Volvió á aparecer la llama, inmensa, rugiente como un toro salvaje; primero consumió la hopalanda, luego hizo crugir las carnes, devoró los huesos, se dilató y espiró.
Entonces el juglar vió con asombro que entre aquella negra ceniza quedaba un despojo; era una calavera blanca como el marfil, cubierta de inscripciones y signos rojos.
Era, sin duda, el cráneo del hechicero.
Djeouar le tomó, y como si aquel resto humano hubiese tenido un poder superior, sus ojos se oscurecieron, el frio de la muerte corrió por sus huesos; sus piernas flaquearon y rodó por tierra aletargado.
Cuando volvió en sí, se encontró sentado al pié de la palmera donde habia tomado descanso en la confluencia del Nilo y del Bahr-el-Azrak: el cofre donde conducia sus cubiletes y sus utensilios estaba junto á él; el sol descendia al horizonte, inundando de una luz rojiza los arenales, y á lo léjos se escuchaba un ruido sordo, profundo, contínuo, semejante al batir del mar contra una roca en un dia de tormenta.
—Mucho he dormido, exclamó Djeouar aterrado; el semoum[29] avanza, y no hay ni una gruta ni un kan donde defenderme de su soplo abrasador. ¡Si al menos fuera verdad lo que he soñado!
El juglar miraba trémulo al horizonte: el ruido aumentaba progresivamente; al fin se dejó ver la tromba impulsada por el semoum; montañas de arena avanzaban con una velocidad espantosa: el juglar se prosternó, resignado á morir.
Cuando ya habia perdido toda esperanza, una violenta ráfaga, precursora de la tromba, arrolló el cofre del juglar, colocado en la pequeña eminencia donde descollaba la palmera, á cuyo pié habia tomado descanso; la tapa del cofre se abrió, y con las joyas de cobre, los cubiletes y el ajedrez, rodó un objeto que volvió la esperanza á Djeouar.
Era una calavera que parecia de marfil, cubierta de inscripciones y signos rojos.
La tromba llegaba ya; parecia que el mundo iba á desquiciarse, arrebatado por el semoum; las palmeras, los espinos, las rocas, cedian á su paso, y arrancados de su asiento, aumentaban la tromba. El Nilo mugia, como saludando al terrible viajero, y los cocodrilos huyeron aterrados á esconderse entre sus grutas festoneadas de algas.
Era un momento supremo: el juglar asió la calavera, y exclamó:
—Si no ha sido un sueño cuanto ha pasado por mí, ábrete Nilo, obedeciendo al poder de este talisman; álcese en tu oscuro fondo un alcázar para mí, y pase la tromba sin agitar uno solo de los mechones de mi barba.
El Nilo obedeció, y como un tiempo el Dios de Moisés separó las aguas del Mar Rojo para dar paso á su pueblo[30], se abrió la corriente del Nilo, y Djeouar descendió á pié enjuto hasta el fondo de su cauce.
En él encontró un alcázar maravilloso: su ambicion de riqueza estaba satisfecha; el pórfido, el oro y las piedras preciosas, brillaban por todas partes; pero no habia ni un esclavo, ni un animal, ni un pájaro en su recinto solitario: dominaba en él el silencio de la muerte.
Djeouar estaba trastornado con tan repentino cambio de fortuna; agolpábanse á su pensamiento funestísimos recuerdos, y le parecia estar entregado á un sueño engañador: tocaba las columnas, los muros, las puertas de aquel palacio, como quien al ver un objeto querido posa sobre él sus manos temeroso de que no sea una sombra que se desvanezca al llegar á ella.
Al fin sus ideas se aclararon: vióse cubierto de andrajos en medio de aquel alcázar abandonado, y evocó esclavos que aparecieron á su voz y le cubrieron de galas. Luego mandó le preparasen un caballo, y por el poder de su talisman volvió al sitio donde creia haber soñado, y donde le habia sorprendido el semoum.
La palmera no existia ya: habia sido arrebatada por la tromba; el ambiente, rojo é inflamado antes, estaba límpido y azul; el sol habia traspuesto el horizonte, y la luna llena alumbraba la inmensidad, produciendo destellos pálidos y brillantes en las inquietas ondas del Nilo y del Bahr-el-Azrak.
El juglar aguijó su caballo y caminó corriente arriba por la márgen de este último rio; el animal era ligero como una gacela, y antes del amanecer, á pesar de existir una distancia enorme desde el punto de partida de Djeouar, vió los muros de Dembea.
Esperó á que abriesen las puertas, y entre tanto hizo para sí el razonamiento siguiente:
—Soy poderoso, es verdad; yo podria, con sólo quererlo, llevar á Noemi á los climas más remotos, y vengarme de Aben-Sal-Chem; pero yo no haré uso de ese poder más que para probar si es la virtud de ella ó mi fealdad, lo que ha hecho un imposible para mí de esa mujer. Me rodearé de fausto y de hermosura, derramaré el oro á manos llenas, y si mis deseos no se satisfacen, preciso será creer que mi destino me aparta de ella.
Djeouar acarició la calavera, que, encerrada en un saco de cuero, pendia del arzon de la silla.
—Ahora bien, dijo: es preciso que yo tenga una comitiva, y vengo solo; las puertas van á abrirse y quiero entrar en la ciudad con el aparato de un príncipe.
En tanto el juglar meditaba, la aurora habia mostrado su luz en el horizonte, y los pájaros despertaban en sus nidos y entonaban al Criador su canto matutino; en los confines de las praderas se levantaba de las chozas y de los aduares un humo blanquecino, que mostraba que los habitantes del campo se preparaban á su cotidiana tarea. Por el camino que habia seguido Djeouar, se veia alzarse, entre la bruma de la mañana, una nube de polvo que avanzaba con rapidez hasta dejar percibir en medio de ella una tropa de jinetes y camellos, que se dirigia al punto donde esperaba Djeouar.
Cuando hubieron llegado, el que los acaudillaba echó pié á tierra, y prosternándose ante el juglar, le dijo:
—Nosotros somos esclavos de la calavera mágica, y hemos sabido tu deseo de tener una comitiva y un aparato dignos de un príncipe: hénos aquí.
Djeouar contó cien jinetes en los hombres que habian venido con el que estaba prosternado á sus piés: más allá, cien árabes conducian otros tantos camellos cargados de cofres y tiendas; los jinetes eran jóvenes, hermosos, robustos, ricamente ataviados y armados con espadas y lanzas; los caballos pertenecian á la raza más estimada en Arabia, y eran negros y fogosos; los esclavos que conducian los camellos, venian vestidos de blanco, color que hacia resaltar el cobrizo de su piel: todos miraban con respeto al juglar, y su caudillo estaba aún prosternado ante él.
—Levántate, le dijo Djeouar, ¿cómo te llamas?
—Yo soy el genio Zim-Zam, contestó el preguntado, y soy esclavo del talisman que posees.
—Pues bien, dijo el juglar, desde ahora eres mi walí, y te nombras Alí-Zim-Zam. ¡Alí-Zim-Zam! Haz que se armen mis tiendas, y que reposen mis camellos.
En un momento doscientas tiendas de riquísimo cuero se alzaron en la pradera á un tiro de venablo de las puertas de la ciudad: entre ellas se elevaba una de tela de seda, sobre cuya cúspide ondeaba un pendon verde. En torno de aquel real, se veian de trecho en trecho jinetes apoyados en largas lanzas guardando las avenidas; los camellos se agrupaban en el centro alrededor de la tienda del pendon verde, y dentro de ella, gozando de su reciente y magnífica fortuna, Djeouar aparecia muellemente recostado en un sofá, sobre una alfombra de la India.
Ante él, el genio Zim-Zam, esperaba de pié y en una actitud respetuosa sus órdenes.
—¿Sábes mis deseos? preguntó al genio.
—Sí, poderoso señor; contestó este, inclinándose; quieres usar de tu poder de modo que nadie vea en tí más que un hombre adornado de todos los dones que el grande Allah concede á sus protegidos.
—Es verdad. Quiero ser hermoso y jóven.
