VII.
Los siete encantos de los siete suelos.

I.

El príncipe Aben-al-Malek al entrar en la torre, habia visto, como ya se ha relatado, no la desnuda, oscura y severa galería semicircular con huecos y saeteras para las escuchas que ahora se ve en el primero y segundo suelo de la torre, que son los únicos que permanecen hoy descegados.

En el primer suelo, donde habia entrado el príncipe, descendiendo por una estrecha escalera, habia visto una galería circular, pero enriquecida con columnas, artesonados de preciosas labores, cúpulas maravillosas, pavimento de brillante alicatado: ornadas las paredes con ricas atauxías y ajaracas, y motes incitadores que representaban el amor y la voluptuosidad en vez del nombre de Dios y las santas suras del Koran, en hermosos caractéres africanos de oro y azul, todo resplandeciente, todo enlanguidecedor, todo sensual, iluminado por una luz blanda, ténue, dulce, que hacia sentir un sopor delicioso.

Blandos divanes que convidaban al reposo, se veian en el fondo de calados alhamíes; odoríferos perfumes que exhalaban humo trasparente y azulado sobre braserillos de oro.

Una música armoniosa llenaba con sus dulces ecos aquel espacio encantado.

Todo allí era embriagador.

II.

El príncipe Aben-al-Malek se sintió acometido por una languidez deliciosa.

Un negro murciélago, un murciélago gigantesco revolaba en torno de una de las cúpulas, descendia estrechando el círculo de su vuelo, rodeaba la cabeza del príncipe, y le halagaba, arrojando sobre él un leve y suavísimo perfume con sus alas de crespon.

El príncipe lanzó de sí aquella tentacion invocando el nombre de Dios, se quitó de sobre su espalda su arco, le entezó, armó en él una saeta que sacó de su aljaba, y cuando el murciélago se elevó, disparó sobre él y le clavó con su saeta en el artesonado de la cúpula.

Cayó delante del príncipe sobre el pavimento la sangre del murciélago en un negro chorro.

De aquella sangre se elevó un vapor rojizo é inflamado que fué condensándose hasta que tomó las formas de una hermosísima doncella, lánguida como aquel alcázar, como la ténue y blanca luz que le iluminaba, como el perfume que se elevaba de los braserillos, como la música que llenaba aquel espacio de armonía.

III.

El príncipe retrocedió á la vista de Djeidah, una de las tres malditas hermanas de Betsabé que habia aparecido delante de él, é invocó con toda la fe de su alma el nombre de Dios.

Djeidah le miraba con sus grandes ojos garzos adormecidos, sonriéndole lánguidamente, sueltos los luengos cabellos rizados, rubios y brillantes como el oro; desnudo el seno de alabastro; mal cubierta la hermosura de su cuerpo por una sutil túnica de gasa de plata y azul.

Se inclinaba, balanceaba muellemente su esbelto talle, y decia al príncipe con una voz tan dulce como el murmullo del aliento de Dios en las espesuras de los eternos bosquecillos del jardin de Hiram.

—El cansancio te abruma, amado mio, mi vida, alma de mi alma; ven, reposa entre mis brazos en mi encantado alcázar; yo te adormeceré en un sueño delicioso, durante el que gozarás las delicias del Paraíso.

—Hermosa eres, hada del sueño y del reposo, exclamó el príncipe Aben-al-Malek; bello es tu alcázar; pero tú eres maldita, y maldito lo que te rodea, y maldito el pensamiento de tu alma; para el árabe temeroso de Dios no se han hecho las alkatifas de seda y oro, los grandes divanes, los perfumes de Oriente, la música regalada y la ramera indolente é impura: apártate de mi paso; yo voy á buscar á la amada de mi alma, á la hurí Fayzuly que duerme encantada en este maldito palacio y me espera.

—Yo soy Fayzuly, exclamó Djeidah estrechando entre sus brazos y contra su seno al príncipe, haciéndole aspirar su aliento envenenado, inundando su mirada con la mirada indolente de sus ojos soñolientos; yo soy Fayzuly que te esperaba enamorada, amado mio, y que se aduerme al fin entre tus brazos, contemplando tu hermosura, bebiendo el aliento de tu boca y el fuego de tus ojos.

IV.

Y la maldita Djeidah sonreia, porque el príncipe vacilaba y temblaba y se adormecia.

—¡Ah! yo soy Fayzuly, exclamaba Djeidah estrechando más y más al príncipe entre sus brazos.

