DON SALUSTIO
El salón de Danae en el palacio real de Madrid. Mobiliario magnífico, al gusto semi-flamenco de la época de Felipe IV. Á la izquierda, ventana grande con marco dorado y cristales pequeños; á cada lado una puertecilla que comunica con alguna habitación interior; en el fondo, galería de cristales con puerta grande; esta galería atraviesa todo el teatro, y está oculta por inmensos cortinajes. Una mesa, un sillón y recado de escribir.
Don Salustio entra por la puertecilla de la izquierda, seguido de Ruy Blas y de Gudiel, que lleva una maleta y algunos paquetes, como si fuera de viaje. D. Salustio viste traje de terciopelo negro al estilo de la corte de Carlos II, ostentando en el cuello el Toisón de oro; lleva ferreruelo muy rico, de terciopelo claro, bordado de oro y con forro negro de seda; espada con empuñadura de cazoleta, y sombrero con plumas blancas. Gudiel viste también de negro, y lleva espada. Ruy Blas va de lacayo: calzón corto, jubón pardo, galones de oro y la cabeza descubierta. Sin espada.
DON SALUSTIO DE BAZÁN, GUDIEL y RUY BLAS
D. Salustio.—Ruy Blas, cerrad la puerta y abrid esa ventana. (Ruy Blas obedece, y á una señal de D. Salustio sale por la puerta del fondo, mientras éste se dirige á la ventana.) Aún duermen todos aquí, pero ya despunta el alba. (Se vuelve bruscamente hacia Gudiel.) ¡Ah, ha sido un rayo!... Sí, mi reinado ha concluído, Gudiel... ¡Estoy en desgracia; me han expulsado! ¡Ah, perderlo todo en un día! La aventura es aún secreta; no hables de ello. ¡Y todo por amoríos con una doncella, harto impropios á mi edad, convengo en ello! ¡Seducida! ¡Vaya una desgracia! Porque esa muchacha es camarista de la reina y vino con ella de Neuburgo, reclama contra mí; presenta á su hijo en la cámara real; se me ordena casarme, rehuso y me destierran. ¡Sí, me destierran! ¡He aquí el desenlace al cabo de veinte años de incesante trabajo día y noche, de veinte años de ambición, después de haber sido alcalde de casa y corte, cuyo nombre no pronunciaba nadie sin temor, y jefe de la casa de Bazán! ¡Mi crédito, mi poderío, todo cuanto soñaba, cargos, empleos, honores, todo se hunde en medio de las carcajadas de la multitud!
Gudiel.—Nadie lo sabe aún, señor.
D. Salustio.—No, pero lo sabrán mañana, aunque afortunadamente ya estaremos en camino. No quiero caer; desapareceré. (Se desabrocha violentamente el jubón.) Siempre me oprimes como si fuese una dama, y yo me ahogo, amigo mío. (Se sienta.) ¡Oh! quiero abrir un subterráneo profundo y lóbrego sin que nadie lo eche de ver. ¡Desterrado!
(Se levanta.)
Gudiel.—¿De dónde viene el golpe, señor?
D. Salustio.—De la Reina. ¡Oh! me vengaré, Gudiel. Tú que has sido mi maestro, y que desde hace veinte años me ayudaste y serviste en las cosas pasadas, bien sabes hasta dónde alcanzan mis proyectos en la sombra, así como el hábil arquitecto conoce la profundidad del pozo que socavó. Me marcho; quiero ir á Castilla, á mis dominios, y allí meditaré mis planes. ¡Y todo esto por una muchacha! Ocúpate tú de los preparativos del viaje, porque la cosa urge. Entre tanto, diré dos palabras al individuo que ya sabes, aunque ignoro si me podrá servir. Hasta la noche soy el amo aún, y te aseguro que me vengaré. No sé cómo, pero ha de ser ruidosamente. Vamos, vé á ocuparte de los preparativos, y despacha. Sobre todo, silencio. Tú marcharás conmigo. (Gudiel saluda y sale. D. Salustio llama.) ¡Ruy Blas!
(Ruy Blas se presenta en la puerta del fondo.)
Ruy Blas.—¿Señor?
D. Salustio.—Como ya no he de dormir más en palacio, es preciso dejar las llaves y cerrar los postigos.
Ruy Blas (inclinándose).—Está bien, señor.
D. Salustio.—Escucha: la Reina pasará por la galería cuando se dirija á su cámara después de oir misa, de aquí á dos horas. Es preciso que estés allí, Ruy Blas.
Ruy Blas.—No faltaré, señor.
D. Salustio (en la ventana).—¿Ves aquel hombre que pasa por la plaza y enseña á la guardia un papel? Sin decir palabra hazle señas para que suba por la escalera secreta. (Ruy Blas obedece; D. Salustio sigue mostrándole la puertecilla de la derecha.) Antes de marcharte, mira si se hallan en esa estancia los agentes de policía, y si están despiertos los tres alguaciles de servicio.
Ruy Blas (se dirige á la puerta, la entreabre y vuelve).—Duermen, señor.
D. Salustio.—Habla en voz baja. Te necesitaré; no te alejes mucho, y entre tanto vigila para que no nos molesten los importunos.
