Muchos templos y poca religiosidad.—La cortesía con todos los dioses.—Única religión verdadera del japonés.—Los muertos mandan.—Todos los japoneses acaban siendo dioses.—El sintoísmo.—Las tumbas de los dos Shogunes.—El Pericles japonés.—Sus máximas morales.—San Francisco Javier.—El consejo que le dan los japoneses.—Fácil difusión del cristianismo.—Inquietud de los Shogunes.—Miedo al Papa y al rey de España.—Se cierra el Japón por 250 años.—Persecuciones y martirios de los misioneros.—Camino de Niko.—La buena educación de una caja de comida.—Un regalo de cuarenta kilómetros de árboles gigantescos.
Abandono por unas semanas mi camarote del Franconia.
Voy á correr la parte más interesante del interior del Japón. Luego un buque del país me llevará á Fusán, puerto de Corea, atravesaré este ex reino que los japoneses se han apropiado, seguiré á través de la Manchuria, que ocupan igualmente con un carácter temporal, entraré en China, viviré en Pekín, y cruzando gran parte del Imperio Celeste, convertido hoy en República, llegaré á Shanghai, donde me esperará el paquebote con mi dormitorio flotante lleno de libros y recuerdos.
Primeramente voy hacia el Norte en mi viaje por el Japón, alejándome de la ruta que debo seguir después. No quiero irme de este país sin conocer Niko, la Sagrada Montaña de Niko, el monumento fúnebre más suntuoso y artístico que posee el Japón.
En la tierra nipona abundan templos y santuarios. Contemplando el paisaje desde las ventanillas del tren, cada vez que veo un grupo de árboles sé que á continuación asomarán entre el follaje los tejados de un templo budista ó sintoísta. Todos ofrecen un exterior interesante, más por la vegetación que los rodea que por su arquitectura. Si arrasasen los grupos de árboles y de arbustos floridos, parecerían muchos de ellos miserables barracas.
Tal abundancia de templos no supone que el pueblo japonés sea extremadamente religioso. Por una contradicción de su carácter complejo, los japoneses son el pueblo de la tierra que posee más templos y al mismo tiempo el de menos religiosidad. Tal vez provenga esto de su cortesía extremada, que les aconseja asociarse á toda manifestación pública en honor de un gran personaje, sea hombre ó sea dios.
Los japoneses de clase superior, los letrados, fueron siempre discípulos de Confucio—como sus maestros los intelectuales chinos—, ó sea, racionalistas propensos á la incredulidad, no profesando ninguna de las religiones positivas. El pueblo, en cambio, las venera todas, sin establecer entre ellas ninguna diferencia.
La verdadera religión original del país fué el culto de los Kamis, de los Antepasados, que ha servido de base al moderno sintoísmo.
Durante muchos siglos esta religión veneró con sencillez los dioses de la mitología japonesa, de que ya hablamos, únicamente por ser padres del Japón; mas al despojarse el Mikado de su poder político para cederlo á los Shogunes, fué extremando su autoridad religiosa en su retiro de Kioto, convirtiéndose finalmente en una especie de pontífice, que confirió la dignidad de altos sacerdotes á sus cortesanos.
En los tiempos modernos el culto de los Kamis ha ido tomando un carácter más concreto, hasta ser la religión patriótica del sintoísmo, única que respetan verdaderamente los japoneses. Yo he visto reir á familias enteras, regocijadas por los enormes Budas de majestuosa fealdad que existen en los templos de algunas ciudades. Igualmente ríen de muchas creencias antiguas, pero ninguno se permitirá la más ligera broma sobre el altar de los Antepasados que cada cual tiene en su casa, ni sobre el sintoísmo, culto de la patria japonesa.
El budismo, que penetró en el país á mediados del siglo VI, siguiendo la influencia de la civilización china, se ha corrompido mucho por la avaricia y el lujo de sus sacerdotes, dividiéndose hasta contar treinta y cinco sectas diferentes. Las boncerías ó conventos budistas se convirtieron en lugares de prostitución. Muchos de sus templos estaban rodeados hasta hace poco de las llamadas casas de té. Una peregrinación budista era una especie de Carnaval, abundante en desenfrenos carnales. Los Shogunes tuvieron que reprimir muchas veces los escándalos de los bonzos y los desórdenes provocados por ellos.
Al adoptar el Japón en nuestra época los progresos y usos de Occidente, necesitó como medida defensiva resucitar su antigua religión nacional, algo olvidada, y el culto de los Kamis tomó el nombre de sintoísmo. Este culto es algo superior que se sobrepone á las otras creencias y resulta compatible con todas ellas.
Un nipón puede ser budista, cristiano y hasta ateo, ejerciendo al mismo tiempo el culto sintoísta. En japonés, shinto significa «Camino de los dioses», y el nombre resulta apropiado, pues todos al morir en el Japón emprenden el camino para convertirse en dios.
El sintoísmo es la religión de los muertos; pero los muertos japoneses no apartan sus espíritus de la tierra. En las demás religiones, cristianismo, mahometismo, etcétera, que proclaman la inmortalidad del alma, ésta, al separarse del cuerpo, va á habitar determinadas regiones, de felicidad ó de expiación, celestiales ó infernales, lejos de nuestro mundo. Para los japoneses, las almas de los muertos no se alejan de nuestro planeta. Siguen en él, con una existencia invisible para nuestros ojos, pero material, como el aire ó como el fuego. Viven alrededor de sus descendientes, les acompañan dentro de sus casas, residen en el altarcito de los Antepasados, y el japonés les ofrece arroz y saké, los saluda todas las mañanas y los consulta en momentos graves de su existencia. Cree firmemente que «los muertos mandan» porque son más numerosos que los vivos, y aglomerando sus experiencias saben más que éstos.
Los que aún están dentro de la vida se engañan cuando creen que sus actos son producto espontáneo de su voluntad. Los muertos les empujan sin que ellos lo sepan y les sugieren sus acciones. La devoción á la memoria de los Antepasados es, según los moralistas japoneses, «el resorte de todas las virtudes».
Cuando el almirante Togo destruyó la flota rusa, asegurando con ello el triunfo definitivo de su país, el viejo emperador envió la siguiente alocución á las tripulaciones: «Gracias á vuestra lealtad y vuestra bravura he podido contestar dignamente á las preguntas que me dirigían los espíritus de mis Antepasados.» Y al oir tales palabras, los marinos japoneses lloraron de emoción.
Este sintoísmo que acabo de describir en una forma sumaria, prescindiendo de las complicaciones y sutilezas niponas, es más grosero y material en el bajo pueblo, predispuesto siempre á las supersticiones. Los templos sintoístas, al tener sacerdocio y culto oficiales, adoptaron poco á poco muchas ceremonias de los bonzos. Los japoneses, al entrar en un templo sintoísta, dan dos palmadas para que acudan los dioses á escucharles, si acaso están distraídos ó ausentes. Otras veces tiran de una cuerda al extremo de una campana, para atraer de igual modo la atención divina. Pero lo mismo el campesino y el marinero predispuestos á las ofrendas y los llamamientos para ablandar á los espíritus, que los letrados de incredulidad confuciana, todos, al ser sintoístas, adoran á su patria, único país de la tierra de origen divino, cuyos soberanos son nietos de los dioses, y con ello se adoran á sí mismos.
