La forma geométrica de Pekín.—La ciudad china, la ciudad tártara y la ciudad prohibida.—El edificio chino y la tienda de campaña.—Los geomantes y sus adivinaciones.—Los espíritus del Viento y del Agua.—La cuarta ciudad.—El barrio de las Legaciones y sus tropas visibles y ocultas.—La seguridad de las calles de Pekín y la policía china.
Todas las mañanas, al saltar fuera de mi cama en el «Grand Hôtel des Wagons-Lits», siento la misma duda, y me pregunto:
—¿Estoy verdaderamente en Pekín?
El aspecto europeo de mi habitación me obliga á descorrer las cortinas de una ventana y limpiar sus vidrios, empañados por el frío exterior. Veo enfrente un canal, á un lado una muralla obscura, y al pie del hotel una larga fila de cochecitos con las varas en el suelo, mientras sus conductores, cruzando los brazos sobre el pecho, abrigan sus manos conservándolas bajo los sobacos. Todos estos chinos miran á las ventanas, y uno de ellos que me llevó por la ciudad en días anteriores, al reconocer á su cliente inicia una mímica apasionada para hacerme saber que me espera desde el alba.
Una vez más me convenzo de que estoy en Pekín, pero esto no impedirá que al despertar mañana sufra la misma duda. ¡Es tan extraordinario vivir en esta población, cuyo nombre aprendemos desde niños, como algo remotísimo que nunca llegaremos á ver!...
La gran ciudad china figura en nuestras primeras impresiones como un lugar inaudito de absurda lejanía. Cuando oíamos hablar, siendo pequeños, de alguna persona que se había alejado para siempre, decían: «Se fué á Pekín», y no era preciso añadir más. Los hombres de verbo enérgico, para concretar algo que no podría realizarse nunca ó no tolerarían de ningún modo, afirmaban: «Ni aquí ni en Pekín», y todo quedaba dicho.
Esta capital misteriosa se hallaba al otro lado del planeta, debajo de nuestras plantas, y como sus habitantes de ojitos oblicuos, sonrisa astuta y trenza en el cogote vivían cabeza abajo, era natural que todo lo hiciesen al revés que los blancos, lo que abría ante nuestra imaginación infantil una serie interminable de espectáculos grotescos y disparatados.
Me convenzo todas las mañanas de que estoy en Pekín é igualmente de que los chinos no son tan extravagantes como los creíamos en nuestra niñez. La vida moderna ha cambiado la fisonomía de todos los pueblos, hasta del Imperio chino, que parecía eterno como una momia y hoy es una República. Pero no obstante la general transformación, guarda esta ciudad el prestigio misterioso y el novelesco interés que envolvió siempre su nombre.
Verdaderamente sólo á partir del régimen republicano forma Pekín una ciudad única. Mientras existieron los emperadores estuvo compuesta de tres ciudades: la china, la tártara y la imperial, llamada también «ciudad prohibida», cada una de ellas con su defensa de anchos muros y puertas profundas, coronadas por castillos.
Pekín es, de todas las capitales de la tierra, la que tiene una forma más exactamente geométrica y una orientación escrupulosamente geográfica. Su eje va de Norte á Sur rigurosamente. La calle de Chien-Men, que divide toda la ciudad china y gran parte de la tártara, llegando hasta la primera puerta de la ciudad imperial, es una línea escrupulosamente trazada entre estos dos puntos cardinales, y las calles secundarias que la atraviesan van con igual exactitud de Este á Oeste. Las murallas que abarcan á las tres ciudades forman en su conjunto un cuadrilátero y cada una de sus caras es paralela á uno de los cuatro límites geográficos.
Al examinar el plano de Pekín se cree estar viendo un dibujo geométrico. Abajo, en el Sur, hay un rectángulo más ancho que alto, que es la ciudad china. Encima un cuadrado perfecto, la ciudad tártara, y en el centro de ella un segundo cuadrado, la ciudad imperial. La ciudad china, reservada en otros siglos al populacho, ocupa el lugar del vestíbulo en un plano arquitectónico; después viene, como si fuese el cuerpo principal del edificio, la ciudad tártara, y en su corazón, bien guardado por todas sus caras, está el santuario, la ciudad imperial, donde residía el Hijo del Cielo.
Marco Polo cuenta que el nieto de Gengis-Kan, al establecer su capital en Pekín, tuvo en cuenta las predicciones de algunos adivinos que le acompañaban en sus conquistas. Como éstos le aseguraron que su descendencia perecería por una sublevación de dicha ciudad, el Gran Kan levantó al lado de la antigua Cambaluc, ó sea la ciudad china, la actual ciudad tártara, repartiendo los solares entre sus feudatarios más adictos. De tal modo, sus herederos vivirían rodeados siempre por los nietos de los antiguos conquistadores, sirviéndoles éstos de guardia y defensa. Para que los enemigos del Hijo del Cielo pudiesen llegar hasta él, tenían que asaltar primeramente la ciudad china, que por sí sola representaba todo un sistema de fortificación. Luego, salvando el canal que separa dicha ciudad de la tártara, debían hacerse dueños de los baluartes de ésta última, todavía más altos y robustos, y finalmente, al verse poseedores de la ciudad tártara, tropezaban con las murallas de la «ciudad roja», nombre que se da igualmente por el color de sus muros á la ciudad imperial ó prohibida.
Durante varios siglos de paz se fué quebrantando la división de razas que separaba á los conquistados, habitantes de la ciudad china, de los vecinos de la ciudad tártara, descendientes de los conquistadores. Esta última, por contener en su recinto los palacios imperiales, vivía bajo un régimen militar, cerrándose sus puertas á la puesta del sol y quedando sometidos sus habitantes á todas las molestias de una plaza fuerte. Como precisamente los nietos de los tártaros eran los más ricos y dados á los placeres, se fueron trasladando á la ciudad china, para vivir con mayor libertad. Hace ya muchos años que estas denominaciones no son más que recuerdos históricos. Las familias chinas y tártaras se han mezclado por enlaces matrimoniales y viven indistintamente en una ó en otra ciudad.
La arquitectura de Pekín recuerda el origen nómada del pueblo chino en los tiempos remotos de su historia. También fueron de vida errante las dos invasiones de jinetes tártaros y manchures. A causa de esta influencia, muchos que han estudiado su arquitectura reconocen en todas sus construcciones—palacios, templos, torres ó casas particulares—una imitación de la tienda de campaña habitada por sus ascendientes.
En China sólo se construyeron durante los pasados siglos edificios de un piso único. Cuando se quería darles cierta altura para que adquiriesen proporciones majestuosas, eran levantados sobre mesetas de piedra. En los barrios comerciales, la necesidad de vivir sin quitar espacio al propio almacén obligó á muchos á construir sobre su establecimiento una especie de buhardilla, que sirve de habitación. Pero es creencia tradicional que el vivir en piso alto atrae las enfermedades, y manteniéndose en contacto á todas horas con la tierra se reciben efluvios misteriosos que vigorizan la salud.
El parecido entre el edificio chinesco y la tienda de campaña resulta exacto. Las techumbres, negras ó de tejas barnizadas, son externamente cóncavas, como la cubierta de lona de la tienda, que forma bajo el soplo del viento una curva entrante. Las columnas, siempre de madera, carecen de capiteles y basamentos, aunque el edificio se halle revestido con pomposa riqueza. Están cubiertas de laca y oro, pero son iguales de arriba á abajo, sin ningún adorno saliente, como los postes que forman el andamiaje interior de los campamentos. Los ángulos de las techumbres se encorvan hacia arriba, lo mismo que los extremos de la tienda, sostenidos por lanzas.
Los chinos han ratificado con sus ideas supersticiosas esta forma curva de los ángulos de sus tejados. Son muchos los que aún creen en la actualidad que sus ascendientes dieron figura de cuerno á los remates de los aleros para dejar más espacio á los espíritus del Agua y del Aire, señores de nuestra existencia. Así no se rasgan las alas ni se enredan en ángulos agudos, como los que fabrican los «demonios blancos» en sus construcciones.
