El novelesco Balboa.—Su descubrimiento del Mar del Sur.—El primer europeo que se embarcó en el Pacífico.—Mortandad de colonizadores al pasar el istmo de Panamá.—El primitivo proyecto del canal ideado por los españoles.—El saqueo de Panamá la Vieja por los piratas.—Me bajan en andas para visitar la ciudad.—El presidente Porras y la juventud intelectual.—Las escuelas de Panamá.—Versos en la noche.—De una acera á otra.

El primer descubridor de las costas atlánticas de Panamá fué Rodrigo de Bastidas, un escribano de Sevilla que abandonando sus legajos se dedicó á navegante. Fué tal el entusiasmo aventurero en España después del primer viaje de Colón y los Pinzones, que, según dijo un escritor de aquella época, «hasta los sastres quisieron meterse á descubridores».

Colón navegó después frente á las mismas costas. Empezaba á dudar que las tierras encontradas por él fuesen las de Cipango y Catay (el Japón y la China), y buscaba un estrecho, un callejón marítimo que le permitiese pasar al otro lado, donde presentía un nuevo mar y el Asia tan buscada. Con este objeto tanteó la costa, esperando dar con un canal que sólo debía existir cuatro siglos después, y hecho por industria humana.

Sucesivas expediciones de españoles se establecieron en esta tierra, fundando Santa María la Antigua de Darién, Nombre de Dios, Portobelo y otras poblaciones famosas en la historia de la colonización. Uno de los héroes más extraordinarios de tal epopeya geográfica surge en Panamá, Vasco Núñez de Balboa, personaje de novelesca vida, superior á Cortés y á Pizarro, pero que tuvo la desgracia de morir joven, sin encontrar las riquezas que éstos en sus descubrimientos. Mas á pesar de su corta existencia, sirvió al progreso humano mejor que los conquistadores de Méjico y del Perú, encontrando el llamado Mar del Sur, que años después bautizó Magallanes con el impropio nombre de Pacífico.

Las altas y fragosas montañas del istmo me hacen recordar los episodios del descubrimiento de Balboa. Con ciento noventa españoles y algunos indios, salió en Septiembre de 1513 de la ciudad de Darién para convencerse de si era cierta la existencia de un mar en la otra vertiente de la cordillera. Tan difícil era la marcha á través de ríos y bosques, que para hacer diez leguas necesitaba cuatro días. Tuvieron que reñir, además, con las tribus belicosas del istmo, que usaban «flechas de hierba», ó sea envenenadas.

Un cacique amigo afirmó á Balboa la existencia del misterioso mar, señalándole una montaña lejana desde cuya cumbre podría verlo. Otros indios le dieron prendas de oro, muy bien trabajadas, traídas de los países del gran mar que iba buscando, y añadieron que en este mar había grandes barcos con velas, parecidos á los de los españoles. Se referían indudablemente al Perú, y es posible que de no ser decapitado, años después, Balboa, por su rival el gobernador Pedrarias, habría continuado sus exploraciones por el Pacífico, descubriendo el Imperio de los Incas, en vez de Pizarro, que vivía á sus órdenes como obscuro lugarteniente.

Cuando la partida de españoles, batallando con los indígenas, llegó á la cumbre de la citada montaña, veintiséis días después de haber salido de Darién, todos pudieron ver la inmensidad del mar deseado. El sacerdote Andrés Varas, capellán de la expedición, entonó un Te Deum, que sus compañeros oyeron de rodillas. Después colocaron en aquel paraje una cruz, hecha con dos troncos de árbol, sobre un montón de piedras.

Para bajar hasta las playas del nuevo Océano tuvieron que reñir nuevos combates con las tribus de esta vertiente. Un destacamento enviado por Balboa á explorar el país llegó antes que él á la costa, y su jefe, llamado Alonso Martín, se apresuró á embarcarse en una canoa de indios, haciéndose dar por sus hombres un testimonio de que era el primer europeo que navegaba en estas aguas, llamadas por unos Mar del Sur y por otros Mar Grande. Luego envió aviso á Balboa para que siguiese el mismo camino hasta la costa.

Los hombres de la expedición, entusiasmados por el descubrimiento de este Océano misterioso, bebieron en sus manos el agua cargada de sal. Balboa, cubierto con su armadura, la espada en una mano y en la otra un estandarte que tenía pintada la imagen de la Virgen, entró en él hasta las rodillas y tomó posesión de su inmensidad en nombre de los soberanos de Castilla.

Fué durante muchos años la travesía del istmo un trayecto en extremo penoso que debían arrostrar inevitablemente los que iban de España á las Indias del Pacífico. La fama de las grandes riquezas del Perú hizo pasar por Panamá la corriente humana más numerosa de la conquista, y tales eran las dificultades del camino, que en menos de medio siglo sucumbieron 40.000 españoles, sin que tan gran mortandad desalentase á los aventureros. Al desembarcar en la costa atlántica remontaban sobre lentas barcazas el río Chagres hasta Cruces, y luego seguían un penoso camino por las montañas para llegar á la ciudad de Panamá. Otros marchaban por la vía de Portobelo, que era no menos peligrosa.

