Las plantaciones de té.—El dios que viajaba montado en un ciervo.—Los venados del Parque Sagrado.—Las linternas seculares de Nara.—El caballito blanco de ojos azules y rojos.—Los peces del lago santo.—El pan de Año Nuevo y su peligroso amasijo.—Trenes nevados y hombres semidesnudos.—Los dos Japones.—Ya tiran contra el nieto de los dioses.

Entre Kioto y Nara vemos los primeros campos de té. Este arbusto, de un metro escasamente de altura, lo plantan en filas y tiene la copa redonda como un naranjo enano. En primavera los agricultores colocan toldos sobre las plantas, para defenderlas de los vendavales que soplan sobre el archipiélago. Además, todas las plantaciones tienen orlas de bambúes, que las abrigan de las inclemencias atmosféricas.

Pasamos ante el pueblo de Uji, que es el principal mercado de té en el Japón. Aquí se hacen las grandes compras de esta hierba que produce la bebida nacional. El té japonés, consumido enteramente en el país, es más fuerte que el chino, de un sabor áspero y silvestre. El de Uji ejerce tal influencia sobre el sistema nervioso, que, según cuentan, quien toma dos tazas de él no puede dormir en toda la noche.

Los pueblos que vemos desde el tren ofrecen un aspecto alegre con motivo del año nuevo, cuyas fiestas duran varios días. Todas las poblaciones tienen banderolas y faroles de papel en sus bocacalles. Las fajas de tela están adornadas con rótulos japoneses que no podemos entender. Pero los caracteres del alfabeto nipón con sus misteriosas y complicadas formas, representan un valioso elemento decorativo. Hay letras que parecen monigotes gesticulantes, otras semejan paisajes ó bestias monstruosas. Los muskos, libres de la escuela en estos días, pueblan la atmósfera con una fauna de cometas en forma de dragones, que ondean sobre el azul celeste sus rabos de papel.

Nara es la ciudad más antigua del Japón, la primera que habitaron los Mikados en una época casi fabulosa, cuando mantenían trato frecuente con sus abuelos los dioses y la historia del país era un relato mitológico en el que se mezclaban héroes y divinidades.

Uno de los personajes de la mitología japonesa vino á Nara montado en un gran ciervo, y desde entonces la ciudad mira con simpatía á los animales de esta especie. El Parque Sagrado de Nara tiene siempre una población de venados, que se renueva hace más de mil años, sin cambiar de sitio. En la actualidad son unos setecientos los que trotan por sus senderos confiadamente, saliendo al encuentro de los transeuntes, para toparles con un testuz suave, si no les ofrecen algo de comer.

Como todas las ciudades que viven de la afluencia de peregrinos, Nara es una aglomeración de posadas, figones y pequeños comercios de objetos piadosos y «recuerdos» del país. Atravesamos en koruma la calle principal, compuesta por entero de tiendas de esta especie, y vamos directamente al famoso parque.

Sus árboles centenarios no son más grandes que los de Niko. Tampoco tiene los abundantes arroyos que canturrean junto á los mausoleos de los dos Shogunes. Pero las colinas de Nara son muy húmedas, en las oquedades que existen entre ellas se abren las copas azules de varios lagos pequeños y el musgo esparce su verde capa sobre la piedra, lo mismo que en la Montaña Sagrada. Los matorrales son más espesos y altos que en Niko, y los venados que pueblan la selva de Nara saltan de pronto en medio del camino, con gran estrépito de ramaje que se doblega ó se quiebra.

A estos venados que recuerdan la cabalgadura del dios viajero les dan en el país el nombre de kokos. Tal vez esta palabra fué empleada por su eufonía, que atrae á los animales, haciéndolos acudir indefectiblemente á tal llamamiento.

Apenas entramos en el parque, empiezan á correr junto á las korumas varias musmés graciosas, con kimonos á rayas amarillas y negras, y una faja de lazo enorme sobre los riñones. Todas llevan una cestita con galletas de salvado y melaza, agujereadas en su centro y unidas á docenas por un hilo que atraviesa los orificios. Es el manjar predilecto de los ciervos.

Los jayanes de mangas largas y piernas al aire que tiran de nuestros carruajitos están previamente de acuerdo con las vendedoras, y nos explican la costumbre tradicional de dedicar un obsequio á los descendientes de la cabalgadura del dios. Apenas quedan hechas las primeras compras, korumayas y musmés gritan con voz suave y acariciante:

—¡Koko!... ¡Koko!...

Y los kokos empiezan á surgir de todas partes, con la abundancia de una invasión de hormigas.

Son animales de aspecto dulce, pelo blanco y rojo, ojos húmedos y patas ligeras, de elegante trote. Sólo los más jóvenes conservan sus cuernos. Los de algunos años llevan la cabeza completamente mocha con dos muñones duros que revelan á flor de piel el lugar ocupado por las antiguas astas.

Todos los años, en la fiesta del dios viajero, los guardianes del parque atraen engañosamente á los venados de buena astamenta y se la cortan, para fabricar con su materia objetos piadosos, que los bonzos de Nara envían á las ricas familias de las principales ciudades del Japón.

Ninguno de los kokos muestra timidez. Se aproximan con una confianza que data de siglos, seguros de que el hombre que llega no les hará daño y trae para sus mandíbulas ansiosas el más grato de los alimentos. Si un perro se desliza en este lugar vedado, hombres y mujeres lo persiguen, para que no asuste á las dulces bestias, verdaderas dueñas del parque.

Marchan contoneándose al lado de las ruedas de las korumas. Cuando el visitante continúa su paseo á pie, lo escoltan estirando el cuello y pasan sobre su pecho el babeante hocico. Huelen el paquete que lleva en las manos, pero no osan morderlo. Esperan, con una cortesía que puede llamarse japonesa, á que les ofrezcan una galleta suelta, y la toman gravemente, haciendo reverencias con el testuz. Los más viejos, al alejarse en busca de la generosidad de otros visitantes, muestran dos almohadillas blancas, de pelo rizado y fino, en torno al arranque de su cola.

Después del almuerzo en el Gran Hotel de Nara, hermoso edificio moderno, á orillas de un lago, presenciamos la reunión de todos los venados del parque. Es un acto que se reserva para días de gran concurrencia de viajeros ó cuando, siendo pocos, pueden éstos pagar á los empleados forestales por su trabajo extraordinario.

Un japonés de chaqueta azul, con un crisantemo blanco en la espalda, hace sonar su trompeta en las desiertas avenidas. Oímos su diana marcial alejándose por las tortuosidades y recovecos de la arboleda. Otros hombres gritan con modulaciones especiales para atraer á los kokos. Todos los que hemos costeado el espectáculo nos sentamos en un gran claro del parque.

Se va aproximando la trompeta, y vemos cómo surgen á la vez en un frente de medio kilómetro numerosos «chorros» de venados. Hay que emplear esta palabra, porque la invasión animal tiene el mismo ímpetu múltiple y diverso de las aguas de una inundación colándose en desorden por todos los vacíos que encuentran. Setecientos venados llegan casi á la vez á esta plaza de la selva, precediendo ó siguiendo al hombre de la trompeta y sus acólitos.

El suelo se cubre de un oleaje incesante de pelos rojos y blancos, sobre el cual se alzan centenares de cabezas, unas cornudas, otras con pétreas excrecencias. Suena un ruido suave como de agua corriente. Son los miles de patitas que, al moverse, hacen chirriar la arenilla del escampado.

