San Francisco y sus bellezas.—El Barrio Chino.—Sus antiguos laberintos subterráneos.—Su aspecto actual.—Influencia de este barrio en la proclamación de la República china.—La propaganda en las calles.—Las farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.—El «Franconia» adquiere nueva vida.—Los duendes de mi camarote.—La ola que no va á ninguna parte.—Una isla roja que sólo se deja ver unos minutos.—La esfinge azul y el secreto de sus estremecimientos.—La Atlántida del Pacífico.
Yo he contado en una de mis novelas, La reina Calafia, cómo la gran bahía de San Francisco, después de mantenerse oculta dos siglos para los marinos, se presentó inesperadamente ante los ojos de don Gaspar de Portolá, coronel español de caballería, que la descubrió por la parte de tierra.
La ciudad de San Francisco, nacida en las orillas de esta bahía, que es un pequeño mar interior con varias islas, puede llamarse la capital americana del Pacífico. El canal de Panamá le ha causado algún daño; pero todavía, para los puertos de Asia, es San Francisco el mayor centro de navegación en la orilla de enfrente.
Los que desembarcan en sus muelles sin conocer las audacias de la construcción norteamericana admiran su esplendor. Los que llegan por el Este, habiendo visitado antes otras ciudades de los Estados Unidos, ven en San Francisco una imitación de Nueva York. Pero á pesar de la uniformidad de todas las urbes de la gran República, ésta conserva una fisonomía especial que revela sus orígenes de antigua tierra española y de país de oro al que acudieron hace medio siglo todos los aventureros del mundo.
Sus alrededores ofrecen parques y paseos de una vegetación esplendorosa que parece montada sobre el límite divisorio de la zona tropical y la fría, participando de ambas floras. El llamado «Presidio», que guarda aún su nombre castellano por ser el lugar donde estaba el antiguo fuerte, presidiado por soldados españoles, es un parque frondoso, con árboles casi seculares. Desde sus praderas puede verse en días serenos, á través de las columnatas de troncos, el admirable panorama de la bahía, bordeada de ciudades nuevas, y la Puerta de Oro (Golden Gate), desfiladero marítimo que le sirve de entrada.
Se prolongan los paseos por la costa, frente al mar libre. Sobre los escollos se ven enormes orugas rojizas que son en realidad lobos marinos, viejos, monstruosos, de pesada obesidad. Hasta aquí llegan estos habitantes de los mares fríos en sus excursiones hacia las aguas del Sur.
Como una cuña verde metida entre el Océano y la gran ciudad, se extiende el parque de Golden Gate, uno de los paseos más admirables de América. Numerosos monumentos pueblan con un mundo de figuras metálicas ó marmóreas sus avenidas de verde eterno.
En su parte más céntrica, un fraile de bronce se alza sobre su pedestal con una cruz en la mano. Es el religioso mallorquín Junípero Serra, primer colonizador de la Alta California, que dió á la ciudad el nombre de San Francisco, patrón de su orden.
Frente á él, dos hombres, espada en mano, se arrodillan ante un busto gigantesco que lleva gorguera rizada y barba puntiaguda. Son don Quijote y Sancho haciendo acatamiento al novelista que los creó. Dos vecinos de San Francisco de origen español, antiguos oficiales de Ingenieros que emigraron á California en 1870, don Juan Cebrián y don Ensebio Molera, iniciaron la erección de dicho monumento á la gloria de Cervantes y del primer idioma europeo que se habló en esta tierra, y los californianos que no quieren olvidar el origen de su patria les secundaron en tal empresa.
Lo más original en San Francisco para el viajero que no conoce Asia es visitar su famoso Barrio Chino. Antes del terremoto de 1906, que lo arruinó completamente, el China Town de San Francisco era un lugar misterioso sobre el que se fantaseaba mucho, haciéndolo escenario de dramas y novelas terroríficas. El terremoto dejó descubierto un segundo barrio subterráneo, de habitaciones superpuestas y corredores intrincados: un hormiguero para desorientar al policía más astuto. En realidad, el profundo laberinto servía para ocultar fumaderos de opio y casas de juego, las dos pasiones de los chinos á la antigua.
Hoy, dicho barrio ha sido reconstruído, sin dejar en él nada misterioso. Guarda de su origen la arquitectura graciosa de sus fachadas y la riqueza asiática de sus tiendas. Algunos de sus bazares son tan abundantes y ricos como los de Pekín.
El chino de San Francisco va vestido lo mismo que un norteamericano. La nueva República china, al permitir que sus ciudadanos puedan desprenderse del adorno tradicional de la trenza, facilitó dicha transformación. Las mujeres del China Town aún guardan el antiguo traje con pantalones, porque facilita sin duda sus trabajos domésticos, pero sólo las más ancianas conservan los pies desfigurados y diminutos que he visto luego en el ex Imperio Celeste. En días de fiesta, cuando salen á paseo con su gentleman amarillo y de ojos oblicuos, todas llevan sombrero y abrigo de pieles, y hasta usan grandes anteojos con montura de concha, sin duda porque esto les da cierta semejanza con las profesoras norteamericanas, mandarinas de las letras.
De este barrio salieron muchos jóvenes que hoy son generales y personajes políticos en la República china. Aquí se familiarizaron con las instituciones democráticas de los Estados Unidos, atravesando luego el Pacífico para implantarlas en su país. Sin el China Town de San Francisco no hubiera sido posible que el Imperio más tradicionalista y absoluto de la tierra pasase de un salto á ser República.
Una juventud de chinos inquietos, vestidos á la moda americana, con un estilógrafo en el bolsillo superior de la chaqueta, una insignia en la solapa y el pelo largo y charolado, á estilo de bailarín de dancing, se dedica por la noche, después de las horas de trabajo, á instruir al populacho amarillo.