(Entra D. César de Bazán: lleva el sombrero abollado, capa andrajosa, que no deja ver de su traje sino las medias desarregladas y los zapatos rotos, y espada de matón. En el momento de entrar, D. César y Ruy Blas se miran y hacen á la vez un ademán de sorpresa.)
D. Salustio (aparte y observándolos).—¡Se han mirado! ¿Si se conocerán?
(Ruy Blas sale.)
D. SALUSTIO, D. CÉSAR
D. Salustio.—¡Hola! ¿Ya estáis aquí, bandido?
D. César.—Sí, primo; heme aquí.
D. Salustio.—¡Fortuna es ver á semejante truhán!
D. César (saludando).—Me complace...
D. Salustio.—Caballero, conocemos vuestras trapisondas.
D. César (con aire risueño).—¿Y os agradan?
D. Salustio.—Sí, son muy meritorias. La otra noche, la víspera de Pascua, robaron á D. Carlos de Mira; quitáronle su acero, de vaina cincelada, y el coleto; pero como es caballero de Santiago, los ladrones le dejaron la capa.
D. César.—¡Santo cielo! ¿Y por qué?
D. Salustio.—Porque lleva bordada en ella la cruz roja. Pero ¿qué os parece la algarada?
D. César.—¡Ah diablo! Digo que vivimos en un tiempo temible. ¿Qué será de nosotros, Dios mío, si los ladrones se atreven con Santiago y hacen con él de las suyas?
D. Salustio.—¡Entre ellos estabais!
D. César.—¡Pues bien, sí! Con ellos estaba, ya que es preciso hablar; pero yo no toqué á vuestro don Carlos, y sólo dí algunos consejos.
D. Salustio.—Aún hay más. Anoche, en la plaza Mayor, varios hombres de mala traza que salían de un lupanar espantoso, atacaron de improviso á la ronda. También estabais con ellos.
D. César.—Primo mío, siempre tuve á menos atacar á los corchetes. Cierto que estaba allí; pero mientras se distribuían las estocadas, yo componía versos debajo de los arcos. Á decir verdad, se zurraron de lo lindo.
D. Salustio.—No es eso todo.
D. César.—¿Qué más hay?
D. Salustio.—Entre otros actos, se os acusa de haber abierto en Francia, sin llave, con ayuda de vuestros compañeros, las cajas reales.
D. César.—No digo que no. Francia es país enemigo.
D. Salustio.—En Flandes encontrasteis á un tal Pablo Barthelemy, que llegaba de Mons con el producto de los diezmos del clero, y sin reparo alguno osasteis apoderaros de los fondos que conducía.
D. César.—¿En Flandes? Puede ser muy bien, porque he viajado mucho. ¿Es eso todo?
D. Salustio.—Don César, al rostro me sube el rubor de la vergüenza cuando en vos pienso.
D. César.—Bueno, dejadle que suba.
D. Salustio.—Nuestra familia...
D. César.—No hablemos de ella, porque en Madrid sólo vos conocéis mi nombre.
D. Salustio.—Una marquesa me decía hace poco, al salir de la iglesia: «¿Quién es ese bandido que va por allí, mirando á todas partes con aire arrogante, apoyada la mano en la cadera y el ojo avizor? ¿Quién es ese hombre, más andrajoso que Job y más altivo que Braganza, que lleva deshilachados los puños, la capa hecha girones, y en vez de la espada de caballero una tizona de espadachín?»
D. César (dirigiendo una ojeada sobre su traje).—Contestaríais que era el buen Zafari.
D. Salustio.—No; me sonrojé de vergüenza.
D. César.—Pues la dama sonrió. Á mí me gusta mucho hacer reir á las mujeres.
D. Salustio.—No os acompañáis más que con infames espadachines.
D. César.—¡Clérigos y estudiantes, humildes como corderos!
D. Salustio.—Por todas partes se os ve con mujerzuelas.
D. César.—¡Oh! son las diosas del amor, á las cuales rindo culto, y á quienes compongo sonetos por la noche.
D. Salustio.—En fin, ese Matalobos, ese ladrón que está asolando á Madrid á pesar de nuestra policía, es también amigo vuestro.
D. César.—Razonemos, si os place. Sin ese hombre, yo estaría desnudo, lo cual no sería decente, primo mío. Una noche del mes de Diciembre, viéndome en la calle casi sin ropa, se conmovió.—Al duque de Alba, ese fatuo perfumado, le robaron, hace un mes, su hermoso jubón de seda...
D. Salustio.—¿Y qué más?
D. César.—Ahora le llevo yo; Matalobos tuvo á bien dármele.
D. Salustio.—¡El jubón del duque! ¿Y no os avergonzáis?...
D. César.—Nunca me avergonzaré de llevar tan buen jubón, ricamente bordado, que me abriga en invierno y me hermosea en verano. Miradle, está nuevo. (Entreabre su capa y muestra un magnífico justillo de seda de color de rosa bordado de oro.) He hallado en esta prenda un centenar de billetes amorosos dirigidos al duque. Siempre pobre, y con frecuencia enamorado, si en alguna calle entreveo una cocina, de la cual se exhalan aromas suculentos, siéntome cerca, leo las cartitas del duque, y así engaño á la vez el estómago y el amor.