Aben-al-Malek, fuerte por su creencia, por su virtud y por su amor, siguió adelante empujando á Djeidah, llevándola consigo, abrazado por ella, sintiéndola, aspirando la languidez, los encantos de su maldito sér.

Y avanzaba lentamente, á cada momento más envuelto por la mágia que rodeaba á Djeidah.

Al fin, despues de una larga lucha, el príncipe llegó, impulsando siempre á Djeidah, al otro extremo del primer suelo, y delante de una puerta dorada.

A medida que habia ido avanzando, la belleza de aquel alcázar habia crecido, habian crecido la hermosura de Djeidah, y el brillo de sus ojos, y lo delicioso de los perfumes, y la armonía de la música, y la dulce languidez de la luz.

Y todo en vano.

Su fe y su amor habian salvado al príncipe, que habia llegado á la brillante puerta de oro, en la cual se veia en inscripciones cúficas, el nombre de Dios cien veces repetido y ensalzado.

V.

Djeidah luchó entonces con toda la fuerza de sus encantos para impedir que el príncipe tocase la puerta.

Pero Aben-al-Malek arrolló á la hada maldita, lanzándola de sí y haciéndola chocar contra la puerta de oro.

Y Djeidah la condenada, al tocar la puerta, se desvaneció en vapor como una gota de agua que cae sobre un hierro candente.

VI.

Y la puerta de oro abrió en silencio sus dos hojas, y apareció un sencillo y pequeño mirab[36] alumbrado por una lámpara de alabastro que pendia de su cúpula estrellada.

El libro de la Ley estaba abierto sobre el adoratorio por la santa página en que está escrita la profesion de fe inspirada por Dios á su enviado Sydi Mohhammed-ben-Abd'Allah-el Coraixi[37].

El príncipe se prosternó y oró, y la oracion le reanimó fortaleciéndole y dándole valor para continuar su prueba.

VII.

Y á través de la puerta del mirab, se veia una oscuridad densa, y entre aquella oscuridad se oia un ruido semejante al de las alas de un murciélago que estuviese clavado á una pared, y se oia una voz doliente y lánguida, pero desesperada.

—Amado mio Abu-Ishac, walí de Comares, prepárate á combatir con la virtud del príncipe Aben-al-Malek que ha vencido mis encantos; que no pase de la segunda bóveda, amado mio; libértame, condenándole, de la horrible saeta con que me ha clavado á la bóveda; padezco horriblemente; deslumbra con tus tesoros al maldito Aben-al-Malek; mira que si no le vences, quedarás sujeto á los tormentos á que él me ha sujetado; véncele y seré tuya, y te llamaré luz de mis ojos y te envolveré en mi hermosura.

VIII.

Y la voz doliente y lánguida de Djeidah, continuó quejándose y excitando de una manera indolente al condenado walí de Comares Abu-Ishac.

Y el príncipe lo oia, y fortalecia su espíritu con la oracion, preparándose á una nueva prueba.

Al fin salió del mirab, recorrió de nuevo entre la oscuridad el primer suelo, y al pasar por debajo del sitio donde convertida otra vez en murciélago, estaba clavada á la bóveda por su saeta y aleteando Djeidah, oyó que esta decia con su voz amortiguada y siempre soñolienta.

—Maldito, maldito, maldito seas tú, príncipe Aben-al-Malek, que no has querido mi amor.

IX.

El príncipe buscó entre la pavorosa oscuridad, tocando el áspero muro, la entrada de la escalera que conducia á la segunda bóveda.

La encontró, bajó por ella, y en el momento, un vivísimo resplandor le deslumbró.

Tenia ante sí un inmenso tesoro de cuantas piedras preciosas de vivos destellos y trasparentes colores Dios crió, y perlas, y corales, y jarrones, y ánforas, y fuentes de plata y oro cincelados, y arneses, y armas de un valor maravilloso, y espejos bruñidos, y lámparas de gran precio, y el pavimento cubierto de monedas de oro, en las cuales se hundian los piés del príncipe, que adelantaba con trabajo, viéndose obligado á apartar de su paso objetos preciosos y pesados de un valor inmenso.

Todo resplandecia de una manera deslumbrante; la bóveda, los muros, el pavimento y todas aquellas alhajas y aquellas ánforas, y aquellos arneses, y aquellas armas, y aquellos espejos, y otro número infinito de preciosidades, estaban agrupados y armonizados, y contrastados de tal manera, que formaban cúpulas y arcos y pilastras, produciendo la perspectiva de un alcázar incomparable por lo hermoso de la forma y lo resplandeciente de la luz.

