Ilustración ornamental

ACTO IV


Calabozo con puerta en el fondo

ESCENA I

LA ESMERALDA sola, encadenada y echada sobre un montón de paja.—Luego CLAUDIO FROLLO.

La Esmeralda.—¡Dios mío! ¡Febo en la tumba y yo en este abismo! Yo prisionera y él muerto... ¡Muerto, sí! ¡Yo misma le ví caer!... ¡Y se atreven á acusarme de semejante crimen! La implacable guadaña siega todavía tierno el tallo de nuestra existencia. Febo, al irse, me ha enseñado el camino. Ayer abrieron su fosa; mañana abrirán la mía.

ROMANZA

¿Será posible que no haya en la tierra poder alguno que proteja á los amantes? ¿No habrá filtros ni encantos para enjugar las lágrimas de los ojos que lloran y para abrir los que se han cerrado?

¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la vida ó arranca el amor de mi corazón.

Febo, abramos nuestras alas y marchemos á las eternas esferas donde el amor es inmortal. Así nuestros cuerpos estarán juntos en la tumba y nuestras almas unidas en el cielo.

¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la vida ó arranca el amor de mi corazón.

(Se abre la puerta; entra Claudio Frollo con una lámpara en la mano y la capucha echada sobre el rostro, y va á colocarse, inmóvil, frente á la Esmeralda.)

La Esmeralda (sobresaltada).—¿Quién sois?

Claudio Frollo (sin descubrirse).—Un sacerdote.

La Esmeralda.—¡Un sacerdote! ¿Y á qué venís?

Claudio Frollo.—¿Estáis dispuesta?

La Esmeralda.—¿Á qué?

Claudio Frollo.—Á morir.

La Esmeralda.—Sí.

Claudio Frollo.—Bien.

La Esmeralda.—Y decid, padre, ¿será pronto?

Claudio Frollo.—Mañana.

La Esmeralda.—¿Y por qué no hoy?

Claudio Frollo.—¡Cómo! ¡Tanto sufrís que así deseáis la muerte!

La Esmeralda.—Sí; sufro mucho.

Claudio Frollo.—Pues yo, que no moriré mañana, acaso sufro más que vos.

La Esmeralda.—¡Es posible! ¿Quién sois, pues?

Claudio Frollo.—Un hombre de quien os separa una tumba.

La Esmeralda.—¿Cuál es vuestro nombre?

Claudio Frollo.—¿Deseáis saberlo?

La Esmeralda.—Sí.

(Claudio Frollo se levanta la capucha.)

La Esmeralda.—¡El sacerdote! ¡Dios mío, él es! ¡Esa es su frente de hielo, esos sus ojos, que brillan como carbunclos; es el mismo, el que me persigue sin tregua noche y día, el que ha dado muerte á mi Febo, á mi amor! ¡Monstruo, yo te maldigo en esta hora suprema! Pero ¿qué te he hecho? ¿Cuál es tu propósito? ¿Qué quieres de mí, vil asesino? ¿Es que me aborreces tanto que tratas de atraerme hasta el borde de la tumba?

Claudio Frollo.—¡Es que te amo!

¡Sí, te amo! Será infame mi amor, pero raya en locura; es mi alma y mi sangre. Sí, mírame á tus pies; te juro que prefiero tu tumba al paraíso. ¡Compadécete de mí!... ¡Yo muero y tú me maldices!

La Esmeralda.—¡Me ama! ¡Qué horror! ¡Y estoy en poder de este demonio!

Claudio Frollo.—En mí ya no vive más que mi pasión y mi dolor.

¡Horrible desdicha! ¿Por qué extremas tu rigor? ¡Cuánto te amo! ¡Qué espantosa noche!

La Esmeralda.—¡Oh instante supremo! ¡Tiembla, corazón mío! Ese miserable me ama. ¡Qué noche de horrores!

Claudio Frollo (aparte).—La siento estremecerse entre mis brazos. ¡Al fin ha llegado mi hora! Yo, que la he sepultado en las tinieblas, la conduciré á la luz del sol; pero la muerte que de mí viene en pos no la dejará sino para entregarla al amor.

La Esmeralda.—¡Dejadme por piedad! Muerto Febo, también yo debo morir. Vuestro horrible amor me espanta, como al pájaro la mirada del buitre.

