Cap. IV.—Psicología de los simuladores

I. La psicología sintética y los caracteres humanos.—II. Los elementos del carácter y su combinación en la personalidad.—III. Los "hombres de carácter" y los "hombres sin carácter" en la lucha por la vida.—IV. La simulación como elemento del carácter.—V. Predominio de la simulación en la personalidad.—VI. Clasificación de los simuladores.—VII. Los simuladores por adaptación al medio ("astutos" y "serviles").—VIII. Los simuladores por temperamento ("fisgones" y "refractarios").—IX. Los simuladores patológicos ("psicópatas" y "sugestionados").—X. Conclusiones.

I.—LA PSICOLOGÍA SINTÉTICA Y LOS CARACTERES HUMANOS

Las diversas formas de actividad mental, indisolublemente unidas en la personalidad, intervienen como elementos armónicos en la constitución del carácter individual, que se exterioriza bajo la forma de conducta: conjunto de acciones y reacciones mediante las cuales el individuo se adapta al medio en que vive, o manera personal de reaccionar a las excitaciones recibidas del medio interior y exterior.—Lo que psicológicamente (para la personalidad individual) llamamos carácter, éticamente (para la personalidad adaptada al ambiente moral de la sociedad) se traduce por la conducta.

Podemos, pues, considerar al carácter como el instrumento psicológico de la conducta. Siempre es una expresión sintética de la psiquis humana, de la personalidad.

Taine, primero, y luego Ribot, al comentar su libro "La Inteligencia", insistieron sobre la necesidad de complementar las investigaciones de psicología general, analítica y abstracta, con estudios de psicología sintética y concreta, es decir, de psicología aplicada. "La psicología, cuyo objeto es el estudio de los fenómenos mentales, en general, no excluye en manera alguna el estudio de los seres reales, de los individuos que sienten y piensan. Así entendida, es y seguirá siendo una obra de clasificación, una taxonomía; ella determina los tipos y las variedades específicas. La psicología general permanecerá siempre muda a este respecto, pues, por su misma naturaleza, despreocúpase de lo que no es general; su obra consiste en clasificar los procesos mentales, sin inquietarse por las combinaciones resultantes de sus diversas condiciones. Al contrario de la psicología general, que es principalmente analítica, la psicología aplicada será, sobre todo, sintética, por lo menos en cuanto a sus fines". Y agrega el mismo Ribot, estudiando la psicología de los sentimientos: "Repetidamente, muchos autores han señalado, con razón, que el gran trabajo realizado hoy en el dominio de la psicología, debería completarse por estudios directamente opuestos; es decir, que la psicología analítica y abstracta tiene por complemento indispensable una psicología sintética y concreta. Como toda ciencia, la psicología procede por generalidades. Ya se ocupe de las percepciones o de los conceptos, de la asociación de ideas o de los movimientos, de la atención o de las emociones, ella toma esos hechos en todas partes donde los encuentra, en todos los hombres, en todos los animales, y trata de explicarlos, reduciéndolos a sus condiciones más generales. Parte de la suposición, implícita, que en cada hombre hay instintos y costumbres, fenómenos intelectuales, afectivos, voluntarios. ¿Pero en qué proporciones se combinan esos elementos para constituir las diversas individualidades psicológicas? ¿Qué múltiples combinaciones pueden producir? ¿Hay preponderancia de las emociones, de la inteligencia o de la acción? ¿La preponderancia de la una influye sobre el desarrollo de las otras?" (Psychologie des sentiments). Estas cuestiones son eminentemente prácticas y ajenas, por lo tanto, a la psicología general. Pero así como en medicina no hay enfermedades, sino enfermos, en psicología no hay una humanidad, sino hombres; todo no puede reducirse al estudio analítico general de cada fenómeno, pues la comprensión sintética no es desdeñable. Los elementos del carácter se combinan, no se suman simplemente; de allí que para conocer el conjunto no baste el conocimiento aislado de los componentes. El estudio sintético es más necesario a medida que se asciende de lo inorgánico, a lo orgánico, a lo consciente, a lo social. En suma, es justo decir que la psicología analítica y abstracta tiene por complemento indispensable una psicología sintética y concreta... El problema capital de esta última reside en el campo de la acción, no del conocimiento. Es práctico. Consistirá en determinar los principales tipos de individualidad, según su manera de actuar y de reaccionar, originada en los sentimientos y en la voluntad. Eso desígnase con un término, un tanto vago, consagrado por el uso: el "carácter". Es decir, consistirá en el estudio de la conducta como resultado del carácter individual.

En el mismo orden de ideas encuéntranse Hoffding, Pérez, Malapert, Queyrat y otros psicólogos que estudiaron los caracteres humanos. Paulhan enuncia este concepto más explícitamente. Fouillée, aunque tiende a separar de la psicología propiamente dicha el estudio de los caracteres, le asigna proporciones y objetivos semejantes. Todos los autores concuerdan en la necesidad de estudios sintéticos de la personalidad humana, determinando y clasificando sus diversas formas según la relativa preponderancia de alguno de los elementos psicológicos en la conducta del individuo, actuando sobre su personalidad.

Los métodos aplicables al estudio del carácter son cuatro. El empírico, propio de todos los tiempos y accesible a todos los observadores; el razonante fué propio de los filósofos, reducidos a especulaciones abstractas acerca del proceso íntimo de los hechos estudiados; el fisiológico, cimentado sobre las doctrinas relativas al "temperamento" individual, cuya consecuencia fué detener a muchos autores en la investigación de las bases orgánicas del carácter y de sus manifestaciones; el psicológico, creado por Stuart Mill, que lleva a estudiar el carácter en sus manifestaciones psicológicas sintéticas, y que podríamos llamar el procedimiento clínico.

