Los Japoneses disfrazados de europeos.—Bozales higiénicos.—La gorra del estudiante.—Las calles de Tokío.—Los tres colores del Japón.—Las interminables cortesías.—Los cinco peinados de la japonesa.—Almuerzo en el restorán Koyokan.—La ceremonia de la hospitalidad.—El baile de las «geishas».—Mi conferencia en el salón de fiestas del «Hochi».—Concierto orquestal.—La cena de Nochebuena ante un jardín liliputiense.—Salto asombroso de la música japonesa.
Un tren especial debe llevarnos á Tokío, pero no es empresa fácil encontrarlo en la gran estación de Yokohama.
El terremoto ha quebrantado sus muelles y abierto profundas zanjas en las vías, reparándose provisionalmente todo esto con puentes de madera que dificultan la circulación. Además, en las primeras horas de la mañana afluye de todas partes una verdadera muchedumbre para trasladarse á la capital. Muchos empleados y negociantes viven en Yokohama y hacen diariamente este viaje de treinta minutos para ir á su trabajo, volviendo al cerrar la noche á su casita junto al mar.
Siguiendo las indicaciones erróneas de un hombre con gorra galoneada, nos metemos en un vagón de primera clase, y poco después se llena éste de japoneses que van á Tokío. Estamos en un tren ómnibus de los que parten cada quince minutos. Cuando pretendemos salir nos es imposible conseguirlo. Una masa compacta de hombres agarrados á las anillas blancas del techo ó apoyados en las espaldas de los vecinos obstruye las dos puertas.
Resulta admirable la agilidad del japonés. Siempre encuentra el medio de deslizarse entre los obstáculos, instalándose finalmente donde parecía imposible que pudiese caber uno más. Parte el tren, y lo mismo los que ocupan las banquetas que los que se sostienen de pie, reflejando en su balanceo los vaivenes del vagón, sacan de su bolsillo un periódico y empiezan á leer.
Me fijo en el aspecto de estos nipones modernizados que viven una existencia occidental. Son todos ellos simpáticos, pero considero imposible encontrar una burguesía más fea de rostro y que vaya más grotescamente vestida.
Al adoptar el traje del blanco se han olvidado de aprender la armonía del indumento, los matices del color y de la línea. Se colocan sobre el cuerpo lo que en su opinión puede dar mayor señorío á la persona, no temiendo al resultado de tales mezcolanzas. Los más usan nuestro sombrero flexible, pero metido hasta las orejas y sin ningún abollamiento gracioso. Otros prefieren el hongo de copa dura y redonda, pero á continuación de este tocado europeo llevan el kimono nacional y encima de él un macferlán de corte inglés ó un gabán con trabilla, hechura norteamericana. Algunos después de esta mezcla vuelven á ser occidentales en sus extremidades, usando gruesos borceguíes. Los más llevan el pie desnudo ó metido en un calcetín japonés con dedos, lo mismo que un guante, y su calzado consiste en dos tablitas horizontales sostenidas cada una de ellas por otras dos tablitas verticales, dos pequeños bancos sujetos por una correa entre el dedo gordo y el siguiente, que dejan el talón completamente suelto, lo que hace que cada paso vaya acompañado en los terrenos duros de un ruidoso chap-chap.
Hasta los que visten completamente á lo occidental tienen en sus ademanes algo de torpe y cohibido, como si fuesen disfrazados. Se adivina que todos ellos, al volver de noche á sus casas, se quedan en kimono, sentándose en el suelo para cenar, lo mismo que sus antepasados, y con este aspecto resultarán tal vez más gallardos é interesantes.
La mayoría de los japoneses son de estatura mediocre, pero al mismo tiempo de complexión vigorosa, lo que les hace parecer algo rechonchos, con los miembros cortos y fuertes. Dos defectos físicos y sus remedios inventados por el hombre blanco, los ha aceptado el japonés de la clase media como adornos personales: la miopía y la caries dental. Los más llevan gafas de concha, redondas y de grueso armazón, que se sostienen dificultosamente sobre su aplastada nariz, y al sonreir muestran una dentadura con numerosos refuerzos de oro. Hay en esto cierta satisfacción infantil, que hace dudar si todos, absolutamente todos, tenían una necesidad ineludible de acudir en busca del óptico ó del dentista.
En los últimos años otra moda higiénica ha venido á aumentar la fealdad del japonés moderno. Desde que pisé esta tierra llamó mi atención la gran cantidad de hombres con un emplasto negro ó blanco sobre la nariz sostenido por dos elásticos sujetos á las orejas. Me inquietó ver tanto canceroso con la nariz roída y afortunadamente oculta. Luego, al encontrar muchedumbres enteras con la horrible cataplasma en mitad del rostro, no pude concebir que toda una nación estuviese atacada del cáncer. Pregunté, y supe que, para evitar la grippe, el japonés se coloca en invierno uno de estos bozales con gotas antisépticas, y así va tranquilamente todo el día haciendo sus visitas ó realizando sus negocios. Es imposible llevar más lejos la despreocupación de la estética personal y el deseo inconsciente de afearse.
Sin embargo, estos varones de traje disparatado y contrastes grotescos son de una cortesía exquisita en sus saludos, de una amabilidad en su sonrisa, que conquistan desde el primer momento al extranjero. El japonés, cuando quiere expresar su afecto ó su admiración, no conoce el miedo al ridículo, que tanto cohibe y enfría la exterioridad de nuestros sentimientos.
Uno de los que leen de pie me mira de pronto con interés y vuelve á fijarse en su periódico, como si estableciese una comparación. Yo he visto desde mucho antes que en todos los diarios que leen los viajeros figuran varios retratos míos. Sonríe mi compañero de viaje con una satisfacción pueril al convencerse de que, efectivamente, soy yo el que aparece en su periódico, y soltando la anilla que le sirve de sostén lleva ambas manos á sus rodillas y se inclina todo lo que puede, saludándome. Los otros, sin que circule palabra alguna, por una especie de aviso telepático, van fijándose igualmente en mí para compararme con la imagen de sus papeles, y repiten el saludo é idénticas sonrisas, teniendo yo que contestar con los mismos ademanes á tales extremos de la cortesía japonesa.
Así llegamos á la estación de Tokío, ó mejor dicho, á una de sus varias estaciones, pues esta ciudad de dos millones de habitantes se halla muy esparcida, ocupando un perímetro tan grande como el de Londres.
Los estudiantes de la Escuela de Lenguas me esperan en un muelle distante, que era el destinado para la llegada del tren especial, y al enterarse de que estoy en el lado opuesto de la estación, acuden corriendo.
Todos llevan la gorra de colegial, que acompaña al japonés desde la escuela de primeras letras hasta las más altas clases universitarias. Un signo dorado en el frente de la gorra indica el estudio especial y la categoría de cada alumno. Hasta en los caminos más apartados del Japón he encontrado pequeños muskos con un kimono azul á redondeles blancos por toda vestimenta, descalzos, el pelo cortado en franja, lo mismo que los chicuelos que figuran en los abanicos, pero llevando con orgullo en su cabeza la gorra de colegial á estilo de Occidente.
