—Aún no es tiempo.
Y siguió trepando con ardor por el sendero cortado ya sobre la roca, estrecho y resbaladizo. Al fin llegó á una plataforma; sobre ella, á cuatro piés de altura, se alzaba la grieta á la que conducian desde allí dos escarpaduras asperísimas.
El árabe empezó á trepar por una de ellas, con el cuerpo encorvado, el oído atento y el yatagan preparado. Un poco despues el emir apareció en la plataforma y avanzó por la otra escarpadura. Con alguna ventaja el árabe llegó á la abertura de la caverna y lanzó una mirada salvaje á su oscuro fondo. Nada se veia, nada se escuchaba. Aben-Sal-Chem hubiera creido que nada existia en ella, á no ser por un olor fuerte y acre que le reveló el rastro de la leona.
El árabe invocó á Dios, y se adelantó: entonces en el fondo de la gruta brillaron dos puntos luminosos como carbunclos; agitóse una sombra informe, y un rugido atronador retembló en los aires inmenso y terrible; el emir llegaba entonces á la grieta.
—¡La leona! exclamó con grito bravío el árabe: ¡Allah-Akbark!
—¡Allah-Akbark! repitió con voz pujante el emir armando su arco en la entrada de la caverna.
Un segundo rugido, más fuerte, más amenazador que el primero, fué la señal de la acometida de la fiera. Aben-Sal-Chem la vió cargar sobre él y la recibió. El choque fué tremendo: el yatagan del árabe se abrió paso á través del pecho de la leona, que se lanzó de un salto sobre la plataforma arrastrando consigo al cazador.
Sin el emir, Aben-Sal-Chem no hubiera abierto los ojos á la luz: pero sus dias no estaban contados. La azagaya del valiente Abu-Djeouar, rasgó silbando la distancia, y se clavó vibrante en el cráneo de la leona, que dió su postrer y tremendo salto, lanzó un rugido de agonía, y cayó inerte junto al árabe, que con la violencia de la caida desde la gruta hasta la plataforma, habia perdido el sentido.
Embarazosa era la situacion del emir: dejar allí abandonado junto á un antro de leones á un hombre á quien ya amaba, como amaba á todos los valientes, fué un pensamiento que rechazó con indignacion. Esperar solo el inminente peligro de la vuelta del macho, era esperar una muerte segura.
Y el tiempo corria, el sol tocaba al Occidente, escuchábase ya el aullido de las fieras que volvian á sus cavernas, y los pájaros volaban á su nido.
Pero á tiempo por entre las quebraduras de las rocas resonaron roncas bocinas, y una tropa de jinetes armados de lanzas y azagayas entraron al galope de sus caballos en el valle donde habia encontrado al árabe el emir.
Eran los esclavos de este que le buscaban; el valiente cazador llevó la bocina á sus labios, la hizo sonar tres veces, y sus gentes vinieron á él.
Entre tanto el emir bajó á la plataforma; la leona habia caido sobre el árabe, que aún permanecia sin sentido: el emir le puso la mano sobre el corazon; aún latia; la hora suprema no habia llegado aún para Aben-Sal-Chem.
—¡Loado sea Dios! exclamó el emir, á tiempo que cuatro de los suyos ponian á sus piés cuatro leoncillos que habian encontrado en el antro: ¡loado sea Dios! no sólo adquiero cuatro animales de la mejor raza para mi leonera, sino que he encontrado un valiente cazador de leones.
Poco despues aquella tropa, siguiendo á su señor, entraba al galope de sus caballos en Dembea, y algo más tarde Aben-Sal-Chem, conducido en un palanquin, tornaba en sí en un lecho junto al cual estaba sentado el emir.
El árabe debia su vida á Abu-Djeouar, y sin embargo, aún despues de haber tornado á sus fuerzas, no expresó su agradecimiento á su bienhechor, que le honró con las mayores distinciones, y le hizo jefe de sus cazadores.
Atribuyó el noble emir á causas extrañas la taciturnidad y el desabrimiento del árabe; jamás este tocó manjar alguno en el alcázar, ni durmió bajo su techo, ni acudió á él sino cuando el emir le llamaba para ordenarle le siguiese á la caza.
Entonces perseguia con ardor al leon ó la pantera, corria todo un dia como un perro por los breñales, delante del caballo del emir, y terminada la cacería, iba á ocultarse en la misma cabaña donde estamos; en el otro extremo habia un pequeño y rústico mirab, y en él, abstraido del trato del mundo, vivia un anciano morabhita.
El mirab ha desaparecido, y sólo queda la cabaña arruinada.
Un dia el emir llamó á su cazador, este se presentó, como siempre, ceñudo, taciturno, bravío.
—Quiero dar un espectáculo de caza á mis mujeres, le dijo el emir; mañana al amanecer estarás con mis cazadores en la parte oriental del lago. Haré que conduzcan allí dos de los leones más feroces que tengo, y espero que Dios nos dará un buen dia.
El árabe se inclinó segun costumbre, y partió; pero en vez de encaminarse á su albergue, se dirigió por la márgen izquierda del Bahr-el-Azrak, hasta llegar á un pequeño aduar plantado en torno de una palmera en la confluencia de aquel rio con el Nilo.
Algunos caballos pacian junto á las tiendas, y algunos feroces árabes se ocupaban en afilar las puntas de sus lanzas como preparándose á una expedicion.
Aben-Sal-Chem pasó entre ellos sin dirigirles ni una palabra, ni un ademan amistoso, y entró en una tienda colocada en el centro del aduar.
En ella, tendido sobre una estera de palma, estaba Muza Kelb-namir; su edad llegaria á treinta años; su semblante era feroz; junto á él estaban sus armas, y más allá los arneses de sus caballos; su meditacion era profunda y no reparó en Aben-Sal-Chem.
—Héme aquí, dijo el árabe. Ha llegado el dia. Mañana al amanecer cabalga con los tuyos en direccion á las montañas por la parte oriental del lago Dembea.
—Y tiempo es, añadió el árabe, de que yo reciba mi recompensa.
—¿Y qué quieres?
—Escucha, soy hijo de un pescador; mi vida ha pasado triste y afanosa entre el trabajo y la servidumbre; á los doce años arrojé las redes y el remo, y empuñé este yatagan; te he servido en la guerra y en la caza, y quiero, si recobras tu poder, que eleves contigo al hombre á quien lo debes. Quiero riquezas, mujeres y esclavos; quiero pasar por el hijo de tu hermano; quiero ser poderoso.
—Lo serás.
—No basta eso; es preciso que delante de tus árabes me beses en la mejilla, y me declares tu pariente; el triunfo embriaga, y despues de él podrias ser olvidadizo.
Kelb-namir se levantó, tocó una bocina, á cuyo sonido se agruparon en torno de la tienda más de cien árabes.
—¡Creyentes! les dijo Kelb-namir; Aben-Sal-Chem, este que veis á mi diestra, es hijo de mi hermano; yo le adopto por hijo, y quiero que por tal le tengais.
Un murmullo de asentimiento fué la contestacion de los árabes.
—Jurad que reconocereis en mí, dijo Aben-Sal-Chem, al heredero de Kelb-namir, que muerto él le elevareis á su dignidad.
Los árabes guardaron un silencio estúpido.
—Juradlo, exclamó con imperio Kelb-namir.
Los árabes juraron por el profeta; y como Kelb-namir y Aben-Sal-Chem se retirasen al interior de la tienda, se dispersaron y tornaron en silencio á aguzar sus lanzas y á afilar sus yataganes.
Aben-Sal-Chem salió de la tienda y se perdió á lo largo de la márgen del rio. Una hora más tarde, diez árabes partian á toda la carrera de sus veloces caballos en distintas direcciones.
Al amanecer del dia siguiente el aduar se habia aumentado de una manera prodijiosa; las tiendas llenaban la llanura; los árabes enjaezaban sus caballos, y Kelb-namir recorria en todas direcciones el campamento, y ordenaba su hueste, cuyo número ascendia á diez mil hombres.
