Title: La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release date: November 20, 2020 [eBook #63816]
Most recently updated: October 18, 2024
Language: Spanish
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AL ÍNDICE |
LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA
Vicente BLASCO IBAÑEZ
TOMO II
CHINA.—MACAO.—HONG-KONG.—FILIPINAS.
JAVA.—SINGAPORE.—BIRMANIA.—CALCUTA
PROMETEO
Germanías, 33.—VALENCIA
(Published in Spain)
1924
Es propiedad.—Reservados todos
los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.
Copyright 1924, by V. Blasco Ibáñez.
Caballitos manchures y perros siberianos.—Un desierto de nieve por cuya posesión se mataron 154.000 rusos y japoneses.—La dinastía de «Los Muy Puros» y sus mausoleos.—El frío, maestro de humildad.—Las escalinatas chinas y «el sendero imperial».—La chiquillería pedigüeña de las estaciones.—Un gendarme que pega.—Indignación patriótica.—La incoherencia de los demonios blancos.
Espero las primeras luces del alba paseando por los salones del Hotel Yamata, en la estación de Mukden.
Miro por las grandes puertas de cristales que dan á los andenes y veo correr grupos de chinos cargados con fardos envueltos en telas de colores ó llevando maletas de forma europea. Han descendido de un tren procedente del interior de la China y van al asalto de otro más corto que debe conducirles á Dairén, á Port Arthur y demás poblaciones del inmediato golfo de Liao Tung. Luego contemplo por las vidrieras de la parte opuesta el aspecto de Mukden, ciudad misteriosa para mí, envuelta en la noche y la nieve.
La curiosidad me hace salir á la ancha plaza de la estación, pero el frío es tan intenso que retrocedo á los pocos minutos. En esta plaza hay muchos carruajes de caballos, en espera sin duda de algún tren matinal; pero los cocheros, á pesar de sus gorros tártaros y sus gabanes de piel de zorro, se han refugiado en los cafetines de las inmediaciones. Los famosos caballitos manchures, nerviosos, agresivos, de largo pelaje, entretienen su abandono coceando silenciosamente la nieve del suelo, haciendo exhalar á los vehículos con sus estremecimientos un ruido de ferretería vieja, expeliendo dos chorros de vapor por sus narices propensas al relincho. Estos caballos de corta alzada se muerden entre ellos, y cuando se entregan á la excitación de la carrera galopan como desbocados. Por entre sus patas se deslizan perros siberianos de hirsutas lanas. De tarde en tarde aparece un cochero. Como va forrado en pieles y las orejeras de su gorro las lleva sueltas y erguidas, tiene el aspecto de una bestia de la noche que momentáneamente marcha en posición vertical.
Vuelvo á sentir la misma extrañeza que en Corea viendo esta aglomeración de caballos. Los ojos parecen haberse acostumbrado á la escasez de animales que se nota en el Japón, donde todo lo hace el brazo humano, sin pedir auxilio á las especies domesticadas que ayudan al hombre en su trabajo.
Van surgiendo de la nocturna lobreguez las techumbres nevadas de los edificios. La ciudad de Mukden, á la que los naturales llaman Fengtien, empieza á dibujarse en la lívida penumbra con un aspecto contradictorio é híbrido. Cerca de la estación hay edificios modernos de muchos pisos, que imitan la arquitectura norteamericana con todas sus audacias. Más allá, las calles son iguales á las japonesas y coreanas, tienen una amplitud de cuarenta ó cincuenta metros y edificios de un solo piso hechos de madera.
Llegan varios automóviles y sus conductores se ofrecen para llevarnos á los mausoleos imperiales de la dinastía manchura, lo más interesante que existe en las inmediaciones de Mukden. Salimos con los primeros resplandores del alba, por unas calles anchas y completamente dormidas bajo sus sábanas de nieve. Luego, en pleno campo, el frío, el silencio y la luz cenicienta del amanecer invernal dan una tristeza abrumadora al dilatado paisaje.
Pensamos que más de un millón de hombres se batieron aquí, en la famosa batalla de Mukden, que duró dos meses, por la posesión de un suelo monótono é inclemente como un paisaje ártico. Luego recordamos que esta tierra goza, como tantas otras, una primavera y un verano. Los exploradores del río Amur, que corre por la Manchuria septentrional, cuentan cómo en los bosques de sus orillas chorrea la miel formando arroyuelos: tantas son sus flores y sus abejas. En su parte meridional, que es donde estamos, se obtienen grandes cosechas de toda clase de cereales. Pero nosotros sólo vemos ahora una planicie de nieve, y surgiendo de ella, como grupos de escobas plantadas por el mango, algunos bosquecillos de árboles negros y escuetos.
El automóvil, al marchar por esta llanura uniforme, donde su conductor tiene que adivinar con ojos de piloto la existencia del camino oculto, cae en hoyos ignorados ó se ladea de un modo alarmante al borde de taludes invisibles. Algunas veces saltamos sobre inexplicables oleajes del suelo. Es que nos hemos metido en un cementerio chino y vamos pasando sobre las cúpulas de tierra de los sepulcros, que apenas si se revelan con ligerísimas curvas en el igualamiento realizado por la nieve.
