Las huelgas de los chinos.—Banquetes ruidosos.—Servidumbre de las casas ricas de Hong-Kong.—«No vaya usted á Cantón».—Historia del gran puerto del té y de la porcelana.—La republicana Cantón y sus habitantes revolucionarios.—El doctor Sun Yat Sen.—Las dos Chinas.—Viaje á Cantón.—La ciudad flotante sobre el río Perla.—Los «bajeles de flores».—Agresividad xenófoba de los cantoneses ante los buques de guerra anclados en el río.—Tiros en las calles.—Los cónsules nos aconsejan un pronto regreso á Hong-Kong.—Los piratas del estuario.—Una novela de 70 tomos y 1.000 personajes.—El asalto del vapor-correo de Macao.—La capitana de los dos revólveres.—Voy á Macao.
Encuentro á los hombres de negocios de Hong-Kong en pleno boom, lo mismo que los de Shanghai. Hablo con varios jóvenes que hace meses eran simples empleados y ahora tienen más de 100.000 dólares, adquiridos en rápidas especulaciones. Otros negociantes más viejos sonríen escépticamente al considerar tales triunfos. Han conocido en su vida varios boom pero no menos krac, y saben que en estos países de formación reciente las fortunas se crean y se deshacen con igual prontitud.
La prosperidad de Hong-Kong parece dificultar su vida interior. Cerca está Cantón, la más revolucionaria de las ciudades del antiguo Imperio, que solivianta los ánimos de las nueve décimas partes de la población de Hong-Kong. Los chinos de este puerto inglés no son sindicalistas ni saben qué puede significar tal nombre, pero encuentran agradable ver doblados ó triplicados sus jornales y gozan además cierto placer interior dificultando la vida de los «demonios blancos». Los comités revolucionarios de Cantón se dedican á organizar huelgas en las colonias próximas, gobernadas por europeos, y estas huelgas han obtenido hasta ahora en Hong-Kong un éxito completo y ruidoso. Los hombres amarillos son insustituibles para la resistencia pasiva y no hay miedo de que ninguno de ellos falte á las órdenes secretas de sus directores.
Hong-Kong ha visto su vida paralizada semanas enteras. Hasta los portadores de palanquines y ricshas desaparecieron cual si se los hubiese tragado el suelo. Las calles de la hermosa ciudad quedaron desiertas, como avenidas de cementerio. Y el gobierno de Hong-Kong, que se compone de un gobernador enviado por la corona de Inglaterra y los personajes más importantes de la ciudad, tuvo que transigir repetidas veces con las imposiciones de los revolucionarios. Hay quien dice que esta derrota de los ingleses dentro de Hong-Kong se debe á la excesiva prosperidad del país. Autoridades y comerciantes se enriquecen en poco tiempo, y esto parece quitarles energía para hacer frente á las imposiciones de los chinos. Desean que se restablezca cuanto antes la marcha normal de los negocios y continúen sus ganancias.
En Macao, ciudad portuguesa, que está á cuatro horas de Hong-Kong, al otro lado del estuario, los agitadores de Cantón intentaron varias veces sublevar á los habitantes chinos; pero como su gobernador se encontraba en otras condiciones que las autoridades de Hong-Kong pudo hacer uso de medios enérgicos, sin miedo á que le echasen en cara anteriores complacencias, y los movimientos subversivos contra el europeo resultaron otros tantos fracasos.
Viven los negociantes de Hong-Kong con tanto lujo como los de Shanghai, pero aquí los lugares de placer son menos numerosos. Los chinos ricos mantienen con sus banquetes una calle entera de restoranes instalados en edificios de varios pisos. Toda la noche reflejan sobre las aguas de la bahía sus balconajes y sus aleros ribeteados de guirnaldas eléctricas. En este barrio resultan tan enormes los estrépitos como la iluminación. Los anfitriones de unos banquetes que duran la noche entera y cuestan miles de dólares quieren que sean acompañados de una pompa exterior reveladora de su generosidad. Frente á la puerta hay bandas de música pagadas por ellos, en las cuales el bombo, los platillos y los chinescos de abundantes campanillas son los instrumentos dominantes. Arden entre servicio y servicio vistosas piezas de fuegos artificiales; tracas ensordecedoras corren á lo largo de la calle ó por encima de los tejados, con un tiroteo de batalla.
Los ricos de raza blanca dan sus banquetes á la europea, en el lujoso Hotel de Repulse Bay, junto al camino de la Cornisa, ó en sus palacios de esplendorosa vegetación sobre las vertientes del Pico. Una de las manifestaciones de opulencia es la cantidad de servidores. Todo rico tiene á sus órdenes un ejército de coolíes. Únicamente con tal exuberancia de personal se consigue que marche á medias el servicio de una casa, pues cada doméstico chino sólo quiere encargarse de una función, limitada y fija. Justo es añadir que no hay criados más baratos y que exijan menos atenciones de sus dueños. El coolí recibe una cantidad determinada al mes y su amo no tiene que preocuparse de su comida ni de su instalación. Él se procura por su cuenta el alimento y para dormir le basta con el umbral de una puerta ó el hueco de una escalera. En realidad, no se sabe cuándo come ni duerme. El dueño le ve llegar siempre que le llama y muchas veces lo encuentra sin llamarlo espiando todo lo de la casa con sus ojitos de párpados tirantes, que parecen cosidos, y su sonrisa mecánica é inexpresiva.
Quiero visitar la ciudad de Cantón, y todos me dicen lo mismo:
—No vaya usted. Parece que andan á tiros diariamente los partidarios del doctor y sus adversarios. Además, si se juntan unos y otros, será para matar á los europeos por lo de las aduanas.
Sé que hay alguna exageración en tales afirmaciones, pero de todos modos resulta indudable que la capital de la China del Sur vive hace tiempo en un estado de revuelta.
Cantón fué la única metrópoli del Extremo Oriente que conocieron durante siglos europeos y americanos. Pekín permaneció cerrada para el mundo blanco hasta el último tercio del siglo XIX. Los Hijos del Cielo, deseosos de conservar aislado su vasto Imperio, habilitaron á Cantón como único puerto en el que podían ser admitidos los buques de las naciones cristianas.
Cuando los portugueses del siglo XVI anclaron por primera vez ante dicha ciudad, vieron que otros navegantes no europeos les habían precedido en su descubrimiento. Eran los marinos árabes, que tenían en ella desde mucho antes depósitos de mercancías y una mezquita. Durante cien años los capitanes portugueses monopolizaron el tráfico con Cantón, llevando á Europa por el Cabo de Buena Esperanza sus sederías y porcelanas. Los españoles adquirían estos mismos artículos en Manila, enviados por los mercaderes cantoneses, y la Nao de Acapulco los llevaba hasta Nueva España á través del Pacífico.
Fué bien entrado el siglo XVII cuando los ingleses empezaron á visitar el río de Cantón para cargar en sus naves el té, hierba cada vez más apreciada en Europa y América y que dió vida á una gran navegación para surtir los mercados de Liverpool, Salem, Boston y Nueva York. Esta afluencia de buques europeos y americanos fomentó la emigración indígena, y á ella se debe que todos los chinos esparcidos en el mundo sean de las provincias del Sur y consideren á Cantón como su verdadera capital, con preferencia á Pekín.
