Ilustración ornamental

JORNADA SEGUNDA


LA REINA


Habitación en la cámara de la reina.—Un evangelio abierto sobre un reclinatorio; la corona real en un escabel; puertas laterales, y una más grande en el fondo; una parte de éste queda oculta por una tapicería magnífica.

PERSONAJES

ESCENA I

LA REINA, lujosamente vestida, y echada en un diván; FABIANO FABIANI, sentado junto á ella en un escabel, luciendo un magnífico traje y la orden de la Jarretera, tiene un bandolín entre las manos y canta.

Fabiani (dejando su bandolín en el suelo).—¡Oh! os amo más de cuanto podáis imaginaros, señora; pero á ese Simón Renard, tan poderoso como vos misma, le odio con toda mi alma.

La Reina.—Ya sabéis que no puedo nada contra él, milord; es aquí el representante del príncipe de España, mi futuro esposo.

Fabiani.—¡Vuestro futuro esposo!

La Reina.—Vamos, milord, no hablemos de eso. Yo os amo. ¿Qué más queréis? Por ahora, os recordaré que ya es hora de retiraros.

Fabiani.—¡María, un momento más!

La Reina.—Ved que es hora de reunirse el consejo. Hasta ahora no ha habido aquí más que la mujer, y es preciso dejar paso á la reina.

Fabiani.—Yo quisiera que la mujer hiciese esperar á la reina á la puerta.

La Reina.—¡Vos lo queréis! Miradme, milord. ¡Tienes una hermosa cabeza, Fabiano!

Fabiani.—¡Vos sí que sois hermosa, señora! No necesitaríais más que vuestra belleza para ser poderosa; hay en vos algo que dice que sois la reina; pero lo lleváis escrito en la frente más bien que en vuestra corona.

La Reina.—Me lisonjeáis.

Fabiani.—Te amo.

La Reina.—¿Me amas de veras, y sólo á mí? Vuelve á decírmelo con tu expresiva mirada. ¡Ay! nosotras las mujeres no sabemos nunca á punto fijo lo que pasa en el corazón de un hombre, y debemos creer por los ojos; pero los más hermosos son á veces los más engañadores. En los tuyos, sin embargo, hay tanta lealtad, tanto candor y buena fe, que no pueden mentir; tu mirada es cándida y sincera, bello paje. ¡Oh! valerse de ojos celestiales para engañar, sería un crimen. Ó tus ojos son los de un ángel, ó los de un demonio.

Fabiani.—Ni demonio ni ángel; sólo soy un hombre que os ama.

La Reina.—¿Que ama á la reina?

Fabiani.—Que ama á María.

La Reina.—Escucha, Fabiano; yo te amo también; pero eres joven; hay muchas bellas damas que te miran con ternura, y una reina puede cansar al fin, lo mismo que otra mujer. No me interrumpas: si alguna vez te enamoras de cualquiera dama, quiero que me lo digas, y haciéndolo así, tal vez te perdone. Tú no sabes hasta qué punto te amo, pues ni yo misma lo sé; pero hay momentos en que mejor quisiera verte muerto, que feliz con otra. ¡Dios mío! yo no sé por qué se me quiere representar siempre como una mujer maligna.

Fabiani.—Yo no puedo ser feliz más que á tu lado, María; solo á ti te amo.

La Reina.—¿De veras? Mírame bien para decírmelo. Estoy tan celosa, que á veces me figuro—¿cuál es la mujer que no tiene estas ideas?—me figuro que me engañas. Quisiera ser invisible para poder seguirte y saber siempre qué haces, qué dices y dónde estás. En los cuentos de hadas se habla de una sortija que hace invisible; yo daría mi corona por esa sortija. Imagínome sin cesar que vas á ver á otras mujeres jóvenes y hermosas, y á fe mía que fuera una indignidad engañarme.

Fabiani.—¡Desechad esas ideas, señora! ¡Yo engañaros, á vos que sois mi reina y mi amor! Para esto debería ser el más ingrato y miserable de los hombres; y seguramente no os he dado motivo alguno para que lo creáis así. ¡Yo te amo, María, te adoro, y no podría ni siquiera mirar á otra mujer! ¿No estás leyéndolo en mis ojos? ¡Dios mío! debería haber un acento de verdad para persuadir. ¡Vamos, mírame bien! ¿Tengo yo el aspecto de un hombre que engaña? ¿No se reconoce pronto al hombre que miente á una mujer? Ninguna se suele engañar en este punto. ¡Y qué momento has elegido, María, para decirme semejantes cosas! Precisamente aquel en que más te amo. Paréceme que nunca te adoré tanto como hoy. Ahora no hablo á la reina, de la cual me burlo, pues ¿qué podría hacerme? Mandar que me cortasen la cabeza, y esto me importa poco; mientras que tú, María, puedes destrozarme el corazón. No es á Vuestra Majestad á quien amo; es á ti; tu blanca y delicada mano es la que beso y adoro, no vuestro cetro, señora.

La Reina.—Gracias, Fabiano mío; adiós. ¡Pero milord, qué joven sois! ¡Qué hermoso es el cabello de vuestra encantadora cabeza! Volved dentro de una hora.

Fabiani.—¡Lo que llamáis una hora es para mí un siglo!

(Sale.)