Las musmés venden enteras sus cestas de galletas y van en busca de otras. Muchos espectadores de esta asamblea animal descienden á la extensa plaza ocupada por los venados, y avanzan en el mar de hocicos suplicantes, de bocas abiertas, deslizando un dulce redondel en cada una de ellas como si echasen cartas á un buzón. Los más audaces, mientras rumian el regalo, marchan detrás del generoso dispensador de tales golosinas y le topan continuamente en la espalda para que se vuelva y repita el obsequio.

Otro atractivo célebre de Nara, después de los ciervos sagrados, son las linternas ó toros. En las diversas colinas del parque, rematadas por pagodas budistas y sintoístas, los caminos están orlados con dobles ó triples hileras de linternas de granito sobre torreones de la misma piedra.

Estas pagoditas de luz tienen á veces tres y cuatro siglos de existencia. Las familias ricas del Japón hacían construir en otro tiempo un toro en el Parque de Nara para honrar á sus Ascendientes, y venían á verlo el día de la fiesta de las linternas. Una vez por año los 3.000 ó 4.000 toros que existen bajo las arboledas de Nara se iluminan durante una noche, y hasta de las poblaciones más lejanas vienen gentes para presenciar este espectáculo tradicional.

Los miles de capillitas de piedra tienen en la citada noche alumbrado su interior por una lámpara ó un cirio. Son luces suaves, vagorosas, luces «del otro mundo», como las de los cuentos fantásticos, y los resplandores vacilantes dentro de su jaula de granito dan una vida sobrenatural á la selva obscura y dormida. Admiramos el musgo que cubre la piedra vieja de muchos de los toros. En Nara crece tan abundante y vigoroso este paño vegetal, que cuelga en forma de borlas verdes de los aleros de las linternas.

Presenciamos en una de las pagodas la danza de las bailarinas sagradas del sintoísmo, dos jovencitas que ejercen su profesión con menos gravedad que la sacerdotisa cincuentona de Niko, y ríen mientras bailan, mirando á los visitantes blancos. Su vestimenta y adornos son también menos austeros. Sobre la frente llevan una visera en forma de tejadillo. Pendientes de ella hay varios tubitos de metal, que se entrechocan sonoramente con los movimientos de la danza. Encima han colocado un manojo de claveles. El resto de su traje, aunque es blanco y rojo, como el de la boncesa de Niko, revela en sus adornos una coquetería profana, un deseo de recordar á los fieles que la oficiante es una mujer.

En un pequeño establo cerca de una pagoda vemos un caballito blanco, absolutamente blanco, con las pupilas azules y las córneas rojas. Es una bestia sagrada, mantenida por los bonzos. El dios del templo inmediato llegó á Nara montado en un caballo blanco, y los sacerdotes procuran tener un animal de la misma especie siempre preparado, por si se le ocurre de pronto á su divino señor volverse á las tierras de donde vino hace siglos.

El Parque Sagrado tiene una variada fauna de carácter religioso. Además de sus centenares de kokos descendientes del gran siervo tradicional y del caballito blanco, al que obsequian los visitantes con galletas y terrones de azúcar, existe un lago abundante en peces rojos y dorados, que son igualmente bestias sagradas. Después de tantos años de respeto y generosa nutrición, estos peces han crecido hasta obtener dimensiones monstruosas.

Junto á dicho lago, los habitantes de Nara establecen un mercado de flores y árboles, donde se puede apreciar la habilidad de los japoneses como jardineros de exportación. Yo he visto vender en él naranjos enormes cubiertos de frutos, con las raíces tan hábilmente empaquetadas, que no había mas que subirlos á un carro ó un vagón para replantarlos á muchas leguas de distancia, sin ningún riesgo para su salud vegetal.

Bajo de mi koruma en las afueras de Nara, para visitar la forja de un fabricante de sables y puñales á estilo antiguo. Mientras regateo una daga con funda de bambú, cuyo filo es tan sutil que puede cortar los blanduchos papeles de arroz, me fijo en la casa inmediata, dentro de la cual varios hombres gritan y se mueven como si estuviesen realizando un esfuerzo penoso.

Al verlos de más cerca, oigo las risotadas con que alegran su pesado trabajo. Todos ellos sudan y gesticulan, dando furiosas palmadas sobre una masa blanca. Están fabricando el pan de Año Nuevo, ceremonia tradicional que se repite durante varios días del primer mes.

Van ligeros de ropa, para trabajar con más soltura, pero llevan ceñido á las sienes un estrecho pañuelo rojo, con dos puntas colgantes, parecido al tocado de los aragoneses. Cinco de ellos dan palmadas á la pasta, entonando una melopea ruidosa, y el sexto levanta con ambas manos un mazo de madera pesadísimo y lo deja caer sobre el amasijo.

Es un deporte peligroso, y por eso se entregan á él con una alegría gallarda. El que mueve el mazo procura, con perversa astucia, pillar debajo de éste la mano de alguno de los amasadores, haciéndola añicos. La vanidad de los otros estriba en menudear el palmoteo, escapando con ligereza su diestra del mazazo brutal. Como esta ceremonia del amasijo del Año Nuevo hace sudar copiosamente, exige mucha bebida. Los joviales amasadores huelen á saké, y enardecidos por el alcohol de arroz y sus propios cánticos, se alternan en el manejo del mazo, con el santo deseo de ser más hábiles que los otros y poder aplastar la mano de un amigo.

Estando en la estación de Nara vemos llegar trenes cuyas techumbres blanquean bajo una gruesa capa de nieve. Vienen de la parte del Japón adonde vamos nosotros. En Nara no nieva aún, pero sopla un viento glacial. Esto no impide que muchos campesinos, casi desnudos, pasen tranquilamente junto á los vagones, que dejan caer pedazos de agua congelada. También pasan los eternos niños de las escuelas, con un kimono ligero á redondeles blancos por toda vestidura, gorra de colegial y las piernas al aire, mostrando su carne enrojecida y coriácea por el frío.

En los andenes veo japoneses con un aspecto de súbditos del Mikado antes de que éste ordenase la nueva vida á estilo de Occidente. Algunos viejos llevan barbillas de pelos lacios y la cabellera larga atada sobre el cogote, con una melena á modo de plumero caída sobre la nuca, igual á la de los antiguos samurais. Al mismo tiempo, en las ventanillas de los vagones se muestran japoneses vestidos como los trabajadores occidentales, soldados con uniforme europeo, mujeres de aire independiente que saben ganar su arroz y se han emancipado de la antigua esclavitud femenina.

Hay dos Japones: uno que ha entrado á todo vapor en la evolución universal del progreso, y otro que, por razones políticas interiores y por inercia, quiere permanecer unido á la primitiva tradición. Este espectáculo contradictorio y paradojal no puede durar. Ha persistido algunos años como los platillos de una balanza, no obstante sus pesos distintos, permanecen durante una milésima de segundo igualados en el mismo nivel. Los cincuenta años de civilización moderna japonesa transcurridos hasta el presente significan un breve instante de su historia.