Cuando el sol se levantó en el horizonte, aquella tropa cabalgaba corriente arriba, por la márgen izquierda del Bahr-el-Azrak. A la hora de adohar dieron vista al lago Dembea, y escucharon el son de las bocinas de caza, y el rugido de los leones acosados por los árabes y por los perros. Kelb-namir se adelantó solo á través de las quebraduras, y desembocó en un extenso valle. Su vista de águila vió al fondo de él una tienda colocada sobre una roca, y en ella una mujer rodeada de esclavas.
Era Sayaradur.
Una tropa de esclavos etíopes defendia las avenidas, y más abajo, en el fondo del valle, el emir Abu-Djeouar seguido de Aben-Sal-Chem y sus cazadores, acababa de rendir á un formidable leon.
El rostro de Kelb-namir se nubló con una expresion de odio; contempló al emir un momento, y murmuró con voz lúgubre:
—Ha terminado tu cacería, emir; pero la mia empieza ahora.
Y acercó á sus labios la bocina, que lanzó por tres veces su vibrante sonido en las concavidades de las rocas.
Por la garganta donde estaba Kelb-namir, se lanzaron tras él sobre el valle los diez mil árabes, agitando sus alquiceles y blandiendo sus lanzas.
En el primer momento, el emir creyó amiga aquella tropa, que bajaba con la rapidez y el ruido de un torrente por la falda de la montaña; pero cuando vió la bandera roja de su enemigo, cuando le reconoció cabalgando al frente de los suyos, lanzó un rugido semejante á los del leon que habia vencido, y llamó junto á sí al escaso número de cazadores que le acompañaban.
Pero estos estaban sobornados por Aben-Sal-Chem, y le rodearon pretendiendo desarmarle.
El emir sólo contaba veinte años; era fuerte y valiente como un tigre, y los primeros que se acercaron á él cayeron bajo los golpes de su espada.
—¡Ah! ¡eres tú tambien, traidor! exclamó viendo á Aben-Sal-Chem que le acometia.
—Mientes, gritó el árabe, yo no soy traidor; nunca he dormido bajo tu techo por mi voluntad, ni he tocado tu mano, ni he comido tu pan ni tu sal.
Entonces llegaba Kelb-namir, seguido en tropel por su hueste; el polvo producido por los caballos oscurecia el ambiente: los gritos se levantaban en un zumbido inmenso y rugiente como el semoum; Abu-Djeouar se vió perdido, tornó su caballo á la roca donde estaba Sayaradur, y se abrió paso á cuchilladas entre los cazadores que le rodeaban.
Los esclavos etíopes se habian puesto en salvo con Sayaradur, los hijos del emir y las mujeres de su harem. El caballo de Abu-Djeouar, estimulado con los gritos de la gente de Kelb-namir, corria con una velocidad increible; salvó las gargantas, atravesó los valles, llegó á las márgenes del lago, y alcanzó á los etíopes que habian huido antes que el emir.
Este puso sobre la grupa de su caballo á Sayaradur, tomó en sus brazos á sus hijos, y siguió corriendo, en tanto que en las revueltas de la montaña aparecia ya Kelb-namir aguijando á su caballo que corria á rienda suelta, seguido por Aben-Sal-Chem y los diez mil árabes.
Los esclavos etíopes quisieron proteger la huida de su señor, y se lanzaron con las lanzas tendidas y las adargas al pecho sobre los árabes, que aún no habian avanzado de la garganta de la montaña.
Aquel espectáculo era horrible. En el centro del valle las esclavas del harem, abandonadas por los etíopes, huian á ocultarse en la selva vecina, lanzando agudos gritos; por la parte oriental del lago se veia corriendo sin rienda un valiente caballo negro, cubierto el cuerpo de espumoso sudor, y los ijares de sangre. Sobre él llevaba sus dos hijos el emir, rugiente y sombrío, á cuya cintura se asia Sayaradur, desmelenada, pálida, fijando una mirada colérica en la parte occidental, donde con el valor de la desesperacion se batian los leales etíopes con las gentes de Kelb-namir; y sobre todo esto un sol abrasador, una atmósfera inflamada, y en ella una banda de buitres, cerniéndose sobre el combate, llamados por el olor de la sangre que ya regaba el suelo.
Pero de en medio de los que lidiaban se adelantó un jinete, seguido por algunos más, y atravesó el valle á toda carrera: el caballo del emir habia caido muerto de fatiga, y él con sus hijos y Sayaradur habia entrado en el terreno que rodea el vallado que guarda esta cabaña; imposible era pasar adelante; por una parte estaba el lago, por otra la cortadura de la montaña, y la que restaba era el camino del valle por donde avanzaba Aben-Sal-Chem.
El mirab estaba cerrado; el emir llamó á su puerta, y nadie contestó; entonces entró en la cabaña sin sospechar que aquel era el asilo del hombre que le habia vendido á su enemigo.
Desde allí vió á Dembea; en las almenas se veian algunas atalayas mirando al lugar del combate; sus huestes salian de la ciudad en su socorro, y tornó su valor con su esperanza. Una hora bastaba á su ejército para llegar á él; un momento á Aben-Sal-Chem para dar cima á su traicion.
Un grito feroz del emir indicó á Sayaradur que la lucha tocaba á su término; el emir se batia cuerpo á cuerpo con Aben-Sal-Chem y los árabes que le habian seguido; rota su espada, herido y fatigado, se retiró á la cabaña, siempre dando frente á los asesinos; Aben-Sal-Chem fué el primero que entró.
Sayaradur se colocó entre él y el emir; los dos niños lloraban sin comprender nada de lo que sucedia.
—Eres un cobarde: dijo Aben-Sal-Chem á Abu-Djeouar; has huido.
—He huido por ellos, contestó con dignidad el emir, señalando á su esposa y á sus hijos; y se lanzó sobre el árabe traidor, á tiempo que una saeta disparada por los que entraban arrojó por tierra sin vida al valiente emir.
Djeouar se detuvo para observar la impresion que producia en Noemi el relato de aquella historia: estaba pálida, aterrada; sus ojos arrojaban una mirada medrosa en los del juglar, dos lágrimas surcaban sus blancas mejillas.
Djeouar continuó:
—Sayaradur habia caido sin sentido, al ver correr la sangre del emir, y cuando tornó en sí se encontró en el alcázar de Dembea sobre su mismo lecho, y creyó que todo lo que habia visto era un sueño horroroso. Pero pronto la realidad se presentó ante ella. Kelb-namir entró y con él Aben-Sal-Chem. Su esposo habia muerto; sus hijos habian sido abandonados, y sus enemigos se habian apoderado de Dembea. Sayaradur tornaba á ser esclava.
—¿Y mi padre?... preguntó Noemi.
—¡Tu padre!... murmuró con espanto Djeouar.
—El emir... ¿qué fué del emir? repuso Noemi.
—Hace treinta años que murió Abu-Djeouar, contestó con acento solemne el juglar, y tú sólo cuentas doce.
—¡Oh! es verdad, exclamó Noemi; el emir no pudo ser mi padre; á no ser que...
Una idea supersticiosa cruzó por la mente de la niña. Djeouar leyó en su pensamiento.
—No, la dijo; el mismo dia en que el valle y la cabaña se habian teñido de sangre, el morabhita que habitaba el mirab, volvió de la montaña, donde habia ido á buscar sus frugales provisiones; vió la tierra cubierta de cadáveres, mientras que algunos buitres volaban hácia la cabaña y el mirab; llegó á la primera y encontró en ella el cadáver del emir y sus hijos, el uno de dos años y el otro de uno, que lloraban desamparados; sepultó el cadáver; tomó los niños, los entregó á una nodriza á quien contó su historia para que se la refiriese más adelante, y se tornó á su mirab... Tu padre, Noemi... es Muza Kelb-namir.
—¡El asesino del esposo de mi madre!
—Sí; pero tu madre no fué culpable. Año tras año pasaron diez y ocho, sin que un solo dia Kelb-namir dejase de arrastrar su amor á las plantas de Sayaradur; diez y ocho años dia por dia, la encontró inexorable y más hermosa, y á medida que pasaban añadian más fuerza al fuego del amor del árabe, más y más odio al corazon de la esclava.