En mi primera visita á San Francisco vi uno de estos mítines de propaganda china en medio de la calle. Tres chinitos barrigudos y graciosos, con ese encanto de los amarillos y los negros cuando están aún en la infancia, sostenían tres banderas: la de los Estados Unidos, la del Estado de California y la de la República china. Un gentleman bien trajeado y de ojos oblicuos, subido en una tribuna portátil, hablaba á un centenar de compatriotas, obreros del puerto y de las fábricas, sucios de carbón, vestidos como los mecánicos, pero que indudablemente se habían cortado la trenza poco tiempo antes.
Cuando me cansé de la gesticulación ardorosa y las palabras ininteligibles del orador, hice preguntar á uno de los oyentes cuál era el objeto del discurso.
—Habla—me contestó—para demostrar que los chinos somos superiores á los japoneses. El Japón es un Imperio donde el hombre no es libre, y en China tenemos ahora la República.
A pesar de las tendencias modernas y revolucionarias del China Town, las tiendas que venden á sus habitantes los artículos de primera necesidad guardan un aspecto raro y repulsivo para los blancos, que nos hace recordar muchas originalidades de este pueblo leídas en los libros. En los despachos de comestibles hay aves secas y ahumadas como el jamón, y otros alimentos acartonados cubiertos de polvo y de moscas. Los olores y el aspecto de las cosas revelan una manera completamente distinta de apreciar la alimentación y un olfato lamentablemente invertido con relación al nuestro.
Las farmacias abundan mucho en el barrio. Son el lugar de reunión de los vecinos. Todas ellas ofrecen asiento á los tertulianos, que charlan y fuman mientras el boticario, con unas antiparras enormes ante los ojitos oblicuos, lee ó medita, como un alquimista antiguo en su laboratorio. Estas farmacias se dan á conocer por unas celosías de madera tallada y dorada que adornan en forma de arco el fondo de la tienda, muestras perfectas del arte chino, en cuyos ramajes se enroscan dragones quiméricos y crecen flores misteriosas. En sus escaparates hay culebras secas. Según parece, este reptil, rallado y pulverizado, entra en muchas de las combinaciones de la farmacopea china.
Mientras conversan los tertulianos, fumando sus pipas largas y de pequeñísimo hogar, los mancebos de la botica abren y cierran varias cuchillas fijas en caballetes de madera, cortando incesantemente una especie de achicorias verdes y blancas. Deben ser de gran consumo, pues en todas las farmacias al llegar la noche los dependientes se entregan á dicho trabajo, para tener pronto el remedio al día siguiente. Estos vegetales cuestan caros, por ser traídos de la misma China. Únicamente allá pueden encontrarse sobre los montículos de tierra de las tumbas, y como crecen junto á los féretros con el zumo de los antepasados, poseen un poder milagroso para curar la tisis.
Me limito á enterarme de estas curiosidades farmacéuticas, pero no oso reirme de ellas. Sé que hace tres siglos nada más era admitido en Europa que un ratón asado puesto sobre las heridas de arcabuz y de cañón las curaba inmediatamente, y cierta piedra extraída de la cabeza de las grandes serpientes, llamada «piedra bezoar», tenía un poder tan milagroso contra toda clase de enfermedades y venenos, que el emperador Carlos V se hizo traer una de América.
Todavía en las naciones europeas existen hoy brujas y curanderos que emplean clandestinamente una farmacopea más repugnante. Dejemos en paz á los boticarios chinos. Sus recetas estrafalarias sólo significan que su ciencia se detuvo en el mismo lugar donde estábamos nosotros hace unos pocos cientos de años.
Llegan al Franconia los últimos pasajeros para el viaje alrededor del mundo. Unos son de San Francisco ó de Los Ángeles. Otros, necesitando quince días más para sus negocios, renunciaron á visitar Cuba y Panamá y llegan directamente de Nueva York, atravesando en ferrocarril toda la anchura de los Estados Unidos.
Terminan los banquetes y recepciones con que los propagandistas de la metrópoli californiana han querido obsequiar á los viajeros del Franconia, y otra vez vuelve á partir éste las aguas del Pacífico.
Ahora ya no seguimos una costa; vamos á cruzar el más grande de los Océanos, de una ribera á otra, navegando por su desierto azul durante medio mes, sin otra escala que el archipiélago solitario de Hawai.
En la primera noche de esta navegación el buque empieza á moverse con una inquietud que no había mostrado hasta ahora. Ha adquirido una vida nueva y ruidosa. Se retuerce como un animal bajo el empellón continuo del oleaje; suspira, lanza quejidos, silba. El viento muge entre cordajes y mástiles; luego brama, con ecos metálicos en los embudos de los ventiladores y el abismo de la chimenea. Las cosas inanimadas parecen haber poblado su interior con espíritus inquietos. Mi camarote, mudo hasta ahora, cobija en cada rincón blanco un duende que se divierte haciendo chacolotear maderas y hierros, con una estridencia que me enerva y corta mi sueño.
Al día siguiente, este buque que nos parecía grandioso, sólido y estable como una catedral, sigue balanceándose, aporreado por el mar, con una fuerza sorda, disimulada, sin aparato terrorífico. La ola larga hasta perderse de vista y con suaves pendientes pilla al barco por un costado, lo asalta durante su marcha, lo levanta, pasa por debajo de él, abriendo un abismo azul que deja descubierta la curva de su vientre, y se escapa por el lado opuesto.
