La Esmeralda


Ilustración ornamental

ACTO PRIMERO


La escena representa la Corte de los Milagros. Es de noche. Una multitud de truhanes se entrega á ruidosas danzas. Mendigos y mendigas en actitudes diversas y propias del oficio. El rey de la Truhanería encima de un tonel. Fuegos, antorchas, hogueras. En el fondo y entre la sombra, casas de mísero aspecto.

ESCENA I

CLAUDIO FROLLO, CLOPIN, luego LA ESMERALDA, después CUASIMODO.—TRUHANES.

Coro de Truhanes.—¡Viva Clopin, rey de la Truhanería! ¡Vivan los mendigos de París! ¡Trabajemos de noche cuando todos los gatos son pardos! ¡Bailemos! ¡Comamos! ¡Burlémonos de las lluvias de Abril y del ardiente sol de Julio!

Aprendamos á olfatear la espada del arquero para huir de ella, y el saco de oro que lleva el viajero para hacerlo nuestro.

Iremos á bailar con los espíritus, á la claridad de la luna. ¡Viva Clopin, rey de la Truhanería! ¡Vivan los mendigos de París!

Claudio Frollo (aparte detrás de un pilar; lleva una ancha capa que oculta sus hábitos sacerdotales).—Los ayes de mi alma dolorida se pierden entre el tumulto de esta infame bacanal. ¡Cuánto sufro! Jamás lava tan ardiente como la que abrasa mi pecho ha circulado por la chimenea de un volcán.

(Entra Esmeralda bailando.)

Coro.—¡Aquí está! ¡Aquí está Esmeralda!

Claudio Frollo (aparte).—Es ella. ¡Sí! ¿Por qué cruel destino has hecho tan hermosa á esa criatura, á esa criatura tan desgraciada?

(Esmeralda llega hasta el centro del escenario. Los Truhanes forman corro en torno suyo y dan muestras de admiración mientras ella baila.)

Coro.¡Baila, muchacha, baila!

La Esmeralda.—Soy la huérfana hija del dolor, que arroja flores en vuestro camino. Mi delirante alegría encubre muchos suspiros; os muestro mis sonrisas y oculto mis lágrimas. Bailo y canto como el pajarillo salta y trina á orillas de un arroyo. Soy palma herida que cae inerte á tierra. La noche de la tumba es el dosel de mi cuna.

Coro.—¡Baila, muchacha, baila! Tú suavizas nuestro áspero carácter. Considéranos como tu familia y juega con nosotros como la golondrina juguetea con las olas del mar. Esta es la pobre niña, hija de la desgracia. Cuando centellea su mirada, desaparece el dolor. Todos nos reímos para oir su canto. Desde lejos, parece, por lo graciosa, la abeja que se columpia en el cáliz de una flor.

¡Baila, muchacha! Tú suavizas nuestro carácter. Considéranos como tu familia y juega con nosotros.

Claudio Frollo (aparte).—¡Tiembla, muchacha! Los celos me devoran.

(Trata de aproximarse á Esmeralda, que se aparta de él casi con espanto. Entra la procesión del papa de los locos, llevando antorchas, linternas y músicas. En medio del cortejo va Cuasimodo sobre unas angarillas rodeado de luces y con la cabeza cubierta por una mitra.)

Coro.—Saludad.

¡Saludad todos! Aquí tenéis al papa de los locos.

Claudio Frollo (que al ver á Cuasimodo, se dirige hacia él con ademán colérico).—¡Cuasimodo! ¿Qué significa esta indigna mascarada? ¡Oh profanación! ¡Aquí, Cuasimodo, aquí!

Cuasimodo.—¡Dios mío! ¡Qué oigo!

Claudio Frollo.—Que vengas aquí he dicho.

Cuasimodo (bajando de las angarillas).—Aquí estoy.

Claudio Frollo.—¡Sé anatema!

Cuasimodo.—¡Gran Dios! Es él.

Claudio Frollo.—¡Qué audacia!

Cuasimodo.—¡Horrible situación!

Claudio Frollo.—¡De rodillas, traidor!

Cuasimodo.—¡Perdón, señor!

Claudio Frollo.—El amo acaso podrá perdonarte; el sacerdote no.

Cuasimodo.—¡Perdón! ¡perdón!

(Claudio Frollo arranca á Cuasimodo los burlescos ornamentos pontificales de que va revestido y los pisotea. Los Truhanes, á quienes dirige miradas de cólera Claudio, comienzan á murmurar y forman en torno de éste varios grupos en actitud amenazadora.)

Coro.—¡Compañeros! Se atreve á amenazarnos en nuestra misma casa.

Cuasimodo.—¿Qué pretenden esos audaces ladrones? Amenazan á mi amo; pero ya veremos quién lleva el gato al agua.

Claudio Frollo.—¡Raza impura de judíos y ladrones! ¡Os atrevéis á amenazarme! ¡Pues ya veremos!

(La cólera de los Truhanes estalla.)

