Capitular de cabecera de capítulo

CANTO SEXTO

No sabía en qué modo festejase

el negro rey los fuertes navegantes,

porque el amor y feudo granjease

del señor de unas gentes tan pujantes:

pésale ver que tanto lo apartase

su ventura de aquellas abundantes

tierras de Europa, y no estar más vecino

de do Alcides abrió en el mar camino.

Con juegos, danzas y otras alegrías

según la policía melindana,

con usadas y alegres pesquerías

con que Antonio a Lageia puso ufana,

este famoso rey todos los días

entretiene la gente Lusitana

con banquetes, manjares desusados,

con frutas, aves, carnes y pescados.

Mas viendo el capitán que se tardaba

más de lo que conviene y que ya el viento

a la partida llama, se aprestaba,

a la par, de pilotos y alimento:

a la vela se hace, que aun restaba

mucho por navegar del elemento:

con amor, del pagano se despide,

que a todos amistad larga les pide.

Pídeles más: que aquel su puerto sea

siempre de sus armadas visitado;

que ningún otro bien mayor desea

que dar a gente tal reino y estado,

y que en cuanto con vida el cielo vea

estará muy de veras aprestado

a dar la vida y reino totalmente

por rey de tanta alteza y por tal gente.

Otras tales palabras respondía

el capitán, y al viento velas dando,

al reino de la Aurora se partía,

que tanto tiempo ha que va buscando:

el piloto que lleva no tenía

el pecho falso, mas le va mostrando

la verdadera rota y mar futuro,

y con esto se va sobre seguro.

Las ondas navegaban del Oriente

en el inmenso mar, y divisaban

los tálamos del Sol, que nace ardiente,

y casi sus deseos se acababan;

mas Baco airado, que en el alma siente

las venturas que allí se aparejaban

a la gente del Luso, de ellas dina,

arde, muere, blasfema y desatina.

El cielo veía estar determinado

de hacer de Lisboa nueva Roma:

no lo puede estorbar, que destinado

está del gran poder que el mundo doma:

a la tierra bajó desesperado,

nuevo remedio en ella busca y toma,

entra el húmero reino y vase al fuerte

de aquel a quien le cupo el mar en suerte.

Lo más íntimo entró de las profundas

cavernas altas donde el mar se esconde,

de do las olas salen furibundas

cuando el furor del viento al mar responde:

Neptuno vive, y viven las jocundas

Nereïdas, la parte del mar, donde

las aguas dejan campo a las ciudades

que habitan estas húmedas deidades.

Descubre el hondo nunca descubierto,

las arenas de plata neta y fina,

torres altas se ven en campo abierto

de transparente masa cristalina,

y cuanto más se allega, menos cierto

la vista lo que sea determina,

si es cristal, si es aljófar o diamante,

según se muestra claro y rutilante.

Las puertas de oro fino, claveteadas

del rico aljófar que las conchas crían,

de hermosa pintura dibujadas,

los ojos del dios Baco entretenían:

de colores se veían variadas

del viejo Caos las formas que yacían;

vense cuatro elementos trasladados

en diversos oficios ocupados.

Allí el sublime fuego estaba encima

sin que sea en materia sostenido;

de allí las cosas vivas siempre anima

después que por Prométeo fué cogido;

luego tras él el aire se sublima

que pegado a la esfera puso nido,

no dejando lugar caliente o frío

en todo el universo estar vacío.

Está la tierra en montes revestida

de verdes hierbas y árboles floridas,

dando pasto diverso y dando vida

a las fieras en ella producidas:

la clara forma allí estaba esculpida

de las aguas por tierras esparcidas,

que de pescados crían varios modos,

cebando con su humor los cuerpos todos.

En otro lado está puesta la guerra

que dioses y gigantes han tenido;

Tifeo sotopuesto está a la sierra

Etna, por donde fuego ha despedido;

esculpido se ve dando en la tierra,

ante el pueblo que a verlo ha concurrido,

por sacar el caballo, el gran Neptuno;

cuando Palas produjo el aceituno.

Poco se tarda aquí el Tebano airado

en mirar estas cosas; mas entrando

adonde está Neptuno, que, avisado

de su venida, en pie le está esperando,

recíbelo a la puerta, acompañado

de ninfas que se están maravillando

de ver que, acometiendo tal camino,

venga al reino del agua el rey del vino.

«¡Oh Neptuno!, le dijo, no te espantes

si a Baco en tus palacios recibieres,

que también con los grandes y pujantes

suele mostrar fortuna sus poderes:

manda llamar los dioses del mar antes

que hable más, si más oir quisieres;

verán de desventura grandes modos:

oigan todos el mal que toca a todos.»

Juzgando ya Neptuno que sería

extraño caso aqueste, llamar manda

a Tritón a los dioses de agua fría

y a los que habitan una y otra banda.