La lucha de nacionalidades agita sordamente al país manchur y se deja adivinar en las casas de madera que se agrupan como avanzadas de la ciudad sobre este mar sólido y blanco, de horizontes infinitos. En unas ondea la bandera japonesa, en otras el pabellón quinticolor de la República china. Los verdaderos dueños del país, chinos y manchures, duermen con la bandera izada sobre sus techos, para que dé testimonio hasta en las horas nocturnas de la nacionalidad del suelo. Los japoneses son cada vez más numerosos en Mukden y van acaparando el comercio. Su gobierno posee ya legítimamente la tierra coreana que existe al otro lado del río Yalu. Además, sostiene una guarnición en Mukden y otras ciudades manchuras que son de la China, con pretexto de guardar el ferrocarril. Desea convertir en propiedad definitiva lo que es hasta ahora ocupación temporal. La propaganda japonesa habla frecuentemente de los 87.000 rusos y los 67.000 japoneses que murieron batallando alrededor de Mukden. Ve en tan enorme montón de cadáveres un título de propiedad para anexionarse definitivamente este centro ferroviario á veinticuatro horas de Pekín.
Una música alegre y ruidosa anima de pronto el silencioso desierto blanco. Nos cruzamos con una boda china. El cortejo va en busca de la novia, que debe haber abandonado la cama á media noche para hermosearse. Al frente marcha un grupo de músicos sonando gaitas y tamboriles. Van vestidos de rojo con galones de oro y en la cabeza llevan unos sombreros-paraguas barnizados de amarillo. Seguido de una escolta de invitados y parientes pasa el pintarrajeado palanquín nupcial, con manojos de plumas en sus ángulos y una gran flor dorada en su vértice.
Otra vez los campos de nieve, los árboles negruzcos, y grandes revuelos de cuervos alzándose en espiral para caer sobre algún cadáver invisible. Después de varias millas de avance fatigoso llegamos á las tumbas de los emperadores manchures.
Los que están en ellas fundaron la última dinastía china, ó sea la destronada. Hasta hace tres siglos los manchures fueron un pueblo nómada, de civilización rudimentaria, pero muy numeroso. La palabra china Mand-chou significa «país muy poblado». Estos jinetes, hábiles arqueros, se batían indistintamente á pie ó á caballo.
El Imperio chino, que parece en la Historia viejo como el mundo, sucediéndose dentro de él las dinastías casi lo mismo que en el antiguo Egipto, estuvo en peligro de perecer destrozado á mediados del siglo XVII. El último de los Ming, viéndose desobedecido por muchas de sus provincias, necesitó auxiliares para combatir á los rebeldes y acudieron en su defensa los tártaros de la Manchuria, acaudillados por su rey Chunti-Ti. Éste, después de restablecer el orden, destronó al emperador que le había llamado, se hizo dueño de Pekín y acabó por apoderarse de toda la China, fundando la dinastía 22, llamada de los Tai Thing (Los Muy Puros), que ha durado hasta nuestros días. En realidad, los últimos emperadores nada tenían de chinos por su origen ni por su aspecto físico. Eran tártaros-manchures. Por eso los republicanos chinos pudieron dar á su revolución un carácter nacional, combatiendo á los monarcas intrusos en nombre de la antigua China.
Un bosque de árboles escuetos y ennegrecidos por el invierno rodea el parque donde están las tumbas monumentales de los primeros soberanos de la dinastía Tai Thing. Al echar pie á tierra nos hundimos en la nieve. Un obstáculo inesperado nos inmoviliza luego ante el arco que da acceso al parque. El encargado del monumento no ha venido aún de la ciudad, y los dos guardias que lo vigilan son unos soldados manchures, grandes, de perfil caballuno, sobrios en palabras y obedientes á la consigna. Uno de nuestros guías tiene que ir en busca de dicho empleado, no sé dónde, y quedamos frente á la entrada del monumento, rodeados de la mañana lívida, con nieve hasta media pierna y recibiendo en el rostro un viento cortante.
A un lado hay una casucha de aspecto miserable, el cuerpo de guardia de los cuatro soldados que custodian este monumento histórico. Instintivamente voy hacia dicho refugio, atraído por las caras amarillas de los dos hombres libres de servicio que nos miran por un ventano. Me asomo á este antro con amable sonrisa. Veo una tarima á medio metro del suelo y sobre ella mantas y algunas prendas haraposas de estos guerreros, que no se distinguen ciertamente por la flamancia de sus uniformes.
Hay en el ambiente la densidad hedionda de los locales cerrados donde han dormido toda una noche hombres de excesiva salud. Varios ladrillos forman un pequeño fogón, y dentro de él hay lumbre, con más ceniza que brasas.
¡Ah, el frío! ¡Cómo aterciopela los caracteres más ásperos! ¡Qué gran maestro de humildad! Su influencia es tan poderosa como la del hambre. Me siento agradecido junto á este fogón, poniendo los pies sobre las moribundas brasas, hasta que noto cómo las suelas de mis zapatos empiezan á quemarse.
De todos modos debo abandonar mi asiento. Varias señoras han adivinado mi retiro y entran en el tabuco soldadesco, lanzando exclamaciones de sorpresa á la vista del mísero hogar. Algunas de ellas son millonarias de los Estados Unidos, y además hermosas y de gustos refinados; pero hay que ver sus amabilidades y sonrisas con los guerreros manchures para justificar tal invasión. Ponen sus piececitos elegantemente calzados sobre la lumbre mediocre, y hablan á estos jayanes amarillos, con gorra de piel rematada por dos orejas asnales, como si el mundo estuviese ya transformado bajo el rasero de una revolución igualitaria, como si la moneda hubiese perdido toda influencia, siendo los únicos potentados del planeta capaces de dispensar mercedes los poseedores del pan y del fuego.