X.

Y un enorme murciélago revolaba en torno de la cabeza del príncipe, elevándose desde ella á las altas cúpulas y describiendo anchos círculos.

Y la voz ronca del murciélago decia:

—Eres el califa más poderoso de la tierra; todo lo que ves es tuyo; no hay placer semejante al de la contemplacion de estas preciosidades y de estas riquezas: los hombres te reverenciaran como á un Dios; las más hermosas mujeres del mundo te sonreirán enamoradas, y podrás cubrir de naves el mar, y de soldados la tierra; porque el oro es el sultan del mundo; al que todas las criaturas rinden un homenaje idólatra; todo esto es tuyo, príncipe Aben-al-Malek; ¡quién como tú!

Y el príncipe, armando una saeta en su arco, contestó:

—La muerte no detendrá su segur sobre mi cabeza cuando llegue el plazo prefijado á mi vida por el Altísimo, aunque yo ofreciese á la muerte un tesoro mil y mil y mil veces mayor que este tesoro; todas las riquezas del universo no abrirán las puertas de diamante del Paraíso como las abren el buen corazon y la buena obra.

Y el príncipe disparó sobre el murciélago, que lanzó un chillido horrible al sentirse herido y sujeto por la saeta entre las deslumbrantes alhajas que pendian de la cúpula y producian un ruido sonoro, movidas por el aleteo del murciélago.

La sangre de este cayó en una gigantesca ánfora de oro colocada bajo el centro de la cúpula.

Instantáneamente se vió salir por la boca del ánfora un humo denso y negro que se desvaneció, y luego, dentro del ánfora, se oyó el ruido causado por una persona que pretendia salir en vano del ánfora que la encerraba.

El príncipe soltó una carcajada.

—Hé ahí el destino del avaro, dijo, morir de una muerte mezquina, sofocado por su tesoro; bendito sea el nombre del grande, del poderoso, del invencible Allah.

XI.

Se oyó un fragor espantoso.

Desapareció de improviso aquel inmenso tesoro, y el príncipe se encontró envuelto en tinieblas, pisando el duro pavimento de mármol de la segunda bóveda.

Y se oia entre las tinieblas el aleteo del murciélago, y el ruido de las alhajas que el aleteo movia, y una voz desesperada y terrible que gritaba.

—¡Hermana mia Zahra, venganza! ¡Estoy sufriendo un tormento horrible! ¡Tengo atravesadas las entrañas y no puedo moverme, sujeto por una dura saeta! ¡Hermana mia Zahra, véngame, haz que peque el maldito príncipe Aben-al-Malek!

XII.

El príncipe entre tanto adelantaba entre las tinieblas, y al fin entró en un segundo mirab, más bello y más rico que el anterior.

Se prosternó y oró.

Sentía cansancio en el cuerpo y en el alma.

Tenia miedo, porque su espíritu vacilaba.

Recordaba la hermosura de Djeidah, las muelles delicias que le habian rodeado en la primera bóveda y las inmensas riquezas que habia visto en la segunda.

Oró con más fervor, salió del mirab, recorrió la oscura bóveda y empezó á descender por las escaleras de la tercera.

Empezó á sentirse débil, enfermo, miserable.

Le aquejaban el hambre, el frio, la sed.

Cuando entró en la tercera bóveda, la encontró opaca, triste, húmeda.

Quiso andar y no pudo: vaciló y cayó.

Estaba cubierto de lepra: sus ricas vestiduras se habian convertido en andrajos asquerosos.

Un negro murciélago revolaba sobre él.

La alimaña se reia.

—Hé ahí á lo que ha quedado reducido el hermoso, el jóven, el fuerte príncipe Aben-al-Malek. Dios te ha abandonado. ¿Hay alguien sobre la tierra más miserable que tú?

—Cúmplase la voluntad del Señor; contestó humildemente Aben-al-Malek; suyos somos; polvo éramos antes de que Él nos dijese «sed». Él puede reducirnos de nuevo á polvo: el Señor de la vida es tambien el Señor de la muerte: Él prospera sus criaturas, y Él las abate: cúmplase su santa voluntad.

Y la fe del príncipe le reanimó por un momento, tendió su arco, disparó, y el tercer murciélago fué clavado en la bóveda como los anteriores, por la tercera saeta del príncipe.

