La vieja Batavia y la famosa Compañía de las Grandes Indias.—Cómo vivió Java dos siglos y medio de colonización holandesa.—Opulencia de Batavia.—Abundancia de dinero y de enfermedades mortales.—El monopolio de las especias.—Destrucción de artículos para mantener su escasez.—Las ciudades-jardines de Weltevreden y Micer Cornelius.—Una plaza de un kilómetro cuadrado.—El país del «batik».—Muchedumbres hermosas y colorinescas.—El dulce mahometismo del pueblo javanés.—Facilidad de las javanesas para desnudarse.—El turbante y los pies descalzos.—Baño de las mujeres en las calles.—Dos condiciones exigidas por los antiguos javaneses para dejarse matar tranquilamente.—El «traidor» Erberfeld y su eterna execración.—Reparto equitativo de las vergüenzas del pasado.
Al detenerse el Franconia en Tandjong Priok cae sobre nosotros el calor ecuatorial con toda su húmeda pesadez. Nos hallamos á unos cuantos grados nada más de la Línea, en una ribera de Java, entre terrenos de verdura exuberante pero bajos y casi anegados.
Batavia, la antigua metrópoli javanesa, está á varias millas del mar. Un canal navegable permitía la llegada hasta cerca de sus almacenes á los navíos de otros tiempos, que eran de poco calado. Hoy los vapores quedan en el puerto moderno de Tandjong Priok y por el canal sólo navegan sampanes del país y rosarios de lanchones tirados por remolcadores.
Ver Java fué uno de mis mayores deseos al emprender el viaje alrededor del mundo. Siempre leí con predilección los relatos escritos en pasados siglos sobre esta isla inagotablemente productora. Ya he dicho cómo los holandeses se la arrebataron á los portugueses en 1600, lo mismo que Sumatra, las Molucas y otros archipiélagos inmediatos. Los reyes indígenas, quejosos de la dominación portuguesa, se aliaron con los holandeses, y su auxilio fué decisivo para que éstos se apoderasen del país. Al poco tiempo se convencieron de que sus nuevos dominadores no eran preferibles á los antiguos. Holanda cedió á una sociedad mercantil el gobierno y explotación de sus colonias oceánicas, y ésta se hizo famosa en la Historia con el título de Compañía de las Grandes Indias.
El actual gobierno de los holandeses en Java es dulce, tolerante, progresivo, y ha realizado grandes obras; pero el período de 1600 á 1860—más de dos siglos y medio—, que fué el de la Compañía de las Grandes Indias y otras organizaciones sucesoras de igual carácter, puede considerarse como la muestra más completa que se conoce de colonización ávida, cruel é inexorablemente mercantil. Todos los defectos probados ó problemáticos de la colonización española en América pierden importancia si se les compara con la dureza explotadora de la célebre Compañía en sus posesiones oceánicas.
Un gobernador enviado de Holanda reinaba como monarca absoluto sobre todas las islas. Este personaje sólo se dejaba ver en una carroza dorada con tiro de seis caballos, escoltada por oficiales y precedida de varios negros armados de cachiporras de plata, dispuestos á golpear al que no hiciese alto reverentemente y saludase doblando el espinazo. Los criollos ricos y los holandeses que iban en carrozas más modestas debían echar pie á tierra con sus mujeres é hijos para unir sus encorvamientos á los de la muchedumbre. Este virrey tenía un Consejo de diez y seis ministros, llamados edel-heers, ó sea consejeros de Indias, que no por ser secundarios resultaban menos temibles. Los que de ellos no gobernaban por delegación en Macasar ó alguna otra capital isleña y permanecían en Batavia, podían usar también carroza dorada, pero de cuatro caballos, y los propietarios de los otros carruajes debían ponerse de pie para saludar á Sus Excelencias.
Todas las Indias holandesas estaban organizadas como una oficina mercantil. El ejército, cuya oficialidad era en gran parte extranjera, dependía de los funcionarios civiles. Éstos veían designados los cargos de su escalafón en términos comerciales. Los más modestos se llamaban asistentes, y al ascender obtenían los títulos de tenedor de libros, submarchante, marchante, gran marchante y gobernador. Dichos grados civiles tenían sus correspondientes uniformes y gozaban de honores militares. El empleo de gran marchante estaba asimilado al de teniente coronel, submarchante equivalía á capitán, y tenedor de libros á teniente.
En ningún país de la tierra corrió el dinero como en la antigua Java; más que en Méjico y en el Perú, á raíz de la explotación de minas famosas. Los empleados percibían anualmente gratificaciones ocultas que representaban veinte veces el valor de sus sueldos. La Compañía no necesitaba cuidarse de la moralidad de ellos para mantener sus ganancias. Hubo años en que sus accionistas recibieron dividendos de 60 por 100.
La riqueza de este país consistió principalmente en la explotación de las especias. Al quedar los holandeses dueños absolutos de las Molucas, dominaron los mercados del mundo como únicos vendedores de tales materias. Nadie las poseía fuera de ellos. Los ingleses aún no les habían arrebatado Ceilán ni intentado el cultivo de las especias en sus colonias.
Deseosa la Compañía de mantener la rareza de tales productos, se valió de un sistema brutal. Todos los años cargaba en los navíos holandeses las especias que consideraba necesarias para el consumo de Europa, quemando á continuación el resto guardado en sus almacenes. Con el deseo de asegurar más aún su monopolio, decretó en cada isla un cultivo único. Sólo permitía á Ceilán que recolectase la canela. Las islas Banda eran las únicas que podían cosechar la nuez moscada. Amboine y otras tierras inmediatas tuvieron el monopolio del clavo de olor. Anualmente sus comisionados recorrían las islas con destacamentos de tropas, arrancando y quemando los árboles de especias en los lugares no autorizados para su cosecha. También repetían tal destrucción al encontrar, por ejemplo, árboles de canela en una isla solamente autorizada para recoger el clavo. Como el consumo de los europeos no exigía grandes cargamentos á causa del enorme precio de tales materias, el trabajo de la Compañía durante muchos años consistió especialmente en destruir los productos, para que no se generalizasen y abaratasen.
La situación exacta de los centros de especiería era un secreto de Estado. Los funcionarios, al irse de Java, debían hacer entrega de los planos y todos los papeles concernientes á dicho emplazamiento. Todavía en los primeros lustros del siglo XIX, un vecino de Batavia fué azotado, marcado con un hierro candente y relegado á una isla casi desierta, por haber hecho ver á un inglés un mapa interior de las islas Molucas.