Llega al fin el personaje deseado y podemos entrar en la avenida cubierta de nieve virgen que conduce á las tumbas imperiales. Los soberanos manchures construyeron aquí unos mausoleos semejantes á los que habían levantado cerca de Pekín los Ming, anteriores á ellos.
Todas las avenidas están bordeadas con imágenes gigantescas de granito que representan animales. Parejas de caballos, de camellos, de elefantes y leones, esculpidos en una piedra negruzca, se suceden, formando luengas perspectivas. Al final de estas procesiones de animales pétreos se alzan los templos funerarios.
Son edificios que en otro lugar parecerían sonrientes; se les cree en el primer momento palacios erigidos por la vanidad de un soberano para albergar escenas de placer. Su arquitectura tiene oros y lacas multicolores como materiales primarios. Tal vez en verano, cuando los campos de la Manchuria son tierras labradas, abundantes en polvo, parezcan dichos edificios menos alegres y vistosos; pero ahora la nieve ha barnizado la laca con una humedad de lluvia, y los panteones tienen la frescura brillante de algo recién construído. Además, los envuelve en sus fulgores un sol adolescente que acaba de romper los grises telones de la mañana.
Por primera vez veo en las escalinatas de estos mausoleos el famoso «sendero imperial».
Todos los palacios chinos, aunque la madera es su principal materia constructiva, están asentados sobre plataformas de mármol, y las escalinatas amplias y extensas que conducen á ellas resultan siempre la parte más trabajada del monumento. Los escultores han cincelado en sus barandas, sin tener en cuenta el tiempo ni la minuciosidad de su trabajo, toda una fauna de reptiles fantásticos. Estas escalinatas imperiales se hallan partidas por un bloque de mármol, acostado en mitad de los peldaños, que las divide en dos. Tal bloque es lo que se llama «sendero imperial».
Cuando el emperador tenía que ascender por una de aquéllas, nunca empleaba los peldaños. Éstos eran para sus palaciegos, simples mortales, á los que era lícito mover las piernas como los demás hombres; el Hijo del Cielo sólo podía subir por una pendiente. Mientras los personajes de su séquito iban avanzando escalón por escalón—los mandarines letrados por los peldaños de la derecha, los mandarines militares por los de la izquierda—, el Hijo del Cielo ascendía lentamente por el bloque de mármol intermedio.
En algunos de los palacios de Pekín hay «senderos imperiales» hasta de 18 metros y de una sola pieza. La piedra ostenta cincelado el emblema del Imperio de Enmedio: dos dragones en posición invertida, teniendo cada uno de ellos la cabeza junto á la cola del otro. Las escamas de esta pareja de bestias heráldicas forman profundas rugosidades en el mármol; así el divino monarca podía afirmar sus pies, calzados simplemente con ligeras sandalias de pergamino.
Volvemos á Mukden para ver los barrios viejos, que aún conservan sus murallas y sus puertas-castillos, con techumbres cornudas. Visitamos igualmente el palacio que construyeron los emperadores manchures, y hoy se halla convertido en museo. Pero aunque todo esto nos sorprende y nos interesa, por ser una primera visión de la vida china, se empalidece algunos días después cuando llegamos á Pekín, menospreciando su recuerdo como el de una copia borrosa comparada con la obra original.
Al recorrer las calles de Mukden nos fijamos en la enorme cantidad de anuncios industriales colocados en paredes y vallas por los almacenes de los Estados Unidos y de Europa establecidos aquí. Ostentan figuras de colores, vestidas á la moda occidental, pero los rostros de dichos monigotes, pretenciosamente elegantes, aunque guardan los rasgos principales de la raza blanca, tienen los ojos oblicuos, poco abiertos, y una sonrisa achinada, para que el público amarillo les reconozca una belleza verdadera.
Antes del mediodía salimos para Pekín. Atravesamos campos grises, cuyo suelo ligeramente rizado recuerda la arena fina de las playas con las huellas caprichosas del viento. De estos arenales obscuros surgen islotes de arboleda ennegrecida.
Vemos marchar, paralelas al tren, largas caravanas de carretas. Estos vehículos, de techo redondo, van tirados por caballitos manchures, fieros, peludos, de inagotable vigor. Su pequeñez contrasta con el tamaño del carruaje, dando á la caravana cierto aspecto cómico de juguete.
Los hombres, seguidos por numerosos perros, marchan al lado de sus caballos. Todos llevan gorro de pieles; pero como el día es de sol, han soltado las orejeras que defienden su rostro por ambos lados, y los dos apéndices, erguidos sobre la cabeza, acompañan su marcha con un balanceo grotesco. Las huellas de sus pies se destacan en blanco sobre el camino gris. Lo que creíamos arena es simplemente nieve sucia.
Al quedar inmóvil nuestro coche en una estación, más allá del término del andén, se va agolpando una muchedumbre contra el alambrado de púas que defiende la vía. Por primera vez nos vemos enfrente del populacho de este país de inmensa procreación, donde la gente surge de todas partes con una abundancia rumorosa de colmena y la existencia humana parece valer menos que en otras tierras.
El pueblo bajo va en China invariablemente vestido de lienzo azul; pero á causa de ser muy crudos los inviernos en las provincias septentrionales, se procuran todos el abrigo necesario forrando interiormente pantalones y blusas con una capa de algodón en rama. Los soldados también van con ropas acolchadas, lo que les da un aspecto hinchado y cuadrangular. Como los trajes del populacho son andrajosos, se escapa por todas las roturas su relleno algodonado, y los mendigos, los jornaleros del campo, toda la chiquillería sucia y pedigüeña amontonada en las vallas de las estaciones, tienen aspecto de insectos aplastados, que sueltan por las grietas de su cascarón azul las reventaduras de unas entrañas mantecosas.