Los estudiantes de la Universidad de Tokío que vienen á recibirme tienen un aspecto indumentario menos incoherente que el de los burgueses que ocupaban el vagón. Sólo alguno que otro lleva kimono bajo su gabán azul y calza zuecos. Casi todos van vestidos como un estudiante europeo, guardando bajo el brazo un paquete de libros.
Han venido á recibirme, é inmediatamente volverán á sus clases. Se adivina en todos ellos una voluntad laboriosa y tenaz, un deseo de conseguir lo que se han propuesto, terminando cuanto antes su carrera. Me entregan un gran ramo de flores y un álbum ilustrado por artistas célebres que contiene las firmas de todos ellos. Después de este recibimiento visito con unos cuantos amigos las principales avenidas y paseos de Tokío.
Mi primera impresión de la capital japonesa se afirma y se agranda en los días sucesivos. El terremoto causó aquí tantas víctimas como en Yokohama, pero los edificios sufrieron menos. Hay barrios enteros, los más ricos, en los que apenas se nota la reciente catástrofe. Edificios altísimos construídos á estilo de los Estados Unidos se mantienen sin ningún desperfecto visible. Otros siguen de pie, con hondas grietas en sus fachadas, cubiertas de andamios recientemente para su reparación.
Fué en los barrios apartados, compuestos de casitas de madera, donde el incendio produjo mayores daños. Además, ocurrió la gran catástrofe de la explanada de Hifukusho, en la que perecieron 40.000 personas, y de la que hablaré más adelante. Muchos centros oficiales están cerrados por tener que hacerse en ellos grandes reparaciones. La Universidad de Tokío y sus escuelas anexas están instaladas ahora en barracones, á causa de que todos sus cuerpos de edificios fueron consumidos por el incendio. Los museos aún no han sido abiertos... Pero la actividad japonesa sigue animando las calles de Tokío, como si todos hubiesen olvidado ya el recuerdo de la catástrofe.
Muchas de ellas ofrecen un aspecto de fiesta. Como se aproxima el primer día del año, los vecinos las han adornado con arcos de verdura, gran profusión de banderas y guirnaldas de faroles de papel. Las muestras extraordinarias con que se cubren las tiendas al llegar esta época de compras y regalos contribuyen al general hermoseamiento. El misterioso alfabeto japonés extiende sus letras en los anuncios, como si fuesen jeroglíficos artísticos trazados únicamente para placer de nuestros ojos en rótulos y banderas.
La muchedumbre es pintoresca, aunque no tan multicolor como nos la imaginamos en Occidente antes de conocer el Japón. Los kimonos floreados y de brillantes tintas sólo se ven en las representaciones de teatro ó en las casas de mujeres públicas del barrio llamado Yosywara. El Japón, en su vida histórica, sólo ha tenido tres colores: el negro, usado en las ceremonias palatinas por el emperador y sus cortesanos y que las clases elevadas guardan aún; el rojo, que fué el de la nobleza media, y el azul, usado por la burguesía y el pueblo.
Hoy el azul continúa siendo el color de la muchedumbre. Los carreteros, los portafardos, los que recomponen las calles ó tiran de los vehículos como bestias uncidas, todos llevan chaqueta azul de amplias mangas, con la espalda escrita de blanco. No hay hombre del pueblo que no lleve en el dorso un jeroglífico, semejante al blasón que ostentaban en igual lugar de su cuerpo las gentes de la Edad Media occidental. Pero estos jeroglíficos que nos parecen obras de arte son simplemente rótulos que indican las más de las veces para qué compañía trabaja el obrero ó en qué barrio reside. La policía procura mantener el uso de esta vestimenta de los antiguos tiempos. Gracias á ella, si alguien comete una acción delictuosa es fácil reconocerlo, pues al huir muestra el nombre blanco sobre su espalda azul.
Se nota la escasez de animales de tiro. No se ven otros caballos que los del ejército. El automóvil ha sido una solución para las industrias necesitadas de arrastre. El buey japonés, pequeñito, gracioso y de aspecto algo frágil, no abunda en las calles de Tokío. Tira en yunta de reducidas carretas, sin que el boyero le obligue á grandes esfuerzos, y está tan bien cuidado que hasta lleva unas bonitas sandalias de esparto sostenidas por una correa en mitad de la pezuña, á semejanza de las que usan las personas.
Son los hombres de espalda blasonada los que hacen todos los trabajos que en otros países están reservados á las bestias. Tiran en filas de grandes carros ó se uncen á sus varas. Juntas con ellos se ven mujeres sucias, sudorosas, deformadas por el esfuerzo, que parecen tan hombres como los otros. Deslizándose entre los automóviles, tranvías, ómnibus y grandes vehículos cargados de fardos, pasan veloces los kurumayas tirando de su ligero carruajito de un solo asiento, montado sobre ruedas de goma ligeras y altísimas, que le dan el aspecto de una araña de sutiles patas. Los caballos humanos de la koruma gritan incesantemente para avisar su paso, y muchas veces enganchan con una rueda al ciclista que viene en dirección opuesta. Nada de malas palabras ni de peleas. El que ha rodado por el suelo se levanta, apresurándose á saludar y dar excusas al otro, que hace lo mismo desde mucho antes.
Las calles de Tokío, exceptuando las avenidas principales, tienen un suelo desigual. Me dicen que esto es á consecuencia del temblor, que rompió el asfalto; pero veo muchas de ellas, lejos del centro, en las que no ha existido jamás pavimentación de ninguna clase. Esto no impide que sobre el barro, partido en profundos relejes y peligrosos badenes, circule incesantemente el movimiento vital de la enorme Tokío.
El Japón, que en realidad no es rico, sostiene un ejército y una flota enormes, necesitando invertir en el mantenimiento de tales fuerzas tres cuartas partes de sus ingresos. Le preocupan más sus medios ofensivos y defensivos que el ornato y la higiene de sus ciudades. Además, los japoneses no temen el barro, como los europeos. Llevan los pies montados en pequeños bancos, lo que les permite pasar sobre charcos y lodazales sin que sus plantas se humedezcan.
En las aceras de asfalto el paso de los transeuntes sostiene un continuo chacoloteo. Por encima del estrépito de los vehículos y los gritos de la muchedumbre resuena como un acompañamiento incesante, sirviendo de fondo á los demás ruidos, el chap-chap de miles y miles de pies, que al moverse levantan con los dedos su calzado de madera y vuelven á dejarlo caer. Los recién llegados al país necesitan acostumbrarse á este traqueteo que puede llamarse nacional. A las tres de la mañana empieza á sonar en las aceras de Tokío y no termina hasta horas avanzadas de la noche. Únicamente en las calles no pavimentadas y en las casitas de las afueras puede vivirse libre de este calzado ruidoso, incompatible con las vías modernas, chapadas de piedra ó de asfalto.
