Ocho años antes de la expulsión, Espinosa y Dávalos, gobernador del Tucumán, intentó establecerla entre su sede y el Paraguay; llegó hasta el Bermejo y regresó sin conseguirlo, pero descubriendo el camino que los indios chaqueños mantenían expedito para invadir á las poblaciones tucumanas. El problema quedaba resuelto, pues.[113] El Tucumán abría á su vez otra comunicación con el Perú, de donde habían venido los jesuítas que allá se establecieron; y si desde acá se marchaba hacia el Norte por el río Paraguay, las reducciones peruanas se acercaban en sentido opuesto, poniéndose, con la de Buena Vista, á 85 kls. de Santa Cruz. Sólo 300 separaban ya del Atlántico, por el distrito del Tape y Porto Alegre, á los jesuítas; de modo que la expulsión truncó la empresa en el momento de su logro definitivo.[114]

La carta agregada, no es topográfica desde luego, tendiendo principalmente á producir en el lector la impresión gráfica de las extensiones que ocupó y tendía á ocupar el Imperio. Esto explicará su ausencia de detalles, que hubieran distraído perjudicando á la claridad.

He limitado asimismo las superficies, por medio de una doble poligonal que las hace mucho más perceptibles, si bien las fronteras no resultan del todo exactas; pero éstas jamás han sido determinadas con precisión, estando uno obligado á calcularlas por los puntos extremos de ocupación jesuítica, cuyas noticias presentan caracteres satisfactorios de exactitud;[115] lo cual atenúa más la licencia, en gracia sobre todo de la facilidad que pretende dar. Tampoco figuran marcados con el signo convencional correspondiente, todos los puntos donde hubo posesiones jesuíticas, salvo los que se encontraban en el área efectiva del Imperio; en el resto figuran solamente los principales, á modo de notas comprobatorias.

El mapa representa un trozo de la América Meridional, comprendido entre los paralelos 20 y 32 desde la costa del Atlántico hasta la Cordillera de los Andes solamente; pues como ya dije, he suprimido todo detalle que pudiera confundir. Dos fondos diferencian las divisiones entre el área efectiva del Imperio y la que tendía á ocupar. El blanco destaca á la primera, en un polígono cuya base austral se prolonga á poca distancia del paralelo 30 hasta Porto Alegre. Este polígono circunscribe la extensión del antiguo Imperio desde Belén al río Miriñay; desde aquí á la Sierra de los Tapes; desde dicha sierra hasta el río Iguazú y por último hasta Belén, costeando el Paraná y la Sierra de Maracayú que separaban de la Guayra al territorio. Éstas eran las Misiones propiamente dichas, con una superficie de 53.904 kls. aproximadamente.

Las otras dos secciones, en fondo agrisado, con áreas de 239.040 y 77.382 respectivamente, no dan todavía lo que pudiera llamarse «zona de influencia» jesuítica; quedando fuera de ella muchas posesiones en la costa brasileña y en el Sud argentino sin contar las del Perú; pero lo que se da es el Imperio, tal como tendía á constituirse en esa vasta zona de 370.000 kilómetros cuyos límites abarcaban las regiones más variadas y ricas de la América Meridional.

Difícil es conjeturar lo que hubiera sucedido, á continuar semejante organización; pero puede inferirse algo perjudicial para la América libre.[116] Aquel sistema económico basado en el comunismo, era antagónico con la independencia de carácter individualista que el siglo XVIII iniciaba. El capitalismo, desarrollado como un fruto de la riqueza que acumularon en poder de la burguesía colonial la explotación del proletariado, y los contrabandos, acentuaba entre nosotros aquel fenómeno, con el cual coincidían, por caracterización peculiar, las condiciones heredadas del conquistador.

Éste las había trasladado aquí adaptando á ellas un medio inferior que ni el obstáculo del clima le presentaba, por ser muy análogo al natal; de modo que su nueva situación, no fué óbice á las tendencias peninsulares. Su ocupación casi exclusiva, la ganadería, era una expedición conquistadora á la cual no faltaba ni el carácter bélico, en pugna con el ganado bravío y con el salvaje que periódicamente invadía para arrebatarlo; y esto fomentó el predominio del coraje exclusivo, así como el desdén hacia la agricultura y el comercio, que las dificultades opuestas por la topografía y por la ley á la circulación de la riqueza, acentuaban todavía.

Los campos fiscales hormigueaban de ganado sin dueño, en el cual iban á depredar todos los años, con autorización del Gobierno, cuadrillas de trabajadores que enriquecían las estancias. Tenían una denominación específica, lo que da al fenómeno rasgos de industria organizada: llamábanlos gauderios, vocablo cuya alegre etimología[117] denuncia el carácter de semejantes empresas. Eran un jolgorio ecuestre y de manga ancha, que exaltaba hasta el delirio la afición á las aventuras.

