Title: Paisajes Argentinos
Author: José María Salaverría
Release date: January 29, 2021 [eBook #64418]
Most recently updated: October 18, 2024
Language: Spanish
Credits: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from images available at The Internet Archive)
PAISAJES ARGENTINOS
OBRAS DEL AUTOR
El perro negro. (Ensayos)
Vieja España. (Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez Galdós)
Nicéforo el bueno. (Novela)
La Virgen de Aranzazu. (Novela)
Tierra Argentina. (Viajes)
La sombra de Loyola. (Ensayos)
A lo lejos. (Ensayos)
Cuadros europeos. (Viajes)
Espíritu ambulante. (Ensayos)
La afirmación española. (Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos)
El muchacho español.
El poema de la Pampa. (Martín Fierro y el criollismo español)
JOSÉ Mª. SALAVERRÍA
GUSTAVO GILI, EDITOR
Universidad, 45: BARCELONA
MCMXVIII
ES PROPIEDAD
Tipografía la Académica
Este libro, que la amistad del editor don Gustavo Gili me ha instigado a publicar, está formado de partes variadas en las que alternan recuerdos de viajes por los sitios más pintorescos y grandiosos de la Argentina, y sensaciones e ideas de aquel Buenos Aires donde he pasado tres años bien curiosos de mi vida.
El Sr. Gili, como creador que ha sido de la Cámara del Libro Español, sustenta el principio ético-editorial de una verdadera comunión de intereses hispanoamericanos, y piensa que todo editor tiene el deber de ensayar la publicación de libros americanistas en España, y dar a conocer en la Península las cosas e ideas americanas.
Algunas páginas de esta obra fueron escritas antes de que la guerra arrojase su crisis y sus agobios sobre tantos países del mundo.
Tal vez la exaltación arrogante y un poco excesiva de los pueblos del Plata se haya contenido algo a causa de la crisis universal, lo que haría aparecer a ciertos pasajes del libro como no reflejando fielmente los caracteres de aquella vida. Pero cualquier crisis es pasajera en el Plata, y lo permanente y característico es el tono peculiar de vida que estas páginas intentan reflejar.
A los amigos de allá, a la nación Argentina siempre recordada, va dedicado el libro como una ofrenda.
La belleza de navegar
Uno de los más grandes tormentos que pueden asaltarle al hombre es la necesidad de permanecer inmóvil en un sitio. El hombre sedentario es como un árbol o como un pilar clavado en tierra. Por el contrario, ¡qué bello es viajar! El mundo es ancho, es hermoso, está lleno de curiosidades; el mundo, además, lo hicieron indudablemente para que el hombre lo recorriera. ¡Ya nos quedará tiempo después, cuando la hora amarga llegue, de permanecer inmóviles, bien inmóviles y resignados, debajo de una losa de piedra!
Es bello viajar; pero todavía es más deseable el navegar. La navegación conserva aún el picor sugestivo de las antiguas emociones errantes, y aunque no vayamos ahora, como en los tiempos de Ulises, ni tan siquiera como en los de Colón, embarcados en alígeras carabelas por los remotos mares desconocidos, sin embargo, al pisar la cubierta de un barco de vapor, sentimos un cosquilleo particular en el alma. El mar se mantiene siempre en su puesto arrogante. ¡El mar sigue siendo una cosa seria! Por eso la navegación nos reserva aún un especial encanto: el encanto del peligro.
La grandeza del río
He hablado del mar con alguna precipitación. Porque, en realidad, las aguas que surca este barco no son salobres, ni verdes, ni azules. Esto no es el mar, seguramente; no es más que el río de la Plata, con sus aguas dulces, turbias, lisas y superficiales. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo, el río de la Plata puede suplantar al Océano: un Océano canicular, ecuatorial, de calma chicha.
Por otra parte, esas aguas que miradas de cerca se nos representan de un color tan sucio, contempladas desde lejos recuerdan bastante bien la lontananza atlántica. El Río de la Plata debe mirarse a conveniente distancia, como las pinturas escenográficas: entonces se da un efecto muy aceptable de alta mar azul.
Tampoco hay que mirar muy prolijamente el vapor. Ya se sabe que es un buque limitado, de ruedas y de falsa quilla; pero cerrando los ojos a ciertos detalles, el viajero puede lograr una perfecta ilusión de buque transatlántico. Hasta nos apoya la aparición en medio de la inmensa agua, de una costa remota, una isla, una playa. Es como cuando se navega en la mar abierta y súbitamente surge el encanto de la costa deseada.
Sólo que aquí, en nuestro caso, la costa se complica con exceso. No es una costa la que aparece, sino dos. Y estas dos costas van estrechándose, poco a poco, hasta formar dos riberas fluviales. Sí: estamos en un río. La ilusión del mar se desvanece del todo y nos resignamos a la idea de que navegamos por un río.
Este es el río Uruguay. El vapor de ruedas lo enfila con entusiasmo, corriente arriba, a toda marcha. ¡Ancho, soberbio, generoso río de aguas calmas! Es el gemelo del Paraná: los dos hermanos vienen a verter sus caudales inmensos en la majestad del Plata. Ayer mismo, en sus márgenes selváticas tendía el indio su arco, amenazando al cauteloso tigre; hoy, en su lugar, el caballero pastor acosa a las reses pacíficas; mañana se levantarán ciudades populosas e innumerables. Porque nada es tan propicio a la civilización como un río caudaloso. Las grandes civilizaciones han nacido al favor de las corrientes fluviales, como la babilónica, la egipcia, la brahmánica. Y un gran río suele ser siempre el compañero de una gran ciudad. Nadie se explicaría la magnificencia de Menfis o de Tebas sin el Nilo opulento, ni concebimos la existencia de Babilonia sin el riego bienhechor del Eufrates. Hasta tal punto, que casi hallamos cuerda la célebre frase gedeónica: «Bendigamos a la providencia que hizo pasar un gran río junto a cada gran ciudad.»
Las islas
En algunos momentos de esta navegación encantada yo desearía suplicarle al capitán del barco: Señor, vire un poco hacia tierra; déjeme desembarcar y siga después adelante.
Me asalta este deseo cuando surge ante los ojos, en el centro del ancho río, una isla poblada de maleza. Disculpadme: siento un infantil sentimentalismo al ver las frondosas islas de los ríos americanos. Se opera en mí, en tal momento, una regresión inevitable, un salto atrás, una vuelta hacia los días crédulos de la infancia. Viendo las islas de los ríos argentinos me achico, me empequeñezco, me convierto en un muchachito quimérico. Y el estado de mi espíritu entonces es el mismo que cuando tenía diez años.
Me veo sentado ante una mesa, con las piernas colgando y el ceño fruncido al imperio de una reconcentrada atención. Tengo un libro en la mano. Es cualquiera de los mágicos libros que escribió aquel bondadoso hombre llamado Julio Verne, el escritor que más ha espoleado las imaginaciones infantiles. Sí; al descubrir las islas frondosas, surgiendo de las plateadas aguas del gran río, yo no soy el hombre actual, de bigote lacio y frente científica; soy, al revés, un muchacho crédulo que lee una novela de Julio Verne.