Éste es el país de los geomantes. Antes de construir un edificio se pide consejo á la ciencia geomántica y no se abren los cimientos ni se coloca una piedra sin que el adivino, enterado del revoloteo de los espíritus y las direcciones amadas por ellos, estudie el solar y diga al arquitecto qué orientación debe seguir en sus planos. Son también los geomantes quienes señalan los terrenos más favorables para enterrar á los muertos y que los espíritus sean clementes con ellos. Con frecuencia, el adivino designa como lugar favorable para la futura tumba el campo de algún amigo suyo, y los herederos se ven obligados á adquirirlo á un precio fabuloso. Lo más extraordinario es que estos hechiceros que legislan sobre las buenas ó malas condiciones del suelo únicamente reconocen á la tierra que los hace vivir una personalidad secundaria y pasiva. Los dioses, según ellos, sólo habitan la atmósfera. Son Feng (el Viento) y Shui (el Agua).
Más de una vez, el europeo ó el norteamericano, después de haber construído una fábrica, una estación de ferrocarril ó una chimenea de ladrillos, ve llegar en masa á la chinería de las inmediaciones, que protesta con desesperación, enumerando las calamidades caídas recientemente sobre la comarca. Esto se debe á que Feng y Shui están irritados por las obras groseras que obstruyen una atmósfera en la que se movían antes con desembarazo. Es el geomante más célebre del distrito quien ha hecho tal descubrimiento, gracias á su ciencia. Y los civilizadores del país no tienen otro recurso que buscar al sabio popular para conseguir con donativos secretos que cambie repentinamente de opinión. En ciertas ocasiones el geomante es un nacionalista hasta la xenofobia, que no admite regalos y cree de buena fe en sus revelaciones, aferrándose á ellas para que los extranjeros se alejen del país. El populacho insiste en sus protestas, y los mandarines encargados de la justicia ordenan, para restablecer la paz, la demolición de los edificios industriales, aunque el gobierno tenga que pagar una fuerte indemnización á sus dueños.
La tienda de campaña, origen y modelo de la arquitectura china, se repite siempre en extensión ó en altura. Una torre de pagoda no es más que una sucesión de tiendas con los aleros cornudos, colocadas una sobre otra en armónica disminución. Los pequeños y ligeros edificios superpuestos deben ser forzosamente en número impar: cinco ó siete por regla general. Los chinos aborrecen el número par y lo evitan en todas sus obras.
Templos y palacios están formados por aglomeraciones de edificios, siempre en figura de tienda, y teniendo por únicos materiales la madera y el azulejo. El mármol y el granito se reservan para los basamentos de las construcciones, para las escalinatas con barandillas admirablemente cinceladas, para los puentes de atrevida joroba, para los pavimentos de los patios, encerrados entre cuatro hileras de edificios y por cuyo centro se desliza un curso de agua.
Las tres antiguas ciudades que forman la capital china han visto crearse otra más pequeña junto á la muralla de la ciudad tártara, en el lugar donde se alza la Puerta de Enfrente, dando paso á la avenida que atraviesa todo Pekín hasta el Palacio Imperial. Esta cuarta ciudad es el llamado barrio de las Legaciones, por vivir en él los representantes diplomáticos y todos los blancos residentes en Pekín. Es como un Estado independiente dentro del corazón de la China. Hasta tiene un ejército internacional para su defensa, y en el interior de sus fronteras no rigen las leyes ni las autoridades del resto del país.
El lector recordará indudablemente la sublevación de los boxers en 1900 y la horrible situación en que se vieron los habitantes del barrio de las Legaciones. Estos boxers, patriotas hasta la ferocidad, se sublevaron contra los «demonios blancos», exterminando á todos los individuos de nuestra raza que pudieron encontrar. El personal de las Legaciones, los exiguos contingentes militares que éstas tenían á su disposición y los europeos civiles que pudieron armarse sostuvieron una lucha desesperada durante varias semanas, hasta que llegaron los refuerzos enviados por las grandes potencias. Tuvieron que batirse uno contra mil día y noche, sufriendo el hambre, la sed, el insomnio, la infección de la atmósfera producida por los cadáveres abandonados en las calles al pie de las barricadas. Como estaban seguros de perecer sometidos á horribles tormentos si caían en poder de los boxers, se batieron con el heroísmo del que ha decidido morir, pero sin soltar las armas.
Además, el chino es poco propenso á las ofensivas á cuerpo descubierto, y prefirió atacar las Legaciones oculto en los edificios cercanos, con la esperanza de rendir á sus enemigos por el hambre y la sed.
Después de esta cruel experiencia, las naciones poderosas que desean influir sobre los destinos de la China mantienen en el barrio de las Legaciones unos contingentes militares dignos de respeto. Se ven en las calles de esta pequeña ciudad, edificada á estilo europeo, soldados ingleses, franceses, italianos, y especialmente norteamericanos.
La Embajada de los Estados Unidos es enorme. Sus varios edificios están situados junto á una sección interior de la muralla que defiende á la ciudad tártara. Algunos de ellos son pabellones militares, idénticos á los de los cuarteles. Desde lo alto de la muralla se ven sus patios y en ellos grupos de soldados con chambergos puntiagudos que hacen el ejercicio de fusil y practican el manejo de las ametralladoras. Además, dentro de la Embajada están las dos enormes antenas de telegrafía inalámbrica que mantienen en comunicación segura á las Legaciones con el resto de la tierra.
Hoy no es probable un ataque de los patriotas exaltados contra este barrio. Las fuerzas militares de que disponen los embajadores en Pekín y en las concesiones diplomáticas del puerto de Tient-Sin ascienden, según parece, á unos ocho mil hombres, lo que representa, por la calidad de los soldados y por su material de combate, un ejército importantísimo, teniendo en cuenta la desorganización ruidosa y la propensión á huir, después de un ataque rechazado, que muestran las muchedumbres chinas.
No hacen los embajadores ostentación de dichas tropas. Únicamente se ven en las calles, con alguna frecuencia, soldados norteamericanos; lo que no resulta extraordinario, por ser el gobierno de los Estados Unidos el que ejerce mayor influencia sobre la República china. Soldados nipones apenas se encuentran, aparte de los centinelas que guardan la entrada de su Legación; pero en Pekín ascienden á varios miles los tenderos japoneses, vigorosos, jóvenes, de sonrisa astuta. Según me dicen algunos diplomáticos, todo japonés tiene oculto en su tienda el uniforme y el fusil, y basta que su embajador lance una palabra, para que media hora después formen en sus patios dos regimientos tan bien organizados como los de la guarnición de Tokio, sin que nadie pueda adivinar de dónde surgieron.
Este barrio de las Legaciones es interesante y ameno á causa de las rivalidades ocultas, las ceremonias y las etiquetas exteriores, que forman el tejido de su vida diaria. Recuerda el mundo diplomático de Constantinopla antes de que fuese destronado el último sultán absoluto, cuando aún existían los privilegios internacionales de las Capitulaciones. Las esposas de los diplomáticos reproducen en Pekín las elegancias y placeres de la vida occidental. Son frecuentes las fiestas de sociedad, los banquetes conmemorativos, las recepciones oficiales.
El primer hotel europeo de Pekín lo estableció, en pleno barrio de las Legaciones, la Compañía europea de los Wagons-Lits y lleva este mismo título. Es un hotel de tipo francés, que algunos consideran algo anticuado. Recientemente, la influencia norteamericana creó el Gran Hotel de Pekín, edificio enorme, á semejanza de los de Nueva York, con vastas salas de baile y una feria de bulliciosas tiendas en su piso bajo. La tranquilidad actual de la China ha permitido la audacia de construir este albergue lujoso fuera del barrio de las Legaciones. En torno á él se están edificando casas á la europea para las familias occidentales, cada vez más numerosas. De ocurrir una revolución nacionalista, las fuerzas que guarnecen las Legaciones podrían defender con facilidad este nuevo barrio anexo.
Los que conocemos á Pekín desde hace muchísimos años por nuestras lecturas, preferimos el tranquilo y señorial Hotel de los Wagons-Lits. Lo vimos mencionado siempre en los relatos de la lejana ciudad como única residencia de los europeos de entonces, y nos parece que instalados en él estamos más de veras en China.
Tengo un amigo y compañero de letras que ha residido en esta capital dos largas temporadas, y me conduce á muchos lugares cuyo conocimiento requiere una larga observación. Es el marqués de Dosfuentes, ministro plenipotenciario de España; diplomático que vive como un prócer de otra época, escritor que en su libro El alma nacional supo condensar como nadie lo mejor y lo más sano de nuestra raza. La Legación de España, edificio gracioso, de elegante sencillez, ha aumentado sus atractivos para la sociedad internacional de Pekín con las fiestas que da frecuentemente nuestro ministro. Gracias á él pude conocer en poco tiempo todas las personalidades interesantes de este barrio célebre que asisten fielmente á sus comidas y recepciones.