Ribot sólo señala dos métodos: el fisiológico y el psicológico. Malapert indica los tres últimos. Sin embargo, conviene señalar que el empírico, por ellos omitido, fué en toda época el más generalizado y fecundo, fundándose en la simple observación directa; las más geniales manifestaciones del arte, que alcanzan la sanción de la clasicidad, son estudios empíricos del carácter humano. Los tipos creados de Shakespeare a Ibsen, de Cervantes a Zola, de Calderón a Dostojewsky, serán eternos modelos psicológicos de caracteres humanos, empíricamente observados; los mejores trabajos debidos al método científico podrán equiparar, mas no superar, a un tipo de Macbeth o Stockmann, Sancho o Saccard, Segismundo o Raskolnikoff.

El procedimiento empírico no subordina sus resultados al rigor de su método, sino a la perspicacia del escritor; se funda en una aptitud psicológica personal. El razonante reduce mucha parte de su labor a especulaciones estériles, sólo utilizables cuando corresponden a la observación empírica. El fisiológico tiende a estudiar las bases orgánicas del carácter, antes que sus manifestaciones mismas. El psicológico conduce al estudio directo del carácter, al estudio clínico de sus expresiones psicológicas; es el método por excelencia, dada la imposibilidad de experimentar la formación y las evoluciones del carácter. Fuerza es convenir con Malapert en que "el método conveniente para el estudio de los caracteres es, si así puede decirse, el método clínico, constituido esencialmente por la observación, la comparación y una inducción prudente." (Le caractère).

II.—LOS ELEMENTOS DEL CARÁCTER Y SU COMBINACIÓN EN LA PERSONALIDAD

¿Cuáles son los elementos constitutivos del carácter humano? ¿Se equivalen por su importancia, por la orientación que cada uno imprime al conjunto de la personalidad, a la conducta?

Antes de exponer nuestro criterio sobre este punto, creemos útil examinar el que no adoptaremos. Imposible sería el análisis crítico de los autores que estudiaron el problema de la constitución del carácter humano; reduciremos nuestro comentario a los autores modernos, más o menos científicos, previa una cita de Platón, recordada por Fouillée: "Cada uno de nosotros está compuesto de una hidra, de un león y de un hombre: la hidra de cien cabezas, es la pasión; el león es la voluntad; el hombre es la inteligencia. Se puede agregar que nuestra modalidad moral cambia cada vez que uno cualquiera de esos tres elementos adquiere un predominio sensible".

Esta imagen contiene ya, en su expresión puramente literaria, la antigua concepción psicológica fundada en las tres "facultades", con el mismo sello intelectualista que la caracterizó durante siglos en esta fórmula: "El hombre es la inteligencia".

El estudio de los fenómenos psicológicos ha entrado ya a otra nueva concepción, que mira la estesia y la kinesia como formas evolutivas superiores de las funciones biológicas fundamentales: la sensibilidad y el movimiento; concepto cuya síntesis clarísima ha dado Sergi en algunos de sus libros recientes. ("La Psiche nei fenomeni della vita", y "L'origine dei fenomeni psichici"). Sobre bases análogas ha fundado Ribot su teoría y clasificación de los caracteres humanos.

Las condiciones necesarias y suficientes para constituir un carácter, dice Ribot, son dos: la unidad y la estabilidad. La unidad consiste en una manera de actuar y reaccionar siempre homogénea y constante; la estabilidad es la unidad continuada en el tiempo. Esas premisas le llevan a excluir de los caracteres a la masa de los amorfos y los instables. Sobre esa base, agrega: "La vida psíquica, considerada en su más lata generalidad, puede reducirse a dos grandes manifestaciones fundamentales; sentir y actuar; tenemos, pues, dos grandes divisiones: los sensitivos y los activos".

Ribot no dice que "sentir y obrar" sean dos funciones, sino el doble aspecto de la sensibilidad, que es impresionabilidad, susceptibilidad y excitabilidad del sistema nervioso, a la vez que impulso, tendencia, deseo. La sensibilidad es al mismo tiempo aptitud para el placer y el dolor, y aptitud para desear. Todo ello es movido por la sensibilidad, que en su fase más evolucionada es sentimiento y constituye toda la vida afectiva.

La inteligencia, por su parte, queda relegada a un rol secundario, como fenómeno intermediario entre los sentimientos y la voluntad; "sólo los estados afectivos son primordiales en la constitución del carácter. Forman la capa profunda, de primera aparición; las disposiciones intelectuales forman una segunda capa superpuesta. Lo fundamental en el carácter son los instintos, las tendencias, los impulsos, deseos, sentimientos: todo eso y nada más que eso. Es un hecho de observación tan simple y tan evidente, que no sería menester insistir sobre él si la mayor parte de los psicólogos no hubieran embrollado esta cuestión por sus inveterados prejuicios intelectualistas, es decir, esforzándose por referir todo a la inteligencia, explicar todo por ella, y plantearla como el tipo irreductible de la vida mental".

Esta opinión de Ribot, de cepa genuinamente spenceriana, es excesiva. Indudablemente, los sentimientos son el mayor de los móviles, pero no son todo; si los estados representativos no tuviesen en la vida función alguna, no formarían parte de la vida psíquica. A lo sumo, la cuestión podría reducirse a determinar si la inteligencia es función primitiva, o si es secundaria al sentimiento; pero no a discutir su participación en la actividad psíquica sintética.

Fouillée ha combatido la teoría de Ribot, procurando devolver su prestigio a la tripartición funcional de la actividad psíquica. ¿La inteligencia es, como pretende Ribot, una facultad adventicia y sobreagregada? Contesta Fouillée con pruebas de dos clases: fisiológicas las unas, psicológicas las otras.

Si se tratara simplemente de señalar las condiciones básicas del "temperamento", Fouillée iría hasta admitir la suficiencia de las dos funciones fundamentales, correspondientes a la sensación y el movimiento; pero el "carácter" es algo más que el temperamento, por la intervención misma de la inteligencia, que le agrega modalidades que le son peculiares. Y volviendo sobre la vieja imagen de Platón, concluye su capítulo sobre clasificación de los caracteres: "Puesto que hemos restablecido la presencia de la inteligencia entre los elementos primordiales de la evolución mental, llegamos lógicamente a distinguir tres grandes tipos y géneros de caracteres: el sensitivo, el intelectual, el volitivo."

