Una especie de sala, en la cual desembocan dos escaleras, una para subir y otra para bajar; la entrada de cada una ocupa parte del fondo del escenario; la primera se pierde en los frisos y la segunda en el foso: no se ve de dónde parten ni á dónde conducen.
La sala está tendida de negro de una manera particular: la pared de la derecha, la de la izquierda y el techo, revestidos con un paño negro cortado por una cruz blanca; el que da frente al espectador es blanco con cruz negra; y uno y otro se prolongan hasta perderse de vista en las dos escaleras. Á derecha é izquierda hay un altar tendido de negro y blanco, como para unos funerales: grandes cirios, sin ningún sacerdote; de las bóvedas penden algunas lámparas funerarias, que alumbran débilmente la sala y las escaleras; lo que las ilumina en realidad es el paño blanco del fondo, á través del cual se distingue un resplandor rojizo, cual si hubiese detrás una inmensa hoguera. Las baldosas de la sala son tumulares. Al levantarse el telón se ve dibujarse en negro sobre el paño transparente la sombra inmóvil de la Reina.
JUANA y JOSHUA entran con precaución, levantando una de las colgaduras negras, por una puertecilla disimulada
Juana.—¿Dónde estamos, Joshua?
Joshua.—En el descanso de la escalera por donde bajan los condenados que van al suplicio.
Juana.—¿No hay medio de escapar de la Torre?
Joshua.—El pueblo guarda todas las salidas; quiere estar seguro esta vez de que no se le escapará su condenado, y nadie podrá franquear las puertas antes de la ejecución.
Juana.—La arenga que se ha pronunciado desde ese balcón resuena aún en mis oídos. Todo esto es horrible, Joshua.
Joshua.—¡Otras muchas escenas he visto como ésta!
Juana.—¡Con tal que Gilberto haya conseguido evadirse! ¿Le crees salvado, Joshua?
Joshua.—Estoy seguro de ello.
Juana.—¿Bien seguro?
Joshua.—La Torre no estaba guardada por la parte del río, y además, cuando debió salir, el motín no era lo que fué después. ¿Sabéis que es imponente?
Juana.—¿Estáis seguro de que se habrá salvado?
Joshua.—Ahora os espera seguramente en el primer arco del puente de Londres, donde os reuniréis con él á media noche.
Juana.—¡Dios mío! ¡qué inquieto estará! (Divisando la sombra de la Reina.) ¡Cielos! ¿Qué es eso, Joshua?
Joshua (en voz baja, cogiéndole la mano).—¡Silencio!... Es la leona que acecha.
(Mientras que Juana contempla aquella silueta negra con terror, óyese una voz lejana que parece proceder de arriba, y la cual pronuncia distintamente estas palabras:)
Voz.—El que me sigue, cubierto con un velo negro, es el muy alto y poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy, barón de Darmouth en Devonshire, que será decapitado en el mercado de Londres por crimen de regicidio y de alta traición. ¡Dios tenga misericordia de su alma!
Otra voz.—¡Rogad por él!
Juana (temblando).—¡Joshua! ¿Oís?
Joshua.—Sí; yo oigo esas cosas todos los días.
(En lo alto de la escalera aparece un cortejo fúnebre que se desarrolla lentamente á medida que baja. Á la cabeza va un hombre vestido de negro, que lleva una bandera blanca con cruz negra; sigue maese Eneas Dulverton, revestido de manto negro, con su bastón de condestable en la mano; un grupo de soldados con partesanas y traje rojo, y el verdugo con su hacha al hombro y el filo vuelto hacia el que va detrás, que es un hombre cubierto completamente con un gran velo negro, cuyas puntas se arrastran bajo sus pies. De este hombre no se ve sino un brazo que pasa por una abertura del velo, empuñando la mano un blandón de cera amarilla. Á su lado va un sacerdote, y detrás otro grupo de soldados con partesanas, un hombre vestido de blanco, que lleva bandera negra con cruz blanca; y á derecha é izquierda dos filas de alabarderos, alumbrando con hachas.)
Juana.—¡Joshua! ¿No veis?
Joshua.—Todos los días veo esas cosas.
(En el momento de desembocar en el escenario, el cortejo se detiene.)
Juana.—¡Joshua! ¿No veis?
Maese Eneas.—El que va detrás de mí, cubierto con un velo negro, es el muy alto y muy poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy, barón de Darmouth, en Devonshire, que será decapitado en el mercado de Londres, por crimen de regicidio y alta traición. ¡Dios tenga misericordia de su alma!
Los dos heraldos.—¡Rogad por él!
(El cortejo cruza lentamente por el fondo del teatro.)
Juana.—Lo que vemos es una cosa terrible. Joshua, esto me hiela la sangre.
Joshua.—¡Ese miserable Fabiani!