Es la ola del Pacífico, moviéndose en la inmensidad sin un fin apreciable; la ola que no va á ninguna parte y corre todo el planeta, de un polo á otro, sin levantar espuma, sin hacer ruido, sin chocar con obstáculos, pues las islas oceánicas, olvidadas en sus soledades, son como granos de polvo caídos en un torbellino, como estrellas diseminadas en el firmamento.
Estas olas tienen la energía ciega, el silencio feroz, la inconsciencia sorda de las fuerzas naturales. Pasan junto á nosotros ignorándonos. No conocen al hombre. Son diferentes á la ondulación intensamente salada del Mediterráneo ó á las corrientes acuáticas del Nilo y el Ganges, que arrullaron la cuna de las primeras civilizaciones y las dieron á beber con sus pechos maternales. Es la ola de los primeros tiempos del planeta, cuando aún no había nacido el hombre. Y ahora, en los tiempos modernos, sólo ha visto pequeños grupos humanos, pueblos rudimentarios, acampados en islas que son picachos de volcanes y que aún se hallan en los primeros crecimientos de la infancia.
En días sucesivos, el mar, que es de un gris azulado y metálico, se va iluminando hasta adquirir la claridad esmeraldina de los mares tropicales. El movimiento de las olas disminuye. Hay horas en que el Pacífico parece una llanura, sin otra ondulación que las leves arrugas inevitables en toda inmensidad. Y sin embargo, el buque sigue moviéndose extraordinariamente, sacudido por fuerzas ocultas.
El Océano, en estos días monótonos de navegación, sólo puede ofrecer dos espectáculos: la salida del sol y su ocaso. Un atardecer corremos todos á la proa para contemplar una tierra inesperada. Sabemos que esto no es posible, pues aún estamos lejos de Hawai, pero nuestros ojos parecen repeler la verdad. El ocaso nos perturba y nos engaña con una de sus fantasmagorías prodigiosas.
Frente á la proa, en el fondo del horizonte, se alza una isla de brillante rojo, cual si transparentase un fuego interior. Vemos en ella una ciudad gigantesca, una especie de Nueva York, con altos edificios grises ribeteados de oro vivo. Tendida en lo alto, como si la cobijase, hay una nube larga que se inflama con el mismo resplandor de la ciudad y semeja un dragón de fuego. Con la rapidez casi instantánea de los crepúsculos tropicales, se apaga de pronto la isla y su urbe fantástica, partiéndose en vedijas de vapor que traga el horizonte. El Océano, antes de entregarse á la noche, toma un color de rosa obscuro, un rosa de sangre seca, que parece reflejar vastos bancos de coral ocultos en sus profundidades. Y en esta inmensa llanura purpúrea que se va obscureciendo, las hélices dejan un camino blanco y verde, un surco de esmeralda líquida y de espuma.
Transcurren los días sin que veamos un buque ni una tierra. Creemos vagar sin rumbo por el desierto marino, como si la vida humana hubiese terminado en todo el globo y fuésemos nosotros los únicos supervivientes de la universal catástrofe.
Contemplamos en el mapa la enormidad del Pacífico, que ocupa toda una cara de nuestro planeta. En torno á la inmensa cazuela oceánica existe una cadena circular de volcanes. Por todas partes chimeneas del hervor central: en las costas de las dos Américas, desde la Tierra del Fuego á Alaska; en el archipiélago japonés; en las riberas de la China y las islas oceánicas.
La tierra tiembla frecuentemente en las orillas del Pacífico. Otros temblores, tal vez más grandes, pasan inadvertidos al agitar su lecho submarino, á miles de metros de profundidad. Las islas que emergen de sus llanuras solitarias son conos de fuego en incesante derrame, ó cráteres adormecidos desde los tiempos de su descubrimiento por el hombre, pero que pueden volver á sus vómitos ígneos, pues los siglos valen menos que segundos en la vida telúrica de nuestro planeta.
Este Océano está formado indudablemente por una depresión de la corteza terrestre, que no es uniforme y sólida, sino fragmentaria y flotante, como un mosaico de escorias frías sobre el denso globo de materias ardientes, núcleo de nuestro planeta. Tal vez el encogimiento y la caída de tal costra, hasta formar el fondo actual del Pacífico, dejaron mal soldados sus bordes con los bordes de las costas limítrofes, y las masas de agua que se filtran por tales grietas, deslizándose hasta la gran masa del fuego central, crean gigantescas evaporaciones, cuya explosión origina los frecuentes temblores de sus orillas. ¿Quién pudiera conocer el misterio de este mar, esfinge de cara azul que extiende sus garras de uno á otro polo?... ¿Llegará á adivinarse un día la historia de los pueblos que existieron donde hoy ruedan sus olas; de las montañas que se plegaron en sentido inverso, convirtiéndose al desplomarse en embudos y simas de la profundidad oceánica?...
Porque es indudable que en este Océano, donde ahora se navega semanas y semanas sin ver otra cosa que agua, y las tierras esporádicas son picos de volcanes que ascienden rectamente muchos miles de metros desde el fondo, existieron en otra época masas continentales ó largas cadenas de islas que sirvieron de puentes á los pueblos emigradores de Asia.
La desaparición de una Atlántida es más segura en el Pacífico que en el Atlántico. Los pueblos de Europa no ofrecen ninguna semejanza étnica con los de América. Jamás vinieron tribus del llamado Nuevo Mundo á juntarse con las nuestras en los tiempos prehistóricos. En cambio, resulta asombroso el parecido de muchos indígenas americanos con ciertos pueblos asiáticos.
Después de viajar por Asia, yo que he vivido en diferentes naciones de América no puedo comprender cómo se ha dudado y discutido tantos años sobre el origen remoto de las razas americanas. La pura observación del viajero basta para adquirir el convencimiento de que la mayor parte de los pueblos indígenas de América proceden de Asia.
