LA REINA DE ESPAÑA
Salón contiguo á la cámara de la reina; á la izquierda una puertecilla de comunicación, y á la derecha otra que conduce á las habitaciones exteriores. En el fondo grandes ventanas abiertas. Es la tarde de un hermoso día de verano. Mesa grande, sillones; la imagen de una Santa, con un rico marco, adornan una de las paredes: es «Santa María Esclava». En el lado opuesto una imagen de la Virgen, iluminada por la luz de una lámpara de oro; más allá un retrato de cuerpo entero del rey Carlos II.
Al levantarse el telón, la reina doña María de Neuburgo está sentada en un extremo junto á una de sus damas, joven y hermosa. La reina viste de blanco, con falda de tejido de plata. Está bordando y se interrumpe á intervalos para hablar. En el lado opuesto, sentada en un sillón, doña Juana de la Cueva, duquesa de Alburquerque, camarista mayor, con su labor en la mano; es una anciana vestida de negro. Cerca de ella, varias dueñas, sentadas á una mesa, trabajan también. En el fondo está D. Guritán, conde de Oñate, mayordomo, alto, enjuto, con bigote gris; es hombre de unos cincuenta años y tiene aspecto de militar veterano, aunque viste con exagerada elegancia y lleva cintas hasta en los zapatos.
LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, D. GURITÁN, CASILDA, dueñas
La Reina.—¡Por fin ha marchado! Debería estar tranquila y no lo estoy, porque ese marqués de Finlas me preocupa; estoy segura que me odia.
Casilda.—¿No se le ha desterrado según vuestro deseo?
La Reina.—Ese hombre me aborrece.
Casilda.—Vuestra Majestad...
La Reina.—Te aseguro, Casilda, que ese marqués es para mí como el ángel malo. La víspera del día en que debía marchar, se presentó como de costumbre durante el besamanos. Todos los nobles se adelantaban en fila hacia el trono para cumplir con la etiqueta; mientras que yo, triste y tranquila, miraba vagamente la pared que en el salón oscuro representa una gran batalla. De repente, al fijar mi vista en la mesa, divisé á ese hombre temible, que se adelantaba hacia mí, y desde aquel momento, sólo él me llamó la atención. Adelantábase lentamente, con la mano apoyada en la daga, de la cual veía á intervalos la brillante hoja; estaba grave, y su mirada de fuego me imponía; se inclinó y sentí sobre mi mano su boca de serpiente.
Casilda.—Cumplía con su deber de caballero.
La Reina.—Sus labios no eran como los demás. No he vuelto á verle, pero desde ese día pienso en él á menudo, aunque otras cosas me preocupan. Paréceme que el infierno está en el alma de ese hombre, ante el cual no soy más que una mujer, y no una reina. En mis sueños encuentro en mi camino á ese demonio, que me besa la mano; y veo brillar el odio en sus miradas, que como un veneno mortal hielan la sangre en mis venas, haciéndome estremecer. ¿Qué dices á esto?
Casilda.—¡Puras visiones, señora!
La Reina.—Á decir verdad, otros cuidados tengo más serios. (Aparte.) ¡Oh! lo que más me atormenta debo ocultar. (Á Casilda.) Dime ¿qué hay de esos mendigos, que no osaban acercarse?...
Casilda (dirigiéndose á la ventana).—Aún están ahí, señora.
La Reina.—Toma, échales mi bolsa...
(Casilda toma la bolsa y arrójala por la ventana.)
Casilda.—¡Oh! señora, vos que hacéis tantas limosnas con tal bondad, ¿no haréis ninguna al conde de Oñate, aunque sólo sea diciéndole una palabra? (Mostrando á la Reina á D. Guritán, que de pie y silencioso en el fondo de la cámara, fija en aquella miradas de muda adoración.) Es un pobre viejo enamorado, que tiene la piel tan dura como tierno el corazón.
La Reina.—Ese hombre me molesta.
Casilda.—Convengo en ello; pero decidle algo.
La Reina (volviéndose á D. Guritán).—Buenos días, conde.
(D. Guritán se aproxima, haciendo tres reverencias, y suspirando besa la mano de la Reina, que se muestra indiferente y distraída. Después vuelve á su sitio.)