En los primeros días causa extrañeza ver con qué naturalidad se desarrolla la vida europea dentro de esta urbe asiática tenida hasta hace poco por misteriosa. Parece imposible que á una distancia de dos docenas de años nada más, fuesen martirizados y hechos pedazos todos los blancos que pudo pillar la muchedumbre amarilla en sus calles. Las señoras van solas en plena noche á través del gentío chino, sin recibir el menor insulto; tal vez con más seguridad que en algunas ciudades europeas.
Al pasear por Pekín se nota inmediatamente la abundancia de policía y el método con que cumple ésta sus funciones. A cortas distancias hay agentes que con sus movimientos de brazos regulan la circulación. Sólo los pobres marchan á pie. Muchos chinos van en automóvil, y el resto de los transeúntes se vale del carruajito de ruedas ligeras, tirado por un solo hombre, que aquí se llama ricsha. En la gran avenida que parte longitudinalmente á Pekín, las ricshas forman filas de seis y de ocho, circulando por la derecha ó la izquierda, según su dirección. Ninguno de los caballos humanos deja de obedecer los manoteos ordenadores de la policía. Además, cada cien metros hay una pareja de gendarmes con el fusil al hombro, más correctamente uniformados y de mejor cara que nuestros guardianes del ferrocarril.
Se adivina en toda la ciudad un orden firme y severo, una vigilancia continua é inexorable. Robos y homicidios abundan menos que en la mayoría de las capitales de Europa. El chino del Norte, grande de estatura, sobrio en palabras, honesto en sus tratos, se parece muy poco al chino del Sur, pequeñito, bullanguero, astuto, propenso á la mentira, que es el más conocido en el mundo, porque junto con tan malas cualidades posee otras muy excelentes, que hacen de él un elemento valioso de emigración.
Después de comer en la Legación de España veo que una de las invitadas, señora joven y elegante, se vuelve sola á su casa á las once de la noche. Al extrañarme de ello, como de una audacia inconcebible, me dice con naturalidad que todas las noches hace lo mismo. Toma una ricsha, cuyo conductor no conoce las más de las veces, y se hace llevar por él á su domicilio, fuera del barrio de las Legaciones, á través de calles puramente chinas.
Nunca la ocurrió el menor percance. Jamás ha sentido la inquietud del miedo. En las vías solitarias encuentra siempre á un policía, con su gorra redonda galoneada de blanco y el revólver sobre una cadera. Otras veces es una pareja de gendarmes con fusiles al hombro y cargados.
No todos pueden decir lo mismo en la mayoría de las ciudades de Occidente, más peligrosas y desiertas después de media noche que los senderos de una selva.
La ciudad más grande del mundo.—Las antiguas calles y sus muchedumbres.—Casas, muebles y gorros.—Los casamientos.—Los pies de las chinas.—Vanidad con que las mujeres á estilo antiguo aprecian su deformación.—Las damas manchures.—La cocina china y sus horripilantes picadillos.—Vinos de animales.—Los cocineros chinos esparcidos por el mundo.—Sus caprichos de artista.—Lo que vió una dama al bajar á su cocina, y la respuesta del cocinero para que todos quedasen contentos.
A mediados del siglo XIX era Pekín la ciudad más grande del mundo. Londres encerraba escasamente millón y medio de habitantes; Nueva York y París, muchos menos. Pekín tenía el mismo vecindario que ahora: dos millones y medio de seres.
Su área era también superior á la de todas las grandes urbes de Occidente, por apreciarse las categorías de los personajes chinos con arreglo á la extensión de terreno que ocupan sus viviendas. Por eso en todas las construcciones de algún valor procuran los arquitectos engañar al visitante con perspectivas hábilmente dispuestas, que agrandan las proporciones de los edificios y especialmente la amplitud de los jardines.
La población de Pekín ha parecido siempre dos ó tres veces más numerosa que lo es en realidad, por las ceremonias de la etiqueta china y las costumbres especiales del país. En tiempo del Imperio ningún personaje salía á la calle sin ir en un palanquín llevado á hombros y con largo séquito de domésticos. Los mandarines allegados al emperador debían ir seguidos cuando menos de cien acompañantes. Los jueces, al dirigirse á los sitios donde administraban justicia, llevaban detrás de ellos todo su tribunal formado en procesión: secretarios, procuradores, alguaciles y litigantes. Los mandarines militares, á partir de un grado equivalente al nuestro de capitán, iban con una escolta de jinetes. Esta escolta, según la importancia del jefe, llegaba á convertirse en nutrido escuadrón. Todos galopaban sin orden determinado, pero procurando mantener al personaje en el centro del grupo.
Además llenaban las calles, de sol á sol, los pequeños cortejos de los particulares. Éstos se consideraban desprestigiados si no hacían sus visitas en un palanquín con numerosos servidores. Unos se relevaban para el sostenimiento de la pequeña casa portátil, otros llevaban los objetos usuales de su dueño: el quitasol, el abanico, la pipa, etc.
Otro motivo de gran afluencia en las calles del Pekín imperial era la costumbre de trabajar á domicilio, observada por los menestrales desde tiempos remotos. El carpintero, el herrero, el sastre, circulaban por la ciudad con sus oficiales y aprendices, llevando las materias y herramientas para su trabajo. Hasta los impresores iban á las casas de los letrados con su prensa, sus resmas de papel y sus tarros de tinta para imprimir libros. Los autores guardaban en su domicilio las planchas de madera grabadas, cada una de las cuales era una página, y no tenían más que sacarlas á la puerta para que el impresor fabricase en unas cuantas horas centenares de volúmenes, tirados en un papel sutil, de dobles planas, plegadas y sin cortar, forma que todavía subsiste.
El tercer motivo de aglomeración en las vías públicas era que en Pekín todo se hacía á brazo, y el transporte de maderos y ladrillos para las obras del gobierno y los edificios particulares exigía largos rosarios de atletas doblados bajo pesos abrumadores.
Hoy la vida antigua de la ciudad está modificada. Han desaparecido casi por completo los palanquines, como ocurrió en las ciudades japonesas. La ricsha, más ligera y que sólo exige un hombre para su manejo, ha democratizado la circulación.
Son los blancos quienes implantaron este nuevo medio de transporte en el Extremo Oriente. Algunos misioneros norteamericanos, viejos y achacosos, al establecerse en el Japón en 1860, se hicieron llevar por naturales del país en carruajitos de tal especie. Los japoneses se apropiaron la innovación, creando la koruma, y del Imperio del Sol Naciente han copiado el uso de su ricsha los chinos y otros pueblos asiáticos. Antes sólo podían ir en palanquín los mandarines y los comerciantes ricos; ahora todos los chinos que gozan de un pequeño bienestar usan la ricsha. Esto ha aumentado la afluencia en las calles, pero con un tono uniforme y obscuro, sin la brillantez colorinesca de los antiguos cortejos.
Algunos próceres chinos apegados á la tradición se niegan á aceptar el automóvil, como muchos de sus compatriotas que viajaron por los países occidentales. Tampoco se atreven á resucitar el antiguo palanquín, y dan sus paseos en unas berlinas azules, de ruedas doradas, con el interior forrado de seda gris perla. En estos carruajes vistosos, tapizados como un tocador de dama, no hacen mala figura los personajes de la antigua corte, chinos de aventajada estatura, algo gruesos, con ricas vestimentas de seda azul. Dos caballitos mogoles, de exigua talla con relación al vehículo, tiran de éste, y á veces se muerden entre ellos, obligando á echar pie á tierra á uno de los lacayos, para ponerlos en paz.
Al ser de un solo piso, las casas están compuestas de numerosos pabellones separados por patios y jardines. Los chinos son los únicos en el Extremo Oriente semejantes á nosotros por su mueblaje. Se sientan en sillas y no en el suelo, comen sobre una mesa, duermen en camas. En sus salones, el gran lujo son los biombos. Sus diversas hojas contienen paisajes y escenas de la vida ordinaria, pintados con minuciosa observación. En todas las viviendas de alguna comodidad, los pisos tienen debajo de ellos tubos de piedra que transmiten el calor de una hoguera encendida en el subterráneo.