Otro motivo de opulencia para la antigua Batavia fué que comerciantes y funcionarios enriquecidos en el país no lograban fácilmente volver á Europa con su fortuna. Los giros sólo podían hacerse por medio de la Compañía, y ésta tasaba á cada habitante el dinero que podía enviar fuera de la isla. Además, como la moneda javanesa era emitida por la misma Compañía, experimentaba un enorme descuento al pasar á Europa.
Fácil es imaginarse cómo sería la vida dentro de esta ciudad colonial, abundante en ricos que no sabían cómo gastar su dinero y sometida á una autoridad despótica. Todos los viajeros, hasta principios del siglo XIX, se hicieron lenguas de la opulencia de Batavia. Hoy parece una ciudad moribunda. Se desdobló hace un siglo, creándose á corta distancia de ella la ciudad de Weltevreden, y ésta, á su vez, tiene una prolongación que se llama Micer Cornelius. Las tres ciudades, Batavia, Weltevreden y Micer Cornelius, ocupando un área enorme, forman unidas la gran metrópoli javanesa.
Insisto en la extensión de su área. Hay que acostumbrarse á las modalidades de este país para saber cuándo se halla uno dentro de una ciudad ó en pleno campo, Corre el automóvil por amplias avenidas orladas de árboles grandiosos, como sólo pueden desarrollarse en estas tierras solares y fecundas. A un lado y á otro se extiende la vegetación de frondosos jardines, abundantes en flores. Y al preguntar el viajero cuándo llegará á la ciudad, le contestan que hace una hora que está dentro de ella.
Las avenidas son calles y los jardines son casas. Todo vecino tiene en torno á su vivienda un gran espacio de tierra, hermoseado por los olores y perfumes de la flora tropical. Como en este país de terremotos no pueden construirse edificios altos, las casas, de un solo piso, levantadas sobre plataformas, por elegantes y cómodas que sean, permanecen casi ocultas bajo el ramaje de los árboles. Hasta en muchas calles las tiendas están en el fondo de jardines. Únicamente en la vieja Batavia, construída con arreglo al gusto de otros tiempos, y en el centro de Weltevreden, abundante en comercios modernos, se encuentran plazas y calles cuyos edificios están unidos y sin jardín, dando las fachadas sobre la acera para lucir sus escaparates.
La vieja Batavia, tan hiperbólicamente descrita por los viajeros de hace un siglo, resulta pobre y decadente en la actualidad. Establecida sobre terrenos bajos próximos al mar y cortada por las acequias naturales de su desagüe, todavía los holandeses, con la nostalgia del colono que recuerda á todas horas la patria lejana, abrieron canales artificiales en sus vías más céntricas, á semejanza de los de Amsterdam. Inútil es decir lo que representan estas vías acuáticas en el interior de una ciudad, y bajo una temperatura extremadamente cálida, para la reproducción de los mosquitos. Con motivo fué reputada Batavia como una de las ciudades más insalubres del mundo. Los holandeses se enriquecían en ella con rapidez, pero morían no menos aprisa.
A principios del pasado siglo un gobernador trasladó su vivienda algunas millas más lejos del mar, donde se halla ahora Weltevreden, y la mayor parte de los habitantes de Batavia le siguieron, creándose la nueva ciudad. Pero la nostalgia patriótica les hizo volver á abrir grandes canales en las avenidas de Weltevreden, y el mosquito se enseñoreó igualmente de la segunda capital.
Al entrar en la vieja Batavia se pasa por una especie de arco de triunfo, levantado en tiempos de la Compañía de las Grandes Indias. Es de mampostería blanca, con hornacinas que cobijan varias estatuas simbólicas pintadas de negro. A un lado de este monumento casi fúnebre puede verse una de las curiosidades tradicionales del pueblo javanés.
Caído en el suelo hay un cañón de bronce verdoso, desmontado hace siglos, y en torno se extiende un prado de flores de papel ofrecidas por los devotos de dicho ídolo. Un indígena establecido cerca del cañón vende varillas de sándalo, que las mujeres queman con los ojos puestos en el cilindro de bronce ornado de relieves. Todos saben en Java que la mujer que se sienta sobre este cañón y le dedica flores é incienso queda en estado de tener un hijo á los nueve meses justos.
Al borde del canal más grande se extiende una fila de caserones de dos pisos—altura extraordinaria en este país—, que ostentan fachadas algo ruinosas, con galerías cubiertas, columnatas y remates ondulados al gusto del siglo XVIII. Estos palacios de los ricos de otros tiempos, cuyos descendientes se trasladaron á Weltevreden, están ahora ocupados por oficinas comerciales y por bancos. Los negocios se hacen todavía en Batavia, y al caer la tarde jefes y empleados regresan á sus bengalows floridos de Weltevreden, por ser peligroso para la salud pasar la noche en la vieja ciudad.
Los chinos forman la mayoría del vecindario de Batavia, y todo el movimiento nocturno se concentra en sus calles tortuosas, cuyas fachadas tienen celosías con dragones de oro y de cuyas ventanas penden rótulos sobre telas ondeantes.
Después del recogimiento constructivo de Batavia, que aglomeró sus casas como todas las ciudades antiguas, sorprende la extensión inaudita de Weltevreden. Todas las calles importantes tienen kilómetros y kilómetros.
Atravesar alguna de sus plazas á las horas de sol es todo un viaje. Se sabe la existencia de la plaza porque lo afirman los guías, pero el visitante, al separarse de una hilera de edificios, ve enfrente un jardín, marcha por él hasta sentir cansancio, y cuando cree hallarse en plena selva tropical, lejos de la ciudad, columbra á través de los troncos las techumbres de otros pabellones rodeados de jardines. Es la acera de enfrente.
En el centro de Weltevreden está la llamada plaza del Rey, que tiene un kilómetro de longitud por cada uno de sus lados. Es la plaza más grande del mundo dentro de una ciudad. En la parte central de este kilómetro cuadrado, verde como una pradera, galopan soldados amaestrando sus caballos y pastan finas vacas holandesas. Todo en ella tiene un aspecto de campo libre á pesar de la arboleda urbana que orla sus cuatro lados frente á los jardines de los particulares.
Viendo las casas de las gentes acomodadas de Weltevreden se adivinan su dinero, su escrupulosa limpieza y sus comodidades; pero en otros países, y sin el marco esplendoroso que les proporciona la vegetación de sus jardines, estas construcciones se verían tal vez menospreciadas. Son ligeras y frágiles. No tienen la estabilidad señorial de los caserones de Batavia ocupados ahora por el comercio, que aún guardan sus pavimentos y sus grandes zócalos á la altura de un hombre hechos con losas de mármol blanquísimo.