Y una vez más, como en los años antiguos, se me despierta la ambición de echar pie a tierra, tomar posesión de una de estas islas y hacer vida robinsoniana. Antiguamente, cuando me dormía sobre las páginas del libro estimado, soñaba que era un navegante, un descubridor... ¿Existe entre los niños americanos la obsesión de los descubrimientos? Tal vez no; ésta debe de ser una manía europea, un atavismo de las razas anteriores, aquellas que se lanzaron en un momento dado a descubrir islas y continentes por todo el mundo, cuando los mares parecían abrirse en una fantástica cosecha de archipiélagos perfumados.
Hoy también, igual que en los años mozos, delante de una isla me siento descubridor y conquistador. Quisiera desembarcar, y vivir allí novelescamente. Construir una choza. Subir a la copa de los árboles para recoger los frutos exóticos. Cobijarme a la sombra de una palmera. Cazar aves de plumas repintadas. Buscar al tigre entre la maleza y matarlo de un certero tiro. Pescar peces policromos. Oír la voz musical de los pájaros. Asistir a la gloriosa asunción de la luna sobre los bosques. Y emocionarme con los peligros, sorpresas y épicos trabajos de la naturaleza virgen...
Pero el vapor pasa de largo, y las islas, una a una, van quedándose atrás. En ellas podría un hombre vivir una vida libre, sencilla e intensa a la vez, lejos de las leyes y pragmáticas de la sociedad, solo ante la naturaleza, dueño de su destino, feliz y rico en su pobreza aparente, con abundancia de peces, pájaros, aire, sol, claros paisajes. Pero las islas pasan y yo no me atrevo a desembarcar. Me ha estropeado la civilización.
Las goletas
De repente, en un recodo del río, se descubre una goleta sin velas, atracada a la costa. ¿Qué hace ahí esa goleta? La costa es desierta, y está poblada de bosque; el barquito se arrima a la arboleda, como si quisiera cubrirse y esconderse.
¿Qué hace ahí ese barco? No hay muelle, ni puerto, ni pueblo, ni siquiera una mala casucha. El lugar no puede ser más desolado. Y otra vez entra en acción la fantasía novelesca. Ahora son las novelas de Mayne Reid las que reviven en la memoria. Y reanudo en seguida las lecturas de los diez años, tremendas lecturas en que un barco filibustero se arrimaba a las costas tropicales, o subía por la corriente del Missisipí, del Orinoco, y los piratas, al abrigo de la selva, sorprendían un poblado, se llevaban cautivas las mujeres, se reembarcaban y huían por los vericuetos inexplorados de los archipiélagos...
La calma tórrida del mediodía
En la hora central del día, el río se convierte en una lámina de plata. No se mueve ni un pliegue de aire. La atmósfera duerme su siesta.
Si no fuera por la máquina del buque, el silencio sería total. El buque, sin embargo, no cesa: las dos ruedas potentes arañan el agua, la sacuden, y el río se riza con olas oblicuas, largas, como las varillas simétricas de un abanico.
Duermen los bosques de la orilla, duerme el aire, todo está inmóvil. Bajo la pereza del mediodía, el barco resbala sobre el río. Y allá lejos, en lo alto de las colinas, las palmeras aisladas, derechas, quietas, aparentan la suma expresión de la molicie, con sus palmas curvadas hacia el suelo, indolentemente. Entre dos palmeras, ¡qué bien se tendería una hamaca, y se dormiría allí, al arrullo de los moscardones sonsoneantes!
Todo está hablando alrededor de cosas lejanas, de vidas diferentes, de primitivismo. Unas pocas horas han bastado para alejarnos enormemente de la civilización y del europeísmo. Lo que nos rodea tiene sabor americano, pero de americanismo legendario. Parece que nos separan miles de leguas de las ciudades, y que Buenos Aires se ha retirado muy lejos, pero muy lejos.
De tal modo, que el ánimo está preparado para todo fenómeno fantástico. Si nos dijeran que un tigre ha rugido entre los cañares de la orilla, lo consideraríamos muy natural; tampoco nos extrañaría ver avanzar una banda de indios armados con agudas lanzas. Encontraríamos perfectamente lógico que un barco pirata nos embistiese de proa, y que nos lanzara dos cañonazos detonantes.
Hasta que el sol, inclinándose al horizonte, modera su fuerza, ilumina las cosas de costado y hace desaparecer la modorra y la tensión de la fantasía. Entonces la luz se vuelve dorada, las sombras se alargan y acentúan. El río adquiere matices variados. Llega la hora de la dulzura y la melancolía, el antecrepúsculo de oro. Si el barco se aproxima a las márgenes, pueden distinguirse los detalles de las arboledas, los trenzados impenetrables de las lianas y la amorosa paz de algunas ensenadas.
Los arroyos
Muchas veces tienen los fenómenos sencillos la virtud de despertar en nuestra mente complicados pensamientos. Que un arroyo desemboque en un río, es un acto perfectamente natural; nada tiene de extraordinario, en efecto. No obstante, la conjunción de un arroyo en un ancho río me sugiere siempre una grave curiosidad.
Si vemos caer un arroyo en un río, desde la parte de tierra, la cosa no nos merece mayor atención; pero visto el fenómeno desde la parte del río, cobra un valor simbólico muy grande. Yo veo desembocar los arroyos en el río, y ¿podrá creérseme?: en aquel momento se me figura que estoy al otro lado de la vida, más allá de la barrera de la muerte. En fin: los arroyos confluentes se me representan como vidas que concluyen.
El final de una existencia, indudablemente, no es más que eso: un acto de caer, de rendirse, de sumirse en la extensión anuladora de las grandes aguas. El arroyo es una vida. Su historia está repetida desde el principio del mundo y se repetirá hasta la extinción del mundo. Como una vida, nada más. Nacer de una fuente matriz, saltar y jugar entre las peñas, borbotar entre los guijarrillos, correr por entre márgenes floridas, ensancharse en el valle, ir majestuosamente por el llano: y al final, caer humildemente en el gran río de aguas numerosas, anuladoras. Anularse, morir.
Los arroyos, como las vidas, ofrecen rasgos característicos en su momento terminal. Hay arroyos trágicos, como hay vidas de tragedia. Los que caen al mar o al río caudaloso desde una altura, en forma de cascada, son arroyos dramáticos, inquietos y violentos, que corresponden a las vidas trágicas de un César, de un Borgia o de un Cromwell. Otros arroyos vierten sus aguas finales con una serena resignación; su muerte es filosófica y austera como la de un Sócrates, o también como la de una persona buena que ha cumplido honestamente su misión en el mundo y entra con grave sencillez en la muerte.
De esta última clase son los arroyos que confluyen en el río Uruguay, arroyos tranquilos y mansos, que salen de la espesura, abren un hueco en la maleza y entran en el río sin protestas, sin resistirse ni espumajear: como verdaderos seres filosóficos.
¡Oh arroyos simbólicos y representativos! Seáis vosotros el alto ejemplo que me inspire a mí la manera de pasar, noble y decorosamente, el umbral de aquella última hora definitiva.