Vemos debajo de nuestras ventanillas, clavándose las púas del alambrado sin que parezcan sentirlo, más de cien muchachuelos de cara amarillenta salpicada de costras de suciedad. Parece dudoso que se hayan lavado alguna vez. Los más conservan la coleta que la República china ha suprimido en Pekín y otras poblaciones importantes. Revueltas con ellos hay varias muchachas, vestidas igualmente con pantalones y blusa azules, que dejan asomar sus rellenos blancos. Se las conoce por su cara, más ancha de pómulos y menos sucia que la de los varones; por su peinado, que consiste simplemente en una cortinilla de pelos recortados caída sobre la frente y una trenza anudada sobre el cogote.
Se empujan todos levantando los brazos, con las manos muy abiertas. Chillan, rugen, algunos lloran. Los más pequeños caen al suelo zarandeados y pateados por sus camaradas, pero se levantan inmediatamente para unirse al pedigüeño concierto. Otras veces fingen dolores ó los exageran, para atraer la piedad.
Los empleados del tren recomiendan que no se dé dinero á las muchedumbres mendicantes de las estaciones. La República quiere suprimir esta vil costumbre de otros tiempos. Pero ¡cómo resistirse á unas vociferaciones de súplica que duran ya varios minutos! La infancia inspira siempre interés, y éste aumenta cuando los niños tienen el atractivo del exotismo. Toda esta avalancha de muchachos con faz arrugada y ojos de viejo, de niñas con peinado de mujer, carillenas y que imitan los gestos de las comadres, nos impulsa á la desobediencia, y empezamos á arrojar puñados de monedas por las ventanillas.
¡Nunca lo hubiéramos hecho!... Al ver el dinero, los grandes se unen á los pequeños. Grupos de mocetones que contemplaban impasibles el paso del tren se arrojan en medio de la chiquillería, disputando á puñetazos y bofetadas la conquista de las monedas.
En el extremo del andén hay un féretro chino, con forro de estera, que indudablemente contiene un cadáver. Siempre se encuentra algún muerto en las estaciones chinas. Todo hombre amarillo, al sentirse morir fuera de su casa, si tiene dinero ó parientes, pide que lo trasladen á su país natal. Si muere en el otro extremo del planeta, procura dejar antes lo necesario para que lo entierren en China. Aquí los muertos viajan tanto como los vivos. Unas mujeres que están junto á dicho féretro corren también para cazar en el aire algunas de las monedas, con agresivo manoteo.
Un personaje inesperado surge en mitad de esta ola de rostros amarillos y manos ganchudas que se retira del alambrado con el reflujo de sus empujones y avanza otra vez para chocar contra sus púas. Es un soldado vestido de azul, con polainas blancas y gorra á estilo japonés. Sostiene su fusil con una mano y lleva en la otra un látigo de cuero.
Desde el primer momento se da á conocer como un hombre extraordinario, verdaderamente extraordinario por su fealdad y por su energía dinámica. Tiene el rostro amarillo de cera, con numerosas arrugas á pesar de su juventud. Debajo de la gorra le cuelgan hasta los hombros unas melenas lacias, semejantes á los pelos de mono con que adornan algunas señoras sus abrigos. En cuanto á pegar, no he visto en mi vida manos más ágiles é incansables. No es un hombre: es toda una compañía que se lanza á través de la masa adversaria, partiéndola, sembrando el espanto y la dispersión, abriendo un desierto medroso en torno á su personalidad soberbia y triunfante.
Pega con las manos y casi al mismo tiempo con los pies, como si se mantuviese en el aire por obra de nuevas leyes de gravitación. Esparce culatazos, latigazos, patadas, y su deseo sería morder igualmente; pero nadie se pone al alcance de su dentadura de caballo.
Surge de las diversas ventanillas un coro de indignación. Todos nos equivocamos. Varias señoras norteamericanas protestan en inglés; yo vocifero en español, como si el terrible guerrero pudiera entendernos.
Hemos visto soldados nipones en Mukden ocupando una tierra que no les pertenece, y como este guerrero azul de las melenas desmayadas y la gorra á lo japonés es extremadamente feo, no sentimos duda alguna sobre su nacionalidad. Todos enronquecemos, indignados por las brutalidades del invasor.
—¿Con qué derecho les pega usted, miserable? Váyase á su país. Estos pobres chinos están en su casa... ¡Verdugo!... ¡Salvaje!...
Pero un intérprete corre de ventanilla en ventanilla dando explicaciones. Nos equivocamos. Es un gendarme chino que desea librarnos á su modo, por los medios que él considera más seguros y prontos, del ruidoso asalto de estos mendigos.
Callamos, algo avergonzados de nuestro error, sintiendo una repentina simpatía por el militar de las greñas de mono. ¡Las deducciones incoherentes del patriotismo!... Al saber que es chino, ya nos parece más aceptable y natural que les pegue á sus compatriotas.
El pobre hombre que acudió creyendo realizar una buena acción permanece ahora inmóvil, intimidado por nuestros gritos, mirándonos con sus ojillos agudos. No comprende nuestras protestas por un acto tan corriente. En China, los representantes de la autoridad siempre llevaron un látigo en la mano.