D. Guritán (retirándose, en voz baja á Casilda).—La Reina está encantadora hoy.
Casilda (mirándole cuando se aleja).—¡Pobre ganso! Permanece inmóvil junto al agua que le tienta, y si después de esperar todo un día se le dirige una palabra, con frecuencia una frase indiferente, retírase contento y satisfecho.
La Reina (con triste sonrisa).—¡Cállate!
Casilda.—Para ser feliz le basta veros; para él es toda una dicha ver á la Reina. (Extasiándose al divisar una caja colocada sobre un velador.)—¡Oh! ¡qué caja tan preciosa!
La Reina.—Aquí tienes la llave.
Casilda.—Esta madera de sándalo es exquisita.
La Reina (presentándole la llave).—Ábrela y mira. Son reliquias que me propongo enviar á mi padre, porque sé que le agradarán mucho. (Queda meditabunda un momento, y después interrumpe vivamente sus impresiones. Aparte.) Quisiera desechar de mi mente lo que pienso. (Á Casilda.) Vé á buscar un libro en mi cámara... ¡Estoy loca! no hay uno solo alemán; todos son españoles. Y el rey, de caza, siempre ausente. ¡Ah! ¡qué aburrimiento! En seis meses he pasado sólo doce días junto á él.
Casilda.—¡Casarse con un rey para vivir así!
(La Reina se entrega otra vez á su meditación, arrancándose al fin de ella como por un esfuerzo.)
La Reina.—¡Quiero salir!
(Al oir estas palabras, pronunciadas imperiosamente, la duquesa de Alburquerque, que hasta entonces ha permanecido inmóvil en su sillón, levanta la cabeza, se pone después en pie y hace una profunda cortesía á la Reina.)
La duquesa de Alburquerque (con voz breve y dura).—Para que la Reina salga es preciso, según el ceremonial, que un grande de España, aquel á quien se concede este derecho, abra todas las puertas; y ahora no hay tal vez ninguno en el alcázar.
La Reina.—¡Pero esto es encerrarme! ¿Quieren matarme, Duquesa?
La Duquesa (haciendo otra reverencia).—Soy camarista mayor, y cumplo con mi deber.
(Vuelve á sentarse.)
La Reina (Ocultando la cabeza entre sus manos, con desesperación.—Aparte.)—¿Será preciso volver á mis meditaciones? ¡No! (En voz alta.) ¡Pronto, traed aquí las cartas para jugar al sacanete, y vengan todas mis damas!
La Duquesa (á las dueñas).—No os mováis, señoras. (Levantándose y saludando de nuevo á la Reina.) Según antiguo uso, Vuestra Majestad no puede jugar sino con reyes, ó deudos del soberano.
La Reina (con enojo).—¡Pues bien, haced que vengan!
Casilda (aparte, mirando á la Duquesa).—¡Ah! ¡dueña gruñona!
La Duquesa (persignándose).—Dios no se los ha concedido, señora, al soberano que gobierna. La reina madre ha muerto, y ahora está solo.
La Reina.—¡Pues que me sirvan una colación!
Casilda.—¡Qué divertido es esto!
La Reina.—Casilda, te invito.
Casilda (aparte, mirando á la camarista).—¡Oh, respetable abuela!
La Duquesa (haciendo una reverencia).—Cuando el rey no está aquí, la reina come sola.
(Vuelve á sentarse.)
La Reina (exasperada).—¡Dios mío! ¿Qué podré hacer que permitido sea? Ni salir, ni jugar, ni comer cuando se me antoja. Desde hace un año que soy reina, me estoy muriendo.
Casilda (aparte, mirándola con aire compasivo).—¡Pobre mujer, condenada á pasar todos sus días presa del tedio, en esta corte insípida, sin más distracción que la de contemplar el agua estancada en un pantano, (Mirando á D. Guritán, siempre inmóvil y de pie en el fondo de la cámara.) y á un viejo enamorado, que sueña despierto!
La Reina (á Casilda).—¿Qué hacer? Veamos, busca una idea.
Casilda.—En ausencia del rey, vos sois quien gobierna: procurad distraeros, llamando á los ministros.
