Ilustración ornamental

ACTO III


Puerta exterior de una taberna. Á la derecha el establecimiento. Árboles á la izquierda. En el fondo una pared baja, con puerta practicable, que circuye el huerto. Á lo lejos se ven las torres de Nuestra Señora y una vaga silueta del París antiguo que se destaca del horizonte rojizo de una puesta de sol, y cuya base lame el Sena.

ESCENA I

FEBO, EL VIZCONDE DE GIF, LOS SEÑORES DE MORLAIX y DE CHEVREUSE y otros muchos amigos de Febo, sentados alrededor de varias mesas bebiendo y cantando.—Luego CLAUDIO FROLLO.

Coro.—Sea propicia y favorable Nuestra Señora á todos cuantos, en la tierra, no aborrecen más que el agua.

Febo.—Quiera ella conceder á los valientes en todas partes buen vino que beber y hermosos ojos que admirar. Con vino añejo y una mujer bonita, todos somos felices.

Coro.—Sea propicia, etc.

Febo.—Sucede á veces que una hermosa de alma fría, se muestra esquiva; pero el amante comienza por bromear con la ingrata; luego canta y por último bebe.

Coro.—Sea propicia, etc.

Febo.—Pasa el tiempo, y el amante desdeñado, esté sereno ó borracho, abraza á su querida y va á dormir sobre la misma boca de un cañón.

Coro.—Sea propicia, etc.

Febo.—Y su alma, que con frecuencia tiene ensueños amorosos, está satisfecha cuando el viento agita la tienda de campaña.

Coro.—Sea propicia y favorable Nuestra Señora á todos cuantos mortales no aborrecen más que el agua.

(Entra Claudio Frollo; va á sentarse junto á una mesa, lejos de Febo, y al principio parece indiferente á lo que pasa á su alrededor.)

El vizconde de Gif (á Febo).—¿Qué hay respecto á tu hermosa gitana?

(Movimiento de atención por parte de Claudio Frollo.)

Febo.—Estoy citado con ella para esta noche, dentro de una hora.

Todos.—¿De veras?

Febo.—Sí.

(Aumenta la agitación de Claudio Frollo.)

El vizconde de Gif.—¿Y dices que la cita es dentro de una hora?

Febo.—Casi podría decir: de aquí á un instante.

ARIA

¡Oh! El amor es la suprema dicha. Ser dos cuerpos y un alma; poseer á la mujer á quien se ama; ser á la vez esclavo y vencedor; sentirse dueño del corazón y de los encantos del objeto amado; tranquilizarse al sonido de su voz y secar con un beso las lágrimas de sus hermosos ojos: todo eso es el amor.

(Mientras él canta, los demás beben, chocando los vasos.)

Coro.—En todo tiempo, la dicha suprema consiste en beber á la salud de la persona amada y en amar la bebida.

Febo.—Amigos míos, Esmeralda es la más linda de las mujeres, una verdadera perfección, y me pertenece.

Claudio Frollo (aparte).—Protéjame el infierno. ¡Maldición sobre ella y sobre ti!

Febo.—El placer nos convida. No vacilemos en dar nuestra existencia por un momento de amor. ¿Qué importa morir después? Bien pueden darse cien años por una hora de goce, hasta la eternidad, por un solo día.

(Óyese el toque de queda. Los amigos de Febo se levantan de la mesa, se ciñen las espadas, se ponen las capas y los sombreros y se disponen á partir.)

Coro.—Febo, llegó la hora: ese es el toque de la queda. Vé á buscar á tu hermosa y que el cielo te guíe.

Febo.—Sí, tenéis razón: ese es el toque de la queda. Voy á visitar á mi hermosa y que Dios me guíe.

(Salen los amigos de Febo.)

ESCENA II

CLAUDIO FROLLO, FEBO

Claudio Frollo (deteniendo á Febo en el momento de ir éste á salir).—¡Capitán!

Febo.—¿Quién es este hombre?

Claudio Frollo.—Oíd.

Febo.—Daos prisa.

Claudio Frollo.—¿Sabéis cómo se llama la mujer que os espera?

Febo.—¡Diablo! ¡Pues no faltaba más sino que no supiera cómo se llama mi amante! Es la graciosa bailarina Esmeralda.

Claudio Frollo.—No se llama así: su nombre es la Muerte.

Febo.—Sólo dos cosas os contestaré. Primero: que estáis loco; y segundo, que os vayáis á paseo y me dejéis en paz.

Claudio Frollo.—Es preciso que me escuchéis.

Febo.—No me importa nada de cuanto tengáis que decirme.

Claudio Frollo.—Febo, si traspasáis el dintel de esa puerta...

Febo.—Sin duda estáis loco.

Claudio Frollo.—Sois hombre muerto.

DÚO

Claudio Frollo.—Tiembla, es una gitana, una de esas mujeres que no tienen ley ni conciencia. El amor sólo las sirve para encubrir su odio, y su cama es un lecho de muerte.

Febo (riendo).—¡Vaya! Disponeos para ir al hospital de los locos y que Júpiter, Esculapio y el Diablo os protejan.

Claudio Frollo.—Esas mujeres son siempre traidoras. Da crédito á la voz pública y ten presente que, si vas á ver á Esmeralda, morirás.