Al reunir algunos de estos emigrantes considerables fortunas en América, su deseo fué volver á Cantón para disfrutarlas, aumentando la riqueza de la ciudad. Los que no regresaron á su patria mantuvieron correspondencia con sus familias, y todo esto hizo que Cantón siguiese el movimiento liberal de nuestra época, pensando de modo distinto al resto del Imperio.
Cantoneses han sido los chinos más ilustrados de los últimos tiempos. Desde hace medio siglo la juventud intelectual de Cantón completó sus estudios en los Estados Unidos y en Europa. Además, estos chinos del Sur son más inquietos y menos sufridos que los del Norte. Sus antecesores actuaron muchas veces de piratas ó vivieron en las montañas como rebeldes. En los últimos años del Imperio los cantoneses entonaban en las calles canciones injuriosas para el Hijo del Cielo y los gobernantes de Pekín, sin que las autoridades imperiales de la ciudad osasen tomar medidas contra tales irreverencias.
Como era lógico, el movimiento republicano que dió fin á la dinastía de «los Muy Puros» tuvo su origen en Cantón. Pero una vez establecida la República, los hijos de dicha ciudad se negaron á continuar siendo gobernados desde Pekín, como en tiempos del Imperio, declarándose independientes y constituyendo la llamada República del Sur.
Este separatismo no es algo circunstancial, inventado por las divergencias de los partidos políticos. En realidad existen dos Chinas, completamente distintas. El habitante de Pekín, grande de estatura, sereno de rostro, parco en palabras, medio tártaro y medio manchur, no se parece al chino exuberante, imaginativo, de ingobernable individualismo, que puebla las provincias meridionales y al extenderse como emigrante por América se llama orgullosamente cantonés.
El doctor Sun Yat Sen, creador de la República del Sur y su eterno Presidente, es un médico de Cantón que estudió en los Estados Unidos, trabajando con energía en la época del Imperio para hacer triunfar la República. Mas ahora, dentro de su propia casa, lucha con numerosos adversarios que dificultan su política interior y además hace frente á las naciones extranjeras, mantenedoras del gobierno de Pekín, que se niegan á reconocer la República del Sur.
En el presente momento sostiene una lucha franca con todas las potencias. Éstas cobran los ingresos de las aduanas chinas, y después de guardarse una parte de ellos por indemnizaciones acordadas hace años, entregan el resto al gobierno de Pekín. El doctor, Presidente del Sur, se opone á que las potencias intervengan las aduanas dependientes de Cantón si no se comprometen á entregarle el sobrante, dado hasta ahora á sus enemigos de la China del Norte.
Se hallan actualmente anclados en el río Perla buques de guerra de todas las naciones que tienen intereses en China, para intimidar á Sun Yat Sen con esta demostración naval.
—No vaya usted—me repiten—. El populacho de Cantón se muestra furioso contra los blancos y puede ocurrir de pronto una matanza. Después vendrá la intervención armada de las potencias y también los castigos y las indemnizaciones, pero el que haya sido muerto en la revuelta seguirá muerto.
Voy, sin embargo, á Cantón, y el viaje resulta breve, fatigoso, casi inútil. Hay un ferrocarril que parte de Hong-Kong, pero hace más de un año que no funciona. La línea es inglesa, y como el presidente de la República de Cantón se quedó repetidas veces con el material rodante, sus directores han creído oportuno suspender el servicio. Viajamos por el río en cómodos vapores á estilo americano, con varias cubiertas, que son á modo de hoteles flotantes.
Pasamos entre las numerosas islas del estuario, siguiendo unos canales dorados por el sol naciente, con riberas de verde obscuro. Dentro ya del río atravesamos un estrecho que los descubridores portugueses llamaron Boca Tigris. A la ida, navegando contra la corriente, invertimos unas seis horas. El regreso, como es natural, resulta más rápido.
A pesar de que los europeos llevan tres siglos establecidos en Cantón, todavía viven aparte, ocupando un barrio llamado Shameen, separado del resto de la población por un canal y que es el lugar donde estaban antiguamente las factorías. Hoy Shameen es una ciudad de tipo americano, con edificios de muchos pisos y varios hoteles, de los cuales el Victoria es el mejor y el más concurrido. Una cuarta parte de los vecinos de este Cantón blanco son franceses y los restantes de lengua inglesa. El «Christian College», establecimiento importantísimo sostenido por los misioneros de los Estados Unidos, sirve de Universidad á muchos centenares de jóvenes del país, que reciben en él una educación moderna. Ocupa el resto de Cantón una área enorme y está habitado por más de dos millones de chinos. Las antiguas murallas, parecidas á las de Pekín, fueron cortadas en varios puntos para dar expansión á la ciudad. Además, una parte de los habitantes, más de 150.000, viven sobre el río en sampanes.
La población flotante de Cantón fué siempre un objeto de curiosidad para los viajeros. Los barcos forman grupos, como las manzanas de edificios en las ciudades terrestres. Sus bordas se tocan y los vecinos pasan indistintamente de una cubierta á otra. Angostos canales separan estos barrios de embarcaciones, sirviendo de callejuelas, por las que se deslizan diminutas canoas. Hay sampanes que son tiendas donde se vende lo más indispensable para las necesidades de esta población anfibia. Otros barcos viejísimos sirven de templos, y bonzos de existencia vagabunda viven mezclados con los habitantes del Cantón fluvial, mendigos, contrabandistas y eternos figurantes de todas las revueltas.
También han flotado durante siglos en las orillas del río Perla los famosos «bajeles de flores». El lector sabe indudablemente de qué sirven estas casas acuáticas, unidas á tierra por un ligero puente y con galerías cubiertas de plantas trepadoras y vasos floridos. Su tripulación—llamémosla así—es de mujeres con el rostro pintado y túnicas de colores primaverales. Estos «bajeles de flores», iluminados toda la noche, pueblan las obscuras aguas de reflejos dorados y alegres músicas. De sus patios surgen cohetes voladores que cortan la lobreguez celeste con cuchilladas de luz silbadora y multicolor.
Son restoranes y palacios del amor fácil para las gentes libertinas del país. El europeo que consigue penetrar en un «bajel de flores» sale casi siempre golpeado por los parroquianos. Más de una vez ha desaparecido el visitante blanco en el lecho fangoso del río.
Quedan aún muchos «bajeles de flores», pero no llegamos á verlos ni exteriormente. Los viajeros recién llegados á Cantón sólo conocemos las calles medio europeas del barrio de Shameen, entre el desembarcadero y el Hotel Victoria, que hemos atravesado en ricsha.
Los chinos cantoneses nos parecen menos educados, más levantiscos é insolentes que los de otras ciudades. Gritan al vernos pasar, con una voz agresiva; se dirigen á los compatriotas que tiran de nuestras ricshas, y aunque no puedo entender sus palabras, creo adivinarlas por los gestos con que las subrayan. Insultan indudablemente á estos compatriotas que sirven de caballos á los blancos. Se nota en la muchedumbre una excitación extraordinaria, á causa sin duda de los cruceros anclados en el río. Hay numerosos barcos de guerra ingleses, franceses y norteamericanos; además un crucero de Italia y otro de Portugal, todos con los cañones desenfundados y prontos á la acción.