La Reina (encogiéndose de hombros).—¡Vaya un recreo! ¡Ver ocho hombros de semblante siniestro, que me hablen de Francia y de su rey caduco, de Roma y del retrato del archiduque, á quien pasean por Burgos bajo un dosel de paño de oro, conducido por cuatro alcaldes! Busca otra cosa.
Casilda.—Pues bien, si lo permitís, haré que suba algún joven escudero.
La Reina.—¡Casilda!
Casilda.—Quisiera ver algún joven, señora, porque esta corte venerable me aburre y me contrista. Creo que la vejez llega por los ojos, y que se envejece más pronto cuando siempre se ven ancianos.
La Reina.—¡Ríete, loca! No tarda en llegar el día en que el corazón se entristece, y se pierde el sueño y la alegría. (Pensativa.) Mi felicidad está en ese rincón del parque, donde tengo derecho á ir sola.
Casilda.—Pues no os envidio esa dicha. ¡Vaya un sitio! ¡Paredes más altas que los árboles, y una trampa detrás de cada uno de éstos!
La Reina.—¡Oh, quisiera salir algunas veces!
Casilda (en voz baja).—¡Salir! Pues bien, señora, escuchadme; hablemos bajo. Por austera y oscura que sea una prisión, siempre hay medio de buscar y encontrar en la sombra una llave. ¡Yo la tengo! Cuando queráis, saldremos de palacio por la noche, á pesar de los malos, y recorreremos la ciudad. Podemos ir...
La Reina.—¡Cielos, jamás, cállate!
Casilda.—Es muy fácil.
La Reina.—¡Nunca! (Aléjase un poco de Casilda y vuelve á caer en su meditación.) ¡Oh! ¿por qué no estaré aún en mi buena Alemania con mis padres y mi hermano? Felices allí, corríamos libres por los campos, y hablábamos sencillamente á los campesinos cuando iban cargados con sus gavillas. ¡Esto era delicioso! Pero ¡ay de mí! cierto día acercóse á mí un hombre vestido de negro y me dijo: «Señora, vais á ser reina de España.» Mi padre estaba muy contento; mi madre lloraba; y hoy lloran los dos. En secreto quiero enviarles esta caja, pues sé que mi padre quedará contento. ¡Ah! todo me desespera aquí. Hasta mis pobres aves de Alemania han muerto. (Casilda hace el ademán de torcer el cuello de un ave, mirando de reojo á la camarista.) También me prohiben ver flores de mi país y jamás vibra en mi oído una palabra de amor. Hoy soy reina; en otro tiempo era libre. Bien dices, que ese parque es muy triste por la noche, y las paredes tan altas que impiden ver. ¡Oh qué aburrimiento! (Se oye fuera un canto lejano.) ¿Qué rumor es ese?
Casilda.—Son las lavanderas que cantan á lo lejos.
(Las voces se acercan, y óyense las palabras. La Reina presta atención.)
(Las voces se alejan.)
La Reina (pensativa).—¡El amor! Sí, ellas son felices; su canto me alivia y me enoja á la vez.
La Duquesa (á las dueñas).—¡Haced que se alejen esas mujeres, que importunan á la Reina!
La Reina (vivamente).—¡Cómo, si apenas se las oye! Dejadlas pasar en paz, señora. (Á Casilda, mostrándole una ventana en el fondo.) Por ahí no es el bosque tan espeso, y esa ventana da al campo; ven, vamos á verlas.
(Se dirige hacia la ventana con Casilda.)
La Duquesa (levantándose y haciendo una reverencia).—La Reina de España no debe asomarse á la ventana.
La Reina (deteniéndose y retrocediendo).—¡Vamos, el hermoso sol poniente que ilumina los valles, las frescas brisas de la tarde, las lejanas canciones que todos oyen, no existen para mí! Retirada estoy del mundo; ni aun puedo ver la naturaleza de Dios, ni la libertad de que los otros disfrutan.
La Duquesa (haciendo una señal á las dueñas para que salgan).—Salid, señoras, hoy es día de rezo.
(Casilda da algunos pasos hacia la puerta; la Reina la detiene.)