Repito que esta situación anómala no puede mantenerse indefinidamente. El Japón tendrá que volver atrás, si quiere conservar su organización tradicional. Si desea seguir progresando, deberá avanzar, confiándose á lo desconocido, pues representa una candidez infantil querer aprovecharse de las ventajas del progreso y no resignarse á correr sus riesgos y sufrir sus inconvenientes.

El Japón de las ciudades tradicionales, de los bosques sagrados, de las pagodas y las leyendas religiosas, es todavía una realidad; pero no lo es menos el Japón de los grandes centros industriales, de las masas obreras que copian las organizaciones y reivindicaciones de los trabajadores de otros países. El socialismo tiene cada vez más adeptos en los centros industriales del Japón. Hay que imaginarse lo que pueden ser en el porvenir los jornaleros japoneses si dedican á las doctrinas revolucionarias el entusiasmo tenaz, el desprecio á la vida y la escasez de necesidades con que sus ascendientes sirvieron al Mikado.

La organización tradicional todavía es muy fuerte y con hondas raíces, pero resulta indudable que sus directores han perdido la confianza y la tranquilidad de otros tiempos. El gobierno japonés y sus funcionarios dan frecuentemente la prueba de esta inseguridad que les impulsa á emplear procedimientos indignos de un país salido de la barbarie. La policía ha matado á varios japoneses propagandistas del socialismo y á otros individuos, simplemente por pertenecer á las familias de aquéllos.

Un socialista famoso del Japón fué asesinado, estando en la cárcel, por un capitán de gendarmería, y tan escandaloso resultó el crimen, que los tribunales condenaron á varios años de presidio á su autor, aunque excusaron en parte su delito y la lenidad de su propia sentencia declarando que había matado «por desorientación moral, creyendo hacer un bien á su país».

Además, ya existen japoneses que disparan contra el Mikado. El penúltimo emperador, verdadero padre de la patria actual, fué objeto de una tentativa de asesinato político, á pesar de su gloriosa historia.

Estando yo en Nara leo la noticia de que un obrero acaba de disparar un pistoletazo contra el príncipe regente, que es en realidad el emperador.

Hay que haber vivido en este país para darse cuenta con exactitud de lo que significan tales atentados. El emperador es el nieto de los dioses y habla con ellos frecuentemente.

Hasta hace pocos años no se mostraba nunca en público. Seguía la tradición de sus antecesores, que iban escoltados por guerreros de dos sables y si un japonés osaba acercarse al emperador para conocerlo sentía inmediatamente su cabeza desprenderse de los hombros. Aun en la época actual, el representante del Mikado sólo se deja ver en público muy de tarde en tarde... Y cuando esto ocurre, siempre hay algún japonés que tira contra él.

Es como si el Papa se decidiese á salir de su retiro del Vaticano para hacer un viaje por la Vendée ó las Provincias Vascongadas, y el hijo de un antiguo devoto lo saludase con varios tiros de revólver, apuntando á la cabeza.

XXIV

LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE

Osaka y su población industrial.—El famoso Mar Interior.—La isla de Myajima, donde nadie nace y nadie muere.—Ni perros, ni automóviles, ni telégrafo, ni luz eléctrica.—El dulce rincón de la paz y la vanidad patriótica.—El príncipe heredero de Corea, su esposa y su séquito.—Embarque bajo la nieve.—Adiós al Japón insular.—La terrible ironía del Pacífico.

Osaka es la ciudad más populosa del Japón, después de Tokío. En sus barrios céntricos, muchos edificios de pisos numerosos tienen en sus puertas chapas metálicas con rótulos de sociedades industriales. Por todas partes grandes almacenes y oficinas. Los transeuntes van vestidos á la europea, y solamente cuando pasa una mujer que conserva el traje japonés ó al encontrar alguna casita baja de madera que aún subsiste entre edificios enormes, á imitación de los de Nueva York, se recuerda que estamos en el Japón.

Una espesa red se tiende sobre las cruces de los postes y andamiajes férreos de las techumbres: teléfonos, telégrafos, cables conductores de luz y de fuerza. Centenares de chimeneas esparcen borrones de humo sobre un cielo donde hace medio siglo colocaban los artistas del país sus vuelos de blancas cigüeñas.

En algunos talleres las chimeneas de vapor son cuadradas y ostentan en una de sus caras el rótulo del establecimiento, según la escritura japonesa, letra sobre letra. Tienen el aspecto de enormes barras de lacre rojizo clavadas en el suelo y con una misteriosa marca de fábrica. Aquí están las grandes manufacturas de la sedería japonesa y todos los centros de la industria moderna del país.

Canales anchísimos parten las principales avenidas. En todos ellos y en el río se ven sampanes de construcción arcaica y remolcadores flamantes llevando las mercancías hacia Kobé, que es en realidad el puerto de Osaka.

Se nota en esta urbe japonesa la influencia de la clase obrera. Al anochecer hay una muchedumbre trabajadora en las calles, compuesta especialmente de mujeres que salen de las hilanderías de seda. Entre estas japonesas y la musmé de hace pocos años existe una diferencia de siglos. Son jornaleras como las de Europa y las imitan en el adorno de su persona. Los hombres están organizados para la resistencia pasiva y la huelga.

Esta muchedumbre sometida á la industria da á Osaka una abundancia extraordinaria de espectáculos públicos y lugares de diversión. Todos los comediantes japoneses pasan por esta ciudad. Hay calles enteras de teatros y cinematógrafos, con carnavalescos adornos de linternas, lienzos escritos y enormes banderas. Como el japonés es sobrio en sus necesidades nutritivas, reserva gran parte del jornal para los recreos nocturnos. El deseo de todas las obreras es ir al cinematógrafo y vestir como las mujeres de Europa. En Osaka se vive ya muy lejos del antiguo Japón, visto en los libros y las estampas.

Salimos de esta ciudad para ir hacia Simonoseki, donde nos despediremos del Japón insular, pasando á la orilla firme de Asia, á la antigua Corea, que es hoy un Japón continental. Pero antes de abandonar la mayor de las islas niponas, todavía volvemos á encontrar el primitivo pueblo japonés, retardatario y enamorado de sus tradiciones.

Marchamos en ferrocarril un día entero, siguiendo las costas del Mar Interior. Aquí están los paisajes y las marinas que copiaron en el transcurso de dos siglos y medio los grandes maestros del arte japonés.

Es un mar que nunca ofrece la desnuda monotonía de los horizontes oceánicos. Siempre tiene en su fondo un promontorio, una cúspide de montaña que emerge solitaria, ó un grupo de islas. El agua, al introducirse en la tierra nipona, ha roído las costas con una sucesión innumerable de cabos, pequeños golfos, bahías casi cerradas y desfiladeros marítimos. Estos últimos son más angostos que muchos ríos, pero de considerable profundidad, que permite el acceso á buques de gran calado y hasta á los paquebotes del Océano.

Pasamos ante golfos de un agua verde y dormida, en la que permanecen inmóviles los sampanes de cabotaje, con velas de persiana y popa de carabela. Más allá vemos deslizarse sobre la superficie acuática, como si marchasen en sentido inverso, grupos de islitas negras, compuestas de picachos volcánicos, que tienen agudas aristas. En otras ensenadas, el Mar Interior está agitado por una desviación caprichosa del viento, y varias filas de olas verdes y blancas se suceden casi tan juntas como los pliegues de un vestido. Es el mar de las estampas japonesas, que parece amanerado y antinatural por invención de los artistas, siendo sin embargo una copia exacta de la realidad.

