La muerte del más gordo de los «stewards».—Una mosca javanesa.—Cadáver al agua.—El río de Rangoon.—La famosa pagoda de Shway Dagon.—Todos bonzos.—La superioridad de la mujer birmana.—Sus enormes cigarros.—Los serpenteros de Rangoon y sus pupilas.—Abundancia de elefantes.—Su inteligencia y sus trabajos.—Hombres con pendientes y peinado de mujer.—La policía pega.
Seguimos el extenso callejón marítimo del estrecho de Malaca—el más largo de nuestro planeta—, y al final entramos en el mar de las Indias y su prolongación el golfo de Bengala.
Vamos á Birmania, en la ribera Este de dicho golfo, y el Franconia costea durante tres días la dilatadísima península malaya, pasando junto á los archipiélagos tendidos ante ella.
Dos días después de nuestra salida de Singapore me dicen en secreto que alguien ha muerto en el buque y á las diez de la mañana arrojarán su cadáver. Nos faltan veinticuatro horas para llegar á Rangoon, pero el desembarco en dicho puerto no es fácil. Los grandes vapores quedan anclados en el río á gran distancia de la ciudad. Además, por exigencias sanitarias, conviene desembarazarse cuanto antes de dicho cadáver.
El que murió es un criado de comedor, un steward que llamaba la atención por ser el más gordo del buque; inglés rubicundo, alto y cuadrado, con un peso de 110 kilos. Al bajar en Batavia le picó una mosca, sin que en el primer momento diese importancia alguna á este incidente. En el trayecto de Java á Singapore la simple picadura se enconó como si fuese de un reptil venenoso y anoche ha muerto completamente desfigurado, con las facciones tumefactas y ennegrecidas. Esto no es extraordinario. En los países tropicales, insectos en apariencia inofensivos transmiten infecciones de muerte.
Este pobre steward es el segundo que cae en nuestro viaje. El joven americano que vino moribundo de Pekín á Shanghai ha conseguido salvarse en la enfermería del buque. Aún está convaleciente y no baja á tierra. Tal vez termine su viaje alrededor del mundo sin ver otra cosa que puertos de ciudades lejanas y extensiones desiertas de Océano, pero habrá conservado su vida. Este atleta rubicundo y alegre, que durante la última guerra sirvió en varios buques que fueron torpedeados, salvándose de la explosión mortal y de las llamas del incendio, ha caído finalmente por obra de una mosca de Java y está abajo, negro como si su cadáver fuese de carbón, putrefacto en breves horas, siendo una amenaza para la existencia de los demás, un foco de contagios exóticos é inexplicables.
No quiere el comandante que se divulgue la noticia de tal defunción. La vida ordinaria del paquebote debe continuar como todos los días. Los pocos viajeros conocedores del suceso seguimos á las gentes del buque que disimuladamente se dirigen hacia la popa por los corredores destinados al servicio.
Hay en el Franconia toda una parte que ignoran los pasajeros: galerías por donde puede correr la marinería de popa á proa, sin necesidad de atravesar los salones y escalinatas de lujo. Con estas galerías se comunican los departamentos de máquinas, los depósitos de víveres, las cocinas y otras dependencias. Son como los pasadizos y escaleras de servicio que existen en los grandes hoteles.
Nos deslizamos por una puertecita generalmente inadvertida y caemos en pleno movimiento de las gentes que sirven las múltiples necesidades de este palacio flotante. Los stewards marchan todos hacia la popa rápidamente, deseosos de que no se percaten de su ausencia los señores que están arriba. Llegamos á un amplio espacio descubierto por tres de sus caras y con techo, situado sobre el timón, en la parte más saliente de la popa. Cerca están los talleres de lavado, y las mujeres que trabajan en ellos suspenden sus operaciones para unirse á la fúnebre despedida.
Muchos pasajeros han comprado pájaros en los puertos del Extremo Oriente, entregándolos á hombres de la tripulación para que los cuiden fuera del ambiente de sus camarotes, y es en este lugar donde permanecen guardados dentro de jaulas pendientes del techo. Surge de ellas un continuo trino de canarios y calandrias que la paciencia china convirtió en incansables cantores.
Se van agrupando en dicha parte del Franconia unos trescientos hombres. Todos llevan su uniforme azul de gala, con botones dorados, ropa que les hace sudar en esta mañana cálida. El capitán llega seguido del estado mayor del buque y se sitúa junto al féretro. Es un cajón de madera blanca construído horas antes. Una bandera lo cubre por entero con sus rayas de colores. Lo han depositado sobre una tabla colocada en el mismo borde de un portalón abierto en la barandilla. No hay más que hacer un movimiento de palanca, y el féretro, arrastrado por la pesadez de los hierros encerrados en él, se irá á fondo inmediatamente.
Uno de los oficiales, encargado de las lecturas religiosas todos los domingos, recita las oraciones propias del acto. Varios grumetes van distribuyendo libros entre el compacto gentío: volúmenes de salmos, encuadernados en chagrín negro.
Suena una música dulce y quejumbrosa. La orquesta del buque permanece invisible en esta aglomeración de hombres que escuchan con la frente baja. Todos abren su libro y se inicia un canto religioso, un coral de numerosas estrofas, que se prolonga media hora. Ya dije que esta gente canta bien, y la melancolía de sus voces, el lamento de los violines, el féretro embanderado que cada vez se inclina más sobre el abismo, la extensión azul y dorada del mar desierto, un cielo por cuyo horizonte resbalan lentamente montañas de vedijas blancas, todo da un interés emocionante al triste episodio de nuestro viaje.
Las aves que penden del techo, enardecidas por este coro de centenares de voces se unen á él lanzando trinos ruidosos. Cantan con una energía que eriza sus plumas é hincha sus gargantas como si fuesen á desgarrarse.
De pronto un chapuzón en el mar, una pequeña columna de espuma que asciende recta como un surtidor. Obedeciendo á un leve signo del comandante, los marineros han dejado caer el féretro cuando menos lo esperábamos. Nadie se mueve; continúa el cántico. El Franconia, que había aminorado su marcha, vuelve á agitar las hélices á toda velocidad. Ya debe estar el muerto muy lejos de nosotros, pero siguen los lamentos musicales por su eterno reposo.
