Ilustración ornamental

ACTO PRIMERO


AFRENTA SOBRE AFRENTA


PARTE PRIMERA


Un terrado del palacio Barbarigo, en Venecia. Fiesta nocturna; varias máscaras cruzan á cada instante; en ambos lados del mismo, el palacio presenta una iluminación espléndida, y se oyen acordes musicales. El terrado está cubierto de sombra y de verde; en el fondo se figura que al pie se halla el canal de la Zueca, por el cual se ven pasar, á intervalos, entre las tinieblas, góndolas cargadas de máscaras; en cada una de ellas se oye música cuando cruza por el fondo del teatro, tan pronto alegre como lúgubre, y se extingue gradualmente en lontananza. Á lo lejos se divisa Venecia, iluminada por la luz de la luna.

PERSONAJES

ESCENA I

GUBETTA, GENARO (vestido de capitán), APÓSTOLO GAZELLA, MAFFIO ORSINI, ASCANIO PETRUCCI, OLOFERNO VITELLOZZO, LIVERETTO

(Jóvenes caballeros, magníficamente vestidos, con sus antifaces en la mano, conversan en el terrado.)

Oloferno.—Vivimos en una época en que los hombres consuman tantos actos horribles, que ya no se habla de ese; pero seguro es que jamás se ha conocido un hecho tan siniestro y misterioso.

Ascanio.—Un acto tenebroso, por hombres que lo son también.

Jeppo.—Yo conozco bien los hechos, señores, pues me los ha referido mi primo, el cardenal Carriale, que es la persona mejor informada... ya conocéis al cardenal, aquel que tuvo tan empeñada disputa con el cardenal Riario sobre la guerra contra Carlos VIII de Francia.

Genaro (bostezando).—¡Ah! hete aquí que Jeppo comienza con sus historias... Por mi parte no quiero escuchar, porque ya estoy cansado de oir.

Maffio.—Esas cosas no te interesan, Genaro, y me parece muy natural. Tú eres un bravo capitán aventurero, que lleva un nombre de capricho; no conoces á tu padre ni á tu madre, aunque no se duda seas caballero, á juzgar por tu modo de manejar la espada; pero todo cuanto se sabe de tu nobleza es que te bates como un león. Á fe mía, somos compañeros de armas, y lo que te digo no es para ofenderte. Si me salvaste la vida en Rímini, yo te la salvé en el puente de Vicencio; nos hemos jurado mutuo auxilio así en guerra como en amor; vengarnos juntos cuando necesario sea y tener por enemigos, yo los tuyos, y tú los míos. Un astrólogo nos predijo que moriríamos el mismo día, y dímosle diez cequíes de oro por su pronóstico. No somos amigos, sino hermanos. En fin, tú tienes la suerte de llamarte simplemente Genaro, de no conocer pariente alguno, y de que no te persiga ninguna de esas fatalidades inherentes á los nombres históricos. ¡Eres feliz! ¿Qué te importa lo que pasa ni lo que ha pasado, con tal que haya siempre hombres para la guerra y mujeres para el placer? ¿Qué te importa la historia de las familias ni de las ciudades, á ti que no tienes patria ni familia? Para nosotros, amigo Genaro, es diferente; tenemos derecho á interesarnos en las catástrofes de nuestra época; nuestros padres y nuestras madres han intervenido en esa tragedia; y casi todas nuestras familias visten de luto aún.—Dinos cuanto sepas, Jeppo.

Genaro. (Déjase caer en un sillón, en la actitud del que se propone dormir.)—Me despertaréis cuando Jeppo haya concluído.

Jeppo.—Comienzo. En el año mil cuatrocientos noventa...

Gubetta (Desde un rincón.)—Noventa y siete.

Jeppo.—Eso es, noventa y siete. Era cierta noche de un miércoles á jueves...

Gubetta.—No, de un martes á miércoles.