Una contradicción artística de este pueblo. Ama las líneas simples en su arquitectura; algunos de sus edificios célebres parecen diseños geométricos, y en cambio muestra horror por la línea recta cuando fabrica muebles y objetos de lujo. Talla la madera y los metales con ondulaciones reptilescas. Los contornos de sillas y mesas parecen estar formados con una interminable curva vermicular. El eterno modelo es un dragón, con sus enroscamientos escamosos.
Este pueblo que durante siglos vistió de un modo uniforme, obedeciendo las leyes suntuarias decretadas por el Hijo del Cielo, conserva por tradición el mismo corte de traje en los diversos grados sociales. La importancia de las personas se aprecia únicamente por la riqueza de las telas que usan.
La elegancia y el rango de cada uno se concentra en el gorro ó solideo que cubre su cabeza. En él se exhiben los signos honoríficos, iguales á las condecoraciones que los mandarines civiles de Europa se colocan sobre el pecho en forma de cruces y los mandarines militares sobre los hombros en forma de charreteras. Cada tocado indica la categoría de su portador por medio del botón que lo termina. Unas veces el botón es de seda, otras de oro ó de piedras preciosas, abarcando su simbolismo todas las dignidades, hasta las puramente literarias. Además, los mandarines letrados, para demostrar su alejamiento de los trabajos materiales, se dejaron crecer hasta hace poco las uñas de sus manos. Sólo las exhibían en días de ceremonia, guardándolas el tiempo restante metidas en fundas de bambú.
Bien sabida es la enorme influencia del llamado Código de los Ritos en este país ceremonioso. La gran sabiduría para la China imperial consistió en conocer la mayor cantidad de palabras y todas las reglas de una complicadísima etiqueta. La escritura china, que es ideológica, no tiene letras sueltas. Cada signo es una palabra, y la gran ciencia consiste en poder guardar en la memoria veinte mil, treinta mil y hasta cuarenta mil de ellos, y tenerlos igualmente prontos al extremo del pincel que sirve de pluma. El que además llegaba á dominar todos los enrevesamientos interminables de la etiqueta, se consideraba apto para los más altos cargos del gobierno, pues éstos se obtenían siempre por examen. Hoy todo ha cambiado, y los letrados que figuran en la República china saben algo más que palabras sin ideas ó cortesías interminables y falsas.
La autoridad despótica del padre mantuvo hasta hace poco un régimen absurdo dentro de las familias. Los hijos nunca eran consultados para su casamiento, lo mismo que en el antiguo Japón. Con frecuencia, dos amigos faltos aún de descendientes se prometían de un modo solemnísimo unir en matrimonio los hijos que pudieran tener más adelante, si eran de sexo distinto. La solemnidad de tal promesa consistía en desgarrarse la túnica en dos pedazos, dándose recíprocamente la mitad. El Código de los Ritos protestó en vano contra estas absurdas costumbres. Los padres celosos de su poder absoluto siguieron casando á los hijos según su capricho ó su interés, y vendiendo sus hijas al marido que ofrecía más.
En las provincias del interior todavía es el casamiento un juego de azar para el hombre. Como los chinos tradicionalistas mantienen á sus hijas reclusas, el que desea contraer matrimonio se vale de los oficios de viejas casamenteras, sometidas por las antiguas leyes, en caso de engaño, á severísimas penas, que algunas veces llegaban hasta la estrangulación.
A pesar de tales amenazas de la ley, las casamenteras, sobornadas por los padres, engañan casi siempre á los novios, exagerando descaradamente las gracias y los méritos de sus futuras. Como el marido ve por primera vez á su esposa al abrir la portezuela del palanquín que la trae á su casa, no le queda otro recurso, si le han engañado con falsos informes sobre su belleza, que devolverla inmediatamente á sus padres, dando por terminada la fiesta y despidiendo al ruidoso cortejo de músicos é invitados. Pero esto se ve con más frecuencia en las comedias chinas que en la realidad, ya que el marido, si adopta tal resolución, pierde el dinero que dió al suegro por obtener á su hija, así como los regalos que lleva hechos.
El juego es la gran pasión del populacho, desarrollándose este vicio especialmente en las provincias del Sur. La diversión que más le entusiasma, los fuegos artificiales. Los pirotécnicos de Europa copiaron mucho de los de aquí, pero en realidad nunca han llegado á dar á sus obras la duración y el brillo de los fuegos chinos.
Hoy se usa en Pekín la tarjeta de visita como en Europa. La única variante consiste en estar impresa por ambas caras: á un lado en caracteres chinos, al otro en letras occidentales. En tiempo del Imperio, la tarjeta, originaria de aquí, era de enormes dimensiones, y tenía tres emblemas representando las tres felicidades más grandes que puede obtener un chino: un heredero, un empleo público y una vida larguísima, simbolizados por las figuras de un niño, un mandarín y una cigüeña.
Al circular por las calles de Pekín sentí inmediatamente cierta curiosidad que hace mirar al suelo á todos los extranjeros. Deseaba ver los pies de las chinas.
Una de las primeras reformas de la República fué abolir la bárbara costumbre que estropea los pies de las mujeres para hacerlos extremadamente pequeños. Ahora existe ya toda una generación de adolescentes con los pies intactos, iguales á los de las otras mujeres; pero á los pocos días de circular por Pekín se van encontrando damas de la burguesía y de la aristocracia con las extremidades desfiguradas por tan absurda costumbre, muchas de ellas todavía jóvenes, de veintiocho ó treinta años de edad.
Esta deformación no es de origen antiquísimo, como se imaginan algunos. Data del siglo X y no se comprende cómo pudo generalizarse en tan vasto Imperio. Los invasores tártaros tuvieron el buen sentido de no imitar dicho uso de los vencidos, y sus mujeres, nueva aristocracia del país, dejaron crecer sus pies en libertad, sin considerarse por ello menos hermosas que las chinas tradicionales. Lo más censurable fué que las mujeres del pueblo, por imitar á las de arriba, comprimieron igualmente los pies de sus hijas, y millones de hembras han tenido que ganarse la subsistencia trabajando, á pesar de faltarles un sólido apoyo por culpa de sus extremidades deformadas.
Todos saben cómo se realiza esta tortura, obligando á las niñas á usar diminutos zapatos de metal, que sólo abandonan cuando son mujeres. Los dedos se doblan y se anquilosan, quedando adheridos á las plantas de los pies, y éstos no son al fin mas que dos muñones dentro de un calzado que por su forma redonda se asemeja á las pezuñas de ciertos animales.
Las mujeres que sufrieron tal mutilación marchan con una dificultad que causa cierta angustia al observador la primera vez que las ve. Avanzan con igual movimiento que una persona montada en zancos; parece que sus rodillas no pueden doblarse; se balancean con un contoneo grotesco, semejante al del pato. Y sin embargo, los poetas chinos han cantado en el curso de los siglos este andar torpe, comparándolo con los balanceos de la flor, con el sauce llorón, etc.
A pesar de la dificultad que sufren en sus movimientos, siempre están las chinas dispuestas á pasear, y lo que lamentan es que sus esposos y padres no las concedan mayor libertad. No es la deformación de sus pies lo que las hace sedentarias, sino la dureza del régimen familiar. Todas llevan pantalones de seda azul, muy anchos de boca, y resulta cómico y triste á un tiempo ver salir de dicha funda ondeante una pantorrilla enjuta, toda hueso, con media blanca, rematada por un muñón y una pezuñita de raso negro, sostenida por cintas, que hace oficio de zapato.
Según dicen algunos que por sus observaciones íntimas pueden estar bien enterados, esta estúpida amputación pedestre anquilosa la pantorrilla femenil, haciéndola de una delgadez esquelética, pero en cambio engruesa el muslo y sus vecindades superiores, particularidad plástica que parece muy de acuerdo con la estética china. He encontrado en los museos y jardines ex imperiales muchas de estas damas balanceantes y casi faltas de pies. Reían con cierta vanidad al notar nuestra sorpresa y la atención con que mirábamos sus extremidades. Exageraban sus movimientos para que no sintiésemos duda alguna sobre su agilidad. Hacían toda clase de remilgos y monadas, como niñas traviesas.