Muchos pueblecitos de pescadores se extienden entre la playa y la vía férrea. Vemos barcas puntiagudas puestas al seco en plazas, paseos y jardines. Grupos de muskos corretean ante las casitas con techo negro y cóncavo y paredes de madera sin pintar. Todos agitan los brazos y dan gritos viendo el paso del tren, con la exuberancia algo insolente de los muchachos japoneses. Éstos sólo adquieren la amabilidad risueña, concentrada y un poco inquietante del nipón cuando son hombres y las necesidades de la vida los obligan á tal cambio. Por algo las autoridades y las asociaciones cívicas, cuando instituyen premios públicos, los destinan á «las viudas virtuosas» y á «los niños respetuosos».

Al alejarnos por corto tiempo del Mar Interior pasamos ante el castillo de Himaja y otras viviendas fortificadas de los antiguos daimios. Estas residencias feudales tienen cóncavos tejados negros sobre sus murallas, así como en las torres y en el alcázar central. Las almenas al aire libre de los castillos de Europa no existieron en la Edad Media japonesa. Los samurais disparaban sus ballestas bajo techo y arrojaban igualmente piedras y líquidos sobre los asaltantes á cubierto de la lluvia y del sol.

Otra vez viajamos frente al Mar Interior, viendo canales salados que se deslizan como ríos entre la costa firme y las islas inmediatas. Vapores de gran tonelaje avanzan lentamente por estos corredores marítimos. En mitad de los pasos surgen islotes é isleoncillos, que aún los hacen más angostos.

Una rica fauna marina se multiplica en el laberinto de los canales verdes. Las barcas pescadoras son innumerables. Las orillas están ocupadas en un espacio de varios kilómetros por redes y otros artefactos modernos de pesca. Se ve que las poblaciones ribereñas tienen por única industria la explotación de este mar, en el que se quiebra la luz con infinitas variedades, según el contorno de las tierras que lo rodean. En ciertos lugares cerrados por montañas es á la vez verde, rojo y azul, como si un trozo del arco iris flotase sobre sus aguas.

Empieza á nevar, sin que por ello se oculte el sol. Los campos de arroz brillan lo mismo que espejos dentro de un marco blanco; la nieve ha cubierto sus ribazos. Aumenta el frío á medida que nos vamos alejando de la orilla japonesa que mira á las soledades del Pacífico. Nos aproximamos á Corea, península que al despegarse del continente Asiático recibe en su dorso el frío soplo de los vientos de Siberia.

Abandonamos el tren para visitar la famosa isla de Myajima, la Arcadia japonesa, un pedazo de tierra «donde nadie nace y nadie muere».

El viajero que llegando por Occidente ha desembarcado en Nagasaki y aún no ha visto nada del país, se siente profundamente impresionado por la paz campestre de esta isla. Los que vienen del interior del Japón después de haber visitado la selva de Niko y el parque sagrado de Nara, no pueden sentir del mismo modo las impresiones avasallantes de la novedad.

Myajima, separada de la tierra firme por un canal del Mar Interior, con sus bosques de criptomerios, pinos y árboles frutales que sólo dan flores, es toda ella un templo vegetal dedicado á los dioses. Por sus senderos trotan los venados, lo mismo que en Nara, con la confianza del que no ha conocido nunca el miedo. Nadie puede molestar á estos dulces animales, señores de la isla.

Los antiguos japoneses quisieron hacer de este pedazo de tierra un modelo de lo que sería la vida humana si no existiesen el dolor, la muerte y la necesidad de trabajar para comer.

Una paz absoluta y profunda sale al encuentro del viajero al poner sus pies en la isla. Los venados se acercan á lamerle la mano, en espera de alguna golosina. En las revueltas de los senderos se tropieza con musmés de sonrisa franca que le miran sin los remilgos de la honestidad, como si perteneciesen á un mundo de primitiva inocencia, sin noción alguna de lo que es pecado. En las frondosidades de la selva sagrada va descubriendo capillitas con Budas de piedra, roída por los siglos, y linternas de granito que en ciertas noches esparcen su luz vagorosa para recuerdo de los Antepasados.

Todo lo que representa la vida moderna, con sus ruidos incómodos y sus hediondeces, está prohibido aquí. Ningún perro puede entrar en Myajima, para que los venados no sufran alarmas ni miedos. Además, no se toleran en la isla automóviles, carruajes de caballos, ni simples korumas. Todos deben marchar por sus pies, como en los primeros tiempos de la creación. La gasolina es contrabando. Tampoco son permitidos el telégrafo, el teléfono y la luz eléctrica.

Hasta hace cincuenta años estaba prohibido igualmente nacer ó morir dentro de la isla. Las mujeres embarazadas y los enfermos eran embarcados para la orilla de enfrente. La dulzura de una paz inalterable rodeaba á los habitantes de este paraíso. Todos sonreían. Jamás sonaba una mala palabra, ni las voces coléricas de una contienda.

Ahora la isla feliz conserva sus ciervos familiares y dulces, su arboleda sagrada y rumorosa, pero los habitantes humanos han cambiado. Se nace y se muere sobre su suelo, como en las demás tierras. Hay enfermos, y además hay hoteleros rapaces, que se han establecido en ella atraídos por la gran afluencia de visitantes.

El monumento religioso más frecuentado es una pagoda á orillas del mar, con la plataforma montada sobre pilotes. Aguas adentro, un tori enorme hunde sus dos columnas de madera en la superficie tranquila, que refleja su imagen. Es tal vez el pórtico más hermoso del Japón por su emplazamiento marítimo. En cambio, el templo inmediato, cuando baja la marea y queda en seco sobre sus hileras de postes, tiene el aspecto de un balneario.

En el interior de este edificio dedicado á la paz se tropieza inmediatamente con recuerdos de guerra y peligrosas vanidades del patriotismo. Muchos soldados de la contienda ruso-japonesa dejaron aquí sus cucharas como un homenaje á la divinidad. En las paredes hay pinturas, algo primitivas, representando las principales batallas navales de la citada guerra, y el ingenuo artista se complació en detallar el efecto mortal de los tremendos cañonazos.

¿Será la paz un eterno ensueño de los humanos?... Estos hombres amarillos quisieron crear hace siglos un rincón en el que nadie conociese los dolores del nacimiento y de la muerte, un retiro de paz donde hombres y animales ignorasen las emociones del miedo, y el patriotismo viene ahora en peregrinación á depositar sus recuerdos de guerra y cubre las paredes con imágenes de enormes matanzas.

Cuando tomamos el tren para continuar nuestra marcha hacia Simonoseki, nos encontramos con un compañero inesperado de viaje, cuya persona atrae una afluencia oficial en todas las estaciones importantes. Es el príncipe heredero de Corea, que va á pasar una temporada en la capital del país regido en otro tiempo por sus ascendientes. Esto de príncipe heredero no es mas que un título. Nada puede ya heredar, pues el reino de Corea se lo anexionó definitivamente el Japón en 1910.

Vemos en los andenes grupos de militares que vienen por obligación á saludar ceremoniosamente á este príncipe olvidado, sin que les inspire una verdadera curiosidad. Los guerreros japoneses son los únicos que saben llevar bien su vestimenta de origen europeo. Los gobernadores civiles de las provincias se van presentando puestos de frac, con un lado del pecho cubierto de condecoraciones, lo mismo que un profesor de ocultismo y prestidigitación de los que actúan en los teatros.

