V.
La segunda vision de Al-Hhamar.

I.

Por segunda vez, profundas sombras pasaron ante la vista del rey Al-Hhamar; su corazon no se habia estremecido al contemplar aquellos terribles prodigios, y sereno, valiente siempre, deseó saber hasta el fin su destino; el genio del porvenir tocó con su vara mágica el negro humo, y apareció otra vision.

Era la boca de una sima profunda; la luna iluminaba los bordes erizados de maleza, y horribles aves nocturnas revolaban sobre ella: á través de su negra grieta, surgia un ruido contínuo, sordo, pujante, semejante á veces á la carrera de un caballo, otras al rodar de un trueno lejano, ó al estruendo de una roca que desquiciada por el rayo, rueda por la vertiente de una montaña.

Más allá se dejaba notar otro rumor ténue, lejano, perdido, semejante al zumbido de una colmena; era el hálito que se desprendia de Granada; la union del ruido de sus zambras, de sus cantares, de sus riñas por amor, y del grito de alerta de sus atalayas.

Hacia mucho tiempo que los muezzines habian llamado á los fieles á la oracion de alajá: era ya muy entrada la noche, y ni en torno, ni léjos de la sima, en cuanto podia abarcar la vista, se veia ni un sér, ni una bestia, ni un ave, más que las nocturnas que volaban sobre el abismo oscuro y rugiente.

Era aquella la parte oriental de la Colina Roja, lugar temido, señalado como maldito por terribles consejas, y por el cual nadie se atrevia á transitar, sino en medio del dia, apresurando el paso é invocando el santo nombre de Allah.

Y á pesar de esto y de lo avanzado de la hora, apareció en la cumbre de la Colina una sombra blanca acompañada de otras que llevaban antorchas encendidas; la primera sombra tomó una de ellas, avanzó sola, llegó á los bordes de la sima, y descendió.

La bajada era una ancha espiral cortada en la roca, que se torcia pendiente y escabrosa en torno de la sima; cada vuelta terminaba en una plataforma; cada plataforma daba entrada á una gruta.

La sombra describió descendiendo siete vueltas, y se deslizó ligeramente como una gacela junto á seis grutas; en la sétima terminaba la senda; la sombra entró en ella.

La luz de la antorcha, reducida á un estrecho espacio, aumentó su brillantez; una ráfaga de viento emanado del fondo de la gruta, arrebató el velo de la sombra y dejó ver su semblante: era Wahdah.

Una segunda ráfaga, más fuerte que la primera, apagó la antorcha.

La sultana habia llegado hasta allí, dominando el terror que le inspiraba el extraño y medroso ruido emanado del fondo de la sima; ruido incomprensible, raudo, potente; entonces le oia de una manera inequívoca; le producia la carrera de un caballo sobre un pavimento sonoro; retemblaba la gruta, sentia Wahdah pasar y repasar aquella carrera debajo de sus piés.

El terror, dominado hasta entonces, se reveló inmenso, mortal: Wahdah quiso huir, invocó á Allah, y se volvió á la entrada de la gruta; pero su túnica se enredó en los espinos y la detuvo: creyóse asida por una mano invisible, y se desmayó.

Pero fuese que tornase del letargo, fuese una vision que él producia en su espíritu, abrió los ojos, y una luz más brillante que la del sol y la que pudieran lanzar todas las estrellas juntas, la deslumbró: lentamente su vista fué haciéndose superior á la influencia de aquella luz intensa, y vió, apoyada en la balaustrada de un ajimez festonado, sustentado por columnas de nácar, un magnífico aposento circular, cubierto por una cúpula estrellada y sustentado por delgadas columnas labradas con piedras preciosas; el pavimento era de una piedra de una sola pieza, roja y trasparente como el rubí y dura como el diamante; en el centro de él, dormida sobre almohadones de púrpura y rodeada por perfumeros de oro, en los que ardian la mirra y el aloe, se veia una mujer de maravillosa hermosura, envuelta en un largo sudario, blanco como su tersa y purísima frente, cuya hermosura realzaban los largos y ondulantes rizos de su negra cabellera, ceñida por una corona de siemprevivas, que por su frescura parecian recientemente cortadas de sus humildes tallos.