Los hombres a caballo
A medida que el vapor avanza, la costa se hace más abrupta. En algunos sitios se descubren imponentes acantilados, cortados con tajo brusco sobre el agua. El terreno es más alto, más ondulado. Se entra en la región de las pequeñas colinas, más bien de los collados, o empleando el vocablo territorial: cuchillas.
En lo alto de estas cuchillas se eleva de tarde en tarde alguna casa, alguna choza misérrima: no es raro divisar también la blancura confortable de una estancia. Otras veces, la cumbre de estas cuchillas está tomada por algún rebaño de novillos, quienes comen mansamente su hierba providencial sin dignarse volver la mirada hacia el barco que pasa.
Pero en ocasiones suele ser un hombre el que ocupa la eminencia de esas colinas. Un hombre montado en su caballo. Un hombre que se para en seco, enhiesto sobre su montura, vueltos los ojos hacia la embarcación que sube río arriba. Y ese hombre ahí parado, no sé por qué, se me figura que vierte una mirada de antipatía hacia el rugiente barco.
Su destino es uno, y el del barco es otro. El hombre ése representa el pasado, mientras que el barco de vapor representa lo evolutivo, lo revolucionario y transformador. Ese hombre sintetiza la vida fácil, libre y romántica de la tradición pastoril. Cabalgar desde que apunta el día, recorrer las praderas pobladas de copiosos rebaños, comer la carne sobre la hoguera que sirvió de fogón y de abrigo, dormir bajo el manto constelado; no inquietarse por el porvenir, sino esperar que el mismo destino provea a nuestras necesidades; amar, cantar melancólicamente; reñir y guerrear si es preciso, y terminar de una recta puñalada al corazón, en una noche de contraria suerte.
El vapor significa lo opuesto. El vapor sube por la corriente arriba, paralelo al ferrocarril, llevando arados, ladrillos, alambres cercadores. Representa el sedentarismo, la agricultura, la economía, la organización municipal, la fundación de bancos, la población numerosa, la tierra acotada, la supresión de aquella vida libre, deliciosamente anárquica, generosamente sobria, de los confusos tiempos pastoriles.
El hombre ese que se detiene sobre la montura de su caballo, en lo alto de la cuchilla, siente que cada vapor que remonta el río es un nuevo asalto a la tradición. Y lo mira pasar seriamente, llena el alma de tristeza y de odio.
El hombre y el vapor son enemigos por necesidad, opuestos entre sí, mutuamente incomprensibles. El hombre a caballo no comprende la prisa, ni el entusiasmo codicioso que lleva el vapor, porque él aprecia mucho más el sangrante churrasco devorado en la rasa llanura, que los suculentos manjares comidos en cerradas habitaciones. No concibe que un hombre construya su casa con ladrillos sobrepuestos y bien ensamblados, cuando unas tablas o unos adobes recubiertos de hierba seca, bastan para cobijarle. Y entiende que todo lo demás sirve solamente de nudo y de cadena. Ciertamente: cada nueva comodidad, cada seguridad nueva que nos presta la civilización, es una nueva hipoteca que le hacemos a la libertad personal.
Pero de los dos adversarios, el vapor es el más poderoso. El saldrá vencedor. Y las orillas del río se cubrirán de pueblos, de casas, de alquerías. La belleza salvaje y solitaria de ahora, se cambiará por otra hermosura distinta. Las aguas mansas del río reflejarán árboles civilizados, recortados, obedientes, en lugar de las malezas insubordinadas de ahora. Los ranchos misérrimos habrán de convertirse en casitas pintadas, coquetonas. A la soledad majestuosa de las llanuras, seguirán los campos labrados, cercados por setos florecidos. Niños que van a la escuela en tropel; golpes de martillo; silbar de locomotoras; los carros henchidos de frutas sazonadas; cantos y alborozo de las vendimias.
Si una poesía decrece, otra renacerá. La naturaleza no renuncia jamás a su dominio estético, y sabe siempre ser noble, lo mismo en la grandeza de las selvas vírgenes, que en los trabajos de los valles cultivados, de las ciudades atareadas...
El sol se ha puesto. Tímidamente asoman, una a una, las estrellas. El río se vuelve negro: sobre la sombra de sus aguas, un lucero pone su blanco punto ideal. La noche es muda, como un silencio estupefacto. En medio de este silencio, el buque, un poco pedante, persiste en su ritmo bronco: bum, burrum, bum.
Octubre, 1912.
Cuando el tren camina con más entusiasmo, a la dorada luz del sol matutino, el viajero queda perplejo al ver que la llanura inmensa, la abrumadora llanura argentina, se deprime bruscamente, como por efecto de un encantamiento. Allá en el fondo de la depresión, una multitud de casitas y ranchos sobresalen entre las arboledas. El paisaje ha tomado repentinamente un aire rudo y enérgico. La monotonía de la llanura, la suavidad de las líneas prolongadas hasta lo infinito, se traducen en unos desniveles y bancales poblados de matas, bosques y zarzas. Una población extraurbana, numerosa y típica, bulle por aquel paisaje intempestivo. Las casitas de adobe, los ranchos de paja, asoman entre las tunas. Y las gentes, con su color moreno y su aire netamente criollo, evocan en la imaginación un mundo muy apartado del Buenos Aires europeo y descolorido. Un poco más adelante, en el fondo de la depresión, ocupando el lugar estratégico del valle, aparece Córdoba.
Primero no se ven más que torres, sobresaliendo del semioculto caserío. Y esas torres distintas, extemporáneas dentro de la igualdad pampeana, son para el viajero una nota llena de simpatía, algo como un hallazgo providencial. Porque el viajero, si es de índole un poco artística, ama precisamente aquellas cosas que se apartan de lo común, y sobre todo las cosas que tienen fuerza evocativa. ¿Y puede haber algo tan evocador, como un ejército de torres levantándose sobre una ciudad histórica? En cada torre hay un mundo de recuerdos, de creencias, de controversias o de fanatismo: pocas cosas existen en el mundo, efectivamente, que sugieran tal suma de ideas y contrastes como unas torres levantándose sobre una ciudad. Y como la ciudad de Córdoba aparece a la vista del espectador tan erizada de torres ingentes, uno se imagina bien pronto la profundidad histórica que ha de existir en ese pueblo interior, colocado en el mismo centro del antiguo virreinato.
Los pueblos se dividen, como las personas, en dos categorías: hay la categoría de las ciudades vulgares, y la de las ciudades típicas, entonadas, de sabor propio. En seguida que el viajero penetra por las calles de Córdoba, comprende que se encuentra en una ciudad personal y de pronunciado carácter.