Jeppo.—Tenéis razón.—Aquella noche, pues, un barquero del Tíber, que estaba echado en su barca, custodiando sus mercancías, presenció algo espantoso; hallábase un poco más abajo de la iglesia de San Jerónimo, y serían como las cinco de la madrugada. El buen hombre vió avanzar en la oscuridad, por el camino que hay á la izquierda del templo, dos hombres á pie, mirando á un lado y otro, cual si estuvieran inquietos; después aparecieron otros dos, y luego un tercero, hasta que se reunieron siete; sólo uno de ellos iba montado. La noche estaba muy oscura, y en todas las casas que dan al Tíber veíase sólo una ventana iluminada. Los siete hombres se aproximaron á la orilla del río; el jinete hizo dar media vuelta á su caballo, y entonces el barquero vió claramente en la grupa unas piernas que pendían por un lado, mientras que la cabeza y los brazos colgaban por el otro: era el cadáver de un hombre. Mientras sus compañeros vigilaban en los ángulos de las calles, dos hombres cogieron el cuerpo, balanceáronle dos ó tres veces con fuerza y arrojáronle en medio del Tíber. Apenas el cadáver tocó el agua, el jinete hizo una pregunta, á la que los otros dos contestaron: «Sí, Excelencia.» Entonces el caballero se volvió hacia el Tíber, y como viese alguna cosa negra que flotaba en el agua, preguntó qué era aquello. «Señor, le contestaron, es la capa del difunto.» Uno de los hombres arrojó entonces algunas piedras sobre la capa, hasta que se hundió; y hecho esto alejáronse todos, tomando el camino que conduce á San Jaime. He aquí lo que el barquero vió.

Maffio.—¡Lúgubre aventura! ¿Sería algún personaje el que esos hombres echaron al agua? Ese jinete me da mucho que pensar. ¡El asesino montado y el muerto en la grupa del cuadrúpedo! ¡Es cosa rara!

Gubetta.—En ese caballo iban los dos hermanos.

Jeppo.—Vos lo habéis dicho, caballero Belverana: el cadáver era el de Juan Borgia, y el jinete era César Borgia.

Maffio.—¡Familia de diablos es la de los Borgias! Y decidme, Jeppo, ¿por qué el hermano cometió aquel fratricidio?

Jeppo.—No os lo diré, pues la causa del asesinato es tan abominable, que debe ser un pecado mortal hasta el hablar de ello.

Gubetta.—Pues yo os lo diré: César, cardenal entonces, mató á Juan, duque de Gandía, porque los dos hermanos amaban á la misma mujer.

Maffio.—¿Y quién era esa mujer?

Gubetta.—Su hermana.

Jeppo.—Basta, señor de Belverana; no pronunciéis ante nosotros el nombre de esa mujer monstruosa; ni una sola de nuestras familias ha dejado de ser objeto de sus iniquidades.

Maffio.—¿No había de por medio alguna criatura?

Jeppo.—Sí, un niño, hijo de Juan Borgia.

Maffio.—Ese niño sería ahora un hombre.

Oloferno.—Ha desaparecido.

Jeppo.—¿Fué César Borgia quien consiguió sustraerlo á la madre, ó fué ésta quien se lo quitó á César? Nadie ha sabido contestar á esta pregunta.

Apóstolo.—Si es la madre quien oculta al hijo, hace bien. Desde que César Borgia llegó á ser duque de Valentinois, ha mandado dar muerte, como ya sabéis, sin contar á su hermano Juan, á sus dos sobrinos, á los hijos del príncipe de Esquilache, y á su primo, el cardenal Francisco Borgia: ese hombre tiene la fiebre de matar á sus parientes.

Jeppo.—¡Pardiez! quiere ser el único Borgia, á fin de heredar todos los bienes del papa.

Ascanio.—Esa hermana que no queréis nombrar, Jeppo, emprendió en la misma época, según creo, una peregrinación secreta al monasterio de San Sixto para encerrarse allí, sin que se supiera por qué.

Jeppo.—Creo que sí. Sin duda fué para separarse del señor Juan Sforza, su segundo marido.