Los bengalows elegantes de Weltevreden ofrecen una particularidad que aún parece hacerlos más inestables. Todos ellos carecen de fachada; únicamente las piezas interiores que sirven para dormir tienen tabiques y puertas. El techo está sostenido en su parte delantera por ligeras columnas, y el comedor, el gran salón para recibir visitas, el gabinete íntimo donde la familia lee, se hallan descubiertos, á la vista del que pasa. Los árboles del jardín sirven de movible cortina, y bajo los aleros de estas piezas sin pared se balancean macetas colgantes de alabastro con chorros de flores. Hasta las casas de los empleados más modestos tienen en torno un jardín y las habitaciones principales sin más abrigo que el techo.
A un lado de Weltevreden se ha ido formando durante el siglo XIX la tercera ciudad, ó sea Micer Cornelius. Dicho personaje fué un holandés que se defendió heroicamente cuando los ingleses desembarcaron en Java, ocupando la isla. Esto ocurrió en la época de Napoleón. Como el emperador francés se anexionó á Holanda, acabando por dar la corona de este país á uno de sus hermanos, el gobernador inglés Raffles, fundador de Singapore, organizó una expedición desde dicha colonia, apoderándose de todas las Indias holandesas, y Java no fué devuelta á sus antiguos poseedores hasta 1816.
Micer Cornelius fué al principio una barriada indígena á la que acudían los javaneses en días de fiesta para sus diversiones un poco libres. Las principales viviendas estaban dedicadas á industrias vergonzosas. Este suburbio es hoy una ciudad-jardín como Weltevreden, urbanizada por las gentes de la clase media que desean crearse un hogar propio.
Puede afirmarse que lo más extraordinario en Java es el aspecto de las muchedumbres y su belleza corporal. La vegetación maravillosa de esta isla puede encontrarse igualmente en las inmediaciones de Singapore ó en Ceilán. Pero los habitantes de dichos lugares no son comparables á los javaneses por el color de su epidermis ni por la infinita variedad de sus vestiduras.
Ya dije en otro lugar cómo es la tez metálica de los javaneses y especialmente de sus mujeres. Resulta exacto compararla con el bronce, pero un bronce recién frotado, limpio, que brilla como el oro. Parece que la piel de estas gentes tenga una luz interior. Sus cuerpos, lo mismo en hombres que en mujeres, son de una esbeltez que deja al viajero, algunas veces, absorto por la admiración.
El lector debe estar enterado de que Java es el país del batik. Aquí se fabrica esta tela, pintada con toda clase de colores y puesta en uso por la moda hace poco tiempo, que las fábricas europeas falsifican a causa de su alto precio. Hasta los mendigos van en Java vestidos de batik.
En realidad el traje nacional consiste en una pieza de dicho tejido, el sarog, que hombres y mujeres llevan arrollada sobre sus piernas, como una falda de corto paso. Los varones añaden una camisa y las mujeres también, pero tan corta la de éstas, que deja al descubierto una gran faja de carne desnuda entre su borde y el sarog. Muchas hembras prescinden en el campo ó dentro de sus casas de esta breve camiseta, y van desnudas de cintura arriba, mostrando unas abundancias mamilares que también parecen ser algo especial de esta isla paradisíaca.
Los pechos de las javanesas se sostienen macizos y erguidos hasta después de las majestuosas amplificaciones que trae la maternidad. Avanzan rigurosamente horizontales, no obstante su volumen, y algunas veces, tal es su dura soberbia, que, abandonando la línea recta, elevan hacia el rostro de su portadora los dos agudos botones de sus vértices.
Están pintadas las faldas de batik con los colores innúmeros de una primavera fantástica, y á estas flores inverosímiles, que muchas veces son de oro, se agregan tigres de perfil heráldico, reptiles vomitando fuego, leones de melena verde. Una muchedumbre javanesa recuerda á los pueblos de la Edad Media, vestidos con ropas blasonadas y de violentos colores. Los chinos, siempre trajeados de azul, resultan humildes y obscuros al lado de los naturales de la isla.
Empieza aquí el uso del turbante, tocado que seguiremos encontrando en los otros pueblos de Asia. Creo oportuno advertir que el pueblo de Java es por entero musulmán. Este país lo catequizaron los bracmanes indostánicos en remotos siglos; luego fué budista, y aún quedan de tal época maravillosa ruinas de templos en su interior. Pero mucho antes que los portugueses, llegaron á Java los malayos y otros pueblos que habían recibido de los marinos árabes el mahometismo, y todos los habitantes de la isla profesan actualmente dicha religión.
Es un mahometismo especial, suave y dulce. En Java sólo pueden ser así las cosas. Los santones no tienen la influencia que en otros países musulmanes; se ven pocas mezquitas y todas ellas son pobres. Las mujeres javanesas gozan de absoluta libertad y no se limitan á ir con la cara destapada á todas partes. Fácilmente se desnudan de cabeza a pies, con una sencillez paradisíaca. Los hombres toman toda clase de bebidas alcohólicas, si se las ofrecen gratuitamente.
Los más llevan el pequeño turbante característico de Java, que consiste en un pañuelo obscuro y dorado de batik enroscado sobre la cabeza y con dos cuernecitos en la frente que indican el nudo terminal. He visto en las calles de Weltevreden ricos personajes javaneses que se dirigían á los clubs más lujosos vistiendo uniforme por ser oficiales del ejército colonial. A todos ellos, por detrás del kepis holandés les asomaba la torta del turbante. Sin embargo, éste no es obligatorio. Los javaneses de la capital que se dedican á oficios manuales y los comerciantes de los pueblos llevan un gorrito redondo de terciopelo con bordados, semejante al que usan en las oficinas de Europa algunos funcionarios viejos.
A partir de Java, empiezan también para nosotros los pies descalzos y la marcha silenciosa. Los japoneses van montados sobre banquitos que á cada paso lanzan el chacoloteo de la madera. Los chinos usan zapatillas y su marcha afieltrada les permite aproximarse como fantasmas. El javanés va descalzo, y á partir del lujoso y célebre «Hotel de las Indias» de Weltevreden, vamos á ser servidos en los hoteles de Singapore, de Birmania y de toda la India por camareros elegantemente vestidos, pero sin zapatos.