Mientras camino por las calles, nada me impide suponer que voy vagando por una de aquellas ciudades históricas del mediodía de España. La multitud de iglesias, las tapias discretas de los conventos, la paz de las calles silenciosas, el misterio de los muros viejos, por encima de los cuales asoma un árbol florido; y en el fondo de esas calles vacías, silenciosas, limpias, alguna ventana aislada, con su reja artística, y colgando de los hierros de la reja una flor... Todo esto es bien europeo, bien antiguo, y sobre todo bien español. Hasta las personas eclesiásticas adoptan un aspecto raro. Los sacerdotes no visten como los atildados abates de Buenos Aires, no llevan el redingot ajustado, el sombrerillo de ala plana y breve, el bastón en la mano; este aire de mundanidad no lo desean los sacerdotes de Córdoba. Ellos no tratan de disimular su estado, como si se avergonzaran de vestir trajes demasiado sombríos y demasiado anacrónicos, entre las gentes despreocupadas del cosmopolitismo. Por el contrario, los sacerdotes de Córdoba se mantienen fieles a la sotana, y al manteo amplio, y al sombrero ampuloso, el clásico sombrero de «teja». Se ven también frailes de distintas órdenes, unos con hábito pardo, otros con hábito blanco, y algunos con los dos colores, pardo y blanco. Y pasan gravemente por las calles, sin timidez, sin miedo a la ironía del descreído cosmopolitismo; antes más bien con el gesto y la compostura del que se siente dentro de su legítimo feudo. Y se ven además muchas, numerosas mujeres que visten hábitos diversos, incomprensibles para el profano. Las hay vestidas de color marrón; otras visten de blanco, con manto a la cabeza color azul; otras combinan el blanco con el negro; y otras, en fin, sobre el traje rosa ponen su manto azul celeste. El viajero queda asombrado, perplejo, ante la variedad colorista de los hábitos femeninos de Córdoba. He ahí una ciudad que posee en alto grado el instinto del color, tan negado a muchos pintores.
¿Y las campanas? Desde que abandoné las costas de Europa no había yo escuchado el son de las campanas. En Europa suenan mucho los bronces místicos. Nuestro oído se halla como viciado por ese son un poco lúgubre, pero también recordatorio de muchas escenas infantiles. Yo notaba en mí cierto vacío. Pero en Córdoba he vuelto a saturarme de ese son familiar. Las campanas de Córdoba suenan numerosas, porfiadas, a todas horas. Vienen las campanadas de cerca, de lejos, de todos los lados. La campana de la catedral, principalmente, suena de un modo grave y religioso; es un son venerable, no exento de soberbia; suena con la autoridad de algo que se siente legítimo, necesario, inseparable de la tradición de la ciudad. Cuando la campana suena, de los pliegues y dibujos churriguerescos que coronan la gran cúpula central surge una bandada de palomas; las pobres palomas eclesiásticas no han podido habituarse al tono solemne de la campana; el misticismo de las blancas palomas cree que existe mayor dulzura religiosa en el éter azul, que en la voz triste del bronce; y mientras la iglesia, para comunicarse con Dios, usa la voz de la campana, las palomas levantan el vuelo, ascienden por el aire nítido, y es como si quisieran abismarse en el azul firmamento, regazo inmenso de Dios.
Pero a la vez que estas cosas hablan a la imaginación de las viejas ciudades españolas, otras cosas nos sugieren imágenes contrarias, de un fuerte aire americano. Entrando en Córdoba es cuando el viajero llega a entender lo que era una ciudad prócer en tiempos de absoluto criollismo. La banda de la Argentina que da sobre el mar y sobre el ancho río, va perdiendo, o ha perdido completamente su aspecto criollo: entre los inmigrantes, los almacenes, los remates, los arados ingleses y las copias de París, le han quitado a esa banda su barniz tradicional. Pero en Córdoba hay civilización, hay trabajo, hay negocios, y sin embargo conserva su tono tradicional. Se parece a esas personas próceres, de largo abolengo, de fortuna pingüe y heredada, que saben recibir las modas recientes, pero sin renunciar a sus maneras y costumbres señoriales.
Algo hay, sin duda, en el ambiente de Córdoba, algo que no se puede tocar ni apenas definir, y que para ser expresado se requiere emplear la palabra difícil, la palabra muy pocas veces lícita: la palabra señorial. ¿Qué es lo señorial? Ahí está un nombre de veras difícil. El vulgo, y también el que no es vulgo, quiere aplicar ese nombre a cosas y personas que maldito de Dios si lo merecen. Señorial no es lo que tiene riquezas, como el vulgo supone; muchas personas ricas andan por el mundo que no han tenido el menor contacto con lo señorial. Lo fastuoso tampoco es señorial. Se pueden tener muchos trajes, muchos palacios, muchos troncos de caballos ingleses, mucha vajilla de plata, mucha prodigalidad, y sin embargo se puede no ser señorial. Lo señorial quiere decir noble, y esto de noble es un compuesto de cultura, de inteligencia, de arte, de cortesía, de bondad, de discreción, de medida, de caballerosidad, de buen gusto, de calma, de saber limitarse, de huir de la exageración como del diablo, de no entregarse a la última moda puerilmente, de apartarse de lo «snob» y de conservar siempre los prestigios de su personalidad... Me atreveré a afirmar que todos esos atributos los posee la ciudad de Córdoba.
Es claro que para muchos espíritus descuidados Córdoba parece un tanto rancia; tiene un sabor provinciano, y esto hace torcer el gesto a los cosmopolitas. Pero es menester inclinarse con respeto ante las ciudades que no quieren sumirse en el todo igualatorio; ante los pueblos que creen en la historia, en la personalidad nacional, en los prestigios heredados y transmisibles. Por mi parte, no niego que me infunden gran consideración el árbol que sobresale en el bosque, el arbusto lindo o feo, que rompe la monotonía de un sembrado, el hombre que se atreve a llevar un sombrero distinto a los demás, o simplemente el que tiene más estatura, es más pequeño o tiene la calva más exagerada que los otros. Ser distinto, en estos tiempos en que los sastres, las ordenanzas municipales y los hoteleros se empeñan en hacernos simétricos, denota valor y fe, y ambas virtudes son de las más altas de cuantas se ofrecen a nuestra consideración.
Un ejemplo de esa discreción noble, señorial, lo tenemos en la universidad, tres veces gloriosa. La universidad de Córdoba cuenta su vida por siglos; en sus aulas han enseñado los primeros profesores del virreinato y de la república; en esas mismas aulas han estudiado los obispos, los generales, los magistrados, los presidentes, los escritores de más lustre de la nación. La vida intelectual de la Argentina, en lo que ésta tiene de abolenga y de histórica, puede decirse que ha nacido en los bancos de la universidad cordobesa. Otra ciudad menos discreta hubiese dado a su universidad un aspecto ampuloso, soberbiamente monumental; hubiera puesto una fachada rimbombante, con muchas columnas, estatuas e inscripciones, y una suerte de molduras hechas de cemento habrían dejado pasmado al pobre transeúnte. En Córdoba no sucede así. La universidad de Córdoba, sin embargo de su prestigio, ofrece una apariencia modesta. Es preciso ir a buscarla, y buscarla bien en el recodo de una calle apartada, para dar con ella. Nada de fachadas rimbombantes. Un frente de estilo clásico, una puerta mediana, un vestíbulo pequeño, y eso es todo. En el centro el patio ofrece un aspecto conventual, con su claustro de columnas de medio punto. Un jardincillo llena el patio con sus verdores amables. Las aulas se abren sobre el corredor del claustro, y en aquellas aulas, sobre bancos de pino, se sientan los estudiantes. Se comprende que todo está igual, desde muy antiguo. La universidad no ha querido abandonarse a las locuras de la ostentación moderna. Piensa que la inteligencia no necesita de mucho lujo para desenvolverse, y que Sócrates conversaba con sus discípulos en mitad de la calle o a la sombra de los plátanos clásicos.
