Navegando al margen de la tempestad.—Bailes, juegos y asistencia á la escuela.—Carreras de caballos en el buque.—La libertad religiosa de los norteamericanos.—El cura democrático de Minnesota.—El Mesías de Los Ángeles.—Dejamos de vivir un día entero.—Caen en las aguas del Pacífico veinticuatro horas de nuestra existencia.—¿Qué habrá sido de mis amigos del Japón?...
Empieza á anochecer cuando salimos de Honolulu. Flotan en todas las barandas del buque manojos de cintas multicolores. Son los restos del tejido de serpentinas que se formó entre el paquebote y el embarcadero durante una larga despedida.
Grita la muchedumbre en los muelles, agitando sombreros y pañuelos. Se oye, cada vez más lejos y por última vez, la romanza El collar de las islas, entonada por la música de la ciudad. Un tropel de nadadores nos sigue hasta fuera del puerto. Pero el Franconia acelera su marcha y los tritones canacos y japoneses acaban por quedarse atrás, esforzándose por sacar medio cuerpo fuera del agua y darnos el último adiós con sus manoteos y sus rugidos metálicos. Pasamos entre dos filas de boyas que empiezan á iluminarse, marcando el canal que deben seguir los buques de calado enorme.
Cuando cierra la noche, Honolulu brilla en el fondo del horizonte como un collar de diamantes desgranado, y esta visión resucita en mi memoria el recuerdo de Valparaíso, el gran puerto de Chile, que vi hace muchos años. Después que mis compañeros de viaje se sacian de contemplar las hileras de luces, cada vez más pequeñas y lejanas, concentran su atención en la vida de á bordo, preparándose para una travesía que será la más larga del viaje.
Durante diez días sólo veremos cielo y agua. Ni una isla, tal vez ni un buque, por ser esta la parte menos frecuentada del Pacífico. En Honolulu los tripulantes de un gran vapor japonés nos han dado malas noticias. Reina un larguísimo temporal entre Hawai y las costas del Japón. Ellos, como expertos hombres de mar, nos presagian un viaje penoso. Algunos pasajeros que han dado la vuelta al mundo otra vez recuerdan que el mal llamado Pacífico, en esta sección de su inmensidad se muestra siempre áspero.
Pasamos una mala noche navegando entre nuevas islas del archipiélago de Hawai, pero al día siguiente empieza á mejorarse el tiempo.
El capitán Melson es tenido entre los marinos de Inglaterra por muy hábil para sortear las tormentas, evitando molestias á sus pasajeros. Como el Franconia no tiene las prisas de un paquebote mercante y cuenta con las velocidades máximas de su máquina para resarcirse de las pérdidas de tiempo, nos apartamos del rumbo ordinario, que es donde reina ahora la tempestad, y en vez de subir inmediatamente hacia el Noroeste en busca del Japón, seguimos por el interior del mar tropical, como si nos dirigiésemos á las Filipinas. De este modo pasamos la mayor parte de la travesía dentro de un mar tranquilo y tibio, vestidos de verano, cual si navegásemos hacia un país del Trópico.
Seguimos el empuje favorable de la corriente ecuatorial del Pacífico Norte, prolongación de la que nace en las costas japonesas y da vuelta ante las costas de California, volviendo al mismo sitio de su origen; corriente que recibe el nombre japonés de Kuro Sivo (el Río Negro), á causa del color de sus aguas. Dos días antes de llegar al Japón es cuando el Franconia pondrá proa al Noroeste é iremos hacia el puerto de Yokohama, pasando casi instantáneamente del verano al invierno.
Antes de este cambio de rumbo navegamos por unas aguas verdes, luminosas, de fauna abundante, como las que vimos en las costas de la América Central. Únicamente por el Norte se muestra el horizonte gris y brumoso. Adivinamos la tempestad que asalta detrás de la niebla lejanísima á los buques de itinerario fijo, y sentimos una satisfacción egoísta al pensar que nosotros, como desocupados que pueden ir adonde quieren, sin prisa alguna, vamos sorteando los rigores atmosféricos.
Transcurren lentos días sin que el mar siempre desierto pueda ofrecernos otros espectáculos que la salida y la puesta del sol. Todas nuestras observaciones y deseos se concentran en la vida interior del buque, y apenas nos fijamos en el Océano. El Franconia cobija una actividad intensa que no volverá á repetirse en el resto del viaje. Las diversiones son incesantes; la orquesta trabaja más que nunca; todas las tardes hay conciertos, todas las noches baile.
Los profesores de la «American Express» dan conferencias con proyecciones cinematográficas sobre el Japón y la Corea, los dos primeros países que vamos á visitar. Muchos de nosotros creemos haber vuelto, en una regresión juvenil, á nuestros tiempos de estudiante. Vamos á clase todas las mañanas. Dos maestros de lenguas orientales dan lecciones de japonés y de chino, y aprendemos unas docenas de palabras en ambos idiomas que nos permitirán pedir modestamente las cosas más elementales para nuestra existencia.
Muchos días hay Forum, una especie de mitin presidido por el director del viaje, en el que todos pueden pedir la palabra para exponer sus dudas ó solicitar aclaraciones. Una señora pregunta si hay que llevar mucho abrigo en el Japón; otra desea saber los precios corrientes de los objetos artísticos y qué almacenes de Tokío son los que roban menos al viajero; una, más allá, pide consejos higiénicos para precaverse de las enfermedades del país... Y así continúan, con la curiosidad del pueblo americano por saberlo todo, formulando preguntas y preguntas. Unas veces contesta el presidente; otras, los mismos pasajeros que, por sus estudios ó por viajes anteriores, pueden ilustrar á sus vecinos.
Todas las mañanas, á primera hora, este pueblo marítimo desfila por un salón en cuyas paredes están fijos los avisos de las fiestas del día y reuniones instructivas, así como noticias importantes de lo ocurrido en la tierra durante las últimas veinticuatro horas, transmitidas por la telegrafía sin hilos.
Las gentes se agrupan con arreglo á sus aficiones deportivas ó sus ideas religiosas y filantrópicas. Hay anuncios solicitando una cuarta persona para jugar al bridge. Muchas tardes se celebran torneos de dicho juego, que apasionan extraordinariamente á las señoras.
Otro juego, de moda reciente, rivaliza con el bridge. Es de origen chino; unos le llaman Mah Jong y otros Pung Chow. Las pasajeras van de un lado á otro con la caja de sándalo contenedora de sus piezas de marfil. Estas fichas tienen nombres extraordinariamente poéticos; pero, según parece, el tal jueguecito chino es más temible que la ruleta para devorar el dinero.
Dos veces por semana hay carreras de caballos en la última cubierta, con todas las ceremonias y preliminares de este deporte nacional en los países de lengua inglesa. El establecimiento tipográfico del buque imprime una lista con los nombres y particularidades de los caballos, algunos de los cuales llevan de vez en cuando mis apellidos. En las cubiertas de paseo se venden billetes para los que deseen apostar.
Los caballos son juguetes de madera, corceles del tamaño de un conejo de Indias, con aun jockeys de distintos colores. El suelo de la cubierta tiene un séxtuple semicírculo, dividido en casillas numeradas, todo ello hecho con tiza. Los seis jinetes esperan en fila la señal de partir. La campana llama al público indicando que va á empezar la carrera, lo mismo que en los hipódromos. Una señorita, escogida por su belleza ó su elegancia, es la encargada de arrojar por el suelo un dado enorme; y con arreglo al número que permanece visible, el caballo agraciado va avanzando tantas casillas como marca la cifra.
Este público sencillo y entusiasta se enardece como si estuviese presenciando una carrera en Londres ó en Nueva York. Además, casi todos han apostado dinero, lo mismo hombres que mujeres. Los dólares salen de los bolsillos en forma de pelotas de papel arrugado. Cada uno grita para celebrar los avances de su favorito. Desde las cubiertas inferiores es fácil imaginarse que se vive en tierra, oyendo á lo lejos los rugidos de un hipódromo.
Un grupo de pasajeros francmasones fija un anuncio en el salón llamando á los compañeros de viaje que sean «hermanos», para constituir con ellos una logia en el Franconia mientras dure el viaje. El primer acto de la nueva logia, dos días después, es una suscripción general pidiéndonos dinero á todos para los hombres que trabajan en lo más hondo del buque alimentando las máquinas.