Claudio Frollo.—No me rechaces; te amo y te conjuro á seguirme. ¡Piedad para mí, y para ti misma! ¡Huyamos! La ocasión es propicia.

La Esmeralda.—¡Vuestra proposición es una injuria!

Claudio Frollo.—¿Prefieres morir?

La Esmeralda.—Cuando el cuerpo muere, el alma queda libre.

Claudio Frollo.—¡Pero la muerte es horrible!

La Esmeralda.—¡Sellad el impuro labio! Comparada con vuestro amor, la muerte es un bien.

Claudio Frollo.—¡Elige, elige entre la tumba ó mi amor!

(Claudio Frollo cae á los pies de la Esmeralda, y ésta le rechaza.)

La Esmeralda.—¡Calla, infame asesino! Tu amor es una ofensa; prefiero la tumba. ¡Maldito seas entre los malditos!

Claudio Frollo.—¡Tiembla! El cadalso te espera. Tú no sabes que en mi alma germinan proyectos de sangre y fuego, que Satanás aplaude en sus antros infernales. Pero no, yo te adoro; dame tu mano, y aún podrás vivir. ¡Oh noche de emociones y de remordimientos! ¡Para mí las lágrimas, para ti la muerte! Dime que me amas, y para ti brillará una nueva aurora. ¡Ah! puesto que en vano te imploro, puesto que tu odio no se aplaca ¡adiós! ¡Tras el día de mañana vendrá para ti la eterna noche!

La Esmeralda.—¡Véte, yo te aborrezco, vil sacerdote! Todavía están manchadas tus manos con la sangre de tu víctima. ¡Oh noche de lágrimas y de angustias! Basta ya de llanto; quiero morir. Hasta en la prisión te resistiré, y en ella te maldigo. ¡Véte! tu crimen será tu castigo. Febo y yo nos reuniremos en el cielo, y tú bajarás á los negros abismos.

(Aparece un carcelero; Claudio Frollo le hace seña para que se lleve á la Esmeralda y sale.)

ESCENA II

El atrio de Nuestra Señora; se ve la fachada de la iglesia; óyese ruido de campanas

Cuasimodo.—Amo todo cuanto hay aquí, excepto á mí mismo: el aire que circula y refresca mi frente; la fiel golondrina que anida en los carcomidos aleros, las capillas con sus cruces; las rosas que florecen, todo, en fin, lo que sonríe, menos yo, porque soy contrahecho y feo, aunque no tengo envidia de otros. Acepto la vida tal como es, pues sé que las penas y alegrías, las noches oscuras ó el cielo azul, todo puede conducirme á Dios. Mi cuerpo es feo, pero tengo el alma hermosa; soy un buen acero guardado en tosca vaina.

¡Campanas grandes y pequeñas, tocad! Confundid vuestros penetrantes tañidos con vuestros sordos murmullos; cantad en las torrecillas y zumbad en las torres; que os oiga yo noche y día. Con vuestro auxilio las fiestas serán espléndidas; voltead rápidamente, agitando los aires, que al oiros la gente estúpida acudirá ansiosa, cruzando los puentes. ¡Tocad sin tregua día y noche, que sin ruido no hay fiesta completa! (Se vuelve hacia la fachada de la iglesia.) ¡Veo la capilla enlutada! ¡Ay! ¿será que van á traer aquí á algún desgraciado? ¡Cielos, qué horrible presentimiento!... ¡No, no quiero creerlo! (Entran Claudio Frollo y Clopin, sin ver á Cuasimodo.) Es mi amo... observemos. ¡Qué sombrío viene! (Se oculta en un ángulo oscuro del pórtico.)—¡Oh, Santa Virgen, tomad mi vida, pero salvad mi alma!

ESCENA III

CUASIMODO (oculto), CLAUDIO FROLLO, CLOPIN

Claudio Frollo.—¿Conque Febo está en Monforte?

Clopin.—Sí, señor, y vive.

Claudio Frollo.—¡Con tal que no venga por aquí!

Clopin.—¡Bah! no hay cuidado; está demasiado débil aún para emprender tan larga jornada; si viniese, su muerte sería segura, pues á cada paso que diera se le volvería á abrir la herida. Nada temáis por ahora.

