del canal de Panamá.—La zona norteamericana y su guarnición.—El lago de Gatún y el Paso de Culebra.—La enorme afluencia de buques.—Cómo los norteamericanos «perdieron el tiempo» antes de reanudar las obras.—El buen negocio del canal.—La prontitud de su limpieza.—Los bosques de sus orillas.—Panamá la Verde.
Después de tres días de continua navegación, aminora su marcha el Franconia, y yo, con doloroso esfuerzo, consigo ir hasta un ventano de mi camarote.
Una orilla verde avanza por el costado del buque, cada vez más cercana, y adivino que otra semejante debo ir angostándose por el lado opuesto, como la boca de un embudo. Vamos á ver una de las obras más prodigiosas realizadas por la mano del hombre; vamos á entrar en el canal de Panamá.
Reanuda su marcha el vapor, lentamente, y pasamos de la navegación entre orillas de tierra y árboles al deslizamiento junto á fuertes malecones de mampostería, con varias casas de máquinas. Cables eléctricos de enorme potencia se apoyan en los brazos en cruz de una sucesión de columnas de cemento, que por su robustez recuerdan los pilares de la arquitectura egipcia. Esta fuerza va á hacernos atravesar la zanja acuática que corta todo un continente, pasando nuestro buque del segundo mar de la tierra al más grande de todos.
Puede describirse concisamente el canal de Panamá diciendo que es una escalinata acuática. Resulta más interesante y complicado que el monótono canal de Suez. Además, sus orillas tienen la lujuriante vegetación del Trópico, y las selvas panameñas, eternamente frescas, son algo más atractivas que los polvorientos arenales de Egipto.
Para pasar del Atlántico al Pacífico ó hacer el mismo trayecto en sentido inverso, los buques tienen que subir una escalinata de esclusas, navegar por un lago alto, que es como una meseta, y volver á descender por la escalinata del lado opuesto.
Al llegar por el Atlántico encontramos el antiguo puerto de Colón, importante cuando no existía el canal. Aquí desembarcaban los viajeros, y tomando un ferrocarril á través del istmo, iban en unas cuantas horas á la ciudad de Panamá, para volver á embarcarse en el Pacífico. Ahora pasamos de largo ante Colón, como la mayoría de los buques, y el antiguo ferrocarril ha perdido también su importancia interoceánica, descendiendo á ser una simple vía interior, que sólo utilizan los del país.
El Franconia va á subir la escalinata del lado del Atlántico, ó sea las esclusas de Gatún. Estas esclusas están superpuestas en tres tramos, y además son dobles para que puedan ir ascendiendo dos buques á un mismo tiempo.
Cuando el nuestro se introduce en la primera esclusa penetra en la otra gemela un vapor más pequeño con rumbo á Nueva Zelandia. Los pasajeros de ambos barcos, que van á seguir tan opuestas direcciones cuando lleguen al Pacífico, se hablan sin esfuerzo alguno de cubierta á cubierta, pues sólo están separados por unos cuantos metros.
El funcionamiento de las esclusas es maravilloso por su rapidez; tiene la velocidad casi instantánea de las mutaciones escénicas; los buques ascienden, como los personajes de teatro, por un escotillón. Sube el nivel del agua vertiginosamente en las cerradas balsas cuadrangulares, y los dos buques se elevan sobre la superficie marítima en la que flotaban poco antes. Su ascensión aumenta al pasar al segundo rellano acuático, luego al tercero, quedando finalmente á unos veinticinco metros sobre el nivel del mar.
Estas esclusas tienen más de 300 metros de longitud, 33 de ancho y 21 de profundidad, dimensiones que permiten ampliamente el paso de los navíos más enormes construídos hasta el presente. Unas locomóviles eléctricas tiran de los buques desde la ribera y los guían á través de las esclusas. Como éstas se hallan superpuestas formando tres rellanos, los pequeños demonios eléctricos corren por los taludes desafiando las leyes de la gravedad, saltan, se agarran al suelo como insectos, trepan casi verticalmente para pasar de un plano á otro.
