Ilustración ornamental

ACTO V


EL TIGRE Y EL LEÓN


La misma estancia. Es de noche. En la mesa hay una lámpara. Al levantarse el telón, Ruy Blas está solo, y una especie de toga negra cubre su traje.

ESCENA I

RUY BLAS, solo

¡Todo acabó! ¡Sueños extinguidos, visiones desvanecidas! Hasta que cerró la noche he andado por las calles, y ahora espero tranquilo. Á estas horas se piensa mejor, porque la cabeza está más despejada. Nada hay pavoroso en estas negras paredes; los muebles se hallan en su sitio, las llaves en los armarios, y los mudos duermen abajo. La casa está verdaderamente tranquila; no hay motivo alguno de alarma; todo va bien, y mi paje es muy fiel: don Guritán sabe que se trata de ella; y yo os bendigo, Dios mío, por haber permitido que el mensaje llegue á sus manos, para que yo pueda proteger á ese ángel, burlando los planes de don Salustio. Nada tendrá que temer ni que sufrir, y una vez salvada... moriré tranquilo. (Saca del pecho un frasquito y le pone sobre la mesa.) ¡Sí, muere ahora, cobarde, y cae en el abismo; muere como se debe morir cuando se expía un crimen; muere en esta casa, vil, mísero y solo! (Entreabre la toga, bajo la cual se ve la librea que llevaba en el primer acto.) ¡Sí, muere con tu librea al fin, y sea ella tu sudario! ¡Dios mío! si ese demonio viene á contemplar su víctima... (Coloca un mueble como para atrancar la puerta.) ¡Que no éntre al menos por esa horrible puerta! (Vuelve hacia la mesa.) ¡Oh! seguro es que el paje ha encontrado á Guritán, pues aún no eran las ocho de la mañana. (Fija sus miradas en el frasquito.) En cuanto á mí, ya he pronunciado mi sentencia, preparo mi suplicio, y yo mismo voy á dejar caer sobre mi cuerpo la losa de la tumba. Por lo menos me queda el consuelo de pensar que nadie puede evitarlo, y que mi caída es irremediable. (Se sienta en el sillón.) ¡Y sin embargo, me amaba!... ¡Que Dios me auxilie! Me falta valor... (Llora.) ¡Oh! ¡bien hubieran podido dejarnos tranquilos! (Oculta la cabeza entre las manos y solloza.) ¡Dios mío! (Levanta la cabeza y fija en el frasquito una mirada vaga.) El hombre que me ha vendido esto me preguntó en qué día del mes estábamos... yo no lo sé. Los hombres son malos y ninguno se conmueve al ver morir á uno de sus semejantes. ¡Cuánto sufro!... ¡Ella me amaba! ¡Y pensar que nada se puede retener de aquello que pasó! ¡No volveré á contemplarla más!... no estrecharé su mano... ¡Ángel mío!... ¡Aún me parece ver los graciosos pliegues de su traje, sus dulces ojos, cuyas miradas me embriagaban; aún me parece oir su voz armoniosa y su ligero paso, que hacía latir mi corazón! ¡Mujer adorada... ya no la veré jamás, ni oiré tampoco su dulce acento! ¡Morir sin verla! ¿Es posible? ¡Nunca!

(Alarga con ansiedad su mano hacia el frasquito, y en el momento de cogerle convulsivamente, ábrese la puerta del fondo y aparece la Reina; va vestida de blanco; un mantón oscuro y el capuchón, caído sobre la espalda, hacen resaltar más la palidez de su rostro; lleva una linterna sorda en la mano, la deja en el suelo y adelántase rápidamente hacia Ruy Blas.)

ESCENA II

RUY BLAS, LA REINA

La Reina (entrando).—¡Don César!

Ruy Blas (volviéndose con un movimiento de espanto, y tapando presuroso su librea).—¡Dios mío! ¡Es ella! ¡En horrible lazo ha caído! (En voz alta.) ¡Señora!...