La Reina.—¿Me abandonas?
Casilda (mostrando á la Duquesa).—La señora ordena que salgamos.
La Duquesa (saludando á la Reina profundamente).—Es preciso dejar á la Reina sola para que se entregue á sus devotas prácticas.
LA REINA, sola
¡Á mis prácticas devotas! Dí más bien á mis reflexiones. ¿Cómo huir de ellas, estando sola? ¡Todos me han dejado, pobre espíritu sin luz, en un camino oscuro! (Meditando.) ¡Ah, esa mano sangrienta impresa en la pared! Sin duda estará herido, pero suya es la culpa. ¿Por qué empeñarse en franquear ese muro tan alto, sólo para traerme las flores que aquí me rehusan? ¡Aventurarse así por tan poca cosa! Tal vez se haya herido con las puntas de hierro, porque de ellas pendía un pedazo de encaje. Una gota de esa sangre vertida vale tanto como todas mis lágrimas. (Abismándose más en su meditación.) Cada vez que á ese banco voy á buscar las flores, prometo á Dios no volver nunca más, y sin embargo, siempre vuelvo. Pero ¿y él? Tres días hace que no he vuelto á verle. ¡Herido! ¡Quien quiera que seas, joven generoso, tú que al verme sola, lejos de los que me aman, sin pedir ni esperar nada vienes á mí arrostrando los peligros; tú que viertes tu sangre y te arriesgas diariamente para dar una flor á la Reina; quien quiera que seas, amigo cuya sombra me acompaña, desde el fondo del alma te bendigo, y bendígate también tu madre! (Llevándose vivamente la mano al corazón.) ¡Oh! su carta me quema. (Recayendo en sus reflexiones.) ¡Y el otro, el implacable don Salustio! Un ángel y un espectro me siguen, y sin verlos, siéntolos á los dos agitarse en mis ensueños. Un hombre que me odia junto á otro que me ama me conducirán tal vez á algún supremo instante. ¿Me librará el uno del otro? No lo sé. ¡Ay! el destino flota para mí con dos vientos opuestos. ¡Qué débil es una reina, y qué poca cosa significa! Oremos. (Se arrodilla ante la imagen de la Virgen.) ¡Amparadme, señora, pues no me atrevo á elevar la mirada hasta vos! (Se interrumpe.) ¡Oh Dios mío! el encaje, la carta, la flor; todo es fuego. (Saca del seno una carta arrugada, un ramo pequeño de florecillas azules y un pedazo de encaje teñido en sangre; arroja estos objetos sobre la mesa y se arrodilla de nuevo.) ¡Virgen santa, esperanza de los mártires, auxiliadme en este trance! (Interrumpiéndose.) ¡Esa carta!... (Se vuelve hacia la mesa.) Me atrae... (Arrodillándose de nuevo.) ¡No quiero leerla! ¡Oh virgen de dulzura, arrodillada á tus plantas imploro tu protección! (Se levanta, da algunos pasos hacia la mesa, detiénese, y al fin precipítase sobre la carta, como cediendo á una irresistible atracción.) Sí, quiero volver á leerla por última vez; después la rasgaré. (Con triste sonrisa.) ¡Ay de mí! Un mes hace que digo siempre lo mismo. (Desdobla la carta resueltamente y lee.) «Señora, á vuestros pies, en la sombra, hay un hombre que os ama, perdido en la noche que le oculta; que sufre, vil gusano enamorado de una estrella; que por vos diera su alma, y que muere aquí bajo mientras brilláis en las alturas.» (Deja la carta sobre la mesa.) Cuando el alma está sedienta, ha de beber, aunque sea veneno. (Vuelve á guardar en su seno la carta y el encaje.) Nadie me ama en la tierra; pero á alguno debo amar. ¡Oh! si el rey hubiese querido, á él hubiera amado; pero me deja así, completamente sola, sin amor...
(Ábrese la puerta grande y entra un hujier de gala.)
El hujier (en alta voz).—¡Carta del rey!
La Reina (vuelve en sí como sobresaltada, dejando escapar un grito de alegría).—¡Del rey; me he salvado!
LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, CASILDA, D. GURITÁN, damas de la Reina, pajes, RUY BLAS
(Todos entran gravemente, la Duquesa primero, seguida de las damas. Ruy Blas, magníficamente vestido, permanece en el fondo del teatro; su ferreruelo oculta el brazo izquierdo. Dos pajes llevan en un cojín de paño de oro la carta del rey, y arrodíllanse ante la Reina, á pocos pasos de distancia.)
Ruy Blas (en el fondo del teatro, aparte).—¿Dónde estoy? ¡Qué hermosa es! ¿Por qué estaré aquí?
La Reina (aparte).—¡Es un socorro del cielo!... (En voz alta.) ¡Dad pronto!... (Volviéndose hacia el retrato del rey.) ¡Gracias, señor! (Á la Duquesa.) ¿De dónde viene esa carta?
La Duquesa.—Señora, del Pardo, donde el rey caza.
La Reina.—En el fondo de mi alma le doy gracias. Ha comprendido que en mi aislamiento necesitaba una palabra de amor que de él viniese. Dadme la carta...
La Duquesa (haciendo una reverencia, enseña la carta).—Preciso es haceros presente que, según costumbre, yo soy quien debe abrir la carta primero y leerla.
La Reina.—¿También eso? ¡Pues bien, leed!
(La Duquesa toma la carta y la desdobla lentamente.)
Casilda (aparte).—Veamos ese billete amoroso.
La Duquesa (leyendo).—«Señora, aunque hace mucho viento, he matado seis lobos.—Firmado, Carlos.»
La Reina (aparte).—¡Ay de mí!
D. Guritán (á la Duquesa).—¿Es eso todo?
La Duquesa.—Sí, señor conde.
Casilda (aparte).—¡Ha matado seis lobos! ¡Vaya un consuelo para la que está aburrida, triste y melancólica! ¡Ha matado seis lobos! ¡Buena noticia!
La Duquesa (á la Reina, mostrándole la carta).—Si Su Majestad quiere...
La Reina (rechazándola).—No.
Casilda (á la Duquesa).—¿Es eso todo?
La Duquesa.—Sin duda. ¿Qué más ha de decir? El rey caza, y en el camino escribe dando cuenta de lo que hace y del estado del tiempo. Me parece muy en razón. (Examinando de nuevo la carta.) No escribe... dicta.
La Reina (tomando la carta y examinándola á su vez).—En efecto, no es su letra; no ha hecho más que firmar. (Examina el escrito con más atención y parece admirada.) ¿Será ilusión? Es la misma letra que la de la otra. (Señala con la mano la carta que acaba de ocultar en su seno.) ¡Esto es extraño! (Á la Duquesa.) ¿Dónde está el portador del mensaje?
La Duquesa (mostrando á Ruy Blas).—Ahí está.
La Reina.—¿Es ese joven?
La Duquesa.—Sí, señora. La ha traído en persona. Es un nuevo escudero que Su Majestad ha designado para vuestro servicio, un hidalgo que el marqués de Santa Cruz me recomienda de parte del rey.
La Reina.—¿Cómo se llama?
La Duquesa.—Es don César de Bazán, conde de Garofa, y según dicen, el más cumplido caballero.
La Reina.—Bien; quiero hablarle. (Á Ruy Blas.) Caballero...
Ruy Blas (aparte y estremeciéndose).—¡Dios mío, me mira, me habla... yo tiemblo!
La Duquesa (á Ruy Blas).—Acercaos, conde.
D. Guritán (mirando á Ruy Blas de reojo, aparte).—Ese joven escudero no me place.
(Ruy Blas, pálido y turbado, se acerca lentamente.)
Casilda (aparte).—Veamos ese billete amoroso.
La Reina (á Ruy Blas).—¿Venís del Pardo?
Ruy Blas (inclinándose).—Sí, señora.
La Reina.—¿Sigue bien el rey? (Ruy Blas se inclina.—Mostrando la carta real:) ¿Ha dictado esto para mí?
Ruy Blas.—Estaba á caballo cuando dictó la carta... (Vacila un momento.) á uno de los presentes.
