Carencia de viejos
Deseo hacer partícipe al lector de una de mis habituales preocupaciones: ¿Dónde están los viejos porteños? ¿Hay ancianos en Buenos Aires? Y si existen viejecitos en esta turbulenta ciudad, ¿en qué rincones misteriosos se ocultan?
El interés de algunas ciudades estriba nada más que en el número y la exhibición de sus ancianos. Los viejecitos de esas ciudades, generalmente tranquilas, suelen tener sus plazas y paseos exclusivos, adonde acuden los días de buen sol, si es invierno, o en las mañanas frescas del estío. Se les ve también en las puertas de las casas, mirando beatíficamente el transcurso de las cosas callejeras, o formando grupos en los bancos de los paseos, para comentar los sucesos de hace medio siglo.
Estos viejos acartonados no existen en Buenos Aires. Naturalmente que sería demasiada exigencia pedir que en el vértigo de la City se pasearan con su pasito breve los sobrevivientes del tiempo de Rosas. Las ciudades agitadas suelen excluir de su centro vital a todas las personas débiles; pero en los remansos tranquilos, en los paseos centrales de París, por ejemplo, es frecuente encontrar a los pulcros ancianos de vestimenta anticuada y con la roseta, a veces, de una honorable condecoración.
Yo he indagado en los paseos de Buenos Aires, y no he visto en ellos más que niños, transeúntes melancólicos y atorrantes. ¿Es que no hay viejos en Buenos Aires? Acaso no existan, en efecto, o cuando menos no forman multitud. Desde luego puede asegurarse que no existe esa clase de ancianos vegetativos, ambulantes, acartonados, de aquellos que parecen conservarse por virtud de un ambiente particular.
A muchos podrá parecerles este dato desconsolador. Pero si miramos al fondo del problema, fácil nos será advertir que la vejez acartonada, la vejez estacionaria y vegetativa, no siempre señala un grado distinguido de vitalidad. Al contrario, los casos de vejez excesiva son patrimonio de los países estacionarios, en que la existencia carece de energía y de ardor. Los viejos centenarios, según dicen las estadísticas, están en mayor número en los pueblos pobres y poco fecundos. Allí se llega a la longevidad por ausencia de gasto: es un efecto de economía que entra de lleno en la sordidez. A fuerza de escatimar la acción, la vida se prolonga; pero esa clase de vida, si vida puede llamársele, no merece ser envidiada.
Mientras que en los pueblos activos, el hombre vive plenamente, sin reservarse; se abandona al remolino del azar, y pone todo su tesoro vital en la contienda. No se resguarda sórdidamente. Sus nervios, sus músculos, sus órganos fundamentales, su cerebro, su imaginación, todo lo lanza a la vida. Cincuenta años de brega significan una larga historia de emociones. Vive, pero vive plenamente, con todo su ser, robustamente, intensamente. Negocia su existencia a un plazo corto; cuando el plazo ha vencido, sus órganos están destrozados. La muerte, inexorable cobrador, llega a hacer efectiva la letra. Y todo acaba. Y otro acude en seguida a ocupar el puesto...
Faltan gatos
Otra particularidad muy curiosa de Buenos Aires, es que mantiene muy pocos gatos. Si se pudiera hacer una estadística de tales mamíferos, quedaríamos sorprendidos ante la cortedad de las cifras.
En muchos países se considera al gato como una entidad adherente, indispensable, necesaria a la familia. El gato viene a ser así algo como el fogón, como el lecho, como la cuna, como la olla. Una familia sin gato, en esos pueblos a que me refiero, equivale a una familia trunca e incompleta. Cuando la familia cambia de lugar, el gato sigue el éxodo fielmente. Si la familia es pobre y ha sido desahuciada, el gato, sobre el ajuar miserable, aguanta estoicamente el revés de la fortuna. Y el gato se encarga de soportar el irascible humor de la familia, cuando la familia sufre, o recibe los mimos suaves cuando la familia goza. Unas veces puntapiés, otras veces sobaduras tiernas en el lomo, el gato lo soporta y lo acepta todo, con aquella cauta filosofía que tanto le distingue. Y se le ve en lo alto de los muebles, limpio y sedoso, adornado el cuello con una cinta roja; o junto al fogón mugriento, al calor de las brasas familiares. Algunas madres frustradas adoptan al gato como a hijo, prodigándole las más dulces afecciones. Y por la noche, sobre todo en las noches de luna invernal, los tejados suelen convertirse en escenarios de amorosas tragedias; los mahidos de los gatos llenan con su música supersticiosa la calma nocturna.
En Buenos Aires se ven muy pocos gatos. Hay numerosas familias que desconocen al gato, que no lo han tenido nunca en sus casas. Esto parecería absurdo a muchas personas de otros países. ¿Por qué se ven pocos gatos en Buenos Aires? Es que les falta ternura a las familias porteñas? O es que no existen ratones?
La explicación de este fenómeno debe de estar en una de las principales características bonaerenses, o sea en la accidentalidad y nomadismo de los hogares. Las familias se organizan demasiado bruscamente: en tal caso, muchas cosas del hogar necesitan padecer el defecto de la improvisación. Dos extranjeros, llegados de opuestas zonas, se encuentran, se aman, contraen matrimonio. Son dos «déracinés», como dicen los franceses. Al unirse, cada uno de los cónyuges hace omisión de sus hábitos tradicionales. Recuerdan que en su casa de la patria remota había un retrato del abuelo, unas cortinas que bordó la madre en su mocedad, un sofá donde murió el padre, un gato viejo y maniático... Pero todo esto ha quedado allá lejos, interrumpido, roto, sin continuidad, como un primer tomo de una novela. Al formar familia, instintivamente enuncian el propósito de «empezar de nuevo». Empiezan, efectivamente, una vida, una cuenta nueva. Todo en ellos es nuevo, sin tradición y sin compromisos anteriores. Compran los muebles, los utensilios juntos, de una vez. No heredan nada de nadie. El hogar es un conglomerado de cosas anónimas adquiridas en los bazares. ¿Cómo podrían acordarse del gato? El gato presupone historia y tradición familiares. No habiendo historia ni compromisos con los manes de los antepasados, el gato no tiene razón de ser ni de existir. Es verdad que caza ratones, y esa utilidad de sus garras podría sincerar su existencia; pero la química con sus polvos venenosos, la ferretería con sus cepos automáticos, superan a las uñas gatunas. La permanencia del gato no se debe a la utilidad. El gato, en la familia civilizada, tiene un sentido más íntimo, más filosófico, y de esencia más oculta.
Los escaparates
Pocas ciudades aventajan a Buenos Aires en el lujo de sus comercios. Es un lujo imaginario muchas veces, un derroche de luz y de maniquíes, una fantasía de exhibiciones. Los escaparates porteños resultan una verdadera fiesta de adornos, de prodigalidad, y con frecuencia también de buen gusto.
Pero los escaparates, como todas las cosas, hasta las más vulgares, tienen su psicología particular. Repasando uno a uno los escaparates bonaerenses, es posible averiguar los vicios, las características morales, las pasiones de los habitantes. Observad, verbigracia, los comercios destinados a vender objetos comestibles, y descubriréis una nota original del carácter argentino: su escasa glotonería. Pero observad inmediatamente los escaparates de las tiendas de lujo, y conoceréis el prurito de ostentación que ocupa el mayor espacio del alma argentina.
Los escaparates de los almacenes y reposterías no están en Buenos Aires a la altura de su prestigio. Hay muchos bares, restaurantes, confiterías; pero esa profusión de lugares donde se come y bebe no significa, a lo más, otra cosa que abundancia de dinero. Falta, en cambio, el esmero de las muestras, falta la tentación de las golosinas expuestas con ánimo de sobornar la gula del transeúnte. Esto indica que el argentino no es glotón. Mejor dicho, no es vicioso del comer. Sus antepasados, agarrándose al churrasco, al mate y a la galleta dura, soportaban las empresas heroicas de la llanura. El puchero, que aun se mantiene en vigor dentro de respetables familias, habla mejor que nada, con su simplismo culinario, de la sobriedad platense.
Pero los escaparates de las tiendas de modas, adornos, bisutería, están hablando por su parte de la condición exhibitoria y fastuosa que llena el alma de los argentinos, así como de los seudoargentinos. Los comerciantes lo saben muy bien; las vitrinas de sus tiendas relumbran ante la mirada de las pobres mujeres fascinadas, y ante el ojo codicioso de los hombres. Gustan el charol, la seda, los encajes, las colas, las joyas, las plumas. Todo lo que concierne a la vanidad.