Algunos viajeros son pastores de las diversas confesiones del cristianismo reformado, y al dar la vuelta al mundo, desean visitar las misiones que han establecido sus correligionarios en China y el Japón. Otro, procedente de Minnesota—uno de los Estados más interiores y tranquilos de los Estados Unidos—, es un sacerdote católico muy joven, grande de estatura, fuerte, con serena franqueza en su mirada y sus ademanes. Tiene el aspecto de un boxeador simpático. Su cabellera espesa y dura, cortada á estilo norteamericano, se alza sobre su cráneo como una cresta ó una tiara. Nunca ha salido de su país, y desea ver el mundo, como los demás; pero lo que á él le interesa especialmente es conocer Jerusalén y Roma. En vez de buscar dichas ciudades por la parte de Oriente, siguiendo el camino más corto, va simplemente á ellas dando vuelta á la tierra entera.
Es un creyente fervoroso y sincero, pero sin intransigencias; un representante del catolicismo á estilo de los Estados Unidos, que es allá la religión más democrática y algunas veces la más demagógica, por figurar en ella muchos emigrantes pobres, á los que amarga su fracaso en un país de ricos.
Como dice la misa todas las mañanas á las siete, en uno de los salones de baile, algunas señoras de gustos aristocráticos que son católicas le piden que la retrase á las ocho ó las nueve, pues les resulta penoso levantarse tan pronto. Pero el joven sacerdote, con su aire de boxeador casto, poco sensible á los remilgos femeninos, contesta que él celebra su misa para los irlandeses, camareros y marineros del buque, y éstos sólo pueden oirla á las siete, antes de empezar su servicio.
—Levántense temprano—termina diciendo—. Ustedes nada tienen que hacer, y yo por complacerlas no voy á dejar sin misa á los que trabajan.
Hay en el Franconia otro representante del espíritu religioso más original y extraordinario. Es un joven de veintiocho años, cuya estatura casi alcanza á dos metros. Su cabeza es interesante, con ojos rasgados, algo femeninos, y luengas y rizadas melenas. El cuerpo está deformado por una obesidad impropia de su juventud. Tiene gran vientre y caderas amplísimas; pero á pesar de su desbordamiento adiposo se entrega con frecuencia á deportes violentos que agitan su cabellera rizada y una gran cruz pendiente sobre su pecho.
Este joven es nada menos que el fundador de una religión, y embarcó en San Francisco por tener su sede en Los Ángeles, hermosa ciudad de ricos y desocupados, prontos á aceptar todo lo nuevo que les parezca interesante.
En este buque, poblado de personas que se acostumbraron desde la escuela á respetar todas las creencias, nadie se extraña ni hace objeto de burla el viajar con el fundador de una nueva religión. Raro es el año en que dejan de surgir varias en los Estados Unidos, y aunque las más desaparecen con igual facilidad, algunas sobreviven y adquieren una fuerza considerable. El pueblo norteamericano se preocupa como ningún otro del problema religioso, tal vez á causa de su curiosidad nativa que le hace pensar frecuentemente en el misterio de la muerte y en lo que puede encontrarse después de ella.
Al norteamericano no le extraña ninguna doctrina religiosa, y es incapaz de burlarse de ella por extravagante que parezca á los demás. Lo único que no puede concebir es que se viva sin una religión, sea la que sea; lo que no llegará á imitar nunca es la tolerante y sonriente incredulidad que tanto abunda en Europa.
Cuando yo comento la exagerada juventud de dicho profeta, varias damas me contestan que todos los fundadores de religiones empezaron á propagar sus doctrinas antes de los treinta años.
Este Mesías de Los Ángeles ha sido seminarista católico, pero abandonó su carrera para intentar la estupenda obra de unir todas las religiones en una sola, entresacando lo mejor de cada dogma: algo semejante al «esperanto» en la lingüística. El fondo de su doctrina es el cristianismo, pero añadiendo la reencarnación del alma, proclamada por muchas religiones del Extremo Oriente. Admira á Buda, y hace este viaje para ver de cerca el culto búdico, en el Japón y la China, hablando con sus principales representantes.
Una mañana da una conferencia en el gran salón sobre Buda y su doctrina, y asisten á ella, en lugar preferente, los pastores protestantes y el sacerdote católico. Es un espectáculo característico de la vida norteamericana que los «latinos», violentos é intolerantes, no podemos concebir, y extraña á nuestros ojos cuando lo presenciamos.
A la salida de la conferencia pretendo que el sacerdote católico abandone su cortés tolerancia é inicio para conseguirlo algunas críticas sobre lo que ha dicho el conferencista. Pero no me sigue, y, muy al contrario, contesta con una tranquilidad de hombre respetuoso para las creencias ajenas:
—Si piensa sinceramente lo que dice, allá él, aunque yo le considere en el error. Lo importante es que crea en Dios y en las leyes eternas de la moral.
Los pastores protestantes, aunque no saludan al inventor religioso, le miran sin animosidad cuando pasa ante ellos llevando sobre su pecho la insignia de su alta jerarquía: una cruz de oro con una estrella superpuesta de plata y piedras preciosas, joya ritual de gran valor ideada por él y que deben haberle regalado sus devotas de Los Ángeles.
Un poco antes de la mitad de nuestra navegación, estando entre Hawai y el archipiélago japonés, nos ocurre algo extraordinario que sólo pueden conocer los que hayan dado la vuelta al mundo. Todos los pasajeros y tripulantes del Franconia perdemos un día de nuestra vida; mejor dicho, dejamos de vivir veinticuatro horas de nuestra existencia, que caen al mar sin ser utilizadas.
Esto merece una explicación. El lector tal vez recuerde una novela de Julio Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, que hizo las delicias de nuestra infancia. El protagonista Phileas Fox, al volver á su casa de Londres, cree perdida su apuesta por haber pasado ochenta y un días en su viaje alrededor del mundo, cuando el plazo convenido era de ochenta. Mas al mirar su almanaque de pared ve que no es jueves, como él creía, sino miércoles.
El héroe de esta novela lleva ganado un día sobre los demás hombres porque ha hecho el viaje de Occidente á Oriente, al revés que nosotros. Los pasajeros del Franconia vamos de Oriente á Occidente, ó sea siguiendo el aparente curso del sol. Pero como éste viaja más aprisa que nosotros, cada día perdemos una hora.
Ya llevamos perdidas, con arreglo al meridiano inglés de Greenwich, que es el que rige la vida del mar, unas doce horas desde que emprendimos nuestro viaje, y de continuar así, al haber dado la vuelta entera á la tierra, nos ocurriría lo que á Sebastián del Cano y sus compañeros en la primera circunnavegación del planeta. Cuando hambrientos y con la nave destrozada tocaron estos héroes en las islas de Cabo Verde, vieron con asombro que los habitantes del país vivían en un jueves, cuando ellos, según el diario de á bordo, estaban todavía en un miércoles.
En igual confusión nos veríamos nosotros, si las leyes modernas que regulan la vida marítima no hubiesen establecido una costumbre para corregir tal desarreglo. Cuando en las cercanías de Hawai se llega al meridiano 180, antípoda del meridiano de Greenwich, si el buque va hacia Asia los tripulantes suprimen un día, y si viene hacia América, ó sea en dirección contraria, viven un mismo día dos veces.
Por eso yo tengo en mi existencia un día que no he vivido, una semana que careció de lunes. El 17 de Diciembre de 1923 fué una realidad para todos los habitantes del planeta, menos para los que íbamos en el Franconia. Saltamos del domingo 16 al martes 18, arrancando de una sola vez dos hojas del almanaque.
En verdad pasamos el meridiano 180 el día 16, pero dicha fecha era domingo, y está admitida una pequeña superchería geográfica en los buques, para que no se perjudique la religiosidad dominical. El domingo es el único día de la semana exento de supresión, evitando de tal modo que los navegantes se vean privados de servicio religioso.
Al principio no se pensó en esto, y según cuentan las gentes de mar, tal omisión dió motivo á incidentes graciosos. A veces iba en el buque algún reverendo misionero que preparaba cuidadosamente un sermón para el próximo domingo, con el noble propósito de convertir á muchos pecadores y pecadoras, compañeros suyos de viaje. Y al levantarse en la mañana de dicha fecha, se enteraba con asombro de que no había domingo, por haber saltado todos, tripulantes y pasajeros, de un sábado á un lunes, y tenía que guardarse su sermón.
Según nos aproximamos á las costas japonesas va enfriándose la temperatura y se agranda en mi interior una inquietud que viene acompañándome desde Europa.