La Reina (aparte, observando á Ruy Blas).—Su mirada me fascina. No me atrevo á preguntarle á quién. (En alta voz.) Está bien; podéis retiraros. ¡Ah! (Ruy Blas, que había dado algunos pasos para salir, vuelve hacia la Reina.) ¿Había allí muchos caballeros reunidos? (Aparte.) ¿Por qué me impresiona ese joven? (Ruy Blas se inclina; la Reina añade:) ¿Quiénes eran?
Ruy Blas.—No conozco sus nombres, pues sólo estuve allí breves instantes. Hace tres días que salí de Madrid.
La Reina (aparte).—¡Tres días!
(Mira con turbación á Ruy Blas.)
Ruy Blas (aparte).—¡Es la mujer de otro! ¡Oh suerte cruel! ¡Y de quién! En mi corazón se abre un abismo.
D. Guritán (acercándose á Ruy Blas).—Sois gentil-hombre de la Reina, y ya sabréis cuáles son vuestros deberes. Es preciso que esta noche permanezcáis en la cámara inmediata á fin de abrir al soberano si tuviese á bien visitar á la Reina.
Ruy Blas (estremeciéndose: aparte).—¡Abrir yo al rey!... (En voz alta.) El rey está ausente...
D. Guritán.—El rey puede venir de pronto.
Ruy Blas (aparte).—¡Cómo!
D. Guritán (aparte, observando á Ruy Blas).—¿Qué tiene?
La Reina (que lo ha oído todo, y cuya mirada está fija en Ruy Blas).—¡Cómo palidece!
(Ruy Blas vacila y se apoya en el respaldo de un sillón.)
Casilda (á la Reina).—¡Señora, ese joven está indispuesto!...
Ruy Blas (sosteniéndose con trabajo).—No, no es nada... el aire y el sol... la fatiga del camino... (Aparte.) ¡Abrir al rey!
(Cae desfallecido sobre un sillón; el ferreruelo se entreabre y deja ver la mano izquierda envuelta en un vendaje ensangrentado.)
Casilda.—¡Gran Dios, señora, tiene la mano herida!
La Reina.—¡Herida!
Casilda.—¡Y pierde el conocimiento! ¡Pronto, hagámosle respirar alguna esencia!
La Reina (buscando en su seno).—Un frasco tengo aquí con un licor... (En el mismo instante su mirada se fija en el encaje de las mangas de Ruy Blas.—Aparte.) ¡Es el mismo encaje!
(En el momento de sacar el frasco del seno, y en su turbación, coge al mismo tiempo el pedazo de encaje que allí oculta. Ruy Blas, que no separa de ella la vista, ve salir el objeto del seno de la Reina.)
Ruy Blas (fuera de sí).—¡Oh!
(Las miradas de la Reina y de Ruy Blas se encuentran: sigue una pausa.)
La Reina (aparte).—¡Él es!
Ruy Blas (aparte).—¡Sobre su corazón!...
La Reina (aparte).—¡Sí, es el mismo!
Ruy Blas (aparte).—¡Dios mío, permitid que muera en este instante!
(En el desorden de todas las damas, que se oprimen en derredor de Ruy Blas, nadie observa lo que pasa entre la Reina y él.)
Casilda (haciendo respirar el frasco á Ruy Blas).—¿Cómo os habéis herido? Sin duda durante el camino. ¿Por qué os encargasteis de traer el mensaje del rey?
La Reina (á Casilda).—¿Acabarás con tus preguntas?
La Duquesa (á Casilda).—¿Qué le importa eso á la Reina, hija mía?
La Reina.—Puesto que él la escribió, bien podía traerla.
Casilda.—Pero no ha dicho que él escribiese la carta.
La Reina (aparte).—¡Oh! (Á Casilda.) ¡Cállate!
Casilda (á Ruy Blas).—¿Estáis ya mejor?
Ruy Blas.—¡Renazco!
La Reina (á sus damas).—Ya es hora de retiraros, señoras. (Á los pajes.) Que se dé alojamiento al conde. Ya sabéis que el rey no vendrá esta noche, pues pasará toda la estación cazando.
(Se retira con su servidumbre.)
Casilda (mirándola salir).—La Reina tiene algún pensamiento fijo.