El privilegio habíase trasladado, además, con la nobleza, exagerándose al contacto de una raza esclava y explotada sin misericordia; bien que la forzosa intimidad, ocasionada por las labores rurales, hubiera establecido cierto compañerismo entre el señor y el proletario. Éste encontró incentivo de sobra á su instinto nómade de mestizo, en la extensión de la pampa y en su desheredamiento, volviéndose salteador y cuatrero; á todo lo cual se agregaba la haraganería, que una fácil manutención, proporcionada por el ganado cerril, aseguraba como una prebenda.

Monopolizada la tierra, al instante mismo de efectuarse la conquista, el empleo público formó la única esperanza de los que no entraron en el reparto, pues no les quedaba efectivamente otra situación. El comercio se arrastraba mísero, entre las contrariedades del monopolio y los azares del contrabando, que al persistir como una válvula de escape, algo producía, pero engendraba también un fisco cada vez más caviloso, es decir, metido en todos los accidentes de la vida privada y pública, hasta volverlas dependientes de su omnipotencia providencial. La venta del puesto público, que empezó tolerada, acabó en legal de allí á poco, extremando los abusos del fisco y las protestas del pueblo, condensadas en su falta de respeto á la autoridad. Los motines hispano-americanos son una herencia del fisco español, cuya legislación enteramente formal volvía pesimista al pueblo con su ineficacia, haciendo resaltar más la corrupción.

Poco tuvieron que modificarse, pues, las tendencias peninsulares, de ningún modo contrariadas por el medio, cuya plasticidad inorgánica se plegó á todas las exigencias de la civilización invasora. Únicamente la colonización, que engendra el deseo del engrandecimiento personal por el trabajo, hubiera podido influir sobre el tipo conquistador hasta modificarlo; pero la conquista era ante todo una operación de fuerza y de dominio, que sólo se proponía la explotación del natural. Si este espíritu dominante no hubiera producido la exclusión del criollo para los puestos públicos, la independencia se retardaba quizá un siglo, faltando en la mentalidad local los elementos que realizan esa clase de evoluciones. La exclusión hizo patriota al criollo, pero sin mejorarle naturalmente la conciencia; y así, la única virtud que poseía al emanciparse, era el patriotismo de carácter militar.

Salvo algunos detalles externos que hacían odiosa á la conquista laica, la espiritual fué idéntica en esencia, como se ha visto; y parece escrita para ella la frase con que Buckle presenta al pueblo español, tan anulado en sus iniciativas y tan corrompido por el providencialismo de Estado, que su ruina depende exclusivamente de una flaqueza de sus directores.

Uno y otro conquistador imperaron sobre el indio, al considerarse sus inmutables superiores por la civilización y por la raza; y éste, con rigor ó con dulzura, fué declarado, desde luego, incapaz.

Aquí reside la falta de lógica de la conquista espiritual, pues esa incapacidad acarreaba incontestablemente el exterminio. La conquista laica habríalo realizado, poblando al país con elementos superiores y con mestizos, que eran libres por la ley, á beneficio de las actuales generaciones.

Al humanitarismo puede esto parecerle atroz; pero el derecho á la vida es un resultado de las condiciones del viviente, no una cuestión sentimental y soluble con arreglo á cánones eternos.

En esos choques de razas hay fatalidades crueles, pero superiores á la voluntad humana; y si cada hombre debe tener por norma el ideal de una civilización superior, donde estos conflictos ya no existan, el criterio histórico le obliga á considerarlos en relación con los intereses de su pueblo y de su raza, campos de acción donde esos mismos percances apresuran el advenimiento de la situación superior.

Hoy por hoy, la humanidad no existe ante la justicia sino como una entidad abstracta cuya efectividad en el hecho se prepara, entre otras cosas, con el predominio de las razas superiores á las cuales pertenece semejante ideal; habiendo concurrido entonces á realizarlo, las mismas transgresiones aparentes que por su resultado se justifican ante la historia. No es posible aplicar a priori los principios de la justicia, ni hay mal absoluto en ninguna acción. Si el exterminio de los indios resulta provechoso á la raza blanca, ya es bueno para ésta; y si la humanidad se beneficia con su triunfo, el acto tiene también de su parte á la justicia cuya base está en el predominio del interés colectivo sobre el parcial.

La conquista jesuítica no benefició sino á sus autores, por otra parte. Los conquistados fueron víctimas del sistema español, en el cual ya constituía una exageración la empresa jesuítica.