(Apenas desaparece, la Reina corre presurosa hacia una puertecilla oculta en la pared, ábrela é introduce á Simón Renard.)

ESCENA II

LA REINA, SIMÓN RENARD

La Reina.—Entrad, caballero. Y bien ¿estabais ahí? ¿Lo habéis oído todo?

Simón Renard.—Sí, señora.

La Reina.—¿Y qué os parece? ¡Oh! es el más redomado y el más falso de los hombres. ¿Qué opináis?

Simón Renard.—No en vano termina en i el apellido de ese hombre.

La Reina.—¿Estáis seguro que va por la noche á casa de esa mujer? ¿le habéis visto?

Simón Renard.—No sólo yo, sino también Chandos, Clinton, Montagu, y otros diez testigos.

La Reina.—¡Eso es verdaderamente una infamia!

Simón Renard.—Ahora mismo podréis tener una prueba más patente, pues la joven se halla aquí. Según he dicho á Vuestra Majestad, mandé prenderla en su casa anoche.

La Reina.—Pero ¿no hay ya crimen suficiente para mandar que corten la cabeza á ese hombre, caballero?

Simón Renard.—El haber visitado á una joven de noche no basta, señora. Vuestra Majestad mandó juzgar á Trogmorton por un hecho análogo, y Trogmorton fué absuelto.

La Reina.—Por eso castigué á sus jueces.

Simón Renard.—Procurad no veros obligada á proceder lo mismo con los de Fabiani.

La Reina.—¡Oh! ¿cómo me vengaré de ese traidor?

Simón Renard.—Supongo que Vuestra Majestad sólo quiere vengarse de cierta manera.

La Reina.—De la única que sea digna de mí.

Simón Renard.—Trogmorton fué absuelto, señora; sólo hay un medio, y ya le he indicado á Vuestra Majestad. El hombre está ahí.

La Reina.—¿Hará cuanto yo quiera?

Simón Renard.—Sí, con tal que hagáis lo que él desea.

La Reina.—¿Dará su vida?

Simón Renard.—Sí, pero poniendo ciertas condiciones.

La Reina.—¿Sabéis lo que quiere?

Simón Renard.—Lo mismo que vos: vengarse.

La Reina.—Decidle que éntre, y permaneced al alcance de mi voz... ¡Ah! escuchad.

Simón Renard (volviendo).—¿Qué desea Vuestra Majestad?

La Reina.—Decid á milord Chandos que esté en la cámara inmediata con seis hombres de mi servicio dispuestos á entrar... y la mujer también. Id. (Simón Renard sale.) ¡Oh! ¡será cosa terrible!

(Ábrese una de las puertas laterales y entran Simón Renard y Gilberto.)

ESCENA III

LA REINA, GILBERTO, SIMÓN RENARD

Gilberto.—¿Ante quién estoy?

Simón Renard.—Ante la reina.

Gilberto.—¿Ante la reina?

La Reina.—Sí, yo soy la reina, y no hay motivo para asombraros. Vos sois Gilberto, obrero, de oficio cincelador; vivís cerca del Támesis, no sé dónde, con una que llaman Juana, de quien sois el prometido, y que os engaña, pues tiene por amante á un tal Fabiano, que me engaña á mí á su vez. Queréis vengaros, y yo también, y para esto necesito disponer de vuestra vida á mi antojo. Me conviene que digáis lo que yo os mandaré decir, sea lo que fuere, sin que haya para vos nada falso ni verdadero, ni bueno ni malo, ni justo ni injusto; sólo debéis ver mi venganza y mi voluntad. Es indispensable que me dejéis obrar, sometiéndoos á todo. ¿Consentís en ello?

Gilberto.—Señora...

La Reina.—Quedarás vengado, pero te prevengo que habrás de morir: esto es todo. Ahora, fija tus condiciones; si tienes una madre anciana y es necesario llenar su mesa de oro, habla, que no le faltará: vende tu vida al más alto precio que te sea posible.

Gilberto.—Ya no estoy resuelto á morir, señora.

La Reina.—¿Cómo?

Gilberto.—He reflexionado toda la noche, y nada veo aún claro en este asunto. Un hombre se ha jactado de ser amante de Juana; pero ¿quién me asegura que no ha mentido? He visto una llave; pero bien mirado, podría ser robada. He visto un billete; pero ¿quién me dice que no se ha escrito por fuerza? Por otra parte, tampoco sé si la letra es de Juana, pues era de noche y yo estaba turbado. No puedo dar mi vida, que es la suya, sin reflexionarlo antes. No creo nada; ni de nada estoy seguro, porque no he visto á Juana.

La Reina.—¡Bien se ve que estás enamorado! Eres como yo; resistes á todas las pruebas. ¿Y si ves á esa Juana y la oyes confesar su falta, harás lo que yo quiera?

Gilberto.—Sí, con una condición.

La Reina.—Ya me la dirás más tarde. (Á Simón Renard.) ¡Que éntre esa mujer al punto! (Simón Renard sale; la reina oculta á Gilberto detrás de un cortinaje que ocupa parte de la habitación.) Quédate ahí.

(Entra Juana pálida y temblorosa.)

ESCENA IV

LA REINA, JUANA, GILBERTO detrás del cortinaje

La Reina.—Acércate, joven; ¿sabes quién somos?