Sin negar la participación de los tres elementos en la formación del carácter, Morselli asigna papel preponderante al sentimiento, y Sergi, aunque admitiendo la preponderancia de la vida afectiva, reconoce esenciales la inteligencia y la voluntad para la determinación del carácter.

En suma, aun admitiendo el primado del sentimiento, se reconoce generalmente que los tres factores intervienen. El mismo Ribot no hace sino cuestión de primordialidad; en rigor él no niega a la inteligencia toda acción sobre la exteriorización de la conducta, sino que la declara consecutiva al sentimiento, lo mismo que la voluntad. Pero esto no hace al caso; la conclusión es que los tres modos de funcionamiento juegan un papel, sea cual fuere el factor primordial o los secundarios.

Esta concepción, fundada en la tripartición funcional, es compartida por la mayoría de los autores modernos, comenzando por Bain. Este autor ("On the Study of Character"), guiándose por un criterio estrictamente psicológico, fundó su teoría sobre la distinción de los fenómenos psíquicos en emoción, volición e inteligencia, lo que le lleva a constituir tres tipos fundamentales de carácter: los intelectuales, los emocionales y los volitivos. El mismo punto de vista encontramos en Hoffding; las diferencias individuales serían producidas por la diferente proporción en que se combinan los elementos psíquicos: una primera diferencia característica resultará del predominio que tengan en el individuo los elementos intelectuales, afectivos o volitivos ("Esquisse d'une Psychologie").

Otras clasificaciones recientes pueden referirse al mismo tipo de las de Fouillée, Bain y Hoffding: la de Queyrat, la de Levy, etc.

Malapert, en su reciente monografía, trata de agregar un nuevo elemento a los tres clásicos, estableciendo una diferencia entre la actividad y la voluntad. "En resumen, dice, creemos que entre los elementos constitutivos del carácter, entre las funciones psíquicas esenciales, cuya particular naturaleza y modo de combinación constituyen la fisonomía moral de cada individuo, debe contarse, además de la sensibilidad y de la inteligencia, la actividad propiamente dicha por una parte, y por otra parte la voluntad. A la trilogía clásica nos parece más exacto sustituir esta tetralogía".

Pero no observa que la actividad es la resultante de toda la personalidad psíquica, la conducta, mientras que la voluntad es uno de los modos parciales de su funcionamiento, como lo son la inteligencia y el sentimiento. Su distinción equivaldría a diferenciar el sentimiento, que es un modo psíquico funcional, de la sensación, que es su proceso inicial.

Sin embargo, Malapert encuadra su clasificación dentro de estas mismas líneas generales. Llega a una clasificación en que figuran, en diversos grupos, los afectivos, los intelectuales, los activos y los voluntarios, complementándose con dos grupos de templados y apáticos.

Con otros criterios han intentado clasificar los caracteres Azam, Pérez y Paulhan. El primero de ellos, aunque reconoce que en la constitución del carácter entran como elementos constitutivos la voluntad, la sensibilidad y la inteligencia, incurre en una clasificación empírica, que no es del caso discutir, y que se funda sobre una primera tripartición en estas tres categorías: caracteres buenos, caracteres malos y caracteres indefinidos (buenos o malos, según las circunstancias); esta primera división se subdivide en no menos de cien caracteres secundarios ("Le caractère dans la santé et dans la maladie").

Partiendo de la manera de actuar, es decir, de la actividad, de la conducta, Bernard Pérez ha dividido los caracteres en seis grandes tipos: vivaces, vivaces-ardientes, ardientes, lentos, lentos-ardientes, equilibrados (" Le caractère de l'enfant á l'homme"). En rigor ésta no es una clasificación psicológica y su análisis no nos corresponde en este sitio.

Para completar esta crítica de las clasificaciones de los caracteres, recordemos la propuesta por Paulhan. Fundándose en su teoría general del funcionamiento mental (" L'activité mentale et les éléments de l'esprit", Introducción) que hace presidir toda la vida psíquica por la ley de asociación sistemática, establece cuatro tipos mentales diferentes, divididos en dos clases: "1.º. Cualidades que se refieren a la manera de ser de las tendencias, al carácter general de sus relaciones en un mismo individuo: la coherencia, la lógica, el contraste, la vivacidad, la tenacidad, etc.; 2.º. Cualidades que están constituidas por las tendencias mismas: tendencias orgánicas como la glotonería, sensuales como la gula, intelectuales, etc. La primera clase comprende las formas de la actividad mental, la segunda los elementos concretos que dirigen esa actividad." Toda la cuestión, para Paulhan, sería ésta: a tal manera de asociación sistemática y de organización de las tendencias, tal carácter. Pero le han observado Fouillée y Malapert que el modo de organización de las tendencias es una resultante de su naturaleza misma, pues la tendencia produce la sistematización; las leyes de asociación son efectos, expresan el modo según el cual actúan y reaccionan las tendencias. Paulhan ha señalado claramente las diferencias entre su sistema y la clásica doctrina inglesa del asociacionismo; pues mientras ésta es una relación de mecanismo, la de Paulhan pretende ser una relación de finalidad; el asociacionismo inglés expresa la ligazón, conexión y atracción de las ideas, mientras que para Paulhan, la asociación de las ideas depende del objetivo común a que ellas concurren.

De todas maneras, si su clasificación de los caracteres no confirma la tripartita, tampoco se opone a ella, pues obedece a un criterio muy especial.