D. Salustio.—¡Don César!...
D. César.—Primo mío, dejaos de reprensiones. Ciertamente soy un gran señor, y deudo vuestro; me llamo don César, conde de Garofa; pero véome reducido á la miseria. Yo era rico; tenía palacios, posesiones y rentas; mas antes de cumplir los veinte años, todo me lo había comido, y de mis cuantiosos bienes, verdaderos ó falsos, sólo me quedaba una legión de acreedores que me acosaban sin cesar. No tenía más remedio que huir y cambiar de nombre; y ahora no soy más que un alegre compañero, llamado Zafari, á quien nadie puede comprometer excepto vos. Vos no me dais un cuarto, ni tampoco os lo pido. Por la noche duermo sobre la dura piedra, á la puerta de un palacio, teniendo por techo la celeste bóveda; y así soy feliz, pues todo el mundo me cree en la India, ó tal vez muerto. En la fuente más próxima apago la sed, y después me paseo con aire arrogante. Mi palacio, donde en otro tiempo voló mi dinero, pertenece ahora al nuncio Espínola; pero no importa. Cuando por casualidad llego hasta allí, doy consejos á los operarios del dueño, que se ocupan en esculpir un Baco sobre la puerta. Ahora ya lo sabéis todo. Prestadme diez escudos.
D. Salustio.—Escuchadme...
D. César (cruzándose de brazos).—Veamos ahora vuestro estilo.
D. Salustio.—Os he hecho venir para seros útil, César. Yo, poderoso y sin hijos, veo con sentimiento que os arrastran al abismo, y quiero libraros de él. Aunque indiferente á todo, sois desgraciado, y por lo mismo me propongo pagar vuestras deudas, devolveros vuestros palacios, introduciros en la corte para que volváis á ser un caballero, embeleso de las damas. Desaparezca para siempre Zafari, y sustitúyale don César. Quiero que de mi caja toméis cuanto os conviniere, sin temor, á manos llenas, sin ocuparos del porvenir. Cuando se tienen parientes, preciso es sostenerlos, César, y mostrarnos compasivos con nuestros deudos...
(Mientras que D. Salustio habla, el rostro de D. César expresa cada vez mayor asombro, alegría y confianza, y al fin no puede reprimirse.)
D. César.—Siempre habéis tenido un talento endiablado, y á fe mía que sois muy elocuente. Continuad.
D. Salustio.—César, no os impongo sino una condición... Voy á explicarme. Por lo pronto tomad mi bolsa.
D. César (cogiendo la bolsa que está llena de oro).—¡Ah! Esto es magnífico.
D. Salustio.—Y además voy á daros quinientos ducados.
D. César (deslumbrado).—¡Marqués...!
D. Salustio.—Desde hoy...
D. César.—¡Pardiez! soy del todo vuestro en cuanto á las condiciones. Mandad; mi espada está á vuestra disposición, y soy vuestro esclavo. Si os place, hasta iré á cruzar el acero con Lucifer, rey de los infiernos.
D. Salustio.—No, no acepto vuestra espada; tengo mis razones para ello.
D. César.—¿Qué deseáis entonces? Apenas tengo nada más que ofrecer.
D. Salustio (acercándose á él y bajando la voz).—Vos conocéis, y en esta ocasión es muy conveniente, á todos los perdidos de Madrid.
D. César.—Me lisonjeáis, primo mío.
D. Salustio.—Siempre os acompaña toda una cuadrilla, y en caso necesario os sería fácil promover un motín. Todo esto podría servirnos.
D. César (soltando la carcajada).—Á fe mía que estáis haciendo un drama. ¿Qué parte me confiaréis en la obra? ¿Será el poema ó la sinfonía? De todos modos mandad; pero mi fuerte es el sainete.
D. Salustio.—Hablo á D. César, y no á Zafari. (Bajando la voz cada vez más.) Escucha. Necesito alguien que trabaje á mi lado en la sombra, á fin de preparar un gran acontecimiento. Yo no soy perverso, pero hay ocasiones en que el más delicado, desvergonzándose al fin, ha de hacer cosas feas. Tú serás rico; para ello sólo te impongo por condición que me ayudes en silencio á tender un lazo, una red oculta, como hacen los cazadores por la noche; pero no para coger una avecilla. Es preciso que por un plan bien combinado y terrible me sea dado vengarme. Pienso que no serás escrupuloso...
D. César.—¿Vengaros?
D. Salustio.—Sí.
D. César.—¿De quién?
D. Salustio.—De una mujer.
D. César (irguiéndose y mirando á D. Salustio con altivez).—¡Alto ahí! no me digáis una palabra más. En este punto, voy á deciros, primo mío, cuál es mi modo de pensar. Todo aquel que vil y traidoramente se venga de una mujer débil cuando tiene derecho á llevar espada y que nacido caballero, obra como alguacil, ese, aunque fuese el rey de Castilla, aunque ciñera cien coronas, aunque se titulase conde y duque ó marqués, y descendiera de la más noble familia, no será para mí más que un vil y cobarde, á quien quisiera ver colgado de una horca en castigo de su felonía.
