No sabía en qué modo festejase
el negro rey los fuertes navegantes,
porque el amor y feudo granjease
del señor de unas gentes tan pujantes:
pésale ver que tanto lo apartase
su ventura de aquellas abundantes
tierras de Europa, y no estar más vecino
de do Alcides abrió en el mar camino.
Con juegos, danzas y otras alegrías
según la policía melindana,
con usadas y alegres pesquerías
con que Antonio a Lageia puso ufana,
este famoso rey todos los días
entretiene la gente Lusitana
con banquetes, manjares desusados,
con frutas, aves, carnes y pescados.
Mas viendo el capitán que se tardaba
más de lo que conviene y que ya el viento
a la partida llama, se aprestaba,
a la par, de pilotos y alimento:
a la vela se hace, que aun restaba
mucho por navegar del elemento:
con amor, del pagano se despide,
que a todos amistad larga les pide.
Pídeles más: que aquel su puerto sea
siempre de sus armadas visitado;
que ningún otro bien mayor desea
que dar a gente tal reino y estado,
y que en cuanto con vida el cielo vea
estará muy de veras aprestado
a dar la vida y reino totalmente
por rey de tanta alteza y por tal gente.
Otras tales palabras respondía
el capitán, y al viento velas dando,
al reino de la Aurora se partía,
que tanto tiempo ha que va buscando:
el piloto que lleva no tenía
el pecho falso, mas le va mostrando
la verdadera rota y mar futuro,
y con esto se va sobre seguro.
Las ondas navegaban del Oriente
en el inmenso mar, y divisaban
los tálamos del Sol, que nace ardiente,
y casi sus deseos se acababan;
mas Baco airado, que en el alma siente
las venturas que allí se aparejaban
a la gente del Luso, de ellas dina,
arde, muere, blasfema y desatina.
El cielo veía estar determinado
de hacer de Lisboa nueva Roma:
no lo puede estorbar, que destinado
está del gran poder que el mundo doma:
a la tierra bajó desesperado,
nuevo remedio en ella busca y toma,
entra el húmero reino y vase al fuerte
de aquel a quien le cupo el mar en suerte.
Lo más íntimo entró de las profundas
cavernas altas donde el mar se esconde,
de do las olas salen furibundas
cuando el furor del viento al mar responde:
Neptuno vive, y viven las jocundas
Nereïdas, la parte del mar, donde
las aguas dejan campo a las ciudades
que habitan estas húmedas deidades.
Descubre el hondo nunca descubierto,
las arenas de plata neta y fina,
torres altas se ven en campo abierto
de transparente masa cristalina,
y cuanto más se allega, menos cierto
la vista lo que sea determina,
si es cristal, si es aljófar o diamante,
según se muestra claro y rutilante.
Las puertas de oro fino, claveteadas
del rico aljófar que las conchas crían,
de hermosa pintura dibujadas,
los ojos del dios Baco entretenían:
de colores se veían variadas
del viejo Caos las formas que yacían;
vense cuatro elementos trasladados
en diversos oficios ocupados.
Allí el sublime fuego estaba encima
sin que sea en materia sostenido;
de allí las cosas vivas siempre anima
después que por Prométeo fué cogido;
luego tras él el aire se sublima
que pegado a la esfera puso nido,
no dejando lugar caliente o frío
en todo el universo estar vacío.
Está la tierra en montes revestida
de verdes hierbas y árboles floridas,
dando pasto diverso y dando vida
a las fieras en ella producidas:
la clara forma allí estaba esculpida
de las aguas por tierras esparcidas,
que de pescados crían varios modos,
cebando con su humor los cuerpos todos.
En otro lado está puesta la guerra
que dioses y gigantes han tenido;
Tifeo sotopuesto está a la sierra
Etna, por donde fuego ha despedido;
esculpido se ve dando en la tierra,
ante el pueblo que a verlo ha concurrido,
por sacar el caballo, el gran Neptuno;
cuando Palas produjo el aceituno.
Poco se tarda aquí el Tebano airado
en mirar estas cosas; mas entrando
adonde está Neptuno, que, avisado
de su venida, en pie le está esperando,
recíbelo a la puerta, acompañado
de ninfas que se están maravillando
de ver que, acometiendo tal camino,
venga al reino del agua el rey del vino.
«¡Oh Neptuno!, le dijo, no te espantes
si a Baco en tus palacios recibieres,
que también con los grandes y pujantes
suele mostrar fortuna sus poderes:
manda llamar los dioses del mar antes
que hable más, si más oir quisieres;
verán de desventura grandes modos:
oigan todos el mal que toca a todos.»
Juzgando ya Neptuno que sería
extraño caso aqueste, llamar manda
a Tritón a los dioses de agua fría
y a los que habitan una y otra banda.
