ACTO III


EMBRIAGUEZ MORTAL


Una sala magnífica del palacio Negroni. Á la derecha una puerta de escape.—En el fondo se abre una gran puerta de dos hojas. En el centro una mesa soberbiamente servida á la moda del siglo XVI. Pajecillos negros vestidos de brocado de oro, circulan en torno.—En el momento de levantarse el telón hay catorce convidados en la mesa, Jeppo, Maffio, Ascanio, Oloferno, Apóstolo, Genaro y Gubetta, y siete mujeres jóvenes, lindas, lujosamente engalanadas. Todos beben ó comen, ó ríen á carcajadas con sus vecinas, excepto Genaro, que está pensativo y silencioso.

PERSONAJES

ESCENA I

JEPPO, MAFFIO, ASCANIO, OLOFERNO, APÓSTOLO, GUBETTA, GENARO, mujeres, pajes

Oloferno (con el vaso en la mano).—¡Viva el vino de Jerez! Jerez de la Frontera es una ciudad del paraíso.

Maffio (con el vaso en la mano).—El vino que bebemos vale más que las historias que contáis, Jeppo.

Ascanio.—Jeppo tiene la manía de contar historias cuando ha bebido.

Apóstolo.—El otro día era en Venecia, en casa del Serenísimo dux Barbarigo; hoy es en Ferrara, en casa de la divina princesa Negroni.

Jeppo.—El otro día era una historia lúgubre; hoy es una historia alegre.

Maffio.—¡Una historia alegre, Jeppo! De cómo don Silicio, galante caballero de treinta años, que había perdido su patrimonio, se casó con la riquísima marquesa Calpurnia, que contaba cuarenta y ocho primaveras. ¡Por Baco! ¡Eso os parece alegre!

Gubetta.—Es triste y común. Un hombre arruinado que se casa con una mujer caduca es cosa que se ve todos los días.

(Sigue comiendo. De vez en cuando algunos se levantan y van á hablar en el proscenio mientras continúa la orgía.)

La Princesa Negroni (Á Maffio, señalándole á Genaro.)—Señor conde Orsini, tenéis ahí un amigo que me parece estar muy triste.

Maffio.—Siempre está así, señora. Me dispensaréis que lo haya traído sin que le hubiéseis hecho la gracia de invitarle. Es mi hermano de armas. Me ha salvado la vida en el asalto de Rímini; y en el ataque del puente de Vicenza recibí una estocada que le iba dirigida. No nos separamos nunca. Vivimos juntos. Un gitano nos ha predicho que moriríamos el mismo día.

La Negroni (riendo).—¿Os ha dicho si sería por la mañana ó por la noche?

Maffio.—Nos ha dicho que sería por la mañana.

La Negroni (riendo más fuerte).—Vuestro gitano no sabía lo que se decía. ¿Y le queréis vos mucho á ese joven?

Maffio.—Tanto como un hombre puede querer á otro.

La Negroni.—Vamos, os bastáis uno á otro. ¡Dichosos sois!

Maffio.—La amistad no llena todo el corazón, señora.

La Negroni.—¡Dios mío! ¿Qué es lo que llena todo el corazón?

Maffio.—El amor.

La Negroni.—Vos tenéis el amor en la boca.

Maffio.—Y vos en los ojos.

La Negroni.—¡Sois singular!

Maffio.—¡Y vos cuán bella sois!

(La coge del talle.)

La Negroni.—Señor conde Orsini, dejadme.

Maffio.—¿Un beso en vuestra mano?

La Negroni.—¡No!

(Se le escapa.)

Gubetta (acercándose á Maffio).—Vuestros asuntos con la princesa llevan buena marcha.

Maffio.—Me dice siempre que no.

Gubetta.—En boca de una mujer, No es el hermano mayor de .

Jeppo (llegando de pronto á Maffio).—¿Qué te parece la Princesa Negroni?

Maffio.—Adorable. Aquí, para entre nosotros, comienza á interesarme vivamente.

Jeppo.—¿Y su cena?

Maffio.—Una orgía perfecta.

Jeppo.—La princesa está viuda.

