III.
El sueño del rey Al-Hhamar.

I.

Era ya de noche; las calles estaban envueltas en una oscuridad profunda; los ajimeces cerrados; los moradores, excepto los guardas nocturnos, retirados en sus casas; Granada parecia un cementerio.

En medio de aquel silencio, sólo se oia el duro choque de las pisadas del caballo, que dirigió el walí Abu-Yshac por la plaza de Bib-Rambla, el Zacatin y el Albaicin, hasta la plaza de Bib-Al-bolut.

Entonces Abu-Yshac desmontó, ató su caballo á una columna de un soportal, y deslizándose cautelosamente á lo largo de las murallas del castillo Hins-al-Roman[22], entró en el barrio del Zenete y se detuvo junto á una puerta poco distante de la Casa del Gallo.

Aquella puerta era la de una hospedería de las fundadas en el Albaicin por el rey, para viajeros á quienes sus negocios ó su deseo traian á morar transitoriamente en Granada, y era concurrida por los más ricos y nobles creyentes del reino. En ella encontraban baños limpísimos, blandos lechos y exquisitos manjares.

Abu-Yshac observó la casa atentamente, y cuando se hubo persuadido, por el silencio que dominaba en el interior, de que los habitantes de la hospedería estaban retirados en sus aposentos, tocó á la puerta con el pomo de su gumía; pasó un momento hasta que se dejaron oir unas pisadas cautelosas, y luego dieron por dentro sobre la puerta dos golpes casi imperceptibles. El walí repitió cuatro de igual modo, y la puerta se abrió.

II.

Un negro etíope, con una lámpara en la mano, examinó de alto á bajo á Abu-Yshac, y tras este reconocimiento le permitió entrar, cerró, y le condujo á un aposento en el extremo de la hospedería.

Junto á un hogar situado en el centro, estaban sentados dos hombres cubiertos con trajes de guerra; los dos eran jóvenes y en sus miradas se veia retratado un disgusto sombrío. Eran los walíes de Málaga y Guadix, Abu-Abdalá y Abul-Hassan.

—Allah sea con vosotros, amigos mios, dijo Abu-Yshac, y perdonadme si os he hecho esperar en una cita, que mi alma deseaba por vosotros, que alentais mis cansados años y me recordais con vuestra mocedad mis alegrías.

—Bien venido sea el sábio y el valiente. ¿Qué podrán contar las golondrinas á sus hermanas de África, cuando vuelvan huyendo de las heladas que se acercan?

—Calamidades, contestó Abu-Yshac. ¿Acaso no han visto á los leones humillados y ensalzadas á las serpientes?

Despues de esto calló, y sentándose junto al fuego inclinó la cabeza meditabundo.

—Los Zenetes son zorros miserables, exclamó el jóven walí Abul-Hassan; los Zegríes cobardes perros que ladran entre los piés del amo que los proteje. ¿Pero, por ventura, se han enmohecido nuestras lanzas porque Al-Hhamar no ha contado con ellas para acorrer á los de Murcia?

—¿Quién habla aquí de Al-Hhamar? dijo una voz sonora desde la puerta.

Los tres walíes se estremecieron al escuchar aquella voz, y se levantaron para recibir á un gallardo mancebo que adelantó hácia ellos.

Su traje resplandecia como una cascada herida por los rayos del sol, á la luz de la lámpara que alumbraba la estancia; un joyel de diamantes prendia su toca blanquísima, y su túnica y su caftan estaban salpicados de perlas; llevaba unos borceguíes de grana, labrados con oro, y su mano derecha jugaba con un venablo, mientras la izquierda acariciaba la empuñadura de un corvo y reluciente alfanje, sujeto á su cintura en una faja de la India.

Era de mediana estatura, aunque robusto y gallardo; su semblante, imberbe aún, participaba de la alegre expresion de candor del niño y de la profunda reserva del anciano; á pesar de una eterna y burlona sonrisa, se adivinaba en su hermoso semblante blanco y pálido, de hermosos ojos azules, el paso de profundos pensamientos que hacian respetable á aquel mancebo de quince años, soberbio ya, y cuyas manos, hermosas como las de una mujer, apretaban membrudas, ora la espada de los combates, ora la lanza de las sortijas.

Era este niño el príncipe Juzef-ben-A'bd-Allah, hijo menor del rey Aben-Al-Hhamar.

—¡Ah! ¡sois vosotros! dijo el príncipe dirigiéndose á los tres walíes; ¿qué haceis aquí? ¿por qué los leopardos dejan sus guaridas cuando no los llama el leon?

El acento del príncipe al pronunciar estas palabras era tan marcado, que los tres walíes se miraron recíprocamente antes de contestar.

—¡Conspirais contra el rey! exclamó el príncipe fijando en ellos una mirada tan penetrante como la que tiende la serpiente á su presa.

—¡Esperanza de los creyentes! contestó el astuto Abu-Yshac: es cierto que hemos dejado sin licencia del rey nuestros castillos, y que hemos venido á Granada por ocultos senderos; pero tambien es cierto, que mañana se corren en Bib-Rambla toros y cañas en celebridad de la jura y proclamacion de tu hermano Mohamet, y hemos creido que debiamos aventurar algo para alcanzar una fiesta tan magnífica, y por añadir á la khotba pública[23] en la gran mezquita al nombre del magnífico rey Al-Hhamar, nuestro dueño, el del príncipe Mohamet, su sucesor y partícipe en el mando.

El viejo walí sorprendió una ligera indicacion de impaciencia en el rostro del príncipe, cuyas manos apretaron con más fuerza el venablo y la empuñadura del alfanje.

—Y sin duda, dijo Juzef con sarcasmo, deseosos de rendir ese justo homenaje á mi amado hermano, velais, cuando ya ha dejado oir su primer canto el gallo, para ser unos de los primeros que pidan por él al Altísimo en la azalá de azzohbi.

—Dios lee en los corazones, exclamó impetuosamente el ceñudo walí de Guadix, Abul-Hassan, y sabe cuál es la causa que tiene de pié á nuestro amado príncipe cuando están en la mitad de su curso las estrellas.

—¡Por los siete durmientes! exclamó Juzef, eres harto malicioso Abul-Hassan. Y por cierto que no debe ser muy grato á Allah el motivo que me desvela, añadió haciendo gala de su impiedad en una larga carcajada.

El respeto ató la lengua de los tres walíes, que no se atrevieron á aventurar una pregunta, por más que los inquietase sobre manera el lenguaje misterioso del príncipe.

—¡Por Salomon! continuó este, ¿creereis mis valientes alcaides, y el príncipe dió una intencion marcada á estas palabras, que Juzef-ben-A'bd alá, el hijo de Aben-Nazar el vencedor, su querido leoncillo, como le llama cuando besa sus mejillas, ha huido como un perro vagabundo de los guardas de la ciudad?

—¡Oh poderoso señor! exclamó hablando por primera vez el walí de Málaga Abu-Abdalá, y ¿quién se ha atrevido á insultar al real mancebo esperanza de los buenos creyentes?

—¿Quereis venir conmigo á castigar á esos miserables? preguntó el príncipe mirando fijamente á los tres africanos.

No habia medio de negarse, á pesar de que una inquietud mortal hacia temblar sus corazones.

—¿Y dónde hemos de ir, luz del cielo? preguntó dominándose Abu-Yshac.

—A la plaza de Bib-Al-bolut, contestó el príncipe; á la casa del judío Absalon. Quiero que me acompañeis, porque he encontrado un caballo en su soportal, y me pesaria escapase el dueño que sin duda está dentro.

—¿Este es un negocio de amor? dijo Abu-Abdalá; ¡por Mahoma! si te has enamorado de Betsabé, huye de ella como huirias de Satanás, príncipe mio.