El horror a lo antiguo
Las casas viejas de Buenos Aires se van. Quedan muy pocas, y las pocas que quedan desaparecen con singular rapidez.
La muerte de las cosas familiares origina en todas partes un sentimiento de melancolía; cuando esas cosas, además de familiares, tienen un valor artístico, todavía la melancolía es mucho más acentuada y universal. Pero en Buenos Aires, por no se sabe qué fenómeno de psicología, todo eso no levanta la menor emoción. Caen las casas, se derriba lo viejo, huye lo familiar y lo histórico, y el alma pública sigue tan fría, como si esos objetos no la afectasen en nada. Se diría que la ciudad está poblada toda ella por gentes nuevas y adventicias, para quienes lo de ayer carece de sentido. Sus almas se diría que no guardan contacto ni continuidad con las almas antepasadas. Se diría una ciudad sin historia, sobre todo sin abolengo, cuya tradición comienza desde ayer mismo, todavía más: desde hoy...
Lo característico de Buenos Aires, y también de la vasta región que sigue sus inspiraciones, es una especie de horror hacia lo viejo. Repugnancia por la pátina,—he ahí lo que singulariza a la moderna sociedad argentina. Las casas todas son nuevas; cuando la pesadumbre de diez, veinte años, empieza a barnizarlas con el matiz inapreciable del tiempo, entonces se las derriba y se construye otras nuevecitas y flamantes. Los muebles tienen que ser nuevos también, para que los salones de una casa ofrezcan el aspecto de haber sido amueblados el día anterior por la tarde. Nada de antigüedad.
Los países europeos sienten gusto de estimar las cosas, no por su novedad, sino por sus anos; aquellas gentes entienden que una familia será tanto más noble, cuanto más generaciones pueda contar, y que los muebles, las casas, las joyas y los trajes ganan en nobleza con el tiempo. Se piensa allí que lo noble no es lo de hoy, porque toda nobleza heráldica o intelectual, necesita ser contrastada y discernida por los años, por los siglos. Se piensa allí además que la pátina es el secreto de la estética, puesto que un hermoso palacio recién construído, con sus piedras blancas y virginales, está recordando con exceso al albañil y al maestro cantero; parece haber salido de un taller, limpio, brillante, con la firma del arquitecto bien visible y las huellas de las manos del herrero en las verjas del parque. Mientras que, al contrario, un simple torreón viejo devorado por la yedra, ofrece, gracias a su adusta vejez y a su anónima factura, un efecto extraño de belleza. Es como si el torreón ese hubiera surgido hecho de la misma tierra, o como si toda una época, toda una civilización, hubiesen tomado parte en su obra. Del mismo modo se entiende, en esos países europeos, que el mármol, el marfil y el bronce ganan con el tiempo, así como las buenas y legítimas joyas, y que careciendo de pátina, el cristo de marfil y la estatuita de bronce, recuerdan demasiado al bazar de «objetos artísticos» en donde fueron comprados.
En los objetos del culto cristiano se advierte el mismo afán de pulcritud, la misma tendencia hacia lo bonito de los criollos. Los extranjeros que llegan de países seculares quedan sorprendidos ante el efecto, casi negativo, que ocasionan esos templos barnizados, desprovistos de penumbra y de ha grave austeridad que debe tener una casa de oración. Una catedral gótica, con sus sepulcros de mármol mohoso, sus altares un poco descoloridos y sus imágenes algo desportilladas, sería recibida en Buenos Aires con un mohín de repugnancia. Inmediatamente abrirían ventanas en los muros, para que las naves sombrías adquirieran luz, y los santos y los altares, las piedras consumidas por el roce de los siglos, todo eso que habla al espíritu religioso de una manera tan profunda, sería reformado, pulido, barnizado, puesto a tono con la general corrección mundana.
Tampoco se muestra la gente muy apegada a desempolvar recuerdos históricos de larga fecha. Todo cuanto se refiere a un siglo pertenece a la «edad antigua». La historia propiamente dicha comienza en la revolución de 1810; lo anterior a esa fecha corresponde a la prehistoria. Se sospecha que antes de ese año culminante de la revolución hubo hombres, quizá comerciantes, acaso artesanos: pero todo aparece borroso y vago, como podría aparecer a los ojos de un francés la vida de los galos prelatinos. No se quiere ahondar demasiado en los prolegómenos de la nacionalidad. En rigor, aquellos siglos preliminares en que se formaban la raza y el carácter merecen poca simpatía; es como si se tratara de cosas y personas extrañas, sin contacto con las cosas y personas actuales. Y, sin embargo, los pueblos tienen mucha semejanza con los vinos. Los buenos cosecheros preparan en un principio sus cubas, maceran los caldos, hasta que el recipiente se empapa y satura de esa que, castizamente, se llama «solera». Aunque el vino primitivo vaya enajenándose, las nuevas aportaciones se saturan del sabor originario, gracias a la poderosa virtud de la solera, y las nuevas cosechas, en infinitos años, conservan siempre el sabor y el tono de la elaboración primera. Los pueblos, asimismo, por muchas importaciones y renovaciones que sufran, guardan siempre la modalidad, enérgica, definitiva, que adquirieron en su formación. Por eso, con todas las aportaciones exóticas y multiformes que caen diariamente en la Argentina, la modalidad auténtica, la que se formó en los primeros tiempos de la colonia, se mantiene viva siempre.
Pero el tiempo pasará, y todo lo que ahora es heteróclito y renovado irá consolidándose. Las fortunas se harán cada vez más tradicionales. Las familias contarán entonces con un abolengo de varias generaciones. Y nacerá, si no ha nacido ya en pequeña escala y tímidamente, el amor y el culto por los antepasados.
Cuando llegue ese momento, los argentinos lamentarán la irrespetuosa manía de destrucción de sus antepasados. Modestas, frágiles y sencillas como eran, sin embargo, aquellas mansiones viejas habían guardado el aliento de los abuelos, en su ámbito se desenvolvieron las vidas antepasadas, y de ellas surgió el molde de la nacionalidad.
La marea humana
Todos sabemos que una ciudad guarda mucho parecido con el cuerpo humano: tiene un órgano vital, de donde fluye y se esparce la energía dinámica. El corazón es la urna que contiene el tesoro bullente de la vida humana; las ciudades poseen también su corazón.
El palpitante corazón de Buenos Aires se llama la City. Suprimid ese barrio vital, y la población no tendrá ninguna razón de ser; paralizad el movimiento febril de la City, y la ciudad habrá quedado inmóvil, yerta, como un hombre presa de un síncope.
Una de las cualidades de Buenos Aires que merece mayor aprecio, es su franqueza. Buenos Aires no engaña a nadie. Al extranjero que desembarca en los muelles, le ofrece como primer espectáculo el de la City, con sus bancos y oficinas de negocio. Hace, como si dijéramos, sonar un saquito de monedas al oído del inmigrante, para convencerle desde luego que en esa tierra de promisión no encontrará más que tópicos monetarios.
Otras poblaciones suelen ser hipócritas o convencionales. Presentan al viajero las severas fachadas de sus Universidades, liceos y pinacotecas, con la intención de aparentar una vida de divagaciones mentales. Pero Buenos Aires, mucho más sincero, pone en primer lugar sus Bancos y oficinas mercantiles. Así logra encadenar al hombre ambicioso, inyectándole desde el momento que desembarca el virus de la codicia. Una codicia franca y leal, libre de simulaciones.
La City propiamente dicha es pequeña: comprende cuando más una superficie de un kilómetro cuadrado. En ese espacio de terreno tan corto se encuentra lo más vigoroso y potente de la ciudad: los Bancos, la Bolsa, las agencias de navegación, los grandes remates, las oficinas de tierras y de seguros. Lo más vivo, todo cuanto significa fuerza financiera, está comprendido en esas calles privilegiadas.
Pero la City, a pesar de ser el corazón de la metrópoli, tiene aspectos tan distintos, que parece una ciudad extraña, un pueblo extranjero incrustado en la urbe criolla. El americanismo novelesco evoca en la imaginación formas ligeras e indolentes, colores claros y pintorescos. La City no es americana en ese sentido. Es de un americanismo yanqui; negra, fea y agria. La angostura de sus calles hace que los tranvías, los carruajes y las personas vayan disputando entre sí y eludiéndose a trompicones. Uno piensa con terror que camina por la calle de milagro, y se llega a creer firmemente en una providencia vigilante.