Tan enormes penalidades en el cruzamiento del istmo atrajeron la atención de inteligentes españoles de aquella época, haciéndoles trazar proyectos para un nuevo paso interoceánico, que fueron presentados á la corte de España. En estos proyectos, la apertura del istmo de Panamá era casi igual á la forma que tiene actualmente. Aprovechaban el curso del río Chagres, cortando luego la cordillera en los mismos sitios escogidos por los ingenieros modernos. Los estudios de los españoles á principios del siglo XVI han servido indudablemente de base á los que acometieron la obra á fines del siglo XIX.

La España de aquella época, abrumada por una grandeza fatal, teniendo que atender al gobierno de medio mundo, no podía acometer una obra tan gigantesca, solamente posible con el auxilio de los progresos industriales de nuestro tiempo. Pero escritores de entonces, como Gomara y otros tratadistas de América, la creyeron factible, afirmando jactanciosamente que un rey de España tenía riquezas y poder de sobra para atreverse á empresas todavía más difíciles. En aquellos años de continuos descubrimientos y maravillosas conquistas, que vieron á muchos soldados obscuros apoderarse de reinos enormes, todo parecía hacedero.

Durante tres siglos de dominación española, la rica ciudad de Panamá fué el centro distribuidor de lo que hoy se llama América del Sur. Las flotas de España desembarcaban sus cargamentos en Portobelo, y á través del istmo pasaban éstos á Panamá, residencia de los altos empleados de la Hacienda española. De Panamá salían expediciones para el Perú, alto y bajo; para Chile; para Tucumán y Córdoba, en lo que es hoy República Argentina y las expediciones de vuelta desde los citados países á la metrópoli seguían el mismo camino.

Tanta era la importancia de la ciudad de Panamá, que los piratas ingleses y franceses, guarecidos en el mar de las Antillas para robar las posesiones españolas, hicieron una expedición contra ella, capitaneados por Morgan, famoso bandido del mar, al que ennobleció luego Inglaterra. En aquellos siglos la política inglesa no fué un modelo de lealtad. Los reyes de Londres ajustaron repetidas veces tratados de paz con los reyes de Madrid, y al mismo tiempo dejaban que muchos aventureros de su país se dedicasen á la profesión de piratas, saqueando las ciudades españolas de América, indefensas ó descuidadas. Y si no caían prisioneros y eran ahorcados, les daba títulos nobiliarios y puestos públicos al volver á Inglaterra cargados de riquezas.

A cierta distancia de la ciudad de Panamá existen las ruinas de la vieja Panamá, robada é incendiada por los filibusteros que pasaron el istmo, dirigidos por Morgan. Estas ruinas ofrecen hoy un aspecto interesante, pues las ha embellecido la extraordinaria vegetación del Trópico, cubriéndolas en parte con su follaje. Las más de las casas del antiguo Panamá eran de madera, y desaparecieron completamente; pero la catedral y los edificios del gobierno, por ser de mampostería, sobrevivieron al incendio. Entre las murallas todavía en pie de los caserones que en otros siglos guardaron las remesas de oro del Perú y de Chile, en espera de la flota real, han crecido ramajes gigantescos, como sólo pueden verse en estas tierras. La torre de la catedral, tapizada de plantas trepadoras, recuerda las eternas ruinas que sirvieron de escenario á tantos episodios de la literatura romántica.

He visto los restos de Panamá la Vieja á la hora más favorable para estas visitas. Acababa de cerrar la noche. Árboles enormes extendían sus masas, como borrones de tinta, sobre la lámina celeste acribillada de puntos de luz. Los faros de nuestro automóvil subieron y bajaron, abarcando en sus mangas luminosas los restos de la antigua ciudad española. Así vimos surgir del misterio de la noche, con un resplandor purpúreo de incendio, el campanario de la derruída catedral y las murallas todavía en pie de las casas del gobierno. Antes había visto á la luz del sol la actual ciudad de Panamá, la que fundaron los españoles en sitio más favorable para la defensa, después del saqueo de los piratas, y que es hoy capital de la joven República que lleva su nombre.

En las primeras horas de la tarde se detiene el Franconia en las esclusas de Pedro Miguel. Los pasajeros van á descender aquí para visitar la ciudad y las poblaciones recientemente creadas en la zona interoceánica.

Horas antes ha subido al buque un joven colombiano que es intérprete español de las oficinas del canal. Las autoridades norteamericanas tienen expertos en todos los idiomas del mundo civilizado, y los envían á los buques que pasan, para comodidad de capitanes y pasajeros. Este intérprete viene á saludarme en nombre del gobernador americano del canal, y con él llegan otros empleados nacidos en los Estados Unidos, pero aficionados á la lectura de libros en español, que desean conocerme personalmente. Me dicen que en las esclusas van á recibirme una comisión enviada por el gobierno de Panamá y un grupo numeroso de españoles. Además, el presidente de la República me espera en su palacio á la hora del té.

Escucho estas noticias medio tendido en un sillón de cubierta. ¡Cómo moverme, con una pierna que no obedece á mi voluntad!... Pero en Pedro Miguel, donde empiezan á descender los pasajeros del Franconia, veo muchos señores que me aguardan y también á lo lejos, en la tierra firme, varios automóviles adornados con banderas de España y de Panamá. Pienso que tal vez no podré volver nunca á esta tierra, tan hermosa por su vegetación, tan interesante por sus recuerdos históricos, y sentiré remordimiento de no haberla visitado á causa de una enfermedad olvidada ya entonces.