Se oyó un agudo alarido de mujer.

Al pié del príncipe cayeron algunas gotas de sangre.

Se levantó un vapor sutil que se condensó, y apareció Zahra, la segunda hermana de Betsabé; la hada maldita y condenada por Allah, con su grande hermosura, fijando en el príncipe sus terribles ojos negros, en que aparecia su mirada envidiosa.

XIII.

El príncipe habia caido de nuevo en su postracion.

Le abrasaba la fiebre de la lepra; sentia una sed horrible, y no podia moverse.

—¿No te causa envidia, exclamó Zahra, al contemplar mi salud, mi fuerza y mi hermosura?

—La envidia es un pecado de muerte, dijo el príncipe; la envidia hace sentir el aborrecimiento contra los que gozan más que él, al desventurado á quien ha herido la mano del Señor y no tiene fe en el corazon; la envidia engendra la calumnia, la traicion y el crímen; pero Dios proteje al infeliz miserable y enfermo que, abandonado y débil, guarda su fe, y le da el tesoro y el consuelo de la resignacion: la caridad es el preservativo de la envidia: quien tiene caridad, aunque esté postrado como Job en el muladar, vive en el Señor que le presta su fortaleza.

—Mira, le dijo Zahra.

XIV.

Desapareció lo que rodeaba al príncipe, y en su lugar quedó un desierto yermo é infinito, cubierto por un celaje sombrío.

Un viento abrasador arrojaba sobre el príncipe arenas candentes, irritando las úlceras de su lepra, y causándole agudos dolores.

Pretendia arrastrarse, y parecia como que estaba adherido á la abrasada arena de aquel desierto horrible.

Sintió ruido junto á sí.

Otro leproso se arrastraba lentamente, pasaba, mientras él no podia moverse.

—Ese es menos desdichado que tú, dijo la voz de Zahra que se habia hecho invisible.

—Dios le favorezca, contestó el príncipe sin sentir el más ligero impulso de envidia.

—Mira, dijo la voz de Zahra.

Pasó un mendigo tullido que se arrastraba sobre sus manos, pero con más rapidez que el anterior leproso.

El mendigo se detuvo y miró al príncipe con una expresion de repugnante alegría.

—Hé aquí otro más desventurado que yo, dijo.

—Ayúdame, hermano, exclamó el príncipe con ánsia: vuélveme al menos; estoy sufriendo horriblemente con mi inmovilidad.

El mendigo soltó una carcajada cruel, y sin ayudar al príncipe, siguió su lenta marcha.

El príncipe lloró y oró; pero no sintió envidia contra el mendigo, ni aborrecimiento porque le habia negado su ayuda.

—Dios tenga misericordia de él, dijo, porque es duro de corazon.

XV.

Se oyeron pasos que se acercaban.

Un árabe pobre y enfermo, pero que andaba con facilidad, se detuvo junto al príncipe y le contempló con placer.

—Soy un insensato, dijo, en quejarme, cuando hay criaturas tan miserables como esta: comparado contigo, yo soy feliz.

Y el mendigo bebió de una gran calabaza que llevaba colgada de su hombro.

—Dame una poca de agua, hermano, dijo el príncipe; la sed me devora.

—¡Agua! dijo el enfermo: una gota de agua en el Desierto es más preciosa que una perla; hay que andar durante un sol y otro sol antes de llegar á un nuevo oasis y á una nueva fuente: el agua que yo te diera seria mi sed de mañana.

Y el enfermo se alejó.

—Perdónete Dios tu falta de compasion, dijo el príncipe, lleno de caridad por aquel pecador.

Se oyó el fuerte y rápido paso de un hombre, y apareció un beduino robusto, membrudo, fuerte, que se detuvo un momento á contemplar á Aben-al-Malek.

Aquel hombre comia hermosos dátiles.

—¡Ah! dijo: yo blasfemaba, yo acusaba á Dios porque no tenia un caballo, ya que no un camello, y ved este: ¡cuánto daria este por ser tan fuerte como yo!

—Socórreme hermano, suplicó el príncipe.

—¿Para qué tocarte yo? para que tu lepra me contagie y me encuentre dentro de poco tan miserable como tú, ¿te he dado yo la lepra? que te socorra Dios.

Y el beduino se alejó rápidamente.

