RUY BLAS
La sala llamada de Gobierno en el Palacio Real de Madrid. En el fondo una puerta grande sobre gradas; en el ángulo, á la izquierda, una salida cerrada por tapices, y en el lado opuesto una ventana. Á la derecha una mesa grande cubierta con tapete de terciopelo verde, y alrededor de la cual hay taburetes para ocho ó diez personas, que corresponden á otros tantos pupitres colocados en aquella. El lado de la mesa que da frente al espectador está ocupado por un sillón grande revestido de tela de oro, sobrepuesto de un dosel con las armas de España y la corona real. Junto á este sillón una silla.
En el momento de levantarse el telón, la junta del Despacho universal (Consejo privado del rey) hállase á punto de comenzar su sesión.
D. MANUEL ARIAS, presidente de Castilla; D. PEDRO VÉLEZ DE GUEVARA, CONDE DE CAMPO-REAL, consejero; D. FERNANDO DE CÓRDOBA Y AGUILAR, MARQUÉS DE PRIEGO, consejero; ANTONIO UBILLA, escribano mayor; MONTAZGO, consejero; COVADONGA, secretario supremo. Otros varios consejeros de toga y espada. Campo-real ostenta la cruz de Calatrava, y Priego el Toisón de oro.
(D. Manuel Arias y el conde de Campo-real conversan en voz baja; los otros consejeros forman grupos acá y allá.)
D. Manuel Arias.—Esa fortuna oculta algún misterio.
El conde de Campo-real.—Tiene el Toisón de oro; es ya secretario universal, ministro, y además duque de Olmedo.
D. Manuel Arias.—¡En seis meses!
El conde de Campo-real.—Sin duda le protegen bajo cuerda.
D. Manuel Arias (misteriosamente).—¡La Reina!
El conde de Campo-real.—Á decir verdad, el rey, loco y enfermo, vive en la tumba de su primera mujer; abdica, encerrado en su Escorial, y la Reina lo hace todo.
D. Manuel Arias.—Amigo Campo-real, reina sobre nosotros, y don César la gobierna.
El conde de Campo-real.—Don César vive de un modo muy extraño; no ve nunca á la Reina, y parece huir de ella. Tal vez no lo creáis; pero como hace seis meses que los vigilo, y no sin razón, estoy seguro de ello. Además, el Conde tiene el raro capricho de habitar en una casa misteriosa, siempre cerrada, con dos lacayos negros, que si no fueran mudos podrían decirnos muchas cosas.
D. Manuel Arias.—¿Mudos?
El conde de Campo-real.—Sí señor; todos los demás criados habitan en el alojamiento que don César tiene en palacio.
D. Manuel Arias.—Es singular.
D. Antonio Ubilla (que se ha acercado momentos antes).—Por lo menos don César es de noble estirpe.
El conde de Campo-real.—Lo extraño es que la echa de honrado. (Á don Manuel Arias.) Es primo de don Salustio, aquel que desterraron el año pasado. Parece que era el hombre más loco que ha existido bajo la capa del cielo; cambiaba todos los días de dama y de carroza; para satisfacer sus caprichos despilfarraba cuanto tenía, y cuando dió fin con su caudal, desapareció un día sin que nadie supiera por dónde.
D. Manuel Arias.—La edad hace del loco un hombre cuerdo.
El conde de Campo-real.—Toda muchacha alegre se hace juiciosa cuando se marchita.
Ubilla.—Yo le creo hombre probo.
El conde de Campo-real (riendo).—¡Oh, cándido Ubilla, que se deja deslumbrar por las apariencias de probidad! (Con tono significativo.) La casa de la Reina cuesta seiscientos sesenta y cuatro mil sesenta y seis ducados al año; es un Pactolo oscuro, donde el pescador puede echar la red con seguridad de obtener buen botín. Á río revuelto... ya me entendéis.
El marqués de Priego (acercándose).—Mal que os pese, os diré que me parece una imprudencia hablar como lo hacéis. Mi abuelo, protegido del conde-duque de Olivares, solía decir: «Morded al rey y besad al valido.» Y ahora, señores, ocupémonos de los asuntos públicos.
(Todos se sientan alrededor de la mesa; los unos toman plumas; los otros revisan papeles; pero en rigor todos están ociosos. Momento de silencio.)
Montazgo (en voz baja á Ubilla).—Os he pedido sobre la caja la cantidad que se ha de pagar por el empleo de alcalde para mi sobrino.