España, conquistadora exclusiva, no sabía dominar sin oprimir, porque atacaba la unidad moral del pueblo conquistado, imponiéndole una religión y un estado civil distintos de los suyos, en vez de usar, á imitación del romano y del inglés, una discreta tolerancia para incorporarlo evolutivamente á su ser. Pero la tolerancia es la virtud moderna, y el fanatismo español era medioeval.

Su política no atendía sino á anular la conciencia, porque el absolutismo, que constituía su ideal, se basaba en la opresión del espíritu y en el anonadamiento del individuo á beneficio del Estado todopoderoso. Las formas representativas no podían existir entonces; y los cabildos no fueron nada de esto, como pudiera hacerlo creer un examen superficial, porque no representaban al pueblo, sino á la autoridad; no al derecho, sino á la fuerza.

El ideal político de la Edad Media había sido la unidad en todo: una religión en un imperio dirigido por una sola cabeza. De aquí nació el concepto falso en cuya virtud la libertad es una creación postiza que depende de la ley; y tan arraigado quedó, en siglos de opresión bajo el doble prestigio de la Monarquia y de la Iglesia, que nuestras mismas constituciones democráticas, aunque con formas muy atenuadas, persisten en sustentarlo, siendo pocos todavía los que comprenden, á pesar del libre examen y de la crítica, que toda ley es originariamente un acto de opresión.

La igualdad, que fué la aspiración del pueblo á gozar del fuero nobiliario, se confundió con el mucho más elevado concepto dé libertad, sobre todo para la lógica jacobina, á la cual derrotaron los jesuítas cuanto pudieron demostrarle que en el Imperio había igualdad.

Habíala, en efecto, pero ya hemos visto bajo qué condiciones de sujeción; y tan estrecha, que hasta la edificación era igual. El Gobierno español la impuso, no ciertamente en homenaje á la libertad, antes por todo lo contrario; y la conquista espiritual transportó al Nuevo Mundo, con mucha mayor perfección que la militar, el sistema de aquella China del Occidente.

La expulsión fué entonces un antecedente favorable á la revolución individualista y federal que se preparaba. Bajo su imperio, los guaraníes de las reducciones, que jamás conocieron ley protectora de sus derechos, ni tuvieron otro concepto de la libertad que el asueto, le trocaron fácilmente por la licencia montonera. Para ellos no había otra relación con el poder que la sumisión ó el motín.

El triunfo del sistema jesuítico habría implicado la perpetuación de la Edad Media, cuyo funesto resultado está patente en la España absolutista, con tanto mayor estrago cuanto que era una cuestión de ideas y en éstas reside el secreto del progreso.

Correlativas del período industrial en que nos hallamos, las instituciones representativas son hoy indispensables á la subsistencia de los pueblos; pero eran imposibles bajo aquel régimen en el cual faltaban los tres grandes propulsores de la industria: la moneda, la libertad comercial y la libertad de conciencia.

Mantenidas por España en la Edad Media, las actuales naciones de América cayeron de golpe á la contemporánea cuando se emanciparon, proviniendo de este brusco desplazamiento sus convulsiones intestinas. Tuvieron que pasar en pocos años por todo cuanto los pueblos de evolución normal habían sobrellevado durante siglos, depurándose así de sus vicios históricos; y aquello que se opusiera á su desvinculación de la Metrópoli, constituiría para ellas un grave mal.

El Imperio Jesuítico habría sido este obstáculo. Libertado con el resto de América, es seguro que no aceptaba á la independencia en su concepto fundamental, vale decir como una emancipación del espíritu. Formidable teocracia, tranquila en su inercia de bloque, mientras las demás experimentaban su libertadora crisis, habríalas impuesto la ley de la fuerza al tomarlas debilitadas por ese fenómeno, y el triunfo de su política, basada sobre el comunismo y el aislamiento, que años después dieron para muestra el Paraguay de Francia, malogra de seguro la obra revolucionaria en su faz más bella.[118]

Fiel al trono, su acción contra-revolucionaria triunfa quizá; y esto ya lo preveían jesuítas tan sesudos como Falkner, quien en su Descripción de la Patagonia anotaba pocos años después de la expulsión, los primeros síntomas de independencia entre las poblaciones rurales.[119]

No cabe duda que, al empezar la lucha, semejante fenómeno se producía; mas percibiendo el éxito de la independencia, la adaptación se habría efectuado, con tanta mayor razón cuanto que hombres tan prácticos nunca combaten por formas de gobierno, constituyéndose en el centro de la América Meridional una de esas repúblicas teocráticas cuyo espécimen lo dió el Ecuador de García Moreno, y cuya influencia hubiera dominado al Continente en un verdadero contragolpe de la barbarie indígena.