Juana.—¡Paz, Joshua! Bien miserable, pero muy desgraciado.
(El cortejo llega á la otra escalera. Simón Renard, que desde hace algunos instantes se ha presentado en la entrada de aquella, observándolo todo, se aparta para dejar el paso libre; el cortejo penetra bajo la bóveda de la escalera, donde desaparece poco á poco. Juana le sigue con la vista, poseída de terror.)
Simón Renard (después de haber desaparecido el cortejo).—¿Qué significa eso? ¿Es ese Fabiani? Yo le creía más bajo. ¿Será que maese Eneas?... Paréceme que la Reina ha hablado con él un momento... Veamos lo que hay.
(Desaparece en la escalera en pos del cortejo.)
Joshua.—La campana grande anunciará muy pronto su salida de la Torre, y entonces será tal vez posible que escapéis; voy á buscar los medios; esperadme hasta que vuelva.
Juana.—¿Me dejáis sola, Joshua? ¡Dios mío, yo tengo miedo!
Joshua.—No podríais recorrer toda la Torre conmigo sin riesgo, y es preciso que salgáis de ella. Pensad que Gilberto os espera.
Juana.—¡Gilberto, todo por Gilberto! ¡Id! (Joshua sale.) ¡Oh! ¡qué espectáculo tan espantoso! ¡Cuando pienso que lo mismo habría sido para Gilberto! (Se arrodilla al pie de uno de los altares.) ¡Oh! ¡gracias; sois el Dios salvador! (El paño del fondo se entreabre, apareciendo la Reina, que avanza lentamente hasta el proscenio, sin ver á Juana.) ¡Dios mío, la Reina!
JUANA, LA REINA
(Juana se oprime contra el altar, y fija en la Reina una mirada de estupor y de espanto.)
La Reina (permanece algunos instantes silenciosa en el proscenio, con la mirada fija, pálido el rostro, y como absorta en sombría meditación; al fin deja escapar un profundo suspiro).—¡Oh, el pueblo! (Pasea á su alrededor una inquieta mirada y ve á Juana.) ¿Quién está ahí? ¡Ah, eres tú, Juana! Te inspiro pavor sin duda... pero no temas nada. Ya sabrás que maese Eneas nos ha hecho traición. Te digo, niña, que no has de temer nada de mí, pues lo que te perdía hace un mes te salva hoy. Tú amas á Fabiano. Entre todas las mujeres, sólo nosotras dos tenemos el corazón así; ambas le amamos; somos hermanas.
Juana.—Señora...
La Reina.—Sí, tú y yo, dos mujeres solas tiene á su favor; todo lo demás se declara en contra suya; la ciudad entera, un pueblo en masa, todo el mundo. ¡Lucha desigual del amor contra el odio! Fabiano está triste, espantado, aturdido; tiene tu frente pálida, y mis ojos llenos de lágrimas; ocúltase junto á un altar fúnebre, y ora por tu boca, mientras que maldice por la mía. El odio contra Fabiani triunfa; armado y victorioso, manifiéstase por la corte, por el pueblo, por esas turbas de hombres que llenan las calles, profiriendo gritos de muerte y de alegría: soberbio y todopoderoso, ese odio ilumina toda una ciudad alrededor de un cadalso. ¡El amor está aquí, representado por dos mujeres vestidas de luto en una tumba; el odio está allí! (Separa violentamente el paño blanco del fondo, que al desviarse deja ver un balcón, por el cual se divisa, en una noche oscura, toda la ciudad de Londres espléndidamente iluminada, como también lo está lo que se ve de la Torre. Juana fija una mirada de asombro en aquel espectáculo deslumbrador, cuya reverberación ilumina el escenario.) ¡Oh ciudad infame, rebelde y maldita; ciudad monstruosa que empapa su traje de fiesta en la sangre, y que alumbra con sus hachones al verdugo! Eso te infunde pavor ¿no es verdad, Juana? ¿No te parece, como á mí, que esa multitud se burla cobardemente de nosotras, y que nos mira con sus cien mil ojos de fuego, á nosotras, débiles mujeres abandonadas, perdidas y solas en este sepulcro? ¿No la oyes, Juana, reirse y gritar? ¡Oh, daría la Inglaterra á quien pudiese destruir á Londres! ¡Cuánto daría por trocar esas luces en llamas, y esa ciudad iluminada en un mar de fuego!
(Se oye fuera inmenso rumor, seguido de aplausos y gritos confusos que dicen: ¡Ya viene, ya viene; muera Fabiani!—La gran campana de la Torre de Londres produce fúnebres tañidos. Al oir este rumor, la Reina profiere una carcajada terrible.)
Juana.—¡Gran Dios, ya sale ese infeliz!... ¿Os reís, señora?