Al saber que no es japonés y si pega lo hace dentro de su casa, algunos viajeros hasta le echan cigarrillos. Él saluda con sonrisa humilde, enciende uno y empieza á fumar, rodeado de toda la masa humana á la que zurró momentos antes, y que le contempla con cierta admiración.
Todos permanecen quietos. Algunos se rascan los chichones recientes ó se limpian con las manos la sangre de sus rostros.
El gendarme no puede explicarse nuestra indignación anterior, ni las repentinas muestras de simpatía que recibe ahora. Fuma y nos mira asomados á nuestras ventanillas, como si fuésemos bestias raras dentro de una jaula ambulante.
Se adivina su pensamiento:
«¡Demonios blancos, locos y bárbaros!... Nunca sabe uno cómo darles gusto.»
Los bandidos chinos y los trenes-fortalezas.—Una mala noche.—El Imperio del bambú soberano y de la paliza paternal.—5.000 años de historia conocida.—Recordando á Marco Polo.—Los cuatro grandes héroes de la Geografía.—«Micer Millones».—Cómo por obra de Marco Polo salieron Colón y los navegantes españoles hacia Pekín, para visitar al Gran Kan, y dieron con la ignorada América.—El despertar en Tien-Tsin.—Los chinos elegantes.—Agricultura sabia y campos de tumbas.—Una puerta de diez siglos con telegrafía sin hilos.
Al cerrar la noche, nuestro tren se transforma en una fortaleza.
Varios oficiales llevando largo abrigo de pieles y gorra con insignias de oro, á la que han añadido orejeras peludas, pasan de vagón en vagón dando órdenes, como si preparasen la resistencia á un asalto. En las dos plataformas de nuestro coche se sitúan centinelas con el fusil cargado y la bayoneta calada. En el pasillo quedan algunos más para relevar á sus compañeros durante la noche. A la cabeza y á la cola del tren van dos numerosos destacamentos en vagones blindados.
Nuestros defensores pertenecen al nuevo cuerpo que acaba de crear la República china con el título de «Guardia de Ferrocarriles». El país está infestado de bandoleros que asaltan los trenes. Muchos de estos bandidos son antiguos soldados. El chino, después de conocer la vida militar, en la que come mejor que la mayoría de sus compatriotas á cambio de mantener un fusil en uno de sus hombros, ya no quiere desprenderse de dicha arma, pues ve en ella la herramienta del más fácil y agradable de los oficios. Si lo licencian ó lo expulsan de su regimiento, se agrega á la partida de facinerosos más inmediata.
Hace cuatro meses fué asaltado un tren entre Pekín y Shanghai, y los bandidos secuestraron á los que iban en él (europeos y norteamericanos), para exigir grandes rescates. El gobierno, después de este suceso, se preocupa de vigilar las líneas férreas. No quiere que se repitan las reclamaciones diplomáticas; teme que el Japón aproveche tales incidentes para insinuar una vez más la conveniencia de que China le ceda la custodia de sus ferrocarriles. Esto traería como primer resultado el establecimiento de tropas japonesas dentro del territorio chino: una invasión disimulada igual á la de Manchuria.
No es algo nuevo, que debe atribuirse á la anarquía política del país con motivo de su revolución, esta inseguridad de los caminos. Los bandoleros y los piratas abundaron siempre en China, llegando en otros siglos á quebrantar la autoridad de los emperadores, estableciendo un Estado nuevo y excepcional dentro del vasto Imperio. El vulgo aún muestra admiración por ciertos bandoleros famosos del mar y de los caminos, héroes de antiguos poemas y novelas.
Los soldados instalados en el pasillo de nuestro vagón hablan en voz alta, fuman y discuten con una inconsciencia que impide toda protesta. Están aquí para defendernos, y como ellos no deben dormir, encuentran natural que sus protegidos se priven igualmente del sueño. Sus orejeras peludas, sus pellizas rústicas, las greñas aceitosas que cuelgan por debajo de sus gorras, les dan un aspecto inquietante. Tal vez han sido bandidos antes de figurar como defensores del orden. Según se dice, la Guardia de Ferrocarriles la ha reclutado el gobierno entre el personal de las antiguas bandas, para mayor seguridad. Si les conviene, mañana, en vez de ir dentro del tren para defenderlo, se apostarán al lado de la vía para asaltarlo.
Esto no les impide mostrarse joviales, agradecidos y un tanto confianzudos. Cuando les dan cigarrillos, acogen el regalo con gesticulaciones cómicas de gratitud. Si pasa una señora por el corredor señalan las sortijas ó los pendientes que lleva, y á continuación fingen que sacan el revólver, imitando con la boca varios tiros imaginarios. Pretenden expresar con esta mímica su resolución de batirse hasta la muerte en defensa de tales alhajas; pero mejor preferirían apoderarse de ellas, al verse lejos de la vigilancia de sus oficiales, jóvenes, correctos, de aire militar europeo, que mantienen firmemente la disciplina.
Los coches-camas del Japón imitan á los de la América del Norte. Los que ruedan por las líneas chinas son parecidos á los de Europa, pero más abundantes en dorados, y con una altura tan exagerada y absurda de sus camas superiores, que hace necesario el empleo de una escala de muchos travesaños para poder acostarse en ellas.
Como las voces de los chinos no nos dejan dormir, entretengo mi insomnio pensando en la historia de esta aglomeración humana, la más antigua y numerosa de todas las existentes, sobre cuyo suelo vamos deslizándonos á través de la noche. Esta historia abarca más de 5.000 años, y sus episodios salientes son veintidós cambios de dinastía y dos grandes invasiones: la de los tártaros mogoles y la de los manchures.
