Mi cama y mis compañeros de alcoba.—Los vendedores de Garoet.—La superstición del dólar.—Javaneses y malayos.—Locura homicida de los que «corren el amok».—La lira de cañas.—El baile en el hotel.—La «Sinfonía de la selva».—Los cuatro jóvenes nobles y sus danzas.—Regalo de un «kris» del antepasado.—El Guiñol javanés.—Una novela caballeresca con monigotes y música.

Nuestro hotel de Garoet es un jardín con numerosos edificios de un solo piso esparcidos en sus frondosidades. Nos refugiamos al bajar del automóvil en el más importante de ellos, donde están los salones comunes, los comedores y la oficina del gerente.

Me entero de que mi pequeño equipaje me espera en una habitación situada al otro extremo del hotel. Hay que buscarla bajo la lluvia por avenidas que deben ser interesantes á las horas de sol, á causa de sus arriates de flores y sus arboledas umbrosas, pero en este momento corren por ellas verdaderos arroyos, y cada rama deja caer un chorro continuo.

Silba el gerente y viene á buscarme un portero javanés, con turbante de batik, levita blanca y descalzo. Sostiene un paraguas con ambas manos, mejor dicho, una cúpula de cartón barnizado, debajo de la cual pueden marchar varias personas sin mojarse. Es tan enorme este techo portátil, que el javanés hace esfuerzos para sostenerlo, á pesar de que ha caído el viento y la lluvia desciende copiosa, pero mansa, á través de una atmósfera dormida. Como el porta-paraguas va descalzo y sólo se preocupa de mantener su cúpula, avanza rectamente, sin reparar en charcos. Nosotros le seguimos pegados á él, y esto libra nuestras cabezas de la lluvia, pero nos hundimos á cada instante en las charcas rojizas y los regueros serpenteantes del jardín.

Es mi habitación una pieza de grandes proporciones, con muebles holandeses, solemnes y viejos, que datan sin dada de la Compañía de las Grandes Indias. La cama se muestra tan ancha como larga; pero esta amplitud, que en el primer momento representa un motivo de agrado, queda olvidada á causa de su dureza. Tiene sin duda alguna un colchón, pero la materia que le sirve de relleno ha adquirido una densidad igual á la de las cortezas de los árboles. Las gentes del país afirman que en un lecho duro se siente menos el calor. Además, el mismo calor justifica la escasez de sábanas. La cama sólo tiene una, la que cubre el colchón. El viajero debe dormir sin taparse, y para el caso de que sienta frío, una manta ligera, á cuadros blancos y azules, está plegada á los pies.

En cambio abundan las almohadas, algunas de ellas de aspecto raro y uso desconocido para mí. Una, larga y dura como un madero, sirve indudablemente para apoyar la cabeza; otra es para colocársela entre las piernas, y dos más pequeñas se acoplan entre los brazos y el tronco. Hay que dormir con los miembros abiertos en cruz de San Andrés, la misma postura de los reos de otros siglos condenados á ser hechos cuartos por la dislocación. De este modo parece que se siente menos la caliginosidad de la noche ecuatorial, que hace correr sobre el cuerpo regueros de sudor.

Al inclinarme sobre mi pequeña maleta noto que el cuarto está ocupado por varios camaradas que me acompañarán toda la noche. Saltan sobre el suelo unos animalillos verdes. Las ranas invaden tranquilamente estas viviendas de un solo piso. Por las paredes y el techo corren lagartos rugosos y negruzcos. El servidor javanés, que ha dejado su paraguas á la parte de afuera, ríe de mi asombro y me habla, sabiendo que no puedo entenderle. Conozco sin embargo lo que me dice por haberlo oído en otros hoteles de países cálidos. Hay que respetar á estos compañeros de habitación para no privarse de sus buenos servicios. La rana se come los insectos que reptan y saltan sobre el suelo, bestias prolíficas que pueden depositar sus innumerables huevecillos debajo de nuestras uñas si descendemos de la cama con los pies descalzos. El lagarto se come los mosquitos.

Me falta tiempo para seguir examinando mi dormitorio. Éste tiene, como todas las casas de los javaneses acomodados, un salón exterior y abierto. El pórtico que extiende su techumbre sobre el frente del edificio se halla dividido por tabiques, y cada uno de tales espacios guarda sillones, una lámpara en el centro y macetas de flores que penden del alero.

Mi pequeño salón, al que se llega subiendo tres escalones, está ya medio invadido por una multitud infantil que se aprieta para quedar á cubierto, librando de la lluvia los objetos sostenidos por sus manos. Todo Garoet sabe que ha llegado un grupo de viajeros, y como el vecindario vive de los visitantes, aguarda con impaciencia el regreso de los automóviles que la tempestad ha sorprendido en pleno campo.

Nosotros somos los primeros en volver y recibimos el empuje de todos los vendedores de Garoet. Hombres y mujeres se mantienen al acecho en las inmediaciones del edificio central, pero han destacado contra nosotros sus numerosas proles cargadas de telas de batik y polichinelas del teatro javanés, á los que dan movimientos y posturas cómicas, imitando sus voces gangueantes. Se sientan á nuestras plantas para ofrecernos sus mercancías, marcando el precio con los dedos. Al principio usan la palabra guilder, que es el florín holandés, pero inmediatamente la abandonan para repetir con insistencia: «¡Dollar! ¡dollar!»

En todo el Extremo Oriente se nota una idolatría monetaria que puede titularse la «superstición del dólar». En China, en Java, en la India, hasta en el Japón, cuyos habitantes no sienten gran amor hacia los Estados Unidos, lo mismo los tenderos que los míseros vendedores instalados en plena calle ó á la puerta de los templos muestran un respeto casi místico por el dólar americano. Aun en los países de dominación inglesa, la libra esterlina representa poco comparada con aquél. Cuando se desea comprar un objeto, el vendedor, en mitad de sus regateos, hace una rebaja considerable si le pagan en dólares. Pero ha de ser en moneda, nada de cheque; en billetes de los Estados Unidos; y después de contemplarlos con devoción los oculta apresuradamente.

Es la única moneda que inspira fe, y por adquirirla lo dan todo más barato. Debo añadir que los demás billetes que circulan por el Extremo Oriente merecen con razón menos respeto por su falta de fijeza monetaria, incluyendo los de la India inglesa. Los Bancos de toda ciudad importante emiten papel, y cuando se llega á otra capital con dicha moneda hay que cambiarla por la del nuevo país, sufriendo un descuento. El prestigio monetario de la más rica de las naciones ha llegado hasta este rincón de Java, y los niños y niñas que intentan hacer sus ventas valiéndose de señas, repiten á coro al mostrar sus mercancías: «¡Dollar! ¡dollar!»