Cesa al fin el salmo fúnebre. Las trompetas lanzan un toque marcial indicando que la energía y el trabajo diarios para vencer al peligro van á reanudarse. Los grumetes recogen en cestos los libros de plegarias. El capitán y sus oficiales saludan y se retiran. Todos van á despojarse apresuradamente de sus uniformes azules para recobrar las prendas blancas de diario. A los pocos minutos me veo solo en este lugar donde se aglomeraban tantos hombres.
Vuelven á funcionar las máquinas del taller inmediato, exhalando un olor de ropa mojada y lejía batida. Las mujeres de brazos arremangados mueven otra vez sus planchas. Y los pájaros, dentro de sus cárceles balanceantes, siguen cantando furiosamente, excitados aún por la música humana que vino á interrumpir sus conciertos solitarios.
El mar es al día siguiente de un verde amarillento; horas después se hace rojizo, y al final toma un color terroso tan denso, que nuestro buque parece deslizarse por una llanura. Hemos entrado en el Irrawady, río de Rangoon, y debemos remontarlo muchas millas hasta llegar al sitio donde fondean los trasatlánticos de importancia, no pudiendo ir más adelante. El canal navegable está marcado por dos filas de boyas y los buques trazan grandes revueltas al seguirlo.
Las riberas son amarillas y bajas, con estrechas zonas de fresco verdor. A largos trechos hay grupos de árboles que indican la existencia de casas invisibles. Pasan cerca de nosotros barcas pintadas á cuadros blancos y negros, y sus tripulantes, medio desnudos, mueven unos canaletes terminados por paletas completamente redondas. Algunas veces el grupo de árboles deja ver las techumbres de paja de un pueblo y sobre ellas una pirámide en forma de campanilla, que es el adorno central de todas las pagodas birmanas. En las ciudades esta misma pirámide se halla cubierta de oro. Aquí es blanca, con una costra de cal cuidadosamente mantenida.
Con el desplazamiento de su volumen dentro de esta agua canalizada, levanta nuestro vapor grandes olas entre su casco y la orilla. Veleros de arboladura mixta, medio asiática y medio europea, que se deslizan en dirección opuesta, cabecean con violencia, cual si hiciesen frente á una tempestad. Las olas cortas y continuas no les dan tiempo para levantarse y volver á caer rítmicamente, como en el mar. Pero la marinería malaya no presta atención á tales sacudidas, que hunden el extremo de su proa, y acodándose en las bordas contempla inmóvil el paso de nuestro trasatlántico.
Anclamos en el fondeadero de Hastings, lejos de Rangoon. Sus edificios modernos y las cúpulas de oro de sus pagodas se ven algo esfumados por encima de las arboledas de los jardines. Unos vaporcitos nos llevan á la ciudad, navegando á través de numerosos paquebotes y veleros que han podido avanzar más en el río, anclando según su calado.
Al saltar á tierra nos damos cuenta de que acabamos de entrar en un mundo distinto á los que conocimos en anteriores escalas. Estamos en la India; pero una India más colorinesca y alegre que la famosa y tradicional que veremos semanas después.
Birmania es la última adquisición de los ingleses en el Oriente índico. Hace unas decenas de años nada más aún existía un reino de Birmania. Al anexionarse Inglaterra á este país, su capital, Mandalay, situada en el interior, á veinticuatro horas de ferrocarril, ha perdido su antigua importancia. Rangoon, puerto principal de todo el Este del golfo de Bengala, absorbe la vida de los países inmediatos.
No se nota aquí el cosmopolitismo de Singapore. Los habitantes son puramente birmanos. Pero la importancia religiosa de la ciudad, á causa de la célebre pagoda llamada Shway Dagon, atrae numerosos peregrinos de todos los países budistas, hasta de las provincias más interiores de la China.
El budismo es una religión en decadencia. Posee aún centenares de millones de adeptos porque la China y el Japón abrazaron las doctrinas del innovador Gautama. Pero este sacro personaje, nacido en la India, después de ver aceptados sus dogmas en su propia patria quedó vencido por el brahmanismo, que se rehizo de su primera derrota, reconquistando finalmente la mayor parte del país.
Hoy sólo quedan dos centros del budismo en toda la India: Ceilán y Birmania. En Ceilán está la ciudad de Kandi con su pagoda, que guarda un diente de Buda. En Birmania los peregrinos van á Rangoon para visitar la Shway Dagon, edificada sobre tres cabellos del sacro personaje.
A pesar de que son muchísimos los peregrinos que llegan de la China, del Tibet y otros países lejanos, apenas se nota su presencia, por quedar como sumergidos en la gran masa birmana.
La muchedumbre de Rangoon agrupada en las calles es habladora, comunicativa, y siente curiosidad por todo. Ama los colores vistosos y los emplea con preferencia en sus trajes. Fanáticamente budista, considera el estado sacerdotal como el más perfecto, y procediendo lógicamente, todos los rangoneses procuran ser bonzos, aunque sólo sea durante un corto período de su juventud. Los hombres antes de casarse se agregan á cualquiera boncería, llevando una existencia semejante á la de los novicios en un convento católico. Lo que les importa es poder afeitarse la cabeza por entero, al modo sacerdotal, y llevar como vestidura una tela de varios metros arrollada al cuerpo, lo mismo que la antigua toga romana. Como este hábito tiene un tinte de azafrán fuerte y vistoso, la enorme cantidad de bonzos perpetuos ó circunstanciales refuerza el aspecto multicolor de las muchedumbres.
Los hijos de familia acomodada son pequeños bonzos de exterior pulcro, con anteojos de concha los más de ellos y manto de azafrán muy amarillo, que tiene de lejos el color del oro. Los bonzos mendicantes, extremadamente delgados, ofrecen un aspecto grotesco por el abultamiento de su vientre. Cuando pasan ante una tienda desenvuelven su manto descolorido y revelan el misterio de su incomprensible obesidad sacando á luz una olla de metal en la que van recogiendo las limosnas de los devotos; su única comida.