Después del almuerzo en el Hotel Victoria, cuando los más curiosos nos disponemos á salir por las calles de los barrios chinos para visitar sus famosos almacenes de porcelana, llegan varios enviados de los cónsules y nos advierten que sería razonable y prudente un regreso inmediato á Hong-Kong.
Hace varias horas que en un extremo de Cantón las tropas del doctor Sun Yat Sen emplean sus fusiles y ametralladoras contra unos insurrectos. ¿Qué desean? ¿Por qué luchan?... Nadie lo sabe con certeza. Tal vez son cantoneses que no consideran bastante revolucionario al doctor, y como tienen armas á su alcance, se sublevan contra él, ya que no destruye con una rapidez milagrosa los cruceros de los blancos.
Nos marchamos en las primeras horas de la tarde, viendo otra vez los barrios flotantes del Cantón fluvial, y en plena noche llegamos á nuestros camarotes del Franconia.
Al día siguiente hablo á mis amigos de Hong-Kong de ir á Macao, y esto les produce más alarma que el viaje á Cantón. Todos dicen lo mismo:
—No vaya usted. Los piratas atacan el vapor-correo siempre que les conviene. Hace pocos meses se llevaron secuestrados á todos los que iban en él.
Con frecuencia se oye hablar en China de piratas; pero en las provincias del Sur y especialmente en el estuario del río Perla, la piratería es objeto de un respeto simpático, como el que infunden las instituciones tradicionales. La novela, dentro de la literatura china, es un género tan antiguo como la poesía lírica. Desde hace miles de años existen aquí novelas de tres géneros: históricas, de aventuras y de costumbres; pero la más famosa de todas es la escrita por Chinai Ngan, novelista del siglo XII, que vivió bajo la dinastía de los Kin. Este Chinai Ngan es el Wálter Scott chino; pero á pesar de que su fecundidad fué tan grande como la del célebre novelista escocés, sólo ha dejado una obra única, que se titula Historia de las riberas de un río. Debo añadir que esta novela famosa, leída en el curso de 800 años por todos los jóvenes chinos, tiene nada menos que 70 tomos y sus personajes principales son más de 100, sin contar los tipos secundarios, que tal vez pasan de 1.000. Todos los capítulos constan de dos partes, y en el transcurso de la obra se plantean, se desarrollan y epilogan 140 intrigas ó argumentos diferentes.
Este monumento literario es simplemente un relato de interminables hazañas, verdaderas ó fantásticas, que los piratas realizaron en el siglo X, bajo la dinastía de los Soung, al hacer la guerra á dichos emperadores. La China vivió en aquel período desgarrada por las guerras civiles y el bandidaje, despoblándose á consecuencia de largas hambres y pestes. Esta anarquía preparó la invasión y dominación de los mongoles, y comparada con ella, las dificultades actuales de la República resultan hechos insignificantes. Como todos los jóvenes leen la novela famosa de Chinai Ngan, empiezan su vida considerando la profesión de pirata como una aventura interesante que no puede deshonrar para siempre la vida de un hombre.
Me burlo del miedo que pretenden infundirme con sus piratas los habitantes de Hong-Kong. Luego me parece más serio y digno de ser tenido en cuenta tal peligro, cuando escucho á un joven comerciante español, establecido en Hong-Kong, llamado Gabino Caballero, que me sigue á todas partes amablemente. Estaba en el buque-correo de Macao la tarde del asalto y fué prisionero de los piratas. Acompañaba á su suegra, una señora filipina, deseosa de ser examinada por un médico especialista portugués que reside en Macao.
Acababan de sentarse á la mesa en el comedor del buque, cuando oyeron los primeros disparos. Las autoridades de Hong-Kong, preocupadas por osadías anteriores de los piratas, habían alojado en el vapor unos cuantos polizontes indostánicos armados de carabinas. Los piratas fueron avanzando de la proa á la popa, hiriendo á estos guardias ó desarmándolos por sorpresa. Al final se apoderaron de todo el buque, dejando medio muerto al capitán inglés, al maquinista y á otros de la tripulación que iniciaron una resistencia inútil. Mi amigo Caballero abandonó la mesa al oir los tiros, pero antes de llegar á la puerta del comedor se vió arrollado y golpeado contra la pared por una manga de chinos en armas que entraron como una tromba, ordenando á gritos que pusieran todos sus manos en alto.
Al frente de ellos iba una mujer, la eterna capitana de todas las novelas chinas de piratas, joven vestida á la europea, como una heroína de cinematógrafo, con falda azul y blusa blanca. Detalle curioso: esta amazona tenía un revólver en cada mano, y dichas armas estaban sujetas á sus muñecas por dos tiras de cuero en forma de pulseras. De tal modo podía soltar sus revólveres para registrar los bolsillos de los viajeros, volviendo á recobrar instantáneamente dichas armas colgantes en un caso de alarma.
El español tuvo que entregar su cartera y sus sortijas. Afortunadamente para él, éstas salían con facilidad de sus dedos. Un viajero que se esforzaba inútilmente por sacar las suyas se vió ayudado con una prontitud horrible. Los piratas le cortaron los dedos de una cuchillada y siguieron adelante en su registro. Como el capitán y el maquinista estaban tendidos en el puente sobre charcos de sangre, la joven de los dos revólveres tomó el mando del buque. Uno de los pasajeros, industrial de profesión, fué obligado á descender á las máquinas para dirigir su funcionamiento, ayudándole como fogoneros otros camaradas de infortunio.
Estos piratas no eran marinos. Se habían embarcado como pasajeros en Hong-Kong, distribuyéndose con arreglo á su vestimenta en los departamentos de las diversas clases, y al sonar una señal convenida, cada grupo se arrojó sobre un lugar previamente designado.
Navegó el buque varias horas con un timoneo loco por los canales del estuario. Muchos juncos pacíficos de cabotaje se vieron próximos á ser pasados por ojo, librándose de la catástrofe en el último momento gracias á una virada oportuna. Aun así, el vapor, que marchaba como un ebrio, arrancó á muchos veleros, con sus bruscos roces, todo lo que sobresalía de sus cascos. Al fin los piratas lo encallaron, pasada media noche, en una costa desierta, á varias leguas de Hong-Kong, desapareciendo tierra adentro, y unos pescadores llevaron á la ciudad la noticia del suceso para que un buque de guerra viniese á recoger las víctimas.
En el presente caso los piratas se contentaron con el botín, sin llevarse á los viajeros para exigir un rescate. Otras veces, montando juncos armados, toman por asalto á los vapores y raptan á sus pasajeros. Escriben después á las familias de éstos exigiendo fuertes cantidades, y si el dinero tarda en llegar envían como advertencia una oreja cortada ó un dedo, anunciando la continuación metódica de tales amputaciones.
—Pero todos los días no hay asalto de piratas—digo después de oir tales historias.
Efectivamente, estos atentados sólo ocurren cada seis meses, poco más ó menos. Las autoridades británicas, después de una piratería, adoptan las medidas más severas. Buques armados surcan incesantemente los canales del estuario, la policía bate las islas, el tribunal de Hong-Kong muestra una severidad inusitada y condena á ser ahorcados á todos los chinos que han cometido un crimen, aunque éste no tenga carácter pirático.