No hay japonés que no se considere en el camino que conduce á la divinidad, seguro de que cuando muera sus herederos le rendirán culto en el altar de familia. El agente de policía que reglamenta la circulación de los vehículos en la calle, el vendedor de frutas ó el campesino que pasan con un largo bambú sobre un hombro del que penden dos banastas, el viejo que tira de la koruma, el militar que va á caballo, el marinero que pesca en el Mar Interior tripulando un barco de forma arcaica, todos serán dioses con el curso del tiempo, y después de su muerte vivirán en la atmósfera, cerca de sus familias, influyendo en las acciones futuras de éstas, como los Antepasados dictan en la actualidad sus propias acciones. Los remotos descendientes se prosternarán ante su imagen invisible antes de emprender un viaje, implorando su protección, y al volver harán lo mismo para darle gracias. Quemarán varillas de incienso ante su altar, como él las quema ahora en honor de remotísimos abuelos, cuyos nombres desconoce, pero de cuya existencia divina no duda un momento.
La Sagrada Montaña de Niko adonde yo voy está cubierta de templos de distintos ritos, y sin embargo las muchedumbres de peregrinos que la frecuentan todos los años sienten fundidas sus almas por una absoluta unidad religiosa y acuden á ella para venerar el espíritu de dos grandes muertos, dos Shogunes de la dinastía Tukagawa, llamados Yeyasu y Yemitsu, que hicieron la grandeza del Japón.
Yeyasu, el más célebre, sujetó para siempre á los señores feudales, abriendo una era de paz y progreso que duró 250 años. Muchos historiadores le llaman «el Pericles japonés».
Bajo su gobierno, en el siglo XVI, florecieron los poetas y pintores más notables del país. Estableció relaciones comerciales con los otros pueblos de Asia y las repúblicas mercantiles de Europa. Siguió atentamente lo que ocurría en América, viendo extenderse la conquista y la colonización españolas desde más arriba del golfo de Méjico al cabo de Hornos.
Este hombre de guerra, que venció en los combates á la revoltosa aristocracia de los daimios, fué al mismo tiempo un filósofo y ha dejado sabias máximas que repiten todavía las familias.
«La perseverancia es la base de la eterna felicidad.»
«El hombre que sólo ha visto la cumbre y no conoce las amarguras del valle no puede llamarse hombre.»
«La vida es un fardo muy pesado, pero no debes lamentarte de que te desuelle la espalda.»
«Necio es el que se deja marear por las vanidades humanas.»
«La culpa de nuestros males debemos atribuirla á nosotros mismos.»
«Todo en exceso causa pena, y es preferible que falte á que sobre.»
Cuenta Lafcadio Hearn que cuando Yeyasu, después de sus victorias, era dueño absoluto del Imperio, lo sorprendió una mañana uno de sus servidores sacudiendo un viejo kimono de seda para conservarlo.
—No creas—dijo—que hago esto por el valor de la prenda, sino por respeto al trabajo de la pobre mujer que la fabricó con largos esfuerzos. Si al usar las cosas no recordamos el tiempo y las penas que ha costado su producción, esta falta de respeto nos coloca al nivel de las bestias.
Otra vez se negó á admitir unos vestidos nuevos que le ofrecía su mujer, añadiendo así:
—Cuando pienso en las multitudes que me rodean y en las generaciones que vendrán después, creo mi deber vivir económicamente, pues si despilfarro le quito á alguien la parte que le corresponde.
Al morir Yeyasu y ser enterrado en la Sagrada Montaña de Niko, la gratitud nacional transformó aquélla en monumento patriótico. Los templos se han amontonado en sus laderas, formando una escolta eterna á la tumba del célebre Shogun y á la de Yemitsu, su digno sucesor. Todos los años, en primavera, acuden miles de peregrinos desde las provincias más lejanas del Imperio para celebrar la memoria de estos gobernantes.
Guarda de ellos el pueblo un recuerdo casi legendario, haciendo de su época el período de mayor felicidad nacional. Y sin embargo, bajo su gobierno se cerró el Japón á los europeos, quedando aislado dos siglos y medio del resto del mundo. También en el período del segundo de los dos Tukagawa se inició la cruel persecución contra el cristianismo, ordenándose horribles suplicios, en los que perecieron tantos misioneros mártires de su fe.
El primer propagandista del cristianismo que penetró en el Japón fué un español, San Francisco Javier. Al conocer por el marino portugués Méndez Pinto la existencia de este Imperio idólatra y misterioso que acababa de descubrir, el misionero navarro se creyó escogido por Dios para evangelizar dicha tierra.
Nadie le opuso obstáculos en sus correrías por el archipiélago. La primera descripción de Kioto la hizo él durante su permanencia en esta capital teocrática. El Shogun que gobernaba entonces el Imperio acogió con escéptica bondad la llegada del propagandista de una nueva religión.
—Será una secta más—dijo—que tendremos en el país.
La gente instruída escuchó atentamente, con su cortesía tradicional, las predicaciones del futuro santo. Luego algunos letrados le dieron la siguiente respuesta, digna de su tolerancia confucista:
—Nuestros maestros son los chinos. De su país nos han llegado las artes, la literatura, la filosofía, el budismo. No pierda el tiempo predicándonos á nosotros. Vaya á la China, y si convence á las gentes de allá, seguiremos el mismo camino sin necesidad de misioneros.
Este consejo hizo honda impresión en San Francisco Javier, y desde entonces sólo pensó en la conquista espiritual de la China. Abandonó el Japón, volviendo á las misiones portuguesas de la India, y allí se dedicó al estudio del idioma chino y á reunir amistades para entrar libremente en el vasto Imperio. Pero cuando al fin pudo emprender el viaje á Cantón, tuvieron que desembarcarlo en una de las numerosas islas de la bahía de Hong-Kong, donde murió.
Detrás de él empezaron á llegar al Japón otros misioneros, que obtuvieron rápidos éxitos con sus predicaciones. El pueblo japonés había admitido la doctrina budista y no necesitaba hacer un esfuerzo enorme para aceptar el cristianismo. En pocos años la nueva religión llegó á contar 200.000 adeptos. Uno de los misioneros españoles consiguió que el príncipe de Sendai, feudatario del Mikado, enviase una embajada al Papa. Ésta fué recibida en Roma y en la corte de Madrid con ostentosas ceremonias, creyendo todos, por la confusión geográfica de aquellos tiempos, que venía en nombre del emperador del Japón.
Fué además aquel período el de mayores guerras entre los daimios ingobernables y el Shogunato, empeñado en establecer el orden y la unidad nacional.
El avisado Yeyasu, vencedor definitivo del feudalismo, vió un peligro político en la nueva religión.
Pretendían emplearla los daimios más rebeldes como un medio para resucitar la guerra. La vanidad patriótica y el excesivo celo religioso de algunos misioneros, que no se recataban en mostrar públicamente su amistad con los rebeldes, aumentaron los recelos del Shogun. Éste seguía con inquietud el engrandecimiento de los reyes de España, dueños de la mayor parte de América y poseedores de las Filipinas, casi á las puertas del Japón. Varias veces llegaron hasta sus oídos palabras arrogantes proferidas por españoles religiosos ú hombres de mar. No consideraban empresa imposible que algún día el rey de las Españas enviase una flota á estas islas, como las había enviado á tantos países remotos.
Además, el Shogunato, al adquirir informes de la vida de Europa, consideró con cierto miedo al Papa. La suspicacia japonesa sintióse inquieta al saber que el jefe de la nueva religión, establecido en Roma, llevaba tres coronas en su tiara y tenía potestad divina para quitar los reinos á unos monarcas, dándoselos á otros para que sostuviesen la fe.
Los misioneros cristianos, en su mayor parte españoles, parecían á los Shogunes más peligrosos por su energía y su afán de sacrificio que los corrompidos bonzos, domeñados por ellos para siempre. Eran unos conquistadores tan audaces y duros como sus compatriotas que se habían adueñado de América. Se valían de la palabra y del sacrificio pasivo, como los otros de la espada.