Las mujeres chinas son más grandes que las del Japón. Algunas de ellas, á no ser por sus ojitos oblicuos, pasarían por europeas, á causa de su tez blanca y sus formas redondeadas. Todas se pintan el rostro, jóvenes y maduras. Emplean el negro para dar á sus cejas la forma de un semicírculo y se colocan una mancha de bermellón en el labio inferior. Las damas de origen manchur usan como signo de nobleza el peinado de su raza, un lazo parecido al de las alsacianas hecho con sus cabellos. Las más de las chinas son de naricita corta; las manchures tienen un perfil aquilino y soberbio de raza de presa.
Otro signo de aristocracia histórica en estas últimas es el no usar ningún carruaje de origen europeo. Su vehículo nobiliario está representado por la vieja carreta manchur. Yo he visto en un camino, cerca del Palacio de Verano, á varias princesas de la antigua corte imperial, una de ellas tía del joven ex emperador. Todas iban pintadas y con su peinado en forma de lazo, ocupando una especie de carreta de labriego tirada por dos caballitos manchures. Sus asientos eran almohadas puestas sobre el fondo de tablas del vehículo, y como éste carecía de muelles, en cada bache de la ruta sus Altezas y Excelencias tenían que agarrarse á los varales para no rodar fuera de él. Una pintora norteamericana, antigua retratista de la emperatriz regente, que tuvo la bondad de mostrarme el Palacio de Verano, hizo detenerse la carreta para saludar á las amigas de su época gloriosa, y yo gocé el honor de cruzar varias sonrisas con estos fantasmas del pasado, sin entender ninguna de sus palabras.
Gracias á la cocina del país volvemos á encontrar la China de costumbres extrañas y originalidades desconcertantes que tanto nos asombró de niños en los libros. Los gastrónomos de esta tierra son los que han hecho retroceder hasta un límite más remoto el catálogo de las materias utilizadas por el estómago humano. En las carnicerías venden gatos y perros, que, según afirman los conocedores, fueron cebados con arroz, estando sujetos á una argolla día y noche para su engorde. Como este consumo podría ser causa de que las ratas, libres de enemigos, se multiplicasen de un modo peligroso, también las venden en los mismos establecimientos, desolladas y formando manojos de á docena, unidas por los rabos. El chino aburrido de comer arroz con cerdo emplea dichas carnes como variantes. ¡Y pensar que este país es el del faisán, abundando tanto como la gallina!...
La gran especialidad gastronómica nacional es la de los picadillos que se sirven al principio de todo banquete. Hay unas cuarenta clases de picadillos, entrando en tales platos los componentes más inverosímiles: gusanos de tierra, cucarachas enormes, de un negro brillantísimo, que he visto vender en las calles, huevos empollados con sus pequeños fetos, capullos de seda hervidos conservando sus larvas...
Salsas y trituraciones modifican el aspecto y el gusto de estos picadillos. En idéntica forma son presentados los famosos nidos de golondrinas, filamentos gelatinosos, iguales por su aspecto á los fideos, y la aleta dorsal del tiburón, de la que se utiliza solamente las fibras de su base.
Algunos de estos manjares, que repugnan á nuestros estómagos, resultan costosísimos. Para hacer un simple plato de picadillo hay que dar caza á un tiburón, empleándose únicamente de tan enorme organismo un pequeño manojo de filamentos pegado al lomo.
He procurado evitar el conocimiento directo de estas singularidades gastronómicas; pero no me espantan ni me escandalizan. Mi humilde estómago europeo data de unos cuantos siglos nada más y está próximo aún á la nutrición monótona de nuestros silvestres antepasados. El estómago chino cuenta con una historia de 5.000 años, tiempo suficiente para que cocineros y comilones refinados llegasen en fuerza de inventos y caprichos á las más remotas y disparatadas combinaciones.
Nosotros también saboreamos manjares y bebemos líquidos que hubiesen dado náuseas á nuestros bisabuelos y tal vez á nuestros abuelos. Hoy mismo, la mayoría de las gentes que viven en los campos y en los barrios pobres no llegan á comprender cómo las personas de educación superior comen ostras y otros mariscos crudos, quesos fermentados abundantes en gusanos, ó beben cerveza y ciertos aperitivos hediondos.
Muchos chinos opulentos se han arruinado dando banquetes á sus amigos. Estas comilongas, inverosímiles para los blancos, duran á veces una noche entera, desfilando sobre la mesa los platos más inauditos. Los patricios de Roma, con sus lampreas devoradoras de esclavos, no llegaron á la costosa extravagancia de los próceres chinescos.
Las supersticiones de la farmacopea nacional influyen en la confección de las bebidas. En algunas ciudades del Sur hay restoranes famosos por sus bodegas, repletas de venerables tinajas que únicamente son abiertas para los conocedores ricos, capaces de pagar dignamente su contenido. Estas vasijas preciosas guardan «vino de mono», «vino de culebra», «vino de pollo», llamados así porque hace años se hallan dichos animales en maceración dentro de la tinaja, comunicando al líquido sus cualidades especiales. Según parece, el vino de mono es un excelente afrodisíaco; el de pollo evita las enfermedades del pecho y el de reptiles da valor y ligereza. Algunos europeos que por engaño probaron el picadillo de gusanos de seda me afirman que tiene un sabor parecido al de las castañas hervidas.
Sin embargo, el chino es un excelente guisandero, y se le encuentra ahora en las cocinas de muchos hoteles, de muchos trasatlánticos y de importantes casas de América, lo mismo del Norte que del Sur. Siente una verdadera vocación por la química nutritiva, asimilándose fácilmente las combinaciones gastronómicas de los blancos. Luego las perfecciona con su paciencia sonriente y su despierto ingenio. Muchos arroces inventados por ellos figuran entre los mejores platos de la cocina moderna. En las ciudades de los Estados Unidos, los restoranes chinescos atraen siempre numerosa clientela. Las familias más acomodadas de algunas capitales de la América del Sur aprecian mucho á los cocineros chinos, por su laboriosidad y por las novedades que añaden á los guisos del país.
De vez en cuando estos amarillos, con su nerviosidad de artistas mimados, se permiten caprichos semejantes á los de un tenor célebre. Todos son jugadores, y al ir por la mañana al mercado, antes de hacer sus compras entran en el café de algún compatriota, para dedicarse con otros chinos á juegos de azar, de nombres poéticos y resultados terribles. Si pierden, dan á comer á sus amos con una parquedad inexplicable, cual si la población hubiese quedado sitiada de pronto. Cuando ganan, los sorprenden con un banquete inaudito, cual si se hubiesen trastornado las leyes económicas y todo lo diesen gratis en el mercado.
Lo peligroso en estos artistas admirables es que sienten con frecuencia la nostalgia del remoto país al que serán llevados cuando mueran, ya que para eso pagan todos los meses su cotización á una empresa encargada de repatriar cadáveres amarillos. Recuerdan los platos que comieron en su niñez guisados por su madre, y procuran resucitar en el fogón esta época de la vida, que es siempre para todos la más conmovedora...
En una ciudad histórica de la América del Sur, los convidados de una familia aristocrática se hacían lenguas de cierto caldo preparado por el cocinero chino de la casa. Era un secreto profesional que el «maestro» se negaba á revelar.
La señora, excitada su curiosidad por el mutismo sonriente del chino, bajó un día á la cocina para sorprender el misterio de la marmita burbujeante. Al levantar la tapa y ver su interior, dió un grito de espanto. Una rata enorme subía y bajaba á impulsos del hervor, derramando sus jugos en el líquido.
Como la dama insistiese en sus exclamaciones de asco, el artista amarillo creyó llegado á su vez el momento de enfadarse. ¿A qué tantos extremos de asombro, como si presenciase algo inaudito?... Que cada cual siga sus gustos; lo importante es vivir todos en paz, tolerándose. Y en su español balbuciente y propenso al tuteo, dijo á la señora:
—No grites; todo arreglado... Caldo para ti, rata para mí.
El templo del Gran Lama.—La capilla secreta.—Un milagro.—Doctores y bachilleres en armas.—Laotsé y Confucio.—El templo de Confucio y el Salón de los Clásicos.—Culto de la República china á Confucio.—El templo del Cielo.—El simbolismo del número 9.—La ceremonia imperial en el solsticio de invierno.—El templo de la Agricultura.—Cómo araba todos los años el Hijo del Cielo.—Progreso de la agricultura china hace miles de años.—Su abono predilecto y más precioso.—Cómo se produce públicamente en calles y caminos.