Ubilla (en voz baja).—Y vos me habéis prometido nombrar baile antes de poco á mi primo Melchor...
Montazgo (interrumpiéndole).—Acabamos de dotar á vuestra hija; esto es acosarnos sin tregua.
Ubilla (en voz baja).—Se dará el empleo de alcalde.
Montazgo (en voz baja).—Tendréis el bailiaje.
(Se estrechan la mano.)
Covadonga (levantándose).—Señores consejeros de Castilla, á fin de que ninguno de nosotros se salga de su esfera, importa regular nuestros derechos y distribuir las partes. Las rentas del Erario están en cien manos, y esto es una calamidad pública, á la que es preciso poner término, pues mientras los unos no tienen lo bastante, otros poseen demasiado. La renta del tabaco es vuestra, Ubilla; el añil y el almizcle os pertenecen, marqués de Priego; Campo-real percibe el impuesto de los ocho mil hombres, el de la sal y otros muchos. (Á Montazgo.) Vos, que en mí fijáis miradas inquietas, tenéis para vos solo, gracias á vuestros manejos, el impuesto sobre el arsénico y los derechos sobre la nieve; los puertos, las cartas, el latón, las multas de los plebeyos á quienes se castiga, los diezmos, el plomo... Yo, señores, no tengo nada; dadme alguna cosa.
El conde de Campo-real (soltando la carcajada).—¡Miren el tunante! Tiene los beneficios más limpios, y aún se queja. Excepto las Indias, posee las islas de ambos mares; con una mano tiene cogida Mallorca y con la otra el Pico de Tenerife.
Covadonga (irritado).—¡Yo sí que no tengo nada!
El marqués de Priego (riendo).—¿Y los negros?
(Todos se levantan y hablan á la vez, disputando.)
Montazgo.—¡Más bien debería quejarme yo! Yo quiero los bosques.
Covadonga (al marqués de Priego).—Dadme el arsénico, y yo os cederé los negros.
(Hace algunos instantes que Ruy Blas ha entrado por la puerta del fondo y presencia la escena sin ser visto de ninguno de los interlocutores. Viste de terciopelo negro, con ferreruelo escarlata; una pluma blanca adorna su sombrero, y ostenta el Toisón de oro. Escucha primeramente silencioso, y después adelántase con lento paso, hasta colocarse en medio de los contendientes.)
Los mismos, RUY BLAS
Ruy Blas.—¡Parece que hay buen apetito, señores! (Todos se vuelven: silencio de sorpresa é inquietud. Ruy Blas se cubre, cruza los brazos y sigue mirando frente á frente á todos.) ¡Oh fieles ministros y virtuosos consejeros! ¡He aquí cómo saqueáis la casa, sin vergüenza, eligiendo precisamente la triste hora en que el país gime y agoniza! Aquí no tenéis más interés que llenar vuestra bolsa para huir luego; y ante España que se arruina sólo sois dignos de baldón, viles sepultureros que tratáis de robarla hasta en su tumba. Pero al menos, señores, tened algún decoro, al ver que España se hunde con todas sus virtudes y grandeza. Desde Felipe IV hemos perdido el Portugal y el Brasil sin lucha; en Alsacia, Brisach; en el Luxemburgo Steinfort, y todo el condado; el Rosellón, Ormuz, Goa; cinco mil leguas de costas, Pernambuco y las Montañas Azules. Desde Poniente á Oriente, Europa que os odia, nos mira sonriendo, como si nuestro rey fuese sólo un vano fantasma. Holanda y los ingleses se comparten este reino; Roma os engaña; apenas se puede arriesgar un ejército en el Piamonte, aunque es país amigo; la Saboya y su Duque, sólo nos ofrecen peligro; Francia espera una ocasión propicia para caer sobre nosotros; el Austria os acecha también; y el infante bávaro se muere. En cuanto á vuestros vireyes, Medina, loco de amor, llena de escándalos á Nápoles; Vaudémont vende Milán, y Leganés pierde á Flandes. ¿Y quién remedia todo esto?... El erario está pobre; el país agotado de dinero y de gente; hemos perdido en el mar trescientos barcos, sin contar las galeras; y aún osáis... Señores, en el espacio de veinte años, el pueblo, agobiado bajo la enorme carga que le oprime, ha dado, para vuestros placeres y vuestras queridas, cuatrocientos millones en oro; y esto no basta, y aún queréis, señores... ¡Ah! ¡por vosotros me avergüenzo!... En el interior, cuadrillas de ladrones y aventureros que baten el