En el Japón, en la China, en los archipiélagos poblados por la raza malaya, he encontrado la misma sonrisa, los mismos gestos instintivos y no estudiados, iguales miradas, reflejo misterioso del alma, que vi en los campos de la Argentina todavía no invadidos por la emigración blanca, en las muchedumbres mestizas de Chile, y más aún en el numeroso populacho de Méjico.
Hay un tipo de indio americano—especialmente en la América del Norte—, de nariz exageradamente aguileña y cara huesuda y larga de caballo, que no he visto en otra parte y tal vez pueda ser autóctono. Pero los demás indígenas americanos, de color cobrizo, ojos oblicuos y sonrisa que puede llamarse «incomprensible», son remotos descendientes de las emigraciones llegadas de Asia, no sabemos de qué modo, pero indudablemente á través del Pacífico.
Por algo los primeros conquistadores españoles, con ese instinto certero de la ignorancia, que adivina muchas veces por inducción, mejor que el paciente estudio, al explorar ciertas regiones de América apodaron á los indígenas, según su sexo, «el chino» ó «la china».
Y estos nombres aún se usan corrientemente en la actualidad.
Islas perdidas en la inmensidad del Pacífico.—Los redescubrimientos del capitán Cook y el olvido de sus predecesores.—Los pilotos de España conocen Hawai doscientos años antes de la llegada de Cook.—Kamehamea I, «Napoleón de Oceanía».—El amor libre coronado de flores.—Los terribles decretos de la viuda arrepentida.—Los hawaianos pierden el interés de vivir en unas islas regidas por la moral de los blancos.—Maravillosas costas de Hawai.—Las romanzas de un pueblo de músicos.
Cuando se examina la carta de navegar del Océano Pacífico, llama inmediatamente la atención un entrecruzamiento de líneas que cubre su parte superior. Son como los rayos de una rueda, como los filamentos de una telaraña, y el centro de esta periferia de líneas, que significan para los pilotos rumbos de navegación, se halla en el archipiélago de Hawai.
La parte inferior de dicha carta está espolvoreada de puntos, islas diseminadas en la inmensidad oceánica, como las estrellas en el cielo. Arriba, la soledad azul es uniforme y absoluta. En un espacio de miles y miles de millas, sólo se ven unos cuantos puntitos agrupados: el archipiélago de Hawai. Más de 2.000 millas le separan de las costas de América, más de 3.000 de las del Japón, y para llegar hasta los continentes oceánicos de Australia y Nueva Zelandia—las tierras más importantes que tiene al Sur—, es necesario navegar 5.000 millas, cortar los dos trópicos y la línea ecuatorial, avanzando mucho en el otro casquete del globo.
Estas islas solitarias son lugar de obligado descanso para todos los buques que salen de las costas de América, de Asia ó de Australia, y se encuentran en el puerto de Honolulu, el más importante de Hawai. Todas ellas, con sus diversas extensiones, no son mas que remates de montañas volcánicas emergidas del fondo del Océano; cúspides fértiles, por los elementos químicos de su tierra y por la temperatura del Trópico, que descansan sobre un pedestal sumido en el agua 7.000 ú 8.000 metros.
Su hermosura es innegable y deja en los visitantes un recuerdo firme; pero aún parece agrandarse por la relatividad de las circunstancias, pues el viajero llega á ellas después de haber atravesado las monotonías de un océano desierto.
Muchos marinos, al hablar de sus viajes por el Pacífico, exclaman con melancolía:
—¡Ah, Hawai!... ¡El incomparable puerto de Honolulu!...
Actualmente, á pesar de lo rápida que resulta la navegación á vapor y de las comodidades que ofrece un paquebote moderno, la presencia de este archipiélago, después de una semana de travesía solitaria, es acogida con entusiasmo. Hay que imaginarse cómo celebrarían los navegantes á vela, después de varios meses de aislamiento, la aparición de estas islas surgidas en mitad del Pacífico y descritas como un edén de paz y dulces placeres por los que las visitaron antes.
Todos los vapores se dirigen ahora á Honolulu, en la isla Oahu, y esto es lo único que ven los viajeros durante su escala en el archipiélago polinésico. Nosotros, antes de Honolulu, visitamos la isla de Hawai, la mayor de todas y, sin embargo, la menos frecuentada por la navegación regular. En ella están los cráteres más altos de esta tierra volcánica, y el Kilauea, lago de fuego en ebullición, que no tiene nada comparable en todo el mundo conocido.
Este archipiélago fué redescubierto en el siglo XVIII por el famoso capitán Cook. Como los ingleses se dedicaron á los descubrimientos geográficos con más de un siglo de retraso, cuando ya españoles y portugueses habían explorado la redondez del planeta, creyeron oportuno exagerar el valor indiscutible de las navegaciones de Cook, hablando de ellas como si no tuviesen precedente alguno en Oceanía.
El famoso capitán Cook fué más sincero que muchos de sus compatriotas, y en los relatos que dejó escritos de sus viajes menciona varias veces á los descubridores españoles que le precedieron más de siglo y medio en el descubrimiento de muchos archipiélagos del Pacífico. Hasta cuenta haber encontrado en poder de los indígenas de una isla espadas viejas que procedían de los antiguos marinos españoles.
Los autores ingleses nunca se han acordado de los precursores de su ilustre compatriota, de Álvaro de Mendaña, Quirós, Torres y otros pilotos españoles y portugueses, que dieron á muchas islas y estrechos de Oceanía los nombres ibéricos que ostentan aún ó sus propios apellidos.