Se nota en esta muchedumbre infantil las diferencias étnicas de la dos razas que componen la población de la isla: javaneses y malayos. Los javaneses, pasivos y laboriosos, sirvieron siempre á los dominadores de la isla, plegándose con humilde fatalismo á sus órdenes. En el curso de veinte siglos han sido brahmanistas, budistas y musulmanes. De seguir los portugueses en Java, todos serían ahora católicos. Si continúan mahometanos, es porque la Compañía de las Indias, que tuvo á sueldo á los santones javaneses, más traficantes que fanáticos, jamás sintió la necesidad de evangelizar á sus nuevos súbditos.

Esta ductilidad para cambiar de creencias no significa en los javaneses excepticismo religioso. Al contrario, como todos los humildes que se ven eternamente oprimidos y no tienen esperanza alguna de liberación, su único consuelo lo encuentran en el ejercicio de sus devociones y en la certeza de otra vida que será más dichosa. Necesitan una religión y toman la que les permiten sus dominadores.

Los malayos resultan más ingobernables y menos religiosos que el javanés, cultivador de la tierra, eterno siervo del campo de arroz que empezaron á formar sus ascendientes hace siglos. Nietos de piratas y audaces navegantes, los malayos poblaron las costas, lanzándose á la pesca y al cabotaje, ó se esparcieron por el interior de las islas para ejercer industrias manuales ó llevar una existencia vagabunda. Estos habitantes belicosos de Java formaron en otros siglos una casta militar y noble, siendo los únicos que hicieron guerra á los invasores, dificultando la colonización portuguesa y alterando el régimen de explotación mercantil de la Compañía de las Indias con sus frecuentes revueltas.

Aun hoy el malayo resulta el más inquietante de los javaneses. Si el blanco le ofende, espera una ocasión propicia para vengarse de él, asesinándolo. Los más pobres procuran ser empleados del gobierno, ingresando en la policía ó en los trabajos públicos. Otros se hacen soldados y abrazan el cristianismo, para considerarse de este modo iguales á los militares holandeses.

La belicosidad de la raza, los instintos sanguinarios, herencia de largos siglos de piraterías y matanzas, despiertan de pronto en ellos. Cuando un malayo se considera ofendido por un blanco, ó siente odio contra la organización social que le rodea, una mortífera embriaguez lo enloquece, y armándose de un kris se lanza á la calle para matar á todo el que se pone á su alcance, dando golpes á ciegas, hasta que lo matan á él. Es una demencia semejante á la de los moros de Filipinas conocidos con el nombre de «juramentados».

En Java esta locura homicida es llamada el amock, y cuando sale uno de dichos furiosos por el centro de la población esparciendo muertes hasta que le hacen caer sus perseguidores, llaman á tan horrible episodio «correr el amock». La autoridad tiene establecidos puestos de vigilancia para cortar inmediatamente los efectos de esta locura nacional. Son casi siempre policías malayos los que acuden para «correr el amock». Tienen en sus cuerpos de guardia un tronco vacío, de madera sonora, que tocan con el puño, y esta campana avisa á las gentes para que se refugien en las casas. De todas las puertas arrojan sillas, taburetes y otros objetos á los pies del terrible amock para hacerlo caer, pero éste sigue corriendo las más de las veces llevando en alto su machete amenazador. Los policías cuentan con un arma especial para sujetarle, que nunca yerra. Es una gran horquilla, entre cuyos dos dientes meten al fugitivo, clavándolo contra una pared ó un árbol. De este modo lo inmovilizan y lo matan, pues es inútil esperar que se rinda.

Los malayos son en el campo grandes cazadores de bestias feroces. En otro tiempo su mayor diversión era presenciar luchas de hombres con panteras y tigres. También, hasta hace poco, en las poblaciones del interior celebraban torneos á caballo, terminados muchas veces por botes de lanza mortales. Eran fiestas originarias de la época en que los conquistadores musulmanes se apoderaron de Java.

Se nota en estos pequeños indígenas que tengo sentados á mis pies la diferencia de razas. El niño malayo domina á su compañero de puro origen isleño, impide sus negocios, le amenaza, y acaba finalmente por obligarlo á que le ceda su mercancía, vendiéndola él por su cuenta.

Vuelvo otra vez al centro del hotel arrostrando la lluvia, ya que el hombre de la cúpula portátil no acude á mis gritos. Bajo los pórticos del comedor encuentro á los primeros compañeros de viaje que acaban de llegar. Luego, en el curso del atardecer, van presentándose los otros vehículos llenos de gentes desfiguradas por la lluvia. Pero todos nos hemos resignado á esta humedad irremediable. Ha sido inútil emplear las contadas prendas de recambio que guardábamos en nuestros pequeños equipajes. Dentro de este hotel-jardín la lluvia las moja en seguida. Además, nos acostumbramos fácilmente á ir con los pies húmedos y el cuerpo impregnado de agua y sudor, en esta tierra donde los aguaceros son tibios.

Una orquesta rara pero agradable suena incesantemente en otro pórtico del hotel. Es una melodía bucólica, un susurro de suaves flautas, una música eoliana y vagorosa, sin la energía del soplido humano. Voy hacia ella y encuentro sentados en el suelo á varios adolescentes que hacen sonar el instrumento típico de esta parte de Java: una lira hecha con cañas.

Un grueso bambú horizontal sostiene cinco, más delgados, en forma de peine. Las cinco varillas están metidas en otras tantas cañas huecas, que al moverse chocan sus paredes con el espigón central. Cada una de las cañas emite una nota diferente, y en esto consiste el secreto de los fabricantes del rústico instrumento. Los pequeños músicos tienen en sus manos dos liras, ó sea diez notas, y agitándolas con rítmico movimiento producen una melodía indeterminada y soñolienta, dentro de la cual se forman al azar grupos de notas bizarras como las combinaciones caprichosas de los vidrios sueltos en el interior de un caleidoscopio.

Al son de esta melopea danzan varios muchachitos moviendo el vientre y las caderas lo mismo que las odaliscas. Todos ellos llevan el saroc de colorines arrollado sobre las piernas, tienen un rostro aterciopelado de chocolate con leche, y sus ojos grandes y un poco oblicuos parecen de mujer. Muestran la gracia equívoca del efebo asiático, que hace imaginar repugnantes vicios. También es posible que estos pequeños bailarines no hagan más que seguir una tradición, repitiendo danzas que vieron desde pequeños, sin sospechar su malicia ni las suposiciones del blanco escandalizado.

