Ilustración ornamental

JORNADA TERCERA


¿CUÁL DE LOS DOS?


PARTE PRIMERA


Sala del interior de la Torre de Londres; bóveda ojival sostenida por gruesos pilares; á derecha é izquierda las dos puertas bajas de dos calabozos; en un lado una claraboya que se figura situada sobre el Támesis, y en el opuesto otra que da á la calle; en ambos hay una puertecilla secreta en el muro. En el fondo, una galería con una especie de balcón cerrado por cristales, y que da á los patios exteriores de la Torre.

PERSONAJES

ESCENA I

GILBERTO, JOSHUA

Gilberto.—¿Qué hay?

Joshua.—¡Ay de mí!

Gilberto.—¿No hay esperanza?

Joshua.—¡Ninguna! (Gilberto se acerca á la ventana.) ¡Oh! no verás nada desde ahí.

Gilberto.—¿Te has informado bien?

Joshua.—Estoy seguro de ello.

Gilberto.—¿Es para Fabiani?

Joshua.—Sí.

Gilberto.—¡Qué feliz es ese hombre!

Joshua.—¡Pobre Gilberto! ya llegará tu vez; hoy él; mañana tú.

Gilberto.—¿Qué quieres decir? No nos entendemos. ¿De qué me hablas?

Joshua.—Del cadalso que levantan en este momento.

Gilberto.—Y yo te hablo de Juana.

Joshua.—¡De Juana!

Gilberto.—Sí, sólo de Juana, ¿qué me importa lo demás? ¿Has olvidado que desde hace más de un mes, con el rostro pegado á los barrotes de mi ventana, que da á la calle, la veo rondar de continuo, pálida y de luto, al pie de esta torrecilla que nos sirve de calabozo á Fabiani y á mí? ¿No recuerdas ya mis angustias, mis dudas y mis incertidumbres? ¿Por cuál de los dos viene ella? Me dirijo esta pregunta noche y día, y á ti también, Joshua; ayer noche me prometiste hacer lo posible por verla y hablarla. ¿Sabes algo? ¿Sabes si viene por mí ó por Fabiani?

Joshua.—He sabido que Fabiani debía ser decapitado hoy mismo, y mañana tú; y confieso que estoy como loco, amigo mío. El cadalso me ha hecho olvidar á Juana. Tu muerte...

Gilberto.—¡Mi muerte! ¿Qué entiendes tú por esta palabra? Mi muerte es que Juana no me ama ya; desde el día en que ya no fuí amado dejé de vivir; lo que ha sobrevivido en mí no vale ya la pena de que me lo quiten mañana. ¡Oh! tú no puedes imaginarte lo que es un hombre que ama. Si me hubieran dicho hace dos meses que Juana, esa Juana tan pura, mi amor, mi orgullo y mi tesoro, se entregaría á otro, y preguntado si la querría después, hubiera contestado que no, y que preferiría mil veces la muerte para los dos. ¡Pues bien! hoy sí la quisiera; Juana no es ya la mujer sin tacha á quien yo adoraba, y cuya frente apenas me atrevía á tocar con los labios; Juana se ha entregado á otro, á un miserable; ya lo sé; pero yo la amo siempre; besaría sus pies, y la pediría perdón si me quisiera. Aunque la encontrara en la calle con otras de mala nota, me la llevaría á casa para estrecharla contra mi corazón. Joshua, yo daría no cien años de vida, porque sólo me quedan algunas horas; pero sí la eternidad por ver sonreir una sola vez á Juana, una sola vez antes de mi muerte, y porque me dijera esa palabra que pronunciaba en otro tiempo: «¡Yo te amo!» Hete aquí, Joshua, lo que es el corazón de un hombre; no creas que se puede matar á la mujer que se adora; muy por el contrario, se acaba por arrodillarse á sus pies como un esclavo. Á ti te parece que soy débil; pero ¿qué hubiera adelantado yo con matar á Juana? ¡Oh! si ella me amase aún, nada me importaría todo lo que ha hecho; pero ella ama á Fabiani, y por él viene aquí. ¡Quisiera morir pronto, Joshua!

Joshua.—Fabiani será ejecutado hoy.

Gilberto.—Y yo mañana.

Joshua.—Siempre está Dios al fin de todo.

Gilberto.—Hoy quedaré vengado de él; mañana quedará vengado de mí.

Joshua.—Hermano, ahí viene el segundo condestable de la Torre, maese Eneas Dulverton; es preciso entrar; esta noche te veré, amigo mío.

Gilberto.—¡Oh! ¡morir sin ser amado, ni llorado! ¡Juana... Juana... Juana...!

(Entra en su calabozo.)

