I.
El Valle del Hedjaz.

I.

Habia en los montes del Hedjaz, en una de sus profundas gargantas, una oscura gruta, donde no penetraba más luz que la que se desprendia de un cielo tristísimo á través de un bosque de higueras silvestres, sobre las cuales, descollaba como un minarete entre chozas una vieja y altísima palmera; al pié de esta palmera brotaba una fuentecilla, que iba á formar más abajo entre las quebraduras de las rocas una pequeña laguna, y en este paraje solitario, no pisado hacia centenares de años por pié humano, ni por errante gacela, ni sediento leon, no se oia otro ruido que el del viento meciendo eternamente la palmera, el murmullo del arroyuelo, el canto de una rana moradora de la laguna y el grito de un buho que anidaba en lo más profundo de la gruta.

En los primeros tiempos de la Egira, cuando los árabes del Hedjaz dejaban sus rebaños y tomaban sus arcos para acometer á los árabes del Yémen, ó cuando estos subian á la montaña para robar los camellos á sus enemigos, este lugar era fértil y alegre; sus higueras producian fruto, su vieja palmera se doblegaba con el peso de los dátiles, y las aves y los animales venian á apagar su sed á la laguna henchida entonces de peces; las hadas se solazaban en su espesura á la luz de la luna, y la alegría de Dios se posaba sobre la gruta del Hedjaz.

II.

Una tarde, á la hora de alajá[1], cuando la luna se levantaba sobre los montes cercanos, un caballo cansado, cubierto de sangre y de sudor, montado por un árabe del Hedjaz, entró con toda la velocidad de su carrera en el valle, y cayó muerto de fatiga junto á la laguna. El dueño se levantó mal parado y fué á sentarse al pié de la palmera, donde permaneció inmóvil y silencioso, abismado en sus pensamientos. Aquel dia los habitantes de la llanura habian vencido á los pastores del Hedjaz y habian obligado á Aben-Zohayr, su caudillo, á salvarse en lo inaccesible de sus montañas.

Aben-Zohayr lloraba amargamente la pérdida de los suyos, su valor vencido y su orgullo humillado, cuando sintió agitarse la espesura, y al rayo de la luna vió dos jóvenes y alegres niñas que se adelantaban ligeras sin tocar casi con los pequeños piés las yerbecillas, y fuéron á sentarse á poca distancia de Aben-Zohayr, del cual sólo las separaba un bosquecillo de acacias.

III.

Eran las huríes Fayzuly y Rhadhyah; el que todo lo puede las habia dotado de una hermosura maravillosa; Fayzuly era blanca como la espuma de las cataratas del Nilo, y sus ojos y sus cabellos, negros como el fondo de las grutas del Hedjaz; su hermana Rhadhyah era morena como el sol y sus ojos brillaban con un fuego deslumbrador: llevaban ceñidas las frentes con guirnaldas de rosas blancas cogidas en el jardin de Hiram, y unas flotantes y blanquísimas túnicas de lino, trasparentaban las formas más hermosas que Allah en sus bondades concedió á una mujer.

Aben-Zohayr olvidó como por encanto su derrota y miró embelesado á las dos huríes. Oh, Santo Allah, dijo, si me concedieras el amor de la hurí blanca de los ojos negros, yo te sacrificaria cien corderos en la fiesta de Ayd-al-korban![2]. ¡Oh señor Allah, qué poderoso y qué grande eres!

El enamorado Zohayr calló para escuchar lo que hablaban las huríes: Fayzuly decia á su hermana con una voz más dulce que los trinos del ruiseñor:

—He visto mi porvenir, hermana mia; me amará el hijo de una hurí y de un rey, pero antes tendré que combatir con el mal espíritu que me entregará á un encantador; pero mi amado me salvará y vendrá conmigo á nuestros alcázares del aire y á nuestros jardines de los lagos.

—Y yo, dijo Rhadhyah, amaré á un creyente que será rey y perderá su reino é irá á morir al Mogrhebeb[3]; yo le seguiré al Edem; pero faltan aún ochocientos ochenta años.

—Novecientos esperaré yo á mi amado, contestó Fayzuly.

—¡Oh poderoso Profeta! exclamó Aben-Zohayr; ¿quiénes son estas doncellas que así esperan con los siglos su amor, que hablan de sus alcázares del aire y de sus jardines de los lagos? ¡Oh magnífico Allah! ¡concédeme el amor de la doncella blanca de los ojos negros!

IV.

Embebecido en esta plegaria no se apercibió el caudillo árabe de que las huríes habian desaparecido al reparar en él, huyendo á ocultarse en el fondo de la laguna. Pero cuando dirigió su vista al sitio donde se habian sentado, no encontrándolas creyó que sólo habian sido un delirio de su mente, y volvieron sus pensamientos tristes, como en una noche oscura, despues del pasajero brillo de un relámpago, vuelven las tinieblas.

—¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma! dijo Aben-Zohayr; he llevado mis kabilas al combate y vuelvo sin ellas á mi aduar: mis camellos se espantarán al verme volver sin mi corcel Rhadjih, y mis perros me ladrarán cuando noten la falta de mis hermanos, que no comerán más conmigo bajo el cuero de mi tienda el pan y la sal. No, no volveré. El árabe que huye cuando sus hermanos han muerto, es un cobarde; el caudillo que abandona los cadáveres de sus guerreros, incurre en el enojo del caudillo fuerte, del invencible, del grande sobre todos los valientes. ¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma!