Mientras las liras de cañas susurran su melodía sin regla y siguen danzando los javanesitos, expelen las canales del tejado el agua á plenos chorros, los relámpagos iluminan otra vez con exhalaciones verdes la tarde color de ámbar, y rueda el carro de los truenos sobre edificios y arboledas.

A las nueve de la noche, después de la comida, asistimos á un gran baile javanés, para el cual han venido los mejores danzarines y la orquesta más famosa de toda la región.

La servidumbre descalza aparta las mesas, y todo el comedor queda convertido en una sala de espectáculos. Este comedor se halla abierto por tres de sus caras; es una techumbre sostenida por numerosos arcos blancos. Más allá hace brillar el jardín sus hojas de charol bajo unos focos de luz eléctrica, cuyas lunas se muestran rayadas incesantemente por hilos de cristal. Continúa la lluvia del Trópico, una lluvia sin medida en el volumen y la duración. Todo está impregnado de humedad: nuestras ropas, las servilletas, los manteles. Luego, en los dormitorios, encontraremos igualmente húmedas sábanas y toallas. Debajo de los techos la atmósfera, vibrante de perfumes vegetales, parece compuesta de agua flúida.

Este baile debe ser algo extraordinario, pues van llegando en sus automóviles los javaneses más opulentos de las inmediaciones. La mayor parte de la propiedad de la isla continúa en poder de los antiguos nobles y los comerciantes enriquecidos. Conservan sus trajes por un sentimiento oculto de nacionalismo, pero se apropian las comodidades más costosas de sus dominadores.

Los instrumentos de la orquesta del baile son tan originales como las liras de cañas. Los músicos, sentados en el suelo, hacen sonar una especie de violines, apoyándolos verticalmente en una rodilla como si fuesen violoncelos. Otros golpean con sus manos tambores y discos metálicos. Un viejo hiere con sus palillos un teclado de tablitas, cada una de las cuales emite una nota distinta. El más importante de los instrumentos es una especie de banco con grandes orificios, y en cada uno de ellos una vasija de metal semejante á los cántaros que emplean los lecheros. El músico golpea estos vasos con mazas forradas de piel, arrancándoles largas vibraciones.

Tocan una especie de preludio que en los primeros instantes parece arañar los oídos con sus discordancias. Poco á poco surge del enmarañamiento acústico algo concreto que podría llamarse la «Sinfonía de la selva». Los instrumentos reproducen la risa luminosa del arroyo, el murmullo de las hojas, el rebullir de la vida animal en los matorrales. Indudablemente, los instrumentos de cuerda imitan el zumbido tenaz de los insectos. El músico ha copiado con ingenuidad los vagidos de la Naturaleza, como en los albores de toda civilización los artistas primitivos reprodujeron á su modo las plantas y los seres que les rodeaban.

Sentados en el suelo, sobre esteras de junco, hay varios danzarines, hombres y mujeres. Ellas son las únicas que cantan, con una voz chillona y discordante que recuerda el cacareo de la gallina. En el espacio libre, ante la orquesta, un hombre y una mujer bailan esta danza coreada. En realidad permanecen inmóviles; sus pies no se separan del suelo. Son los brazos los que se agitan, y más aún las manos, acompañando con lentas dilataciones el ritmo de la música.

Entre las gentes del país acudidas para presenciar este baile hay cuatro jóvenes nobles que llaman la atención por la elegancia híbrida de sus trajes. Son javaneses por sus cabezas; del cuello á la cintura son europeos; luego recobran su nacionalidad hasta los pies. Me explicaré con más detalles. Van tocados con el pequeño turbante de batik negro y dorado, que forma un lacito de dos pequeños cuernos sobre la frente. Visten smoking y chaleco blanco. La pechera de su camisa es de encajes, y dos botones de diamantes centellean debajo de su corbata negra. A continuación llevan las piernas envueltas en una rica tela de batik obscura, con anchas rayas de oro. Por debajo asoman los pies pequeños, metidos en calcetines de seda calada y escarpines de charol. Los cuatro, como signo de su categoría, llevan un kris antiguo, una espadita dorada puesta oblicuamente sobre sus riñones, cuya empuñadura despega el smoking de su espalda.

Han venido en sus automóviles, atraídos por esta fiesta á la que asisten muchas viajeras americanas, hermosas y elegantes. Guardan una gravedad de próceres musulmanes. Ocupan una mesa, bebiendo simples limonadas, y miran con sus ojos negros y ardientes á tantas mujeres blancas, que parecen traer en su perfume las seducciones de un mundo lejanísimo. Los cuatro llevan el bigote recortado, según la moda actual, y revelan en todos sus gestos una educación á la europea.

El gerente del hotel va contando á los viajeros que estos jóvenes son ricos, de antigua nobleza, y viven además, como amigos y acompañantes, cerca del regente de la provincia. (El regente es el gobernador indígena, poderoso personaje que ha venido á sustituir á los antiguos reyezuelos.) El mismo gerente se hace lenguas de lo que son los cuatro jóvenes como bailarines. Por espíritu de tradición han sabido guardar fielmente las antiguas danzas de la isla. Los profesionales del baile javanés que están presentes reconocen y admiran la superioridad de estos señores.

—¡Ay!... ¡Si ellos quisieran bailar!...

Basta que el hotelero exponga esta posibilidad hipotética, para que varias señoritas americanas, con la intrepidez propia de su pueblo, deseen una inmediata realización. Algunas de ellas piden á los cuatro gentlemen de la espadita dorada que salgan á bailar, y ellos, respetuosos y algo avergonzados al verse objeto de la atención general, acaban por ceder, aunque ninguno quiere ser el primero.

Al fin, uno de ellos se desprende de los escarpines de charol y su chófer indígena surge de la masa de javaneses agrupada al pie de las escalinatas del jardín, para quitarle los calcetines. Avanza con los pies desnudos, color chocolate claro, que asoman por el borde de la rica falda de batik. Sus dedos se encorvan y se dilatan como si recobrasen la agilidad de los remotos ascendientes. Se ha puesto un gran velo verde sobre sus hombros, con las puntas caídas atrás y la amplia curva delantera más abajo de su pecho. Este velo va á resultar en el curso de la danza tan importante como su persona.