El genio sacó de entre los pliegues de su faja una planchita ovalada de plata, en cuya bañada superficie se reproducian las formas que se mostraban ante ella; y la presentó al juglar. Lo atezado de su rostro, sus profundas arrugas, sus ojos pequeños, de expresion traidora y cruel, su barba cenicienta y descompuesta y su cuerpo encorvado y miserable habian desaparecido: en cambio era un mancebo, en cuyo semblante noble brillaban dos ojos negros de sublime expresion, coronados por dos cejas perfectamente arqueadas; su frente, blanca, pálida y altiva, estaba ceñida por un chal de vivos colores, entretejido de oro; sus labios, de color de púrpura, mostraban un finísimo bigote y una barba semejante al terciopelo; su cuerpo, cubierto por un caftan de inapreciable valor, era gallardo como una palmera, fuerte como un cedro, y esbelto como el de una hermosa odalisca. Djeouar, en fin, habia pasado del extremo de la fealdad y de la miseria, á lo supremo de la hermosura y de la riqueza.
Pero su alma era la misma: revolvíanse en ella sus ambiciones, sus rencores, sus crueles venganzas. Era el mismo asesino cobarde sin dolor ni compasion. Su amor impuro guardaba, aún con más fuerza que nunca, el recuerdo de Noemi, y su odio para con el wisir Aben-Sal-Chem, habia llegado al colmo. Ni recordaba su pasado, ni pensaba en el porvenir; para él no existia más que el presente.
—¿Cuáles son mis riquezas? preguntó despues de haberse contemplado satisfecho en la plancha de plata.
El genio llegó á la puerta de la tienda, é hizo un ademan imperioso á los esclavos, que instantáneamente entraron en ella, cargados de cofres que dejaron á los piés de Djeouar. Zim-Zam los abrió uno tras otro: armaduras de guerra, dignas de un sultan; ropas de lino, finísimas cual si fueran destinadas á una mujer; caftanes, túnicas, almazares, alquiceles, fabricados con las materias á que ha dado mayor precio el capricho de los hombres; todo un tesoro en joyas y en dinero, fuéron los objetos que contestaron á la pregunta del juglar, que, obedeciendo á su avaricia, hundió sus manos con deleite entre las joyas y el dinero, los contempló, y por un momento lo olvidó todo en presencia de su tesoro.
—Yo necesito á más de esto, dijo al fin dirigiéndose al genio, el nombre de un príncipe. ¿Cómo he de nombrarme?
Zim-Zam puso en las manos de Djeouar un pergamino perfumado, del que pendia sujeto á una cinta verde, un sello grabado en un anillo de oro.
Era una carta del sultan de las Indias, que enviaba un presente al wisir Aben-Sal-Chem, y la rogaba atendiese segun su rango á su sobrino Aben-A'bd-Allah-Charyahr.
—Estoy satisfecho, dijo el juglar, guardando entre su faja el pergamino. ¿Qué gente es aquella, dijo mirando á través de la puerta de la tienda, que sale de la ciudad y viene hácia este sitio?
—Son campeadores, contestó el genio, que Aben-Sal-Chem envia para reconocer nuestro campo. Voy á recibirlos.
Zim-Zam cabalgó de un salto en su caballo, que le esperaba cerca de la tienda, hizo montar á los árabes sobrantes de la guardia del real, y se adelantó con ellos al encuentro del walí, que al frente de algunos jinetes venia de la ciudad.
Cuando estuvieron á poca distancia, Zim-Zam bajó el hierro de su lanza, sacó el pié derecho del estribo en señal de paz, y avanzó hasta el walí que le recibió del mismo modo.
—¿Quién sois, de dónde venís? preguntó el de la ciudad al genio.
—Somos esclavos de un poderoso príncipe de la India, y venimos viajando con él por el mundo. Mi señor trae un presente y una carta para tu amo el wisir Aben-Sal-Chem, y puedes llegar hasta él y escuchar palabras de amistad y paz de su boca como las escuchas de la mia.
—El Señor, Dios de Ismael, sea con tu señor y contigo, contestó el walí, pasando su lanza á la mano izquierda, y tendiendo la diestra al genio que la aceptó; llévame ante tu señor y besaré las huellas de sus piés, y llevaré su carta al magnífico wisir Aben-Sal-Chem.
El walí partió, y antes de que trascurriese una hora sintióse un gran movimiento en la ciudad; llenáronse los muros de árabes cubiertos de galas; abriéronse las puertas, y enmedio de una lucida comitiva, apareció Aben-Sal-Chem, que, separándose de los suyos, partió al galope y se adelantó al encuentro del juglar, que salia al suyo de igual modo; al encontrarse entrambos se desmontaron á un mismo tiempo, se abrazaron, y recíprocamente se besaron en la mejilla izquierda. Despues Djeouar llevó á su tienda al wisir, le hizo sentar, y le contó una historia mentirosa que justificaba su viaje, y que Aben-Sal-Chem creyó con la mayor buena fe posible.
El juglar veia acercarse el logro de sus deseos; iba á entrar rico, bello y poderoso, en una ciudad de la cual habia salido miserable, viejo, huyendo de un suplicio infame y cruel; su enemigo se entregaba en sus manos, y creia ya ver ante sí, concediéndole la sonrisa de su amor, á la hermosa Noemi.
El juglar y el wisir tornaron á cabalgar; los esclavos plegaron las tiendas, pusiéronse en movimiento jinetes y camellos, y toda aquella lucida tropa se dirigió á la ciudad á través de una multitud de curiosos.
Al llegar á la puerta, Djeouar reparó en una escarpia clavada sobre ella, y preguntó al wisir, el objeto á que estaba destinada.
—Espera la cabeza de un hombre, contestó severamente el wisir, como si aquella pregunta hubiese despertado en su memoria recuerdos desagradables.
Djeouar pareció satisfecho con aquella breve respuesta, puesto que respetó el silencio del wisir, que calló, abismado en profundas cavilaciones.
Pasaron bajo del arco de la puerta, y penetraron en las calles de la ciudad que eran anchas y mostraban hermosos edificios; llenábanlas multitud de hombres que victoreaban á Aben-Sal-Chem, y tendian sus alquiceles á los piés de su caballo para que pasase sobre ellos; algunas blancas manos, saliendo por las entreabiertas celosías, agitaban lenzuelos ó arrojaban flores. Todo demostraba que el wisir era querido por los habitantes de Dembea.
A pesar de estas demostraciones, Sal-Chem marchaba al lado del juglar triste y meditabundo.
—¿Qué castigo piensas será bastante, dijo deteniéndose de improviso y dirigiéndose á Djeouar, para castigar al hombre que ha osado penetrar en mi baño y poner su mirada en mi esposa?
—La muerte en la tierra, y la condenacion en lo profundo.
—Pues bien, repuso con furor el wisir, la muerte no será con ese hombre, que ha huido de mi poder con el auxilio sin duda de Eblis... La escarpia esperará en vano su cabeza... He consultado las estrellas por medio de astrólogos y nada han podido decirme; ofuscaba sus sentidos un poder superior. ¿Es verdad que en la India hay magos á cuyos conjuros se abre el libro del porvenir?
—Sí.
—¿Traes alguno contigo?
—Sí.
—Muéstramelo, exclamó el wisir deteniendo su caballo.
—Yo soy, contestó solemnemente Djeouar.
Aben-Sal-Chem, palideció al saber que tenia junto á sí y que habia besado en la mejilla, á uno de esos terribles séres que mandan á los astros, que compelen á los elementos y evocan de sus tumbas los cadáveres. El juglar conoció lo desventajoso de la posicion en que se habia colocado respecto á un hombre, para con el cual no pensaba valerse por entonces del inmenso poder que le habia legado el hechicero, y se apresuró á desvanecer los terrores que presentia en la medrosa mirada del wisir.
—La mágia, dijo, es una de esas ciencias oscuras, inspiradas por Satanás. El espíritu de Dios sólo desciende á los que han purificado su alma con la oracion y práctica de todas las virtudes: sólo el justo puede leer en el pasado, en el presente y en el porvenir; el espíritu profético es la luz del mundo; los conjuros de la mágia son los reflejos del fuego impuro que enciende Eblis en el corazon de los malvados. Yo soy profeta, no mago.