Acordóse entonces de que habia olvidado la azalá de alajá (oracion de la noche) y su espíritu se contristó, porque Aben-Zohayr era un varon temeroso de Dios, y llegó á la fuente, hizo la ablucion y oró prosternado al pié de la palmera. Luego se levantó, rompió su espada que arrojó léjos de sí, y volviendo su corazon á Dios, le ofreció en expiacion de su cobardía, hacer en aquella gruta donde le habia conducido su ventura, la vida apartada y penitente de morabhita[4]. Comió algunos dátiles que cogió del suelo, quitó de su caballo una piel de tigre que le servia de silla, y extendiéndola en la gruta sobre un haz de yerba, arrojóse sobre ella y rendido por la fatiga se durmió.

V.

No bien habia tendido sobre él sus alas el genio de los sueños, cuando vió un jardin como no lo han visto ojos humanos, y se creyó tendido sobre el césped en un bosquecillo de oloroso sándalo; oíase el cantar de las aves á quien el poderoso Allah ha concedido dulces gorgeos, y parecíale que comprendia su lenguaje; se decian amores: asimismo las fuentes murmurando, las hojas de los árboles y de las flores agitándose, las auras que las movian suspirando, tenian voces para él, y leia palabras encantadas en las nubecillas, que parecian caractéres de nácar y azul; y las aves, y las fuentes, y los árboles, y las flores, y las auras, y las nubes decian: «Fayzuly es la hermosa de las hermosas, la hurí de los amores, la alegría de Salomon (¡Dios sea con él!), la doncella blanca de los ojos negros». Y volvian á repetir aquel nombre que llenaba el corazon de Aben-Zohayr y le dilataba, como el rocío al cáliz del tulipan y los céfiros de la alborada á las vírgenes siemprevivas.

Aben-Zohayr despertó á la hora de la azalá de azohbi[5], se levantó, purificó su cuerpo con la ablucion y oró. Despues se tendió desesperado en el mismo sitio donde habian estado sentadas las dos huríes.

Eblis,[6] el espíritu rebelde maldecido por Dios, el genio del mal que nunca duerme y que habia inspirado sueños tentadores á Aben-Zohayr, batió junto á él sus negras alas y el espíritu del árabe se entristeció; quiso recurrir á la oracion, pero entre él y Dios se habia colocado Eblis, y sólo le dejaba ver á Fayzuly, hermosa y desnuda, con todos los incentivos del amor. Aben-Zohayr era un espíritu débil, y pasó la hora de adoha, de adohar, de alazar, de almagrib, y llegó la de alajá sin que hiciese la azalá; Aben-Zohayr, que habia olvidado su derrota por Fayzuly, olvidaba por ella al vencedor, al grande, al poderoso Allah; Zohayr era el esclavo de Eblis: la mano del que todo lo puede se habia levantado sobre su cabeza, y si entonces su alma hubiese tenido que pasar el terrible puente Sirat[7], se hubiese precipitado en el fuego eterno.

—¡Oh Allah, poderoso Allah, murmuró el impío, dame el amor de la doncella de los ojos negros, dámelo y yo sacrificaré doscientos corderos blancos en tu mirab de Medina-Yastreb en la fiesta del Ayd-al-korban!

Y como esperase en vano despues de la salida de la luna la venida de Fayzuly, blasfemó:

—No hay Dios, dijo el réprobo revolviéndose sobre la yerba; Mahhomed-ben-A'bd-Allah[8] era un impostor, el Koran la obra de un loco. El hombre está solo sobre la tierra abandonado á su destino, como un camello sin guia, y más allá del último crepúsculo no hay más que sombra. Eblis, Eblis, ¡dame la doncella de las trenzas negras y te adoraré! ¡dame su amor y te levantaré un mirab[9], y te sacrificaré cien camellos!

VI.

En aquel momento Aben-Zohayr cayó aletargado sobre la yerba y vió en lo recóndito de su espíritu un sueño sombrío: un mancebo hermoso, como es hermoso un alcázar que ha herido un rayo y á quien la tormenta y el aguacero han manchado y corroido, se le presentó llevando á Fayzuly más hermosa que nunca, con la túnica desplegada, los labios entreabiertos por el deseo y los ojos radiantes y húmedos de amor. El corazon de Aben-Zohayr parecia iba á romperse, la sangre refluyó á su cabeza, y sus fáuces secas y ardientes arrojaron un gemido.

—¿Qué quieres? le dijo el espíritu condenado.

—Novecientos años de vida, los secretos de la astrología y Fayzuly.

—¿Y me darás tu alma?

—Sí, gritó el desdichado Aben-Zohayr.

—Pues bien, despierta y bebe agua de la laguna y tendrás lo que me has pedido.

VII.

Mientras Aben-Zohayr dormia, un genio horroroso se habia levantado sobre las aguas del lago; tenia cabeza de basilisco, alas de murciélago, cuerpo de leon y cola de serpiente; llevaba en la mano un cráneo de cocodrilo en forma de copa, lleno de un licor negro y flameante. El cielo se nubló, mugió el semoum, callaron las aves aterradas, y sólo se escuchó el canto de una rana, el grito de un buho y el zumbido del ramaje de las higueras y de la palmera. El genio vertió tres veces en la laguna parte del licor que contenia el cráneo hasta acabarlo, y dijo con una voz hueca y horrible, como el sonido de una losa al caer sobre una tumba.