Transcurre el tiempo sin que los bandidos de los canales den motivo para que hablen de ellos; la autoridad se muestra menos vigilante, creyendo terminado dicho mal, y cuando la gente se embarca con mayor confianza para ir á Macao, ciudad de vida agradable y juego libre, donde los chinos ricos arriesgan su dinero al «Fan-tan» y los viajeros blancos pueden admirar los antiguos edificios de aire señorial, una nueva banda de piratas da otro golpe, con capitana ó sin ella.
A pesar de tales relatos me embarco al día siguiente para la colonia portuguesa. Otros pueden seguir con tranquilidad su viaje sin sentir la atracción de Macao. Yo he nacido en la Península Ibérica y además soy escritor.
Sería vergonzoso haber estado á cuatro ó cinco horas de distancia y no visitar la vieja ciudad donde Camoens, desterrado y pobre, compuso su poema inmortal, pensando en las glorias de la patria lejana.
Registro de chinos antes de su entrada en el vapor.—Cubiertas transformadas en jaulas y puente convertido en fortaleza.—Recuerdos del asalto de los piratas.—«¡Necesito matar á un chino!»—La interesante «Ciudad del Santo Nombre de Dios en China».—Los juncos con cañones, anclados en su antiguo puerto.—El nuevo puerto de Macao.—Gran porvenir de la ciudad.—Excelente administración del gobernador Rodrigues.—La gruta de Camoens.—El juego del «Fan-tan» y otras particularidades interesantes del viejo Macao.—La calle de la Felicidad y sus altares.—Regreso á media noche por el estuario de los piratas.—Las fosforescencias del mar chino.—Espectáculo inolvidable.
En las primeras horas de la mañana nos embarcamos para Macao. Vemos ante el buque numerosos grupos de chinos. Un retén de policía regula su avance, uno por uno, sobre la pasarela que junta al casco con el muelle. Todos son registrados de cabeza á pies, y sólo pueden seguir adelante cuando el agente indostánico queda convencido de que no llevan el más pequeño cortaplumas. Como estos hombres amarillos se parecen todos por su traje azul y sus rostros casi uniformes, es difícil establecer distinciones entre un coolí pacífico que va por sus negocios á Macao y un pirata que prepara con sus compañeros el ataque del buque en mitad del viaje.
Este vapor-correo es igual á todos los que navegan en el estuario y los ríos cercanos, pero después del asalto que presenció mi compatriota, se han hecho en él grandes reformas defensivas. Verjas de gruesos barrotes, semejantes á las de las cárceles, lo dividen en varias secciones. Un gendarme indostánico, con uniforme azul, gorra blanca, carabina y revólver, guarda la puerta abierta de cada una de dichas barreras mientras dura el embarque. Cuando el buque empieza á navegar todas las entradas de los jaulones se cierran interiormente y los centinelas quedan detrás, apoyando sus carabinas sobre la cruz de los barrotes.
La cubierta superior también está interrumpida por fuertes enrejados que cortan la comunicación entre las diversas clases del pasaje, y para evitar que los asaltantes puedan deslizarse al otro lado de ellos, sacando el cuerpo fuera de la borda, se han prolongado las verjas sobre el mar con semicírculos exteriores de puntas agudas como lanzas. El puente donde va el capitán está defendido con placas de acero cromatizado, iguales á las mamparas que cubren á los artilleros en las piezas modernas. De este modo los tiros de los piratas no pueden alcanzar á los que dirigen el buque. Pero los que presenciaron el último asalto no muestran gran fe en tales precauciones y creen que los chinos inventarán algo inesperado para salvar estos obstáculos defensivos.
Antes del embarque nos hemos despojado de los relojes y joyas de uso diario. Vienen conmigo dos señoras, acompañadas de sus doncellas. Una de las mencionadas damas, muy hermosa y elegante, nació en Bombay, pero es hija de español. Está casada con Mr. Stephan, director del Banco de Hong-Kong y Shanghai, institución financiera la más importante de todo el Extremo Oriente. Su director figura por derecho propio en el Consejo de gobierno de Hong-Kong, siendo á modo de su ministro de Hacienda.
La señora de Stephan lleva muchos años deseando ir á Macao y nunca se decidió á realizar tal viaje por miedo á los piratas. Prudencia justificadísima. En realidad, no podrían imaginar los bandidos del estuario un golpe más fructuoso que secuestrar á la esposa del director del Banco de Hong-Kong y Shanghai. ¡Qué rescate de miles y miles de libras esterlinas!... Mas al enterarse dicha señora de que yo voy á Macao, se decide con repentina energía á realizar el mismo viaje, como si mi presencia pudiera proporcionarle una seguridad extraordinaria.
Somos ocho, las dos señoras con sus doncellas, dos españoles residentes en Hong-Kong, un amigo holandés que habla un sinnúmero de lenguas, y yo. Va retrocediendo por la popa de nuestro buque la isla de Hong-Kong envuelta en nieblas matinales rasguñeadas á trechos por el sol. Sobre la cima del Pico, este turbante de brumas pierde por momentos su opacidad gris, y empieza á brillar como un tejido de filamentos de oro.
Fuera de la bahía el mar del estuario muestra una tersura de lago, y su color azul tiene la claridad láctea de la porcelana. Los juncos son numerosísimos. Ya dije que en las costas de China la navegación forma enjambres, pero aquí, cerca de la embocadura del río Perla, aún resulta más densa, y nuestro buque tiene que rugir incesantemente para evitar colisiones.
Estos juncos de construcción medioeval, á pesar de la tranquilidad de las aguas navegan en una posición inestable para nuestros ojos, con la proa casi hundida y la popa muy en alto, cual si fueran á sumergirse definitivamente en cada uno de sus cabeceos. Los canales se ensanchan, formando brazos de mar relucientes y tranquilos, como láminas de espejo. Flotando en sus aguas adormecidas hay pequeños islotes de basura, caída de los barcos ó arrancada de las riberas.
No disminuye la afluencia de embarcaciones según nos alejamos de Hong-Kong; por el contrario, ésta parece aún mayor al meternos entre las islas. Sobre las bordas de los juncos vemos marineras achaparradas y fornidas: con bíceps de hombre, pechos colgantes y adornos verdes en la cerdosa cabellera.
También las tierras insulares se muestran cada vez más numerosas. Por la derecha nos deslizamos junto á la isla de Lantao, cuya longitud alcanza á veinte millas. A babor, la ribera está cortada por incontables canales y estrechos, que forman pequeños archipiélagos. En el horizonte empieza á elevarse un grupo de cumbres, titulado por los descubridores portugueses Nove Illas, las Nueve Islas. Antes de ser dueños de Macao, los marinos de Portugal se establecieron en otra isla de este estuario llamada Sancian, donde murió San Francisco Javier cuando se proponía entrar en China como primer apóstol del cristianismo.
Mi compatriota Caballero me va mostrando los diversos lugares del buque donde presenció el ataque de los piratas. Ésta es la mesa en que se hallaba comiendo al sonar los primeros disparos. Aquí le robaron la cartera, zarandeándole un poco. Más allá daba gritos de mando la muchacha de los dos revólveres. Luego me lleva á visitar al capitán, que es el mismo que mandaba el buque en aquella triste ocasión.