Tritón, que de ser hijo se gloría
del rey y de Salaucia veneranda,
era mancebo grande, negro y feo,
trompeta de su padre y su correo.
Los pelos de la barba y cabellera,
que a los hombros abaja, ser mostraba
del limo de la mar a do naciera;
tales que nunca peine los peinara:
las ostras y la pesca vil, ratera,
de las mojadas puntas le colgaba:
en la cabeza trae por gorra, aposta,
una cáscara grande de langosta.
Desnudo el cuerpo y miembros genitales,
porque al nadar no tenga impedimento,
aunque cubiertos todos de animales
que en ellos se amontonan ciento a ciento:
arañas y cangrejos y otros tales,
que de Febe reciben crecimiento,
inmundos animales el inmundo
lugar cubren, cogidos del profundo.
La conca que llevaba, retorcida,
con tanta fuerza y brío la soplaba
que en un punto de todos fuera oída
según en la mar ancha retumbaba:
luego la compañía apercibida
de dioses al palacio caminaba
del dios que el muro hizo de Dardania,
destruído después de griega insania.
El Océano viene acompañado
de los hijos e hijas que engendrara:
Nereo, que con Dorio fué casado,
y de ninfas el mar todo poblara:
el profeta Proteo deja el ganado
marítimo pacer por la agua clara:
allí viene también, aunque sabía
a lo que Baco al mar venido había.
De Neptuno la linda y bella esposa,
hija de Celo y Vesta, allí se halla
grave, y con rostro alegre tan hermosa,
que está la mar en leche por miralla:
vestida una camisa preciosa
de bengala o beatilla, que a tapalla
no es posible, mas deja el cuerpo verse,
que tanto bien no es bien pueda esconderse.
Anfitrite, más bella que las flores,
no quiso que aquí menos se sintiese:
consigo trae el delfín que a los amores
del rey le aconsejó que obedeciese;
con los ojos de cuanto ve señores
cualquiera pensará que al sol venciese:
las dos van mano a mano igual partido,
pues ambas son esposas de un marido.
Y la que, de las furias de Atamante
huyendo, mereció divino estado,
consigo trae su hijo, bello infante
que en número de dioses es contado:
brincando por la playa va delante
con las conchas que cría el mar salado,
por la arena a las veces se recrea,
y otras lo lleva en brazos Panopea.
Y el dios que humano fué, mas por extraño
caso con una hierba poderosa
fué convertido en pez, y de este daño
le vino la deidad santa, gloriosa,
aun se viene llorando el grave engaño
que Circes con su Escila usa hermosa,
la cual ama de veras siendo amado,
que a aquesto obliga amor mal empleado.
Ya finalmente todos asentados
dentro de una capaz y rica sala,
las diosas en riquísimos estrados,
los dioses en fino oro de Zofala,
de Neptuno son todos regalados,
el dios Baco con él está a la iguala;
y con suave olor la arabia masa
que nace dentro el mar hinche la casa.
Estando sosegado ya el tumulto
de dioses y de sus recibimientos,
comienza a descubrir del pecho oculto
la razón Tioneo de sus tormentos;
un poco entristeciéndose en el bulto,
dando muestra de grandes sentimientos,
por dar a los del Luso triste muerte
con hierro ajeno, habla de esta suerte:
»Príncipe que de juro señoreas
de un polo al otro polo el mar airado,
y como tú lo quieres y deseas,
término das al mundo limitado,
y tú, padre Oceano, que rodeas
el globo de la tierra que has cercado,
y a ninguno permites, aunque amigo,
que tus límites pase sin castigo.
»Y los demás que nunca habéis sufrido
injuria en vuestro reino chica o grande,
que con castigo igual no hayáis tenido
venganza de este tal que en la mar ande,
¿cómo en tanto descuido habéis vivido,
quién puso en tanto grado que os ablande
los pechos con razón endurecidos
contra los hombres flacos y atrevidos?
»Visteis que con grandísima osadía
el cielo acometieron más supremo;
visteis aquella loca fantasía
de tentar a la mar con vela y remo;
visteis y veis ahora cada día
empresas tan soberbias, que me temo
serán del cielo y agua Lusitanos
los dioses, y nosotros los humanos.
»Veis ahora la poca y flaca gente
que de un vasallo mío nombre toma,
con soberbia de pecho y alta frente
a vos y a mí y al mundo todo doma:
ved cómo corta el mar del Oriente,
a do jamás llegó fuerza de Roma:
ved cómo, el reino de agua sojuzgando,
los estatutos vuestros van quebrando.
»Yo vi contra los Minias, que primero
camino por el agua en nao hicieron,
que injuriado Bóreas y el parcero
Aquilo a los demás les resistieron:
si del ayuntamiento venturero
los vientos esta injuria así sintieron,
vos, a quien más compete esta venganza,
¿qué esperáis, qué queréis con tal tardanza?
»Y no consiento, dioses, que ninguno
piense que por su amor bajé del cielo,
ni que siento la injuria de Neptuno:
la mía es la que temo yo y recelo;
mi suerte lloro, que el hado importuno
en mis victorias ponga obscuro velo,
y lo que yo gané por el Oriente
lo vea ser rendido de esta gente.
»Que el gran señor y hados que destinan
a su albedrío el ser del bajo mundo
mayor fama que a nadie determinan
darle por el mar ancho del profundo.
Mirad, oh dioses sacros, si se inclinan
por pasión los del cielo, que segundo
se ve, nadie tendrá menos valía
que quien con más razón valer debía.
»Y por esto bajé del cielo huyendo,
buscando algún remedio a mis pesares,
por ver si lo que en él se fué perdiendo
lo hallaré ganado en vuestros mares.»
Queriendo decir más, vanle impidiendo
las perlas que llorando caen a pares
de los húmedos ojos, con que luego
se encienden las deidades de agua en fuego.
La ira con que al punto fué alterado
el corazón de todos los vivientes
no sufre más consejo bien pensado
ni dilación mayor, ni inconvenientes.
Al grande Eolo envían un recado,
de parte de Neptuno y sus clientes,
que dé suelta a los vientos repugnantes,
con que no haya en el mar más navegantes.
Proteo bien quisiera haber audiencia
para decir allí lo que sentía,
y según lo descubre su presencia,
era alguna profunda profecía;
mas en todos hallaba resistencia
de aquella tumultuosa compañía,
y Tetis, indignada, dijo en alto:
«Proteo, no es Neptuno en ciencia falto.»
Luego el soberbio Hipótades soltaba
de la cárcel los vientos furïosos,
el furor con palabras avivaba
contra nuestros guerreros animosos:
al punto el claro cielo se entoldaba,
que los vientos comienzan impetuosos
a correr por el mar fuerzas tomando,
torres, montes y casas derribando.
En cuanto este consejo se hacía
en el acuoso asiento, nuestra flota
con viento sosegado proseguía
por el tranquilo mar su larga rota.
Era cuando la luz del claro día
del hemisferio Eoo está remota;
los del cuarto de prima se acostaban,
y al segundo los otros despertaban.
Del gran sueño vencidos, mal despiertos,
bocezando a menudo se albergaban
por sobre las antenas, descubiertos
sin defensa a los vientos que soplaban;
los ojos con trabajo grande abiertos,
los perezosos miembros estiraban,
remedios contra el sueño buscar quieren,
historias cuentan, casos mil refieren.
«¿Cómo será mejor, uno decía,
este tiempo pasar grave y pesado
sino con algún cuento de alegría
con que nos deje el sueño tan cargado?»
Responde Leonardo, que traía
pensamientos de firme enamorado:
«¿Qué cuentos contarán que sean mejores,
para pasar el tiempo, que de amores?»
«No es, dijo Veloso, cosa justa
de blanduras tratar en la aspereza
que el trabajo del mar, que nos desgusta,
no consiente blanduras ni terneza;
antes de dura guerra, cruel, robusta,
aquesta historia sea, pues dureza
nuestra vida ha de ser a lo que entiendo,
que el mal que ha de venir lo está diciendo.»
Todos vienen en ello y encomiendan
a Veloso que cuente lo que aprueba:
«Yo lo contaré, dijo, como entiendan
que no es fábula antigua o ficción nueva;
y porque los oyentes de aquí aprendan
a hacer hechos grandes de alta prueba,
diré de los que son de nuestra tierra
los doce de la guerra de Inglaterra.
»En tiempo que las riendas de su reino
el rey don Juan primero moderaba,
gozando de la paz con su gobierno
que el cercano enemigo perturbaba,
dentro de Inglaterra, que en invierno
perpetuo con la nieve blanqueaba,
la fiera Erimnis siembra tal cizaña
que fuese inmortal fama a nuestra España.
»Entre las damas de la corte inglesa
y nobles cortesanos hubo un día
una grave discordia sobre mesa,
o fué por opinión o por porfía;
los cortesanos, a quien poco pesa
decir graves palabras de osadía,
dicen sustentarán que honras y famas
en tales damas no hay para ser damas.
»Y si alguno con lanza o con espada
quisiere demandarles lo contrario,
ellos en campo raso o estacada
convencerán con muerte al adversario:
la femenil flaqueza, poco usada
a semejante afrenta, el necesario
auxilio implora luego de las gentes,
buscándolo entre amigos y parientes.
»Mas como fuesen grandes y pujantes
del reino los galanes, no se atreven
ni parientes ni amigos ni aun amantes
a sustentar las damas como deben.
Con lágrimas humanas, y bastantes
a que tras sí los sacros dioses lleven,
echadas por el rostro de alabastro,
se van todas al duque de Alencastro.