Con el archipiélago de Hawai ocurre lo mismo. Al hablar de él se afirma, como algo indiscutible, que fué Cook el primero que lo descubrió. Algunos autores más escrupulosos llegan á decir de una manera vaga que mucho antes del viaje del mencionado explorador habían llegado á Hawai unos náufragos españoles, pero no añaden á esto ni una palabra.
Confieso que tampoco sabía yo más que estos autores cuando desembarqué en Hawai, y por ello quedé sorprendido al encontrar en las tradiciones y los museos de estas islas numerosos recuerdos que hacen referencia al primer descubrimiento realizado por los españoles. Los habitantes actuales del archipiélago polinésico, á pesar de que muchos de ellos tienen un origen británico por ser norteamericanos, gustan de hacer retroceder las fronteras de su pasado, la antigüedad histórica de su tierra de adopción, y esto, unido á ciertos descubrimientos arqueológicos, les ha permitido reconstruir los tiempos anteriores á la llegada de Cook, en 1778.
Dos siglos antes, según las tradiciones del país transmitidas de generación en generación, pusieron sus pies en la costa de Hawai los primeros blancos, procedentes de España. Hernán Cortés, al verse desposeído del gobierno de Méjico por Carlos V, se dedicó á hacer exploraciones en el Océano Pacífico, con la esperanza de encontrar nuevas tierras. Él fué el primero que construyó buques en la orilla americana de este mar, consumiendo tal empresa gran parte de su fortuna.
Una escuadra compuesta de tres barcos: el Florida, el Santiago y el Espíritu Santo, bajo el mando de Álvaro Saavedra, fué enviada por Cortés en busca de las famosas islas de la Especiería; pero las tempestades del Pacífico la disolvieron, tragándose dos de las naves. Un capitán español y su hermana pudieron llegar con otros náufragos á una de las actuales islas de Hawai, siendo acogidos hospitalariamente por sus habitantes.
Estos españoles tuvieron que amoldarse á su nueva existencia, presintiendo que jamás volverían los suyos á buscarles en tierras tan lejanas é ignoradas, y casaron en el país, llegando á ser guerreros poderosos. A principios del siglo XIX, en tiempos del emperador Kamehamea I, el «Napoleón de Oceanía», algunos de los caudillos que le secundaban en sus conquistas exhibían como título de suprema nobleza el ser descendientes del capitán español ó de su hermana, llegados al país dos siglos antes.
Las tradiciones de Hawai no mencionan nuevas arribadas de españoles; pero hace veinte años, al abrirse los cimientos de un edificio fuera de Honolulu, fué encontrado un gran busto, obra de escultor indígena, hecho con la fidelidad minuciosa y un poco caricatural de las imágenes divinas de la Polinesia. Este valioso hallazgo arqueológico se apresuró á adquirirlo el cónsul alemán de Hawai, y está ahora en un museo de Berlín.
Yo vi una copia en yeso que existe en el Museo Bisop de Honolulu, sin conocer previamente su origen y su título, é inmediatamente atrajo mi atención, excitando luego mi asombro. Entre las numerosas divinidades hawaianas de larga nariz y prominente mandíbula, semejantes por su tallado grotesco á las célebres imágenes de la Isla de Pascuas, me fijé en una cabeza con melenas, bigote, perilla y gola rizada. Es obra grosera y primitiva, sus facciones están ensanchadas, pero semeja reflejar, á través de un espejo deformatorio, cualquiera de los hidalgos pintados por el Greco ó por Velázquez.
El catálogo del museo me demostró la exactitud de tal semejanza. La obra se titula: «Capitán de buque español, esculpido por un artista del país».
Afirman las tradiciones que el capitán representado por el escultor indígena es el mismo que llegó á Hawai como náufrago. Esto no es verosímil. Un hombre que salió á tierra nadando con sus compañeros de infortunio no podía guardar la gola rizada, la capa y todos los detalles indumentarios que se adivinan en el resto de dicha escultura. Además, el marino español del busto más bien parece del siglo XVII que de la época de Cortés.
El modelo fué indudablemente uno de los muchos capitanes de galeón que, al ir á Filipinas desde Acapulco, ó al regreso, se vieron obligados á tocar en el archipiélago de Hawai. Éste se halla un poco más arriba de la ruta seguida habitualmente por la «Nao de Acapulco», mas al regreso de Manila los vientos reinantes hacían navegar á los galeones muy al Norte, poniendo la proa al cabo Mendocino, en la California. Además, con la ayuda de la máquina de vapor es posible fijar un rumbo marítimo, casi lo mismo que una ruta terrestre; pero en la navegación á vela la voluntad del hombre tiene que ser esclava de las fuerzas caprichosas del mar y del viento. Más al Norte que Hawai está el Japón, y sin embargo, don Rodrigo de Vivero, al cesar en su gobierno de Filipinas y volver á España, se vió desviado de su rumbo por una tempestad y arrastrado á las costas japonesas, siendo el segundo navegante europeo que pisó dichas islas, después del portugués Méndez Pinto.
Es casi seguro que los galeones de Acapulco, en su viaje anual á Manila, tocaron siempre que les fué conveniente en el archipiélago de Hawai, bien conocido por sus pilotos.
Juan Gaetano, navegante español, estuvo en varias de estas islas en 1555. Un pirata inglés, luego de sorprender y robar á uno de los navíos de Acapulco en el siglo siguiente, llevó á Londres una carta de navegación encontrada en el camarote del capitán. En esta carta figuraban las islas de Hawai, muy cerca de la ruta normal que debían seguir los buques españoles en su viaje á Filipinas. Un error de situación las colocaba algunos grados más allá de su verdadera latitud, pero todas ellas figuraban en el mapa con los nombres que les había dado el piloto Gaetano en su primera expedición. Hawai era llamada «la Mesa»; Mahui, «la Desgraciada», y las islas más pequeñas tenían la denominación común de «los Monjes».