(Sale por la misma puerta que la Reina, llevándose la cajita de reliquias.)
Ruy Blas (Solo. Parece escuchar aún algún tiempo con profunda alegría las últimas palabras de la Reina, como presa de un sueño. El pedazo de encaje que la Reina ha dejado caer, en su turbación, está sobre la alfombra; lo recoge, mírale con amor y lo cubre de besos, levantando después los ojos al cielo.)—¡Oh Dios mío, gracias! Yo me vuelvo loco. (Mirando el pedazo de encaje.) ¡Lo tenía junto al corazón!
(Lo oculta en el pecho. Entra el conde de Oñate, volviendo de la puerta de la cámara á donde ha seguido á la Reina; adelántase lentamente hacia Ruy Blas; llegado cerca de él, sin decir palabra, desenvaina á medias el acero, y por su mirada parece medirle con el de Ruy Blas. No son iguales, y vuelve á envainar. Ruy Blas le mira con asombro.)
RUY BLAS, EL CONDE DE OÑATE
El Conde (envainando su espada).—Llevaré dos de igual longitud.
Ruy Blas.—Caballero, ¿qué significa?...
El Conde (con gravedad).—En el año 1650, hallándome en Alicante, estaba yo enamorado. Un joven hermoso como un Adonis, miraba con descaro á la dama de mis pensamientos, pasando á menudo por debajo de su balcón con aire conquistador. Llamábase Vázquez; era caballero, aunque bastardo, y en un duelo le maté... (Ruy Blas quiere interrumpirle, pero el conde le detiene con un ademán, y continúa.) Más tarde, hacia el año 66, Gil, conde de Íscola, opulento caballero, envió á casa de mi dama un billete de amor por medio de un esclavo. Mandé matar á este último y yo despaché al amo...
Ruy Blas.—¡Caballero!
El Conde (continuando).—Algún tiempo después, por el año 80, sospeché que mi amada me engañaba, prefiriendo á un tal Tirso Gamonal, uno de esos gallardos jóvenes que llaman la atención por su gracia y altivez. Provoqué á don Tirso y también le dí muerte...
Ruy Blas.—Pero, en fin, ¿qué quiere decir eso, caballero?
El Conde.—Eso quiere decir, conde, que del pozo sale agua cuando la sacan; que á las cuatro de la mañana despunta el día; que hay un sitio desierto muy propio para los lances de honor, detrás de la capilla; que os llamáis César de Bazán, y yo Guritán de Torres y Guevara, conde de Oñate.
Ruy Blas (fríamente).—Está bien, caballero, no faltaré.
(Desde hace algunos instantes, Casilda ha estado escuchando con curiosidad, en la puertecilla del fondo, las últimas palabras de los dos interlocutores, sin ser vista de ellos.)
Casilda (aparte).—¡Un duelo! Advertiré á la Reina.
(Desaparece por la puertecilla.)
El Conde (siempre imperturbable).—Por si os place conocer algo mi modo de pensar, os diré, para vuestra inteligencia, que nunca me gustaron esos jóvenes almibarados, de mostacho retorcido, en quienes se fija la atención de las bellas, que les dirigen miradas de amor y que saben tomar las más graciosas posturas; pero que se desmayan si reciben algún rasguño.
Ruy Blas.—No comprendo...
El Conde.—Comprenderéis muy bien. Los dos adoramos el mismo ídolo, y de consiguiente, uno de nosotros sobra en palacio. Vos sois escudero y yo mayordomo, y en este sentido tenemos derechos iguales; pero por lo demás la partida es desigual. Si á mí me asiste el derecho del más antiguo, vos tenéis el del más joven, y por eso me dais miedo. Veros junto á mí con vuestras pretensiones y vuestro aire conquistador es cosa que me molesta mucho. En cuanto á luchar con vos en el terreno del amor, locura fuera intentarlo, porque la gota y otros achaques me impedirían acometer la empresa de disputar el corazón de una Penélope á un joven tan propenso á los desmayos. Sois muy bello, cariñoso, tierno é interesante, y por todas estas razones me veo en la precisión de mataros.
Ruy Blas.—Tratad de hacerlo.