país é incendian las cosechas, y en cada matorral un arcabuz. Como si no bastara la lucha entre los príncipes, tenemos la guerra intestina, en las provincias y hasta en los conventos; todos quieren apropiarse del bien de su vecino como lobos voraces; y en nuestras ruinosas iglesias crece la yerba. En cuanto á los nobles, únicamente por sus abuelos podemos saber que son tales, no por sus obras; sólo impera la intriga, y ya no existe la lealtad. España es una cloaca que recibe las impurezas de todas las naciones... Los grandes tienen á su servicio espadachines asalariados de todos los países, genoveses, sardos, flamencos; y así tenemos á Madrid convertido en una Babel. El alguacil, duro con el pobre, inclínase ante el rico; por la noche se roba y se asesina en las calles; medio Madrid saquea á la otra mitad; la justicia se vende; y no se paga á los soldados. Antes señores del mundo, ¿qué ejército nos queda ahora? Apenas seis mil hombres descalzos y sin pan. Mendigos y montañeses, armados de puñales, siguen á los regimientos cuando cierra la noche, y llega un momento en que el soldado, olvidando sus deberes, se convierte en ladrón. Matalobos tiene más gente que un señor feudal, y osa declarar la guerra al rey de España, cuyo coche insultan los labriegos cuando le ven pasar. El monarca, entre tanto, presa de su amargura y poseído de temor, se inclina ante los sepulcros del sombrío Escorial, doblando la cabeza ante el imperio que se derrumba. ¡Europa nos desprecia, y este pobre país, en otro tiempo púrpura, está convertido en un andrajo! ¡Sí, España está arruinada, y aún os disputáis sus restos! Este gran pueblo español, enervadas sus fuerzas, y sobre el cual vivís, perece en vuestras manos, cual león devorado por parásitos. ¿Qué haces en la tumba, Carlos V, en estos tiempos de oprobio y de terror? ¡Levántate, ven y verás cómo los buenos dejan su lugar á los malos; verás cómo tu imperio, formado por cien reinos, se hunde en el abismo! ¡Danos tu fuerte brazo, préstanos auxilio, porque la España se extingue! El globo que en tu diestra brillaba, sol deslumbrador que hizo creer al mundo que su luz no se extinguiría nunca, es ahora un astro muerto, triste y menguante luna que sin cesar decrece, y que apagará tal vez la aurora de otro pueblo. Los mercaderes se apoderan de tus despojos para convertirlos en moneda, y tus esplendores se han desvanecido. ¡Oh rey gigante! ¿es posible que duermas mientras venden tu cetro al peso, y cuando manos codiciosas recortan sin vergüenza tu manto de púrpura para vestirse con él? ¡Aquella águila imperial que tu poder cernía sobre el mundo, ahora, ave sin plumas, se consume en vil caldera!
(Los consejeros, consternados, guardan silencio; sólo el marqués de Priego y el conde de Campo-real levantan la cabeza y miran á Ruy Blas con altivez y enojo. Campo-real, que había hablado al oído á Priego, acércase á la mesa, escribe en un papel algunas palabras y los dos firman.)
El conde de Campo-real (señalando al marqués de Priego y entregando el papel á Ruy Blas).—Señor duque, en nombre de los dos, he aquí la dimisión de nuestro cargo.
Ruy Blas (tomando el papel fríamente).—Gracias, señores; iréis á reuniros con vuestras familias. (Á Priego.) Vos, á Andalucía. (Á Campo-real.) Y vos, conde, á Castilla: cada cual á sus posesiones. Marcharéis mañana. (Los dos señores se inclinan y salen con la cabeza cubierta y el ademán altivo. Ruy Blas se vuelve hacia los demás consejeros.) Si alguno de vosotros no quiere ir por mi camino, puede seguir á esos señores.
(Silencio entre los presentes. Ruy Blas se sienta á la mesa en un sillón colocado junto al sitial de la Reina, y ocúpase en abrir la correspondencia. Mientras recorre las cartas una tras otra, Covadonga, Arias y Ubilla hablan en voz baja.)
Ubilla (á Covadonga, mostrando á Ruy Blas).—Amigo mío, tenemos amo. ¡Ese hombre será grande!
D. Manuel Arias.—Sí, pero falta que le dén tiempo para ello.
Covadonga.—Y si no se pierde del todo por empeñarse en ver las cosas demasiado de cerca.