La simpatía es un sentimiento inefable. Nos es una cosa simpática, y el por qué no sabemos decirlo muchas veces. De la ciudad de Córdoba guardaré siempre un recuerdo amable. Una visita rápida, que duró dos días, no sirve, es claro, para penetrar en el fondo de un pueblo; pero yo prefiero atenerme a mi impresión fugaz, ya que ella es propicia. La plaza central, tan bella y limpia; las calles bien cuidadas; las casas discretas y elegantes; la distinción de todo, lo mismo de las piedras que de las personas. Y el recato y silencio de las vías adyacentes, aquellas encantadoras calles por donde no se ve transitar muchedumbres afanosas; allí donde el reposo es tan completo que se oye distintamente la voz de un piano interior, las risas de unas muchachas invisibles, hasta el crujir de las hojas de los naranjos y de las adelfas que asoman por encima de las tapias.
De noche la ciudad se envuelve en calma y en silencio. A la hora en que el último color del día se amortigua, cuando la luz de los luceros llena de poesía el espacio, el aire de Córdoba tiene una transparencia, una suave frescura, una sonoridad indecible. El rumor de las calles no viene a turbar esa calma con su estúpido ruido. Es hora en que las personas caminan sin prisa, con ademán negligente y desinteresado. Entonces la ciudad entera parece sumida en descanso y en amabilidad. El aire se hace sonoro. Las mujeres salen al balcón y sus voces animan la calle, como un sonido que viniera de atrás, de un tiempo en que no existían ni ferrocarriles ni periódicos. Y el aire de fin de verano se embalsama con olor de hierbas campestres. Hay, en fin, tiempo y espacio para mirar al cielo y para ocuparse en un trabajo tan divino como es el de contar las estrellas del cielo. El alma se abandona a las ideas semisueños. El alma descansa.
Febrero, 1911
Paisaje civilizado
Era una brillante mañana de primavera cuando emprendí aquella expedición hacia los países remotos e inhabitados del interior de América (como un conquistador que hubo de llegar demasiado tarde).
Alma de explorador, fantasía de viajero, yo, que a los quince años soñaba con descubrir un nuevo Amazonas, ahora podía por último lanzarme a la aventura de la América florida, selvática y prodigiosa. No dudé en aceptar la generosa invitación de mi amigo el señor Errecaborde, que se dirigía al pueblo de San Javier con propósito de subastar unas cuantas leguas de tierra. Y en compañía de dos distinguidos «rematadores», provistos de maletas, armas y provisiones, todos juntos y en buena disposición de ánimo emprendimos la marcha hacia el territorio de las Misiones.
Plana y verde, sembrada de quintas y de «chacras», la fértil llanura de Buenos Aires tendía al paso del tren su opulencia agricultora. Aquel país monótono y civilizado no era todavía el mundo salvaje y novelesco que mi imaginación deseaba. Pero más allá del pueblo de Zárate comenzó la decoración a complicarse. El tren se trasladó todo entero a un «ferry boat» que lenta y suavemente nos puso en la otra margen del río Paraná... Y mientras cruzaba las aguas parduscas y tranquilas del ancho río, mis ojos pudieron admirar los primeros signos del paisaje indiano; ceibas de encarnada flor, bosques de caña «tacuara», y unas palmeras a lo lejos, flotando sobre las malezas de los campos anegadizos.
Empieza el exotismo
Salió el tren del «ferry boat» y recuperó el dominio de los carriles. Y se lanzó a la carrera por las soledades de la provincia de Entre Ríos, patria de hombres valientes, hábiles en el manejo de la lanza y del cuchillo cuando las «montoneras» y las guerras civiles conmovían continuamente el territorio del Plata. Cruzábamos un paisaje denso y austero, solitario y noble, que por estar moteado de pequeñas y onduladas lomas, por la vastedad religiosa y por los grupos de árboles parecidos a encinas, me recordaba mucho el grave paisaje castellano.
Vino la noche, divinamente sembrada de estrellas, y el aire, al paso del tren, nos traía vagos presagios del Trópico. A veces, en la pausa de una estación, veíamos volar las mágicas luminarias de las luciérnagas. Perfumes dulces y pesados, de magnolias y jazmines, llegaban a nosotros desde el fondo de la llanura como ingenuas tentaciones voluptuosas. La gente caminaba sin prisa. Los pueblos aparecían inmensamente distanciados. De los chozos o «ranchos» del camino surgían mujeres de piel cobriza y muelles ademanes. Los hombres, a caballo, portaban sobre los riñones, cruzado en bandolera el largo y puntiagudo «facón» de los famosos «gauchos»... ¡Hallábame, pues, en la verdadera América de mis sueños!
En el pueblo de Santo Tomé acabó la primera etapa de nuestro viaje. Hasta entonces pudimos beneficiarnos de las comodidades y delicias de la civilización: vagón corrido, restaurant, cama. Desde ahora empezaba la lucha con lo desconocido y con lo indisciplinado. Ibamos a usar todos los medios imaginables de locomoción, y tendríamos que someternos a la cocina fantástica de las posadas, donde quiméricos cocineros italianos nos servirían manjares incomestibles. Y dormiríamos, claro es, en la vecindad de toda suerte de insectos. Para estas contingencias del porvenir decidimos reposar y abastecernos en el pueblo de Santo Tomé.
Es un pueblo amable, bastante crecido y de contornos deliciosos. Su nombre de santo antiguo indica desde luego que fué creado por los Jesuítas. En efecto, desde Santo Tomé, hacia las espesuras del Brasil y el Paraguay, entre los grandes ríos Uruguay y Paraná, extendíanse las célebres Misiones Jesuíticas, ese noble intento de una república cristiano-comunista que dió lugar a tantas leyendas y a tan contradictorios comentarios.
En Santo Tomé viví dos días; no podré contar en mi vida muchos días que sean más serenos. Una suavidad del aire, un perfume de jazmines, el panorama del caudaloso río, y una paz de lentitud y de pereza en las gentes... En Santo Tomé parece que las cosas esperan a alguien. Esta espera es la misma que la del rebaño que perdiera su pastor. Los pueblos misioneros tenían en los jesuítas su pastor. Estos eran el cerebro, la conciencia y la voluntad, la providencia que evita el dolor y el cálculo que previene; los sencillos indios no necesitaban pensar ni agitarse, ni desear siquiera. Sobre sus vírgenes y sumisas naturalezas en que faltaba principalmente la voluntad, ¡con qué alegría y entusiasmo ensayaron los hijos de Loyola su programa cristiano-social!