En tiempos de Yemitsu, el segundo Tukagawa enterrado en Niko, se ordenó la expulsión de todos los misioneros, la supresión del culto cristiano, y quedaron cerrados los puertos á todo buque que no fuese japonés, aislándose el Imperio del resto de la tierra. Ningún natural del país pudo salir de él y se prohibió bajo penas severas el aprender las lenguas occidentales.
Volvieron los misioneros ocultamente, arrostrando los tremendos castigos con que les amenazaban, y empezó el largo martirologio japonés de jesuítas, franciscanos y otras órdenes religiosas.
Los holandeses fueron los únicos blancos que obtuvieron permiso para hacer un pequeño comercio con el Japón, pero á costa de enormes humillaciones. Vivían acorralados en el exiguo islote de Décima, cerca de Nagasaki, y sólo podían traficar después de haber demostrado que no eran cristianos, para lo cual los sometían á varios actos blasfematorios y á otras ceremonias en las que infamaban los más altos símbolos del cristianismo. Muchos de estos mercaderes podían hacerlo sin remordimiento, pues en realidad eran judíos de origen español ó portugués nacionalizados en Holanda.
Llevo varias horas de viaje en el tren. Llegaremos á Niko muy entrada la noche, y creo oportuno comprar un bento para comer en el vagón.
El bento es una caja de madera blanca llena de comestibles, que venden en todas las estaciones. El arroz hervido está en una cajita de cartón con los correspondientes palillos para comerlo. Los otros manjares van envueltos en papeles de seda, con la prolijidad y limpieza de un pueblo de grandes embaladores. Además, me entregan una tetera de barro rojo con su tacita, para que remoje mi banquete á la japonesa con la bebida nacional.
Se muestra la exquisita cortesía nipona hasta en la preparación de esta cena comprada. El papel de seda que envuelve la caja lleva el siguiente saludo, que me traduce un amigo: «Sabemos que el presente bento es indigno de usted, pero sírvase aceptarlo por bondad.»
Este arte del embalaje, que igualmente poseen los chinos, se muestra en todos los bultos que llevan mis compañeros de vagón. El japonés no necesita comprar maletas. Cuando las usa, son de ligerísimo tejido de paja. Por regla general, se fabrica él mismo su equipaje con hojas de papel é hilos, siendo asombrosas la solidez y la gracia que sabe dar á sus envoltorios.
Ha cerrado la noche, borrándose los paisajes en los cristales de las ventanillas. Ahora son opacos y reflejan las luces interiores, así como nuestros rostros, algo caricaturescos por el incesante movimiento. Un amigo japonés, para distraerme, me va relatando las cinco grandes fiestas anuales del Japón, llamadas goséquis.
La primera es la del principio de año. Antes correspondía á nuestro primero de Febrero, pero el penúltimo emperador, deseoso de unificar la vida de su país con la del Occidente, decretó en 1873 que el año del Japón debía empezar con el nuestro.
Ahora solemnizan los japoneses el primero de Enero con visitas de felicitación y aguinaldos, que consisten especialmente en abanicos. Algunos tradicionalistas regalan, á estilo antiguo, un cucurucho de papel que contiene un pedazo de pescado seco. La segunda fiesta es la de las Muñecas, dedicada á las musmés. La tercera la de las Banderas, y es la fiesta de los muchachos. La cuarta se llama de las Linternas y Lámparas, y tiene por escenario las hermosas noches del verano. La quinta es la de las Crisantemas, y en este día las familias deshojan dichas flores sobre las tazas de té ó las copas de saké.
Luego volvemos á hablar de los dos gloriosos Shogunes, y de cómo, después de muertos, el pueblo en masa contribuyó al embellecimiento de la Sagrada Montaña que guarda sus tumbas.
Un noble de aquella época tuvo una iniciativa, digna de este país que tanto ama los árboles y las flores. Dejó que los demás elevasen templos ó bordeasen las avenidas de la montaña con largas filas de linternas de piedra sobre pedestales, llamadas toros.
Otros admiradores de los dos Shogunes levantaron á la entrada de los caminos esas portadas japonesas, compuestas de dos enormes troncos cilíndricos que se remontan en suave disminución y sostienen un dintel de gruesos maderos, rematado horizontalmente por dos puntas ligeramente encorvadas como cuernos. (Tales arcos reciben el nombre de toris.)
El original donador, que era un daimio arruinado, ofreció plantar de criptomerios diez leguas del camino que conduce á Niko, y para que no le acusasen de tacaño, los plantó á corta distancia unos de otros. El criptomerio llega á adquirir gigantescas proporciones: es el cedro del Japón.
Los de Niko llevan ya trescientos años de crecimiento. Sus troncos se tocan, y este camino de 40 kilómetros entre dos vallas de árboles apretados resulta una de las maravillas más interesantes de la tierra.
Niko en la noche.—El canto infinito de la Montaña Sagrada.—La temperatura inexplicable del Japón.—Nieve y plantas tropicales.—La desnudez japonesa.—Junto al brasero del anticuario.—El sereno de las castañuelas.—El amanecer en un hotel del interior del Japón.—El Puente Sagrado.—Cómo una enorme serpiente roja se doblegó en arco para servir á un santo.—Murmullos de agua y musgos invasores.—Los árboles casamenteros.
Llegamos á Niko en la espesa sombra de la noche, á merced de nuestros guías, sin saber adónde nos llevan.
Mucho antes vimos desde la ventanilla una muralla de ébano que iba extendiéndose ante el tren en sentido inverso para perderse en la obscuridad: el famoso camino de los criptomerios. Esta enorme cerca vegetal se interrumpe en las cercanías del pueblo; la han echado abajo para la edificación de nuevas casas.
Niko, cuyo nombre repiten todos en el Japón, es simplemente una aldea; menos que esto, una calle única; dos filas de casas á ambos lados del camino que conduce á la Montaña Sagrada. Estos edificios tienen sus puertas y ventanas enrojecidas por la luz cuando pasamos ante ellos sentados en veloces korumas. Son hospederías puramente japonesas para los peregrinos que llegan en la primavera y el estío; alojamientos donde los huéspedes comen sentados en el suelo y duermen sobre una esterilla con almohada de madera. En las otras casas hay tiendas de «recuerdos» para los visitantes, y como éstos no abundan en el invierno, sus dueños venden pieles de oso negro cazado en las montañas próximas.
Nos llevan al Hotel Kanaya, el alojamiento más importante, compuesto de numerosos edificios y un vasto jardín, especie de pueblo aparte dentro de Niko. Estos edificios son en su parte baja iguales á los grandes hoteles de Occidente. Su dueño actual, último representante de una dinastía de Kanayas que empezaron siendo guías de la Montaña Sagrada, muestra orgulloso un álbum con las firmas del heredero de la corona de Inglaterra y otros visitantes célebres del Japón que vinieron á alojarse en su establecimiento. Los pisos superiores tienen las comodidades europeas; pero una parte del mueblaje, la disposición de las habitaciones y su servidumbre puramente nipona hacen recordar al viajero que se halla en el centro de una isla del Extremo Oriente.
Acompañando á una señora vuelvo al pueblecito de Niko, para lo cual descendemos á pie la suave colina ocupada por el «Kanaya Hotel». Son las diez de la noche, ya están cerradas las tiendas, pero un guía nos habla de cierto almacén de antigüedades abierto hasta después de media noche para que los viajeros puedan dedicar en absoluto el día siguiente á la visita de los mausoleos. Marchamos por caminos desconocidos, en la penumbra azul de una noche suavemente iluminada por un cuarto de luna. Esta luz sólo se esparce por la parte alta del paisaje. Abajo se extienden murallas de compacta sombra, las arboledas centenarias de la Montaña Sagrada, que llegan hasta aquí.