Y el ruido. No se parece al ruido disciplinado de algunas avenidas europeas, donde el paso simétrico de cuatro filas de vehículos recuerda a un ejército en marcha, a un torrente majestuoso. En la angostura de la City bonaerense, el ruido es desordenado, agudo, irritante. Los tranvías, rozando las aceras, arrojan al oído del transeunte sus latidos metálicos que crispan; los carros se enredan; riñen los conductores, se apostrofan y amenazan con los puños cerrados. Los nervios vibran. Y pasan rápidos los caminantes, empujándose, pisándose, obsesos en su única y común preocupación.
Sin embargo de su fealdad y su acritud, ¡qué emocionante es la City! Nada hay en Buenos Aires que me produzca una impresión tan enérgica, como un paseo por ese barrio cartaginés. Siento en sus calles como la brutal caricia de una ráfaga huracanada. Me acuerdo del Océano, de la tempestad, de los precipicios torrenciales, de todas las cosas primitivas y fuertes que acatan el imperio de la fatalidad. En esas calles tumultuosas recibo un aliento de sana y trascendental barbarie. Me olvido de las exquisiteces decadentistas, de las neurosis afeminadas, de los remudamientos intelectuales. La muchedumbre me rodea, me traga, y yo me veo arrastrado como por un torrente. Olvido y disculpo los encontronazos de los hombres, los atropellos de los carruajes; sobre mi naturaleza de hombre de gabinete, aquella marea oceánica ensaya sus golpes y ultrajes más imponentes.
Bárbaro y violento, todo aquello tiene para mí un sabor nuevo, extraño, excitante. Las caras rojas de los negociantes, la falta de educación y compostura, los ademanes bruscos, eso apenas roza mi sensibilidad. Todo lo brutal que allí reside, yo lo disculpo. La ola total me agarra, me lleva, me infunde vigor, como un gran trago de whisky. Siento que me asalta entonces la borrachera de aquella multitud encandilada, y el entusiasmo del ambiente se me introduce en la tímida alma intelectual...
Antes de visitar la República Argentina conocía yo varias de sus intimidades. La lección previa me la habían dado sus periódicos, grandes como océanos. Pero no aprendí a conocer esas interioridades en las columnas periodísticas, en sus artículos políticos ni en sus reseñas sociales o policíacas. Mi curiosidad bebía en unas fuentes humildes y despreciadas: en las planas de anuncios.
Cada pueblo tiene su fisonomía; tienen también las planas de avisos de sus periódicos un tono diferenciado. ¿Para qué buscar los datos en las planas principales de las hojas cotidianas? La verdad y el rasgo característico suelen estar allí casi siempre velados o atenuados. La civilización, obligándonos al uso del guante, quiere también que enguantemos nuestras ideas y emociones. Se escribe discretamente, envolviendo en eufemismos los pensamientos, poniendo sordina a la indignación y evitando los grandes ademanes. En cambio, quién es capaz de contener las exclamaciones rudas y sinceras de los anuncios? Los artículos pasan por el tamiz del director o del propietario, mientras que los anuncios llegan directamente de la calle y pasan a la imprenta. Pagan religiosamente su inserción, y en tal sentido se sienten con el derecho de decir la verdad.
La grosería de lo demasiado sincero es una de sus peculiaridades. Están ahí todos los días, revueltos y amontonados, gesticuladores. Nos hacen muecas raras y altisonantes, para que nos fijemos en ellos. Como los sacamuelas de las plazas, como los apóstoles de las sesenta religiones que actúan dominicalmente en los jardines de Boston o de Cincinati, esos avisos cotidianos se esfuerzan por atraernos. Si uno grita, otro grita más fuerte. Recurren a todos los arbitrios de notoriedad, y emplean en ello un ingenio sutil y estrambótico. Nos ofrecen todo, nos regalan todas las delicias, con tal de que les hagamos caso. Brindan la salud, la fortuna, la felicidad... Pero tan grotescos y charlatanes como son, en los anuncios está la raíz psicológica de un pueblo.
Más adelante, cuando una sociedad venidera intente reconstruir la historia prolija de nuestra época atormentada, necesitará recurrir a planes de comprobación muy delicados, y apartar la hojarasca de los datos numerosos y confusos. Ningún dato mejor que los anuncios. Las sociedades futuras observarán, por ejemplo, que el mayor número de avisos está formado de dos temas: la oferta de específicos medicinales y la invitación de medios para adquirir fortuna. Con lo que deducirán que nuestra época padece dos enfermedades distintas y una dolencia verdadera: intemperancia.
He dicho antes que yo conocía previamente los rasgos argentinos por los avisos de sus periódicos. Me gustaba, efectivamente, hundirme en la lectura de sus numerosos anuncios, desentrañar su sentido, gozarme en su pintoresca confusión. No he sentido después una sensación tan plena de la inconsciente juventud argentina. Yo me entretenía en el juego raro de «perderme» entre las columnas y planas anunciadoras de los periódicos de Buenos Aires, analizar su alma, discernir sus rasgos originales.
«Se presta dinero sobre sueldos y alhajas», es el aviso que menudea en muchas capitales burocráticas de Europa. En Buenos Aires también abundan los avisos de préstamo. ¡Pero qué distintos! Leed uno: «Dinero disponible, cualquier suma, para hipotecas. Largos plazos y amortización a voluntad del tomador». Hay otro más expresivo todavía: «Cualquier suma disponible, desde 10,000 hasta 1.000,000 de pesos...». Aquí no se trata de mezquinas usuras sobre sueldos; no se transparenta aquí, detrás del aviso, una vida de estrechez y de mal disimulada tacañería. La usura, en este caso, toma un aspecto magnífico. En ese millón de pesos ofrecido hay una enorme ambición de dar, y otra enorme ambición de arriesgarse en estupendas aventuras. Pueblo que vive del crédito, gente que no sabe ahorrar ni contener sus prodigalidades y sus apetitos; pueblo que carece de dinero, posee, sin embargo, la audacia de entenderse por cifras de millones.
La virgen tierra inacabable aparece detrás de los avisos como un mágico telón de fondo. La locura de la tierra, la locura de las especulaciones bruscas, rápidas, ilógicas, es una característica del país, la que le da el tono principal, la que le hace aparecer como un gran tapete verde en donde todo es motivo de juego y de azar; las cosechas de trigo, los rebaños, los barcos llenos de maíz. «Compro cualquier extensión de tierra, pagando al contado,» dice un aviso gallardamente.
La grandeza territorial de un país no saben expresarla bien los mapas y las geografías. Tantos grados de latitud, tantos kilómetros cuadrados de superficie: todas esas cifras geográficas no aciertan a darnos una visión clara de la extensión. Los avisos saben medir mejor. «En Río Negro, vendo 5,000 hectáreas, y dos fracciones con 10,000 hectáreas más o menos.» Este más o menos es de una real e ingenua magnificencia. Acostumbrado a ver las parcelas de tierra perfectamente medidas hasta el centímetro, un europeo queda asombrado ante esas elásticas mediciones, ante ese más o menos que bien puede consistir en 100 ó 500 hectáreas. «Vendo cuatro leguas en el Neuquen.» He ahí cómo los avisos de los periódicos son los más justos y expresivos historiadores de la Argentina.
Hasta en la manera de pedir y ofrecer empleos resultan grandes psicólogos los avisos. No se solicita trabajo en forma humilde y pordiosera, como en los países muy trabajados por la concurrencia. Los avisos dicen simplemente: «Necesito obreros; tres pesos por día.» «Jardinero experimentado, se ofrece.» No hay aquí ninguna imposición por parte del amo ni ninguna mendicidad del lado del operario. Se transparenta la libertad de contratarse, el ir y venir de los hombres a lo largo de los oficios, hacia la meta hipotética de la fortuna.
Luego viene el capítulo numeroso de los avisos de subastas. A través de esos avisos está viendo el lector la trama nacional, el ambiente de aventura, de engaños y de audacias. Se ve pasar una multitud de agiotistas, especuladores, locos, ilusos y temerarios. Hallazgos inauditos, sorpresas fabulosas, negocios pingües realizados en un día. Terrenos que se compran por la mañana a diez, y por la noche se venden a cien. Acaso pérdidas bruscas y jugadas más que dudosas.
También nos enseñan los anuncios a conocer el espíritu nómada de estos países improvisados, repentistas, sin cimientos en la tradición. Basta fijarse en la sección de compras y ventas. Se venden las casas como pudieran venderse juguetes. Se venden las casas con sus muebles, con todos los objetos familiares. En las viejas sociedades está la familia como pegada a la tierra y a los objetos caros. Antes de desprenderse de un mueble, una familia europea echa mano de todos los recursos defensivos, porque el mueble conserva el roce y el baño de la tradición. En aquel sofá se sentaba el abuelo; aquel crucifijo oyó las oraciones de la madre; en aquel armario se guardaban los mantones bordados y los abanicos de nácar de la abuela. Tienen aquellos objetos aromas espirituales. Pero en Buenos Aires los muebles son cosas sin expresión: se compraron ayer todos juntos, y como hoy han pasado de moda, se venden todos en montón. Nada dicen a las sumidades del alma donde se esconden los recuerdos. Nacieron de la vanidad y la vanidad los enajena. Van, ruedan, como los hombres, como las familias, como todo el país...