La Reina.—Sí, me río; y tú vas á reirte también; pero antes será preciso bajar ese tapiz, pues siempre me parece que no estamos solas, y que esa espantosa ciudad nos ve y nos oye. (Corre la cortina blanca y vuelve.) Ahora que ya ha salido, y que no hay peligro alguno, puedo decírtelo todo; pero riámonos las dos de ese execrable pueblo que bebe sangre. ¡Oh! ¡es delicioso, Juana! Tú tiemblas por Fabiani, pero puedes reirte conmigo y estar tranquila. El hombre que se llevan, el hombre que morirá, el que toman por Fabiano, no es él.
(Se ríe.)
Juana.—¡Que no es Fabiano!
La Reina.—¡No!
Juana.—¿Pues quién es?
La Reina.—Es el otro.
Juana.—¿Qué otro?
La Reina.—Ya le conoces, es aquel obrero, aquel hombre... Pero ¿qué importa?
Juana (temblando).—¿Gilberto?
La Reina.—Sí; ese es su nombre.
Juana.—¡Señora, oh, no puede ser! ¡Decidme que no es cierto! ¡Esto sería demasiado horrible! Gilberto huyó.
La Reina.—Sí, huía cuando le cogieron, y le han puesto en lugar de Fabiano, bajo el velo negro; es una ejecución nocturna y el pueblo no verá nada; no tengas cuidado.
Juana (profiriendo un grito espantoso).—¡Ah, señora, aquel que yo amo es Gilberto!
La Reina.—¿Qué dices? ¿has perdido la razón? ¿Me engañabas tú también? ¡Ah! ¿Conque es á Gilberto á quien tú amas? ¡Pues bien, qué me importa!
Juana.—(Desfallecida, á los pies de la Reina, solloza y se arrastra de rodillas, con las manos en actitud de súplica. La gran campana no ha dejado de tocar durante esta escena.) ¡Señora, por compasión... en nombre del cielo! ¡Por vuestra corona, por vuestra madre y por los ángeles! ¡Gilberto, Gilberto, salvadle, señora, porque ese hombre es mi vida, es mi esposo; y todo se lo debo á él desde la cuna! Señora; bien veis, sólo soy una pobre infeliz, y que no debéis mostraros severa conmigo. Lo que acabáis de decirme es para mí un golpe tan terrible, que apenas sé cómo me queda fuerza para hablar. Es preciso que mandéis suspender la ejecución al punto, aplazándola hasta mañana, el tiempo necesario para que se reconozca el error. Ese pueblo podrá esperar hasta mañana, y después veremos lo que se ha de hacer. No, no mováis la cabeza; no hay peligro para vuestro Fabiano; yo me pondré en su lugar. Oculta por el velo negro, nadie lo echará de ver por la noche; pero salvad á Gilberto. ¿Qué os importa que sea yo ó él, tanto más cuanto que deseo morir?... ¡Oh Dios mío!... ¡esa campana, esa espantosa campana... cada uno de sus tañidos es un paso más hacia el cadalso, y parece que me hieren el corazón! Haced lo que os pido, señora, pues no hay peligro alguno para vuestro Fabiani. Yo os amo, señora, aunque no os lo había dicho, porque sois una gran reina; ved cómo beso vuestras hermosas manos. ¡Oh! dadme la orden para suspender la ejecución, pues aún es tiempo, porque van muy despacio y hay mucho camino desde la Torre al Mercado Viejo. El hombre del balcón me dijo que pasarían por Charing-Cross, y como hay un camino más corto, un mensajero llegaría á tiempo. ¡En nombre del cielo, señora, compadeceos! Suponed que yo soy la reina y vos la pobre joven; lloraríais como yo, y yo perdonaría. ¡Hacedlo, señora! He temido que las lágrimas no me permitirían hablar. Suspended la ejecución, señora, que en eso no hay inconveniente, ni peligro para Fabiani. ¿No os parece, señora, que se debe hacer lo que yo digo?
La Reina (enternecida y levantando á Juana).—Bien lo quisiera, infeliz, porque tú lloras, como yo lloraba, y sientes lo que yo sentía; mis angustias me hacen compadecer las tuyas. ¡Mira, también yo lloro! Es una desgracia, pobre niña, pues me parece que hubieran podido tomar otro para víctima, como por ejemplo Tyrconnel; pero es demasiado conocido; se necesitaba un hombre oscuro, y no teníamos más que ese á mano. Te explico esto para que comprendas bien. ¡Dios mío, verdaderamente hay fatalidades que no se pueden evitar!
Juana.—Os escucho, señora; yo también tendría muchas cosas que deciros; pero antes quisiera la orden de suspender la ejecución, para que el mensajero la llevase. Hecho esto, podríamos hablar mejor. ¡Oh, esa campana, siempre esa campana!
La Reina.—Lo que tú quieres no es posible, Juana.
Juana.—Sí, es posible. Un mensajero montado puede llegar á tiempo por el muelle, y sino, iré yo. Esto es posible y fácil; ya veis que os hablo con dulzura.
La Reina.—Pero el pueblo rehusaría, y volviendo á la Torre, destruiría cuanto encontrase, dando muerte á Fabiano, que aún se halla aquí. Tú tiemblas, pobre niña, y yo también; á tu vez, ponte en mi lugar, y comprende que no puedo hacer más de lo que hago. ¡No pienses más en Gilberto, Juana, resígnate! ¡Todo ha concluído!
Juana.—¡No, mientras esa campana resuene, no habrá concluído! ¡Resignarme á la muerte de Gilberto! ¿Creéis que le dejaré morir así? ¡Ah! ya veo que no me escucháis. ¡Pues bien, si la Reina no me escucha, el pueblo me atenderá! El patio está ocupado todavía por una parte de él, y aunque después me cueste la vida, voy á gritar que se le engaña, y que aquel á quien conducen al patíbulo no es Fabiani, sino un obrero.
La Reina.—¡Detente, miserable! (La coge de un brazo y mírala fijamente con aire amenazador.) ¡Ah, conque lo tomas así! ¡Soy buena, lloro contigo y te vuelves loca furiosa! ¡Ah! mi amor es tan grande como el tuyo, y mi mano más fuerte. No te moverás. ¿Qué me importa á mí tu amante? ¿Será cosa de que todas las jóvenes de Inglaterra vengan á pedirme cuenta de los suyos? Yo salvo al mío como puedo, y á costa de cualquiera. ¡Cuidad de los vuestros!
Juana.—¡Dejadme!... ¡Yo os maldigo, mujer indigna!
La Reina.—¡Silencio!
Juana.—No, no callaré. ¡Ah! me ocurre ahora la idea de que no es Gilberto quien va á morir.
La Reina.—¿Qué dices?
Juana.—No lo sé; pero le he visto pasar con el velo negro, y paréceme que si hubiera sido Gilberto habría sentido algo en el corazón; creo que este me hubiera gritado: ¡ese es Gilberto! pero no ha sido así.
La Reina.—¡Dios mío! eso que dices no deja de ser un absurdo, y sin embargo, me espanta, porque has despertado una de las más secretas inquietudes de mi corazón. Ese motín me ha impedido vigilarlo todo por mí misma. ¿Por qué habré confiado á otros la salvación de Fabiano? Maese Eneas es un traidor, y tal vez andaba allí cerca Simón Renard. ¡Dios quiera que no me hayan hecho una segunda traición los enemigos de Fabiano! ¡Venga aquí alguno, pronto! (Preséntanse dos carceleros.) (Al primero.) ¡Corred, y decid que se suspenda la ejecución: he aquí mi anillo real! Se ha de ir al Mercado Viejo... ¿No dices que hay un camino más corto, Juana?
Juana.—Por el muelle.
La Reina (al carcelero).—Por el muelle. ¡Toma un caballo, y á escape! (El carcelero sale.) (Al segundo carcelero.) Corred á la torre de Eduardo el Confesor; allí hay dos calabozos de los condenados á muerte, y en uno de ellos, un hombre. Conducidle aquí al punto. (Sale el carcelero.) ¡Ah, tiemblo de pies á cabeza, y no tendría fuerza para ir yo misma! ¡Ah! ¡miserable mujer, me haces tan desgraciada como tú, y te maldigo á mi vez! ¡Dios mío! ¿tendrá el hombre tiempo de llegar? ¡Qué ansiedad tan horrible! Ya no veo nada; todo se perturba en mi espíritu... ¿Por quién tocará esa campana? ¿Será por Gilberto ó por Fabiani?
Juana.—La campana ha dejado de tocar.
La Reina.—Porque el cortejo estará en el sitio de la ejecución; el hombre no habrá tenido tiempo de llegar.
(Óyese un cañonazo lejano.)
Juana.—¡Cielos!
La Reina.—Ahora sube al patíbulo. (Segundo cañonazo.) Se arrodilla.
Juana.—¡Esto es horrible!
(Tercer cañonazo.)
Las dos.—¡Ah!...
La Reina.—¡Ya no hay más que uno vivo! Dentro de un instante sabremos cuál. ¡Dios mío, permitid que sea Fabiano el que vuelva!
Juana.—¡Dios mío, haced que sea Gilberto! (Se corre la cortina del fondo, y Simón Renard aparece, conduciendo á Gilberto de la mano.) ¡Gilberto!
(Se precipita en sus brazos.)
La Reina.—¿Y Fabiano?
Simón Renard.—Muerto.
La Reina.—¡Muerto! ¿Quién ha osado?...
Simón Renard.—Yo; he salvado á la reina y á Inglaterra.