De aquella corona emanaba la luz diáfana y brillante que iluminaba el aposento, alrededor del cual, un segundo sér, jinete en un caballo blanco, corria á rienda suelta, pretendiendo en vano estrechar el círculo invisible y misterioso que le separaba de la mujer dormida.

Aquel hombre era un árabe de piel tostada y mirada salvaje; ceñia su frente una toca blanca; cubríale un caftan de lana, dejando desnudos sus brazos y sus piernas; un alquicel anchísimo flotaba sujeto á sus hombros, á impulsos de la veloz carrera del bruto, y en su diestra agitaba una larga y fuertísima lanza.

Cuando Wahdah, despues de haber contemplado el aposento, la mujer y el jinete, que estaban á sus piés, miró en torno suyo, vió otro hombre además, sentado en un nicho calado y abierto en el muro junto al ajimez, con las piernas cruzadas, sosteniendo sobre ellas un gran libro con forro azul, y apoyando en él sus brazos, mientras abarcaba con sus manos su cabeza hermosa, meditabunda y melancólica.

Aquel hombre posaba una mirada intensa en Wahdah, que tenia fija en él la suya, fascinada, pálida, temblorosa; quiso hablar, y las palabras espiraron en sus labios; quiso llegar hasta él, y le tendió los brazos.

—¿Qué me quiere la hija de mi hermana? dijo aquel hombre, cuya voz era lenta, dulce y grave: ¿por qué baja al infierno del árabe maldito?

—¡Djeouar! gritó haciendo un esfuerzo Wahdah.

—Sí, yo soy Djeouar, contestó aquel hombre, yo soy el que libertaste de la muerte y el que murió por tu amor. Yo soy el que ha inspirado á Absalon mi hermano, la historia de tu familia; yo soy el que te llevó hasta él y el que te ha traido aquí.

—¿Y qué haces aquí, Djeouar? preguntó con terror Wahdah.

—Escucha: aquella mujer que ves allí dormida, es una hurí. Esa hurí está encantada por ese árabe que corre en torno suyo, sin poder jamás llegar hasta ella. Mira cuál está ensangrentado el ijar del corcel; mira cuál el jinete bate sobre él el acicate. Corre, vuela como el semoum; sus herraduras no se han gastado á pesar de haber abierto sobre el pavimento un surco polvoroso; corre, vuela empujado por una mano invisible. Así, como ahora, ha corrido durante seiscientos setenta y dos años; así como ahora corre, correrá eternamente, porque ese hombre está condenado.

Yo he sido lanzado por el Señor fuerte, por el que llena la inmensidad de los cielos y da lumbre á las estrellas, y aves al aire, y peces al mar, y brutos á la tierra, para esperar aquí mi salvacion ó mi condenacion. Si antes de que muera tu esposo el rey Al-Hhamar, se levanta sobre este infierno una Torre de Siete Suelos, tú y tu hijo y yo, serémos en presencia de Allah cuando hayan trascurrido doscientos treinta y ocho años.

—¿Y qué he de hacer?

—Busca en tu alcázar, dijo el espíritu, en el sitio en que guardabas el talisman que has perdido, y encontrarás una tela de seda azul, en la que están escritos caractéres mágicos; es la alfombra del trono del alto Salomon (¡Allah sea con él!), el más poderoso de sus talismanes, el que puede evocar á los muertos y á los espíritus; envuélvete en él y evoca á Betsabé; cuando haya aparecido, pídela la sortija que posee con el sello de Salomon.

—¿Y despues?

—Despues esperarás la llegada de la noche, y cuando la luna toque á la mitad de su carrera, subirás al alminar del alcázar, despues de haber purificado tu espíritu con la oracion; tomarás entre tus manos la sortija, y volverás el sello al Oriente. Entonces... recuerda bien lo que te voy á decir, pronunciarás estas palabras: «Genios, esclavos del anillo y del sello; en nombre del alto y poderoso Salomon á quien Allah perpetúe la gloria, edificad la Alhambra (Al Qars-Al-hhamrra, Castillo Rojo).» Ve antes de que Betsabé pueda apercibirse de que la alfombra mágica está en tu retrete, porque si se apoderase de ella ¡ay de nosotros! ¡ay de tu hijo!