Una noche Kelb-namir velaba y se entregaba á toda la desesperacion hija de su amor insensato. Terribles pensamientos le dominaban, la rabia devoraba su corazon.
La lámpara se habia apagado; por los abiertos ajimeces penetraba frio y ruidoso el viento de la tempestad; Kelb-namir se revolvia sobre la piel de tigre de su lecho.
En medio de su insomnio creyó oir el ruido de un vuelo pausado á poca distancia de su cabeza; el vuelo se cruzaba en todas direcciones; pasaba, volvia á pasar, se perdia y se agitaba por intervalos cada vez más cercano. Al fin sintió unas alas sutiles y frias que azotaban su rostro, y oyó una voz dulcísima que murmuró en su oído:
—Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.
Kelb-namir saltó del lecho despavorido al escuchar aquella voz sobrenatural, y se lanzó al ajimez á respirar el aire de la tormenta. La noche estaba oscurísima; por delante de sus ojos veia pasar en aquel cielo encapotado, cuatro sombras informes que se cernian en los aires, y pasaban y volvian á pasar, y se alejaban y tornaban á acercarse.
Eran cuatro murciélagos enormes; cuatro vampiros.
Y allí tambien, perdida en la oscuridad, arrastrada entre las ráfagas de la tormenta, tornó á resonar la voz misteriosa; otra vez oyó Kelb-namir las incitantes y terribles palabras:
—Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.
—¡Luces! ¡luces! gritó Kelb-namir, retrocediendo helado de espanto hasta el centro de su retrete.
Y despertó á sus esclavos, y llamó á sus guardas, que llegaron en tropel junto á Kelb-namir, con las picas en ristre, cual si los enemigos hubiesen penetrado en Dembea.
Kelb-namir recorrió su retrete, su alhamí, su alcázar, desde los alminares hasta los jardines. Las puertas estaban cerradas y los atalayas despiertos; ninguno habia visto la mujer que buscaba su señor.
Tal vez habia sido el sueño apenador de una tormentosa noche de estío.
Kelb-namir alejó á sus guardas y á sus esclavos, volvió á su retrete, cerró las puertas y los ajimeces, y calenturiento, desvelado, buscó el libro de sus poemas, se acercó á la lámpara y leyó.
Pero en vano quiso alejar de sí aquella medrosa vision; en lo más alto de la cúpula resonó de nuevo el vuelo de los vampiros que descendieron en una larga espiral, batieron las alas en derredor de la lámpara hasta apagarla, y otra vez dijo en el oído de Kelb-namir, la voz lánguida é incitante:
—Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.
No era sueño, era una realidad aterradora; los espíritus invisibles volaban en torno de Kelb-namir, á quien lo intenso de su terror dió fuerzas.
—¿Quién eres tú, dijo, que entre las tinieblas llegas á incitarme? ¡Espíritu ó materia, arcángel ó demonio, déjate ver ante mí!
Apenas pronunciada aquella imprecacion, una luz cárdena inundó el retrete; en el centro de él se alzó una sombra confusa, que tomó formas, y dejó ver á Kelb-namir una mujer.
Pero una mujer hermosa, como no es posible hallar otra sobre la tierra. Envuelta en una ancha y flotante túnica de finísimo lino, majestuosa y severa, con sus largos y brillantes cabellos, sus ojos de mirada límpida y penetrante, y su esbelto talle, fascinó á Kelb-namir con el mágico y poderoso prestigio que la rodeaba. Tres vampiros giraban rápidamente en torno de su cabeza describiendo una negra y fatídica aureola, y un perfume suavísimo, emanado de aquel extraño conjunto, llenaba el retrete, y enlanguidecia los sentidos de Kelb-namir, que cayó de rodillas, y unió su rostro al pavimento.
—Levántate, muslim, dijo la vision con una voz sonora, semejante á la que habia resonado tres veces en los oídos del árabe; levántate y escucha:
Kelb-namir se levantó.
—Yo soy Betsabé, la hada de los amores impuros, añadió con un acento dulce é incitante la aparicion. Yo soy la que, encerrada en la forma de un vampiro, halago el sueño de los amores insensatos, y protejo á los que arden en su fuego. Yo soy poderosa: ¿qué quieres de mí?
Kelb-namir tembló.
—Yo soy muy hermosa, prosiguió el hada, te amo y te daré el amor de Sayaradur, si me das tu eternidad.
Era la cuarta vez que el árabe oia esta terrible propuesta; su corazon se abrasaba, su sangre corria con rapidez, todo su sér sufria la influencia de aquel medroso prodigio; y, á pesar de todo, sus ojos devoraban la radiante hermosura de la hada, y tras ella veia á Sayaradur, hermosa tambien con todo el prestigio de un amor combatido durante diez y ocho años; su espíritu se nubló, envolviéronle visiones tentadoras, la hada se acercaba lentamente; su hermosura crecia, el perfume que emanaba de ella le embriagaba. Al fin los brazos de la mujer aparecida rodearon el cuello de Kelb-namir, y su boca se clavó en su boca quemándola en un largo y ardiente beso.
—Una noche con Sayaradur, y tu eternidad conmigo, tornó á decir la voz dulcísima en el oído del árabe.
—Sí, murmuró este, cayendo fascinado sobre el seno de la hada.
Era aquello un letargo tranquilo, rico de sensaciones, profundo como la muerte. Aquella mujer extraña estrechó con su brazo siniestro el cuerpo inerte de Kelb-namir, y sacando de entre sus ropas un agudo puñal de oro, le hirió en el cuello, aplicó sus labios á la herida, y devoró la sangre del árabe. El pacto estaba terminado, y Kelb-namir despertó.
Era otro hombre, sentíase con una actividad y una fuerza extremas; su inteligencia se habia desarrollado maravillosamente; su amor á Sayaradur habia crecido; su alma se quemaba en él.
—Una noche con Sayaradur, murmuró, volviéndose á la hada.
Esta le asió de una mano y le condujo hasta la puerta del retrete de la esclava, levantó el tapiz, y lanzó dentro á Kelb-namir que adelantó lentamente.
Sayaradur dormia y soñaba; creia ver á su esposo como veinte años antes el dia que habia entrado triunfante en Dembea; sentia sobre sus frescas mejillas coloradas por el rubor, el roce ardiente de los labios del emir; sentia sus manos apoyándose en sus hombros desnudos, y despertó; sus ojos se abrieron; no soñaba, y sin embargo tenia ante sí el semblante de su esposo; sus manos se apoyaban en sus hombros, su boca, trémula de amor, se posaba en su boca.
No era un sueño, no. Sayaradur estaba en los brazos de su esposo; dió un grito de alegría, inclinó la cabeza sobre el pecho de aquella hermosa aparicion y se desmayó.
Entonces la hada volvió á tomar las formas de vampiro, entró en el retrete, revoloteó alrededor de la lámpara y la apagó.
Sayaradur dormia entre los brazos de Kelb-namir, á quien el poder de la hada habia revestido con las formas del emir Abu-Djeouar.
El sol penetró al dia siguiente á través de las gasas que cubrian los ajimeces, y Sayaradur despertó sonriendo de amor y de felicidad. Pero al arrojar una mirada al hombre que juzgaba su esposo, su corazon se heló, y lanzó un grito desgarrador. Kelb-namir, vuelto á su propia figura, dormia junto á ella.
Todo su odio, toda su repugnancia, se revelaron contra el árabe, comprendió que habia sido engañada por una fascinacion mágica, y en su furor arrancó su puñal á Kelb-namir, y le hirió tres veces en el pecho. El árabe se estremeció en las convulsiones de la agonía, abrió un momento sus ojos á la luz, y los cerró para siempre, sin que de ninguna de las tres heridas manase una sola gota de sangre.
Sayaradur le contempló aterrada; comprendió que la muerte era el porvenir que la esperaba despues de haber asesinado á su señor; tuvo miedo, le cubrió con las ropas del lecho, y huyó del retrete.