Una particularidad del pueblo birmano, que no se repite en ningún otro de Asia, es la supremacía que gozan las mujeres sobre los hombres. Esta superioridad ha servido para que la birmana sea de inteligencia despierta, con una gracia algo maligna y gran habilidad para el manejo de los negocios.
Muchas de las tiendas de Rangoon están dirigidas por mujeres. En las calles hablan á los hombres con voz fuerte y una expresión autoritaria. La esposa marcha siempre delante, seguida del marido. Además, según me dicen, son ellas muchas veces las únicas que ganan dinero para el sostenimiento de la familia. Esto resulta extraordinario en Asia luego de haber visto la japonesa y la china, criaturas supeditadas completamente al hombre. En el resto de la India la mujer es tan esclava del marido, que hace menos de un siglo todavía se quemaba sobre la pira sepulcral de éste, por considerarse incapaz de continuar viviendo sin su apoyo. Hoy seguiría quemándose lo mismo, si lo permitieran las autoridades inglesas, pues la viudez representa para la indostánica el más horrible y absoluto de los olvidos.
La mujer birmana es de ojos negros, algo oblicuos, pero más grandes y saltones que los de otras asiáticas. Como puede expresarse libremente, esto comunica á sus palabras y actitudes cierto atrevimiento incitante. Todas ellas resultan un poco cabezonas, pero tal vez sea á consecuencia de su tocado, que consiste en un gorrito redondo de terciopelo, con una gran rosa blanca de perlas que cuelga por el lado derecho, y la cabellera en bandós muy ahuecados. Además, todas son de pequeña estatura, y sus miembros algo gráciles no armonizan bien con la amplitud de su busto.
Su boca es más atractiva que las de muchas asiáticas—especialmente las javanesas—, porque no masca el betel, que hincha los labios, ennegrece los dientes y escoria las encías. En cambio, las birmanas se entregan á otro vicio que hace apestante su aliento. Todas ellas son fumadoras, terriblemente fumadoras, como no lo es ningún hombre.
Ignoran el cigarrillo y desconocen también el cigarro de forma elíptica que usan los occidentales. Lo que ellas fuman á todas horas es un cilindro de hojas de tabaco muy apretadas, igual por sus dos extremos, largo más de un palmo y con el grueso de un barrote de silla. Tan enorme es el diámetro de estos cigarros, que toda birmana, por grande que tenga la boca, debe abrir mucho las mandíbulas y poner los labios en círculo para abarcar con ellos su final, lo que da un aspecto cómico á las chupadas de la fumadora. Y como son un poco enanas, según ya he dicho, parece que vayan adheridas á sus enormes cigarros y que éstos tiren de ellas.
Unas llevan arrolladas á sus piernas piezas de seda con flores pintadas; otras usan pantalones anchos como las chinas. Su busto lo cubren con una camiseta corta que deja visible por arriba el arranque de los pechos y muestra por abajo, entre las dos prendas, un reborde de la carne del talle. Su tocado consiste unas veces en el gorrito obscuro, con la rosa de falsas perlas pendiente á la derecha, y otras en un rodete de adornos blancos sobre el peinado, que huele á jazmín.
La libertad de que gozan va acompañada, según dicen, de excesos y abusos. Como vieron desde pequeñas dentro del hogar la superioridad autoritaria y algo despectiva de la madre sobre el padre, continúan menospreciando al hombre, por creerlo inferior, y lo reemplazan con demasiada frecuencia. Todas aman la música, la danza, los cantos, y la ilusión de muchas de ellas es poder ingresar en las compañías de baile y de juglares que circulan por el país.
Apenas damos unos cuantos pasos en un jardín vecino al desembarcadero, salen á nuestro encuentro las especialidades animales de la India. Oímos la estridencia de diversas gaitas surgiendo de los grupos de naturales situados en las aceras inmediatas. Los domadores de serpientes, acurrucados sobre el asfalto, hacen sonar sus plañideros instrumentos, mientras del semicírculo de cestos que tienen ante ellos van surgiendo reptiles de cuello hinchado.
Aquí los serpenteros son más numerosos que en Singapore. Los hay de todas las edades. Unos adolescentes, gritones y confianzudos, agarran la terrible cobra con sus dos manos y vienen hacia nosotros para que la contemplemos de cerca. Estos novicios deben haber heredado de sus padres la colección de reptiles que les proporciona el arroz.
Hay cobras que se agitan medio adormecidas, con el aire del que cumple maquinalmente una obligación diaria. Otras parecen furiosas, y sus dueños las tratan con visibles precauciones, rehuyendo los golpes que les tiran á las manos con su boca silbante. Todos creen que estos hombres arrancan á sus reptiles los colmillos venenosos y emplean además con ellos otros procedimientos para dominarlos. Así será, pero los tales medios no deben ser perfectos, ya que todas las semanas hablan los periódicos de la muerte casi fulminante de alguno de estos encantadores á consecuencia de un mordisco de sus pupilas.
Empleamos algún tiempo en presenciar tales danzas. El calor es sofocante en las calles; las moscas pululan sobre las aceras, se suben por la piel rugosa de las serpientes, picoteando sus escamas verdes, blancas y rojizas, se pasean por la gorguera inflamada de su cuello hinchado y luego vienen hacia nosotros. ¡No!... ¡Vámonos!
En el centro del jardín suenan gritos de regocijo y acude corriendo la gente. Vemos sobre las cabezas de la muchedumbre el lomo gris y redondo, el cráneo prehistórico, con rudas oquedades y aristas, de varios elefantes.
Rangoon es la ciudad de los elefantes, y para nuestra diversión han sido enviados al jardín los más célebres por su inteligencia.