Joshua.—¡Pobre Gilberto! ¡Dios mío! ¿quién hubiera dicho nunca que debía llegar semejante caso?

(Sale.—Entran Simón Renard y maese Eneas Dulverton.)

ESCENA II

SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS DULVERTON

Simón Renard.—Es muy singular, como vos decís; pero ¿qué se le ha de hacer? La reina está loca y no sabe lo que quiere; no se puede confiar en nada, porque es una mujer. ¿Podríais decirme para qué viene aquí? ¡Vamos! el corazón de la mujer es un enigma, que el rey Francisco I descifró en los cristales de Chambord: «Voluble es la mujer, y loco el hombre que en ella fía.» Escuchad, maese Eneas, nosotros somos antiguos amigos, y por lo tanto os diré que es preciso que esto concluya hoy. De vos depende todo aquí; si os encargan... (Le habla al oído.) Alargad el asunto cuanto sea posible, para que el plan aborte después. Sólo puedo disponer de dos horas, y esta noche se ha de hacer lo que yo quiero. Mañana no ha de haber favorito; y como soy poderoso aquí, al día siguiente seréis barón y oficial de la Torre. ¿Está entendido?

Maese Eneas.—Perfectamente.

Simón Renard.—Bien... alguien viene, y no quiero que nos vean juntos; salid por ahí; yo voy á recibir á la reina.

(Sepáranse.)

ESCENA III

UN CARCELERO entra con precaución y después introduce á JUANA

El Carcelero.—Habéis llegado al sitio que deseabais, señora; ahí tenéis las puertas de los dos calabozos; si lo tenéis á bien, dadme mi recompensa.

Juana (se quita su brazalete de diamantes y lo entrega).—Ahí la tenéis.

El Carcelero.—Gracias; no me comprometáis.

(Sale.)

Juana (sola).—¡Dios mío! ¿cómo lo haré? Yo soy quien le ha perdido, y mi deber es salvarle; pero no lo conseguiré, porque nada puede hacer una mujer sola en semejante caso. ¡El cadalso, el cadalso... esto es horrible! ¡Vamos, menos lágrimas y más obras!... Pero ¿cómo he de hacerlo? ¡Compadeceos de mí, Dios mío! Alguien viene... ¿quién habla? Reconozco esa voz; es la de la reina... ¡Ah, todo se ha perdido!

(Se oculta detrás de un pilar.—Entran la reina y Simón Renard.)

ESCENA IV

LA REINA, SIMÓN RENARD, JUANA, oculta

La Reina.—¡Ah! el cambio os extraña; no me parezco á mí misma. ¡Pues bien! ¿qué me importa? Ahora no quiero ya que muera.

Simón Renard.—Vuestra Majestad ordenó ayer, sin embargo, que la ejecución se efectuase hoy.

La Reina.—También ordené el domingo que se verificara el lunes, y hoy mando que se efectúe mañana.

Simón Renard.—En efecto, desde que la Cámara pronunció la sentencia, hace ya tres semanas, Vuestra Majestad aplaza la ejecución de un día para otro.

La Reina.—¡Pues bien! ¿no comprendéis lo que esto significa, caballero? ¿Será preciso decíroslo todo, y que una débil mujer os abra su corazón, porque la infeliz es reina, y vos representáis aquí al príncipe de España, mi futuro esposo? ¡Dios mío! vosotros no sabéis esto; en las mujeres, el corazón tiene su pudor como el cuerpo; y en fin, puesto que deseáis saberlo, aparentando no comprender nada, os diré que aplazo la ejecución de Fabiani porque todas las mañanas me falta la fuerza al pensar que la campana de la Torre de Londres anunciará la muerte de ese hombre. Desfallezco al reflexionar que se afila el hacha para Fabiani, y que se ha de abrir una tumba para ese hombre; porque soy débil, porque estoy loca y porque le amo... ¿Estáis ya satisfecho? ¿Me comprendéis ahora? ¡Oh! ya encontraré medio de vengarme algún día por lo que me hacéis decir ahora.

Simón Renard.—Sin embargo, ya es tiempo de acabar con ese Fabiani; vais á uniros con mi señor el príncipe de España, señora.

La Reina.—Si el príncipe de España no está conforme, que me lo diga; ya buscaremos otro esposo, pues no faltan pretendientes. El hijo del rey de los romanos, el príncipe del Piamonte, el infante de Portugal, el rey de Dinamarca y lord Courtenay son tan buenos caballeros como él.

Simón Renard.—¡Lord Courtenay!

La Reina.—Un barón inglés es tan noble como un príncipe; y además, lord Courtenay desciende de los emperadores de Oriente.

Simón Renard.—Fabiani se ha hecho aborrecer de todo Londres.