Los marinos, en aquella época de guerras y piraterías, procuraban guardar los descubrimientos en absoluto secreto, para aprovechamiento de su país. Por esta razón los españoles callaron durante dos siglos la existencia de Hawai, que podían utilizar como refugio en mitad de su camino á las Filipinas, aunque estuviese dicho archipiélago algo al margen de su ruta.
Otros descubrimientos de archipiélagos oceánicos realizados por los españoles resultaron infructuosos al convertirse poco á poco en un secreto únicamente conocido por los navegantes. El poder colonial de España era entonces tan extenso, que unos cuantos grupos de islas de vida salvaje, perdidas en las inmensidades del Pacífico, poco podían interesar á una nación poseedora de la mayor parte de América y de las Filipinas. Las otras potencias de aquellos siglos, á pesar de su deseo de adquirir colonias, tampoco se preocuparon de poseer estos archipiélagos oceánicos, numerosos, diminutos y esparcidos como puñados de arena. Sólo en época modernísima, al finalizar la primera mitad del siglo XIX, empezó á dejarse sentir la influencia civilizadora de los países cristianos en las numerosas islas del Pacífico, muchas de las cuales aparecen erróneamente como descubiertas por el capitán Cook y no visitadas antes por ningún otro marino.
Cook dió al actual archipiélago de Hawai el título de Islas Sándwich, en honor del ministro inglés del mismo nombre. Los indígenas, que á su llegada vivían aún divididos en tribus hostiles, le recibieron con veneración, como un enviado de su dios Lono; pero esto no impidió que lo matasen al intervenir en una riña entre sus marineros y los naturales.
Antes de morir pudo conocer á un joven guerrero, llamado Kamehamea, que empezaba su carrera de caudillo. Éste fué el gran héroe del país, y su estatua moderna figura en uno de los paseos de Honolulu. De 1784 á 1819 emprendió una serie de empresas militares y civilizadoras extraordinarias, repitiendo dentro de su pequeño mundo oceánico las aventuras heroicas que realizaban al mismo tiempo en el hemisferio opuesto del planeta los generales de la República francesa y Napoleón con sus lugartenientes.
Creó una flota de canoas de guerra, y fué pasando de isla en isla para vencer á sus reyezuelos, convirtiendo al fin en un imperio el archipiélago de Hawai. Convencido de la superioridad de los blancos, buscó el apoyo de Vancouver y otros marinos ingleses exploradores del Pacífico, comprándoles cañones y un barco viejo de guerra. Luego, aprovechándose de la gran facilidad del pueblo canaco para aprender las artes de los extranjeros y copiar sus obras, llegó á construir buques semejantes á los de los blancos. Ensanchó y fortificó á Honolulu, capital creada por él, y al morir, en 1819, proyectaba nada menos que la travesía de una gran parte del Pacífico con todo su ejército, para ir al otro lado de la línea ecuatorial á conquistar la isla de Taití y otros archipiélagos del Pacífico del Sur.
Su largo reinado fué una mezcla de aprendizajes de civilización y viejas costumbres que se resistían á perecer. En tiempos de Kamehamea, los personajes de la corte se esforzaban por imitar los trajes y costumbres de los europeos, y al mismo tiempo, sus sacerdotes, unos brujos adivinos, seguían realizando sacrificios humanos. Cuando murió el emperador, los funcionarios más importantes, para atestiguar su pena, de acuerdo con los antiguos ritos, se arrancaron los dientes y se quemaron la cara.
La esposa de Kamehamea, mujer sensual y enérgica, que había dado muchos disgustos al emperador con sus infidelidades matrimoniales, quedó como regente del reino é hizo una revolución en las costumbres, modificando para siempre el aspecto original del archipiélago. Esta reina, llamada Kahumano, había sido en su juventud muy ligera y tornadiza en amores, lo que nada tenía de extraordinario por lo que diré más adelante. Mostraba además la rara particularidad de gustarle siempre los reyezuelos y los guerreros enemigos de su marido. El victorioso Kamehamea iba matando en los combates á sus rivales, pero su esposa se daba igual prisa en reemplazarlos. El marino Vancouver, durante su permanencia en Hawai, tuvo que intervenir amigablemente para reanudar las buenas relaciones entre los dos cónyuges reales.
Cuando la esposa de Kamehamea se vió al frente del reino, era ya vieja; sus pasiones empezaban á enfriarse, y además iban llegando al país muchos blancos que no eran marinos, sino misioneros ingleses y norteamericanos, disputándose entre ellos el honor de convertirla al cristianismo.
Hasta entonces las islas de Hawai habían sido el archipiélago del amor, como Taití y otras tierras de costumbres fáciles y sexualidad libre, ignorantes de nuestros escrúpulos morales. Para toda mujer de Hawai era motivo de orgullo poder mostrar una larga lista de amantes. Los hombres procuraban casarse con una hembra cuya belleza fuese apreciada y elogiada por todos sus amigos, á causa de no guardar ya ningún secreto para ellos. El acto carnal no tenía nada de pecaminoso en esta vida primitiva. El amor libre iba acompañado de cantos, bailes, versos y coronas de flores. Las fiestas públicas acababan en voluptuosidades generales sin tapujo alguno, como si con ellas se cumpliese un rito en honor de la Naturaleza.