Las mujeres y las niñas circulan por los barrios populares llevando al hijo ó al hermanito acostado en su espalda. En algunos terrenos baldíos, las japonesas, siempre con la cabeza del pequeñuelo pegada á su cogote, juegan á la pelota ó al volante. Los muskos vuelan cometas que son flores caprichosas ó espantables dragones de papel.
Al encontrarse en una acera dos damas de la clase media se desarrolla en todo su esplendor la tradicional cortesía japonesa. Con los brazos cruzados sobre el pecho empiezan las dos á hacerse reverencias, doblando el cuerpo exageradamente. Procuran inclinarse á un lado para que sus cabezas no choquen, y así continúan los extremados arqueamientos de sus saludos, diez veces, quince, y más. Cuando se deciden á poner término á tales amabilidades se alejan en distintas direcciones; pero de pronto una de ellas vuelve los ojos, la otra hace lo mismo, y girando ambas sobre sus talones quedan otra vez frente á frente, repitiendo á mayor distancia sus doblegamientos de espinazo, mientras los transeuntes siguen adelante sin fijarse en esta cortesía interminable, que es para ellos algo ordinario.
La situación social de cada mujer se conoce por su peinado. La etiqueta japonesa creó cinco maneras de peinarse, para que los hombres no sufran equivocaciones al sentir interés por alguna de ellas. Hay el peinado de las niñas de cinco á siete años; el llamado Momo-ware, que es para las muchachas de diez á quince; el Sokuhatsu, que puede llamarse de las intelectuales, pues sólo lo usan las estudiantes y las artistas; el Shimada, que es el de las solteras después de los diez y seis años, y el Maru-wage, de las casadas, que resulta el más abundante en las calles.
Un peinado japonés es algo complicado, dificultoso, monumental. El edificio de negros cabellos queda tan compacto y brillante, que parece de laca. Las mujeres generalmente sólo rehacen este peinado por entero una vez á la semana. Los otros días atienden á su alisamiento y brillo, dándole un baño de aceite de camelia. Yo he visto á las japonesas en los trenes durmiendo boca abajo, con la frente sobre los brazos cruzados, para mantener intacto su peinado. En sus casas se tienden de espaldas sobre la esterilla que les sirve de cama, y su cabecera es un banquito con un semicírculo, en el que descansan el cuello. Gracias á esta almohada de madera, el monumento capilar queda en alto, sin ningún contacto que lo deforme.
El primer día que paso en Tokío es el de Nochebuena en los países cristianos, pero aquí no tiene otro valor que ser uno de los anteriores á la fiesta de primero de año. Recordaré siempre este día por las numerosas ocupaciones y honoríficos agasajos que tuvo para mí. A las doce me obsequiaron con un almuerzo puramente japonés en el restorán Koyokan, establecimiento famoso en Tokío por sus fiestas, al que asisten los antiguos daimios y los personajes políticos mantenedores de las costumbres antiguas.
Es una agrupación de casas de madera, con techos ligeros y tabiques de papel, en el centro de un hermoso jardín. Los japoneses llenan de piedras sus jardines y construyen sus edificios de madera y de papel. En los almacenes de flores venden piedras especiales, muy caras, para el adorno de los jardines, que son buscadísimas por los conocedores. Hasta las linternas que dan luz por la noche á los viejos paseos y á las avenidas de los santuarios son de piedra: unas capillitas de granito sobre pedestales en forma de torreón, que reciben el nombre de toro, y en cuyo interior, con puntiagudo remate de pagoda, se coloca una pequeña lámpara. En cambio, los edificios se componen simplemente de una plataforma de madera á medio metro del suelo, varios postes para sostener la techumbre de tablazón, y numerosos biombos, de lienzo ó de papel, como paredes.
La madera nunca la pintan los japoneses. El lujo es conservarla como si acabase de salir del almacén del carpintero. Esto, unido á la monotonía de los tabiques blancos y al color amarillo de la esterilla que cubre el suelo, da un aspecto de pobreza á toda casa tradicional. Un biombo pintado alegra á veces con sus colores esta uniformidad amarilla y blanca. Los salones no tienen otros muebles que una mesita del tamaño de uno de nuestros taburetes, con alguna flor, y el pequeño altar de los Antepasados. En el suelo hay unos cojines obscuros para sentarse, y nada más.
Entro en los salones del elegante Koyokan luego de haberme quitado los zapatos en las gradas que dan acceso al edificio. Me acompaña un español muy conocido en el Japón, el coronel Herrera, agregado militar de la Legación de España, que ha pasado gran parte de su vida en este país y asistió á la guerra con Rusia, así como á otras operaciones del ejército japonés. Los militares del Japón lo consideran como un compañero de armas.
En el comedor de gala encuentro numerosos personajes que han querido organizar este almuerzo para que conozca yo la cocina tradicional y las danzas y ceremonias del país. Algunos de ellos han estado en España y en casi todas las repúblicas americanas de origen español, hablando correctamente nuestra lengua.
El organizador de la fiesta, mi amigo Utiyama, es uno de los hombres más inteligentes y cosmopolitas del Japón moderno. Ha viajado mucho como diplomático, y es ahora secretario del ministro de Relaciones Exteriores. Me va presentando á los demás invitados, altos funcionarios de dicho Ministerio, profesores de Universidad, diplomáticos, periodistas célebres. El señor Arajiro Miura, antiguo secretario de la Legación del Japón en Madrid, habla el español de tal modo, que al pronunciar un discurso al final del almuerzo, todos los de lengua española le miramos asombrados por la facilidad y la corrección de sus palabras.
Aprecio la diferencia de aspectos entre los japoneses de clase superior que han viajado, poniéndose en contacto con los occidentales, y los que nunca salieron del país. Todos estos gentlemen amarillos llevan su ropa con una distinción europea y son menos feos que los otros. Algunos parecen sudamericanos de origen mestizo, y apenas sí un ligero fruncimiento de sus párpados y la tirantez de su cutis revelan el origen asiático.
Por amor á lo pintoresco y lo exótico, no diré la mentira enorme de que me parece agradable la cocina japonesa. Además, á los pocos segundos de estar sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, empiezo á sentir los dolores de un lento y creciente suplicio. Colocan delante de cada uno de nosotros una mesita que es en realidad un pequeño banco y apenas si levanta dos palmos del suelo. Sobre este taburete de laca, las pequeñas criadas, sonrientes y graciosas como gatitas, van depositando platos no más grandes que tazas y con los manjares en tan exigua cantidad, que nuestro banquete parece una comida de muñecas.