Nada de humo ni de mugidos de vapor. Se adivina en torno la presencia de una fuerza silenciosa é irresistible, semejante á las energías que laten ocultas en la corteza terrestre. El manojo de cables que corre á un lado y á otro del canal guarda y regula las energías producidas por enormes fábricas de flúido eléctrico.
Vemos en las orillas estos edificios y otras construcciones destinadas á las necesidades del continuo tránsito: depósitos de carbón y de petróleo, atarazanas, talleres de fundición y de reparaciones, depósitos de útiles marítimos, almacenes frigoríficos, mataderos, fábricas de hielo, enormes lavanderías. Algunos grupos de edificios están cerca de los muelles de acero y hormigón; otros se alzan tierra adentro, medio ocultos por los bosques de cocoteros y palmeras. Los buques que cruzan el canal pueden ser reparados antes de lanzarse á uno de los dos Océanos y proveerse igualmente de toda clase de abastecimientos.
En los sitios tenidos por estratégicos hay aglomeraciones de casas de madera con extensas galerías, sobre cuyas techumbres flota la bandera de los Estados Unidos. Son cuarteles-pueblos, donde viven los militares norteamericanos y sus familias, con todas las comodidades y amplitudes que da la gran República á sus defensores, además de pagarlos espléndidamente.
Ocho mil hombres guarnecen el canal, y durante la última guerra llegaron á ser trece mil. Las baterías invisibles que defienden sus dos bocas están artilladas con las piezas más enormes conocidas hasta el presente. Las tropas acuarteladas en las dos orillas no salen nunca de la zona que pertenece á los Estados Unidos, cinco millas por cada lado. La pequeña República de Panamá lleva una existencia independiente y digna, sin sufrir intrusiones ni arrogancias de las autoridades americanas del canal. Éstas se limitan á vigilar y guardar este paso interoceánico tan precioso para la seguridad de su propio país y jamás saltan los límites territoriales que marcó un tratado. Muy al contrario de lo que creen muchos, tal vecindad resulta provechosa á los panameños, pues algo gana el pobre cuando tiene intereses comunes con un rico, y el continuo trato de ellos con los americanos influye visiblemente en la cultura y el progreso de la nación.
Después de las tres esclusas de Gatún, el Franconia entra en el lago de este nombre. El famoso río Chagres, que tanto utilizaron los españoles durante tres siglos, cuando pasaban el istmo para ir al Perú y á Chile, ha sido embalsado por los constructores del canal, deteniendo sus aguas para hacer más alto el nivel del lago y dar mayor profundidad á su navegación. Dicho lago se extiende con más ó menos amplitud 38 kilómetros, hasta llegar á Gamboa, siendo la parte del canal que menos esfuerzos ha costado. En ella, más que excavar, lo necesario fué inundar las tierras.
Es en Gamboa donde empieza la obra más difícil y terrible, el corte de la cordillera, columna vertebral del istmo, el famoso Paso de Culebra, donde tantos hombres perecieron. Este desfiladero acuático se extiende hasta las esclusas llamadas de Pedro Miguel, por el nombre de un pueblo cercano, y aquí termina la meseta y empieza la escalinata del lado opuesto. Nuestra nave descenderá allí un tramo, ó sea las esclusas de Pedro Miguel, bajando al lago de Miraflores, que está todavía á 16 metros sobre el mar. Al final de este lago las esclusas de Miraflores lo harán descender al nivel del Pacífico, y navegando 13 kilómetros en una vía sin obstáculos, pasará por la moderna ciudad de Balboa, donde los norteamericanos tienen establecidos los centros más importantes del canal, y por la antigua ciudad de Panamá, cortando al fin con su proa las aguas del más grande de los Océanos, después de una travesía que sólo dura unas ocho horas.
Están reglamentadas tan minuciosamente las funciones necesarias para el paso de los buques, sin un movimiento inútil, sin desperdiciar un minuto, que el tráfico resulta incesante en esta avenida interoceánica. Cuando la flota de guerra de los Estados Unidos—única que rivaliza con la de Inglaterra—pasó hace poco tiempo el canal de Panamá, bastaron veinticuatro horas para que docenas de enormes acorazados, con su acompañamiento de cruceros y torpederos, se trasladasen del Atlántico al Pacífico, viaje que antes les costaba semanas y semanas de navegación, dando la vuelta á toda la América del Sur por el cabo de Hornos.