Horas después, al visitar los alrededores, vemos los grandes depósitos de madera, principal industria de la población. Es madera pesadísima, troncos cortados en el interior de Birmania que tienen la dureza del hierro. Los elefantes se encargan de acarrear estas piezas y colocarlas en ordenados montones. No podrían realizar los hombres dicho trabajo con la rapidez y la facilidad que lo ejecutan ellos. Todos llevan una especie de cincha de la que pende una cadena rematada por un gancho. Así toman los enormes maderos de la orilla del río y los arrastran hasta el aserradero. Cuando deben colocarlos en pilas los levantan con su trompa, y realizan tal labor sin vacilación alguna.
Se ha exagerado algo la inteligencia de este animal al querer igualarla con la del hombre. Sin embargo la creo muy superior á la del resto de los animales. Es un poco tarda, un poco espesa en su curso, pero se desenvuelve indudablemente siguiendo un encadenamiento de raciocinios lógicos.
Las dos parejas de elefantes que salen á nuestro encuentro en el jardín del desembarcadero son cuatro celebridades, que muestran una superioridad de artista sobre los cientos de camaradas empleados en los depósitos de maderas. Cada uno de ellos sostiene sobre su lomo á un indio que le habla cariñosamente y lleva las manos libres, sin emplear el bastón de que se valen otros conductores para hacerse entender.
Han arrojado una pelota de fútbol en medio de la pradera, y los elefantes se mueven con una ligereza extraordinaria, dada la pesadez de su especie, enviándose aquélla con la trompa y recogiéndola igualmente antes de que toque el césped. Las evoluciones de este juego nos hacen ir de un lado á otro, deseosos de no perder detalle y evitando al mismo tiempo que nos pille un pie cualquiera de estas patas redondas como torres que dejan profundas huellas en la hierba.
Unos trabajadores de la ciudad traen pesados maderos, y estos animales los manejan con su trompa á la voz de mando de sus conductores. Dos de ellos agarran un largo tronco por sus extremos para subirlo y bajarlo acompasadamente. Otros trabajan solos y un madero de varios quintales lo hacen girar con la ligereza de un bastoncillo.
Llama mi atención la muchedumbre que se ha ido aglomerando en torno á la pradera. Los naturales de Rangoon, siempre ociosos y callejeros, sienten excitada su curiosidad por esta fiesta extraordinaria.
Las mujeres no muestran interés por los elefantes y siguen su camino, dando chupadas al enorme cigarro. Los hombres miran tales juegos con un entusiasmo infantil.
Casi todos estos varones son de gran belleza física. Aquí empieza á verse el hombre blanco, perfectamente blanco, que existe en la India entera, mezclado con otros indostánicos cobrizos y casi negros. Representa el tipo ario ideal, que tal vez sólo existió en la imaginación de algunos autores.
Vestidos con una especie de sábana blanca arrollada lo mismo que una toga, recuerdan las figuras escultóricas de la antigüedad helénica. Todos llevan pendientes, pero con una abundancia que no deja sin aprovechamiento ninguna de las prominencias de su rostro. Empiezan por colgarse dos de cada oreja: uno en el lóbulo y otro en lo alto del pabellón auricular. Después de colocados estos cuatro adornos todavía sitúan en su cara un quinto pendiente, colgándolo de una aleta de sus narices ó de un agujero que perfora su tabique central. Además, estos hombres, blancos y hermosos, que no tienen ningún aspecto femenino, y cuyo perfil aguileño recuerda el de muchos héroes, llevan la cabellera larga y enroscada en forma de rodete sobre la cúspide de su cráneo.
El ansia de ver mejor les hace avanzar, estrechando su círculo, quitando terreno al escenario de la fiesta, y lo que es más grave, mezclándose, no obstante su inferioridad de raza, con todos nosotros. Presiento que esto va á acabar mal.
La autoridad anglo-india no puede tolerar un olvido tan insolente de la diferencia de castas. Acompañando á nuestros grupos se mueven dentro del jardín varios policías indostánicos, barbudos y con turbante. Igualmente vienen con nosotros desde que desembarcamos, ciertos individuos de casco blanco y vestimenta civil, que tienen la tez sucia del mestizo y su aire vanidoso. Como bastón llevan un vergajo. Son de la policía secreta.
De pronto se dan cuenta de este avance del público indígena y marchan contra él dando gritos de cólera. Empujan á los grupos, y á pesar de que retroceden obedientes, levantan sus vergajos para acelerar la retirada general, repartiendo golpes á mansalva.
Los hombres más hermosos y esbeltos de la tierra huyen murmurando protestas, cual si fuesen niños. Sus vestiduras blancas aletean ridículamente con la precipitación del miedo. Un poco más allá vuelven á detenerse con pueril indecisión, temiendo los garrotazos de sus compatriotas al servicio de los ingleses, pero sin querer privarse de presenciar los juegos de los elefantes.
Siento indignación ante tal atropello. Indios que pegan á los indios... ¡miserables!
Luego pienso en Europa, donde la policía blanca golpea igualmente á los blancos.
El aspecto de Rangoon.—Los Lagos Reales y sus peces sagrados.—Europeos de Rangoon que no han visitado nunca la pagoda de los tres cabellos de Buda.—Miedo á las muchedumbres de peregrinos.—El orgullo británico y los pies desnudos.—Un entierro de fanáticos de Madrás.—El templo más antiguo del mundo.—La interminable escalera, su mercadillo y su basura.—La montaña de oro, centro de la meseta sagrada.—Pagodas, pagodones y pagodines.—Gran variedad de imágenes de Buda.—Mi amigo el joven bonzo.—Cosas horripilantes y curiosas que me enseña.
Las calles de Rangoon ofrecen una novedad para el viajero que llega del Extremo Oriente. No se ve en ellas ninguna ricsha. Después de Singapore el hombre ya no sirve de bestia de tiro á sus semejantes.
Abundan los animales en la India, y el caballo ó el buey resultan más baratos para la tracción que el brazo humano. El indostánico es de musculatura débil, y se necesitan varios de ellos para hacer el mismo trabajo que realiza fácilmente un chino ó un japonés. Como los rangoneses son budistas, no existen aquí animales sagrados, y el buey tira de los carromatos y hasta va enganchado en parejas á una especie de tílburi ligero que usan las familias del país y tiene como toldo una sombrilla de cartón pintado.