Para mí basta con lo que me dan, y pasaría seguramente un mal rato si me obligasen á comerlo por entero después de probarlo. Voy conociendo el sabor del pescado enteramente crudo, tal como lo sacan de las profundidades oceánicas, de la médula de bambú aderezada con vinagre, y otros platos cuya composición me abstengo de preguntar. Mi única defensa nutritiva es un tazón lleno de arroz hervido, que hace las veces de pan.
Frente á cada uno de nosotros hay una musmé sentada en el suelo, que nos mira sonriendo mientras comemos. Mete sus zarpitas en la mesilla para que todo se mantenga en un orden perfecto ó pide con dulces maullidos á sus compañeras que traigan lo que falta. Se cuida además de escanciar el saké, aguardiente hecho de arroz, que es el vino de los japoneses.
Mientras mis compañeros de estera, sentados como los antiguos sastres, almuerzan tranquilamente, manejando los dos palillos que les sirven de tenedor, yo me limito á comer arroz sólido y beber arroz fermentado, cambiando á cada momento de postura para que las piernas entumecidas recobren un poco la vida de la circulación. En este momento envidio á los que respiran, jadeantes y sofocados, después de una carrera violenta. ¡Quién pudiera levantarse y echar á correr!...
A los postres se desarrolla una ceremonia tradicional. Utiyama, como organizador del almuerzo, viene á sentarse frente á mi mesita, en el mismo lugar que ocupaba la musmé poco antes. En todo banquete japonés el anfitrión hace esto, como un acto de estima y respeto por su invitado principal.
—¿Me concederá usted—dice—el alto honor de permitirme que beba en su copa?
Conozco el ritual de esta ceremonia. La copa es simplemente una jicarita de porcelana, que se sostiene al beber con la palma de la mano. La sumerjo en un tazón de agua que tenemos todos en la mesilla para nuestra propia limpieza, y luego de haberla secado con una servilleta de papel se la ofrezco á mi anfitrión llena de saké. Éste la bebe con grandes extremos de agradecimiento por el honor que le dispensa su primer invitado.
Debo advertir que Utiyama muestra una gravedad sincera. Ya no es el ingenioso y sonriente conversador que recuerda sus viajes por Europa y América, su vida en Madrid, sus impresiones en las corridas de toros. Tiene una seriedad de sacerdote oficiante al cumplir este rito de la hospitalidad antigua. Le veo sentado en el suelo, con elegante chaqué gris, chaleco de viso blanco y una corbata que adorna una gruesa perla, pero al mismo tiempo vive en mi imaginación cubierto con un kimono negro, el pelo recogido sobre el cogote, y dos sables cruzados en la cintura, igual que iban vestidos sus ascendientes.
Después, otros comensales notables vienen á sentarse en el mismo sitio, y yo les sirvo la copa llena de saké, repitiendo la ceremonia tradicional.
Por primera vez, luego de la catástrofe, se permite una comida con músicas y danzas. Como sólo puedo permanecer aquí unos días y desean que conozca los antiguos bailes, los organizadores del banquete han obtenido un permiso para alterar el duelo público.
Ya he dicho que los edificios japoneses se componen de una sucesión de tabiques movibles, bastidores ligeros de madera y papel. Con facilidad se le pueden quitar á una casa todos sus muros laterales, dejándola convertida en simple sombraje. En su interior ocurre lo mismo. Añadiendo mamparas se crean nuevas habitaciones. Descorriéndolas se agrandan las piezas hasta formar un salón que se extiende de un lado á otro del edificio.
Vemos cómo se pliega el tabique del fondo de nuestro comedor y aparece otro salón sobre cuya tarima están sentadas en hilera varias mujeres con kimonos floreados y multicolores. Son la orquesta que acompañará las danzas.
Estas jóvenes van pintadas de blanco, pero un blanco lácteo y espeso, máscara que las uniforma, haciéndolas á todas semejantes. Los ojitos largos, oblicuos y casi cerrados, trazan dos líneas de carbón en dicha blancura. Un redondelito rojo y sangriento, igual á una cereza, indica el lugar de la boca. Y sobre este rostro de muñeca se eleva el peinado enorme, monumental, brillante, como un casco de laca negra.
Sus instrumentos son guitarras de mango larguísimo con tres cuerdas y una caja no más grande que un tazón, ó tamboriles puestos en el suelo, que repiquetean con dos palillos ágiles. Esta música causa extrañeza, así como los cánticos estridentes que se elevan sobre tal acompañamiento; pero minutos después empiezo á salir de mi desorientación auricular y voy adivinando las exóticas melodías, como el que pasa de la luz á las tinieblas y acostumbrándose á ellas acaba por vislumbrar poco á poco lo que le rodea.
Por una puerta lateral empiezan á salir de costado seis danzarinas, con pasos lentos y menudos, moviendo al mismo tiempo sus abanicos. Llevan kimonos azules y plateados de gran suntuosidad. Sus caras sonrientes é inmóviles son violentamente blancas, con dos toques negros y uno rojo. Van pintadas con más exageración aún que las músicas. Se mueven lentamente hacia la derecha, luego hacia la izquierda, con una gracia tímida é infantil, pero se adivina al mismo tiempo en ellas algo de refinado que hace sospechar exóticas perversiones. Son las geishas célebres sobre las cuales tanto se ha escrito y tanto se ha exagerado. Lo que más admiro en las seis bailarinas azules y plateadas es su estatura. Me he acostumbrado ya á la pequeñez de la mujer japonesa. En las calles todas parecen, por su talla mediocre y su flacura extremada, niñas á las que faltan varios años de crecimiento.
Las danzarinas famosas del Koyokan me recuerdan por su cuerpo aventajado á las mujeres de Europa, y esto las hace más interesantes á mis ojos. Pero me doy cuenta de pronto que estoy sentado en el suelo y las veo de abajo á arriba, como se ve á las actrices en los teatros, posición favorable que aumenta su estatura y la majestad de su porte. Tal vez una de las causas del poderío que ejerce la geisha sobre el hombre del país consiste en que éste la contempla sentado y teniendo que levantar los ojos. Cuando termina el baile y consigo al fin ponerme de pie, veo que todas estas beldades, escandalosamente pintadas, con runruneos y gracias felinas de muñequita frágil, no me llegan al hombro.
El resto del día está lleno de ocupaciones para mí. A las dos de la tarde se ha reunido un público de estudiantes, de escritores y aficionados á la literatura, en el gran salón de fiestas del diario Hochi, uno de los más importantes de Tokío. Este diario ocupa un «rascacielos» como los de Nueva York, en el que no ha causado el terremoto ningún desperfecto. La sala de fiestas está en el último piso, desde el cual se goza una vista á vuelo de pájaro sobre gran parte de la inmensa Tokío. Como los locales universitarios fueron destrozados por el cataclismo, es aquí donde una tarde entera se va á hablar de España, de su literatura y de mi persona, ante una concurrencia toda de japoneses. Para ellos es tan nueva y tan rara la materia, como lo sería para un público occidental un discurso sobre literatura japonesa. Y sin embargo, el salón, vasto como un teatro, ve ocupados todos sus asientos y mucho gentío de pie.