Juana.—Sí, señora.

La Reina.—¿Sabes quién es el hombre que te ha seducido?

Juana.—Sí, señora.

La Reina.—¿Te había engañado diciéndote que era el caballero Amyas Pawlett?

Juana.—Sí, señora.

La Reina.—¿Sabes ahora que es Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil?

Juana.—Sí, señora.

La Reina.—Anoche, cuando te prendieron en tu casa, ¿le habías dado cita y le esperabas?

Juana (juntando las manos).—¡Dios mío, señora!

La Reina.—Responde.

Juana (con voz desfallecida).—Sí.

La Reina.—Debes suponer que ya no puedes esperar nada, ni para él, ni para ti.

Juana.—Sólo la muerte. Siempre es una esperanza.

La Reina.—Cuéntame la historia. ¿Dónde encontraste á ese hombre por primera vez?

Juana.—La primera vez en... pero ¿á qué decirlo? Una desgraciada hija del pueblo, pobre y vanidosa, loca y coqueta, enamorada de los adornos, y que se deslumbra ante el gallardo aspecto de un gran señor, nada tiene de particular. Me han seducido y deshonrado, y estoy perdida; nada tengo que añadir á esto. ¡Dios mío! ¿no veis cuánto me aflige cada palabra que digo, señora?

La Reina.—Está bien.

Juana.—¡Oh! ya sé cuán terrible es vuestra cólera, señora; mi cabeza se dobla de antemano bajo el castigo que me preparáis.

La Reina.—¡Yo castigarte! ¿Piensas que me ocupo de ti, loca? ¿Quién eres tú, infeliz criatura, para que me importen tus cosas? No; yo sólo tengo que ver con Fabiano. En cuanto á ti, otro se encargará de castigarte.

Juana.—¡Pues bien! señora, cualquiera que sea el castigo y la persona encargada de él, todo lo sufriré sin quejarme, y hasta os daré gracias si atendéis á la súplica que voy á dirigiros. Hay un hombre que me recogió huérfana en la cuna, y me adoptó y educó, amándome después, y que aún me ama; bien indigna soy de ese hombre, á quien he faltado gravemente, y cuya imagen, sin embargo, grabada en el fondo de mi corazón, es para mí tan sagrada como la de Dios; ese hombre, que sin duda habrá encontrado su casa desierta y abandonada, no se explica lo que ocurre, y tal vez se halle entregado á la desesperación. ¡Pues bien! lo que yo pido á Vuestra Majestad es que no se le dé á entender nada, y que se me haga desaparecer, sin que sepa jamás lo que de mí ha sido. Ignoro si se me comprenderá bien; pero seguramente no se os oculta que ese hombre es un amigo, un noble y generoso amigo... ¡pobre Gilberto!... que me ama y me cree pura. No quiero que me odie y me desprecie... Ya conoceréis, señora, que la estimación de ese hombre es para mí más que la vida. Mi falta le causará un profundo pesar, y tanta será su sorpresa, que tal vez no dé crédito á sus oídos. ¡Pobre Gilberto! ¡Oh señora, compadeceos de mí! ¡En nombre del cielo, que no sepa nada de esto; que no sepa que soy culpable, pues se mataría, y moriría si averiguase que ya no existo!

La Reina.—El hombre de quien habláis os escucha en este momento, os juzga, y os castigará.

(Aparece Gilberto.)

Juana.—¡Cielos, Gilberto!

Gilberto (á la Reina).—Mi vida es vuestra, señora.

La Reina.—Bien. ¿Tenéis que imponer algunas condiciones?

Gilberto.—Sí, señora.

La Reina.—¿Cuáles? Os damos nuestra palabra de reina de aceptarlas de antemano.

Gilberto.—El caso es muy sencillo, señora. Se trata de una deuda de agradecimiento contraída con un caballero de vuestra corte que me ha hecho trabajar mucho en mi oficio de cincelador.

La Reina.—Hablad.

Gilberto.—Ese caballero mantiene relaciones secretas con una mujer con quien no puede unirse, porque ella pertenece á una familia desterrada; esta mujer, que ha vivido oculta hasta ahora, es hija única y heredera del último lord Talbot, decapitado en tiempo de Enrique VIII.

La Reina.—¡Cómo! ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Será cierto que el buen lord católico, el leal defensor de mi madre, dejó una hija? Si esto es verdad, juro por mi corona que esa niña es mía; y lo que Juan Talbot hizo por la madre de María de Inglaterra, ésta lo hará por la hija de Juan Talbot.

Gilberto.—Entonces, será sin duda una dicha para Vuestra Majestad devolver á la hija de lord Talbot los bienes de su difunto padre...

La Reina.—Seguramente que sí, y para esto obligaré á Fabiano á renunciar á ellos; pero ¿hay pruebas de que esa heredera exista?

Gilberto.—Las tenemos.

La Reina.—Y si no tuviéramos pruebas, las haríamos. No en balde soy reina.

Gilberto.—Vuestra Majestad devolverá á la hija de lord Talbot los bienes, los títulos, la jerarquía, el nombre y el blasón de su padre; la eximirá de toda proscripción y asegurará su vida; y por último, Vuestra Majestad la unirá con ese caballero, único hombre á quien debe dar su mano. Mediante estas condiciones, señora, podréis disponer de mí, de mi libertad y de mi vida como mejor os plazca.