—Perezca todo lo que existe en este valle; pero vive, tú, fuente, y tú, laguna, y tú, rana, y tú, buho é higueras y palmera; pero estériles como las lágrimas del impío. Vivid para cantar á Allah, el Santo, el Grande, el Justo.

Cuando Aben-Zohayr despertó, el genio del exterminio habia desaparecido y la luna brillaba á través de un ambiente despejado, pero triste, sin brisas, ni perfumes; los árboles se mecian sordamente sin que el más ligero céfiro los impulsase, y se oia el murmurar de la fuente, el canto de la rana y el grito del buho; Aben-Zohayr estaba pálido como un cadáver y sus ojos se habian hundido de una manera horrible: su frente se abrasaba y su garganta seca hacia producir un sonido ronco á su aliento; sintió sed y se arrojó á beber á la laguna. Entonces sintió que su corazon se ensanchaba, que una luz inmensa iluminaba su espíritu, que sus miembros se endurecian y crecia todo su sér; misterios impenetrables se abrian ante su inteligencia y todo aquel aumento de vida pesaba sobre él más que pesa la tierra de la fosa sobre el cadáver del justo. Su vista abarcó la inmensidad; vió sus hermanos los árabes del Hedjaz muertos sobre el campo de sangre devorados por las hienas y los buitres, y en su aduar delante de su tienda su cadáver cubierto con su arnés de guerra, y al lado su lanza y su espada. Aben-Zohayr no se estremeció; quiso hacer la prueba de su poder, y se acercó á su caballo que aún permanecia yerto junto á la laguna.

—Levántate Rhadjih, le dijo.

El valiente corcel se levantó, dió un relincho de alegría al conocer á su amo, pero en el mismo momento lanzó otro relincho de espanto y de dolor, y quedó inmóvil, cual si se hubiera convertido en una roca. Aben-Zohayr cogió agua de la laguna en el hueco de la mano y la aplicó á las narices del bruto; el sortilegio produjo un efecto terrible: Rhadjih se encabritó y quiso resistir á su ginete; pero Aben-Zohayr saltó sobre él y le sujetó.

Reinaba un silencio profundo: el impío evocó á Fayzuly, y una sombra blanquísima apareció en los aires y se posó inmóvil y aterrada junto al caballero maldito; era Fayzuly; llevaba en vez de túnica un sudario y sobre sus negros cabellos una corona de siemprevivas nacidas en el jardin de Hiram y regadas por genios con agua del pozo Zemzem; Aben-Zohayr quiso apoderarse de ella, pero Fayzuly huyó con la velocidad de una flecha, seguida siempre á corta distancia por Rhadjih que volaba dejando tras de sus cascos un rastro de fuego. Fayzuly, el caballero y el corcel, desaparecieron perdiéndose entre la niebla de la mañana en las revueltas de las montañas del Hedjaz.

Hé ahí por qué en el valle maldito no se oia otro ruido que el canto de la rana, el grito del buho, el columpiarse de las higueras silvestres, el gemido de la palma estéril y del arroyo solitario. Hé ahí por qué no venian á beber las aguas de la laguna la errante gacela y el sediento leon.

VIII.

Vinieron años tras años, y pasaron ochocientos ochenta y siete sobre el lugar maldito, sin que hombre, fiera ó pájaro, pisase su suelo ni cruzase por su aire.

Habian llegado los últimos dias de la luna de Safer del año novecientos y uno de la Egira[10]: era la hora de adohar y el sol brillaba abrasador suspendido en la mitad de su carrera; la rana cantaba ronca y desapacible y de la laguna casi seca se levantaba un denso vapor, cuando un peregrino cansado y sediento llegó al valle maldito del Hedjaz.

Era Abu-Kalek, anciano guerrero de la raza de los Almoravides que se dirigia en peregrinacion á la Meca, cumpliendo la última voluntad del rey de Granada Mohhamed-Aben-A'bd-Allah-al-Zaquir-al-Zoghoibi[11], (Boabdil) muerto en los campos de Bakuba, defendiendo contra los rebeldes jerifes al emir Muley Ahmet-ben-Merini. El anciano Abu-Kalek habia emprendido su viaje desde el Moghreb, y al fin habia puesto su cansada planta en las vertientes de las montañas que rodean á la Santa ciudad del Profeta[12].

Pero estaba escrito que el Almorabhid no llegaria al mirab de la gran mezquita; sus dias estaban contados y su sepultura abierta en el valle maldito del Hedjaz; las huríes le esperaban, y el alma del justo era tan pura como el blanco color de su venerable barba.

¡Qué grande y poderoso es Allah! En el mismo sitio donde apagó su sed el réprobo Aben-Zohayr, apagó la suya Abu-Kalek: un impío habia traido la maldicion de Dios sobre el valle, y un justo habia sido concebido para purificarlo. Cuando el Almorabhid bebió, sintió como el árabe que su vista se dilataba y su corazon ardia; su sangre débil y helada corrió por sus venas como fuego ardiente, y volvió á su juventud y á su fuerza; su encorvada espalda se irguió, sus ojos centellearon y en su boca apareció una profunda expresion de dolor.

—¡Oh Señor! exclamó el viejo prosternándose contra la tierra, ¿por qué me vuelves mi juventud y dilatas mi vida? ¿He dejado un solo dia de elevar á tí mi espíritu, ó mis labios han mentido ó mi espada ha derramado sangre del débil ó del inocente? ¡Oh señor Allah! ¿qué quieres de tu siervo Abu-Kalek?