El profesor Nagata tuvo que abandonar nuestro almuerzo á las dos para irse al salón del Hochi que ya está repleto de público. Durante un par de horas habla de la novela española, de mi vida particular y literaria, de mis obras, algunas de las cuales han sido traducidas por él. Pero esto nada tiene de raro, pues su discurso lo pronuncia en japonés y todos pueden entenderle.
A las cuatro llego yo para dar una conferencia sobre «El arte de hacer novelas», y esto ya es más extraordinario, pues hablo en español. Una parte del público, compuesta de estudiantes y de japoneses que viajaron por la América del Sur, me entiende y aplaude al final de todos los párrafos. El resto muestra una atención reflexiva, pretendiendo comprender mis palabras, reteniéndolas en su memoria para convencerse luego de si las ha adivinado ó no. Cuando termino, el profesor Shizuo Kasai, otro traductor de mis libros, empieza la tarea de repetir en japonés á este público atento y estudioso todo lo que yo he dicho, frase por frase.
Como esto va á durar otras dos horas, me escapo con el coronel Herrera y varios amigos, para visitar la elegante casita que tiene este compatriota en las cercanías del templo de Meiji-Jinju, levantado en memoria del penúltimo emperador. A las seis volvemos al salón del Hochi, donde aún va á celebrarse otro acto para mí. Es un concierto dado por la mejor orquesta de la capital y en cuyo programa figuran, á la vez, obras de Wágner, de Debussy, y dos sinfonías de Yamata, el primer músico moderno del Japón.
Encuentro en dicho concierto el mismo público que ha escuchado las conferencias de la tarde. Estos hombres y mujeres, siempre atentos, con expresión meditativa, ocupan su sitio desde las dos de la tarde... y son las ocho de la noche.
Termina la jornada con un banquete á la europea en el Hotel Imperial, obsequio de los propietarios y principales redactores del Hochi. El presidente y el vicepresidente de este diario, los señores Machida y Ohta, me presentan á los comensales, entre los que figura Syusei Tokuda, el gran novelista del Japón. Los más van vestidos de frac, pero algunos profesores se presentan con el kimono negro de seda, que es el traje de ceremonia de los japoneses distinguidos.
La mesa, elegantemente servida, ocupa un comedor aparte en este hotel enorme, de construcción bizarra é incoherente, obra del «modernismo» alemán. El centro de esta mesa, por la que pasan los mejores platos europeos, es un pequeño jardín japonés de un metro de longitud, con árboles pigmeos que tienen tal vez más años de existencia que nosotros, rumorosas cascadas, praderas de musgo natural, y peces vivos del tamaño de alfileres diminutos, nadando en lagos no más grandes que la palma de la mano.
Hablamos del Japón y de Europa con todo el reposo y los miramientos propios de una conversación entre nipones, cuya cortesía es algo refinado que va más allá de la nuestra y nos obliga á medir las palabras y á reflexionar mucho antes de emitir un pensamiento. Mientras tanto, suenan fuera del comedor martillazos, gritos báquicos y risotadas. Varios europeos residentes en Tokío están armando el árbol de Navidad y se preparan para la cena clásica tomando numerosos aperitivos.
Tengo á mi lado al maestro Yamada. Horas antes he visto dirigir á este compositor, todavía joven, una orquesta de más de ochenta profesores, todos ellos excelentes y obedeciendo á la batuta, con una precisión que recuerda la de las orquestas alemanas.
¡Y pensar que este pueblo hace cincuenta años no sabía lo que era un violín, ni conocía otra música que la de las geishas que he escuchado á la hora del almuerzo!...
Las fiestas florales del año.—«Geishas» y japonesas honestas.—Cómo se casan los japoneses.—El amor fuera de casa.—El paraíso de los maridos.—Opiniones de un moralista japonés sobre las mujeres.—La esclavitud femenina.—Contradicciones del pudor japonés.—Las mancebías del Yosywara.—Hembras expuestas en escaparates.—15.000 muchachas quemadas.—La gran catástrofe de la explanada de Hifukusho.—Un brasero de 40.000 personas.—Ágil agonía de las madres japonesas.—Un policía que imita á los samurais.
Por observación directa y por las explicaciones de mis amigos japoneses, voy conociendo algo del alma de este pueblo, compleja y contradictoria, pues se funden en ella las tradiciones de 2.600 años y los transformismos violentos de un progreso que sólo tiene medio siglo y ha copiado casi de golpe los adelantos materiales del mundo occidental.
El japonés es de un positivismo áspero, prefiere las empresas prácticas, de utilidad inmediata, y al mismo tiempo adora con fervor de poeta los esplendores primaverales de la Naturaleza.
Las flores en el Japón apenas tienen perfume, algunas carecen completamente de él, y sin embargo ningún país de la tierra ama como éste la floricultura. Toda japonesa bien educada aprende el arte de hacer ramilletes, como una señorita occidental aprende el piano ó la acuarela. No hay japonés que á la vista de un grupo de flores no quede inmóvil, en actitud reflexiva, lo mismo que un visitante de los museos de Europa ante un cuadro famoso. Hasta el bajo pueblo da su opinión sobre los matices y combinaciones de un ramillete, pues todos conocen desde la escuela el simbolismo y la armonía de las flores.
En el curso del año las principales fiestas populares están reglamentadas y escalonadas por las sucesivas floraciones de arbustos y árboles. El japonés abarca en su veneración todas las flores, dedicando mayor predilección á las de los árboles, casi inadvertidas en otros países, que á la de los arbustos, más conocidas y apreciadas en el Occidente. Cuando al iniciarse la primavera florecen los cerezos, se organizan fiestas de un extremo á otro del Japón, que duran mientras existe dicha flor. Al pie de los árboles se congregan las muchedumbres para presenciar el Miyaco-Odori, la «Danza de los Cerezos», y estas romerías dan motivo á un consumo enorme de saké, pues el pueblo se embriaga por tradición, como lo hicieron sus ascendientes durante siglos para glorificar la vuelta de la primavera.
Antes de la fiesta de los cerezos ha sido la de los ciruelos, en realidad la primera del año, pues dichos árboles florecen cuando las nieves empiezan á fundirse. Luego se suceden las otras fiestas florales, con acompañamiento de tacitas de saké, músicas y bailes de geishas. En Mayo es la fiesta de las peonías, que no son aquí inodoras, como en el resto de la tierra, gracias á los floricultores nipones que consiguieron darlas un ligero perfume de rosa. Después son festejadas las glicinas de largos racimos, y las azaleas, que abundan mucho en los campos. En el curso del verano dedican su alegre glorificación á los iris, á los lotos, y al empezar el otoño se celebra la fiesta de la flor que pudiéramos llamar nacional, pues simboliza al Japón en el resto del mundo, la crisantema, de infinitas variedades.