De este análisis inducimos que en la determinación del carácter influye el predominio de una función sobre las demás, la desproporción entre las funciones. Pero es necesario, sin embargo, fijar cómo debe entenderse ese predominio y cómo conviene determinar la función dominante en un carácter. Esa dominante no debe ser el resultado de una comparación entre diversos individuos, sino el resultado de una comparación entre las diversas funciones mentales del mismo individuo; además, esa comparación no debe ser propiamente cuantitativa. Fouillée, en su clasificación, hace cuestión de individuos que tienen más inteligencia; pero en este orden de fenómenos poco significan los términos "más" y "menos". Por eso Malapert aconseja fijarse en la calidad y no en la cantidad; con eso quiere decir que "en un individuo dado, la cualidad especial, la modalidad, la expresión característica de una de las funciones psíquicas (sea cual fuere su grado de desarrollo, su cantidad) implica tal o cual modalidad, forma o cualidad de las otras (sea cual fuere, también, su desarrollo). Se trata aquí de influencia (de cualquier manera que se la explique) más bien que de superioridad cuantitativa. Un individuo muy inteligente tendrá una inteligencia especial si su inteligencia está dirigida y dominada por su sensibilidad; el carácter será la sensibilidad: es un sensitivo. Un individuo muy inteligente tendrá una inteligencia particular si ella está dirigida por la necesidad de acción: es un activo". Es necesario, pues, tener en cuenta las modalidades individuales con que aparecen y se combinan las diversas formas de la vida mental en los individuos, y no determinar el carácter mediante relaciones abstractas o heterogéneas.

En suma: en la composición del carácter individual, considerado como el instrumento psicológico de la conducta, intervienen los diversos elementos de la actividad mental; el predominio de alguno sobre los demás, produce tipos que pueden clasificarse como sensitivos, intelectuales y volitivos.

III.—LOS "HOMBRES DE CARÁCTER" Y LOS "HOMBRES SIN CARÁCTER" EN LA LUCHA POR LA VIDA

Nos hemos detenido en el precedente análisis para decir con más firmeza que esas clasificaciones de los elementos del carácter no pueden servir como base para el estudio clínico de los caracteres humanos. En la realidad, los hechos revisten otro aspecto: una o varias cualidades especiales predominan sobre las demás, caracterizando la personalidad. Un intelectual, un sensitivo, un activo, son la materia prima del hombre de carácter; pero esa materia se elabora y modela según la cualidad predominante en la conducta; el activo podrá ser ambicioso, avaro, cobarde, temerario o simulador. Lo mismo ocurrirá con el intelectual y con el sensitivo.

Pero sea cual fuere el tipo psicológico de cada individuo, no es igualmente intensa la conducta de todos en la lucha por la vida; además de las diferencias cualitativas tenemos las diferencias intensivas. Conviene fijar con precisión este problema, esencial para el asunto que estudiamos.

La lucha, en la vida social, desenvuélvese en condiciones sociológicas que la diferencian de la lucha por la vida puramente biológica. Es natural, pues, que para entrar al estudio psicológico de los simuladores atribuyamos mayor importancia a las diferenciaciones subordinadas a la adaptación social de la conducta.

No basta el simple criterio de la fisiopatología o de la degeneración, que nos llevaría a escindir la humanidad en dos grandes grupos de normales y degenerados, por otra parte difíciles de precisar; ni satisface la división, que hace brillantemente Ferri, en hombres normales y anormales, subdividiendo estos últimos en evolutivos y regresivos (Studi sulla Criminalità ed altri saggi). En cambio, encontramos satisfactoria—y para nuestro objeto suficiente—la teoría, más sociológica que biológica, de Silvio Venturi (Le mostruosità dello spirito); para éste, los hombres, según su actuación en el grupo social en que viven, deben dividirse en "característicos" e "indiferentes". Este concepto concuerda, en general, con algunas ideas sostenidas por Ribot.

Veamos, brevemente, las ideas cardinales de esa teoría, que es una útil metodización preliminar para el estudio de los caracteres humanos. En seguida podremos comprender mejor la mentalidad de los simuladores.

Es de vieja y común observación que en la sociedad existen dos clases fundamentales de individuos. Consiguen los unos afirmar su propia personalidad en la lucha por la vida, haciéndola tangible para cuantos les rodean; los otros no salen del casillero de la vulgaridad. Vivir es expandir la propia personalidad, aumentando nuestras anastomosis con el ambiente e intensificando la acción que sobre él ejercemos; los que no consiguen hacerlo pertenecen al género que llamaríamos de los "hombres que no existen".

Estudiando los caracteres humanos, Ribot los excluye por considerarlos faltos de carácter, haciendo lo mismo con los "instables"; Venturi, recientemente, analizó ese mismo concepto en su interesante libro, esbozando además una clasificación teórica de los característicos, que señalaremos oportunamente, pues se armoniza con los criterios que serán nuestro punto de partida para estudiar la psicología de los simuladores.

Los "hombres sin carácter" son la masa anodina, el número abstracto, los individuos para quienes, como diría Dante, es noche mucho antes de la oración. Ribot los llama "amorfos" y Nordau los señala antes de estudiar la "Psicología del genio y del talento", coincidiendo con Venturi en asignar a los "filisteos" un rol de lastre en la vida social. Ribery (Essai de classification naturelle des caractères), criticando a Ribot, encuentra demasiado impreciso el tipo del amorfo. Mantegazza (I caratteri Umani) diríalos "sin carácter", poniendo en el fondo de su psicología una gran debilidad moral que los hace ceder a la más leve presión y sufrir todas las influencias. En la clasificación de Pérez figurarían entre los "lentos"; como "apáticos" en la de Malapert y junto a los "templados" en la de Paulhan.