La Reina.—Excepto de mí.

Simón Renard.—Los menestrales piensan como los nobles. Si no se efectúa la ejecución hoy mismo, como lo ha prometido Vuestra Majestad...

La Reina.—¿Qué más?

Simón Renard.—Habrá un motín popular.

La Reina.—Tengo mis lansquenetes.

Simón Renard.—Habrá complot de nobles.

La Reina.—Tengo el verdugo.

Simón Renard.—Vuestra Majestad ha jurado por el devocionario de su madre que no concedería perdón.

La Reina.—He aquí una firma en blanco que me ha remitido, y en la cual juro por mi corona imperial que concederé la gracia pedida. La corona de mi padre vale tanto como el devocionario de mi madre; un juramento anula el otro; y además, ¿quién os dice que le perdonaré?

Simón Renard.—¡Os ha vendido traidoramente!

La Reina.—¿Qué me importa? Todos los hombres hacen otro tanto. Yo no quiero que muera. Escuchad, milord... quiero decir embajador... estoy tan perturbada, que no sé ya á quién hablo. Ya sé todo lo que me vais á decir: que es un hombre vil, un cobarde, un miserable; lo reconozco, y me ruborizo de ello; pero le amo. ¿Qué queréis que haga? Tal vez amaré menos á un hombre honrado. Por otra parte, ¿quién sois vos que os dais tanta importancia? ¿Valéis más que él? Vais á decirme que es un favorito, y que á la nación inglesa no le agrada ninguno; pero ¿no sé yo acaso que trabajáis para derribarle y poner en su lugar al conde de Kildare, ese fatuo irlandés? Aunque haga cortar veinte cabezas diarias, nada tenéis que ver con ello. Y no me habléis más del príncipe de España, pues poco caso hacéis de él. No quiero oir hablar tampoco del descontento del señor de Noailles, el embajador de Francia, porque es un necio, y se lo diré yo misma. Además, yo soy mujer, quiero y no quiero, y me falta algo... necesito la vida de ese hombre para vivir. ¡Vamos! no toméis ese aire de candor virginal y de buena fe, porque harto conozco todas vuestras intrigas. Sabéis tan bien como yo que no ha cometido el crimen por que se le condena. Quedamos convenidos; no quiero que Fabiani muera: ¿soy yo el ama ó no? ¡Vaya, hablemos de otra cosa!

Simón Renard.—Me retiro, señora. Toda la nobleza os ha hablado por mi voz.

La Reina.—¡Qué me importa la nobleza!

Simón Renard (aparte).—Probemos con el pueblo.

(Sale haciendo una profunda reverencia.)

La Reina (sola).—Ha salido con un aire singular. Ese hombre es capaz de promover algún motín. Será preciso que vaya al Ayuntamiento... ¡Hola, aquí alguno!

(Preséntanse maese Eneas y Joshua.)

ESCENA V

Los mismos menos SIMÓN RENARD; MAESE ENEAS, JOSHUA

La Reina.—¿Sois vos, maese Eneas? Es preciso que vos y ese hombre os encarguéis de facilitar la fuga del conde de Clanbrassil.

Maese Eneas.—Señora...

La Reina.—¡Vamos! no quiero fiarme de vos, pues recuerdo que sois uno de sus enemigos. ¡Dios mío! todos cuantos me rodean aborrecen al hombre que amo. Apostaría á que ese llavero, á quien no conozco, le aborrece también.

Joshua.—Es verdad, señora.

La Reina.—¡Dios mío! ese Simón Renard es más rey que yo reina. ¡Cómo! ¿no podré fiarme de nadie aquí? ¿no podré dar á persona alguna plenos poderes para que se encargue de la evasión de Fabiani?

Juana (saliendo de su escondite).—¡Sí, señora, á mí!

Joshua (aparte).—¡Juana!

La Reina.—¡Tú, eres tú, Juana Talbot! ¿Cómo es que te hallas aquí? ¡Ah! es igual; si vienes á salvar á Fabiani, gracias. Debería aborreceros, Juana, y estar celosa de vos, pues tengo mis razones para ello; pero no, os amo porque le amáis. Ante el cadalso no puede haber ya envidia ni celos, y sí sólo amor. Sois como yo; le perdonáis; ya lo veo; los hombres no comprenden eso; pero nosotras nos entenderemos. ¿No es cierto que ambas somos muy desgraciadas? Es preciso conseguir la evasión de Fabiani, y sólo puedo contar con vos; de modo que debo aceptar vuestros servicios, porque lo tomaréis con interés. Encargaos de todo. Vosotros dos, obedeced á Juana Talbot en todo cuanto os ordene, y advertid que me respondéis con vuestras cabezas de la ejecución de sus órdenes. ¡Abrázame, Juana!

