Quince años habian transcurrido desde la fatal luna de rabie, primera del año ochocientos noventa y siete[35], en que las huestes de los reyes de Castilla y Aragon habian arrojado de Granada al débil Boabdil, y habian clavado la cruz del Nazareno sobre las almenas de la torre de la Alcazaba.
Todo lo habian profanado: el vencedor puso en el mirab su planta impura, y el harem fué abierto á las mujeres castellanas; el trono de Al-Hhamar el Magnífico habia sido arrastrado por el polvo, y el yugo y las flechas coronados por el Tanto monta, empresa de los reyes cristianos, habian sido esculpidos en la sala de justicia del alcázar sobre las suras del santo Koran.
El genio del islam huyó indignado de la Alhambra y de Granada, y Eblis se cernió gozoso sobre el mirab profanado.
El nazareno lo recorrió todo, en busca de los tesoros de los vencidos; bajó á las cisternas, recorrió las minas, y penetró en los subterráneos, como aquel que en una casa deshabitada va en busca de alguna prenda ó joya olvidada por el dueño.
Pero hubo un lugar en el que en vano pretendieron penetrar; le defendia el terror y le envolvia el misterio.
Este lugar era la Torre de los Siete Suelos.
Era esta torre circular; coronábala una muralla, defendida por dos fuertes torreones, entre los cuales habia una puerta, por la cual salió el desdichado Boabdil para entregar las llaves de la ciudad á los vencedores.
Entre los torreones, la muralla y la torre misteriosa, existia un foso por el cual se llegaba á una puerta de hierro pequeña, capaz sólo para que pudiese penetrar un jinete en los Siete Suelos.
Sólo con inauditos esfuerzos se habia logrado abrir aquella puerta y penetrar en el primer suelo; una vez allí, oíase un ruido sordo, el vuelo contínuo de un enorme y solitario murciélago, que lanzaba gritos semejantes á los de una mujer desesperada, y al que contestaban subiendo del abismo, otros seis gritos horrorosos; uníase á esto un viento pujante que apagaba las antorchas; un ruido sordo y atronador semejante al de un torrente ó á la carrera de un millon de caballos, y además una atmósfera impregnada de miasmas fétidas trastornaba los sentidos y hacia huir de aquel lugar de muerte á el imprudente que en él se habia aventurado; y si alguno fué bastante audaz para llegar, arrostrando los horrores del primero hasta la puerta del segundo suelo, nunca volvió á parecer.
Con estos prodigios la torre se habia hecho respetable; temblaban los soldados nazarenos, al entrar de guardia en ella, y más de un escucha fué víctima de su terror al encontrarse solo en su plataforma en las altas horas de las oscuras noches de invierno.
El mismo dia en que finaban quince años despues del de la conquista, á la hora en que las campanas tañian la azalá de alajá de los cristianos, un mancebo, jinete en un caballo negro, apareció entre los árboles que rodeaban la torre.
Era el príncipe Aben-al-Malek, el que en la alborada de aquel dia que finaba habia partido, sobre el caballo de su padre, obedeciendo á su destino y á la voz del anciano morabhita Abu-Kalek.
El bruto lanzado en el espacio habia salvado como tempestad la distancia, atravesando los desiertos y surcando los mares; ave, bruto y pez, habia conducido al príncipe á la torre misteriosa donde dormia encantada la hermosa hurí Fayzuly, la doncella de las trenzas negras, la querida de su corazon.
Aben-al-Malek desmontó; ató su corcel á uno de los árboles y se aproximó á la torre; la luna menguante y opaca brillaba con débil resplandor entre grupos de espesas nubes; á su escasa luz el príncipe vió los torreones almenados; el recinto circular y el oscuro foso; un soldado cristiano, con el arcabuz al hombro y la mecha encendida, velaba en los adarves.
Aquel hombre vió acercarse al príncipe y preparó su arcabuz lanzando un medroso ¿quién va? desde las almenas.
Aben-al-Malek envió por contestacion su ligera y fuerte pica de dos hierros al adarve; oyóse un sonido estridente, como el que produce el hierro al romper el hierro, un grito de dolor, y un golpe sordo y desmazalado; el cadáver del atalaya habia vacilado sobre la almena y habia caido al foso.