"Hombres de carácter" son los que poseen fisonomía propia, presentando cualidades diversificadas, tendencias originales, capacidad fecunda para iniciativas distintas de las habituales. Son los actores en el drama humano, en la evolución social. Entre ellos se reclutan los que Taine—antes que Tarde, Sighele y Le Bon—llamó "meneurs" (Les origines, etc., parte III), y, recientemente, D'Annunzio "evocadores", "animadores". Ellos son los activos, en una palabra, pero no en el sentido estrecho que da Ribot a esa designación (persona que tiene por rasgo dominante la tendencia natural, siempre renaciente, a la acción), sino en el sentido amplio que le atribuye P. Rossi: persona que posee una o todas las aptitudes psíquicas apropiadas para vencer la presión de la multitud ( I suggestionatori e la folla).

El concepto de "hombre de carácter" expresa la intensificación de una modalidad que puede ser común. En último análisis no existe un solo individuo, por muy amorfo que sea, que no tenga algunos caracteres propios y personales, que no ejerza su acción—tan infinitesimal como se quiera—sobre el medio en que vive; todos, desde el más grande hasta el más pequeño, nacen o se moldean con más o menos rasgos personales, contribuyendo, necesariamente, según su poca o mucha capacidad, a la vida del agregado social. Lo "indiferente" y lo "característico", sólo aparecen claros cuando se juzga al individuo por su función. Enfocando de esta manera la psicología de los hombres—como hiciera Voltaire en "Micromegas",—vemos que la inmensa mayoría desaparece, confundida en una amalgama de uniforme pasividad: multitud de unidades que, aisladamente, no tienen importancia alguna.

Bien observa Ribot que la dinámica social es el producto de la acción de tendencias contrarias; cada tendencia tiene su antagonista que la equilibra y enfrena, en sentido saludable para el conjunto. Edward Carpenter, en su ingeniosa "Defensa de los criminales", intentó poner de relieve la utilidad que reportan a la sociedad ciertas formas de delincuencia, ideas que ha enunciado, en parte, el mismo Lombroso, en una breve monografía llena de ideas susceptibles de fecundo desarrollo (La funzione sociale del delitto).

Los exagerados son necesarios para el desarrollo social de una función o modalidad del espíritu. El doctor Stockmann, que nos pinta Ibsen en "Un enemigo del Pueblo", es el tipo característico del individualismo; pero esta cualidad sería socialmente nociva si implicara considerar, como él hace, que la asociación en la lucha por la vida es perjudicial y que el hombre más fuerte es el que está más solo. El Juan Moreira de la tradición gauchesca, que encarna en los folletines de Gutiérrez tantas reminiscencias atávicas desvanecidas hoy al calor de la civilización, es el característico del valor personal; pero a nadie escaparán los peligros sociales que tendría la existencia del valor si todo valiente exaltara su cualidad hasta límites semejantes. Sin embargo, esos tipos son términos de comparación necesarios para que miles de conciencias amorfas cultiven su individualidad y procuren no ser cobardes.

Los característicos se forman por la misma acción de la vida social, respondiendo a la necesidad de la división del trabajo. Esta necesidad, tanto mayor cuanto más complejo es el organismo colectivo, guarda relación directa con el grado de evolución de las sociedades humanas, como lo demuestra Durkheim al estudiar la "División del trabajo social".

En la formación de los "hombres de carácter" intervienen factores externos e internos, sociales y biológicos. Cada uno de ellos puede ser engendrado por las condiciones de lucha del medio social. En realidad, todos los hombres, en la lucha por la vida, son gladiadores que pelean o actores que recitan: ninguno prescinde de su público cuando actúa; quien prescindiera en absoluto del medio sería un "característico" de la despreocupación.

También puede influir la herencia de elementos característicos, repetidos y consolidados a través de las generaciones precedentes. Otras veces la anomalía mental parece intervenir tanto como el medio social. Pero no la anomalía mental considerada con el criterio estrecho de la clínica, que se limita a amoldar a su docena de marcos cómodos—que llama "formas clínicas",—los fenómenos más llamativos de la patología mental; la anomalía debe ser entendida en un sentido vasto—tal como Ferri la esboza en su estudio sobre los anormales,—abarcando todas las divergencias de la psiquis media: desde esas escabrosidades que estudió Cullere en "Les frontières de la Folie", hasta las formas trágicas del derrumbe mental.

Partiendo de esas premisas, indispensables para el mejor desarrollo de este capítulo, analizaremos las dos cuestiones que directamente atañen a nuestro asunto:

1.º. Proporciones en que la simulación se manifiesta en el carácter de todos los individuos.

2.º. Predominio especial de la simulación en el carácter de ciertos individuos: los simuladores característicos.

IV.—LA SIMULACIÓN COMO ELEMENTO DEL CARÁCTER

Los medios que usan todos los hombres para luchar por la vida son semejantes, variando su intensidad y la proporción de sus diversos elementos. El hombre sin carácter se deja arrastrar por las manifestaciones comunes de la actividad humana, sin tener un gesto o una modalidad personal; el hombre de carácter, en cambio, desarrolla aptitudes bien diferenciadas, procurando afirmar su personalidad en la lucha, sin preocuparse de lo que su actividad representa para las rutinas convencionales en su medio social.

Por eso, tener o no "carácter", es un coeficiente de afirmación del individuo contra la colectividad que tiende a amalgamarlo en la masa. En realidad, los hombres de carácter intenso y diferenciado son los que más luchan por la vida; los demás lo hacen dentro de condiciones tan uniformes, y con tan escasa energía, que su actividad resulta imperceptible en el movimiento social; los indiferentes no luchan, porque en rigor no viven.

Si, como venimos demostrando, la simulación sirve para adaptarse mejor a las condiciones del medio, fingiendo cualidades cuya utilidad para la lucha está probada y disimulando otras que son reconocidamente perniciosas, debe confirmarse esta verdad en los hombres sin carácter y en los hombres de carácter. En los primeros encontramos las formas sociales de la simulación, es decir, las que son comunes a todos los individuos que luchan por la vida dentro de un mismo ambiente social; en los segundos percibimos las variaciones individuales de la simulación, formas personales y bien diferenciadas, que decididamente caracterizan al individuo.