La expresion de terror que se mostraba en los ojos del wisir, se tornó en una expresion de respeto. Llegaban entonces á las avenidas del alcázar. La comitiva se habia aumentado con multitud de curiosos, que se agolpaban en derredor del wisir y del juglar, y admiraban la riqueza de su vestidura y de su acompañamiento. El wisir invitó á Djeouar á que se hospedase en su compañía, y este aceptó. Zim-Zam y los suyos fuéron á hospedarse á un kan, y el juglar y Aben-Sal-Chem entraron en el alcázar.
Era este ostentoso; las galerías, los patios y los retretes estaban construidos con magnificencia; los esclavos y las guardias se contaban en gran número. La comida que sirvieron á Djeouar, fué exquisita. Cuando quedó solo con el wisir, este le dijo:
—Tuyo es cuanto miras, príncipe Aben-Charyahr; tu discrecion y tu hermosura han cautivado mi amistad, y voy á llevarte junto á mi esposa. Tú, que lees en los corazones, me dirás si el suyo está puro ó si debo poner su cabeza en la escarpia destinada para el hombre que ha huido de mi poder.
Djeouar no deseaba otra cosa que ver ante sí á Noemi; consintió, y en pos del wisir, tras haber atravesado el alcázar, entró en un gran retrete situado en el centro de una torre gigantesca.
Al fondo de él, se veia una mujer indolentemente reclinada en un divan, rodeada de flores y perfumes, escuchando el cantar de algunas esclavas, acompañado de la guzla que una de ellas tañia. Aben-Sal-Chem y Djeouar se detuvieron tras el tapiz de la puerta, para oir el siguiente romance:
Calló la esclava, y el wisir y el juglar se adelantaron; la vista de este último produjo algun desórden; la mayor parte de las esclavas huyeron, y otras se cubrieron con sus velos; la mujer que reposaba en el divan se levantó ruborosa, y recibió con una sonrisa de amor á Aben-Sal-Chem, y un ademan digno y respetuoso al juglar.
El judío se detuvo en este punto, como fatigado de tan larga relacion; la sultana Wadah, esperó en vano á que prosiguiese; aquella historia la interesaba en demasía, para que no procurase saberla hasta el fin; parecíale, sin embargo, un delirio de Absalon; el judío habia dado á su voz la inflexion de un canto monótono y triste; semejante al que usan los juglares en sus historias de hadas y encantamientos; por otra parte, ¿cómo Absalon recordaba no sólo los detalles más minuciosos, sino tambien los romances cantados en una historia que no era la suya?
Sin embargo, recuerdo ó delirio, verdad ó mentira, la leyenda la habia revelado un nombre conocido para ella: el nombre de Djeouar. Habia escuchado con ansiedad al judío desde que pronunció aquel nombre, y habia esperado descubrir un misterio, que tal vez era el de su existencia y el de su amor.
Pero Absalon habia dejado de hablar; retratábase en su semblante la misma expresion de dolor, que habia visto en él la sultana al levantar el tapiz del divan donde estaba aprisionado; el retrete habia sido envuelto de nuevo en el silencio más profundo.
Acercábase en tanto la hora de adohar; el sol iba á tocar el punto que marca la mitad de su carrera; la fiesta seguia, puesto que de tiempo en tiempo se escuchaba el son de trompetas y atabales; un presentimiento funesto pesaba sobre el alma de Wadah, y se unia de una manera incomprensible á la historia que habia dejado suspendida el judío.
—Es preciso acabar, dijo para sí; es preciso que este hombre hable.
Y sacudió un brazo del judío, que tornó en sí, no aterrado como la vez primera y con la insensatez pintada en sus ojos, sino de una manera natural; miró en torno suyo, y al ver á Wadah, se alzó del divan y se prosternó con respeto.
—¡Oh poderosa señora! exclamó, ¿por qué llegas hasta tu siervo en la hora de la desgracia?
Absalon no era entonces un loco. Wadah le examinó atentamente antes de responder.
—¿Qué haces aquí? le preguntó.
Absalon tembló, pero no contestó.
—Tienes miedo á esa mujer, observó la sultana; su poder te aterra, pero yo quiero que hables; es ya tarde para volver atrás; quiero saber hasta el fin la historia de Djeouar.
El judío palideció, contuvo una exclamacion que ya rebosaba de sus labios, y procurando sonreirse, contestó:
—Es verdad; habré soñado; mis sueños son extraños; quien los presenciara, me creeria despierto. ¡Djeouar!—Y el judío dilató más su singular sonrisa, que tenia algo de la expresion del espanto.—¡Era Djeouar con quien soñaba! ¡Oh! ese cuento es terrible, y desde que le oí á un anciano de mi raza, le reproduzco con frecuencia en mis sueños.
Una llamarada de cólera subió del corazon á los ojos de Wadah. Era la primera vez que, despues de muchos años, se atrevia un hombre á oponerse á sus deseos. Aquella mirada fué, sin embargo, un relámpago. Su irritacion, próxima á estallar, rodó en su corazon, expresándose en un estremecimiento espantoso.
—¿Sábes quién soy? Le preguntó la africana con voz breve y acentuada.
—Sí, poderosa sultana, lo sé.
—¿Sábes mi nombre?
—¿Acaso me he atrevido á desear conocerlo? repuso vivamente el judío, cuyo semblante pálido iba tornándose en lívido, al par que el de Wadah se enrojecia.
—¡Oh! ¡tan olvidadizo es el señor, que no recuerda el nombre de su esclava!...
El judío miró con asombro á la africana.
—Yo en cambio, añadió esta, nada he olvidado. Te ví entrar un dia en el alcázar del rey, y te reconocí á pesar de haber trascurrido 15 años desde la época en que nos separamos. Venias á presentar al magnífico Ebn-Al-Hhamar, mi esposo, una bellísima esclava. Pero no halló gracia en el rey, y volviste con ella á tu casa á donde te hice seguir. Aquella misma noche yo, cubierta con un velo, llamé á tu puerta, ví á la esclava, y te la compré para un jóven, que al dia siguiente pasó, por instigacion mia, bajo tus miradores, y vió á Betsabé. Tú hiciste lo demás. No me habias reconocido más que como la esposa del rey, y adivinaste que yo debia tener un gran interés cuando exponia la paz de mi vida yendo á buscarte á tu casa; creiste haber penetrado mi secreto; te habia dejado traslucir que yo necesitaba un objeto bastante poderoso para arrastrar al príncipe Juzef á una lucha. Pero esa lucha ¡insensato! no debia ser contra su padre el rey Al-Hhamar, á quien amo con toda la fuerza de mi amor; debia ser contra el príncipe Mohamet, por quien siento mi corazon rebosando odio. Ayer Betsabé era esclava, hoy está libre y quiere ser reina.
El judío sufria toda la influencia de un terror pánico; su corazon le decia que aquella mujer tan hermosa podia para él ser la muerte; para él, miserable, que se estremecia al pensar en el no ser, porque á pesar de su impotencia, aún no le habia abandonado ese sueño tenaz que se llama esperanza, y que acompaña al hombre hasta la agonía. El espanto erizaba sus cabellos, porque en el semblante de aquella mujer habia empezado á leer con trabajo una historia, como se lee una inscripcion, cuyos caractéres han sido alterados por el tiempo, porque cada período de la vida de Wadah, habia dado una expresion á su semblante: cuando sólo contaba 12 años y salia del alcázar de Cairvan para recorrer las selvas sobre su caballo salvaje, era una niña pura, candorosa, en cuyos hermosos ojos negros se notaba la dulce melancolía causada por las primeras y misteriosas sensaciones de un amor sin objeto; despues cuando vió correr ante sí la sangre del hombre á quien habia abierto su alma de vírgen, el dolor, el despecho y la vergüenza de un castigo, tal vez injusto, cubrió su frente, tan tersa y tranquila antes, con una nube sombría, que revelaba en ella una ilusion marchita, y el primer impulso de venganza; pensando en su desagravio, ocultando sus padecimientos por orgullo, se hizo reservada, cruel, suspicaz; la franca sonrisa de su boca desapareció, para dar lugar á otra afectada, y tras la cual un observador hubiera encontrado siempre la amargura de un alma contrariada en sus más queridas sensaciones. Entonces contaba 15 años. Desde aquella época habia dejado de verla Absalon, y en los otros 15 años que trascurrieron hasta el dia en que, llegando el judío á Granada, pudo verla junto al rey, en las fiestas y en las monterías tan frecuentes en aquel tiempo, nada en la sultana despertó sus recuerdos, ni cuando una noche se presentó en su casa para comprar á Betsabé, vió en ella más que la esposa del rey, ante cuyas plantas se prosternó, para escuchar las órdenes que respecto á la conducta que debia seguir en los amores del príncipe con la esclava, salieron breves é imperiosas de los labios de Wadah.