La primera de las bailarinas se coloca de pie ante él y empieza á cantar. El joven señor inicia su danza sin moverse del sitio que ocupa, expresándolo todo con las manos, con los balanceos lentos de sus brazos, con las posturas fijas que adopta luego su cuerpo. En realidad, la mujer no hace más que acompañar con su canto los gestos del bailarín. Algunas veces refleja los movimientos elegantes de éste, pero con una modestia de espejo pobre y turbio. Se nota su voluntad de no rivalizar con el hombre en unas actitudes que pueden llamarse escultóricas. Éste imita los contoneos soberbios y dominadores de los animales machos en la vida libre de la Naturaleza. Es una danza monótona, y sin embargo, pocas veces he visto un cuerpo humano en tan nobles posturas.

Los cuatro gentlemen van saliendo por turno. Cada uno de ellos interpreta de modo diferente danzas de miles de años que expresan la superioridad absoluta del hombre y la humilde servidumbre de la mujer en las sociedades primitivas.

Hablo valiéndome de un intérprete con el primero de los jóvenes que salió á bailar. Me mira con extraordinario interés al saber que soy un blanco de los que fabrican libros y alguna vez escribiré lo que he presenciado esta noche. Él ama los cantos de su isla, las representaciones teatrales. Tal vez compone versos, aunque protesta apresuradamente cuando el traductor se lo pregunta en mi nombre.

Luego muestra una generosidad de gran señor. Quiere que me lleve un recuerdo de él, y desprendiéndose de su espadita dorada me la entrega. Para que aprecie más el regalo me hace ver la hoja, roída por el óxido de los años. Es un arma honorífica, uno de los muchos kris legados por sus abuelos, que él usa únicamente por su antigüedad. Me explica que la hoja, llena de rugosidades como la piel de la serpiente, está compuesta de numerosas piececitas fundidas unas sobre otras, como si fuesen escamas, y las pequeñas grietas en semicírculo de dichas escamas contuvieron un veneno casi fulminante, capaz de acabar á un herido en pocos segundos. ¡Pero han pasado tantos años desde entonces!... Ahora el terrible kris no es más que un arma de museo roída por la herrumbre y que puede romperse como el cristal.

Siguiendo un largo corredor y varias escalinatas cubiertas que nos libran de la lluvia, vamos á una especie de Guiñol establecido dentro del hotel.

Tienen los javaneses un verdadero teatro en el que figuran actores de carne y hueso, pero su espectáculo preferido es la representación por medio de muñecos. Tal vez estos autómatas, al ser más irreales, dejan mayor espacio á la imaginación del público.

El teatro es un salón sin ningún asiento. Gran parte de los espectadores están en el suelo. Un lado lo ocupa la orquesta. Son músicos iguales á los del baile, aunque todos ellos ofrecen la particularidad de que actúan con cierto cansancio, teniendo los ojos cerrados. Parece que estén dormidos, pero cuando le toca á cada uno hacer sonar su instrumento, cumple dicha función sin entreabrir los párpados y vuelve á inmovilizarse en su actitud soñolienta. Luego, pienso que adoptan este gesto por refinamiento artístico, para concentrar mejor sus facultades y aislarse de la realidad, viendo más intensamente en su imaginación las peripecias del drama.

Delante de los músicos y de espaldas á ellos está sentado en el suelo un viejo de voz lenta que habla sin mirar al público. Ante sus rodillas se extiende un tabladillo de escasa altura. A ambos lados tiene dos vasijas de porcelana, y dentro de ellas, en aparente desorden, están los personajes de la obra, monigotes de cabezas monstruosas, verdes ó purpúreas; vistiendo túnicas de floreado batik y con brazos articulados semejantes á las antenas de las langostas. Estos autómatas, que representan príncipes, guerreros, bellas damas ó humildes siervos, tienen al final de sus brazos dos altos bastones que recuerdan los que usaban las señoras de la corte de Versalles.

El viejo director constituye por sí solo todo el teatro. Unos muñecos los fija en los agujeros del tablado y quedan inmóviles como un coro que intervendrá oportunamente. Otros los mantiene en sus manos, agarrando al mismo tiempo el espigón central y los dos bastones terminales de los brazos, lo que le permite con una simple frotación de los dedos, ocultos bajo la falda, poner en movimiento su cabeza y las otras extremidades articuladas.

Los directores de estos espectáculos tienen el nombre de dálang y gozan de gran respeto. Guardan desde hace siglos una autoridad tradicional semejante á la del sacerdote ó el bardo. Todos ellos son poetas y grandes improvisadores. Estos dálang dirigen algunas veces representaciones con actores enmascarados, siendo los únicos que pueden hablar en ellas. Los comediantes no hacen más que una pantomima, acompañando con sus gestos la declamación del director. Las piezas se llaman topeng (lo mismo las representadas por seres vivos que las de monigotes), y sus argumentos están sacados de la mitología ó la historia heroica de Java. La música no cesa un momento y sirve de eterno fondo á los lentos recitados del dálang.

Me explican el drama: una lucha de paladines por el amor de una princesa; batallas, conquistas, raptos, persecuciones, y sobre todo muchos golpes. Existe un argumento, un cañamazo dramático, pero no hay nada escrito, y el viejo dálang va bordando sobre la materia tradicional todas las flores repentinas de su imaginación.

Esto no es un teatro. Para serlo tendría que ajustarse á los límites del espacio y del tiempo, á la estrechez de un escenario, á las murallas aisladoras de una decoración. En realidad es una novela contada todos los días con nuevas variaciones y ayudada por medio de los monigotes y la música.

Miro al viejo cuentista con un interés confraternal. Mantiene su cabeza baja, hablando y moviendo los personajes con el aire abstraído y concentrado del que se entrega á una improvisación.

La orquesta dormida colabora incesantemente con él á pesar de sus ojos cerrados. El dálang está de espaldas á los músicos, no existe entre ellos ninguna relación directa, y sin embargo los instrumentos me hacen ver los episodios de esta novela javanesa más que las acciones de los monigotes.

Dos personajes se mueven al extremo de las manos del improvisador, se aproximan y se apartan sin chocarse, pues esto podría deteriorar sus frágiles cuerpos, y no obstante sé que acaban de entablar un combate encarnizado. Nunca he oído á una música expresar mejor los golpes. Estos instrumentistas soñolientos lanzan acordes secos, de una precisión matemática, sin mirarse entre ellos.