Wahdah se separó del ajimez, salió del alhamí donde estaba abierto, á un recinto oscuro; era la gruta donde se habia desmayado. La luna encumbrada en lo alto del firmamento, iluminaba con sus pálidos rayos hasta el fondo de la sima, y Wahdah salió de ella, llegó hasta el punto de la colina donde le esperaba su comitiva, y se hizo conducir en un palanquin á la Casa del Gallo. Cuando entró en su retrete, alejó á sus esclavas, cerró la puerta, y se dirigió al alhamí abierto en el muro, levantó el mármol de su pavimento, bajo el cual en otra ocasion habia encontrado un talisman, y pálida de impaciencia, cuidadosa, arrojó una mirada en la cavidad; en ella habia un pequeño cofre de sándalo. Sacóle, le abrió y dió un grito de insensata alegría. Dentro de él, cuidadosamente plegada, estaba la alfombra del trono de Salomon.

II.

En tanto Wahdah habia bajado al abismo, en un apartado aposento del alcázar, estaban dos jóvenes contemplándose con delicia, muellemente recostados sobre anchísimos almohadones.

Eran Betsabé y el príncipe Juzef A'bd-allah.

El, pálido, inquieto, devoraba con una mirada insensata las voluptuosas formas de la hada, arrojada con molicie entre sus brazos; ella derramaba en la mirada del príncipe el amor diabólico, matador, que fluia de sus ojos.

Una luz ténue y opaca iluminaba el aposento; envolvíale el silencio del misterio y del amor.

Betsabé parecia estar satisfecha y feliz; su seno se agitaba por una dulce conmocion; sus manos estrechaban calenturientas las del príncipe.

A pesar de esta aparente felicidad, de vez en cuando una imperceptible expresion de inquietud, nublaba el semblante de la hada; desprendíase de los brazos de Juzef, y miraba hácia el Oriente, que podia verse á través de los abiertos ajimeces.

—¿Qué luces son aquellas? dijo en una de estas ocasiones al príncipe, señalando algunas que brillaban en la cumbre de la Colina Roja, y alcanzaban á verse desde los almohadones en que se reclinaban.

El príncipe miró, y creyó reconocer el ademan de su madre en una forma que aparecia entre las antorchas, conducidas por esclavos negros.

—Serán sin duda cazadores nocturnos, contestó el príncipe, esquivando la pregunta de la hada.

—Mientes, repuso Betsabé; aquella mujer es tu madre. Si me amases no me engañarias.

—¡Si yo te amara! exclamó con delirio el príncipe; pues ¿por quién la luz me es odiosa y anhelo la venida de la noche con su soledad y su silencio? ¡Que no te amo, cuando me ves muriendo por tí!

—Y ¿qué me importa, si ese amor es inferior al que te inspiran los tuyos? Yo quiero ser sultana...

El rostro del príncipe se puso lívido, y su corazon se heló al escuchar estas últimas palabras.

—Yo queria ser sultana, continuó Betsabé; y para serlo era necesario que muriese tu padre; yo habia dado á un bruto una fuerza terrible por medio de mi talisman; Al-Hhamar estaba frente á ella; un momento más y era sultana. Pero tú te arrojaste entre el rey y el toro; temblé por tu vida, y mi talisman te hizo vencedor de la fiera. Habias hecho por entonces inútil mi poder. Y yo pude dejarte morir, como se abandona á un perro ó á un esclavo. Mi amor intenso, único, superior á mí misma, te salvó.

La conmocion del príncipe crecia.

—Más tarde, tropas enemigas inundaron el coso; como al toro, las hacia invencibles mi talisman; los caballeros más bizarros del reino cejaban ante ellas; el rey estaba acosado; por entonces habia logrado contenerte; obedecias á mi poder; pero llegó tu madre, te tendió los brazos y te lanzaste al combate por llegar junto á ella; te ví cansado, próximo á sucumbir, y mi amor te acorrió otra vez; arrollaste á los esclavos de los walíes, como el viento del invierno las secas hojarascas, y el rey se salvó. Yo te antepongo á todo, á mi felicidad, á mi salvacion, y ¡tú no me amas!