La parte más grande del Asia desconoce el calzado. Este tormento queda para los blancos. Los camareros que en el inmenso comedor del citado «Hotel de las Indias» nos sirven platos javaneses rociados de salsas infernales van todos vestidos de blanco, con levitas inmaculadas y pantalones cortos, en la cabeza el pequeño turbante de batik y los pies completamente desnudos.
A ciertas horas del día, en los canales de las calles más importantes, que son de cierta profundidad, se ven numerosos grupos de mujeres descendiendo con lentitud las escaleras de piedra para meterse en el agua, sin más traje que una de esas telas asiáticas, extremadamente sutiles, que tienen además el tono rosa de la carne. Apenas se encuclillan en los últimos escalones para que el agua les llegue al cuello, dicha tela desaparece, pegándose á todas las curvas entrantes y salientes de estas buenas mozas de piel de oro. Luego remontan con paso tranquilo la escalera, hasta el lugar donde dejaron sus ropas secas.
Tal baño en las calles no llama la atención de ningún habitante blanco de la ciudad. Lo ven todos los días. Además tiene por base un motivo religioso, respetado por las autoridades. Como estas mujeres son musulmanas, hacen sus abluciones rituales en el canal. La temperatura de Java, que algunos llaman «la isla del sudor», convierte en voluptuoso placer tal acto de devoción. De aquí la facilidad de las javanesas para desnudarse, su amor al agua y su odio al vestido... cuando no es muy rico.
Las más de estas mujeres resultarían de una belleza apreciable, á pesar de sus facciones exóticas, si no fuese por su costumbre de mascar betel, materia que desfigura sus bocas y les hace escupir una saliva del mismo color de la sangre. En las calles se encuentran con frecuencia preparadores de esta materia que tanto repugna á los europeos.
Hay también numerosos vendedores de comestibles que libran á las javanesas de la necesidad de encender fuego para la preparación de sus alimentos. Los que ofrecen melones, plátanos, mangos y otros frutos del país, condimentan igualmente arroz guisado con cary, entregándolo envuelto en hojas de platanero que sirven de platos. Sólo las gentes del país pueden comer este guiso popular, que despierta en la boca los ardores de un incendio. También, sentadas al pie de los árboles, hay mujeres que venden té y otras bebidas refrescantes.
Los hombres mostraron en tiempo de la Compañía de las Grandes Indias ciertas preocupaciones supersticiosas, que ésta hubo de respetar para que no ocurriese una sublevación general. La justicia de la citada Compañía, tremendamente severa, castigaba con suplicios rigurosos hasta ciertas faltas de poca gravedad entre los blancos. La constancia de los naturales en el sufrimiento de penas bárbaras pareció increíble á muchos viajeros de entonces. El javanés recibía tranquilamente la muerte, pero á condición de que lo matasen llevando calzoncillos blancos y no le cortaran la cabeza. Los tribunales tuvieron siempre con sus reos esta complacencia. Para un javanés, lo terrible no era morir, sino llegar al otro mundo con la cabeza bajo el brazo y sin calzoncillos blancos, por tener la certeza de que en tal forma no lo recibirían en el cielo.
Todo esto es muy antiguo y con razón empieza á olvidarse. El régimen actual resulta muy distinto al de la antigua Compañía, pero aún queda en Batavia, intacto y con frescura de obra cuidadosamente renovada, un monumento de la crueldad de los antiguos colonizadores.
Pocos son los viajeros que no van á visitar, junto á la iglesia vieja de Batavia, la lápida del «traidor» Erberfeld. Ésta consiste en una gran piedra vertical incrustada en el muro de un jardín con la siguiente inscripción, primero en holandés y luego en javanés:
PARA PERPETUAR EL NOMBRE EXECRABLE DEL TRAIDOR
PIETER ERBERFELD
QUEDA PROHIBIDO PARA SIEMPRE
CONSTRUIR Ó PLANTAR EN ESTE SITIO.
BATAVIA, 14 ABRIL 1722.
El mencionado Erberfeld fué un mestizo rico, hijo de un colono alemán y de una javanesa, que intentó en el siglo XVIII una revolución para echar fuera de su país á los europeos. Él y catorce personajes javaneses, sus compañeros de conjura, fueron condenados á muerte como traidores, aunque muchos sospechan que la tal conspiración no representaba ningún peligro serio, y el principal delito de Erberfeld consistió en las tentaciones que inspiraban sus ricas propiedades á muchos de los dominadores.
Erberfeld y el javanés Catadia, reputado también como jefe, merecieron un suplicio aparte, consignado así en su sentencia: «Serán extendidos y atados cada uno sobre una cruz y se les cortará la mano derecha. Luego serán atenaceados en los brazos, las piernas y los pechos, de modo que las tenazas ardientes se lleven pedazos de su carne. Después se les abrirá el vientre y el pecho de abajo á arriba, se les arrancará el corazón y se les echará al rostro. La cabeza cortada puesta sobre una estaca y el cuerpo hecho cuartos, quedarán expuestos fuera de la ciudad, para que sean comidos por las aves de presa.»
Encima de la lápida que execra la memoria del «traidor» hay una cabeza de yeso atravesada por un largo clavo ó hierro de lanza. Es una cabeza de difunto con los ojos cerrados. Algunos dicen que dentro del yeso está el verdadero cráneo de Erberfeld.
Por detrás de este monumento se abren las ramas de un jardín tropical. Los plataneros extienden como un dosel sus anchas hojas barnizadas sobre la cabeza del martirizado.
¡Y pensar que fué en la vieja Holanda protestante donde se imprimieron y editaron la mayor parte de los libros, algunas veces fantásticos, sobre las crueldades de los españoles en América, más de un siglo antes de la ejecución horrible de Erberfeld y sus catorce compañeros javaneses!...
Suplicios parecidos se encuentran en la historia de todos los pueblos: es cierto. Francia repitió con Damiens las crueldades horripilantes sufridas por Erberfeld, algunos años después del martirio de éste.
Son barbaries del pasado... Conformes. Pero que las vergüenzas de ese pasado se repartan con equidad entre todos los países, sin distinciones injustas y fanáticas para aplicárselas á España solamente.
Enorme población de Java.—Sus arrozales en escalones.—Exuberancia vegetal.—Las chozas y sus habitantes.—Duchas naturales al aire libre.—Adán y Eva como antes del pecado.—Llegada á Garoet.—Nos extraviamos en sus alrededores.—Una tempestad ecuatorial.—El refugio de los veinte javaneses misteriosos.—Fuga bajo la tormenta.—Lo que vi á las puertas de Garoet y no olvidaré nunca.