La Reina.—Bien; haré lo que acabas de decir.

Gilberto.—La reina de Inglaterra debe jurarlo, á mí, Gilberto, el obrero cincelador, por su corona y por el Evangelio abierto.

La Reina.—¡Por mi corona y por el Evangelio lo juro!

Gilberto.—Pacto concluído, señora. Haced preparar una tumba para mí y un lecho nupcial para los esposos. El caballero de quien hablo es Fabiani, conde de Clanbrassil; y aquí tenéis á la heredera de Talbot.

Juana.—¿Qué dice?

La Reina.—¿Estaré hablando con un loco? ¿Qué significa esto? ¿Os atreveríais á burlaros de la reina de Inglaterra? Recordad que en las cámaras reales se han de pesar las palabras, y que hay casos en que la lengua derriba la cabeza.

Gilberto.—Mi cabeza está á vuestra disposición, señora; pero tengo vuestro juramento.

La Reina.—¿Habláis con formalidad? ¡Ese Fabiani, esa Juana... vamos!

Gilberto.—Esa Juana es hija y heredera de Talbot.

La Reina.—¡Bah! ¡visión, quimera, locura! ¿Tenéis las pruebas?

Gilberto.—Completas. (Saca un paquete del pecho.) Dignaos leer esos papeles.

La Reina.—¿Creéis que yo tengo tiempo de leer vuestros papelotes? ¿Os los he pedido yo por ventura? ¿Para qué los quiero yo? Si prueban alguna cosa, á fe mía que los arrojaré al fuego.

Gilberto.—Siempre me quedará vuestro juramento.

La Reina.—¡Mi juramento, mi juramento!

Gilberto.—Sí, señora, por la corona y el Evangelio, es decir, por vuestra cabeza y vuestra alma, por vuestra vida en este mundo y en el otro.

La Reina.—Pero ¿qué quieres? ¡Tú estás verdaderamente loco!

Gilberto.—Voy á deciros lo que quiero. Juana ha perdido su categoría; devolvédsela; proclamadla hija de lord Talbot y esposa de lord Clanbrassil, y tomad después mi vida.

La Reina.—¡Tu vida! ¿Qué haría yo con ella? Sólo podría quererla para vengarme de ese hombre, de Fabiani. Tú no comprendes nada, ni yo te entiendo á ti tampoco. Hablabas de venganza... ¿es así cómo te vengas? Esta gente del pueblo es muy estúpida. ¿Cómo puedo creer yo en la ridícula historia de una heredera de Talbot? ¡Me enseñas los papeles! Ni siquiera los miraré. ¡Ah! Una mujer te vende y te la echas de generoso... Pues yo no lo soy, porque mi corazón rebosa de cólera y de odio; me vengaré, y tú me ayudarás. Pero ¿qué digo? Ese hombre es un loco, y loco rematado. ¿Para qué le necesito yo? ¡Dios mío, qué triste es tener que tratar con semejantes personas en asuntos formales!

Gilberto.—Tengo vuestra palabra de reina católica. Lord Clanbrassil ha seducido á Juana y debe unirse con ella.

La Reina.—¿Y si rehusa?

Gilberto.—Le obligaréis, señora.

Juana.—¡Oh, no, compadeceos de mí!

Gilberto.—Pues bien, si ese infame rehusa, Vuestra Majestad dispondrá de nosotros como lo tenga por conveniente.

La Reina (con alegría).—¡Ah! eso es todo cuanto yo deseo.

Gilberto.—Si llegase ese caso, con tal que Vuestra Majestad ciña la frente sagrada é inviolable de Juana Talbot con la corona de condesa de Waterford, yo haré todo lo que la reina me ordene.

La Reina.—¿Todo?

Gilberto.—Todo.

La Reina.—¿Dirás cuanto convenga decir? ¿Morirás de la muerte que te impongan?

Gilberto.—Como Vuestra Majestad ordene.

Juana.—¡Oh Dios mío!

La Reina.—¿Lo juras?

Gilberto.—Lo juro.

La Reina.—Entonces, se podrá arreglar el asunto. Esto basta; tengo tu palabra y tienes la mía. Está dicho. (Parece reflexionar un momento. Á Juana.) No sois necesaria aquí; salid; ya os llamaré.

Juana.—¡Oh Gilberto! ¿Qué habéis hecho? Soy una miserable, y no me atrevo á miraros; mientras que vos sois un ángel, pues tenéis á la vez las virtudes de éste y las pasiones de un hombre.

(Sale.)

ESCENA V

LA REINA, GILBERTO; después SIMÓN RENARD, LORD CHANDOS y los guardias

La Reina (á Gilberto).—¿Llevas algún arma, un puñal, un cuchillo ó cualquiera cosa?

Gilberto (sacando del pecho el puñal de lord Clanbrassil).—¿Un puñal? Sí, señora.

La Reina.—Bien; empúñale. (Le coge con fuerza el brazo.) ¡Señor Baile de Amont... lord Chandos! (Entra Simón Renard, lord Chandos y los guardias.) ¡Aseguraos de ese hombre; ha levantado el puñal contra mí! Le he cogido el brazo en el momento en que iba á descargar el golpe. ¡Es un asesino!