La gente vive muy aprisa y está enferma; pero no quiere morirse. Para enfermedades indefinibles se inventan medicinas fantásticas. ¡Pobre humanidad civilizada! Compras muy cara tu civilización. Los avisos de los periódicos lo dicen: necesitas excitantes alcohólicos para multiplicar la actividad del trabajo o del placer, y te hacen falta tónicos reconstituyentes para no caer en la consunción.
La sociedad requiere el whisky, el vermut o el cognac para ofrecerle al organismo una amplificación enérgica. Es preciso comer mucho, creando una energía artificial que nos permita dilatarnos hasta todas las solicitaciones de la ambición y de la sensualidad. Para eso se inventan los aperitivos. Cuando éstos no bastan, se inventan las panaceas reconstituyentes, los tónicos salvadores. Pero las panaceas farmacéuticas no son más que livianos paliativos o donosas mentiras. Entonces sobreviene la neurastenia, el histerismo. Los avisos lo dicen: Las tres cuartas partes de los médicos que se anuncian en los periódicos son especialistas de enfermedades nerviosas.
¡Enloquecer! Este es el destino de las sociedades ambiciosas, activas, incontinentes. El progreso exige que vibremos como cuerdas tensas y que no hallemos jamás el reposo o el término a nuestros apetitos apasionados ¡Más, más! Este es el mandato imperativo. Un algo trágico surge del maremagnum de los avisos. Entre el júbilo de las ventas y de los millones ofrecidos, se levanta la hostil catadura del farmacéutico trayéndonos un frasco tonificante. Cansancio, agotamiento; he ahí el corolario de la vida moderna. Y una locura ascendente, devastadora, que alcanza a todos los seres humanos.
Esa tragedia moderna está hablando ahí, en las planas de los periódicos. No hay novela, no hay historia tan íntimamente veraz y emocionante como los avisos de un periódico. La humanidad aparece en ellos desnuda, con el más desconcertante impudor.
¿Qué cosa es lo real? Por el supremo valor que le damos al dinero, nos inclinamos a respetar como la cosa más real y positiva, un Banco, por ejemplo. Sin embargo, en Buenos Aires he perdido yo el respeto que me merecían, como a todos los hombres pobres, los Bancos.
Junto a los Bancos de la City se reúne una multitud de escritorios y pequeñas oficinas, de distintos tamaños, de nacionalidades diversas. Al principio sentía yo un gran respeto por esas oficinas, adornadas con todo el lujo de rótulos dorados, extensos cristales, tableros con cifras y cotizaciones, ingentes armarios de hierro. También me causaban respeto una especie de antros, a cuya puerta veía clavadas muchas, infinitas placas de cobre con un nombre o una firma comercial. Miraba al pasar el fondo de aquellas habitaciones, y descubría allí dentro un algo misterioso, una suerte de esfuerzos heroicos en que estaban empeñadas gentes audaces y patrióticas. Pero también les he perdido el respeto a esos antros... Ahora los miro como lugares cómicos, pintorescos, nidos de aventuras novelables.
Son unos locales espaciosos, compuestos de un patio largo al que convergen numerosos cuartos y gabinetes; en los pisos altos se continúa la misma distribución de habitaciones autónomas. Cada gabinete ostenta un número, como las celdas de una cárcel o de un hospital; junto a la puerta, una placa de porcelana o de cobre indica el apellido del dueño. Estos dueños asumen las más variadas y antagónicas profesiones. Unos son abogados, otros ingenieros, contratistas, rematadores de tierras, registradores, notarios, agentes comerciales, representantes de compañías navieras, de compañías pobladoras, de compañías de seguros; otros negocios y profesiones suele haber que lindan con lo fantástico. Cualquier persona que tenga el propósito de especular, pone su placa a la puerta de un gabinete, planta una mesa y cuatro sillas, compra una máquina de escribir y se pone a operar. ¿Sobre qué opera? Sobre nada, sobre el vacío. Ya es una empresa de seguros, ya una sociedad de avisos, de colonización, de cualquier cosa. En muchos de estos gabinetes se sientan, es claro, verdaderos abogados, verdaderos comisionistas y evidentes sociedades de colonización y de seguros; pero quienes dan carácter a la cosa son los otros, los imaginarios, los increíbles e inauditos.
¿Qué habrá ahí dentro?—me preguntaba yo antes.—Hay hombres serios que trabajan y operan sobre realidades; pero una muchedumbre opera sobre sombras y palabras. Allí dentro no hay nada, o hay cosas de apariencia y de ilusión. Este, por ejemplo, tiene en su mesa o tiradas por los divanes, muestras de un alambre nuevo para cercar campos; el otro presenta unas espigas de trigo cosechadas en un campo «que se dice que se vende y es una pichincha»; otros no presentan ni eso, como no sea una placa con un nombre, que es un enigma.
Pero en ningún escritorio faltan planos y mapas de pueblos y territorios lejanos. Los terrenos aparecen cortados por líneas simétricas, en forma de parcelas cuadradas: son los terrenos, los eternos terrenos que se ofrecen a la especulación, las fichas de este gran tapete verde de la república donde se juega a la compra y venta de fantasías.
Allí se fraguan negocios extraños. Pulula por allí una gitanería internacional, un picarismo cosmopolita, digno de la pluma de un Dickens. Nadie tiene allí punta ni asomo de idiota; todos son perfectamente linces, educados en la escuela de lo maravilloso. Se ve a un italiano asociarse con un andaluz, a un vasco con un ruso, a un inglés con un dálmata. Unos se engañan a otros, se echan la zancadilla, en un torneo de astucia. Esperan a los incautos y a los ilusos. Viajan en viajes repentinos y anónimos, para volver con informes y hallazgos recogidos tierra adentro. Tienden la red, como las arañas, y aguardan a la presa.
Allí se fabrican reputaciones sorprendentes. Los campos secos, con cuatro flacos novillos, pasan a convertirse en fértiles terrenos de pasturaje. Enseñan muestras de pasto, o plantas de lino y maíz de gran desarrollo. Con el dedo se recorren los mapas, hechos con la ciencia aduladora de los técnicos que están en el secreto del negocio; se miden en el mapa los terrenos y se ponderan sus perfecciones. Por aquí ha de pasar el ferrocarril; allá se ha de fundar una colonia agrícola; por aquel lado irá un canal de riego... Y las tierras se venden, se compran, sin que nadie las haya visto. En ellas no hay cultivo, ni rinden ninguna renta. No se compran por su valor esencial, sino por el valor que se supone han de alcanzar más tarde. Como todos tienen interés en sostener la farsa, la farsa sigue su curso. Ved un tapete inmenso, en cuya verde superficie se reflejan las ambiciones y fantasías de tanto soñador, de tanto aventurero.
Un ambiente así, tan recargado de especulaciones monetarias, ha tenido que producir muchas locuras. Uno de los locos más típicos, es el que llamo yo «creador de proyectos». Su locura no cae dentro de los límites del manicomio; no es un demente de clínica: es simplemente un maniático, como el enamorado, como el artista. Tiene la monomanía de los proyectos, tiene el ideal de la fortuna, así como para el enamorado y para el artista sus ideales se convierten en obsesión fija y constante.
El proyectista se levanta pensando en sus colosales negocios, y se duerme con sus sueños de fortuna; pero la fortuna no se le aparece en una forma material, sino fantástica e idealista. No quiere él la fortuna como los hombres prácticos, para conseguir cosas y satisfacciones reales: él desea la fortuna por la fortuna misma, ama el proyecto por el proyecto. Algo parecido a Don Quijote, el creador de proyectos se ha imaginado una Dulcinea, y por su bello amor vive, sueña, batalla, corre, habla.
Le veréis en cualquier punto del centro de la ciudad. Está en los cafés, en los «bars», en los pasillos de los teatros. Como si su excitación cerebral no fuera suficiente, aun la aumenta con los aperitivos y estimulantes. Bebe vermut, copa tras copa; bebe sucesivas tazas de espeso café; ingiere a borbotones la cerveza. Borracho por su monomanía, apenas se da cuenta de la embriaguez alcohólica. Los alcoholes no añaden locura a su borrachera idiosincrásica, permanente.