En la masa de los hombres amorfos, la simulación suele ser un simple reflejo de las simulaciones más difundidas, anastomosándose por una parte con las mentiras convencionales, y por otra con la imitación en todas sus formas, para cuyo estudio podrán consultarse las conocidas obras de Nordau y Tarde. Obsérvese este hecho fundamental: la simulación es una mentira en acción, al mismo tiempo que sólo es una imitación aparente, según hemos explicado en el capítulo primero; fácil será, pues, inducir la difusión combinada de estas tres formas fraudulentas para la adaptación de la conducta al medio en que se actúa.

El "espíritu gregario", propio de todas las asociaciones de individuos, impone a los hombres sin carácter cierta manera de ser, de pensar, de sentir y de actuar, conforme a las condiciones comunes a todo el agregado; el individuo, para no sucumbir en la lucha por la vida, procura aproximarse lo más posible a esa común manera de ser, adaptándose por todos los medios[4].

Por esos motivos, la simulación forma parte de todos los caracteres humanos, entra como elemento psicológico en la constitución de cualquier personalidad, normal o anormal. Estudiando las innumerables formas colectivas e individuales de la simulación entre los hombres, hemos podido comprobar que ningún individuo está eximido de simular en la lucha por la vida; y para la muchedumbre de los sin carácter "saber vivir" equivale a "saber simular". Los hombres, en general, adáptanse tanto mejor a su ambiente cuanto más desarrollada tienen la aptitud para simular.

Todo individuo de la especie humana es, en cierto modo y cantidad, simulador; en determinadas circunstancias necesita serlo forzosamente. En los amorfos la simulación no llega a ser intensa ni compleja, por la sencilla razón de que nada lo es en ellos; cuando la afirmación de la personalidad no lo exige, los medios de lucha no se desenvuelven o lo hacen escasamente. Con una simulación débil coexisten otras condiciones adaptativas, débiles también, que no imprimen carácter determinado al individuo; el hombre larvadamente simulador puede ser, a la vez, larvadamente modesto, hipócrita, generoso, embustero, ambicioso, delincuente o servil. Esos elementos se combinan sin formar un carácter, lo mismo que la sobreposición o combinación de todos los colores determina su negación, según se demuestra en el conocido aparato de física. Un hombre equilibrado, sin nada suficiente para afirmar su individualidad, no tiene carácter; la simulación será en su mente uno de los tantos resortes necesarios para adaptar la conducta a la vida social.

Cuando la lucha es más intensa, todos los medios se intensifican: la simulación entre otros. En este sentido general, los característicos simulan más que los indiferentes, puesto que luchan por la vida con más energía y tienen más ocasiones útiles para simular.

Lo mismo que los demás rasgos psicológicos especiales, la simulación puede ser predominante o secundaria en la personalidad del hombre de carácter.

En el primer caso tendremos un tipo psicológico caracterizado por la simulación; en el segundo un tipo mixto, sobre cuya conducta la simulación ejerce influencia subalterna.

La aptitud o la tendencia a simular llega a su acmé en determinados individuos, en quienes la simulación alcanza la misma intensidad que el individualismo en el Stockmann ibseniano, y el valor en el Moreira criollo. Esos constituyen el tipo psicológico especial, cuyas diversas manifestaciones analizaremos: el "simulador característico".

Cada uno de estos caracteres especiales desempeña en el conjunto social una función útil, equilibrando la acción de su antagonista. El simulador tiene su antítesis en el ingenuo,—pariente del "Cándido", de Voltaire—que representa el otro extremo de la inadaptación a las condiciones de la lucha por la vida; Bianchi ha definido ese tipo como característico del sincerismo, y Mantegazza lo estudia bajo la clasificación de "ingenuo". Ambos pueden perjudicarse por su propia exageración, pero del contraste entre las dos funciones nace el justo medio útil, enseñando al amorfo a no simular menos de lo que necesita y a no ser más sincero de lo que conviene.

V.—PREDOMINIO DE LA SIMULACIÓN EN LA PERSONALIDAD

El hombre lucha por la vida adaptando su conducta a las condiciones del ambiente en que se desenvuelve; la actividad mental le permite discernir las ventajas o desventajas que un hecho o una cualidad personal implican para el desenvolvimiento de la personalidad. La conciencia de esas ventajas o desventajas hace que el individuo adapte su carácter a las condiciones de lucha, simulando las cualidades que la observación y la experiencia demuestran ventajosas, y disimulando las perjudiciales.

Puesto que todos los hombres simulan y disimulan, ¿en cuáles estudiaremos el carácter propio de los simuladores, sus diversas manifestaciones, los factores determinantes de su peculiar modalidad mental y la importancia extraordinaria que para algunos reviste en la lucha por la vida?

Conviene distinguir el sujeto simulador, que lo es de manera habitual y permanente, del sujeto que se ve precisado a simular accidentalmente, sin que ello constituya una característica de su funcionamiento mental. El primero posee el carácter simulador, psicológicamente considerado; al segundo no puede llamársele simulador, aunque el azar le arrastre a usar con provecho algunas simulaciones. De igual manera llámase mentiroso al que miente por tendencia o por hábito, sin considerar tal a quien miente alguna vez por circunstancias especiales; y decimos tímido a quien lo es en todas ocasiones, sin llamar así a cuantos pueden sufrir un acceso de timidez circunstancial. Buscaremos, pues, los caracteres psicológicos propios del simulador en los sujetos que, por tendencia o por hábito, se valen preferentemente de la simulación como medio astuto de adaptarse a las condiciones de la lucha por la vida.

Como sabemos, en sus manifestaciones voluntarias y conscientes, y en muchas subconscientes e involuntarias, su resultado es proporcionar al simulador una ventaja[5]. La forma normal de la simulación es simplemente utilitaria, lo mismo que la forma normal de la disimulación: el simulador saca provecho de las aptitudes que pone en acción.