La Reina.—¿Qué significa ese grito de espanto, César?...

Ruy Blas.—¿Quién os dijo que viniérais aquí?

La Reina.—Tú.

Ruy Blas.—¡Yo!... ¿Cómo?

La Reina.—He recibido de vos...

Ruy Blas (ansioso).—¡Decid pronto!

La Reina.—Una carta.

Ruy Blas.—¿De mí?

La Reina.—De vuestro puño y letra.

Ruy Blas.—¡Esto es para volverse loco! Pero ¡si yo no he escrito; estoy seguro de ello!

La Reina (sacando del seno un billete y mostrándolo).—Leed, pues.

(Ruy Blas toma el billete con viveza y acércase á la luz.)

Ruy Blas (leyendo).—«Un peligro terrible me amenaza, y sólo mi reina puede conjurar la tempestad...»

(Mira la letra con estupor, cual si no pudiera proseguir.)

La Reina (continúa, mostrando con el dedo la carta que lee).—«viniendo á mi casa esta noche. De lo contrario, estoy perdido.»

Ruy Blas (con voz apagada).—¡Oh qué traición! Este billete...

La Reina (continúa la lectura).—«Junto á la puerta principal hay una entrada por donde podéis penetrar de noche sin ser reconocida. Una persona de confianza os abrirá.»

Ruy Blas (aparte).—¡Había olvidado este billete! (Á la Reina con voz terrible.) ¡Salid al punto!

La Reina.—Me marcharé, don César. ¡Oh Dios mío, qué duro sois! ¿Qué os he hecho?

Ruy Blas.—¡Cielos! ¡aquí os perdéis, señora!

La Reina.—¿Cómo?

Ruy Blas.—No puedo explicarlo. ¡Huíd pronto!

La Reina.—Para cumplir mejor, hasta tuve la precaución de enviar esta mañana una dueña...

Ruy Blas.—¡Dios mío! me parece que vuestra existencia se extingue por momentos como la vida de un corazón que se desangra. ¡Partid pronto!

La Reina (como herida de una idea súbita).—La abnegación que mi amor soñó, me inspira: os halláis en algún momento de peligro y queréis alejarme de él... ¡Pues me quedo!

Ruy Blas.—¡Qué loca idea, Dios mío! ¡Permanecer á tal hora en semejante sitio!

La Reina.—La carta es de vos, y por lo tanto...

Ruy Blas (elevando los brazos al cielo con desesperación).—¡Bondad divina!

La Reina.—Queréis alejarme...

Ruy Blas (tomándole la mano).—Comprended...

La Reina.—Adivino: en el primer momento me escribisteis, y después...

Ruy Blas.—¡Nada os he escrito! ¡Huíd de aquí, pobre ángel, porque os han tendido un lazo! Por todas partes os rodean los peligros. ¿Cómo podré convenceros? ¡Escuchad, comprended; yo os amo, ya lo sabéis, y sólo para desechar de vuestro espíritu lo que ahora imagina, me arrancaría el corazón del pecho! ¡Oh! ¡yo te amo, pero véte!

La Reina.—¡Don César!...

Ruy Blas.—¡Véte! Pero ahora se me ocurre... alguien debió abrirte la puerta...

La Reina.—Es claro.

Ruy Blas.—¿Quién?

La Reina.—Un hombre enmascarado, oculto por la pared.

Ruy Blas.—¡Enmascarado! ¿Y qué ha dicho ese hombre? ¿Quién puede ser? ¿Era alto? ¡Vamos, hablad!...

(En la puerta del fondo aparece un hombre vestido de negro.)

El enmascarado.—¡Era yo!

(Se quita el antifaz: la Reina y Ruy Blas reconocen con terror á D. Salustio.)

ESCENA III

Los mismos, D. SALUSTIO

Ruy Blas.—¡Gran Dios!... ¡Huíd, señora!

D. Salustio.—Ya no es tiempo; la señora de Neuburgo ha dejado de ser reina de España.

La Reina (con terror).—¡Don Salustio!