Vemos entre las dos masas negras una especie de nube blanca é inmóvil. Es una cumbre nevada, que brilla como si fuese de plata en el misterio de la noche. Sobre esta cúspide parpadean las estrellas. Canta el agua por todas partes. El recuerdo de Niko queda en la memoria acompañado de una orquesta rumorosa de arroyos temblones.
Avanzamos entre dos filas de árboles gigantescos, por la orilla de un río que salta sobre su cauce de piedras en continuas cascadas. Los fulgores perdidos de las estrellas hacen brillar estas caídas líquidas con azuladas fosforescencias. A las voces graves del agua glacial desplomándose en grandes masas vienen á unirse los gorgoritos femeninos de las fuentes salidas de las peñas y los vagidos infantiles de ocultos arroyuelos deslizándose bajo el musgo en delgadas láminas. La Montaña Sagrada guarda invisible entre los bosques de su cumbre un gran lago que deja caer sus excedentes hacia el valle. Este rezumamiento la cubre con regio manto vegetal y la arrulla al mismo tiempo con el poético murmullo del agua corriente.
Canta la Sagrada Montaña en el misterio de la noche, canta en la penumbra verdosa del día, cuando el sol apenas logra deslizar algunas flechas entre el follaje de sus cedros. Un coro de mil voces líquidas acompaña en sordina los gorjeos de los pájaros de sus espesuras.
La noche es fría, pero con un frío que puede llamarse japonés. No anonada, como el de otros países, ni impulsa á refugiarse bajo un techo. En plena noche hace sentir el deseo de caminar. Es un frío que excita la actividad y pica la epidermis con dulces cosquilleos. La temperatura del Japón resulta inexplicable para el recién llegado. El país está lejos del Trópico, en una latitud igual á la de muchas tierras que sufren rudos inviernos; hay nieve, se hiela el agua durante la noche, y sin embargo, el bambú alcanza proporciones enormes y crecen árboles y arbustos de los países cálidos.
Los hombres muestran igual contradicción, entre su modo de vivir y los rigores de la temperatura que los rodea. El agricultor japonés va medio desnudo en invierno. Algunas veces trabaja en los campos ó tira de una carreta en los caminos, sin más vestidura que un sombrero y un vendaje que pasa bajo su vientre, como una concesión á la decencia, haciendo las veces de hoja de parra. Los niños, al ir á la escuela, sólo llevan un kimono delgadísimo de cretona negra á redondeles blancos. Las piernas desnudas que asoman por debajo de él son coriáceas y azuladas por el frío. Acostumbrado el japonés desde pequeño á la ablución glacial y la ropa ligera, apenas conoce el tormento de las temperaturas bajas. Todo su cuerpo, hasta en las partes más delicadas y secretas, tiene la misma curtimbre que la epidermis de nuestro rostro. En los japoneses que no han copiado aún el traje occidental, «todo es cara», desde la frente á las puntas de los pies.
Marchamos por este camino solitario, en las afueras de una población que no conocemos, y sólo de tarde en tarde se desliza junto á nosotros algún varón con kimono y peinado antiguo, que parece escapado de una vieja estampa japonesa. Y sin embargo, no sentimos inquietud. La Sagrada Montaña, con su arboleda rumorosa de tres siglos y su coro interminable de voces acuáticas, da una sensación de paz mística, de inocente seguridad. Parece imposible que pueda existir aquí la violencia.
Una fila de casitas de madera y lienzo empieza á extenderse ante el río. El guía llama á una de ellas, cuyas ventanas de papel transparentan la luz interior. Se corre el biombo de la puerta y subimos los peldaños que conducen á la plataforma, sobre la cual está asentado todo edificio japonés. Como este almacén recibe muchas visitas de occidentales, no hay que despojarse del calzado al entrar en él. Su dueño ha tendido sobre la esterilla de paja tradicional que cubre la tablazón del suelo ricos tapices de la China y la India, para que no contaminen aquélla nuestros zapatos.
Permanecemos hasta media noche viendo las cosas preciosas que estos mercaderes corteses, bien hablados y abundosos en saludos, sacan de grandes cofres que esparcen un viejo olor de sándalo. Sobre los muebles se forman pilas de kimonos con todos los colores del iris, bordados de animales y flores fantásticas. Unas linternas de papel iluminan con suave luz las diversas habitaciones de esta tienda. La calma de la noche con su rumoroso cortejo de cascadas y arroyos penetra en el cerrado edificio á través de las paredes. El suelo de madera tiembla y se queja bajo nuestros pasos.
—Aún tengo algo mejor—dice el dueño en inglés, haciendo nuevas reverencias.
Y extrae de cualquier rincón una vestidura maravillosa, mostrándola con sonrisa tentadora á la dama que ha llegado en plena noche para comprar.
Como yo no he de adquirir ninguna de estas prendas femeninas, la dueña del establecimiento cuida de mí, con el extremado interés de la cortesía japonesa.
Me ha hecho sentar sobre dos cojines en la esterilla doméstica, junto á un brasero de bronce sostenido por tres dragones, cuyas brasas esparcen dulce calor. Habla continuamente, mostrando su dentadura chapada de oro. No entiendo sus palabras, pero adivino por su gesto que son hiperbólicas expresiones de modestia y gratitud porque me digno honrar su vivienda con mi visita; las mismas que dice á todos los occidentales, con una sinceridad y una sonrisa que obligan á creer en ellas.
Transcurre el tiempo, y como la burguesa nipona ya no sabe qué decir, vuelve á llenar una pequeña pipa, cuyo contenido consume en pocas chupadas, y repite varias veces la operación, dando golpes en el borde del brasero para expeler las cenizas.
Un choque incesante de tabletas de madera se une á los rumores de la noche. Viene de lejos; pasa junto á la casa, por el otro lado de los tabiques de lienzo, madera y papel; se va perdiendo al sumirse en la lejanía nocturna. La tendera adivina mi curiosidad con sus ojillos ágiles y pide al guía que traduzca sus explicaciones. Es un vigilante nocturno el que acaba de pasar. En el Japón Central, lejos de las ciudades modernizadas de la costa, las gentes conservan aún muchas costumbres antiguas, y una de ellas es que el sereno anuncie su paso chocando dos tabletas que lleva en su diestra, á guisa de castañuelas. Así hace saber su presencia á los vecinos que aún están despiertos, pero avisa igualmente á los malhechores para que escapen.
A la mañana siguiente veo cómo la puerta de mi habitación, que he cerrado por dentro antes de acostarme, se va abriendo con suave facilidad. Una criadita nipona, que por su estatura parece de ocho años y tiene cara y gestos de mujer, entra con trotecito ratonil.
—¡O hayo!—dice la muñeca, sonriendo al notar mi confusión de durmiente bruscamente despertado.
Luego descorre los cortinajes enormes que cubren dos muros enteros de mi cuarto, y me doy cuenta de que éste es en realidad una especie de mirador ó galería encristalada. Sólo unos visillos en la parte baja de los vidrios impiden que me vean los huéspedes de las otras habitaciones. Por la parte superior alcanzan los ojos gran parte de los tejados del hotel y las frondosas copas de los criptomerios que lo rodean.
Lo primero que entra por los vidrios empañados es el canto general del agua. Ha llovido durante la noche. Los techos brillan como si fuesen de laca, las hojas de los árboles sacuden sus últimas gotas.
En los hoteles japoneses, si no se da orden en contrario, las ágiles y sonrientes criaditas se presentan poco después de amanecer para servir una taza de té al viajero todavía en la cama. Veo entrar pasados algunos minutos á un mozo con un cubo de carbón y gruesos guantes de lana blanca, que carga la chimenea y le prende fuego, servicio oportuno, pues las dos vidrieras enormes, al mismo tiempo que me permiten ver el paisaje desde el lecho, dejan penetrar el frío agudo del alba. Ha empezado ya el movimiento en el hotel. Las japonesitas entran y salen para efectuar la limpieza de la habitación, repitiendo cada una al presentarse el mismo saludo sonriente: «¡O hayo!» (¡Buenos días!).