Poco después abren todos la boca, viejos, adolescentes y niños, lanzando un rugido con cierta sordina. Es el rumor lejano de una muchedumbre que interviene en el curso de la historia.

Yo cierro también los ojos para no ver las filas de monigotes inmóviles sobre el tabladillo que representan grotescamente á dicha multitud. Y al quedar en voluntaria ceguera lo mismo que los músicos, contemplo el pueblo evocado por el novelista javanés. Es una masa de hombres cobrizos, medio desnudos, que aclama á los héroes triunfantes, malayos de armaduras doradas, héroes anteriores al desembarco de portugueses y holandeses, cuando los habitantes de esta isla no conocían aún la existencia de Mahoma y alzaban en el interior de ella imágenes colosales de Buda, templos ciclópeos que la vegetación invasora del Trópico guardó durante muchos siglos en el misterio de su noche verde.

XIX

LA PUERTA DEL EXTREMO ORIENTE

El jardín de Buitenzorg.—Flores que parecen insectos é insectos iguales á pedazos de madera.—El estrecho de Gaspar.—Los fenicios del Pacífico y sus portentosas navegaciones.—Verdadera patria de Simbad el Marino.—La cosmopolita ciudad de Singapore.—El gobernador Raffles.—Mezcla de pueblos y religiones.—Mi primera visita á un templo brahmanista.—El cultivo actual del caucho.—Rutina inglesa de los futbolistas de Singapore.—Degradación de los blancos que van en tranvía.—Juglares y domadores de serpientes.—El «smoking» blanco.—Los maravillosos sastres chinos.—Cuatro trajes en dos horas.

Buitenzorg es la residencia veraniega del gobernador de Java. El palacio, reconstruido varias veces á consecuencia de los temblores de tierra, no ofrece nada de extraordinario. Lo que ha hecho famoso el nombre de Buitenzorg es su Jardín Botánico, anexo á la vivienda gubernamental. Como el terreno es más alto que en Batavia y la atmósfera menos densa y caliginosa, la vegetación se desarrolla en este lugar con toda magnificencia.

Antes de marcharnos de Java queremos ver las especialidades más célebres de dicho jardín. Atravesamos una ancha avenida que es un túnel de verdura, pues los ramajes laterales se tocan, formando una bóveda compacta. En realidad, esta galería vegetal se compone únicamente de dos higueras banianos, árboles que tienen la particularidad de reproducirse invadiendo las tierras próximas, de convertir sus ramas cuando tocan el suelo en otros tantos troncos con raíces, que á su vez producen nuevos soportes. En el Jardín Botánico de Calcuta, uno sólo de estos banianos ocupa un espacio considerable y desde lejos ofrece el aspecto de un macizo de arboleda.

En los pequeños lagos de Buitenzorg admiramos la Victoria Regia, planta acuática de corola blanca cuyas hojas, de dos metros de diámetro, flotan como escudos sobre las aguas, y tal es su aspecto de estabilidad, que tientan á poner el pie en ellas como si fuesen de piedra verde.

Los bambúes alcanzan dimensiones de árboles seculares. Se balancean al más leve soplo de la brisa y parecen conversar entre ellos con el frotamiento de sus menudas hojas. Estas cañas enormes son de diversos colores: amarillas, negras, moteadas. Todas las variedades de la palmera existen aquí igualmente, desde las de fuste grácil y ligero surtidor de ramas, que se inclinan con una gracia infantil, hasta las de tronco redondo y alto como una torre, que desafían erguidas los huracanes del tornado. Vemos también una gran variedad de lianas semejantes á madejas de reptiles adormecidos.

Una colección célebre de orquídeas nos desorienta á causa de sus bizarras formas, y no sabemos finalmente con certeza si son flores ó parásitos monstruosos. En cambio, vemos en una sección zoológica pedazos de madera en apariencia medio podridos, hojas secas, grumos de detritus vegetal que son en realidad insectos. Estos seres vivos, de admirable mimetismo, adoptan la forma de la basura de la selva y permanecen inmóviles para no alarmar á sus presas, sorprendiéndolas mortalmente.

Al abandonar Java nos damos cuenta de la incongruencia que existe entre la fealdad del puerto de Tandjong-Priok y las bellezas interiores de la isla. Viendo estos muelles tostados por el sol y su continuación de terrenos pantanosos y selvas bajas, que son como nidos de la fiebre, nadie puede sospechar los paisajes paradisíacos que empiezan á desarrollarse cuando se penetra una docena de millas tierra adentro.

Entre Java y Singapore la travesía resulta tan plácida como si navegásemos por un río. El Franconia va partiendo aguas verdes, con islotes de vegetaciones flotantes.

Avanzamos teniendo á la derecha la isla de Banka y á la izquierda la enorme Sumatra, que figura con Borneo como las dos posesiones más extensas de Holanda. Tan grandes son estos macizos insulares, que una parte de su interior se halla en estado salvaje y los holandeses tienen que mantener una actitud defensiva ante muchas de sus tribus. Siempre que estos indígenas irreductibles encuentran ocasión, le cortan la cabeza al blanco para guardarla como el mejor de los trofeos. También se repiten los casos de canibalismo, á pesar de los esfuerzos de las autoridades para extender las costumbres civilizadas. En estos países, situados bajo la línea ecuatorial, el europeo colonizador no hace más que pasar, siéndole imposible vivir muchos años á causa del clima y las enfermedades. En realidad son factorías más que colonias, ya que el blanco no puede reproducirse en ellas ni crear una familia estable.

En el llamado estrecho de Gaspar, las dos costas de Banka y Sumatra se aproximan de tal modo, que el mar parece un río. Entre ambas riberas se extienden fajas de baba amarillenta, espuma sucia de un canal en el que permanecen como enredadas las inmundicias traídas por las corrientes del Océano libre.

Nuestro paquebote marcha con cierta precaución, á causa de la escasa profundidad. Cuando salimos de un estrecho es para entrar en otro ó ir pasando á través de islas é islotes de pequeños archipiélagos. El mar tiene un verde claro de pradera que denuncia el poco fondo de sus aguas. A trechos se esparcen sobre este color verde grandes manchas de un blanco lácteo, reflejo de los campos de arena submarinos.

Singapore es la puerta del Extremo Oriente. Al pasarla habremos dejado á nuestras espaldas la parte del mundo más distinta á Europa. Al otro lado del estrecho de Malaca vamos á encontrar la India, mas esta tierra ya no pertenece al Extremo Oriente y debe llamársela simplemente Oriente.