Los guardianes cobrizos no nos dejan entrar en el recinto acorazado del puente y el capitán se decide á salir de su fortaleza. Es un inglés que tiene paralizada la parte izquierda de su cuerpo á consecuencia de las heridas que recibió en dicho asalto. Desde entonces se muestra taciturno y repite el mismo deseo, como obsesionado por una idea tenaz. Sonríe un poco al reconocer á mi compatriota, y cuando éste hace memoria de los terribles episodios de aquella tarde, frunce el ceño, mira su brazo inútil y murmura:
—Esto no puede quedar así. Es preciso que yo mate á un chino... Necesito matar á un chino.
Se ve claro que no descansará hasta conseguir dicha compensación. Tal vez se negó á aceptar el retiro á que tiene derecho y continúa mandando el buque porque «necesita matar á un chino», y así tiene más probabilidades de proporcionarse el citado gusto. Lo matará, estoy seguro de ello; tal vez lo ha matado á estas horas. ¡Hay tantos chinos para escoger!... Después de mi regreso á Europa, he leído todos los meses noticias de nuevos asaltos de piratas en el estuario de Hong-Kong, con secuestros de viajeros, combates y numerosos muertos y heridos. El capitán debe haber matado á su chino, si es que los chinos no han acabado definitivamente con él.
Todos los de nuestro grupo almorzamos en un salón de la cubierta más alta, para evitarnos el roce con las familias que ocupan el comedor de primera clase. Son gentes bien educadas, pero el olor especial de los chinos resulta intolerable para muchos olfatos europeos. Ellos, por su parte, declaran que nosotros expelemos un hedor de carne cruda, digna de nuestra condición de bárbaros. Tal vez el hacernos comer aparte es también para que no veamos los manjares favoritos de estos pasajeros.
Algunos son personajes importantes, vecinos de Hong-Kong, que van á pasar unos días en sus casas de Macao. Visten ricas túnicas de seda azul y ostentan botones de piedras preciosas. Uno de estos chinos opulentos ha sido ennoblecido por el rey de la Gran Bretaña y goza el título de baronet. La importancia financiera de todos ellos y su trato con los blancos hacen que el populacho los considere traidores á su raza, y como en Hong-Kong las asociaciones chinas son temibles por sus venganzas, estos personajes viven encerrados en sus palacios, y cuando desean unos días de esparcimiento se trasladan á Macao, donde el orden es más firme y las autoridades portuguesas pueden ofrecerles mayores seguridades.
Dejamos de navegar entre islas, saliendo á dilatados espacios de mar libre, y vemos en el horizonte un promontorio con un castillo y un faro sobre su lomo. Mucho tiempo después, al dar vuelta á dicho promontorio, aparece lentamente la vieja é interesante ciudad de Macao.
Tiene un aspecto, multicolor y ligero, de población del Extremo Oriente, y al mismo tiempo una estabilidad sólida que revela el origen de sus fundadores. Los edificios son obra de albañilería en su mayor parte, y no de madera, como en las otras ciudades chinas. Los más tienen un piso superior, con arcadas ó galerías cubiertas, y por encima de sus techumbres se remontan los campanarios de las iglesias católicas.
Macao, que fué llamada primitivamente «Ciudad del Santo Nombre de Dios en China» y luego vió sustituído dicho título por el de Macau, de origen indígena, resultaría altamente exótica si se la pudiera trasladar de pronto á las cercanías de Lisboa. Vista aquí, después de haber visitado las principales ciudades del litoral chino, nos recuerda al antiguo Portugal y parece venir de ella una respiración lejanísima de nuestro mundo.
El puerto viejo es más chino que la ciudad. Puedo añadir que en ninguno de los puertos del Extremo Oriente se consigue ver la marina mercante que ancla en las aguas de Macao.
Nuestro vapor va pasando ante una fila de grandes juncos, galeones panzudos que parecen imaginados por un artista en delirio más que por hombres dedicados a la navegación. Tienen en su proa dragones enroscados y dorados, amenazando con sus fauces ignívomas el azul del cielo y del mar. El velamen de sus arboladuras se compone de esteras de bambú, en forma de alas de murciélago. Las popas se remontan como alcázares, y á lo largo de sus bordas avanzan los cuellos de una docena de cañones. Son cortos y de un calibre enorme; piezas antiguas de hierro que se cargan por la boca y deben enviar sus balas á poca distancia, pero con un estrépito infernal, lo que suple para sus artilleros la mediocridad del alcance.
La marinería tiene igualmente un aspecto arcaico y poco tranquilizador: atletas amarillos y medio desnudos, guardando muchos de ellos en el occipucio una trenza que parte su espalda sudorosa. De los castillos de algunos galeones surgen columnitas de humo perfumado, revelando la existencia de un altar en honor á la Diosa de las Aguas, ante cuyo ídolo arden varillas de sándalo. Todas las proas tienen en ambas caras unos agujeros redondos y pintados que imitan ojos. Los marineros chinos sólo se embarcan confiadamente en un buque que tenga ojos. Saben que así, mientras ellos duermen ó durante las lobregueces de la tormenta, el junco, que á fuerza de existir adquiere una vida misteriosa como todos los objetos, podrá ver arrecifes y escollos, desviándose de tales peligros cual una bestia prudente.
Siento inquietud y repulsión al imaginar la posibilidad de que una aventura de mi viaje me hiciese navegar en estos buques extraordinarios, pocas veces vistos en Shanghai y Hong-Kong. Los que conocen el país me explican las especialidades de esta marina mercante armada de cañones que navega por los recovecos del gran estuario y remonta los ríos cientos de leguas hasta las ciudades del interior. Conservan estos barcos su vieja artillería con pretexto de hacer frente á los piratas, pero en realidad son contrabandistas y vienen á cargar el opio que les proporcionan los mercaderes chinos de Macao. Algunas veces se oye desde la ciudad el cañoneo que sostienen con otros juncos del gobierno encargados de perseguir á los traficantes de la citada droga. El belicoso estruendo, agrandado por la sonoridad de los canales, no causa ninguna emoción en los vecinos de este puerto libre. La mercancía ya ha sido vendida y cobrada. ¡Que los chinos peleen á su gusto!...
Macao es una península semejante á Gibraltar, aunque su montaña tiene menos altura. Un istmo la une al territorio del antiguo Imperio, y su puerto era el mejor de todo el estuario antes de que los ingleses fundasen á Hong-Kong, hace tres cuartos de siglo. En esta península se ha ido extendiendo una ciudad de 80.000 habitantes, cifra extraordinaria si se tiene en cuenta el espacio reducido de la colonia. El comercio ha realizado tal milagro.
En el siglo XVI dió el gobierno chino á los portugueses este territorio de unos pocos kilómetros como recompensa por haber auxiliado con sus buques á las autoridades de Cantón en lucha contra unos piratas que pretendían apoderarse de dicha capital. Los holandeses intentaron hacerse dueños de la nueva colonia, pero fueron menos afortunados que en Ceylán, en Java y otras posesiones del Extremo Oriente arrebatadas por ellos á los portugueses. El vecindario repelió sus asaltos, derrotando finalmente á la flota holandesa.
Llevó después Macao una existencia decadente, y en el siglo XIX su guarnición sostuvo empeñados combates con los chinos, que pretendían recobrar la península. Ahora adquiere cada año mayor importancia, y dentro de poco rivalizará con Hong-Kong, gracias á su nuevo puerto.