Ninguna de ellas se asusta de que el huésped baje de la cama ligero de ropas y proceda en su presencia á los actos de la higiene matinal. El pudor de la japonesa no ve en esto nada extraordinario.
Poco tiempo después emprendo mi peregrinación á la Montaña Sagrada.
Un río, el mismo que seguí anoche sin verlo, separa á ésta del pueblo de Niko. En la penumbra azul de las primeras horas diurnas suenan ahora las voces de sus frías cascadas más alegremente y con menos misterio, elevándose sobre cada una de ellas columnas de vapor blanco.
Dos puentes arqueados se tienden de orilla á orilla. El mayor es de piedra, y fué construído para que las muchedumbres devotas pudiesen llegar á la Santa Montaña en sus peregrinaciones. El otro es el Puente Sagrado, y sólo lo pisa el emperador. Tiene adornos de bronce color de oro y el rojo brillante de su laca parece absorber la luz.
Hace muchos siglos, cuando la Santa Montaña era un lugar abrupto donde vivían dedicados á la meditación numerosos ascetas, llegó á orillas de este río un sacerdote budista de grandes virtudes, ansioso de quedarse para siempre en tal desierto. El río le cortó el paso, y al lamentar á gritos la presencia de este obstáculo que no le permitía recogerse en el santo lugar, surgió de la arboleda inmediata una enorme serpiente roja, y tendiéndose entre las dos orillas se arqueó en la misma forma de los puentes japoneses para que el sagrado personaje pasase sobre su lomo. Al pisar la ribera opuesta volvió el bonzo sus ojos para dar gracias al monstruo benéfico, pero éste acababa de disolverse hecho humo.
En memoria de tal prodigio construyeron los emperadores el Puente Sagrado, cuyo color y arqueamiento recuerdan á la serpiente roja. Por aquí pasaban los antiguos Mikados en sus procesiones á la Montaña Sagrada, precedidos de una escolta de guerreros de dos sables, que hacían volar las cabezas de los imprudentes cuando no se echaban de bruces en el suelo y pretendían ver al nieto de los dioses.
Me entretengo en examinar el puente, laqueado y dorado como un mueble japonés. Dos fuertes estribos de granito surgiendo de las entrañas espumosas del río afirman la estabilidad de este viaducto elegante, tan frágil en apariencia que parece va á mecerlo el viento como una hamaca de curva invertida.
Se acerca á mí un fotógrafo que va con kimono negro y ha abrigado su máquina, de una lluvia finísima, bajo enorme paraguas de papel. Pasa el día junto al puente rojo retratando á los compatriotas que llegan de todo el archipiélago para conocer la Montaña Sagrada. «Quien no ha visto Niko—dice un refrán japonés—, que no use la palabra «maravilla».
Varios niños con kimono á redondeles y las piernas lívidas de frío pasan hacia una escuela inmediata. Al ver que el fotógrafo se dispone á trabajar, hacen alto, me sonríen con sus caras de luna llena, contraen los ojitos oblicuos, hasta no ser éstos mas que delgadas rayas, y se van aproximando poco á poco, humildes y suplicantes. Desean retratarse conmigo. Nunca verán la fotografía, pero les parece algo extraordinario, que los coloca por encima de todos sus camaradas, alinearse ante un aparato fotográfico al lado de un occidental.
Mientras los más tímidos miran á distancia, tres de ellos se colocan á mi lado, esperando con una tiesura militar el término de la importante operación.
Más allá del puente de los peregrinos empieza á desarrollarse la incomparable majestad vegetal de la Montaña Sagrada. Los árboles se apoyan unos en otros, como si fuesen arbustos, escalando la atmósfera tumultuosamente para buscar el aire libre y la luz.
No sé cómo será en verano este paisaje santo, cuando llegan las grandes peregrinaciones y se desarrolla una larguísima procesión en honor de los Shogunes. Durante los meses del invierno, el sol únicamente consigue tocar el suelo de las avenidas más amplias. En el resto de la Selva Sagrada se pierden sus rayos entre el ramaje eternamente fresco de una arboleda que cuenta varios siglos, mucho más vieja que los criptomerios tricentenarios del camino que conduce á Niko.
Se avanza por las sendas laterales bajo una luz verdosa igual á la de los fondos submarinos. Las ramas forman cúpula, y solamente en algunos espacios más abiertos se puede ver el cielo como si se contemplase desde el fondo de un pozo.
Los cedros japoneses, altos y rectilíneos, parecen obeliscos. Son iguales á las columnas de las portadas sacras llamadas toris. Al avanzar por las suaves pendientes se van columbrando los esplendores que la religiosidad acumuló en este lugar. Asoma entre el ramaje la punta de una torre formada por varias pequeñas pagodas superpuestas; más allá un grupo de linternas de granito cubiertas de musgo ó una imagen solitaria de Buda con una aureola á su espalda en forma de almendra, que parece el respaldo de un sillón.
En esta selva siempre húmeda, las dos notas repetidas incesantemente son el canto del agua y el verde aterciopelamiento del musgo que cubre las piedras, los troncos de los árboles, las bases graníticas de las pagodas, los patios enlosados, los pavimentos de los caminos, los peldaños de las escalinatas. Este paño vegetal, tejido por el tiempo y la humedad, lo invade todo sin obstáculos. Los bonzos guardadores de la Montaña Sagrada lo respetan como si fuese algo litúrgico, y ayudan á su conservación, limpiándolo de insectos, rastrillándolo, como un jardinero inglés puede cuidar el césped de su parque.
Antes de llegar al mausoleo en memoria de Yeyasu, compuesto de diversos templos escalonados en mesetas, hay algunos santuarios que son como avanzadas de las construcciones ocultas más arriba, entre los cedros. Estos primeros templos serían admirables en otro lugar; aquí resultan secundarios y pobres. Oímos los cánticos y los repiques de timbal de los bonzos que oran en su interior; pero, siguiendo los consejos del guía, continuamos adelante.
Al lado del camino hay pinos y cedros enanos, que dan sombra á pequeñas imágenes de Buda ó de la diosa de la Misericordia, la Kuanon japonesa, que equivale á la Avaló-Kistesvara de los indostánicos.
Estos pequeños arbustos tienen en sus ramas unos papelitos de arroz, hábilmente plegado, como las papillotas con que en otros tiempos preparaban las mujeres los rizos de su peinado. Todos ellos contienen peticiones á la divinidad. Mis acompañantes afirman que los más son de muchachas que escriben en ellos su nombre y su dirección, pidiendo á los dioses un buen marido.
De este modo, los tímidos ó los que no tienen padres que les busquen esposa pueden saber quiénes son las musmés que ansían casarse, y el arbusto sagrado sirve de agente matrimonial.
El mausoleo del Shogun Yeyasu.—La Puerta del Día.—Los gestos de los Tres Monos.—Oro, oro, siempre oro.—Los dos sargentos japoneses.—El templo carcomido y sus bonzos pobres.—Ceremonia sintoísta en la soledad de la selva.—La sacerdotisa de sotana roja baila «El camino de los Dioses».—Me pierdo en las espesuras de la Santa Montaña.—«¡Arigató!»—Lucha de cortesías con un japonés.
Dos divinidades horribles, iguales á las de Kamakura, guardan la portada del mausoleo de Yeyasu; dos figurones, uno rojo y otro azul, con rostros aterrorizantes, que son los dioses del Viento y del Trueno. Pero aquí la puerta llamada de los Elementos no se abre en el vacío. Da entrada á un recinto cercado de santuarios, con filas de toros, que ya no son de granito, sino de bronce, prodigiosamente cincelados y vaciados.