Juana.—El Támesis baña el pie de la Torre por aquel lado, y he visto que hay una salida secreta. Si hubiese un barco allí, la evasión se efectuaría por el río; es lo más seguro.

Maese Eneas.—Es imposible conducir hasta ahí un barco en menos de una hora.

Juana.—Es mucho tiempo.

Maese Eneas.—Pronto pasará, y además, habrá cerrado la noche, que será favorable, si Su Majestad se empeña en que se lleve á cabo la evasión.

La Reina.—En efecto, tal vez sea más conveniente; queda convenido, pues, para dentro de una hora. Yo me retiro, Juana, y sólo os encargo que salvéis á Fabiani.

Juana.—Estad tranquila, señora.

(La reina sale, siguiéndola Juana con la vista.)

Joshua (en el proscenio).—¡Gilberto tenía razón, todo es para Fabiani!

ESCENA VI

Los mismos, menos LA REINA

Juana (á Maese Eneas).—Ya habéis oído cuál es la voluntad de la reina: una barca al pie de la Torre, las llaves de los pasadizos secretos, un sombrero y una capa.

Maese Eneas.—No es posible tener todo eso antes de la noche; dentro de una hora, señora.

Juana.—Está bien; retiraos y dejadme con este hombre.

(Maese Eneas sale; Juana le sigue con la vista.)

Joshua (aparte, en el proscenio).—¡Ese hombre! Es muy sencillo; quien ha olvidado á Gilberto no reconoce á Joshua.

(Se dirige hacia la puerta del calabozo de Fabiani, y prepárase á abrir.)

Juana.—¿Qué hacéis ahí?

Joshua.—Me anticipo á vuestros deseos, señora; abro esta puerta.

Juana.—¿Quién está ahí?

Joshua.—Es la puerta del calabozo de milord Fabiani.

Juana.—¿Y esa?

Joshua.—Es la del calabozo de otro.

Juana.—¿De quién?

Joshua.—De otro condenado á muerte, de uno que sin duda no conocéis. Es un obrero llamado Gilberto.

Juana.—¡Abrid esa puerta!

Joshua (después de abrir la puerta).—¡Gilberto!

ESCENA VII

JUANA, GILBERTO, JOSHUA

Gilberto (en el interior del calabozo).—¿Qué me quieren? (Aparece en el umbral, ve á Juana, y apóyase vacilante contra la pared.) ¡Juana!... ¡Juana Talbot!

Juana (de rodillas, sin levantar la vista).—¡Gilberto, vengo á salvaros!

Gilberto.—¡Á salvarme!

Juana.—Escuchad: compadeceos de mí, y no me agobiéis con vuestras quejas, pues sé todo lo que vais á decirme. Es preciso que yo os salve; todo está preparado, y la evasión es segura; dejadme hacer á mí lo que permitiríais á otra; sólo os pido esto; después, sea yo desconocida para vos; ya no sabréis quién soy; no me perdonéis; pero dejadme salvaros.

Gilberto.—¡Gracias! es inútil. ¿Para qué quiero salvar mi vida, Juana, si ya no me amáis?

Juana (con alegría).—¡Oh, Gilberto! ¿Os dignáis aún ocuparos de lo que siente el corazón de la pobre muchacha? ¿Es posible que el amor que pueda profesar á otro os interese hasta el punto de pareceros que vale la pena informaros sobre él? Yo creía que ya os era igual, y que me despreciabais demasiado para cuidaros de mí. ¿Si supiérais, Gilberto, qué impresión me producen las palabras que acabáis de dirigirme? ¡Es un rayo de sol inesperado en una noche oscura! Escuchad: si yo me atreviese aún á acercarme á vos, á tocar vuestra ropa, á estrecharos la mano; si osase levantar la vista para miraros, como en otro tiempo, ¿sabéis lo que os diría, prosternada, llorando á vuestros pies, con sollozos en la boca y la alegría en el corazón? Os diría: ¡Gilberto, yo te amo!

Gilberto (estrechándola entre sus brazos con arrebato).—¡Tú me amas!

Juana.—¡Sí, te amo!

Gilberto.—¡Tú me amas! ¡Dios mío, será verdad! ¿Es ella la que me lo dice, es su boca la que habla?

Juana.—¡Gilberto mío!

Gilberto.—¿Dices que lo has preparado todo para mi evasión? ¡Pronto, pronto, la vida! ¡Quiero vivir, porque Juana me ama! Parece que esa bóveda se apoya en mi cabeza y me aplasta. ¡Necesito aire... aquí me muero; huyamos pronto, Juana! ¡Quiero vivir, porque soy amado!