Además, el japonés festeja en el otoño el follaje de ciertos árboles que toma diversas tintas, como si sus hojas fuesen flores. Hay árboles que dan frutos en otros países y aquí se cultivan únicamente por su floración. En los ramilletes japoneses figuran como delicados componentes la flor del melocotonero, del peral, del ciruelo, del albaricoquero. Estas flores son infecundas; no contienen la esperanza de ningún fruto. Nacieron simplemente para lucir una belleza virgen y jamás conocerán la procreación.
Todo el que llega á este país con la memoria llena de lecturas literarias pregunta por las geishas, desea verlas, creyendo que son la representación femenina del país. Es algo semejante á lo que ocurre en España cuando los extranjeros desean ver gitanas, creyendo que todas las españolas son la Carmen de Merimée, ó á la candidez de ciertos visitantes de París, que se imaginan conocer á la mujer francesa porque conversaron y bebieron con las danzarinas nocturnas de Montmartre.
Algunos escritores europeos, después de cohabitar en un puerto del Japón con una musmé de alquiler, la han exaltado y glorificado con su genio artístico, hasta hacer de ella el símbolo de la feminidad nipona.
Esto es hermoso, pero completamente falso. En el Japón existen la esposa, la madre, la hija, mujeres de resignadas y virtuosas costumbres, que forman la inmensa mayoría de la población femenina, y existe igualmente la geisha, cada vez menos numerosa y más decadente, que es la bailarina y la música de los lugares de diversión.
Esta especie de cocota nipona fué en otros tiempos, antes de que el Japón adoptase las costumbres occidentales, algo así como una institución nacional, destinada á satisfacer necesidades psicológicas más que físicas.
Para explicar esto con más claridad, necesito decir que en el Japón no existe el amor como lo entendemos los occidentales, y si alguna vez llega á nacer, es de un modo dramático é ilegal, fuera de la casa, al margen del matrimonio. El japonés constituye su familia bajo la dirección indiscutible de sus padres, que lo casan sin tomarse la molestia de consultar su opinión. Lo mismo los casaron á ellos é igualmente fueron contrayendo matrimonio sus remotos ascendientes en el curso de siglos y siglos.
Un amigo mío, profesor de lenguas europeas, me cuenta el breve y estupendo diálogo que tuvo hace pocos días con uno de sus discípulos.
—Mañana no podré venir á tomar mi lección, maestro, porque me caso.
Acoge el profesor con extrañeza tal noticia. Nunca le había hablado su alumno de noviazgos. ¿Cómo ha guardado esto en secreto hasta el último momento?... ¿Quién va á ser su esposa?...
—No sé—contesta el joven—. No la conozco. Todo lo han arreglado mis padres, y fué ayer cuando me dijeron que debo casarme mañana.
El japonés somete á su esposa á un régimen despótico, con arreglo á la tradición, y ésta le obedece en todo, sin la más leve protesta. Es posible entre ellos un plácido compañerismo, un afecto tranquilo y fraterno, pero no el amor tal como se ve en novelas y dramas. Por esta razón la literatura occidental sólo empieza á ser comprendida un poco por los japoneses que viven á la moderna y han viajado. Los demás, al leer obras célebres en Europa que sistemáticamente tienen por base el amor, levantan los hombros y sonríen como en presencia de algo infantil, indigno de respeto.
La geisha ha representado siempre para el padre de familia japonés la poesía de la vida, lo imprevisto y complicado que hace sufrir y proporciona deleite al mismo tiempo; en una palabra, el amor. Tiene en su casa varias mujeres, por el privilegio de la poligamia, pero éstas son abejas obscuras y laboriosas, dedicadas á la buena marcha del hogar. La geisha es como la hetaira griega, y á semejanza de los atenienses del tiempo de Pericles, el daimio, el samurai ó el simple mercader han despreciado muchas veces á las hembras tranquilas y obedientes de su casa para ir en busca de la danzarina letrada, ingeniosa, maestra de buenas maneras y gran recitadora de versos.
Los principios de la carrera de geisha no son fáciles. Hay colegios especiales que las toman á los siete años, enseñándolas todo lo que puede hacer valer particularmente sus gracias y sirve para seducir á los hombres. Aprenden á tocar la guitarra, ejercitan sus voces, retienen en su memoria los pequeños poemas célebres, que ascienden á centenares, y sus maestras les enseñan además el arte de encontrar respuesta pronta é ingeniosa á las demandas masculinas. Su gran habilidad es la danza, sin saltos ni contorsiones, compuesta de actitudes que tienen algo de rituales, transmitidas á través de los siglos. Sólo á los catorce ó quince años salen de estos colegios, gobernados por una disciplina severa, para intervenir en los banquetes y alegrarlos con su presencia.
En realidad, la geisha no fué nunca una prostituída. Su verdadera misión es divertir á los comensales con su belleza y sus palabras. Todas ellas guardan las tradiciones de la cortesía japonesa, y han mantenido en los hombres, con su fino trato, la etiqueta y el mesurado lenguaje de otros tiempos.
Las esposas quedaron siempre en el hogar conyugal, mientras el marido comía en la casa de té con las geishas. Algunas veces, si las mujeres legítimas asistían á tales banquetes, el marido no se mostraba intimidado por su presencia, y seguía acariciando familiarmente á las bailarinas, sin que esto pareciese extraordinario.
Afirman los tradicionalistas que la geisha es una profesional honesta y no va más allá de sus danzas, sus cantos y sus versos, evitando relaciones sexuales con sus clientes. Y añaden que éstos, por su parte, se contentan con la presencia y la conversación de las agradables muchachas. Tal vez haya sido así en muchas ocasiones, y los occidentales pequemos de maliciosos al no comprender unas orgías tan desinteresadas y puras. Mas no es menos cierto que algunas veces el japonés se enamora verdaderamente de la geisha, y como ésta es maestra en el arte de enardecer al hombre manteniéndolo á distancia y muestra una voracidad imprevisora y alegre para el derroche del dinero, tales relaciones duran años y años, perdiendo el enamorado en ellas toda su fortuna y hasta acaba suicidándose.
Así como muchos llaman á los Estados Unidos «el paraíso de las mujeres» por la influencia enorme que ejercen éstas en la vida privada y en la pública, el Japón puede titularse «el paraíso de los maridos». Las leyes escritas, las costumbres, la jerarquía social, la organización de la familia, todo fué fabricado para los hombres. La mujer es la esclava del esposo, y éste ha tenido la habilidad de moldear durante siglos y siglos el pensamiento femenino de un modo tan hábil, que la pobre hembra todavía muestra agradecimiento porque la mantiene al lado de él y se esfuerza por adivinar su voluntad, cumpliéndola inmediatamente.
Todas las japonesas á estilo antiguo adoran á su esposo como un dios, le obedecen sabiendo que no puede equivocarse, y la menor protesta femenina equivaldría á un sacrilegio. Al mismo tiempo se consideran felices porque el marido se digna aceptar su sacrificio.