El gobernador actual, doctor Rodrigo Rodrigues, es un médico que gozaba de justo renombre en su patria antes de entrar en la vida política; un republicano de los que combatieron desinteresadamente á la monarquía de su país, y luego, al verse triunfantes, tuvieron que abandonar su antigua profesión para servir á la joven República portuguesa.
Durante las horas pasadas en Macao pude apreciar lo que mi amigo Rodrigues lleva hecho en varios años de gobierno. Una recaudación de los impuestos, bien administrada, ha dado lo suficiente para la construcción de un puerto grandioso, en el que podrán fondear trasatlánticos de gran tonelaje. Macao pasará rápidamente del tranquilo canal en que anclan ahora escuadrillas de juncos dedicados al cabotaje y al contrabando, á la vida tumultuosa de un puerto moderno, con toda clase de facilidades para la descarga y el transporte; y este puerto atraerá á todos los buques que no sean ingleses, por estar más cerca de Cantón que el de Hong-Kong.
Guiados por los ayudantes del gobernador, jóvenes de gran cultura intelectual, vamos conociendo la ciudad, pintoresca mescolanza de edificios chinos y caserones portugueses del siglo XVII. Una fachada de piedra es lo único que resta de la antigua catedral de San Pablo y del convento anexo, fundado por los jesuítas para descanso y preparación de sus misioneros antes de que se lanzasen en el interior de la China. Este templo se incendió en 1835, pero su enorme fachada se mantiene en pie, con la piedra enrojecida por el sol más que por las llamas, y á través de sus ventanales se ve el muro azul del cielo, que parece servirle de apoyo.
El castillo guarda recuerdos del ataque de los holandeses en el siglo XVII. Vemos en su capilla una losa sin nombre que cubre los restos de los defensores de Macao. Como dice el doctor Rodrigues, el culto al soldado desconocido creado por la última guerra lo inventaron los defensores de Macao hace más de doscientos años...
En una explanada del castillo nos obsequian con un té abundante en alfajores y otras pastelerías portuguesas, que recuerdan las de Andalucía. ¡Panorama inolvidable!...
Frente á nosotros, por la parte del istmo, se levanta una cordillera que ocupa gran parte del horizonte: las montañas de Catay. Rodrigues y yo recordamos á Marco Polo. El nombre de Catay lo aplicó el célebre viajero á la China entera, y durante siglos el mundo cristiano dió el título de unas montañas del Sur á todo el vasto Imperio gobernado por el Gran Kan.
A nuestros pies extiende la ciudad la masa apretada de sus tejados, obscuros como los de Europa. A trechos surgen de ellos techumbres chinescas y remates de pagodas budistas. Muchas fachadas están pintadas de rosa ó azul, colores tiernos que infunden una alegre juventud á las construcciones vetustas.
Más allá de la ciudad, islas y canales se repiten hasta el infinito, como si la tierra entera fuese una sucesión de brazos acuáticos abarcando cumbres emergidas. En estos canales de riberas altas, que tienen una mitad longitudinal de su faja líquida negra como el ébano y la otra mitad dorada por el sol, cabecean bajo la brisa de la tarde docenas y docenas de juncos de velamen ganchudo, como el techo de las pagodas. Todos ellos vienen hacia Macao ó regresan á puertos cuyos nombres enrevesados sólo sus tripulantes pueden pronunciar. Tropieza la vista con el lomo obscuro de una montaña, creyendo que es el límite del horizonte. Más allá de su línea oblicua hay algo que brilla como un charco de metal en fusión. Es un nuevo canal del estuario, un estrecho navegable por el que pasan otros juncos y sampanes empequeñecidos por la distancia. Más allá una nueva montaña, que es otra isla; luego un fragmento de canal, en tercer ó cuarto término; y nuevas tierras insulares, hasta que todo este mundo sumergido y emergente se esfuma por obra de la distancia, confundiéndose el azul de las montañas lejanas con el azul de las aguas y del cielo.
Visitamos al fin lo más interesante para nosotros, lo que nos trajo á Macao con el atractivo de la devoción literaria. El gobernador nos muestra el jardín donde está la gruta en cuyo interior meditaba y escribía Camoens durante las horas calurosas de este país casi tropical. Dicho jardín tiene un atractivo comparable al de los muebles que empiezan á envejecer. En sus arriates y arboledas se mezclan la melancolía de los antiguos huertos chinos y la majestad de los jardines portugueses de Cintra. Vemos estatuas de mandarines que tienen la cabeza y las manos de loza. El resto de su cuerpo está formado con plantas á las que dieron forma humana los jardineros con sus tijeras.
El retiro predilecto del poeta ha sido desfigurado y vulgarizado por una admiración excesiva. La gruta no es más que un corredor entre grandes piedras, ocupado ahora por el busto de Camoens. Todas las rocas próximas desaparecen bajo lápidas que ostentan grabados fragmentos del autor de Os Lusiadas ó versos de autores célebres que le glorifican. Tantas placas de mármol dan á este lugar, que con razón puede llamarse poético, un aspecto antipático de cementerio.
Algunos vecinos de Macao, especialmente parejas jóvenes, vienen á merendar en el histórico jardín, y al son de un gramófono ó un organillo bailan ante el busto coronado de laureles. No importa; es fácil suprimir con la imaginación estas fealdades de la realidad y ver el antiguo huerto tal como fué, con sus arboledas pendientes, su breve gruta limpia de adornos, y meditando bajo la fresca arcada el hidalgo portugués tuerto en la guerra, soldado heroico como el manco Cervantes, y desterrado de Goa á uno de los lugares más lejanos de la monarquía lusitana, dueña entonces de colonias en las dos costas de África, en el mar de las Indias y en los archipiélagos situados más allá del estrecho de Malaca.
Al cerrar la noche abandonamos la calle principal de Macao, abundante en bazares chinos, para correr las callejuelas adyacentes, que ofrecen á dicha hora un aspecto interesante.
Macao no goza fama de ser un lugar de virtudes, mas no por eso debe considerársele peor que los otros puertos del Extremo Oriente. Se diferencia de ellos en que los defectos de la vida china están aquí reglamentados, y por ello más á la vista que en las demás ciudades. Esta reglamentación sirve para que el viajero pueda verlos más directamente y con mayor seguridad al hallarse todos ellos bajo la vigilancia de la policía.
La pequeña península de Macao, sin más tierra que la de sus paseos ni otra industria que su puerto, sólo ha podido vivir imponiendo contribuciones públicas á los vicios de la población china. Estos vicios son inevitables. En Shanghai, en Hong-Kong, en todas las ciudades del Extremo Oriente, existen en mayores proporciones y sus explotadores pagan en secreto á las autoridades por su tolerancia, lo que sirve únicamente para el aumento de la fortuna personal de éstas. En Macao satisfacen un impuesto público, severamente administrado, y sus productos no sirven para enriquecer á ningún funcionario, empleándose por entero en grandes obras públicas, como la construcción del nuevo puerto, que cambiará completamente la vida de la colonia.
El gran vicio chino es el juego, y en Macao es libre. Algunos llaman á este pequeño país el «Monte-Carlo del Extremo Oriente», y lo sería en realidad si tuviese más próximas las grandes ciudades de Cantón y Hong-Kong. El juego favorito de los chinos se llama el «Fan-tan».
Entramos en una de las casas dedicadas á este vicio nacional. Hay tantas de ellas que resulta difícil escoger. Todas tienen en sus fachadas anuncios luminosos y rótulos chinescos en grandes bandas de tela colgante. También se ven en las mismas calles fumaderos de opio con sus lamparillas de luz fúnebre y sus duros lechos de asceta; pero ¿á quién puede interesarle un fumadero de opio en esta ciudad que es el principal depósito de dicho artículo?...
Los portugueses de Macao no merecen las censuras hipócritas que les dedican otras colonias europeas de Asia. Nunca ha impuesto Portugal á cañonazos el consumo de la citada droga, como Inglaterra, que hizo en 1842 la llamada «guerra del opio». Los mercaderes de Macao la venden á los buques que vienen á buscarla, y esta operación comercial proporciona un ingreso al Tesoro público. Lo mismo la pueden encontrar los chinos en otras colonias gobernadas por europeos, pero de un modo oculto, y lo que entregan por hacer tal negocio lo guardan en su bolsillo particular las autoridades.
Resulta el juego del «Fan-tan» lento y de prolongada emoción, como al chino le place que sean todas sus diversiones. La rapidez pugna con los gustos de su vida. La enorme mesa de juego está en el piso bajo, y en torno á ella se agrupan los «puntos» de clase ínfima, coolíes, marineros y trabajadores del puerto.
Subimos por una escalera bien iluminada al piso superior. El suelo está perforado por una gran abertura oval, que da exactamente sobre la mesa colocada en el piso bajo. En torno á su barandilla se sientan en banquetas de hule los jugadores de más distinción. Ciertas casas tienen una segunda y una tercera galería en sus pisos superiores, lo que triplica ó cuadruplica el número de las personas que intervienen en el juego. Asomados á cada baranda, unos empleados reciben el dinero de los jugadores de su piso y lo bajan hasta la mesa en pequeños cestos pendientes de cordeles, indicando con unas vocecitas que suenan como chillidos de gato el número y la cantidad de las apuestas.
Este público del primer piso resulta para mí de gran novedad. En ninguna de las ciudades chinas había visto tales personajes. Me siento entre algunos viejos con aire de mandarín venido á menos. Son letrados de exquisitos modales que han perdido tal vez una carrera brillante por las villanías propias del juego. A pesar de sus ojitos que no son más que dos líneas negras entre párpados que parecen cosidos, de su faz amarilla y arrugada y de sus bigotes colgantes, me recuerdan á muchos gentlemen arruinados que conocí en Monte-Carlo.
También puedo examinar aquí de cerca á las mujeres chinas en plena libertad. Van vestidas con pantalones y blusas de rica seda azul; llevan un flequillo de pelo sobre la abultada frente; en su pecho y sus muñecas centellea la pedrería de abundantes joyas; fuman sin parar cigarrillos con perfume de opio, sosteniendo entre dos dedos una larguísima boquilla de carey; ponen una pierna sobre otra, saliéndoles del ancho pantalón unas pantorrillas delgadas que no se armonizan con la anchura de su rostro; ríen con cierta insolencia, murmurando palabras ininteligibles, mientras examinan fijamente á las señoras europeas que acaban de entrar. Todas juegan sumas considerables, manejando el dinero con una inconsciencia oriental. Las más de ellas son cocotas nacionales, residentes en Hong-Kong y Cantón, y han venido á Macao para jugar al «Fan-tan» con permiso de los opulentos comerciantes que las mantienen.
La mesa está presidida por una especie de mandarín de barbas lacias y blancas, que desarrolla con una lentitud majestuosa la marcha del juego. Tiene á su lado un gran montón de sapeques, piezas metálicas con un agujero en el centro. Agarra sin mirar un puñado de tales monedas y las coloca bajo una maceta de hojalata vuelta boca abajo. El juego consiste en levantar dicho receptáculo cuando todos, en los diversos pisos, han hecho ya sus puestas, y con una varilla muy larga, para que no haya sospecha de trampa, va separando los sapeques por grupos de á cuatro, hasta que al final quedan unas piezas sueltas, que pueden ser cuatro, tres, dos ó una, números á los que arriesgan su dinero los jugadores.
Esta separación de cuatro en cuatro la va haciendo con una lentitud desesperante, pues así le gusta al público. El chino no conoce el valor de las horas. Además, no hay miedo de que se cierre el establecimiento. Las casas del «Fan-tan» carecen de puertas y las partidas se suceden día y noche, renovándose el personal de la mesa. Hay «puntos» que se hacen traer la comida de un figón inmediato, duermen sobre la banqueta de hule cuando les rinde el sueño y no salen de la timba en varias semanas, mientras les queda un peso mejicano.
Algunos de estos jugadores dan pruebas de una visualidad maravillosa. Apenas el venerable personaje levanta el vaso y empieza á contar las piezas, adivinan desde el piso superior con una mirada de águila cuántas quedan en el confuso y enorme montón, anunciando por anticipado el número ganancioso.
Mientras las señoras vuelven al palacio del gobernador, donde nos espera un gran banquete, corro yo con uno de sus ayudantes, el teniente de navío Sebastián Da Costa, notable escritor portugués, á conocer otra de las singularidades del viejo Macao, la llamada «rua da Felicidade». Esta calle de la Felicidad resulta semejante por su tráfico á las que existen en todos los puertos de mar, pero aquí ofrece el interés de ser únicamente chinos los que la frecuentan, empujados por el acuciamiento de la lascivia.
Se compone de casas estrechas, cuyo piso bajo ocupa enteramente la puerta. A través de su abertura se ve una especie de zaguán con el arranque de la escalera que conduce á las habitaciones superiores, y algunos asientos chinescos, ocupados por las dueñas y sus amigas. Son mujeronas de cabeza voluminosa, miembros delgados y grueso tronco, con una nariz tan aplastada que apenas si resulta visible cuando sitúan de perfil su ancho rostro, amarillo como la cera. Estas hembras maduras, retiradas de las peleas sexuales, fuman gruesos cigarros mientras conversan lentamente. Otras se peinan entre ellas á la luz de una lámpara colocada ante sus ídolos predilectos.
Las pensionistas de dichas casas juegan en medio de la calle, como un colegio en asueto. Verdaderamente es la función que les corresponde, á juzgar por sus pocos años. Todas ellas son chinitas apenas entradas en la pubertad. Se persiguen como gatas traviesas, dando maullidos de regocijo. Algunas se acercan á nosotros después de colocarse ante el menudo rostro una careta de gesto monstruoso, una máscara espantable de dragón ó de genio, como únicamente saben imaginarlas los artistas chinos, y las pobrecitas rugen para infundirnos pavor, riendo á continuación de su travesura.
Nos fijamos en los diversos altares de las casas. Todos ellos guardan bajo marco imágenes de papel doradas y multicolores: dioses ó diosas de las Aguas, del Viento, de la Felicidad, etc. En algunas de dichas viviendas las huéspedas no tienen dinero para adquirir divinidades protectoras, mas no por eso carecen de altar. Han colocado en la pared, bajo doseles de colores, un anuncio de la Compañía Trasatlántica Japonesa, con un vapor de cuatro chimeneas y un mar de grandes olas, y le encienden todas las noches su lámpara, lo mismo que en las casas vecinas. Tales improvisaciones no asombran á ningún chino.
Volvemos á atravesar la gran calle de Macao, que tiene en las primeras horas de la noche un aspecto de capital de provincia. Pasean por sus aceras numerosos sacerdotes y oficiales vestidos de paisano; jóvenes de una elegancia marcial, con gran fieltro á lo mosquetero y chaleco blanco.
Nos obsequia el gobernador Rodrigues con una magnífica comida en su palacio. Admiro los salones de esta residencia, que no es vieja pero empieza á adquirir el encanto de lo antiguo. Muchos de sus muebles proceden de Cantón y tienen más de un siglo. En los rincones hay grandes ánforas de porcelana multicolor, como las fabricaban los chinos en otros tiempos.
Con el deseo de que viésemos Macao detenidamente, no ha querido el doctor Rodrigues dejarnos partir á media tarde en el vapor de Hong-Kong. Por miedo á los asaltos de los piratas, este vapor emprende su regreso poco después de su llegada, para que no le sorprenda la noche en el camino. Las aguas portuguesas son las más seguras. El vigía del castillo de Macao sigue durante dos horas la marcha de los buques por el enorme espacio de mar abierto ante la ciudad, y puede dar aviso á los cañoneros portugueses si nota algo extraordinario. Lo peligroso es el dédalo de canales é islas inmediato á Hong-Kong, y el vapor-correo procura pasarlo antes que se oculte el sol.
Nosotros saldremos de aquí después del banquete. Un remolcador del puerto se encargará de llevarnos á Hong-Kong. Hasta las once de la noche estamos en la grata compañía del gobernador, su esposa é hijas y las familias de sus ayudantes. Nos vemos tratados con la proverbial cortesía de los hidalgos portugueses. Algunas damas cantan fados y romanzas sentimentales de la patria lejana. Cuando cesa la música hablamos de lo que fueron los navegantes portugueses y españoles dentro de la historia del progreso humano.
Salimos para Hong-Kong en el pequeño vapor. Va tripulado por media docena de marineros que son chinos de Macao. Su patrón parece ser el único portugués, pero acabo por creerle también mestizo, nacido en la colonia. Todos ellos se entienden en lengua china para sus maniobras.
El barco tiene en la proa un cañoncito de tiro rápido cuidadosamente enfundado, á causa de la humedad atmosférica. Creo además que los tripulantes llevan algunas carabinas... pero ¡vamos encontrando en nuestro camino tantos juncos! Pasamos al lado de buques que resultan enormes si se les compara con nuestra pequeñez, y de su interior puede desplomarse repentinamente sobre esta cubierta una cascada de diablos amarillos y medio desnudos, que se apoderarían del barquito antes de que nadie pudiese desenfundar el cañón ni tocar una carabina.
Pienso que si los tripulantes de algunos de los juncos de comercio supiesen quién viene en este pequeño buque se sentirían inclinados á intentar una aventura capaz de enriquecerlos. Por suerte, para todos los navíos de forma arcaica y su marinería vagabunda que sólo se muestra honesta cuando ve próximos los golpes, nuestra embarcación no es más que un cañonero de Macao que se dirige á Hong-Kong en plena noche por un asunto del servicio.
Sospechas ó inquietudes van desapareciendo según avanza nuestra navegación sobre las aguas del estuario. El misterio de la noche nos penetra y nos avasalla. Queremos gozar la belleza de la hora presente, que tal vez no volveremos á conocer nunca en lo que nos resta de vivir.
Si me preguntan cuál es la sensación más honda y duradera de mi viaje alrededor del mundo, tal vez afirme que el viaje de Macao á Hong-Kong, sobre un mar dormido como una laguna, bajo la cúpula de una noche esplendorosa, con el incentivo de marchar en el misterio, costeando peligros y casi al ras de las aguas. El mar es muy distinto cuando se navega por él pudiendo tocarlo con la mano á como se ve desde la última cubierta de un trasatlántico, alta como la plataforma de una torre.
Ha surgido la luna sobre el lomo obscuro de una de tantas islas. Es simplemente un cuarto creciente, pero la vagorosa luz traza un ancho camino de lácteo resplandor sobre la llanura lóbrega moteada de rojo por las lucecitas de los juncos. Las estrellas son tantas en este cielo tibio, que al levantar la cabeza para verlas, parpadean los ojos cual si lloviese sobre ellos polvo de luz. Detrás de la popa huye el camino lunar, ondeado por el cabrilleo de las aguas. Este camino forma un triángulo. Se estrecha hasta unir sus dos bordes en el límite del horizonte y sobre este vértice asoma á intervalos un diamante rojo que lanza contados centelleos, siempre los mismos, y vuelve á ocultarse en momentáneo eclipse: el faro de Macao.
Ofrece la proa un espectáculo más extraordinario al deslizarse por sus dos flancos el agua partida en espumas.
¡Las fosforescencias del mar chino!... En noches anteriores, al pasar la bahía de Hong-Kong sobre los vaporcitos que van y vienen entre la ciudad y la península de enfrente, llamó mi atención un resplandor verde de las aguas próximas. Creí al principio en un reflejo de la luz de posición, situada en el puente, y que corresponde al lado de estribor. Pero al ver que en el costado opuesto no existía ninguna luz roja y las aguas seguían brillando con la misma luminosidad verde, me di cuenta de que era un reflejo fosforescente como no lo había visto nunca en otros mares.
Ahora, al regresar de Macao, considero casi insignificante la luminosidad extraordinaria de la bahía de Hong-Kong. Aquí, en pleno estuario, donde el agua tranquila de los canales es una mezcla de la salinidad de las mareas oceánicas y los aportes dulces del río Perla, cargados de vida animal, la fosforescencia resulta algo inaudito, algo que nunca pude concebir que existiese.
Brillan junto al buque, durante largos espacios de tiempo, las aguas que nos rodean, con una luminosidad igual á la de Hong-Kong. Es el mismo espejismo de ojos felinos que he visto tantas noches en mis travesías á América... De pronto ocurren mudas explosiones de luz á flor de agua, como si la proa, al avanzar, fuese rompiendo focos eléctricos. Parece que en el seno del estuario se alumbren de pronto innumerables tubos de mercurio, que revienten grandes bolsas luminosas, esparciendo un resplandor verde semejante al de los teatros y los cabarets de última moda; y el buque entero queda envuelto por unos segundos en una aurora inverosímil que parece de otro planeta.
Sentados en la proa unos junto á otros, viajamos á través de la obscuridad sin poder vernos, y de repente nos contemplamos de cabeza á pies, con un color de exhalación eléctrica que en el primer momento nos hace inconocibles.
Menospreciamos el abrigo del único camarote del barco para no perder este espectáculo ultraterreno, y seguimos en la cubierta, con las ropas chorreando humedad, temblorosos de frío, mientras vamos pasando entre islas de una temperatura tropical. Esperamos un nuevo reventón de resplandores mágicos en el seno de las aguas.
Queremos ver una vez más, bajo esta luz de misteriosa apoteosis, el deslizamiento de los peces despertados por nuestra proa, negros y elípticos como manchas prolongadas de tinta china.