Avanzamos con lentitud, pero continuamente, por esta zanja enorme de agua dulce tendida como un guión entre los dos Océanos. Formamos parte de la doble fila de buques que va y viene por ambas orillas, como los carruajes marchan al paso por una calle, rozando las dos aceras. Los nombres de estos buques, su procedencia y su destino, indican la importancia y la necesidad de una obra que ha cambiado la geografía y el comercio del mundo. Vapores tan grandes como el nuestro van directamente de Londres ó de Nueva York á las repúblicas de lengua española que florecen en las orillas del Pacífico y antes sólo podían estar en contacto con el resto de la tierra valiéndose del rodeo enorme por el estrecho de Magallanes ó del penoso transbordo en el istmo de Panamá, todavía intacto.
Las grandes islas oceánicas han tomado igualmente esta ruta que las aproxima á Europa. Vemos pasar, cerca de nosotros, buques que vienen de Nueva Zelandia, de Australia ó de los archipiélagos esporádicos de la Oceanía. El Callao y Valparaíso, gracias á este canal, han perdido varios días de distancia entre ellos y los puertos del viejo mundo.
Al ver los cortes que los hombres tuvieron que abrir en la montaña para dar paso á las aguas, resurgen en mi memoria los incidentes dramáticos de la construcción del canal. Todos saben la historia de esta gran empresa dirigida por Lesseps, el cual quiso repetir en el istmo americano su gloriosa obra de Suez. Pero aquí la hazaña geográfica se convirtió en escandaloso negocio. El «gran francés», agotado mentalmente á causa de sus muchos años, fué conducido á la deshonra por financieros sin conciencia, y el nombre de Panamá quedó como sinónimo de estafa colosal, de corrupción de los poderes públicos. Tal empresa, que sirvió de pretexto en París para negocios delictuosos, realizó aquí obras importantes que aprovecharon luego los americanos, aunque muchas de ellas habían sido ejecutadas con imprevisión notoria y con desprecio de la vida del hombre.
Existe en la ciudad de Panamá un monumento á la gloria de Lesseps y varios sabios franceses que fueron sus precursores ó colaboradores en este proyecto; entre ellos los marinos Bonaparte Wyse y Reclús, hermano del célebre geógrafo. Pero al mismo tiempo se acuerdan los panameños de la manera imprudente y mortífera con que los ingenieros franceses empezaron la realización de sus obras. Con una vehemencia que algunos llamarían «latina», sólo pensaron en el trabajo, olvidando las precauciones necesarias para asegurar su continuación.
El material humano era abundante y fácil de renovar. Atraídos por los jornales enormes, llegaron cavadores de todas partes, amontonándose en campamentos recién formados sobre terrenos vírgenes, donde sólo el natural del país puede vivir, por una larga aclimatación. De estos extranjeros venidos para trabajar muchos fueron españoles: el excedente de la emigración á las vecinas Repúblicas hispano-americanas.
Cuanto más grande fué la aglomeración de obreros, más enorme resultó la mortandad. Hoy, al recordar aquella época, se mencionan cifras de víctimas que parecen fantásticas. El vómito negro y otras enfermedades tropicales se cebaron en este amontonamiento humano. El corte de la espina dorsal del istmo podría rellenarse, según afirman algunos, con los cadáveres que costaron los primeros intentos de dicha obra. El Paso de Culebra adquirió una celebridad terrorífica en todo el mundo.
Al fin, los trabajos iniciados por la compañía francesa en 1882 se paralizaron á causa de su quiebra escandalosa. En 1904 los norteamericanos aceptaron la empresa de abrir el canal, adquiriendo con extraordinaria baratura los materiales traídos por sus antecesores. Todavía he visto yo en el Paso de Culebra poderosas dragas que son de la época francesa.