El príncipe Aben-al-Malek, en vez de envidiar la salud y la fuerza de aquel hombre, rogó á Dios por él.

XVI.

Oyóse sordamente sobre la arena del Desierto, la carrera de un caballo, que se acercó y llegó.

Se encabritó asombrado por la vista improvisa de Aben-al-Malek, y estuvo á punto de arrojar á su jinete, que era un guerrero árabe, agigantado, formidable.

Llevaba un arnés de Damasco, una adarga de cuero, un arco á la espalda, una aljaba llena de saetas pendiente de su cintura, un hacha al arzon, un yatagan al costado, y blandia en su membruda diestra una fuerte lanza de dos hierros.

—¡Ah, miserable! dijo: ¿quién te ha puesto ahí para que asombres á mi caballo y me haya visto yo á punto de ser lanzado de la silla?

—Perdon, hermano, dijo humildemente el príncipe Aben-al-Malek; no ha sido mi voluntad; la mano de Dios me ha herido.

—¡Y mi lanza! exclamó el irritado árabe haciendo saltar su caballo sobre Aben-al-Malek, é hiriéndole al saltar con su lanza.

Y aquel malvado se alejó á la carrera.

Aben-al-Malek lloró por él, y elevó por él su oracion al Altísimo.

XVII.

¡Ah! el Señor está contigo y su poder te hace invencible, exclamó con acento de envidia Zahra: tú salvarias á Fayzuly, si Fayzuly no estuviese condenada.

—¡Condenada Fayzuly, la hurí de mi alma! exclamó con desesperacion el príncipe.

—Mira, le dijo Zahra.

XVIII.

Desapareció el desierto sombrío.

Apareció un oloroso bosquecillo á la márgen de un trasparente lago.

La luna llena inundaba la tierra y el firmamento con una luz dulce y lánguida.

Entre la espesura apareció una forma blanca y hechicera, apoyada en una forma negra y horrible.

Salieron de la penumbra producida por la enramada, y los iluminó de lleno la luz de la luna.

La forma blanca era la hurí Fayzuly, resplandeciente de hermosura.

La forma negra un genio horroroso; una especie de macho cabrío humano.

Fayzuly sonreia de una manera lúbrica al genio, como una vil ramera.

Aben-al-Malek cerró los ojos para no ver, y oró con toda su alma por Fayzuly; pero no sintió envidia por la felicidad del genio.

XIX.

—¡Ah! ¡estamos condenadas sin esperanza! exclamó llorando Zahra; no saldrémos jamás de nuestro infierno de la torre de las Siete Bóvedas; el príncipe Aben-al-Malek es un varon justo, protegido por Dios. Amado mio, walí de Guadix Abul-Hassan, mi poder ha sido inútil: provócale tú.

En aquel momento el príncipe Aben-al-Malek se encontró en el tercer mirab, sano, salvo, fuerte, con sus ricas vestiduras.

Se prosternó, y levantó con su férvido agradecimiento su espíritu al Señor.

Descendió al cuarto suelo, y al pisarle, se encontró en el vestíbulo de la grande aljama de Damasco.

Tal apariencia habia tomado la cuarta bóveda por la fuerza de su encanto.

Un murciélago revolaba bajo su bóveda.

Aben-al-Malek le clavó en ella como á los otros tres murciélagos.

—¡Ah! exclamó el murciélago, lanzando un rugido; ¡miserable de tí! has vencido la molicie, la tentacion de la riqueza, el sufrimiento del dolor, de la enfermedad y de la miseria, vence si puedes la contrariedad y la injuria.

Y desde aquel momento, todos los que entraban y salian provocaban á Aben-al-Malek, y todo en vano.

Ni provocaciones, ni injurias, ni golpes, eran bastantes para que brotase de su corazon la ira.

Aben-al-Malek se encontró á salvo en el mirab de la cuarta bóveda.

Oró, y descendió á la quinta.

Se encontró entre un festin ostentoso.

Los más ricos manjares se veian humeantes en mesas rodeadas por hermosas damas y gentiles caballeros, que no se saciaban de viandas ni de licores.

Y este festin se celebraba en los magníficos jardines de un admirable alcázar.

Un murciélago revolaba sobre el banquete.

—No me hieras, príncipe Aben-al-Malek, decia el murciélago: ¿qué he de hacer yo contra tí, cuando nada han podido las terribles tentaciones de mis dos hermanas Djeidah y Zahra, y sus dos amantes, Aben-Ishac y Abul-Hassan? ¡déjame que á lo menos pueda volar en mi infierno! ¡no me claves á su bóveda! ¡ten compasion de mí!