Miro mi pierna como á un enemigo que necesito vencer. Debo bajar á tierra, como los otros pasajeros, que no pueden sentir por Panamá el mismo interés que yo. Desciendo del buque en andas, lo mismo que una imagen de procesión, sentado en una silla de junco sostenida por dos gruesos bambús. Estos bambús los apoyan en sus hombros cuatro camareros ingleses. Así me llevan por las pasarelas de las esclusas hasta los automóviles embanderados.

Emprendemos la marcha, formando una larga comitiva de vehículos, y la novedad y variedad de las impresiones que voy recibiendo me hacen olvidar mis torturas físicas. Los caminos de Panamá se hallan tan bien cuidados, que puede correrse por ellos como en una avenida asfaltada. Pasamos por barrios que habitan los negros empleados en el canal. Sus casas son á modo de grandes jaulas. Tienen enormes aberturas para su refrescamiento por medio del aire, con cierres de tela metálica que las defienden de los insectos.

Dentro de la capital llama inmediatamente mi atención la limpieza y regularidad de su pavimento. Es de ladrillos rojos puestos de canto, duros como la piedra, cristalizados, sin que un tránsito continuo cause en ellos desgastes visibles.

Panamá guarda un aspecto de antigua colonia española, pero elegante, aristocrático. Fué una ciudad de ricos comerciantes, con sucursales en Lima y otros mercados de la América del Sur; de oidores y altos empleados de la Península. Los edificios algo antiguos tienen balcones de madera de gran vuelo, que son á modo de salones adosados á las casas, pues en ellos pasaban las señoras la mayor parte del día y recibían sus visitas. La catedral hace recordar los templos andaluces. La antigua muralla, empleada como paseo en su parte alta, atestigua que Panamá tiene varios siglos y una historia propia.

El palacio del presidente de la República es pequeño, pero está situado frente á uno de los puntos de vista más hermosos que puede ofrecer el Pacífico. Su construcción ofrece una mezcla interesante. Tiene algo de árabe, como recuerdo de la madre España, y mucho de un estilo que pudiera llamarse panameño. El patio central del edificio brilla con suave resplandor, semejante á la luz nacarada de los bajos fondos del Océano en las horas meridianas, cuando la luz solar desciende verticalmente. Columnas, arcos y muros están hechos de pequeños fragmentos de concha-perla. No hay que olvidar que el famoso Archipiélago de las Perlas, tan mencionado en la historia de América, está á pocos kilómetros de aquí, en el golfo que tiende su curva ante el palacio, y cuyas aguas azules cortan el arco de su puerta.

En el centro del patio hay una fuente también de nácar, y en ella varias muestras de la fauna nacional. Sumidas en el agua veo algunas tortugas, de las que dan la fina concha llamada carey. Dos garzas domesticadas permanecen inmóviles y pensativas en el borde del tazón, como dos ibis empequeñecidos.

Me recibe el Presidente con una cortesía familiar y aseñorada al mismo tiempo. Es el doctor Belisario Porras, hombre de gran experiencia política, que ha escrito además con galanura estudios interesantes sobre la historia moderna de su país. Me anima cariñosamente á subir al último piso, desde cuya terraza se goza una vista muy interesante de la ciudad y el golfo. En los frescos salones inmediatos á dicha terraza es donde se reunen las señoras á la hora del té, en esta tierra tropical. Me ofrece su brazo y poco á poco voy realizando la penosa ascensión.

Encuentro arriba elegantes damas norteamericanas, esposas ó hijas de los altos empleados del canal y de los jefes y oficiales de su guarnición. Mezcladas con ellas hay numerosas señoras de Panamá, que guardan en su hermosura y en la gracia de palabras y ademanes mucho del origen español de sus abuelas.

Desde esta altura me va explicando y señalando el Presidente todo lo notable que lleva hecho la joven República de Panamá, absteniéndose de recordar que es él quien ha tomado las más de tales iniciativas. Veo de lejos y á vista de pájaro lo que luego voy á contemplar de cerca, en un rápido viaje por los alrededores: el gran hospital, único en el mundo, destinado al estudio de las enfermedades tropicales; los diversos edificios dedicados á la enseñanza; el monumento á la gloria de Vasco Núñez de Balboa, que dentro de pocos meses va á ser inaugurado.

Se nota en Panamá un espíritu de imparcialidad histórica, de gratitud al pasado, que extiende su influencia hasta los extranjeros. El gobierno del país elevó espontáneamente este monumento al descubridor del Pacífico. Los norteamericanos, al crear en su zona una ciudad paralela á la de Panamá, la han dado el nombre de Balboa. Una de las plazas más hermosas de la capital se llama de España, y se alza en el centro de ella la estatua de Cervantes.

El presidente Porras, tal vez por ser escritor, tiene en torno de él, como colaboradores políticos, á muchos jóvenes dedicados á las Letras. Bajo su gobierno la instrucción pública se ha ido desarrollando con una rapidez y una amplitud como sólo pueden verse en los Estados Unidos.

Un catedrático, joven y de gran talento, Octavio Méndez Pereira, es el director de Instrucción pública, que secunda y ejecuta los planes educativos del Presidente. Voy conociendo á varios poetas jóvenes, de un sentimentalismo sincero y con una visión intelectual siempre clara y precisa, que desempeñan igualmente altos cargos públicos.

Apoyado en un bastón y arrastrando la pierna, me despido de la distinguida esposa del Presidente y las damas norteamericanas y panameñas que han venido para conocer al autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis y sólo han visto á una especie de inválido que no puede dar un paso sin pedir apoyo y hacer gestos de dolor.