Egipto es de mayor antigüedad; mejor dicho; los historiadores han ido más lejos en sus descubrimientos, ensanchando las fronteras de su pasado. Pero el viejo Egipto hace miles de años que dejó de existir, y la China se conserva viva y sólida, como en los tiempos de sus emperadores fabulosos.
Recientemente desorientó al mundo, saltando sin transiciones constitucionales del régimen despótico más absoluto á la República democrática. Mas esto no pasa de ser un cambio de fachada, ya que la revolución todavía no ha reformado gran cosa en el interior del edificio.
El país más grande y más viejo de la tierra conservó hasta hace una docena de años la forma de gobierno de las sociedades primitivas: el régimen patriarcal. La autoridad política imitaba la autoridad del jefe del hogar. El emperador era el padre de los padres, reinando sobre centenares de millones de súbditos, como los patriarcas de la Biblia sobre su descendencia. El Hijo del Cielo pegaba ó premiaba como un padre, y sus palabras eran manifestaciones de la sabiduría divina. Del mismo modo el padre chino ha guardado dentro de su hogar, hasta hace poco, el derecho de vida ó muerte sobre sus hijos, casándolos á su antojo, sin consultar para nada su voluntad.
Durante 5.000 años el bambú flexible y duro fué el verdadero cetro de este Imperio, la varilla mágica que hizo marchar los engranajes del Estado, impulsando á los hombres á la práctica de la virtud. El único chino exento del peligro de sufrir una paliza era el Hijo del Cielo. Sus ministros más apreciados, los mandarines favoritos, los virreyes de las provincias, todos podían recibir por orden del emperador unas cuantas docenas de bastonazos, como penitencia de faltas ó descuidos. Y después de soportar esta muestra del interés imperial, continuaban en el ejercicio de sus funciones.
Acostumbrados desde su niñez á los castigos del padre, nunca se creyeron los chinos deshonrados por unos cuantos palos más ó menos en el curso de su existencia. La paliza no cortaba una carrera ni quebrantaba el prestigio del que la sufría. Era como para nosotros pagar una multa por infracción de los reglamentos municipales. La policía imperial llevaba el bambú ó el látigo siempre en la diestra, para aplicar el correctivo apenas notada la falta.
Este Imperio, gobernado lo mismo que una casa por un padre de origen celeste, con cerca de 500 millones de hijos, fué creando en el curso de cincuenta siglos una civilización que hoy se cae al suelo de puro vieja y refinada, pero tuvo en todas las épocas el poder de asimilarse á sus vencedores, de transformar á los caudillos fieros que se adueñaron de su territorio, convirtiéndolos en emperadores chinos, iguales á las dinastías fenecidas.
Hasta hace 800 años, nuestro mundo occidental, indiscutiblemente bárbaro en comparación con el llamado Imperio de Enmedio, nada sabía de éste. Los capitanes que siguieron á Alejandro hasta la India y los romanos del Imperio llegaron á conocer vagamente la existencia del llamado «País de la seda». Mas á esto se limitaron sus noticias sobre la tierra china. Algunos viajeros árabes la visitaron en los primeros siglos de la Edad Media, pero nada se supo en Occidente de sus relatos.
La humanidad se ha desenvuelto en dos escenarios diferentes sobre el gran macizo continental que forman juntas Asia y Europa, sin que el grupo de la vertiente atlántica-mediterránea supiese nada del otro grupo establecido en la opuesta vertiente del Pacífico. Ni Grecia ni Roma tuvieron noticias de la civilización que se iba desarrollando, con muchos siglos de adelanto sobre ellas, al otro lado de la barrera formada por el Asia Menor, la Persia, la India y los mares misteriosos.
Las expediciones de los cruzados y las guerras implacables de Gengis-Kan, que arrancaron á tantos pueblos asiáticos de sus alvéolos históricos, lanzándolos como piedras en opuestas direcciones, dejaron adivinar un poco del misterio chino. Pero fué un hombre aislado, un comerciante, un explorador amigo de correr aventuras, quien hizo conocer á los países de Europa lo que existía en este mundo lejano, envuelto en sombras para los occidentales. Este hombre se llamó Marco Polo.
Cuatro grandes héroes tiene la Geografía: Alejandro, que llevó la influencia griega hasta el Ganges; Marco Polo, Colón y Magallanes. Pero el héroe macedónico pudo realizar en gran parte su corta y asombrosa carrera porque su padre le había legado toda la fuerza militar y la sabiduría de Grecia, acaparadas astutamente por él. Colón descubrió un mundo nuevo auxiliado por los Pinzones y otros nautas españoles, que á causa de la posición geográfica de su país conocían mejor que los demás navegantes la existencia de tierras misteriosas en el Océano. Magallanes vió completada su circunnavegación del planeta gracias á la energía de Sebastián del Cano, que supo dar fin á tan magna empresa.
Marco Polo no tuvo colaboradores. Fué un simple mercader de genio, aficionado al estudio y á los descubrimientos, hábil para aprender las lenguas y amoldarse á los ambientes; un entendimiento ágil, capaz de ejercer las más diversas funciones.
Su padre y su tío habían hecho ya viajes comerciales á través de la misteriosa Asia, y le llevaron con ellos al ser mozo. Durante veintidós años vivió lejos de Europa, habituándose á los usos del Extremo Oriente. Su vida se desarrolla de la mitad del siglo XIII al primer tercio del siglo XIV. Viajó por el Asia Menor, la Persia, la India, y llegó á China cuando el nieto de Gengis-Kan acababa de establecer la dinastía mongola en el Imperio de Enmedio, declarando á Pekín su capital.