D. Salustio (mostrando á Ruy Blas).—Para siempre seréis la compañera de ese hombre.

La Reina.—¡Gran Dios, era un lazo en efecto! Y don César...

Ruy Blas (desesperado).—¡Ah, señora! ¿Qué habéis hecho?

D. Salustio (adelantándose lentamente hacia la Reina).—Estáis en mi poder; mas quiero hablaros sin excitar el enojo de Vuestra Majestad, porque no me domina la cólera. Escuchadme tranquilamente, y no hagamos ruido. Os encuentro sola con don César en su casa á media noche, y tratándose de una reina, este hecho basta, una vez público, para anular el matrimonio en Roma. El Santo Padre lo sabría muy pronto; pero examinada detenidamente vuestra situación, todo puede arreglarse dentro. (Saca de su bolsillo un pergamino, desarróllale y le presenta á la Reina.) Firmad esta carta, dirigida al Rey Nuestro Señor; yo haré que llegue en breve á sus manos; y en cuanto á vos, abajo os espera un coche que he mandado llenar de oro, y en el cual partiréis con don César al punto. Yo os presto mi auxilio, y sin que nadie os inquiete, podréis llegar á Portugal. Desde aquí, dirigíos á donde os plazca, pues á mí me es igual: nosotros cerraremos los ojos. Obedecedme. En este momento, nadie sabe la aventura más que yo; pero si rehusáis, todo Madrid conocerá el hecho mañana. Y nada de arrebatos, porque estáis en mi poder. (Señalando la mesa, en la que hay recado de escribir.) Podéis tomar asiento, señora.

La Reina (se deja caer aterrada en un sillón).—¡Estoy en su poder!

D. Salustio.—Sólo exijo de vos el consentimiento para llevar el escrito al Rey. (En voz baja á Ruy Blas, que escucha inmóvil, poseído de estupor.) ¡Déjame hacer, amigo, que para ti trabajo! (Á la Reina.) ¡Firmad!

La Reina (temblando y aparte).—¿Qué hacer?

D. Salustio (inclinándose á su oído y presentándole la pluma).—¡Vamos! ¿Qué vale una corona? Si perdéis el trono, en cambio se os ofrece la felicidad. Por lo demás, no tengáis cuidado; nadie sabrá nada de esto, porque tengo toda mi gente fuera. (Tratando de ponerle la pluma entre los dedos, sin que ella la rechace ni la tome.) ¡Vamos! (La reina, indecisa y aterrada, le mira con expresión angustiosa.) ¡Si no firmáis, os espera el escándalo y el claustro!

La Reina (agobiada).—¡Oh Dios mío!

D. Salustio (mostrando á Ruy Blas).—César os ama; le creo digno de vos; es de noble alcurnia, duque de Olmedo, Bazán y grande de España...

(Empuja hacia el pergamino la mano de la Reina, que temblorosa y fuera de sí parece dispuesta á firmar.)

Ruy Blas (como volviendo en sí de improviso).—¡Yo me llamo Ruy Blas, y soy un lacayo! (Arrancando de manos de la Reina la pluma y el pergamino, y rasgando este último.) ¡Al fin!... ¡Me sofocaba!... ¡No firméis, señora!

La Reina.—¿Qué decís, don César?...

Ruy Blas (dejando caer su toga y mostrándose con la librea sin espada).—Digo que ya basta de traiciones; que no quiero la felicidad á este precio. ¡Ah! es inútil que me habléis al oído, don Salustio; tiempo era ya de despertarme y de romper los lazos que me ligaban en vuestros odiosos planes. No pasaremos de aquí. ¡Si yo tengo el traje de lacayo, vos tenéis de lacayo el alma!

D. Salustio (á la Reina, con frialdad).—Ese hombre es efectivamente mi lacayo. (Á Ruy Blas con autoridad.) ¡Ni una palabra más!

La Reina (dejando escapar al fin un grito de desesperación y retorciéndose los brazos).—¡Santo cielo!