Ubilla.—¡Será un Richelieu!
D. Manuel Arias.—¡Ó un Olivares!
Ruy Blas (Después de leer rápidamente una carta que acaba de abrir).—¡Un complot! ¿Qué es esto? ¿No os lo decía yo, señores? (Leyendo.) «...Duque de Olmedo, velad; en Madrid están preparando una trama para apoderarse de cierto personaje». (Examinando la carta.) No nombran la persona; pero yo velaré... El escrito es anónimo. (Entra un hujier que se aproxima á Ruy Blas, haciendo una reverencia.) ¿Qué ocurre?
El hujier.—El embajador de Francia desea ver á vuecencia.
Ruy Blas.—¡Ah! ¡Harcourt! No me es posible recibirle ahora.
El hujier (inclinándose).—El Nuncio de Su Santidad espera en la antecámara á vuecencia.
Ruy Blas.—Á esta hora no puedo verle. (El hujier se inclina y sale. Hace pocos momentos ha entrado un paje, que viste ropilla roja con galones de plata. Se acerca á Ruy Blas, y éste, que acaba de verle, dice:) Paje, no estoy visible para nadie absolutamente.
El paje (en voz baja).—El conde Guritán acaba de llegar de Neuburgo...
Ruy Blas (con ademán de sorpresa).—¡Ah! pues dile que vaya á verme mañana á mi casa, si lo tiene á bien; y tú enséñale dónde es. (Sale el paje. Á los consejeros.) Tendremos que trabajar luego; volved de aquí á dos horas, señores.
(Todos salen, saludando profundamente á Ruy Blas.)
(Ruy Blas, solo, da algunos pasos, sumido en profunda meditación. De repente se entreabre la tapicería en el ángulo del salón y la Reina aparece. Viste de blanco, lleva la corona, y radiante de alegría al parecer, fija en Ruy Blas una mirada de admiración y respeto. Á su espalda se ve una especie de gabinete oscuro, en el cual se distingue una puertecilla. Al volver la cabeza, Ruy Blas ve á la Reina y queda como petrificado ante aquella aparición.)
RUY BLAS, LA REINA
La Reina (en el fondo).—¡Oh! ¡gracias!
Ruy Blas.—¡Cielos!
La Reina.—Bien habéis hecho en hablarles así, y no puedo reprimir el deseo de estrechar la mano de un hombre tan firme y leal.
(Se dirige hacia él, le coge la mano y estréchala antes que pueda impedirlo.)
Ruy Blas (aparte).—¡Evitar su presencia hace seis meses, y verla de improviso! (En voz alta.) ¿Estabais ahí, señora?
La Reina.—Sí, duque, lo escuchaba todo... y con mucho interés.
Ruy Blas (mostrando el gabinete).—No sospechaba... la existencia de ese gabinete, señora...
La Reina.—Nadie le conoce. Es un gabinetito oscuro que Felipe III mandó abrir en esa pared. Desde ahí, el monarca, invisible, oía todo cuanto en el consejo se trataba; y también he visto con frecuencia á Carlos II, triste y cabizbajo, asistiendo al consejo en que se le despojaba de sus bienes y se vendía el Estado.
Ruy Blas.—¿Y qué decía?
La Reina.—Nada.
Ruy Blas.—¿Nada? ¿Y qué hacía?
La Reina.—Iba á cazar. ¡Pero vos!... aún me parece oir vuestro acento amenazador. ¡Con qué brío y energía los habéis tratado, y con cuánta razón! Levantando un poco el tapiz podía veros bien. Vuestras miradas, sin cólera, pero severas, humillaban á todos al decirles tan tristes verdades; y entre los consejeros cabizbajos sólo vuestra figura descollaba. Pero ¿dónde habéis aprendido todas esas cosas? ¿Cómo es que conocéis los efectos y las causas? Veo que nada ignoráis. Vuestra voz hablaba cual debería hablar la de los reyes; y me parecíais majestuoso y severo como un Dios. ¿Por qué es así?