Gilberto.—¡Señora!...

La Reina (en voz baja á Gilberto).—¿Olvidas ya nuestro convenio? ¿Es así cómo te sometes? (En voz alta.) Todos sois testigos, señores, de que aún tenía el puñal en la mano. Señor Baile, ¿cómo se llama el verdugo de la Torre de Londres?

Simón Renard.—Mac Dermoti, natural de Irlanda.

La Reina.—Que le conduzcan á mi presencia; quiero hablarle.

Simón Renard.—¿Vos misma?

La Reina.—Yo misma.

Simón Renard.—¡La reina hablar al verdugo!

La Reina.—Sí; la cabeza hablará al brazo... ¡Vamos! (Sale un guardia.) Milord Chandos y vosotros, señores, me respondéis de ese hombre; custodiadle sin perderle de vista, pues aquí van á suceder cosas que él debe ver... Señor de Amont, ¿está en palacio lord Clanbrassil?

Simón Renard.—Se halla en la cámara pintada, esperando que Vuestra Majestad se digne recibirle.

La Reina.—¿No sospecha nada?

Simón Renard.—Nada.

La Reina (á lord Chandos).—Que éntre.

Simón Renard.—También está ahí toda la corte. ¿No ha de entrar nadie con lord Clanbrassil?

La Reina.—¿Cuál de nuestros señores y caballeros es el que más odia á Fabiani?

Simón Renard.—Todos.

La Reina.—Quiero decir los que le odian más.

Simón Renard.—Clinton, Montagu, Somerset, el conde de Derby, Gerard Fitz-Gerard, lord Paget y el lord Canciller.

La Reina (á lord Chandos).—Introducid á todos esos señores, excepto al lord Canciller. (Chandos sale.—Dirigiéndose á Simón Renard:) El digno obispo canciller es tan enemigo de Fabiani como los otros; pero tiene escrúpulos. (Fijando la vista en los papeles que Gilberto ha dejado sobre la mesa.) ¡Ah! bueno será examinar rápidamente esos papeles.

(Mientras se ocupa en este examen, ábrese la puerta del fondo y entran los señores designados por la reina, haciendo profundas reverencias.)

ESCENA VI

Los mismos, LORD CLINTON y los demás señores

La Reina.—Dios os guarde, señores. (Á lord Montagu.) Antonino Brown, no olvido nunca que hicisteis frente con valor á Juan de Montmorency y al señor de Tolosa en mis negociaciones con el emperador mi tío.—Lord Paget, hoy recibiréis vuestros títulos de barón de Beaudesert en Stafford.—¡He aquí á nuestro antiguo amigo, lord Clinton! Somos siempre vuestra buena amiga, milord; ya recuerdo que vos sois quien exterminó á Tomas Wyat en la llanura de San Jaime. Es preciso tener á todos presentes. Aquel día, la corona de Inglaterra fué salvada por un puente que permitió á mis tropas llegar hasta los revoltosos, y por un muro que impidió á éstos acercarse á mí. El puente es el de Londres; el muro es lord Clinton.

Lord Clinton (en voz baja á Simón Renard).—Hacía seis meses que la reina no me hablaba. ¡Qué amable está hoy!

Simón Renard (en voz baja á lord Clinton).—Paciencia, milord; aún os parecerá más amable después.

La Reina (á lord Chandos).—El conde de Clanbrassil puede entrar. (Á Simón Renard.) Cuando haya estado aquí algunos minutos...

(Le habla al oído, señalándole la puerta por donde Juana ha salido.)

Simón Renard.—¡Basta, señora!

(Entra Fabiani.)

ESCENA VII

Los mismos, FABIANI

La Reina.—¡Ah, hele aquí!...

(Sigue hablando con Simón Renard.)

Fabiani (aparte, saludado por todo el mundo, y mirando á su alrededor).—¿Qué quiere decir esto? Sólo veo aquí enemigos hoy. La reina habla en voz baja á Simón Renard... y ella se ríe. ¡Diablo, mala señal!

La Reina (con aire risueño á Fabiani).—¡Guárdeos Dios, milord!

Fabiani (tomándole la mano y besándola).—Señora... (Aparte.) Me ha sonreído. El peligro no es para mí.

La Reina (siempre risueña).—He de hablaros.

(Se adelanta con él hasta el proscenio.)

Fabiani.—Yo también deseo hablaros, señora; tengo que daros quejas. ¡Alejarme, desterrarme durante tanto tiempo! ¡Ah! no sucedería esto si en las horas de ausencia pensarais en mí como yo en vos.

La Reina.—Sois injusto; desde que os separasteis de mí sólo me he ocupado de vos.

Fabiani.—¿De veras he tenido esa dicha? Repetídmelo.

La Reina (siempre risueña).—Os lo juro.

Fabiani.—¿Me amáis, pues, como yo os amo?

La Reina.—Sí, milord, os aseguro que sólo he pensado en vos, tanto que os preparo una sorpresa muy agradable.

Fabiani.—¡Cómo! ¿Qué sorpresa?

La Reina.—Un encuentro que os agradará.

Fabiani.—¿Con quién?

La Reina.—Adivinadlo... ¿No lo adivináis?

Fabiani.—No, señora.