Juana.—Aún no; es preciso tener un barco, y para ello se ha de esperar la noche; pero puedes estar tranquilo, porque te salvarás. Antes de una hora saldremos de aquí; la reina no volverá por lo pronto, y entre tanto yo soy quien manda. Más tarde te explicaré esto.

Gilberto.—¡Una hora de espera! ¡Qué larga me parecerá! Ya ansío recobrar la vida y la dicha. ¡Juana, Juana, yo viviré y tú me amarás; reiré y cantaré; detenme para que no cometa alguna locura!

Juana.—¡Sí, te amo, Gilberto, y esto es tan verdad como si te lo dijera en mi lecho de muerte; jamás amé sino á ti, ni aun cuando te faltaba, pues entonces te quería en el fondo de mi corazón! ¡Apenas caída en brazos del demonio que me ha perdido, he llorado á mi ángel!

Gilberto.—¡Olvidar, perdonar! No hables de eso, Juana. ¡Oh! ¿qué me importa á mí el pasado, ni quién resiste á tu acento? ¡Sí, todo te lo perdono, niña adorada! Los celos y la desesperación han abrasado las lágrimas en mis ojos, pero te perdono y te doy gracias, porque para mí eres la única cosa que brilla en este mundo; cada una de tus palabras amortigua más mi dolor, y la alegría renace en mi alma. ¡Juana, levanta la cabeza y mírame!

Juana.—¡Siempre generoso, amado Gilberto!

Gilberto.—¡Oh! ya quisiera estar fuera, muy lejos de aquí, libre contigo. ¡Cuánto tarda en llegar la noche!... Juana, saldremos sin detenernos de Londres, y después, de Inglaterra: iremos á Venecia, porque los de mi oficio ganan allí mucho dinero... ¡Pero Dios mío, estoy loco... olvidaba el nombre que llevas! ¡Es demasiado noble, Juana!

Juana.—¿Qué quieres decir?

Gilberto.—Eres hija de lord Talbot.

Juana.—Conozco otro nombre más hermoso.

Gilberto.—¿Cuál?

Juana.—Esposa del obrero Gilberto.

Gilberto.—¡Juana!...

Juana.—¡Oh! no creas que yo te pido esto, porque sé muy bien que soy indigna de ti, y no me atreveré á levantar mi vista tan alta, ni abusaré del perdón hasta ese punto. El pobre cincelador Gilberto no se unirá desventajosamente con la Condesa de Waterford; no, yo te seguiré y te amaré, sin abandonarte jamás; durante el día me echaré á tus pies, y por la noche á tu puerta; veré cómo trabajas, te ayudaré y te daré cuanto necesites. Quiero ser para ti, algo menos que una hermana y algo más que un perro fiel; y si te casas, Gilberto, pues Dios permitirá que acabes por encontrar una mujer pura y sin mancha, digna de ti, entonces, si ella es buena, y si quiere, seré la sirvienta de tu esposa; si no le place, iré á morir donde pueda. Sólo en este caso me separaré de ti. Si no te casas, permaneceré á tu lado, mostrándome siempre afable y resignada; y si se piensa mal porque viva contigo, nada me importa. Ya no tengo de qué ruborizarme; soy una pobre joven abandonada.

Gilberto (cayendo á sus pies).—¡Eres un ángel; eres mi esposa!

Juana.—¡Tu esposa! ¿Perdonas solo como Dios, purificando? ¡Ah! ¡bendito seas, Gilberto, por ceñirme con esa corona la frente!

(Gilberto se levanta y la estrecha en sus brazos; mientras que se hallan en esta actitud, Joshua coge de la mano á Juana.)

Joshua.—Es Joshua, señora Juana.

Gilberto.—¡Mi buen Joshua!

Joshua.—Antes no me habíais reconocido.

Juana.—¡Ah! es que debí haber comenzado por él.

(Joshua le besa la mano.)

Gilberto (estrechándole en sus brazos).—¡Qué felicidad! ¿Puede ser cierta tanta dicha?

(Desde hace algunos instantes se oye fuera un ruido lejano, gritos confusos y tumulto: el día comienza á declinar.)

Joshua.—¿Qué ruido es ese?

(Se acerca á la ventana que da á la calle.)

Juana.—¡Dios mío! con tal que no suceda nada...

Joshua.—La multitud se agolpa en la calle; se ven picas y hachas; los pensionarios de la Reina están á caballo y en orden de batalla; todos vienen por aquí... ¡Qué gritos! ¡Ah diablo! diríase que es un motín popular.

Juana.—¡Con tal que no sea contra Gilberto!

Gritos lejanos.—¡Muera Fabiani!

Juana.—¿Oís?

Joshua.—Sí.

Juana.—¿Qué dicen?

Joshua.—No lo entiendo bien.

Juana.—¡Dios mío! ¿qué será?

(Entran precipitadamente por la puerta secreta maese Eneas y un barquero.)

ESCENA VIII

Los mismos, MAESE ENEAS, un barquero

Maese Eneas.—¡Milord Fabiani, no hay que perder un instante! Se ha sabido que la Reina quería salvaros, y el pueblo de Londres se ha sublevado contra vos; dentro de un cuarto de hora os habrían hecho pedazos. Salvaos, Milord; he aquí una capa y un sombrero; tomad las llaves; ese hombre conducirá la barca, y tened presente que á mí es á quien debéis todo esto. Daos prisa. (En voz baja al barquero.) No te apresures.

Juana.—(Cubre la cabeza de Gilberto y le pone la capa.) (En voz baja á Joshua.) ¡Cielos! con tal que ese hombre no reconozca...

Maese Eneas (mirando á Gilberto con fijeza).—¡Cómo! ¡ese no es lord Clanbrassil! No ejecutáis las órdenes de la Reina, señorita; facilitáis la fuga de otro.

Juana.—¡Todo se ha perdido!... ¡Debí preverlo! ¡Por Dios, amigo mío, tened compasión; ya sé que es verdad!...

Maese Eneas (en voz baja á Juana).—¡Silencio! Haced lo que deseáis; yo no he dicho nada ni visto nada.

(Se retira al fondo del teatro con aire indiferente.)

Juana.—¿Qué dice?... ¡Ah! la Providencia está por nosotros. ¡Todo el mundo quiere salvar á Gilberto!

Joshua.—No, señorita Juana, todo el mundo quiere perder á Fabiani.

(Durante esta escena redoblan fuera los gritos.)

Juana.—¡Apresurémonos, Gilberto! ¡Pronto, pronto!

Joshua.—Dejadle salir solo.

Juana.—¡Abandonarle!

Joshua.—Sólo por un instante: no debe ir una mujer en la barca si queréis que llegue á buen puerto, porque aún es de día y vais vestida de blanco. Una vez pasado el peligro, volveréis á veros. Venid conmigo por aquí, y dejadle salir por allá.

Juana.—Joshua tiene razón. ¿Dónde te encontraré, Gilberto?

Gilberto.—Debajo del primer arco del puente de Londres.

Juana.—¡Bien; véte pronto; el ruido redobla, y quisiera que ya estuvieses lejos!

Joshua.—He aquí las llaves: se han de abrir doce puertas antes de llegar á la orilla del agua; de modo que tardaréis un cuarto de hora largo.

Juana.—¡Un cuarto de hora! ¡Doce puertas! ¡Esto es horrible!

Gilberto (abrazándola).—Adiós, Juana; algunos instantes más de separación y nos uniremos para toda la vida.

Juana.—¡Por toda la eternidad! (Al barquero.) Buen hombre, os lo recomiendo.

Maese Eneas (en voz baja al barquero).—Por si ocurre un accidente, no te apresures.

(Gilberto sale con el barquero.)

Joshua.—¡Está salvado! Ahora, nosotros; es preciso cerrar ese calabozo. (Cierra el calabozo de Gilberto.) Ya está hecho. Venid pronto por aquí.

(Sale con Juana por la otra puerta oculta.)

Maese Eneas (solo).—Fabiani ha quedado en la ratonera. He ahí una jovencilla muy diestra, que maese Simón Renard hubiera pagado á peso de oro. Pero ¿cómo tomará esto la Reina? Con tal que no recaiga la culpa sobre mí...

(Entran lentamente por la galería Simón Renard y la Reina. El tumulto exterior ha ido en aumento; la noche acaba de cerrar; óyense gritos de muerte, el rumor de las oleadas de la multitud, crugido de armas, detonaciones y pisadas de caballos. Varios caballeros, daga en mano, acompañan á la Reina; entre ellos va el Heraldo de Inglaterra Clarence, llevando el estandarte real, y el Heraldo de la Orden de la Jarretera con la banda de la misma.)

ESCENA IX

LA REINA, SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS, LORD CLINTON, los dos HERALDOS, Caballeros, pajes, etc.

La Reina (en voz baja á Maese Eneas).—¿Se ha evadido Fabiani?

Maese Eneas.—Aún no.

La Reina.—¡Aún no!

(Le mira fijamente con expresión amenazadora.)

Maese Eneas (aparte).—¡Diablo!

Gritos del pueblo (fuera).—¡Muera Fabiani!

Simón Renard.—Es preciso que Vuestra Majestad tome un partido al punto, pues el pueblo quiere la muerte de ese hombre, y en todo Londres reina la mayor efervescencia; la Torre está bloqueada; el motín es formidable, y varios nobles han sido arrastrados en el puente. Los guardias de Vuestra Majestad se sostienen aún; mas no por eso habéis sido menos acosada de calle en calle, desde la casa Ayuntamiento hasta la Torre. Los partidarios de Isabel se han mezclado con el pueblo, y esto se comprende por la malignidad del motín. Lo veo todo muy oscuro. ¿Qué ordena Vuestra Majestad?

Gritos del pueblo.—¡Fabiani! ¡Muera Fabiani!

(Van en aumento y acércanse cada vez más.)

La Reina.—¡Muera Fabiani! Señores, ¿oís ese pueblo que grita? Es preciso darle un hombre; el populacho quiere comer.

Simón Renard.—¿Qué ordena Vuestra Majestad?

La Reina.—Señores, paréceme que todos tembláis alrededor de mí. ¡Por el cielo! ¿será necesario que una mujer os enseñe á ser caballeros? ¡Á caballo, señores, á caballo! ¿Os intimida la canalla por ventura? ¿Temerán las espadas á los palos?

Simón Renard.—No permitáis que las cosas vayan más lejos, señora; ceded mientras sea tiempo; ahora podéis decir «la canalla»; de aquí á una hora diréis «el pueblo».

(Los gritos redoblan; el ruido se acerca.)

La Reina.—¡Dentro de una hora!

Simón Renard (se dirige á la galería y vuelve).—Dentro de un cuarto de hora, señora. Han forzado ya el primer recinto de la Torre; un paso más y el pueblo estará dentro.

El pueblo.—¡Á la Torre, á la Torre! ¡Muera Fabiani, muera Fabiani!

La Reina.—¡Qué verdad es que el pueblo es una cosa horrible! ¡Fabiani!

Simón Renard.—¿Queréis ver cómo le despedazan á vuestra vista en pocos momentos?

La Reina.—¡Verdaderamente es una infamia que ninguno de vosotros se mueva, señores! Pero ¡en nombre del cielo, defendedme!

Lord Clinton.—Á vos sí, señora; á Fabiani, no.

La Reina.—¡Dios mío, será forzoso confesarlo; pero no importa, tanto peor! Fabiano es inocente, Fabiano no ha cometido el crimen por el cual se le condena. Yo y el cincelador Gilberto lo hemos inventado y combinado. ¡Todo es pura comedia! ¿Osaríais desmentirme, señor embajador? ¿Y no le defenderéis ahora, señores, puesto que os digo que es inocente? ¡Por mi Dios, por mi corona y por el alma de mi madre, juro que es inocente del crimen de que se le acusa! ¡Defendedle, mi bravo Clinton; exterminad á estos como lo hicisteis con Tomás Wyat! Os juro que es falso que Fabiani haya querido asesinar á la reina.

Lord Clinton.—Á otra reina ha querido asesinar, que es la Inglaterra.

(Los gritos continúan fuera.)

La Reina.—¡El balcón, abrid el balcón! ¡Quiero probar yo misma al pueblo que no es culpable!

Simón Renard.—¡Probad al pueblo que no es italiano!

La Reina.—¡Cuando pienso que un Simón Renard, una hechura del cardenal de Granvelle, es quien osa hablarme así! ¡Pues bien, abrid esa puerta, abrid el calabozo; Fabiano está ahí y quiero verle, quiero hablarle!

Simón Renard.—¿Qué hacéis? Por su propio interés sería inútil dar á conocer á todo el mundo dónde se halla.

El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!

Simón Renard.—¿Oís lo que gritan?

La Reina.—¡Dios mío, Dios mío!

Simón Renard.—Elegid, señora: (Señala con una mano la puerta del calabozo.) Ó esa cabeza al pueblo, (Señala con la otra mano la corona de la reina.) ó esa corona á la princesa Isabel.

El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!

(Una piedra rompe un vidrio junto á la Reina.)

Simón Renard.—Vuestra Majestad se pierde sin salvarle; ya han forzado el segundo patio. ¿Qué dispone la reina?

La Reina.—Todos sois unos cobardes, y Clinton el primero. ¡Ah, Clinton, ya me acordaré de esto, amigo mío!

Simón Renard.—¿Qué dispone la reina?

La Reina.—¡Oh, verme abandonada así, haberlo confesado todo y no poder conseguir nada! ¿Qué son, y para qué sirven esos caballeros? El pueblo es infame; yo quisiera hollarle bajo mis pies. ¿Hay, pues, casos en que la reina no es sino una mujer? ¡Todas me las pagaréis juntas, señores!

Simón Renard.—¿Qué dispone la reina?

La Reina (agobiada).—Lo que vos queráis; haced lo que os plazca. ¡Sois un asesino! (Aparte.) ¡Oh Fabiani!

Simón Renard.—¡Heraldos, á mí! Maese Eneas, abrid el balcón grande de la galería.

(El balcón del fondo se abre; Simón Renard se asoma, con un heraldo á la izquierda y otro á la derecha; se oye inmenso rumor.)

El pueblo.—¡Fabiani, Fabiani!

Simón Renard (en el balcón, de cara al pueblo).—¡En nombre de la Reina!

Los heraldos.—¡En nombre de la Reina!

(Profundo silencio fuera.)

Simón Renard.—¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la Reina! Hoy, esta misma noche, una hora después de la queda, Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, cubierto con un velo negro desde la cabeza á los pies, amordazado con mordaza de hierro, con un hacha de cera amarilla de tres libras de peso en la mano, será conducido desde la Torre de Londres, por Charing-Cross, al Mercado Viejo de la Cité, para ser decapitado públicamente, en castigo de sus crímenes de alta traición, y por su conato de regicidio en la sagrada persona de Su Majestad.

(Óyense fuera ruidosos aplausos.)

Simón Renard.¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la Reina!

El pueblo.—¡Viva la Reina! ¡Muera Fabiani!

Simón Renard (continuando).—Y para que nadie lo ignore en esta ciudad, oíd lo que la Reina ordena: durante todo el trayecto que el condenado debe recorrer desde la Torre de Londres al lugar de la ejecución, se hará tocar la gran campana de la Torre, disparándose tres cañonazos, el primero cuando el reo suba al cadalso, el segundo cuando se arrodille sobre el paño negro, y el tercero cuando caiga su cabeza.

(Aplausos.)

El pueblo.—¡Luces, luces!

Simón Renard.—Esta noche, la Torre y la Cité de Londres se iluminarán con hogueras y hachas en señal de regocijo. He dicho. (Aplausos.) ¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra!

Los dos heraldos.—¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra!

El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva María! ¡Viva la Reina!

(Ciérrase el balcón; Simón Renard se acerca á la Reina.)

Simón Renard.—Jamás me perdonará la princesa Isabel lo que acabo de hacer ahora.

La Reina.—¡Ni tampoco la reina María!... ¡Dejadme ahora, caballero!

(Despide con un ademán á todos los presentes.)

Simón Renard (en voz baja á Maese Eneas).—Cuidaos de la ejecución.

Maese Eneas.—Confiad en mí.

(Simón Renard sale; en el momento en que maese Eneas se dispone á seguirle, la Reina corre hacia él, cógele por un brazo y le conduce vivamente al proscenio.)

ESCENA X

LA REINA, MAESE ENEAS

Gritos fuera.—¡Muera Fabiani!

La Reina.—¿Cuál de las dos cabezas crees tú que vale más en este momento, la de Fabiani ó la tuya?

Maese Eneas.—Señora...

La Reina.—¡Eres un traidor!

Maese Eneas.—Señora... (aparte).—¡Diablo!

La Reina.—Pocas explicaciones. Juro por mi madre que si Fabiano muere, tú morirás también.

Maese Eneas.—Pero, señora...

La Reina.—Salva á Fabiano y te salvarás; de lo contrario, has de morir.

Gritos.—¡Muera Fabiani!

Maese Eneas.—¡Salvar á lord Clanbrassil! El pueblo está ahí... es imposible. ¿Por qué medio?...

La Reina.—Busca.

Maese Eneas.—¿Cómo hacerlo, Dios mío?

La Reina.—Como si fuera para ti.

Maese Eneas.—Pero, ved que el pueblo permanecerá armado hasta después de la ejecución; para apaciguarle es preciso decapitar á uno ú otro.

La Reina.—Á quien tú quieras.

Maese Eneas.—¿Á quien yo quiera? Esperad, señora... La ejecución se efectuará de noche, á la luz de las hachas, y el reo irá cubierto con un velo negro y amordazado; el pueblo debe mantenerse á cierta distancia, según costumbre, y basta que vea caer una cabeza. La cosa es posible... Con tal que el barquero esté todavía ahí... ya le dije que no se apresurase. (Se dirige á la ventana que da al Támesis.) ¡Aún está ahí; pero ya era tiempo! (Se inclina hacia fuera, con un hacha en la mano, agitando su pañuelo, y después se dirige á la reina.) Está bien; os respondo de milord Fabiani, señora.

La Reina.—¿Por tu cabeza?

Maese Eneas.—Por mi cabeza.