Empiezan á encontrarse carruajes de alquiler arrastrados por caballos, lo mismo que en Europa; pero estos vehículos tienen un aspecto indostánico. Son una especie de landós cerrados, y su madera guarda el color natural bajo una capa de barniz. El cochero, sentado en un pescante muy alto, lleva grandes barbas y usa el mismo gorro que los policías sikis. Los haces de hierba para el pienso de sus dos bestias los guarda previsoramente amontonados en el techo del carruaje. También hay automóviles de alquiler, y estos vehículos los emplean con preferencia los viajeros que no quieren encerrarse en coches birmaneses, cuyos caballos marchan con soñolienta lentitud.
Visitamos la parte moderna de la ciudad, los barrios construídos por la dominación británica, vaga copia de la metrópoli tal como puede recordarse á una distancia de miles de leguas.
En las grandes plazas jardineadas hay estatuas de la Reina Victoria y Eduardo VII. También vemos un monumento en conmemoración del jubileo de dicha soberana, primera emperatriz de las Indias. Pasamos ante diversos palacios, que son del gobernador, de los secretarios de Estado, del Tribunal Supremo, todos con fachadas de piedra negruzca é idéntica arquitectura que si se reflejasen en las aguas del Támesis. Existen dos catedrales, una protestante, otra católica, y la gran mezquita, elevadas en los últimos años.
Dentro de las modernas avenidas, que tienen de cincuenta á cien metros de anchura, como recuerdo de la antigua ciudad birmana, cuyos edificios desaparecieron en gran parte, surgen á trechos algunas pagodas rodeadas de un círculo de pagodines, elevando sobre los otros edificios el remate de su cúpula de oro en forma de campanilla.
Fuera de la ciudad corremos por caminos polvorientos hacia un gran parque formado sobre los antiguos jardines de los reyes de Birmania. Como recuerdo de dicha época, que parece remotísima y está separada de nosotros por menos de medio siglo, quedan dos lagos, que la gente llama aún Lagos Reales. Uno de ellos tiene una isla con un sauce, un kiosko y un puente, semejante á la del «Jardín del Mandarín» de Shanghai. En sus aguas nadan unos animalejos negros y monstruosos que parecen grandes sanguijuelas con aletas. Son los peces sagrados del antiguo reino de Birmania, y en dicha época si alguien osaba pescarlos corría el riesgo de que le cortasen la cabeza. Ahora, el guardián indígena, que echa al agua unas semillas redondas para atraer sus interminables enjambres, nos enseña un bocal vacío y nos propone en voz baja vendernos como recuerdo algunos de dichos gusarapos.
Un deseo obsesionante nos acompaña, y deseamos terminar la visita de los jardines para realizarlo cuanto antes. Queremos ver la célebre pagoda de Shway Dagon.
Algunos europeos residentes en Rangoon muestran extrañeza al enterarse de nuestro deseo. Los hay que llevan seis años viviendo en la capital de Birmania y nunca se les ocurrió visitar esta pagoda, cuya cúpula luminosa ven todos los días lejos de la ciudad, por encima de arboledas y tejados, brillando como una montaña de oro. Sienten repugnancia al pensar en las peregrinaciones miserables que llegan á este templo del misterioso centro de Asia. Conocen por relatos de visitantes las suciedades contagiosas de tales muchedumbres. Además repugna á su orgullo de raza tener que aceptar ciertos preliminares molestos que exigen los bonzos para permitir la entrada en su recinto.
Hablo con oficiales ingleses de la guarnición de Rangoon, y ninguno de ellos ha estado en dicha pagoda. Otros compatriotas suyos, comerciantes ó funcionarios civiles, se han abstenido igualmente de tal visita. Tendrían que entrar descalzos en el templo, pero con los pies completamente desnudos, pues los bonzos ignoran la invención europea de los calcetines, y no quieren proporcionarles el gusto de poder infligir á sus dominadores tal humillación.
Me hablan de tisis, lepra, peste bubónica y otras enfermedades de las multitudes devotas que visitan la famosa pagoda y á veces se quedan en ella por muchos días. Sólo algún viajero de gustos raros, algún artista de los que buscan á todo trance espectáculos pintorescos, puede pasar por las humillaciones y contagios que supone tal visita.
Voy á la pagoda Shway Dagon. Juzgo imperdonable haber venido á un país tan alejado de la corriente general de viajeros, como es Birmania, haber visto de lejos el cono luminoso de este templo célebre en lo alto de una colina, y no subir á dicha plataforma, donde se agrupan innumerables santuarios de caprichosa suntuosidad.
Al dirigirnos hacia el templo, otra vez por caminos abundantes en polvo, nos cierra el paso un cortejo. Vemos hombres desnudos y completamente blancos que saltan ante nuestro automóvil con los brazos abiertos para indicar al chófer indostánico que debe hacer alto. Acostumbrados á la vista de hombres amarillos, cobrizos ó achocolatados, nos causa extrañeza la desnudez de estos blancos, iguales á nosotros, que sólo llevan un andrajo entre las piernas.
Tienen en sus ojos un brillo inquietante. Sobre sus frentes se levanta una cabellera que, anudada en el cogote, cae por la espalda como un manojo de crines. Detrás de ellos suena el estrépito inarmónico de varios bombos y címbalos. Otros hombres, igualmente blancos y desnudos, danzan al son de esta música una especie de baile pírrico. Extienden al mismo tiempo un brazo y una pierna ó los encogen, quedando en actitudes semejantes á las que aparecen en los antiguos vasos griegos. Todos tienen en sus ojos una luz malsana, como si se hallasen bajo la influencia de drogas perturbadoras.
Dejamos pasar esta vanguardia de locos, y á continuación se desliza junto á nuestro automóvil una carroza fúnebre, blanca y encristalada. En el interior de su urna va el muerto, completamente visible, desnudo y tendido sobre un lecho de hojas. Racimos de plátanos y haces de flores adornan los cuatro lados del vehículo. Nuestro chófer nos explica que es un entierro al estilo de Madrás, y todos estos diablos blancos que acompañan al camarada difunto con su danza guerrera pertenecen á la misma cofradía religiosa.