Es cierto que sus diversos pueblos se diferencian en costumbres y religiones de los países europeos; pero no han vivido miles y miles de años ignorados de nosotros como el Japón, la China y las agrupaciones malayas. Alejandro llevó la cultura griega á este Oriente indostánico. Los hombres de nuestra antigüedad conocieron la India y tuvieron noticias de las diversas civilizaciones desarrolladas á orillas del Ganges. Los nautas árabes mantuvieron durante la Edad Media la comunicación de Europa con el citado Oriente indostánico, aunque ésta no resultase directa. Fué á partir del estrecho de Malaca, ó sea del presente Singapore, donde empezaba la noche y la ignorancia para nuestros pueblos. Nadie sabía nada cierto sobre Catay y Cipango, el actual Extremo Oriente.

Al aproximarnos á Singapore vemos en estrechos y canales un enjambre de pequeños buques de cabotaje, pertenecientes á la marina malaya. Estos navegantes tradicionalistas han copiado en sus barcos las arboladuras de la marina de los occidentales, pero sus cascos, aunque construídos igualmente por un procedimiento moderno, conservan siempre la popa más alta que la proa, lo que les da cierto aire de carabelas, disfrazadas de bergantines y goletas.

Como nuestro mundo ha vivido docenas de siglos prestando sólo atención á los grupos humanos de la vertiente atlántica, sin sospechar siquiera lo que ocurría en la vertiente del Pacífico, la mayoría de las gentes que merecen el título de ilustradas ignoran en la actualidad lo que fueron los malayos como marinos y sus servicios á la civilización. Cuando Vasco de Gama, después de navegar solitariamente por las costas de África, fué avanzando en el mar de las Indias, quedó asombrado de la cantidad de buques asiáticos que pasaban á su vista. Estos argonautas de un mundo distinto al nuestro tenían sobrado espacio para comerciar sin salirse de sus mares, y si alguna vez llegaban á deslizarse por las estrechuras del mar Rojo, una barrera sólida les cerraba el paso, repeliéndolos hacia otros rumbos.

Los malayos fueron los fenicios del Pacífico. De conocerse la historia de sus periplos podrían haberse escrito, basándose en ellos, numerosas odiseas. Según varios autores que estudiaron á fondo las tradiciones de esta raza de mercaderes y corsarios, la Historia de Simbad el Marino y otras muchas aventuras marítimas que figuran en Las mil y una noches no son más que relatos de proezas de malayos adoptadas por los navegantes árabes, discípulos y continuadores de aquéllos.

A falta de una historia detallada y sólida, nos sirve para adivinar los antiguos viajes de los navegantes malayos la actual existencia de grupos de su misma raza en los lugares más distantes del Pacífico. Los argonautas amarillos construyeron sus primitivas flotas en estas riberas de Sumatra que vamos costeando. De aquí se lanzaron á piratear y comerciar por toda la inmensidad marítima que se ofrecía á las proas de sus barcos con ojos, cuando aún vivían la mayor parte de los europeos en pleno salvajismo.

Los habitantes de Madagascar son malayos de origen, lo que demuestra que por el Este llegaron éstos hasta las costas de África. Una gran parte de los pobladores del Japón actual son igualmente de origen malayo, lo que marca sus navegaciones hacia el Norte. Los indígenas del archipiélago de Hawai y otras islas oceánicas, situadas más allá de la mitad del camino entre Asia y América, también son malayos. ¿Por qué razón estos vagabundos del mayor de los Océanos, que realizaron la parte más grande y difícil de su travesía llegando á dichas islas y estableciéndose en ellas, no pudieron continuarla desembarcando en América, como uno de los varios pueblos que según las tradiciones americanas se extendieron de Norte á Sur, miles de años antes de la llegada de los conquistadores españoles?...

Estos malayos de ahora que pasan en sus buquecitos anticuados junto á nuestro paquebote ignoran completamente las hazañas de sus antecesores. Hasta hace medio siglo eran piratas, pero una continua persecución les ha obligado á llevar la existencia de pobres marineros de cabotaje, sin audacias y sin ambiciones.

Singapore es la obra de sir Stamford Raffles, funcionario enérgico que á principios del siglo XIX se apoderó de todas las islas holandesas, gobernando en Batavia á nombre de Inglaterra. En el Jardín Botánico de Buitenzorg está la tumba de su esposa.

Cuando después de la caída de Napoleón tuvo que entregar, por acuerdos diplomáticos de Europa, las ricas posesiones holandesas al gobierno de La Haya, no quiso que su patria abandonase estos parajes y fundó la ciudad de Singapore, que domina el estrecho de Malaca. Dos siglos antes que Raffles, el gran Alburquerque había visto la importancia del estrecho de Malaca, y pretendió fundar en él una colonia portuguesa para obtener de tal modo el monopolio del Extremo Oriente.

Paseando por las calles de Singapore aprecia el viajero su valor comercial y estratégico. Dos mundos se encuentran y confunden en ella; dos Orientes completamente distintos. Hoy tiene más de 300.000 habitantes y es una ciudad con barrios modernos y edificios altísimos. Posee igualmente plazas extensas y puentes colgantes sobre pequeños ríos navegables. Estos cursos de agua casi resultan invisibles; tantos son los barcos indígenas que flotan en ellos, borda contra borda.

La estatua del gobernador Raffles se alza en el centro de la parte europea de Singapore. En los barrios que no ocupan los blancos, vive separado por razas y creencias todo el vecindario cosmopolita. Éste únicamente se deja ver mezclado en las grandes avenidas centrales. La ciudad inglesa de Singapore es ante todo una ciudad china, por la superioridad numérica de tal raza. Más de la mitad de su población se compone de chinos. Lo mismo que en Batavia, estos trabajadores infatigables acaparan todos los oficios manuales. Además, como son grandes ahorradores de dinero, se dedican al préstamo. El chino, fuera de su país, es igual al judío por su actividad inteligente y ávida, y se ve tan odiado como éste.

En las calles de Singapore es donde empezamos á ver indostánicos con el busto de bronce completamente desnudo y largas cabelleras sueltas ó anudadas á estilo femenil; cingaleses con los ojos pintados, la cabeza rematada por una peineta y cierto aspecto intolerable de afeminamiento; árabes con alquiceles flotantes que marchan lentos y majestuosos; mujeres del Malabar llevando en sus narices botones de pedrería y numerosos anillos de plata en los dedos de los pies. También pasa por las aceras, con trote menudo, la china de zapatillas silenciosas, más enana y más gorda de lo que es en realidad, á causa de su ancha blusa y sus holgados pantalones de lustrina negra.