El príncipe llegó hasta la puerta de hierro que conducia á los Siete Suelos y que se abrió ante él.
En aquel momento la torre osciló como al impulso de un sacudimiento subterráneo; salió de su fondo y de sus suelos un rugido sonoro, inmenso, producido por muchas voces humanas; iluminóse el oscuro antro con la diáfana luz del dia, y el príncipe entró invocando el santo nombre de Allah.
Estaba en un alcázar magnífico, el silencio y la paz más profunda volvieron á dominar despues de su entrada. Delante de él y adelantando siempre revoloteaba un enorme murciélago.
Antes de que el príncipe entrase en la torre, en el fondo de ella tenia lugar un acontecimiento extraño.
El espíritu de Djeouar velaba en el mismo nicho donde le habia visto la sultana Wahdah, con sus piernas cruzadas, el libro forrado de seda azul sobre ellas, los codos apoyados en el libro y el rostro entre las manos.
Abajo, en el fondo del retrete, velada por su blanco sudario, ceñidos los cabellos por la corona de siemprevivas, de la cual emanaba la luz que llenaba de un ambiente diáfano aquel magnífico aposento, dormia la hurí Fayzuly; y Aben-Zohayr, el árabe vendido á Eblis y maldecido por Dios, corria aún como antes, la vista fija en la hurí, flotante el alquicel, la pica enhiesta, ensangrentado el acicate; su caballo blanco, lanzaba fuego por las anchas narices, y corria, volaba con la rapidez del rayo lanzando en su carrera el polvo que, arrancado por sus herraduras del pavimento, se elevaba formando una especie de niebla contínua, en cuyo fatídico círculo se veian pasar y volver á pasar, siempre incansables, siempre veloces, el caballero y el bruto.
Además habia otro sér en la torre; era un hermoso mancebo de quince años; el bozo no habia orlado aún su semblante; su traje era de riquísimo brocado, lucia en su toca un joyel de diamantes y ceñian sus piés unos borceguíes de grana labrados con oro y armados con acicates de caballero; sobre su pecho lucia un escudo que mostraba pintado un murciélago negro, con este mote en rojo: Si no venzo, esta es mi suerte; y sujeto á su cintura en una faja de la India se veia un ancho y reluciente alfanje.
Este mancebo dormia sobre el pavimento, y por acaso tal vez reclinaba su cabeza sobre el seno de la hurí: los dos eran hermosos; hubiéraseles podido tomar por dos amantes guardados por un demonio, y por un ángel caido, sufriendo el poder de un encanto; los dos soñaban sin duda, porque en la animada expresion de sus semblantes dormidos, se traslucia el pensamiento abierto á la luz del mundo de los sueños.
El de ella debia ser tranquilo, lleno de encantos y placeres; porque en sus labios lucia una sonrisa inefable; el de él, terrible, apenador, sombrío, porque su semblante estaba cubierto de frio sudor, y la expresion de un dolor agudo contraia la pureza de las hermosas formas de su boca.
La torre estaba tranquila; no se oia otra cosa que el son monótono, seco y contínuo de la carrera del caballo; la hurí y el jóven dormian, Djeouar meditaba, y el árabe corria.
De repente, se alteró aquello que podia llamarse paz en la torre: oyéronse siete voces que partian de fuera del retrete, bramadoras, disonantes; voces infernales que clamaban á grito herido; el árabe entonó un atronador canto de guerra; y el caballo, apresurando su carrera, unió su relincho extridente y poderoso á aquellas voces malditas: Djeouar se levantó sobre el nicho, teniendo el libro azul entre las manos, y dominando con su voz fuerte y sonora aquel estruendo infernal, gritó:
—Despierta, príncipe Juzef A'bd-Allah; despierta; ha llegado la hora; despierta y escúchame.
El mancebo que dormia junto á la hurí, despertó y se puso de pié.
—¿Quién me llama? dijo con una voz timbrada por el dolor y la tristeza, ¿ha sonado ya la trompeta del arcángel?
—Príncipe, continuó Djeouar; tú vertiste tósigo de muerte en el agua de ablucion de tu padre el rey Al-Hhamar el vencedor y el magnífico, á quien Dios perpetúe la gloria, y dejaste caer sobre él la losa del sepulcro.
El príncipe se prosternó.