Se va alejando la música estridente y seguimos nuestro camino. La entrada de la Shway Dagon se puede adivinar mucho antes de verla, por los grupos de naturales que, viniendo de distintos puntos, se juntan para seguir una misma dirección. En esta muchedumbre pintoresca las manchas azafranadas de los bonzos son cada vez más numerosas.
Ocupa la célebre pagoda toda una colina, y su entrada empieza al pie de esta eminencia, viéndose obligados los visitantes á subir una escalera de ciento veinte peldaños para llegar á la plataforma donde se halla el verdadero templo. Lo más molesto es tener que descalzarse al principio de dicha escalinata y ascender por ella con los pies completamente desnudos.
Unas familias inglesas miran con asombro nuestros preparativos desde lo alto de sus automóviles. Han venido hasta aquí para ver de lejos una parte de la escalinata cubierta y la muchedumbre indígena que sube por ella. Solamente para satisfacer esta curiosidad traen todos ellos medio rostro tapado con velos que sin duda fueron sumergidos previamente en diversos líquidos antisépticos.
Confieso que la humanidad amarilla, blanca y cobriza que se roza con nosotros no exhala perfumes agradables para un olfato europeo. Huele á sándalo falsificado del que se quema en las pagodas, á sudor frío, á fiebre. Pero ya es tarde para arrepentirse. ¡Arriba! Vamos á conocer la ciudad religiosa que se ha ido amontonando en el transcurso de veintidós siglos en torno á un cono gigantesco de mampostería construído sobre una reliquia. Este templo es el más antiguo del mundo. Ninguna religión de las que existen actualmente puede presentar otro que haya abierto sus puertas por primera vez á los fieles hace dos mil cuatrocientos años.
Conozco su historia. Al morir Buda, dos discípulos suyos que eran birmanos cortaron tres cabellos de la cabeza del santo maestro y los trajeron á Rangoon, su patria, que existía entonces con distinto nombre al pie de esta colina. Metidos en un relicario de oro, los enterraron bajo los cimientos del cono central de la pagoda, que asciende á una altura de ciento diez metros.
Este cono, que unos comparan por su forma á una campanilla y otros á un quitasol asiático de boca estrecha y remate puntiagudo, tiene ocultos sus ladrillos bajo una capa de hojas de oro. Su punta está enriquecida con cuatro mil seiscientas piedras preciosas incrustadas en ella: diamantes, rubíes, esmeraldas. Ningún humano puede verlas. Sólo las conocen las aves de vuelo alto y los espíritus celestes. Pero los devotos saben que existen, y esto les basta. El tributo al cielo no puede ser más discreto y limpio de vanidosas ostentaciones.
Forma el pináculo de este macizo siete círculos antes de llegar á su extremo final, y penden de ellos cien campanillas de oro y mil cuatrocientas de plata. También representan un homenaje desinteresado á la divinidad, pues nadie puede verlas de cerca. Mas cuando sopla la brisa todas las campanillas se estremecen á la vez y desciende hasta los fieles una música argentina y vagorosa que les hace pensar en el canto de los tomines, ángeles del cielo budista.
Me siento en el primer peldaño de la escalinata del templo, y con ayuda de un jovenzuelo rangonés que se ha diputado á sí mismo como mi guía y traductor gesticulante, me quito los zapatos, luego los calcetines, y quedo sin más que mi traje blanco, un casco de corcho del mismo color y un bastoncito que me sirve de apoyo.
Los hombres civilizados cultivamos la finura y limpieza de nuestros pies lo mismo que la de nuestras manos, y esto sirve para que nos consideremos disminuídos y humillados por repentina debilidad al perder los zapatos. Representa á veces cierto placer marchar descalzos por una playa ó una habitación; pero sentimos acobardamiento al colocar nuestras finas plantas sobre una tierra pedregosa que sólo puede ser hollada con pies duros y primitivos, férreamente calzados por recias callosidades.
Empiezo á subir la escalinata con paso vacilante de ebrio. Noto desde los primeros peldaños que este monumento religioso, como todos los de Asia, es una mezcla confusa de antigüedad venerable y fragilidad moderna. Hace más de dos mil años, en tiempos de Mario y de Julio César, ya subían por esta escalera gentes devotas como las que se codean ahora conmigo y tal vez curiosos escépticos iguales á mí. Pero las construcciones asiáticas sólo tienen una parte sólida, que dura largos siglos, y todo el resto se compone de materias frágiles y formas graciosas, que es preciso renovar cada veinte años.
La escalinata, toda en línea directa, tiene, por suerte, varios rellanos intermedios. De ser en escalones continuos, daría vértigos. Estos peldaños aparecen desiguales y de materias diversas. Los hay de mármol que aún guardan borrosos relieves de una escultura milenaria; otros más recientes son de ladrillos, de asfalto ó de simple tierra apisonada, al azar de las recomposiciones. Algunos, suaves y dúctiles, se dejan dominar por el pie sin imponer fatiga alguna; los más se resisten á ser montados, como las cabalgaduras bravas, y hay que elevar mucho la rodilla para dominar su lomo.
Una techumbre de madera con pinturas religiosas cubre esta escalinata y á los dos lados de su graderío se van elevando los puestos de un mercado. Los rangoneses venden en él figurillas sagradas, juguetes grotescos, cuadros de vidrio representando escenas de la vida de Buda, telas bordadas con la imagen del hombre-dios é innumerables objetos de metal, martilleado y repujado con la habilidad de los broncistas indostánicos.