Vamos á Garoet, hermoso valle del interior de Java, situado á gran altura, lo que le hace ser deseado por los que sufren el clima abrumador de los terrenos bajos próximos al mar. Hasta de Singapore vienen muchas gentes quebrantadas por la temperatura ecuatorial para vivir unos meses en sus sanatorios y hoteles. Seis horas de ferrocarril necesitamos para llegar á dicha población, y durante su trayecto cambian los paisajes á medida que el tren va ganando altura de valle en valle.
Isla estrecha y larga, tendida exactamente de Este á Oeste, tiene Java una cordillera de volcanes muertos que es como su espina dorsal; pero esta barrera montuosa nunca fué un obstáculo para la vida de los naturales. Cortada casi simétricamente por numerosos pasos, les resultó fácil á los primitivos javaneses y á los navegantes malayos que se esparcieron por sus costas trasladarse de la ribera Norte á la del Sur para la explotación de sus terrenos feraces. Merced á esta facilidad topográfica, á la fecundidad del suelo y la dulzura del ambiente, Java ha sido en todo tiempo el país más poblado de la tierra. Tiene hoy 35 millones de seres, y en muchos de sus distritos se cuentan más de 600 habitantes por kilómetro cuadrado, cifra que no alcanza ninguna de las naciones de Europa.
Todas las colonias actuales holandesas que fueron antiguamente de la Compañía de las Grandes Indias representan una población de más de 50 millones de seres. Esto da á Holanda, que aparece en Europa mediocremente representada por la extensión de su territorio y la cantidad de sus habitantes, un aumento enorme de poder, económico y político.
La exuberancia de población la nota el viajero, especialmente, fuera de las ciudades. En otros países los campos están casi siempre solitarios, y hay que preguntarse quién pudo abrir los surcos y sembrar las llanuras que se muestran cultivadas. Sólo de tarde en tarde llega á verse algún hombre que trabaja, encorvado sobre la tierra, ó guía bestias de labor. En Java los caminos parecen calles, y sobre algunos campos se aglomera la gente lo mismo que si fuesen plazas.
No hay estación de ferrocarril, por modesta que sea, que no tenga en sus muelles una muchedumbre. La moderna colonización holandesa ha trazado una red de líneas férreas, excelentemente construidas, por las que circulan numerosos trenes. Son ferrocarriles como los de Europa por su material y su servicio. Sólo el gentío que llena los vagones nos hace recordar que estamos en Java; multitudes vestidas de batik con una riqueza colorinesca, semejante á la de las flores de sus jardines, y una parte considerable de sus cuerpos en tranquila desnudez.
El viaje á Garoet nos permite apreciar directamente la riqueza de Java y el trabajo de las muchedumbres laboriosas que surgen de todas partes, como las procesiones de un hormiguero.
Son arrozales los más de los campos, lagunas fangosas de una horizontalidad que se pierde de vista. Parejas de carabaos labran esta tierra medio líquida. Tienen los cuernos blancos y casi rectos. Su piel es obscura y lustrosa, como la del elefante y el hipopótamo. Avanzan con un esfuerzo tenaz, sudorosos bajo el sol tórrido, y cuando se detienen junto á una charca, sus dueños meten un cubo en el agua rojiza y bañan sus lomos y flancos, lo que los hace brillar por unos segundos como si fuesen tallados en azabache.
Los hombres van desnudos, con sólo un trapo entre las piernas. Sus espaldas son de bronce dorado. En la cabeza llevan un sombrero de paja del tamaño y la forma de una sombrilla japonesa. Formando largas hileras se encorvan y se alzan á un mismo tiempo cavando el barro. Las hembras se unen á ellos para realizar la misma operación, y desde lejos el grupo laborioso toma el aspecto de una orla de flores por sus pañales de batik rosa, azul, rojo ó azafrán.
Muchos han llamado á Java la Isla del Paraíso, y no resulta hiperbólico tal título en los valles situados á cierta altura sobre el mar, donde el clima es más dulce que en las tierras vecinas al Océano.
Tienen los caminos un color rojo obscuro de sangre coagulada. Ríos y arroyos son de un rojo más brillante y claro, igual al de la sangre fresca. Estos colores ardientes contrastan con el verde temblón de las plantas de arroz, el verde charolado de los plataneros y otros árboles frutales en torno á las viviendas, y el verde amarillento con reflejos metálicos de los matorrales y palmeras que cubren los terrenos sin cultivar. En otros países tropicales los bosques son leñosos, de escaso follaje, con las ramas atormentadas, torcidas, recias. Aquí se muestran siempre frescos y tiernos. Las hojas están impregnadas de humedad y bajo su sombra conserva la tierra una blandura rezumante de esponja. Las prolíficas fuerzas de este clima no dejan libre de germinación una pulgada del suelo. La verdura lo invade todo, agitando sus penachos de flores naturales. Solamente los caminos y las vías férreas dejan ver el color de la corteza terrestre, mas para esto es preciso que los limpien casi todos los días.
Alcanzan los bambúes proporciones colosales. Las chozas están siempre al amparo de un grupo de estas cañas que se remontan majestuosas en el espacio. Junto á las viviendas hay bosquecillos de cocoteros y plátanos para las necesidades de la casa. Frente á cada puerta se alza un mástil que parece destinado á sostener una bandera; pero lo que izan en su parte más alta es una jaula con uno ó varios pájaros. Vistos de lejos parecen loros de brillantes colores. Tal vez son otras aves de rico plumaje, y las colocan á esta altura para librarlas de las bestias de presa que vagan por los bosques y bajan á beber en los arrozales.
Este es el país de la célebre pantera negra de Java y otras fieras no menos temibles. Aún abundan en el centro de la isla, descendiendo en determinadas épocas á los lugares poblados. En otro tiempo la diversión de los javaneses era organizar combates de hombres con tigres y panteras. Las autoridades holandesas suprimieron esta fiesta, y el javanés sólo puede imitar á sus abuelos cuando circula la noticia de que un felino enorme caza en la comarca, armándose entonces para salir con sus convecinos á matarlo.
El terreno va elevándose. Se nota en la atmósfera y en el aspecto de los campos que nuestro tren asciende de meseta en meseta. Hemos dejado atrás la grandiosa estación de Bandoeng, ciudad de modernas construcciones que rivaliza con Weltevreden y va á convertirse en capital de la isla. Vemos campos de té compuestos de filas de arbolitos con la copa redonda, semejantes á pequeños naranjos; plantaciones de cacao y de tapioca; vastas extensiones de caña de azúcar. También vemos montones de cocos y grupos de mujeres sentadas en el suelo que extraen la pulpa de dichos frutos para las fábricas productoras del llamado aceite de copra.