—¿Y cómo huirias tú de ella, mi prudente walí? repuso con punzante ironía Juzef.

La sangre subió á las mejillas del walí; y su mano oculta entre los pliegues del alquicel, buscó entre su faja el puñal.

—El caballo que has visto en su puerta, dijo Abu-Yshac procurando distraer al príncipe, es mio, magnífico señor, y nada tienes que temer.

—Valientes caballeros, contestó el jóven, junto á vosotros desafío los ejércitos de Castilla y de Leon. Venid, pues; procuraré distraeros de manera que esteis dispuestos cuando el muecin suba al alminar para llamar á los fieles á la azalá de azzohbi.

Tras esto salió del aposento, y los tres walíes le siguieron mirándose recelosos.

El príncipe llegó á la puerta exterior.

—Makssan, dijo en voz baja al negro que habia abierto á Abu-Yshac, haz que se armen treinta arqueros de la guardia negra, y que me sigan descalzos sin dejarse sentir de los walíes.

Estos aparecieron entonces, despues de haber conferenciado á su vez antes de unirse al príncipe, que al verlos dió á Makssan algunas órdenes insignificantes en voz alta, saliendo despues seguido de los walíes, que temblaban al ver la imprudencia con que Juzef reia y cantaba al pasar junto á los guardas de Hins-al-Roman. Pero sea que estos descuidasen la vigilancia, sea que estuviesen prevenidos, los rondadores llegaron salvos á la plaza de Bib-Al-bolut.

III.

El príncipe se detuvo en el soportal de la casa donde Abu-Yshac habia dejado su caballo, y llamó á una ventana baja. Oyéronse tardos pasos en el interior, y la puerta se abrió. Un viejo cubierto con una hopalanda negra, de aspecto humilde hasta la bajeza, de blanca barba y lacios cabellos canos, sobre los que se ceñia un gorro amarillo, apareció llevando en la diestra un haz de gruesas llaves, y en la siniestra una lámpara, cuya luz lanzaba trémulos reflejos.

—¿Quién eres? preguntó á Juzef.

Soy el que será, contestó con intencion el príncipe.

—¿Y quiénes son esos que te acompañan? insistió el viejo posando una mirada recelosa en los tres walíes.

—Son los que me ayudarán á ser, repuso en voz baja el jóven.

—El Señor de Abraham sea contigo y con los tuyos, dijo el viejo franqueando la puerta á los tres africanos que entraron á una indicacion del príncipe.

El dueño de la casa cerró, conduciendo á sus visitantes á un reducido aposento, cuya miseria contrastaba enérgicamente con la belleza de las casas de Bibal-bolut.

Las paredes estaban cubiertas por altos armarios forrados de hierro, que habia enmohecido la humedad de un pavimento mal cubierto por una rota y manchada estera de palma; negras telas de araña festoneaban el techo sustentado por vigas corroidas, y una fuerte reja, que correspondia á un patio oscuro, y ante la cual habia una mugrienta mesa, se dejaba ver en la parte del aposento desprovista de armarios.

El mueblaje se reducia á un taburete forrado de grasienta baqueta. El príncipe fué á sentarse en él, pero le detuvo el dueño de la casa.

—Espera, le dijo este, el águila no debe manchar su régio plumaje en el nido del buho.

Tras esta observacion, el viejo abrió uno de los armarios, y sacó un rollo de tela que brilló deslumbrante, herida por la opaca luz de la lámpara, y cortó de ella un pedazo con el cual cubrió hasta el suelo el viejo taburete; despues tendió delante una piel; la tela era brocado de oro sembrado de rubíes; la piel de leopardo, cuya cabeza mostraba aún los ojos inyectados de sangre y los afilados y blancos dientes.

—Muy espléndido estás, Absalon, observó el príncipe: este es un trono.

—O un tajo, contestó sombriamente el judío.

—Sea lo que quiera; ¿pero no tendrás otros tres asientos para mis tres valientes compañeros?

Los tres walíes se habian detenido en la puerta, y á más de estar envueltos en la sombra, se habian cubierto la cabeza con los capuces de sus alquiceles.

—¿Acaso el siervo se sienta al par de su señor? dijo el judío contestando á la pregunta del príncipe: el perro ha nacido para arrastrarse á los piés de quien puede zurrarle con su azote.

Tres miradas profundas se perdieron en la oscuridad, y tres manos membrudas buscaron los puñales, cubiertas por los alquiceles.

—Pero esos tres hombres no son perros, contestó el príncipe; son tres leones que vienen á buscar garras en tu casa.

—¿Y vienes á eso, príncipe? preguntó con inquietud Absalon.

Una mirada profunda de Juzef Aben-A'bd-Allah, contuvo al viejo israelita.

—En cuanto á garras, dijo, dárselas puedo tales, que no encuentren jaco bien templado, ni mallas bastante fuertes para resistir su embate.

—¿Recuerdas lo que te propuse anoche?

—¿Puede olvidar el siervo los mandatos de su señor? contestó el judío doblegándose hasta apoyar la barba en su pecho.

—Ahora bien, mis valientes amigos, añadió el príncipe levantándose y dirigiéndose á los tres walíes; tal vez necesite mañana de vuestro esfuerzo, y como habeis venido sin armas, justo es que yo os las procure tales como las pudiera desear el más bizarro caudillo. Entrad: Absalon dará á cada uno un arnés, una pica, una espada y un caballo de batalla. Entrad.

Los tres walíes entraron en el aposento, siempre cubiertos por los capuces.

—Entrad, les dijo el judío abriendo una puerta escondida por un armario, y silbando al mismo tiempo de un modo particular.

Un negro apareció instantáneamente tras la puerta recien franqueada, y alumbrando con una antorcha un largo pasadizo estrecho y húmedo.

Los tres africanos entraron; cada uno de ellos llevaba un puñal desnudo. Cuando hubieron adelantado algun tanto, Juzef dijo al judío:

—Cumple tu promesa.

—¿Cumplirás la tuya? dijo mirándole intensamente Absalon.

—Sí, contestó el príncipe.

—¿Aún cuando hubieras de manchar con sangre el trono de tu padre?

—Sí, por el Dios que salvó en su huida al Profeta.

—Tú lo has dicho, añadió el judío abriendo otro de los armarios, tras el cual apareció una escalera; sube, al fin guardo el mayor de mis tesoros; tu vida está en mis manos, y ¡ay si el leon insulta al lobo!

Dichas estas palabras, Absalon se perdió por la bóveda en que habian penetrado los walíes, y el príncipe subió de tres en tres peldaños, y con el corazon agitado, la escalera que se abria delante de él.

IV.

A su fin encontró una puerta; empujóla y adelantó en un retrete, en el cual se hundieron sus piés sobre una alfombra de la India; una lámpara de alabastro consumia aceite aromático y reflejaba su melancólico resplandor en paredes blancas y brillantes como el marfil, labradas con oro pulimentado; al frente, cubierta por un tapiz de púrpura, se abria una comunicacion á otro aposento y á través de ella volaba un suavísimo perfume.

—Hé aquí los judíos, observó el príncipe atravesando el retrete; miseria, pestilencia en el exterior; oro, perfumes, en los escondidos aposentos de sus rameras; la lepra á las puertas del paraíso.

Llegó al tapiz y le alzó; un nuevo aposento, más rico que el primero, deslumbró al príncipe acostumbrado á la riqueza de los retretes de la Casa del Gallo; la alfombra era de oro y seda; las paredes entapizadas de brocado; el techo de sándalo, incrustado de nácar y ébano; flores de Asia frescas y olorosas encerradas en vasos de ágata; pájaros atados á hilos de oro acurrucados en las cornisas y entre las flores, mostrando sus caprichosos plumajes; pebeteros de inmenso valor cargados de perfumes, y lámparas preciosas, en las que daba pábulo á una luz, velada por gasas trasparentes, purísimo aceite de Siracusa.