En el extremo Norte de Pekín, cerca de la muralla de la Ciudad Tártara, esparce sus diversos edificios el templo del Gran Lama, famoso en otros siglos. Más que templo es un vastísimo monasterio, habitado por bonzos venidos del Tibet, á los que se unieron chinos budistas deseosos de recibir las doctrinas guardadas durante largos siglos por el Gran Lama en su misteriosa ciudad de Lassa. Este templo de Pekín llegó á albergar 1.500 bonzos, proveyendo los emperadores á la manutención de todos ellos y haciendo además cuantiosos donativos para embellecer y agrandar sus construcciones.
Mientras duró el Imperio, el templo del Gran Lama y su seminario de bonzos fueron tan cerrados y hostiles al extranjero como la Ciudad Prohibida. Con el triunfo de la República, llegaron para este monasterio la pobreza y el olvido. Los republicanos chinos son indiferentes en materias religiosas ó profesan la filosofía de Confucio, el más alto personaje nacional.
Para poder vivir han abierto los bonzos el templo del Gran Lama y lo muestran lo mismo que un museo. Algunos de ellos hasta aprendieron unas pocas palabras de inglés para pedir propina á los visitantes.
Como todos los monumentos chinos, es una agrupación de edificios sueltos, con patios enlosados de granito y un jardín de cedros seculares. En todo el Extremo Oriente no he visto nada que dé una impresión tan absoluta de vejez como este templo caído en la pobreza. Los edificios de Occidente, hechos de piedra, adquieren con el abandono y la ruina un aspecto sombrío y majestuoso. Las construcciones asiáticas, compuestas de mármol cincelado que toma á través de los siglos un tono de marfil con caries, de ladrillos vidriados, de tejas coloreadas y barnizadas, de maderas que se desconchan dejando caer escamas de laca y de oro, hacen pensar en una momia de las que mantienen sobre su costillaje, al quedar expuestas á la luz, harapos bordados, restos de afeites, perfumes corrompidos, joyas empañadas por la tierra y los zumos cadavéricos.
Esta pagoda, majestuosa en otro tiempo, tiene ahora sus techumbres cubiertas de matorrales. Una variedad innúmera de plantas parásitas silvestremente floridas ha surgido entre las tejas, separándolas con el empuje de sus raíces. Los cuervos, eternos figurantes de todo cielo de Asia, revolotean sobre los patios ó se alinean en los aleros, lanzando graznidos. Las maderas enormes de los techos están acribilladas por la carcoma y dejan caer poco á poco su corazón hecho polvo. Las columnas pierden sus estucos rojos y se motean de blanco con la viruela de la vejez.
Los habitantes de este monasterio parecen igualmente decrépitos y sonríen con una melancolía fatalista. Son bonzos sin edad, seres inclasificables, que tienen en el rostro una expresión de fanatismo y de rutina. Las ideas generosas del dulce Gautama se modificaron al ser interpretadas por numerosas generaciones de sacerdotes profesionales, y hoy no son más que un pretexto para ceremonias. Estos monjes del budismo han perdido de vista á Buda. Sólo conocen los actos del rito y los repiten automáticamente, sin sospechar su significado.
Vemos en uno de los santuarios la estatua gigantesca de Maitreya, ó sea el Buda chino; imagen jovial, carillena, extremadamente panzuda, que hace reir á los mismos sacerdotes que le rinden culto. ¡Cuán lejos este coloso grotesco del sereno y noble solitario de Kamakura, esculpido igualmente por chinos!...
El interior de los santuarios es tan vetusto como las fachadas. Brilla el oro por todas partes, pero un oro agrietado, de resplandor agonizante, con grandes manchas negras. Algunos bonzos, para atraerse la generosidad de los curiosos, hacen sonar los dos instrumentos litúrgicos de todo templo budista: la campana y el timbal. Otros más inferiores, que son á modo de sacristanes, se han puesto su traje de ceremonia para guardar las puertas, manto rojo y anaranjado, con un gorro puntiagudo de idénticos colores, que recuerda la montera con que los artistas simbolizan á la Locura.
En las primeras horas de la mañana, cuando los bonzos celebran sus oficios, el aspecto general del templo ofrece todavía cierta magnificencia. Los oficiantes llevan sus capas pluviales rojas, de color de limón ó de azafrán, parecidas á las del culto católico. Las únicas riquezas que conserva la pagoda de su esplendoroso pasado son las vestiduras rituales, regaladas muchas de ellas por remotas emperatrices.
Uno de los servidores del templo, mediante una propina extraordinaria, nos abre cierto santuario que puede llamarse secreto. En otros tiempos sólo lo veían los emperadores, y ahora, para entrar en él, hay que aprovechar la ausencia de los bonzos más importantes. Este pequeño y misterioso escondrijo contiene varias imágenes fálicas, traídas del Tibet hace siglos, que representan el acto de la procreación con un naturalismo sin tapujos. Además, el sacristán budista nos proporciona las señas de ciertos artífices chinos que venden reproducciones en bronce de estas esculturas divinas, tan solemnemente ingenuas, que á pesar de sus gestos no resultan pornográficas.
Otro de los servidores, decrépito y vacilante, como todo lo que nos rodea, cuenta con balbuceos, traducidos por nuestro intérprete, la historia milagrosa de un Buda de cara feroz que toca el techo con su cabeza. Todo él está tallado en un árbol del Tibet. Un emperador de Pekín vió en sueños la imagen, y envió á un santo bonzo á la remota ciudad tibetana para saber si realmente existía. El hombre de Dios encontró la imagen en Lassa, y sin vacilar se la echó á cuestas, emprendiendo el regreso á la China. (Necesito advertir que la imagen es un coloso de varios metros de altura y pesa indudablemente una cantidad respetable de toneladas. Pero en materia de milagros deben pasarse por alto estos pequeños detalles.) En su viaje de vuelta tuvo que atravesar el bonzo la Siberia rusa, y como no conocía el idioma del país se vió en grandes peligros. Pero el Buda que llevaba á sus espaldas era poseedor de todos los idiomas de los hombres y se encargó de hablar en ruso por él, sacándolo de apuros.
A pesar de la pobreza mental de sus actuales habitantes, este monasterio despierta gran interés cuando se recuerda lo que representó para China, hace muchos siglos, la introducción del budismo. La nueva religión despertó la vida espiritual del país. Numerosos chinos, ansiosos de saber, emprendieron largas y penosas peregrinaciones hacia el remoto Tibet, donde eran guardados en toda su pureza los recuerdos y las doctrinas de Buda. Tuvieron que atravesar países bárbaros, siempre en guerra; arrostraron la esclavitud y la muerte, y tales viajes emprendidos con un fin puramente teológico sirvieron para aportar á la cerrada China nociones geográficas y relatos de costumbres de otros pueblos, hasta entonces desconocidos.
En las inmediaciones del templo del Gran Lama existe el de Confucio y su anexo llamado el Salón de los Clásicos.
Confucio es el primero de los chinos. De los quinientos millones de seres que pueblan este país, muy pocos recuerdan los nombres de sus emperadores, ni aun los de aquéllos que figuran gloriosamente en su historia. Pero ninguno ignora quién fué Kung-Tsé, nombre chino de Confucio. No hay ejemplo de que un varón ilustre de Occidente haya llegado á una celebridad tan absoluta. En este país, donde cargos y honores no son transferibles, y los herederos de los mandarines más poderosos vuelven á sumirse en las últimas capas sociales si no logran á su vez conquistar por el estudio y el examen la posición de sus padres, la única nobleza reconocida es la de los descendientes de dicho filósofo. La República, que se muestra ajena á todas las religiones del país, ha acrecentado aún más la fama de Confucio, tributándole un culto nacional. En ningún pueblo se vió jamás rendir tales honores á un moralista, conservandole su condición simple de hombre, sin pretender convertirlo en hijo de Dios.