Seguro es que la civilización y el salvaje, enemigos naturales y en pugna abierta hoy mismo para muchas secciones del Continente, están en una razón inversa, cuyo efecto estricto consistiría en determinar el éxito de la primera por el fracaso del segundo; pero sin entrar á discutirlo, resulta harto significativo que las naciones más adelantadas sean aquéllas en las cuales la población indígena se aminora.

El Imperio Jesuítico, trocado por la independencia en la República Cristiana de que hablaban sus autores, se habría encontrado desde luego en ese caso, y sin la coyuntura de domificarlo por una laboriosa adaptación á las instituciones, como lo van haciendo las demás; de modo que por su parte á lo menos, la independencia nada hubiera resuelto.

Ahora bien, la independencia sin la libertad espiritual era una subalterna evolución política, con el resultado seguro de una reconquista ó de una nueva subordinación. Las nacionalidades recién fundadas no habrían hecho más que subdividir la decadencia general, pero no remediarla, adoptando en vez de las instituciones democráticas, que son las únicas progresivas en el medio moderno, la teocracia ó la monarquía cuyo advenimiento soñara el conservatismo miope de la Revolución.

Tiene, pues, la América una deuda de gratitud con el monarca, que eliminando obstáculos al progreso, garantió su estabilidad bajo las formas políticas asumidas luego por los pueblos emancipados.

Primero los «paulistas» con su horrenda incursión á la Guayra, que malogró por muchos años la empresa jesuítica y empequeñeció para siempre su magnitud; después Carlos III, con su radical medida, libraron á la América futura del tropiezo más grave que habría sufrido al emanciparse. Ya lo probaron cuando los comuneros, á quienes imputaron principalmente las ideas separatistas, que eran para la Corona el crimen irremisible.

Así es cómo va tejiéndose á través de los tiempos la trama de la historia, y cómo vistos los hechos en su inconsciente fatalidad, resultan igualmente injustos su alabanza y su vituperio. No hay entonces ante el espectador inocentes ni culpables, sino únicamente organismos que luchan por subsistir en el campo de la vida. Jesuítas que se empeñan en mantener un ideal, retrógrado para el nuevo estado de cosas, son del todo idénticos á los demócratas de mañana, que harán lo mismo ante otras formas sociales sufriendo iguales derrotas.

La conciencia se amplía adoptando este concepto crítico, en el cual no tiene cabida la intolerancia peculiar á los principios absolutos; y sustituye la severidad clásica del historiador antiguo, con la bondad, más simple y más humana.

Sociedad que padeció y ha caído con su mundo de dolores á cuestas, no merece por su retardo el desdén de las venideras, cuando si éstas andan mejor, hallando menos espinas en la ruta, es porque la otra al dejarla se las llevó pegadas á los pies.

Cuando uno piensa en lo que padecieron, en lo que trabajaron, de qué modo han creído y á qué fin han marchado aquellas colectividades anacrónicas ahora, ve á la humanidad repetida en una eterna regeneración. Ésos combatieron por la vida como nosotros; su ideal fué un momento la forma próspera, con la cual dominaron la inmensa hostilidad latente que el Universo opone al dominio de su animálculo racional; sus pasiones, al igual que las nuestras, buscaron el placer sin gozarlo nunca, como rebaños muertos de sed antes de llegar al abrevadero: sus virtudes, gotas de agua en la sombra, estuvieron cavando, llora que te llora, la ardua roca del egoísmo humano, donde labra el progreso estalactitas tan bellas y tan frías...

Todo lo mismo, todo igual, todo eterno, agrega el pesimista para quien la tradición es un grillete de presidiario. Pero no; esas multitudes caídas son otros tantos mineros de la sombra, que van echando de abajo la tierra nueva cuyo volumen ocupan; y así la historia no puede discernir otra cosa que su perdón á los trabajadores desaparecidos, cuando su obra fracasó en el error, reservando su simpatía á los que, aun en este caso, lucharon por un ideal, sin esperanzas de satisfacción mundana.

El fiasco reside en el monopolio de la eternidad, que las instituciones se atribuyen con una vehemencia equivalente á lo mudable de su condición. Eterno no hay nada, como no sea la incesante conversión de las cosas y de los seres, hacia estados coincidentes por ventura con el ideal de la dicha humana, en unión de la cual se desarrollan determinados por un acuerdo superior; y la fatalidad del Otoño, igual en los ideales como en el año, no es lamentable cuando las hojas, al desvestir la rama cuya lozanía sonrió primaveras, descubren frutos que son manzanas de dicha para los míseros innumerables en quienes palpita el barro primordial, y pomas de oro para el soñador de Hespérides.