Sentado otra vez en el automóvil, vuelvo á contemplar las cosas con el optimismo del que descansa unos momentos luego de haber sufrido enervantes dolores.

Fuera de la ciudad me interesa otra vez la flor enorme y roja, abierta como una estrella de fuego, que se destaca sobre el verde infinito de la vegetación. Pregunto cómo se llama á Méndez Pereira, y éste sonríe.

—No sé su nombre científico—dice vacilando—; pero aquí la gente del país la llama... «papo de la reina».

¡Yo que esperaba un nombre dulce y poético!... Luego pienso que el vulgo ha asociado siempre la idea de grandeza con la de majestad real, y por eso, al querer dar nombre á esta flor sanguínea y desmesuradamente abierta, sólo pudo pensar en... la flor de una reina.

Entrada ya la noche, mis compañeros de Letras, que son directores generales, subsecretarios de ministerio ó desempeñan otros altos empleos en esta pequeña y tranquila República, presidida por un escritor, me llevan á comer al club principal de la ciudad.

Este hermoso edificio tiene por un lado las antiguas murallas españolas y en su fachada opuesta los balconajes dan sobre el maravilloso espectáculo del golfo. La comida es suntuosa. La gente rica de Panamá sabe vivir bien por tradición, adoptando además los usos elegantes de los viajeros de todos los países que pasan por su canal.

A los postres, mis nuevos amigos me recitan sus versos, y lo que tal vez resultaría inoportuno y penoso en otros lugares, proporciona aquí un verdadero placer. Al otro lado de la floreada mesa y la baranda de la galería, extiende el Pacífico su obscura y murmurante superficie, poblada de luces de buques y de reflejos serpenteantes de astros. Y en esta penumbra, agitada por el aliento oceánico, que parece traernos la respiración de mundos que viven al otro lado de la tierra, suenan las voces de los poetas expresando sus melancolías amorosas ó su lealtad patriótica; el amor á la mujer pálida, de grandes ojos, aterciopelada y olorosa como la noche del Trópico; la fidelidad á la tierra natal, que cuanto más pequeña es, con más entusiasmo la defendemos.

Cerca de media noche vamos en busca del Franconia, que flota ya en las aguas del Pacífico, á la salida del canal. Corre el automóvil á través de parques públicos, exuberantes como selvas; atravesamos poblaciones limpias, ordenadas, de monótona regularidad, todas ellas con casitas entre jardines, iguales á las que existen en La Florida ó en California. Son los barrios de la ciudad de Balboa. En lo alto de una colina se destaca sobre el firmamento, ocultando con su masa obscura numerosas constelaciones, un edificio que parece interminable, el de las oficinas del gobierno del canal.

La ciudad de Panamá queda topográficamente dentro de las diez millas que se concedieron á los norteamericanos para la defensa de sus obras, pero como era lógico, ha conservado una absoluta independencia. Penetra sin embargo hondamente en dicha zona, y á causa de ello, en una sección de sus afueras, basta caminar unos cuantos metros para haber saltado de la República de Panamá con sus leyes de nación libre y soberana á la República de los Estados Unidos con su legislación federal, discutida y votada en el Capitolio de Wáshington.

En una esquina es delito beber líquidos alcohólicos, y se castiga con severas penas llevar una botella de vino, como si fuese un arma prohibida. En la esquina de enfrente, el comerciante español, chino ó griego, tiene abierta su tienda de bebidas ó su café.

El trabajador norteamericano, el soldado, el marinero, y quién sabe si algunas veces el policía encargado de la observancia de las leyes, no tienen mas que dar unos cuantos pasos fuera de la acera, y al llegar á la acera de enfrente, les es lícito emborracharse hasta caer al suelo, revolcándose en él cuanto quieran con absoluta libertad.

VIII

LAS COSTAS DEL PACÍFICO

Los tres colores del Trópico.—Envidiando á Robinsón.—La madrastra Naturaleza.—Desfile de tortugas.—Las malas costumbres de la guerra.—La «Nao de Acapulco».—Cómo los galeones del virreinato de Méjico atravesaban el Pacífico.—50.000 pares de medias de seda en cada viaje.—El centinela que se durmió en la muralla de Manila y despertó en la plaza Mayor de Méjico.—El protestantismo y el canto.—Temporal frente á Los Ángeles.

Después de Panamá empiezan las navegaciones más extensas del viaje alrededor del mundo.

Cuando lleguemos á Asia, las escalas serán cortas; bastará un par de días para que el buque haga la travesía entre dos puertos célebres. El más viejo de los continentes tiene encima de su costra los grupos más densos de humanidad; pueblos que bullen como colmenas, mares interiores, golfos, estrechos é islas, en cuyas orillas son incontables las ciudades. Aquí estamos en la inmensa soledad del Pacífico, donde las olas deben rodar sobre la superficie de medio planeta para ir de una ribera á otra.

Necesitamos tres navegaciones algo largas, comparadas con las del resto del viaje, para salvar el más extenso de los Océanos; de Panamá á San Francisco ocho días, siguiendo las costas de la América Central, Méjico y California; de San Francisco á las islas de Hawai, archipiélago solitario en mitad del Pacífico, seis días; y desde ellas al Japón, diez.