D. Salustio.—¡César!...
D. César.—No añadáis una palabra; me ultrajáis. (Arroja la bolsa á los pies de D. Salustio.) Guardad vuestro secreto, y con él vuestro dinero. ¡Ah! Comprendo la matanza, el robo y el saqueo; comprendo que en noche oscura se asalte, hacha en mano, algún castillo, y que con cien bandoleros se mate sin compasión; entonces todos hieren y gritan, cual verdaderos bandidos; ojo por ojo, diente por diente, hombres contra hombres. Comprendo todo esto; pero que se atraiga suavemente á una mujer para aniquilarla, tendiendo á sus pies odioso lazo, á fin de abusar tal vez de su honor; apoderarse de una pobre avecilla que canta alegre, valiéndose de un medio infame... ¡Oh! ¡antes que llegar á esta deshonra, antes que ser rico y poderoso á semejante precio, preferiría, y aquí lo digo ante Dios, que ve mi alma, que un perro corroyese mi cráneo clavado en la picota!
D. Salustio.—Primo...
D. César.—De vuestros beneficios no necesito disfrutar mientras que halle agua en las fuentes, espacio libre en los campos, y en la ciudad un ladrón que me vista en invierno. Á fe mía que olvidaré la prosperidad pasada mientras pueda dormir tranquilo á la puerta de vuestros soberbios palacios, sin temor de que me despierten. Adiós, pues; Dios sabe cuál de los dos es el mejor. Con vuestros cortesanos quedad, don Salustio, mientras yo vuelvo con mi canalla, con los lobos, no con las serpientes.
D. Salustio.—Un momento...
D. César.—¡Vamos! abreviemos la entrevista; si tratáis de prenderme, ordenadlo de una vez.
D. Salustio.—Muy bien; creía, César, que estabais más endurecido; la prueba ha sido buena, y favorable para vos. Estoy contento; venga esa mano, os lo ruego.
D. César.—¡Cómo!
D. Salustio.—Todo esto no pasa de una broma. Cuanto he dicho ha sido para probaros, y nada más.
D. César.—Me hacéis soñar despierto. La mujer, esa trama, esa venganza...
D. Salustio.—¡Pura invención, sueños y quimeras!
D. César.—¡Perfectamente! ¿Y el ofrecimiento de pagar mis deudas es quimera también? ¿Es un sueño lo de los quinientos ducados?
D. Salustio.—Voy á buscarlos ahora mismo.
(Se dirige á la puerta del fondo, y hace seña á Ruy Blas para que se quede.)
D. César (aparte, en el proscenio, y mirando á D. Salustio de reojo).—¡Hum! cara de traidor; cuando la boca dice sí, la mirada parece decir: veremos.
D. Salustio (á Ruy Blas).—Permaneced aquí, Ruy Blas. (Á D. César.) Vuelvo al punto.
(Sale por la puertecilla de la izquierda, y apenas desaparece, D. César y Ruy Blas corren el uno hacia el otro.)
D. CÉSAR, RUY BLAS
D. César.—Á fe mía que no me engañaba. ¡Tú aquí, Ruy Blas!
Ruy Blas.—¿Eres tú, Zafari? ¿Qué haces en este palacio?
D. César.—Paso y me voy; así como al ave, agrádame el espacio. ¿Pero y tú, qué significa esa librea, ese disfraz?
Ruy Blas (con amargura).—Más disfrazado estoy de otro modo.
D. César.—¿Qué dices?
Ruy Blas.—Déjame estrecharte la mano como en aquel tiempo feliz de libertad y de miseria en que vivía sin hogar, hambriento de día y yerto de frío por la noche; pero independiente; aquel tiempo en que me conociste, y en que yo era hombre aún. Ambos hijos del pueblo, nos parecíamos tanto que nos tomaban por hermanos; cantábamos al despuntar la aurora, y llegada la noche dormíamos uno junto á otro bajo el estrellado cielo, compartiendo siempre lo que teníamos. Por fin llegó la triste hora de nuestra separación; y al cabo de cuatro años te encuentro otra vez, siempre el mismo, alegre como un muchacho, libre como el gitano; siempre eres ese Zafari, rico en su pobreza, que nada tuvo jamás, ni deseó cosa alguna. Pero yo ¡cuánto he cambiado, hermano! Huérfano, alimentado de ciencia y orgullo en un colegio, en vez de destinarme á simple obrero, hicieron de mí un soñador. Tú ya sabes hasta qué punto llegaban mis aspiraciones de poeta, cuando te burlabas de mis versos insensatos. Tenía yo no sé qué ambición en el alma. ¿Para qué trabajar? Dirigíame hacia un objeto invisible; creíalo todo verdadero, todo posible, y de la suerte lo esperaba todo. Por otra parte, soy de aquellos que pasan sus días pensativos y ociosos, contemplando algún palacio donde rebosan las riquezas, para ver entrar y salir á las elegantes damas. Así me sucedió un día en que, hambriento y moribundo, recogí el pan donde le encontré, en medio del ocio y la ignominia. ¡Oh! cuando yo tenía veinte años confiaba en mi genio, mientras me perdía, recorriendo descalzo los caminos y entregado á mis meditaciones sobre la suerte de los humanos. Había trazado planes sobre todo, una verdadera montaña de proyectos; condolíame la desgracia de España, y, pobre de espíritu, pensé que el mundo necesitaba de mí. Ya ves el resultado, amigo mío: ¡un lacayo!