Y no era posible que la hubiese reconocido: la sultana no era la mujer esbelta, aérea, semejante á una sílfide como 15 años atrás: era más hermosa, sí; sus formas se habian desarrollado, su hermosura habia llegado al colmo, sus ojos habian adquirido la expresion peculiar que la costumbre de ser obedecida á la primera indicacion da á la mirada de una reina; Wadah, en fin, se habia trasformado en gran manera; sin embargo, Absalon, cuya atencion habia despertado los acontecimientos del momento, creyó reconocer aquella mirada límpida, penetrante, imperiosa: creyó ver levantarse otra mujer entre la niebla de sus lejanos recuerdos; pero dudó, y calló.
—¡Oh! yo no te he olvidado, Absalon, repitió la sultana, en cuya voz se notaba una inflexion de amenaza, no he olvidado las humillaciones que he debido á tu sórdida avaricia; entonces era tu esclava, como ahora tu señora; entonces estaba sujeta á tu poder como tú lo estás al mio. ¿Cuál piensas seria tu suerte si yo dijese á mi amado: señor, el hombre que maltrata á la que tú llamas luz de tus ojos, está en tu ciudad; tu siervo es, el que por una infamia fué mi señor, y yo quiero su cabeza?
Absalon era cobarde, y creyó sentir ya en su cuello el filo del fatal alfanje; una angustia mortal y un decaimiento extremo eran las señales que, pintadas en su rostro, respondian de su padecimiento; á pesar de esto continuó en su obstinado silencio.
—¡Hablarás! gritó Wadah con voz sombría desnudando un puñal con mango de oro, y apoyando su aguda punta en el seno del judío.
Este dió un grito, saltó del divan, y quiso huir, pero cayó contenido por la cadena de oro que le aprisionaba como á Betsabé.
—¡Oh, qué es esto! exclamó Wadah, viendo la cadena cubierta de signos cabalísticos, que hasta entonces habia estado oculta bajo la hopalanda del judío; ¿quién te ha sujetado de esa manera? Luego aquí vuela un poder superior que tú con tu ciencia y tu maldad no puedes contrarestar. ¿Con que está maldito todo cuanto me rodea?
—Esa mujer es la muerte, dijo profundamente el judío, esa mujer es la condenacion.
—¡Pues bien! ¡la historia de esa mujer! ¡la de Djeouar! ¡la de Noemi!... ó tu vida.
El judío asió aterrado las rodillas de Wadah y unió sollozando su rostro á la alfombra.
—Sí, dijiste que Djeouar y el wisir entraron en el aposento de Noemi... ¿quién era esa mujer? preguntó temblorosa Wadah.
El judío hizo un esfuerzo penoso, se incorporó, y dijo con voz lenta y lúgubre:
—Esa mujer era tu madre; Djeouar era mi hermano; el wisir Aben-Sal-Chem el enemigo de nuestra raza.
La sultana palideció al oir aquella inesperada respuesta; su corazon se estremeció, sus rodillas se doblaron, cayó sin fuerzas sobre el divan, y dos lágrimas arrancadas por la emocion, al par dulces y amargas, brotaron de sus ojos, que hasta entonces sólo habian mostrado el fuego de un amor ardiente, ó la expresion de una soberbia ó de un furor sin límites. Tal vez ella en su existencia de lucha y de odio, habia adormecido en el fondo de su alma aquel sentimiento; tal vez, acostumbrada á la soledad y al aislamiento, habia reconcentrado en sí misma sus afecciones; pero al fin el amor inmenso que llena el corazon de las madres; esa voz de la naturaleza, sin la cual la especie humana seria una raza de fieras, se reveló en ella con la vehemencia peculiar á todas sus pasiones. Con la rapidez inherente al pensamiento, retrocedió al pasado, creyó ver á su madre hermosa y desgraciada, separada de su hija, tendiendo hácia ella sus brazos, y sufriendo con su ausencia como ella sufria cuando estaba separada del príncipe Juzef A'bd-Allah. Sólo una madre sabe cuanto puede amar y sufrir una madre.
Por eso dos lágrimas solas y ardientes habian brotado de sus ojos; lágrimas que se evaporaron al rodar por sus ardientes mejillas, enrojecidas por la influencia de encontradas pasiones; un deseo en Wadah era una exigencia; una exigencia contrariada producia en ella el terrible furor á que con tanta frecuencia se entregaba.
—¿Dónde está mi madre? gritó encarándose con el judío, cuya situacion respecto á Wadah se hacia cada vez más difícil.
Absalon se anonadó; el grito y el ademan de Wadah eran tan imponentes como los de una pantera que busca al hijuelo que le han robado.
—¿Dónde está mi madre? ¿Qué ha sido de ella? repitió con acento terrible Wadah. ¡Su historia! ¿Lo oyes? ¡Quiero saber su historia!
El judío se abandonó sin esperanza á su destino; sus ojos volvieron á rodar con la expresion del insensato; un sordo gemido salió de sus labios, cayó sobre el divan, cerró los ojos, y su voz volvió á elevarse como un canto lúgubre, perdido, emanado de la tumba. Parecia que un poder superior dominaba aquella extraña situacion.
—Noemi era muy hermosa, continuó el judío; Noemi sólo contaba doce años; pero sus encantos no tenian número: Djeouar la amaba porque era hermosa, y la aborrecia porque era hija y esposa de los enemigos de sus padres. Djeouar por su amor y su venganza habia vendido su cuerpo á Azrael[32], y su espíritu á Satanás. Djeouar, el horrible juglar, el de la barba macilenta, el de los hundidos ojos, el de la espalda encorvada, habia pedido al infierno una de esas frentes altivas que inspiran respeto, una de esas miradas que infiltran en quien las ve, un amor sin fin, y uno de esos cuerpos gallardos, que revelan la fuerza y la majestad. Todo se lo habia concedido el espíritu condenado, y al fin estaba entre Noemi y Aben-Sal-Chem, gozándose en el cercano logro de su amor y de su venganza. Cuando tras una breve plática, el wisir salió con Djeouar del aposento de su esposa, esta se levantó recatadamente, llegó á la puerta, separó un tanto el tapiz, miró con el rostro teñido de púrpura y latiéndole el corazon al juglar que se alejaba por una larga galería, y cuando ya no le vió, un hondo suspiro rebosó de su pecho, quedó inmóvil en el lugar donde se encontraba, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Entre tanto Aben-Sal-Chem preguntaba á Djeouar, qué juicio habia formado de su esposa.
—El corazon de la mujer es un abismo en cuyo fondo sólo se ven tinieblas, contestó Djeouar; tengo que apelar á la ciencia; y esta noche si tienes valor para ir solo al sitio que te designe, te daré á conocer si tu esposa es culpable ó inocente.
—¿Y qué sitio es ese? preguntó el wisir.
—En la ribera oriental del lago, hay una ensenada que penetra entre dos montañas, formando un canal sinuoso; al fin de él, bajo la cortadura de la montaña, existen las ruinas de una cabaña, cercada por un vallado. Ve esta noche allí, cuando las estrellas medien su curso, y te revelaré tu presente y tu porvenir.
—Pero aquel es un lugar maldito, donde no osa penetrar ningun buen muslin, observó el wisir palideciendo.
—Sí, en aquel lugar hace treinta años se cometió un asesinato. Desde entonces está inhabitado y huyen de él las aves y los animales. Sin embargo, el Destino me manda que sólo allí hable, y sólo allí hablaré.
El wisir prometió ir solo, y Djeouar se separó de él y con pretexto de descansar, entró en el aposento que se le tenia destinado, y donde le esperaban esclavos. Despidiólos, y cuando quedó solo tocó la calavera, que encerrada en el saco no habia abandonado, y dijo:
—Quiero llegar hasta la puerta del retrete de Noemi, sin ser visto por ojo humano.