Dentro de las avenidas céntricas los comercios son europeos, pero en las vías laterales se nota la misma confusión de ciudad cosmopolita. Los chinos y los malayos poseen numerosas tiendas, é interpolados entre ellas figuran templos de diversas religiones: pagodas budistas, santuarios brahmanistas, iglesias católicas, capillas protestantes.

—En este puerto de paso—me dice un amigo que hace años vive en Singapore—han venido á juntarse todas las religiones. Brahma, Buda, Confucio, Cristo y Mahoma se rozan á todas horas, acaban por mezclarse y algunas veces hasta se confunden.

Aquí visito el primer templo brahmanista. Ocupa el centro de un patio, rodeado de una muralla blanca con pilastras. Sobre estas pilastras, á guisa de capiteles, hay unas cabras de yeso cuyo tamaño es doble del natural. Están sentadas sobre las cuatro patas encogidas, y sus cuerpos son blancos, pero con ojos azules y los hocicos de un rojo sangriento. Dentro del patio, y al amparo de un cobertizo, veo algunos carros con imágenes de ídolos pintarrajeadas. Estos vehículos de ruedas macizas salen en las procesiones organizadas por los bracmanes.

Tengo que descalzarme para entrar en el santuario, aunque todo él puede verse desde el patio por estar descubierta su parte delantera. Sobre los altares hay ofrendas de cirios, cocos y plátanos.

Van saliendo poco á poco de las boncerías próximas los sacerdotes y sus ayudantes, atraídos por esta visita inesperada. Son unos hombres de color obscuro, casi negros, pero con nariz aguileña, y su delgadez resulta extraordinaria. No tienen sobre su esqueleto más que la grasa precisa para rellenar las oquedades de los huesos, y aun así se les ven las aristas del costillaje, de las clavículas y las rótulas. Su vestidura es una simple tela roja anudada á la cintura. Todos llevan cabelleras largas, á estilo de mujer, sujetas por un peine de concha. Hay un niño entre ellos, hijo de alguno de los sacerdotes, al que todos acarician con esa ternura paternal que los indostánicos muestran por la infancia. Este sacristancito, espigado y esbelto, va completamente desnudo. Lleva cabellera larga y peineta como los hombres. Sus partes genitales las tiene ocultas en una bolsita blanca, única vestimenta que conoce su cuerpo.

Singapore está en pleno boom, como los otros mercados del Extremo Oriente. Aquí existe un motivo especial para la prosperidad de los negocios. El cultivo del caucho, que es uno de los descubrimientos más importantes de la agricultura moderna, tiene su principal centro en esta tierra.

Hace unos cuantos años nada más, el caucho era una materia preciosa que se producía naturalmente y los aventureros iban á buscar en las selvas vírgenes de los países situados bajo el Ecuador. Viajando por la América del Sur conocí á muchos varones enérgicos, de existencia novelesca, que se lanzaban á través de los bosques inexplorados de Bolivia y el Brasil en busca de grupos de árboles productores del caucho, llevando una vida llena de peligros, teniendo que batirse con las fieras, con los hombres y las enfermedades. La invención del automóvil y otros descubrimientos recientes, al aumentar de un modo ilimitado el consumo del caucho, hicieron necesaria la busca de nuevos medios de producción, y el árbol natural, perdido en las selvas, ha pasado á ser un cultivo científicamente ordenado y explotado en los países ecuatoriales de Asia.

Singapore es ciudad inglesa, pero sólo ocupa una punta de la extensa península de Malaca. Detrás de ella existen el Estado independiente del sultán de Johore y otros países autónomos, que forman agrupados la llamada Federación de Estados Malayos, bajo el protectorado de Inglaterra.

Visitamos en la ciudad de Johore una parte del palacio del sultán, una mezquita y el Casino, donde funciona la ruleta. A Johore la llaman el «Monte-Carlo de Asia», pero cuando nosotros pasamos por ella se notaba gran falta de jugadores y la ruleta permanecía inactiva á pesar del boom de los negocios.

En otras excursiones por cerca de Singapore vamos viendo los campos plantados de caucho y las fábricas donde se prepara y solidifica esta materia tan preciosa para las industrias de nuestro tiempo. La vegetación tropical embellece dichos alrededores, cubriendo con su exuberante verdor llanuras, barrancos y montañas. El baniano, de ramas multiplicadoras, cubre espacios enormes; hay campos extensos plantados de mandioca, principal alimento de la gente popular, y bosques de cocoteros á lo largo de las playas.

Dentro de Singapore se muestra el tradicionalismo británico con una rutina que hace sonreir. Los empleados ingleses, muchos negociantes jóvenes y los hijos de europeos nacidos en la ciudad se dedican al juego del fútbol ó del tennis en las praderas de césped que existen dentro de las plazas. Pero como en Inglaterra estos juegos son por la tarde, en Singapore se desarrollan á la misma hora, con una temperatura de más de 40 grados, bajo una atmósfera pesada que cubre de sudor hasta á los que contemplan simplemente la partida.

El calor de Singapore hace ansiar al viajero una pronta vuelta al buque y que éste salga cuanto antes á los espacios dilatados del Océano, donde siempre sopla alguna brisa. La ciudad es atrayente y bella; su vecindario inspira interés á causa de sus variedades pintorescas, ¡pero el calor!... No debe olvidarse que Singapore está á menos de dos grados de la línea ecuatorial.

Toda su vida europea se concentra en un par de hoteles enormes. El más antiguo, ó sea el llamado Raffles, figura entre los ochenta grandes hoteles que conoce invariablemente todo el que da la vuelta al mundo. Como en él se concentran las diversiones elegantes de Singapore y cuantos pasan por la puerta del Extremo Oriente vienen á sentarse en las mesas de su comedor, los mercaderes de la ciudad han establecido puestos de venta en su piso bajo y el hotel es á modo de un pueblo en eterno movimiento.

Vendedores obesos con el rostro de color canela y ojos profundamente negros ofrecen las famosas cañas de Malaca convertidas en bastones, elefantes de ébano y marfil, aves del Paraíso traídas de las Molucas, jarrones de porcelana, telas finísimas con dibujos indostánicos. Las riquezas de la India se juntan aquí con las de la China y el Japón.