La gente popular no se preocupa de este recibimiento monótono y aparatoso. En todos los andenes, por modesta que sea la estación, hay lavabos al aire libre, hechos de azulejos blancos y con espejos ovales. Todos ellos tienen agua caliente en abundancia, y los japoneses que afrontan el frío ligeros de ropa aprovechan la ocasión para lavarse el cuerpo en público, sin recato alguno, con este líquido que humea.

Sigue nevando, cada vez más copiosamente, y cuando llegamos á Simonoseki, á las diez de la noche, á pesar de que el tren se detiene á unos cien metros del embarcadero, resulta penoso el corto trayecto. Nos hundimos en la nieve hasta cerca de la rodilla, y así vamos llegando al buque estrecho y largo, que llena una gran parte del malecón con su pared blanca perforada por redondeles de luz interior.

Desde la última cubierta veo una procesión de linternas igual á las que figuran en las antiguas estampas japonesas. Es el príncipe que viene á embarcarse con todo su cortejo.

A este heredero sin corona, instalado en Tokío, cerca del gobierno, lo casaron con una japonesa de gran familia, para tenerlo de tal modo en la más absoluta sumisión. Gran número de policías, con uniforme ó en traje civil, avanzan sobre la nieve, llevando cada uno de ellos un farol redondo de papel. Entre las dos filas de resplandores rojos y amarillos que danzan sobre el suelo blanco veo venir al príncipe, un personaje asiático, de aspecto decadente, vestido de general japonés y mirando á un lado y á otro mientras sonríe tímido é inquieto.

Delante de él marcha su esposa con una petulancia militar, balanceando marcialmente un brazo, irguiéndose para que la crean más alta, dentro de su gabán de viaje rematado por un sombrero á la moda de Europa. Un oficial va pegado á ella para defenderla de la nieve con un paraguas abierto de brillante cartón. Todas las atenciones son para la japonesa. El marido la sigue como uno de tantos individuos del séquito.

Antes de media hora vamos á alejarnos del Japón insular. Volveremos á encontrarlo en la tierra de Corea, pero ésta sólo es japonesa por las imposiciones de la fuerza y han de pasar muchos años de tranquilidad para que llegue á fundirse verdaderamente con su dominador.

Al alejarnos de las costas del antiguo Imperio del Sol Naciente reflexiono para concentrar y fijar mi opinión definitiva sobre él.

Esta opinión no es firme y homogénea. Resulta doble y contradictoria, como el espíritu del Japón actual. Admiro el enorme esfuerzo realizado por un pueblo que hace medio siglo vivía en su Edad Media y se asimiló en tan corto espacio de tiempo todos los progresos materiales realizados por el resto de la humanidad. Admiro su buena educación y me asombra igualmente su disciplina, que le permitió cambiar de un modo casi instantáneo sus pensamientos, sus costumbres y sus trajes, para obedecer las órdenes innovadoras del Mikado.

Algunos sólo han visto en todo esto una facilidad enorme de imitación, un trabajo simiesco extraordinario. Es cierto que hasta ahora los japoneses no han hecho mas que copiar, sin producir algo verdaderamente original. Pero medio siglo es un plazo muy corto, y no puede exigirse á un pueblo, después de haber realizado en tan pocos años la absorción de varias civilizaciones ajenas, que produzca además obras propias y originales. Queda por ver en lo futuro si el japonés es un simple imitador ó si al dar por terminado el ciclo de su asimilación podrá contribuir al progreso universal con un aporte puramente suyo.

El porvenir del Japón resulta más enigmático que el de otros pueblos. No se sabe si continuará adelante, aceptando el progreso con todas sus consecuencias disolventes para el mundo antiguo, ó sentirá miedo al ver que la masa de su obrerismo, cada vez mayor, apadrina las reivindicaciones sociales de los blancos, y en tal caso se aislará de las demás naciones, cerrando sus puertos como en tiempo de los dos Shogunes.

Lo único que sé con certeza es que este pueblo ha sido elogiado con exceso, adulado en demasía.

Muchos que por ignorancia se imaginaban á los japoneses como unos «monos amarillos» antes de su guerra con Rusia, al verlos luego vencedores los han considerado unos superhombres, admirándolos ciegamente hasta en sus mayores defectos.

Repito que es asombroso el progreso material de este pueblo y las fuerzas defensiva y ofensiva que supo improvisar y organizar en cincuenta años. Pero la suerte le ayudó también de un modo extraordinario, una suerte que ahora parece haberse vuelto de espaldas, dejando caer sobre las islas niponas los cataclismos más destructores.

Para engrandecerse tuvo que batallar con la China, desorganizada y poco propensa á la guerra. Su único enemigo importante fué la Rusia de los zares, podrida hasta la médula por la inmoralidad administrativa, debilitada por el odio popular, y teniendo que mantener sus ejércitos casi en el lado opuesto del planeta, sin otro medio de comunicación que el Transiberiano, ferrocarril incompleto, de vía única.

Las grandes potencias tratan con dureza á este pueblo, que continúa acariciando silenciosamente su ensueño de dominación sobre la mayor parte del Asia. Inglaterra, su antigua maestra y aliada, lo ha dejado de su mano. Los Estados Unidos, instalados en Hawai y en Filipinas, dispensan á la China amenazada una protección que se expresa con regalos más que con palabras.

El Japón siente una cólera sorda, cada vez más grande, al ver que no puede avanzar sin que la mano de alguna de las potencias blancas se apoye en su pecho.

¡Quién sabe si Magallanes, al dar el nombre de Pacífico al mayor de los Océanos, inventó, sin saberlo, la más cruel y sangrienta de las ironías de la Historia!...

XXV

EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA

Una mala noche sobre las aguas que presenciaron la gran batalla naval de Tsushima.—El frío de Corea.—El traje grotesco de los coreanos.—Sus dos sombreros.—Cómo el Japón se apoderó del reino de la Mañana Tranquila.—Asesinato de la reina por los japoneses.—Horizontes dilatados.—Procesiones de fantasmas.—Cuervos y tumbas.—En Seul.—Las generosas ilusiones de un patriota.

Un barco nevado inspira una tristeza fúnebre.

En tierra, la nieve lo cubre todo con su blancura uniforme, la casa que habitamos, los campos inmediatos, las montañas, el último límite del horizonte. En el mar, la lívida superficie atrae con una succión de boa las blancas mariposas del invierno, haciéndolas desaparecer. Únicamente se amontona la nieve y persiste sobre la cubierta del buque, dándola un aspecto de féretro. Al andar por ella nos hundimos en la pasta glacial y su contacto nos recuerda el frío de la muerte.

Este buque japonés que va hacia Corea es largo, angosto y de poderosa máquina, como un torpedero. Fué construído para la velocidad, sin pensar en los nervios y entrañas de las gentes que irían dentro de él. Como toda su navegación es por un estrecho, el de Tsushima, entre el Japón y el continente asiático, recibe la marejada de lado, y dócil á la ola, se acuesta, navegando largo rato en tal posición, hasta que por las leyes del equilibrio repite su tumbo sobre la banda contraria.

Pasamos una mala noche por la calidad del buque más que por las furias del mar.