¡Oh soñador, soñador empedernido, soñador de fantasías metálicas! El oro de las libras esterlinas, la sedosidad de los billetes de banco, lo envuelven en continuas sinfonías ideales. Y marcha por la vida escuchando el sonoro retintín de las monedas, estimulado por su música interior, enloquecido por la sarcástica excitación de su demonio íntimo.
Un loco hace cien locos. El proyectista comunica a sus semejantes su locura, y allí donde va deja un rastro de utopías. Escoge por lo regular las naturalezas blandas y propicias, tal como los recién desembarcados. Entonces ocurre que el que llega, en cuanto pisa tierra, choca con el creador de proyectos, y el hombre se pierde irremediablemente. Desembarcar en América, en el país del oro, y tropezar con un hombre que baraja negocios, que hila y amontona proyectos, esto es tan terrible como caer por la boca de un abismo. Así se explica que las calles del centro estén pobladas por una muchedumbre rara, hiperbólica, febricitante, que manotea epilépticamente al conjuro de una idéntica locura. Todos hablan de proyectos enormes, de ganancias monstruosas. Sobre las mesas de los cafés, de pie ante el mostrador de un «bar», en mitad de la calle, los proyectistas gesticulan entusiasmados, o hablan muy bajito, misteriosamente, para que nadie les sorprenda la idea y les malogre el descomunal negocio.
Negocios descomunales, sí; negocios estupendos. Pensar en grandes destinos, o no pensar en nada. Unas veces se trata de crear una ciudad; otras veces el asunto consiste en regar un desierto y valorizar las tierras en proporciones de dos a mil; otras veces se habla de un invento prodigioso, o de una nueva forma de reclamo, o de sociedades anónimas con capitales inauditos. Las cifras más altas, los miles y millones de pesos, bailan una danza extraña dentro de esas imaginaciones espoleadas. Las demás cosas del mundo las encuentran insensibles; no salen nunca del riñón de la ciudad, y en esas calles apasionadas y ruidosas, ellos encuentran un placer morboso que los enajena. El estrépito de tranvías y carros, el vocear de los chicos, los tropezones, la continua alarma de la calle, todo eso los enardece.
Absortos en su ideal, temblando siempre ante la inminencia del éxito, su cerebro se convierte en una colmena de ilusiones. Dentro de sus almas hay fuegos fatuos, sombras siniestras, iluminaciones repentinas y maravillosas. Riman cantidades, como el poeta rima bellos adjetivos. Poetas del negocio, idealistas estrambóticos en un medio cartaginés, ellos vienen a ser las mariposas o la flor romántica del centro de la ciudad. Flores morbosas y enfermizas, caldeadas por la locura.
Hasta que caen lentamente en la indigencia, y se convierten en atorrantes. O una noche cualquiera, no pudiendo sus pobres cabezas resistir tan alta presión, revientan y se mueren.
La torre del vigía
¿Cuál es el punto más estratégico desde donde se puede vigilar mejor la miseria humana?
Una sala de juego, un confesionario, un cálido salón de baile son culminantes sitios de investigación, en donde el ojo despierto penetrará como una saeta en la psicología humana. Pero existe otro lugar ventajosamente colocado sobre el panorama del mundo, o sobre el escenario social, punto obligado adonde afluyen los dolores del hombre y en donde la humanidad se muestra sinceramente en toda su pobre miseria. Este lugar de transcendente observación se halla al alcance de cualquier espíritu curioso. Se trata simplemente de las farmacias.
El boticario es aquel para quien no existen secretos. El sabe qué pequeños, qué endebles y cuán cobardes somos. Situado en su mostrador, ningún esfuerzo necesita hacer para averiguar nuestras debilidades. Desde que el día amanece hasta que la noche se cierra, todos nosotros acudimos anhelantes donde él y le pedimos la salud, la providencial salud para nuestra gran cobardía y nuestro estupendo miedo de morir. Y todos nuestros vicios de lujuria, de glotonería, de sensualidad impenitente, el boticario los conoce. Con más sinceridad todavía que al confesor, le revelamos al boticario nuestras flaquezas. ¡Oh discreto y tácito farmacéutico, que sabe callar tan filosóficamente y que no guarda para nuestra miseria la menor sonrisa de desprecio!
Alguna vez me ha arrastrado a la botica un malsano instinto de curiosidad, y allí me he complacido en asistir al desarrollo y tránsito de los gestos, las palabras, los elocuentes detalles del público, que acude con sus recetas y con su zozobra. Pero las farmacias guardan entre sí una vasta relación de categorías. No todas son igualmente entretenidas e ilustradoras. La botica de los barrios pobres, por ejemplo, sólo nos muestra un lado de la humanidad; la pobreza, la vil pobreza. Y cuando la pobreza se junta con la enfermedad, entonces surge un espectáculo que nada tiene de tentador. Son otras las farmacias sugestivas. Las situadas en los barrios ricos, ¡éstas sí que ofrecen largo tema de experimentación! Además tienen de favorable su ausencia de tragedia. El elemento trágico de las boticas pobres se convierte en tragi-cómico allá en las boticas que abastecen a los ricos. Porque el rico es un ser que teme a la muerte con un temor ridículo. Tiene miedo hasta de la sospecha de morir. Su regalona sensualidad se crispa a la más pequeña amenaza del dolor. Un simple dolor de cabeza le obliga a poner en movimiento al médico, al boticario, a todas las gentes cercanas. Y tienen razón después de todo. La muerte, para quien sufre en vida el hambre, el frío, la servidumbre y el vilipendio, hasta puede resultar una puerta amable de huída, de liberación; pero aquel que todo lo posee, justo es que se disguste ante la idea de abandonar unas cosas y unos placeres que no serán fácilmente substituíbles en otro mundo hipotético. Por otra parte, el miserable siente al morir que tiene derecho a una compensación; ante cualquier posible tribunal de justicia, el pobre está en el caso de reclamar el pago de deudas atrasadas. Pero quien lo ha tenido y gozado todo, ése, aunque no lo declare, mantiene la sospecha de que un justo tribunal posterior le habría de cargar en cuenta las satisfacciones anteriores. Pero esto lo dijeron ya otros labios más competentes. «Antes entrará un camello por el agujero de una aguja», etc.
Todavía mejor que en las boticas de los barrios acaudalados, es situarse en aquellas otras del centro de la ciudad. Las boticas de la City son las más instructivas, las más profundas y complejas. Media hora de observación en una de ellas equivale a la lectura de un folletín. ¿No queréis entrar?...
He ahí una farmacia de la City. Por lo común es extranjera y tiene escritos en los paneles de su fachada ininteligibles rótulos alemanes, franceses o ingleses, quizá porque al vulgo de los dolientes les presta más confianza la farmacopea de los pueblos lejanos: no hay que olvidar que en todo enfermo habita un supersticioso. Recorred con la vista los anaqueles y los mostradores: están llenos de frascos, botellines, paquetes y envoltorios, cuyas leyendas nos hablan de específicos providenciales, omnipotentes, todopoderosos. El milagro está allí, el soñado milagro de los enfermos. Ninguna de esas panaceas duda o vacila; todas afirman categóricamente su virtud curadora. Son hoy lo que eran antes los visionarios, los profetas y los elegidos de Dios; curan los males misteriosos, reportan vigor a los decaídos, infunden fuerzas a los desalentados. Es una repetición, en fin, de las antiguas magias. Y es que el hombre, por más que se empeñe en disimularlo, sigue siendo el niño grande, adorador de la fábula.
Numerosos carteles cuelgan al azar de las estanterías, de las columnas y de las paredes. Asesorados por dibujos llamativos, esos cartelones anuncian las virtudes múltiples y terminantes de los específicos, de las aguas medicinales, de los ungüentos y de las hierbas. La ciencia aparece allí convertida en un sacamuelas de plaza pública. Y se ven firmas doctorales de médicos, que atestiguan formalmente la exactitud de cuanto prometen los específicos. Industria, comercio, reclamo, añagazas, grandes palabras, enormes afirmaciones, todo confundido con apotegmas universitarios y bañado con un lustre científico.
Es un gran observatorio, de seguro. No dudéis en aprovecharlo. Desde allí se abarca el núcleo temblante, frágil, representativo de la pobre humanidad. Fuera, por los cristales, se ve pasar el torbellino de la gente, esa multitud sui géneris que va y corre por el barrio de la City con un temblor de marea turbulenta. Loca y febril, vibrante, la multitud pasa en pos de sus gruesos ideales; el dinero, lo mismo que una estrella celeste, le guía a través de sus fracasos y dolores; la codicia le espolea, y un trabajo brutal, nunca satisfecho, le presta esa inquietud trascendental y única.