Pero las puertas y los muros del alcázar estaban guardados; do quiera encontraba un etíope feroz ó un silencioso eunuco; triste y aterrada volvió á su retrete y se encerró en él.
Por un impulso involuntario de temor y de odio, levantó las ropas de su lecho; Kelb-namir habia desaparecido; ni una señal, ni un rastro quedaban del asesinato del árabe.
Oyéronse entonces en el alcázar gritos de dolor; Aben-Sal-Chem, al frente de la guardia etíope, entraba en el retrete de Kelb-namir, donde sus esclavos le habian encontrado muerto; ni una herida, ni un golpe hallaron en su cuerpo; el veneno no habia dejado tampoco en él señales de su paso.
Como heredero de Kelb-namir, Aben-Sal-Chem ocupó su lugar en Dembea. Aquella tarde, al ponerse el sol, el árabe fué sepultado junto al lago, á la sombra de una acacia, con el rostro vuelto al Oriente.
Tendió la noche su sombra en el espacio, y la tormenta se cernió sobre Dembea. Entonces, á la luz de los relámpagos, aparecieron cuatro vampiros sobre la sepultura de Kelb-namir, le sacaron de ella, y asiéndole por los extremos de la túnica, se hundieron con él en el lago.
La hada, despues de haber dado una noche de amor al árabe, le arrastraba consigo á la eternidad.
Entre tanto, Sayaradur lloraba retirada en el alcázar. Pasaron dias tras dias, y conoció con terror que era madre: la vergüenza y el dolor minaron su existencia; y á pesar del respeto con que la trataba Aben-Sal-Chem, que, satisfecha su ambicion, por la cual habia arrostrado el crímen, era justo y bueno, la desdichada murió nueve meses despues, al dar á luz una hermosa niña.
—La niña eras tú, añadió Djeouar, cortando su relacion y dirigiéndose á la jóven, que le escuchaba fascinada.
El juglar continuó:
—Aben-Sal-Chem lloró sinceramente sobre los restos de tu madre; la mandó conducir á esta cabaña, y sus restos fuéron sepultados junto á los del emir. Despues Aben-Sal-Chem te tomó en sus brazos, te besó en la frente y te llamó Noemi (la hermosa).
Contaba entonces treinta y tres años, y á pesar de que la fortuna le habia hecho rico, respetado y poderoso, quedaba en su corazon un lugar vacío, que sólo podia llenarse con el amor de la mujer. Habia comprado esclavas en los bazares de Oriente; las habia robado de los alcázares de sus enemigos; princesas de Arabia y de la India habian inclinado su frente orgullosa encerradas en su harem; habia alcanzado la hermosura en la mujer; pero no habia hallado la pureza, la dulzura, el amor; habia conquistado y robado esclavas, pero no habia tenido aún una amante.
Por eso, cuando te vió en sus brazos, pura, hermosa, huérfana, hija del misterio, sonrió á su porvenir. «Yo la encerraré, dijo, en mi mirab, como la prenda sagrada de mi felicidad; viviré por ella; la guardaré como una flor preciosa, que tomaré para mí cuando el cáliz de su amor se dilate; ella me amará, porque á nadie conocerá sobre la tierra más que á mí, y embellecerá el otoño de mi vida, para hacerme olvidar los remordimientos de su primavera, y los insomnios apenadores de su estío.»
Y así lo hizo como lo habia pensado: retiróse en gran manera del mundo; dejóse ver sólo para hacer justicia y gobernar á su pueblo; adquirió fama de santo, y en vez de orar á Dios en el mirab, se dedicó á tí sólo, como el avaro que emplea su vida en la alquimia, siempre pensando en el oro que ambiciona.
Tú entre tanto crecias; el Altísimo te daba con cada alborada una gracia, con cada noche un sueño de pureza. Tú lo sabes, Noemi; no conociendo á Dios, porque el impío no te habia dicho su nombre, le adorabas en el firmamento azul, en las aguas del lago, en el mugido de la tormenta y en la luz del relámpago. Sentias sin comprender, y orabas sin palabras; eras pura y santa, y no debias hacer la felicidad de un réprobo.
Hace un año, Aben-Sal-Chem te engalanó, te sacó de tu retiro y te hizo conocer su alcázar; un faki se encargó de explicarte los misterios del libro de Dios, y los mundos de la vida y de la inteligencia se abrieron ante tí.
Mientras esto acontecia, tus hermanos, los niños abandonados junto al cadáver de su padre, mendigan el pan de la miseria; el uno era juglar como yo; el otro ¡desdichado de él! habia vendido su alma por su amor, y ante las plantas de una hebrea habia abjurado la religion de sus padres; tomó un nombre judío, y se nombró Absalon.
—¿Y dónde está? preguntó con interés Noemi.
—No lo sé, contestó el juglar; tal vez le ha exterminado la justicia de Dios. Tu hermano mayor, Djeouar, murió hace un año, el mismo dia en que yo te ví en las márgenes del lago.
—¿Y quién te ha contado esa funesta historia? le preguntó Noemi, fijando en él una mirada escudriñadora.
Djeouar la sostuvo sin inmutarse, y refirió á Noemi la manera como habia llegado á sus manos la calavera mágica. Despues continuó:
—Yo te amo, Noemi: contigo podria ser aún honrado y virtuoso; tu amor me salvaria. Aben-Sal-Chem ha perecido; mi poder es inmenso; si quieres ser sultana, tuyas serán cuantas arenas y cuantas aguas alumbra el sol en las regiones y en los mares del Oriente; te he traido aquí para revelarte tu pasado, en este mismo sitio donde se ha vertido la sangre del esposo de tu madre, y donde ella misma está sepultada. Quiero que me ames, y me amarás.
—¿Acaso no te amo? dijo Noemi levantándose pálida y conmovida. ¿Acaso no eres tú el hombre que yo he visto en mis sueños? ¿No está unido mi destino á tu destino?
—Pues bien, exclamó Djeouar acercándose á la jóven, unamos nuestro amor, embriaguémonos en él; olvidemos nuestro pasado y hagamos que nos envidien los arcángeles de Dios.
—¡Aparta! gritó con terror Noemi, no me toques; hay entre los dos un abismo que nos separa, no sé por qué, pero jamás seré tu esposa.
—Pues bien, serás mi esclava.
—¡Tu esclava yo!... Y bien, podrás matarme y.... nada más.
—¿Con que nunca serás mia? gritó rechinando los dientes el juglar.
—Nunca, exclamó Noemi aterrada.
—¡Zim-Zam! exclamó colérico Djeouar.
El genio apareció.
—Abre camino á mi alcázar, y conduce á él esta mujer.
El genio tomó en sus brazos á Noemi, extendió su alquicel sobre las aguas, sentóse en él al par que Djeouar, y aquellos tres séres se hundieron lentamente en el lago.
A medida que descendian, las tinieblas se disipaban; destellos sin cuento de brillantes colores, reverberaban ante los ojos, produciendo una luz dulce y diáfana; hadas cubiertas con velos de cristal nadaban en torno del alquicel del genio, y en el fondo del lago se levantaba un palacio maravilloso, labrado con esmeraldas y topacios. Djeouar entró, depositó en el más magnífico de sus retretes á Noemi, y dijo al genio:
—Tú la guardarás; que el sueño pese sobre sus párpados en mi ausencia, y que sólo despierte cuando sea mi voluntad; ahora un ejército y un tesoro en Dembea.
Los deseos del juglar se vieron satisfechos apenas concebidos. Encontróse con una lucida hueste junto á Dembea, cuando el alba aparecia en el horizonte, y se hizo abrir las puertas.
—Creyentes: dijo á la multitud que le rodeaba atraida por el fausto de su comitiva; yo soy hijo del emir Abu-Djeouar-al-Seifu-l'-Islam-Al-muweiyid-Billah asesinado hace treinta años por el wisir Aben-Sal-Chem. Yo he muerto al asesino, y vengo á sentarme entre vosotros en el alcázar de mi padre.