Cerca de la isla de Tsushima, situada en mitad del estrecho, es tan violento el oleaje y de tal modo se ladea el barco, que para sostenerme dentro del lecho necesito agarrarme á sus bordes. No pudiendo dormir, salgo de mi camarote, á pesar del frío. En el comedor suena un estrépito de loza rota, que hace correr á los pequeños camareros japoneses.

Veo sentados en el salón, como si estuviesen de visita, á la mayor parte de los personajes del séquito del príncipe. Los militares conservan puestas sus medallas y cordones de oro, sus charreteras, su sable al cinto. Los funcionarios civiles siguen con su larga levita correctamente cruzada y el sombrero de copa en una rodilla.

Son las dos de la mañana. Como en el buque no hay camarotes disponibles para tanta gente, estos personajes amarillos, pequeños y estirados, insensibles á la noche y á la violencia de las olas, continúan en sus asientos sin perder nada de su aspecto oficial, sin desabrocharse un botón, con los ojitos casi cerrados, cambiando solamente de tarde en tarde alguna palabra. Están cumpliendo un servicio patriótico. Son los cortesanos del príncipe de Corea y al mismo tiempo sus guardianes. El príncipe vive sometido al Mikado y perdió todo crédito en su antiguo reino, pero nadie puede adivinar el porvenir, y montando la guardia junto al heredero sin herencia, velan por la seguridad del Japón.

Vuelvo á mi cama, y para entretener el insomnio recuerdo el célebre combate naval de Tsushima, la gran victoria que el almirante Togo obtuvo en estas mismas aguas sobre los rusos. Las sacudidas del mar me humillan y al mismo tiempo me hacen admirar la barbarie heroica de mis semejantes, que añaden al peligro de la ola y á la violencia del viento el estrago de las armas inventadas por ellos. ¡Valerse del cañón y del torpedo, metidos en unas cajas férreas é inseguras, sobre este mar tempestuoso!...

Hay que reconocer al hombre una brutal superioridad sobre los animales más fieros de la creación. Éstos, cuando se baten por comer, necesitan una tierra sólida y un ambiente tranquilo. Si tiembla el suelo, si estalla una tempestad, si sobreviene una inundación, las bestias más feroces cesan de pelear, el miedo las junta y huyen, sin ocurrírseles insistir en sus agresiones. El animal humano, sobre islas inestables y frágiles construídas por él, dispara cañones monstruosos y sólo piensa en destruir al enemigo que tiene enfrente, sin preocuparse del cariz del cielo, sin acordarse del abismo abierto bajo sus pies. ¡Y este encarnizamiento de su gloriosa superbestialidad empieza á repetirlo ahora en los silenciosos desiertos de la atmósfera!...

Al romper el día es menos violento el balanceo, el mar se va serenando, los objetos recobran el ritmo de su estabilidad, y al fin nos inmovilizamos, llegando á través de los ventanillos del buque un ruido de voces exteriores.

Estamos en Fusán, puerto el más importante de la Corea, organizado por los japoneses con todas las comodidades que exigen los transportes modernos. Desembarcamos fácilmente, y á corta distancia del muelle nos espera el tren que ha de llevarnos en diez horas á Seul, la capital.

Necesito hacer una aclaración. Corea y Seul son nombres que sólo usamos los blancos y desconocen los coreanos. El verdadero nombre de Corea para los del país es Chosen, y Seul se llama en coreano Keijo.

Todos los Imperios del Extremo Oriente tienen un nombre poético, que les dieron sus primitivos habitantes de acuerdo con sus observaciones geográficas ó su vanidad patriótica.

Los japoneses llamaron siempre á su país Imperio del Sol Naciente. Como ven surgir el sol por el lado del Pacífico, el nombre no es inexacto. Pero juzgando lo que les rodeaba por sus propias sensaciones, llamaron á la China Imperio del Sol Poniente, ya que por el lado de esta nación continental descendía y se ocultaba el astro diurno.

El nombre de China lo ignoraron completamente los chinos hasta hace poco. Por primera vez se ha usado de un modo oficial al proclamarse la República. En los numerosos siglos que duró el régimen de los emperadores, el vastísimo país amarillo se tituló Imperio de Enmedio. Admitían que el Japón fuese el país del Sol Naciente, pero ellos no podían ser el del Sol Poniente, pues veían descender á éste más allá de sus dominios, en tierras desconocidas.

Colocado entre el Imperio del Sol Naciente y el Imperio de Enmedio, tomó el reino de Corea el título que le quedaba disponible, y se llamó Cho-Sen, que significa «Mañana Tranquila» ó «Mañana Fresca».

Pisamos el suelo del ex reino de la Mañana Tranquila. El día es clarísimo, luce un sol juvenil en un cielo de nítido azul, pero el frío resulta extraordinario: un frío más crudo y hostil que el de los países donde fueron establecidas las grandes urbes humanas.

De las fuentes de la estación y del muelle, así como de las techumbres de los vagones, penden estalactitas de hielo. Arroyos y charcas parecen de mármol blanco y bruñido. Hay que llevarse las manos frecuentemente á las orejas y la nariz para frotarlas con violencia. Un viento cortante viene de la Siberia, á través de esta atmósfera azul empapada en luz solar.

Empezamos á ver por todas partes hombres vestidos de blanco, todos ellos con una bata ó amplia camisa hasta los talones, que aletea bajo el viento. Estas vestiduras parecen aumentar con su color de nieve la aguda sensación de frío que nos rodea. Los hombres que trabajan en el puerto llevan, además de su bata, un «pasa-montaña», casco tejido que les llega hasta los hombros y enmascara una parte de su rostro.

Luego, los verdaderos coreanos, los que usan completo el traje nacional, van llegando, atraídos por el desembarco de viajeros. ¿Cómo explicar la extravagancia de su indumento?... Visten todos la túnica blanca y debajo unos calzoncillos de igual color sujetos al tobillo, y unas sandalias de cuero ó de paja. Esto no es extraordinario, aunque resulte poco comprensible que, en una tierra cuyo invierno es de los más crudos, vayan las gentes vestidas veraniegamente, de algodón blanco. Su tocado es lo inverosímil. Todos llevan un sombrero de copa cuyo tamaño no llega á ser el de la mitad de su cabeza: un sombrero como el de los clowns, que se sostiene gracias á unas bridas atadas por debajo de la mandíbula inferior.

Este sombrero no sirve de nada, no puede librarles del sol ni de la lluvia, ni siquiera entra en su cabeza, sosteniéndose en la forma que ya hemos dicho; y sin embargo, la pequeña chistera, que parece fabricada para un niño, es objeto de atenciones y modificaciones, según la época del año. En invierno la llevan metida en una funda de hule reluciente; en verano le quitan dicha envoltura y queda tal como es, de gasa engomada con un armazón de alambre.

De vez en cuando se ve algún coreano que usa otra clase de sombrero, antítesis por su enorme tamaño de la chisterita de payaso. Es una espuerta de paja con la boca invertida, una especie de plato de bordes tan amplios que casi toca los hombros del portador, dejando su rostro invisible. Este sombrero-cúpula sólo lo usan los que están de luto.

Sea cual sea el tocado de sus cabezas, los coreanos van á todas partes con una pipa de bambú de tubo larguísimo, que les precede lo mismo que una antena de insecto ó la hoja del pez-espada. A su final hay un hornillo de barro tan exiguo que pueden llenarlo con un pellizco de tabaco. Nunca abandonan esta pipa, y con ella en la boca labran los campos ó construyen los edificios de las ciudades, lo que da á su trabajo una lentitud soñolienta.