La Reina.—Pues volved la cabeza.

(Al obedecer ve á Juana en el umbral de la puertecilla entreabierta.)

Fabiani (aparte).—¡Juana!

Juana (aparte).—¡Es él!

La Reina (sonriendo).—Milord, ¿conocéis á esa joven?

Fabiani.—No, señora.

La Reina.—Joven ¿conocéis á milord?

Juana.—La verdad antes que la vida. Sí, señora.

La Reina.—¿Conque no conocéis á esa mujer, milord?

Fabiani.—¡Señora! quieren perderme. Estoy rodeado de enemigos. Esa mujer se ha unido con ellos sin duda; yo no la conozco ni sé quién es.

La Reina (levantándose y cruzándole el rostro con su guante).—¡Ah! ¡eres un cobarde... vendes á la una y reniegas de la otra! ¡Conque no sabes quién es! ¿Quieres que yo te lo diga? ¡Esa mujer es Juana Talbot, hija de Juan Talbot, el buen caballero católico que murió en el cadalso por mi madre; esa mujer es Juana Talbot, mi prima, condesa de Shrewsbury, de Wexford y de Waterford! Lord Paget, vos sois comisario del sello privado, y tomaréis nota de nuestras palabras. La reina de Inglaterra reconoce solemnemente á la joven Juana como hija única y heredera del último conde de Waterford. (Mostrando los papeles.) He ahí los títulos y las pruebas, que mandaréis legalizar con nuestro gran sello. Es nuestra voluntad. (Á Fabiani.) Sí, condesa de Waterford, y esto se halla suficientemente probado. ¡Tú le devolverás sus bienes, miserable!... ¡Ah, conque no conocías á esa mujer, ni sabías quién era! ¡Pues yo te lo digo; es Juana Talbot! ¿Deseas saber algo más? (Mirándole de frente, y en voz baja:) ¡Cobarde, es tu querida!

Fabiani.—Señora...

La Reina.—Ya sabes quién es Juana, y ahora te diré quién eres tú. ¡Eres un desalmado, un hombre sin corazón ni talento, un bribón, un miserable!... Eres... señores, no es necesario que os alejéis, pues poco me importa que oigáis lo que debo decir á este hombre; me parece que no hablo en voz baja. Fabiano, para mí eres un traidor, y para ella un vil lacayo, el más miserable de los hombres. ¡Y yo que te había hecho conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy y barón de Darmouth en Devonshire! ¡Estaba loca! Os pido perdón, señores, por haber sido causa de que os codeárais con ese hombre. ¡Tú caballero, tú noble, tú señor! ¡Qué absurdo! ¡Compárate con esos que están ahí, miserable, y verás que ellos son verdaderamente caballeros! ¡Ahí tienes á Bridges, barón de Chandos; á Seymur, duque de Somerset; á los Stanley, que son condes de Derby desde el año 1425; á los Clinton, que son barones de Clinton desde el año 1298! ¿Te parece á ti que te asemejas á esos nobles? ¡Te titulas aliado de la familia española de Peñalver, pero esto es una falsedad; tú no eres más que un mal italiano, menos que nada, hijo de un zapatero de viejo del pueblo de Larino!... Sí, señores, hijo de un zapatero de viejo; yo lo sabía y no quise decirlo; ocultábalo, y aparentaba creer á este hombre cuando hablaba de su nobleza. ¡Oh Dios mío, qué débiles somos las mujeres! Quisiera que hubiese otras aquí para que aprendieran con esta lección. ¡Ese miserable engaña á una y reniega de la otra! ¡Seguramente eres muy villano! ¿Cómo es que desde que te dirijo la palabra no has doblado la rodilla? ¡Arrodíllate al punto, Fabiani! ¡Señores, obligadle á obedecer!

Fabiani.—Vuestra Majestad...

La Reina.—¡Ese infame, á quien he colmado de beneficios, ese lacayo napolitano, á quien hice caballero y conde libre de Inglaterra! ¡Ah! debía esperármelo, pues ya me habían dicho que esto acabaría así; pero yo soy siempre lo mismo; me empeño en una cosa y veo después que he cometido un error. Todo es culpa mía. Italiano significa para mí bribón, y napolitano, cobarde. Siempre que mi padre se sirvió de un hombre de esa nación hubo de arrepentirse. ¡Ese es Fabiani! Bien ves, Juana, á qué hombre te has entregado. ¡Desgraciada niña, yo te vengaré! ¡Oh! debías saberlo ya; del bolsillo de un italiano sólo se puede sacar un puñal, y de su alma una traición.

Fabiani.—Señora, os juro...

La Reina.—¡Sólo os falta ahora eso! ¿Llevaríais vuestra vileza hasta el punto de jurar? ¡Al fin me haréis ruborizar delante de esos caballeros, cuando ni siquiera podéis levantar la cabeza!

Fabiani.—Sí, señora, la levantaré, aunque vea que estoy perdido y que se ha resuelto mi muerte. Emplearéis todos los medios, el puñal, el veneno...