Hace cuatro meses, á fines de Agosto, estando en mi casa de Mentón, recibí una carta suscrita por dos profesores japoneses que han traducido algunas de mis novelas. Se habían enterado de mi próximo viaje y me anunciaban, con su fina cortesía nipona, un cariñoso recibimiento y varias fiestas en mi honor, cuando llegase á su país.
Seis días después, el 1.° de Septiembre, circuló por el mundo la noticia del gran temblor de tierra que ha destruído completamente á Yokohama y quebrantado á Tokío y otras ciudades japonesas. Nunca en los siglos conocidos de la historia humana ocurrió una catástrofe tan enorme y que causase tantas víctimas.
Marcho hacia el Japón sin haber recibido noticia alguna de allá, después del cataclismo. Por la noche miro ansiosamente hacia el punto del horizonte donde creo que están ocultas las islas japonesas.
¿Vivirán aún Hirosada Nagata, Shiduo Kasai y otros traductores míos?... ¿Encontraré á mis amigos japoneses en el muelle destruído de Yokohama, ó saldrá á recibirme la noticia de su muerte?...
Después de diez días de soledad oceánica.—Aparición matinal del Fuji.—Los marinos de la bahía de Tokío.—Carabelas con motor.—La antinomia japonesa.—Enorme destrucción de Yokohama.—La ciudad como fué y como la vemos.—Llegada de mis amigos.—La «koruma» y el caballo humano.—El engaño de la noche en Yokohama.—Vamos en busca del verdadero Japón.
Al cerrar la noche, un buque pasa por la línea del horizonte, y esto es para nuestros ojos un suceso extraordinario. Llevamos diez días de navegación, sin que nada altere la monotonía del mar. Este paquebote, de una Compañía que hace el servicio entre el Japón y Canadá, representa para nosotros una certidumbre de que la humanidad no ha dejado de existir. Es la vida de nuestra especie, la historia humana, que vienen otra vez á tomarnos.
Todos sentimos un deseo vehemente de pisar tierra. Muchos no pueden ocultar su alegría al darse cuenta de que sólo nos separan del Japón unas cuantas horas nocturnas y al amanecer veremos la línea dentellada de sus costas, en vez de la horizontalidad azul del Pacífico. Los más se levantan con las primeras luces del día y suben á las cubiertas, arrebujados en abrigos de invierno que tuvieron que buscar apresuradamente. El cambio de temperatura ha sido casi instantáneo. El frío parece influir en el aspecto del mar. Se entenebrece el espacio con una bruma que es en realidad polvo acuático arrancado á las olas por el viento. Al salir el sol se forma delante del buque un gran arco iris, que por sus colores recuerda la pintura de los artistas japoneses.
Huyen de tierra las olas para perderse en las soledades del Pacífico. Vienen al encuentro de nuestro buque y se alejan hacia la inmensidad oceánica. Todas ellas, al recibir de frente los rayos casi horizontales de un sol todavía bajo, brillan como si fuesen de oro en su parte cóncava, mientras la convexidad de su lomo es de un verde obscuro y tempestuoso.
Un grito de curiosidad y admiración circula de pronto por las cubiertas, saludando un descubrimiento. Acaban de rasgarse y disolverse los vapores del horizonte, el cielo queda limpio, y á enorme altura vemos una especie de nube sonrosada y triangular que refleja la luz del sol. Todos la reconocemos. Es el célebre Fuji-Yama (Monte Fuji), el volcán desmochado y con eterna esclavina de nieve que aparece en tantas estampas y tantos biombos y abanicos japoneses, como resumen de las bellezas de la tierra nipona.
No conozco montaña que dé una sensación de abrumadora enormidad como este volcán, situado en el país de la pequeñez graciosa, de las casitas que parecen juguetes, de los paisajes creados para muñecas. Muchas cimas famosas de los Andes y del Himalaya no despiertan la misma admiración, por estar rodeadas de una escalinata descendente de montañas secundarias que disimulan su altitud. El Fuji no tiene á su alrededor nada que le encubra. Corta el horizonte con los perfiles completos de sus laderas, desde la base hasta el cono truncado de su cumbre, en otro tiempo puntiaguda y ahora horizontal, por haber volado parte de su cráter una remotísima erupción. Las montañas que le rodean y las costas inmediatas nos parecen muy bajas. El gigante vive en un aislamiento orgulloso, acaparando la mayor parte del horizonte, envuelto en su manteleta de nieves, que se acorta ó crece según las estaciones del año, prolongándose en onduladas franjas.
Entramos en la dilatada bahía de Tokío donde está Yokohama. Este mar interior tiene en lo más profundo de su curva la capital del Japón; pero como las aguas cerca de Tokío carecen de la profundidad necesaria para los buques modernos, los japoneses establecieron, diez y ocho millas más al Oeste, en una pobre aldea de pescadores llamada Yokohama, un puerto que fué poco después uno de los núcleos del comercio del mundo, al abrirse el país á la vida internacional.
Esta bahía tiene á un lado Tokío, en el centro Yokohama, y al Oeste, fuera de su boca, la derruída ciudad de Kamakura. Hace siglos figuró como capital del Imperio. Ahora, Kamakura sólo interesa por sus viejos templos, perdidos entre la vegetación de bosques y jardines. Éstos cubren á su vez un suelo que fué el de antiguas plazas y avenidas. Detrás de Kamakura se alza la mole del monte Fuji á más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, tocado con su caperuza de escamas de nieve, que los poetas del país comparan á los pétalos de la flor del loto.
Vemos unos islotes pequeños, casi á flor de agua, semejantes al caparazón redondo de las tortugas. Todos ellos están fortificados con baterías de cúpula. Nuestro paquebote navega lentamente entre enjambres de barcos menores. Sale á nuestro encuentro, por primera vez, la pintoresca antinomia, la contradicción original y violenta que nos acompañará siempre en este país. Es la mezcla del pasado y el presente, de una tradición orgullosa que no quiere morir, considerándose superior á todo lo extranjero, y de un afán habilidoso por apropiarse é imitar lo que ha producido y puede producir en lo futuro ese mismo extranjero tan despreciado.
Las más de las embarcaciones son buques veleros de forma arcaica, con la popa alta y la proa baja, lo mismo que las antiguas carabelas. Algunas hasta conservan el velamen de piezas superpuestas y plegables, como las persianas ó los abanicos, igual que se ve en las estampas japonesas. Sus tripulantes van vestidos con un kimono obscuro y llevan el pelo recogido sobre el cogote, á estilo mujeril. Otros usan sombrero en forma de sombrilla, chaqueta corta de mangas perdidas, y llevan las piernas desnudas, con un simple pañizuelo entre ellas que los sirve de calzoncillo. Pero toda esta marina de otros siglos ha colocado en sus barcas de pesca ó de cabotaje motores de petróleo, que suplen las ausencias del viento. En algunos vaporcitos blancos, de reciente construcción, el capitán, erguido en el puente y con el kimono batido por el viento, parece escapado de una lámina de las antiguas historias de piratas.
Pasamos junto al arsenal de Yokohama. Eclipsando en parte las techumbres de los astilleros, ocho grandes acorazados lanzan el humo de sus chimeneas, y otra vez sentimos extrañeza al pensar que estas formidables máquinas de guerra, copiadas de los países occidentales y que consiguieron muchas veces la victoria, pertenecen á estos hombres que al verse solos en sus casas ó en sus buques se visten como se vestían sus ascendientes hace siglos, imitando todos los gestos de su vida remota.
El cielo es azul y ha quedado limpio de nubes, brilla el sol, pero según nos aproximamos á la costa aumenta la frialdad de un viento que parece su respiración. Estamos á fines de Diciembre y nos hemos alejado de nuestro océano tropical. Además, el frío es siempre más intenso en la tierra que en el mar.
Flotan sobre las aguas verdes y amarillentas de la bahía anchas fajas blancas, que parecen espumas de ola cristalizadas y fijas. Son grupos de gaviotas encarnizándose en bancos invisibles de peces. La gran cantidad de barcas pescadoras que pasan junto á nosotros, izando sus velas de persiana ó de lienzo blanco á rayas negras, revelan la fauna abundante de este mar interior.
Grupos de vapores anclados forman islas de mástiles y chimeneas. Nos deslizamos por las tortuosas avenidas que deja libres este amontonamiento de buques inmóviles. Entre los barrios flotantes van y vienen otros barcos más pequeños, que se pegan á sus costados para recibir sus cargamentos ó suministrarles agua y carbón.