Al salir de Panamá, la serena y luminosa esplendidez del Pacífico tropical nos envuelve durante una semana. El mundo parece tricromo, como si no existiesen en él otros colores que el azul, el verde y el blanco. El cielo es eternamente azul; las aguas de un verde dorado y clarísimo, que mantiene su transparencia á enormes profundidades; las crestas de las olas, al levantarse como cascadas invertidas en los arrecifes de las islas, tienen, lo mismo que las nubes, una blancura inmaculada, que parece de los primeros días del planeta, cuando la vida animal aún no había contaminado la pureza de los primitivos ensayos de la creación. Las costas de la tierra firme y las islas de graciosos nombres españoles, inventados por los navegantes del descubrimiento, no añaden ningún color nuevo. Todas son verdes como el mar, pero de un verde más obscuro, semejante al de los óxidos metálicos.

El suelo desaparece bajo la arrolladora vegetación. Lianas y matorrales luchan trabando sus brazos retorcidos, y por encima de esta selva en muda batalla, cortan el aire graciosos y aéreos ramilletes de palmeras y cocoteros. En la orilla, cabos é islotes están festoneados con una doble fila de plátanos.

Muchos, al contemplar acodados en la cubierta esta Naturaleza libre, en la que solamente muy de tarde en tarde alcanzamos á ver con los anteojos marítimos alguna hormiga de paso vertical, que es un hombre, sienten deseos envidiosos de repetir la aventura de Robinsón. ¡Qué felicidad vivir en una de estas islas que ignoran el invierno, donde los árboles dan espontáneamente sus frutos alimenticios de azucarada pulpa, y el agua cristalina se pierde cayendo por el acantilado en hilos de plata!... Ricas damas acostumbradas á todos los refinamientos de la civilización se sienten de pronto con un alma primitiva, y fantasean sobre la poética existencia que puede llevarse en estos lugares esplendorosos, saboreando las ventajas de un salvajismo dulce.

Yo que he vivido en terrenos desiertos de América, sufriendo las penalidades del colonizador, quiebro con mi pesimismo tales ilusiones. Sé por experiencia que la Naturaleza sólo es madre cuando el hombre la ha vencido y esclavizado, haciéndola saber que existe. Donde los humanos no la pisotearon en masa durante siglos y no la golpean y desgarran todos los años con millares de brazos y de máquinas, es una madrastra que nos ignora y nos abruma bajo sus exuberancias crueles, más aún que á los seres inferiores, mejor preparados para amoldarse á sus asperezas.

Dejo de contemplar las islas de lujuriante vegetación. Prefiero el espectáculo del mar con la fauna innúmera que hierve en sus entrañas. En el Pacífico puede uno persuadirse, por observación directa, de que la vida marítima es infinitamente superior en intensidad á la terrestre. Como toda vida empezó á formarse en el mar y procede de él, es en los Océanos donde queda más numerosa y latente. Los que, acostumbrándonos al mar flúido de la atmósfera trepamos por las sinuosidades de la corteza terrestre recién enfriada, fuimos menos numerosos que los que permanecieron para siempre á nuestras espaldas, no queriendo abandonar el elemento originario.

En los mares de Europa, devastados por una pesca excesiva y empobrecidos por la aridez creciente de sus fondos, resulta difícil convencerse de la posibilidad de esta hipótesis científica. En el Pacífico tropical, frente á las costas de la América del Centro, el agua parece hervir con el chisporroteo de las bandas de peces que huyen ante la proa del buque. Algunos, al saltar fuera del agua, dan varias vueltas en el aire, muestran su panza blanca, y se dejan caer cómicamente de costado, con una gracia de payaso torpe.

Durante las horas meridianas, van desfilando sobre la llanura verde y dorada, con la tranquilidad que proporciona la ignorancia del peligro, largas hileras de tortugas. Son enormes y llevan á flor de agua su duro escudo de carey, isla flotante en la que vienen á descansar las aves marinas vagabundas, mientras por abajo mueven sus patas rugosas de lagarto y su cabeza de serpiente tonta.

Atraídos por la novedad de estos blancos, el comandante y los oficiales que están en el puente empiezan á tirar sobre ellas con pistolas y carabinas. Muchas damas americanas pertenecientes á sociedades protectoras de animales protestan con indignación, y al poco rato cesa el tiroteo.

Esta carnicería inútil es una consecuencia de la guerra reciente. En el Franconia, desde el primer jefe al último camarero, todos llevan en el pecho condecoraciones militares. Se han batido sobre el mar en navíos de combate, ó han arrostrado en buques mercantes el torpedazo mortal durante cinco años. El criado que me sirve á la mesa naufragó dos veces por haber echado á pique los submarinos alemanes los barcos en que iba. Los más de sus camaradas pueden contar aventuras semejantes. Acaban de atravesar un período de la historia humana en que el hombre daba caza al hombre, lo mismo que en los tiempos prehistóricos, y matar era función diaria y natural. Y en este Océano tranquilo, luminoso, dulce, al ver junto á los costados del buque el confiado desfile de unos animales enormes y pacíficos, lo primero que se les ocurre es echar mano á sus armas de fuego, por la satisfacción vanidosa de comprobar y lucir sus habilidades de tirador.

Cuando cesan los disparos, vuelven las tortugas á continuar su viaje por las dos bandas del buque, con la tenacidad de las hormigas que reanudan su procesión después de la pisada catastrófica del viandante. El Océano refleja el cielo como un espejo de suave color de turquesa, y repite en su fondo las nubes del horizonte cual si fuesen leves empañamientos de su cristal.