—Dios lo quiere, espíritu maldito, dijo Aben-al-Malek tendiendo su arco y disparando sobre Obeidah.

Se oyó un chillido agudo.

Luego, un llanto desgarrador, y el banquete donde hermosas mujeres y gentiles caballeros se entregaban de una manera repugnante á la gula, desapareció.

Y el príncipe se encontró en el quinto mirab.

Oró y descendió á la sexta bóveda.

XX.

Inmediatamente se encontró sobre un trono.

Numerosos cortesanos llenaban la magnífica cámara en que aquel trono se alzaba.

Elegantes poetas leian uno tras otro cásidas de aduladores versos, en las cuales se ponderaban el valor, las excelencias, las virtudes, los triunfos del vencedor y ensalzado sultan Aben-al-Malek.

Reyes vencidos se prosternaban á sus piés.

Otros reyes, temerosos de su poder, le enviaban riquísimos presentes y hermosísimas esclavas.

Un murciélago revolaba medroso y cuanto más alto podia, y se replegaba chillando en los huecos más profundos de la cúpula, y temeroso de ser herido allí, se lanzaba á otro ángulo.

Aben-al-Malek, insensible á la soberbia, como lo habia sido á los otros vicios, tendió su arco y disparó sobre el murciélago, que lanzó un alarido espantoso.

Inmediatamente desapareció todo aquello, y Aben-al-Malek se encontró en el sexto mirab.

Oró como en los anteriores y bajó al sétimo piso.

Estaba densamente oscuro.

Nada se sentia en él.

Parecia completamente abandonado.

Poco despues se vió el reflejo de una luz, y luego apareció una mujer hermosísima con una lámpara en la mano, que dejó sobre uno de los huecos que se veian de trecho en trecho en el muro.

Esta mujer era la hada Betsabé.

Adelantó modesta y ruborosa, y se prosternó delante del príncipe.

—¿Por qué te humillas ante mí, hada maldita, espíritu rebelde, que dominada por Satanás no reconoces al Señor?

—El señor eres tú, dijo humildemente Betsabé; yo me prosternaré ante Allah y le invocaré y seré salva si tú me amases, si tú quisieses mi pureza y mi hermosura; porque yo te amo, príncipe, como el sol al dia, como la luna á la noche, como el viento al mar.

—Yo no tengo más que un corazon y un alma, dijo el príncipe, y mi alma es de Dios y mi corazon de Fayzuly.

—¡Ah! tú me amarás, dijo Betsabé alzándose resplandeciente.

XXI.

Y cuantos encantos tiene la mujer, y cuantos ensueños produce el amor, rodearon al príncipe.

La hermosura de Betsabé, incitante, inmensa, se dejaba ver de él en todo su esplendor.

Y sus ojos ardian, y su boca suspiraba, y su seno palpitaba; y sus brazos se extendian trémulos hácia el príncipe que huia de ella.

Al fin, Betsabé estrechó entre sus brazos á Aben-al-Malek, y éste sintió como si todo el fuego del infierno se hubiese apoderado de él.

El príncipe elevó su espíritu al Señor, luchó con la hada maldita, se arrancó el puñal de su cintura, y le clavó en el pecho de Betsabé.

—¡Ah! exclamó esta cayendo; estaba escrito; la eterna sombra me rodea, y el puente Sirat se romperá bajo mi planta.

Y se agitó en una convulsion y espiró.

XXII.

El hermosísimo cuerpo de la hada maldita se convirtió en un vapor de sangre, y aquel vapor se condensó al elevarse, produciendo un negro murciélago que se lanzó dando gritos espantosos por una gran puerta que se veia al fin de la sétima bóveda.

El príncipe se lanzó tambien, y se encontró en la magnífica cámara, en cuyo centro dormia Fayzuly, donde esperaba alfange en mano el príncipe Juzef-Abd'Allah-ben-Nazar-al-Galibi, donde en un nicho esperaba Djeouar el juglar, y á cuyo alrededor corria incesantemente el árabe maldito Aben-Zohayr.

—Tú que corres sin esperanza en tu infierno, gritaba Betsabé convertida en murciélago revolando alrededor de la cabeza del árabe del Hedjaz, mata al príncipe Aben-al-Malek; no le dejes llegar á su amada Fayzuly.