Al dejar atrás esta ciudad flotante que cabecea sobre sus áncoras descubrimos Yokohama de un extremo á otro, sin que nada nos impida apreciar de golpe el aspecto de su desolación inmensa.
Yo he visto Reims después de varios meses de bombardeo; he visitado durante la última guerra poblaciones destruídas sistemáticamente por la invasión alemana; pero el horror de esta ciudad enorme sacudida en sus cimientos por los temblores del suelo y consumida luego por las llamas es mucho más impresionante y doloroso. El hombre, á pesar de sus maldades científicas, no puede realizar en años la labor destructiva que una naturaleza inconsciente obra en el transcurso de unos minutos.
Vemos filas interminables de almacenes y fábricas que sostuvieron hace cuatro meses una techumbre y ahora no son mas que tapias de corral derruídas. No hay nada que corte el horizonte verticalmente, ni una torre, ni una casa de dos pisos. Todo está por el suelo. Ninguna obra se atreve á ir más allá de la estatura humana. Algunos muros chamuscados por el incendio, que parecen simples cercas, los van señalando los viajeros que conocieron Yokohama antes del terremoto. Allí estaban los grandes Bancos, los almacenes de múltiples pisos á imitación de los de Nuera York, varios hoteles iguales por sus comodidades á los «Palaces» más famosos.
Yokohama tenía su Gran Hotel, construcción altísima que era un motivo de orgullo para la ciudad. Los que presenciaron el cataclismo se valen siempre de la misma imagen para describir su destrucción. Desapareció como los helados en forma de pirámide que se sirven á los postres de una comida y son cortados en rodajas por el cuchillo de los comensales. Al sacudirlo el estremecimiento telúrico, un cuchillo invisible lo fué partiendo en pedazos, y éstos cayeron uno sobre otro, llevando cada cual en las celdillas de su interior una agitación de pobres insectos humanos aullando de miedo ó enmudecidos por el espanto.
Los que conocieron el Yokohama de hace cuatro meses recuerdan los esplendores de sus grandes calles, embellecidas por el comercio. Aquí estaban las mejores tiendas del Japón, joyerías, depósitos de perlas, de sedas, de alhajas. Además, por ser puerto terminal de las grandes líneas de navegación, algunos de sus barrios tenían la alegría ruidosa y pintoresca que gozaron siempre los lugares marítimos famosos, desde la más remota antigüedad. Había calles enteras de teatros, de cinematógrafos, de casas de té, abundantes en bailarinas y cantoras, y de otros establecimientos con mujeres pintadas vistiendo kimonos floridos y esperando en la puerta el momento de la servidumbre sexual, con la tranquilidad propia de un país que, hasta hace pocos años, consideró la prostitución industria útil, sin deshonra para las familias de las hembras que la ejerciesen.
Europeos y americanos establecidos en Yokohama habían cubierto sus alrededores de graciosas casitas con jardín. Sobre las colinas había numerosos templos budistas y sintoístas, venerables y tranquilos como los de Kamakura. El pueblo japonés, gustoso de vivir entre flores, improvisaba minúsculos jardines en todos los rincones de tierra encontrados á su alcance, por pequeños que fuesen. Muchachas del país, musmés frágiles como muñecas, con peinado enorme y un lazo en forma de almohadilla á continuación de la espalda, sonreían al transeunte, cantando con suave voz de gatita á las puertas de sus casas de juguete, mientras tañían una diminuta guitarra de largo mástil... Y todas las prosperidades y riquezas de un comercio enorme, todas las flores, sonrisas y cánticos de una vida dulce, quedaron suprimidos en menos de media hora.
Ardió casi instantáneamente la ciudad por el centro, por todos sus extremos. Un ciclón trasladó las llamas á enormes distancias sobre esta aglomeración de barrios formados con edificios de madera y papel. Las grandes construcciones de cemento y metal, partidas por el temblor, cayeron igualmente en el brasero. Se inflamaron en inmensa llamarada los gigantescos depósitos de gas y de petróleo. Algunos buques brillaron en pleno día como antorchas movibles, huyendo á toda máquina de su contacto mortal los otros que habían conseguido librarse de las llamas. Cegadas por el fuego, ennegrecidas por el humo, se arrojaron á miles las gentes en el mar, pidiendo socorro á las lanchas repletas y hundidas casi hasta sus bordas, que iban de un lado á otro, no pudiendo recoger tantos fugitivos.
Los que vieron Yokohama en otro tiempo y contemplan ahora sus ruinas desde el buque, dicen todos lo mismo:
—Ha sido más horrible que lo imaginábamos...
El gobierno japonés, procediendo de un modo opuesto á los gobiernos occidentales, tuvo empeño en ocultar desde el primer momento la magnitud de la catástrofe. Ha preferido remediar por sí mismo su desgracia, antes que inspirar á los otros pueblos una compasión molesta para su orgullo.
Varias lanchas de vapor se pegan á nuestro buque y un grupo numeroso de japoneses me busca por las diversas cubiertas. Los más de ellos son periodistas, preguntones y ágiles, venidos de Tokío, y que se valen de la máquina fotográfica lo mismo que un reportero norteamericano. Con ellos llegan varios profesores de la Universidad que se dedican á la enseñanza de las lenguas europeas, y entre los cuales figuran mis traductores.
Ninguno de ellos ha muerto. Como la gran catástrofe ocurrió el 1.° de Septiembre, época en que se ven más frecuentadas las playas de moda y las estaciones balnearias de la montaña, las gentes de cierta posición social libraron sus vidas. El pueblo, retenido en las ciudades de la costa por su trabajo, y los comerciantes modestos, sufrieron la mayor mortandad.
Todos mis amigos son japoneses, pero hablan fácilmente el español. Unos lo han estudiado sin salir del país; otros estuvieron en Filipinas ó vivieron largas temporadas en las Repúblicas sudamericanas del Pacífico. Llegan con ellos dos europeos: don José Muñoz, profesor de lengua y literatura españolas en la Universidad de Tokío, y un joven portugués muy inteligente, llamado Pinto, que enseña á los estudiantes japoneses la lengua y la literatura de su país.
Es al bajar á tierra cuando me doy cuenta de la inmensidad de la catástrofe. Los antiguos muelles sólo existen á trechos. El temblor los hizo pedazos. Unos fragmentos rodaron al fondo de las aguas; otros han quedado aislados, y hay que ir pasando con lentitud por varios puentes de madera á lo largo de estos islotes informes de mampostería.
Vemos á través del verde cristal oceánico las moles sumergidas del muelle, y entre sus masas hierros retorcidos, ruedas de automóviles, pedazos de camión y de grúa, materias aplastadas y multicolores, de diversas formas, que se van unificando bajo la capa vegetal creada por las aguas. Los japoneses, con sus ojos impasibles, su eterna sonrisa y su voz dulce que parece dar una sencillez infantil á las palabras más graves, me explican la escena horripilante que se desarrolló en este muelle.
Ocurrió el temblor en el momento que iba á partir un gran paquebote para la América del Sur. Eran numerosos los viajeros importantes, y había acudido mucha gente á despedirlos. El muelle estaba cubierto de automóviles. Muchas personas huyeron sin saber lo que hacían; otras se refugiaron en los buques. Los que se quedaron en los muelles, creyendo estar más seguros, perecieron todos.
Mis amigos me señalan en el fondo del agua objetos informes que oprimen con su peso los bloques rotos del muelle, y asoman por sus costados. Allí están centenares y centenares de cadáveres. La tenacidad con que las bandas de peces, grandes y chicos, acuden á estos restos de la catástrofe revela la existencia de un enorme pudridero humano.
Nadie puede pensar por el momento en poner remedio á tal abandono. El cataclismo ha ido más allá de las fuerzas del hombre. En las calles de Yokohama y de Tokío hubo que amontonar los cadáveres á miles y rociarlos con petróleo para que el fuego los consumiese, sin aguardar á identificaciones. Bien se hallan estos otros en su tumba marítima.
—Además, la tierra sigue temblando con alguna frecuencia—me dice uno de los periodistas—, y ¡quién sabe cuándo llegará la verdadera hora de proceder á la reconstitución de lo destruído!...