El vulgo está siempre predispuesto en favor de las novedades, y, además de esto, los esclavos del juglar arrojaban en profusion monedas de oro á la multitud. Algunos viejos recordaban el gobierno justo del emir, y se declaraban en favor de su hijo; crecieron las dádivas de dinero, adelantaron lanzas y pendones, y por una parte el interés y por otra el miedo, abrieron camino á Djeouar hasta el alcázar, en cuyo pórtico fué aclamado emir.
Envió un magnífico presente al califa, y se adurmió en los goces de su próspera fortuna.
Todos los dias tocaba Djeouar la calavera mágica, y por su virtud se trasladaba al alcázar del lago; todos los dias veia á Noemi dormida y guardada por el genio.
Pero Djeouar era infortunado en amores; como de otras mujeres le separaba de Noemi un poder superior; sólo con ella era inútil su talisman.
Pasó un año, dos, tres, hasta nueve, y empezó á correr el décimo; Djeouar habia llegado al colmo del despecho; aquella mujer que dilataba su corazon, era para él un imposible; perdió la esperanza y se abandonó á su destino.
Entonces se dijo:
—Si no hay una mujer sobre la tierra que me dé su amor, yo buscaré una hermosura más allá de la vida; yo evocaré los espíritus del mar y los genios del aire, y lograré el amor de una hurí.
Entonces recordó la aparicion misteriosa de Kelb-namir; entonces su cerebro enfermo soñó encontrar la felicidad, tras la cual habia corrido en vano, en las hadas convertidas en vampiros, y en pos siempre de su insensato deseo, asió la calavera y las conjuró.
Los cuatro vampiros vinieron á posarse á los piés de Djeouar, y fijaron en él con ansiedad sus pequeños ojos sangrientos; el juglar los contempló con horror.
—Dejad esas impuras formas, les dijo, y mostraos ante mí tal cual habeis sido.
Cuatro hermosas doncellas aparecieron en vez de los murciélagos.
Eran Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeidah.
Un grito de admiracion del juglar, hizo reir á las cuatro hadas. Para ellas era inútil el prestigio que el talisman daba al juglar; le veian tal cual era en realidad; miserable, envejecido, encorvado, con su mugriento alquicel, su arquilla y sus cubiletes.
—Mirad qué lindo mochuelo, hermanas mias, dijo Obeidah sin curarse del furor que subia del corazon á los ojos de Djeouar.
—No, es un camello humano, dijo Zahra.
—El demonio en figura de jorobado, añadió Djeidah.
—Pues bien, ese hombre nos ama, dijo Betsabé, y cree engañarnos con la apariencia que le ha prestado el poder del cráneo de nuestro padre. Alegrémonos, hermanas mias; se acerca el momento de nuestra libertad. Matemos á este hombre, y apoderémonos de su talisman.
Djeouar se vió acometido por aquellas cuatro hermosísimas criaturas, pero tuvo tiempo de contenerlas con el mismo poder que las habia evocado. Su cólera habia crecido hasta el colmo; y si hubiera obedecido el talisman á su deseo, las hubiera exterminado.
Pero por primera vez su voluntad tuvo que doblegarse á lo escrito por el destino; el libro del porvenir se abrió ante él por un pasaje fatídico y siniestro. Djeouar leyó convulso aquella terrible escritura:
«En las tierras de Occidente, decia, hay un monte dominando á un pueblo; en la parte oriental del monte hay un abismo, y sobre aquel abismo se elevará una torre: hijos del Islam acrecerán el pueblo, y un nieto de reyes elevará un castillo sobre la colina y sobre el abismo. Así está escrito; y tú, juglar, y vosotras hadas condenadas, dormireis en su oscuridad, y dormirán con vosotras los que fueren vuestros amantes. Pero si lograis fascinar al hombre que ha de edificar el castillo; si lograis exterminarlo antes que ponga pensamiento ó mano sobre él, volvereis á vuestros alcázares del aire y á vuestros jardines de los lagos.»
Y Djeouar que esto leyó, consultó con su talisman para que le explicase el misterio de su profecía, y el talisman le dijo:
«La ciudad es Granada; el monte la Colina Roja; el castillo la Alhambra, y el nieto de reyes, Mohamet-Aben-A'bd-Allah-Aben-Juzef-Aben-Nazar-Aben-Al-Hhamar el de Arjona. Si la torre se levanta, las cuatro hadas y sus amantes dormirán en ella por toda la eternidad convertidos en murciélagos, y tú estarás en ella hasta que se rompa el encanto. Tu salvacion ó tu condenacion son un misterio insondable del destino, que sólo puede leer el Altísimo.»
—¿Con que mi poder no alcanza á mi porvenir? exclamó Djeouar, ¿con que he de seguir atado á esta cadena fatal, y en vano será que luche por romperla?
La rabia ahogó su voz; volvióse á Betsabé y sus tres hermanas, y les dijo:
—Volved á vuestra forma y cumplid vuestro destino.
Djeidah, Zahra y Obeidah se convirtieron en murciélagos; pero Betsabé permaneció con figura humana, y sólo en el centro de su blanca espalda nacieron dos pequeñísimas y negras alas.
—Soy tu esclava, dijo con repugnancia la hermosa, pero jamás conseguirás mi amor; eres feo, horrible, hediondo, y me inspiras horror, yo veo en el porvenir: mi amado es un príncipe hermoso y jóven, á quien amaré tanto como te desprecio.
—¡Me desprecias tú tambien! gritó con furor el juglar. ¡Tú, miserable espíritu condenado por Dios! ¡Tú, hermosa como la tentacion é impura como el nido del cocodrilo! ¡Tú tambien! ¡Oh! ¡Tú seguirás mi destino; tú sentirás como yo la sed implacable de un amor insensato!
Djeouar murmuró un conjuro, y Betsabé se encontró aprisionada en una cadena de oro cubierta de signos cabalísticos.
Pero ni las dificultades, ni el temor de la condenacion eterna fuéron bastantes á extinguir en Djeouar el fuego abrasador de su amor á la mujer; acordóse de que podia crear con el poder del talisman, y se burló de la amenaza del mago; este le habia dicho:
—«Serás poderoso hasta el punto de crear séres á tu antojo; pero guárdate bien de hacerlo, porque perderás tu poder y serás como los demás hombres.»
A pesar de esto, Djeouar quiso asemejarse al Espíritu Inmenso, al Criador, al Dios que ha dado vida y luz á cuanto es sobre la tierra, y cuanto guarda el mar, y cuanto el aire baña; quiso crear una mujer, hermosa como la que acompañó al primer hombre en el Paraíso.
La evocó y la vió; pero como se ve un relámpago, ó una aparicion, ó una ráfaga que pasa entre las nubes; la mujer surgió de la nada, hermosa, con todos los incentivos de la pureza y del amor; pero al par Djeouar se encontró de repente al pié de la palmera donde habia descansado en la confluencia del Nilo y del Bahr-el-Azrak.
¿Habia sido aquello una vision? ¿Habia dormido el semoum en el fondo del golfo Pérsico, y el mago, y la calavera, y Dembea, y Noemi, y Aben-Sal-Chem, no habian sido más que fantasmas de un ensueño sombrío?
No: todo era verdad, porque junto á él, sujeta á su cadena de oro, cubriéndose con su velo, estaba Betsabé, la hada de los sueños impuros y de los amores insensatos.
—No, no sueñas, dijo la hada leyendo en el pensamiento de Djeouar; cuanto has visto es verdad; pero esa verdad sólo existe para nosotros; porque Aben-Sal-Chem y Noemi; cuantos en Dembea te han conocido y respetado, libres por tu imprudente ambicion del encanto que pesaba sobre ellos, abrirán los ojos á la luz de esta alborada, y creerán cuanto ha sucedido un sueño que olvidarán al fin. En Dembea todo es paz; la escarpia destinada para tu cabeza aún está sobre la puerta; pero ve: el wisir al olvidar su encanto te ha olvidado tambien. Ahora soy una mortal como tú, y tengo necesidades como tú. Vamos á la ciudad, yo tocaré la guzla y bailaré, y tú seguirás tu profesion de juglar. Vamos.