Pero nada contestó á la plegaria del Almorabhid: la rana siguió cantando y el sol tendiendo sus rayos inflamados sobre la tierra. Abu-Kalek quiso continuar su camino, pero fué en vano; por donde quiera que se dirigia encontraba una roca tajada, un abismo ó un torrente; las huellas se borraban tras de sus piés.

—¡Oh desdichado rey, exclamó el creyente, los espíritus invisibles me cierran el camino: yo moriré aquí como tú moriste en Bakuba! ¡Hágase la voluntad de Allah!

Abu-Kalek sintió hambre, pidió dátiles á la palmera, fruto á las higueras, peces á la laguna; pero la palmera y las higueras y la laguna eran estériles; en aquel momento una golondrina se cernió sobre el valle; Abu-Kalek, tomó una saeta de su aljaba y tendió el arco que le servia de apoyo en su marcha; la saeta hendió silbando los aires y cayó trayendo consigo á la avecilla, que se agitó en sus últimas convulsiones entre las manos del morabhita.

Sobre el pecho azul de la golondrina pendia una pequeña llave formada de una esmeralda, sujeta al cuello del pájaro por un collar de rubíes; el creyente tomó la llave y la golondrina espiró, diciendo en un débil gemido:

—¡Busca!

Abu-Kalek miró la llave y vió sobre ella escrito en pequeñísimos caractéres cúficos el mote: «¡La galib ille Allah!» (¡Solo Dios es vencedor!)

—¡Busca! murmuró el viento agitándose entre los árboles.

Abu-Kalek se dirigió al pié de la seca palmera.

—¡Busca! murmuró roncamente la rana en la laguna.

El morabhita llegó hasta su orilla.

—¡Busca! graznó el buho desde el fondo de la gruta.

Abu-Kalek se precipitó á través de las zarzas que cubrian la profunda grieta y buscó; el buho entre tanto batia las pardas alas graznando siempre:

—¡Busca! ¡busca! ¡busca!

En la parte más profunda y oscura de la gruta, en un lóbrego agujero, anidaba el buho, que huyó lanzándose al valle al acercarse á su nido el morabhita Abu-Kalek.

IX.

Era la hora de alajá: la noche levantaba su oscura faz al Occidente; en el opuesto confin el sol se hundia tras azules montañas, entre celajes de fuego: el lucero de la tarde le seguia saludando con trémulos resplandores á la blanca lumbrera de la noche, y se iban extinguiendo lentamente los innumerables rumores que acompañan al dia.

El creyente oró y su espíritu subió hasta el Señor: un clarísimo resplandor iluminó la gruta, y perfumes suavísimos inundaron el ambiente; aquel resplandor emanaba del agujero habitado por el buho, y en el fondo de él se veia una placa de oro, en la cual al rededor de una cerradura se leia en caractéres azules: «¡Allah Akbar!» (¡Dios es grande!)

Abu-Kalek introdujo la llave de esmeralda en la cerradura de oro; la roca se rasgó dejando descubierta la entrada de una escalera de pórfido, con paredes de cristal y techumbres de ágata en forma de estalactitas.

Un genio horrible defendia la entrada; tenia cabeza de basilisco, alas de murciélago, cuerpo de leon y cola de serpiente; el genio exterminador puesto por Allah á las puertas del Edem; era la última prueba del morabhita Abu-Kalek.

Rayos lanzaban sus ojos; sus alas batian las paredes produciendo un chasquido aterrador; su cola azotaba el pórfido y sus garras se tendian ensangrentadas y amenazantes hácia Abu-Kalek que se precipitó sobre el genio gritando: «¡Allah Akbar!»

El genio desapareció rodando hasta el abismo y el morabhita se encontró en un alcázar como no lo han visto ojos humanos. Las puertas eran de diamante, el pavimento de rubíes, las paredes de perlas y los techos de sándalo; por los arcos afiligranados se despeñaban cascadas de aguas olorosas que iban á regar rosas siempre purpúreas y tulipanes inmarchitos; sobre todo esto un cielo azul como el zafiro, resplandecia con la luz de los ojos de Dios.

Cantaban las perís y danzaban las hadas en torno de una cuna de aloe sostenida por genios, donde sonreia un bellísimo infante velado por paños de púrpura: junto á él fijaba su mirada inefable de madre, una mujer hermosísima; su larga cabellera negra lanzaba reflejos azulados junto á las perlas que la entrelazaban, y rodeando un rostro de mejillas morenas, caia en bucles ondulantes sobre sus desnudos hombros velando un seno purísimo; su túnica azul era de seda superior á la de Persia; su breve talle estaba contenido en el cíngulo misterioso de Salomon; sus pequeños y desnudos piés se hundian en una alfombra cubierta de signos cabalísticos, y entre sus brazos reposaba un hombre que absorbia en sus ojos la intensa mirada de amor de los negros y radiantes ojos de la hermosa.

Esta era Rhadhyah, la más pura de las huríes, la reina de las prometidas á los creyentes por el Señor.

El hombre que reposaba entre los brazos de Rhadhyah era un hermoso mancebo; ceñia su frente una toca blanquísima, prendida por una garzota de piedras preciosas, y entre la cual aparecia una corona de rey; vestia una pesada loriga de combate y sobre ella se plegaba un caftan más blanco que la luz de la alborada; pero aquel caftan estaba manchado de sangre, y bajo él se veia una corva cimitarra damasquina roja hasta la empuñadura.

Aquel hombre era Mohhamed-Ben-A'bd-Allah-al-Zaquir-al-Zoghoibi (Boabdil), último rey moro de Granada.