Tritón, que de ser hijo se gloría

del rey y de Salaucia veneranda,

era mancebo grande, negro y feo,

trompeta de su padre y su correo.

Los pelos de la barba y cabellera,

que a los hombros abaja, ser mostraba

del limo de la mar a do naciera;

tales que nunca peine los peinara:

las ostras y la pesca vil, ratera,

de las mojadas puntas le colgaba:

en la cabeza trae por gorra, aposta,

una cáscara grande de langosta.

Desnudo el cuerpo y miembros genitales,

porque al nadar no tenga impedimento,

aunque cubiertos todos de animales

que en ellos se amontonan ciento a ciento:

arañas y cangrejos y otros tales,

que de Febe reciben crecimiento,

inmundos animales el inmundo

lugar cubren, cogidos del profundo.

La conca que llevaba, retorcida,

con tanta fuerza y brío la soplaba

que en un punto de todos fuera oída

según en la mar ancha retumbaba:

luego la compañía apercibida

de dioses al palacio caminaba

del dios que el muro hizo de Dardania,

destruído después de griega insania.

El Océano viene acompañado

de los hijos e hijas que engendrara:

Nereo, que con Dorio fué casado,

y de ninfas el mar todo poblara:

el profeta Proteo deja el ganado

marítimo pacer por la agua clara:

allí viene también, aunque sabía

a lo que Baco al mar venido había.

De Neptuno la linda y bella esposa,

hija de Celo y Vesta, allí se halla

grave, y con rostro alegre tan hermosa,

que está la mar en leche por miralla:

vestida una camisa preciosa

de bengala o beatilla, que a tapalla

no es posible, mas deja el cuerpo verse,

que tanto bien no es bien pueda esconderse.

Anfitrite, más bella que las flores,

no quiso que aquí menos se sintiese:

consigo trae el delfín que a los amores

del rey le aconsejó que obedeciese;

con los ojos de cuanto ve señores

cualquiera pensará que al sol venciese:

las dos van mano a mano igual partido,

pues ambas son esposas de un marido.

Y la que, de las furias de Atamante

huyendo, mereció divino estado,

consigo trae su hijo, bello infante

que en número de dioses es contado:

brincando por la playa va delante

con las conchas que cría el mar salado,

por la arena a las veces se recrea,

y otras lo lleva en brazos Panopea.

Y el dios que humano fué, mas por extraño

caso con una hierba poderosa

fué convertido en pez, y de este daño

le vino la deidad santa, gloriosa,

aun se viene llorando el grave engaño

que Circes con su Escila usa hermosa,

la cual ama de veras siendo amado,

que a aquesto obliga amor mal empleado.

Ya finalmente todos asentados

dentro de una capaz y rica sala,

las diosas en riquísimos estrados,

los dioses en fino oro de Zofala,

de Neptuno son todos regalados,

el dios Baco con él está a la iguala;

y con suave olor la arabia masa

que nace dentro el mar hinche la casa.

Estando sosegado ya el tumulto

de dioses y de sus recibimientos,

comienza a descubrir del pecho oculto

la razón Tioneo de sus tormentos;

un poco entristeciéndose en el bulto,

dando muestra de grandes sentimientos,

por dar a los del Luso triste muerte

con hierro ajeno, habla de esta suerte:

»Príncipe que de juro señoreas

de un polo al otro polo el mar airado,

y como tú lo quieres y deseas,

término das al mundo limitado,

y tú, padre Oceano, que rodeas

el globo de la tierra que has cercado,

y a ninguno permites, aunque amigo,

que tus límites pase sin castigo.

»Y los demás que nunca habéis sufrido

injuria en vuestro reino chica o grande,

que con castigo igual no hayáis tenido

venganza de este tal que en la mar ande,

¿cómo en tanto descuido habéis vivido,

quién puso en tanto grado que os ablande

los pechos con razón endurecidos

contra los hombres flacos y atrevidos?

»Visteis que con grandísima osadía

el cielo acometieron más supremo;

visteis aquella loca fantasía

de tentar a la mar con vela y remo;

visteis y veis ahora cada día

empresas tan soberbias, que me temo

serán del cielo y agua Lusitanos

los dioses, y nosotros los humanos.

»Veis ahora la poca y flaca gente

que de un vasallo mío nombre toma,

con soberbia de pecho y alta frente

a vos y a mí y al mundo todo doma:

ved cómo corta el mar del Oriente,

a do jamás llegó fuerza de Roma:

ved cómo, el reino de agua sojuzgando,

los estatutos vuestros van quebrando.

»Yo vi contra los Minias, que primero

camino por el agua en nao hicieron,

que injuriado Bóreas y el parcero

Aquilo a los demás les resistieron:

si del ayuntamiento venturero

los vientos esta injuria así sintieron,

vos, a quien más compete esta venganza,

¿qué esperáis, qué queréis con tal tardanza?

»Y no consiento, dioses, que ninguno

piense que por su amor bajé del cielo,

ni que siento la injuria de Neptuno:

la mía es la que temo yo y recelo;

mi suerte lloro, que el hado importuno

en mis victorias ponga obscuro velo,

y lo que yo gané por el Oriente

lo vea ser rendido de esta gente.

»Que el gran señor y hados que destinan

a su albedrío el ser del bajo mundo

mayor fama que a nadie determinan

darle por el mar ancho del profundo.

Mirad, oh dioses sacros, si se inclinan

por pasión los del cielo, que segundo

se ve, nadie tendrá menos valía

que quien con más razón valer debía.

»Y por esto bajé del cielo huyendo,

buscando algún remedio a mis pesares,

por ver si lo que en él se fué perdiendo

lo hallaré ganado en vuestros mares.»

Queriendo decir más, vanle impidiendo

las perlas que llorando caen a pares

de los húmedos ojos, con que luego

se encienden las deidades de agua en fuego.

La ira con que al punto fué alterado

el corazón de todos los vivientes

no sufre más consejo bien pensado

ni dilación mayor, ni inconvenientes.

Al grande Eolo envían un recado,

de parte de Neptuno y sus clientes,

que dé suelta a los vientos repugnantes,

con que no haya en el mar más navegantes.

Proteo bien quisiera haber audiencia

para decir allí lo que sentía,

y según lo descubre su presencia,

era alguna profunda profecía;

mas en todos hallaba resistencia

de aquella tumultuosa compañía,

y Tetis, indignada, dijo en alto:

«Proteo, no es Neptuno en ciencia falto.»

Luego el soberbio Hipótades soltaba

de la cárcel los vientos furïosos,

el furor con palabras avivaba

contra nuestros guerreros animosos:

al punto el claro cielo se entoldaba,

que los vientos comienzan impetuosos

a correr por el mar fuerzas tomando,

torres, montes y casas derribando.

En cuanto este consejo se hacía

en el acuoso asiento, nuestra flota

con viento sosegado proseguía

por el tranquilo mar su larga rota.

Era cuando la luz del claro día

del hemisferio Eoo está remota;

los del cuarto de prima se acostaban,

y al segundo los otros despertaban.

Del gran sueño vencidos, mal despiertos,

bocezando a menudo se albergaban

por sobre las antenas, descubiertos

sin defensa a los vientos que soplaban;

los ojos con trabajo grande abiertos,

los perezosos miembros estiraban,

remedios contra el sueño buscar quieren,

historias cuentan, casos mil refieren.

«¿Cómo será mejor, uno decía,

este tiempo pasar grave y pesado

sino con algún cuento de alegría

con que nos deje el sueño tan cargado?»

Responde Leonardo, que traía

pensamientos de firme enamorado:

«¿Qué cuentos contarán que sean mejores,

para pasar el tiempo, que de amores?»

«No es, dijo Veloso, cosa justa

de blanduras tratar en la aspereza

que el trabajo del mar, que nos desgusta,

no consiente blanduras ni terneza;

antes de dura guerra, cruel, robusta,

aquesta historia sea, pues dureza

nuestra vida ha de ser a lo que entiendo,

que el mal que ha de venir lo está diciendo.»

Todos vienen en ello y encomiendan

a Veloso que cuente lo que aprueba:

«Yo lo contaré, dijo, como entiendan

que no es fábula antigua o ficción nueva;

y porque los oyentes de aquí aprendan

a hacer hechos grandes de alta prueba,

diré de los que son de nuestra tierra

los doce de la guerra de Inglaterra.

»En tiempo que las riendas de su reino

el rey don Juan primero moderaba,

gozando de la paz con su gobierno

que el cercano enemigo perturbaba,

dentro de Inglaterra, que en invierno

perpetuo con la nieve blanqueaba,

la fiera Erimnis siembra tal cizaña

que fuese inmortal fama a nuestra España.

»Entre las damas de la corte inglesa

y nobles cortesanos hubo un día

una grave discordia sobre mesa,

o fué por opinión o por porfía;

los cortesanos, a quien poco pesa

decir graves palabras de osadía,

dicen sustentarán que honras y famas

en tales damas no hay para ser damas.

»Y si alguno con lanza o con espada

quisiere demandarles lo contrario,

ellos en campo raso o estacada

convencerán con muerte al adversario:

la femenil flaqueza, poco usada

a semejante afrenta, el necesario

auxilio implora luego de las gentes,

buscándolo entre amigos y parientes.

»Mas como fuesen grandes y pujantes

del reino los galanes, no se atreven

ni parientes ni amigos ni aun amantes

a sustentar las damas como deben.

Con lágrimas humanas, y bastantes

a que tras sí los sacros dioses lleven,

echadas por el rostro de alabastro,

se van todas al duque de Alencastro.