Necesito hacer una advertencia para que el lector se imagine más ó menos aproximadamente este famoso monumento japonés. Sus templos no son de gran altura. En todo el Extremo Oriente, los edificios religiosos, así como los palacios, constan de un solo piso. Ninguno alcanza la altitud de las construcciones de Europa, hechas de piedra, y menos de las audaces torres de acero y cemento de la arquitectura norteamericana. Los materiales de construcción empleados en estas pagodas fueron el granito como simple basamento, que apenas se eleva medio metro sobre el suelo, y después la madera. Hasta las columnas policromas son en su interior troncos de árbol perfectamente redondos. Pero la madera está trabajada hasta parecer una celosía ligerísima, casi un encaje, ó tiene cubierta la superficie de sus planos con lacas multicolores y mucho oro.
El aspecto de los templos de la Montaña Sagrada puede ser condensado en una breve enumeración descriptiva: columnas y muros de laca roja obscura, un rojo de sangre cuajada; figuras policromas, verdes, azules, rosadas, y sobre todo esto, oro, oro, oro, oro... Cuantas gradaciones de color puede tener el precioso metal se hallan aquí, en los templos elevados por el entusiasmo y la gratitud de todo un pueblo. Hay oros verdes, rojos, limón, rosa y bronce, pero con una densidad y una fijeza que desafía el roimiento de los años.
El budismo y el sintoísmo, confundidos en la Sagrada Montaña, dejan perplejo al visitante sobre el carácter de cada templo. En ninguno de ellos hay imágenes corpóreas. Los muros, todos de oro, tienen flores ó animales fantásticos, graciosamente contorneados sobre este fondo brillante por un pincel ligero, mojado en bermellón, violeta ó azul.
En todas las pagodas nos salen al paso bonzos vestidos de verde y de blanco para ofrecernos papeles de arroz con imágenes é inscripciones ininteligibles. Veo junto á las puertas de los templos grandes vasijas de bronce llenas de agua. Sirven para las necesidades del culto y para los incendios. En Niko, el agua de estos vasos enormes y cincelados tiene en esta mañana fría una gruesa lámina de hielo, que se ha desprendido de la pared metálica, y flota, guardando la forma redonda del recipiente.
Ascendemos por una escalinata de granito á la segunda meseta. Se entra en ella á través de la llamada Puerta del Día, obra famosa en todo el Japón, que puede considerarse como lo mejor de la Montaña Sagrada.
Según las tradiciones, seiscientos escultores trabajaron en ella durante diez y seis años. No asombra por su grandeza; lo extraordinario es la abundancia y prolijidad de sus detalles escultóricos. Un mundo de pequeñas figuras, agrupadas en múltiples escenas, cubre pilastras, capiteles y cornisas, siendo todas ellas policromas, y conservando una frescura luminosa, como si las hubiesen pintado días antes.
Detrás de la Puerta del Día se encuentran los templos más renombrados. El de los Monos es célebre por tres animales de esta especie que figuran en su frontón. Uno se tapa los oídos, otro los ojos, y el tercero hace un ademán de silencio, indicando con tales posturas que no debemos escuchar, ver ni hablar cosas que propaguen el mal. Un templo inmediato, el de los Elefantes, está adornado con imágenes de estos animales, y los hay también que glorifican á otras bestias. Todo en ellos es de colores brillantes, frescos, con el charolado luminoso de la laca. Tienen estas construcciones algo de pueril, de fiesta de muñecas; parecen en el primer momento frívolos y frágiles, pero seducen luego con la atracción exótica é irresistible que ejerce el arte japonés.
Estas mesetas bordeadas de templos son tan extensas que sólo se hallan pavimentadas en su parte central con baldosas de granito, quedando el resto bajo una capa de piedras sueltas. En los bordes de dichos caminos se alinean los toros de roca ó de bronce, unas veces en fila simple, otras en hilera doble.
Todavía se sube por escalinatas de piedra á una tercera y una cuarta explanada, igualmente cubiertas de templos, y en el fondo de la última se alza la más grande de las pagodas, el «Esplendor de Oriente», sin ninguna imagen divina. Sólo tiene una mesa para las ofrendas á los Antepasados, pero toda ella es de oro... ¡Siempre el oro!
Una estrecha escalera de granito se aparta de estos recintos suntuosos para remontarse á través de la vegetación. En la cumbre, al final de ella, hay otro templo, y detrás un corte vertical de la roca con una puerta de bronce que no se abre nunca. Al otro lado de esta lámina metálica es donde reposa simplemente dentro de una caverna el hombre amarillo en cuyo honor se han acumulado abajo tantas magnificencias.
Paralelo á este mausoleo existe en la misma ladera de la montaña una segunda aglomeración de templos en honor de Yemitsu. Son no menos brillantes y bien conservados que los del primer Shogun, pero la tumba de éste atrae con preferencia á los visitantes.
Fatigados del esplendor de tanto oro, de la artística fragilidad de unas paredes tan primorosamente talladas que parece van á temblar al menor soplo del viento cual si fuesen de telarañas, sentimos un vivo deseo de perdernos en las revueltas de la selva. Seguimos una avenida solitaria, en la que trabajan algunos barrenderos vestidos de kimono. Todos mueven á un tiempo, con militar precisión, sus escobas de ramaje, amontonando las hojas secas. El sol está muy alto, y únicamente á esta hora casi meridiana consigue pasar como una lluvia finísima entre el follaje de los criptomerios seculares.
En esta avenida, otro fotógrafo, vestido igualmente de kimono y con un paraguas de papel sobre su máquina, se prepara á retratar á dos sargentos. Son unos mocetones vigorosos, de estatura mediocre en otros países, mas aquí extraordinariamente aventajada dentro de un ejército de soldados bravos pero chiquitines. Al ver que nos fijamos en sus personas, sonríen cortésmente, y no pudiendo ofrecernos otra cosa, nos invitan á que nos retratemos con ellos.
El fotógrafo se ve obligado á exigirles que se pongan serios. Ríen como niños, pareciéndoles aventura muy graciosa fotografiarse con una señora rubia y dos hombres blancos. Han venido sin duda de alguna guarnición lejana, aprovechando una licencia, para conocer las maravillas de Niko. Cuando abandonen el ejército y vuelvan á sus campos se acordarán siempre de esta peregrinación y de los tres occidentales sin nombre que conocieron unos minutos nada más y han quedado para siempre con ellos en la misma fotografía.
Repetidas veces volvemos á encontrarlos en el curso de la mañana al pasear por la selva. Como existe entre nosotros el obstáculo del idioma, se limitan á enseñarnos los dientes, con pequeños rugidos de amistad, y siguen adelante.
Observo lo que hacen estos modestos representantes del Japón moderno, que copió del mundo occidental todas las perfecciones tácticas y mecánicas para hacer la guerra y difundir la muerte. Van de una pagoda á otra, con el deseo de no marcharse sin haberlas visitado todas. Quedan erguidos un momento al pie de cada escalinata; se llevan una mano á la visera de su gorra; luego se quitan los pesados zapatos de ordenanza y penetran respetuosamente en el templo, no sin haber tirado antes la cuerda del pequeño esquilón que hay en la portada para avisar á los dioses su visita. Si no encuentran campana, dan dos palmadas y entran, para volver á salir momentos después.
Yo creo que no se enteran de si el santuario es budista ó sintoísta. Para ellos resulta lo mismo. Si en la Sagrada Montaña hubiese capillas cristianas, las visitarían seguramente con la misma tranquilidad respetuosa. Les basta que cada edificio sea un lugar frecuentado por las gentes desde hace siglos y permitido por el Mikado. No necesitan más para adorar al habitante invisible de la santa construcción.