Muchos de estos pequeños comercios están dirigidos por mujeres. Todas fuman tagarninas enormes, añadiendo el perfume acre de sus chorros de humo al hedor asiático de la muchedumbre devota. Miran á los raros blancos que se detienen ante sus puestos con unos ojos saltones, cuyas pupilas negras tienen cierta expresión incitante y burlona á la vez. Algunas están medio tendidas detrás de su mostrador en un diván rústico. Veo á dos de ellas acostadas en una verdadera cama, en medio de su tiendecita de cuadros religiosos. Se han pasado mutuamente un brazo por detrás de la cabeza, y enlazadas así miran á lo alto. De vez en cuando cruzan ojeadas afectuosas y se ofrecen el cigarrote desmesurado y único que sirve para las dos. Se adivina que no las preocupa la prosperidad de su comercio, y el comprador que ose interrumpirlas con sus demandas recibirá malas respuestas.
Subo con lentitud los ciento veinte escalones, haciendo alto en los rellanos para realizar algunas compras, que entrego á mi acompañante, y porque así lo exigen mis pies. En estos peldaños hay piedrecitas sueltas, granos de metal caídos de los objetos que adquieren los devotos, pedazos de vidrio y numerosas expectoraciones de los mascadores de betel. Por todas partes veo salivazos rojos como de sangre, y necesito marchar en zigzag para no poner sobre ellos mis pies desnudos.
Salgo finalmente á cielo descubierto. Estoy en la meseta de la pagoda, toda ella enlosada de mármol, lo que me permite caminar con más seguridad. Continúan aquí las mismas suciedades de la escalera, pero hay espacio más amplio para evitarlas.
El orden arquitectónico de la plataforma sagrada es muy sencillo. En el centro está el santuario mayor, el cono macizo que guarda en sus cimientos la divina reliquia, y en torno á él toda una ciudad de pagodas secundarias, pagodones y pagodines, estatuas y columnatas.
La plataforma tiene medio kilómetro de circuito, y sin embargo cada día resulta más estrecho el terreno reservado á la circulación de los devotos. Nuevos santuarios hechos á expensas de los ricos de Birmania ó por donativos de extranjeros invaden la santa meseta. No se guarda ningún orden en las construcciones y éstas son derribadas con frecuencia para darlas nueva forma. En el transcurso de unos cuantos años cambia el aspecto de la Shway Dagon. Lo único inmutable es el cono esplendoroso que ocupa su centro. En las vertientes de la colina hay varios elefantes policromos, de doble tamaño natural, con una torre dorada sobre el lomo que es una capilla.
Al ver una pequeña puerta en el sanctum sanctorum central, intento entrar por ella creyendo que el enorme cono es hueco, á pesar de lo que he leído, y guarda en su interior un templo misterioso. Pero retrocedo al convencerme de que la tal puerta no es más que un angosto pasadizo que lo atraviesa rectamente para que los servidores del templo no tengan que rodear toda su base.
Mis dos acólitos ríen de mi error. Ahora son dos, por haberse unido á nosotros un muchacho de familia acomodada, á juzgar por su vestimenta. Está cumpliendo su noviciado de bonzo temporal, y lleva un magnífico manto color de oro, la cabeza redonda pulcramente afeitada y anteojos de concha.
Revela con su habilidad para expresarse una educación superior á la de los otros bonzos. Muestra con cierto orgullo la altura de este monumento, cuyo esplendor puede verse á una distancia de muchas leguas, y me explica luego, con palabras inglesas sueltas y abundantes gesticulaciones, que cada quince ó veinte años es recubierto de láminas de oro para que guarde su magnificencia, lo que significa un trabajo enorme. Además, su parte inferior recibe todos los días, á la altura de las manos de los visitantes, un sinnúmero de pequeños papeles de oro. Son presentes de míseros peregrinos, que algunas veces se quedan varios días sin comer luego de haber pegado en el muro su piadosa ofrenda.
Puede afirmarse que en toda Asia no existe actualmente un templo que goce la «universalidad» de la Shway Dagon. Cuantos pueblos adoran las doctrinas de Buda han elevado un santuario en esta meseta. Los hay de muchas provincias de la China, del Tibet, de las posesiones francesas de la Indo-China, hasta de las tierras limítrofes con la Siberia y del Japón. Todas estas capillas tienen columnas en sus fachadas y remates de techos superpuestos que ascienden en disminución, finalizando con una punta rutilante igual á la del céntrico macizo. Sus paredes son de menuda labor, con ese tallado minucioso de los asiáticos, en el que varias generaciones consumen su vida. La madera ó la piedra tienen sus primorosos calados cubiertos de laca y oro.
Se extiende el oro por los santuarios, y los reflejos pálidos y discretos de su materia tallada parecen un homenaje de humildad ante el oro cegador y estrepitoso del cono central. Hay templos cuyo dorado empieza á desconcharse con la viruela blanca de los siglos. Otros de construcción reciente ofrecen el color gris de la albañilería, en espera de generosos devotos que paguen los adornos que deben cubrirlos. Veo santuarios completamente azules. Tienen sobre sus láminas de laca celeste flores y hojas nacaradas que forman enrejados blancos con reflejos de perla. Y todos estos templos, apoyados unos en otros para disputarse un terreno cada vez más escaso, ofrecen el mismo aspecto de amontonamiento que los panteones de las necrópolis occidentales.
En los espacios libres de pagodas secundarias vemos árboles dorados con frutos de cristal, urnas en forma de flechas, columnas sueltas de mosaico, imágenes de Nats, divinidades primitivas de los birmanos con las que ha transigido el budismo para no molestar los sentimientos del pueblo, «perros celestiales» semejantes á los leones de melenas puntiagudas que adornan las pagodas de Kioto y de Pekín, estatuas de elefantes con un templo sobre sus lomos.
Un estrépito de feria se esparce por la sagrada meseta. Los instrumentos rituales del budismo son la campana y el tambor, y cada pagoda hace sonar los suyos como los barracones de espectáculos cuando se disputan la atención del público. Bonzos de diversas razas golpean á puño cerrado los sagrados timbales ó dan con un mazo á las campanas. Niños y mujeres se aproximan á nosotros para vendernos ristras de flores rojas y amarillas, que parecen arrancadas de una tumba. Tales guirnaldas son para ofrecerlas al hombre-dios que reina en este lugar.