Apenas habia expresado su deseo, cuando le vió cumplido; hallóse tras el tapiz que cubria la puerta de aquel retrete; levantóle y miró: Noemi estaba sola sentada en el divan, con la cabeza puesta entre las manos, y los brazos apoyados en sus rodillas; sus largos cabellos negros caian como un velo sobre sus hombros y parte de su semblante, y su mirada estaba fija en el pavimento.
Djeouar levantó el tapiz y entró; sus pasos resonaron sobre el mármol, y Noemi levantó la vista, le vió, dió un grito, y quiso huir; pero la contuvo una mirada del juglar, semejante á la de la serpiente que fascina á una avecilla.
Djeouar siguió adelante, y cuando llegó junto á Noemi, notó que temblaba, y un movimiento de despecho agitó su corazon.
—¿Por qué tiemblas ante mí, paloma mia? la preguntó dulcemente el juglar.
El seno de Noemi se elevó al impulso de una sensacion desconocida; sus ojos se elevaron hasta posar una mirada tímida en los de Djeouar y palideció. Los ojos del juglar arrojaban de sí torrentes de pasion, pero de una pasion impura como su alma; los de Noemi revelaban un amor naciente, tímido, purísimo á veces; repugnancia, desden y temor otras; su espíritu luchaba entre el amor y el horror. Un poder invisible la arrastraba al juglar, y sin embargo rechazaba á aquel hombre por un impulso independiente de su voluntad como su amor.
Djeouar leyó hasta en el fondo del alma de Noemi, y apreció en lo que valia la lucha que la agitaba; conoció que jamás el amor dominaria al terror en Noemi, y se enfureció.
—¡Oh! dijo para sí; no es la virtud de la mujer ni mi fealdad los que me separan de Noemi; es mi destino. Pues bien, ese destino fatal pesará sobre todo cuanto me rodee, y aliviaré mi dolor gozándome en el dolor de los otros. Si esta mujer no puede ser mi amante, será mi esclava y me vengaré.
Luego, sentándose en el divan, trajo hasta sí á Noemi.
—Escucha, la dijo, yo te amo; esta es la tercera vez que llego hasta tí para decírtelo, y es la tercera tambien que me desdeñas.
Noemi miró con espanto á Djeouar, no recordaba haberle visto hasta entonces, y sin embargo, parecia encontrar algo de comun entre la límpida y radiante mirada del hermoso jóven, y la sombría é impura del juglar, que habia visto antes prosternarse dos veces á sus piés. Creyó ser presa de un sueño, y pasó las manos por su frente como queriendo arrancar de ella una cruel pesadilla.
—No, no sueñas, dijo el juglar, presintiendo el pensamiento de la jóven; yo he creido tambien soñar, y estoy despierto como tú; nuestro destino está enlazado, y lo que está escrito se cumplirá.
—¿Pero qué está escrito? murmuró con espanto la hermosa.
—¿Acaso anida la golondrina en otra palmera que en aquella donde debe anidar? ¿Acaso el hombre puede evitar el empeñarse en la senda á donde le arroja su destino? No. Destino mio era amarte; te ví un dia en las márgenes del lago, y te amé; destino mio era llegar hasta tí; esperé la noche, y á favor de la sombra escalé los muros de los jardines, y te ví... ¡Oh! me desdeñaste con horror, huíste de mí aterrada, como hubieras huido de un horrible reptil; sin embargo, volví otra vez, y fuí más desgraciado que la primera; me ví encerrado en una mazmorra, sentenciado á morir, y mi cabeza fué destinada á ocupar una escarpia en las puertas de la ciudad; pero cuando ya sentia los pasos del verdugo, cuando el frio de la muerte corria por la médula de mis huesos, los hierros que me aprisionaban se rompieron, una mano invisible abrió mi prision y me encontré libre en el campo, sobre un camino solitario alumbrado por la hermosa luz de la luna; me protegia un poder superior, y con él he vuelto, no como antes, deforme y miserable, sino hermoso, rico y lleno de poder; si me hubieras amado, mujer ¡cuántas lágrimas hubieras evitado á tus ojos! ¡cuánta felicidad hubieras debido á tu destino!
—Pues bien, sea como quiera, contestó Noemi, levantándose con dignidad y echando atrás con un movimiento de su hermosa cabeza su profusa cabellera; sea como quiera acepto mi destino: el Señor fuerte, el sábio entre los sábios, el justo entre los justos, ha puesto á prueba mi corazon. Antes de verte hoy, amaba á mi esposo, amaba á mis flores, amaba la luz que se desprende de ese cielo purísimo y el hermoso sol que reverbera en su inmensidad; pero mi amor era tranquilo, y el odio no habia penetrado en mi alma; desde que estás hoy á mi lado, mi alma ha cambiado enteramente; me devora un amor solo, inmenso, abrasador, y con él un odio sin fin, sin perdon, y por tí y para tí son ese amor y ese odio; amémonos y aborrezcámonos. Cúmplase nuestro destino.
—¿Y por qué no amarnos siempre? murmuró el juglar posando una ardiente mirada en Noemi.
—¡Amarnos! contestó esta con un acento que parecia inspirado y con los ojos llenos de lágrimas; muchas veces, sentada en aquel ajimez, he visto trasmontar el sol los horizontes entre ráfagas de sangre, y me ha estremecido un vago presentimiento; muchas veces desde ese mismo lugar, he mirado la luna opaca y sombría reflejando sobre mi frente, y las oscuras nubes que han pasado delante de ella, me han parecido horribles visiones que me lanzaban desde la inmensidad miradas de amenaza; he escuchado palabras de maldicion entre los bramidos del viento de la tempestad, y arropada en el fugitivo manto del relámpago, he visto cien veces una frente hermosa y amenazadora semejante á la tuya; y yo he amado y he aborrecido esos terrores como te amo y te aborrezco.
En aquel momento la radiante faz de Noemi tenia mucho de semejante á la de Djeouar, ambos á dos eran más que mortales; habia algo más allá de la vida retratado en sus miradas; sus pasiones al par eran más violentas que las de los hombres. Entrambos se comprendieron, entrambos se respetaron.
Pasó un momento de silencio solemne. Al fin le rompió Djeouar.
—Aquí se encierra un misterio, dijo, que no alcanzo á comprender; esta noche es preciso que vayas allí, añadió señalando un punto del lago á Noemi, y que era el mismo lugar que habia indicado á Aben-Sal-Chem.
—Iré, contestó Noemi.
—A la media noche.
—A la media noche.
Tras esto, Djeouar por donde habia entrado, y Noemi por la parte opuesta, abandonaron el retrete.
Llegó la noche oscura y silenciosa; el lago Dembea dormia bajo su pabellon de sombra; de vez en cuando un relámpago rasgaba las tinieblas, y una caliente ráfaga iba á perderse murmurando en las quebraduras de las rocas. La ciudad y el castillo, en los cuales relumbraban algunas luces, se destacaban negros en la sombra, como un gigante de cien ojos de fuego destinado á velar sobre la naturaleza dormida.
Era cerca de la media noche: en la parte oriental del lago, en el fondo de una quebradura, situada entre dos montes, donde penetraban las aguas formando un estrecho canal, habia un hombre que llevaba en la mano una antorcha, y buscaba al parecer un lugar determinado en el reducido terreno que existia entre las aguas y la cortadura de la montaña: saltó por cima de una pequeña cerca casi arruinada, en cuyo interior crecia el espino silvestre en torno de un ciprés seco, y entró al fin en una cabaña, que por su estado indicaba un remoto abandono; clavó la antorcha en el suelo, y sentóse sobre los escombros.
Este hombre era Djeouar; pero Djeouar con su deformidad, con su miseria y su cofre de juglar. Su semblante revelaba con más fuerza que nunca las pasiones de su espíritu, y enrojecido por la luz de la antorcha, se semejaba al de un espíritu condenado. Su mirada estaba tenazmente fija en un ángulo de la cabaña sobre una pequeña prominencia cubierta de un musgo verdinegro y húmedo.
—Allí fué, murmuró el juglar; si yo me atreviese...
Un movimiento inequívoco de terror corrió por el cuerpo del juglar, motivado por el objeto que reflejaba en su pensamiento.
—Sí, es preciso, continuó; va á venir, y yo quiero oir la resolucion de su suerte de la boca de mi padre.