Emana de esa multitud un aura de fuerza; las mismas casas obscuras y pesadas sugieren ideas de un vigor incontrastable. Todo lo que vive y transita por allí habla de fuerza y poderío. Los bancos llenos de dinero—suprema significación de potencia—y los restaurantes suculentos, así como las oficinas en donde se consagran los grandes negocios, todo eso aporta a la imaginación sugericiones poderosas. Son, indudablemente, cosas densas y firmes, cosas y muchedumbres vigorosas, formidables. Sin embargo, en la botica está el secreto; allí se nos revela el doble fondo, el reverso, la clave.
Esos mismos hombres de aspecto y ademanes fortalecidos entran en la botica y piden humildemente un tónico. ¡Una panacea, por Dios, que nos ayude a soportar la carga increíble de la vida! Ya está, pues, el secreto revelado, la mentira deshecha. Por debajo de la aparente fuerza, la humanidad transeúnte arrastra sus vísceras doloridas y rotas. Del torbellino pujante que pasa, van desprendiéndose los individuos, entran en las farmacias y piden el elíxir que ha de proporcionarles vigor para seguir andando, para continuar la lucha. La ciencia les da su calor como la mano maternal que enjuga la frente sudorosa del guerrero. Y luego, otra vez a las filas. Otra vez y siempre, ¡hasta la definitiva etapa final!
El arsénico, el yodo, el mercurio, la quina. Todas las substancias revividoras se ponen a contribución. Olores acres y exóticos, gustos ásperos, matices de color indiscernibles. Los organismos, al recibir la inyección de esas substancias misteriosas, perciben como una sensación de júbilo material, a la manera que el cansado corcel brinca y se enardece cuando el acicate del impaciente amo le espolea. Brincan los organismos, se llenan de un imprevisto vigor, y la carrera adquiere una súbita celeridad. ¡Adelante, siempre adelante!
Se le pide también al alcohol su virtud acicateante. Junto a las farmacias, los bares y los cafés, los puestos de comida y las cervecerías llaman la atención de los luchadores. ¡Entrad y reconfortaos! Y entran a montones, turbulentamente, en solicitud de una multi-nutrición. Comen glotonamente a dos carrillos, se hartan de jamón y huevos y manteca, la carne roja les chorrea grasa por los labios. Es preciso compensar con una sobrealimentación las pérdidas cuantiosas y diarias. Para poder alcanzar a tantos negocios, para tener asidos los vértices de tantas combinaciones codiciosas, hace falta exaltar la personalidad y hacer que un solo individuo posea la aptitud de diez o veinte.
Devoran, tragan, beben copiosos vasos de licor cálido. El apetito lánguido y perezoso requiere también la espuela del aperitivo. La musa demoníaca del alcohol vuela sobre las frentes y ayuda a que enloquezcan más aún, mucho más todavía. Todos vibrantes, tensos, como pugilistas en el estadio. Comiendo, bebiendo, gesticulando. Rojas las caras, brillantes los ojos. Y andar, andar sin freno, de una a otra idea, de este a aquel proyecto. Sumar cifras, levantar montañas de ideales. Manipular los billetes de banco con mano nerviosa. Sentir la infernal y sublime embriaguez de gastar dinero. Ver cómo van y vienen las monedas, al compás de un ritmo de locura. Oír la voz de las brujas que gritan en el alma, como en el alma de Macbeth: «Tú serás rey: tú serás rico»...
Mientras tanto el boticario combina sus drogas.
En los momentos de tregua, cuando nuestro espíritu se abisma en su soledad, acude a nosotros la revelación intrínseca y luminosa de los pasmosos engaños en que vivimos. Durante esas paradas que hacemos al margen del camino, llega a nuestra imaginación la síntesis final de las cosas, y vemos que, verbigracia, todo esto que tanto nos enajena, termina estúpidamente en un hueco de cuatro palmos abierto en la tierra. El boticario y el enterrador son aquellos amigos adversos que no se fatigan de aguardarnos, porque saben que no podemos faltar a la cita. Entonces nos entra una gran desgana, y como los cenobitas quisiéramos renunciar a toda lucha, ya que todo acaba tan simplemente, tan brevemente.
Pero quieren los hados que cerremos los oídos a la seducción ultra epicúrea del renunciamiento místico. Y otra vez, pasado aquel momento de alucinación intelectual, el hombre vuelve al torbellino. Nadie se libra de esos instantes lúcidos en que la vida se muestra en toda su integridad. Todos vuelven a incorporarse a la marea, aceptando como una solución la locura de este tráfago inverosímil, sin objeto, sin finalidad ni explicación. ¿Adonde se va? Nadie lo sabe. El mundo lo ignora. Se ha inventado una palabra vaga: progreso. Pero lo cierto es que el mundo, la sociedad, todos nosotros, obedecemos a esa ley de movimiento que se llama vida, de cuya ley ninguno podrá evadirse, tanto la planta como el hombre. Y la vida insaciable, al igual que los niños, pide siempre más.
Vivir más, con la mayor extensión e intensidad posibles. Más... Boticario, ¿qué haces que no mezclas más aprisa tus mágicas drogas?
Los grandes puertos son sugestivos y amenos como una novela. En un barco anclado hay siempre un mundo de imaginaciones, de posibilidades y de heroicas inminencias. Pero el puerto de Buenos Aires es una novela mucho más complicada y entretenida que las otras. Le conceden interés dramático y pintoresco, no sólo los barcos y las mercaderías exóticas, sino además los hombres.
Los hombres que desembarcan en muchedumbre, y que traen en sus rostros el gesto emocionado, estupefacto, de los descubridores. Como Colón en otro tiempo se abalanzó a la proa de su nave y quedó ensimismado ante la tierra soñada y al fin descubierta, los inmigrantes también corren a la punta del barco y miran, con un silencio trascendental, aparecer en el horizonte las cúpulas de Buenos Aires. Y más allá de las cúpulas ven lo ignoto, lo misterioso de un porvenir que tanto tiempo se complacieron en soñar.
Ir errante por los muelles del puerto; he ahí un placer de nómada y de visionario. Muchas veces me he complacido yo en evadirme de las cárceles cotidianas, salir de la cuadrangular población y perderme a lo largo de las dársenas. Confundirme con la multitud de los estibadores y gabarreros, y sentirme pequeño, ignorado, insignificante, allí donde las grúas rechinan con tanta fuerza y las sirenas de los vapores lanzan sus alaridos tan gigantescos. Polvo, ruido, aglomeración.
Todo tiene allí una energía descomunal. Las cosas son fuertes, enormes, fatales. Los mismos hombres sugieren una impresión de fuerza poco habitual. Lobos de mar, gavieros hirsutos, pilotos de andar zambo y ojos grises, encalmados como un mediodía oceánico, pero que al mandar en la maniobra se enardecen, chispean como un acero vibrante. Y la diversidad de lenguas, la multiplicación de los tipos, cobrizos unos, otros negros, rubios otros. Todos mezclados en el puerto, como en una resurrección del mito de Babel.
Aquí reposan los grandes y lujosos transatlánticos, con su turba de camareros y marmitones, con sus oficiales galoneados. En otra dársena, los chatos y ciclópeos buques de carga arrojan a tierra su varia mercancía. Más allá están los vapores carboneros, con el pabellón británico sobre el tope. Luego vienen los buques fluviales, largos, llenos de ventanillas circulares, cómodos como un vagón de ferrocarril, los suaves buques que se deslizan por la plateada anchura de los ríos y que se sumen en la tórrida magnificencia del lejano Paraguay. Después las dársenas se acaban y comienza la sinuosa y pintoresca región del Riachuelo, atiborrado de bergantines, lleno de marineros tartajeantes, con denso olor a brea, con un aire como de folletín romántico. Y entre las dársenas y los pesados buques un enjambre de bateles, de gabarras, de remolcadores, una actividad de hormiguero, una confusión clamorosa, animada, tonificante.
Y los ruidos. ¡Qué significación de colosal energía tienen los ruidos de un puerto! Las máquinas chirrían y crujen; los vagones ruedan sordamente; los cajones de mercancías caen con golpes agrios o rotundos. Se escuchan los gritos de los capitanes que dirigen la maniobra. Un buque se desprende del muelle, suelta las amarras, parte. ¡Quién sabe a qué bellos países partirá!...