La Reina (cogiéndole de la mano y conduciéndole vivamente al proscenio).—¡El puñal, el veneno! ¿Qué dices, italiano? ¡La venganza traidora, la venganza vil, la venganza de los hombres de tu nación! ¡No, señor Fabiani, ni puñal ni veneno! ¿Necesito yo por ventura ocultarme, buscar la esquina de las calles por la noche, y hacerme pequeña cuando me vengo? ¡No, yo lo quiero todo á la luz del día, á la luz del sol, en la plaza pública; el hacha y el tajo; la multitud en calles, ventanas y tejados, y cien mil testigos del acto! Quiero que se tenga miedo, que se vea un aparato imponente, magnífico y espantoso á la vez; quiero que se diga: «¡Es una mujer ultrajada, pero también una reina que se venga!» Á ese favorito tan envidiado, á ese gallardo joven insolente, á quien he cubierto de terciopelo y seda, quiero verle ahora espantado, tembloroso y de rodillas sobre un paño negro, con los pies descalzos y las manos atadas, silbado por el pueblo y en manos del verdugo. En ese blanco cuello que yo adorné con un collar de oro voy á poner ahora una cuerda; he visto el efecto que Fabiani producía en un trono; veremos qué aspecto tiene en el cadalso.

Fabiani.—Señora...

La Reina.—¡Ni una palabra más, porque estás verdaderamente perdido! Has de subir al cadalso como Suffolk y Northumberland, y con esto proporcionaré una fiesta á mi buena ciudad de Londres; ya sabes cuánto te aborrece, y por lo tanto mayor será su satisfacción. ¡Ah! ¡gran cosa es ser María, reina de Inglaterra, hija de Enrique VIII, y dueña de los cuatro mares, cuando se quiere tomar venganza! Una vez en el patíbulo, Fabiani, podrás dirigir un largo discurso al pueblo como lo hizo Northumberland, ó una ferviente oración á Dios, como Suffolk, para que la gracia tenga tiempo de llegar; pero eres un traidor, y yo te aseguro que no habrá perdón. ¿Quién diría que ese miserable bergante me hablaba de amor esta mañana? ¡Dios mío, señores, parecéis admirados de que hable así ante vosotros; pero os repito que no me importa! (Á lord Somerset.) Milord duque, sois condestable de la Torre; pedid su espada á ese hombre.

Fabiani.—Hela aquí; pero protesto. Aun admitiendo que esté probado que engañé ó seduje á una mujer...

La Reina.—¡Y qué me importa que hayas seducido á una mujer! Esos señores comprenderán que á mí me es igual.

Fabiani.—Seducir á una mujer no es un crimen capital, señora. Vuestra Majestad no pudo conseguir que condenasen á Trogmorton por una acusación análoga.

La Reina.—¡Creo, Dios me perdone, que ese hombre se atreve á retarme! El gusano se convierte en serpiente. ¿Y quién te dice que se te acusa de eso?

Fabiani.—¿Pues de qué sería? Yo no soy inglés, ni tampoco súbdito de Vuestra Majestad; lo soy del rey de Nápoles, y vasallo del Padre santo. Apelaré á su legado, el eminentísimo cardenal Polus, para que me reclame; me defenderé, y además, soy extranjero; á mí no se me puede encausar sin que haya cometido un crimen, un verdadero crimen. ¿Cuál es el mío?

La Reina.—Todos oís la pregunta que ese hombre me dirige; escuchad ahora la respuesta; y tened todos cuidado, porque vais á ver que me basta golpear con el pie para hacer salir de tierra un cadalso. ¡Chandos, abrid de par en par esas puertas, y que éntre aquí toda la corte; dejad paso á todo el mundo!

ESCENA VIII

Los mismos, EL LORD CANCILLER, toda la corte

La Reina.—Entrad, señores, entrad, que hoy me complace verdaderamente veros á todos... Bien, bien; los hombres de justicia, por aquí... más cerca, más cerca... ¿Dónde están los reyes de armas de la Cámara de los lores, Harriot y Llanerillo? ¡Ah! ya os veo, señores; sed bien venidos; desenvainad vuestros aceros y colocaos á derecha é izquierda de ese hombre, que es vuestro prisionero.

Fabiani.—¿Cuál es mi crimen, señora?

La Reina.—Milord Gardiner, mi sabio amigo, sois canciller de Inglaterra, y os hacemos saber que debéis reuniros cuanto antes con los doce lores comisarios de la Cámara estrellada, á los cuales siento mucho no ver aquí, pues ocurren cosas extrañas en este palacio. Escuchad, señores, Isabel ha suscitado ya más de un enemigo de nuestra corona: hemos tenido la conspiración de Pietro Caro, que produjo el movimiento de Exeter, y que se correspondía secretamente con Isabel por medio de una cifra trazada en un bandolín; después, la traición de Tomás Wyat, que sublevó al condado de Kent; y por último, la rebelión del duque de Suffolk, que fué cogido en el hueco de un árbol después de la derrota de los suyos. Hoy tenemos un nuevo atentado: escuchad todos. Hoy, esta misma mañana, un hombre se ha presentado á mi audiencia, y después de algunas palabras ha levantado un puñal contra mí; pero he detenido su brazo á tiempo. Lord Chandos y el baile de Amont se han apoderado del hombre, y éste declara que lord Clanbrassil es quien le ha impelido al crimen.

Fabiani.—¡Yo! Eso no es verdad. ¡Oh! ¡qué cosa tan horrible! Ese hombre no existe, no se le encontrará. ¿Quién es? ¿Dónde se halla?