D. César.—Sí, ya lo sé; el hambre es puerta muy baja, y cuando se ha de pasar por ella, el más grande es aquel que más se encorva; pero la suerte tiene su flujo y reflujo. Espera.
Ruy Blas.—El marqués de Finlas es mi amo.
D. César.—Ya le conozco. ¿Y vives en este palacio?
Ruy Blas.—No, esta mañana pisé el umbral por primera vez.
D. César.—¿De veras? Tu amo, no obstante, debe habitar aquí á causa del cargo que desempeña.
Ruy Blas.—Sí, porque la corte le necesita á cada momento; pero tiene una casa desconocida, donde tal vez no ha entrado nunca en pleno día, aunque sólo dista cien pasos del palacio; es modesta y misteriosa, y en ella vivo yo. Por la puerta secreta, cuya llave sólo tiene mi amo, el marqués entra á veces por la noche seguido de hombres enmascarados que hablan en voz baja y se encierran, sin que nadie sepa lo que allí sucede luego. Por compañeros tengo dos negros mudos que, ignorando mi nombre, tal vez me toman por su amo.
D. César.—Sí; allí recibe sin duda á sus espías, allí es donde tiende sus emboscadas. Es un hombre profundo y poderoso.
Ruy Blas.—Ayer me dijo: «Es preciso que mañana estés en palacio antes de rayar la aurora: entrarás por la verja dorada.» Al llegar me mandó ponerme esta librea, que hoy llevo por primera vez.
D. César (estrechándole la mano).—Espera.
Ruy Blas.—¡Esperar! Tú no sabes aún lo que es para mí llevar este traje que mancha y deshonra. Haber perdido la alegría y el orgullo no es nada, y tampoco importa ser vil y esclavo. Escucha, hermano mío; no siento yo usar esta librea que me infama, porque en el pecho tengo una hidra cuyos dientes de fuego me oprimen el corazón en sus ardientes repliegues. El exterior te atemoriza. ¡Qué dirías si vieses el interior!
D. César.—¿Qué quieres decir?
Ruy Blas.—Inventa, imagina, busca en tu espíritu, supón algo extraño, insensato, inaudito y horrible, una fatalidad que deslumbre; sí, prepara un veneno espantoso, abre un abismo más sordo que la locura, más negro que el crimen; y cuando hayas hecho todo lo que digo, aún no te acercarás á mi secreto. ¿No lo adivinas? ¡Cómo has de adivinarlo! Sondea con la mirada el precipicio á donde el destino me arrastra... Amo á la Reina.
D. César.—¡Cielos!
Ruy Blas.—Bajo un dosel ornado con el globo imperial hay un hombre, unas veces en Aranjuez, y otras en el Escorial, á quien apenas se ve y á quien no se nombra sin terror; un hombre para quien, cual si fuese Dios, todos somos iguales; al que se mira temblando y se sirve de rodillas; que puede hacer caer nuestras cabezas á una simple señal; un hombre cuyos caprichos son un acontecimiento; que vive solo y soberbio, encerrado gravemente en una majestad terrible y profunda, y cuyo poderío se extiende por la mitad del mundo. ¡Pues bien, yo, el lacayo de ese hombre, de ese rey, estoy celoso!
D. César.—¡Celoso del rey!
Ruy Blas.—¡Sí, del rey, puesto que amo á su esposa!
D. César.—¡Desgraciado!
Ruy Blas.—Escucha. Todos los días la espero al paso, y estoy como loco. ¡Oh! la vida de esa mujer es un tejido de enojos; todas las noches pienso en ello. ¡Vivir en esta corte de odios y mentiras, casada con un rey que pasa el tiempo cazando! ¡Imbécil! Viejo ya á los treinta años, ni es hombre ni es rey.—Familia que se extingue: el padre era débil hasta el punto de no poder sostener en la mano un pergamino. ¡Oh! tan bella y tan joven, y haber dado su mano á ese rey Carlos II. ¡Qué lástima! No sé cómo esta locura amorosa ha penetrado en mi corazón; pero juzga tú. La reina ama una flor azul de Alemania; aquí no la hay, y todos los días ando una legua para coger algunas; con las más bonitas formo un ramo, y á media noche me introduzco en los jardines reales como un ladrón y deposito mi ofrenda en el banco donde la soberana suele sentarse. Anoche mismo me atreví, compadécete, hermano, á colocar un billete entre las flores. Para llegar hasta ese banco es preciso franquear el muro, y en su parte superior me hieren las puntas de hierro que se suelen poner en las cercas. Algún día me dejaré allí el corazón y las entrañas. Ignoro si encuentra mis flores y mi carta; pero con todo esto, ya ves que soy un insensato.
D. César.—¡Diablo! tu aventura no deja de ser peligrosa. Ten cuidado, porque el conde de Oñate, que la ama también, la vigila, en calidad de mayordomo y de enamorado. Podría suceder que una noche, algún guarda poco dormilón, te clavase la partesana antes de marchitarse tu ramo. ¡Vaya una ocurrencia, amar á la reina! ¿Cómo diablos has podido llegar á este caso?