Los ingenieros holandeses han hecho pasar la vía férrea sobre abismos de una profundidad que da vértigos. En el fondo de tales cortes se ven los hombres como puntos movedizos. Estos trayectos montañosos son de corta duración. Inmediatamente entramos en un nuevo valle paradisíaco, con armoniosos grupos de arboleda y extensiones acuáticas plantadas de arroz que brillan como espejos.
En todas las estaciones pequeñas encontramos la misma gente de tez dorada y ojos negros que parecen absorber la luz sin devolverla. Sus pupilas, á causa de esta opacidad, brillan con un resplandor blanco y mate. Los hombres que desempeñan oficios prescinden del pañal llamado sarong y usan calzoncillos blancos y el birrete redondo de viejo oficinista; pero la mayoría de los javaneses, fieles á la vestimenta tradicional, llevan envueltas sus piernas con telas multicolores. Las mujeres, según vamos avanzando por el interior de la isla, muestran cada vez más su desnudez de cintura arriba.
Ahora los arrozales ya no se extienden en línea horizontal. Se escalonan formando bancales en las vertientes de las montañas, todos con ribazos curvos. Parecen tazones superpuestos de una fuente interminable.
El agua va pasando de arrozal en arrozal; se desploma en gruesos chorros de un tazón á otro. Como el javanés gusta mucho de bañarse y su condición de musulmán le permite apreciar este placer como un acto devoto, no hay chorro de agua roja que no tenga debajo á un mocetón cobrizo enteramente desnudo. Al pasar el tren junto á él sonríe y mira á los viajeros, sin ocurrírsele que está enseñando algo más que su dentadura brillante. A veces es una pareja la que toma esta ducha natural: Adán y Eva, completamente en cueros, rodeados de los esplendores del paraíso javanés.
Los arrozales son de una continua producción. En unos la planta apenas surge del agua, en otros es alta y verde, más allá ya tiene las espigas maduras y la siegan. Estos campos en escalera ofrecen un aspecto elegante; parecen el esbozo de un jardín. A trechos hay islas de chozas sobre el espejo acuático de los arrozales, con huertecitos de plátanos y cocoteros. También existen muchos sombrajes de techos cónicos, semejantes á kioscos, y en ellos se reúne la gente para conversar medio desnuda ó con vestiduras de variadas tintas.
No puedo comprender cómo los javaneses pasan su vida entre arrozales y se recrean al borde de aguas de lento curso. En otros países la abundancia de mosquitos haría penosa su existencia. Pero en esta época del año no se ven en Java tales insectos, y me afirman que en los meses restantes tampoco resultan extraordinariamente molestos por su número. Tal vez se debe esto á que en realidad no existen aguas que sean totalmente estancadas.
Por los caminos vemos pasar algunas javanesas guapetonas, montadas en bicicleta y con una vestimenta en la que se confunden el gusto europeo y el del país. También circulan automóviles; pero lo que más abunda es el carruaje, de dos ruedas tirado por unos caballitos inquietos, tan pequeños, que parecen corresponder por su talla á otra humanidad distinta de la nuestra.
Llegamos á Garoet. Antes de instalarnos en esta población, donde pasaremos la noche, vamos á correr un espacio de treinta kilómetros alrededor de ella para visitar sus lagos, que son antiguos cráteres de considerable profundidad acuática.
Varios automóviles nos llevan en fila veloz por unos caminos anchos y orlados de árboles gigantescos. Nos detenemos algunas veces en pequeñas aldeas para ver sus viviendas, con tabiques de fibras trenzadas y el piso á dos metros del suelo, montado sobre pilotes. Todas las casas javanesas se hallan en alto, á causa de la humedad del suelo y para defensa de los reptiles é insectos que tanto abundan en estos países cálidos de vida animal exuberante.
La gente sale á las puertas de sus chozas con una desnudez paradisíaca. Hombres esbeltos, de fuerte musculatura, miran con timidez casi infantil á las extranjeras que los examinan desde lo alto de sus automóviles. Algunas les hacen señas para que permanezcan quietos mientras preparan su máquina fotográfica.
Numerosas madres de familia se han despojado de su corta blusa y llevan por toda vestimenta un pañal colorinesco, que las cubre del bajo vientre á la mitad de las piernas. Hasta el ombligo todo es cara en ellas, y al hablar al extranjero casi lo tocan con sus exageraciones pectorales, firmes y puntiagudas. Muchas jovencitas van á estilo de muchacho, sin otra ropa que un simple calzoncillo, conmoviendo inconscientemente á los mirones con su desnudez dorada de Tanagra.
Ocupo uno de los automóviles, con una señora y su doncella, y los tres nos aburrimos de seguir á los demás vehículos que marchan en fila por los bordes monótonos de un lago. Con gestos más que con palabras, expresamos el deseo de volver á Garoet á nuestro chófer, javanés de unos diez y siete años, descalzo, con birrete redondo y pantalones blancos. A su lado lleva un ayudante de la misma edad é igual pergenio. Ninguno de los dos sabe expresarse más que en el idioma de la isla.
Los antiguos holandeses tuvieron buen cuidado en no enseñar su idioma á los naturales. Es más, consideraron delito el conocimiento de la lengua neerlandesa, mirando como sospechoso á todo indígena que la aprendía. ¡Quién sabe si con esta bárbara precaución, que estableció un abismo profundo entre gobernantes y naturales, impidieron el crecimiento de ese espíritu separatista que surge en todas las colonias, cuando el mestizo aprende lo mismo que el blanco y se considera igual á él!... Sólo hace pocos años permitieron los dominadores de la isla que los javaneses aprendiesen el holandés.
No conocen los dos muchachos del automóvil otra lengua que la de su provincia. Al fin nos entienden cuando repetimos muchas veces la palabra «Garoet» señalando el horizonte, y contentos de marchar con independencia se apartan del grupo de automóviles. Empezamos á correr solos, por caminos cada vez más arbolados y más solitarios. Noto que nuestra pareja indígena habla como si discutiese y mira en torno con cierta duda, sin refrenar por ello la marcha del vehículo. A la media hora de carrera veloz, nos detenemos cerca de una pequeña estación de ferrocarril. Los dos javaneses leen con sorpresa su rótulo. Vuelven á discutir, se enardecen como si se echasen en cara un mutuo error, y viran el carruaje, para retroceder por donde hemos venido. Sus sonrisas humildes nos revelan el misterio de sus palabras. Se han extraviado; es otra la dirección que debemos seguir. Y lo peor es que continúan discutiendo, dándonos á entender con esto que no saben por dónde van y marchan enteramente al azar.