Mis compañeros regresan al hotel y yo marcho solo por los caminos verdes y rumorosos. El sol dora sus cimas, mientras abajo persiste la luz vagorosa y suave, de profundidad acuática. Siguiendo las inquietas siluetas de dos venados juguetones salidos de la espesura, que trotan sin miedo cerca de mí, acostumbrados al respeto de los transeuntes, desemboco de pronto en una explanada silenciosa.
Debe ser uno de los lugares menos frecuentados de la selva. Estoy, sin embargo, cerca de la gran avenida que conduce al mausoleo de Yeyasu. Sobre las copas de los árboles veo asomar la flecha terminal de una torre que un rico samurai elevó en honor del gran Shogun. Más bien que torre, es una superposición de cinco pagodas de laca roja, montadas una sobre otra y cada vez más pequeñas. Sus aleros salientes, encorvados en las puntas, forman una escalinata aérea.
En esta explanada de poco tránsito veo un templo enorme de madera, mal cuidado, que me atrae con la seducción de las cosas viejas, cuya decrepitud revela un pasado glorioso. Aquí los oros y las lacas ya no brillan. En algunas columnas la costra coloreada y luminosa se ha desprendido, viéndose la rugosidad obscura de su madera interior.
Junto al templo hay una barraca que sirve de boncería. Unos sacerdotes jóvenes, con perfil agudo de fanático, se meten en la casa, sorprendidos y molestados por la inesperada presencia de un occidental.
Adivino que estoy ante un verdadero templo de la Sagrada Montaña, al margen de la gran corriente de viajeros que la visita. Estos bonzos tienen un aspecto menos cortés y sonriente que los otros instalados en los santuarios del doble mausoleo de los Shogunes. Parecen muy pobres y ásperamente altivos. Deben odiar al extranjero, y no tenderán la mano, como los sacerdotes de arriba, para mostrar su pagoda.
Se abren las hojas de papel de una ventana y veo un rostro femenino: una mujer carillena, con grietas concéntricas en torno á los ojos y la boca. Pero estos ojos, grandes, expresivos, casi horizontales, no parecen de japonesa. Su rostro me hace pensar en una manzana inverniza, gorda, obscurecida por el tiempo y de piel arrugada. Como es hembra sonríe, hasta para expresar sorpresa ó molestia. Lleva los dientes cubiertos de oro, pero sin duda masca betel, y éste ha obscurecido el metal, dándole la opacidad del cobre.
Me paseo en la explanada, fingiendo interés por los árboles que la bordean. Subo la escalinata del templo, pero no me atrevo á pisar su último peldaño, en el que se apoyan los troncos-columnas sostenedores de la techumbre. Todo su interior queda visible. Sólo hay en él algunos biombos blancos con inscripciones niponas y una mesa dorada en el centro, que guarda ciertos objetos dedicados indudablemente al culto.
Vuelvo á descender y continúo mis lentos paseos. Me avisa un instinto obscuro que debo permanecer aquí, en espera de algo extraordinario. Adivino entre las hojas entornadas de las ventanas de papel ojos que me espían con la esperanza de verme lejos. Transcurre el tiempo, y al fin aparece en el interior del santuario una especie de insecto enorme, blanco de cuerpo, las alas verdes y la cabeza negra. Es un bonzo, que acaba de llegar por una galería cubierta que une la casa de los sacerdotes con el templo.
Va de un lado á otro, como un sacristán que prepara lo necesario para una ceremonia litúrgica. Luego resuena un golpe metálico de gong. Es la campana anunciando los oficios á una concurrencia de fieles que no ha de llegar nunca; pero el llamamiento se repite todos los días por exigencia ritual, excitando el canto de los pájaros en la arboleda inmediata, atrayendo la inocente curiosidad de los ciervos de la selva.
Adivino la indignación que provoca mi persona. Me han visto llegar en el momento preciso de su ceremonia. Tal vez la han retrasado para librarse de mi odiosa presencia. Convencidos de mi tenacidad toman la resolución de ignorarme, y á partir de tal momento me reconozco inferior á ellos. No existo. Estos sacerdotes repiten sus palabras y ademanes de todos los días convencidos de que solamente tienen á sus espaldas la arboleda, con sus enjambres de pájaros y sus cuadrúpedos dulces.
Se repite el golpe de gong. Dos bonzos entran en la pagoda, abierta por ambos frentes, y á través de cuyas columnas pasa la brisa de la selva esparciendo rumores de actividad alada y perfumes vegetales.
Llevan una vestidura blanca, semejante al alba de los sacerdotes católicos; encima una dalmática verde de mangas cuadradas, y en la cabeza un gorrito negro de dos puntas, en forma de tejadillo, con una borla en su frente, igual al antiguo gorro de cuartel de los militares. Se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, á un lado de la mesa que hace veces de altar.
Aprovechando el ambiente de indiferencia que me envuelve, empiezo á subir con paso lento y manso la sagrada escalinata, pero de pronto experimento una gran sorpresa. La mujer que me miró por la ventana entra en el templo, vestida de un modo extraordinario, como sacerdotisa que va á tomar parte en la ceremonia. Lleva una sotana roja, idéntica á la de los monaguillos en nuestras catedrales, y encima un roquete blanco y rizado, que también recuerda el de los pequeños servidores del culto católico. Lo exótico de su indumentaria está en la cabeza. Sobre su brillante peinado japonés, esta cincuentona sacerdotal ostenta un lazo enorme, como el que usan las alsacianas, pero enteramente blanco. Además lleva al hombro un bastón del que penden numerosas tiras de papel: algo semejante á los espantamoscas de fabricación casera.
La ingrata no me mira, no sonríe, me ignora completamente, como los hostiles sacerdotes. Se sienta en el suelo frente á la mesa, de espaldas á mí, que me he inmovilizado en el penúltimo escalón. Al borde del siguiente empieza la esterilla fina del templo, que sólo puede pisarse con los pies descalzos, como los llevan los dos oficiantes y la mujer de la sotana roja.
El más viejo de los bonzos usa anteojos enormes, es de nariz aguileña, y tiene cierta semejanza con muchos sacerdotes europeos. Posee la misma expresión de fe religiosa, áspera é intransigente, idéntica delgadez ascética, de mejillas hundidas y afilada nariz, que se observan en los retratos de algunos monjes célebres. Sostiene con su diestra una paleta de madera algo encorvada, que por su forma y su tamaño parece un calzador para hombres de triple tamaño natural. Debe ser la insignia litúrgica del primer oficiante. El segundo sacerdote, mucho más joven, romo y con pómulos salientes, recita una oración larguísima.
De pronto la interrumpe para incorporarse sobre las plantas de sus pies. Luego marcha en cuclillas, casi arrastrando sus posaderas por el suelo, y desaparece detrás de un biombo. Inmediatamente torna á presentarse llevando una especie de frutero dorado, que coloca en la mesa. Vuelve á su recitación y á marchar del mismo modo, rasando el suelo, y trae un segundo plato en forma de copa, para dejarlo sobre el altar. Por tres veces realiza dicho viaje, depositando sus ofrendas en honor de los Antepasados.
Me doy cuenta de que estoy presenciando una ceremonia del culto sintoísta en toda su pureza, como no puede verse en ninguna ciudad, sin público alguno, dirigiéndose los sacerdotes á las sombras augustas de los dos Shogunes en honor de los cuales se elevó este templo hace siglos. Los tres platos-copas deben contener arroz, saké y tal vez perfumes.