Ruy Blas.—¡Porque os amo! Porque conozco que esos hombres me odian, y que al labrar mi ruina labrarán la vuestra; porque mi abnegación, señora, es tan profunda, que por salvaros, salvaría al mundo. Soy un infeliz que por vos delira de amor, y en vos piensa, señora, como el ciego en el día. Escuchadme: en mis sueños sin fin os amo desde lejos, desde abajo, desde el fondo de la sombra: y no osaría alzar la vista hasta vos, porque vuestra mirada me deslumbra. ¡Si supiérais, señora, cuánto he sufrido durante los seis meses en que siempre evité vuestra presencia!... No me ocupo de esos hombres, porque sólo vivo con mi amor. ¡Oh, Dios mío! ¡Y aún me atrevo á decir esto frente á frente á Vuestra Majestad! No sé lo que hago... Perdonadme... tengo miedo en el corazón;... pero moriría por vos...
La Reina.—¡Oh! prosigue, tus palabras me encantan; jamás me han dicho esas cosas, y te escucho con inefable placer; necesito verte y oirte. ¡Si supieras cuánto he sufrido también en los seis meses en que con tanto afán has evitado mi presencia!... Pero no, no debo decirte esto tan pronto... ¡Soy muy desgraciada! ¡Oh! ¡debo callar; tengo miedo!
Ruy Blas (que la escucha con pasión).—¡Oh! ¡señora, concluíd, porque vuestras palabras me llenan el corazón!
La Reina.—¡Pues bien, escucha! (Alzando los ojos al cielo.) Sí, voy á decírtelo todo. ¡No sé si cometo un crimen; pero si lo es, tanto peor! Cuando el corazón se abre, forzoso es dejar ver cuanto en él se oculta. ¿Tú huías de la reina? ¡Pues bien, la reina te buscaba! Todos los días estaba allí, en aquel gabinete, escuchándote, recogiendo la menor palabra que decías, admirando tu espíritu, que quiere, juzga y resuelve, y seducida por tu voz y tu ardimiento. Tú me pareces el verdadero rey, el verdadero señor. Yo soy la que hace seis meses, debiste sospecharlo, te eleva paso á paso hasta la cumbre del poder. Dios debió haberte colocado donde una mujer te ha puesto. Tú velas solícito por mí, y yo te admiro; en otro tiempo me diste una flor, y ahora un imperio; primero has sido bueno, y después grande. Esto es lo que apasiona á una mujer. ¡Dios mío! si obro mal ¿por qué en esta tumba me encierras, como se aprisiona la paloma en una jaula, sin esperanza, sin amor y sin ilusiones? Otro día, cuando tengamos tiempo, te contaré todo cuanto he sufrido, siempre sola y olvidada. Á cada instante siento mi orgullo humillado; juzga tú mismo: ayer, sin ir más lejos... mi cámara me disgusta; ya sabes que unas son más tristes que otras, y quise abandonar la que ocupo; pero no me lo permitieron. Ya ves hasta qué punto soy esclava y arrastro mis cadenas. ¡Duque, preciso es que el cielo te haya enviado aquí para salvar al Estado, para apartar del borde del abismo á ese pobre pueblo que sin cesar trabaja, y para amarme á mí, que tanto sufro en silencio!
Ruy Blas (cayendo de rodillas).—Señora...
La Reina (gravemente).—Don César, mi alma os entrego; reina para todos, sólo seré para vos una mujer; por el amor y por el corazón os pertenezco, duque; tengo bastante fe en vuestro honor para confiar en que respetaréis el mío, y cuando me llaméis estaré á vuestro lado. ¡Oh, César! tú eres un espíritu sublime, porque el genio es tu corona. (Da un beso á Ruy Blas en la frente.) ¡Adiós!
(Levanta la tapicería y desaparece.)
RUY BLAS, solo, y como absorto en un éxtasis
¡Ante mis ojos veo abrirse el cielo esplendoroso, y en la carrera de mi vida esta es la hora primera! Todo un mundo de luz, semejante á esos paraísos que entre sueños nos parece ver á veces, me inunda con sus brillantes rayos. Por doquiera alegría, éxtasis y misterio, embriaguez y orgullo, y sobre todo el amor, que es lo que en la tierra se acerca más á la divinidad. ¡La Reina me ama! ¡Oh Dios mío! ¿es verdad que á mí mismo es á quien ama? Entonces soy más que el rey, y esto solo me deslumbra. ¡Feliz, amado, duque de Olmedo!... ¡La España á mis pies; y en mis manos el corazón de ese ángel á quien de rodillas contemplo! Sus palabras me transfiguran y hacen de mí más que un hombre. Sí, mis sueños dorados se realizan; y estas no son ilusiones de mi loca fantasía. ¡Sí, sí, me ha hablado; era ella; llevaba una diadema de encaje de plata, y no dejé de mirarla mientras me habló! Paréceme estar viéndola aún con su aspecto noble y majestuoso. Dice que confía en mí... ¡Pobre ángel! ¡Oh! Si es cierto que Dios, por un extraño prodigio, nos dió el amor para que fuéramos más grandes y benignos, yo, que no temo cosa alguna mientras que ella me ame; yo, poderoso ya por su elección suprema; yo, á quien los reyes envidiarían, juro ante Dios, sin temor y con voz segura, que podéis confiar en mí, señora, en mi brazo como reina, en mi corazón como mujer. ¡La abnegación se oculta en el fondo de mi alma confundida con mi amor puro y leal! ¡Nada temáis, reina mía!