En realidad, el pueblo chino, á pesar de su rutinarismo, fué siempre el más respetuoso para la inteligencia, y este respeto viene durando miles de años, sin ningún eclipse. Los invasores mogoles y manchures eran bárbaros de á caballo, que sólo creían en la fuerza y encontraban insípida la existencia sin las aventuras y peligros de la guerra. Y sin embargo, para poder reinar sobre tan vasto Imperio, tuvieron que amoldarse á las costumbres tradicionales, dejando que marchasen en su cortejo los mandarines letrados á la derecha y los mandarines militares á la izquierda.
Los antiguos ejércitos chinos hasta tenían una organización literaria. Los jefes y oficiales se titulaban, según sus grados, «doctores en armas» y «bachilleres». Para ser bachiller bastaba manejar hábilmente el sable, la espada y la ballesta, dando pruebas, en un riguroso examen, de estar ejercitados igualmente en la equitación y la gimnasia. El grado de doctor sólo se otorgaba á los que poseían conocimientos profundos de estrategia y eran capaces de dirigir un ejército y atacar ó defender una plaza.
Mostraron los emperadores tártaros gran empeño en dar el primero de los lugares á los «graduados en armas», pero no pudieron conseguirlo. La opinión pública estableció siempre una diferencia entre los doctores civiles y los doctores militares, respetando más á los primeros. Muchos siglos antes de Cicerón, este pueblo había puesto en práctica su Cedant arma togoe.
Confucio tiene un predecesor, el moralista Lao-Tseu ó Laotsé. Este espíritu puro y superior vivió seiscientos años antes de nuestra era y un siglo antes que Confucio. Pero Laotsé tuvo la desgracia de dar motivo después de muerto á una religión de supersticiones y magias que es la seguida por el populacho chino, y esto ha rodeado su memoria de un sinnúmero de leyendas que la desfiguran de un modo lamentable. El fondo del llamado taoísmo es una filosofía que recomienda el anonadamiento de las pasiones materiales, el alejamiento de los placeres del mundo, la contemplación de la naturaleza divina para confundirse con ella, como las aguas de una fuente vuelven al mar del que proceden.
No creó Confucio una religión, pero su vida pura sirve de ejemplo á todos los chinos. En las escuelas se repiten sus aforismos morales y sus cantos elegíacos, pues este filósofo fué al mismo tiempo un poeta y un amante apasionado de la música.
Haciendo un breve parangón entre los dos grandes conductores del pueblo chino, puede decirse que Laotsé se preocupó más del hombre que de la humanidad. Según él, la vida es un período transitorio y su objeto principal debe ser puramente contemplativo. La filosofía moralista de Laotsé resulta estéril para la felicidad común. Confucio, por el contrario, pensó en la sociedad más que en el hombre, fundando aquélla sobre las leyes de la más generosa moral. Para él, la virtud no consiste únicamente en abstenerse de acciones condenables. Hay que ser útil además á los otros seres, contribuyendo activamente á la felicidad de todos.
El uno considera la civilización como causa de la decadencia del género humano; el otro la acepta como el mayor destino del hombre sobre la tierra. El primero se pierde en las profundidades de la metafísica, el segundo propuso leyes y costumbres, muchas de las cuales rigen hoy la vida superior del pueblo chino. Laotsé fué un gran filósofo, Confucio un gran legislador.
«Responde al mal con la justicia y á la bondad con la bondad.» Así habló Laotsé cuando aún faltaban seis siglos para el nacimiento de Jesús. «Trata á los demás hombres como tú deseas que te traten á ti.» Esto lo dijo Confucio quinientos años antes de la era cristiana.
Mientras en los otros países se dedicaban templos á dioses imaginarios y muchas veces crueles, la nación china los elevó á un simple hombre, porque fué apóstol de la dulzura humana, de la moral y la virtud. El templo de Confucio en Pekín es de majestuosa simplicidad, muy grande, pero solemnemente vacío. Sus paredes no contienen imágenes; su principal adorno es una calma absoluta. Las columnas y las murallas, de un rojo uniforme, sólo tienen ligeros toques de oro. Después de haber visto la exorbitante profusión de dioses y monstruos en las pagodas, los ojos parecen descansar placenteramente en este vasto local sin ídolos y sin tallados. En el centro, como único adorno, hay un ramo gigantesco de lotos surgiendo de un vaso de bronce de iguales dimensiones.
Nichos abiertos en los muros de color sanguíneo contienen pequeños obeliscos de piedra. En sus lados están grabadas sentencias morales de los filósofos á cuya gloria fueron erigidos estos monumentos simples. La piedra de Confucio es más grande y parece presidir á las otras, ocupando un sitio preferente, el mismo del altar mayor en los templos. A ambos lados de ella están las piedras representativas de sus cuatro asociados (uno de los cuales fué su célebre continuador Mencio), de sus doce discípulos más ilustres, y de setenta y dos discípulos menores, alineados con arreglo á fechas y méritos.
En este panteón severo, que nunca guardó cadáveres, y en la próxima sala, llamada de los Clásicos, donde se reúne algunas veces la Academia de Pekín, no se desarrolla ningún acto con carácter religioso. En realidad, Confucio fué un moralista que se mantuvo al margen de las religiones positivas. Todas, incluso el catolicismo, pueden admitir su moral y amoldar á sus doctrinas la personalidad del filósofo. Sólo una vez por año el presidente de la República viene al templo con su cortejo de grandes funcionarios—como venía antes el emperador—para tributar un homenaje al más grande de los chinos en presencia de los alumnos de las escuelas, y una música acompaña los coros de voces infantiles cuando éstas entonan los viejos himnos del poeta de la moral.
Los dos templos indiscutiblemente más antiguos de Pekín se hallan en el extremo opuesto, al principio de la Ciudad China, según se llega por el camino del Sur, y en ellos se ha rendido culto hasta hace poco á las nociones religiosas de las primeras dinastías, con ceremonias que datan de más de tres mil años. Son el templo del Cielo y el templo de la Agricultura.
Cada uno de ellos está formado por una aglomeración de capillas y los dos tienen en torno un parque de árboles centenarios, que adquirieron enormes proporciones. Únicamente separa á ambos parques sagrados la famosa calle de Enfrente, al avanzar recta por el centro de Pekín desde la puerta de igual nombre en la muralla de la ciudad tártara, á la puerta del Sur que da entrada á la Ciudad China.
La puerta y la calle se llaman de Enfrente (Chien-Men) porque están en el mismo eje que pasa por el centro del palacio imperial y por mitad también del Salón del Trono, donde daba audiencia el Hijo del Cielo. Éste, sin moverse de su asiento, si hacía abrir las puertas de los tres recintos fortificados de la Ciudad Imperial y la puerta del muro de la Ciudad Tártara, podía ver toda la longitud de la calle de Enfrente, bordeada de edificios y hormigueante de muchedumbre, en una extensión de diez kilómetros.
Una vez al año seguía el emperador este camino para ir al templo del Cielo. Esta solemnidad era el día del solsticio de invierno. Jamás en el resto del año atravesaba el divino monarca las calles de su capital. No por ello lograban los súbditos ver su rostro el día de la citada fiesta. Los habitantes de la calle de Enmedio debían permanecer recluidos en sus casas, con pena de muerte si osaban mirar por una rendija. Las calles adyacentes quedaban cerradas con altas vallas. Debía ser un espectáculo interesante la marcha lenta y aparatosa del cortejo imperial por esta amplia avenida, completamente desierta.
Hace ocho años todavía era el Chien-Men la calle más «pintoresca» de la China. Hoy sus edificios siguen ocupados por los primeros comercios de Pekín; pero un incendio destruyó las antiguas fachadas de sus tiendas, todas ellas con celosías cubiertas de oro viejo y la madera tallada en forma de flores, ramajes y dragones.
El comerciante chino, inventor del anuncio, sigue poniendo en sus puertas grandes tableros avanzados sobre la calle, con inscripciones doradas y dibujos quiméricos en sus dos superficies. Dicho ornato industrial da una originalidad animada y colorinesca al Chien-Men, de perspectiva interminable. Pero los que pudieron ver esta calle antes del incendio se hacen lenguas de la suntuosidad artística que ofrecían las fachadas de sus tiendas, cubiertas de sólidos encajes dorados.
Atravesamos las avenidas del parque que rodea el templo del Cielo. Es tan extenso este bosque situado en el interior de una ciudad amurallada, que hay que usar la ricsha para visitar todos los edificios esparcidos en sus arboledas. Se comprende la admiración de los primeros blancos que visitaron Pekín cuando las grandes urbes de Europa aún no habían trazado sus parques actuales. Resultaba inaudito encontrar dentro de una ciudad fortificada estas arboledas de límite invisible, que parecen crecer en pleno campo. Además, el Chien-Men era entonces la única calle del mundo con cincuenta metros de anchura.
Vamos visitando los edificios sagrados anexos al verdadero templo. Estas construcciones, no muy altas, tienen sus gruesos muros pintados con un rojo obscuro de sangre, que es aquí el color de las construcciones majestuosas y cubre uniformemente palacios y templos. Las tejas son de un azul cerúleo, en armonía con el culto celeste. Puentes de mármol se encorvan sin objeto sobre anchos fosos invadidos por la hierba. Antes corría por estos canales un agua verdosa y clarísima, en la que nadaban todas las especies fantásticas é inverosímiles de la fauna fluvial del país: peces rojos, dorados, violeta, de ojos telescópicos y monstruosos, arrastrando una larguísima falda transparente de bailarina, moviendo sus nadaderas sutiles y amplias como manteletas de encaje.
Subiendo escalinatas de mármol partidas por el «sendero imperial», llegamos al altar del sacrificio. A primera vista parece demasiado bajo, en relación con la arboleda y los otros edificios del parque. Pero los chinos no aman la enormidad en sus monumentos; buscan su belleza en la armonía de las proporciones, con arreglo á la educación de sus ojos. Este altar se compone de tres torres bajas y anchas, superpuestas en ángulos entrantes. Los tres rellanos son de mármol blanquísimo y uniforme, habiendo concentrado los escultores toda su labor en las barandas.
Cada una de dichas mesetas está separada de las otras por escalinatas de nueve peldaños. El 9 es el número sagrado de los chinos, como el 7 lo fué de los pueblos cristianos. La primitiva religión del país tiene nueve cielos; su antigua ciencia da á la tierra nueve grados; las divisiones del tiempo y del espacio se basan siempre sobre el citado número.
Subía el emperador, en una mañana brumosa y frígida de nuestro mes de Diciembre, á la plataforma más alta de dicho altar, para rendir sacrificio á sus padres, los señores del cielo. En esta ceremonia vestía una túnica de piel de cordero negro, forrada interiormente de zorro blanco, y encima un gabán de seda, en el que estaban bordados los dos dragones celestiales, el sol, la luna y las estrellas.
Él era el único que se erguía en la última meseta del cono truncado. Los personajes de su séquito quedaban inmóviles en los peldaños de las tres series de escalinatas: los letrados á la derecha, los guerreros á la izquierda. Y el soberano iba ofreciendo á los espíritus celestes las viandas preparadas para esta ceremonia, los rollos escritos en pergamino y en seda, un novillo sin ningún defecto, un disco de lapislázuli. El público silencioso de altos dignatarios no ignoraba que el Hijo del Cielo se había preparado para esta ceremonia con ayunos y largos exámenes de conciencia, siendo la pureza de su alma y los virtuosos deseos de hacer á su pueblo feliz la principal ofrenda dedicada á sus mayores, que le estaban mirando desde lo alto del cielo.
Iba acompañada la ceremonia por músicas litúrgicas. En un pabellón de este mismo parque se guardan muchos instrumentos empleados en dicha fiesta. Son grandes tambores, címbalos y gongs. También hay arpas enormes que tienen por base cisnes y perros azules con melena de león.
Después del triple altar se llega por una avenida al verdadero templo del Cielo, especie de rotonda cuya cúpula se halla sostenida por columnas de laca roja. En sus muros circulares brilla una falsa primavera de flores de oro.
Seis religiones vienen existiendo en la China hace muchos siglos. Tres de ellas poseen á la mayoría de la nación: el taoísmo, el confucismo y el budismo. (El taoísmo es la religión basada en las doctrinas de Laotsé. Éste llamó Tao á la razón que gobierna el mundo, ó sea la suprema virtud.) Además, el islamismo, el cristianismo y el judaísmo tienen numerosos adeptos. Sus comunidades resultan sin embargo de poca importancia comparadas con la enorme cifra de la población china; los cristianos no pasan de dos millones; los judíos son menos, y los mahometanos, más numerosos, sólo llegan á veinte millones.
El confucismo es la religión de los letrados; el taoísmo y el budismo, religiones del pueblo, cuentan sus fieles por centenares de millones. Las tres se asocian fraternalmente, tomándose unas á otras doctrinas y ritos y absteniéndose de todo proselitismo. A pesar de su tolerancia miran con recelo á los misioneros cristianos, porque se han inmiscuído muchas veces en los asuntos políticos del país, protegiendo á terribles malhechores convertidos á sus creencias para escapar á la justicia. Tampoco aman á los chinos musulmanes, á causa de su insurrección en 1856, que duró nueve años.
Los emperadores, respetuosos siempre para las varias religiones de sus súbditos, sólo rendían culto al cielo y manifestaban además un agradecimiento místico á la tierra arada, sustentadora de la nación.
El templo de la Agricultura, vecino al del Cielo, tiene un parque menos extenso que el de éste, pero sus proporciones resultarían extraordinarias en muchas capitales de Europa. El mismo emperador, que ofrecía con sus manos un tributo á los dioses celestes en el solsticio de invierno, celebraba otra ceremonia religiosa al llegar la época en que son aradas las tierras. En presencia de sus cortesanos y con todo el aparato de un acto de gobierno, el Hijo del Cielo empuñaba la esteva de un arado amarillo al que iban uncidos dos bueyes con cuernos dorados y labraba un trozo de campo sin ayuda de nadie, sembrándolo después.
Este es el pueblo que dió á la humanidad la seda, el arroz, el naranjo y otros frutos preciosos. La corte imperial, al venerar religiosamente el cultivo de la tierra, adoraba la gloria de su propia nación.
La maestría y el entusiasmo aportados por los chinos á las labores agrícolas han acabado por hacer sufrir una molestia obsesionante á los extranjeros, dificultando su vida mientras permanecen en el país. Estos agricultores intensivos se preocuparon de los abonos hace miles de años, cuando nadie en nuestro mundo tenía la menor idea de lo que pudiera ser un fertilizante. Y de todas las materias que reconstituyen y tonifican las fuerzas germinativas del suelo, la más preferida por ellos es la de procedencia humana.
Ya dije algo de esta predilección con motivo de cierto encuentro en una calle de Kioto. Es verdad que el chino mezcla la citada materia con otras para dosificar sus energías fecundantes, pero no resulta menos cierto que todas las plantas de sus admirables huertas tienen al pie invariablemente algo que pasó por una letrina.
En los hoteles importantes de Pekín y otras ciudades, los directores, para tranquilidad de la clientela, fijan un anuncio en el vestíbulo afirmando rotundamente que todas las hortalizas preparadas en su cocina proceden de terrenos propiedad del establecimiento cultivados á estilo europeo.
Ríe el chino de los escrúpulos y ascos de la gente occidental. Establece comparaciones entre el estiércol podrido de cuadra que empleamos en nuestros campos y la materia preferida por él, no pudiendo comprender por qué razón los detritus de las personas deben ser más repugnantes que los proporcionados por los animales, y acaba compadeciéndonos, como si fuésemos unos niños incoherentes y caprichosos.
Como el abono humano es el más apreciado de todos, el acto de producirlo no representa algo vergonzoso é inmundo, como en nuestros países, desarrollándose públicamente con la mayor tranquilidad. Dentro de Pekín, la policía de la República vela por dar á la capital una disciplina europea, y no permite en las calles principales estos desahogos á lo chino, tan apreciados por la agricultura. Pero al pasar en ricsha ó automóvil por las vías apartadas ó por las afueras, siempre se encuentra algún chino en cuclillas, con un pedazo de diario en la mano, cuya lectura no le interesa, y que sonríe al transeunte sin cambiar de postura. Algunas veces no está solo, y á continuación de él se extiende una larga fila de compatriotas con el mismo encogimiento y no menor tranquilidad.
Todo agricultor se preocupa de instalar en sus campos una letrina cerca del camino para que la use el viandante. Escoge para esto el lugar más agradable: la sombra de un árbol frondoso, un grupo de arbustos floridos. Hasta hay quien afirma que los más letrados colocan en dichos lugares carteles con versos, rogando al transeunte que haga alto y deje su recuerdo.