Los pebeteros difundían por la estancia un ambiente fresco y oloroso, y parecian halagar el sueño de una mujer que dormia sobre almohadones de púrpura en el fondo del aposento.

El príncipe observó rápidamente sus adornos, y se adelantó comprimiendo su corazon, que se agitaba violentamente, hasta la hermosa. Porque era muy hermosa la mujer que dormia ó fingia dormir. Descuidada, sonriendo á sus sueños, con la cabellera tendida, el seno y los brazos desnudos y deslumbrantes de blancura, á la luz opaca de las lámparas, dejando ver bajo su túnica arrollada un pié magnífico y parte de una pierna adornada con una ajorca de oro, era la más hermosa imágen del ángel de la tentacion.

Aben-Juzef se arrodilló sobre los almohadones, y fijó su mirada llena de un amor insensato en aquella purísima niña que reia y suspiraba á un tiempo, á impulsos de su recóndito y dormido pensamiento. La vista del príncipe devoraba ansiosa aquellas formas redondas, aquellos cabellos negrísimos, que lanzaban brillantes reflejos, heridos por la luz, y se tendian en largos rizos sobre el lecho, velando á medias los desnudos hombros de la dama dormida. La frente que aquellos rizados cabellos orlaban, era tersa, pura y majestuosa como la de una sultana; dos cejas perfectamente arqueadas coronaban dos ojos, que aunque dormidos, lanzaban rayos de un fuego intenso á través de sus entreabiertas y sedosas pestañas, y sobre sus mejillas, á quienes hubieran robado envidiosas su blancura la azucena, y la rosa su leve carmin, se suspendian dos lágrimas tranquilas. La pureza de sus húmedos y rojos labios, revelaba á una vírgen, y la suave dilatacion de su seno, enamorados pensamientos.

Aben-Juzef, pálido y tembloroso de emocion, acercaba insensiblemente su bello semblante al semblante de la hermosa: sentia su aliento impregnado de ambrosía, cada vez más cercano, más ardiente: toda su ambicion, todo su porvenir estaban allí.

La dama despertó levantándose sobre su lecho como al impulso de un poder invisible.

—¿Quién ha entrado aquí? dijo Betsabé; la hija del gran rio quiere dormir tranquila; yo oia cantar los pájaros de mi país, y mis plantas pisaban los alcázares de mi padre; ¿quién ha venido á turbar mi reposo?

El príncipe se volvió; Betsabé de pié envuelta enteramente en su túnica de finísimo lino, estaba delante de él, mal despierta aún, arrojando á su espalda con sus pequeñas manos, sus largísimos cabellos.

—¡Ah, eres tú! ¡lumbre de mis ojos! exclamó al reconocer al príncipe; tambien soñaba contigo; te veia pasar, ginete en un caballo negro y rodeado de una brillante córte; llevabas en la frente una corona; pendiente del costado una espada de oro. Junto á tí cabalgaban, inclinando su frente respetuosa, wasires y kadies y los alféreces conducian delante tu bandera de rey: el pueblo te seguia victoreando y sobre todo esto brillaba un sol resplandeciente. ¡Qué hermoso estabas!

—Betsabé, contestó el príncipe, esta es la primera vez que al lenguaje de nuestros ojos se une el de nuestras bocas, y me hablas de tronos; antes, cuando yo dormia tranquilo sin conocerte, cuando veia sin conmoverme las mujeres de mi pequeño harem, cuando los más ricos mercaderes me mostraban en vano los encantos de sus esclavas, ¡qué feliz era! ¡amaba á mis hermanos, amaba á mi padre!

Betsabé se dejó caer sobre los almohadones.

—¡Y ahora no eres feliz, alma de mi alma!

El príncipe palideció.

—No, dijo, tu amor me mata. Si yo hubiera podido creer que tu serias mi señora y yo tu esclavo.... hubiera huido de tí. Ya no es tiempo de retroceder; no, aunque tuviera delante de mí el puente Sirat, con todo su fuego eterno.

Betsabé lanzó una radiante mirada al príncipe.

—¡Oh si tú supieras...! le dijo: mira, y le mostró su pié sujeto por la ajorca á una gruesa cadena de oro fija en el pavimento junto al lecho.

El príncipe miró asombrado á Betsabé.

—Yo te amo, dijo la vírgen, condensando cada vez más su amorosa mirada, y todo lo espero de tí.... pero es necesario luchar.... ¿tienes valor?

—Sí.

—Yo quiero ser sultana.

El príncipe se estremeció.

—Pero yo no puedo ser rey; contestó Juzef; mañana mi hermano Mohhanmed será proclamado sucesor á la corona....

—Sí, y tú, el más valiente, el más querido de tu padre entre tus hermanos, irás á vivir vergonzosamente en lo más hondo de tu harem, ó á morir sin gloria defendiendo una corona que habrás perdido por cobarde....

Betsabé pronunció estas palabras con el más frio desden y rechazó al príncipe con enojo.

Juzef era muy jóven aún; corria por sus venas la ardiente sangre de los Al-Hhamares, y no podia tolerar nada que se opusiese á sus deseos; sentia por Betsabé un amor idólatra, superior á todas sus creencias, y luchaba procurando desoir el grito de sus deberes. Más de una vez sus ojos se habian deslumbrado ante el brillo de la corona de su padre, y un pensamiento terrible, inspirado por Satanás, le agitaba haciéndole estremecer de espanto. El mal y el bien se disputaban el dominio de su alma, y aquel terrible combate empezado, apenas pudieron desarrollarse sus deseos, habia dado á su semblante el tinte de reflexion y prudencia, que en la hospedería le habia hecho respetable á los tres walíes.

Pero Juzef amaba á su padre y á sus hermanos, y apenas nacidos aquellos criminales deseos, desaparecian dejando marcado en su rostro el rubor y en su alma un arrepentimiento sincero. Corria al mirab, oraba y la tentacion desaparecia. Era un alma de niño franca y generosa, por más que su pureza estuviese manchada con conatos de crímen.

Tal vez debia á su madre, africana ambiciosa, aquellos insensatos deseos de poder: allá en las prolijas noches de invierno, cuando la lluvia azotaba las espesas celosías del harem y el viento se quebraba zumbando en los calados ajimeces, la hermosa Wahdah palidecia, sus ojos de una hermosura salvaje lanzaban rayos, y oprimia contra su seno palpitante al pequeño Juzef, que despertaba al impulso de aquella presion terrible: Wahdah le miraba ceñuda, y una sonrisa horrible contraia su boca temblorosa; recordaba una historia funesta, que encerraba sus recuerdos de amor; recuerdos dolorosos que desgarraban su pensamiento.

V.

Fingíase algunos años atrás en Cairvan[24]. Veia la torre de un fuerte castillo, y un estrecho postigo de su muro. La noche, oscura y medrosa, tendia su negra sombra sobre un espeso palmar, cuyas penachudas copas mecia el viento de la tormenta. La lluvia mojaba su blanca túnica de vírgen, y algun lívido relámpago iluminaba su frente pálida de impaciencia. Amaba como aman las mujeres de África: de una vez y sola una vez. Su pensamiento volaba fuera de los muros hasta un hombre, siempre fijo en él. Su oído pretendia escuchar el galope de un caballo, cada vez que arreciando la lluvia desplomaba sus gruesos goterones sobre la tierra abrasada y seca por el sol del estío. Pero el rumor acompasado y tenaz se prolongaba... era un delirio. Al fin, tras larga espera, sentia distintamente pisadas cautelosas. Una mano prudente introducia una llave en el postigo, y un hombre jóven y hermoso envuelto en un albornoz entraba y asiendo su mano temblorosa la llevaba á una apartada galería. La lluvia continuaba; los relámpagos eran más frecuentes y brillantes; el mugido del huracan se unia al ronco estallido del trueno. Y sin embargo, la tempestad de los elementos cedia á la tempestad de su pasion. De repente la galería se iluminaba con el resplandor de cien antorchas. Feroces esclavos negros, con las cimitarras desnudas rodeaban á los amantes. Un anciano, de semblante noble y ademan imponente, se adelantaba en el centro del círculo formado por los esclavos. Su brazo firme, tranquilo, se levantaba en un ademan de mandato señalando al hermoso jóven á quien amenazaban cien cimitarras. Luego oia el choque del acero contra el acero; el hombre de su amor se defendia como un tigre; el anciano, tranquilo siempre, presenciaba la lucha sin tomar parte en ella; al fin un grito de dolor resonaba sobre el estruendo de los aceros y un cuerpo caia en tierra. Todo concluia para Wahdah: sólo quedaba á su amor un recuerdo funesto.

Sólo la quedaba un recuerdo de dolor.

El anciano walí de Cairvan, la hacia conducir á su harem; era su esclava. Su padre la habia vendido por un caballo, cuando aún era niña. El walí de Cairvan la habia sentado cuando aún niña sobre sus rodillas, y antes de poder codiciar su hermosura, la habia amado como hija. Wahdah era hermosa como una hada, y pura como las brisas de la mañana. Era además valiente; apenas salida de la infancia, se la veia acompañando al walí en la caza; arrojar su venablo á las fieras. Creció obedecida, sin encontrar obstáculos á su voluntad; fiera y altiva con su valor y su hermosura, llegó á la edad en que pensamientos desconocidos mecen el insomnio sobre las noches de la mujer. Sensaciones misteriosas que el corazon no puede descifrar en su pureza; padecimientos recónditos que cubren con un velo de languidez los ojos de la vírgen. Sufrió y cayó, entregándose á una vida errante y solitaria.

Apenas el sol coloraba los horizontes, la puerta del muro se abria y Wahdah lanzaba su caballo salvaje á través de los bosques; á veces se la veia en lo más oscuro de ellos, sentada sobre la punta de una roca, con la mirada fija en el espacio, mientras una lágrima tranquila descendia hasta su blanquísimo y descuidado seno. Su corazon sentia una extraña necesidad de dilatarse y dejaba rebosar aquella lágrima solitaria. Y así permanecia hasta que el sol trasmontaba los horizontes de Occidente. La noche la veia volver al alcázar de Cairvan aguijoneando la veloz carrera de su caballo.

VI.

Un dia de los más ardientes del estío, cabalgaba lentamente á través del bosque. Un silencio profundo dominaba cerca y léjos; los pensamientos de Wahdah eran más recónditos y misteriosos que nunca: su vida era triste, y todo la parecia estéril y sombrío.

El bosque estaba desierto, y algunos rayos del sol penetrando entre su follaje, doraban los enormes troncos de las encinas y de los castaños silvestres. La jóven caminaba entre ellos abandonadas las riendas á su cabalgadura sin direccion ni objeto. El caballo trotaba con ardor obedeciendo á su instinto salvaje, y respiraba con placer el escaso aire de la montaña que se perdia á lo léjos en calientes ráfagas. Tal vez recordaba el tiempo en que libre con la espalda desnuda oteaba en los fértiles valles del Atlas.

Mas de repente se detuvo, dilató las anchas narices, irguió el flexible cuello, se plantó, lanzando un relincho de espanto, y fijó su centelleante mirada en el fondo del bosque; todo indicaba que el bruto habia olfateado una fiera, y Wahdah atenta á aquel aviso, armó una saeta en su arco y esperó.

No tardó en oirse un rugido que repitieron los ámbitos del bosque, al par que una robusta voz que invocaba á Allah; un árabe, lanzando su caballo á rienda suelta, apareció entre las encinas inmediatas, huyendo con la velocidad del huracan, de una pantera furiosa que le seguia saltando sobre la maleza; el caballo tropezó y cayó arrastrando á su ginete, y la fiera se arrojó sobre él, á tiempo que Wahdah, disparando su arco, clavó una saeta en el corazon de la pantera.

Un nuevo rugido inmenso y rabioso se dejó oir, y la bestia rodó sobre el césped, arrojando de su costado un surtidor de negra sangre.

Cuando el árabe se repuso de su caida y buscó á su salvador, Wahdah vió unos ojos hermosísimos de profunda mirada, en los cuales se retrataba una viva expresion de agradecimiento, que volvieron á inclinarse al encontrar los de Wahdah, como los del imprudente que se atreve á desafiar el resplandor del sol; un estremecimiento inmenso agitó el sér de la vírgen, y cuando pasados los primeros momentos de confusion su alma franca acogió ávida las protestas de agradecimiento del extranjero; cuando más adelante sentada junto á él en la misma roca que habia visto correr sus lágrimas sin objeto, le dejó leer en su alma de niña, el árabe se encargó de hacerla sentir que la sed de su corazon era de amor, y le ofreció el suyo.

Wahdah no le ocultó su posicion: se creia hija del walí de Cairvan; los ojos del extranjero se dilataron. Wahdah no supo dar valor á la sonrisa cruel que vagó un momento en los desdeñosos labios del árabe.

Tal vez era un caudillo rebelde vencido y desterrado por el walí, y se regocijó al entrever una ocasion de arrojar una mancha deshonrosa sobre la frente del noble anciano. Insinuante y astuto como Satanás, se apoderó del alma de la incauta Wahdah, y esta consintió en facilitarle los medios de entrar en el alcázar de su enemigo.

Horrible fué para la infortunada el resultado de su primera é involuntaria falta. Habia bebido el amor hasta las heces en la palabra y en las miradas del extranjero, y su muerte la enlutó el alma. Pero aún tenia que apurar la amargura de su destino. El severo walí la presentó entre las mujeres de su harem, como se presenta á una esclava culpable. Declaró que no era su hija, y la mandó azotar. Despues llamó á un mercader judío y la vendió como la habia comprado: á cambio de un caballo.

Wahdah salió, pues, del alcázar de Cairvan, donde habia sido señora por el amor del walí, para ser esclava de un judío, que expuso en su bazar desnuda ante la vista de más de un extranjero á la desdichada niña; pero no habiendo en Cairvan comprador bastante rico para satisfacer la codicia de Absalon, que se creia poseedor en Wahdah de un tesoro de hermosura; pasaron dias bastantes para que la soberbia africana diese tregua á sus lágrimas, y guardase en su corazon un odio inmenso á todo lo que no era la memoria del hombre á quien habia amado, y á cuya perfidia debia sus largos dias de amargura.

Entre tanto, el judío Absalon habia recorrido el Moghrebeb presentando su esclava en los bazares más concurridos; los compradores se multiplicaban; á cada mirada que se posaba sobre ella, cada vez que el rubor cubria su semblante, un nuevo y más terrible odio sustituia en su corazon á la sed de venganza que lo devoraba; y ¡cosa extraña! á medida que su odio crecia, era más dulce la expresion de su semblante, menos intenso el carmin que el rubor hacia subir á sus mejillas.

Habian pasado tres años y ningun comprador de esclavas habia poseido lo bastante para llenar los deseos del judío; cada mes que transcurria, aumentaba maravillosamente la hermosura de Wahdah, y Absalon añadia á su precio algunos millares de doblas.

La africana habia dejado de ser una niña casi salvaje; tañia la guzla primorosamente, cantaba como una alondra, y componia hermosos versos; sus labios purpúreos, estaban siempre embellecidos por una sonrisa tentadora, y sus ojos habian perdido lo bravío de su mirada, que se adormecia lanzando relámpagos de amor, entre el pelo de sus largas pestañas.

Wahdah era una hurí terrestre, segun la expresion del judío, y sólo un rey, y un rey poderoso, podia aspirar á la posesion de la hermosísima esclava.

VII.

Y en verdad, si valor tiene la hermosura, inmenso debia ser el de la de Wahdah; sus larguísimos cabellos, de un negro azulado, no reconocian rivales; su frente tersa, serena, nacarada, de una majestad inconcebible, parecia formada por Dios para dar un testimonio de la grandeza de su poder, y el amor que inspiraba la intensa y dulcísima mirada de sus ojos, era un tósigo mortal para el que habia posado en ella la suya; sólo una hurí podia poseer un cuello más voluptuoso, un seno de más pura redondez, un talle más flexible, unas manos más blancas y un pié más lindo; si Absalon hubiese amado menos el dinero, Wahdah, no hubiera conocido un tercer amo.

Por aquel tiempo llegó al Moghrebeb la fama de un hombre á quien los muslimes de las tierras de Occidente proclamaban el Vencedor y el Magnífico. Sus tesoros se ponderaban hasta lo infinito y su generosidad era proverbial. Aquel hombre era rey, y se nombraba Aben-Nazar ó más vulgarmente Al-Hhamar.

Absalon, pues, atravesó el estrecho en una nave, llevando consigo á Wahdah, y dejando atrás los campos de Geb-al-Taric y de Al-Gezira, llegó á los muros de Sevilla sitiada entonces por el rey Ferdeland, á quien ayudaba con una escogida caballería el rey Aben-Al-Hhamar.

Era una noche oscurísima; la tormenta dominaba el espacio, y las nubes arrojaban un furioso aguacero: Absalon, Wahdah y los esclavos que la conducian en un palanquin cubierto, se extraviaron y dieron en poder de los corredores que guardaban el recinto de la ciudad.

Absalon fué conducido, mal su grado, con Wahdah delante de Aben-Hud, y este se apoderó de la jóven sin pagar una sola dobla por ella al judío, que rasgó sus vestiduras, le maldijo, y por lo tanto fué conducido á la mazmorra más profunda de la torre del Oro.

El corazon de Wahdah acabó de endurecerse, y el odio y la crueldad fuéron sus pasiones exclusivas.

Por eso cuando la tormenta lanzaba el aguacero sobre las torres de la Casa del Gallo y el viento penetraba torciéndose en largos silbos entre los trasparentes de los ajimeces, una sombra misteriosa y sangrienta vagaba delante de ella y refinaba su crueldad y su odio; por eso estrechaba furiosa entre sus brazos al pequeño Juzef, único fruto de su union con Al-Hhamar, y fijaba en él su rencorosa mirada de hiena.

El príncipe, como todo lo que pertenecia á Al-Hhamar, era bueno; generosos instintos surgian en su sér, pero habia recibido la vida en el seno de Wahdah, y poseia tambien parte de la perversidad de la africana; el bien y el mal se albergaban por mitad en su alma, y al choque de estas opuestas propensiones debia sus terribles combates en el camino de la vida.

Era soberbio; no podia ver á sangre fria que su hermano Mohhamed subiese todas las gradas del trono, mientras él quedaba junto á su base: Wahdah habia desarrollado en él deseos criminales, y habia conseguido mirase como extraños á sus hermanos; Juzef-ben-A'bd-Allah era un cáncer encubierto en la familia de Al-Hhamar.

Hasta entonces se habia dominado; se trataba sólo de un trono, y la ambicion no es pensamiento exclusivo de los niños; Mohhamed habia obtenido la confianza de su padre, le amaba el pueblo, y pronto debia ser su señor al par que Al-Hhamar; Wahdah aguardaba temblando aquel momento, porque Mohhamed, nacido de otra sultana, profundo conocedor del corazon humano, habia leido en el de la africana, á pesar de su perfecto disimulo, y la odiaba como el leon odia á la serpiente.

Sólo Juzef podia tener influencia para promover una guerra intestina que pudiera arrancar el poder de las manos de Mohhamed; habia además poderosos vasallos que anhelaban una ocasion de rebelarse contra el rey, y Juzef era el objeto más á propósito para servir de disculpa á la traicion.

Pero demasiado jóven para que sólo el brillo de la corona le lanzase á una abierta rebeldía contra su padre y su hermano, era necesario tocar la fibra más sensible de su corazon; el amor era un medio eficaz, y Wahdah le puso en juego.

Juzef conoció á la tentadora Betsabé, y desde entonces la amó con toda la locura, con toda la idolatría de que es capaz un mancebo de quince años cuando ve una mirada de amor en los ojos de una hermosa. Al fin estaba junto á ella; gozaba de ese éxtasis que se experimenta cuando se está al lado de una mujer por quien se sueña despierto, y se vive dormido; aquella mujer le fascinaba, le dejaba ver su mirada de amor... y le pedia un trono.

Por eso el rostro de Juzef se habia nublado, y brotaban en su espíritu sombríos pensamientos. Betsabé, entre tanto, posaba sobre el semblante del príncipe una dulce y suplicante mirada.

El príncipe cayó desfallecido á los piés de Betsabé.

—¡Oh, ámame, lucero de mi alma, dijo con voz trémula, ámame para que yo pueda vivir, mírame siempre así!... ¡Qué hermosa eres!

—¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo! contestó la jóven con un acento que la pasion amortiguaba.

—¡Oh, si me amas, yo entregaré mis tesoros, mis joyas, á Absalon, y serás mia!

—¡Quiero ser sultana! contestó Betsabé con acento más lánguido, estrechando entre las suyas la mano de Juzef.

El príncipe se levantó temblando y cubierto de un sudor frio.

—Para que tú seas sultana, dijo con voz cavernosa, es necesario que muera mi padre y mi hermano.

—¡Que mueran! contestó lánguidamente la hermosa.

—¡Betsabé, Betsabé! exclamó el príncipe, pídeme mi envilecimiento, mi libertad, mi sangre; pero no me entregues á Satanás.

—¿Me darás tu sangre? preguntó Betsabé al príncipe fijando una nueva mirada más intensa y enloquecedora.

—Sí, contestó el príncipe, en cuyos ojos brilló una valentía casi salvaje.

—Pues bien, la acepto.

Juzef se sentó en el divan, y Betsabé rodeó un brazo al cuello del jóven: entre tanto ella sacó de su cíngulo un pequeñísimo puñal, y su nacarada mano se posó sobre el hermoso y desnudo cuello de Juzef, en una de cuyas arterias clavó la punta del sutil puñal: una gota de sangre tiñó de púrpura el blanco cuello del príncipe, y Betsabé puso sus labios en la herida y chupó.

El príncipe se estremeció; un fuego dulcísimo agitó su sér; cuando la jóven retiró los labios de su cuello, su rostro antes sonrosado y lleno de vida, apareció blanco y frio como el de un cadáver.

—¡Qué hermoso estás, exclamó Betsabé contemplándole con delirio; ¡cuánto te amo! y ¡qué felices serémos si el castillo no se levanta sobre la colina!

—¿Qué castillo es ese? preguntó admirado Juzef.

—Abre aquella ventana, dijo Betsabé por toda respuesta, señalando un ajimez situado en la parte oriental del retrete.

El príncipe obedeció.

—¿Qué ves desde ahí? continuó la jóven.

—Nada veo, contestó Juzef; la sombra es muy densa.

—Mira aún.

Un rayo de la luna se filtró á punto entre dos nubes que se rasgaron.

—Nada veo, dijo entonces el príncipe, más que el Cerro del Sol, la Colina Roja, y perdidos en la sombra los jardines del Darro.

—Pues bien: si las almenas de un castillo coronan esa colina antes de un año; si la sima que está al pié de ella por la parte que mira al Veleta se cierra con una terrible torre, entonces yo seré....

Un estremecimiento convulsivo la cortó la palabra.

—¿Qué serás? preguntó Juzef, á quien hacia temblar el terror de la jóven.

—¡Seré un murciélago! contestó Betsabé, que se dejó caer aterrada en el divan.

El príncipe soltó una larga carcajada al escuchar tal respuesta; tan ridículo le parecia que aquella gentil hermosura pudiera trasformarse en el ave símbolo del horror y compañera de las tinieblas.

—¡Oh, no te burles, príncipe mio! continuó Betsabé, cuyos ojos se llenaron de lágrimas; si esa torre maldita se levanta sobre la sima, me trasformaré en un negro y miserable murciélago.

La risa del príncipe aumentaba á medida que la jóven formalizaba más y más su terrible profecía.

—Mira, añadió Betsabé rasgando su túnica y mostrando al jóven parte de su hermosísima espalda, mira.

Por esta vez la risa del príncipe se cortó como por encanto, y la expresion del estupor y de la repugnancia, se pintó en sus ojos; en el nacimiento de aquella blanquísima espalda, se marcaba vigorosamente una mancha negra; aquella mancha se desplegó un tanto, agitóse y dejó ver al príncipe dos sutiles y pequeñísimas alas de murciélago.

Juzef retrocedió involuntariamente é invocó á Allah; Betsabé habia dejado de ser para él un objeto fascinador, el fragmento de la nocturna ave cuadrúpedo, le habia hecho olvidar la dulce mirada de la vírgen esclava.

—¡Ya no me amas! exclamó Betsabé cubriéndose el rostro con las manos y dejando oir sus sollozos.

El príncipe guardó silencio.

Aquella mujer misteriosa se levantó y mirando fijamente al príncipe rasgó sus vestiduras y mesó sus cabellos.

—¡Ah! exclamó; ¡pereciera el dia en que nací, y la mano de Jehová hubiera cubierto la noche en que en torpe sueño fuí concebida! ¡Nunca el sol hubiera dorado con sus rayos mi cuna de maldicion, ni el pecho de una mujer hubiera alimentado á la hija de misterio! ¡Nunca mis ojos se hubieran abierto á la luz si sombra profunda y noche de duelo han de cubrirme con los siglos!

Su rostro tenia una sublime expresion de dolor, y de su frente purísima parecia irradiar una pálida aureola. Ante aquella sobrenatural hermosura, el príncipe vaciló y la conmocion llenó de lágrimas sus ojos.

—¡Oh! prosiguió Betsabé; ¡buitres devoren mi corazon, si el amado de mi alma me deja! ¡Séquense mis ojos, si no han de ver su gentileza! ¡Sueño profundo cubra mi alma, y desaparezca mi cuerpo, como la niebla de la mañana, si él no apaga la sed que me devora!

—¡Betsabé! ¡Betsabé! exclamó el príncipe asiendo una mano de la desconsolada hermosura, si tú me amas y mi amor te es tan precioso ¿á qué es ese llanto? ¿no te amo yo como la palmera ama al sol, el arroyo al lago y la tórtola á su nido?

Betsabé fijó su mirada radiante de esperanza y de amor en Juzef.

—Pues bien, dijo, si me amas, rompe el sortilegio que me encadena á un porvenir horroroso; haz que esas asquerosas alas caigan de mi espalda y seré tu esclava; mi poder te protegerá; yo seré siempre jóven y cada dia aumentará nuevo encanto á mi hermosura; morarémos en alcázares de cristal y pisarémos alfombras de flores, serémos eternos como el porvenir y nos envidiarán desde su alto asiento las estrellas.

—¿Y puedo yo contribuir á tanta felicidad? la preguntó admirado el príncipe.

—Sí.

—¿Cómo?

—Jurando por tu espíritu no amar á nadie más que á mí; ser insensible á todo lo que no me pertenezca, vivir por mí y para mí.

—Pues bien.... murmuró Juzef, lo juro.

—¿Me aceptas por esposa, sea cualquiera mi sér mujer ó genio, ángel ó demonio?

—Sí.

—Acércate, esposo mio, dijo Betsabé, ciñendo el cuello de Juzef y estampando un beso en su frente.

VIII.

El jóven creyó morir; los labios de la jóven habian abrasado su sér y una nueva vida llena de ambiciones desconocidas y terribles hacia latir su corazon; creyó verse en la cumbre de una altísima montaña, y que á sus piés se extendian los continentes de la tierra ceñidos por los abismos del mar; á su lado Betsabé le estrechaba dulcemente entre sus brazos, y posaba en él la intensísima mirada de sus negros ojos, mientras en su pequeña y lindísima boca vagaba una sonrisa de amor. Parecióle que el mórbido brazo de la hermosa se tendia sobre el dilatado hemisferio, y que su voz dulce y tentadora le decia:

—«¿Qué quieres de cuanto el aire baña, la tierra ostenta ó azota el mar?»

Juzef sólo queria el amor de Betsabé, pero sin fin, como el inmenso espacio que se mostraba ante sus ojos.

La vision duró un momento; Juzef volvió á mirar en torno suyo el retrete de la casa de Absalon, con sus lámparas veladas por gasas, sus pájaros dormidos entre flores, y la hermosísima esclava recostada con indolencia en el divan.

—Mira, le dijo sonriendo Betsabé, la marca terrible de mi encanto ha caido de mi sér; y le mostró con las extremidades de sus bellísimos dedos las pequeñas alas de murciélago, que Juzef habia visto algunos momentos antes sobre sus espaldas.

—Quémalas en aquel braserillo, añadió Betsabé señalando uno de los perfumeros.

El jóven tomó con repugnancia aquel negro despojo y le arrojó al fuego; levantóse una llama azulada y quedó reducido á negra ceniza.

—¿Ves algo en el braserillo? continuó Betsabé.

El príncipe revolvió la ceniza, y entre ella encontró un anillo de esmeralda, al rededor del cual estaba grabada la cifra cabalística de Salomon.

—Dame esa sortija, dijo Betsabé.

El príncipe se la entregó.

Un color febril subió á las mejillas de la jóven, y una exclamacion de insensata alegría, rebosó de su corazon.

—¡Oh! gritó: ya eres mio, miserable Absalon; estaba escrito y se cumplió: ¿quién más poderoso que yo? apagaré mi sed de venganza y mi sed de amor. Venid, hermanas mias; venid y alegraos: el sol de nuestra vida vuelve á brillar más hermoso que nunca.

IX.

En aquel momento, por el ajimez que habia dejado abierto el príncipe, penetraron tres horribles y enormes murciélagos, que revolotearon al rededor de Betsabé.

El príncipe estaba atónito: Betsabé tendió su mano hácia los murciélagos y dijo:

—¡Hermana mia, Djeidah, ven!

Uno de los murciélagos se posó sobre la mano de Betsabé y batió impaciente sus alas.

—¿De dónde vienes? le preguntó la jóven.

—Del castillo de Comares, contestó el murciélago en un acento lleno de suave languidez.

—¿Qué has encontrado en él?

—Mi prometido.

—¿Te conoce?

—Me ha visto en sueños.

—¿Te ama?

—Me idolatra.

—Por el poder del anillo del gran Salomon, que pongo sobre tu cabeza, vuelve á tu sér, hermana mia.

Al decir esto, Betsabé puso sobre la alfombra al murciélago que se trasformó en una nube blanquísima; la nube se elevó hasta cierta altura, tomó formas y se convirtió en una mujer hechicera.

La admiracion del príncipe tocaba á su colmo: Djeidah hubiera podido pasar por la doncella más hermosa del mundo, si no hubiera existido Betsabé; sus cabellos rubios y larguísimos caian sueltos sobre su espalda; el arco de sus cejas era perfecto y sus grandes ojos azules tenian una expresion de languidez irresistible. Cubríala una túnica blanquísima y entre sus anchos pliegues se marcaban sus formas redondas y voluptuosas. Djeidah se recostó muellemente sobre el divan y Betsabé llamó á otro de los murciélagos.

—¡Hermana mia Zahra, ven!

El segundo murciélago se posó como el primero en la mano de Betsabé.

—¿Dónde has estado? le preguntó esta.

—En la fortaleza de Guadix, contestó con voz sonora el murciélago.

—¿Qué has hecho allí?

—Guardar el sueño á mi prometido.

—¿Te conoce?

—Sí.

—¿Te ama?

—Me adora.

—Por el anillo del poderoso Salomon, vuelve á ser lo que eras, hermana mia, murmuró Betsabé poniendo sobre el divan al negro murciélago.

Un instante despues una jóven y apuesta doncella fijaba una profunda mirada en el príncipe Juzef: á pesar de ser muy hermosa, la expresion de sus ojos pardos y centelleantes era sombría y fija; su hermoso entrecejo se fruncia de una manera terrible, y sus labios purpúreos estaban orlados de una sonrisa cruel; pero esta expresion desfavorable duró sólo un momento: su frente apareció tersa, sus ojos retrataron la paz más profunda y en su pequeña boca apareció una sonrisa candorosa; apartó con sus manos, que parecian hechas de alabastro, los negros y larguísimos rizos que cubrian en parte su semblante teñido de un leve matiz moreno, y se sentó en el divan junto á Djeidah, cubriendo sus piés con la falda de su ancha túnica de escarlata.

Revoloteaba aún en torno de la cabeza de Betsabé el tercer murciélago.

—¡Hermana mia Obeidah, dijo Betsabé tendiendo de nuevo su mano, ven!

El murciélago se posó en ella.

—Vengo del alcázar de Málaga, dijo con una voz dulcísima.

—¿Qué has hecho allí?

—Velar á mi prometido.

—¿Te ha visto?

—En sueños.

—¿Te ama?

—Está loco por mí.

—En nombre del alto y poderoso Salomon, torna á ser hermosa, hermana mia.

Una tercera y linda jóven apareció á la voz de Betsabé.

Una túnica dorada pretendia en vano ocultar lo aéreo de su esbelto talle; la mirada de sus hermosísimos ojos celestes era tan indiferente que hubiera ofendido al amor; su cabellera, bermeja como el oro, embellecia una frente en que era difícil encontrar las huellas del más ligero pesar. Obeidah ocupó un lugar en el divan entre Djeidah y Zahra.

Entonces Betsabé tocó con el anillo la cadena de oro que sujetaba su pié.

—Rómpase el signo de mi esclavitud, exclamó.

La cadena se rompió en mil pedazos.

—¡Ya soy libre! gritó Betsabé, saltando hasta el sitio en que el príncipe contemplaba inmóvil de asombro tanta maravilla; ¡ya soy reina! hermanas mias, levantaos.

—Tengo sueño, contestó Djeidah, dilatando su linda boca en un largo bostezo.

—Siempre perezosa, murmuró Betsabé; y tú Zahra, ¿has olvidado tus noches de dolor, que así reposas cuando hemos menester todo nuestro esfuerzo para la última prueba?

—Sí; contestó agriamente Zahra dirigiéndose á Djeidah y Obeidah; esforcémonos, hermanas mias, para que nuestra hermana Betsabé logre los amores de su bellísimo príncipe; ayudémosla para que despues nos trate como esclavas.

Betsabé se mordió los labios impaciente y se dirigió á Obeidah.

—Tengo hambre, dijo esta, fijando su mirada indiferente en su hermana.

—¡Oh! sois las mismas exclamó con despecho Betsabé; y en verdad que he hecho mal en acordarme de vosotras, para arrancaros de vuestra cautividad; tu pereza, Djeidah, te hace merecedora á que te dejen dormir arropada con tus negras alas en el oscuro rincon de unas ruinas; tú, Zahra, envidiosa y cruel, no debias volver á ver el sol; y tu glotonería, Obeidah, sólo debia ser satisfecha con los insectos que encontrases en tu vuelo nocturno.

Los tres bellos semblantes de las tres damas apostrofadas, se animaron con una expresion de cólera, y se lanzaron á Betsabé.

—¿Por qué me llamas perezosa, gritó Djeidah, cuando tus locuras de amor nos han reducido á este estado?

—¿Y á mí envidiosa, añadió Zahra, cuando harias pedazos á la mujer á quien amase tu hermoso Juzef?

—¿Y á mí glotona, prosiguió Obeidah, cuando tu sed de amor devorará á tu lindo príncipe?

Betsabé habia retrocedido ante el furor de sus hermanas, pero sin miedo, como el luchador que se retira á la vista de su adversario para buscar el punto de ataque.

—¿Sabeis, les dijo despues de un momento de observacion, mostrándolas el anillo cabalístico, que por el poder de este talisman, como os he sacado de vuestros hediondos nidos puedo volveros á ellos?

Las tres rebeldes beldades palidecieron, y miraron á su hermana con ansiedad.

—No lo haré, continuó Betsabé, porque no soy rencorosa. Pero es necesario que nos unamos para inclinar nuestro doble destino á la buena parte, y que procuremos huir de la mala. ¿Qué quereis mejor, las tinieblas de la torre de los Siete Suelos ó los alcázares de nuestro padre?

—Los alcázares de nuestro padre, contestaron en coro y de la manera más humilde que supieron las tres rebeldes.

—Pues bien, para eso es necesario luchar. Cuando veníais á visitarme cerniéndoos sobre vuestras alas de crespon, erais más razonables y más humildes; me deciais con el acento de la desesperacion: «Hermana Betsabé, arráncanos de nuestro estado, y te obedecerémos; vuélvenos á nuestro sér, y serémos tus esclavas.» Pues bien, el destino ha puesto en mis manos ese poder, y sois otra vez jóvenes y hermosas.

Betsabé se detuvo para dar más prestigio á lo solemne de sus palabras.

—¿Y qué hemos de hacer? contestaron á la vez las tres mujeres en el colmo de la humildad.

—Abajo hay tres osos salvajes que es necesario domesticar. ¿Decís que os aman los walíes?

—Sí, dijeron las tres.

—Pues bien, amadlos vosotras, ó á lo menos fingidlo.

—Abu-Yshac es viejo, feo y avaro, dijo Djeidah haciendo un mohin de disgusto, y si me abandonas á él sin poder, me tratará como á sus etíopes, y me venderá si hay quien le dé por mí cien doblas de oro.

—Abu-Abdalá, dijo á su vez Zahra, es soberbio y me mirará como una esclava.

—Abul-Hassan, murmuró Obeidah, es iracundo y celoso, y me azotará como á sus perros.

—¡Por el ángel Leviatan! gritó colérica Betsabé, ¿quién os ha hecho pensar, descontentadizas hermanas, que yo os abandonaré? ¿Acaso puedo yo subir al cielo de mi amor sin vosotras que sois mis alas? ¿A qué rebelaros contra vuestro destino? ¿No ha dispuesto él que guardaseis el sueño de esos tres hombres y les presentaseis visiones tentadoras, como ha dispuesto que yo ame al hijo de un rey?

—Pues bien, observó Zahra, matemos á esos tres hombres.

—Guardaos bien de hacerlo, dijo Betsabé; sin ellos, ¿quién haria perecer al hombre destinado á edificar la torre de los Siete Suelos?

El príncipe que presenciaba absorto esta terrible conversacion, se estremeció de piés á cabeza, y creyó llegada su hora cuando Zahra contestó:

—¿Y para qué guardas á tu príncipe? ¿Acaso no es hijo de ese hombre, y no puede llegar cuando quiera hasta lo más reservado de su haren? ¿Acaso no hay tósigos y puñales?