(La insistencia de Claudio Frollo parece hacer mella en el ánimo de Febo, que mira con ansiedad á su interlocutor.)

Febo.—Este hombre me inquieta; á pesar mío siento algún recelo... La verdad es que esta ciudad está llena de traidores...

Claudio Frollo (aparte).—Le asusto, y le hago sospechar á pesar suyo. Este imbécil no ve más que traidores en la ciudad. (Á Febo.) Creedme, caballero, huíd de la sirena que os tiende un lazo. Más de una gitana ha satisfecho su odio á nuestra raza, clavando un puñal en el seno de su amante que palpitaba de amor.

(Febo, á quien quiere arrastrar consigo, se rehace y le rechaza.)

Febo.—Parece que yo estoy loco también. Cuando se ama, ¿qué importa que la persona amada sea mora, judía ó gitana? Dejadme en paz; ella está esperándome. Puede que tengáis razón; pero cuando la muerte es tan hermosa como ella, debe ser muy dulce morir.

Claudio Frollo (deteniéndole).—Detente... Piensa que es una gitana. ¿Estás loco hasta el punto de correr tú mismo á tu perdición?... Desconfía de la mujer infiel que te espera en la sombra. ¡Ah!... ¿No me haces caso? Pues bien, corre á la muerte.

(Febo sale con rapidez á pesar de los esfuerzos de Claudio Frollo. Éste permanece un momento como indeciso y luego sigue al capitán.)

ESCENA III

Sala. En el fondo una ventana que da al río.

Entra CLOPIN TROUILLEFOU con una antorcha en la mano y seguido de varios hombres á quienes, luego de haberles hecho una señal de inteligencia, conduce hacia un sitio oscuro, por donde desaparecen. Entonces Clopin vuelve hacia la puerta y parece indicar á alguien que suba. Preséntase CLAUDIO FROLLO.

Clopin (á Claudio).—Desde aquí podréis observar á la gitana y al capitán, sin ser visto de ellos.

(Le muestra un hueco del muro oculto por un tapiz.)

Claudio Frollo.—¿Están ya en su sitio esos hombres?

Clopin.—Sí.

Claudio Frollo.—Importa que todo esto no se descubra nunca. Aquí tienes esta bolsa; luego te daré otro tanto.

(Claudio Frollo entra en su escondite, Clopin sale con precaución y á poco aparecen La Esmeralda y Febo.)

TERCETO

Claudio Frollo (aparte).—¡Oh, mujer adorada! ¡Cuán cruel es tu destino! Has entrado aquí de fiesta y saldrás de luto.

La Esmeralda (á Febo).—Mi señor conde, tengo el corazón lleno de vergüenza y de orgullo.

Febo (á Esmeralda).—¡Qué hermosa eres! Pero, mira, cuando se cierra esta puerta, se han de dejar fuera las penas.

(Febo hace sentar en un banco, á su lado, á la Esmeralda.)

Febo.—¿Me quieres?

La Esmeralda.—Sí, mucho.

Claudio Frollo (aparte).—¡Qué horrible tormento!

Febo.—¡Oh, adorable mujer! ¡Cuán hermosa eres!

La Esmeralda.—Sois muy adulador... Pero no os acerquéis tanto: estoy avergonzada...

Claudio Frollo.—¡Se aman! ¡Qué envidia les tengo!

La Esmeralda.—Febo, os debo la vida.

Febo.—Y yo á ti la felicidad.

La Esmeralda.—Sed cuerdo... Animadme con una sonrisa... ¿No veis que vuestra mirada me fascina?

Febo.—Reina mía, mi sirena, belleza soberana, tus ojos sí que son deslumbradores.

Claudio Frollo.—¡Qué suplicio es estarles oyendo! ¡Qué amante es ella! ¡Cuán seductor está él!... Reíd, sed felices, mientras yo abro vuestra tumba.

Febo.—Hada ó mujer, quiéreme mucho, pues mi alma sólo en ti piensa día y noche.

La Esmeralda.—Soy mujer, y mi alma, abrasada de amor, suspira por ti noche y día.

Claudio Frollo.—El fuego que me consume es mi tormento... Á pesar mío, admiro la belleza y el amoroso delirio de ambos.

Febo.—Seamos felices; deja que despierte en tu alma el amor, mientras el pudor duerme. Tu boca es un cielo: deja que mi alma éntre en él. ¡Quisiera exhalar el último suspiro en un beso!

La Esmeralda.—Tu voz resuena dulcemente en mis oídos; tu sonrisa es hechicera y embriagadora; el brillo de tus ojos me enloquece; tus deseos son mi suprema ley; pero comprendo que debo resistirme á ellos, pues mi virtud y mi felicidad morirían en ese beso.

Claudio Frollo.—Pasos de muerte, no lleguéis á sus oídos. Mi celoso odio vela sobre su amor que se adormece. La pálida y descarnada Parca va á interponerse entre ambos. Febo, en ese beso vas á exhalar tu último aliento.

(Claudio Frollo sale de su escondite, se arroja sobre Febo, le clava un puñal y, saltando por la ventana del fondo, desaparece. La Esmeralda da un grito y se echa sobre el cuerpo de Febo. Entran en tumulto los hombres que estaban escondidos y se apoderan de la gitana, á quien parecen acusar. Cae el telón.)