Ruy Blas (con arrebato).—¿Lo sé yo por ventura? ¡Oh! daría mi alma al demonio por ser sólo durante una hora uno de esos jóvenes señores que desde la ventana veo en este instante, y que cual viva afrenta para mí, entran luciendo la pluma en el sombrero y altiva la frente. Sí, me condenaría sólo para que me fuese dado arrojar esta librea y poder acercarme á la reina, como ellos, con un traje semejante al suyo. Pero, ¡oh rabia, estar junto á ella y no ser á sus ojos más que un lacayo! ¡Tened compasión de mí, Dios mío! (Acercándose á D. César.) Ahora recuerdo que me preguntabas por qué la amo así y desde cuándo... Cierto día... pero ¿á qué recordarlo? Es verdad; siempre te conocí esa manía de preguntar ¿por qué? ¿cómo? ¿cuándo? Pero la sangre me hierve en las venas, y sólo podría decirte que la amo locamente.
D. César.—Cálmate.
Ruy Blas (cayendo desfallecido y pálido en un sillón).—Sufro mucho, hermano; dispénsame, ó más bien huye de este pobre loco, que con espanto siente bajo su librea de lacayo las pasiones de un rey.
D. César (poniéndole la mano sobre el hombro).—¡Yo huir de ti; yo que no he sufrido porque nunca amé á nadie; yo, pobre cascabel que ya no suena, pobre mendigo del amor, á quien de vez en cuando arroja una limosna el destino; yo, que nada siento ya en el corazón, pareciéndome que el alma se ha retirado de mi cuerpo! ¿Por qué había de huir? Por ese amor que en tus ojos rebosa te envidio, y á la vez te compadezco, Ruy Blas.
(Momento de pausa: con las manos cogidas, los dos se miran con expresión amistosa y de tristeza.—Entra D. Salustio y adelántase con paso lento, fijando una mirada profunda en D. César y Ruy Blas, que no le ven. En una mano lleva un sombrero y una espada, que al entrar deposita en un sofá, y en la otra una bolsa, que pone sobre la mesa.)
D. Salustio (á D. César).—He aquí el dinero.
(Al oir la voz de D. Salustio, Ruy Blas se levanta como sobresaltado, y permanece en pie, con la vista baja, en actitud respetuosa.)
D. César (aparte, mirando á D. Salustio de reojo).—El diablo me lleve si ese tunante no escuchaba á la puerta. ¡Bah! al fin y al cabo, poco importa. (Á D. Salustio en voz alta.) Muchas gracias, primo.
(Abre la bolsa, esparce el contenido en la mesa y revuelve con alegría los ducados, colocándolos en pilas sobre el tapete de terciopelo. Mientras los cuenta, D. Salustio se dirige al fondo del teatro, volviendo la cabeza para ver si llama la atención de D. César; abre la puertecilla de la derecha y á una señal salen tres alguaciles armados con espadas y vestidos de negro. D. Salustio les muestra misteriosamente á D. César. Ruy Blas permanece inmóvil, de pie cerca de la mesa, sin ver ni oir nada.)
D. Salustio (en voz baja á los alguaciles).—Cuando salga de aquí ese hombre que cuenta el dinero, seguidle y apoderaos de él silenciosamente, sin violencia. Después le conduciréis á Denia, y una vez allí, embarcadle. (Les entrega un pergamino sellado.) He aquí la orden escrita de mi puño y letra. Sin prestar oído á sus quejas, le venderéis, una vez en el mar, á los corsarios argelinos. Mil piastras para vosotros si llenáis vuestro cometido pronto y bien.
(Los tres alguaciles se inclinan y salen.)
D. César (acabando de arreglar los ducados).—Nada es tan agradable y divertido como hacer pilas de monedas cuando son nuestras. (Hace dos partes iguales y se vuelve á Ruy Blas.) Hermano, he aquí tu parte.
Ruy Blas.—¡Cómo!
D. César (mostrándole una de las dos pilas de oro).—¡Tómala, vente y sé libre!
D. Salustio (que los observa en el fondo).—¡Diablo!
Ruy Blas (moviendo la cabeza en señal de negativa).—No; el corazón es lo que quisiera tener libre; mi suerte está echada, y debo permanecer aquí.
D. César.—Bien, obra como te plazca. Sólo Dios sabe si tú eres el loco y yo el sabio.
(Recoge el dinero, lo echa en la bolsa y se la guarda.)
D. Salustio (en el fondo del teatro, aparte, y observando siempre).—Poco más ó menos el mismo rostro y el mismo aire.
D. César (á Ruy Blas).—¡Adiós!
Ruy Blas.—Toca estos cinco.
(Se estrechan la mano. D. César sale sin ver á D. Salustio, que permanece retirado.)
RUY BLAS, D. SALUSTIO
D. Salustio.—¡Ruy Blas!
Ruy Blas (volviéndose vivamente).—¿Señor?
D. Salustio.—¿Era ya de día esta mañana cuando llegasteis?
Ruy Blas.—Aún no, señor; dí el pase al portero, y he subido.
D. Salustio.—¿Llevabais capa?
Ruy Blas.—Sí, señor.
D. Salustio.—En ese caso, nadie os habrá visto aún esa librea en palacio.
Ruy Blas.—Ni tampoco en Madrid.
D. Salustio (señalando con el dedo la puerta por donde ha salido D. César).—Está muy bien. Id á cerrar la puerta y quitaos ese traje. (Ruy Blas se despoja de su librea y arrójala en un sillón.) Me parece que tenéis muy buen carácter de letra. Escribid. (Hace seña á Ruy Blas para que se siente á la mesa, donde hay plumas y tinteros. Ruy Blas obedece.) Hoy vais á servirme de secretario. Nada os ocultaré. Por lo pronto un billete de amor para la reina de mi corazón, para doña Elvira, esa sirena que debe haber caído del paraíso. Voy á dictaros. «Un peligro terrible me amenaza en este momento; sólo mi reina puede conjurar la tempestad, viniendo á buscarme esta noche á casa. De lo contrario estoy perdido. Pongo á vuestras plantas mi vida y mi corazón y os beso los pies.» (Riendo.) ¡Un peligro! El recurso es hábil para atraerla á mi casa. ¡Oh! yo soy experto. Á las mujeres les agrada mucho salvar á quien las pierde.—Añadid: «Por la puerta que hay en lo último de la Alameda podréis entrar sin ser reconocida; una persona de confianza os abrirá.» Perfectamente. ¡Ah! firmad.
D. Salustio.—¿Vuestro nombre?
D. Salustio.—No. Firmad César; es mi nombre de guerra.
Ruy Blas (después de haber obedecido).—La dama no reconocerá la escritura.
D. Salustio.—¡Bah! el sello basta; con frecuencia lo hago de este modo. Ruy Blas, yo parto esta noche y os dejo aquí. Tengo proyectos muy favorables respecto á vos; vais á cambiar de situación, pero es necesario que me obedezcáis en todo. Como vos sois un servidor discreto, fiel y reservado...
Ruy Blas (inclinándose).—Señor...
D. Salustio (continuando).—Quiero mejorar vuestra suerte.
Ruy Blas (mostrando el billete que acaba de escribir).—¿Á dónde se ha de dirigir esa carta?
D. Salustio.—Yo me encargo de ello. (Acercándose á Ruy Blas con aire significativo.) Quiero haceros feliz. (Síguese una pausa. D. Salustio hace seña á Ruy Blas para que vuelva á sentarse á la mesa.) Escribid: «Yo, Ruy Blas, lacayo de su excelencia el marqués de Finlas, me obligo á servirle como fiel criado en toda ocasión secreta ó pública.» (Ruy Blas obedece.) Firmad con vuestro nombre; ahora la fecha; está bien; dadme. (Dobla el billete y el papel en que Ruy Blas acaba de escribir, y los guarda en su cartera.) Acaban de traerme una espada. ¡Ah! vedla allí. (Señala el sofá, en el que ha puesto la espada y el sombrero, y coge estos objetos.) El tahalí es de seda, recamada á la última moda. (Haciendo admirar la flexibilidad del tejido.) Tocadla, Ruy Blas. ¿Qué os parece esa flor? La empuñadura es de Gil, el famoso cincelador, el que mejor sabe formar, al gusto de las bellas, una caja de pastillas en el pomo. (Pasa el tahalí por el cuello de Ruy Blas sin quitar la espada.) Dejadla; quiero ver si os sienta bien. ¡Cáspita! parecéis así todo un caballero. (Escuchando.) Alguien viene... Sí. Se acerca la hora de pasar la Reina. ¡El marqués del Basto!
(La puerta del fondo que da á la galería se abre. D. Salustio se despoja del ferreruelo y arrójale vivamente sobre los hombros de Ruy Blas, en el momento de aparecer el marqués del Basto. Después se dirige á este último, llevando consigo á Ruy Blas, mudo de asombro.)
D. SALUSTIO, RUY BLAS, EL MARQUÉS DEL BASTO, EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ, EL DUQUE DE ALBA, y después toda la corte
D. Salustio (al marqués del Basto).—Permitidme, marqués, que os presente á mi primo D. César.
Ruy Blas (aparte).—¡Cielos!
D. Salustio (á Ruy Blas en voz baja).—¡Callaos!
El marqués del Basto (saludando á Ruy Blas).—Caballero, celebro mucho...
(Le toma la mano, que Ruy Blas le presenta con cierta cortedad.)
D. Salustio (en voz baja á Ruy Blas).—Dejadme hacer y saludad.
(Ruy Blas saluda al marqués.)
El marqués del Basto (á Ruy Blas).—Apreciaba mucho á vuestra madre. (En voz baja á D. Salustio, mostrándole á Ruy Blas.) Está muy cambiado; apenas le hubiera reconocido.
D. Salustio (al marqués).—¡Diez años de ausencia!
El marqués del Basto.—¡Verdad es!
D. Salustio (golpeando en el hombro de Ruy Blas).—¡Hele aquí de vuelta! ¿Recordáis, marqués, qué pródigo era, y cómo despilfarraba sus escudos? Todas las noches en bailes y fiestas; siempre luciendo galas en festines y reuniones; con su fasto y su lujo deslumbraba á Madrid, pero á los tres años se arruinó. Ahora llega de la India.
Ruy Blas.—Señor...