—Pero tu sér estaba fascinado por los espíritus infernales, continuó Djeouar; pudiste haberlos alejado de tí, purificando tu espíritu con la oracion; pero eras irreligioso é impío, te mofabas de Allah, y Allah te ha hecho expiar tu culpa.
El príncipe seguia prosternado.
—Levántate, Juzef, prosiguió Djeouar.
El mancebo se alzó del pavimento y escuchó á Djeouar.
—Sin los ruegos de tu padre, varon justo, que te perdonó al morir, el puente Sirat se hubiera roto bajo tu planta, y hubieras caido en el fuego eterno, como Aben-Zohayr el árabe condenado. Pero aún no está terminada tu prueba; tú padecerás conmigo hasta que un príncipe bendecido por Dios, rompa los siete encantos á que están sujetos los Siete Suelos de esta torre, hasta que venza á Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeidah, y á los walíes de Málaga, Guadix y Comares, que transformados en murciélagos, guardan cada uno de los Siete Suelos.
—¿Y qué he de hacer? contestó el príncipe.
Djeouar fijó su mirada en la resplandeciente cúpula del retrete.
—Veo el sol, dijo, trasmontando las cumbres de los montes de Loja; la noche se levanta más allá del mar en las regiones de África, y pronto tenderá su manto sobre la cumbre de la sierra de la Helada; cuando la luna brille sola en el espacio en las primeras horas de la noche, el príncipe Aben-al-Malek entrará en la torre de los Siete Suelos.
El príncipe encontrará ante sí la tentacion: la hermosura de Betsabé y de sus tres malditas hermanas, le ofrecerá todos sus encantos.
Pero el príncipe ha nacido con buenas hadas, es fuerte, valiente y fiel, y lo protege la invencible mano del omnipotente Allah.
Y el príncipe Aben-al-Malek, como vencerá con la fuerza de su corazon los encantos de las cuatro hadas malditas, é irá encontrando vueltas por un momento á su forma humana y embellecidas por su maravillosa hermosura y la espléndida riqueza de sus galas, á medida que descienda del uno al otro suelo de la torre, vencerá sucesivamente á los tres formidables walíes de Málaga, Guadix y Comares, que habrán dejado por un momento de ser murciélagos, para ser lo que eran antes de su condenacion: tres lobos furiosos nunca hartos de sangre y de exterminio.
El príncipe Aben-al-Malek llegará aquí vencedor de la hermosura y de la fuerza; pero cansado, combatida el alma y enlanguidecido el cuerpo.
Aquí le espera su más terrible combate.
Mi libro azul ha terminado (y Djeouar cerró el libro): su poder mágico no existe; su última página ha concluido.
Cuando llegue la media noche; cuando la luna brille en lo más alto del cielo; cuando todo esté sumido en el sueño y el silencio, el príncipe Aben-al-Malek habrá penetrado en este recinto.
Y entonces yo no podré sumergir en un sueño profundo á Aben-Zohayr, el árabe condenado por los amores de Fayzuly, la más hermosa de las huríes del Señor, que duerme encantada junto á nosotros, que espera el amor de su alma con el príncipe Aben-al-Malek, con el esposo que le ha destinado la misericordia de Allah.
—¿Y qué he de hacer yo? exclamó con la voz sonora y vibrante el príncipe Aben-Abdallah.
—Si tú encontrares en tu corazon el valor de tu padre, de tu noble y magnánimo padre asesinado por tí, dijo con voz ronca Djeouar, haciendo estremecer desde el cabello á la planta, el sér entero del príncipe Ab-da-lá; si tú ayudares al bravo príncipe Aben-al-Malek, el árabe maldito te abrirá con la muerte la sombría puerta del Alcázar de la eternidad, en el cual encontrarás el perdon y las delicias del Paraíso.
—¡Oh! la muerte con su eterno descanso, exclamó con acento de profundo dolor y de ardiente esperanza el príncipe Aben-Abdallah; el sueño de la muerte con su eterna sombra, con su eterno reposo, con su eterna insensibilidad antes que este sueño de condenacion, de dolor, de espanto, en que veo sin cesar fija en mis ojos la mirada expirante de mi padre asesinado por mí. ¡Oh! yo lucharé como el hambriento leon del desierto, si en esa lucha he de encontrar la paz de la tumba aunque no se abra para mi alma la puerta del Paraíso.