Tras esto, abrió el cofre y tomó de dentro de él la calavera mágica.
—¡Oh tú! dijo mirando siempre á la prominencia; ¡oh tú, que has dormido treinta años bajo el musgo de tu fosa, surge de ella como el dia en que entraste en este fatal recinto!
Apenas pronunciadas estas palabras, la tierra se rasgó en la parte donde el juglar fijaba su mirada, dejó descubierta una huesa, y del fondo de ella se levantó un hombre.
Era un jóven árabe; su traje revelaba á un jefe de tribu, y su blanco alquicel estaba manchado de sangre sobre el costado izquierdo; sus feroces ojos grises, de una movilidad extraordinaria, recorrieron en un momento el espacio abierto ante ellos, y se elevó su voz gutural, lenta y sombría entre el silencio que dominaba cerca y léjos.
—¿Quién trae á mi hijo, exclamó, hasta la tumba de su padre? ¿Por qué emplaza aquí á su enemigo en medio de la noche?
Djeouar se prosternó.
—La sangre pide sangre, contestó temblando el juglar, y la tuya reclama la de Aben-Sal-Chem.
—¡La venganza! exclamó el árabe: ¡siempre la venganza en el corazon del hombre! ¡Siempre la que se llama justicia humana pretendiendo anteponerse á la justicia de Dios! ¡Lo que está escrito se cumplirá, y el dia que ha de venir sólo Dios lo sabe!
—¡La venganza! exclamó Djeouar levantándose y encarándose á su padre; ¡sí, la venganza! Nuestros enemigos los fuertes y los poderosos cortan nuestra carne á su placer, y encarcelan nuestro espíritu á su antojo. Siervos somos de ellos, y en vano es pedir á ese Dios justicia y amparo. Rebaño sin pastor son los débiles en quien se ceba el tigre y cuya sangre bebe. ¡Venganza, sí, contra ellos, los que han vertido la sangre de nuestro padre y deshonrado á nuestra madre; los que nos han lanzado pequeñuelos y sin amparo al hambre y á la desnudez despues de haberse hartado y abrigado con nuestro pan y nuestra túnica! ¡Venganza, sí, contra Aben-Sal-Chem! porque yo soy Djeouar, tu hijo, el mendigo abandonado por Dios y protegido por Satanás.
El árabe miró severamente á Djeouar que, pasado el primer impulso de terror, sostuvo con insolencia la mirada de su padre.
—¡Hijo mio! exclamó este con amargura. ¡Es verdad que eres mi hijo, como es verdad que la desgracia y el crímen han pesado sobre mí! ¡Hijo mio, tú! ¡Sí; la justicia de Dios es incomprensible; yo habia sido ambicioso y cruel, y me castigó haciendo que tú nacieras de mí! Me castigó, entregando á mi esposa, dulce tímida paloma, en las manos de mi enemigo. Y bien; ¿qué quieres de mí, tú que te nombras mi hijo, y vienes á turbar el sueño de tu padre en su huesa de expiacion?
—Quiero derramar sobre ella la sangre de tu asesino.
—...Porque mi asesino posee una mujer hermosa á quien amas, le interrumpió con severidad el árabe; porque mi asesino te ha perseguido y te ha encarcelado, porque le aborreces, y quieres engañarte á tí propio creyendo un acto de justicia, lo que no es más que un crímen, al que unes el sacrilegio. Vuélveme á mi reposo; tu vista me estremece, y estos momentos de vida son más terribles para mí, que esa fosa fria y húmeda lo ha sido durante treinta años.
—¡Oh! ¿no quieres su sangre? pues bien, la tendrás; él perecerá aquí, y ella será mi esclava. Tienes razon, ¿qué me importas tú, ni el universo, ni los siete cielos de Dios, sin Noemi? Quiero que sea mia y lo será.
—Te engañas, miserable impío, gritó el árabe; te engañas, porque Dios no permitirá que la impureza una al hermano con la hermana... porque Noemi es la hermana de Djeouar.
El juglar lanzó una insolente carcajada.
—¡Lo sabes! es verdad, continuó el árabe; ese talisman que te ha prestado el infierno, te permite leer en el presente y el pasado; pero no leas en el porvenir... porque yo te maldigo, Djeouar, y el porvenir de los hijos malditos por su padre, es la muerte y la condenacion.
En aquel momento oyó Djeouar un ruido semejante al de una barca que choca en tierra. Animáronse sus mejillas con un fuego febril, tocó la calavera, murmuró un conjuro, y el árabe se hundió en la fosa que se cerró sobre el. Al punto un hombre, atraido por el resplandor de la antorcha, penetraba en las ruinas.
Djeouar se colocó de manera que la sombra ocultase su semblante, y se envolvió en su alquicel; el hombre que llegaba se adelantó, y la luz de la antorcha reflejó en su rostro.
Era el wisir.
—¿Estás ahí, príncipe Aben Charyarh? dijo, dirigiéndose al juglar, con un acento en cuya convulsion se mostraba el terror de su espíritu.
—Sí, contestó Djeouar, y á la verdad no te esperaba. ¡Amas demasiado á Noemi!
El acento de Djeouar era sombrío, el terror de Aben-Sal-Chem se colmó.
—¡Lo sabes! Aquí en este sitio, exclamó el wisir, le ví ante mí... estaba desarmado... se habia roto su espada luchando con los mios... tras él se agrupaban llorosos una mujer hermosa y dos niños, y el anciano emir parecia dispuesto á vender cara su vida...
—Todo lo sé, contestó con acento solemnemente marcado Djeouar; el emir sólo te dijo: «He huido por ellos», y te señaló sus hijos y su esposa.
El juglar se detuvo para observar el rostro del wisir; estaba cadavérico, sus dientes se entrechocaban y le dominaba un temblor convulsivo.
El implacable juglar, continuó:
—El emir era valiente; la mitad de su espada le hubiera bastado para cerrar tus ojos á la luz; pero tus soldados aparecieron, y una saeta se clavó en el costado izquierdo de tu enemigo. Todo acabó; la muerte fué con él.
Hubo otro intervalo de silencio más solemne que el primero.
—Mucho debes amar á Noemi, continuó el juglar, cuando arrostras por su amor tan terribles recuerdos.
—¡Si la amo! exclamó el wisir. Ella es la hurí que Dios me ha concedido, apiadado quizá de mis remordimientos, y si me engañase, su sangre caeria aquí, aunque Eblis tendiese ante ella sus alas para estorbarlo.
—Pues bien, Aben-Sal-Chem, esa mujer no te ama.
Una exclamacion, semejante á un grito arrancado por un dolor agudo, rebosó del fondo del alma del wisir.
—Esa mujer, continuó Djeouar, vendrá aquí esta noche en busca de un amante.
—¡Mientes! gritó furioso el wisir.
—Y ese amante, soy yo. Añadió Djeouar descubriéndose y colocándose de modo, que la luz de la antorcha hirió de lleno su semblante.
—¡El juglar! gritó Aben-Sal-Chem, á quien el estupor hizo retroceder aterrado:
—Sí, el juglar, contestó Djeouar adelantando lentamente y asiendo con su crispada mano un brazo de su enemigo. ¡El juglar que se venga! ¡Has colocado para mí una escarpia en las puertas de Dembea! ¡Bien, servirá para tí! ¿lo entiendes? ¡Y aquí, donde tú robaste la vida y la esposa al emir, te arrancará la vida y la esposa su hijo el juglar! ¡Porque yo soy hijo del emir de Egipto Abu-Djeouar.
—¡Hijo del emir! murmuró Aben-Sal-Chem fijando una mirada insensata en el juglar. ¡Hermano de Noemi!
—Sí, su hermano y su amante; pero ella no sabe que soy su hermano, porque tú que lo sabes vas á morir.
—No; es imposible, ella no vendrá, exclamó Aben-Sal-Chem contentando á su pensamiento dominante; ella me ama, y te desprecia. ¡Mientes, no vendrá!
Djeouar llevó entonces al wisir á la orilla del lago.
—¡Que no vendrá! dijo cuando hubieron llegado; pues bien, escucha: ¿No te parece que en medio del silencio se levanta en el lago ruido de remos, y que á pesar de la niebla se ve una luz opaca que avanza hácia aquí?