La viuda de Kamehamea, triste por su decadencia física y rodeada de misioneros, abominó de todo lo que había amenizado y embellecido su juventud, y fué dando decretos, en los cuales se castigaba el adulterio ó la simple fornicación fuera del matrimonio, con la pérdida de los bienes y un año de cadena, luego de ser azotados los dos culpables en la plaza pública. En caso de reincidencia eran sumergidos en el mar, y únicamente se les sacaba del agua cuando estaban próximos á morir. Si después de esta prueba horrible volvían á sentirse tentados por el demonio de la impureza, «serán decapitados—decía el edicto—, según la ley de Dios».
El resultado de tal moralización á estilo draconiano fué que el archipiélago empezó á despoblarse. El gobierno tuvo que importar chinos y japoneses para que los campos no quedasen incultos. El canaco, que sólo comprendía la existencia con un collar de flores sobre el pecho, una guitarra en las manos y una mujer que bailase la hula moviendo las caderas, sin más vestido que un faldellín de fibras vegetales, al ver que le privaban para siempre del amor libre y variado, prefirió morirse.
Al mismo tiempo que la severa moral cristiana, fueron penetrando en las islas otras innovaciones de los blancos: el alcohol, las enfermedades venéreas, el afán del dinero; y estas calamidades aceleraron la general mortandad. Hoy, sólo una pequeña parte de los habitantes del archipiélago son descendientes de los antiguos canacos, súbditos de Kamehamea. América y Asia han enviado la mayor parte de la población actual, y junto con los japoneses, chinos y norteamericanos, existen—particularmente en la isla de Hawai, donde abundan los ingenios de azúcar—muchos portugueses y cierto número de españoles, venidos de las Repúblicas de la América del Sur.
De los tiempos paradisíacos del archipiélago, sólo han conservado los hawaianos sus aficiones á las flores y á la música. Esta disposición de todos ellos para la música es conocida en el mundo entero. Actualmente constituye una industria, y en las ciudades importantes, así como en las estaciones de moda invernales y veraniegas, se encuentran orquestas de hawaianos, músicos de tez de canela, con pantalones blancos, camisa de igual color y un collar sobre el pecho de papeles amarillos y rojos apretados como un cordón. Este es un símbolo de los antiguos collares de flores, que sólo se usan ya en las grandes fiestas.
La música hawaiana se halla extendida igualmente por el mundo, pero hay que oirla en el archipiélago, donde conserva su antigua melancolía amorosa y no ha sido desfigurada por las exigencias del baile en los modernos dancings. Todo canaco de alguna cultura es poeta y músico. Algunas de sus reinas fueron grandes improvisadoras de romanzas, así como las damas de su corte.
Cuando Kamehamea II, saliendo de la tutela de su austera madre, subió al trono, quiso conocer el mundo de los blancos, tan admirado por su padre, y adoptó la audaz resolución de hacer un viaje á Londres. Esto fué en 1824, y un viaje en buque de vela de Hawai á las islas Británicas por el cabo de Hornos representaba un año de navegación.
El vecindario de Honolulu fué bajando al puerto, asombrado y lloroso, por la aventura que emprendían sus monarcas. Casi no los reconoció. El hijo de Kamehamea iba vestido de húsar inglés, y su esposa llevaba un traje rojo de terciopelo, de cola larguísima, con sombrero enorme de igual género, indumentaria de otros climas, que la hacía sudar copiosamente.
Como todos lloraban, la reina, al subir al buque, reclamó silencio, y empezó á cantar una romanza compuesta por ella, expresando el dolor de su partida y la confianza en su regreso. Ninguno de los dos volvió á sus poéticas islas. Meses después de su llegada á Londres, murieron de melancolía bajo un cielo brumoso. Se extinguieron poco á poco, con el dulce y humilde asombro de un par de pájaros tropicales trasladados bruscamente á un país de nieve.
Me imagino cómo recordarían ambos desterrados los paisajes de sus islas nativas, que tan profundamente se fijan en la memoria del viajero.
Estoy en la proa del Franconia viendo cómo sube y se dilata, llenando todo el horizonte, una muralla que tiene por remates cimas y pitones de rocas volcánicas. Es la isla de Hawai que ha dado su nombre al antiguo archipiélago de Sándwich.
El mar tiene un azul luminoso en esta mañana del Trópico. Todos vamos otra vez vestidos de blanco. Se ven fragmentos del paisaje insular teñidos de un verde claro de tierra cultivada, pero más de la mitad de la isla, no obstante el esplendor matinal, permanece envuelta en nubes de plata sombría. Son los vapores del Mauna Kea, el volcán más grande y más alto, heridos por los rayos del sol.
Según nos aproximamos, las montañas, que tenían de lejos un color gris de lava, se van haciendo verdes. El Mauna Kea queda á un lado con su brumoso sudario, y vemos al fin la verdadera fisonomía de la isla.
Las vertientes son antiguas cascadas de lava petrificada, pero en las arrugas tortuosas de sus barrancos crece una compacta arboleda. Entre estos cordones de verde obscuro se extienden grandes declives de verde esmeralda: las plantaciones de caña de azúcar. Algunas de ellas, por estar la caña en flor, aparecen moteadas de un blanco sonrosado.
Navega el Franconia cerca de la costa, todo lo que es prudente en un archipiélago volcánico donde surgen de pronto arrecifes y pequeños islotes y vuelven á desaparecer poco después, sin dar tiempo á que los marquen en las cartas de navegar. Unas veces la costa es vertical hasta una altura de centenares de metros; otras avanza en pequeños cabos de lomo redondo ó agudo. Las nieves de las montañas del interior descienden hasta la costa al liquidarse, y caen en el Océano como cables blancos y espumosos de incesante volteo. Vistos de cerca, estos torrentes deben ser de una energía enorme, que se pierde sin provecho para nadie. Es tan escasa la gente en las islas, que á pesar de que pertenecen ahora á los Estados Unidos—primera potencia industrial del mundo—, nadie piensa en aprovechar tales fuerzas.