Coro.—¡Basta, basta! ¡Muera el que turba nuestra fiesta! ¡Que pague con la cabeza su atrevimiento! ¡Su resistencia será inútil!

Cuasimodo.—¡Deteneos! ¡No le toquéis, ó va á convertirse la fiesta en sangriento combate!

Claudio Frollo.—Estoy intranquilo, pero no es por el peligro que puede correr mi cabeza. (Poniéndose la mano sobre el pecho.) ¡Aquí es donde se libra un verdadero combate! ¡Aquí está la tempestad!

(En el momento de llegar al colmo el furor de los Truhanes, aparece en el fondo Clopin Trouillefou.)

Clopin.—¿Quién se atreve á atacar en esta infame madriguera, á mi señor el Arcediano y á Cuasimodo, el campanero de Nuestra Señora?

Los Truhanes (conteniéndose).—¡Es Clopin! ¡Es nuestro rey!

Clopin.—¡Retiraos, miserables!

Los Truhanes.—¡Fuerza es obedecer!

Clopin.—Dejadnos.

(Los Truhanes se retiran. La Corte de los Milagros queda desierta. Clopin se aproxima misteriosamente á Claudio.)

ESCENA II

CLAUDIO FROLLO, CUASIMODO, CLOPIN TROUILLEFOU

Clopin.—¿Qué motivo os ha impulsado á venir á esta orgía? ¿Tenéis alguna orden que darme? Sois mi maestro de magia y podéis hablar con libertad; estoy dispuesto á obedeceros en todo.

Claudio Frollo (cogiendo vivamente por un brazo á Clopin y llevándole hacia el proscenio).—Vengo á concluir. Oye.

Clopin.—Ya escucho.

Claudio Frollo.—¡La amo más que nunca! Por eso muero devorado por la pasión y el pesar. Es preciso que sea mía esta misma noche.

Clopin.—Este es el camino de su casa y por aquí pasará dentro de un instante.

Claudio Frollo (aparte).—¡Oh! ¡El infierno triunfa! (En voz alta.) ¿Dices que pasará pronto?

Clopin.—Inmediatamente.

Claudio Frollo.—¿Sola?

Clopin.—Sola.

Claudio Frollo.—Está bien.

Clopin.—¿Pensáis esperarla?

Claudio Frollo.—Sí; estoy resuelto á que sea mía ó á morir.

Clopin.—¿Puedo ayudaros?

Claudio Frollo.—No. (Entrega su bolsa á Clopin y le hace seña de que se vaya. Quédase solo con Cuasimodo á quien lleva hacia el proscenio.) Ven. Necesito de ti.

Cuasimodo.—Mandad.

Claudio Frollo.—Se trata de una cosa impía, horrible, abominable.

Cuasimodo.—Sois mi amo y estoy dispuesto á obedecer.

Claudio Frollo.—Arriesgamos la libertad, la vida, todo...

Cuasimodo.—Á todo estoy resuelto.

Claudio Frollo (con impetuosidad).—¡Quiero apoderarme de la gitana!

Cuasimodo.—Podéis disponer de mi sangre, sin decirme el porqué.

(Á una seña de Claudio Frollo se retira hacia el fondo, dejando solo á su amo en el proscenio.)

Claudio Frollo.—¡Oh cielos! ¡Haber sepultado mi inteligencia en los abismos del mal! ¡Haber ensayado todos los criminales artificios de la magia! ¡Haber caído en profundidades más hondas que el mismo infierno! ¡Ser sacerdote! ¡Espiar en las tinieblas de la noche á una mujer! ¡Y pensar que cuando mi alma se halla en semejante situación, está Dios mirándome desde el Empíreo!...

Pero ¡bah! no importa. El destino fatal me empuja con tan ruda mano, que no puedo detenerme en la pendiente. Mi suerte se decide hoy. El sacerdote loco ya no tiene esperanza de salvarse, pero tampoco miedo á la condenación eterna.

¡Demonio que me dominas y á quien evocan mis libros cabalísticos; si me concedes esa mujer, te entrego mi alma! ¡Cobija bajo tus malditas alas al sacerdote infiel! ¡El infierno, con ella, me parecerá un paraíso!

¡Ven, mujer, ven! ¡Te espero! ¡Ya que Dios, cuya mirada penetra constantemente en nuestros corazones, ha tenido el capricho de que elija entre el cielo y el amor, quiero satisfacer éste enseguida!

Cuasimodo (adelantándose).—Señor, se acerca el instante crítico.

Claudio Frollo.—Sí; el momento es solemne; va á decidirse mi suerte. Calla.

Claudio Frollo y Cuasimodo (á dúo).—La noche está oscura. Oigo pasos. ¿Quién vendrá?

La ronda (pasando por detrás de las casas).—¡Paz y vigilancia! Tengamos el oído alerta y procuremos sondear con la mirada las tinieblas de la noche.