El Gran Kan—nombre que Marco Polo da al emperador de la China y la tradición consagró durante siglos—necesitaba extranjeros leales que le sirviesen, en un país recién conquistado y sordamente hostil á sus nuevos dominadores. Por tal razón acogió favorablemente al mercader veneciano, que además podía darle noticias de su remoto y desconocido mundo.
Marco Polo fué un personaje en el Pekín de hace siete siglos, que se llamaba entonces Cambaluc (la Ciudad del Señor), y él titula en su libro Gran Ciudad del Catay. Este título se cambió luego en Pe-King (Corte del Norte), por haber estado la capital en otras ciudades situadas más al Sur. El veneciano hasta llegó á ser virrey de una provincia china; pero su curiosidad le impulsó á correr nuevas tierras, viajando por Sumatra, Java, Ceilán y Tartaria.
Pocos autores han influido en las letras como este hombre de acción, falto de pretensiones literarias. Al volver á su país, los venecianos escucharon con interés el relato de sus maravillosos viajes. Luego los incrédulos y los maldicientes hicieron materia de dudas y bromas estas historias de un mundo lejano, y muchos de sus compatriotas acabaron por apodarle Micer Millones. Unos lo llamaban así por las riquezas fabulosas que describía en sus relatos; otros, peor intencionados, calculaban por millones las mentiras salidas de su boca. Estando en la cárcel por haber caído prisionero de los enemigos de Venecia en una batalla naval, escribió la crónica de sus viajes á través del Asia. En sus últimos días, al hablar melancólicamente de la incredulidad de sus contemporáneos, afirmó no haber puesto en su libro ni la décima parte de las maravillas vistas por él.
La veracidad de Marco Polo ha sido comprobada por muchos sabios y exploradores modernos, sin encontrar en su libro errores geográficos de bulto ni descripciones inverosímiles. Su obra circuló entre los hombres doctos de los dos últimos siglos de la Edad Media. Poetas y novelistas la explotaron para sus relatos caballerescos. Él hizo conocer al Preste Juan de las Indias, rey misterioso del que tanto se ocuparon los autores medioevales; él lanzó los nombres de Catay y Cipango para designar á la China y el Japón; él fué el primero en describir como testigo visual las riquezas del Gran Kan y sus palacios de Pekín.
Colón no pudo leer directamente el libro de Marco Polo. Este relato sólo fué popularizado por medio de la imprenta años después del descubrimiento de América. Pero empleó como autores de consulta á muchos que se habían inspirado en el aventurero mercader, repitiendo sus descripciones de las riquezas asiáticas, en cuya busca fué Colón al salir de España, siguiendo el rumbo de Occidente. Por Marco Polo conocía también la existencia del Gran Kan, y estaba tan cierto de encontrarlo, que pidió á los Reyes Católicos una carta de presentación escrita en latín, para que aquel le recibiese en su ciudad de Catay como enviado de España.
El libro de un explorador que vivió en Pekín á fines del siglo XIII sirvió para que dos siglos después otro aventurero genial, con tres puñados de españoles sobre tres barquitos, fuese en busca del Japón y la China por el lado de Poniente, aprovechando la redondez de la tierra. Y al insistir en tan audaz aventura dieron todos, sin esperarlo, con una muralla infranqueable en medio de los mares, la tierra virgen de las nuevas Indias, mal llamada después América...
Acabo por dormirme, no obstante los gritos y las risotadas de nuestros guardianes. Cuando despierto entra el sol por los resquicios de las ventanillas. Parece que ya hemos pasado la parte más peligrosa del camino: unas tierras encharcadas por las grandes crecidas fluviales, en cuyos pantanos, exuberantes de vegetación, se refugian los bandoleros.
Llegamos á la ciudad de Tien-Tsin, el puerto más inmediato á Pekín. En el vagón-comedor encuentro á varios europeos residentes en dicha población, que han subido al tren para trasladarse á la capital. Todos ellos llevan abrigos de pieles con el pelo á la parte exterior. En otras mesas hay numerosos chinos de aspecto elegante, que hablan en inglés y usan el tenedor como los occidentales. Son mercaderes acaudalados ó personajes adictos al gobierno de la República, que se dirigen á Pekín para despachar sus asuntos. Llevan el traje nacional: una túnica de rica seda azul, chaleco negro de damasco abotonado hasta el cuello, y un solideo de igual color con botón de coral ó de jade. Como la sotana azul está abierta á partir de las rodillas, deja ver su forro interior de suaves y costosas pieles. Además, llevan un pantalón sujeto al tobillo, muy ancho y acolchado por dentro. Todos ellos aman las joyas. Ostentan valiosas sortijas en las manos finamente cuidadas, y cadenas de oro sobre el pecho.
Uno de estos personajes, joven y de sonrisa afable, me explica la vestimenta que usan los chinos modernos según las estaciones. En invierno prefieren el traje nacional. Es más abrigador; su amplitud permite forrarlo con pieles y acolchados. En verano imitan á los coloniales de origen europeo, y se visten de blanco, con pantalón y chaqueta cerrada.