Vieron en su infancia cómo su madre se prosternaba ante el padre; aprendieron en el propio hogar que las mujeres son infinitamente inferiores al hombre, y por eso acogen con agradecimiento inmenso la menor muestra de consideración que se dignen darles. El japonés, por su lado, desde los primeros años de su niñez aprende con el ejemplo de sus mayores que la hembra sólo ha venido al mundo para servir al varón y procurarle placeres materiales. Así se comprende que la poligamia japonesa haya sido más tranquila y disciplinada que la de los musulmanes. Las esposas marcharon siempre de común acuerdo, como devotas unidas por el deseo de rendir culto á un mismo dios, sin las peleas y rivalidades de las reclusas del harén.
Es la tradición la que ha reglamentado la vida matrimonial. Sin embargo, existe un código escrito de los deberes de la mujer, que redactó en el siglo XVII un moralista llamado Kaibara. En él se dice que las mujeres «nacen con los defectos de la indocilidad, el eterno descontento, la murmuración, los celos y la escasez de inteligencia», lo que las hace inferiores al hombre, y por ello es legítimo y oportuno que éste las someta á una dirección vigorosa.
Según Kaibara, la mujer no debe tener dioses propios y mirará siempre á su marido como único dios, adorándolo al mismo tiempo que le sirve. El esposo debe ser su único cielo... Y como si reglamentase las ceremonias de un culto, añade que la esposa debe vestirse con humildad, adornarse únicamente para inspirar deseos á su marido, levantarse la primera y acostarse la última, y mientras el esposo duerme la siesta ella debe trabajar.
Al casarse, el japonés pone á su esposa bajo la vigilancia y dirección de su propia madre, la cual, recordando lo que hicieron con ella, procura imponer á la recién llegada las mismas disciplinas que aguantó bajo la dominación de su suegra.
Todo esto es el Japón antiguo, el matrimonio tal como existió durante miles de años y como subsiste aún en el campo y las ciudades de provincia. Pero al adoptar el país los adelantos materiales de Occidente, copiando sus costumbres, esta constitución tiránica de la familia, dentro de la cual las esposas no son más que domésticas de clase superior, empieza á modificarse de un modo alarmante para los guardadores de la tradición.
El militar japonés uniformado como los de Occidente, el diplomático y el alto funcionario puestos de frac, han tenido que llevar sus esposas á las fiestas de la corte imperial y á las de las Legaciones, vestidas á la moda europea. Esto que al principio fué tolerado por los maridos como un disfraz necesario, porque así convenía á la nueva existencia del Japón y porque lo ordenaba el emperador, ha ido modificando el alma femenina con un lento goteo corrosivo y disolvente.
Existen ya en las altas clases muchas japonesas que no toleran la poligamia, conocen los celos, expresándolos francamente, y se niegan á continuar la esclavitud resignada y agradecida de sus abuelas. Con el transcurso del tiempo, este conflicto familiar—que es el tema de muchas novelas japonesas modernas—irá aumentando y se extenderá á todas las clases sociales. Se comprende dicha transformación después que las japonesas han conocido de cerca la existencia más independiente y digna de las mujeres blancas, especialmente de las norteamericanas. Los esclavos—como dice Brieux[C]—sólo encuentran tolerable su situación mientras viven con seres de su misma clase, y se consideran desgraciados si ven de cerca á los que gozan de plena libertad.
La evolución industrial del país contribuye rápidamente á las transformaciones de la mujer. Ésta es ahora obrera en las fábricas, escribe á máquina en las oficinas, desempeña empleos en almacenes y tiendas, así como en muchas administraciones del gobierno, y al ganar su vida puede existir independientemente, sin el apoyo del hombre, que ya no es para ella el «dios único» recomendado por Kaibara. Si se casan y quedan viudas, no realizarán seguramente lo que exigía este venerable moralista, «pintarse los dientes de negro, cortarse los cabellos, afeitarse las cejas, hacerse feas para no inspirar tentación á ningún otro hombre».
Sin embargo, las mujeres que no son ricas y carecen de una profesión para ganarse el arroz continúan sometidas al despotismo marital, á estilo antiguo. Temen que su esposo pida el divorcio, pues rara vez el hombre deja de ser atendido por los tribunales cuando desea repeler á una de sus cónyuges. Los motivos de divorcio son numerosísimos en el Japón, y entre ellos figuran que la esposa no obedezca las órdenes de la suegra; que muestre celos del marido; que se enfade con él, profiriendo palabras descorteses. Si tales motivos rigiesen en los demás países, inútil es decir que ya estarían disueltos casi todos los matrimonios de la tierra.
Es diversa la moralidad del pueblo japonés á la de las naciones occidentales, y ofrece un aspecto contradictorio, de difícil explicación para nosotros. Lo mismo ocurre con su pudor, que en todas partes es una consecuencia de la moral imperante.
No mostrará en público la mujer japonesa una línea de sus piernas ni una parte de su pecho. El escote y los brazos desnudos de las occidentales, vestidas con trajes de ceremonia, le parecen algo desvergonzado é inaudito. Las geishas van envueltas siempre en suntuosos kimonos, cerrados sobre el cuello y que descienden hasta sus manos y sus pies. En el Yosywara, barrio de placer de las principales ciudades japonesas, las rameras se mostraban hasta hace poco en escaparates á la parte exterior de los burdeles, pero todas ellas, llevando su rostro pintado como una máscara, permanecían con aire pudibundo envueltas hasta los talones en pesadísimas vestiduras bordadas de plata y oro.
Al mismo tiempo, este es el país donde hombres y mujeres toman el baño en público. Los tenderos, para no abandonar su establecimiento, tienen una bañera debajo del mostrador, medio tonel, dentro del cual permanecen en cuclillas. Si entra un parroquiano, se ponen de pie para servirle, y la tendera muestra sonriente, con tranquilo impudor, sus exiguas amenidades superiores, limitándose á colocar delante de ellas una servilleta de papel menos grande que la palma de la mano. En los hoteles á estilo del país, las criadas asisten al baño de los viajeros, y á su vez, se muestran con la mayor tranquilidad cuando salen casi desnudas del mismo lugar.
Como la mujer fué considerada siempre inferior al hombre, no mereciendo ningún aprecio moral, la prostitución ha sido tenida hasta hace poco como una industria femenina, sin consecuencias para el honor de las familias.
Los padres vendían sus hijas á las grandes casas del Yosywara. Las familias decentes, cuando salían á paseo por la noche, se encaminaban á dicho barrio, á causa de la animación de sus calles esplendorosamente iluminadas y á la enorme cantidad de teatros y establecimientos de danza confundidos con las mancebías en este lugar de placeres. Las hijas de buena familia saludaban á sus amigas que, vistiendo kimonos de regia suntuosidad, se mostraban en los escaparates, esperando la orden de un cliente. Luego conversaban con ellas, sin ninguna extrañeza, considerando natural este cambio de situación.