Estas palabras de mi acompañante las recordé pocas semanas después, estando en China. La tierra volvió á temblar en Yokohama, así como el fondo de su bahía. Yo pude aún pasar sobre los restos del antiguo muelle, partido en islotes que estaban unidos por puentes de tablas. Poco después, un nuevo temblor hizo que el mar se tragase completamente este muelle que pisé al desembarcar.
Corremos las calles de la ciudad montados en koruma. El lector sabe indudablemente lo que es este vehículo, cochecito de un solo asiento, con ruedas muy altas y ligeras, del que tira un hombre uncido á sus varas.
Por primera vez uso este medio de locomoción, venciendo la repugnancia que nos inspira á los occidentales. Pero en todos los países asiáticos es el más usual, y casi siempre sustituye el hombre á los cuadrúpedos en sus sistemas de tracción. Resulta más barato y más abundante que el caballo ó el buey. Al principio siento remordimiento viéndome llevado por un semejante mío que trota como una bestia. Poco á poco me acostumbro al nuevo medio de circulación, como les ocurre á todos los occidentales, y al final le encuentro ciertas ventajas. Es agradable ir de un lado á otro con un caballo inteligente al que puedo hablar, y que algunas veces, dejando sobre el borde de la acera las varas ligeras de su vehículo, entra conmigo en templos y almacenes, sirviéndome de guía é intérprete.
En Yokohama hay que valerse de la koruma, por ser más cómoda que el automóvil. Las calles están todavía rajadas por grietas profundas y con montones enormes de escombros. En algunos sitios se ha abierto el suelo en profundos embudos, como si hubiesen estallado sobre él grandes obuses. Las ondulaciones telúricas dejaron hondos rastros de sus inexplicables caprichos. Hay calles en que se abrió la tierra, y después de tragar á la muchedumbre fugitiva volvió á cerrarse como un escotillón de teatro, sin dejar señal alguna de su humano devoramiento. Más allá se partió solamente en grietas; pero al cerrarse éstas, sujetaron, como trampas para cazar lobos, las piernas humanas; y las víctimas retenidas por la sorda tenaza vieron llegar hasta ellas el incendio, ardiendo como cirios.
Pero la vida es más fuerte que las cóleras de la Naturaleza. El instinto de conservación la hace renacer, como las vegetaciones que se extienden sobre los escombros de los cataclismos.
Una muchedumbre enorme ha vuelto á instalarse en la ciudad desaparecida, acampando entre las ruinas de sus casas. Si el gobierno diese permiso para reconstruirlas, estarían terminadas hace ya tiempo, pues la casa japonesa, toda de madera y tabiques de papel, es fácil de improvisar. Además, el japonés, hábil de manos y con gran espíritu práctico, no pierde el tiempo en lamentaciones y procura rehacer lo antes posible el curso normal de su existencia. Hay que recordar cómo dos días después de la gran catástrofe los Bancos de Tokío volvieron á abrir sus oficinas y el comercio continuó sus negocios. Pero el gobierno está estudiando un nuevo sistema de construcción, con el propósito de impedir que el incendio siga á los temblores; y mientras no autorice la edificación definitiva, las gentes viven en barracas de paja y tiendas de lona.
Como Yokohama conserva su vecindario de antes, aunque considerablemente disminuído por la catástrofe, la mayor parte de los servicios públicos han sido reanudados con una prontitud que tiene algo de cómica, á pesar de la tristeza del ambiente. No hay casas, pero hay personas; y para comodidad de éstas se ha restablecido por completo el alumbrado de las calles y el servicio de tranvías.
Sobre las grietas enormes que parten el suelo pasan rieles sostenidos por caballetes de madera. Entre los montones de escombros que guardan aún restos humanos se yerguen troncos de pino sostenedores de cables eléctricos y de lámparas.
Al volver á la ciudad en plena noche, después de vagar por sus alrededores, se imagina uno que el relato de la catástrofe, repetido por todos, es una mentira colectiva. El cielo está intensamente rojo, pero tal resplandor no es de incendio, sino el simple reflejo de los miles y miles de luces de la gran ciudad, que todas las noches, al quedar bajo las sombras, parece no haber sufrido ninguna destrucción. Desde las alturas inmediatas se la adivina tal como fué por el trazado de las luces, que marcan la amplitud de sus grandes avenidas, así como las fajas más modestas de sus calles laterales. Las filas entrecruzadas de puntos brillantes hacen creer en la existencia de una gran urbe sobre un suelo que en realidad sólo mantiene ruinas.
A la media hora de pasear en koruma por Yokohama me siento tristemente aburrido. Estamos en un cementerio lleno de gentes; pero un cementerio sin panteones y sin vegetación, de paredes chamuscadas, montones de cascote y anchas zanjas con agua putrefacta.
Los hombres que trabajan en las calles, aunque son japoneses, tienen un aspecto casi occidental. Llevan gorras y pantalones azules, iguales á los que usan los jornaleros de Europa; hasta emplean para el manejo de sus herramientas guantes de mosquetero, como los trabajadores de Nueva York. Las familias acampadas van vestidas igualmente, con una mezcolanza de prendas del país y europeas. No se ve el Japón por ninguna parte.
Al frente de nuestro grupo va un profesor llamado Kanazawa, que ha sido comisionado por el Ministerio de Negocios Extranjeros para guiarme y acompañarme mientras esté en el Japón. Este señor, que conoce su país como muy pocos, es autor de un Diccionario japonés-español, y ha vivido en Chile, Perú y otros países americanos de lengua española. Muestra una inteligencia muy ágil, y su cortesía resulta extraordinaria aun en este país donde los hombres pueden ser considerados como los más corteses de la tierra.
Adivina sin duda en mis ojos la decepción y el tedio al repetir nuestros paseos por esta tierra de ruinas, cuando ya se ha extinguido el interés que inspiran las primeras impresiones de horror. Comprende que ha llegado el momento de hacerme ver el Japón, y después de procurarse un automóvil—lo que no es fácil en una ciudad cubierta de escombros—, da sus órdenes al conductor:
Origen divino del pueblo japonés.—La vanidosa hermosura de la diosa del Sol y las barbaridades de su hermano y esposo.—El Espejo y el Sable.—Una dinastía de 2.600 años.—El feudalismo japonés.—Los daimios y sus fieles samurais.—La corte de Kioto la Santa.—Los «Generalísimos» de Kamakura.—Kio-To y To-Kio.—El Camino de Kamakura.—Ante la imagen del Gran Buda.—La diosa de la Misericordia.—Un gigante divino de bronce sumido en la noche.—Lo que dice la sonrisa de la Esfinge dulce.
El pueblo japonés es de origen divino. De ahí su orgullo inmutable, que data de veinticinco siglos.
Los principios de su mitología resultan obscuros y complicados. Vagan en su limbo muchos dioses de historia y atribuciones inciertas. Los primeros conocidos son Izanagui y su esposa Izanami. Este matrimonio de dioses era tan inocente que ignoraba el amor, y fueron dos pájaros los que se lo enseñaron. Por eso los representa la imaginería japonesa contemplando atentos la lección de la pareja alada.
El resultado de sus amores fué unas veces geográfico y otras carnal. La divina Izanami dió á luz varios dioses; pero también surgieron de sus entrañas las ocho islas grandes del Japón con su cortejo de numerosas islitas.
Al arrojar al mundo el dios del Fuego, murió á consecuencia de este parto ígneo, y su marido quiso recobrarla penetrando en el reino de los muertos, como Orfeo, el divino cantor, fué en busca de su difunta Eurídice. Después de numerosos combates para abrirse paso, el valeroso Izanagui rescató á su esposa; pero al abrazarla lo hizo con tanto entusiasmo, que rompió uno de los dientes de su peineta, y la majestuosa diosa se transformó en un amasijo de carnes putrefactas, cayendo al suelo. Para purificarse de tal contacto el viudo se bañó en un torrente, y de cada una de las piezas de su vestidura, abandonada en la orilla, fué surgiendo un dios. Además, de su ojo izquierdo nació Amatérasu, la diosa del Sol; de su ojo derecho, el dios de la Luna, y de su nariz, Susanoo, el Hércules de la mitología japonesa, más violento aún que éste en sus hazañas guerreras y sus acometividades amorosas.