(Desde hace algunos momentos un hombre ha entrado por la puerta del fondo, embozado en una ancha capa, y cubierta la cabeza con un sombrero galoneado de plata. Avanza lentamente hacia Ruy Blas sin ser visto, y en el momento en que éste, ebrio de dicha, levanta los ojos al cielo, le pone bruscamente la mano en el hombro. Ruy Blas se vuelve con viveza: el hombre deja caer el embozo: es D. Salustio, vestido de librea color de fuego, con galones de plata, semejante á la del paje de Ruy Blas.)
RUY BLAS, D. SALUSTIO
D. Salustio.—Buenos días.
Ruy Blas (aterrado, aparte).—¡Gran Dios, estoy perdido! ¡El marqués!
D. Salustio (sonriendo).—Apostaría á que no pensabais en mí.
Ruy Blas.—En efecto, vuestra presencia me sorprende. (Aparte.) ¡Oh! ya renace mi desgracia; yo miraba el ángel, mientras que el demonio venía.
(Corre hacia el tapiz que oculta el gabinete secreto, cierra la puertecilla con cerrojo, y vuelve temblando hacia don Salustio.)
D. Salustio.—Y bien, ¿cómo va por aquí?
Ruy Blas (con la mirada fija en D. Salustio impasible, apenas puede coordinar sus ideas).—¡Esa librea!...
D. Salustio (sonriendo siempre).—Érame preciso entrar en palacio, y como con esta librea se puede llegar á todas partes, he tomado la vuestra, que no deja de agradarme. (Se cubre; Ruy Blas permanece descubierto.)
Ruy Blas.—Es que yo temo por vos.
D. Salustio.—¡Temor risible!
Ruy Blas.—¡Estáis desterrado!
D. Salustio.—¿Lo creéis así? Es posible.
Ruy Blas.—Si os reconociesen en el palacio en pleno día...
D. Salustio.—¡Bah! los cortesanos felices que viven descuidados no irán á perder el tiempo en examinar el rostro de un caído para recordar quién es; y además, ¿quién repara en un lacayo? (Se sienta en un sillón; Ruy Blas permanece en pie.) ¿Y qué se cuenta en Madrid, amigo mío? ¿Es cierto que, poseído de un celo hiperbólico en favor del tesoro público, desterráis á ese buen Priego, uno de nuestros nobles? ¿Habéis olvidado que sois parientes? Su madre es Sandoval, como la vuestra ¡qué diablo! y en su escudo lleva oro en campo de gules. Mirad vuestros blasones, don César; esto es muy claro; entre parientes no se hacen tales cosas. ¿Pensáis que los lobos se hacen daño entre sí, fingiéndose corderos? Abrid los ojos para vos mismo, pero cerradlos para los demás. Cada cual para sí.
Ruy Blas (tranquilizándose un poco).—Sin embargo, señor, permitidme observar que el marqués de Priego, como noble, gravaba los ingresos del tesoro, precisamente cuando será necesario poner un ejército en campaña. No tenemos dinero, y se necesita. El heredero bávaro se muere, según me decía ayer el conde de Harrach, embajador de Austria, á quien debéis conocer. Si el archiduque quiere sostener su derecho, la guerra estallará...
D. Salustio.—El aire me parece un poco frío; hacedme el favor de cerrar la ventana.
(Ruy Blas, pálido de vergüenza y desesperación, vacila un instante; después hace un esfuerzo y se dirige lentamente á la ventana, ciérrala y vuelve hacia D. Salustio, que sentado en el sillón, le mira con expresión de indiferencia.)
Ruy Blas (continúa, tratando de convencer á D. Salustio).—Dignaos reflexionar hasta qué punto es inoportuna la guerra, no teniendo dinero. La salvación de España depende de nuestra probidad más que de otra cosa; y yo, como si nuestro ejército estuviese ya preparado, he mandado decir al emperador que le haré frente...