Para acortar la navegación nos separamos de tierra, y durante unos días sólo vemos mar y cielo en torno del buque; pero sabemos que vamos navegando ante Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala, á más de cien millas de su litoral.

He cesado de sufrir la cosquilla ardiente de los rayos violeta, que parecen freir la carne. Ya puedo marchar por todo el buque apoyado en un bastón. El nudo ciático se ha deshecho y la pierna recobra poco á poco su funcionamiento normal. La vida vuelve á parecerme interesante.

Una mañana surgen montañas ante la proa. Son las costas de Méjico. La tierra sale á nuestro encuentro, y vamos á seguirla, con ligeros eclipses, hasta California. Va pasando por el costado de estribor una sierra altísima, que aún parece más enorme al descender directamente al mar sin que nada la encubra. En su ribera se alzan sobre las aguas dos montañitas redondas y graciosas, como dos pechos femeninos. Deben ser de gran altura, y sin embargo parecen algo pueril y frágil, dos juguetes, en comparación con la cordillera que se yergue detrás cubriendo gran parte del cielo.

En una de estas montañitas hay un mástil de telegrafía inalámbrica. En la cumbre de la otra, un viejo castillo. Es Acapulco.

Este nombre sólo significará para muchos lectores el de un modesto puerto mejicano, si es que lo han oído alguna vez. Tal ignorancia nada tiene de extraordinaria, pues la gran mayoría de los españoles cultos también se hallan en el mismo caso. Y sin embargo, durante tres siglos Acapulco fué uno de los puertos más importantes de la colonización española, y la llamada «Nao de Acapulco» el servicio marítimo más regular, más extenso y audaz que existía en el mundo.

Sabido es que Magallanes, después de encontrar el paso que lleva su nombre, buscó al lanzarse en el Pacífico el famoso archipiélago titulado de la Especiería, á causa de sus abundantes especias: el llamado «Maluco» por los geógrafos de entonces, ó sea las actuales Molucas, propiedad de los holandeses. En aquellos tiempos eran los portugueses los que explotaban dichas islas, pero Carlos V envió la expedición de Magallanes porque éste y su camarada el cosmógrafo Rui Falero le hicieron ver que el Maluco correspondía á sus dominios, á causa de haberse trasladado, de acuerdo con Portugal, trescientas leguas hacia Occidente la antigua línea de demarcación trazada por el Papa de arriba á abajo del planeta, dividiendo los nuevos descubrimientos entre portugueses á Oriente y españoles á Occidente.

Pero Magallanes murió combatiendo á un reyezuelo de una de las islas que después fueron llamadas Filipinas, sus principales capitanes perecieron asesinados á traición en un banquete de otro reyezuelo, y el último buque de la flota, bajo el mando de Sebastián del Cano, tuvo que volverse á España, dando vuelta á toda la redondez del planeta por primera vez en la historia humana, pero sin haber tomado posesión del Maluco.

Años después, Legazpi cimentó y organizó la conquista de Filipinas, y aunque España no fué dueña nunca de las islas de las Especias, pudo establecer cerca de ellas un mercado para su adquisición, que fué Manila. Entonces empezó la importancia interoceánica del puerto de Acapulco. Las naves españolas no podían hacer un tráfico regular con Filipinas siguiendo todo el contorno de África y de Asia. Tampoco resultaba comercial repetir la hazaña de Magallanes pasando por el estrecho que lleva su nombre. Esta navegación, que exigía años, sólo podía realizarla entonces un descubridor ó un pirata. Era preciso acortar el camino con la colonia oceánica, y el gobierno de Madrid se aprovechó de la comunicación que tenía establecida con Méjico, prolongándola á través del Pacífico.

Los primeros galeones para Manila salieron del Perú porque los vientos normales favorecían la navegación desde el Callao; pero en cambio, el viaje de vuelta resultaba difícil por ser los vientos contrarios. La ruta fué modificada, y estos galeones se trasladaron al virreinato de Méjico, saliendo del puerto de Acapulco por resultar más favorables las corrientes atmosféricas del hemisferio Norte, á la ida y á la vuelta.

El gobierno y los comerciantes de la metrópoli enviaban sus pliegos oficiales y sus órdenes de compra á Méjico, y el correo, atravesando el país de Este á Oeste—lo que no era siempre fácil, pues abundaban los bandoleros y las partidas de indios bravos—, lo llevaba todo al puerto de Acapulco, en el Pacífico. Allí encontraba á la famosa «Nao», que solía ser un buque de los más grandes de su época: un galeón de 1.500 toneladas, algo extraordinario, como un dreadnaught ó un trasatlántico gigantesco de nuestra época.

El virrey de Méjico tenía á sus órdenes dos ó tres naves de esta especie. Salía un galeón por año para las Filipinas y á veces dos, según las necesidades del comercio.

Poco á poco dejaron de traer especias de la colonia oceánica, pues los portugueses y holandeses se las procuraban á Europa por la ruta de Oriente. Era la China la que abastecía con sus riquezas el mercado de Manila. Más de 20.000 chinos vivían en dicha ciudad como mercaderes, orfebres y tejedores de seda. La famosa «Nao», al llegar procedente de Acapulco, se abarrotaba de telas de la India, muselinas pintadas, mantones bordados, obras de plata, y especialmente de medias de seda. En cada viaje llevaba cuando menos 50.000 pares. La media de seda era en las ricas ciudades de la América española el mayor de los lujos. Las damas de Méjico y de Lima, que se tapaban la cara con la mantilla para aumentar el misterio de sus ojos, llevando al mismo tiempo su hueca falda tan corta como la de una bailadora, solían cambiar de medias tres veces al día.