Y Betsabé se levantó. Djeouar la siguió lentamente, y al trasmontar el sol de aquel dia, llegaron á Dembea.
La escarpia estaba sobre la puerta. La paz más profunda reinaba en las calles, los mercaderes cerraban sus tiendas, y los habitantes se dirigian á sus moradas. Algunos curiosos se agrupaban alrededor de Betsabé y del juglar, que la seguia asiendo la cadena de oro, miserable, viejo y cansado con su arquilla á la espalda.
Aquellos dos séres formaban un maravilloso contraste; ella deslumbrante de hermosura y de riqueza, con sus negros y brilladores cabellos entrelazados de perlas, su túnica de púrpura, sus sandalias aljofaradas, sus ajorcas de oro y diamantes y su guzla de marfil, en la que tañia lánguidos cantares; él horrible, hediondo, rebozado en un mugriento alquicel, y cubierta la cabeza con una toca desgarrada; y así, por medio del pueblo, sufriendo los sarcasmos y los insultos más groseros, llegaron al bazar de las esclavas.
Creyó la multitud que Betsabé se ponia de venta, y los más ricos se adelantaron; pero con admiracion de todos, el juglar y la esclava se detuvieron en el atrio del bazar.
—Saca la alfombra que hallarás en tu cofre, dijo Betsabé á Djeouar.
El juglar abrió el cofre, y dentro de él encontró dos objetos que le llenaron de admiracion; uno era el alquicel de Zim-Zam y otro la calavera del mago.
—Yo no veo esa alfombra, dijo Djeouar.
Betsabé tomó el que habia servido de alquicel al genio; era una finísima tela de seda azul de grandes dimensiones, de forma cuadrada y cubierta de signos mágicos, escritos con oro. Extendióla, hizo sentar en un ángulo de ella al juglar, y alzándose aérea y gentil en su centro, empezó una danza llena de encantos y voluptuosidad, uniendo al lánguido son de la guzla su voz dulce y sonora en un canto dulcísimo.
Pronto la multitud rodeó la alfombra; la danza y el canto de la esclava crecian en rapidez y en armonía; la cadena de oro agitándose asida á su lindísimo pié, completaba aquel acompañamiento fantástico, al entrechocarse sus eslabones que producian un sonido acompasado, vibrante y sonoro. Los cabellos de la hada se destrenzaron, formando una negra y flotante aureola en torno de su hermosísimo semblante.
Cuando cesó la danza y la jóven se sentó fatigada en el centro de la alfombra, mientras con la más descuidada languidez componia sus cabellos y reparaba el desórden de su túnica, cayeron sobre su regazo y sobre la alfombra monedas de oro, de plata y de cobre; cada uno de los espectadores vació su bolsa, y cuando Betsabé, indiferente siempre, reunió el dinero, encontró una enorme cantidad en oro, que guardó en el cofre, y con un desden propio de una sultana, arrojó á la multitud las monedas de plata y de cobre; despues recogió la alfombra, entregó el cofre á Djeouar, y poniendo en sus manos el extremo de la cadena, ella y él se abrieron paso entre las gentes que los rodeaban, y fuéron á hospedarse á un kan.
Y así vivieron un año; ella cantaba y tañia en las plazas y en los bazares; él entre tanto, ceñudo y silencioso, permanecia en el ángulo de la alfombra, sumido en hondas meditaciones.
Cada dia era mayor la cantidad que el pueblo arrojaba á la hermosa esclava, y llegó uno en que encontraron reunido casi un tesoro.
Ella acrecia en encantos; él menguaba en fuerza; su espalda se encorvaba más y más; su barba encanecia y sus hundidos ojos se amortiguaban; los sufrimientos habian hecho de él un imbécil; despues de haber amado á Noemi, amándola aún, amaba á Betsabé; pero siempre le era fatal su destino; estaba condenado al aislamiento y á la desesperacion. Betsabé le aborrecia como esclava; le despreciaba como mujer, y le inspiraba desgarradores pensamientos como hada.
Nunca existió hombre más desdichado que Djeouar.
Un dia, el mismo que terminaba un año despues de aquel en que habia perdido su poder por su ambicion, Betsabé le llamó junto á sí cuando entraron en el kan.
El miserable se acercó temblando. Nadie hubiera conocido en él al señor, y en ella á la esclava.
—Djeouar, le dijo Betsabé; hemos adquirido lo bastante para satisfacer nuestras necesidades; ya no volverémos á divertir á esas miserables turbas que pagan con su oro el placer de admirar mi hermosura. Hemos asegurado los goces materiales; y además de eso ha cambiado nuestro destino.
El juglar fijó una mirada estúpida en la mujer misteriosa.
—Ahora mismo hay en el alcázar una mujer próxima á dar á luz una niña, añadió la hada, y esa niña se nombrará Wahdah (Amor). Antes de ser mujer será esclava, porque así está escrito: cuando corran quince primaveras de su vida, será sultana. Un rey poderoso la dará su amor, pero antes ella habrá amado á otro. Y ese otro serás tú.
Djeouar sintió despertarse en el fondo de su alma la sed de amor que presidia su existencia, y se estremeció.
—Djeouar es imbécil, dijo; Djeouar es miserable, Djeouar es viejo.
—Yo he leido en el pasado, en el presente y en el porvenir, contestó Betsabé; muchas veces, cuando he vuelto cansada de la danza, en vez de entregarme al sueño, he meditado; yo veia en tí algo superior á la raza humana, y en vano me afanaba por descifrar el misterio de tu historia: dos noches ha que, ya tarde, á la hora en que mis hermanas entraban por aquella ventana á visitarme, recordé que ellas podian ir al lugar donde se oculta el espíritu de nuestro padre, y tal vez lograrian aclarar lo que para mí no era más que tinieblas; y llamé á mi hermana Djeidah, que vino á posarse junto á mí.
—¿Sábes dónde mora el espíritu de nuestro padre? le pregunté.
—En las grutas donde nace el Gran Rio (el Nilo), me contestó: allí moramos nosotras durante el dia, y reposamos junto á él.
—Pues bien, hermana mia, repuse, si el espíritu de nuestro padre está despierto, pregúntale quién es Djeouar.
Djeidah me ofreció preguntárselo, partió y volvió anoche.
—Ya sé quién es, me dijo; Djeouar es una hechura de Eblis.
El juglar se estremeció.
—Sí, continuó Betsabé; un dia, hace muchos siglos, Eblis estaba triste, más triste que de costumbre; pensaba cómo haria para ser igual á Dios. «Yo, decia, soy poderoso, pero mi poder es estéril; puedo amargar los dias del hombre y hacer que en la balanza de su juicio pese más el mal que el bien; pero no puedo crear, estoy solo y necesito un sér que sufra conmigo.» Eblis, pues, evocó un hombre, pero el hombre no apareció. Entonces, dijo: «Tenderé mis alas y llegaré á las puertas del quinto cielo, donde están las hadas, y engañaré á la más pura y hermosa.» Y batió las negras alas, pasó como una saeta junto á la luna, se cernió sobre el sol y llegó á la puerta del quinto cielo. Pero los muros eran de diamante, y tan altos, que la penetrante vista del espíritu condenado no encontraba su fin. Eblis sacudió furioso las puertas de oro, y ni aun las conmovió.
—¿Quién eres, preguntó desde adentro una voz dulce como el rumor de un arroyuelo.
—Soy un arcángel que ha caido del sétimo cielo, contestó Eblis, dulcificando su ronca voz; mis alas se han quemado al pasar junto al sol, y estoy cansado. ¿Y quién eres tú?
—Yo soy Nurminasoh (Nurminash-Shoh, Luz del Alba), y estoy esperando que pase la sombra, para ir á alumbrar el mundo; contestó desde adentro la voz.
—Pues bien, sal y yo iré contigo, dijo Eblis.
Poco despues la puerta se abrió, y apareció una hada hermosísima; sus cabellos eran rubios, su frente blanca, sus ojos celestes y su boca sonrosada; llevaba una larguísima y flotante túnica sembrada de estrellas y celeste como sus ojos; su aliento era balsámico y la acompañaban los céfiros; Eblis se escondió en el pórtico, y cuando la puerta se cerró, dejando fuera á Nurminasoh, se lanzó sobre ella, como el alcon sobre la paloma, la estrechó entre sus negros y membrudos brazos, y la besó en la frente; la hada dió un grito de terror y Eblis se alejó riéndose de su dolor.
Nurminasoh dió á luz algun tiempo despues un hijo, que tuvo por nombre Aben-al-Nurwaddallá (Hijo de la Luz y las Tinieblas). Desde el dia en que perdió su pureza entre los brazos de Eblis, la hada no pudo entrar en el quinto cielo, y desde entonces hasta ahora vuela alrededor del mundo, dejando caer sobre él su llanto y precediendo al sol. Aben-al-Nurwaddallá fué un réprobo y pocos justos ha habido en su generacion, de la cual son los únicos que restan Djeouar y su hermano Absalon.
—¿Y no te ha dicho más nuestro padre? pregunté á Djeidah.
—Sí, me dijo; añadió que sabia los sufrimientos de Djeouar, y que aunque estaba irritado contra él le concederia una hermosura, una inteligencia y una juventud eterna, si llevaba su calavera al lugar de su descanso.
—¡Oh! la llevaré, la llevaré, murmuró Djeouar; ¿dónde reposa tu padre?
—En la misma gruta á donde te condujo una balsa hace diez años.
El juglar no esperó más; sujetó la cadena de la hada á una columna, como acostumbraba todas las noches antes de entregarse al sueño, tomó el cofre donde guardaba la calavera, y salió de Dembea.
El dia siguiente á la misma hora volvió junto á Betsabé; su deformidad habia desaparecido; era otra vez el jóven hermoso, sábio y opulento; vestia el alquicel mágico del genio Zim-Zam, y bajo él traia un objeto que recató cuidadosamente de las miradas de Betsabé.
Era un gran libro escrito en pergamino, forrado con una tela de seda azul y cerrado con cordones de oro.
—Ha sonado la hora, dijo á la hada; esta es la última vez que estarémos juntos; sígueme.
Djeouar tomó la cadena de Betsabé, salió con ella del kan, y se encaminó al alcázar de Aben-Sal-Chem.
—Yo soy un astrólogo, dijo á los guardas, y quiero, si tu señor lo desea, descifrar el horóscopo de la hija que acaba de nacerle.
Algun tiempo despues, Djeouar y Betsabé entraban en el retrete de Noemi, donde en una cunita de ébano dormia una niña. Aben-Sal-Chem fijaba sobre ella una mirada sombría; la recien nacida tenia toda la semejanza de la belleza de Djeouar. Noemi estaba aterrada ante el silencioso furor de su esposo.
El juglar se acercó, llevando la frente casi cubierta con los pliegues de su toca y rebozado hasta los ojos en su alquicel.
—¿Quién eres? le preguntó Aben-Sal-Chem.
—Un astrólogo árabe, contestó Djeouar.
—¿Puedes decirme el horóscopo de esta criatura?
—Hé aquí lo que ha de influir en su destino, en el de tu esposa y en el tuyo; dijo Djeouar, mostrándole el libro azul que ocultaba bajo su alquicel, y sentándose á los piés del wisir y de Noemi, junto á la cuna donde dormia la niña.
Todos guardaron silencio. Djeouar abrió el libro y empezó á leer. Nada habia en su relato que hiciese referencia al horóscopo. Lo que Djeouar relataba era la historia de los amores de un rey nazareno con una judía.
Y á pesar de esto, apenas empezada la lectura, Aben-Sal-Chem, Noemi y Betsabé, sintieron que sus miembros se enlanguidecian, que pesaban sus párpados, y menguaban sus fuerzas; un sopor, profundo como la muerte, cerró sus ojos, y dejaron caer inertes las cabezas sobre los pechos.
Djeouar, sin dejar de leer, extendió sobre el pavimento su alquicel, arrastró á él á Aben-Sal-Chem, á Noemi, á Betsabé y á la niña; sentóse junto á ellos y prosiguió su lectura. El alquicel se elevó lentamente; salió á través de la cúpula del retrete y se lanzó en el espacio dirigiéndose al Magreb.
Djeouar seguia leyendo; los cuatro séres puestos por él sobre el alquicel, dormian profundamente, y eran conducidos á través de la inmensidad con una rapidez maravillosa; Djeouar veia pasar bajo sus plantas las nubes, y á través de ellas, las montañas, los campos, los rios, los lagos y los mares. Al fin, cuando la noche empezó á enseñorearse en el espacio, el alquicel descendió sobre una ciudad musulmana, y se detuvo en el terrado de una de sus casas.
Djeouar, aunque con dificultad, leia aún en el libro misterioso; la luz de la luna llena habia seguido á la del crepúsculo; las estrellas reverberaban en los cielos, cual clavos de diamante, en una inmensa bóveda de zafiros.
La ciudad á que habia arribado el juglar, era Cairvan; desde el terrado donde se posaba, se veian las altas y estrechas calles, perdidas en una penumbra que cortaba con su luz blanca y tibia la luna, á lo léjos, sobre una altura, velado por las brumas de la noche, y perdido en una lontananza de vapores, se veia un recinto torreado. Era el alcázar del walí.
Djeouar cerró el libro; tomó el velo de Betsabé, le rasgó, vendó con él los ojos y la boca á Aben-Sal-Chem y á Noemi; ató sus brazos y pronunció un nombre:
—¡Absalon! dijo.
Nadie contestó. El juglar volvió á repetir con imperio aquel nombre.
Oyéronse entonces tardos pasos en la escalera que conducia al terrado, y un hombre cubierto con una hopalanda negra, y ceñidos sus cabellos con un gorro amarillo, apareció ante el juglar.
Al llegar á este punto de aquella historia terrible, en que estaban consignados los crímenes y las desgracias de toda una generacion, el judío se detuvo de nuevo, abrió los ojos aterrado y los fijó en la sultana, que le escuchaba pálida y conmovida.
—¿Aún dura ese horrible sueño? murmuró con acento trémulo el judío. ¿Aún giran á mi alrededor los espíritus condenados, y las sombras de túnicas ensangrentadas?
Incorporóse con trabajo sobre el divan, y miró á la sultana.
—¿Quién está conmigo? murmuró. ¡Ah! ¡eres tú, la esposa del rey! ¡Wahdah, mi sobrina, la hija de Noemi, la nieta de Kelb-namir, la última mujer de la raza maldita! ¿Qué quieres de mí?
—¡Betsabé! murmuró con acento breve la sultana.
—¡Oh! ¡Sí, Betsabé! Tu historia está unida á su historia; tu destino está en sus manos; siento la muerte junto á mí y mis ojos leen en la inmensidad.
Volvió á dominar por un momento el silencio. Absalon se dejó caer de nuevo en el divan, y su voz tornó á resonar como antes en un canto lúgubre y monótono.
—Hace treinta años, dijo, era el principio de una hermosa noche de verano; la luna brillaba lanzando sobre Cairvan su diáfana luz, desde un cielo sin nubes; pero aquella noche tan serena, era para mí noche de sombras y de dolor; con la luz del dia, se habia apagado la luz de los ojos de mi esposa, de mi buena y noble Raquel; los ángeles habian llevado su espíritu al seno de Dios, y yo, triste y sin ventura, lloraba junto á su cadáver.
Sólo me acompañaban el silencio y el dolor, cuando oí una voz que me llamaba; era la voz de mi hermano; dudé, y escuché; la voz volvió á pronunciar mi nombre; aquella voz partia del terrado, y á pesar de mi terror, subí.
—¡Hermano mio! dijo Djeouar, hace mucho tiempo que no nos vemos; desde entonces un espíritu de maldicion ha volado junto á nosotros; yo he vendido mi alma á Eblis; tú has renegado de Dios; él tenga piedad de nosotros.