El Conde.—Conde de Garofa, mañana á la hora de despuntar el alba os esperaré en el sitio indicado, sin testigos ni lacayos; allí nos batiremos con espada y daga, si os place, como cumplidos caballeros y cual conviene á nuestra categoría.
(Presenta la mano á Ruy Blas que la estrecha.)
Ruy Blas.—Ni una palabra de esto. ¿No es así? (El Conde hace una señal afirmativa.) Pues hasta mañana.
(Ruy Blas sale.)
El Conde (solo).—No, su mano no ha temblado en la mía, aunque debe estar seguro de morir. Es un valeroso joven. (Ruido de una llave en la puertecilla de la cámara de la Reina; el conde de Oñate vuelve la cabeza.) ¡Abren la puerta!
(La Reina se presenta y adelántase vivamente hacia el conde, sorprendido y contento á la vez; lleva entre las manos la cajita.)
EL CONDE, LA REINA
La Reina (con una sonrisa).—Conde, os buscaba.
El Conde (muy satisfecho).—¿Á qué debo tanta dicha?
La Reina (colocando la cajita sobre el velador).—¡Oh! no es nada, ó por lo menos muy poco, caballero. (Se sonríe.) Hace poco Casilda me decía entre otras cosas—ya sabéis que las mujeres son muy locas—decíame que haríais por mí cuanto yo quisiera.
El Conde.—Tiene razón.
La Reina (riendo).—Á fe mía, he sostenido lo contrario.
El Conde.—Habéis hecho mal, señora.
La Reina.—Casilda me aseguraba que daríais por mí vuestra alma, vuestra vida...
El Conde.—Casilda decía muy bien.
La Reina.—Pues yo he contestado que no.
El Conde.—Y yo digo que sí; por Vuestra Majestad estoy dispuesto á todo.
La Reina.—¿Á todo?
El Conde.—¡Á todo!
La Reina.—¡Pues bien! jurad que para complacerme haréis al punto lo que os diga.
El Conde.—¡Por el santo rey Gaspar, mi venerado patrón, os lo juro! Ordenad; obedezco, ó muero.
La Reina (cogiendo la cajita).—Pues bien; saldréis de Madrid inmediatamente para llevar esta cajita de sándalo á mi padre, el elector de Neuburgo.
El Conde (aparte).—¡Estoy cogido! (En voz alta.) ¿Á Neuburgo?
La Reina.—Á Neuburgo.
El Conde.—¡Seiscientas leguas!
La Reina.—Quinientas cincuenta. (Mostrando la cubierta que resguarda la caja.) Tendréis cuidado de estas franjas azules, porque se podrían deteriorar en el camino.
El Conde.—¿Y cuándo he de marchar?
La Reina.—En el acto.
El Conde.—Permitidme que sea mañana.
La Reina.—No puedo consentirlo.
El Conde (aparte).—¡Estoy cogido! (En voz alta.) Pero...
La Reina.—¡Marchad!
El Conde.—¡Cómo!
La Reina.—Me habéis dado vuestra palabra.
El Conde.—Es que un asunto...
La Reina.—No admito excusa.
El Conde.—Para un objeto tan frívolo...
La Reina.—¡Despachad!
El Conde.—Concededme sólo un día.
La Reina.—No puede ser; complacedme y marchad.
El Conde.—Pero...
La Reina.—¿Así apreciáis mi deferencia y cumplís vuestra palabra?
El Conde.—No resisto más; obedeceré, señora. (Aparte.) Si Dios se hizo hombre, el diablo se ha hecho mujer.
La Reina (mostrando la ventana).—Abajo os espera un coche.
El Conde (aparte).—¡Todo lo había previsto! (Escribe en un papel algunas palabras apresuradamente, toca una campanilla y preséntase un paje.) Paje, lleva esto al punto al señor don César de Bazán. (Aparte.) Será preciso aplazar el duelo hasta mi vuelta. (En voz alta.) Voy á servir al punto á Vuestra Majestad.
La Reina.—Muy bien. (El conde toma la caja, besa la mano de la Reina, saluda profundamente y sale. Un momento después óyese el ruido de un carruaje que se aleja.—La Reina cae en un sillón exclamando:) ¡No le matará!