D. Salustio (continuando).—Sólo que ha hablado demasiado pronto. (Crúzase de brazos; irguiéndose y con voz tonante.) ¡Pues bien, sí; ahora digámoslo todo; poco importa, porque así será mi venganza más completa! (Á la Reina.) ¿Qué pensáis de esto, señora? Á fe mía que la corte se reirá bien. ¡Ah! ¡vos me arruinasteis, y yo os destrono! ¡Vos tuvisteis á bien desterrarme, y yo os expulso! ¡Vos me ofrecisteis para esposa vuestra criada; yo os doy por amante mi lacayo! También podéis uniros con él, puesto que el rey se va; y así su corazón será vuestra riqueza. (Riendo.) ¡Y le habréis hecho duque á fin de ser duquesa! (Rechinando los dientes.) ¡Ah, me habéis hundido, arruinado, y entre tanto vos dormíais tranquila y confiada! ¡Qué locura!

(Mientras que habla, Ruy Blas se acerca á la puerta del fondo, la cierra con llave, y después se acerca á don Salustio por detrás, sin que éste lo note. En el momento en que acaba de hablar, fijando en la Reina una mirada de odio y de triunfo, Ruy Blas coge la espada de D. Salustio por la empuñadura y la desenvaina vivamente.)

Ruy Blas (con aspecto terrible y la espada en la mano).—¡Paréceme que acabáis de insultar á vuestra Reina! (D. Salustio se precipita hacia la puerta; Ruy Blas le cierra el paso.) ¡Oh! no vayáis por ahí que está cerrado. Marqués, hasta este día Satanás te ha protegido; mas ahora no escaparás de mis manos; si de mi poder quiere arrancarte, que se presente. ¡Ahora llegó mi vez, y aplasto á la serpiente que encuentro en mi camino! ¡Nadie entrará aquí, ni el diablo ni tu gente, y te sujetaré bajo mi pie de acero! Señora, este hombre os hablaba con insolencia, y yo voy á explicarme... Ante todo os diré que es un desalmado, un monstruo, y que ayer me martirizó á su antojo cruelmente. No podríais imaginar hasta qué punto lloré y supliqué. (Al marqués.) Me explicabais vuestras quejas, hablándome de agravios recibidos; pero yo no comprendí. ¡Ah, miserable! ¡osáis ultrajar á vuestra Reina estando yo aquí! Me asombra que podáis ser hombre de ingenio. ¿Creíais que yo permanecería impasible? Escuchad, sea cual fuere su esfera, cuando un hombre, un traidor, ultraja á una mujer, ó comete algún delito monstruoso, todos tenemos derecho para escupirle á la cara y aplicarle el castigo. ¡Pardiez, si he sido lacayo, también podré ser verdugo!...

La Reina.—¡No matéis á ese hombre!

Ruy Blas.—Con sentimiento debo ejercer ante vos mis funciones, señora, porque es forzoso acabar con el asunto en este sitio. (Empuja á D. Salustio hacia el gabinete.) ¡Está dicho; id á poneros bien con Dios ahí dentro!

D. Salustio.—¡Es un asesinato!

Ruy Blas.—¿Te parece así?

D. Salustio (desarmado y paseando una mirada de cólera á su alrededor).—¡Ni un arma en esas paredes! (Á Ruy Blas.) ¡Una espada al menos!

Ruy Blas.—¡Marqués, tú te burlas! ¿Soy yo caballero acaso para cruzar contigo el acero? Yo no soy más que un vil lacayo, que viste librea galoneada, un bergante á quien se castiga y se azota. ¡Pero ahora te voy á matar, como á un infame cobarde, como á un perro!

La Reina.—¡Gracia para él!

Ruy Blas (á la Reina, cogiendo al marqués).—Señora, aquí cada cual se venga; el demonio no puede ser salvado por el ángel.

La Reina (de rodillas).—¡Gracia!

D. Salustio (gritando).—¡Al asesino! ¡Socorro!

Ruy Blas (levantando la espada).—¿Has acabado ya?

D. Salustio (arrojándose sobre él y gritando).—¡Muero asesinado!

Ruy Blas (empujándole en el gabinete).—¡No, mueres castigado!

(Desaparecen en el gabinete, cuya puerta se cierra.)

La Reina (sola, cae desvanecida en el sillón).—¡Cielos!

(Sigue una pausa; Ruy Blas vuelve á entrar, pálido y sin espada.)

ESCENA IV

LA REINA, RUY BLAS

(Ruy Blas da algunos pasos vacilando hacia la Reina, inmóvil y helada, y después cae de rodillas, con la vista fija en el suelo, cual si no se atreviese á levantarla.)

Ruy Blas (con voz grave y baja).—Ahora, señora, es preciso que os hable... pero no me acercaré. Os juro que no soy tan culpable como me creéis. Reconozco mi traición, que debe pareceros horrible..., quisiera referíroslo todo, mas no es fácil. Sólo puedo decir que no tengo el alma vil, y que soy honrado en el fondo... Mi amor me ha perdido, y harto conozco que debí buscar algún otro medio. En fin, el mal está hecho... perdonadme, señora, por haberos amado.

La Reina.—¡Caballero!...

La Reina.—¡Ruy Blas!

Ruy Blas (siempre de rodillas).—No temáis; no me acercaré á Vuestra Majestad; pero voy á decirlo todo, punto por punto. ¡Oh! creedme, no soy un vil; hoy he corrido por la ciudad como un loco, y la gente me miraba; cerca del hospital que habéis fundado, sentí vagamente que una mujer del pueblo enjugaba compasiva el sudor que brotaba de mi frente. ¡Compadeceos de mí, Dios mío, mi corazón se rompe!

La Reina.—¿Qué deseáis?

Ruy Blas (uniendo las manos).—Que me perdonéis, señora.

La Reina.—¡Nunca!

Ruy Blas.—¡Nunca! (Se levanta y adelántase hacia la mesa.) ¿Es esa vuestra resolución?

La Reina.—¡Sí!

Ruy Blas (coge el frasco que está sobre la mesa, acércale á sus labios y apura el contenido).—¡Triste llama, extínguete de una vez!

La Reina (corriendo hacia él).—¿Qué hace?

Ruy Blas (dejando el frasco).—¡Nada! Mis males han terminado; me maldecís, y yo os bendigo; esto es todo.

La Reina (aterrada).—¡Don César!

Ruy Blas.—¡Cuando pienso, pobre ángel, que me habéis amado!

La Reina.—¿Qué filtro es ese? ¿Qué habéis hecho? ¡Decídmelo, contestadme, hablad! ¡César, yo te perdono, te amo y te creo!

Ruy Blas.—Me llamo Ruy Blas.

La Reina (rodeándole con sus brazos).—Ruy Blas, os perdono; pero ¿qué habéis hecho? ¡Hablad, yo os lo mando! ¿Es veneno ese horrible licor?

Ruy Blas.—Sí; pero siento alegría en el corazón. (Abrazando á la Reina y levantando los ojos al cielo.) ¡Permitid, oh Dios mío, que este pobre lacayo bendiga á su Reina, porque ella consoló su triste corazón; permitid que por su piedad muera ya que por su amor vivió!

La Reina.—¡Dios mío!¡Un veneno! ¡Y yo soy la causa de su muerte! ¡Yo te amo, y te había perdonado!

Ruy Blas (desfallecido).—Lo mismo hubiera hecho. (Su voz se apaga; la Reina le sostiene en sus brazos.) Ya no podía vivir. ¡Adiós! (Mostrando la puerta.) ¡Huíd de aquí! Todo quedará en secreto... ¡Yo muero!

(Cae.)

La Reina (arrojándose sobre su cuerpo).—¡Ruy Blas!

Ruy Blas (á punto de morir, vuelve en sí al oir su nombre pronunciado por la Reina).—¡Gracias!