Un buque es un monstruo hecho para lanzarse corriendo sobre las libres olas. Dentro de las dársenas se mueve torpemente, marcha ciego, conducido y guiado por los rechonchos remolcadores. La menor negligencia puede hacerle chocar contra los malecones y abrirse en dos pedazos. Por eso el capitán grita con gritos de ira y alarma. Los marineros, injuriados por la voz del capitán, corren sobre cubierta, escalan veloces los mástiles, hacen vibrar las maquinillas auxiliares. Y el buque, lentamente, va salvando los obstáculos, pasa de una dársena a otra, gana por fin la boca del puerto, aprieta los resortes de la hélice, se lanza corriendo en busca de la alta mar hermosa. Entonces su sirena vomita un alarido de triunfo, de gloria, de libertad.
Y entonces, ¡con qué envidia sigue al barco valiente nuestra alma viajera! Viajar, soltar las amarras, irse. Irse a cualquier parte; ir por el placer de ir. Desprenderse de los muelles, desamarrarse de lo cotidiano y convencional. Huir de lo habitual. Huir de la muerte, en suma, porque todo lo que se inmoviliza se muere. Porque la muerte no es más que un detenimiento. Y porque la vida es sólo un viaje. ¡Viajar, vivir!...
Para un artista o un soñador, los buques modernos no tienen todavía suficiente encanto. En cambio los barcos de vela traen a la fantasía un torbellino de recuerdos, sugericiones de aquellos siglos en que había negreros, piratas y abordajes imprevistos. Por eso me gusta a mí alejarme de las dársenas donde atracan los grandes buques de vapor y zambullirme en los recodos pintorescos del Riachuelo, en los muelles destinados a las fragatas, a las bellas corbetas, a las lindas goletas, frágiles, graciosas y femeninas.
Pero en los días de labor aquellos muelles están sacudidos por la fiebre del trabajo, y el encanto es menor. De los ventrudos barcos sacan montones de madera, adoquines, fardos y barriles químicos. En las tardes del domingo es cuando los muelles esos adquieren su mayor curiosidad. Entonces las grúas descansan, los carreros no alteran con sus voces maldicientes la paz del lugar, y los barcos veleros semejan viejos lobos de mar que reposan y sueñan una suerte de sueños colosales y exóticos. Las finas arboladuras se lanzan al espacio, como queriendo extraviarse en la pureza gris del cielo invernizo. Y las proas, tan parecidas al semblante de un hombre, miran con sus ojos pacíficos la turbia quietud de las aguas dormidas. Todo es pensativo y ensoñador en esos barcos arcaicos, en esas naves de leyenda que la civilización ha condenado a morir.
Los marineros, como las naves, reposan también, sumidos en su nostalgia. De bruces sobre la borda miran la tierra, las casas, los escasos transeúntes; pero aunque miran no ven; sus almas andan lejos, en el confín del mundo, en los puertos natales. Cabezas rubias de noruego, ojos glaucos de inglés, melenas rizosas de italiano. Unos fuman su pipa beatíficamente, sin un guiño ni la menor muestra de emoción; otros pasean en silencio con las manos hundidas en los profundos bolsillos del pantalón. Alguno de ellos, tal vez de vuelta de la taberna, rezonga y balbucea como un animal aturdido, y marcha a ocultarse en su camarote.
La atmósfera, que recuerda al cristal, tiene la rigidez tenue de las finas cosas quebradizas. Se teme que cualquier choque brusco, o cualquier agrio sonido, fueran a romper el cristal finísimo, imponderable, de la atmósfera. Sólo caben allí los sonidos tenues y a la sordina. Por eso es grato oír en esas horas inefables la voz gangosa y apagada de los acordeones marineros. A veces suena un acordeón dentro de un barco, y no se sabe dónde está el músico; parece que es el barco quien canta, con aquella voz gangosa que rememora al órgano, o mejor todavía a los armoniums místicos de las pequeñas capillas privadas. Pero no, es un marinero de grandes barbas rubias, o un grumete lampiño. El músico busca un lugar propicio en el seno del barco. Y son cantatas populares de los fiord noruegos, o de los lagos suecos, o de las estepas moscovitas... Todo ello envuelto en olor de brea, ese olor que es el alma de los barcos y el acicate más vivo para una imaginación viajera.
Cosmopolita, confuso, formidable y sugeridor, ¡oh gran puerto colmado de ilusiones!, tú eres un mundo mucho más grave y trascendental que el de las vanas y cuadrangulares calles ciudadanas. Energía, fuerza, civilización. Tabernas genovesas del barrio de la Boca; ciclópeos almacenes del paseo de Colón; fonduchos del paseo de Julio donde humean las fritangas más inverosímiles. Letreros en inglés, en francés, en italiano, en turco, en ruso. Olor a polenta y a macarrones, a whisky y a caviar, a puchero y a sopas picantes. Grandes pizarras con sus inscripciones trazadas en blanco: «se desean braceros para un ferrocarril de Tucumán». Hombres lentos y ociosos que pasean con sus botas altas, sus ponchos al brazo, sus chambergos deformados, buscando donde contratar sus músculos para no se sabe qué raras o remotas labores. Locomotoras que gritan imperiosamente arrastrando trenes enormes. El transatlántico que parte, los pañuelos de despedida, el llanto de los que se quedan en el muelle, el humo solemne y triunfal de las chimeneas en marcha. ¡Adiós, adiós!...
Todo esto, que es imprevisto, lejano, accidental, enérgico, forzudo y aéreo; todo esto que es viaje, azar, y que huele intensamente a aventura, es lo que hace a un puerto profundamente emocionante como la más loca novela.
Como la muerte sigue a la vida, el reposo es la playa donde viene a perecer la soberbia del trabajo. Todos tenemos que pagarle tributo al descanso. Los hombres, las aves del cielo, las hojas de los árboles. Hasta el viento y la mar mitigan su violencia llegando a la noche. La noche es la tregua, la pausa grave en esa batalla sin fin que empeñaron los elementos desde que hay vida en el Cosmos.
¿Habéis puesto el oído alguna vez sobre el gran corazón de una ciudad dormida? Bajo la paz nocturna, una ciudad parece un monstruo descomunal que pone el ritmo de su pecho al compás del latido de la naturaleza. Ninguna sensación es comparable a la que se percibe de noche, muy dentro de la noche, en las calles dormidas de una ciudad. Hay entonces en el aire no se sabe qué presagios, qué inminencias o qué supersticiosas revelaciones. El monstruo está dormido, y toda la tragedia que se reconcentra en su interior, entonces, a la hora central de la noche se revela a nuestra alma absorta. Lo más intenso que ha creado el hombre es la ciudad; la ciudad es la suma de toda la ambición, de toda la fiebre y de toda la maldad que vive en el espíritu del hombre. Viendo una ciudad dormida, es como si asistiéramos al entreacto de una tragedia. Nuestra alma tiembla de emoción al recordar las peripecias dolorosas del día que pasó, y se estremece ante la seguridad de los episodios del día siguiente. Cada día es un acto trágico; la noche es una pausa, y el espacio es el telón siniestro moteado de brillantes.
Pero no duermen del mismo modo todas las ciudades. Los pueblos frívolos desconocen el sueño rotundo y terminante; hasta muy cerca del alba hay en ellos un rastro de vida, alguna orquesta pertinaz, algunos viciosos rezagados. En cambio, los pueblos que trabajan intensamente duermen de una manera definitiva, casi brutal. Una aldea de labradores duerme al compás de la naturaleza; ni siquiera parpadea una luz en sus casas; la aldea se acuesta en el seno del campo, hasta confundirse con la misma tierra. Las ciudades comerciales y laboriosas duermen del mismo modo rotundo.
Ningún hombre se escapa de tener una o varias manías. Las manías son las que nos diferencian a los unos de los otros, como los rasgos físicos, como los lunares o el dibujo de la nariz, como el color del pelo o de los ojos. Una de mis manías consiste en pasear a grandes pasos por las calles de una ciudad dormida. Encuentro un encanto extraño en sumergirme dentro del vacío de la noche. Se me figura que la ciudad está ausente, que los hombres se han ido, y que sólo queda allí, bajo las sombras, el esqueleto. Se me figura también que la ciudad es un documento histórico, un algo muerto que se puede interpretar fantásticamente, al arbitrio de la imaginación. El día tiene demasiados afanes; de día nos arrastra la zozobra de la lucha, y somos nosotros mismos, aunque a nuestro pesar, actores en el drama ciudadano. Pero de noche somos espectadores. Podemos ver el panorama de la ciudad muerta, levantarla en alas de nuestro ensueño, manosearla con nuestra imaginación. Entonces la ciudad es nuestra, mientras que durante el día somos nosotros de ella.