Al navegar de Manila á Acapulco, resultaba tan enorme el cargamento de la «Nao», que gran parte de sus cañones quedaban desmontados y guardados en la bodega para dejar más amplio espacio en los entrepuentes. Su tripulación de soldados y artilleros era menos numerosa en esta travesía. Además, los piratas no podían sentirse tentados por el abordaje de un navío que sólo llevaba riquezas comerciales, fáciles de robar en cualquier puerto asiático, y muy voluminosas.

El famoso galeón excitaba la codicia de los ladrones del mar en su viaje de vuelta, de Acapulco á Manila. En esta travesía apenas llevaba cargamento; pero todos los cañones iban montados, la tripulación estaba completa, y además el gobierno aprovechaba el viaje para enviar soldados á la guarnición de Manila. La «Nao de Acapulco» llevaba entonces 600 combatientes y á veces más. Sus pasajeros eran contados mercaderes en relación con los comerciantes de Manila, que emprendían tan enorme viaje para hacer nuevos tratos con ellos.

La vida á bordo del galeón era la de un buque de guerra. Al llegar á los archipiélagos oceánicos había vigías en las islas de Guan y de Batan, que le avisaban por medio de llamaradas si el mar estaba libre ó si algún pirata inglés navegaba desde meses antes por estos pasos, en espera de la famosa «Nao». En tal caso, el capitán, que tenía título de general, anclaba en cualquier bahía segura del archipiélago filipino, echaba su cargamento á tierra, así como una parte de sus cañones y soldados, y en esta posición terrestre y defensiva aguardaba la noticia de que el camino estaba libre.

El cargamento de regreso, que apenas ocupaba una parte de la cala, era el más necesitado de defensa. Consistía en dos ó tres millones de duros que enviaban los comerciantes de América á los de Filipinas como precio de sus artículos: cajones llenos de piezas de plata, brillantes y recién acuñadas en las Casas de Moneda de Méjico. Hubo piratas que pasaron dos años vagando en el Pacífico con la esperanza de sorprender á la «Nao de Acapulco», y alguno de ellos lo consiguió, enriqueciéndose en pocas horas.

Hasta el siglo XVIII se mantuvo esta navegación. La «Nao» salía de Manila en el mes de Julio y llegaba á Acapulco en Diciembre ó Enero. Esta era la travesía más larga. Luego, en Marzo, emprendía la vuelta á Manila, llegando á mediados de Junio. Un año aproximadamente invertía en su viaje redondo de ida y vuelta.

Este comercio con Filipinas, á través de las posesiones españolas de América, enriqueció durante tres siglos los palacios de Méjico y Lima, dejando en ellos gran cantidad de sederías, obras de orfebrería y porcelanas.

Muchos capitanes españoles al regresar de Filipinas se quedaron en Méjico y el Perú, ó sea en mitad de su camino, como si les faltase fuerzas para abandonar del todo un mundo nuevo, volviendo á la sociedad reglamentada, ceremoniosa y rutinaria de la península natal. En la ciudad de Puebla (Méjico) vive la religiosa memoria de la llamada «China poblana», una princesita china que vino de Manila en la «Nao de Acapulco», y convertida al catolicismo acabó por morir en olor de santidad.

Con la afición característica de los mestizos á creer en brujerías, milagros y relatos mágicos, el populacho mejicano siempre que inventaba algo inverosímil escogía como lugar de acción la remota ciudad de Manila, de donde aportaban los galeones de Acapulco tantas cosas maravillosas, tejidas y labradas.

Allá por los últimos años del siglo XVII, los vecinos de la ciudad de Méjico, al ir á la catedral para oir misa en las primeras horas de la mañana, vieron á un soldado que se paseaba con el fusil al hombro por la plaza Mayor, como si estuviese de centinela. Por ser esto una novedad inexplicable, las autoridades hicieron llamar al soldado, y éste miró con asombro en torno de él, cual si despertase, no conociendo lo que le rodeaba. Luego dijo tranquilamente que era de la guarnición de Manila, y la noche anterior lo había colocado su sargento de centinela en la muralla de dicha ciudad, siéndole imposible comprender cómo se veía horas después en Méjico. La mitad de una noche había bastado á brujas y demonios para llevarle en volandas de un lado á otro del Pacífico, sobre la curva de una mitad de la tierra.

El populacho que deseaba ver al centinela de Manila, creyendo á ojos cerrados en tal viaje, no consiguió su objeto. La Inquisición se había incautado del impostor, y tal vez lo embarcó de veras á Filipinas en el primer envío de soldados, para que hiciese centinela otra vez en los muros de Manila y repitiese su asombroso vuelo.

Perdemos de vista las montañas de Acapulco, y al día siguiente, frente al puerto de Manzanillo, la tierra se aleja de nosotros y queda abierta la boca del profundo golfo de California, que en los primeros años de su descubrimiento por los pilotos al servicio de Hernán Cortés, fué llamado unas veces mar Bermejo y otras mar de Cortés. Es tan enorme la boca del golfo, que tardaremos cerca de un día en pasarla, llegando al otro extremo, ó sea al vértice de la península llamada Baja California.