Su estatura aventajada aún parece más alta cuando pasan al lado de sus dominadores los japoneses. Estos pigmeos disciplinados, activos y enérgicos, vestidos de gris, no tienen la majestad de los arrogantes coreanos con sus luengas túnicas blancas. Tal es su aire solemne de personajes decadentes y perezosos, que el observador acaba por acostumbrarse á su pequeño sombrero de payaso, y hasta encuentra cierta belleza á sus rostros largos, de nariz algo aplastada, tez pálida y barbas lacias.

Este reino de la Mañana Tranquila es uno de los lugares del Extremo Oriente que más tardaron en recibir la visita de los blancos. Marco Polo, que estuvo en tantos pueblos del Asia del Este, no pasó nunca por Corea. El primero que penetró en el país fué un jesuíta español, el padre Gregorio de Céspedes, en 1594, pero no pudo ir más allá de los alrededores de Fusán, donde nos hallamos nosotros ahora.

Ningún pueblo asiático fué tan cruel como éste en la persecución de los misioneros cristianos. Los martirios de Corea resultan los más espantosos de todos. Hace cuarenta años nada más, los propagandistas del cristianismo arrostraban aún espeluznantes tormentos al circular cautelosamente sobre esta tierra, visitando los grupos de coreanos que profesaban en secreto dicha religión. Para viajar con más seguridad los misioneros, disfrazados con trajes del país, empleaban el sombrero de luto, que oculta el rostro.

En nuestros tiempos se disputaron este reino decadente la China, Rusia y el Japón. El Imperio chino, gobernado por los soberanos manchures, que procedían de los límites de la Corea, era el dominador. Pero el Imperio del Sol Naciente, deseando esparcir su exceso de población en el suelo asiático, había puesto sus ojos en el país de la Mañana Tranquila.

Con el pretexto de libertar á los coreanos de la «tiranía china», hizo la guerra al Imperio de Enmedio en 1894, obligándolo á que reconociese la independencia de Corea. Después, como los rusos pretendían influir en la política de este país, hizo la guerra á Rusia en 1902, y la batió, siempre por defender la independencia de la pobre Corea. Y en 1910, para que nadie pudiese atentar más contra la tal independencia, se anexionó simplemente la península coreana, declarándola colonia japonesa. Pocas veces se ha visto en la Historia tanta generosidad aparente encubriendo una hipocresía tan cínica.

Hasta fines del siglo XIX la Corea fué un misterio. Ningún explorador europeo había penetrado en ella. Los geógrafos sólo podían saber lo que contaban los marinos después de navegar ante sus costas y los relatos algo vagos de los misioneros, más atentos á la conquista de las almas que al estudio físico del país. Todavía, en 1885, al escribir Elíseo Reclús su famosa Geografía Universal, confesaba la escasez de sus conocimientos sobre la península de Corea, país que «había procurado mantenerse en el olvido sin intervenir en la historia de Asia», añadiendo que el lugar ocupado por este vasto reino daba la impresión de una tierra vacía.

Sólo conocían los europeos relatos confusos y fabulosos sobre Corea. De tarde en tarde se conmovían un poco al enterarse de horribles martirios sufridos por los misioneros. Los japoneses vivían más cerca, su calidad de amarillos les permitía deslizarse en el país, y como estaban enterados de la riqueza de sus minas y de su fertilidad agrícola, descuidada y abandonada, procuraron apoderarse de él por los medios falsamente generosos que hemos indicado.

Hubo una reina de Corea que, en 1895, intentó oponerse á los manejos absorbentes del Japón. Éste iba apoderándose del país con disimulo, y la reina, para contrarrestar su influencia, hizo una política nacionalista, francamente coreana, buscando apoyo para ello en los rusos, ya que las demás potencias europeas no mantenían relaciones seguidas con su patria.

Los japoneses, que son el pueblo más cortés de la tierra, no reconocen obstáculos cuando se proponen la realización de un deseo. Estos hombrecitos risueños y amantes de las flores consideran la muerte como un accidente sin importancia. Y como les estorbaba la reina de Corea, enviaron á Seul un embajador extraordinario, el vizconde Miura Goro, para que organizase simplemente el asesinato de dicha soberana.

Un grupo de bandidos á sueldo invadió pocos días después el palacio de Seul, mientras varios piquetes de soldados japoneses ocupaban sus puertas para que nadie pudiese escapar. Varios oficiales del ejército japonés acompañaron sable en mano al grupo de asesinos. Y la reina de Corea cayó hecha pedazos bajo tanta cuchillada mortal. Luego, su cadáver fué quemado en un bosquecillo del parque de palacio.

A partir de este crimen político, los monarcas coreanos fueron humildes servidores del Imperio japonés, y al emprender éste su guerra con Rusia y apoderarse militarmente de Corea, no hizo mas que completar una obra preparada desde algunos años antes.

Hoy el ex reino de la Mañana Tranquila es un Japón continental. En los primeros años de ocupación los japoneses se mostraron brutales y crueles. Luego, al quedar dueños absolutos del país con la aquiescencia de todas las naciones, el gobierno japonés ha cambiado de conducta, dedicándose á su fomento industrial y agrícola.

Debe reconocerse que en los últimos años los japoneses llevan hechos grandes trabajos en Corea. Han saneado las ciudades, construído ferrocarriles y carreteras, y sobre todo procuran engrandecer la agricultura canalizando los ríos, creando grandes zonas de riego, repoblando con enormes arboledas las montañas, taladas por los naturales. Tal vez el gobierno de Tokío ha realizado en esta colonización, fuera del antiguo solar patrio, mayores obras que para el progreso de su propio país.

Pero á ello contestan los coreanos que las reformas no las hacen los japoneses para el bienestar de los naturales, sino para mejor desarrollo y estabilidad de las muchedumbres niponas, que han caído sobre la tierra conquistada como una nube de langosta, acaparándolo todo con su actividad absorbente y agresiva. Y esto es tan verdad como lo otro.

Apenas nuestro tren empieza á marchar por las planicies de Corea nos damos cuenta de que hemos entrado en un mundo distinto al del archipiélago japonés. En el Japón no se ven animales en los campos. La tierra es cultivada por el brazo humano, y la mujer trabaja tanto como el hombre. Todo está dividido en reducidas parcelas, y por más que se viaje horas y horas no se sale de una huerta interminable de pequeños cuadros de arroz ó de hortalizas, con surcos escrupulosamente rectos, donde todo está agrupado como en una decoración de teatro. El bambú orla las porciones de tierra cultivada, y entre éstas surgen árboles graciosos cuyas hojas tienen colores de flor.

En el reino de la Mañana Tranquila no existen las amenas sinuosidades del cultivo intensivo. Impera la línea horizontal, como en los desiertos azules del Océano. Nada es reducido y gracioso, todo es amplio y severo. Las montañas tienen más roca que tierra, y brillan bajo el sol con tonos rojos de carne desollada. Únicamente en los valles, atravesados por ríos y arroyos, se extiende un doble cordón de álamos. En el resto del paisaje, la tierra seca por el frío guarda la huella de los surcos, pero no se ven árboles, y el suelo sin labrar sólo alimenta matorrales. Los pueblos tienen un aspecto de pobreza crónica. Las viviendas son cabañas de techo redondo hechas de paja y barro.