Claudio Frollo.—¡Ah, téngala por lo menos hoy en mi poder, para que por mí viva ó muera! ¡Infierno, sólo por este día te doy toda la eternidad! (Á Clopin.) Pronto van á traer aquí á la gitana. Acuérdate de todo; tú has de estar en la plaza con los tuyos.

Clopin.—Muy bien.

Claudio Frollo.—Permanecerás oculto en la sombra, y si yo grito: «Á mí,» acudirás al punto.

Clopin.—Entendido.

Claudio Frollo.—Es preciso que haya bastante gente.

Clopin.—Bueno. Conque si vos gritáis «Á mí»...

Claudio Frollo.—Eso es.

Clopin.—Corro hacia ella y la arrebato de manos de los soldados...

Claudio Frollo.—Precisamente.

Clopin.—Y os la entrego.

Claudio Frollo.—Sí. Tal vez conseguiré ablandar su corazón. Confúndete entre el gentío, y si logro mi objeto acudirás con los tuyos apenas haga la señal.

Clopin.—Está bien, señor.

Claudio Frollo.—Permaneced siempre reunidos.

Clopin.—Así se hará.

Claudio Frollo.—Llevad ocultas vuestras armas á fin de no excitar sospechas.

Clopin.—Seréis obedecido.

Claudio Frollo.—Pero si esa mujer comete la locura de no escuchar mi voz, llévesela el diablo. Mas no, creo que no será así, y cuento contigo para que me ayudes á realizar mi última esperanza.

Clopin.—No temáis, contad conmigo, y no dudo que se conseguirá el objeto.

(Salen ambos con precaución. El pueblo comienza á llenar la plaza.)

ESCENA IV

EL PUEBLO, CUASIMODO, después LA ESMERALDA y su acompañamiento, CLAUDIO FROLLO, FEBO y CLOPIN. Sacerdotes, arqueros y ministros de justicia.

Clopin.—Acudamos todos á Nuestra Señora para ver á la joven que hoy ha de morir, á la gitana que asesinó, según dicen, al capitán de arqueros más gallardo de todo el reino. ¡Parece mentira que una mujer tan hermosa sea tan cruel, y que su dulce mirada oculte un alma tan negra! ¡Es horrible!

¡Venid, corred todos á Nuestra Señora para ver á la joven que ha de morir esta tarde!

(Aumenta la multitud, óyense rumores y comienza la fúnebre comitiva á desembocar en la plaza. Hileras de penitentes negros, estandartes de la Misericordia, hachas, arqueros, gente de justicia y guardias. Los soldados apartan la multitud y aparece Esmeralda en camisa, con una cuerda al cuello, descalza y cubierta con un largo crespón negro. Á su lado va un fraile con un crucifijo; detrás, los verdugos y la escolta. Cuasimodo, apoyado en el estribo del pórtico, observa con atención. En el momento en que la gitana llega ante la iglesia, óyese en el interior de ésta un canto solemne y lejano: las puertas están cerradas.)

Coro (dentro de la iglesia):

Omnes fluctus fluminis
Transierunt super me
In imo voraginis
Ubi plorant animæ.

(El canto se acerca lentamente y resuena al fin junto á las puertas, que se abren de pronto, dejando ver el interior de la iglesia, ocupado por una larga procesión de sacerdotes, precedidos de estandarte. Claudio Frollo, con hábito sacerdotal, figura á la cabeza y se dirige hacia la gitana.)

El pueblo.—¡Viva hoy; muerta mañana! ¡Dulce Jesús, recibidla en vuestro seno!

La Esmeralda.—Mi Febo me llama á la morada eterna, donde Dios nos cobijará bajo sus alas. ¡Bendito sea mi cruel destino, pues en medio de tanta desdicha, mi corazón quebrantado abriga todavía una esperanza! ¡Voy á morir para la tierra, pero renaceré en el cielo!

Claudio Frollo.—¡Morir tan joven y hermosa! ¡Ay de mí! el sacerdote impuro está más condenado que ella, porque mi suplicio será eterno. ¡Pobre niña infeliz, cogida entre mis garras, vas á morir para el mundo; mas yo he muerto para el cielo!