A la nieve ha sucedido el polvo. Corre el ferrocarril por unas llanuras amarillas divididas en campos. Todo está arado. Cuando pase el invierno, esta sucesión de parcelas cultivadas resultará atractiva con su interminable oleaje de mieses; pero ahora el viento levanta remolinos de tierra rojiza, y los servidores del comedor deben sacudir á cada momento el cuero de los divanes y los manteles de las mesas.
Tienen cierta semejanza estos campos con las planicies de la Argentina después de la siembra, pero con más abundancia forestal. Todas las propiedades están orladas de árboles, á los que arrebató el invierno su follaje: hileras de esqueletos grises, elevando al cielo sus múltiples y nudosos brazos.
Hay en todas las estaciones muchedumbres vestidas de azul. Hombres y mujeres usan el mismo traje, de idéntico color. El pantalón y la blusa son el uniforme de la nación china sin distinción de sexos. En los pueblos rurales se conserva la trenza varonil. Sólo los chinos de las grandes ciudades y los que viven en el extranjero aprovecharon la caída del Imperio para cortarse este apéndice tradicional.
Lo que produjo mayor asombro á Marco Polo, y algunos siglos después á los primeros misioneros establecidos en China, fué el desarrollo de su agricultura. En aquellos tiempos los labriegos de Europa eran unos bárbaros que cultivaban sus tierras de un modo rudimentario. Todos los adelantos agrícolas posteriores fueron las más de las veces simples copias de la agricultura china.
Admiramos desde el tren huertas que merecen el título de jardines. Las grandes extensiones dedicadas á los cereales revelan un trabajo minucioso. Mas con frecuencia, partiendo los vastos rectángulos de tierra cultivada, vemos un oleaje de pequeñas cúpulas que son tumbas. Estos grupos de sepulturas se prolongan á veces hasta el horizonte, formando cementerios interminables.
Los chinos pueden ordenar su enterramiento sin ningún obstáculo legal. Cada uno improvisa un cementerio en el campo de su pertenencia. Las tumbas no desaparecen con el curso de los siglos, y á las nuevas generaciones les basta añadir unas paletadas de tierra sobre los montículos sepulcrales para que éstos persistan á través de miles de años con más consistencia que los monumentos de granito.
Cada uno defiende las tumbas de sus muertos al defender la propiedad de la tierra que le alimenta. Y como en este país, poblado por cerca de quinientos millones de seres, la cantidad de defunciones alcanza todos los años á una cifra enorme y no se borra ninguna tumba aunque transcurran siglos y siglos, resulta que los que se fueron roban cada vez más terreno á los que llegan, estrechando los límites de su actividad.
Más de una cuarta parte de la inmensa China se halla ocupada por tumbas. Además, éstas son eternamente sagradas y no hay gobierno que se atreva á tocarlas. Una de las dificultades mayores con que tropiezan los blancos al construir ferrocarriles, es la imposibilidad de expropiar una tierra que tenga sepulcros. Algunas veces se ven obligados á desviar la línea férrea con absurdos rodeos porque los descendientes de unos chinos que murieron hace tres ó cuatro siglos se niegan á remover las sepulturas de éstos.
La República lleva hechas algunas reformas, pero no se atreverá en muchos años á aligerar el suelo patrio de tantos millones y millones de tumbas. Los muertos pesan sobre el país con una fuerza abrumadora; lo siguen gobernando, y habrá que empezar por hacerlos desaparecer para que la China entre en la vida moderna.
Son tantos los sepulcros en algunos campos, que sus poseedores, necesitados de hacerlos producir, aprovechan los espacios libres entre los montículos y van trazando con el arado surcos tortuosos. Así obtienen hileras de espigas nutridas con el zumo de unos ascendientes á los que nunca conocieron, pero que les inspira un respeto supersticioso.
El japonés venera á sus antepasados porque se han convertido en dioses, y él á su vez será dios cuando sus descendientes le rindan igual culto. El chino los respeta porque les tiene miedo. Venera las tumbas de unos abuelos remotísimos cuyo nombre ignora; se arruina y vende hasta los objetos de primera necesidad para costear funerales ostentosos en honor de los que fallecen dentro de su casa. Como teme á los muertos, procura mantenerlos tranquilos y contentos, para que no vengan á atormentarle durante la noche, ni siembren de fracasos y desgracias el camino de su vida. Alguien ha definido á este país diciendo que es una aglomeración de quinientos millones de vivos, aterrados por la presencia de miles de millones de muertos.
Los cementerios se suceden en el paisaje, cada vez con mayor frecuencia. Al final sólo vemos tumbas, y emergiendo de su oleaje rojizo algunas chozas de esteras y pedazos de lata, semejantes á las que existen en los suburbios de todas las ciudades.
Empieza á deslizarse paralelamente al tren una alta muralla gris de apretadas almenas. En la faja de terreno intermedia van pasando pequeñas huertas y casitas de hortelanos. Vemos, con cinematográfica rapidez, una puerta que perfora lo mismo que un túnel este bastión interminable, y sobre su arcada sombría un castillo rojo con tres tejados superpuestos, cuyos ángulos tienen forma de cuernos.
Esta puerta, fortificada al estilo chino, la hemos contemplado muchas veces en libros de viajes. A continuación, con violenta antítesis visual, se alzan sobre la muralla unos palos gigantescos que se aproximan á nosotros. Son dos poderosas antenas de comunicación inalámbrica, instaladas por los norteamericanos. ¡La telegrafía sin hilos junto á una puerta que cuenta más de mil años!...
Va aminorando su marcha el tren y se inmoviliza finalmente luego de rozar una especie de malecón que es una antigua muralla cortada.