Seguimos el curso de un gran río azul con láminas de hielo que se desprenden de las orillas nevadas y flotan sobre la corriente, lentas y cabeceantes. Unos perros enormes saltan junto á la vía é intentan correr á la par del tren, enviándole feroces ladridos. Recuerdo los animales fabulosos de piedra, mezcla de perro y de león, que decoran las escalinatas de los templos japoneses. Estas bestias de granito con mechones puntiagudos, ojos redondos y dentadura aguda de caimán, son llamadas por los budistas «perros celestiales» ó «perros coreanos», por haber tomado los escultores como modelos á los canes de este país.

Vemos marchar á través de los sembrados largas filas de hombres blancos. Las rudas barcazas que descienden el río van tripuladas igualmente por hombres blancos. Los trabajadores que reparan la vía visten de idéntico color. Por todas partes las mismas procesiones blancas, como si fuese este país una tierra de fantasmas que se niegan á ocultarse en las horas de sol. Los menos pobres van montados en bueyes, que aquí sirven de cabalgaduras, sin abandonar por ello la larga pipa de bambú y el sombrerito de copa alta sujeto con cintas.

Pasean á grandes saltos por sembrados y caminos bandas de cuervos, gruesos como pavos. Es la primera aparición de este animal, dueño absoluto del cielo de Asia. Aquí es más grande y pesado, como si engordase con la miseria del país. En China, en la India, en todos los pueblos del mundo antiguo, vamos á encontrarlo más pequeño, más gracioso de movimientos, pero con una abundancia prolífica de calamidad alada.

Hacemos otro descubrimiento que va á acompañarnos por toda China, con la repetición obsesionante de un tema infinito. Vemos en ciertos campos una sucesión de montones redondos de tierra, iguales á los que forman los agricultores para quemar las hierbas nocivas, ó como las cúpulas de los hormigueros en África y América. Son tumbas. Todos los campos tienen algunas, y á veces esta sucesión de montículos ocupa colinas enteras. El Japón oculta discretamente sus sepulcros. En Corea y China la tierra amontonada sobre un ataúd queda así para siempre, y los muertos van ocupando con sus cúpulas una parte considerable del suelo que debe sustentar á los vivos.

Se nota en las montañas y en los sitios no cultivados la despoblación forestal de otras épocas, que ahora procuran remediar los nuevos amos. Corea es un país de rudos inviernos, y sus habitantes no poseen la dureza de los japoneses para arrostrar el frío. Los coreanos han tomado de los chinos su sistema de calefacción. Todas las viviendas, por míseras que sean, tienen un subterráneo de piedra, donde se encienden hogueras que envían su calor á través del piso de tablas. Para poder calentarse durante numerosos siglos, los coreanos han cortado primeramente los troncos de sus bosques, y al fin arrancaron sus raíces.

Los japoneses, al menospreciar á estos amarillos que viven bajo su dominación, dicen que el fuego fué para los coreanos lo que el opio para los chinos. El placer del calor los adormeció, mientras su país iba decayendo.

Cerrada ya la noche llegamos á Seul, la antigua Keijo. Al abandonar el tren podemos darnos cuenta del frío de este país. Hasta ahora sólo lo habíamos sentido al abrir momentáneamente los vidrios de las ventanillas. La tierra está tan endurecida, que cruje bajo los pies como cristal en polvo. Las huellas de las ruedas sobre un suelo que fué blando parecen ahora abiertas con cincel en el granito. Los del país acogen con extrañeza nuestros estremecimientos. La temperatura no es mas que de 12 grados bajo cero; algo primaveral para ellos, que esperan fríos más crueles.

El Gran Hotel de Chosen, donde nos alojamos, está preparado afortunadamente para todos los rigores de este clima. Puertas y ventanas tienen vidrios dobles. La calefacción es generosa y amplia en todas las piezas.

Junto al pórtico hay grupos de mercaderes ambulantes, cuyo aspecto nos hace recordar que ya estamos en la verdadera Asia. En el Japón todos son japoneses. Sólo de tarde en tarde se ve algún blanco, llegado por recreo ó por negocios. En la capital de la Corea nos sale al encuentro el Extremo Oriente cosmopolita.

Mezclados con los coreanos hay mogoles de alta tiara de pieles y casaca hecha con cueros peludos de oso negro; siberianos con gorro de astracán y levita de cosaco, llevando el pecho adornado de cartucheras; judíos rusos de perfil ganchudo; manchures de estatura de gigante y chinos: los primeros chinos que encontramos. Todos ellos ofrecen pieles sueltas de cibelina, de zorro plateado, de otras bestias de pelaje precioso, cazadas en la vecina Siberia. Además venden pequeños objetos de jade, como si fuesen anuncios del arte chino que vamos á encontrar muy pronto.

Después de comer y antes de ir al teatro coreano, hablo con un periodista de Seul, el más célebre de todos ellos, un verdadero héroe. Con el entusiasmo de la juventud, este escritor ha emprendido la generosa aventura de protestar contra la anexión japonesa y defender la antigua independencia coreana.

Sólo le sigue la clase popular, atraída siempre por los luchadores audaces y desinteresados. No tiene otras armas que su pluma y su energía. El gobernador japonés de Corea lo mete con frecuencia en la cárcel por sus artículos, pero el castigo aumenta su popularidad y su propio entusiasmo.

Cuando se reune en Europa algún congreso diplomático, se presenta el doctor Li, que así se llama dicho joven, con una comisión de compatriotas, para exigir que sea devuelta su independencia al país de la Mañana Tranquila. Como posee muchos idiomas, le es fácil expresar su protesta. En Ginebra los señores de la Sociedad de Naciones lo han escuchado muchas veces con aire distraído. ¡Pedir que el Japón renuncie á la Corea, cuando ya la posee hace años y guarda en su propia casa, como un esclavo feliz, al último heredero de sus reyes!... Que se contente con esta única presa es lo que desean las otras potencias.

Si de tarde en tarde pasa por Seul un hombre político ó un escritor conocido, el doctor Li le visita para pedirle que aporte su concurso á la justa empresa de devolver á todo un pueblo la independencia que le arrebataron sin consultarlo.

Oigo en silencio la larga historia de trabajos y penalidades que me cuenta este propagandista de fe robusta de tenacidad quijotesca y al mismo tiempo de una candidez asombrosa en sus ilusiones.

Está convencido de que su causa triunfará finalmente, y confía para ello en Lloyd George y en los Estados Unidos. En una de sus visitas á Europa le prometió Lloyd George, sin pestañear, que Corea sería independiente dentro de diez años justos. ¡Ah, terrible burlón! ¿Por qué diez años y no nueve ú once?...

Para animar á este joven generoso finjo creer en la promesa del político inglés.

—Cuando él dijo eso—añado—sus razones tendrá para afirmarlo. En lo que se refiere á la ayuda de los Estados Unidos, tal vez se vea usted obligado á esperar un poquito más, querido doctor. Antes de exigir al Japón que devuelva á Corea su independencia, los señores de Wáshington tendrán que ocuparse de otros dos países que se llaman Puerto Rico y Filipinas.

XXVI

CAMINO DE LA CHINA