Maffio.—¡Bien se conoce por su alegría!

Jeppo.—Espero que ya no desconfiarás de su cena.

Maffio.—¡Yo! de ningún modo; estaba loco.

Jeppo (á Gubetta).—Señor de Belverana, ¿creeréis que Maffio temía venir á cenar con la princesa?

Gubetta.—¿Por qué?

Jeppo.—Porque el palacio Negroni está contiguo al de los Borgias.

Gubetta.—¡Al diablo los Borgias y bebamos!

Jeppo (en voz baja á Maffio).—Lo que me place en ese Belverana es que no aprecia á los Borgias.

Maffio (en voz baja).—En efecto, no deja nunca de enviarlos al diablo con una gracia particular; pero, amigo Jeppo...

Jeppo.—¿Y bien?

Maffio.—Le observo desde que comenzó la cena, y me parece extraño que no haya bebido aún más que agua.

Jeppo.—¡Vamos! ya vuelves á concebir sospechas, amigo mío; tienes un vino muy monótono.

Maffio.—Tal vez tengas razón, estoy loco.

Gubetta (volviendo y mirando á Maffio de pies á cabeza).—¿Sabéis, caballero, que estáis dotado de una complexión muy propia para vivir noventa años, y que por tal concepto os asemejáis mucho á un abuelo mío que alcanzó esta edad, y que se llamaba Gil-Basilio-Fernán-Ireneo-Frasco-Frasquito-Felipe, conde de Belverana?

Jeppo.—¡Vaya una letanía, señor de Belverana!

Gubetta.—¡Ah! nuestros padres acostumbraban á darnos más nombres de pila que escudos para casarnos. Pero... ¿quién ríe tanto allá abajo? (Aparte.) Será preciso que las mujeres tengan un pretexto para marcharse. ¿Cómo lo haremos?

(Vuelve á sentarse á la mesa.)

Oloferno (bebiendo).—¡Vive el cielo, señores, que jamás pasé una noche tan deliciosa! Señoras, probad ese vino; es más dulce que el Lácrima Cristi, y más ardiente que el de Chipre. ¡Es vino de Siracusa, señores!

Gubetta (comiendo).—Oloferno está beodo, según parece.

Oloferno.—Señoras, será preciso que os recite algunos versos que acabo de componer. Quisiera ser más poeta de lo que soy para cantar tan admirables festines.

Gubetta.—Yo quisiera ser más rico de lo que soy para ofrecer otros á mis amigos.

Oloferno.—Nada es tan dulce como cantar una hermosa mujer y disfrutar de una buena comida.

Gubetta.—Ó lo que es mejor, abrazar á la una y consumir la otra.

Oloferno.—Sí, quisiera ser poeta para elevarme al cielo; quisiera tener alas...

Gubetta.—De faisán en mi plato.

Oloferno.—Voy á recitaros mi soneto.

Gubetta.—¡Voto al diablo! señor marqués de Vitellozzo, os dispenso el soneto; dejadnos beber.

Oloferno.—¿Me dispensáis mi soneto?

Gubetta.—Sí, como á los perros de morderme, al Papa de bendecirme, y á los transeúntes de apedrearme.

Oloferno.—¡Vive Dios! creo que me insultáis, caballerito español.

Gubetta.—No os insulto, gigantón italiano; pero no quiero oir vuestro soneto; mi gaznate necesita más el vino de Chipre que mis oídos la poesía.

Oloferno.—¡Pues os he de cortar las orejas para clavároslas en los talones!

Gubetta.—¡Sois un belitre! ¡Habráse visto otro mostrenco igual, embriagado con vino de Siracusa, y que parece borracho de cerveza!

Oloferno.—¡Por vida del diablo!... ¡os voy á descuartizar!

Gubetta (trinchando un faisán).—No os diré otro tanto, porque yo no trincho volátiles como vos... ¿señoras, gustáis de un poco de faisán?

Oloferno (precipitándose para coger un cuchillo).—¡Pardiez! ¡quiero abrir en canal á ese tunante, aunque sea más caballero que el emperador!

Las mujeres (levantándose de la mesa).—¡Cielos, van á batirse!

Los hombres.—¡Poco á poco, Oloferno!

(Desarman á Oloferno, que quiere precipitarse sobre Gubetta, y entre tanto las mujeres desaparecen por la puerta lateral.)

Oloferno (forcejeando).—¡Vive Dios!

Gubetta.—Rimáis tan bien con esa palabra, mi querido poeta, que habéis hecho huir á las damas. Sois un torpe.

Jeppo.—Eso es verdad. ¿Dónde diablos se habrán ido?

Maffio.—Habrán tenido miedo: cuchillo que reluce, mujer que huye.

Ascanio.—¡Bah! ya volverán.

Oloferno (amenazando á Gubetta).—¡Ya te encontraré mañana, Belverana del diablo!

Gubetta.—Mañana no hay inconveniente. (Oloferno se sienta vacilante y con cólera; Gubetta suelta la carcajada.) ¡Qué imbécil, hacer huir así á las más lindas mujeres de Ferrara con un cuchillo de mesa! ¡Enfadarse por los versos! ¡Ahora creo que tiene alas; ese Oloferno no es un hombre, sino un ganso!

Jeppo.—¡Haya paz, señores! Ya os cortaréis mañana el cuello como es debido; batíos al menos como caballeros, con espadas, y no con cuchillos.

Ascanio.—Á propósito, ¿qué hemos hecho de nuestras espadas?

Apóstolo.—¿Olvidáis que nos han obligado á dejarlas en la antecámara?

Gubetta.—¡Y la precaución ha sido buena, pues de lo contrario nos habríamos batido delante de las damas, por lo cual se habrían sonrojado hasta los flamencos de Flandes, ebrios de tabaco!

Genaro.—¡Buena precaución, en efecto!

Maffio.—¡Pardiez, hermano Genaro, he aquí la primera palabra que pronuncias desde que comenzó la cena, y nunca bebes! ¿Piensas en Lucrecia Borgia? Decididamente tienes algún amorío con ella: no lo niegues.

Genaro.—¡Dame de beber, Maffio! No abandono á mis amigos ni en la mesa ni en el juego.

Un paje negro (con dos frascos en la mano).—Señores, ¿queréis vino de Chipre ó de Siracusa?

Maffio.—De Siracusa; es el mejor.

(El paje negro llena las copas.)

Jeppo.—¡Por vida de Oloferno! ¿No volverán esas damas? (Se dirige sucesivamente á las dos puertas.) ¡Están cerradas por fuera, señores!

Maffio.—¿Tendréis miedo á vuestra vez, Jeppo? No quieren que las persigamos. Es muy natural.

Genaro.—¡Bebamos, señores!

(Se oye el choque de las copas.)

Maffio.—¡Á tu salud, Genaro! Brindo por que halles pronto á tu madre.

Genaro.—¡Dios te oiga!

(Todos beben, excepto Gubetta, que arroja el vino por encima del hombro.)

Maffio (en voz baja á Jeppo).—Ahora sí que lo he visto, Jeppo.

Jeppo (en voz baja).—¿El qué?

Maffio.—Belverana no ha bebido.

Jeppo.—¡Cómo!

Maffio.—Le he visto arrojar el vino por encima del hombro.

Jeppo.—Está ebrio, y tú también.

Maffio.—Es posible.

Gubetta.—¡Venga una canción báquica, señores! Voy á cantaros una que valdrá más que el soneto de Oloferno, y juro por el cráneo de mi padre que no la compuse yo, puesto que no soy poeta ni tengo bastante ingenio para hacer que dos rimas se besen expresando una idea. He aquí mi canción, cuyo asunto es muy delicado, pues tiende á demostrar que el cielo pertenece á los borrachos.

Jeppo (en voz baja á Maffio).—Está más embriagado que borracho.

Todos (excepto Genaro).—¡La canción, la canción!

Gubetta (cantando):

Abre la puerta, San Pedro
al alegre bebedor,
que con voz robusta y fuerte
quiere cantar ¡Gloria Domino!

Todos (á coro, excepto Genaro).—¡Gloria Domino!

(Chocan las copas, riendo á carcajadas. De repente se oyen voces lejanas que cantan con tono lúgubre.)

Voces (fuera).—Sanctum et terribile nomen ejus. Initium sapientiæ timor Domini.

Jeppo (riendo ruidosamente).—¡Escuchad, señores! Mientras nosotros entonamos la canción báquica, el eco canta vísperas.

Todos.—¡Escuchemos!

Voces (fuera, y un poco más próximas).—Nisi Dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam.

(Todos ríen á carcajadas.)

Jeppo.—Canto llano del más puro.

Maffio.—Alguna procesión que pasa.

Genaro.—¡Á media noche! Es un poco tarde.

Jeppo.—¡Bah! Continuad, caballero Belverana.

Jeppo.¡Qué lazo tan espantoso!

Voces (fuera, y más próximas aún).—Oculos habent et non videbunt. Nares habent et non odorabunt. Aures habent, et non audient.

(Todos ríen cada vez con más fuerza.)

Jeppo.—¡Serán chillones esos frailes!

Maffio.—¡Mira, Genaro! las lámparas se apagan aquí, y nos quedamos á oscuras.

(Las lámparas palidecen, como si les faltara el aceite.)

Voces (fuera y más cerca).—Manus habent et non palpabunt; pedes habent et non ambulabunt; non clamabunt in gutture suo.

Genaro.—Me parece que las voces se aproximan.

Jeppo.—Diríase que la procesión está ahora debajo de nuestras ventanas.

Maffio.—Son las oraciones de difuntos.

Ascanio.—Será algún entierro.

Jeppo.—Bebamos á la salud del que van á enterrar.

Gubetta.—¿Sabéis que no habrá más de uno?

Jeppo.—¡Pues bien, á la salud de todos!

Apóstolo (á Gubetta).—¡Bravo! continuemos por nuestra parte la invocación de San Pedro.

Gubetta.—Sed más cortés; se debe decir: al señor San Pedro, digno portero del paraíso.

(Canta.)

Todos (chocando sus copas y profiriendo carcajadas):

¡Gloria Domino!

(La gran puerta del fondo se abre silenciosamente de par en par y se ve fuera una inmensa sala tapizada de negro, iluminada por algunas antorchas y con una gran cruz de plata en el fondo. Una larga fila de penitentes, blancos y negros, á los que sólo se les ven los ojos por los agujeros de la capucha, avanza precedida de una cruz y llevando cada monje un cirio en la mano. Entran por la puerta grande cantando con acento lúgubre y en voz alta):

¡De profundis clamavi ad te, Domine!

(Se alinean silenciosamente en ambos lados de la sala, permaneciendo inmóviles como estatuas; mientras que los jóvenes caballeros los miran con estupor.)

Maffio.—¿Qué quiere decir eso?

Jeppo (esforzándose para reirse).—Es una broma. Apuesto mi caballo contra un cerdo, y mi nombre de Liveretto contra el de Borgia, á que son nuestras encantadoras condesas las que se han disfrazado de ese modo para ponernos á prueba, y que si levantamos una de esas capuchas veremos debajo el lindo rostro de una hermosa mujer. Mirad. (Levanta sonriendo una de las capuchas, y queda petrificado al ver el rostro lívido de un monje, que permanece inmóvil con el cirio en la mano y la vista baja. Deja caer la capucha y retrocede.) ¡Esto comienza á ser extraño!

Maffio.—No sé por qué se me hiela la sangre en las venas.

Los penitentes (cantando con voz sonora).—¡Conquassabit capita in terra multorum!

Jeppo.—¡Qué lazo tan espantoso! ¡Nuestras espadas, vengan nuestras espadas! ¡Señores, aquí estamos en casa del demonio!

ESCENA II

Los mismos, LUCRECIA

Lucrecia (apareciendo de repente, vestida de negro, en el umbral de la puerta).—¡Estáis en mi casa!

Todos (excepto Genaro que observa desde un rincón, donde Lucrecia no le ve).—¡Lucrecia Borgia!

Lucrecia.—Hace pocos días, todos los que estáis aquí, pronunciabais mi nombre con expresión de triunfo, y hoy lo hacéis con espanto. Sí, ya podéis mirarme con esos ojos atónitos por el terror; soy yo, señores, y vengo para deciros que todos estáis envenenados, y que á ninguno de vosotros le queda una hora de vida. No os mováis, porque la sala contigua está llena de soldados. ¡Á mi vez podré hablaros alto y pisaros la cabeza! ¡Jeppo Liveretto, vé á reunirte con tu tío Vitelli, á quien mandé dar de puñaladas en los subterráneos del Vaticano! ¡Ascanio Petrucci, vé á buscar á tu primo Pandolfo, á quien asesiné para robarle su palacio! ¡Oloferno Vitellozzo, tu tío te espera, ya sabes, Yago Appiani, á quien envenené en una fiesta! ¡Maffio Orsini, pronto podrás hablar de mí en el otro mundo á tu hermano el de Gravina, á quien mandé estrangular durante su sueño! ¡Apóstolo Gazella, yo hice decapitar á tu padre Francisco Gazella, y asesinar á tu primo Alfonso de Aragón, según tú dices: vé á reunirte con ellos! Me obsequiasteis con un baile en Venecia, y os correspondo con una cena en Ferrara. ¡Fiesta por fiesta, señores!

Jeppo.—¡He aquí un triste despertar, Maffio!

Maffio.—¡Pensemos en Dios!

Lucrecia.—¡Ah, amiguitos míos del último carnaval, ya sé que no esperabais esto! Me parece que esto es vengarse bien. ¿Qué opináis, señores? Creo que no está del todo mal para una mujer. (Á los monjes.) Padres míos, conducid á esos caballeros á la sala contigua, que ya está preparada; confesadlos, y aprovechad los pocos instantes que les quedan para salvar en ellos lo que aún sea posible. Señores, aquellos que entre vosotros tengan alma, deben apresurarse. Estad tranquilos; esos dignos padres son monjes de San Sixto, á quienes el Padre santo ha permitido ayudarme en ocasiones como la presente. Y si me he cuidado de vuestras almas, advertid que no he olvidado los cuerpos. ¡Mirad! (Á los monjes que están delante de la puerta del fondo.) Apartad un poco para que estos señores vean. (Los monjes se desvían, y entonces se ven cinco ataúdes, cubierto cada cual con un paño negro y alineados delante de la puerta.) Ya lo veis, hay cinco. ¡Ah caballeros! ¡Arrancáis la piel á una desgraciada mujer, creyendo que ésta no se vengará! ¡Ved ahora vuestros ataúdes!

Genaro (á quien no ha visto hasta entonces, da un paso).—¡Se necesita otro, señora!

Lucrecia.—¡Cielos, Genaro!

Genaro.—El mismo.

Lucrecia.—Que todo el mundo salga de aquí y nos dejen solos... ¡Gubetta, suceda lo que quiera, y aunque se oiga algo de lo que ha de pasar aquí, que no éntre nadie!

Gubetta.—Está bien.

(Los monjes salen procesionalmente, conduciendo entre sus filas á los cinco caballeros vacilantes y aturdidos.)

ESCENA III

GENARO, LUCRECIA

(Sólo iluminan la sala algunas lámparas moribundas, y se han cerrado las puertas. Lucrecia y Genaro, solos, se miran algunos instantes en silencio, como no sabiendo por dónde comenzar.)

Lucrecia (hablándose á sí misma).—¡Es Genaro!

Canto de los monjes (fuera).—Nisi Dominus ædificaverit domum, in vanum laborant qui ædificant eam.

Lucrecia.—¡Otra vez vos, Genaro! ¡Habréis de estar siempre allí donde descargo mis golpes! ¡Santo cielo! ¿cómo os habéis mezclado en todo esto?

Genaro.—Lo sospechaba.

Lucrecia.—¡Otra vez estáis envenenado, y vais á morir!

Genaro.—Si quiero... tengo el antídoto.

Lucrecia.—¡Ah! ¡Dios sea loado!

Genaro.—Una palabra, señora; vos sois experta en la materia, y podréis decirme si hay bastante elíxir en este frasquito para salvar á los caballeros que esos monjes conducen á la tumba.

Lucrecia (examinando el frasco).—¡Apenas hay bastante para vos, Genaro!

Genaro.—¿No podéis obtener más al punto?

Lucrecia.—Os he dado cuanto tenía.

Genaro.—Está bien.

Lucrecia.—¿Qué hacéis, Genaro? Despachad; no juguéis con cosas tan terribles, pues nunca se bebe á tiempo un contra-veneno. ¡Apuradlo, en nombre de Dios! ¡Qué imprudencia habéis cometido! Asegurad vuestra vida, y yo os facilitaré la salida de palacio por una puerta oculta que conozco. Todo se puede remediar aún; es de noche; muy pronto tendré dos caballos ensillados, y mañana á primera hora estaréis lejos de Ferrara. ¿No es verdad que suceden cosas terribles? ¡Bebed y marchemos; es preciso vivir; es forzoso salvaros!

Genaro (tomando un cuchillo de la mesa).—¡No; ahora vais á morir, señora!

Lucrecia.—¡Cómo! ¿Qué decís?

Genaro.—Digo que acabáis de envenenar traidoramente á cinco caballeros, que eran mis mejores amigos, contándose entre ellos Maffio Orsini, mi hermano de armas, que me salvó la vida una vez, y á quien debo vengar, porque las injurias que recibimos son comunes. Digo que habéis cometido un acto infame; que debo vengar á Maffio y á los demás, y que vais á morir.

Lucrecia.—¡Cielos!

Genaro.—Rezad vuestra última oración, y que sea corta, señora, porque estoy envenenado y no puedo esperar.

Lucrecia.—¡Bah! eso no puede ser. ¡Genaro matarme á mí! ¿Sería posible?

Genaro.—Es la pura verdad, señora, y juro por Dios que en vuestro lugar ya estaría orando de rodillas... Ahí tenéis un sillón que os servirá para el caso.

Lucrecia.—No; os digo que es imposible. Entre las más terribles ideas que cruzan mi espíritu, jamás me había ocurrido esta... ¡Pues bien, ya que levantas el cuchillo, espera, Genaro! Debo decirte alguna cosa.

Genaro.—Pronto.

Lucrecia.—¡Deja ese cuchillo, desgraciado, arrójale! ¡Si tú supieras... Genaro! ¿Sabes quién eres, y quién soy? Tú ignoras hasta qué punto me perteneces. ¿Será preciso decirlo todo? La misma sangre circula por nuestras venas, Genaro; ¡tu padre fué Juan Borgia, duque de Gandía!

Genaro.—¡Vuestro hermano! ¡Conque sois mi tía! ¡Ah, señora!

Lucrecia (aparte).—¡Su tía!

Genaro.—¡Ah! soy vuestro sobrino. ¡Ah! ¡mi madre fué esa infeliz duquesa de Gandía á quien todos los Borgias hicieron tan desgraciada! Señora, mi madre se refería á vos en sus cartas; sois una de aquellas parientas desnaturalizadas de quien me hablaba con horror, que mató á mi padre, y que hizo llorar lágrimas de sangre á su esposa. ¡Ah! ¡ahora debo vengarlos á los dos! ¡Conque sois mi tía y yo un Borgia! ¡Es lo bastante para volverme loco! Escuchadme; habéis vivido demasiado tiempo, y estáis tan cargada de crímenes, que debéis haber llegado á ser odiosa y abominable para vos misma; sin duda estaréis cansada de vivir, y será preciso acabar de una vez. En las familias como las nuestras, en las que el crimen es hereditario y se transmite de padre á hijo como el nombre, siempre sucede que esta fatalidad termina por un asesinato, de ordinario en la misma familia, último crimen que lava todos los demás. Jamás se censuró á un caballero por haber cortado una mala rama del árbol de su casa. El español Mudarra mató á su tío, Rodrigo de Lara, por menos de lo que habéis hecho, y todos elogiaron su acto. ¿Me comprendéis, tía mía? ¡Vaya pues, ya hemos hablado bastante! ¡Recomendad vuestra alma á Dios, si creéis en Dios y en vuestra alma!

Lucrecia.—¡Genaro, por piedad para ti! Aún eres inocente. ¡No cometas tal crimen!

Genaro.—¡Un crimen! ¡Oh! mi tía se trastorna. ¡Será esto un crimen! ¡Pues bien! aunque le cometa, soy un Borgia, y nada tiene de particular. ¡De rodillas os digo, tía, de rodillas!

Lucrecia.—¿Dices verdaderamente lo que piensas, Genaro? ¿Es así cómo pagas el amor que te profeso?

Genaro.—¡Amor!...

Lucrecia.—Es imposible. Quiero salvarte; llamaré, gritaré...

Genaro.—No abriréis esa puerta, ni tampoco daréis un paso; y en cuanto á vuestros gritos, no os salvarán. ¿No acabáis de ordenar vos misma que no éntre nadie, oigan lo que quieran de lo que ha de pasar aquí?

Lucrecia.—¡Pero eso es una cobardía, Genaro! ¡Matar á una mujer indefensa! ¡Oh, los sentimientos de tu alma son más nobles! Escúchame; me matarás después si quieres, pues no me importa la vida; pero es preciso que mi pecho se desahogue, porque está lleno de angustia por tu proceder. Tú eres un niño, y la juventud es siempre demasiado severa. ¡Oh! si he de morir, no quiero que sea de tu mano; no sabes hasta qué punto esto sería horrible. Por otra parte, Genaro, mi hora no ha llegado aún. Cierto que he cometido muchas maldades, y que soy una gran criminal; mas por lo mismo se me debe dejar tiempo para reconocerlo y arrepentirme. Es indispensable, ¿lo oyes, Genaro?

Genaro.—Sois mi tía; sois la hermana de mi padre. ¿Qué habéis hecho de mi madre?

Lucrecia.—¡Espera, espera! Dios mío, no me es posible decirlo todo; y aunque te lo dijese, tal vez fuera sólo para redoblar tu horror y tu desprecio. ¡Escúchame un instante... yo deseo que me recibas arrepentida á tus pies! Tú me perdonarás ¿no es cierto? Pues bien, ¿quieres que me retire á un claustro y me encierre para toda la vida? Si te dijesen: «Esa desgraciada mujer se ha hecho rasar el cabello, duerme sobre la ceniza, socava su propia fosa con las manos, y ruega á Dios noche y día para que dejes caer sobre ella una mirada de misericordia, para que viertas una lágrima sobre todas las llagas vivas de su corazón y de su alma, y para que no le digas más, como acabas de hacerlo, con esa voz tan severa como la del juicio final: “¡Vos sois Lucrecia Borgia!”». Si te dijeran todo esto, Genaro, ¿tendrías corazón para rechazarla? ¡Gracia, Genaro! Vivamos los dos, tú para perdonarme, y yo para arrepentirme. ¡Compadécete de mí! No has de tratar sin misericordia á una pobre mujer que sólo pide un poco de piedad. ¡Perdóname la vida!... Te lo digo, Genaro, por ti, porque tu acto sería verdaderamente cobarde, y además un crimen espantoso, un asesinato. ¡Un hombre matar á una mujer! ¡Oh, tú no harás eso!

Genaro (vacilante).—¡Señora!...

Lucrecia.—¡Oh! ¡ya lo veo, me perdonas! Me parece leerlo en tus ojos. ¡Déjame llorar á tus pies!

Una voz (fuera).—¡Genaro!

Genaro.—¿Quién me llama?

La voz.—¡Hermano Genaro!

Genaro.—¡Es Maffio!

La voz.—¡Genaro, me muero, véngame!

Genaro (levantando el cuchillo).—Está dicho. Ya no escucho nada. ¡Señora, es preciso morir!

Lucrecia (deteniéndole el brazo).—¡Perdón! ¡Escúchame!

Genaro.—¡No!

Lucrecia.—¡En nombre del cielo!

Genaro.—¡No!

(La hiere.)

Lucrecia.—¡Ah!... ¡me has muerto! ¡Genaro, soy tu madre!