Betsabé arrojó sobre el príncipe una mirada suprema; el jóven tembló, sintió abrasarse su corazon y nublarse su espíritu, y cayó á los piés de su amada.

—¡Oh luz de mis ojos! la dijo: no llores; por cada una de tus lágrimas, verteria yo torrentes de sangre. Habla, dispuesto estoy; ¿qué quieres de mí?

—Quiero ser sultana.

—Pues bien, lo serás. ¿Qué me importan los siete cielos de Dios, si tú estás triste, lumbre de mi vida? Manda, tu siervo está ante tí.

Betsabé sacó del seno el pomo de oro que le habia entregado Absalon.

—Aquí está la muerte, dijo al príncipe.

—¿Y quién ha de morir? preguntó temblando Juzef A'bd-Allah.

—Al fin de esa galería, contestó Betsabé señalando una puerta frontera, hay un aposento que guardan esclavos y servidores; en ese aposento hay una fuente llena de agua cristalina donde hace su ablucion un hombre; es necesario que viertas este pomo en esa pila, tú, que puedes llegar libremente hasta ella, antes de que el muecin suba al alminar al lucir de la alborada para llamar á los fieles á la oracion.

—Pero ese es el aposento de mi padre, Betsabé, murmuró transido de terror el príncipe.

—¿Y qué me importa tu padre? gritó colérica Betsabé. ¿Qué me importas tú? Yo he visto caer ante mi generaciones enteras, á un leve impulso de mi voluntad, ¿y me resistes tú? ¡Esclavo de mi poder, obedece! añadió Betsabé, volviendo hácia afuera el sello del anillo de Salomon, que tenia ceñido en uno de sus dedos.

Juzef se levantó como al impulso de un poder incontrastable, llegó hasta la puerta señalada por Betsabé, atravesó la galería, pasó entre los guardas que velaban ante el aposento del rey, sin que ninguno le impidiese la entrada, sin que uno solo dejase de inclinarse al pasar el príncipe que entró.

III.

Una lámpara de hierro alumbraba el aposento del rey, modesto y severo, en cuyas paredes se veian escritas por do quiera suras (versos) del Koran: en un alhamí en el fondo dormia Al-Hhamar, con el sueño que prestan un corazon puro y una ambicion satisfecha. Sobre el lecho, cuyas ropas eran de blanco lino, la luz de la lámpara hacia lanzar brillantes destellos á un fuerte arnés, á una hacha de armas y á una espada.

El príncipe se acercó cautelosamente al lecho y contempló largo rato el noble y hermoso semblante de su padre: si este hubiese entonces despertado, le hubiera causado horror la expresion del semblante de su hijo predilecto, de su querido leoncillo, con quien tal vez soñaba en las horas de su breve reposo; los ojos del príncipe estaban desencajados, su boca contraida, sus mejillas cárdenas, sus manos crispadas. Una sonrisa siniestra vagaba en sus labios y su corazon estaba frio.

De repente, como arrastrado de una fuerza irresistible, se separó del lecho, llegó al centro de la estancia y, con una calma horrible, vertió el contenido del pomo en el agua que llenaba una fuente de alabastro. Luego, cauteloso como habia entrado, tornó junto á Betsabé.

Estaba rodeada de Djeidah, Zahra y Obeidah.

—¿Qué es de vuestros esposos? les preguntó.

Las tres hadas, como Betsabé á Juzef, se habian enlazado á los walíes.

—Abo-Ishac, contestó Djeidah, está inconsolable, por la pérdida del oro invertido en pagar sus caballeros; apenas repara en mí; es un miserable.

—Abu-Abdalá, dijo Zahra, está aún avergonzado de haber sido vencido por un niño, y me hace sufrir todas las rarezas de su ridículo orgullo. Es un gato salvaje que no me ama.

—Abul-Hassan, murmuró Obeidah, no se ha perdonado aún el descalabro de Bib-Rambla y ha levantado sobre mí su látigo. Es un perro infiel que me hace muy desdichada.