El pueblo.—¡Es una infiel! El cielo que á todos llama, no la abrirá sus puertas, y su suplicio será eterno. La parca inexorable la estrecha entre sus brazos; ha muerto ya para el mundo, y para el cielo también.

Coro.¡Venid, corred todos á Nuestra Señora...!

(La procesión se aproxima; Claudio se acerca á la Esmeralda.)

La Esmeralda (sobrecogida de terror).—¡El sacerdote!

Claudio Frollo (en voz baja).—¡Sí, soy yo, que amo y te suplico! ¡Dí una sola palabra, y aún podré salvarte! ¡Dime que me amas!

La Esmeralda.—¡Te aborrezco! ¡Véte!

Claudio Frollo.—¡Entonces muere! Ya iré á buscarte. (Volviéndose hacia la multitud.) ¡Pueblo, en este supremo instante entregamos esa mujer al brazo secular! ¡Permita el cielo que hasta su pobre alma llegue el soplo del Señor!

(En el momento en que los agentes de justicia ponen mano sobre la Esmeralda, Cuasimodo salta á la plaza, rechaza á los arqueros, coge á la joven en sus brazos y precipítase en la iglesia.)

Cuasimodo.—¡Asilo, asilo, asilo!

El pueblo.—¡Asilo, asilo, asilo! ¡Albricias, albricias! ¡Viva el buen compañero! La condenada es del Señor; derribemos el cadalso, que el Eterno la acogerá en su altar, librándola de la tumba. ¡Atrás, verdugos y arqueros! La ley no puede traspasar esa sagrada barrera. Todo cambia en la casa del Señor, donde los ángeles protegen á la condenada.

Claudio Frollo (imponiendo silencio con un ademán).—No creáis que está libre; es egipcia, y Nuestra Señora no puede salvar más que á una cristiana. Aunque el altar abrazasen, los paganos no podrían obtener gracia. (Á los agentes de justicia.) En nombre de Monseñor, obispo de París, os entrego á esa mujer impura.

Cuasimodo (á los arqueros).—¡Juro defenderla! ¡No os acerquéis!

Claudio Frollo (á los arqueros).—¡Vaciláis! Obedeced al punto; arrancad del santo lugar á esa gitana.

(Los arqueros se adelantan. Cuasimodo se coloca entre ellos y la Esmeralda.)

Cuasimodo.—¡Jamás!

(Se oye el galope de un caballo, y una voz que grita:)

—¡Deteneos!

(La multitud se aparta.)

(Febo aparece á caballo, pálido, anhelante, fatigado, como hombre que acaba de recorrer una larga distancia.)

—¡Deteneos!

La Esmeralda.—¡Febo!

Claudio Frollo (aparte y aterrado).—¡La trama se descubre!

Febo (apeándose del caballo).—¡Dios sea loado, á tiempo llego y al fin respiro! ¡Esa mujer es inocente; he aquí mi asesino!

(Señala á Claudio Frollo.)

Todos.—¡Cielos, el sacerdote!

Febo.—Ese es el único culpable, y lo probaré. ¡Que le prendan!

El pueblo.—¡Oh sorpresa!

(Los arqueros rodean á Claudio Frollo.)

Claudio Frollo.—¡Ah! ¡Dios es omnipotente!

La Esmeralda.—¡Febo!

Febo.—¡Esmeralda!

(Se abrazan.)

La Esmeralda.—¡Febo adorado, viviremos!

Febo.—Tú vivirás.

La Esmeralda.—La felicidad nos sonríe.

El pueblo.—¡Vivan los dos!

La Esmeralda.—¿Oyes esas alegres aclamaciones? Á tus pies recibe á la humilde joven. ¡Cielos! palideces. ¿Qué tienes?

Febo (vacilando).—¡Me muero! (Le recibe en sus brazos; ansiedad en la multitud.) Á cada paso que daba hacia ti, amada mía, abríase mi herida, mal cerrada aún. Yo bajo á la tumba y te dejo á la luz del sol. El destino te venga; voy á ver, pobre ángel mío, si el cielo me hace olvidar tu amor. ¡Adiós!

(Espira.)

La Esmeralda.—Febo muere; ¡en un instante todo cambia! (Cae sobre su cuerpo.) ¡Yo te sigo á la tumba!

Claudio Frollo.—¡Fatalidad!

El pueblo.—¡Fatalidad!