—¿Qué quieres de mí? le pregunté.
Djeouar me asió de la túnica y me llevó hasta la cunita de cedro. Tú, Wahdah, hermosa ya, dormias en ella.
—Cuando trascurran doce años, me dijo Djeouar, yo habré muerto, y esta niña, mujer ya, será tu esclava. Entonces la darás este amuleto.
Djeouar se inclinó sobre la cuna, y sacó de entre sus ropas una tablita de ébano cubierta de caractéres rojos, y un punzon de oro, que me entregó.
—Este amuleto la protejerá, hará inmarchitable su hermosura, y por él llegará á ser la esposa de un rey. Guárdalo, y cuando el destino te arroje junto á ella, cuando haya muerto yo, se lo entregarás.
Yo guardé el amuleto. Djeouar continuó, señalándome á Betsabé, que dormia aún.
—Hé aquí un sér condenado, me dijo: un sér sujeto al poder de un encanto, y que es necesario permanezca así hasta que el rey que ha de ser esposo de Wahdah, levante la torre sobre el abismo. ¡Ay de nosotros y ay de ellos, si el encanto de esta mujer se rompe!
—¿Y qué he de hacer?
—Que ojo humano no la vea, ni mancebos alcancen su hermosura, ni tu corazon se conmueva con sus lágrimas. Toma, añadió arrojando sobre mi túnica la mitad del oro que contenia una bolsa de cuero; eres pobre y no tienes con qué dar sepultura á tu esposa.
Djeouar arrastró fuera de la alfombra mágica á Betsabé, puso la cadena de oro que le aprisionaba en mis manos, y elevándose con la alfombra, atravesó los aires y fué á posarse en la selva cercana á Cairvan, donde hace diez y siete años ibas tú, hermosa y pura, los ardientes dias de estío, sobre las espaldas de tu caballo salvaje.
Allí dejó á tu padre entre la espesura, á tí junto á él, y envolviéndose en el alquicel mágico, tornó con tu madre á Cairvan, compró una casa, y se hizo cazador y mercader de pieles de fieras.
Entonces nos veíamos todos los dias, y me contó su historia, la de Noemi, la de Betsabé: yo me habia dedicado al comercio de joyas, y entrambos nos habiamos enriquecido.
Pero él estaba siempre entregado á una desesperacion sombría; amaba á Noemi, pero un poder superior le apartaba de ella; de ella, cuya vida se extinguia lentamente como la del árbol herido por el hacha. Sufria y callaba; ni una sola queja salió de sus labios durante doce años; ni una sola vez la infeliz preguntó por su hija ni por su esposo, á pesar de amarlos con toda su alma.
Llegó un dia en que no pudo dejar el lecho; la palidez de la muerte habia cubierto su frente, y se habian amortiguado sus ojos, alrededor de los cuales el sufrimiento habia señalado un círculo cárdeno. Entonces me llamó, hízome sentar junto á su lecho, y me nombró por la primera vez á su esposo y á su hija.
Yo no me atreví á negarme á este último y santo deseo de tu madre; todo se lo revelé. Tu padre al despertar del letargo, en la selva de Cairvan, se encontró solo contigo: creyóse aún en Dembea y llamó á sus esclavos; sólo contestó á su voz el grito del chacal hambriento; al fin comprendió que estaba léjos de los suyos, en una tierra extranjera abandonado á su destino. El odio con que te habia mirado por tu extraña semejanza con Djeouar, acreció con su desesperacion. El pensamiento de exterminarte surgió de su alma; pero no pudo dominar la repugnancia que le inspiraba tan horrible crímen. Te tomó en sus brazos, y resuelto á separarte de sí, se dirigió al castillo, y se presentó al anciano y justo walí de Cairvan.
—Esta muchacha, le dijo, es mi hija, y promete ser muy hermosa. ¿Cuánto me darás por ella?
—¿Qué quieres? respondió el walí.
—Dame un caballo.
El caballo fué entregado á Aben-Sal-Chem, que partió aquel mismo dia en direccion á Tunez, y desesperado murió en batalla, sirviendo á la tribu de los Zeyanes contra los Almohades, el primer dia de la luna de Dilhagia del año seiscientos cuarenta de la Egira[33].
Esta funesta nueva acabó de postrar á tu madre, que murió entre mis brazos. Lo demás lo sabes; un dia encontraste á Djeouar en el bosque perseguido por una pantera, y le amaste porque así estaba escrito. Tu amor le mató y te hizo mi esclava; tu destino te llevó junto al rey Aben-Al-Hhamar, y eres sultana.
Pero entre tí y el rey se ha levantado Betsabé; Betsabé, que es la muerte; Betsabé, que es la condenacion.
—¡Oh! no, no será, exclamó Wahdah, mirando con ansiedad al judío.
—Lo que está escrito se cumplirá, murmuró Absalon, cuya voz era cada vez más débil. Si la hada condenada fascina al rey, la torre no se levantará, y tú y los tuyos caereis bajo el poder de Eblis.
—¡No será! repitió Wahdah, porque yo diré al rey la historia de esa mujer.
—Has perdido tu talisman, murmuró con acento casi imperceptible el judío; el fuego lo ha devorado, y has perdido con él el amor de Al-Hhamar.
—¿Y no hay esperanza? gritó desesperada la sultana, asiéndose de la hopalanda del judío.
—Sí, murmuró este trabajosamente, ve á la Colina Roja, baja á la sima; en ella vela el espíritu de Djeouar.
Absalon enmudeció, su cabeza cayó sobre el divan y sus ojos mates rodaron en sus órbitas. Wahdah le contempló con terror. El judío era un cadáver.
En medio del silencio que siguió á este espantoso suceso, se levantó al léjos una voz sonora, aquella voz decia:
—¡Creyentes, venid á la oracion! acercaos al Dios santo, al Dios fuerte, al Dios justo; ¡venid á la oracion!
Era el muecin de la mezquita cercana, que llamaba á los fieles desde el alminar á la oracion de adohar.
Y tras aquel clamor solitario y piadoso, se alzó otro clamor, inmenso, terrible, que partia del coso de la fiesta; oyéronse gritos, choques de armas, y sonidos de clarines y atabales; era un estruendo de batalla, pero de una batalla encarnizada á muerte.
Muy pronto aquel estruendo se extendió; abriéronse puertas y ajimeces, y desde el del retrete de la casa de Absalon vió la sultana á los guardas del palacio y del castillo de Hinznarroman, correr desnudando sus espadas en direccion á Bib-Rambla.
Y el estruendo crecia; la lucha se prolongaba; algunas saetas perdidas pasaban silbando por cima del ajimez donde está Wahdah temblorosa.
Era un contraste terrible; fuera, la muerte, ruidosa, armada, imponente; dentro, silenciosa, fria, macilenta; allá el combate; en el retrete el cadáver del judío.
Aquel retrete tan rico, tan sonoro, tan alegre antes, con sus pebeteros de oro, el canto de sus pájaros y la ténue luz de sus lámparas; aquel divan embellecido con la hermosura de Betsabé, se habian tornado en un sepulcro sombrío y en un lecho mortuorio.
Volaba allí un espíritu maldito; faltaba aire y vida: aquellas paredes mataban.
Wahdah tomó de nuevo la lámpara de oro que aún ardia, se lanzó al pasaje subterráneo, llegó á su retrete en el alcázar, abrió la puerta que algunas horas antes habia cerrado, y llamó colérica á su servidumbre.
—¡Mi palafren, mi arco y mi azagaya! gritó al ver el primer esclavo que se acercaba.
La voluntad de la sultana fué instantáneamente satisfecha: ciñóse la cabeza con un bonete de acero, cabalgó de un salto en un valiente caballo negro, se hizo seguir por el escaso número de ginetes que habian quedado guardando la Casa del Gallo, y gritó:
—¡A Bib-Rambla!
La cabalgata partió; Wahdah aguijó su caballo, se deslizó á lo largo de las murallas del castillo, atravesó á rienda suelta algunas calles y se lanzó en el Zacatin.