Claudio y Cuasimodo (á dúo).—Alguien se adelanta en la oscuridad sin hacer ruido. Callemos. ¡Ah! Es la ronda nocturna.

(Se aleja la ronda.)

Cuasimodo.—Ya se va la ronda.

Claudio Frollo.—Y con ella nuestro miedo.

(Claudio Frollo y Cuasimodo miran con ansiedad hacia la calle por donde ha de venir la Esmeralda.)

Cuasimodo.—Consejos del amor recibe, y siente fortalecer su esperanza quien vela mientras todo duerme. ¡La oigo venir!... es ella... Niña divina; ven sin temor.

Claudio Frollo.—La oigo venir; es ella... ¡Es mía!

(Sale la Esmeralda. Ambos se arrojan sobre ella y quieren llevársela; pero se resiste.)

La Esmeralda.—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Á mí!

Claudio Frollo y Cuasimodo.—¡Calla! ¡Calla!

ESCENA III

LA ESMERALDA, CUASIMODO, FEBO DE CHÂTEAUPERS, los arqueros de la ronda

Febo (entrando á la cabeza de los arqueros).—¡Alto, en nombre del rey!

(Claudio se escapa aprovechando el tumulto. Los arqueros se apoderan de Cuasimodo.—Febo á los arqueros, señalando al jorobado:)

¡Sujetadle y apretad firme, sea noble ó plebeyo! Llevémosle á las prisiones del Châtelet.

(Los arqueros conducen á Cuasimodo al fondo del escenario. La Esmeralda, repuesta del susto que ha recibido, se aproxima á Febo á quien mira con curiosidad y admiración, llevándole luego al proscenio.)

DÚO

La Esmeralda (á Febo).—Señor, ¿queréis decirme vuestro nombre?

Febo.—Me llamo Febo de Châteaupers.

La Esmeralda.—¿Sois capitán?

Febo.—¡Sí, reina mía!

La Esmeralda.—¡Oh! ¡Yo no soy reina!

Febo.—¡Cuánto candor y cuánta gracia!

La Esmeralda.—¡Febo! Me gusta mucho vuestro nombre.

Febo.—Más me gusta á mí.

La Esmeralda (á Febo).—Muchas veces, un apuesto capitán, un gallardo oficial de bizarro continente y corazón de acero, se apodera del corazón de una pobre muchacha y luego se ríe de su llanto.

Febo (aparte).—El amor de un militar apenas puede vivir un día. Todo soldado desea hallar flores sin espinas, placeres sin pesares, amor sin dolor. (Á La Esmeralda.) ¿Sabes que tienes unos ojos encantadores?

La Esmeralda.—Acaso valdría más no tenerlos en ciertas ocasiones, pues cuando se ve á un caballero como vos, luego se está pensando en él largo tiempo.

Febo (aparte).—La obligación del buen soldado es cortejar á todas las mujeres que halle en su camino.

La Esmeralda (colocándose delante del capitán y examinándole con admiración).—Cuanto más os contemplo más os admiro. ¡Oh! ¡qué hermosa banda de seda con franjas de oro!

(Febo se quita la banda y se la entrega á Esmeralda.)

Febo.—¿Te gusta? Pues tuya es.

La Esmeralda.—¡Qué preciosa!

(La Esmeralda toma la banda y se la pone.)

Febo.—¡Un momento!

(Se aproxima á la Esmeralda y trata de abrazarla. Ella retrocede.)

La Esmeralda.—¡No, eso no!

Febo (insistiendo).—¡Déjate abrazar!

La Esmeralda (retrocediendo más).—¡Nunca!

Febo (riendo).—¡Es chistoso esto de hallar una mujer tan hermosa y tan cruel al mismo tiempo! Quiero un beso de tus labios; ¿por qué me lo niegas?

La Esmeralda.—Porque debo negarlo. ¿Quién sabe las consecuencias que puede traer un beso?

Febo.—Pues si no me le das, voy á tomarlo yo.

La Esmeralda.—No, dejadme: no hablemos de eso.

Febo.—¡Un solo beso no es nada!

La Esmeralda.—Nada para vos; pero todo para mí.

Febo.—Mírame y te convencerás de cuánto te amo.

La Esmeralda.—¡Si apenas me atrevo á mirarme á mí misma!

Febo.—El amor quiere entrar en tu corazón esta noche.

La Esmeralda.—Esta noche el amor y mañana la desgracia.

(Se escapa de los brazos de Febo y huye. Febo, contrariado, se vuelve hacia Cuasimodo á quien tienen atado los guardias en el fondo del teatro.)

Febo.—¡Se resiste y huye! ¡Valiente aventura! De dos pájaros nocturnos que tenía, el ruiseñor se me escapa y me queda el mochuelo.

(Se pone á la cabeza de la tropa y sale llevándose á Cuasimodo.)

Coro de la ronda.—Paz y vigilancia. Tengamos el oído alerta y procuremos sondear con las miradas las tinieblas de la noche.

(Se alejan poco á poco y desaparecen.)