Su semblante hermoso y tranquilo estaba pálido como el de un cadáver; una ancha herida partia su frente y sus ojos absorbian con una expresion melancólica la mirada de amor de Rhadhyah, junto á la cual reposaba sobre la alfombra.

Abu-Kalek se prosternó y unió su rostro al pavimento.

—¡Oh invencible Allah, exclamó, qué grandes é incomprensibles son tus decretos! ¿Es este aquel desdichado rey rebelado contra su padre, combatido por su pueblo y arrojado por los nazarenos de su trono? ¿Es este aquel real mancebo á quien yo ví morir y por cuya alma oro cuando el sol aparece y cuando la luna se levanta con la noche?

Boabdil se desprendió de los brazos de la hurí; sus labios descoloridos se contrajeron en una tristísima sonrisa, y su mirada diáfana se posó con una expresion de amor en Abu-Kalek.

—Levántate, muslin, exclamó, mi viejo amigo, Brazo de Dios, el más valiente de los guerreros de mi tribu, levántate y escucha.

Abu-Kalek se levantó.

—Hubo un tiempo, prosiguió Boabdil, en que morábamos en un gran pueblo; nuestro nombre llenaba la tierra y nuestros guerreros eran el terror de los infieles; la espada del muslim estaba siempre roja, y nuestras fronteras eran el cementerio de los nazarenos. Pero estaba escrito que el creyente seria desterrado; los alcaides de la tierra perdieron una á una las fuerzas y las villas del reino, y los infieles llegaron hasta nuestros muros. Mis guerreros se dividieron: mi tio asesinó á mi padre, y la maldicion de Dios cayó sobre Granada. Dia terrible fué aquel en que vimos la cruz clavada sobre nuestro alcázar, en que, desterrados, salimos por la parte del Genil con las lágrimas en los ojos y los piés descalzos. Abandonamos cobardemente nuestra ciudad y entregamos nuestros hermanos á la tiranía y las infamias del vencedor; nuestro corazon brotó llanto de sangre á los ojos que vieron por última vez la Alhambra desde el alto del Padul. La mitad de mi alma atravesó el espacio para ir á morar en ella envuelta en un suspiro, y la otra mitad quedó desesperada para amargar los últimos dias del rey vencido. Habiamos cometido un crímen, y debiamos expiarlo; habiamos manchado nuestros nombres como cobardes, y debiamos lavar nuestra infamia muriendo como mártires: mi lanza enmohecida con el abandono en Granada, se enrojeció en África; olvidé mis retretes de oro y habité la tienda de cuero del guerrero; ansiando la muerte lidié, me revolví entre millares de enemigos, y la muerte fué conmigo. ¡Allah tuvo compasion de mí! ¡Allah aceptó la expiacion de sangre que le ofrecia y me envió su paz con mi amor! ¡Me envió á Rhadhyah, la querida de mi alma, la madre de mi hijo!

Boabdil se detuvo y miró sonriendo en un éxtasis de inefable felicidad á la hurí y al niño que dormia.

—Estaba escrito, dijo Rhadhyah, con una voz más armoniosa que el murmurio de las auras al pasar entre las flores; cuatro veces el sicómoro ha entregado al viento sus marchitas hojas desde el dia en que impelida por los espíritus invisibles llegué hasta mi amado: «Ve Rhadhyah, me dijeron, busca á tu prometido; el que todo lo puede ha puesto su mano sobre tu nombre en el libro de diamante del Destino y te permite ser madre[13]. Ve, el creyente te espera.» Llegué y desperté á mi adorado que dormia: tres veces la golondrina ha visitado las tierras de Occidente desde que alienta el hijo del rey y de la hurí; y dos veces aún el sol ha recorrido su círculo de fuego desde que el alfanje enemigo abrió al alma de mi alma las puertas del Edem. El seno de la hurí ha alimentado al hijo de mi amado, pero está escrito que peregrine sobre la tierra, y su destino se cumplirá.

—¡Oh luz del cielo! repuso Abu-Kalek, deslumbrado por el resplandor que emanaba del semblante de Rhadhyah; manda, tu siervo está ante tí.

—Serás el maestro de mi hijo, exclamó Boabdil, y harás de él un príncipe perfecto, sábio, generoso y valiente; le tendrás contigo hasta que cumpla doce años, despues le abandonarás á su destino. Así está escrito. Si el príncipe cumple con los deberes de un buen muslim, la mano de Dios le protegerá y volverá trascurridos cinco años. Entonces le entregarás mi arnés, mi caballo de batalla, mi jacerina, mi alfanje y mi broquel; le harás cabalgar y volverás el caballo al Occidente; entonces darás una palmada en el cuello del bruto, y habrás terminado tu mision.

Boabdil extendió el brazo derecho hácia los genios, y dos de estos trajeron junto á él un caballo negro, encubertado con arreos de batalla; entre tanto se operaba en el rey una transformacion extraña; las manchas sangrientas de su caftan desaparecieron; la cicatriz que partia su frente se borró hasta quedar reducida á una sutilísima línea sonrosada, y sus ojos radiaron llenos de vida y de alegría; despojóse de la toca y de la corona que puso sobre el caparazon del caballo, y despues su caftan, su loriga y su alfanje. Rhadhyah se despojó del cíngulo, y al ponerlo sobre la espalda del bruto, dijo á Abu-Kalek:

—Cuando corran catorce años, lo entregarás á mi hijo. ¡Allah sea con él!