En lo último que pensaron los norteamericanos fué en abrir el canal. Consideraron más urgente estudiar el medio de que los hombres trabajasen con seguridad, cambiando las condiciones higiénicas del terreno. Se dedicaron, como en Cuba, á la destrucción del mosquito transmisor de la llamada fiebre amarilla. Luego—y esto fué lo más importante—realizaron obras enormes para purificar las aguas destinadas al consumo humano y sus trabajadores no tuvieran que beber el líquido tóxico de charcas y arroyos, como en la época anterior. Sólo después de «perder su tiempo» en estos preparativos minuciosos, el gobierno de los Estados Unidos emprendió la obra, consiguiendo terminarla en un plazo relativamente breve y sin pérdida notoria de gente.
Necesitó dos años de preparación nada más y ocho de trabajo para realizar esta empresa de interés universal. En los primeros días de Agosto de 1914 pudo ya abrirse al comercio del mundo esta vía que iba á cambiar sus derroteros. Pero en aquella fecha acababa de estallar la guerra europea y nadie fijó su atención en tal acontecimiento, que cada vez será más famoso, con el curso de los siglos, en la historia del progreso humano. Muchos combates célebres de la última guerra quedarán olvidados, como tantas y tantas batallas de la antigüedad, mientras que las relaciones entre los hombres futuros y su vida política girarán en torno á este canal que ha partido el nuevo mundo, atrayendo con sus dos bocas el movimiento de todos los pueblos de la tierra.
El éxito financiero de esta obra, que en realidad sólo tiene cuatro años de existencia—fué inaugurada oficialmente el 12 de Julio de 1920—, es la más clara demostración de su importancia. No es una compañía comercial de los Estados Unidos la que costeó las obras; fué el gobierno establecido en Wáshington.
Como el canal tenía una importancia política y de seguridad para la República de la Unión, su gobierno se lanzó á realizar la obra, sin ocurrírsele ni por un momento ver en tal empresa un éxito económico. Nunca creyó en posibles ganancias. Lo único que le interesaba, costase lo que costase, era poder trasladar rápidamente su flota de un Océano á otro y poner en contacto marítimo los Estados atlánticos del Este, donde se concentra la vida nacional, con los Estados del Pacífico, que aún se hallan en el desarrollo de la adolescencia.
Pero á los ricos todo les resulta negocio. El gobierno de Wáshington invirtió en el canal aproximadamente 350 millones de dólares, y á partir de su inauguración vió con asombro que acudían, pidiendo paso, buques de todos los pueblos de la tierra. Hoy, á los cuatro años de existencia, le produce 2 millones de dólares mensualmente, 24 millones de dólares al año, lo que da un interés muy respetable al capital que empleó con un fin puramente defensivo y sin espera de ganancia.
Todo buque tributa al paso un dólar por tonelada. El Franconia, para llevarnos del Atlántico al Pacífico, ha tenido que pagar 20.000 dólares por un viaje de unas cuantas horas, y creo que con otros gastos accesorios la suma llegó á 25.000.
A pesar del enorme peaje, la afluencia naval es cada vez más densa. Los norteamericanos, que lo conciben todo en grande, con el pensamiento puesto en las necesidades del porvenir, se equivocaron, quedándose cortos al calcular las dimensiones del canal. Éste empieza á resultar de una modestia inadmisible para un pueblo que ama la vida amplia y los movimientos desembarazados y fáciles. Pronto se reanudarán las obras para dar más anchura á las esclusas y los pasos angostos, y en vez de dos filas de buques se deslizarán al mismo tiempo cuatro, doblándose el movimiento de la avenida interoceánica.
En los cortes de la montaña son continuos los desprendimientos de una tierra roja y compacta, que parece piedra adormecida en mitad de su solidificación. Los desprendimientos se repiten con frecuencia, y así seguirá ocurriendo hasta que los taludes de las orillas adquieran la estabilidad de las obras viejas. Pero los batallones de trabajadores negros, mandados por ingenieros y contramaestres blancos, que forman la policía del canal, velan día y noche, montados en locomotoras y dragas, para acudir inmediatamente á barrer los residuos del desprendimiento.