Del acoplamiento de la hermosa Amatérasu y del agresivo Susanoo descienden los actuales emperadores del Japón. Como estos dioses eran hermanos, resulta extremadamente inmoral para los occidentales el origen divino de los soberanos japoneses; pero bueno es recordar que en los primeros tiempos de la creación, explicados por los libros santos del cristianismo y por los de otras religiones antiguas de Europa, existe igualmente el incesto. Los hijos de Adán, para perpetuar la especie, tuvieron que unirse con sus hermanas, las hijas de Eva. Los dioses escandinavos aparecen igualmente en los poemas, aprovechados musicalmente por Wágner, dando vida á hijos é hijas, que se ayuntan para crear los primeros hombres.
Los amores y las rencillas de la diosa del Sol con su hermano el Hércules japonés ocupan gran parte de la mitología nipona. Susanoo era de carácter tan violento, que al disputar una vez con su hermana arrojó un caballo muerto sobre el telar en que tejía ésta, rompiendo su labor, Amatérasu, ofendida, fué á ocultarse en una gruta, y el mundo de los dioses quedó consternado por esta fuga, que privaba á la tierra de su luz solar. Pero uno de ellos, que sin duda representaba la Astucia y era experto conocedor de la vanidad femenina, llevó á una diosa subalterna de gran belleza frente á la entrada de dicha gruta, tapada con enormes piedras.
Todos los dioses formaron una orquesta con coros, y al son de la música y los cánticos la diosa empezó á danzar. A cada vuelta hacía caer una prenda de su vestido, y el coro de dioses elogiaba con entusiasmo el esplendor de las formas desnudas que iban apareciendo paulatinamente al desprenderse los velos.
Amatérasu, que escuchaba oculta tales alabanzas, se sintió celosa al enterarse de que existía una mujer más hermosa que ella, y fué separando poco á poco las piedras de la entrada para ver si realmente merecía la otra tales homenajes. El astuto dios, que esperaba este momento, agarró las piedras entreabiertas y las echó abajo, tirando de Amatérasu hasta ponerla frente á la deidad desnuda. En el primer instante tuvo que reconocer con cierto dolor la belleza de su rival. Luego le dieron un espejo de mano para que se contemplase, y recobró su tranquilidad al convencerse de que era más hermosa que la otra. Esto la puso de buen humor, y accedió á desistir de su aislamiento, volviendo otra vez á iluminar el mundo.
Susanoo fué expulsado del cielo para que no molestase más á su hermana, y recibió el imperio de los mares, matando en ellos un dragón de ocho cabezas y otras bestias maléficas con un sable encantado. Un nieto de Susanoo y Amatérasu fué el primer Mikado ó emperador del Japón que registra la Historia, llamado Jimmuteno. De él descienden en línea directa los soberanos del pueblo japonés que han venido sucediéndose en el trono durante 2.600 años.
Las dinastías reales de Europa se consideran antiquísimas al poseer una historia de unos cuantos cientos de años, y no son mas que familias de advenedizos comparadas con la lista cronológica del Mikado, que ocupa sin ninguna interrupción veintiséis siglos. Además, todos los monarcas tienen un origen puramente humano. El fundador de una familia real es siempre algún aventurero heroico ó un político astuto y de suerte. Únicamente descienden de dioses los emperadores del Japón. Su primer antepasado tuvo por abuelos á la diosa del Sol y al dios del Valor.
Se comprende la veneración inconmovible, la fe sólida, más allá de todo raciocinio, que el pueblo japonés ha sentido durante miles de años por sus emperadores. Esta adhesión aún persiste en los soldados, en los campesinos, en todas las clases sociales que no han sido influenciadas por la crítica y la duda que aportaron á su país el progreso material y las ciencias de los pueblos occidentales. La devoción del japonés por el Mikado puede compararse, como dice Brieux, á la que habría sentido hasta hace poco cualquier pueblo de Europa cuyos reyes fuesen descendientes directos de Jesucristo.
Los emblemas del emperador japonés son un espejo de mano, un sable y una joya. El espejo de mano es el mismo que los dioses entregaron á Amatérasu para que contemplase su belleza.
Cuando la diosa regaló á su nieto Jimmuteno las islas del Japón, nombrándole para siempre emperador de ellas, le entregó los tres Tesoros Sagrados: el Espejo, el Sable y la Joya, diciéndole que éstos eran los signos de su dignidad soberana y debía transmitirlos á sus descendientes. «Tú y los hijos de tus hijos consideraréis este Espejo como si fuese mi propia persona.»
El Espejo Sagrado y el Sable Sagrado vienen existiendo desde entonces, y cada vez que se proclama un nuevo emperador, la ceremonia más interesante de la entronización es el viaje del monarca á un templo antiguo de Isé, donde están ambos objetos. Ni el mismo emperador logra conocerlos. Queda á solas con ellos, pero no los ve ni los toca. Hace muchos siglos que fueron envueltos en telas de seda, y cada vez que éstas envejecen, los sacerdotes añaden por encima otras nuevas, siendo después de tantas renovaciones unos paquetes informes de tejidos, cuyo contenido hay que imaginarse con ayuda de la fe.
No adoran en realidad los japoneses á sus antiguos dioses por su poder omnipotente, como lo hacen otros pueblos. Los veneran porque fueron los creadores del Japón, y este origen divino del país es un motivo de orgullo para todos ellos. Al deificar de este modo á su patria, se adoran á sí mismos.
Ha acabado el pueblo por ver en el espejo y el sable dos símbolos de la eternidad de la vida, incesantemente renovada. La forma de los dos objetos, uno oval y otro prolongado, ha hecho que se les considere como emblemas, femenino y masculino, de la procreación. Hasta hace poco tiempo, en las romerías al templo de Isé, los vendedores de objetos devotos ofrecían espejitos y sables que imitaban los órganos de la sexualidad. No hay que olvidar que muchas hazañas del hermano de Amatérasu fueron simplemente empresas voluptuosas, dignas de asombro por su repetición, y que su nombre de Susanoo significa el «Macho Impetuoso».
En los 2.600 años de la historia del Mikado no hay un solo destronamiento. La autoridad de los emperadores disminuye ó aumenta según las revueltas intestinas y las coaliciones de sus feudatarios, pero siempre la persona del Mikado es respetada como algo sacro, aunque se la deje en transitorio olvido. La capital más antigua del país fué Osaka, ciudad que figura ahora como el centro más rico y laborioso de la industria japonesa. Pero el Mikado, al vivir en ella, estaba bajo la influencia de los daimios, señores feudales, dueños de las ricas tierras de arroz, que vivían encerrados en sus castillos con tropas de fieles samurais.
Esta Edad Media feudal ha durado casi hasta nuestros días, pues fué en 1870 cuando el penúltimo emperador, al reformar enteramente el país, acabó con ella.
Los samurais eran hidalgos pobres y belicosos que servían á las órdenes de los opulentos daimios. Tenían por emblema la flor del cerezo, «hermosa y de corta duración». Deseaban una vida abundante en gloria y voluptuosidades, pero breve. Los valientes no deben vivir mucho. Todos habían hecho pacto con la muerte y consideraban la vejez como una decadencia vergonzosa.
En tiempo de paz viajaban por el Japón buscando combates. Cuando llegaba á sus oídos la fama de algún samurai valeroso, residente en otra provincia, iban á su encuentro para proponerle un duelo á muerte. Si creían haber perdido la estima de su señor ó de sus camaradas, se abrían el vientre en presencia de ellos, rogando al amigo más íntimo que hiciese volar su cabeza al mismo tiempo con un golpe de uno de los dos sables que todos ellos llevaban en la cintura. Esta ceremonia mortal era el famoso Hara-Kiri.
Hay que imaginarse las guerras civiles, las batallas desordenadas, ruidosas y confusas que libraron los daimios entre ellos, durante siglos y siglos, acaudillando sus tropas de samurais. Todos los caprichos diabólicos de un artista delirante los realizaron estos guerreros en el adorno defensivo de sus personas. Se cubrían con armaduras de láminas superpuestas, negras ó de reflejos verdes y azules, como los coseletes de los insectos. Llevaban en la cabeza yelmos rematados por cuernos y sobre el rostro máscaras de acero que eran una reproducción del hocico del tigre ó de la hiena. Otras veces, estos antifaces metálicos, adornados con bigotes, imitaban el rictus espantable de los demonios.
Guerreros de brazos cortos, pero extremadamente vigorosos, inferían al reñir heridas enormes. Sus armas de acero hábilmente templado tenían á la vez el filo de una navaja de afeitar y el peso de una maza, separando de un solo golpe la cabeza de los hombros, el brazo ó la pierna de su tronco correspondiente. Sus encuentros eran choques en desorden, avances impetuosos de jinetes y arqueros, iguales á las invasiones de langostas, arrasando completamente las tierras del enemigo.