Armados de revólver...
En fin, partimos de Santo Tomé en un tren explorador que marchaba con un cargamento de obreros hasta el límite de la línea. Nos acomodamos en un furgón sin techumbre, y en esta poco sibarítica forma hicimos un recorrido de tres horas. La línea del ferrocarril terminaba en seco en mitad de una llanura desierta y rasa. Descendimos a tierra, y con nosotros bajaron los obreros.
Acababan de llegar de Europa. Eran inmigrantes novicios, reclutados en todos los rincones de España, de Italia, de Turquía y de Rusia. Venían deshechos, sucios, hambrientos. Al saltar a tierra formaron en grupos, y los capataces los escogían, los distribuían de aquí para allá. En seguida pusiéronse a encender fuego. Prepararon el «mate» y lo sorbían a grandes tragos, mojando en la caliente infusión la dura galleta.
Nosotros teníamos apercibida una «galera», regularmente desvencijada. Nos instalamos allí, y a un trallazo del mayoral las mulas arrancaron a correr por el infame camino polvoriento. Eran cuatro mulas en las varas; otras dos iban delanteras; y a la cabeza de la tropilla, jinete en un caballejo, marchaba un muchacho con su rebenque.
El mayoral llevaba un cuchillo enorme cruzado a la cintura; el que hacía de jefe o intendente de la galera mostraba un buen revólver bajo el chaleco. Entrábamos, pues, en una comarca semidesierta, fronteriza al Brasil y al Uruguay, nido de contrabandistas y desterrados... Mis compañeros de viaje buscaron en sus maletas y sacaron sendos revólveres, que prendieron de sus cinturas. Yo no tenía armas. Esta ausencia de previsión marcial me avergonzó bastante y me dejó en situación de manifiesta inferioridad.
Entonces, viendo mi actitud humillada e indefensa, alguien me alargó un revólver que sobraba. Como el revólver era de grueso calibre y yo carecía de cinto y de funda, me ví perplejo ante aquella arma, que no sabía en donde aposentar. Opté por guardarla en el bolsillo de la chaqueta.
—¡Qué hace usted, señor! Con los tumbos que da el coche, ¿no imagina usted que se dispare y se hiera, o nos hiera a nosotros?
En resolución, tuve que entregar el revólver a quien me lo quiso prestar. Y puesto que tan mala maña demostraba yo para el manejo de las armas, decidimos que mi persona era inútil en cuanto a las contingencias de asaltos, sorpresas y bandidajes, y que mis compañeros asumían la responsabilidad de defenderme.
En seguida nos lanzamos por el camino polvoriento, que, a causa de ser muy roja la tierra de Misiones, semejaba una herida palpitante y sanguinolenta en mitad de las hinchadas colinas.
Un camposanto en el desierto
Marchábamos en la galera desvencijada por aquel camino infernal, y sin embargo del fatigoso viaje iba yo bastante alegre; porque sin mucho esfuerzo imaginativo podía considerarme entonces como un explorador de antaño o como un personaje de Julio Verne.
Sentía la extraña y directa impresión de haber retrocedido muchos años en la cuenta del tiempo. Todo a mi alrededor hablaba de cosas remotas y antiguas, desde el arcaico tintineo de las muías hasta la soledad primitiva y salvaje del campo. A veces el mayoral cruzaba con el zagalillo algunas palabras en idioma «guaraní», o animaba a las bestias con gritos de raro y gutural acento: «¡Oh, oh! ¡Perico!...», y las mulillas trotaban valientemente haciendo crujir al coche a cada arrancada.
En la ondulada llanura que cruzábamos no se distinguían ni pueblos, ni «estancias» ni campos de cultivo. De tarde en tarde descubríamos un seto artificial, un «alambrado», y aquel cerco, símbolo de propiedad, era el único vestigio de civilización. Algún «rancho», mísera cabaña perdida en la vastedad, nos advertía que por alguna parte existiera gente humana. Las enigmáticas lechuzas de circulares ojos fijos, posadas en las puntas de los postes solitarios, miraban el paso de la galera con una hierática o supersticiosa obstinación. Y las bandadas de cuervos volaban lentamente sobre los descampados.
Caía el sol de plano sobre la tierra, donde un manto de hierba escuálida se requemaba bajo la brasa del cielo. Las nubes se abombaban en el horizonte y hacían magníficas combinaciones de grandes masas de rosa y blanco. El paisaje, ondulado y liso, semejaba un mar de olas pacíficas; sólo en las encañadas y cortaduras crecían bellos grupos de árboles, vírgenes y sin dueño, que daban fresca sombra a regocijantes y encantadores arroyos. Fuera de estos bosquecillos, la tierra ofrecía un ardiente color encarnado, como regada con sangre.
Recuerdo ahora mismo la tristísima impresión que me produjo, a lo largo de la marcha, ver de pronto surgir en aquel desierto un rudimentario camposanto. Eran unos palos irregulares y mal reunidos, que a cierta distancia aparentaban formas de un culto idolátrico, y que, aproximándonos, vimos que eran efectivamente toscas cruces. Para resguardar a los muertos de las reses vagabundas, alguien había cercado con alambre de púas el santo lugar. Una cruz, menos tosca y más grande que las demás, hacía allí el efecto de un pastor, o era como un espectro macabro y piadoso que vigilaba la inseguridad y el misterio del horizonte. Un cementerio nos entristece siempre y nos perturba. ¡Pero aquel pobre camposanto en el desierto, tan abandonado de los vivos y tan sin contacto con la vida! ¡Aquellos pobres muertos sin nombre, indefensos en la soledad, temerosos en la misma muerte, abrasados por el sol tórrido!...
Un pueblo de polacos
Más adelante empezamos a descubrir frecuentes cabañas y pequeños cultivos de maíz. Por último avistamos algunos edificios de canto y cal y pabellones de madera. Estábamos en una colonia de polacos, llamada Apóstoles.
De estas poblaciones exóticas e intrusas existen bastantes en la Argentina. Suelen formarse con rusos, judíos, polacos, galenses, y en la inmensidad del territorio viven una vida poco próspera, estacionaria por lo general, puesto que se componen de gentes ignorantes y de mezquinos labriegos. La colonia que nosotros acabábamos de descubrir se componía de polacos de la Galitzia austriaca, polacos rusos y rutenos. Eran bastante numerosos. Cultivaban sus campos de maíz y de trigo y pastoreaban algunas reses vacunas. Los de religión ortodoxa tenían su «pope», y los católicos habían traído también su sacerdote de lengua polaca. Un intendente o administrador dirigía la colonia y velaba por el orden. Era de Varsovia; un hombre joven, rubio, de rostro fino y soñador y mirada inteligente.
Los pobres polacos, nacidos en la servidumbre y la ignorancia, venían, pues, a substituir a los indios en la tierra de Misiones. Tenían éstos, como los antiguos indígenas, una especie de fatalismo perezoso y conformista y una inhabilidad para vivir sin la ayuda del jefe y del pastor. Traían también la honda religiosidad de los indios. En los cruces de los senderos, en las lindes de los sembrados, constantemente veíamos grandes cruces votivas y protectoras. En ellas había a veces inscripciones. Pedimos que nos tradujeran una de aquellas leyendas, y decía: «¡Señor Dios, dadme este año una buena cosecha de maíz!...»