Navegamos sin vestigio alguno de tierra, como si estuviésemos en alta mar, y durante las primeras horas de la noche se anima el Franconia con las luces extraordinarias, la música, el vocerío y los trajes multicolores de un baile de máscaras, precedido de un desfile por las diversas cubiertas. Es la víspera de una de las fiestas más tradicionales del pueblo norteamericano, el famoso Thanksgiving Day (el Día del Agradecimiento).

En la mañana siguiente vemos el litoral de la Baja California, pero navegamos lejos de él por ser costa sucia, como dicen los marinos, á causa de sus bajos y arrecifes. Bahías, cabos é islotes conservan aún los nombres que les fué dando el piloto Sebastián Vizcaíno, gran explorador de la costa de California y fundador de Monterrey, cerca de San Francisco. Los más son nombres de santos. Eran entonces tan frecuentes los descubrimientos, que los navegantes españoles necesitaban valerse del calendario para rotular las nuevas tierras, escogiendo el nombre del santo del día. Otras veces inventaban el título con arreglo á los adornos naturales del país, á su fauna ó al propio estado de su ánimo. En el fondo del horizonte veo esfumados por la distancia dos grupos de montañas, á las que dió Vizcaíno los títulos que aún conservan: isla de Cedros é isla Bonita.

Por la noche es la verdadera fiesta del Thanksgiving Day, la comida de gala, con gran profusión de banderas, luces y cánticos patrióticos. Luego, en los salones de arriba, estos norteamericanos entusiastas creen que es su deber seguir cantando á coro, y resucitan canciones antiguas ligadas á los episodios de su historia, desde Wáshington á Lincoln.

Todos cantan bien, y cada uno toma, instintivamente, el tono que mejor corresponde á su voz en este conjunto coral. Se nota que han pasado por las escuelas de su país, donde se canta mucho. Los más pertenecen á la religión protestante, que exige el cántico á todos sus fieles. Por algo Lutero fué hábil flautista y muchos apóstoles de la reforma religiosa expertos músicos. También por la misma causa los himnos nacionales de todos los países protestantes tienen la lentitud majestuosa de los salmos.

Hemos salido ya de la zona tropical. Volvemos á buscar los trajes de invierno que llevábamos en Nueva York y empezamos á repeler en Cuba, olvidándolos completamente al llegar á Panamá, como algo quimérico que jamás volveríamos á usar.

El Océano toma un color azul plomizo; el horizonte es denso y gris. En mitad del día consigue el sol perforar las nubes y corta la atmósfera brumosa con un largo triángulo de luz que parece artificial. Las olas rompen contra las murallas del buque, levantando nubes de polvo líquido que durante las breves apariciones solares reflejan en sus facetas las tintas del arco iris.

A pesar de su majestuosa estabilidad, el Franconia danza como un tapón de corcho sobre las aguas lívidas. Vemos lejos á otros buques, que se ocultan de pronto cual si los hubiesen tragado las olas, y vuelven á reaparecer más allá, con saltos de animal asustado, que sacan del mar toda su proa ó muestran el color rojizo de su vientre.

Afrontamos un temporal, poco temible á bordo de un buque como el Franconia, pero molesto para las funciones normales de la vida. Este oleaje tempestuoso es ante un golfo en cuyo remate está la famosa ciudad de Los Ángeles, punto de reunión durante el invierno de las gentes ricas y desocupadas de los Estados Unidos.

Yo que conozco Los Ángeles contemplo el horizonte gris, como si pudiese ver á través de sus brumas la costa californiana, con sus huertos de naranjos y sus enormes hoteles; la isla de Santa Catalina, de inagotable pesca, cuyas barcas tienen un fondo de cristal para sorprender los misterios de los bosques submarinos; las avenidas de la ciudad, compuestas de palacios modernos; los túneles de porcelana brillante que prolongan estas calles á través de las colinas.

Hoy es el primer día de Diciembre. Los Ángeles debe tener ya toda su animación invernal, y nosotros estamos frente á ella—á 100 millas de distancia mar adentro—, reflejando con nuestras vacilaciones de muñeco desarticulado los rudos vaivenes que la tormenta hace sufrir al buque. Es como si atravesásemos una tempestad mediterránea á la altura del Casino de Monte-Carlo ó del Paseo de los Ingleses de Niza.

Al salir del golfo de Los Ángeles se va serenando el mar. Un cabo surge en el horizonte llevando sobre su lomo un pequeño pueblo. Es Punta Argüello, primer pedazo de los Estados Unidos que vemos en el Pacífico, y que ostenta un nombre español.

Una antena enorme de telegrafía sin hilos, un andamiaje piramidal á estilo de la Torre Eiffel, se alza sobre el dorso del cabo, y en torno de ella se agrupan varios edificios. Éstos son distintos á los que pudimos ver de tarde en tarde, en ocho días de navegación, frente á las costas centroamericanas y mejicanas: casas de un solo piso, largas y bajas, horizontales, como si se hubiesen tendido en el suelo.

Aquí los edificios son de una verticalidad audaz; todos de varios pisos, con el tejado rojo que parece flamear, y las paredes blancas; el atrevimiento norteamericano unido á la gracia fresca y juvenil de la California.

Empezamos á costear otra civilización, otra manera de apreciar la vida.

IX

EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL