IV.
Las fiestas de Bib-Rambla.

I.

El rey Al-Hhamar, habia contemplado impasible aquel misterioso período de la historia que tanto atañia á su porvenir; su benévolo semblante no se habia contraido ante aquellas asechanzas contra su existencia; miraba con la atencion y curiosidad de un niño, y nada más.

El retrete de la casa del judío habia desaparecido, quedando en su lugar una sombra profunda, parecia que al salir el príncipe y Betsabé le habian arrastrado en pos de sí.

El genio tocó de nuevo con su vara mágica el denso humo, y otro espectáculo nuevo y sorprendente se mostró ante Al-Hhamar. Era la plaza de Bib-Rambla; pero como entonces, ostentando sus aéreas torrecillas; sus galerías afiligranadas, sus techos de pizarra y sus ostentosos miradores; la plaza de Bib-Rambla engalanada para un fiesta y alumbrada por el sol de uno de esos serenos dias con que espira el otoño.

Ordinariamente Bib-Rambla era el centro de todo lo hermoso, de todo lo rico de Granada; veíanse en sus bazares, ocupados por mercaderes venidos de todos los pueblos, cuanto puede soñar el deseo; allí se cruzaban las pláticas de amor y de combate; más de una hazaña tenia allí su orígen, y las profundas oscuridades de los bazares cubrian en su misterio más de un lance de amor.

Pero aquel dia los soportables habian desaparecido, cubiertos por una gradería, destinada á dar asiento á los que por su fortuna debian asistir á las fiestas de la proclamacion del príncipe Mohhanmed.

Una fuerte valla separaba el coso de la gradería, y tres puertas, la de Bib-Al-bolut, la del Zacatin y la de la Al-Kaissería, eran las destinadas á dar paso á los justadores y á los concurrentes.

II.

Era muy de mañana; el sol apenas coloraba con una estrecha faja de luz los altos aleros, las banderas y los tapices más elevados del mirador real. La brisca, fresca y saturada con los perfumes de las flores, agitaba débilmente los espléndidos cortinajes de las galerías, los tapices de vivos colores y caprichosos dibujos, que desde las balaustradas de los estrados, destinados á los jueces, á los príncipes, á las damas y á los nobles, descendian hasta tocar la arena del coso; y parecia adormirse entre los anchos pliegues de la soberbia tela de brocado, suspendida sobre el trono de Al-Hhamar, y en la que aparecia, saliendo de las bocas de los dragones, la banda diagonal azul sobre campo de plata con el mote. «¡Le galib ile Allah!» (¡Sólo Dios es vencedor!)

A pesar de sus galas y de su magnificencia, la plaza estaba desierta; los ajimeces y las puertas cerradas. Sólo algun pajarillo, saludando al sol naciente, alteraba con sus trinos el profundo silencio que reinaba cerca y léjos. El ancho y esplendente coso, parecia estar sujeto al poder de un encanto.

El sol se elevó; sus rayos tocaron la abandonada arena, y al fin, perdido por la distancia, se elevó en el espacio un rumor confuso, que creció lentamente hasta dejar percibir el sonido de las atakebiras, los añafiles y los atabales; un ruido sordo, semejante al que produce el mar al estrellarse en la ribera, se elevó despues, y al cabo el estruendo llegó atronador hasta las puertas de la plaza, y la de la Al-Kaissería se abrió.

Cien Almoravides, con bonetes verdes y sobrevestas de escarlata, se extendieron, haciendo calle á los costados de la puerta, y por medio de ellos aparecieron cien alféreces sobre caballos blancos, encubertados de guerra y llevando en las manos pendoncillos, entre los cuales descollaba majestuoso el rojo estandarte real.

Tras esto, apareció una cuadrilla de trompeteros, que se detuvo á la puerta, y dejó oir por tres veces el clamoreo de sus clarines. Entonces, como si se hubiera roto el encanto que pesaba sobre la plaza, se abrieron puertas y miradores; la multitud se precipitó en las graderías; se llenaron los estrados de damas, y no se vió por todas partes más que velos que se agitaban, joyas que brillaban, voces que herian los aires, aclamando á Al-Hhamar y á su sucesor Mohhanmed.

Pronto la arena se vió invadida por tropas de ginetes, cuyos caballos caracoleaban, apiñándose al desemboque de la puerta de la Al-Kaissería, por la cual apareció la comitiva real.

Cabalgaba delante el rey, oprimiendo la espalda de un magnífico overo, cuyas gualdrapas de púrpura arrastraban sobre la arena. Llevaba el rey un caftan de seda color de escarlata bordado de oro; entre su toca verde, entrelazada de hilos de gruesas perlas, se veia una magnífica corona; su diestra empuñaba una larga y cortante espada; en sus borceguíes se veia la espuela de oro de los caballeros nazarenos, y sobre su pecho ostentaba un pequeño blason de Castilla, como en muestra del pleito homenaje que rendia en feudo y tributo al noble rey Ferdeland; dos walíes, de las tribus de los Zenetes y de los Zegríes, caminaban á pié á su lado, llevando las riendas de su corcel, y delante y en pos del rey marchaban en buen órden cien Almoravides armados de lanzas, y en cuyas adargas se veia el mote de Al-Hhamar.

Tras esta comitiva, desembocaron en la plaza cien Abencerrajes, sobre yeguas blancas, engalanados con caftanes y bonetes, mitad verdes, mitad rojos. Todos llevaban arcos y venablos á la espalda, y largas espadas en las manos.

Entre ellos se distinguia por lo espléndido de su vestimenta, semejante á la del rey, un gallardo mancebo; su semblante, orlado de una negrísima y rizada barba, era noble y tranquilo; sus ojos, de expresion dulce y melancólica, hicieron suspirar á más de una dama, al arrojar una mirada en los ámbitos de la plaza. Su cabeza, erguida y majestuosa, estaba cubierta por una faja de Persia á manera de turbante, pero sin corona ni adornos. Aquel gallardo jóven, á quien los valientes miraban con entusiasmo y las hermosas con amor, era Mohhanmed ben-A'bd-Allah-ben-Nazar, hijo mayor del rey.

Tras este, penetró en la plaza otro cortejo, ante el cual marchaban músicos y bailarinas. En el centro descollaba un palanquin cubierto por riquísimos tapices y cojines magníficos, conducido por cuatro esclavos. Sobre él, cubierta con un velo, asentaba una mujer, objeto de todas las miradas y del respeto general. Hermosas doncellas asiáticas, engalanadas con gran ostentacion, llevaban junto á la dama encubierta, pebeteros de oro exhalando perfumes, y ramilletes de flores. Esta mujer era la sultana Wadah, esposa del rey y madrastra del príncipe Mohhanmed.

Seguíanla las esclavas del haren, cubiertas con velos sobre palanquines menos ostentosos; cerraba la marcha un escuadron de esclavos de la guardia negra, á cuyo frente aparecia Maksan, embellecido con collar y ajorcas de oro, y un inmenso populacho, llenando el aire con el estruendo de sus víctores, completaba aquel régio acompañamiento.

El rey atravesó lentamente la plaza, subió al estrado real y ocupó el trono; á su derecha se colocó el príncipe Mohhanmed, á la izquierda la sultana Wadah, tras el trono las esclavas del haren, y por último, los wasires del rey, su katib[25], los cadíes de córte y el alcaide de su caballería.

Al pié del estrado real, se extendieron en tres filas, sobre la arena del coso, formando una valla humana, los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la guardia negra. El alférez del rey permaneció entre ellos, sustentando el estandarte real, y cuatro alguaciles de córte, á caballo, se situaron en el coso dando su frente al rey, á la distancia de diez picas del estrado.

La agitacion era general; las miradas de la multitud estaban fijas en el rey, y cien mil bocas elevaban un rumor unísono y confuso, murmurando de la tardanza de las fiestas: do quiera se dirigia la vista, no se encontraba más que la multitud encaramada en las pizarras, en las galerías, en los ajimeces y en los estrados: el coso, despejado y solitario, iluminado ya en gran parte por el sol, parecia encerrado en un marco de séres vivientes, que se habian dilatado entapizando los muros de la plaza, y entre los cuales aparecian, como ráfagas deslumbrantes, los tapices, las joyas, los velos y las plumas: al fondo de la plaza ondulaba un mar de cabezas, y el hálito que emanaba de aquel todo inmenso y monstruoso, se elevaba hasta perderse en el espacio, como el zumbido de un millon de colmenas.

Al fin la multitud impaciente vió al rey hablar con Aben-Muza, alcaide de su caballería, que descendió del estrado real, cabalgó, y seguido de los alguaciles y del alférez del rey, se adelantó al centro del coso precedido de los trompeteros.

Por segunda vez, estos lanzaron al espacio el triple clamor de sus clarines; callaron las cien mil bocas de la multitud, y la voz de Aben-Muza, se elevó lenta y sonora en medio del silencio:

—Creyentes, gritó: en nombre del rey Mohhanmed ben-Abd-Allah-ben-Juzet-ben-Nazar-ben-Al-Hhamar, el vencedor y el magnífico, á quien el Señor fuerte, el Poderoso entre los poderosos, ensalce con su grandeza, ¡salud á vosotros sus valientes y leales vasallos!

Una exclamacion informe, espontánea, gigante, fué la contestacion al saludo del rey. Aben-Muza continuó:

—Y sabed vosotros los que me oís; cuantos ausentes vivan; los presentes y los porvenir, que el rey manda y quiere que en justa celebridad de la proclamacion del príncipe Mohhanmed-ben-Abd-Allah-ben-Nazar, su sucesor y partícipe en el gobierno, se hagan fiestas, en que justen y corran cañas y toros, todos los que sean caballeros, muslimes ó nazarenos, los de cerca y los de luengas tierras, extrañándose á los judíos y á los renegados. Asimismo, que para presidir las fiestas se elija una sultana de la hermosura, entre las presentes, ó las que viniesen, de estos reinos ó de otros, la cual sultana será el premio del vencedor, si fuese libre y así pluguiese á su voluntad. Los jueces de la hermosura, son el wasir del rey Alí-ben-Ibraim; su alcaide y capitan de su guardia, Mohhanmed-ben-Alí; y su secretario Yahye-ben-Alkatib. ¡En nombre del rey! ¡prosperidad á los fieles muslimes!

Tornaron á sonar los clarines; el pueblo unió á su estruendo sus aclamaciones, y el alcaide Aben-Muza, precediendo al alférez del rey, á los alguaciles y á los trompeteros, tornó al estrado real, donde ya se habia constituido por órden de Al-Hhamar, el tribunal calificador de la belleza, compuesto de tres ancianos venerables, cuyos nombres habia relatado el alcaide Aben-Muza en el pregon.

Pero ni una de las damas que asistian á la fiesta bajó de su estrado para ir á disputar la primacía de su hermosura. Y las habia esplendentes y lánguidas, como el lucero de la tarde; alegres y cándidas como una alborada de primavera; deslumbrantes y majestuosas como el sol al trasmontar los mares en una tarde de estío; por una de sus miradas se hubieran vertido torrentes de sangre, y por un beso de sus labios de rubí, se hubiera dejado llamar cobarde el más bizarro Abencerraje.

Pero habia en el estrado real una dama á quien nadie habia visto el rostro, cubierto por un tupido velo, en la que se posaban las envidiosas miradas de las hermosuras granadinas: tras aquella ancha tela se elevaba una cabeza, que no podia menos de ser hermosísima, porque sólo una belleza sin rival podia darla valor para ostentarse en el indefinible y soberbio ademan de majestad y desden que ostentaba cuando eran llamadas á disputar el valor de sus encantos tantas bellísimas mujeres. Por cima de su velo brillaban sus ojos de mirada penetrante, é irresistible, y su ancha y riquísima túnica dejaba percibir la mórbida redondez de sus formas. Aquella mujer que hacia soñar en las huríes, que hacia indisputable la supremacía de su hermosura, era la esposa del rey; la madre del príncipe Juzef-Abd-Allah; la sultana Wadah; la esclava castigada un tiempo y vendida con ignominia á un judío, por el rígido walí de Cairvan.

Pero entre tanta dama irresoluta, hubo una que se adelantó de entre las esclavas del rey, y dejó caer su velo ante los jueces; era una jóven doncella; una encantadora hija del Asia, con sus rizados y sedosos cabellos negros, sus ojos nítidos y pudorosos; sus mejillas tersas y ligeramente morenas, y su cuello de cisne sustentado sobre un seno de formas virginales. Los ancianos jueces sonrieron benévolamente ante la niña, que fijaba en la alfombra del estrado su tímida mirada, y sólo la levantaba momentáneamente para posarla en la del príncipe Mohhanmed que la contemplaba extasiado; despues, avergonzada, tornaba á posarla en la alfombra y el rubor que subia á su mejilla la hacia parecer más hermosa.

Los jueces la preguntaron su nombre: se llamaba Haxima.

A falta de competencia, deliberaron entre sí, y hallando digna á Haxima, iban á pronunciar el irrevocable fallo en su favor, cuando el son de una ronca trompeta se dejó oir tres veces á través de la puerta de la Al-Kaissería, y el alcaide de ella, rigiendo un potro cordobés, se adelantó hasta el estrado real, y haciendo arrodillar al bruto, dijo al rey:

—Señor: una princesa de Persia, adonde ha llegado la fama de tu invencible nombre, que Dios eternice, pide licencia para asistir á las fiestas, y quiere disputar la honra de ser elegida sultana de la hermosura.

—Pues de tan léjos viene, contestó el rey, y princesa es, franca esté la puerta y llegue hasta mí.

El alcaide se inclinó; hizo cejar su caballo, y sin volver la espalda al rey, desapareció bajo la puerta de la Al-Kaissería, é instantáneamente tornó á aparecer, seguido por cuatro esclavos que conducian en un magnífico palanquin una dama cubierta con un velo. El atavío de la recien venida eclipsaba desde luego á lo más ostentoso que se admiraba en los estrados; su túnica roja labrada de perlas, parecia tejida de oro y rubíes; sus cabellos rubios escapándose de su toca, eran tan largos y tan brillantes; su talle tan esbelto; su ademan tan voluptuoso, que el genio de la envidia royó á su placer más de un corazon de mujer, y el amor se asentó en más de un alma de guerrero. En torno del palanquin caminaban, cubiertos por espléndidas vestiduras, pajes con perfumeros y flores; esclavos, ostentando una magnificencia maravillosa, y últimamente, completando la comitiva, cabalgaban, sobre caballos de mérito imponderable, diez hombres atléticos cubiertos de hierro desde el almete hasta los acicates.

Aquella ostentosa comitiva atravesó lentamente el coso, y se detuvo ante el estrado real; la dama encubierta abandonó el palanquin, y á través de los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la guardia negra, que habian abierto calle á una seña del rey, saltó como una gacela la gradería, pasó sin inclinarse delante de Al-Hhamar, y se presentó echando el velo á su espalda ante los jueces de la hermosura.

Era Djeidah, una de las tres hermanas de Betsabé.

Ante la mirada de sus ojos azules, los tres ancianos sintieron hervir la sangre, helada en sus venas, como en los tiempos de su remota juventud al pagar el primer tributo al amor. La hermosura de Djeidah era sobrenatural, y hubieron de declarar vencida á Haxima, que se retiró avergonzada y llorosa entre sus compañeras. Como ella, iba á ser proclamada Djeidah sultana, á tiempo que otro son de trompeta se dejó oir en la puerta de Bih-Al-Bolut.

El alcaide que la guardaba, se presentó ante el rey y pidió licencia para entrar á ver las fiestas y demandar la calificacion de sultana de la hermosura, para una princesa de Arabia.

La licencia fué concedida y entró en la plaza una comitiva igual en el órden y en el número á la primera, pero más ostentosa; la dama conducida en el palanquin, vestia una riquísima túnica de escarlata, cubierta de piedras preciosas, que brillaban al sol como un cielo estrellado; los esclavos iban ataviados con gran magnificencia, y la guardia que cerraba la marcha, se componia de diez árabes, jinetes en yeguas blancas; llevaban caftanes y alquiceles azules; bonetes y adargas de plata, y lanzas de dos hierros.

La que al frente de aquel lucido cortejo, atravesaba pausadamente el coso, era Zahra, otra de las hermanas de Betsabé.

Al llegar á la gradería del estrado real, la salvó de un salto, fijó en Al-Hhamar su terrible mirada, y contestando orgullosamente á su saludo, pasó junto á la sultana Wadah, altiva y desdeñosa, y se presentó á los jueces.

Estos quedaron admirados: al ver á Djeidah creyeron tener ante sí un trasunto de la belleza ideal que el hombre adivina en las huríes: parecióles imposible que hubiese otra mujer sobre la tierra bastante hermosa para poder rivalizar con ella; sin embargo, tenian ante sí á Zahra, con su sonrisa fascinadora: sus ojos ostentaban la dulzura y la pureza de los de la paloma; su frente iluminada por el sol, parecia tomar de él su brillante color levemente moreno, y el viento de la mañana mecia con trabajo los rizos de su profusa cabellera, saturándose en ellos con un exquisito perfume. Los jueces declararon solemnemente, poniendo la mano diestra en el corazon y la siniestra sobre su espada, que Djeidah y Zahra eran un prodigio de hermosura, que las creian iguales en encantos, y que debian ser declaradas al par sultanas de la fiesta.

Pero esta opinion era contraria á los usos de aquel tiempo, que sólo permitian una hermosura en el trono de las justas. Por otra parte el sol adelantaba su paso, avanzaba el dia, y el pueblo impaciente, á quien importaba sobre todo que se empezase la fiesta, voceaba pidiendo se soltase el primer toro.

Los jueces abandonaron sus puestos y fuéron reemplazados por otros, que se admiraron como los primeros ante la belleza de las dos hermanas, y juraron por la Santa Kaaba, que era su hermosura de igual valor, y la eleccion de una sola imposible.

Afortunadamente llegó entonces el alcaide de la puerta del Zacatin á suspender la discordia, anunciando que una princesa de Egipto solicitaba licencia del rey para presentarse ante los jueces.

Otorgola el rey, y al frente de un acompañamiento semejante á los de Djeidah y Zahra, apareció la tercera princesa cubierta de una túnica dorada y un velo blanco.

Abandonó el palanquin al pié de la gradería, subió al estrado, se deslizó impasible junto al rey y la sultana Wadah, y se descubrió ante los jueces.

Era Obeidah, la tercera hermana de Betsabé.

La admiracion llegó al colmo; habiase creido imposible existiese una mujer tan hermosa como Djeidah, y aparecian dos: los cabellos dorados de Obeidah valian tanto como los rubios de Djeidah y los negros de Zahra; su frente era tan tersa como la de sus hermanas; su mirada tan enloquecedora como las de ellas, y su talle tan esbelto y tan redondo como los suyos. Las dificultades de la eleccion habian acrecido y hubo de recurrirse al dictámen del rey.

Pero Al-Hhamar opinó del mismo modo que los jueces, y afirmó por su pueblo y su corona, que las tres princesas eran dignas cada una de por sí, de ser elevadas al envidiable trono de la hermosura.

Sólo quedaba una esperanza; sólo existia una mujer cuyos encantos pudieran aventajar á los de las tres princesas.

Esta mujer era Wadah, la soberbia africana, la madre del príncipe Juzef-Aben-Abd-Allah.

El rey la mandó acercarse, y en su nombre pidió para ella la declaracion de sultana de la hermosura: el velo descubrió la frente de Wadah.

La majestad de su ademan, lo poderoso de su mirada, lo puro de las formas de su desdeñosa boca, lo límpido de su serena frente y lo brillante de los sedosos cabellos que la coronaban, arrancó una exclamacion de asombro.

Treinta veces la habia dado la primavera sus flores, y otras tantas las golondrinas habian aparecido con el estío á admirar su belleza, desde el dia en que los genios presidieron su venida á la luz.

Cada una de aquellas primaveras se habia despojado de una siempreviva para enriquecer su corona de hermosa, y la habia concedido un nuevo encanto; la mujer á quien Dios puso en el Paraíso, no pudo ser más hermosa.

Ibase á pronunciar el fallo: las tres princesas estaban vencidas: una amarga sonrisa de triunfo lucia en los labios de Wadah, á quien un secreto terror hacia mirar con odio á las extranjeras. Un momento más y las fiestas empezaban.

Pero á punto, tras la puerta de Bih-Al-Bolut, se elevó una música estrepitosa; resonaron voces perdidas de aclamacion, y un alcaide se presentó ante el rey y demandó una licencia semejante á las anteriores, y que como ellas fué concedida para una princesa de la India.

Abrióse de nuevo la valla del coso. Una tropa de esclavos tañendo dulzainas, atabales y bandolinas, se adelantó en marcha mesurada ostentando los vivos colores de sus chales y de sus tocas. Tras ellos, cuatro esclavos guiaban á un camello, que dejaba tras sí una anchísima alfombra de seda y oro plegada sobre su lomo: sobre aquella alfombra que se prolongaba perdiéndose tras la puerta, aparecieron veinte hermosas doncellas vestidas de blanco y coronadas de mirto, danzando al compás de la música que las precedia: tras ellas marchaban esclavas con pebeteros sobre las cabezas, rodeando á una dama sentada sobre un caballo leonado de maravillosa hermosura, que hacia retemblar la tierra bajo sus cascos, orgulloso de su carga, y cuya enhiesta cabeza atirantaba las dobles y larguísimas riendas que asian cuatro jóvenes doncellas con trajes de genios: otras cuatro sostenian, impidiendo tocasen á la alfombra, las deslumbrantes gualdrapas de púrpura que cubrian al corcel, y otras dos, marchando á pié, llevaban abanicos de plumas, destinados á impedir que los rayos del sol hiriesen la frente de la princesa.

Era esta Betsabé. Su purísima frente cubierta por un velo de gasa, era más hermosa que la luna, cuando en una serena noche de estío se ostenta velada por una nubecilla trasparente.

Seguíanla multitud de esclavos, plegando sobre un palanquin la alfombra, que dejaba como un rastro tras las huellas de su corcel.

Cuatro hombres constituian su comitiva. Uno de ellos cabalgaba en un fogoso potro cordobés, negro como la noche é indómito como el huracan. Su dueño era gallardo á maravilla; llevaba la faz oculta con la celada de su bonete de acero, primorosamente cincelado como las demás piezas de su magnífica armadura de guerra, cubierta en parte por una sobrevesta de seda verde briscada de oro. Verde era su alquicel, verde su penacho, verde el asta y el pendoncillo de su lanza de dos hierros, y verde su ancha adarga, en cuyo centro se veia pintado un negro murciélago, con este mote en caractéres cúficos de oro sobre fondo rojo: Si no venzo, esta es mi suerte.

Seguíanle, cabalgando en una misma línea, los otros tres hombres. Negros y poderosos eran sus caballos; negros sus alquiceles; negras sus fuertes lanzas, y, como el delantero, ostentaban en sus adargas un murciélago orlado con el mismo mote, pintado sobre campo rojo.

Tanta magnificencia, tanta belleza, hizo olvidar un momento su impaciencia á los que esperaban, y Betsabé subió la gradería del estrado real, y llegó ante los jueces saludada por ruidosas aclamaciones.

Habia bastado á la multitud ver lo majestuoso de su ademan, lo aéreo de su talle, para descubrir en ella una mujer hermosa cuanto puede soñarla un enamorado pensamiento. Pero cuando el velo dejó de cubrir su frente; cuando el todo de su maravillosa hermosura ostentó lo irresistible de su poder, una palidez terrible cubrió el semblante de Wadah, un estremecimiento involuntario corrió por sus miembros, y sus ojos se fijaron atónitos con la expresion del terror en la jóven. Esta contemplaba tambien á Wadah, pero como el vencedor que muestra su insolente mirada de triunfo ante el vencido; los que presenciaban aquel extraño acontecimiento, sólo vieron en Wadah el odio instintivo de toda mujer bella que contempla ante sí á otra más hermosa: en Betsabé el orgullo pueril de un triunfo sobre una rival.

Sin embargo, Wadah y Betsabé hacia mucho tiempo que se conocian, mucho tiempo que se odiaban con toda la fuerza del odio peculiar á la mujer.

Entre tanto los jueces, tras una breve deliberacion, fallaron que Betsabé era la sultana de la hermosura, á falta de otra más encantadora, y ocupó el trono en medio de las aclamaciones de la multitud; el rey se colocó á la derecha en asiento más bajo, la sultana Wadah á la izquierda, y Djeidah, Zahra y Obeidah delante de ella en el último peldaño de la gradería.

Las comitivas que habian acompañado á las cuatro hermanas, se retiraron tras la valla; los Abencerrajes, los Almoravides y los esclavos de la guardia negra, formaron de nuevo en triple fila; los alguaciles se colocaron en su lugar en el coso á diez picas de distancia dando frente al rey, y por tercera vez los trompeteros llenaron el espacio con el áspero son de sus clarines.

La fiesta tan anhelada empezaba.

Abrióse una puerta colocada bajo la gradería en la parte de la plaza frontera al estrado real, y dió paso á diez Zenetes cabalgando en yeguas blancas; mostraban jaeces, caftanes, bonetes, adargas y pendoncillos rojos, tomados de oro, y ostentando en su traje el mote de Al-Hhamar: seguíanles diez esclavos negros, asimismo vestidos de rojo y oro, conduciendo diez yeguas blancas con jaeces semejantes á las que montaban los Zenetes: tras estos esclavos, aparecieron otros seis con el mismo atavío, envueltos en anchos alquiceles, y rodeados de una espléndida servidumbre; cerraba la marcha un jóven africano de moreno semblante, ojos brilladores y miembros robustos; vestia un traje riquísimo de brocado de oro sobre rojo, y en su turbante se balanceaba una garzota de inestimable valor; mostraba sobre el pecho un pequeño escudo, en el que estaba pintado un salvaje sosteniendo un mundo, con este mote en oro sobre verde: Con más puedo.

Aquel feroz caballero era conocido con el nombre de Aben-Alí-Atar, alcaide de Ronda, y respetado por valiente, do quier se levantaba un pendon ó se reunian los más bravos de los caballeros granadinos.

Nadie, á pesar de permitirse segun el pregon entrar en plaza, osó rivalizar con el respetado Alí-Atar: él solo fué á saludar ante el trono de la hermosura, á Betsabé, y la pidió licencia para rejonear el primer toro.

Una sonrisa extraña lució en los labios de Betsabé, cuya blanquísima mano arrojó una llave de oro que el africano recogió en su bonete: saludó profundamente al rey, partió al galope al otro extremo de la plaza, y entregó la llave á un alguacil que se dirigió con ella á una pequeña puerta; entre tanto el acompañamiento de Aben-Alí-Atar desapareció tras la valla; los seis negros de los alquiceles rojos se extendieron en el coso al rededor de la puerta que se iba á abrir, y el mantenedor tomando un pesado rejon, se colocó jactancioso á un lado de ella. Sonaron los clarines en medio de un silencio profundo; el alguacil abrió la puerta, y un toro de piel negra y reluciente se lanzó en el coso.

Era un valiente animal nacido en las breñas de Ronda; ligero como el aire, bravo, bien armado; se detuvo en medio de la arena y revolvió su feroz mirada en torno suyo, provocado por los silbos y los gritos que arrojaba la multitud como un vendabal; los hombres estaban de pié, las damas agitaban sus lenzuelos, los alguaciles colocados frente al mirador real, fijaban la aterrada vista en el bruto preparándose á huir á la primera señal de peligro: Aben-Alí-Atar, entre tanto, rodeado de los esclavos lidiadores, se acercó al trote de su yegua al toro, que se volvió lentamente, azotó con su cola los ijares, bajó la potente cabeza, como saludando á su adversario, hízose pausadamente atrás, arrojando á larga distancia la arena que arrancaban del coso sus brazos cortos y nerviosos, y dejó oir un bramido ronco y poderoso. En aquel momento todos los ojos estaban fijos, todas las lenguas mudas.

Al fin el toro partió como un venablo envistiendo á Alí-Atar; el rejon de este hendió, silbando, la distancia que le separaba del toro, y, rozando ligeramente su lomo, se clavó en la arena: un bramido atronador retembló en los aires: la yegua y su jinete rodaron por el coso, y seis alquiceles rojos flotaron entre el caballero vencido y la bestia vencedora: engañado por ellos, el toro siguió á los esclavos, y Aben-Alí-Atar cabalgó en otra yegua que le fué presentada.

El rostro del africano mostraba una expresion terrible; parecia que el demonio de la cólera y del orgullo humillado, habia ocupado su alma: lívido, tembloroso de furor, con los dientes apretados, y los ojos inyectados de sangre, lanzó en torno una mirada de desprecio á la multitud que aplaudia al toro, y otra indescribible á Betsabé, cuya mirada sin objeto parecia fijarse en una imágen retratada en su alma: sin embargo, cuando Alí-Atar partió de nuevo al encuentro del toro, quien la hubiera observado hubiera visto en su mano el anillo cabalístico de Salomon, mientras su lengua murmuraba algunas ininteligibles palabras: en aquel momento el toro arrancó en su segunda embestida, y sin dar tiempo á Alí-Atar de arrojarle su rejon, arrolló á la yegua, y desdeñando la llamada de los rojos alquiceles de los esclavos, se cebó en ella y en su jinete: la sangre corrió; Alí-Atar espirante voló por el aire tres veces arrojado por las terribles astas, y otras tantas fué herido de muerte. Despues el toro siguió á los esclavos, se ensangrentó en ellos, arrolló á los alguaciles, y se hirió, acometiendo inútilmente á los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la guardia negra, que le recibieron con la punta de sus largas picas, muchas de las cuales se rompieron al empuje.

El toro, empero, pareció no haber menguado en vigor con aquella lucha terrible; conociendo lo inútil de sus esfuerzos en aquella parte, se adelantó al centro del coso y persiguió, aunque tarde, á los que retiraban los despojos de Alí-Atar, de sus dos yeguas y de algunos esclavos: el toro era dueño del terreno: nadie parecia ante él: entonces como el atleta que tras un combate se prepara con el descanso para otro, se echó en tierra y con el oído atento, la vista inquieta y las orejas enhiestas, esperó.

Deshonroso era para los caballeros granadinos contemplar impasibles un coso abandonado, en que un toro se atrevia á reposar con tan inaudita é insufrible insolencia; la sangre hirvió en el corazon de algunos, que confiando en su brazo y en su buena estrella, cabalgaron en las nueve yeguas blancas que restaban de las que habian aparecido en muestra, y rodeados de más de cien esclavos, precediendo la licencia del rey, entraron en el coso.

De ver eran aquellos valientes jóvenes disputando cada uno de por sí, merced á la velocidad de sus cabalgaduras, el honor de ser el primero en arrojar su rejon á la fiera, preparada de nuevo al combate: triste era en verdad ver rodar por la arena á aquellos cumplidos caballeros, que en más de un combate habian ensangrentado el asta de sus lanzas hasta la mano, y habian dado dias de gloria á su patria venciendo á los nazarenos. Todos cayeron: arrollábalos el toro como el vendabal doblega y rompe las jóvenes palmeras, y la fiesta era ya un objeto de horror. Desvanecíanse las damas; juraban los valientes; gritaba el populacho; afligia al rey la sangre de sus caballeros inútilmente vertida, y el toro entre tanto se enseñoreaba de la liza, poblada sólo de cadáveres y moribundos. El terror cundia; nadie osaba medirse con aquel soberbio animal á quien el hierro no rendia y que crecia con el castigo.

Pasaba entre tanto el tiempo; el rey, por medio de un pregon, ofreció mil doblas de oro á cualquiera que, esclavo ó muslim, villano ó caballero, fuese vencedor del toro.

Pero ni la gloria ni la ambicion fuéron bastantes á decidir á ninguno á tamaña empresa. Esperóse largo espacio; el rostro del rey se nubló; todos sus vasallos esquivaban el peligro. Por primera vez tenia lugar en Granada el deshonroso espectáculo de un peligro esquivado. Al-Hhamar bajó de su asiento á pesar de las súplicas de Wadah, tomó de manos del alcaide de su caballería Aben-Muza un poderoso caballo, y sin más compañía que su brazo y un rejon, se lanzó en la arena. Aquel ejemplo de inmensa y serena valentía, produjo un efecto maravilloso; el aire retumbó herido por un millon de aclamaciones, y los gritos de ¡Al-Hhamar le galib! (¡Al-Hhamar el vencedor!) salieron de todas las bocas, al mismo tiempo que por todas las puertas de la valla se precipitaron tropas de jinetes.

Llegado era el momento del supremo esfuerzo del bruto; un silencio profundo dominaba en las balaustradas, en los miradores y en las galerías. En el estrado real, Wadah, á pesar de su fiereza, pálida como un cadáver, posaba una angustiosa mirada en Al-Hhamar, que acompañado de su hijo el príncipe Mohhanmed, caracoleaba en derredor del toro en medio de sus caballeros, á quienes en vano gritaba furioso se retirasen; más allá el desconocido de la verde vestidura, el arnés cincelado y la adarga con un murciélago por empresa; aquel hombre que asistia á las fiestas como vasallo de una princesa de la India; con su verde alquicel plegado en el brazo izquierdo y su ancha espada desnuda en la diestra, se veia á pié en la arena á poca distancia del rey y del príncipe Mohhanmed; la mirada que Wadah, fijaba á veces en aquel jóven, revelaba una angustia más profunda que la que posaba en Al-Hhamar, al par que un relámpago de odio brillaba en sus ojos, cuando los tornaba al príncipe Mohhanmed.

Betsabé entre tanto revolvia entre sus lindísimos dedos la terrible esmeralda, y en su rostro frio é impasible se traslucia una vaga y cruel expresion de triunfo cada vez que el toro hacia rodar uno de los leales y valientes caballeros que formaban una valla humana ante Al-Hhamar. Al fin todos cayeron heridos ó fuera de combate, y sólo quedaron ilesos el rey, el príncipe y el caballero del verde atavío.

A falta de otros contrarios, el toro, á quien parecia prestar fuerzas un extraño poder, se lanzó sobre el príncipe Mohhanmed; el valiente jóven arrojó en vano su rejon, que pasó silbando á poca distancia del furioso bruto: Al-Hhamar, sin tener más tiempo que el necesario para interponer su caballo entre el de su hijo y la fiera, rodó á su empuje, como habian rodado antes tantos otros: oyóse entonces en medio del terror general un grito salvaje: vióse al caballero de lo verde arrojar su alquicel entre el rey y el toro; sacarle en medio de la plaza; burlar, merced á la flotante tela, sus embestidas, y en fin asestar contra él la aguda punta de su luciente espada: su alquicel llamó al toro; este partió un momento despues; hombre y bestia cayeron en tierra; pero antes de que pudiese ser notado distintamente, el hombre se levantó sano y salvo, mientras el toro espiró, lanzando un raudal de negra sangre, por una ancha herida que habia abierto en su cerviz, al penetrar hasta la empuñadura, la espada del desconocido.

El peligro de que con tan maravilloso valor habia salvado á Al-Hhamar y al príncipe Mohhanmed, habia causado tan profunda sensacion, que mil voces se levantaron para aclamar vencedor al esforzado caballero, y para pedir se le concediese ser premiado por la sultana de la hermosura. Pero el rey, repuesto de su caida, meditó que no podia concederse tal merced al que sólo habia vencido una prueba, y si bien juró por su espíritu recompensar de una manera digna de su grandeza servicio tan distinguido, volvió al estrado, y suspendiendo la salida del segundo toro, mandó se corriesen sortijas.

Entonces los esclavos clavaron en el centro de la plaza un hermoso árbol, en una de cuyas desnudas ramas, cubierta por una plancha de acero, asomaba imperceptiblemente el círculo de una sortija de oro. Cubriéronse con arena los rastros de sangre, y todos se prepararon al próximo y menos peligroso espectáculo, olvidados ya de los horrores del primero.

Entre tanto, Wadah, que habia caido desvanecida entre sus esclavas, al ver á Al-Hhamar por la arena, habia vuelto en sí, y solicitaba del rey licencia para alejarse de la fiesta.

—Rey y señor, le decia: tu sierva, despues del horrible peligro en que te ha visto, no puede hallar placer en otra cosa que en la soledad: si permaneciese aquí, creeria verte aún en tierra delante del furioso animal, á quien ese valiente caballero ha vencido. Déjame que en el retiro del alcázar piense en tí; que te espere recordando los hermosos dias de nuestro primer amor.

El rey fijó una mirada extraña en la sultana.

—Sí; quiero estar sola, continuó esta: necesito estar sola; el ruido de esas voces me lastima, mi cabeza se pierde... tiemblo, ¿no lo ves?

En efecto, Wadah temblaba; Betsabé fijaba en ella una mirada sombría; Djeidah, Zahra y Obeidah prestaban una descuidada atencion á aquellos misteriosos terrores que para ellas eran una historia completa. En aquel reducido círculo se agitaban todas las pasiones que pueden combatir al corazon. El rey dudó aún.

—¿Y quién dará luz á mis ojos, dijo, si tú te separas de mí, sol de mi vida? ¿Cómo podré yo apreciar el valor de mis caballeros, si al separarte de mí tan turbada, llevas contigo mi cuidadoso pensamiento?

Wadah contestó señalando con una elocuente mirada á Betsabé; el rey palideció.

—Ya lo ves, añadió Wadah, como concluyendo el pensamiento que sus ojos habian empezado á expresar; padezco como tu temes, me fascina esa mujer, su vista me atormenta, déjame partir.

El rey inclinó la cabeza resignado, y permitió á su esposa abandonar las fiestas. Wadah salió, rodeada de sus esclavas, y meditabunda y preocupada llegó á la casa del Gallo.

Despidió á su servidumbre, encerróse en su retrete, y una vez sola, se abandonó á las pasiones que habia contenido en presencia del rey y de la córte. Wadah, no era ya la mujer hermosa que inspiraba insensatos amores, como su mirada tranquila é indiferente; era una pantera furiosa á quien se ha insultado; no habia en ella ni terror ni amor; sus ojos lanzaban un fuego sombrío; su boca entreabierta producia una especie de rugido sordo y contínuo; su hermoso seno se elevaba agitado por una respiracion violenta; sus lindos piés hacian retemblar el pavimento con un paso fuerte, apresurado, circular, como el de una fiera encerrada en una jaula: todo presagiaba en ella una de esas terribles borrascas del alma que al estallar aterran, y que causan la muerte de quien las excita.

Nada oia, nada veia: el presente no existia para ella; recuerdos terribles le traian su pasado, y terrores incógnitos le fingian un porvenir horroroso, que ella habia querido evitar y al cual le arrojaba una mano invisible y poderosa. Su carácter salvaje se sublevaba contra aquel poder superior: su voluntad enérgica la hacia pensar en la lucha, pero aquella lucha era de un éxito dudoso: habia momentos en que se creia impotente, y el conocimiento de su impotencia la irritaba.

Algunas veces la arrancaba de sus terribles pensamientos un sonido vago, perdido en la distancia y en el espacio; era el son de las trompetas de la fiesta que resonaban de tiempo en tiempo: con él se levantaba el rumor confuso de las voces del pueblo que aclamaba á un vencedor. Su vista se dilataba: creia ver á su hijo Juzef en aquel caballero de lo verde, arrancando sortijas que nadie habia logrado tocar; arrojando de la silla, á los botes de su lanza, á los caballeros de brazo más fuerte; arrojando empresas y divisas, ganadas á los vencidos, á los piés de Betsabé. Veia lucir en los labios de este una sonrisa de amor y de triunfo, y la irritacion de su alma la animaba con un fuego sombrío; volvia á su paseo circular, á su terrible furor, á sus pensamientos de venganza.

En uno de aquellos accesos, se detuvo delante de un pequeño alhamí, abierto en el muro y adornado con labores y signos extraños: levantó el mármol que le servia de pavimento y tomó de debajo de él una tabla negra, escrita con caractéres rojos; sentóse en el suelo y colocó la tabla sobre sus rodillas: luego sacó de su seno un punzon de oro, y tocó uno de aquellos nombres escritos en caractéres cabalísticos, y esperó; pero nadie apareció ante ella, como en otro tiempo, al impulso de aquel contacto mágico: su poder habia cedido á un poder superior, y el ensalmo sólo contestó con una muestra horrorosa: la tabla se cubrió de sangre que rebosó de ella y manchó las vestiduras de Wadah; lentamente se levantó una llama azulada, que lamió primero indecisa los bordes del talisman y despues le cubrió enteramente, se elevó, osciló y se consumió. En vez de los caractéres misteriosos, los ojos de Wadah vieron sobre la negra superficie de la tabla, siete murciélagos horribles que la miraban con sus pequeños ojos de fuego, que batian sus alas de crespon, y que parecian mofarse de ella, abriendo sus horribles bocas con un mohin extraño, muy semejante á la risa de un condenado.

El rostro de Wadah expresó una feroz alegría á la vista de las siete alimañas: sus labios murmuraron un conjuro, y los murciélagos dilataron más sus bocas, como contestando con una risa insolente.

Wadah palideció. En aquel momento habia creido ver á través de la tabla fatal el rostro de un cadáver; creyó haber visto en él al nombre de su último amor: amor frenético que llenaba su existencia, que la devoraba, que la consumia; sobre aquel rostro, el tósigo habia dejado impresas manchas lívidas: sus ojos estaban cubiertos por un velo de sangre, y á través de los apretados dientes, fluia por su boca entreabierta roja espuma. Wadah arrojó horrorizada la tabla á un perfumero, cuyo fuego la devoró lentamente, al par que de las siete bocas de los siete murciélagos que ardian, emanaban siete carcajadas horribles.

—¡Oh! ¿qué es esto? gritó Wadah en el colmo del terror: ¿con que todo lo que amo ha de perecer, y he de perecer yo con ellos, y mi poder será inútil para contrarestar el poder de ese miserable? ¡No, no será... aunque lo quieran todos los arcángeles del sétimo cielo!

Su hermoso semblante mostrábase entonces en una de esas terribles expresiones, que si una vez se han visto no se olvidan jamás: sus cabellos se habian desordenado y caian como un velo sobre su frente: fijos sus ojos, amenazadores y sombríos, brillaban con un fuego semejante al que debió lucir en los de Eblis cuando fué arrojado del Paraíso: su boca entreabierta permitia ver sus blanquísimos dientes, apretados por la rabia; sentada en el suelo, replegada sobre sus rodillas, los brazos apoyados en ellas y las manos crispadas, clavando las uñas en su semblante, hubiera hecho temblar al más osado y retroceder al más atrevido.

Pero todo aquel furor creciente, inmenso, era más de lo que puede sufrir un corazon mortal: habia pasado más allá de los límites naturales, y se deshizo en lágrimas: Wadah lloraba por la primera vez.

De repente se levantó, tomó una lámpara de oro colocada en un nicho, la encendió, cubrióse con un velo, salió del retrete y entró en una oscura galería; al fin de ella abrió una puerta, bajó algunos escalones, y se adelantó á lo largo de un estrecho y pendiente tránsito.

El lugar por donde caminaba Wadah era una mina que comunicaba con uno de los extremos del Albaicin; al fin de ella abrió otra puerta, subió una escalera, y atravesando algunos retretes, se encontró al fin en el que habia servido de prision á Betsabé, y donde sujeto á su poder yacia Absalon.

Las lámparas estaban apagadas, los braserillos sin fuego, los pájaros mudos y las flores marchitas; una luz pálida penetraba por el ajimez, á través de los dobles tapices, y un silencio profundo dominaba en aquel magnífico retrete. Wadah colocó su lámpara sobre el mismo pedestal que algunas horas antes sostenia el jarron de porcelana, arrojado al suelo por el furor de Betsabé, y cuyos restos aún se veian sobre la alfombra. El divan se ocultaba tras sus cortinajes de púrpura, y nada indicaba que aquel recinto estuviese habitado.

Wadah observó todo esto en silencio; compuso su desordenada cabellera, cubrióse con el velo, y dirigiéndose con paso recatado al divan, levantó el tapiz y miró: la lámpara arrojó su débil reflejo hasta el fondo de aquel lecho, y dejó ver á la sultana un hombre que dormia: era Absalon.

Su semblante pálido, en que naturalmente estaba retratada la miseria de su espíritu, mostraba entonces una expresion de dolor, reflejo sin duda de algun ensueño horroroso; á través de su boca entreabierta se veian entrechocarse sus dientes, y un sudor copioso filtraba de sus blancos y escasos cabellos, y se deslizaba por su frente.

Wadah contempló por algun tiempo á aquel hombre con severo semblante; sus ojos se tiñeron de una sombría expresion de cólera, que creció progresivamente hasta estallar; luego asió con fuerza la hopalanda del judío y la sacudió con furor:

—Despierta, miserable, gritó.

Absalon se levantó aterrado; sus ojos soñolientos se dilataron, y su boca temblorosa dió salida á un grito:

—¡Perdon, Betsabé! exclamó.

—¡Betsabé! ¡Siempre Betsabé! prorrumpió colérica Wadah. ¡Siempre esa mujer! ¿Qué has hecho de ella, miserable? ¿Dónde está?

El judío pasó su descarnada mano por su frente, y miró con asombro á la sultana.

—No es Betsabé, dijo.

—¿Qué has hecho de ella? repitió con más fuerza Wadah.

—¡Estaba escrito! murmuró el judío.

—¿Pero qué estaba escrito? exclamó impaciente la sultana, ¿Quién es esa mujer?

—Esa mujer... repitió con el acento del idiotismo Absalon; esa mujer es la muerte... esa mujer, es la condenacion.

Wadah se impacientaba: sus labios temblaban, su seno agitado dejaba percibir cada uno de los violentos latidos de su corazon.

—¿Esa mujer? repitió aún.

—No tiene padre entre los hombres, ni sus dias están contados, contestó Absalon, ni mujer la ha acercado á su pecho, ni tumba se cerrará sobre ella; es la hija de los conjuros, el espíritu de Eblis, el arcángel tentador que inspira los amores impuros y las venganzas crueles... esa mujer es el destino de una raza que acerca al horizonte de los mares de la muerte el sol de su existencia.

Absalon parecia inspirado; Wadah le escuchaba con ansiedad.

—Pero esa raza, continuó Absalon, dejará sobre el horizonte del pasado reflejos de grandeza, que mirarán con respeto los que vengan con el porvenir... Esa raza será raza de mártires, y sus espíritus purificados con el sufrimiento, subirán como un perfume, allí donde todo es eterno, donde todo es hermoso, donde el espíritu de Dios vuela, llenando de felicidad infinita cuanto con él está... Esa raza es una raza de justos.

—¿Y qué raza es esa? preguntóle estremecida Wadah.

—Allá en los remotos confines de África, prosiguió Absalon, como si no hubiese oído la pregunta de Wadah, en un campo fértil, rebosa de un lago el Bahr-el-Azrak (rio azul). Corre entre bosques de palmeras y se une al gran rio donde moran el hipopótamo y el cocodrilo. El mismo dia que los espíritus invisibles presidian el nacimiento de Ebn-Al-Hhamar, un hombre pobre, descalzo, fatigado, caminaba por la ribera del Bahr-el-Azrak, á poca distancia del punto donde este rio se une al sagrado Nilo; llevaba en la espalda un cofre y en él alguna joyería falsa, unos cubiletes y una tabla de ajedrez. Era un juglar que recorria los aduares, ejercitando su triple profesion de médico, mercader y jugador de manos; todos le conocian y se apartaban de su paso, arrojándole algunas monedas de cobre, porque le tenian por mago y le temian; sin embargo, el pretendido mago estaba reducido á la miseria más horrible: siempre errante, sus piés se ensangrentaban caminando sobre los arenales, y su piel, defendida tan sólo por un sucio turbante y un roto alquicel, sufria los ardores del sol, que la quemaba, posándose sobre ella como una plancha de hierro enrojecido.

Aquel hombre caminaba sin duda á la ventura, puesto que ni un aduar, ni una ciudad se veian á muchas leguas de distancia; sin embargo, andaba cuanto podia, y en poco tiempo llegó al lugar donde el Bahr-el-Azrak se une al Nilo.

Allí se detuvo, no pudiendo pasar adelante, y se sentó al pié de una palmera.

—¿Y qué me importa tu juglar? gritó Wadah impaciente; ¿qué tiene que ver con esa mujer?

Pero Absalon nada oia, nada veian sus ojos; mostraban una mirada fija, sin objeto, insensata; sus cabellos estaban erizados, su voz era lúgubre; Wadah mordió impaciente sus labios, sentóse sobre la alfombra, cruzó los brazos, inclinó la cabeza sobre el pecho y se resignó á esperar un momento de lucidez en la demencia del viejo. Este entre tanto habia continuado su relato.

—El juglar miró atrás y se contristó al ver el largo camino que tenia que desandar para encontrar una tienda ó una cabaña, puesto que adelante le cerraba el paso la confluencia de los dos rios.—¡Si al menos, dijo, tuviera una barca!—En aquel momento, de entre unas cañas situadas en la opuesta ribera, apareció una balsa que adelantó hasta llegar á la orilla; nadie la dirigia: habia venido por sí misma, á no ser que la impulsase algun invisible cocodrilo.

Aunque deseoso de proseguir su marcha, el juglar tuvo miedo de aquellos maderos entrelazados con juncos, que sin que nadie al parecer los impeliese, habian subido la corriente, fuerte en aquel punto en razon al caudaloso desagüe del Bahr-el-Azrak, y que se mantenian inmóviles convidándole á la travesía; pero luego meditó que allí se encerraba un misterio, y su miedo cedió á su curiosidad.

Resolvióse, pues, levantóse y saltó en la balsa, que como si no esperase nada más, se separó de la orilla y se abandonó á la corriente con la velocidad de una saeta. Ya no era tiempo de retroceder. El Nilo arrastraba con violencia su turbia corriente, y pretender llegar á nado á cualquiera de sus riberas, hubiera sido buscar una muerte segura. Por mucho que fuera el terror del juglar, hubo de resignarse á aquel viaje terrible.

La balsa aumentaba maravillosamente en velocidad. El juglar veia pasar á sus costados las dos riberas con la misma rapidez que pasa una tromba sobre un arenal. Los montes, los valles, las colinas, parecian correr como sombras; la corriente era cada vez más ruidosa, más sensible; la estrella de la tarde reverberaba ya en la inmensidad del firmamento, y algunas brillantes estrellas palidecian ante el sol que tocaba al Occidente.

La balsa siguió: dejó el centro del rio y penetró en un cañaveral; á medida que adelantaba, las cañas eran más elevadas; se estrechaba el cauce, los follajes se unian y menguaba la luz; al fin, solo quedó una claridad nebulosa, un ambiente pesado, unas aguas negras y silenciosas. Y la balsa corria como una saeta disparada sobre aquella superficie tersa en que se reflejaba el color mate y frio de la niebla.

Al fin la balsa desembocó en un lago, abrillantado por el reflejo de una hoguera que ardia sobre una roca de granito rojo, situada en medio de las aguas; la balsa chocó en ella y empezó á sumergirse lentamente, obligando al juglar á tomar tierra. La balsa desapareció al fin, y quedó solo, con su joyería y su tablero de ajedrez, sobre aquella pequeña piedra que se elevaba en el centro de un reducido lago, rodeado de espesa maleza, cubierto por un celaje sombrío y alumbrado por la luz de una hoguera solitaria.

El juglar buscó una habitacion humana y dió vuelta á la roca; en la parte opuesta á aquella á donde habia arribado, encontró la boca de una gruta y entró. Sus ojos, deslumbrados por el vivo resplandor de la hoguera, nada vieron durante un corto espacio; luego las tinieblas fuéron desvaneciéndose, y en el fondo vió una puerta que al llegar á ella se abrió por sí misma: el juglar pudo entonces ver un pequeño aposento, cuyas paredes eran negras y cubiertas de inscripciones misteriosas y signos cabalísticos pintados con tinta roja; veíanse allí la lengua de la serpiente de mar, junto á los ojos del águila de los trópicos; huesos informes del Roc[26], dientes de lobo rabioso y uñas de cocodrilo; hallábanse allí alimañas no conocidas, reptiles de formas horribles, abortos espantosos; y entre todos estos objetos, instrumentos, armas y utensilios de hechura y usos extraños, cuantas producciones vegetales encierran el tósigo y el narcótico: filtros para matar, para enloquecer, para envejecer, para inspirar amor y aborrecimiento; todo cuanto dañoso encierra la naturaleza, colocado con órden sobre las mesas y sobre las paredes de aquel aposento, dentro del cual temblaba el imprudente juglar, pesaroso hasta el fondo del alma de haberse aventurado en aquella balsa maldita que le habia conducido á lugar tan siniestro.

Y no eran las alimañas y las redomas donde estaba encerrado tanto veneno, lo que causaba su miedo: era otro objeto más horrible que todos aquellos horrores lo que le hacia temblar y le enmudecia: era un hombre sentado sobre un escabel de tres piés, cubierta la cabeza con un bonete puntiagudo, negro como su túnica, y como ella cubierto de caractéres rojos. Aquel hombre entonaba un canto fúnebre, cuyas palabras, á pesar de ser ininteligibles, hacian temblar el corazon del que las escuchaba; su rostro era feroz, malévolo, surcado de manchas lívidas, y animado por dos ojos redondos, pequeños y relucientes como carbunclos; unos cabellos lacios y una barba revuelta y larguísima, de color de plomo blanquecino, afeaban aquel semblante que por sí solo bastaba á causar horror; bajo la ancha hopalanda de aquel sér terrible, se veian descubiertas sus manos secas y huesosas como las de una momia, que se ocupaban en remover con una larga espátula de hierro enmohecido, un brebaje de color impuro que hervia á sus piés en una vasija de materia y forma extrañas; de ella se levantaba en espiral una columna de fuego rojizo que se abria paso fuera de aquel antro por una claraboya abierta en la roca, y que apareciendo sobre ella, era la hoguera que abrillantaba las aguas del lago sobre el cual habian flotado los maderos que condujeron hasta aquel sitio al juglar.

De tiempo en tiempo el viejo dejaba el escabel, tomaba una redoma y vertia en la vasija parte de su contenido, entonando un canto misterioso y desagradable; el brebaje hervia con más fuerza, el fuego chispeaba rugiendo, y un humo blanquecino, impregnado de miasmas hediondos, se extendia en aquel reducido ámbito, lamia las paredes, envolvia las formas y se disipaba al fin, devorado por la misma hoguera que le habia producido.

El juglar observaba inmóvil cuanto sus ojos veian; el viejo parecia no apercibirse de su presencia; al fin sus ojos ardientes se fijaron en aquel hombre tembloroso, sus labios se contrajeron con una mueca, extraña sonrisa peculiar á su semblante; su pecho se levantó, produciendo un ruido semejante al estertor de un moribundo, y se dejó oir su voz ronca, estridente y cavernosa.

—¡Acércate, Djeouar! dijo al juglar.

—¡Djeouar! exclamó Wadah, levantándose como herida por un recuerdo terrible, y saliendo de la inercia á que se habia abandonado ante el delirio del judío. ¿Conoces tú á Djeouar? ¿Sábes quién es Djeouar?

La voz de la africana dejaba notar las inflexiones de la cólera, del odio, del terror; el grito que acompañó á su pregunta fué tan terrible que Absalon se levantó, miró en torno suyo con espanto y pasó las manos por su frente que devoraba la fiebre.

La sultana y el judío, de pié, frente á frente, mudos entrambos, retratada la cólera en la mirada de la una y la insensatez en la del otro, se contemplaron durante un breve espacio.

Wadah fué la primera que rompió el silencio.

—¿Conociste á Djeouar? preguntó al judío clavando su crispada mano en uno de sus hombros.

Absalon miró á la sultana de una manera estúpida, sus ojos vagaron inciertos, y se dejó caer desplomado sobre el divan.

—Yo dormia, dijo reuniendo con trabajo sus recientes recuerdos; soñaba con mi pasado... con una mujer... esa mujer era... Betsabé... sí; era Betsabé; la hija de los conjuros... la hija de Eblis... Betsabé, la hechura de Djeouar.

—Sí, sí, dijo Wadah, procurando ayudar la memoria del judío; recordabas á un hombre á quien otro, hechicero sin duda, habia llevado ante sí; á quien nombraba...

—Djeouar, es verdad, exclamó Absalon soltando una carcajada semejante á la de un niño que encuentra un objeto perdido y ansiado; Djeouar... ya me acuerdo... estaba junto al hechicero, y este le dijo:

—Acércate, Djeouar.

Djeouar, el juglar, se acercó temblando; el hechicero le contempló á su sabor.

La sultana, que hasta escuchar aquel nombre misterioso habia estado abismada en sus pensamientos, contuvo entonces el aliento, temerosa de interrumpir al judío. Este continuó:

—Te he elegido, le dijo, para confiarte un encargo mio, porque eres entre los hombres el más á propósito para llenar mis deseos.

Djeouar se inclinó y tuvo menos miedo.

—Eres ambicioso, continuó el hechicero: levantaste muy alta tu vista y pensaste ser uno de esos hombres que mandan á los demás, que los gobiernan segun su voluntad, que juegan con las vidas y con las haciendas: era la suprema felicidad. Te creiste ver en tus delirios para el porvenir, recostado en un sofá de oro y púrpura, rodeado de esclavos y de mujeres cubiertas de joyas, en un alcázar de mármol, adurmiéndote á los vapores del ópio, y mandando azotar á tus walíes como á perros, y degollar á tus vasallos como carneros; torrentes de sangre pasaron delante de tí, y entre ellos, vírgenes de ojos brillantes y bocas sonrosadas; te entregaste en demasía al halago de tus sueños, y cuando al despertar te viste pobre, miserable, impotente, expuesto á ser degollado por uno de esos hombres cuya suerte envidiabas, los aborreciste, te hiciste santon y predicaste á los miserables como tú, guerra eterna á todo lo que era dominio, á todo lo que era fuerte. La desdicha de los unos, la pobreza de los otros, la envidia de los más, fuéron para tí poderosos auxiliares, y te rebelaste contra el califa de Damasco. Pero el califa envió contra tí uno de sus eunucos y algunos esclavos, y te venció, te aprisionó y te encerró en una mazmorra. Con pretexto de castigar su traicion, gravó á sus pueblos con enormes tributos, añadió leyes bárbaras á las que hacia cumplir con harta rigidez á los suyos, y degolló, ahorcó, empaló y crucificó á los que entre ellos eran más ricos ó le inspiraban más recelos; tú debiste morir entonces, pero yo tenia proyectos acerca de tí, y te salvé por medio de mi poder sobrenatural. Una noche se abrieron las puertas de tu prision y te encontraste en el campo al aire libre, con tu saco lleno de relumbrones, tus cubiletes y tu mugriento tablero de ajedrez. Habias visto desvanecerse un sueño, pero al pasar habia dejado sus huellas en tu alma; no pudiendo dominar á los fuertes, no creyendo en el poder de la ayuda de los débiles, aborreciste á los primeros y despreciaste á los segundos; el aborrecimiento y el desprecio para con tus semejantes te hicieron egoista: el egoismo te hizo cruel.

Pero quedaban aún en tí ambiciones secundarias: tus sueños de grandeza te hicieron pesado el trabajo del pobre, y te dominó la indolencia; soñaste entonces tesoros: si no podias ser califa, podias muy bien ser rico: pero como los cubiletes, las joyas de cobre y el ajedrez, apenas te producian el dinero suficiente para un miserable alimento, meditaste otro medio más conveniente: compraste con ahorros debidos á tristes dias de hambre y privaciones, un arco y algunos venablos, y esperaste al primer transeunte. El que no habia podido ser califa, fué ladron.

Te se unieron algunos árabes de las cabilas salvajes, y no fué ya á los caminantes indefensos, sino á las caravanas, á las que acometiste; todo fué perfectamente mientras diste su parte en las presas al califa, es decir, mientras le pagaste un misterioso y vergonzoso tributo por tus latrocinios; pero un dia acometiste á una caravana que conducia presentes del califa para el schah de Persia: defendiéronlo los soldados, destrozaron á los tuyos y te sepultaron otra vez en una mazmorra. Tu primera derrota te inspiró desconfianza para con los demás hombres, y te hizo cruel: la segunda te obligó á desconfiar de tus propias fuerzas, y te hizo cobarde. El califa te mandó crucificar; pero si me habias convenido por cruel, por cobarde aumentabas en valor á mis ojos. La crueldad y la cobardía constituyen al asesino sin piedad, al hombre sin corazon. Como la vez primera, te abrí las puertas de tu encierro y te viste libre, con tu saco provisto de tus pobres recursos de subsistencia.

Mientras la ambicion y la avaricia dominaron tu corazon, durmió en él otro sentimiento, violento en tí, capaz de arrastrarte á todo: el amor; pero no el amor hijo de la naturaleza, sino un sentimiento impuro, incontrastable, devorador. Si esa hubiera sido tu única ambicion en los dias en que tu frente estaba tersa, tus ojos brillantes, tu barba negra y tu cuerpo gentil, hubieras podido hallar algunas ventajas; pero cuando buscaste el amor, tus ambiciones frustradas habian arrugado horriblemente tu rostro; tus ojos habian adquirido la repugnante expresion que distingue al traidor, y tu cuerpo se habia encorvado bajo el peso de los sufrimientos. Has perdido tu tiempo, y al fin estás ante mí con el corazon lleno de odio y el pensamiento de venganzas. Eres el hombre que necesito, y por eso te he traido hasta aquí.

—¿Y qué quieres? preguntó Djeouar al hechicero.

—¿Ves el licor que hierve en esa vasija?

—Sí.

—Encierra el bien y el mal, y en la llama que produce vamos á leer el horóscopo de un hombre que está á punto de venir á la luz.

El viejo se levantó, asió á Djeouar y le hizo mirar al Poniente á través de la llama.

—¿Qué ves? le preguntó.

—Veo una tierra fértil, contestó Djeouar, rodeada de colinas y montañas, pero no la conozco.

—Es el país de Andalus[27]; ¿no ves más?

—Sí: un pueblo sobre un monte.

—Mira aún.

—Un castillo sobre el pueblo.

—¿Y en el castillo?

—Un retrete, un divan y una mujer hermosa, rodeada de esclavas. Padece horriblemente: está próxima al alumbramiento.

El hechicero hizo entonces á Djeouar tornarse al Oriente.

—¿Qué ves?

—Veo el nacimiento del Bahr-el-Azrak, y más abajo un pueblo junto á un lago. Sobre el pueblo un alcázar; en los jardines del alcázar una mujer jóven y hermosa.

Un relámpago de pasion lució en los ojos del juglar al ver la mujer que dormia guarecida del sol bajo una enramada de jazmines en el alcázar; sus labios entreabiertos temblaban con la convulsion de la cólera, porque junto á aquella mujer habia un hombre que se extasiaba contemplando su semblante lleno de dulzura, al que un hermoso sueño, sin duda, prestaba una sonrisa purísima y satisfecha.

—Tú amas á esa mujer, observó el hechicero á Djeouar.

—Sí: contestó este con voz sombría.

—Esa mujer es la esposa del wasir Aben-Sal-Chem, á quien adora, y de quien es amada con idolatría. Aún no ha corrido una luna desde que el amor unió sus destinos, y mira cuán felices parecen. Sin embargo, si tú quieres, esa felicidad desaparecerá y serán tan desgraciados como tú, que tienes el corazon seco como las aristas que lanza esa hoguera.

—¿Y qué he de hacer?

—Ocupar mi lugar, porque voy á morir. Te dejaré parte de mi poder, y alcanzarás por él cuanto has ambicionado.

—¿Seré rey?

—De la creacion: tu mano poseerá el bien y el mal, usarás de él á tu antojo, te obedecerán los espíritus invisibles, y estarán abiertos al par para tí los jardines del Edem, y las sombras y el fuego eterno del profundo. El juglar se estremeció de terror, y casi estuvo á punto de rehusar tan terrible herencia; pero recordó su abyeccion, sus ambiciones malogradas, sus ultrajes pasados, su pobreza y su sufrimiento. El ángel de la tentacion le envolvió en sus alas, y derramó en su alma la esperanza y los deseos insensatos. Creyó verse jóven, hermoso, rico; volvieron á pasar ante él sus sueños de sangre y exterminio, y las vírgenes de ojos negros envueltas en sus flotantes velos. Creció el odio que profesaba al hombre, la pasion que le arrastraba hácia la mujer que dormia bajo la enramada de jazmines, y se embriagó bajo el encanto de la realizacion de sus deseos. Arrojó léjos de sí el cofre donde guardaba sus joyas de cobre, sus cubiletes y su tablero de ajedrez, y se tornó resuelto al hechicero.

—Acepto tu poder, dijo.

—Pues bien, mira: aquel pueblo asentado junto al rio, en las márgenes del lago, es Dembea[28]; la mujer que duerme en él en los jardines del alcázar, es Noemi, la esposa de Aben-Sal-Chem, la mujer á quien amas. Aquella distante ciudad, perdida entre las brumas de Occidente en el país de Andalus, es Arjona; pasados algunos instantes nacerá en su castillo, de aquella mujer que grita y padece rodeada de esclavas, un varon que se nombrará Aben-al-Hhamar, y que más tarde, cuando la barba haya rodeado su rostro y le haya tostado el sol durante largos dias de combate, fundará un reino fuerte sobre el mismo país de Andalus, á los piés de una sierra cuya altísima frente siempre está y estará cubierta por la helada del invierno. El licor que hierve en esa vasija es su horóscopo: horóscopo incierto en el que luchan por mitad el bien y el mal; yo he sido el mal genio de sus mayores, pero mis dias están contados, y en el momento en que él vea la luz, las sombras de la muerte serán con mi espíritu. Es necesario que ese hombre sucumba con su raza: es necesario que la mujer que nacerá transcurridos diez años, de Noemi y Aben-Sal-Chem, sea el ángel tentador de Al-Hhamar.

El viejo parecia menguar en fuerzas á medida que el fuego producido por el negro brebaje aumentaba en brillantez é intensidad. Su rostro estaba cárdeno y su voz era más ronca y más débil.

—Cuando mi vida se apague, continuó el viejo, se apagará la luz de ese fuego; entonces verterás sobre mí el licor que haya quedado, y esperarás; luego tomarás lo que encuentres de mis restos: en ello está tu poder; serás poderoso hasta el punto de crear séres á tu capricho, pero guárdate bien de hacerlo, porque perderás tu poder y serás como los demás hombres, y se agravarán las miserias que te aquejan.

—¿Pero podré ser rico?

—Sí.

—¿Y tener alcázares y esclavos?

—Sí.

—¿Y el amor de Noemi?

—Sí. Pero ha llegado el momento, dijo el viejo estremeciéndose; la llama oscila, se debilita, se apaga.

Y así era verdad: la columna de fuego, tan viva pocos momentos antes, decreció hasta quedar reducida á una llama azul, indecisa y vaporosa que osciló al fin, se dilató un instante, lamió los bordes de la vasija y se evaporó perdida en la oscuridad. El hechicero habia caido con ella: Djeouar, pálido de terror, contemplaba el cadáver alumbrado por un resplandor débil emanado de la vasija donde reposaba un líquido de color de oro.

Pero la ambicion dominó los terrores del juglar, y el filtro fué vertido por él sobre el cuerpo del hechicero.