—El pueblo nunca elige por rey á quien ha asesinado á su padre, y para fijar nuestro porvenir es necesario que yo sea sultana. Meditadlo bien; un año vuela con la velocidad del huracan, y si ese año pasa sin que haya muerto Al-Hhamar... ¡ay de nosotras!

Las tres jóvenes miraron irresolutas á Betsabé; esta estaba á punto, irritada por su obstinacion, de volverlas á trasformar por castigo en murciélagos.

—¿Os resolveis? gritó: sí ó no.

—Sí, contestaron con voz quejumbrosa las tres.

Entonces Betsabé se volvió al príncipe.

—Amado mio, dijo, vas á ver lo que ningun mortal puede contar; ¿quieres que traiga aquí los arcángeles del sétimo cielo? ¿Por qué la luz de mis ojos está tan triste?

Juzef tomó una mano de su amada, y la estrechó entre las suyas.

Betsabé describió un círculo en el suelo con el anillo, murmuró algunas palabras misteriosas, y añadió con voz potente:

—¡Espíritus que escuchais mis conjuros, esclavos de mi poder, salid á luz!

X.

Del centro del círculo trazado por Betsabé, salieron tres genios horrorosos. Tras cada uno apareció una comitiva de esclavos de ambos sexos, cubiertos con vestiduras deslumbrantes de riqueza. Pajes de rubias guedejas conducian en azafates de oro túnicas espléndidas y joyas de inestimable valor. Diez guerreros árabes cubiertos de hierro acompañaban á cada servidumbre.

—Genios, dijo Betsabé dirigiéndose á ellos; os entrego mis hermanas. Llevadlas á mi alcázar, y haced cuanto deseen. Cuando luzca el cercano dia, hacedlas subir á cada una en un palanquin; que las acompañen las esclavas cubiertas con velos, y los esclavos arrojando bolsas de ámbar llenas de oro á las gentes que se detengan á mirarlas: detrás de cada una irán diez árabes armados, jinetes sobre caballos superiores á los de Persia. Vosotros invisibles, protegereis á mis hermanas. Djeidah entrará en Granada por la puerta de Bib-Lachar, Zahra por la de Bib-Ataubin, y Obeidah por la de Bib-Elvira. Todas irán al coso de Bib-Rambla, y se colocarán en el sitio destinado en los miradores para las princesas. Id, hermanas mias, id.

Cada una de las jóvenes desapareció con su comitiva á través del círculo trazado por Betsabé, y que se cerró tras ellas.

XI.

El retrete volvió á su silencio; Betsabé se dejó caer en el divan, con el abandono de quien se entrega al descanso despues de una larga lucha; su hermoso seno se levantaba dilatado por su fatigada respiracion y sus ojos mostraban la suave y satisfecha languidez resultado de su triunfo. Habia logrado en fin romper un eslabon de la cadena de su destino funesto, y sonreia de antemano á un porvenir halagador, rico de locas esperanzas y de deseos delirantes; el color de la púrpura teñia sus mejillas, y su sér se estremecia lleno de una felicidad infinita, cuando contemplaba ante sí al apuesto y hermoso Juzef, cuyo juvenil semblante ostentaba toda la reflexion que le hacia á veces superior á su edad.

Betsabé se adormecia saboreando su ambicion satisfecha, y una sonrisa de dicha inefable la embellecia hasta el punto de hacer imposible toda comparacion con sus encantos.

Pero el príncipe no la veia, ó por mejor decir, nada veia de cuanto le rodeaba; creíase entregado á un sueño: ¡tan incomprensible era para él cuanto habia acontecido en su presencia!

A pesar de estar iniciado en los misterios que acompañan la existencia de las hadas, las perís, los genios y los vampiros, incrédulo en esta parte como en religion, espíritu inquieto que á todo pedia razones y que no creia en más que en aquello que veia ó tocaba, siempre habia juzgado los genios y las hadas, los hechiceros y los vampiros, creaciones de charlatanes ó de cerebros enfermos; pero entonces no habia lugar á la duda; habia visto, habia tocado; recordaba que un objeto punzante habia herido sus carnes, que dos labios ardientes se habian posado sobre la herida, y que al contacto de aquellos labios una sensacion dulcísima y desconocida habia llegado hasta la médula de sus huesos. Además, ¿no se sentia arrastrado sin fuerza ni voluntad á aquella mujer, como la mariposa á la luz, como el girasol al astro del dia, como la sensitiva á su compañera? ¿No sentia en su alma parte del alma de aquella mujer en la cual moraba la mitad de la suya? ¿Seria acaso Betsabé uno de los horribles vampiros, de que habia oído hablar su nodriza, que toman las formas de una mujer seductora para devorar más á su salvo á su víctima?

Esta horrible sospecha se posó sobre el espíritu de Juzef y le oprimió, le abrumó, le quemó como un raudal de hierro derretido. Sufria y temblaba; pero si aquel sufrimiento y aquel terror hubieran dejado de existir, su corazon hubiera estado roto en mil pedazos.

Nada existia para él fuera de Betsabé; la amaba mujer ó vampiro, ángel ó demonio; pero su amor era frenético, insaciable, sobrenatural.

Entre tanto, la seductora belleza le fascinaba más y más con su mirada, que lanzaba torrentes de amor; sus ojos dilatados, húmedos, brillantes, hubieran enloquecido al morabhita más abstraido en la contemplacion de las grandezas de Dios, y más olvidado de las fragilidades humanas.

Betsabé leia en el pensamiento de Juzef como en un libro abierto; era testigo de los sufrimientos del príncipe, y contemplándose causa de ellos, saboreaba el placer infinito de la mujer que ama y conoce la abnegacion del amor de su amado; si el príncipe lo habia olvidado todo por ella, ella no tenia pasado junto á Juzef, ni más presente ni más porvenir que él.

Largo tiempo estuvieron los jóvenes contemplándose en silencio. Las últimas estrellas, mostrándose á través de la ventana en el cielo ya despejado, subian lentamente á lo alto del firmamento; una dudosa faja lamia la lejana cumbre del Veleta; y el gallo madrugador entonaba su canto matutino.

Al primer canto del gallo, Betsabé se levantó, y dirigióse con paso seguro al ajimez.

—Ya viene el dia, dijo, la luna huye del sol, y pronto su rayo de oro bañará tu hermosa frente, amado mio. Ya veo á mis hermanas rodeadas de sus esclavas que las cubren de magníficas vestiduras. Los palanquines las esperan. Hoy va á ser un dia de triunfo. Y entre tanto, ¿qué hará el elegido de mi alma?

—Estar á tu lado, gacela mia, contestó el príncipe, acercándose á Betsabé, y rodeando su reducido talle con un brazo tembloroso.

La jóven apartó suavemente el brazo de Juzef y le mostró algunos objetos informes, que se dejaban ver desde el ajimez perdidos en la sombra de la oscura calle: eran los arqueros de la guardia negra que el príncipe habia mandado á Maksan le siguiesen.

—¿Y para qué son esos esclavos? le preguntó Betsabé.

—¡Ah! lo habia olvidado, contestó el príncipe: ¡es necesario que seas reina.....!

—¿Y para qué te han acompañado hasta aquí los tres walíes?

El príncipe pasó la mano por su frente que abrasaba con un calor febril.

—¡Oh, esos hombres! ¡esos hombres! es verdad; son tres esclavos rebeldes.

—Pues bien, es necesario que esos hombres levanten una bandera contra Al-Hhamar, antes de que el sol que va á aparecer bañe sus cabellos en los mares de Occidente.

—¡Oh! ¡todo para tu ambicion! ¡nada para mi amor! exclamó el príncipe fijando su insensata mirada en Betsabé.

—Silencio, dijo esta poniendo su pequeña mano en la boca del príncipe; alguien se acerca.