La Reina.—Está aquí.

Gilberto (saliendo de entre los soldados que le ocultaban).—Soy yo.

La Reina.—En vista de las declaraciones de ese hombre, Nos, María, reina de Inglaterra, acusamos ante la Cámara á ese hombre, Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, del delito de alta traición y conato de regicidio en nuestra persona imperial y sagrada.

Fabiani.—¡Regicida yo! ¡Esto es monstruoso! ¡Oh! mi cabeza se trastorna, mi vista se turba... ¿Quién me tiende este lazo? Quien quiera que seas, miserable, ¿osarás afirmar que es verdad cuanto ha dicho la reina?

Gilberto.—Sí.

Fabiani.—¿Yo te he impelido al regicidio?

Gilberto.—Sí.

Fabiani.—¡Maldición! ¡Señores, no podéis imaginar hasta qué punto eso es falso! ¡Desgraciado, quieres perderme, pero ignoras que tú te pierdes al mismo tiempo; el crimen de que me acusas recae sobre ti! Por tu causa moriré, pero tú perecerás también. ¡Insensato, con una sola palabra haces caer dos cabezas, la mía y la tuya!

Gilberto.—Ya lo sé.

Fabiani.—Señores, ese hombre está pagado...

Gilberto.—Por vos: he aquí la bolsa de oro que me disteis para cometer el crimen; en ella están bordados vuestro blasón y vuestra cifra.

Fabiani.—¡Justo cielo!... Pero ¿dónde está el puñal con que ese hombre quería, según dicen, herir á la reina? ¿Dónde está?

Lord Chandos.—Hele aquí.

Gilberto (á Fabiani).—Es el vuestro; me le disteis para descargar el golpe; en vuestra casa encontrarán la vaina.

El lord Canciller.—Conde de Clanbrassil, ¿qué tenéis que contestar? ¿Reconocéis á ese hombre?

Fabiani.—No.

Gilberto.—Á decir verdad, sólo me ha visto de noche. Permitidme hablarle dos palabras al oído, señora, porque así le ayudaré á recordar. (Se acerca á Fabiani y le habla en voz baja.) Hoy no reconoces á nadie, milord, ni al hombre ultrajado ni á la mujer seducida. ¡Ah! la reina se venga, pero el hombre del pueblo también; tú me habías retado, según creo; mas hete aquí cogido entre las dos venganzas. ¿Qué te parece, conde?... Yo soy Gilberto el cincelador.

Fabiani.—¡Sí, te reconozco!... Señores, reconozco á este hombre, y una vez que se trata de él, nada tengo que añadir.

La Reina.—¡Confiesa!

El lord Canciller (á Gilberto).—Según la ley normanda y el estatuto veinticinco del rey Enrique VIII, en los casos de lesa Majestad la confesión no salva al cómplice. No olvidéis que se trata de un caso en que la reina no tiene derecho de perdonar, y que moriréis en el cadalso lo mismo que aquel á quien acusáis. ¿Os ratificaréis en todo lo dicho?

Gilberto.—No ignoro que moriré; pero confirmo mis palabras.

Juana (aparte).—¡Dios mío, si esto es un sueño, es bien horrible!

El lord Canciller (á Gilberto).—¿Consentís en reiterar vuestras declaraciones con la mano sobre el Evangelio?

(Presenta el Evangelio á Gilberto, que pone la mano.)

Gilberto.—Juro por el Evangelio que ese hombre es un asesino; que ese puñal, que es suyo, ha servido para el crimen; y que esta bolsa, suya también, me fué entregada por él para cometerle. Esta es la verdad. ¡Que Dios me asista!

El lord Canciller (á Fabiani).—¿Qué tenéis que decir?

Fabiani.—Nada... ¡Estoy perdido!

Simón Renard (en voz baja á la Reina).—Vuestra Majestad ha enviado á buscar el verdugo; ahí está.

La Reina.—Bueno, que éntre.

(Los caballeros se desvían, y se ve aparecer al verdugo vestido de rojo y negro, llevando sobre el hombro una espada envainada.)

ESCENA IX

Los mismos, EL VERDUGO

La Reina.—¡Duque de Somerset, esos dos hombres á la Torre! ¡Canciller Gardiner, comenzaréis á instruir el proceso mañana mismo ante los doce pares; y que Dios asista á la vieja Inglaterra! Entendemos que esos hombres serán juzgados ambos antes de nuestra marcha á Oxford, donde abriremos el Parlamento; poco después nos trasladaremos á Windsor para pasar la Pascua. (Al verdugo.) ¡Acércate! Me alegro de verte, porque eres un buen servidor, y ya viejo, que ha visto tres reinados. Es costumbre que los soberanos de esta nación te hagan un regalo, el más rico que sea posible, el día de su advenimiento: mi padre, Enrique VIII, te dió el broche de diamantes de su manto; mi hermano, Eduardo VI, te regaló un anillo de oro cincelado; y ahora me toca á mí. Nada te he dado aún; quiero hacerte también un presente: acércate. (Señalando á Fabiani.) ¿Ves esa cabeza, esa hermosa cabeza, que aun esta mañana era lo que yo tenía por lo más bello y querido en el mundo? ¡Pues bien, esa cabeza que ves, yo te la doy!