Los daimios, no obstante su orgullo, jamás osaron suplantar al emperador, por ser éste de origen divino, pero con frecuencia pretendieron imponerle su voluntad. El Mikado, para librarse de tal influencia, abandonó Osaka, y el Japón tuvo una segunda capital, que fué Kioto.
Aquí empezó el mayor eclipse de su historia. Para defenderse del feudalismo absorbente de los daimios escogió á uno de ellos, confiriéndole el poder ejecutivo y conservando únicamente su majestad histórica. Esta especie de ministro universal tomó el titulo de Shogun, que quiere decir «Generalísimo». Él aceptaba todas las responsabilidades, incluso la de los desastres, y de este modo el principio divino del Mikado quedaba fuera de toda discusión.
El Shogunato, que empezó en el siglo XII y tuvo su apogeo en el XVI, ha durado hasta nuestra época, pues fué destruído en 1868. El Mikado no tuvo que preocuparse en su nueva residencia mas que de los asuntos religiosos, y entonces fué cuando la segunda capital japonesa tomó su carácter teocrático y vió levantarse en su recinto los templos más grandes, recibiendo el nombre de Kioto la Santa.
Rodeado de una corte numerosa, acabó el emperador por preocuparse únicamente de las intrigas de su palacio y de su harén. Los soberanos, además de la emperatriz y de doce esposas secundarias, tenían un número infinito de concubinas. Sus aduladores palaciegos los convencieron de que no debían mostrarse nunca en público, por ser personajes de origen divino. En nuestra época, el innovador Mutsu-Hito fué el primer Mikado que se dejó ver por sus súbditos; pero aun actualmente sólo muy de tarde en tarde pueden los japoneses contemplar de cerca á su monarca.
El antiguo palacio imperial de Kioto acabó por ser una ciudad dentro de la ciudad. Sus jardines con bosques y lagos llegaron á abarcar quince leguas de circuito. En torno al emperador vivían 40.000 personas. Pero estos soberanos, que habían abdicado su autoridad en el «Generalísimo», sólo intervenían en querellas teológicas.
A los Shogunes les fué imposible permanecer en una vecindad íntima con el Mikado. Victoriosos en la guerra, poderosos en la paz, habiendo sujetado á los revoltosos daimios, necesitaban tener una corte propia, y se trasladaron á la ciudad de Kamakura, engrandeciéndola durante tres siglos. El Japón tuvo entonces dos capitales: la imperial y religiosa, que era Kioto, y la gubernativa, donde funcionaban las verdaderas autoridades, Kamakura, en la entrada de la bahía que entonces se llamaba de Yedo.
Las dos cortes vivían sin rivalidades. Los Shogunes engrandecieron el país valiéndose de un procedimiento que en otras naciones ha resultado nefasto, ó sea aislándolo del resto del mundo. Yeyazú, el más grande de los Shogunes, que muchos comparan á Pericles por el período glorioso de su gobierno, cerró los puertos del Japón á todos los extranjeros, durando tal medida doscientos cincuenta años. En este período no hubo guerras y prosperaron las industrias, formándose definitivamente el arte del Japón.
En 1853, el comodoro Parry, de los Estados Unidos, al frente de una escuadra, exigió al Shogun de entonces que abriese los puertos del Imperio, viéndose éste obligado á ceder. Los daimios, guardadores de las tradiciones, se sublevaron contra el gobernante, haciéndolo responsable de la invasión de los extranjeros. Hubo una guerra civil, y el Shogunato pereció, después de setecientos años de gobierno. Entonces, el Mikado, que había vivido obscuramente durante siete siglos como una autoridad divina y decorativa, intervino á su vez en la política, dominando á la nobleza y recobrando sus antiguas prerrogativas.
Mutsu-Hito, el penúltimo emperador, cuyo reinado duró medio siglo, hizo la más asombrosa de las revoluciones, modernizando el Japón y obligándolo á adoptar en pocos años todas las costumbres y progresos del mundo de Occidente. Este nuevo período, que puede llamarse el de «la resurrección del Mikado», exigía una nueva capital, y fué la enorme ciudad de Yedo la escogida por el progresivo emperador, pero cambiando su nombre. Yedo se llamó Tokío, en honor de Kioto la Santa, que durante siete siglos había sido la residencia del Mikado. To-Kio no es mas que la palabra Kio-To con una transposición de sílabas.
Vamos á Kamakura, antigua capital de los Shogunes, que al trasladarse éstos á Yedo empezó á decaer, siendo arruinada finalmente durante la guerra de los daimios contra el Shogunato.
Las ciudades japonesas se destruían antes con tanta facilidad como se edificaban. La madera, el lienzo y el papel eran sus únicos materiales de construcción, hasta que se instalaron los extranjeros en el país hace cincuenta años. Kamakura, al perder para siempre sus protectores, no fué reedificada, y sólo quedan de su antiguo esplendor ruinosas pagodas diseminadas en bosques y colinas, que sirvieron de emplazamiento á la antigua capital.
Lo más célebre en ella es el Daibutsu ó Gran Buda, imagen la más completa y hermosa que existe del divino Gautama.
Sigue nuestro automóvil las sinuosidades de un camino que á trechos serpentea por la costa y más allá se hunde entre colinas cultivadas. El agricultor japonés merece el nombre de jardinero por la habilidad y limpieza de su minucioso trabajo, y sabe aprovechar hasta la parcela más ínfima del suelo. Las islas son pequeñas en relación con los millones de habitantes que deben mantener, y no hay que dejar improductiva una pulgada de la tierra nacional.
Barrancos y cañadas sirven para el cultivo del arroz, y aparecen divididos en pequeños bancales superpuestos como los peldaños de una escalinata, cayendo el agua lentamente de una meseta á otra. Las vertientes están cubiertas de arboleda. Asoman los kakis sus bolas de oro entre el follaje que los nutre y sostiene.
Atravesamos muchos caseríos antes de llegar á Kamakura. La población del Japón es muy densa. Los grupos urbanos casi se tocan, pues entre pueblo y pueblo hay rosarios de casitas á lo largo de los caminos ó sobre las crestas de las colinas.
Los niños parecen surgir del suelo con la hirviente profusión de las bandas de insectos. Son niños dobles, pues toda pequeña musmé[B], apenas tiene seis ó siete años, lleva en una especie de capuchón, sobre su espalda, á un hermanito que llora, come ó duerme, mientras ella se mueve de un lado á otro para trabajar ó jugar. Como han dicho algunos viajeros, todos los niños del Japón parecen de dos cabezas. Además, las madres llevan también el último musko sujeto á su espalda, como si formase parte de su organismo, y con este fardo, del que únicamente se libran al llegar la noche, hacen sus compras, visitan á las vecinas, pasean por los caminos y hasta juegan partidas de pelota. Es una procreación desbordante que sale al encuentro del viajero y le rodea á todas horas.
Como un buque que partiese con su proa densos bancos de peces, nuestro automóvil abre grupos vociferantes de muskos, panzuditos, mofletudos, de ojos estirados y oblicuos que apenas logran entreabrirse y parecen dos líneas trazadas con tinta china. Unos llevan el pelo cortado en flequillo sobre la frente y melenas lacias semejantes á largas orejas. Otros muestran el cráneo aureolado por numerosas trenzas, erguidas y duras como las púas de un erizo. Todos saludan á gritos, agitando banderitas japonesas de papel, ó sonríen haciendo reverencias, pues este es un pueblo meticulosamente bien educado desde la infancia. Pero hay no sé qué en la sonrisa de los pequeños que hace sospechar la oculta y secreta convicción, adquirida en la escuela desde las primeras lecciones, de que el Imperio japonés es el pueblo más superior de la tierra y algún día obtendrá la hegemonía que le pertenece por su origen divino.
Pasamos entre una doble fila de casitas, pequeñas tiendas de té ó de imágenes religiosas, establecimientos que únicamente se ven frecuentados en días de peregrinación. Es todo lo que resta de la antigua Kamakura. Luego vamos á visitar el Daibutsu.
La imagen del Gran Buda estaba antes en el interior de un templo; pero el edificio fué destruído y sólo queda un pórtico con dos capillas laterales que contienen dos espantables imágenes, la una roja y la otra azul: el dios del Trueno y el dios del Viento. En muchos templos japoneses se encuentra á la entrada esta pareja de divinidades de ojos saltones é iracundos, risa feroz, dientes carnívoros y brazos levantados con expresión amenazante. Los colocan para poner el edificio bajo su protección y que no lo devore el fuego ó lo destruya el huracán.