Aletean los cuervos lanzando sus graznidos sobre los techos que les sirven de refugio. Junto á estos eternos figurantes de todo cielo de Asia vemos aletear bandas de palomas blancas. También están alojadas en el templo, y entre dos especies volátiles tan antagónicas parece existir una paz absoluta. Perros con grandes peladuras en sus lomos y el hocico babeante, como si llorasen su propia miseria, corretean entre las pantorrillas del gentío buscando algo que devorar. La mayor parte de los fieles son mendigos devotos, que llegaron hasta aquí pidiendo limosna, y continúan su industria dentro de la pagoda. Algunos tienen lepra. Otros muestran al remover su manto llagas, sangrantes como heridas, en el pecho ó bajo los brazos.
Dentro de algunos de los santuarios hay bonzos de rostro achinado y capa parda, que acompañan su oración con movimientos rigurosamente mecánicos, siempre iguales y sin término. Se inclinan hasta tocar el suelo con sus manos y su cabeza, se yerguen poco á poco, repiten la misma inclinación violenta y vuelven á empezar. Así continúan hasta que el cansancio los vence y ruedan por el suelo insensibles como cadáveres.
Allí donde da el sol quema el mármol las plantas de los pies y nos obliga á marchar rápidamente. En el interior de las capillas el pavimento tiene una frialdad de tumba, de lugar cerrado hace siglos que no conoció nunca la tibieza del calor celeste, y nos hace estornudar á los que no estamos acostumbrados á ir descalzos.
Asombra la gran cantidad de Budas que pueblan estas pagodas. Los hay de mármol, de oro, de alabastro, enormes como gigantes ó de simple talla humana; derechos, en cuclillas y tendidos. Unos son dulces, humanos, de expresión inteligente; tienen un rostro casi europeo. Otros se muestran feroces, malignos, verdaderamente asiáticos, con unos ojitos oblicuos, de párpados estirados y casi juntos, que parecen hostiles á todo el que no mire del mismo modo que ellos.
Cada pueblo budista ha formado á su propia imagen la figura del hombre-dios y le rinde culto con ceremonias litúrgicas diferentes. En todos los santuarios se ven flores, luces y varillas humeantes de sándalo. Fuera de él hay salivazos rojos sobre el suelo y una mezcla en el ambiente de malos olores naturales, de perfumes pegajosos, de flores marchitas. Por encima de esta variedad contradictoria, ruidosa, y vibrante de contagios microbianos, continúa brillando el cono central como una hoguera inmóvil de oro sobre los tres cabellos de Buda recogidos por sus discípulos.
Mi nuevo amigo el bonzo tiene empeño en hacerme conocer todo lo interesante de la Shway Dagon. No sería esta célebre pagoda un lugar verdaderamente santo si le faltase la virtud de curar enfermedades y realizar otros prodigios de los que trastornan el ritmo de la Naturaleza.
El dolor humano necesita consoladoras ilusiones bajo todos los cielos de nuestro planeta, sin distinción de castas ni dogmas. Las pobres gentes que llegan hasta aquí, después de marchar en caravana meses y tal vez años, esperan el milagro, y su esperanza inspira respeto. Deseo en este momento que el santo Buda pueda complacer á todos los dolientes que le imploran, pobre rebaño humano roído por las enfermedades y las miserias asiáticas.
Nos detenemos ante un santuario que tiene junto á su puerta unos cuantos hombres desnudos tendidos en el suelo. Todos ofrecen un aspecto horrible. Los hay que son á modo de imágenes del hambre: esqueletos limpios de músculos cubiertos simplemente por su epidermis, con los ojos perdidos en la profundidad de unas órbitas como pozos y las mandíbulas desencajadas. Otros están muertos y tienen el abdomen desgarrado. Un cuervo les picotea las entrañas.
Solamente cuando el joven bonzo, ganoso de que admire su templo, me aproxima á tales horrores, veo que son esculturas policromas, pero con un realismo tan minucioso y exacto que resulta fácil el engaño. Ocurre aquí en pleno sol lo que en ciertos museos de figuras de cera con el auxilio de los juegos de luces. No se sabe ciertamente quién es moribundo de madera pintada ó moribundo de carne y hueso. Según parece, estas imágenes sirven para hacer ver á los pecadores cómo vivirán después de la muerte si perseveran en sus vicios.
Un poco más allá hay tendidos varios pordioseros, igualmente desnudos, igualmente esqueléticos por su flacura. Los horripilantes monigotes brillan á causa de su barniz; los peregrinos casi agonizantes tienen un charolado igual por el sudor con que barniza el sol sus cuerpos escuálidos, como si extrajese de ellos los últimos jugos. Algunos son ciegos y un enjambre de moscas voltea en torno á sus órbitas vacías. Todos tienen al lado media corteza de coco que les sirve de plato para recibir las limosnas. No se mueven, no se dan cuenta de lo que cae en sus rústicos cuencos. Para ellos la limosna tal vez llega tarde.
Me hace entrar mi compañero azafranado en la más milagrosa de las pagodas. No quiere privarme de ninguna de las maravillas de esta colina santa. Avanzamos por el interior de un templo menos iluminado que los otros, y á los pocos momentos deseo salir de él cuanto antes. Encuentro tendidos en colchonetas ó simples mantas á varios hombres flacos, de tez pálida, y una transparencia malsana en las orejas y la nariz. Su tos cavernosa hace innecesarias las explicaciones. Son tísicos que vinieron hasta aquí atraídos por la esperanza. Los bonzos de la pagoda afirman haber presenciado muchas curaciones inauditas.
Sigo avanzando hasta el fondo, interesado por un grupo misterioso. Lo componen varias mujeres que rodean á otra tendida en un lecho, blanca é inmóvil, como si estuviese desmayada. Veo trapos ensangrentados. Un olor de maternidad se une á la respiración de los tísicos. Suena un vagido infantil, gangueante y tenaz.
Mi boncito sonríe y balbucea explicaciones... Entendido. Es una gloria nacer en el famoso templo, y hay madres que vienen de muy lejos para que sus hijos reciban tal santificación al entrar en la vida.