—Príncipe Juzef Aben-Abd'Allah-ben-Nazar, gritó con voz de trueno el Djeouar, saltando de su nicho, á pesar de la altura, y cayendo junto á Fayzuly; prepárate al combate; y tú príncipe Aben-al-Malek, salva á la hurí de tu amor; sálvala cuanto antes, porque la media noche llega, y muy pronto sonará la campana del templo cristiano.

Aben-al-Malek asió á Fayzuly dormida, la levantó con una fuerza extremada, y partió con ella.

—¡Ah! ¡la media noche! exclamó Djeouar desnudando su puñal y tomando la puerta por donde habia salido el príncipe Aben-al-Malek con Fayzuly.

El árabe maldito, libre por un momento del círculo que se veia obligado á recorrer, se lanzó sobre la puerta que defendia Djeouar.

Antes de que llegase á ella, Juzef-Abd'Allah le salió al encuentro, y para obligarle á combatir á pié, tiró un terrible corte de su alfange al cuello del caballo.

La cabeza cayó por tierra; pero no brotó ni una sola gota de sangre: el caballo no cayó; se lanzó sobre el príncipe, le arrojó al suelo con las manos, y al mismo tiempo, el árabe maldito hirió en el pecho con su lanza á Juzef-Abd'Allah.

Un instante despues, Djeouar el juglar caia herido por otro bote de lanza del árabe.

Y todo esto acontecia en medio de un estruendo horrible, de voces infernales, de rugidos, de bramidos, de silbidos, de carcajadas horribles, de blasfemias.

Y un inmenso y constante trueno hacia retemblar la torre.

El árabe y su caballo sin cabeza se lanzaban por las siete bóvedas, á pesar de las escaleras, con la rapidez del rayo.

XXIII.

En aquel momento, el príncipe Juzef-Aben-Abd-Allah, desataba su caballo, ponia sobre él dormida aún á Fayzuly, y montaba.

Cuando el caballo mágico de Aben-al-Malek sinti€ó el peso de Fayzuly y del príncipe, se lanzó en el espacio y desapareció como un relámpago, á tiempo que salia de la torre el caballo sin cabeza montado por el árabe maldito.

Aún sonaban las campanadas de la hora de media noche de los cristianos.

El caballo descabezado corria con la rapidez del huracan; Aben-Zohayr rugia y blandia su terrible lanza de dos hierros; pero al llegar á Bib-Leuxar[38] espiró en el espacio la vibracion de la última campanada de la media noche, el descabezado y el árabe maldito arrastrados por un poder invencible, se encontraron corriendo en el fondo de la Torre de los Siete Suelos, alrededor del divan donde habia dormido durante nueve cientos años la hurí Fayzuly, y sobre el cual sólo quedaba el libro azul de Djeouar el juglar.

El cuerpo de este y del príncipe Juzef-Abd'Allah habian desaparecido.

La muerte habia sido con ellos. Dios los habia perdonado: el puente Sirat no se habia roto bajo su planta, y se habian abierto para ellos las puertas de diamante del Paraíso.

La hada Fayzuly y el príncipe Aben-al-Malek gozaban ya su amor, bendecidos por Dios en la encantada Alhambra del Hedjaz.

Sólo quedaban condenados en la Torre de los Siete Suelos, el árabe maldito, el réprobo olvidado de Dios por la hermosura de Fayzuly. Aben-Zohayr el impío sobre su caballo sin cabeza que corria y corria en el terrible círculo de la torre, Betsabé, sus tres hermanas y sus tres amantes convertidos en siete asquerosos murciélagos.

XXIV.

Todas las noches de San Juan, al mediar, cuando suena la primera campanada, la torre tiembla; se oye dentro de ella un estruendo espantoso, y el caballo sin cabeza con su caballero sale, recorre como una exhalacion el bosque de la Alhambra; llega hasta la puerta de Bib Leuxar, y al espirar la última campanada, vuelve al fondo de la torre, del cual no vuelve á salir, sino durante un momento á la media noche de San Juan del año siguiente.

¡Ay del desventurado que vea á esa hora el caballo sin cabeza!

XXV.

Esta es la tradicion de la torre de los Siete Suelos de la Alhambra, que escribió el poeta granadino Noeman-Dzin-Nun-el-Azis-el-Ferag (Dios sea con él), salud y próspera fortuna de buena voluntad á los que leyeren este libro.

La alabanza á Dios.

FIN.