Cuando termina el ofertorio, el sacerdote principal guarda su paleta en la faja y saca de ésta una especie de abanico de madera, que es en realidad una sucesión de tabletas unidas por hilos, como una pequeña persiana. Las láminas de sándalo están escritas, y el sacerdote empieza á leer en voz alta el libro sagrado. Al terminar su lectura se abre un larguísimo silencio, en el que suenan más fuertes los chillidos de los pájaros. Se persiguen por el interior del templo ó revolotean bajo sus aleros, familiarizados con una ceremonia que se repite todos los días.
Tuerzo un momento la cabeza, adivinando una presencia extraordinaria abajo, en la explanada. Son los dos ciervos, que han vuelto, y aprovechando la quietud de este terreno despejado, se persiguen juguetones, y alzándose sobre las patas traseras, restriegan sus cornudas frentes.
La sacerdotisa se ha mantenido inmóvil durante el largo ofertorio. Me hace recordar á Parsifal, el héroe de Wágner, cuando permanece más de medio acto de espaldas al público, presenciando la lenta ceremonia del Santo Graal. Calla el sacerdote orante, se guarda en la faja el libro-persiana, y suena á continuación un sordo y lejanísimo trueno.
Ha empezado el otro bonzo á golpear con ambas manos un timbal que yo no había visto. Presiento que va á desarrollarse lo mejor de la ceremonia. La sacerdotisa de la sotana roja se levanta del suelo, lentamente, con un movimiento ondulatorio, lo mismo que las cobras surgen del enrollamiento de su cuerpo, balanceando la cabeza al compás de la flauta del encantador. Ya está de pie y empieza á dar vueltas por la pagoda, siguiendo el ritmo del monótono tamborileo.
Horas antes he visto arriba, en uno de los templos del Shogun, las danzarinas sagradas, que esperan la ofrenda del viajero para bailar de un modo automático. Ésta no pide nada, no espera nada. Ni siquiera tiene un público, pues yo soy el único que la contempla y ella no quiere verme. Ha sacado de entre los pliegues de su roquete blanco un abanico de igual color, y lo mueve cadenciosamente mientras marcha á un lado y á otro, con el rostro grave, los ojos en éxtasis, y estremecidos sus pies de ligereza infantil.
Esta danza en honor de los Antepasados debe guardar una significación simbólica que yo no comprendo. Luego creo adivinarla al oir cómo acelera sus redobles el timbal, imitando el trote de un caballo, la marcha ordenada de una hueste, algo que significa camino y viaje. Al mismo tiempo, la boncesa se pone en un hombro el palo de las cintas blancas, como si fuese un bastón de viajero, y mueve el brazo izquierdo, acompañando sus pasos largos, lo mismo que si emprendiese un avance de horas, de años, de siglos. Esta danza debe expresar «El camino de los Dioses», base de la religión sintoísta, el sendero más allá de la tumba que sigue todo japonés para encontrar á su término una vida nueva de personaje divino.
Acelera sus ritmos el timbal de un modo vertiginoso, y la danzarina ya no marcha cadenciosamente: corre, da saltos, se enardece con su propio movimiento. El vértigo va apoderándose de ella, hasta que al fin se desploma como un insecto rojo, abriendo sobre el suelo las alas blancas de sus brazos. Tendida de bruces, se nota el jadear de su costillaje dorsal, se adivina la respiración de su rostro invisible. El sacerdote se levanta, ella hace lo mismo, repentinamente serenada, y los tres salen en fila del templo, por el pasillo que conduce á la boncería.
Quedo solo y avergonzado por esta indiferencia hostil. Ni la más leve mirada de los seis ojos oblicuos antes de alejarse. Hasta los dos venados han huído de la plazoleta. Creo llegado el momento de desaparecer á mi vez, y me alejo del carcomido templo sin saber adónde voy, siguiendo al azar todo camino que se abre ante mis pasos.
Al poco tiempo me doy cuenta de que me he extraviado en la Selva Sagrada, y no podré salir de ella sin ayuda.
Encuentro pequeños santuarios, cerrados y silenciosos, que no había visto antes. Todos los caminos parecen iguales. Sólo se diferencian por la estabilidad de su suelo. Las avenidas anchas, á cuyo fondo desciende el sol, son de una tierra ligeramente húmeda, en la que se puede marchar fácilmente. Los senderos estrechos están empapados aún por la lluvia de la noche anterior, y la tierra pegajosa forma en torno de los pies bolas enormes de barro, patas grises de elefante.
Convencido de que cada vez me extraviaré más si continúo andando, espero junto á un Buda de piedra roída, nimbo ojival y zócalo de musgo, el tránsito de algún japonés que se apiade de mí. En lo alto de las murallas verdes, los rayos del sol indican que ya ha pasado el mediodía. Pienso con envidia en mis amigos, que estarán almorzando á esta hora.
Se presenta el hombre providencial: un japonés vestido á la antigua, con kimono obscuro á redondeles blancos y zuecos en forma de banquitos.
—¿Kanaya Hotel?—pregunto con telegráfica concisión para que me entienda.
Él sonríe, y con una mímica precisa me va indicando la marcha que debo seguir: primeramente un sendero á mi izquierda, luego otro á la derecha, hasta que llegue al río.
Siento necesidad de expresarle mi agradecimiento en una forma extraordinaria, la mejor que pueda encontrar. El desprecio con que me trataron los bonzos me ha hecho humilde, con un encogimiento cortés de asiático. Apoyo las manos en mis rodillas, luego me inclino como si fuera á echarme de cabeza en el suelo, y digo por dos veces:
—¡Arigató! ¡arigató!...
Es una de las palabritas que aprendí en el buque: «¡Muchas gracias!», en japonés.
Mi salvador, sorprendido y agradablemente impresionado al oirme hablar en su idioma, lanza una risotada que en Europa resultaría ofensiva. Pero el japonés ríe siempre; considera el gesto triste, cuando se dirige á un extranjero, como algo incompatible con la buena crianza. La risa acompaña sus más diversas y contradictorias manifestaciones. Es igual al silbido del norteamericano, que le sirve indistintamente para expresar su entusiasmo ó su protesta. Yo he visto japoneses reir mientras me explicaban los horrores del terremoto en Yokohama y Tokío. Pero su risa era una cortesía, y á través de ella se dejaba adivinar la emoción profunda del narrador.
Ríe este transeunte de satisfacción, halagado en su vanidad patriótica, porque cree encontrar un occidental que conoce su lengua. Empieza á hablarme, mientras hace profundas reverencias, con la certeza de que puedo entender su facundia creciente. Yo no hago otra cosa que repetir mis doblegamientos á la japonesa y mi única palabra de gratitud. Calla al fin, convencido de mi ignorancia, mas no por esto cesan sus cortesías.
Uno de los dos se cansa antes que el otro de encorvar su espinazo... Al fin, me veo siguiendo la dirección indicada por él. Vuelvo mis ojos para contemplar por última vez á este hombre de risa franca y alegría infantil que me ha socorrido cortésmente, cuyo nombre ignoro, y al que no volveré á ver nunca en mi existencia.
Está inmóvil en medio del sendero, y al notar que le miro, se inclina otra vez, reanudando sus ceremoniosos saludos. Yo hago lo mismo... Y todavía cruzamos una media docena de reverencias, queriendo cada cual ser el último.
No se me ocurre sonreir, ni aun en el momento presente, al recordar tal escena. Las cosas de nuestra vida son grotescas ó no lo son, según su ambiente.
Todas estas manifestaciones, de una buena crianza refinada hasta el exceso, se desarrollaron en el corazón de la gran isla japonesa, en la famosa Montaña Sagrada, en Niko la de las maravillas, teniendo por únicos testigos árboles de trescientos años, oyendo cantar las mil voces del agua sobre una tierra cubierta de pagodas y de musgos.