Encuentro en Singapore á dos damas que hablan nuestro idioma; dos chilenas distinguidas, la señora Eltin y su hermana, casadas con dos hombres de negocios del país. Asisto con ellas á un baile en el Hotel Raffles, que se repite tres veces por semana, y es el centro de reunión de los blancos.

Ir á pie es considerado en toda Asia como función deshonrosa. El tranvía sólo lo emplean las gentes de color. Un blanco se vería desconsiderado si montase en él, y los mismos que lo ocupan habitualmente mostrarían extrañeza por tal desconocimiento de las categorías sociales. La ricsha se acepta como algo medianamente tolerable nada más. El blanco sólo empieza á contar en las colonias europeas de Asia cuando tiene automóvil. Durante el baile en el Hotel Raffles, una nube de lacayos, descalzos, con levita blanca y turbante, se agitan para hacer pasar ante la escalinata los centenares de automóviles que han ido aglomerándose en las cercanías.

Las damas visten como en Europa. El descote y los brazos desnudos les permiten soportar los trajes de etiqueta de otros climas. Los hombres van de blanco, con telas ligerísimas fabricadas en China. Todos llevan smoking, pero cortado en este género sutil. Me apresuro á usar por comodidad tal innovación en mi indumento de ceremonia.

Durante la tarde he presenciado en los jardines del Hotel Raffles la primera fiesta de juglares indostánicos, maravillosos escamoteadores que sacan pajarillos vivos de diversos lugares de sus cuerpos casi desnudos, hacen crecer plantas á la vista, y después de introducir á un colega suyo en un pequeño serón, atraviesan éste con una espada repetidas veces y luego el compañero vuelve á surgir, incólume y sonriente. Todo esto lo han hecho sin ningún aparato escénico que se preste á trampas, en pleno jardín, á las cuatro de la tarde, sobre el césped de una pradera.

Además, nos encontramos por primera vez con algo que nos acompañará por toda la India. Los encantadores de reptiles colocan sus cestos redondos de junco rojizo sobre la misma pradera, lanzan los sones plañideros de una pequeña gaita, é inmediatamente se alzan las tapas de los cestos y empiezan á remontarse varias serpientes, balanceándose al compás de la triste música.

Son completamente distintas á las que se ven en África y América, de cabeza triangular y cuello delgado. Aquí es la terrible cobra, cuyo veneno mata en unos segundos, la «naja» de pescuezo hinchado, que parece llevar una gorguera y encorva cuello y cabeza, considerablemente dilatados, como si fuesen la hoja de un platanero. En mitad de sus ejercicios algunas de ellas, seducidas por la frescura del césped, se deslizan hacia un lado del extenso corro de señoras y caballeros que presencian el espectáculo. Chillidos femeninos, espectadores que abandonan los asientos y hacen unos pasos atrás; pero el encantador agarra á las fugitivas por la cola y tira de ellas, haciéndolas volver para que sigan danzando... ¡Mas tantas veces he de hablar de este espectáculo! ¡Lo encontraré con tanta frecuencia durante mi viaje por la India!...

Siento miedo al pensar en el suplicio de vestir un smoking negro para el baile de la noche. En Singapore significa algo así como enfundarse en una armadura antigua de hierro. Me aconsejan que busque á uno cualquiera de los sastres chinos que trabajan en los edificios anexos al hotel. Adopto tal indicación sin ninguna esperanza de éxito. Son las cinco de la tarde y el baile empezará á las nueve de la noche, después de la comida. ¡Qué puede hacer un sastre en tan pocas horas!...

Entro en la tienda. Una docena de chinitos sentados en el suelo cosen y cosen con pequeñas máquinas. Al mismo tiempo cantan, ríen ó conversan lanzando una serie de chillidos iguales á los de una banda de gorriones descarados.

El dueño, obeso, carilleno, jovial, acoge mi demanda con una sonrisa protectora y parpadea sus ojitos apenas abiertos. Sabe perfectamente lo que es la prisa de un europeo llegado á estos países de calor sin la indumentaria conveniente. Él está aquí para remediar tales olvidos.

—¿Cuántos trajes desea?—acaba por decirme.

Me extraña su pregunta. Con uno tengo de sobra, pero debe fijarse antes de aceptar mi encargo. Lo necesito para esta misma noche, para dentro de unas horas, y reconozco que el plazo es muy corto.

—¿Le parece bien que haga cuatro?—sigue diciendo—. Lo difícil es el primero. Después, lo mismo me cuesta hacer uno que media docena. En estos países se suda mucho y nunca se tiene bastante ropa.

Lo que yo deseo saber es el tiempo que necesitará para proporcionarme un traje blanco, uno nada más, y él contesta:

—Si me da un traje suyo como modelo le haré los cuatro en una hora; si es por medida, pido dos horas.

Dejo que tome mis medidas este maestro jactancioso y jocundo. Mientras apunta los resultados dice palabras ininteligibles á su personal y toda la chinería ríe igualmente. Deben estar burlándose de mí.

Me voy un poco amoscado, seguro además de que todo lo prometido resultará mentira. Ni cuatro trajes, ni uno siquiera. De recibirlos, lo más pronto será mañana.

Vuelvo dos ó tres veces al azar de mis paseos ante la tienda del sastre. El maestro, detrás de su mostrador, corta y corta en una pieza enorme de tela blanca; los chinitos, acurrucados en el suelo, cosen y cosen, entre una algarabía de jaula revuelta. Me reconocen al pasar, ríen, me hacen señas incomprensibles. Sin duda siguen burlándose del cliente extranjero.

Transcurren dos horas. A las siete, poco antes de la comida, vuelvo lentamente hacia la tienda del chino. Reflexiono sobre la conveniencia de dar un bastonazo oportuno para suprimir este regocijo chinesco que se permiten á costa de mi persona... Encuentro cerrada la puerta. Lo que yo temía. Volveré mañana, para ver si el «maestro» piensa seguir fisgándose de mí.

Al entrar en el Hotel Raffles me llama el conserje y veo á un muchacho con dos ligeros paquetes; uno de los mismos chinitos que cosía en el suelo con las piernas cruzadas. El empleado del hotel me traduce el mensaje del sastre:

—Aquí tiene los cuatro trajes. Hace media hora que está el boy esperando para entregárselos, ¡pero como no sabía el nombre de su cliente!... No se los pague al chico. Ya se los pagará usted al sastre cuando le parezca.

Y á las nueve de la noche me visto uno de los smokings blancos, sin defecto alguno, igual á todos los que usan los elegantes de Singapore.

XX

LA CIUDAD DE LOS ELEFANTES