Nos anuncian en mitad del lago de Gatún que el tránsito del canal va á retardarse para nosotros unas cuantas horas. Acaba de ocurrir un desprendimiento en el Paso de Culebra, y un buque del calado del Franconia no puede seguir adelante sin que el dragado ahueque el fondo del estrecho.
Nos sentamos á almorzar, resignados á una larga espera en este lago, que resulta agradable gracias al fresco vientecillo que levanta el buque al desplazarse, pero cuyas aguas parecen arder cuando aquél se detiene y vuelve á restablecerse la calma bochornosa del Trópico.
Atraídos por la novedad del viaje marítimo entre bosques y montañas, he salido de mi camarote apoyado en un bastón, y arrastro la paralítica pierna por salones y cubiertas, huyendo de los espacios faltos de techo que reciben la caricia cáustica del sol. Nos divierte ver cómo asoman su lomo mal esculpido los caimanes del lago. Varios aviones de la guarnición americana del canal pasan tan bajos junto al buque, que podemos ver cómo sus tripulantes responden por señas á nuestros saludos... Una hora después vuelve á reanudar su marcha el Franconia. Todo está reparado, y pasamos lentamente entre dos filas de dragas enormes, que acaban de limpiar el fondo con la rapidez del que ejecuta un trabajo habitual.
Seguimos la navegación entre altas riberas cubiertas de bosques. El filo de estas orillas es muchas veces superior al piso más alto del buque. Corren por ellas numerosas bandas de negras, monstruosamente gordas, con nariz aplastada y ojos de impúdico fuego. Llevan banastas sobre sus cabezas con pirámides de cocos frescos y racimos de plátanos. Como el vapor avanza lentamente, ellas lo siguen al trote y nos arrojan sus frutos, gritándonos al mismo tiempo en un inglés de negro: «¡Money!... ¡money!»
Por la orilla baja, de espesa vegetación, siguiendo un sendero que abrieron junto al agua sus pies descalzos, corren enjambres de negritos, cabezudos, con las negras lanas cortadas en forma de solideo, la panza enorme al aire, un saliente de carne en el lugar del ombligo y otro mayor que tiembla más abajo al compás del trote.
Todo este mundo de ébano y marfil, que salta y grita, mostrando sus luminosas dentaduras, vive en chozas cónicas de paja, cuyos remates asoman sobre el apretado ramaje de la selva.
No son del país. La gente de Panamá nunca ha tenido la tez tan obscura. Son familias de Jamaica cuyos varones están contratados en los trabajos del canal.
¿Cómo describir con palabras la exuberancia de este paisaje eternamente verde?... Su colorido resulta monótono porque se desarrolla siempre dentro del mismo tono, y sin embargo sus variedades son infinitas.
Hay otros países donde parece que todo queda dicho con anotar que su color es verde. En Panamá, esta palabra resulta pobre, inexpresiva, débil. Hay que repetir sin cansarse: verde, verde, verde, verde...
La tierra, roja ó del mismo color negruzco que la piel del elefante ó el tronco de la higuera, apenas si se deja ver como los filamentos de una red entre masas de vegetación de eterna frescura.
Nunca creí que un mismo color pudiera descomponerse en tantas gradaciones. Veo el verde amarillento y charolado de las hojas de los plátanos; el verde obscuro y metálico de otros árboles y arbustos. Hay verde de óxido, verde luminoso de piedra preciosa, verde suave de mar adormecido, verde dorado, como debió ser el de ondinas y sirenas.
Unas flores rojas, enormes, como estrellas incandescentes, abren sus puntas en el misterio de las profundidades verdes. ¿Quién podría decirme su nombre?...
De las marañas de la selva brotan tropeles de mariposas. Revolotean formando nubes sobre el buque, se cuelan por todas partes como enjambres de moscas, se dejan aprisionar con la torpeza de la inocencia.
Loros y monos hacen estremecerse las ramas de los árboles, siguiendo con saltos invisibles la lenta marcha del buque á través de los bosques.