El penúltimo emperador, que tantas reformas hizo en medio siglo de reinado, para dar un aspecto moderno á su país, tuvo que prohibir por una ley, en 1870, que los padres siguieran vendiendo sus hijas á las traficantes del Yosywara. Pero hay quien dice que no por eso se han cortado definitivamente las relaciones entre algunas familias y las casas de lenocinio.
Yo he visto los Yosywaras de otras ciudades japonesas, pero no el de Tokío, pues lo destruyó completamente el incendio hace tres meses, al ocurrir el último terremoto.
Me enseñan fotografías de este lugar alegre después de la catástrofe. Como todos sus palacios de paredes policromas y aleros salientes, cubiertos de inscripciones doradas, de linternas y banderolas, eran construídos con madera y lienzo, ardieron en unos minutos, abrasando á sus habitantes y cerrando el paso á los que huían. Sobre los tizones apagados veo pirámides de cadáveres desnudos, y confundidos de tal modo, que no se puede adivinar el sexo de cada uno de ellos. Únicamente sabiendo la extremada delgadez y la pequeña estatura de la japonesa, pueden reconocerse como cuerpos femeninos unos cadáveres que en el primer momento parecen de muchachos.
Quince mil huéspedas existían en el Yosywara de Tokío en el momento del incendio. Ya no se permite en los de otras ciudades que las mujeres se exhiban en escaparates sobre la calle. Éstos se abren ahora en el zaguán de la casa, y el transeunte no tiene mas que pasar un pie sobre el umbral para ver las mercancías expuestas en el interior. Lo que permanece sobre las fachadas de dichos establecimientos es una hilera de fotografías de tamaño más que natural, representando en trajes de geishas y con grandes flores sobre las sienes á las pensionistas del establecimiento.
Debo decir que estas jóvenes muestran una corrección pudorosa en la práctica de su industria. Esperan el momento de ejercerla tranquilamente, sin un ademán excitante, sin una palabra deshonesta, sin mostrar siquiera uno de sus pies. Su rostro guarda una sonrisa inmóvil, y están como encogidas dentro de sus vestiduras brillantes y gruesas de imagen sagrada. Es verdad que aunque quisieran ser descocadas en sus palabras no podrían conseguirlo. El idioma es el principal apoyo de la cortesía y las buenas maneras de este pueblo. La lengua japonesa no tiene palabras para insultar á un enemigo ni para expresar obscenidades. Todo su diccionario es un manual de buena educación.
El mortífero incendio del Yosywara, con sus 15.000 mujeres carbonizadas, me hace recordar una catástrofe mayor, ocurrida en otro de los barrios de Tokío.
Me muestran numerosas fotografías de la explanada de Hifukusho, donde perecieron 40.000 personas quemadas ó aplastadas. Al temblar la tierra huyeron las familias de sus viviendas, aglomerándose en los lugares descubiertos, plazas, paseos, terrenos baldíos. Esta explanada de Hifukusho, de unas cincuenta hectáreas, abierta en plena ciudad, y que tenía una cerca de planchas de cinc para ser utilizada por los militares, fué el sitio adonde afluyeron los habitantes de todos los barrios limítrofes. Los hombres arrastraban carretillas llevando en ellas sus mejores muebles; otros corrían doblados bajo el peso de fardos de ropa hechos apresuradamente. Las mujeres tiraban de filas de niños, gritando para atraer á los rezagados.
Un guardia de policía vigilaba su entrada. En el primer momento, fiel á su consigna, intentó oponerse al avance de la muchedumbre. Pero ésta fué engrosando, la tierra repetía sus temblores, gritaban las mujeres, lloraban los niños, y el policía, conmovido por el peligro general, acabó por olvidarse de su deber, dejándolos pasar. Al poco rato 40.000 personas se aglomeraban dentro de la explanada con sus carretones, muebles y fardos, tan estrechamente, que no podían moverse. Pero una alegría egoísta les hizo reir y bromear. En este espacio libre se consideraban salvos y seguros, mientras empezaba á arder Tokío.
Las llamas se fueron extendiendo por el horizonte y avanzaron como dos brazos rojos, hasta juntarse, cerrando toda salida. Esto no consiguió que la gran masa de refugiados perdiese su buen humor. El incendio estaba lejos y no podía llegar hasta ellos en una explanada completamente descubierta.
De pronto sopló el ciclón, completando la obra del terremoto y del incendio. Las llamas verticales se inclinaron bajo el impetuoso bufido, con una horizontalidad destructora. La succión atmosférica aumentó el ardor de los inmensos braseros. Llovieron maderas encendidas, arrastradas á enormes distancias. Se elevó la atmósfera á una temperatura de horno, y las planchas metálicas de la cerca se enrojecieron, quemando á cuantos se aproximaban á ellas. Se arremolinó la enorme masa humana en este espacio, cada vez más angustioso para sus pulmones. Le era imposible moverse; le faltaba aire para respirar; llovía fuego.
Los más perecieron quemados vivos. Algunos, con el empuje de la desesperación, marcharon ágilmente sobre la muchedumbre, poniendo los pies en sus apretadas cabezas. Pero morían también al llegar á las vallas enrojecidas, ó más allá, junto á la línea de edificios llameantes.
Algunos testigos lejanos de la catástrofe describen un espectáculo inaudito, que presenciaron repetidas veces. Por el enorme calentamiento del aire ó por las succiones del ciclón, las personas subían ardiendo á través de la atmósfera lo mismo que cohetes voladores, cayendo poco después en un brasero crepitante de grasa cuyos tizones eran cuerpos humanos.
Cuando extinguido el incendio se procedió á la limpieza de la explanada de Hifukusho, los fúnebres exploradores tuvieron que recoger con palas y carretillas las cenizas de esta inmensa hoguera.
Más abajo de la costra de cuerpos carbonizados fueron encontrando otros cadáveres enteros, que habían perecido por aplastamiento y sofocación. Los de arriba les habían derribado y pateado para abrirse paso, sin conseguir otra cosa que morir á su vez ardiendo.
La capa inferior de muertos estaba compuesta de mujeres, de niños, de ancianos. Debajo de ella se encontraron varios pequeñuelos que respiraban aún y fueron devueltos á la vida.
Sus madres, pobres mujercitas amarillas, se habían arqueado sobre ellos, con instintiva precaución, procurando mantenerlos intactos hasta el último momento bajo sus cuerpos agonizantes.
El policía no fué de los muertos, pero como buen japonés creyó necesario expiar su olvido de la disciplina, su tolerancia misericordiosa, que había abierto las puertas de la eternidad á 40.000 personas.
Y fiel á la tradición del Hara-Kiri, se rajó el vientre con su machete, echándose las tripas afuera, como un antiguo samurai.