D. Salustio (interrumpiendo á Ruy Blas, y mostrándole un pañuelo, que ha dejado caer al entrar).—Tened la bondad de recogerme el pañuelo. (Ruy Blas, apurada la paciencia, vacila otra vez, pero al fin recoge el pañuelo y preséntale á D. Salustio, quien añade, guardándole en el bolsillo:) ¿Decíais?...
Ruy Blas (haciendo un esfuerzo).—La salvación de España y el interés público exigen un sacrificio. Toda nación bendice á quien la salva, y para ello debemos atrevernos á ser grandes, á despejar las sombras de la intriga y á desenmascarar á los bribones.
D. Salustio (con indolencia).—En efecto, esa es mala compañía; mas no creo que se deba hacer tanto ruido por un pobre millón que han devorado, ni tampoco es cosa de poner el grito en el cielo. Amigo mío, nuestros grandes señores no son ganapanes como los vuestros, y gústales vivir holgadamente. Os digo con franqueza que eso de hacer el Quijote para corregir abusos, siempre henchido de orgullo y rojo de cólera, me parece una ridiculez; pero ¡bah! os habéis empeñado en ser popular y en que os adoren los plebeyos; queréis ser famoso en tiendas y plazuelas. ¡Qué rareza! Tened otros caprichos menos vanos. ¡El interés público! Pensad antes en el vuestro; y en cuanto á la salvación de España, esta es una frase hueca que otros harán resonar mejor que vos. ¿La popularidad? es pobre gloria; y eso de convertiros en dogo que ladra siempre alrededor de las gabelas, paréceme triste oficio. ¡La virtud, la fe, la probidad, palabras vanas! Todo esto estaba gastado ya en tiempos de Carlos V. Duéleme que parezcáis un necio, siendo hombre inteligente. Romped á puntapiés vuestro globo ridículo é hinchado, para que salga el viento de tantas necedades.
Ruy Blas.—Sin embargo, señor...
D. Salustio (con helada sonrisa).—¡Qué raro sois! Ocupémonos ahora en cosas más serias. (Con tono breve é imperioso.) Me esperaréis mañana todo el día en vuestra casa, es decir, en la que yo os he dado, pues ya se acerca el desenlace de mis planes. Quedaos tan sólo con los mudos para vuestro servicio, y tened en el jardín oculta una carroza preparada para emprender un viaje. Yo me cuidaré del cambio de mulas. Hacedlo todo tal como os digo; y si necesitáis dinero os lo enviaré.
Ruy Blas.—Señor, obedeceré; consiento en todo; pero juradme antes que en este asunto nada tendrá que ver la Reina.
D. Salustio (que juega con un cuchillo de marfil sobre la mesa, se vuelve á medias).—¿Y qué os importa?
Ruy Blas (vacilando y mirándole con espanto).—¡Oh! ¡sois un hombre temible! Mis rodillas tiemblan... Me arrastráis á un abismo insondable, y sospecho que proyectáis planes monstruosos. Entreveo algo espantoso... Compadeceos de mí. Es preciso que os lo diga todo para que podáis juzgar, pues no lo sabíais. ¡Yo amo á esa mujer!
D. Salustio (fríamente).—Ya lo sabía.
Ruy Blas.—¡Lo sabíais!
D. Salustio.—¡Pardiez! ¿Qué importa esto?
Ruy Blas (apoyándose en la pared para no caer, y como hablando consigo mismo).—¡Soy pues juguete de ese cobarde, que así me atormenta! ¡Oh! ¡qué horrible aventura! (Levantando la vista al cielo.) ¡Perdonadme, señor, Dios poderoso!
D. Salustio.—¡Pardiez, veo que de veras estáis soñando y que tomáis por lo serio vuestro papel! Esto es ridículo. Mis proyectos tienen un fin determinado que yo solo debo conocer; y el objeto es haceros más feliz de lo que podéis pensar. Obedeced, callad y no tengáis cuidado, que vuestra recompensa será la fortuna. Los pesares de amor valen bien poco, y todos sabemos que son muy pasajeros. Habéis de saber que se trata del destino de un imperio, y comparado con esto nada significan vuestros asuntos. Quiero deciros todo; pero tened el buen sentido de manteneros en vuestra esfera. Yo soy muy bueno y benigno; pero ¡qué diantre! un lacayo no es al fin más que humilde vaso donde puedo verter mis fantasías. El amo puede hacer de vosotros lo que le plazca, disfrazaros y descubriros á su antojo. Yo os hice gran señor por un momento dejándoos después libre; pero no olvidéis, que sois mi lacayo. Cortejáis á la reina, como también podríais colocaros detrás de mi carroza. Sed razonable, amigo mío.