Entonces los genios y las hadas se agruparon sobre la alfombra: una neblina imperceptible se levantó en torno de ella, y lo envolvió todo; el alcázar mágico fué desapareciendo lentamente, y la niebla se condensó hasta envolver al morabhita en las más densas tinieblas; un caos pasó por su pensamiento; sintióse desfallecer, hizo un esfuerzo, y abrió los ojos en los que reflejó una claridad blanca y suave: estaba á la entrada de la gruta del Hedjaz, y la alborada pasaba volando sobre el valle.

X.

Pero este se habia trasformado; la palmera se inclinaba bajo el peso de los dátiles, la fuente brotaba de su pié, y la laguna estaba henchida de peces. Allah habia retirado de él su maldicion.

Abu-Kalek creyó que habia sido un sueño cuanto habia visto en el alcázar encantado; hizo la ablucion en la fuente, oró, cogió algunos dátiles, y se sentó á comerlos al pié de la palmera; á poco se le presentó un viejo acompañado de algunos árabes.

—¿Eres tú el morabhita Abu-Kalek el de Granada? le preguntaron.

—Sí, ¿qué quereis de mí? contestó el morabhita mirando á aquellos que le parecieron hombres y no eran otra cosa que genios.

—Sabemos, dijo el que le habia preguntado, que necesitas un alcázar.

Abu-Kalek miró estupefacto al genio y dejó de comer los dátiles.

—Sí, un alcázar y un mirab, para que more ahora y hable á Dios cuando conozca la ley, el príncipe que te han entregado.

Un débil vaguido salió de la gruta, donde al escucharlo entró presuroso el morabhita.

Su asombro fué inexplicable al ver sobre el césped, y en su cunita de aloe, el mismo niño que habia creido ver en sueños, sonriéndole y tendiendo hácia él sus bracitos.

En el fondo de la gruta, inmóvil, con el cuello erguido y la mirada centelleante, el corcel de batalla de Boabdil, mostraba sobre su espalda el cíngulo de Rhadhyah, la corona, el caftan y las armas del rey.

—¡No era sueño! exclamó Abu-Kalek en el colmo de la admiracion.

—Elige el sitio donde hemos de edificar el alcázar, exclamaron los genios que se habian agrupado á su alrededor.

Abu-Kalek se entristeció.

—No poseo más que mi alquicel, mi arco, dijo, y no tengo con qué pagar vuestro trabajo.

—Pagados estamos, repuso un genio, y tanto, que una vez concluido el palacio, pondrémos en él un tesoro, ricos divanes, alfombras de Persia y hermosos esclavos.

—Sea así, puesto que Allah lo quiere, dijo Abu-Kalek, saliendo de la gruta.

Atravesó el valle y subió á la montaña más cercana; volaban allí auras fresquísimas; despeñábanse claros arroyos, y desde la cima la vista se deleitaba contemplando los verdes campos, los montes rojizos, los horizontes azules de una tierra alumbrada por un sol brillante, girando en un espacio diáfano sin nubes ni neblinas; desde allí se veian, perdidas en la profunda garganta, la altísima palmera, la tersa laguna y la oscura gruta del valle.

—Aquí, dijo Abu-Kalek, clavando su arco en lo más alto de la cima.

XI.

Los campos, las montañas y los horizontes desaparecieron instantáneamente, y sólo quedó ante Abu-Kalek, un patio magnífico, cuyas galerías estaban sostenidas por arcos calados y delgadas columnas de alabastro; en el sitio donde habia fijado su arco, habia aparecido una fuente maravillosa sostenida por doce leones de piedra.

Entre los arcos vagaban esclavos etíopes de negro rostro y miradas feroces, cubiertos de fuertes armaduras y con largas picas en las manos; á las puertas de los retretes, blancos y hermosos mancebos asiáticos, ostentaban sus galas de púrpura y brocado; cantaban pintados pájaros en doradas jaulas de filigrana colgadas de las cúpulas, y el ambiente estaba embalsamado por el blanco humo de los perfumes que se quemaban en braserillos de oro; y los feroces guardas y los bellos esclavos, tenian fija en el Almorabhid su mirada, como el perro inmóvil que espera una seña de su amo para correr al sitio que le señale.

—¡El patio de los Leones! gritó Abu-Kalek, creyéndose aún entregado á un hermoso ensueño; ¡la sala de las Dos Hermanas! ¡El retrete de Lindaraja! ¡La Alhambra!

Y el anciano Almorabhid corria delirante por aquellos admirables retretes, reconociendo cada uno de sus recónditos sitios, gozando con cada uno de los labrados alhamís que encontraba por do quiera. Y vió aposentos embaldosados de mármoles más blancos y tersos que el marfil, con paredes adornadas de exquisita y menuda labor, con cúpulas doradas y matizadas de estrellas, como el cielo de una noche tranquila.

—¡La Alhambra! gritó entregado al frenesí de su alegría; ¡la Alhambra, no como ahora profanada por la planta del ambicioso y pérfido nazareno, sino la Alhambra como en tiempos de mis padres, fresca y sonora con el murmurio de sus fuentes y el canto de sus aves! ¡La Alhambra de Boabdil y de Muza-aben-Abil-Gazan! ¡El alcázar de las zambras, el libro de oro donde está escrita en caractéres de nácar la palabra de Dios! ¡La Alhambra! ¡La Alhambra! ¡La Alhambra!

Y lloraba como una mujer, y corria como un niño, y reia como un loco.

XII.

Entre tanto habia llegado á una sala más extensa que las otras; el pavimento era de riquísimo mosáico; los muros abiertos por alhamís con ajimeces en el fondo, eran altísimos y adornados de labor persa y caprichosos trasparentes por los cuales penetraba una ténue luz; la puerta arqueada con más gracia que las cejas de una hurí, dejaba ver un ancho patio y en él un dilatado estanque de mármol donde flotaban blancos cisnes y nadaban peces brillantes como el oro, rojos como la púrpura, y blancos como el velo de una vírgen esclava.

—No, no es la Alhambra de mis padres, exclamó Abu-Kalek mirando al campo desde uno de los ajimeces; si fuera ella, veria desde aquí el barrio de las gentes de Baeza[14], y el alegre Generalife dominando los cármenes de Aynadamar, y el Darro arrastrando entre ellos sus arenas de oro, Granada apoyando sus muros en la vega, y más allá Sierra Elvira y los montes de Loja por junto á los cuales se desliza el Genil. ¡No! ¡Esta es la Alhambra de los genios! ¡La Alhambra del Hadjaz! ¡Qué poderoso eres Allah, que con una mirada de tus ojos puedes reproducir la más hermosa de tus maravillas!

El morabhita se alejó suspirando del ajimez, atravesó retretes y galerías, y salió del alcázar; dirigióse á la gruta, tomó entre sus brazos la cunita que contenia al infante, y desandando el mismo camino, la depositó en el retrete de los ajimeces; el caballo de batalla de Boabdil le habia seguido, y se detuvo quedando otra vez inmóvil como una estátua junto al estanque donde flotaban los cisnes y nadaban los peces de colores.

—Aquí morarás, Aben-al-Malek (Hijo del rey), exclamó el anciano dirigiéndose al niño; el morabhita en la gruta del valle; pero subirá cada vez que el sol aparezca, para enseñarte la palabra de Dios y hacerte buen muslim y buen caballero.

Y así sucedió: los genios guardaban el alcázar, y servian al príncipe Aben-al-Malek, como jamás ha sido servido príncipe alguno; ofrecíanle los más exquisitos manjares, los perfumes más suaves, los lechos más frescos y regalados, donde velaban su sueño halagándole con sus alas invisibles: Abu-Kalek pasaba todo el dia á su lado, desarrollando en él las dotes que debe poseer todo buen muslim: temor de Dios, generosidad y valentía. Cuando el príncipe llegó á la edad de doce años, descifraba como un faquí los misterios del libro de Dios; cabalgaba sobre caballos salvajes; esgrimia la lanza como un Almorabhid; manejaba el alfanje como un Abencerraje; cogia una sortija á la carrera como un Zenete, y ponia una saeta á larga distancia en el blanco como un Scita; componia elegantes versos, tañia maravillosamente todo género de instrumentos y cantaba á la perfeccion: era hermoso como Rhadhyah y valiente y fiero como Boabdil.

Abu-Kalek, que observaba la vida más austera en la gruta, durmiendo sobre la yerba y comiendo los peces que pescaba con gran paciencia en la laguna, se contristó al ver que habia llegado la época de separarse de Aben-al-Malek, á quien amaba con toda la ternura de un padre: á pesar de esto, el dia que señaló nueve años despues del en que el príncipe fué confiado á su fidelidad, fué á una oscura estancia del alcázar, donde se guardaba en dos jarrones de porcelana un innumerable tesoro, le cargó sobre dos camellos, montó en un asno y llevando á su lado á Aben-al-Malek, ginete en un poderoso caballo, abandonó el alcázar y se dirigió lentamente á la Meca.

XIII.

Un mes duró el viaje; al fin de él, una tarde, al trasmontar el sol los horizontes, divisaron los altos minaretes y las cúpulas de la mezquita de la Santa Ciudad: entraron en ella, y despues de haber hecho su ablucion en el pozo Zemzem, oraron en el mirab. Despues, en la puerta de la mezquita, dijo Abu-Kalek al príncipe, con las lágrimas en los ojos:

—Aben-al-Malek, vamos á separarnos; está escrito que peregrinarás sobre la tierra y pondrás á prueba tu corazon. Te dejo un inmenso tesoro y una lanza: no olvides nunca que el mejor objeto en que puedes invertir el primero, es en aliviar la miseria de tus hermanos, y la segunda en proteger al débil y combatir los infieles enemigos de Allah; huye de la indolencia y de la impureza, como de vicios fatales; y sé siempre generoso, valiente y fiel.

Abrazó al príncipe tras estos consejos, y montando en su asno, volvió triste y afligido á la gruta del Hedjaz.

XIV.

Cinco veces el viento del invierno habia arrebatado sus hojas á las higueras del valle, y cinco veces las brisas de la primavera habian murmurado entre el rico penacho de la vieja palmera, desde el dia en que Abu-Kalek habia abandonado á sí mismo al príncipe.

Era una de las primeras noches de la luna de Dilhagia; acababa Abu-Kalek de hacer su azalá de alajá, en que no habia olvidado su oracion particular por el príncipe, cuando sintió ruido entre la maleza y poco despues se presentó ante él un robusto mancebo: iba humildemente vestido; llevaba á la espalda una aljaba, un venablo en la diestra y una cimitarra pendiente de su costado. La luna alumbró su semblante y el morabhita lanzó un grito de alegría: era el príncipe Aben-al-Malek.

—¡Estaba escrito! gritó el morabhita arrojándose en los brazos del jóven; ¡bendito sea Allah!