Empezamos á reconocer la imprudencia de habernos separado de los guías é intérpretes de nuestro grupo, lanzándonos por el interior de Java como si fuese el Bosque de Bolonia en París, con dos muchachos cobrizos á los que no entendemos.
Al salir de los túneles verdes que forma la arboleda, notamos que el sol se ha ocultado y el cielo es cada vez más sombrío. Esto no significa que lo veamos obscuro. En Java no es posible la obscuridad, y hasta las noches más lóbregas son de un azul fosforescente. Pero la tarde parece de ámbar rojizo, y agrandado por el eco de las próximas montañas suena un estrépito creciente. Es la sucesión de truenos de toda tormenta en el Trópico, tan frecuentes é inmediatos que se juntan, formando una detonación única. Vemos también á través de la columnata interminable de los árboles el zig-zag de unos rayos que caen por grupos, culebreando al mismo tiempo en el cielo.
Se aproxima la tempestad de los países calientes con su rapidez casi instantánea. En unos cuantos minutos se ha aglomerado en el horizonte y va á descargar sobre nosotros. He visto muchas tempestades en América. Su lluvia abrumadora no parece caer á raudales, sino en masas compactas, como si el azul celeste fuese el lecho de una laguna que se desfondase de golpe. Creía imposible presenciar mayores violencias atmosféricas, pero la tempestad de Java sobrepasa todo lo que llevo visto y lo que podía imaginar.
El espacio está impregnado de vibraciones eléctricas. Respiramos con cierta angustia en una atmósfera que parece muerta por su calma absoluta. A pesar de la velocidad del vehículo, sentimos correr por nuestro rostro gotas de sudor. Los árboles se alzan inmóviles, sin el más leve estremecimiento. Como si hubiesen encontrado ya su ruta, los dos muchachos no se hablan y miran ávidamente el pedazo de camino visible ante ellos.
Se doblegan de pronto los árboles más fuertes, se acuesta la vegetación entera bajo una ráfaga aulladora, suena un estallido de catástrofe, el ámbar de la tarde se hace verde bajo la luz de un rayo que acaba de caer cerca de nosotros, y en el mismo momento una especie de mazazo hace temblar la capota del vehículo, como si la demoliese. Es simplemente la lluvia que empieza, la inundación aérea, la cascada celeste que mantiene la fertilidad de este paraíso, pero en el momento de su derrumbe tiene la violencia de una catástrofe.
En unos instantes cambia todo el paisaje. Los árboles convulsionados lanzan chorros por todas sus hojas, los campos se convierten en lagunas, el camino brilla como si fuese de metal, empiezan á caer gotas del techo del carruaje.
Es de cuero un poco viejo, pero en otro país resistiría perfectamente la lluvia. Aquí empiezo á creer que aunque fuese de metal representaría poca cosa para cubrirnos del aguacero feroz. Empieza á llover á través del techo, y á los pocos minutos chorreamos agua lo mismo que los árboles. Corre el automóvil fustigado por la tormenta; mejor dicho, huye, como si su fuga pudiera salvarnos de la lluvia. Nos cubrimos los ojos deslumbrados por unos relámpagos que inflaman el paisaje. El trueno ensordecedor contrae nuestros rostros con muecas de suplicio nervioso. Patinan las ruedas sobre un camino convertido en arroyo; trazan ángulos violentos rozando los árboles de las orillas.
Nos detenemos unos instantes, pero nuestra inmovilidad resulta peor. La lluvia pasa con más violencia a través del techo fijo ahora. Estamos al pie de árboles gigantescos que atraen el rayo. Cae una exhalación en las inmediaciones y emprendemos otra vez la peligrosa carrera, como si esto pudiera librarnos igualmente del mortal lanzazo eléctrico.
Vemos á un lado del camino una especie de kiosco como los que existen dentro de los arrozales. No es una vivienda; sirve simplemente de lugar de reunión. ¡Nos hemos salvado!
Ayudo á mis dos compañeras de infortunio á echar pie al suelo, y en el breve espacio entre el automóvil y la choza, una docena de pasos nada más, sentimos cómo la lluvia se desliza por dentro de nuestras ropas, á lo largo de las espaldas.
El refugio está lleno. Es una techumbre de paja sostenida por tabiques de troncos y esteras. En su interior, sentados en el suelo, hay unos veinte javaneses. Al vernos entrar hablan entre ellos y sonríen con una expresión intraducible. La sonrisa puede ser de burla; puede ser de lástima y simpatía.
Nos hallamos en un camino poco frecuentado. Esta gente no tiene la menor noticia de que un grupo de viajeros llegó horas antes á Garoet y visita el país. Nos ven entrar en su refugio como si nos hubiese vomitado la tempestad. Ignoran de dónde pueden venir unas gentes que no hablan el holandés y tienen un aspecto físico distinto al de sus dominadores. Todos ellos van casi desnudos y esparcen en este recinto cerrado un fuerte olor de carne masculina húmeda. Muchos llevan metido en la parte trasera de su faldellín un kris malayo, puñal de hoja flamígera que les sirve para su defensa.
Yo llevo un revólver en mi viaje, pero lo dejé en el bolso de mano que los mozos de la estación de Garoet trasladaron al hotel. No tengo ni un bastón, y estoy metido dentro de una choza, entre dos mujeres, inquietas y asustadizas, con sobrado motivo, y veinte hombres que representan otros tantos misterios.
Siguen conversando y mirándonos. Algunos de ellos mascan betel y arrojan en el suelo salivazos rojos que parecen de sangre. La señora que acompaño se sube el pecho del vestido para ocultar su collar de perlas y da vuelta á sus sortijas de modo que las piedras queden invisibles dentro de sus manos cerradas.
Un vejete desdentado, semejante á un fauno, sonríe al ver estas acciones que pasaron inadvertidas para los otros... Y siguen hablando; y nosotros no entendemos nada, y fuera de este refugio continúan el trueno, el rayo, el diluvio tropical...