Resulta irónica la supervivencia de esta portada, pues al otro lado de ella sólo se encuentran piedras y árboles. El Gran Buda está rodeado de un jardín y tiene á sus espaldas los declives de tres colinas sombreadas por esos cedros japoneses, retorcidos armoniosamente en forma de candelabros verdes, que ornan los paisajes y estampas.
Es una imagen grande como una torre, una escultura de bronce que tiene veinticinco metros de altura. El sacro personaje está sentado, con las piernas cruzadas y las manos juntas, en la posición hierática que recomienda el budismo para la meditación. Si se pusiera de pie, sería más grande que todas las colinas inmediatas. De poder ver sus ojos, sentado como está, contemplaría el mar por encima de los jardines y las casas que existen entre él y la costa.
Empieza á atardecer, y el sol moribundo dora suavemente por uno de sus lados esta figura colosal. El Daibutsu es verdaderamente hermoso. Tiene en su rostro una calma dulce y sonriente, que acaba por penetrar en el alma del que lo contempla. No es obra japonesa. Lo fundieron, hace cuatro siglos, artistas venidos de la China. Este origen representa para los japoneses el más indiscutible de los méritos. El Japón se reconoce discípulo de la China; de ella tomó sus primeras lecciones de civilización y su arte copió mucho tiempo el de los chinos.
El rostro de Buda tiene cierto hieratismo oriental, especialmente en sus orejas, exageradas y algo caídas; pero el resto de sus facciones muestra una expresión de paz y de misterio, que impone respeto y hasta un poco de miedo religioso. ¡Cuán lejos estamos aquí del vulgo occidental, que llama Buda á toda imagen venida del Extremo Oriente, hasta á los dioses gordos, panzudos y joviales de los chinos!...
Este dios de bronce verdoso, dejando caer su sonrisa enigmática desde una altura de torre, tiene algo de esfinge, pero de esfinge dulce y melancólica, que parece guardar, como un depósito doloroso, el triste secreto de nuestros destinos. Inventor de una moral que recuerda la del cristianismo—siendo 600 años anterior al nacimiento de Jesús—, tiene millones de adoradores en el Japón y en la China, pero cada vez se ve más olvidado en la India, su patria. En esto se asemeja también á Cristo, que nació en Judea y, sin embargo, es entre los judíos donde su doctrina conquistó menos adeptos.
Pasa rápidamente por mi memoria la vida legendaria del príncipe Gautama mientras contemplo su imagen, en la que pone el sol sus últimos temblores áureos. Su padre le recluyó en un palacio inmenso, entre centenares de mujeres, danzarinas y músicas, proporcionándole las mayores voluptuosidades para que no conociese el dolor. Mas un día, al escapar de su encierro, vió un enfermo al borde de un camino. En otra huída encontró á un viejo decrépito, que marchaba encorvado y trémulo, como una caricatura de la existencia. En la tercera excursión se cruzó con un entierro. Así supo que existían la Enfermedad, la Vejez y la Muerte, últimas señoras del hombre que salen á buscarnos, sea cual sea el sendero que sigamos en el jardín de nuestra vida. Y el príncipe Gautama, reconociendo la fragilidad de los placeres materiales, abominó de las riquezas y se lanzó por el mundo á predicar la humildad y el renunciamiento, dándole sus discípulos el santo nombre de Buda.
Empieza el crepúsculo y todavía debemos visitar en la cumbre de una colina inmediata el templo venerable de Kuanon, la diosa de la Misericordia.
Este templo consiguió sobrevivir á la ciudad, pero es de madera, tiene varios siglos de existencia, y parece carcomido, frágil, hueco en el interior de sus tablazones, como los navíos abandonados para siempre en el rincón de un puerto.
Los servidores del santuario son japoneses de cabeza esférica y pequeña, enormes gafas de concha y rostro descarnado, de intensa palidez. Tienen todos ellos una expresión de sacristanes fanáticos. Se comprenden las enérgicas disposiciones de los Shogunes contra los bonzos budistas, que muchas veces perturbaron la vida del país con sus intrigas políticas y sus intentos de sublevación popular.
Sobre la meseta de la colina donde está el templo aún es posible ver los objetos á la luz azulada del crepúsculo. Más allá de la puerta del edificio caemos en la noche.
Avanzamos por su lóbrego interior, siguiendo las oscilaciones de la luz roja y difusa que esparce un farolón llevado por uno de los bonzos. Vemos altares dorados que surgen un momento de la sombra y vuelven á hundirse apresurados en ella. Lo interesante está al otro lado del tabique de madera que corta el edificio enfrente de la puerta.
En este segundo templo, á la altura de nuestros ojos, sobre una mesa dorada, vemos unos pies gigantescos, de la longitud de un hombre. El bonzo cuelga su farol de un gancho que se balancea al final de una cuerda, tira del otro extremo de ella, y la luz roja, con lenta ascensión, va iluminando por secciones las rodillas de la diosa, las piernas, el vientre, los pechos, y á doce metros de altura su rostro con una sonrisa fija y sin vida.
Es una imagen policroma y tallada groseramente, como las que hacían en la Edad Media cristiana del gigante San Cristóbal. Tiene el mérito de su enormidad, aunque no es tan grande como el Daibutsu sentado. Hace sonreir como una obra infantil, mientras que el Buda de bronce impone respeto y hace pensar.
Compramos al bonzo varios rollos de papel de arroz con imágenes grabadas en madera y milagrosas oraciones: un pretexto para darle un yen (un dólar japonés), que desde nuestra llegada está atrayendo su mano huesuda, con movimientos instintivos de los dedos. Cuando salimos del templo ya es de noche. Vemos otros santuarios budistas y sintoístas. Entramos en una casa de té, quitándonos los zapatos en sus gradas de madera para no ensuciar la esterilla fina que en toda vivienda nipona sirve de asiento, de mesa, de mantel y de cama, al mismo tiempo que de alfombra.
Antes de subir al automóvil quiero contemplar por última vez el Daibutsu de Kamakura, el más grande y hermoso de todos los Budas. No lo veré más, y es una de las contadísimas obras humanas que hay que guardar en la memoria, para decir con orgullo: «Yo lo he visto».
Llego hasta la portada de los dos dioses, horripilantes é iracundos. El dios humano que se alza en el fondo como una montaña, abruma á estos dos mascarones mitológicos, convirtiéndolos en despreciables mamarrachos.
Avanzo con pasos leves por la avenida enarenada que conduce hasta el pie de la imagen colosal. El basamento, hecho de bloques de granito, ha sido removido por el último temblor. Los sillares se salieron de sus alvéolos y están separados por grietas profundas. Pero el hombre-dios sigue en su inmovilidad pensativa y sonriente, con el dorso encorvado y los ojos triangulares perdidos en el infinito.
Al final de su espalda hay una puerta, que antes se abría para el viajero. El interior de la imagen es hueco y sirve de santuario á una docena de estatuas de Buda más pequeñas. Después del reciente cataclismo ha sido prohibida la entrada en el cuerpo del dios.
De hombros abajo está sumido en la obscuridad rumorosa y fresca del jardín. Se oye un canto de agua invisible: algún arroyuelo trivial y juguetón que se desliza por las sinuosidades minúsculas de la jardinería japonesa, pasando al través de puentes de muñecas, cayendo en cascadas de juguete acuático. La tierra y su vegetación de árboles candelabros, de arbustos recortados en formas casi humanas, parecen respirar la alegría serena y reposada de la paz.
El rostro de bronce se destaca sobre la lobreguez celeste, reflejando una luz de origen incierto. Tal vez viene del mar, invisible para nosotros; tal vez desciende de las estrellas que empiezan á temblar en lo alto y envían su resplandor difuso para que la sonrisa sobrehumana del gigante en meditación no se borre un momento, triunfando de la noche.
Creo adivinar el secreto de esta sonrisa, el misterio de la esfinge dulce que atrae á los hombres con su melancolía, en vez de asustarlos, como su hermana de piedra hundida en los arenales de Egipto.
—Vivid en paz—dice—, pobres siervos de la Dolencia, de la Vejez y de la Muerte. Amaos los unos á los otros. No aumentéis la miseria del mundo declarando precisa y eterna una divinidad fatal, inventada por vosotros: la Guerra.