En efecto, se oia el ruido y se veia la luz; los ojos y los oídos de Aben-Sal-Chem devoraban la niebla y el silencio.
Muy pronto no pudo dudarse que una barca se dirigia á la ensenada. La guiaba un solo remero, y una antorcha clavada en su proa dejaba ver que conducia á una mujer. Aben-Sal-Chem reconoció á Noemi, dió un grito salvaje y quiso desasirse de Djeouar, pero este le sujetó, como le hubiera contenido una cadena de bronce; entonces el wisir quiso desnudar su puñal, pero se anticipó el juglar y le desarmó.
—¡Miserable asesino! exclamó luchando con la fuerza de la desesperacion, aunque inútilmente el wisir.
Djeouar no contestó; con una fuerza, que no era de esperar en él, contrahecho y envejecido por los sufrimientos, arrojó por tierra al wisir, le puso una rodilla sobre el pecho, y levantó lentamente el puñal de Aben-Sal-Chem, que cerró los ojos resignado á morir.
Pero fuese que el recuerdo de la maldicion de su padre le aterrase; fuese un sentimiento de crueldad el que le impeliese á respetar la existencia de su enemigo, bajó el puñal con la misma lentitud que lo habia levantado, y murmuró al oído de Aben-Sal-Chem estas terribles palabras:
—Vive, pero vive para sufrir como he sufrido yo; vive para ver en los brazos de otro á la mujer de tu amor.
Nada contestó Aben-Sal-Chem, estaba desmayado.
—¡Zim-Zam! murmuró el juglar.
El genio se presentó instantáneamente.
—Te he mandado esta tarde que construyeses un alcázar en el fondo del lago.
—Cumplidos están tus deseos, poderoso señor, contestó el genio.
—Que en lo más profundo de él pusieses un calabozo.
—Así es, repuso el genio.
—Pues bien, lleva á él ese hombre, añadió Djeouar señalándole el wisir, y cárgalo de cadenas.
El genio, despues de haber envuelto en su alquicel á Aben-Sal-Chem, desapareció con él hundiéndose en las aguas del lago, y Djeouar tornó á la cerca, junto á la cual esperaba Noemi envuelta en su túnica.
Djeouar habia vuelto á parecer el jóven hermoso y rico; sólo habia necesitado la deformidad para la venganza; para el amor aceptaba la belleza que debia al talisman.
Al llegar junto á Noemi asió una de sus manos, que ella le abandonó temblando, y la condujo por una abertura del vallado hasta la cabaña donde ardia aún, clavada en el suelo, la antorcha.
—Siéntate, la dijo, tendiendo su alquicel sobre las ruinas.
La jóven obedeció; Djeouar se sentó á sus piés á alguna distancia; ambos permanecieron mudos: él contemplando con avidez á Noemi; esta ruborosa y trémula, fijando su mirada en el suelo musgoso de las ruinas.
Todo contribuia á hacer solemne aquella situacion; la lobreguez y el silencio de la noche; las paredes ennegrecidas, que sustentaban aún algunas maderas cubiertas de tierra y juncos, entre los cuales brotaba el jaramargo; la antorcha, irradiando una claridad oscilante, y dejando oir de tiempo en tiempo su áspero chascarar, un conjunto, en fin, sombrío y apenador, hacia presumir la gravedad del motivo que habia impulsado á Djeouar á emplazar á aquel sitio á la mujer de su amor.
—Hubo un tiempo en la tierra de Egipto, dijo el juglar rompiendo el silencio, un valiente emir; era justiciero, aunque cruel en su justicia, y habia llegado á la edad en que las pasiones se desarrollan é inflaman el corazon. Dividia su tiempo entre el pórtico de su alcázar, donde hacia justicia al pueblo, el retiro del mirab, donde elevaba á Dios su espíritu, las arenas del desierto, donde daba caza á los leones, ó las fronteras de sus vecinos, á los cuales llevaba con frecuencia la guerra á la primera provocacion: justiciero, religioso, bizarro y prudente, era respetado por su virtud y temido por su rigidez. El califa de Damasco le llamaba Seifu-l'Islam (Espada del Islam), y sus enemigos Al-Muweiyid-Billah (Favorecido de Dios). Este hombre debia haber sido feliz, y sin embargo, no habia libado más que amargura en la copa de su destino. Niño, le habian vendido sus padres; hombre, le habian hecho traicion los que creyó amigos, y harto jóven aún, á los veinte años, habia leido todas las amargas frases del libro de la experiencia escrito por el desengaño. Esclavo, habia luchado por alcanzar una libertad adquirida á fuerza de constancia; libre y soldado, habia subido paso á paso la trabajosa pendiente de la fortuna, y cuando llegó á su colmo y pudo mirar desde la altura á que lo habia elevado la justicia del califa, el abismo insondable desde donde habia surgido hasta la cumbre del favor y de los honores, su vista sondeó aquel abismo, y en su oscuro fondo halló ultrajes que vengar, lágrimas que recoger y séres que exterminar. En aquel abismo estaba su pasado, y su pasado habia dejado huellas profundas en sus recuerdos.
Entre aquellos recuerdos se alzaba un hombre. Aquel hombre, colocado por su destino sobre la huella del emir, le habia comprado á sus padres, cuando sólo contaba diez años; le habia perseguido, cuando habia logrado huir de su padre, y cuando al frente de las tropas del califa habia recorrido triunfante las fronteras enemigas, la calumnia emanada de aquel, se habia levantado siempre entre él y su próspera fortuna. Era el mal genio que seguia por do quier al emir Abu-Djeouar.
Hubo un dia en que aquellos dos hombres se encontraron llenos ambos de odio; el uno, por una larga historia de sufrimientos y desgracias; el otro, por una envidia miserable: la lucha debia ser decisiva. Abu-Djeouar, el caudillo del califa, el guerrero de fortuna, el favorecido de Dios, envistió como un leon al miserable Muza Kelb-namir (Moisés, Corazon de Tigre), que le esperó con la traicion y la rabia del tigre. El combate fué tremendo; las aguas del Nilo se tiñeron de sangre: tres soles y tres lunas brillaron tristes y sombríos sobre el campo de aquel reto singular de hombre á hombre, y dos ejércitos poderosos, de árabes el uno, de egipcios el otro, enrojecieron sus cimitarras hasta la empuñadura, y sus lanzas hasta las manos. Y el Dios grande, el Dios de las batallas, el Dios que tiende su mano vencedora sobre los justos y los valientes, arrolló las gentes del pérfido Kelb-namir, como el viento azota las endebles cañas, y las quiebra y pasa sobre ellas. Kelb-namir y su walí Aben-Sal-Chem, que entonces contaba trece años, huyeron llevando tras sí los restos de sus huestes, y Abu-Djeouar penetró triunfante en Dembea, y sobre el alminar de la gran mezquita clavó la bandera vencedora del califa.
Abu-Djeouar habia satisfecho su odio; habia exterminado á sus enemigos; habia vencido; el califa le honró con magníficos presentes, le envió su espada y le nombró emir de Egipto.
Pero el caudillo feroz, el hombre que hasta entonces sólo habia pensado en su venganza, se encontró subyugado y vencido á la vez. Entre las esclavas abandonadas por Kelb-namir en su alcázar de Dembea, habia encontrado una hechicera doncella, hija de la Persia, de ojos garzos, cabello brillante y tez blanca. Fué la única que tuvo una mirada dulce, exenta de terror ante el emir, entre aquellas mujeres que habian huido gritando á esconderse en el fondo del harem. Abu-Djeouar la tendió la mano, y Sayaradur (Schallaradurr, Arbol de Perlas), se arrojó en sus brazos.
—¿Y quién era esa mujer? murmuró en voz casi ininteligible Noemi.
El juglar se estremeció al escuchar aquella voz tímida, pudorosa, que vibraba en su corazon llena de un poder invencible.
—Esa mujer era tu madre, contestó.
—¡Mi madre! yo nunca la conocí, repuso Noemi, cuyos ojos se humedecieron. ¿Cuántos años han sido desde que el emir conoció á la esclava?
—Treinta y dos veces el estío ha pasado desde entonces sobre el lago.
—¡Treinta y dos veces! exclamó Noemi. Yo sólo cuento doce años; antes de mí debieron venir otros.... ¿qué ha sido de mis hermanos?