El estudio sintético de este carácter fué generalmente descuidado. Teofrasto, en sus "Caracteres", traducidos y vivificados por La Bruyère en su interesante traslado al medio político y social de su época, esbozó algunas notas sobre la simulación en el carácter. Pero los "caracteres éticos", no obstante admirar por la clarividencia de la observación y por su estilo digno y elegante, no constituyen un documento psicológico, tal como puede exigirlo el criterio moderno en esta índole de observaciones.

El arte, rico de ejemplos para el estudio de cualquier tipo psicológico, ha sacado partido del simulador, en sus diversas modalidades. Sin detenernos en un análisis que para ser completo llenaría por sí solo una monografía, recordaremos que uno de los tipos más interesantes de Dickens, el Pechniff de su "Martín Chuzzlewit", podría exhibirse como modelo en su género, ya por la fantasía que le atribuyó su autor, como por la animación y realidad de su silueta psicológica. Desde otro punto de vista, la simulación juega en el arte un rol esencial, como producto imaginativo; en muchas obras maestras del arte, todos los tipos son el simple fruto de una fantasía exuberante servida por una perfecta posesión del idioma.

Entre los escritores científicos modernos, Pérez, Fouillée, Azam, Paulhan, Levy, Ribot, Malapert, Ribery, Mantegazza, y otros que estudiaron el carácter en general y sus tipos especiales, no aislan el tipo general del fraudulento, o del astuto, ni especifican el tipo del simulador. Sergi, estudiando las degeneraciones humanas, enuncia diversos tipos, sin aludir al que estudiamos. Venturi, al esbozar sus característicos menores, no menciona siquiera al simulador. Se explica: el hipócrita, el mentiroso, el astuto, el simulador, se entremezclan íntimamente y es difícil hacer distinciones que, por sutiles, podrían parecer artificiosas. Pero ser hipócrita, mentiroso, astuto o simulador no es lo mismo. Esos diversos tipos psicológicos componen un grupo más general, el de los fraudulentos, donde todos caben y se entrelazan, influyéndose recíprocamente, como hermanos de una misma familia, como ramas de un mismo tronco.

Simular, hemos dicho, es adoptar los caracteres exteriores y visibles de lo que se simula, a fin de confundirse con lo simulado. La mentira, la hipocresía, la astucia, pueden asumir formas que impliquen la simulación, pero no son siempre y necesariamente simulaciones.

Sin embargo, no siendo la mente humana un aparato simple, de efecto único, sino un complejo de acciones y reacciones, rara vez podrá aparecer un individuo—por muy "característico" que sea—cuya personalidad tenga una sola manifestación.

Ribot considera la "unidad" del carácter como una de sus cualidades indispensables, junto con la inneidad y la estabilidad; por ese motivo, además de los amorfos, se ve obligado a excluir de los caracteres a los instables, negando también la categoría de característicos a los intelectuales, los voluntarios y los templados. Esa exageración del valor de la "unidad" en el carácter humano es compartida por otros psicólogos; a todos pudieran responder las siguientes palabras de Tolstoy, en cuya "Resurrección" no escasean las observaciones psicológicas perspicaces. "Uno de los prejuicios más arraigados y difundidos consiste en creer que todo hombre posee exclusivamente ciertas cualidades definidas, que es bueno o malo, inteligente o bruto, enérgico o apático, y así sucesivamente. Podemos decir de un hombre que es más a menudo enérgico que apático, e inversamente; pero decir de un hombre, como suele hacerse, que es bueno o inteligente, y de otro que es malo o bruto, es desconocer el verdadero carácter de la naturaleza humana. Los hombres son como un río; aunque formado siempre por agua, ora es ancho y ora estrecho, lento o rápido, tibio o helado. Los hombres, también, llevan en sí el germen de todas las cualidades humanas, y ora manifiestan una, ora otra, mostrándose a menudo diferentes de sí mismos, es decir, distintos de lo que suelen aparentar. Pero en ciertos hombres esos cambios son más raros y se preparan con lentitud, mientras que en otros son más rápidos y se suceden con mayor frecuencia". En los simuladores, lo mismo que en los demás característicos, encuéntrase una cualidad predominante, no excluyente; entre los elementos del carácter algunos se coordinan y otros se subordinan, combinándose para determinar la resultante: por eso veremos el tipo del simulador generalmente asociado con otros que le imprimen fisonomía particular.

En general, pues, junto con la aptitud característica coexisten las afines, u otras de índole diversa, que pueden no ser afines. Es frecuentísimo, como observa Venturi, encontrar el tipo mixto del envidioso-calumniador, del ambicioso-genial: cualidades afines; también es posible ver pródigos-mentirosos, ladrones-altruístas, ambiciosos-serviles: caracteres que no se excluyen, aun siendo el uno útil y el otro perjudicial para la sociedad. Aunque les niega título de caracteres, Ribot confirma su existencia; los tipos mixtos corresponden o se aproximan a los que él llama "caracteres contradictorios sucesivos", "caracteres contradictorios simultáneos" y "caracteres instables y polimorfos".

Falsearía, en suma, nuestro pensamiento, quien entendiera que la función característica es única y excluyente; ella sólo implica la intensificación, hasta ser predominante sobre las demás que con ella coexisten. Con ese criterio estudiamos la psicología de los simuladores.

Preguntad a cualquier médico quién fué Charcot; os contestará, sin duda: un neurólogo. ¿Y acaso no habría podido ser, también, afectuoso como padre, celoso como marido, curioso como observador, pródigo o avaro, astuto o inocente, espontáneo o simulador, en las mil manifestaciones de su vida? Pero él no ha existido, ni ha sido "característico", sino como renovador de la patología nerviosa.

Del sacerdote Castro Rodríguez o del anarquista Ravachol, cualquiera os dirá que fueron homicidas; nadie recordará que el primero era hipócrita, avaro, mentiroso, ni que el segundo era ladrón, pródigo, sectario. Fuera de su característica como homicidas, ellos no han existido.