¡Ah, no!... ¡vámonos! Es una imprudencia continuar aquí. Nuestros dos muchachos parecen alegrarse al ver que volvemos al automóvil. Tal vez han pensado lo mismo que nosotros. Puede ser también que juzguen preferible correr á estar aguantando la tempestad dentro de un carruaje en el que entra la lluvia por todas partes.
Volvemos á rodar por los caminos inundados, bajo el martilleo de la tormenta. El chófer y su acólito conocen ya el terreno por donde corremos y señalan el horizonte amarillo de lluvia y surcado de relámpagos, repitiendo: «¡Garut!... ¡Garut!»
Adivino que aún estamos lejos de la ciudad, y como el aguacero continúa asaltándonos, descendemos otra vez en una casa de buen aspecto, rodeada de cocoteros y plataneros: una vivienda, al parecer, de campesinos acomodados. La habitación está en alto, y una docena de escalones de madera nos permiten subir hasta su plataforma, cubierta de esterilla fina y limpia. Los tabiques son de una estera más fuerte y encima de ellos hay un espacio libre que permite la ventilación de todas las piezas y está cubierto por la techumbre de troncos y paja. En este desván aéreo se han refugiado varios loros y otros pájaros domésticos, asustados por la tormenta. Vemos los ojitos brillantes de dos monos que marchan á cuatro patas en la penumbra, saltando de un tronco á otro.
En la pieza delantera, completamente descubierta, que sirve de salón y comedor, nos recibe sonriente el patriarca de la casa, un viejo, desnudo de cintura arriba. Otros hombres más jóvenes, que deben ser sus hijos, van aún con menos ropas que él. Las mujeres de la familia, sin más que su pañal de batik, nos hablan con una verbosidad inútil, sonriendo al mismo tiempo á los hombres de su casa y hasta á los dos muchachuelos del automóvil. Como es natural, se burlan un poco de los tres extranjeros que no pueden entenderlas, que intentan expresarse por señas, y mojados de cabeza á pies ofrecen un aspecto lamentable. Es la ropa chorreante lo que nos proporciona un aspecto ridículo. Los javaneses, por el contrario, parecen hermoseados por la lluvia, que da jugo y brillo á su desnudez.
Como empieza á decrecer la tormenta volvemos al automóvil. Las mujeres, más expresivas y habladoras que los hombres, consiguen hacernos entender por señas que la ciudad no está lejos. Los dos muchachos, con sus chillidos y gesticulaciones simiescas, nos repiten lo mismo.
Corre el vehículo por caminos cada vez más amplios, cuyos alrededores revelan la proximidad de un grupo de civilización. Al mismo tiempo la lluvia empieza á hilarse, pasando de la tromba compacta al filamento de gotas separadas. Se alejan los truenos; el rayo no es más que un resplandor temblón en el horizonte. Comienzan á subir del suelo los perfumes de ruda embriaguez que exhala la tierra mojada. Lanza de golpe la flora tropical todos sus olores contenidos durante la tormenta. Dilatamos nuestros pechos con una aspiración amplia y voluptuosa, saboreando de nuevo la belleza paradisíaca que nos rodea.
Una impresión de calma se esparce por nuestro interior. Nos sentimos en un estado de placidez, semejante al del que escucha la «Sinfonía Pastoral» de Beethoven, cuando se aleja la tormenta y la dulce tranquilidad del campo empieza á restablecerse.
Sigue cayendo la lluvia, una lluvia que parece luminosa y perfumada. Sus gotas son de ámbar y resbalan con suavidad sobre el cristal de la tarde. Los huertecillos se convierten gradualmente en jardines y las chozas en casitas de aspecto europeo. El camino es ahora una avenida urbanizada que va salvando sobre el lomo de los puentes varios arroyos y barrancos.
Ya estamos en las afueras de Garoet... Y es aquí, á las puertas de la ciudad, donde presencio uno de los espectáculos más inolvidables de mi vida.
La lluvia, que sigue cayendo con una insistencia dulce, representa un placer para los naturales. El hormiguero humano ha empezado á surgir de todos sus refugios. Los javaneses marchan en lentas filas por los senderos. Niños completamente desnudos se colocan debajo de los canalones para prolongar el deleite de la mojadura. La tormenta es un baño más para este pueblo que sufre calores tórridos.
Vemos venir hacia nosotros una muchedumbre de mujeres que nos parece interminable. Todas ellas son jóvenes. Deben volver de trabajar en los talleres de Garoet que fabrican el batik. ¿Cuántas son?... Difícil calcularlo. Van en grupos escalonados y llenan toda la extensión visible del camino.
Brillan de cintura arriba sus carnes mojadas. Las cabelleras, formando rodete sobre la cúspide de sus cabezas, tienen adornos de diamantes naturales con el chorreo de las gotas que se desprenden de ellas. La caricia fría de la lluvia las cosquillea al deslizarse por la piel dorada y fina de sus pechos y espaldas. Marchan abrazadas unas con otras, cantan y gritan excitadas por la electricidad de la atmósfera y los besos húmedos del aguacero.
Llevan como falda una pieza de batik. Pero esta tela de colorines puede ensuciarse en los charcos del camino y todas ellas, tranquilamente, se la han subido más arriba de las caderas, marchando con desembarazo sin preocuparse de su desnudez inferior, tan absoluta como la de arriba. Les basta para sus escrúpulos pudorosos llevar arrugado sobre el talle este fino pañal que abulta menos que una faja.
El primer grupo, al pasar junto al automóvil, nos saluda con gritos y risas, sin echar abajo su faldamenta. Creen innecesaria tal molestia... ¡Pasamos tan aprisa!
No es impudor. Para que lo fuese resultaría preciso que estas muchachas conociesen los escrúpulos de las gentes vestidas, y creyeran inmoral el desnudo. Pero saben que los blancos nos asombramos ante ciertas partes del cuerpo descubiertas, y como ellas marchan casi en cueros para sentir mejor la caricia de la lluvia, les place conmovernos un poco con su inocente exhibición. Algunos hombres que van entre ellas y son tal vez de sus familias ríen igualmente de esta broma juvenil.
Y así van pasando y pasando las muchachas, con su falda recogida en el talle... Son más de doscientas; tal vez trescientas.
Continúa mucho tiempo el desfile de caras sonrientes, de piernas desnudas, de triángulos sexuales, que asoman, se eclipsan y vuelven á surgir con los movimientos del paso. En algunas corre la lluvia sin obstáculos, lo mismo que si resbalase sobre la piedra lisa. En las más de ellas se detiene unos momentos, cautiva antes de caer, de igual modo que cuando se enreda en las marañas de una vegetación naciente.