—Esta es una historia triste, contestó Djeouar dominando su emocion, una historia de lágrimas para tí, y de sangre y venganza para tus hermanos. Sólo Dios sabe dónde están, añadió el juglar anteponiéndose á una pregunta de Noemi. Tal vez murieron con su padre, aquí; tal vez tu túnica cubre el sitio de la tierra sobre la cual se derramó su sangre.
Noemi palideció.
—Pero la hora de la venganza ha sonado ya. La espada de la justicia se ha levantado, y Aben-Sal-Chem ha caido.
Un grito terrible salió de la garganta de Noemi.
—Sí, ha caido Aben-Sal-Chem; el asesino de tu padre, el verdugo de tu madre, el miserable esclavo engrandecido por el crímen.
Noemi sufria herida en su corazon: aquella historia llena de crueles revelaciones, destilaba gota á gota sobre ella toda su amargura; su frente se abrasaba; sus ojos fijos iban enrojeciéndose al par que pasaba sobre ellos un velo fúnebre. Era la pantera que arrancada de su cubil pequeñuela, dulce y mansa hasta conocer su linaje, se alzaba al cabo fiera, amenazadora, imponente en su primera embestida. Era una digna hija de Sayaradur, una digna hermana de Djeouar, que observó profundamente el primer impulso de aquella mujer, en cuya alma tras tanta pureza y tanto amor, dormian una valentía y una fiereza sin límites.
Sin duda en aquella cabaña abandonada, en las orillas de aquel lago silencioso, volaba el mal genio del crímen y de la venganza; sin duda pesaba sobre ella un terrible decreto del Altísimo. Tal vez habia algo más que humano en Noemi y Djeouar.
Entrambos posaban su mirada en la mirada del otro; entrambos sentian rodar la tormenta en sus corazones, y entrambos la contenian.
—¡Aben-Sal-Chem ha sido el enemigo de mi padre! ¡Oh! ¡no puede ser! exclamó Noemi. ¡Aquí han muerto mis hermanos! ¡Y tú lo sabes! ¿Quién eres tú?
—¿Quién soy yo? contestó lúgubremente Djeouar: tanto valdria que preguntases á esas ruinas, á ese lago, á ese cielo encapotado por las tinieblas.
—Pero tu padre...
—Murió como tu madre, Noemi; murió asesinado como ella murió de vergüenza y desesperacion. Escucha: el emir amó á la esclava y la hizo su esposa, y esta amó al emir, como aman los arcángeles á Dios; los dos eran jóvenes y hermosos. El genio de la felicidad posó sobre ellos, y á los dos años despues que unieron sus destinos tenian dos hijos; el valiente emir creyó terminadas sus pruebas sobre la tierra, y que Dios le anticipaba el Edem dándole el amor de Sayaradur. Vivia tranquilo, reposando sobre sus victorias y adormido en la límpida mirada de su esposa. Pero Eblis, el espíritu terrible á quien Dios permite el mal para poner á prueba la virtud de los hombres, arrojó un dia á un mancebo ante el paso del emir.
Era una ardiente tarde de verano: Abu-Djeouar cabalgaba al trote de su caballo por las márgenes de Bahr-el-Azrak; llevaba un arco á la espalda, y en la mano una azagaya; el caballo trotaba con ardor; los ojos del emir escudriñaban los breñales, las malezas, las quebraduras de las rocas: de repente dió un grito de alegría; frente á él se doblegaba el follaje de un cañaveral, y sobre la seca hojarasca resonaban sordas pisadas. El emir armó su arco y asestó la azagaya al cañaveral que se abrió, pero en vez de un leon, segun habia creido el emir, que habia salido á cazar, se le presentó un mancebo.
Por un momento Abu-Djeouar, que se entregaba con facilidad á la cólera, tuvo asestada la azagaya contra el desconocido, que no era culpable de otro crímen que el de no ser leon; el mancebo y el emir se contemplaron un momento en silencio; el uno, sereno é inmóvil; el otro, ceñudo, blandiendo su terrible azagaya.
—¿Quién eres? dijo al fin con acento breve é imperioso el emir.
-Soy Aben-Sal-Chem, contestó con voz segura y respetuosa el mancebo que se inclinó.
—¿De qué país eres? insistió el emir.
—De Arabia, repuso el jóven.
—¿Qué haces aquí?
—Busco el cubil de una leona que he visto bajar esta mañana á las corrientes. Me parece que está criando y busco los cachorros.
El emir se desarmó; si no habia encontrado un leon, habia encontrado un cazador de leones.
—Acércate, dijo el emir adelantando al propio tiempo su caballo.
Aben-Sal-Chem se acercó; tenia los párpados abrasados por el sol, y sus labios secos y áridos, brotaban sangre. El emir conoció que la sed le devoraba, y le mostró una calabaza llena de agua que colgaba del arzon de su silla.
El árabe rehusó beber; el semblante del emir se nubló.
—Sólo de un enemigo se rechaza el agua, el pan y la sal. La sed te aflige y rehusas mi agua.
—No tengo sed, repuso con energía, aunque con respeto, Aben-Sal-Chem.
El emir dejó de nuevo la calabaza en su lugar, y con continente reposado dirigió de nuevo la palabra al árabe.
—¿Y estás seguro de encontrar el cubil? le dijo.
El árabe se tornó lentamente hácia la cortadura de una roca, extendió su brazo desnudo á ella, y señaló al emir la estrecha grieta de una gruta, á la cual conducia un áspero sendero perdido á trechos entre una ágria maleza de espinos.
En efecto, el emir, escuchando con alguna atencion, oyó los pequeños bramidos de los leonzuelos hambrientos.
—¿Sábes, añadió dirigiéndose al árabe, que te expones á un peligro terrible, robando los cachorros antes de haber muerto á la madre? No tienes caballo y ella te seguirá y te alcanzará.
El árabe, por toda respuesta, puso gravemente su diestra en la empuñadura de su yatagan.
El emir miró con asombro á Aben-Sal-Chem; apenas contaba quince años; casi se sonrojó de que un niño se aventurase á una empresa que tal vez él, experto y esforzado cazador, hubiera respetado.
—¿Con que dices que están allí? repuso el emir con toda la franca alegría de un cazador que encuentra una pieza. Adelante.
Y desmontó del corcel, le ató á un espino, y dijo al árabe:
—Ve delante.
El árabe no se movió.
—¡Guia! añadió con impaciencia el emir.
—Son mios, dijo pausadamente el árabe, y quiero ir solo.
—¡Guia! repitió con imperio Abu-Djeouar levantando su azagaya sobre la cabeza de Aben-Sal-Chem.
El árabe palideció; un relámpago de cólera lució en sus ojos, y su mano buscó instintivamente la empuñadura del yatagan; pero se contuvo. Inclinó la cabeza resignado, y se dirigió en lento paso á la maleza que cubria la entrada del sendero que terminaba en la gruta de la cortadura.
El emir le seguia á alguna distancia. El árabe andaba en paso recto, seguro, marcado, sin volver atrás la cabeza, sin advertir al emir las dificultades del terreno que él vencia con suma facilidad. Al fin se internaron en los espinos; al principio la senda era, aunque escabrosa, practicable, y el sol filtraba sus rayos á través del ancho follaje; algo más adelante la maleza se estrechaba, menguaba la luz interceptada por la espesura, la senda se hacia tortuosa y tajada con frecuencia.
El árabe desnudó su yatagan, y se abrió camino á través de los arbustos que cortaba. Apresuró su marcha, adelantó al emir, y en la vuelta de una quebradura esperó.
Su moreno semblante se cubrió de una palidez sombría: sus ojos brillaron animados de una expresion salvaje, adelantó su cabeza en el ademan de la mayor atencion, como el tigre que espera, y una sonrisa horrible dilató sus labios. Al fin resonaron los pasos del emir, y el ruido que hacia su alfanje cortando la espesura: el árabe apretó con mano convulsiva la empuñadura de su yatagan, sus cejas se fruncieron, y sus ojos se fijaron reflexivos; sin duda un pensamiento nuevo pasó por su inteligencia, puesto que al sentir cerca ya al emir, abandonó su actitud de acecho, volvióse hácia la continuacion de la senda, abrióse paso á cuchilladas entre los espinos, y se alejó murmurando: