EL HOMBRE DEL PUEBLO
Playa desierta á orillas del Támesis, en parte oculta por un antiguo parapeto ruinoso. Á la derecha una casa de mísero aspecto, en uno de cuyos ángulos se ve una pequeña estatua de la Virgen, iluminada por una mecha de estopa que arde en un enrejado de hierro. En el fondo, más allá del Támesis, la ciudad. Divísanse dos altos edificios, la Torre de Londres y la Abadía de Westminster.—El día comienza á declinar.
PERSONAJES
Varios hombres agrupados acá y allá en la playa, entre los cuales se hallan SIMÓN RENARD; JUAN BRIDGES, barón de CHANDOS; ROBERTO CLINTON, barón de CLINTON, y ANTONIO BROWN, vizconde de MONTAGU
Lord Chandos.—Tenéis razón, milord; es preciso que ese condenado italiano haya hechizado á la reina, porque ésta no puede prescindir de él; sólo por él vive, no está alegre sino en su presencia, y sólo á él escucha. Si pasa un día sin verle, sus ojos languidecen, como en aquel tiempo en que amaba al cardenal Polus. ¿Os acordáis?
Simón Renard.—Muy enamorada está ciertamente, y por lo tanto muy celosa.
Lord Chandos.—¡Ese italiano la tiene hechizada!
Lord Montagu.—Á decir verdad, asegúrase que los de su nación tienen filtros para ese objeto.
Lord Clinton.—Los árabes saben confeccionar sutiles venenos que matan, y los italianos conocen los que hacen amar.
Lord Chandos.—La reina está enamorada y enferma á la vez; debe haber bebido las dos clases de veneno.
Lord Montagu.—¿Pero es ese hombre realmente italiano?
Lord Chandos.—Parece haber nacido en Italia; pero pretende tener relaciones de parentesco con una distinguida familia española.
Lord Clinton.—Es un aventurero, de no sé qué país. Esos hombres que son cosmopolitas no tienen compasión en ninguna parte cuando llegan al poder.
Lord Montagu.—¿No decíais que la reina está enferma, Chandos? esto no le impide vivir alegremente con su valido.
Lord Clinton.—¡Alegremente! Mientras que la reina ríe, el pueblo llora y el favorito se enriquece; ese hombre come plata y bebe oro. La reina le ha cedido los bienes del gran lord Talbot, le ha hecho conde de Clanbrassil y barón de Dinasmonddy. Como si esto no bastara, el tal Fabiano Fabiani es también par de Inglaterra, como vos, Montagu, como vos, Chandos, como Stanley, Norfolk y yo, y como el rey. Tiene la orden de la Jarretera, lo mismo que el infante de Portugal, el rey de Dinamarca y Tomás Percy, séptimo conde de Northumberland. ¡Y qué duro es ese tirano que nos gobierna desde su lecho! Nunca pesó otro semejante sobre Inglaterra. ¡Y eso que he visto muchos déspotas, pues ya soy viejo! Setenta horcas hay en Tyburn; y el hacha del verdugo, afilada por las mañanas, se mella todas las noches. Cada día se inmola á algún caballero; anteayer fué Blantyre; ayer le tocó el turno á Northcurry, hoy á South-Reppo, y mañana á Tyrconnel. La semana próxima os llegará el turno, Chandos, y el mes entrante seré yo la víctima. ¡Señores, señores, es una vergüenza y una iniquidad que tantas cabezas inglesas caigan por el capricho de no sé qué miserable aventurero, que no es hijo de nuestro país! ¡Es insoportable y espantoso que un favorito napolitano pueda sacar tantos tajos como quiere de la habitación de esa reina! Los dos viven alegremente, según decís; mas ¡vive el cielo que esto es una infamia! ¡Ah! ¡los dos enamorados se divierten, mientras que el verdugo, siempre á su puerta, hace viudas y huérfanos! ¡Oh! ¡Su guitarra italiana va demasiado acompañada del ruido de las cadenas! ¡Señora reina, hacéis venir cantantes de la capilla de Avignon, y todos los días se representan en vuestro palacio comedias, y los estrados están llenos de músicos! ¡Pardiez, señora, menos alegría en vuestra casa, si os place, y menos duelo entre nosotros; menos víctimas aquí y menos verdugos allá; menos tumbas en Westminster, y no tantos cadalsos en Tyburn!
Lord Montagu.—Cuidado con lo que decís, porque nosotros somos súbditos leales. Hablad cuanto queráis de Fabiani; mas no de la reina.
Simón Renard (poniendo la mano en el hombro de lord Clinton).—¡Paciencia!
Lord Clinton.—¡Paciencia! Fácil es decir eso, señor Simón Renard. Sois baile de Amont en el Franco Condado, súbdito del Emperador, y su legado en Londres; representáis aquí al príncipe de España, futuro esposo de la reina, y vuestra persona es sagrada para el favorito; pero tratándose de nosotros, es otra cosa. Fabiani es para vos el pastor, y para nosotros el verdugo.
(Ha cerrado la noche.)
Simón Renard.—Ese hombre no me molesta menos que á vosotros, pues si teméis por vuestra vida, yo temo por mi honor, que es mucho más. No hablo, pero obro; no me anima tanta cólera como á vos, milord; mas en cambio, mi odio excede al vuestro. Yo aniquilaré al favorito.
Lord Montagu.—¡Oh! ¿cómo hacerlo? Todos los días pienso en ello.
Simón Renard.—No se hacen ni deshacen de día los favoritos de la reina, sino de noche.
Lord Chandos.—La de hoy es bien negra y pavorosa.
Simón Renard.—Á mí me parece magnífica para lo que trato de hacer.
Lord Chandos.—¿Qué es ello?
Simón Renard.—Ya lo veréis... Milord Chandos, cuando una mujer reina, el capricho gobierna; entonces, la política no es ya cuestión de cálculo, sino de casualidad; no se puede contar sobre nada, y el día de hoy no trae lógicamente el de mañana. Los negocios no se juegan ya al ajedrez, sino á los naipes.
Lord Clinton.—Todo eso está muy bien; pero vamos al hecho. Señor baile, ¿cuándo nos entregaréis al favorito? Es cosa urgente, porque mañana decapitan á Tyrconnel.
Simón Renard.—Si encuentro esta noche un hombre como el que busco, Tyrconnel cenará con vos mañana.
Lord Clinton.—¿Qué queréis decir? ¿Qué sucederá con Fabiani?
Simón Renard.—¿Tenéis buena vista, milord?
Lord Clinton.—Sí, aunque sea viejo y la noche esté negra, veo bastante.
Simón Renard.—¿Divisáis la ciudad de Londres al otro lado del río?
Lord Clinton.—Sí. ¿Por qué?
Simón Renard.—Mirad bien. Desde aquí se ve la subida y la bajada de todo favorito: Westminster y la Torre de Londres.
Lord Clinton.—¿Y bien?
Simón Renard.—Si Dios me ayuda, en este momento hay allí un hombre... (Señala la abadía de Westminster.) que mañana á la misma hora estará aquí.
(Señala la Torre.)
Lord Clinton.—¡Que el Señor os preste su ayuda!
Lord Montagu.—El pueblo no le odia menos que nosotros. ¡Qué fiesta habrá en Londres el día de su caída!
Lord Chandos.—Nos hemos puesto en vuestras manos, señor baile, y por lo tanto disponed de nosotros. ¿Qué se ha de hacer?
Simón Renard (mostrando la casa situada junto á la orilla).—¿Veis todos esa casa? Es la de Gilberto, el cincelador; no la perdáis de vista, y dispersaos con vuestra gente, aunque sin alejaros mucho. Sobre todo, no hagáis nada sin mí.
Lord Chandos.—Está bien.
(Todos se alejan por diversos lados.)
Simón Renard (solo).—No es fácil encontrar un hombre como el que necesito.
(Vase. Llegan Juana y Gilberto cogidos del brazo y se dirigen hacia la casa; acompáñales Joshua Farnaby, embozado en su capa.)
JUANA, GILBERTO y JOSHUA FARNABY
Joshua.—Aquí os dejo, amigos míos, porque ya es de noche y he de ir á prestar mi servicio en la Torre de Londres. ¡Ah! yo no estoy libre como vosotros; el carcelero no es más que una especie de preso. Vamos, adiós, Juana, adiós, Gilberto; me alegro mucho de que seáis felices. ¡Ah! dime tú, Gilberto, ¿cuándo es la boda?
Gilberto.—De aquí á ocho días. ¿No es verdad, Juana?
Joshua.—Ahora recuerdo que pasado mañana es Navidad, día de felicitaciones; pero yo no tengo ninguna que daros, puesto que es imposible desear más belleza en la novia y más amor en el novio. ¡Sois dichosos!
Gilberto.—¿No lo eres tú también, buen Joshua?
Joshua.—Ni feliz ni desgraciado, pues renuncié á todo hace tiempo. (Entreabre su capa y deja ver un manojo de llaves que pende de su cintura.) He aquí, Gilberto, algunas llaves de la prisión, cuyo sonido me acompaña de continuo, induciéndome á muchas reflexiones filosóficas. Cuando joven, era como los demás; estaba enamorado un día, acosábame la ambición durante un mes, y la locura todo el año. Era en tiempo de Enrique VIII, rey verdaderamente singular, rey que cambiaba de mujeres como éstas de vestidos; repudió á la primera, mandó cortar la cabeza á la segunda, dispuso que abrieran el vientre á la tercera; perdonó á la cuarta, aunque expulsándola; pero en cambio ordenó que decapitaran á la quinta. No creáis que os refiero el cuento de Barba-Azul, porque es la verdadera historia de Enrique VIII. En aquel tiempo ocupábame en la guerra y en cuestiones de religión, batiéndome por una y por otra; y eso era lo mejor que se podía hacer entonces, aunque el asunto era espinoso. Tratábase de ir en favor ó en contra del papa; la gente del rey ahorcaba á los que no le defendían; pero quemaban á cuantos se declaraban en contra; y la misma suerte sufrían los indiferentes, es decir los que no estaban por el rey ni por el papa. Cada cual salía del paso como podía, hallándose amenazado siempre por la cuerda ó la hoguera. Á mí me han chamuscado más de cuatro veces, y creo que me descolgaron de la horca dos ó tres un momento antes de efectuarse la ejecución. ¡Buen tiempo era aquel, poco más ó menos como éste! Sí, yo me batía por todo eso; pero lléveme el diablo si sé ahora por qué y para qué me batía. Cuando me hablan del maestro Lutero y del papa Pablo III me encojo de hombros. Mira, Gilberto, cuando se tiene el cabello gris no se deben profesar las opiniones por las cuales nos batíamos antes, ni tratar á las mujeres á quienes se hacía el amor á los veinte años, pues unas y otras parecen ya muy feas y viejas, raquíticas, llenas de arrugas y estúpidas. Esa es mi historia. Ya me he retirado de los negocios, y ya no soy soldado del rey ni del papa, sino carcelero de la Torre de Londres; no me bato por nadie, y encierro bajo llave á todo el mundo. Carcelero y viejo, tengo un pie en la prisión y el otro en la fosa. Yo soy quien recoge los restos de todos los ministros y favoritos que se prenden en palacio, lo cual es muy divertido. Además tengo un hijo á quien amo mucho, y vosotros dos, que merecéis todo mi cariño. Si sois felices, ya estoy contento.
Gilberto.—En tal caso, sé dichoso, Joshua.
Joshua.—Yo no puedo hacer nada por tu felicidad; pero Juana lo hará todo, porque la amas; y tampoco me será dado prestarte ningún servicio en mi vida, porque felizmente no eres bastante gran señor para necesitar nunca al llavero de la Torre de Londres. Juana pagará mi deuda al mismo tiempo que la suya, pues ella y yo te lo debemos todo; tú la recogiste y educaste cuando era una pobre niña huérfana y abandonada; y á mí me salvaste un día que me ahogaba en el Támesis.
Gilberto.—¿Á qué hablar siempre de eso, Joshua?
Joshua.—Para decirte que nuestro deber es amarte, yo como un hermano, y ella... como otra cosa.
Juana.—Como una esposa fiel; ya comprendo, Joshua.
(Entrégase á una profunda meditación.)
Gilberto (en voz baja á Joshua).—¡Mírala, Joshua! ¿No te parece que es hermosa y encantadora, y digna de un rey? No puedes imaginar cuánto la amo.
Joshua.—¡Cuidado! es imprudente amar tanto á una mujer. Tratándose de un niño, es otra cosa.
Gilberto.—¿Qué quieres decir?
Joshua.—Nada... De aquí á ocho días asistiré á vuestra boda. Espero que entonces me dejarán alguna libertad los asuntos del Estado, y que todo se acabará.
Gilberto.—¿Qué se acabará?
Joshua.—¡Ah! tú no debes ocuparte de estas cosas, porque estás enamorado. Tú eres del pueblo, y poco pueden importarte las intrigas de altas regiones, siendo tan feliz aquí abajo; pero puesto que me preguntas, te diré que se espera que de aquí á ocho días, ó tal vez dentro de veinticuatro horas, Fabiano Fabiani será sustituído por otro cerca de la reina.
Gilberto.—¿Quién es ese Fabiano Fabiani?
Joshua.—Es el amante de la reina, un favorito muy célebre y encantador, un favorito que tarda menos en hacer cortar la cabeza á un hombre, cuando le desagrada, que un burgomaestre flamenco en comerse una cucharada de sopa; es el mejor favorito que el verdugo de la Torre de Londres ha tenido hace diez años, pues ya sabes que el ejecutor recibe por cada cabeza de noble diez escudos de plata, y á veces cuarenta, si la cabeza es de importancia. Se desea mucho la caída de ese Fabiani, aunque á decir verdad, en mis funciones de carcelero sólo oigo hablar de él á los descontentos, á hombres á quienes se ha de cortar la cabeza dentro de un mes.
Gilberto.—¡Devórense los lobos entre sí! ¿Qué nos importan á nosotros la reina y su favorito? ¿No es verdad, Juana?
Joshua.—¡Oh! se está fraguando una tremenda conspiración contra Fabiani, y no tendrá poca suerte si sale bien de ella. No extrañaría que se intentase algún golpe esta noche, pues acabo de ver á maese Simón Renard rondando por ahí y muy meditabundo.
Gilberto.—¿Quién es ese Simón Renard?
Joshua.—¡Cómo! ¿no lo sabes? Es el brazo derecho del emperador en Londres. La reina debe casarse con el príncipe de España, cuyo representante es Simón Renard; la soberana le odia, pero le teme, y nada puede contra él. Ha destronado ya dos ó tres favoritos, pues su instinto le induce á dar en tierra con todos, y por esto hace una limpia en palacio de vez en cuando. Simón Renard es hombre muy sagaz y malicioso, que sabe cuanto pasa, y que socava siempre las intrigas subterráneas en todos los acontecimientos. En cuanto á lord Paget... ¿no me has preguntado también quién era? Pues te diré que es un caballero muy audaz, que ha entendido en los negocios en tiempo de Enrique VIII; es individuo del Consejo secreto, y tiene tal ascendiente, que los demás ministros no osan decir palabra delante de él, exceptuando, no obstante, el canciller, milord Gardiner, que le aborrece. Este lord Gardiner tiene un carácter muy violento, pero es de muy buena cuna; mientras que Paget tuvo por padre á un zapatero. Paget obtendrá muy pronto el título de barón de Beaudesert en Stafford.
Gilberto.—¡Qué enterado está Joshua de todas estas cosas!
Joshua.—¡Pardiez! de algo sirve oir hablar á los prisioneros de Estado. (Simón Renard aparece en el fondo del teatro.) Te aseguro, Gilberto, que el hombre que mejor sabe la historia de estos tiempos es el carcelero de la Torre de Londres.
Simón Renard (que ha oído las últimas palabras).—Os engañáis, maese, es el verdugo.
Joshua (en voz baja á Juana y á Gilberto).—Retirémonos un poco. (Simón Renard se aleja lentamente, desapareciendo después.) Ahí tenéis á Simón Renard.
Gilberto.—No me gustan esos hombres que rondan alrededor de mi casa.
Joshua.—¿Qué diablos buscará por aquí? Bueno será marcharme pronto, pues tal vez me prepare algún trabajo. ¡Adiós, Gilberto, adiós, hermosa Juana!
Gilberto.—¡Adiós, Joshua!... Pero dime ¿qué llevas oculto debajo de la capa?
Joshua.—¡Ah! yo también tengo mi complot.
Gilberto.—¿Qué complot?
Joshua.—Vosotros los enamorados lo olvidáis todo. Acabo de recordaros que pasado mañana es día de Navidad. Los señores preparan una sorpresa á Fabiani, y yo conspiro por mi cuenta. La reina tendrá tal vez un favorito nuevo, y yo voy á dar una muñeca á mi niña. (Saca una muñeca que lleva debajo de la capa.) También es nueva; veremos cuál dura más, si el favorito ó ella. ¡Dios os guarde, amigos míos!
Gilberto.—Hasta más ver, Joshua.
(Joshua se aleja; Gilberto toma la mano de Juana y la besa con pasión.)
Joshua (en el fondo del teatro).—¡Qué grande es la Providencia! ¡Á cada cual le da su juguete, la muñeca á la niña, la niña al hombre, el hombre á la mujer y la mujer al diablo!
GILBERTO, JUANA
Gilberto.—También debo separarme de ti. Adiós, Juana, duerme en paz.
Juana.—¿No queréis entrar esta noche, Gilberto?
Gilberto.—No me es posible. Ya te he dicho que debo concluir un trabajo en el taller esta noche; he de cincelar la empuñadura de una daga para no sé qué lord Clanbrassil, á quien no he visto nunca, y que la necesita para mañana.
Juana.—Pues entonces buenas noches, Gilberto.
Gilberto.—¡Un momento más, Juana! ¡Cuánto me cuesta separarme de ti, aunque sólo sea por algunas horas! ¡Tú eres mi vida y mi alegría, pero es preciso que vaya á trabajar, pues somos muy pobres! No quiero entrar, porque me quedaría, y debo marcharme. Mira, sentémonos algunos minutos á la puerta de tu casa, en ese banco; me parece que así me será menos difícil irme. Dame la mano. (Se sienta y le coge ambas manos, mientras Juana permanece de pie.) ¿Me amas, Juana?
Juana.—¡Oh! todo os lo debo, Gilberto, ya lo sé, aunque durante largo tiempo me lo hayáis ocultado. Muy pequeña, cuando apenas había dejado la cuna, mis padres me abandonaron, y vos me recogisteis. Hace diez y seis años habéis trabajado para mí como un padre, y vuestros ojos me han vigilado como los de una madre. ¿Qué sería yo sin vos, Dios mío? Todo lo que tengo me lo habéis dado; todo lo que soy, á vos lo debo.
Gilberto.—Juana, ¿me amas?
Juana.—¡Qué abnegación la vuestra, Gilberto! Día y noche trabajabais para mí sin tregua ni reposo, y aun hoy pasáis la noche en vela por mi causa. Sin embargo, jamás oí de vuestros labios una reprensión ni una palabra dura; nunca os dejáis llevar de la cólera; y aunque sois tan pobre, procuráis satisfacer mis caprichos de coqueta. Gilberto, sólo pienso en vos con las lágrimas en los ojos; algunas veces habéis carecido de pan, y á mí no me han faltado nunca cintas.
Gilberto.—¿Me amas, Juana?
Juana.—Gilberto, os besaría hasta los pies.
Gilberto.—Pero ¿me amas? Con todo eso que me dices, aún no me has contestado; una sola palabra es la que yo necesito, Juana. ¡Agradecimiento, siempre agradecimiento! ¡Oh! eso es cosa muy frívola; lo que yo quiero es amor ó nada. Juana, desde hace diez y seis años eres mi hija, y ahora vas á ser mi esposa; te había adoptado; quiero unirme contigo. De aquí á ocho días, pues tú has consentido en ello, se efectuará nuestro enlace. ¡Oh Juana! ¿me amabas cuando te comprometiste á esto? Hubo un tiempo, recuérdalo bien, en que me decías, mirando al cielo con tus hermosos ojos: «¡Te amo!» Así es cómo yo te quiero. Desde hace algunos meses, paréceme que algo ha cambiado en ti, sobre todo en estas tres últimas semanas en que el trabajo me obliga á estar ausente algunas noches. ¡Oh Juana! quiero que tú me ames, porque me has acostumbrado á ello. Tú, tan alegre en otro tiempo, siempre estás triste y preocupada ahora, por más que te esfuerzas para disimularlo; y yo conozco que las palabras de cariño no son en ti naturales como otras veces. ¿Qué tienes? ¿Es que no me amas ya? Soy seguramente un hombre honrado, un buen obrero; pero quisiera ser un ladrón ó un asesino con tal que me amases... ¡Juana, tú no sabes cuánto te adoro!
Juana.—Ya lo sé, Gilberto, y por eso lloro.
Gilberto.—¡De alegría! ¿No es cierto? Dime que es de alegría, porque necesito creerlo. En el mundo no hay nada como ser amado. Yo no soy más que un oscuro obrero; pero es preciso que mi Juana me ame. ¿Por qué me has de hablar siempre de lo que hice por ti? Deja todo tu agradecimiento á un lado y dime una sola palabra de amor. Por ti soy capaz de condenarme y de cometer un crimen si tú lo quisieras. Tú serás mi esposa ¿no es cierto? ¡Juana, por una mirada tuya daría cuanto tengo, por una de tus sonrisas mi vida, y por un beso mi alma!
Juana.—¡Qué noble corazón tenéis, Gilberto!
Gilberto.—Escucha, Juana, aunque te rías, te diré que estoy loco y celoso. No te ofendas... hace largo tiempo me parece ver á muchos jóvenes caballeros rondar por aquí. Ya sabes que yo tengo treinta y cuatro años, y sin duda comprendes que es una desgracia que un pobre obrero, mal vestido como yo, que ya no es joven ni buen mozo, ame á una encantadora muchacha de diez y siete abriles que llama la atención de apuestos y gallardos caballeros, dorados y brillantes como la luz que atrae á las mariposas. ¡Oh! yo sufro mucho; pero jamás te ofendo en mi pensamiento, á ti, tan casta y pura, á ti, cuya frente no han tocado aún mis labios. Sin embargo, paréceme á veces que te agrada en demasía ver pasar el séquito y el acompañamiento de la Reina, y á todos esos señores lujosamente vestidos de seda y terciopelo, pero que carecen de alma y corazón. ¡Perdóname!... no sé lo que me digo. Mas ¿por qué pasan por aquí tantos jóvenes caballeros? ¿Por qué no seré yo también noble y rico como ellos? ¡Ay, sólo soy Gilberto el cincelador! Lord Chandos, lord Fitz-Gerard, el conde de Arundel, el duque de Norfolk... ¡Oh! ¡cuánto aborrezco á esos nobles! Paso la vida cincelando para ellos empuñaduras de espadas, con las cuales quisiera atravesarles el pecho.
Juana.—¡Gilberto!
Gilberto.—Dispénsame, Juana. ¿No es verdad que el amor puede hacer al hombre muy malo?
Juana.—No, muy bueno. Vos lo sois, Gilberto.
Gilberto.—¡Oh! cada día te amo más, y quisiera morir por ti. Bien me correspondas ó no, yo seré tu esclavo. Estoy loco... Perdóname cuanto te he dicho. Ya es tarde, y debo retirarme. Adiós. ¡Dios mío, qué triste es separarme de ti! Entra en casa. ¿No tienes la llave?
Juana.—No, hace días que no sé lo que ha sido de ella.
Gilberto.—Aquí tienes la mía... Hasta mañana... No olvides que si ahora soy tu padre, dentro de ocho días seré tu esposo.
(La besa en la frente y vase.)
Juana (sola).—¡Mi esposo! ¡Oh! no; de ningún modo cometeré ese crimen. ¡Pobre Gilberto, él sí que me ama; mientras que el otro!... ¡Con tal que no haya preferido la vanidad al amor, infeliz de mí!... ¿De quién dependo yo ahora? ¡Oh, soy tan ingrata como culpable!... Oigo pasos, entremos pronto.
(Entra en la casa.)
GILBERTO, UN HOMBRE embozado en su capa, y cubierta la cabeza con un bonete amarillo.—El hombre tiene cogida una mano de Gilberto.
Gilberto.—Sí, te reconozco, tú eres el mendigo judío que ronda hace días esta casa. ¿Qué quieres? ¿Por qué me has cogido de la mano para conducirme hasta aquí?
El hombre.—Porque lo que debo deciros, sólo aquí puede decirse.
Gilberto.—Pues bien, habla y despáchate, porque voy de prisa.
El hombre.—Escucha, joven. Hace diez y seis años, en la misma noche en que lord Talbot, conde de Waterford, fué decapitado á la luz de las antorchas por cuestión de papismo y de rebeldía, sus partidarios murieron destrozados en las calles de Londres por la gente de Enrique VIII. El tiroteo duró algunas horas, y aquella noche, un joven obrero, mucho más ocupado en su oficio que en la guerra, trabajaba en su tiendecilla, que es la primera que se encuentra al entrar en el puente de Londres. Serían las dos de la madrugada, poco más ó menos, y cerca de allí arreciaba la lucha, oyéndose cómo silbaban las balas al cruzar el Támesis. De repente llamaron á la puerta de la tiendecilla, á través de cuya cerradura veíase el resplandor de la luz; el artesano abrió, y al punto entró un hombre á quien no conocía, llevando en los brazos una criatura en mantillas, que gritaba y lloraba. El hombre la depositó sobre la mesa y dijo: «He aquí una niña que ya no tiene padre ni madre». Después salió lentamente, cerrando la puerta tras sí. Gilberto, el obrero, era también huérfano, y aceptó la criatura; cuidó de ella, vistióla, quiso educarla, y al fin la amó. Consagróse del todo á la pobre criatura, conducida allí por la guerra civil; olvidó por ella su juventud, sus amoríos y placeres, y desde entonces ella fué el objeto único de su cariño y afecto. Esto ha durado diez y seis años. Gilberto, el obrero erais vos; la niña...
Gilberto.—Era Juana. Todo cuanto me habéis dicho es verdad; pero ¿por qué me explicáis esto?
El hombre.—Se me ha olvidado deciros que en los pañales de la criatura había un papel sujeto con un alfiler, y en el que se leían las siguientes palabras: Compadeceos de Juana.
Gilberto.—Estaban escritas con sangre; he conservado ese papel, y le llevo siempre conmigo. Pero me estáis mortificando... ¿veamos la conclusión?
El hombre.—Es muy sencilla. Ya veis que conozco vuestros asuntos, y por lo mismo vengo á deciros: ¡Gilberto, vigilad vuestra casa esta noche!
Gilberto.—¿Qué queréis decir?
El hombre.—Ni una palabra más. Os aconsejo que no vayáis á trabajar; permaneced en los alrededores de esta casa y vigilad. No soy amigo ni enemigo vuestro; pero pláceme daros este aviso. Ahora, á fin de no perjudicaros, dejadme; idos por ese lado, y acudid si me oís gritar.
Gilberto.—¿Qué significa todo esto?
(Aléjase lentamente.)
EL HOMBRE, solo
La cosa está bien arreglada así. Yo necesitaba algún hombre joven y fuerte que me prestase auxilio en caso necesario. Ese Gilberto es lo que me conviene... Me parece que oigo rumor de remos y los acordes de un bandolín en el río... Sí. (Se dirige al parapeto.—Óyense los sonidos de dicho instrumento y una voz lejana que canta.) Es él. (La voz se aproxima.) ¡Ya desembarca... bien... ahora despide al barquero... magnífico! (Volviendo al proscenio.) ¡Hele aquí!
(Entra Fabiano Fabiani embozado en su capa y se dirige hacia la puerta de la casa.)
EL HOMBRE, FABIANO FABIANI
El hombre (deteniendo á Fabiani).—Una palabra, si os place.
Fabiani.—Creo que me hablan. ¿Quién será este bergante?
El hombre.—Lo que gustéis que sea.
Fabiani.—Esta linterna alumbra mal; pero veo que llevas un bonete amarillo, al parecer de judío. ¿Eres hebreo?
El hombre.—Sí. Deseo deciros dos palabras.
Fabiani.—¿Cómo te llamas?
El hombre.—Sé vuestro nombre, y no conocéis el mío; de modo que por esta parte llevo la ventaja. Permitidme que la conserve.
Fabiani.—¿Tú sabes mi nombre? No es verdad.
El hombre.—Sí. En Nápoles os llamaban signor Fabiani; en Madrid, don Fabiano; en Londres os tituláis Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil.
Fabiani.—¡Llévete el diablo!
El hombre.—¡Que Dios os guarde!
Fabiani.—Mandaré apalearte. No quiero que sepan mi nombre cuando paseo por la noche.
El hombre.—Sobre todo cuando vais al sitio en que os esperan.
Fabiani.—¿Qué quieres decir?
El hombre.—¡Si la reina lo supiese!
Fabiani.—No voy á ninguna parte.
El hombre.—Sí, milord; vais á casa de la hermosa Juana, la prometida de Gilberto el cincelador.
Fabiani (aparte).—¡Diablo! ¡éste es un hombre peligroso!
El hombre.—¿Queréis que os diga algo más? Habéis seducido á esa joven, y desde hace un mes os ha recibido dos veces en su casa por la noche; ésta es la tercera. La hermosa debe estar esperando.
Fabiani.—¡Cállate! ¿Quieres dinero por callarte? ¿Cuánto deseas?
El hombre.—Ahora lo veremos. Por lo pronto, milord, ¿queréis que os diga por qué sedujisteis á esa muchacha?
Fabiani.—¡Pardiez! porque estaba enamorado.
El hombre.—No; eso no es cierto.
Fabiani.—¿No estaba yo enamorado de Juana?
El hombre.—Lo mismo que de la reina... En vos no hay amor, sino cálculo.
Fabiani.—¡Ah diablo! ¡Tú no eres un hombre; eres mi conciencia vestida de judío!
El hombre.—Pues os hablaré como vuestra conciencia, milord; escuchad. Sois favorito de la reina, que os ha otorgado la Jarretera, el condado y el señorío, á la verdad cosas huecas, pues la una es un trapo, la otra una palabra, y la última el derecho de morir decapitado. Necesitabais algo mejor; os hacían falta buenas tierras, castillos y rentas considerables; y como el rey Enrique VIII confiscó los bienes de lord Talbot, decapitado hace diez y seis años, os arreglasteis de modo que la reina María os los diera. Sin embargo, para que la donación fuese valedera, necesitábase que el lord hubiese muerto sin posteridad; si existía un heredero ó heredera, como Talbot murió por la reina María y por su madre Catalina de Aragón, y atendido que era papista, como aquella soberana, no debía dudarse que esta última os retiraría los bienes, por muy favorito que fuéseis, para devolverlos, por deber, por agradecimiento y por religión, al heredero ó á la heredera. Por este lado estabais bastante tranquilo, pues lord Talbot tenía sólo una niña que desapareció de la cuna el día en que ejecutaron á su padre: llegaron á creer en toda Inglaterra que había muerto. Vuestros espías, sin embargo, descubrieron últimamente que en la noche en que lord Talbot y su partido fueron exterminados por Enrique VIII, se había depositado misteriosamente una niña en casa de un obrero cincelador que vive en el puente de Londres, y que era probable que esta niña, educada bajo el nombre de Juana, fuese realmente Juana Talbot, la niña desaparecida. Cierto que faltaban las pruebas escritas de su nacimiento, pero se podrían encontrar el día menos pensado. El inconveniente era grave; veros obligado á devolver algún día á una niña, Shrewsbury, Wexford y el magnífico condado de Waterford, os pareció muy duro. ¿Qué hacer? Buscasteis el medio de aniquilar ó anular la joven: un hombre honrado se habría valido de un asesino; pero vos, milord, lo hicisteis mejor: la deshonrasteis.
Fabiani.—¡Insolente!
El hombre.—Vuestra conciencia es la que habla, milord; otro hubiera quitado la vida á la joven; vos la robasteis el honor, y de consiguiente el porvenir. La reina María es orgullosa, aunque tenga amantes.
Fabiani (aparte).—Este hombre llega al fondo de todo.
El hombre.—La reina no goza de buena salud; puede morir pronto, y entonces vos, su favorito, caeríais arruinado sobre su tumba. Las pruebas materiales del estado civil de la joven, que darían á conocer su categoría, se pueden hallar cuando menos se espere, y entonces, si la reina ha muerto, Juana, por deshonrada que esté, será reconocida como heredera de Talbot. ¡Pues bien! vos habéis previsto este caso; sois un caballero joven, de buen aspecto, os habéis hecho amar de ella, y la pobre muchacha se ha entregado á vos: en el peor caso, os casaríais con ella. No me neguéis que tal es vuestro plan; á mí me parece sublime; y si no fuera quien soy, quisiera ser vos.
Fabiani.—¡Gracias!
El hombre.—Habéis conducido el asunto con mucha destreza, ocultando vuestro nombre; de modo que estáis á cubierto en lo que se refiere á la reina. La pobre muchacha cree haber sido seducida por un caballero del país de Somerset, llamado Amyas Pawlett.
Fabiani.—¡Todo lo sabe! En fin, vamos al hecho. ¿Qué quieres?
El hombre.—Milord, si alguno tuviera en su poder los papeles que prueban el nacimiento, la existencia y el derecho de la heredera de Talbot, vos quedaríais más pobre que mi antecesor Job, no conservando más castillos que los que hagáis en el aire, lo cual os disgustaría mucho.
Fabiani.—Sí; pero nadie tiene esos papeles.
El hombre.—Os engañáis.
Fabiani.—¿Quién?
El hombre.—Yo.
Fabiani.—¡Bah, un miserable como tú! No es cierto; judío que habla, hombre que miente.
El hombre.—Tengo esos papeles.
Fabiani.—¡Mientes! ¿Dónde están?
El hombre.—En mi bolsillo.
Fabiani.—No lo creo. ¿Están en regla? ¿No falta nada?
El hombre.—Nada.
Fabiani.—Si es así, los necesito.
El hombre.—Poco á poco.
Fabiani.—¡Judío, dame esos papeles!
El hombre.—¡Muy bien!... ¡Judío dices! Y tú, miserable mendigo, dame la ciudad de Shrewsbury, dame la de Wexford, y también el Condado de Waterford... Un poco de caridad, si os place.
Fabiani.—Esos papeles son todo para mí, y nada valen para ti.
El hombre.—Simón Renard y lord Chandos me los pagarían á buen precio.
Fabiani.—Simón Renard y lord Chandos son dos perros entre los cuales mandaré que te ahorquen.
El hombre.—Si no tenéis otra cosa que proponerme, adiós.
Fabiani.—¡Aquí, judío! ¿Qué quieres por esos papeles?
El hombre.—Una cosa que tienes encima.
Fabiani.—¡Mi bolsa!
El hombre.—¡Ca, nada de eso! ¿Queréis la mía?
Fabiani.—¿Pues qué deseas?
El hombre.—Siempre lleváis encima un pergamino; es una firma en blanco que la reina os ha dado, y en la que jura por su corona católica conceder á quien se la presente la gracia que solicite, sea cual fuere. Dadme esa firma en blanco, y os entregaré los papeles de Juana Talbot; papel por papel.
Fabiani.—¿Y qué quieres hacer con esa firma en blanco?
El hombre.—¡Vaya, juguemos limpio! Os he dicho cuáles son vuestros asuntos, y ahora voy á daros cuenta de los míos. Soy uno de los principales plateros judíos de la calle de Kantersten en Bruselas; presto dinero al cincuenta por ciento á todo el mundo, y prestaría aunque fuese al diablo ó al papa. Hace dos meses uno de mis deudores murió sin haberme pagado; era un antiguo servidor de la familia Talbot, y el pobre hombre, desterrado hacía tiempo, sólo dejó algunos harapos; la justicia los puso en mi poder, y en ellos encontré una caja que contenía varios papeles. Eran los de Juana Talbot, milord, con toda su minuciosa historia, y probada con documentos en regla. La reina de Inglaterra acababa de daros precisamente los bienes de Juana Talbot; y como yo necesitaba también á la soberana para negociar un préstamo de diez mil marcos de oro, comprendí que podría hacer negocio con vos. Vine á Inglaterra con este disfraz, espié á Juana Talbot, y todo lo he hecho por mí mismo. De esta manera he averiguado cuánto me convenía, y heme aquí. Tendréis los papeles de Juana Talbot si me dais la firma en blanco de la reina: yo escribiré en el documento que se me conceden diez mil marcos de oro; aquí me deben todavía alguna cosa, pero no quiero regatear. ¡Diez mil marcos de oro, nada más! No os pido la suma, porque sólo una testa coronada puede pagármela. Esto es hablaros con franqueza, pues supongo que dos hombres tan diestros como nosotros no ganarían nada engañándose. Si la franqueza se desterrase de la tierra, debería reaparecer en la entrevista de dos bribones.
Fabiani.—Imposible; no puedo dar esa firma en blanco. ¡Diez mil marcos de oro! ¿Qué diría la reina? Además, mañana podría caer en desgracia, y esa firma en blanco sería la salvación para mí: es mi cabeza.
Gilberto.—¡Un hombre asesinado!... ¡El mendigo...!
El hombre.—¿Qué me importa á mí?
Fabiani.—Pedidme otra cosa.
El hombre.—Quiero eso.
Fabiani.—Judío, dame los papeles de Juana Talbot.
El hombre.—Dadme la firma en blanco de la reina.
Fabiani.—¡Vamos, maldito judío, será preciso ceder!
(Saca un papel del bolsillo.)
El hombre.—Enseñadme la firma en blanco de la reina.
Fabiani.—Muéstrame los papeles de Talbot.
El hombre.—Ahora los veréis. (Se acercan á la linterna; Fabiani, colocado detrás del judío, le pone el papel ante los ojos, y el hombre le examina.) «Nos, María, reina...»—Está bien. Ya veis que soy como vos, milord; todo lo he calculado y previsto.
Fabiani (desenvaina un puñal con la mano derecha y se lo hunde en la garganta).—Exceptuando esto.
El hombre.—¡Ah traidor!... ¡Á mí... socorro!
(Cae, y en el mismo instante arroja en la sombra tras sí, sin que Fabiani lo note, un pliego sellado.)
Fabiani (inclinándose sobre el cuerpo).—¡Á fe mía, creo que ya está muerto!... ¡Cojamos ahora esos papeles! (Registra al judío.) ¡Maldición, no lleva nada, ni un solo papel! ¡El bribón me engañaba, quería robarme! ¡Maldito judío, le he matado inútilmente! Todos lo mismo; la mentira y el robo son propios de su raza. ¡Vamos, será preciso quitar de ahí ese cadáver, y no dejarle delante de la puerta! (Dirigiéndose al fondo del teatro.) Si el barquero está aún allí, él me ayudará á tirar el cuerpo al agua.
(Desaparece detrás del parapeto.)
Gilberto (entrando por el lado opuesto).—Me parece haber oído un grito. (Ve el cuerpo tendido en tierra junto á la linterna.) ¡Un hombre asesinado!... ¡El mendigo!
El hombre (incorporándose á medias).—¡Ah!... Llegáis demasiado tarde, Gilberto. (Señala con el dedo el sitio donde acaba de arrojar el pliego sellado.) Recoged eso; son los papeles que prueban que Juana, vuestra prometida, es hija y heredera del último lord Talbot. Mi asesino es lord de Clanbrassil, el favorito de la reina... ¡Ah! me ahogo... ¡Gilberto, véngame y véngate!
(Muere.)
Gilberto.—¡Muerto!... Que me vengue... ¿Qué quiere decir? ¡Juana hija de lord Talbot! ¡Lord de Clanbrassil, favorito de la reina! ¡Oh! Yo me confundo... (Sacudiendo el cadáver.) ¡Habla, una palabra más!... ¡Ah! está bien muerto...
GILBERTO, FABIANI
Fabiani (volviendo).—¿Quién va?
Gilberto.—Acaban de asesinar á un hombre.
Fabiani.—No, es un judío.
Gilberto.—¿Quién le ha dado muerte?
Fabiani.—¡Pardiez! vos ó yo.
Gilberto.—¡Caballero!...
Fabiani.—No hay testigos. Aquí no se ve más que un cadáver y dos hombres á su lado. ¿Quién asesinó á ese hombre? Nada prueba que sea yo más bien que vos.
Gilberto.—¡Miserable! Sois el asesino.
Fabiani.—Pues bien, es verdad. ¿Qué tenemos con eso?
Gilberto.—Voy á llamar á la justicia.
Fabiani.—Lo que haréis es ayudarme á lanzar ese cuerpo al agua.
Gilberto.—Haré que os prendan y castiguen.
Fabiani.—He dicho que me ayudaréis.
Gilberto.—Sois muy insolente.
Fabiani.—Creedme, borremos todas las huellas de esto, pues os interesa más que á mí.
Gilberto.—¡Esto es demasiado!
Fabiani.—Uno de los dos ha dado el golpe: yo soy un gran señor, un noble, y vos un transeúnte, un plebeyo, un hombre del pueblo. El caballero que mata á un judío paga cuatro sueldos de multa; el hombre del pueblo paga su delito con la vida.
Gilberto.—¡Osaríais...!
Fabiani.—Si me denunciáis os denuncio, y yo seré más digno de crédito que vos. Con todo esto, las probabilidades son desiguales; para mí la multa; para vos la horca.
Gilberto.—¡Y no haber testigo ni pruebas! ¡Oh! mi cabeza se extravía... ¡Y el miserable tiene razón!
Fabiani.—¿Queréis que os ayude á arrojar ese cadáver al agua?
Gilberto.—¡Sois un infame!
Fabiani (Gilberto coge el cuerpo por la cabeza, Fabiani por los pies, y le llevan al parapeto).—Sí, amigo mío; no sé con seguridad quién de los dos ha dado muerte á este hombre.
(Desaparecen detrás del parapeto.)
Fabiani (volviendo).—Ya está hecho, compañero. Buenas noches; ya podéis marcharos. (Se dirige hacia la casa, y al volver la cabeza, nota que Gilberto le sigue.) ¡Qué se os ofrece! ¿Es que deseáis algún dinero por vuestro trabajo? En conciencia, nada os debo; pero tomad. (Entrega su bolsa á Gilberto, que al pronto hace un ademán de negativa, aceptando después, como hombre que de pronto cambia de parecer.) Ahora, idos. ¡Vamos! ¿qué esperáis aún?
Gilberto.—Nada.
Fabiani.—Á fe mía, podéis quedaros ahí si bien os parece. Estaréis al sereno, y yo con mi dama. ¡Dios os guarde!
(Se dirige hacia la puerta de la casa y hace ademán de abrir.)
Gilberto.—¿Adónde vais así?
Fabiani.—¡Pardiez! á mi casa.
Gilberto.—¿Cómo á vuestra casa?
Fabiani.—Sí.
Gilberto.—¿Quién de los dos es el que sueña? Antes me dijisteis que el asesino del judío era yo, y ahora me aseguráis que esa es vuestra casa.
Fabiani.—Ó la de mi querida, que es lo mismo.
Gilberto.—Repetidme lo que acabáis de decir.
Fabiani.—Digo, ya que os empeñáis en saberlo, que esa casa es la de una hermosa joven, que es mi querida.
Gilberto.—¡Yo digo, milord, que mientes! ¡Digo que eres un falsario y un asesino; que tu madre fué azotada por el verdugo en una plaza pública; y que voy á sujetar tu cabeza entre mis manos y á oprimirla hasta que te cortes la lengua con tus propios dientes!
Fabiani.—¡Hola! ¿Quién es este diablo de hombre?
Gilberto.—Soy Gilberto el cincelador, y Juana es mi prometida.
Fabiani.—Pues yo soy el caballero Amyas Pawlett, el querido de Juana.
Gilberto.—¡Te digo que mientes! Tú eres lord Clanbrassil, el favorito de la reina. ¡Imbécil! ¡Creías que lo ignoraba!
Fabiani.—¡Está visto que todo el mundo me conoce esta noche!... He aquí otro hombre peligroso, y del cual será preciso deshacerse cuanto antes.
Gilberto.—Dime en el acto que has mentido como un bellaco, y que Juana no es tu querida.
Fabiani.—¿Conoces su letra? (Saca un billete del bolsillo.) Lee eso. (Aparte, mientras que Gilberto desdobla convulsivamente el papel.) Importa que éntre en su casa para reñir con Juana, pues así mi gente tendrá tiempo de llegar.
Gilberto (leyendo).—«Estaré sola esta noche; podéis venir...» ¡Maldición, milord, tú has deshonrado á mi prometida, y eres un infame! ¡Vas á darme satisfacción al punto!
Fabiani (echando mano á la espada).—No hay inconveniente. ¿Dónde está tu acero?
Gilberto.—¡Oh rabia! ¡Ser hijo del pueblo y no tener espada ni puñal! ¡No importa; te esperaré en la esquina de una calle y te asesinaré, miserable!
Fabiani.—Eres muy violento, amigo mío.
Gilberto.—¡Oh! ya me vengaré de ti.
Fabiani.—¡Vengarte de mí! Estás demasiado bajo, y yo muy alto.
Gilberto.—¿Me desafías?
Fabiani.—Sí.
Gilberto.—¡Ya nos veremos!
Fabiani (aparte).—Es preciso que el sol de mañana no salga para ese hombre. (En voz alta.) Créeme, amigo mío, entra en tu casa. Siento mucho que hayas descubierto lo que acabas de averiguar; pero te dejo la dama. Mi intención no era ir más lejos en estos amoríos. ¡Vamos, véte á dormir! (Arroja una llave á los pies de Gilberto.) Si no tienes llave, toma esa, ó si lo prefieres, da tres golpes en la ventana; la muchacha creerá que soy yo, y te abrirá. Buenas noches.
(Vase.)
GILBERTO, solo
¡Se ha marchado, sin que pudiese despedazarle entre mis manos! ¡Ha sido forzoso dejarle escapar! ¡No tengo arma ninguna! (Ve en tierra el puñal con que lord Clanbrassil ha dado muerte al judío, y recoge el arma con precipitación.) ¡Ah, llegas demasiado tarde! Ya no podría servir sino para mí; pero es igual; bien hayas caído del cielo ó vengas del infierno, yo te bendigo. ¡Oh! Juana me ha vendido; Juana se ha entregado á ese infame; ¡Juana es la heredera de lord Talbot; Juana está perdida para mí! ¡Oh Dios mío! ¡he aquí en una hora desgracias demasiado dolorosas para que yo las resista! (Simón Renard aparece en la oscuridad, en el fondo del teatro.) ¡Oh, vengarme de ese hombre, vengarme de ese lord Clanbrassil! Si voy al palacio de la reina, los lacayos me arrojarán á puntapiés como si fuese un perro. ¡Estoy loco, mi cabeza arde! ¡Me es igual morir, mas antes quisiera vengarme, y para conseguirlo daría hasta mi sangre! ¿No hay nadie en el mundo que quiera hacer este pacto conmigo? ¿Quién se ofrece á vengarme de lord Clanbrassil, tomando en cambio mi vida?
GILBERTO, SIMÓN RENARD
Simón Renard (dando un paso).—Yo.
Gilberto.—¿Tú? ¿Quién eres tú?
Simón Renard.—Soy el hombre que deseas.
Gilberto.—¿Sabes quién soy yo?
Simón Renard.—Eres el hombre que necesito.
Gilberto.—No tengo más que una idea, la de vengarme de lord Clanbrassil y morir.
Simón Renard.—Quedarás vengado y morirás.
Gilberto.—Quien quiera que seas, gracias.
Simón Renard.—Sí, tendrás la venganza que deseas; pero no olvides con qué condición. Necesito tu vida.
Gilberto.—Tómala.
Simón Renard.—¿Queda convenido?
Gilberto.—Sí.
Simón Renard.—Sígueme.
Gilberto.—¿Adónde?
Simón Renard.—Ya lo sabrás.
Gilberto.—No olvides que me has prometido vengarme.
Simón Renard.—Piensa que te comprometes á morir.