Nos albergamos en una mísera posada, donde en desvencijados catres pudimos dormir a la noche. Y tan pronto el día alumbraba, encomendándonos a nuestros ángeles familiares, volvimos a ir dentro de la galera por el camino de la soledad.
Y cuando la mañana se hizo más calurosa, tropezamos con un arroyo bastante ancho que carecía de puente y hubo necesidad de atravesar haciendo raras gimnasias. Allí contemplé por vez primera un vehículo muy americano, muy curioso y que, usual y único antes de la importación del ferrocarril, ha quedado hoy constreñido a las comarcas más desviadas del país.
Se trataba de una «carreta». Antiguamente hacían esas «carretas» el camino de las Pampas y eran a modo de caravanas rodantes que en viajes lentos, peligrosos, largos de muchos meses, conducían mercaderías y personas desde los Andes hasta el litoral del Plata. La carreta que yo veía era grande, con un tosco armazón de madera y enormes ruedas pesadas. Un techo de paja cubría el armatoste, dándole aspecto de cabaña verdadera, rodante y vagabunda. Una familia brasileña viajaba en el carro. Tres parejas de bueyes lo arrastraban, obedeciendo al aguijón de un muchachuelo que trotaba y se revolvía constantemente, jinete en un potro.
Como los nómadas de la prehistoria, como los personajes de una novela, marchando lentamente por un país suave, cruzando selvas y ríos, durmiendo bajo las estrelladas y cálidas noches... ¡confieso que sentí un poco de envidia por los viajeros de aquella cabaña rodadora!
Tuve que resignarme a montar en la galera, que nuevamente nos llevó dando tumbos por un camino cada vez más impracticable. Y así dimos vista al pueblo de Concepción de la Sierra, precisamente la víspera de la festividad de la Concepción.
Misticismo eslavo
Tan trabajado me sentía por el penoso viaje, el polvo y el calor tórrido, que me tendí a dormir en la posada una siesta profunda, como de piedra. Apenas concluí de cenar, otra vez busqué la cama y me hundí en un sueño profundo. Pero al alba me despertaron unos cohetes y un campaneo estrepitoso. ¡Bien! El pueblo se disponía a celebrar la fiesta de su Patrona, la Virgen de la Concepción.
Salí pronto a la plaza, y frente a la iglesia hube de tentarme el cuerpo para convencerme de que no dormía, de que, en efecto, yo estaba en un pueblo de la América meridional.
Todos los polacos del contorno habían acudido al pueblo de Concepción de la Sierra. Llegaban en sus largos carros típicos, vistiendo a usanza de su país; ellos con trajes gruesos y obscuros y botas altas, los bigotes lacios y la melena hasta el hombro; las mujeres con una falda de color, chaleco liso y camisa de mangas amplias. Los cuerpos toscos, las caras feas y juanetudas, y un olor a grasa y sudor rancio... Pero su impresionante misticismo les disculpaba de todas las imperfecciones físicas.
Al entrar en el templo, las mujeres se arrojaban de bruces y besaban el polvo. Próximos al altar veíanse cuatro hombres, especie de acólitos encargados de corear las palabras litúrgicas del cura celebrante. Cantaban, pero con una voz tan triste, tan perfectamente triste, que producía angustia. La misma rudeza de las voces aumentaba la sugestión del canto y lo hacía más sincero y hondo. Parecía un eco que llegase de la estepa remota, helada, infinita, o un lamento trascendental y místico que interpretase el doloroso anhelo de la melancólica raza eslava...
Salí de la iglesia con un hipo de dolor, y busqué en el aire encendido y brillante una compensación aliviadora. Los zorzales, en los patios sombrosos, modulaban sus ternezas amatorias; y los jazmines llenaban con su perfume voluptuoso el ambiente quieto y cálido.
Pero un campaneo desenfrenado rompe a sonar; todo el pueblo acude a la plaza. Está saliendo la procesión por la puerta de la iglesia. Tiene esta procesión un sabor raro, original, maravilloso. El ambiente es luminoso y tropical, mientras que los personajes vienen ataviados a la usanza rusa; y de esta unión estrambótica surge el efecto más inverosímil.
No traen más imagen que la de la Virgen; toda está rodeada de flores. El honor de escoltar a la Virgen se lo han adjudicado las mujeres del pueblo, y algunos paisanos del contorno, con sus bombachas nuevas y la gran espuela calada, se reservan el derecho de llevar las andas. Los polacos, privados de todo honor, se resignan a escoltar la imagen, humildemente. No pueden ellos cargar las andas ni tocar la imagen; pero como perros fieles, como rendidos siervos, rodean el objeto amado y lo miran con ávidos ojos. Descubiertos como van, el sol misionero les hiere en los cráneos y hace rebrillar sus cabelleras rubias, aceitosas. Y se achicharran dentro de sus capotes de paño grueso. Las mujeres tiran y arrastran a sus pequeñuelos. Los más ancianos siguen al cortejo montados en sus carros. Van cantando.
Cantan una triste, una desgarradora melopea. El canto se extiende por la plaza y llena el pueblo entero. Parece una voz antigua y remota que viene a saludar a un amigo. Al conjuro de aquel canto religioso, yo no sé qué raras interpretaciones se entremezclan en mi espíritu. Me figuro que las voces cristianas de los polacos llaman a las almas de los indios que allí residieron un día y que dispersó la fatalidad. En aquella misma plaza de Concepción de la Sierra, dos siglos antes habían pasado los indios guaraníes, rodeando la imagen de la Virgen. Un jesuíta, revestido de su pompa eclesiástica, los dirigía, dándoles la pauta del canto. Los indios fueron aventados, y ahora, pasados los siglos, otros hombres indefensos forman en rebaño y piden a Dios, con místicos clamores, la firmeza y la felicidad que sus pobres almas inseguras no saben procurarse en los azares y las luchas de la vida...
Ruinas en la selva
Habíamos salido del pueblo de la Concepción en medio de un diluvio relampagueante. De estas tormentas aparatosas no es conveniente hacer mucho caso en los países próximos a la zona tropical. En efecto, muy pronto nos vimos otra vez bajo un sol abrasador y un cielo brillante, con el espectáculo de una naturaleza recién lavada y rica en primores de color.
Para almorzar más a placer (galleta dura y cecina criolla) nos refugiamos en un bosque. Ya no se trataba de un simple grupo de árboles, como los que antes habíamos visto; aquello era la «selva», interminable y profunda, inexplorada y misteriosa; la selva virgen que avanzaba hacia el Paraguay y el Brasil, con sus tigres y sus sorpresas.
El mayoral del coche nos dijo:
—Ahí en el bosque hay un pueblo jesuítico; pueden verlo, porque está cerca.
—¿Un pueblo de las antiguas misiones jesuíticas?...