Al analizar, pues, los diversos tipos de simuladores, los encontraremos complejos, combinados con otros caracteres afines o predisponentes. Hay, en efecto caracteres psicológicos que guardan estrecho parentesco: el mentiroso suele ser fantástico o vanidoso, el modesto suele ser apático o ingenuo. De igual manera veremos que, siendo astuto o servil, fisgón o no conformista, psicópata o sugestionable, se está predispuesto a pertenecer al grupo de los simuladores característicos, dando fisonomía propia a diversos tipos especiales.

VI.—CLASIFICACIÓN DE LOS SIMULADORES

"Es necesario resignarse a no conocerlo ni explicarlo todo, limitándose a determinar lo que es posible conocer; es la única manera de saber algo. Un análisis, una clasificación psicológica, he ahí lo que, por ahora, consideramos posible. Sepamos contentarnos con eso, tanto más que ello tiene su interés, su valor y su alcance. Lo mismo pensaron y han intentado realizar los autores que más recientemente ocupáronse de la cuestión del carácter. En el punto de vista psicológico se han colocado todos, inclusive el mismo Fouillée". Estas palabras de Malapert justifican la imposibilidad de ofrecer una clasificación exacta de los simuladores característicos, según las causas determinantes de su peculiar modalidad psicológica.

Los factores que se combinan para la determinación del carácter son complejos; Levy ha particularizado sus investigaciones en la dilucidación de este tópico. En general, encuéntranse dos tendencias; la una atribuye mayor importancia a los factores congénitos, la otra a los adquiridos; a la primera refiérense los autores que van desde Schopenhauer hasta Sully y Ribot, mientras se plegan a la segunda desde Rousseau y Mill hasta Payot y Sergi. A este último pertenece la teoría de la "estratificación del carácter", que es, sin duda alguna, la mejor y más sostenible de las expuestas por los partidarios de la influencia del medio en la formación del carácter.

Indudablemente ambos factores tienen importancia: la herencia da el impulso, la educación lo modifica. Existen caracteres de raza, de nación y de sexo que nacen con el individuo e influyen sobre su carácter, sin olvidar, también, la herencia psicológica de los ascendientes inmediatos. El temperamento individual, expresión de condiciones orgánicas determinadas, influye en la constitución del carácter, como sostienen Fouillée y Manouvrier. Pero es innegable que sobre ese fondo de predisposición congénita actúan nuevos factores mesológicos, modificando la orientación del carácter e imprimiéndole tendencias nuevas; negarlo equivaldría a desconocer toda influencia a la educación y, en general, a la sugestión, que tiene tanta parte en la psicología de todo miembro de un agregado social.

Existen, en suma, dos grupos fundamentales de factores determinantes en la psicología de los simuladores: los congénitos y los adquiridos. Según predominen los unos o los otros, tendremos los simuladores natos y los simuladores producidos por el medio.

Los simuladores por predominio de tendencias congénitas se explican. En general, encontramos en todo característico un hombre de carácter o un anormal. Esto mismo se advierte en el simulador, combinado, en una proporción que varía de lo mínimo a lo máximo, con factores propios del ambiente. En favor de la existencia de este grupo abogan dos argumentos definitivamente aceptados en ciencia. La doctrina de la evolución ha establecido que los caracteres adquiridos por los individuos de cualquier especie animal, pueden transmitirse a sus descendientes si son ventajosos en la lucha. Y si, como venimos demostrando, la simulación es un medio útil en la lucha, es lógico admitir el carácter hereditario de la aptitud para la simulación. Los caracteres psicológicos se heredan lo mismo que los morfológicos: verdad indiscutida ya en psicología y cimentada por los excelentes estudios de Ribot y otros.

El segundo grupo está determinado por la adaptación del individuo a las influencias directas del medio en que vive. El ambiente, sin duda, acentúa o determina aptitudes especiales en ciertos sujetos, influencia facilitada por la predisposición mental de muchos de ellos, cuya deficiente síntesis psicológica los predispone a exagerar una de las facetas de su prisma en detrimento de las demás. Esa adaptación al ambiente, determinada por las condiciones de éste, puede, como hemos visto, transmitirse después por herencia.

Los individuos de los pueblos primitivos, cuya civilización es de tipo violento, tienden menos a la simulación que los de pueblos cuya civilización es de tipo fraudulento. En los primeros predominarán los hombres como Alejandro o Nerón; en los segundos, Maquiavelo o Bismarck.

Pero después de distinguir esas dos grandes ramas, complícase toda tentativa de clasificación; en general, las que se refieren a fenómenos psicológicos o sociales no pueden tener la precisión realizable en ciencias menos inexactas. Nos limitaremos, pues, a esbozar los tipos especiales de simuladores que es posible distinguir y aislar, gracias a su combinación con otros caracteres complementarios, reconociendo que estos grupos podrán ser completados o corregidos cuando observaciones mejores que las nuestras lo demuestren conveniente.

Concretando, puede afirmarse que los simuladores característicos llegan a serlo bajo la influencia de tres órdenes de causas que provocan, acentúan o extreman el pequeño coeficiente de simulación que todos tenemos en nuestro carácter.

En primer lugar vemos algunos sujetos en quienes la simulación se intensifica por efecto del medio social mismo, obedeciendo al principio general que la determina: la utilidad en la lucha por la vida; son los simuladores del tipo mesológico, cuyo carácter es esencialmente utilitario. En otro grupo encontramos a los que simulan por tendencia natural, fruto de misteriosa predisposición hereditaria; los llamaremos simuladores congénitos. Por fin, en otros casos, encontramos simuladores característicos cuyo carácter se organiza sobre un terreno mórbido, constituyendo el grupo de los simuladores patológicos.

Entre los primeros pueden distinguirse dos variedades principales: el astuto y el servil; entre los segundos, el fisgón y el refractario; entre los últimos, el psicópata y el sugestionado.