El príncipe se sentó sobre la yerba, y contó sus aventuras á Abu-Kalek; estaban reducidas á lo siguiente: habia invertido su tesoro en los hospitales y en los pobres; habia viajado y hecho la guerra santa en los galeones muslimes sobre los mares de los nazarenos: volvia pobre, pero fuerte, como el brazo de Dios; hermoso como un cielo sin nubes, y tranquilo como el corazon del justo.

—Sin embargo, padre mio, añadió Aben-al-Malek prosiguiendo su relato; hay un sér que acompaña mis sueños, á quien veo despierto, por quien padezco ausente; es una mujer; tiene la tez blanca y los cabellos y los ojos negros: es hermosa como la felicidad y pura como el fuego; yo la tengo dentro de mi corazon; me parece haberla visto alguna vez y no recuerdo dónde: ahora mismo la veo: tiende hácia mí sus brazos; me llama: ¡oh padre mio, tú, que eres sábio, justo y bueno, dime dónde está el alma de mi alma!

Abu-Kalek reclinó la cabeza sobre su pecho y oró; el Señor iluminó el espíritu de Abu-Kalek y le dejó leer en el libro del porvenir, que abarca omnipotente los tiempos y los espacios. La mirada del Almorabhid era radiante y su voz profética.

—Príncipe, dijo á Aben-al-Malek, el sér á quien amas es una hurí.

El príncipe se prosternó.

—Pero esa hurí está sujeta á un espíritu rebelde, y duerme encantada hace más de ochocientos años. ¿Tienes valor para luchar por ella con los espíritus invisibles?

—Mi fortaleza está en Allah, contestó el príncipe.

—¿Vacilarás una vez aceptada la empresa?

—No.

—Pues bien, levántate y escucha: en las tierras de Occidente veo una altísima sierra, cuya cima toca á las nubes; al pié de esa sierra hay una ciudad tendida sobre tres montes: en el de en medio dominando á la ciudad, hay un fuerte castillo, y en el castillo una torre misteriosa: no hay guardas en sus almenas, ni en sus muros anidan aves, ni pié humano pasa sin temblar á su alrededor: en esta torre está encantada la querida de tu corazon; para llegar hasta ella, tendrás que pasar siete suelos; en cada uno de aquellos suelos hay un murciélago maldito: en cada uno de estos murciélagos vive encantado un espíritu condenado.

Para llegar hasta la amada de tu alma, tendrás que vencer siete terribles encantos; si los resistes con valor, alcanzarás la posesion de la hurí blanca de los ojos negros; si vacilas un solo momento, ella y tú quedareis sepultados en el fondo de la terrible torre en una noche sin fin.

—Acepto, dijo el jóven; Dios es grande y luchará conmigo.

Entonces Abu-Kalek asió al jóven, y le llevó al patio del estanque del alcázar; inmóvil como una estátua de mármol, erguido el cuello, las orejas enhiestas y los ojos centelleantes, el caballo de batalla de Boabdil estaba en el centro de una galería: Abu-Kalek se acercó á él, y tomó de sobre su espalda la loriga, el caftan, la toca y la corona del rey.

—Viste este traje, dijo el anciano á Aben-al-Malek, es el traje de guerra de un valiente.

El jóven se ciñó el traje en silencio.

—Ajusta tu cintura con este cíngulo; es el cíngulo de tu madre.

El príncipe besó con ternura el talisman y se le ciñó.

—Ahora toma este alfanje, esta jacerina y este broquel, y á caballo.

Aben-al-Malek cabalgó de un salto en el generoso bruto, que sacudió sus crines en un movimiento de alegría, y empezó á piafar impaciente.

El morabhita le asió de la rienda, y le sacó del alcázar; era la hora de azzohbi, la aurora tendia su blanca luz sobre los horizontes orientales, mientras al Occidente algunas estrellas tardías, acompañaban las últimas sombras de la noche: Abu-Kalek volvió el caballo al Occidente y miró por última vez al príncipe. Estaba hermosísimo; la profunda mirada de sus grandes ojos azules abarcaba la inmensidad, como si viese en ella un objeto fijo en su pensamiento. Firme sobre la silla; la adarga embrazada y la pica enhiesta, con la boca entreabierta en una ligera expresion de bravura, hubiera creido cualquiera aquel grupo compuesto de un caballero y un anciano, el genio de la guerra dominado por la prudencia.

Dos lágrimas rodaron por las secas mejillas del morabhita.

—¡Señor, dijo levantando su mano sobre el cuello del corcel, he cumplido mi mision! ¡cúmplase su destino!

La mano descarnada del viejo cayó sobre el cuello del bruto, que se estremeció de alegría, lanzó un relincho salvaje, se lanzó desde la montaña en el espacio, devoró los campos, pasó como una tempestad los montes, llegó á remotas playas, salvó las ondas y arribó á otras orillas; ave, bruto y pez, condujo al príncipe al pié de la torre misteriosa, que guardaba encantada á la querida de su corazon.

XV.

En cuanto el morabhita, una vez terminada su peregrinacion sobre la tierra, los genios le sepultaron en el alcázar maravilloso, que sirvió de morada en su infancia al príncipe Aben-al-Malek. Algunas mañanas, cuando el sol empieza á romper las neblinas, creen ver las caravanas que atraviesan el Hedjaz, las fuertes torres de un altísimo castillo: es la Alhambra de los genios; la Alhambra del Hedjaz; la sepultura del Almorabhid Abu-Kalek.