Capitular de cabecera de capítulo

CANTO QUINTO

Tales sentencias dice el viejo honrado

en alta voz, al tiempo que tendimos

las velas al sereno y sosegado

viento, y del puerto amado nos partimos;

y como ya en el mar es muy usado,

al desplegar la vela voces dimos

diciendo: «¡Buen viaje!» Luego el viento

en el mástil mostró su movimiento.

»Era tiempo en el cual el Sol la lumbre

entraba en el Nemeo truculento,

y el mundo, declinando de su cumbre,

estaba en sexta edad cargado y lento:

en ella ve, como es vieja costumbre,

cursos del Sol catorce veces ciento

con más noventa y siete en que corría

cuando la flota al mar largo se hacía.

»La vista poco a poco se destierra

de aquellos patrios montes que quedaban:

quedaba el caro Tajo y fresca sierra

de Cintra, do los ojos se alejaban;

quedábanos el alma allá en la tierra,

que lástimas y amor nos la arrancaban,

y en alta mar metidos con tal duelo,

no vimos más, al fin, que mar y cielo.

»Así fuimos rompiendo aquellos mares

que nunca en tiempo alguno proa rompiera,

viendo las nuevas islas y lugares

que el generoso Enrique descubriera:

los africanos montes y casares,

tierra que Anteón rey la poseyera,

a la izquierda se queda; a la derecha

no hay certeza de tierra, mas sospecha.

»Pasamos juntamente la famosa

isla, de su madera así llamada,

conocida por fama provechosa

después que por nosotros fué poblada,

y no por ser postrera Venus osa

llamar a cualquier otra más preciada,

que a ella, siendo suya, le rindiera

a Cipro, Gnido, Pafos y Citera.

»De Masilia la costa atrás dejamos,

do apastan aceniegues su ganado,

donde las frescas aguas no gustamos

ni hay hierba que les baste en campo y prado;

ser la tierra infructífera hallamos,

con aves que digieren hierro helado,

padeciendo de todo extrema inopia,

aparta a Berbería de Etiopia.

»El límite pasamos donde llega

el Sol que para el Norte el carro guía,

donde yacen los pueblos a quien niega

el Climeneo la color del día;

aquí gentes extrañas lava y riega

el negro Sanagá con su agua fría,

donde el cabo Arsinario el nombre pierde,

llamándole los nuestros cabo Verde.

»Habíamos pasado las Canarias,

que de Fortuna el nombre recibieron;

las hijas navegamos ordinarias

que de Hesperio Hesperias se dijeron,

y las tierras do nuevas cosas varias

en otro tiempo nuestras gentes vieron,

a do tomamos puerto con buen viento

por tomar de la tierra algún sustento.

»A aquella isla aportamos que tomara

el nombre del guerrero Santiago,

santo que al español siempre ayudara

a hacer en los moros bravo estrago;

de aquí, luego que Bóreas nos soplara,

tornamos a cortar el ancho lago

de la salada mar, y así dejamos

la tierra do el refresco dulce hallamos.

»Por aquí rodeando aquella parte

de África que quedaba hacia el Oriente,

la provincia Jalofo, que reparte

por diversas naciones negra gente;

la muy grande Mandinga, por cuya arte

gozamos el metal rico y luciente,

que cerca del Gambea famoso vive,

cuya agua el mar Atlántico recibe.

»Las Dórcadas pasamos, que pobladas

de hermanas otro tiempo se vivían,

que de vista total siendo privadas

las tres de un ojo solo se servían:

tú sola, cuyas trenzas encrespadas

a Neptuno en las aguas encendían,

sintiendo ya por ellas grave pena,

de víboras henchiste aquesta arena.

»Siempre, en fin, para el Austro va la proa

y en el inmenso golfo nos metimos,

dejando la sierra áspera Lioa,

y el cabo a quien de Palmas nombre dimos,

y el grande río, que, como en Lisboa

el Tajo, da en las playas que allí dimos;

quedóse la isla ilustre que tomara

el nombre del que el lado a Dios tocara.

»Allí de Congo el reino está excelente,

que por nosotros cree la fe de Cristo,

donde el Zaire reparte su corriente,

río por los antiguos nunca visto;

por este largo mar huye la gente

del conocido Polo de Calisto,

siendo el término ardiente ya pasado,

donde el medio del mundo es limitado.

»Ya descubierto habíamos delante

en el nuevo hemisferio nueva estrella

no vista de otra gente, que ignorante

estuvo tiempo alguno incierta de ella;

vemos la parte menos rutilante,

y por falta de estrellas no tan bella,

del polo fijo, donde aun no se sabe

si otra tierra comience o mar acabe.

»Así pasando aquellos pueblos sanos

por adonde dos veces pasa Apolo,

dos inviernos haciendo y dos veranos

en cuanto corre de uno al otro polo;

por calmas, por tormentas, vientos vanos

que en la alterada mar levanta Eolo,

vimos las Ursas, a pesar de Juno,

en las aguas bañarse de Neptuno.

»Contarte, grande rey, las milagrosas

cosas del mar que los hombres no entienden,

súbitas tempestades peligrosas,

relámpagos que el aire en fuego encienden,

negras lluvias y noches tenebrosas,

rayos que en su caer al mundo hienden,

no menos es trabajo que gran yerro,

aunque mi voz, señor, fuera de hierro.

»Los casos vi que rudos marineros,

que tienen por maestra la experiencia,

cuentan por ciertos siempre y verdaderos,

juzgándolos por sola la apariencia;

mas los que tienen juicios más enteros,

que sólo por ingenio puro y ciencia

ven del mundo secretos escondidos,

entienden no ser veros ni entendidos.

»Fué claramente visto el fuego vivo

que la gente del mar tiene por santo

en tiempo de tormenta y viento esquivo,

de tempestad obscura y triste planto:

no menos les fué a todos excesivo

milagro, y causa grande de harto espanto,

ver las nubes del mar con caño largo

las aguas recoger del mar amargo.

»Yo lo vi ciertamente (y no presumo

que la vista me engaña) levantarse

en el aire un vapor de sutil humo

y, movido del viento, rodearse:

alzarse de aquí un caño al polo sumo

se veía, tan delgado, que mirarse

del ojo fácilmente no podía:

la materia de nubes parecía.

»Íbase poco a poco acrecentando,

y más que un grueso mástil se engrosaba:

aquí se estrecha, allí se alarga, cuando

los golpes grandes de agua en sí chupaba:

estábase en las aguas ondeando

y encima una gran nube se espesaba,

haciéndose mayor y más cargada

con la carga del agua en sí tomada.

»Cual roja sanguijuela que pegada

en labios de la bestia que imprudente

en el agua la coge, aunque delgada,

con la sangre se vuelve más potente,

chupando el cuerpo engruesa, y alargada,

se rellena y se hincha extrañamente,

tal la larga columna hinchiendo aumenta

a sí y la negra nube que sustenta.

»Mas después que del todo se hartara,

el pie que está en la mar en sí recoge,

y en el cielo lloviendo, al fin volara

porque con agua el agua aumente y moje:

las ondas da a las ondas que tomara;

mas como del sabor de sal despoje

al agua, los que saben de escritura

díganme estos secretos de natura.