D. Salustio (alegremente).—Llamadme primo, puesto que nos une este parentesco. Los Bazanes somos buenos caballeros. Tenemos por antecesor á don Íñigo de Ibiza; su nieto, Pedro de Bazán, casó con Mariana de Gor, de quien nació Juan, que fué almirante en tiempo del rey D. Felipe; Juan tuvo dos hijos, que en nuestro árbol genealógico han dejado dos blasones. Yo soy el marqués de Finlas, y vos el conde Garofa. Tanto valemos el uno como el otro, César; por parte de las madres, tenemos igual jerarquía, sólo que vos sois de Aragón y yo de Portugal. Vuestra rama no es menos noble que la nuestra; yo soy fruto de la una, y vos, flor de la otra.
Ruy Blas (aparte).—¿Á dónde me llevará?
(Mientras que D. Salustio hablaba, el marqués de Santa Cruz, D. Álvaro de Bazán y Benavides, anciano de bigote blanco, que lleva una gran peluca, se ha aproximado á ellos.)
El marqués de Santa Cruz (á D. Salustio).—Os explicáis con claridad; pero si es primo vuestro también lo es mío.
D. Salustio.—Es verdad, pues tenemos el mismo origen, marqués. (Le presenta á Ruy Blas.) Don César.
El marqués de Santa Cruz.—Imagino que no es el que creían muerto.
D. Salustio.—Sí tal; el mismo.
El marqués de Santa Cruz.—¿Conque ahora ha vuelto?...
D. Salustio.—De las Indias.
El marqués de Santa Cruz (examinando á Ruy Blas).—En efecto, es el mismo.
D. Salustio.—¿Le reconocéis?
El marqués de Santa Cruz.—¡Pardiez! como que le he visto nacer.
D. Salustio (en voz baja á Ruy Blas).—El buen hombre está ciego, y sólo os reconoce para hacer creer que no lo es.
El marqués de Santa Cruz (ofreciendo la mano á Ruy Blas).—Venga esa mano, primo.
Ruy Blas (inclinándose).—¡Señor!
El marqués de Santa Cruz.—Me complace mucho veros.
D. Salustio (en voz baja al marqués y aparte).—Voy á pagar sus deudas; vos podréis servirle en el cargo que desempeñáis: si en la corte vacase algún cargo, cerca del rey ó de la reina...
El marqués de Santa Cruz (en voz baja).—Es un joven encantador, y pensaré en ello. Además, pertenece á la familia.
D. Salustio (en voz baja).—Tenéis mucha influencia en el Consejo de Castilla, y por lo tanto os le recomiendo. (Sepárase del marqués de Santa Cruz y se dirige á otros señores, á los que presenta á Ruy Blas; entre ellos está el duque de Alba, que luce un traje magnífico. D. Salustio le presenta á Ruy Blas.) Mi primo César, conde de Garofa. (Los nobles cambian graves saludos con Ruy Blas, siempre sobrecogido.) (Al conde de Ribagorza.) Ayer no estabais en el baile de Atalante; Lindamira bailó muy bien. (Se extasía contemplando el jubón del duque de Alba.) Magnífico justillo lleváis, duque.
El duque de Alba.—Otro más hermoso tenía, de seda rosa galoneado de oro, pero ese bribón de Matalobos me le ha robado.
Un hujier de la corte (en el fondo del teatro).—La Reina se aproxima; tomad puesto, señores.
(Las grandes cortinas de la galería de cristales se abren, y los señores se escalonan cerca de la puerta, mientras forman los guardias. Ruy Blas, anhelante y fuera de sí, refúgiase en el proscenio, á donde le sigue D. Salustio.)
D. Salustio (en voz baja á Ruy Blas).—¿Es posible que cuando la fortuna os sonríe, disminuya vuestro espíritu? Volved en vos, Ruy Blas. Yo marcho de Madrid; os dejo mi pequeña casa con los criados mudos; nada quiero guardar sino las llaves secretas; muy pronto recibiréis instrucciones. Haced mi voluntad, y yo me encargaré de vuestra fortuna. Elevaos sin temer nada, pues la ocasión es propicia. La corte es un país donde se anda sin ver claro; pero yo os conduciré; yo me encargo de ver por vos.
(Aparecen otros guardias en el fondo del teatro.)
El hujier (en alta voz).—¡La Reina!
Ruy Blas (aparte).—¡Ah! ¡La Reina!
(La Reina, magníficamente vestida, aparece rodeada de damas y pajes bajo un dosel de terciopelo escarlata, conducido por cuatro gentiles hombres. Ruy Blas, despavorido, parece quedar absorto ante aquella resplandeciente visión. Todos los grandes de España se cubren. D. Salustio se dirige rápidamente hacia el sillón en que se halla su sombrero y se lo lleva á Ruy Blas.)
D. Salustio (á Ruy Blas, poniéndole el sombrero en la cabeza).—¿Qué tenéis, primo? ¡Cubríos; sois grande de España!
Ruy Blas (aturdido, en voz baja á D. Salustio).—¿Y qué más ordenáis, señor?
D. Salustio (mostrándole á la Reina, que cruza lentamente por la galería).—Que hagáis lo posible por agradar á esa mujer y ser su amante.