Ruy Blas (que ha escuchado aturdido, y como no pudiendo dar crédito á lo que oye).—¡Oh Dios mío, Dios clemente, Dios justo! ¿De qué crimen será este el castigo? ¿Qué he podido hacer yo? ¡Señor! tú que eres el padre de todos ¿quieres verme morir desesperado? De mi parte no hay falta, y no debo ser víctima. Señor marqués, me habéis lanzado en un abismo, y es una crueldad martirizar un pobre corazón, lleno de amor y de fe, para llevar á cabo una venganza. (Hablando consigo mismo.) ¡Oh! sí, es una venganza, no hay duda alguna, y bien adivino que es contra la Reina. ¿Qué hacer? ¿Iré á decirle todo? ¡Cielos, ser un objeto de disgusto y de horror para ella, ser un bribón, un pillo de dos caras, á quien se expulsa á palos! ¡Jamás! ¡Me vuelvo loco! (Pausa.) ¡Dios mío! he aquí cómo se hacen las cosas. En la sombra se construye una máquina terrible, armada de rodajes sin número; después se arroja en ella, como para probarla, una cosa, un lacayo; y por debajo de las ruedas, puestas ya en movimiento, se ve salir una masa de carne palpitante, una cabeza rota, un corazón ensangrentado. ¡Y nadie se espanta entonces al reconocer que aquel lacayo era un hombre! (Volviéndose hacia D. Salustio.) Pero aún es tiempo, señor, pues todavía no está la horrible rueda en movimiento. (Se arroja á sus pies.) ¡Compadeceos de mí, apiadaos de ella! Ya sabéis que soy un servidor fiel, y con frecuencia lo habéis dicho; ya veis que me someto. ¡Gracia!
D. Salustio.—Este hombre no comprenderá jamás, y á fe que me impaciento.
Ruy Blas (arrastrándose á sus pies).—¡Gracia!
D. Salustio.—¡Abreviemos! (Se vuelve hacia la ventana.) Habéis cerrado mal esa ventana, y por ahí entra el frío.
(La cierra.)
Ruy Blas (levantándose).—¡Oh! ¡esto es ya demasiado! Ahora soy duque de Olmedo, ministro poderoso, y levanto la frente bajo el pie que me pisa.
D. Salustio.—¿Cómo decís eso? Repetid la frase: ¡Ruy Blas, duque de Olmedo! ¿No veis que sólo un Bazán puede ser Olmedo?
Ruy Blas.—¡Ordenaré que os prendan!
D. Salustio.—Diré quién sois.
Ruy Blas (exasperado).—Pero...
D. Salustio.—Acusadme; vuestra cabeza arriesgo con la mía. Todo está previsto. No toméis tan pronto ese aire triunfante.
Ruy Blas.—¡Lo negaré todo!
D. Salustio.—¡Vamos, sois un niño!
Ruy Blas.—¡No tenéis pruebas!
D. Salustio.—Ni vos memoria. Yo hago siempre lo que digo, y os demostraré que no sois más que el guante, y yo la mano. (Acercándose á Ruy Blas.) Si no obedeces, si no estás mañana en tu casa para preparar lo que necesito, si dices una sola palabra de lo que ocurre, si tus miradas ó tu ademán infunden la menor sospecha, aquella por quien temes quedará públicamente difamada y perdida; y después recibirá, bajo sobre, un papel que conservo en sitio seguro, escrito, ya recordarás por qué mano, y firmado por quien sabes. Ese papel dice lo siguiente: «Yo, Ruy Blas, lacayo de Su Excelencia el marqués de Finlas, me obligo á servirle, como buen criado, en toda ocasión pública ó secreta.»
Ruy Blas (con voz desfallecida).—Basta, señor; haré lo que os plazca.
(Se abre la puerta del fondo y entran los consejeros. Don Salustio se emboza rápidamente en su capa.)
D. Salustio (en voz baja).—Alguien viene. (Saluda profundamente á Ruy Blas.) Señor duque, soy vuestro criado.
(Vase.)