Al pie del acantilado, muchos peñascos están perforados por las olas, en forma de cuevas ó de pórticos. Apenas puede verse el color negruzco de la piedra, lo mismo á orillas del mar que en las cumbres. El Trópico cubre la áspera lava con una vegetación eternamente primaveral. De lejos parece sutil pelusa verde, levísimo musgo, y sólo cuando vemos moverse en estas praderas insectos diminutos que son vehículos ó caballos, nos damos cuenta de las proporciones del falso césped.
Se abre á ras del mar la barrera montañosa en valles triangulares. Se ven en ellos casas de madera entre grupos de palmeras; pero los edificios, cuando no los miramos con anteojos, parecen guijarros, y los árboles simples matas. Un ferrocarril sigue la costa, salvando las cortaduras de valles y desaguaderos sobre largos viaductos, unos sólidos, otros colgantes. En las playas ruedan incesantemente dos líneas de olas gigantescas. Hay ante ellas unas estacadas de pilotes de piedra; pero no son obra del hombre, sino fragmentos verticales de murallas de coral rotas por el tenaz ariete de las aguas. La doble hilera de rompientes se hincha, avanza, transparentando la luz como un muro de esmeralda, y se desploma entre los retorcimientos de su cabellera de espumas.
Sigue avanzando el Franconia con dirección al invisible puerto de Hilo, capital de la isla. Un gran remolcador ha venido á su encuentro, y le precede después para señalar el rumbo seguro en este mar abundante en peligros y emboscadas, menos frecuentado que el de Honolulu.
Empezamos á ver pueblos en la costa. Son en realidad bosques por las gallardas arboledas que se alzan entre los edificios. Estas casas, vistas de lejos, ofrecen un aspecto japonés, á causa de la forma de sus techos.
La isla expele humo por todas partes. Arriba, los conos de sus volcanes están envueltos en una nube siempre renovada. Al nivel del mar, los acantilados lanzan una respiración blanca. Todos los ángulos entrantes, roídos por las olas, tienen una grieta volcánica de continua exhalación. Es un humo tenue, casi transparente, que parece embellecer el paisaje con un adorno inesperado. Pero esta corona de chorros de humo que se prolonga en torno de la isla entera resulta inquietante y amenazadora. Contrasta con el esplendoroso terciopelo verde, moteado de oro, que invade sus tierras en declive y sólo deja de cubrir las alturas de los cráteres, donde la lava permanece desnuda.
Al atardecer doblamos un cabo y se abre ante nosotros una bahía en cuyo fondo hay poblaciones diseminadas, grupos de techos sombreados por cocoteros y palmeras.
Un vaporcito viene hacia nosotros tripulado por hombres vestidos de blanco. Esta embarcación deja detrás de ella una melodía de voces é instrumentos. Atenuada por las inmensidades del Océano y del cielo, tiene la fragilidad sonora, cristalina é inocente de las viejas cajas de música. Es Hawai, el antiguo Hawai de los collares de flores, de los cantos de amor, de las danzas voluptuosas y las poesías improvisadas, que sale á nuestro encuentro.
Echan una escala desde el buque y trepan por ella, ágiles pero con voluntaria lentitud, los músicos de pantalón blanco y collar en el pecho. Tienen la mesurada gravedad de los que van á cumplir una función patriótica. Tras de ellos suben varios periodistas del país, que desean verme.
Forma grupo la orquesta en una de las cubiertas. Se compone de violines, de guitarras, que tocan los hawaianos acostándolas en una rodilla para pellizcarlas á estilo de salterio, y de un guitarrito que puede guardarse en un bolsillo y es el verdadero instrumento nacional. Algunos pasajeros, conocedores del archipiélago por anteriores viajes, esperan con avidez esta música.
Van á tocar el Aloha (pronunciar Aloja), título que quiere decir indistintamente «Adiós» y «Bien venido». Los conferencistas del Franconia nos han explicado en noches anteriores que el idioma de Hawai sólo consta de treinta y dos palabras, y una misma palabra significa cosas diversas, según su colocación en la frase. Las letras las pronuncian todas, y esta pronunciación, según los citados conferencistas, se parece á la española más que á ninguna otra lengua. Tal pobreza aparente de palabras no ha impedido á los hawaianos ser poetas en los momentos importantes de su vida. Ahora Aloha significa «Bien venido».
Empieza la música y empieza igualmente el encanto adormecedor, suave, «poético»—no puede emplearse otra palabra más exacta—, que nos va á acompañar todo el tiempo que permaneceremos en el archipiélago, siguiéndonos de una isla á otra.
En este momento, mientras escribo las presentes líneas, siento la influencia, la obsesión de la música hawaiana que empieza á sonar en mi memoria. El que ha oído el Aloha y otra romanza titulada El collar de las islas, las canturrea siempre en los momentos que ensueña despierto, y se considera infeliz cuando no puede recordarlas.
No es música enérgica y violenta, como la de muchos pueblos primitivos; tampoco es el lamento temblón y monótono de las razas orientales. Tiene un sentimentalismo delicado, que pudiéramos llamar literario; es la romanza lánguida y añorante de una gente de musicalidad superior. No entran en ella muchas notas, y sin embargo se repite sin fatiga, deseando llegar á su final por el placer de cantarla de nuevo.
De todos los músicos del mundo civilizado, el único que viene á la memoria al escuchar estos Lieder amorosos del antiguo Hawai es Schúbert.