—Sí, señor. Por esa «picada» es el camino. Se llama Santa María Mártir.
Me apresuré a internarme en la selva por una «picada», o sea un camino abierto en la espesura. A los pocos minutos me hallé frente a una maravilla arqueológica, mudo de sorpresa, de admiración.
Oprimida y sofocada por la frondosidad del bosque, descubrí una plaza rectangular, grande como de cien metros de lado. Allí podía comprobarse la forma que adoptaban los misioneros para construir sus ciudades. En uno de los lienzos de la plaza levantaban la iglesia, el convento y el almacén; en los otros lados se hallaban las dependencias más importantes, las habitaciones de los jefes y de los caciques, y los talleres comunales, que surtían de cosas al «falansterio» místico y tributaban riquezas a la Compañía.
La plaza tenía un pórtico corrido, apto para guarecer a las gentes del sol o de las tormentas. Esta disposición de las poblaciones misioneras estaba a mis ojos claramente expuesta; las ruinas sufrieron poco, los hombres no se habían llevado los sillares para construir tapias ni chozas; la misma bravura del bosque defendía la muerta ciudad de la barbarie o inconsciencia humana.
Dos lienzos de la plaza conservábanse en pie, hasta la altura del primer piso; los pilares, cuadrados y de sencillos capiteles, permanecían erguidos aún. En el centro de la plaza asomaba la boca de un profundo pozo, que se comunicaba con un subterráneo cuya boca quedaba abierta en un muro lateral, de proporciones ciclópeas.
Dentro del muro ciclópeo, capaz de resistir la furia de un cañón, contemplé una especie de nicho, resto de capilla o de celda. Sobre un altar improvisado, una imagen de la Virgen mantenía aún en sus brazos al Niño, que la injuria del tiempo había maltratado, cortándole los brazos y las narices.
Después los macizos muros se desprendían de la plaza céntrica y alejábanse en varias direcciones, hasta perderse y desaparecer bruscamente, como indescifrables interrogaciones en el misterio de la selva. Nada tan extraño e imponente como aquellos muros decapitados, hechos de grandes sillares rojos, ocultos en la sombra de los inmensos árboles enlazados por las lianas. Una impresión del soñado Indostán se avivaba en mi mente, y me figuraba asistir al espectáculo de las raras arquitecturas místicas en los bosques del Ganges...
Cuando me alejaba, una cotorra pasó chillando sobre mi cabeza. El fruto de los naranjos comenzaba a sazonar. Eran unos naranjos silvestres, nobiliarios y perseverantes, hijos de aquellos otros que los misioneros importaron y cultivaron. Uno tras otro, los árboles de fruto de oro iban sucediéndose en el secreto de la selva, como tácitos transmisores de la tradición. Bajo la sombra de los naranjos, los cándidos indios guaraníes sesteaban después de la labor reglamentaria. Trabajaban para el común; nadie tenía propiedad individual; vivían acuartelados con una distribución inteligente y suave de todas sus horas. Dirigidos por los misioneros, gobernados por los caciques de su propia raza, tenían limpios trajes de algodón, impresionantes y poéticas fiestas religiosas, procesiones, luminarias, bailes y ceremonias, tan caras a la imaginación del indio.
El confín del mundo
En fin, nuestro pintoresco y laborioso viaje hubo de llegar a su término, y una tarde, efectivamente, penetramos en un pueblo que se llama, si no falla mi memoria, Itacaruaré. En aquel pueblo radicaban las extensas tierras cuya subasta íbamos nosotros a realizar.
Yo no he visto en toda mi vida un pueblo más extraño como el de Itacaruaré. Era pueblo, pero al mismo tiempo carecía de realidad. Existía de hecho, pero no de derecho... En suma, era un verdadero pueblo americano, ligeramente fantástico, algo cómico por su duplicidad de cosa efectiva y no existente, y sin embargo admirable como una concepción de Walt Whitman.
En la extensión inhabitada de la selva, gentes del Brasil y de la Argentina habían hecho su nido. Hoy era un italiano que, subiendo desde las provincias pobladas del Sur, estimaba bueno establecerse en aquel ángulo desierto del mundo; después era un sueco o un alemán, que abandonando los estados vecinos del Brasil tomaban posesión de un trozo de selva; o era un español, un sirio, un judío de la Besarabia, un ruso de Crimea, un croata, un francés, un irlandés los que llegaban a establecerse. Cuantos hombres de diverso origen vagan y pululan por aquellas naciones de inmigración, aportaban alguna representación al pueblo novato de Itacaruaré.
Como el territorio estaba abandonado y la selva era grande, cada nuevo colono escogía un pedazo de país, quemaba los árboles, y sobre la tierra virgen y fértil plantaba tabaco, arroz, legumbres. Si la tierra se fatigaba, no había más que incendiar un nuevo trozo de selva y plantar en terreno virgen, fecundo. En seguida acudieron algunos comerciantes. Los colonos, poco a poco, se asociaban más estrechamente, contrataban un maestro y una maestra, establecían un Ayuntamiento rudimentario y daban a su ciudad la consistencia de un organismo civilizado...
Yo me admiraba de ver aquel fenómeno de espontaneidad cívica, operado con gentes tan contrarias y diversas, en quienes no había nada de común, ni la religión, ni la raza, ni las tradiciones. Sólo les unía el destino, la identidad de intereses, y una aspiración de crearse una «estirpe». Aventureros de Europa, piedras rodantes, traqueteados en las aventuras y los fracasos, con las vidas truncadas, ¡ahora querían «construirse» su vida, fundar una casa, una familia, una propiedad, una patria!...
Pero entonces, cuando llegaban al triunfo de sus afanes, ¡he ahí que se entrometía la Ley! Ellos habían «creado» su propiedad, su casa, su campo, su huerto, su familia; pero en Buenos Aires, unos hombres severos oponían unos papeles sellados, en los que se decía que los campos de Itacaruaré no eran de sus pobladores, sino de otro señor...
Afortunadamente, este señor, propietario de derecho, iba dispuesto a la concordia y a ser generoso con aquellos bravos «pioneers».
Antes de llegar a la vista del pueblo, los colonos de Itacaruaré formaron una nutrida cabalgata y salieron a saludarnos al camino. Desde lejos comenzaron a disparar cohetes.
Nos recibieron a caballo en dos filas, muy galantemente, rodeando nuestro coche en actitud de respetuosa escolta. Venían todos armados con cuchillos y grandes revólveres, sin duda porque no pudieron todavía contratar algunos gendarmes. Cada uno era el guardia y el juez de sí mismo...
¡Ah! ¡Episodio romántico y novelesco, caído en mitad de mi vida como un premio a mis largas y fervorosas aspiraciones adolescentes! ¡Qué aroma de primitivismo, qué ráfaga de plena naturaleza llenó entonces mi alma, en aquel rincón del mundo donde confluía la selva virgen y la civilización naciente! ¡Qué ruda franqueza en las vidas de aquellos hombres, cuyo pasado estaría tal vez moteado de raras aventuras, de tragedias íntimas, quién sabe si de crímenes!...
Noviembre, 1909.