—¿Qué me importan vuestra felicidad ó vuestro enojo? exclamó colérica Betsabé, dirigiéndose á sus hermanas. ¿Os he lanzado yo junto á ellos para que solo penseis en el amor? ¿Qué hacen vuestros esposos? ¿Qué meditan contra el rey?

—Han enviado mensajeros, contestó Djeidah, acogiéndose bajo la fe y amparo del rey Alfonso X de Castilla: con él vendrán sobre Granada, y la muerte y el estrago cabalgarán delante de ellos.

—Pues bien, que entren sus algaras por la vega, dijo Betsabé, que arrasen sus villas, que incendien sus castillos; es necesario que si el tósigo respeta á ese hombre, sucumba por el hierro: es necesario que no se levante la Torre de los Siete Suelos. Idos, y cumplid lo que os he ordenado.

Las tres hadas desaparecieron. Juzef dormia, entregado á un letargo profundo; por los ajimeces penetraba ya la luz de la alborada.

Betsabé fijaba en la cumbre de la Colina Roja una mirada sombría; era el momento en que Wahdah salia de la sima.

—¡Oh! ¡ya es tarde para tí, esclava! murmuró Betsabé; el muecin llama á la oracion, y muy pronto el tósigo penetrará en las venas de tu amado.

Y en efecto, el muecin llamaba á los fieles, desde el alminar, á la oracion de azohhi.

Betsabé se dirigió al aposento del rey; los guardas la detuvieron.

—No puedes entrar, princesa, dijo uno de ellos; nuestro rey y señor está haciendo su ablucion.

Y era así; Betsabé, á través de las plegaduras del tapiz que cubria la puerta, vió á Al-Hhamar, arrojando sobre su cabeza el agua de la pila de alabastro situada en el centro del retrete real.

Entonces un pensamiento extraño surgió en su mente.

—¡Si Juzef no hubiera vertido el tósigo! se dijo.

Y corrió á su retrete donde dormia el príncipe, y le arrancó el pomo que asia aún entre sus crispadas manos.

—¡Vacío! ¡está vacío! exclamó Betsabé entregándose á una feroz alegría. ¡Oh! ¡volveré á mi eternidad, á mis jardines, á mis alcázares! ¡Oh Salomon! ¡qué grande y poderoso eres!

IV.

Pero la alegría de Betsabé fué de corta duracion; palideció su frente, estremecióse como por efecto de un terror invencible, y sus ojos se inyectaron de sangre; habia resonado en su oído una voz poderosa que la evocaba, una voz que la obligaba á obedecer como la del señor al esclavo.

Betsabé obedeció, pues, y apareció ante Wahdah.

Estaba esta envuelta en la alfombra del trono de Salomon; los destellos que lanzaba el talisman la rodeaban de una clarísima aureola; su hermosura tenia doble encanto; era entonces más hermosa que Betsabé, sólo podia comparársela á una hurí.

Su ademan era imperioso; su sonrisa terrible; la mirada de sus negros ojos, radiante é intensa, se fijaba en la de Betsabé, que comprendió su destino y cayó á los piés de la sultana.

—¡Perdon! gritó la hada; no me arrojes á las tinieblas y á la desesperacion, y seré tu esclava; quítame mi poder, pero que no se levante la torre sobre el abismo.

—Lo que está escrito se cumplirá, contestó Wahdah: ¿acaso pretendias, miserable espíritu condenado, hacerte superior á tu destino?


Betsabé entregó á Wahdah el anillo cabalístico, y salió de su retrete para encerrarse en el suyo.

Aún dormia el príncipe Juzef; Betsabé se arrodilló junto á él é inundó de lágrimas su frente; era la primera vez que la conmocion hacia brotar el llanto á los ojos de aquel espíritu soberbio y rebelde; era la primera vez que un amor de mortal habia llenado su corazon. Tal vez surgió en su mente el pensamiento de suplicar á Allah, pero su soberbia le rechazó, y desesperada, con la insensatez pintada en sus ojos, se replegó en un ángulo del divan.

El príncipe Juzef dormia. Betsabé sentia pasar el tiempo con una rapidez cruel; Wahdah en tanto contaba un siglo por cada vez que la voz del muecin llamaba á los fieles á la oracion; al fin llegó la hora de alajá: la noche encapotaba el espacio, la luna habia aparecido en el Oriente. Wahdah, reclinada en el ajimez, miraba á la Colina Roja y esperaba que la luna llegase á la mitad de su curso. Al fin llegó el momento tan temido por Betsabé y tan anhelado por Wahdah; la luna tocó en lo más alto de su órbita, y la sultana volvió el sello de la sortija cabalística al Oriente.

—¡Genios, esclavos del anillo; y del sello! exclamó. ¡En nombre del alto y poderoso Salomon, á quien Allah perpetúe la gloria, edificad el castillo de la Alhambra!

Apenas pronunciadas estas palabras, nublóse la luna, giraron en el espacio millones de sonoros rumores, y en la cumbre de la Colina Roja, aparecieron antorchas sin número, á cuya luz se veian cruzar, perderse y volver á aparecer multitud de hombres.

Una niebla densa fué velando la colina y todo lo envolvió; la sultana permaneció en el ajimez; veíase aún el resplandor informe y dudoso de las antorchas, oscilando, alejándose y tornando á aparecer; al fin la luz del crepúsculo dominó aquel resplandor mate, la alborada disipó la niebla, y Wahdah vió ante sí con asombro sobre la cumbre de la Colina Roja, un fuerte castillo.

Cuatro murciélagos pasaron entonces lanzando agudos gritos por delante del ajimez de Wahdah: eran Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeidah.

La Torre de Siete Suelos se habia levantado sobre el abismo y las cuatro hadas iban á esperar en su oscuro seno á sus amantes.

Wahdah, entregada á una alegría delirante, corrió al aposento de su esposo. Este hacia su ablucion en la misma fuente en que el dia anterior habia vertido el tósigo el príncipe Juzef A'bd-allah.

El rey la miró con semblante severo; Wahdah se prosternó ante él.

—Levántate, Wahdah, exclamó el rey: ¿por qué abandonas tu retrete, cuando no te han llamado mis esclavos?

Wahdah se levantó y extendió su diestra en direccion á un ajimez á través del cual se veia la Colina Roja.

El rey exhaló una exclamacion de sorpresa.

—¿Qué torres son aquellas, dijo, que se levantan sobre la montaña? ¿Qué alminar es aquel que se eleva hasta las nubes? ¿Y de quién aquel alcázar cuyas cúpulas de oro lanzan rayos de fuego heridas por el sol de la mañana?

Wahdah refirió al rey el orígen de Betsabé, su ambicion y su odio hácia él, y le entregó el anillo y la alfombra de Salomon.

V.

El rey se arrojó en los brazos de la sultana, y la besó en la frente. Despues llamó á sus caballeros, á sus guardas y á sus esclavos, y se dirigió á la Colina Roja.

Cuando llegaron al castillo, le hallaron abandonado: las puertas abiertas.

El rey se detuvo ante ellas: una mano esculpida en la clave del arco exterior y una llave de la misma manera representada en el inferior, excitaron su curiosidad, y dijo á uno de sus sábios:

—Dime, así Allah perpetúe tu generacion sobre la tierra, ¿qué significa esa mano y esa llave?

El sábio meditó un momento, oró al Señor, y su espíritu subió hasta él.

—Cuando esa mano, contestó al rey, descienda hasta tocar la llave, los espíritus condenados que encierra la Torre de los Siete Suelos, tenderán sus alas sobre Granada; muerte y desolacion caerá sobre ella, y los hijos del Islam desaparecerán sobre la haz de la tierra.

El rey dió el joyel de su toca al sábio, y pasó adelante: desde aquel dia hasta la hora en que murió, habitó en el alcázar, y despues de su muerte fué sepultado en él.

VI.

Por esta vez el genio del porvenir no hizo desaparecer la vision; el rey Al-Hhamar contemplaba extasiado aquel fuerte castillo con sus torres almenadas, sus agudos y esbeltos mirabetes y su magnífico alcázar con cúpulas doradas.

—Espada del Islam, dijo el genio dirigiéndose al rey; tú has preguntado á aquel que ha sido, es y será, por qué tu alma está cubierta de una tristeza profunda, que hace tus dias sombríos y tus noches sin sueño; y Allah me ha ordenado abrir ante tí el libro del destino; has leido su página funesta; te has visto vendido por tus walíes, asesinado por tu hijo; has sentido en tus venas el frio del tósigo mortal y no has temblado, ni el grito de la venganza ha resonado en tu corazon; eres valiente, generoso y magnánimo, y el Señor fuerte é invencible es contigo. Ese alcázar que ves, llevará á la posteridad tu nombre, y una mujer, elegida por Allah entre sus huríes, morará contigo por toda la eternidad. Mira.

El castillo se veló en profundas nieblas al contacto de la vara del genio, y en su lugar apareció una mujer. Ni el alba es más fragante, ni el sol más resplandeciente, ni las nubes de la montaña más blancas, que aquella aparicion divina; las palabras de los hombres no eran bastantes para encarecer su hermosura.

El corazon del rey se estremeció de amor, y tendió los brazos á la hermosa que fijaba en él la dulce y purísima mirada de sus ojos negros.

—Aguarda, le dijo el genio, aún no conoces enteramente tu porvenir; al espirar una luna desde este momento, tu cuerpo habrá descendido al sepulcro; el tósigo habrá roido lentamente tus entrañas; tu hijo te habrá entregado á la muerte; ¿qué castigo pides á Allah para el parricida?

Al-Hhamar se prosternó.

—¡Es mi hijo! exclamó, ¡mi hijo á quien amo! ¡Desdichado de él que ha caido en poder de Eblis! ¡Perdon para mi hijo!

—Justo entre los justos, magnánimo entre los magnánimos; tu hijo será contigo en el Edem, cuando el príncipe Aben-al-Malek rompa el encanto de la hurí que duerme en la Torre de los Siete Suelos.

El rey se levantó, la mujer de sus amores, la hermosa presentada á él por el genio del porvenir, se arrojó en sus brazos; Al-Hhamar aspiró la suavidad que se desprendia de su sér, reclinó la frente sobre su purísimo seno, y un letargo delicioso cerró sus ojos, creyóse elevado en el espacio, suavemente mecido por las brisas, en una region misteriosa, velada en sombras é impregnada de perfumes: tanta felicidad oprimia su corazon, y despertó.

Al abrir los ojos se encontró en la cumbre de la colina y al pié del sauce donde habia tomado descanso, al bajar fatigado de la caza por las vertientes del Cerro del Sol. El alba se levantaba en el Oriente, Granada despertaba sobre su lecho de flores.

Nada recordaba el rey de cuanto habia visto en el alcázar del destino: acaso habia sido un sueño de esos que pasan sin dejar recuerdos y se hunden en el pasado despues de haber abierto ante nuestros ojos el libro del porvenir.

—¡Oh! ¡cuánto he dormido, y cuán profundamente! dijo el rey. ¡Mis caballeros me esperan impacientes para comenzar la fiesta! Vamos: es necesario que hoy mismo sea declarado mi sucesor y partícipe del mando el príncipe Mohamet.

Y bajó de la colina, y entró en su alcázar, y bajó al coso alzado en Bib-Rambla, acompañado de la sultana y de las mujeres de su harem, y de lo más cumplido de la nobleza mora.

VII.

Y de allí en adelante, todo sucedió como habia sido el sueño, porque así estaba escrito.

El castillo se alzó sobre la colina, y el rey fué á él y puso su estandarte rojo sobre la torre más alta de la alcazaba, y trascurrida una luna desde la noche en que el rey tuvo el sueño misterioso, la muerte fué con él.

Y aconteció de esta manera.

VIII.

Los walíes de Málaga, Guadix y Comares entraron por la tierra llevando en sus algaras adelante la frontera. Acorríales el rey Alfonso X de Castilla, y una hueste poderosa amenazó los muros de Granada. El rey Al-Hhamar se vistió el arnés, reunió en torno de su bandera á sus caballeros, y salió contra los rebeldes; al pasar bajo la puerta de Bib-Al-bolut, rompióse la lanza al primer caballero que iba en los adalides, y túvose esto por mal agüero; y uno de los sábios que siempre acompañaban al rey, le dijo:

—Torna, señor, torna, que ya veo el cuervo cernerse en los aires y canta la corneja; torna porque la muerte te espera en esta jornada.

—¿Qué puede el hombre contra su destino? dijo el rey; si morir hé, ¿dónde ocultarme que la muerte no sea conmigo?

Y siguió adelante, al frente de sus caballeros.

Y á poco más de mediodía de camino, sintióse cansado y enfermo, y se detuvo y llamó á sus sábios.

Los sábios le dijeron:

—Tósigo te han dado, señor, y tus dias están contados; vuélvete á tu ciudad si quieres morir junto á los que amas.

El rey tornó hácia Granada, pero antes de llegar á la ciudad se agravó su dolencia, y alzando su pabellon le entraron en él y le rodearon todos los caballeros, así muslimes como cristianos que le seguian, y los sábios no sabian qué hacer.

A cada momento era más espantosa la lividez del rey: á medida que la muerte se acercaba, su pensamiento leia en el pasado y sólo entonces recordó las visiones que habian sido ante él en el alcázar del Destino; recordó á su hijo Juzef vertiendo el tósigo en la fuente donde hacia su ablucion, y oró á Dios por su hijo. Despues se apoderaron de él horribles convulsiones; arrojó por la boca espumosa y negra sangre, y le llegó el decreto de Dios á la hora de almagrib (puesta del sol) el dia veinte y nueve de la luna de guimada postrera del año seiscientos setenta y uno[34].

Enterrósele con gran pompa en el cementerio que él habia mandado edificar en su mismo alcázar, para sí y sus descendientes, embalsamado en caja de plata cubierta de preciosos mármoles, en que su hijo Mohamet mandó esculpir en letras de oro este epitafio:

«Este es el sepulcro del sultan alto, fortaleza del Islam, decoro del género humano, gloria del dia y de la noche, lluvia de generosidad, rocío de clemencia para los pueblos, polo de la secta, esplendor de la ley, amparo de la tradicion, espada de la verdad, leon de la guerra, sábio adalid del pueblo escogido, defensa de la fe, honra de los reyes y sultanes, el vencedor por Dios, el ocupado en el camino de Dios, Mohamet Aben A'bd-Allah-Aben-Juzef-Abem Nazar, el de Arjona, el vencedor y el magnífico; ensálcele Dios al grado de los altos y justificados, y le coloque entre los profetas, justos, mártires y santos. Fué su tránsito, dia veinte y nueve de la luna guimada postrera, año seiscientos setenta y uno. ¡Alabado sea aquel cuyo imperio no fina, cuyo reinar no principió, cuyo tiempo no fallecerá, porque no hay más Dios que él, el misericordioso y clemente!»

IX.

Y tras la muerte del rey, desaparecieron de sobre la haz de la tierra el príncipe Juzef A'bd-Allá y los tres walíes rebeldes, sin que sér humano supiera qué habia sido de ellos.

Y la sultana Wahdah murió poco tiempo despues que Al-Hhamar, por el que hizo tal llanto como le habia amado en vida.

X.

Sucedió al rey en la silla de Granada su hijo Mohamet II, y vinieron con los tiempos tras él diez y nueve reyes hasta Abou-A'bd-Allah Al-Ssaghír (Boabdil el Chico) y A'bd-Allah Ai-Ssaghar (el Jóven) que perdieron el reino. ¡Dios los perdone!

Y todos ellos enaltecieron á Granada y hermosearon la Alhambra.

¡La Alhambra! ¡el Palacio de Rubíes, por quien llora el árabe en el desierto! ¡Granada! ¡la Damasco de Europa! ¡la perla de Occidente! ¡Que Dios, el justo, el santo, el bueno, tenga piedad de su pueblo escogido y le vuelva su Edem! ¡Que se cumpla pronto lo escrito, porque está escrito que el árabe volverá al Palacio de Rubíes!