—El espíritu del hombre es inmortal, dijo Djeouar con acento inspirado; el espíritu del hombre no puede perecer y ser envuelto por la tierra como los fragmentos de una vil vasija; el espíritu del hombre es inmortal como el espíritu de Dios que lo ha creado y la eternidad de su destino, ya entre los horribles tormentos del fuego eterno, ya entre las desconocidas bienaventuranzas con que Dios premia la creencia, el martirio y la fe de los justos, allí donde todo es luz, todo hermosura, todo placer, todo felicidad. Levanta tu corazon á Dios, ora con toda la fe que encuentres en tu alma, y espera. Se acerca el momento de tu perdon ó de tu condenacion. Si cuando el príncipe Aben-al-Malek llegare junto á nosotros, si cuando se revuelva terrible sobre él Aben-Zohayr, tú no te interpusieres, y dominado por el terror abandonares al príncipe Aben-al-Malek cansado y combatido, tu cobardía te habrá condenado, príncipe Aben-Abdallah.
—Las amargas hondas de la fuente del arrepentimiento han lavado y purificado mi alma, dijo con voz dulce y triste el príncipe: yo siento arder suavemente en ella el fuego de la caridad; yo gozo el inefable consuelo de la fe; mis ojos se anegan en la radiante luz de la esperanza. Yo siento engrandecido y fortalecido mi sér por la proteccion del Dios único é invencible, valor de todo valor, fuerza de toda fuerza, que sólo es, que sólo vive, y para quien nada hay incontrastable. El luchará conmigo, él me dará fuerzas para que por mí se cumpla lo que está escrito. Pero dime tú si lo supieres, si yo he de perecer en la pelea ¿qué será de ese príncipe á quien aguardas, cuando mis ojos se hayan cerrado á la luz de la vida, y mi alma vea la eterna luz de Dios?
—Aben-Zohayr, corre, corre, incansable, terrible, sujeto á su encanto; corre en torno de Fayzuly, procurando en vano estrechar el círculo que le separa de ella. Cada noche, en el momento en que la campana de los nazarenos lanza de sí su sonora vibracion doce veces repetida, el encanto de Aben-Zohayr cesa. El terrible círculo que recorre durante su encanto deja de sujetarle, puede aproximarse á Fayzuly, saciar su rabiosa sed de amor; pero yo le contenia continuando la lectura de mi libro mágico: apenas vibraba la primera campanada, la lectura sepultaba al árabe en un sueño profundo, y él y su caballo salvaje permanecian inmóviles como una estátua; yo seguia leyendo mientras sonaban lentas una tras otra las doce campanadas de la media noche.
El libro ha terminado: cuando llegue la media noche, nada podrá contener al árabe maldito, y si el príncipe Aben-al-Malek despues de haber vencido las tentaciones que le opondrán en cada uno de los Siete Suelos los siete espíritus condenados, convertidos en murciélagos por la justicia de Allah, entra aquí fatigado, luchando aún con el recuerdo de la tentacion, y Aben-Zohayr el maldito le mata, encantados permanecerémos con Fayzuly, en el fondo de esta torre, y condenados por toda una eternidad.
Pero si tú ayudares al príncipe Aben-al-Malek combatiendo con el árabe maldito, si el príncipe Aben-al-Malek lograre sacar fuera de la torre á la amada de su alma Fayzuly y ponerla sobre su caballo mágico, perdonados serémos; nuestras almas irán á morir en el Paraíso entre delicias eternas, y sólo quedarán condenados en el fondo de esta torre Aben-Zohayr el réprobo, y los siete murciélagos malditos.
Levanta tu corazon al Dios altísimo, único y misericordioso, príncipe Juzef-Abdalah; invoca su invencible poder, y está pronto para el combate y para el martirio.
El príncipe Juzef-Abdalah se prosternó y oró.
Djeouar se sentó de nuevo en el nicho, cerró su inútil libro azul, le puso sobre sus rodillas, apoyó en él los codos, con las manos en la cabeza, y esperó inmóvil.
La hurí Fayzuly continuó durmiendo.
El árabe maldito siguió corriendo con la velocidad del huracan en torno de Fayzuly, procurando en vano acercarse á ella.