Buenos Aires duerme. Llega un momento de la noche en que la gran ciudad, unánime, se queda inmóvil. Millón y medio de almas se han dormido; miles de máquinas, cientos de grúas, infinidad de hornos, se han paralizado; y han quedado en suspenso infinitos negocios, combinaciones arriesgadas, proyectos temerarios. Los libros del Debe y el Haber están cerrados; las plumas descansan al borde los tinteros; las sumas quedaron interrumpidas; los fajos de billetes, a medio contar, aguardan al día próximo. El hilo de la vida se ha cortado. Como el sueño llega al niño y le cierra los ojos imperativamente, así ha llegado para la ciudad: igual que un niño, la ciudad ha cerrado los ojos, y tan rápidamente vino el sueño, que los juguetes quedaron entre las manos apretadas... Pero la ciudad es un niño sin candor, y sus juguetes son demasiado dramáticos. Dinero: con un juguete que se llama «dinero», las bromas y los juegos acaban en sangre, en lágrimas, en dolor.
Buenos Aires tiene el sueño terminante y definitivo, como todas las poblaciones laboriosas. Tal vez en algunas de sus calles se prolonguen la luz y la vida hasta muy cerca del alba; acaso un coche, una pareja de paseantes rezagados, rompan con su ruido el silencio de la ciudad. Pero son rumores parciales y leves, casi vergonzantes. Hasta parece que ese coche tardío, esos dos amigos que pasan hablando bajo, hacen resaltar el silencio total. A media noche, Buenos Aires es una población muerta, silenciosa, inmóvil. Tiene un sueño de labrador cansado, el sueño característico de los seres que se mueven mucho durante el día.
Y en esa hora central de la noche, es un espectáculo incitante pasear por aquellos lugares que absorben la vida y el movimiento en las horas diurnas. Las calles laboriosas, las más pobladas y comerciales, son las que duermen con mayor intensidad. En el barrio de las oficinas y de los bancos hay tal silencio, tal soledad de noche, que el ánimo se encoge de cierto temor supersticioso. Caminando de noche por esas calles, se siente la impresión de cruzar un cementerio. La soledad se mete dentro del alma, el silencio se apodera de la mente; cae el silencio sobre uno como algo denso, como algo misterioso y cabalístico. Las pisadas propias resuenan huecamente. La sombra personal, persigue al cuerpo, le acompaña de lado, se antepone, según la posición de los mecheros de gas. Esa misma sombra de uno toma apariencia viva, supersticiosa e insinuante. Y cuanto más rotunda es la inmovilidad de las cosas, más sugestiones se desprenden de ellas. Las cosas, en fin, hablan entonces con palabras segundas. Esas cosas tienen de día un lenguaje material y grosero, el lenguaje de la realidad; pero de noche adoptan un lenguaje interior, un segundo lenguaje, hijo de esa segunda vida que tienen las cosas, lo mismo que los hombres. Porque las cosas sueñan también. Si es cierto que duermen, ¿cómo podían no soñar?
¿Y cuáles serán los sueños de ese barrio comercial, corazón de Buenos Aires, pila cargada de electricidad? Alguna noche he querido yo descifrar esos sueños, y la vanidad de mi fantasía ha creído interpretarlos. Pero nuestra fantasía, seguramente, tiene sus límites, y ciertos sueños son inasequibles a la interpretación. El barrio duerme, el barrio de los negocios sueña. Está tendido a la margen del puerto, cerca de las vías del mar, por donde llegan los buques y las gentes y las mercaderías; la sábana negra de la noche lo cubre piadosamente. Ahí está el barrio codicioso, el barrio inquieto y vivaz, el barrio dramático, el más dramático de toda la ciudad. En sus casas no hay apenas mercancías; sólo hay tinteros, libros rayados, aparatos telefónicos, grandes cajas de acero. Los fardos y los cajones, las cosas reales y tangibles, las cosas de comer y de arder, están en otras calles. Sin embargo, ese barrio es el núcleo de la ciudad, el cerebro metálico que rige las operaciones de la inmensa urbe. Ahí están los bancos que conceden créditos, las oficinas que contratan, los remates que valorizan las propiedades, las agencias europeas, la Bolsa. Ahí están también los aventureros, los ambiciosos impacientes, los jugadores de fortunas, los manipuladores de empresas, tal vez los piratas urbanos que acechan víctimas desde el fondo de sus oficinas.
Ahora, cuando llega la hora central de la noche, el barrio entero se acuesta a dormir. Tiene un sueño capital, pesado. Recupera las fuerzas, para emprender la campaña del siguiente día. Mientras tanto, sueña... ¿Pero no sueña acaso también de día? Los negocios, el comprar y vender, el traspasarse las fortunas, el amontonar cifras, ¿es algo más que un sueño? Todos esos hombres que viven como a impulso de una corriente eléctrica, ¿qué son, sino soñadores? ¿Es verdad que viven despiertos? ¿Puede titularse vida real a ese ir y venir, a esa fiebre de todas las horas, a ese comer de prisa, a ese beber apresurado, a ese contar y recontar cantidades, a esa inquietud de monigotes movidos por hilos invisibles? Todo eso es un sueño muy grande, y también muy humorístico.
Allá cerca duerme el puerto. Los grandes buques duermen a lo largo de los malecones. Los transatlánticos que cruzaron el peligro del Océano; los vapores chatos que trajeron las mercancías desde las antípodas; los barcos de vela, venidos desde los hielos del remoto septentrión; todos duermen, fatigados. Las grúas de los muelles descansan. Los gabarrones, negros y forzudos, están durmiendo como estúpidas bestias de carga. La brisa del estuario orea los vientres y los lomos de esos monstruos marítimos. Y del horizonte, como una faz despavorida, la luna emerge despacio, amarilla y tácita.
A la luz de la luna es grato contemplar la ciudad inmóvil. Tiene la luna una eterna facultad de engaño, de manera que las cosas más torpes se espiritualizan al beso de su luz. La luna se complace en poetizar una tapia ruinosa, y de cualquier torre vulgar hace un poema místico. Las calles prosaicas de Buenos Aires se afinan y ennoblecen con esa luz fraudulenta de la luna.
El barrio de los ricos, por ejemplo, adquiere a la luz de la luna una suave espiritualidad.
El mismo río, mirado desde la boca de una calle del norte, se muestra argentado, poético, lleno de romanticismo; recuerda los lagos y los mares que los pintores escenógrafos ponen como decoración de las óperas antiguas. Y los palacios de ese barrio del norte, bajo la sugestión arbitraria de la luna, toman un carácter de cosa vieja, realmente aristocrática. Adquieren pátina, apariencia de vejez y de nobleza. El ánimo se olvida de que los palacios han sido construídos antes de ayer, por arquitectos anónimos, sobre planos de construcciones exóticas. Los palacios se ilustran y avejentan a la luz de la luna; las torres de pizarra simulan ser, en efecto, torres de mansiones feudales. Se piensa en damas nobiliarias, en pajes rubios y en señores de horca y cuchillo. Y así logran las familias recientes, que tienen por abolengo un honrado comerciante o un pacífico ganadero, igualarse a las nobles estirpes de las aristocracias europeas.
Entonces, cuando la luna navega por lo más alto del cielo y el silencio envuelve al barrio linajudo, uno quisiera poseer alguna virtud maravillosa de las leyendas; ser, verbigracia, como un «diablo cojuelo», capaz de destapar las techumbres de los palacios y sorprender el sueño de los salones, de las joyas, de las personas. Cruzar los corredores entapizados, oír el tic-tac de los relojes, y percibir y entender los latidos de las almas. Descifrar el sueño del señor que ha lanzado sobre un tapete verde una fortuna; interpretar el sueño de las damas, entretejido de cintas de cotillón y flirteos trascendentales; leer la última página del libro, que ha quedado abierto sobre el sofá; leer asimismo la última frase de la carta íntima, o la última nota del piano confidente. Y oír las palabras sin sonidos que se dicen las sedas y las plumas, la conversación imperceptible de los brillantes y las perlas, los cuchicheos y las risas de los pendientes, los collares, las pulseras. Todo ese mundo reservado; todas esas joyas y sedas que viven en contacto con las carnes rosadas; que se recuestan sobre el seno, en la parte del corazón; que aprietan los pulsos de las muñecas; que rodean las gargantas y oprimen las sienes; todas esas cosas calladas y leales que conocen los secretos del pulso y del corazón, que saben todos los matices de la emoción, que asisten a los más disimulados temblores de sus bellas dueñas; ese mundo tácito de cosas sabias e íntimas está ahí, sobre las consolas y mesillas, y uno siente la ambición de oírle hablar a ese mundo hermético, que lo sabe todo, y que sabe callarlo todo también.