Maffio.—¿Y cómo se llamaba el barquero que vió todo eso?

Jeppo.—Lo ignoro.

Gubetta.—Se llamaba Jorge Schiavone, y ocupábase en conducir leña á Ripetta por el Tíber.

Maffio (en voz baja á Ascanio).—He ahí á un extranjero que parece mejor enterado de nuestros asuntos que nosotros mismos.

Ascanio (en voz baja).—Yo desconfío de ese caballero de Belverana; mas no profundicemos la cuestión porque tal vez habría en esto algún peligro.

Jeppo.—¡Ah, señores! ¡En qué tiempos vivimos! ¿Conocéis algún sér humano que pueda confiar hoy en vivir mañana en esta pobre Italia, asolada por la guerra y por los Borgias?

Apóstolo.—Hablando de otra cosa, señores, creo que todos debemos formar parte de la embajada que la república de Venecia envía al duque de Ferrara, para felicitarle por haber recobrado á Rímini de los Malatesta. ¿Cuándo iremos á Ferrara?

Oloferno.—Decididamente será pasado mañana. Sin duda sabréis que ya están nombrados los dos embajadores, que son el senador Tiópolo y el general Grimani.

Apóstolo.—¿Vendrá con nosotros el capitán Genaro?

Maffio.—¡Indudablemente! Genaro y yo no nos separamos nunca.

Ascanio.—Debo hacer una observación importante, señores, y es que se bebe el vino de España mientras estamos aquí.

Maffio.—Volvamos al palacio. ¡Eh! Genaro. (Á Jeppo.) ¡Calle! se ha dormido de veras cuando referíais vuestra historia.

Jeppo.—Que duerma.

(Salen todos excepto Gubetta.)

ESCENA II

GUBETTA, GENARO, durmiendo

Gubetta (solo).—Sí, yo sé más que ellos; se lo decían en voz baja; pero Lucrecia sabe más que yo; el caballero Valentinois está mejor enterado aún que ella; el diablo sabe más que ese caballero; y el papa Alejandro VI aventaja en este punto al mismo diablo. (Mirando á Genaro.) ¡Cómo duermen esos jóvenes!

(Entra Lucrecia, con antifaz; ve á Genaro dormido, acércase á él y le contempla con una especie de gozo y de respeto.)

ESCENA III

GUBETTA, LUCRECIA, GENARO, dormido

Lucrecia.—¡Duerme! Sin duda le ha cansado la fiesta... ¡Qué hermoso es! (Volviéndose.) ¡Gubetta!

Gubetta.—No habléis alto, señora... No me llamo aquí Gubetta, sino conde de Belverana, caballero castellano; y vos sois la señora marquesa de Pontequadrato, dama napolitana. No debemos aparentar que somos conocidos. ¿No es eso lo que ha dispuesto Vuestra Alteza? Aquí no estáis en vuestra casa; os halláis en Venecia.

Lucrecia.—Es justo, Gubetta; pero en este terrado no hay más que ese joven dormido ahora, y podremos hablar un instante.

Gubetta.—Como Vuestra Alteza guste; pero réstame aún daros un consejo, y es que no os descubráis, porque podrían reconoceros.

Lucrecia.—¿Qué me importa? Si no saben quién soy, nada tengo que temer; y si lo saben, ellos son los que deben guardarse.

Gubetta.—Estamos en Venecia, señora, y aquí tenéis muchos enemigos, pero enemigos libres. Sin duda la República no toleraría que se atentase contra vuestra persona; pero podrían insultaros.

Lucrecia.—¡Ah! tienes razón; mi nombre infunde horror.

Gubetta.—Aquí no hay tan sólo venecianos, sino también romanos, napolitanos, italianos de todo el país.

Lucrecia.—¡Y toda Italia me odia; tienes razón! Sin embargo, es preciso que todo esto cambie; yo no había nacido para hacer daño, y lo conozco ahora más que nunca. El ejemplo de mi familia es el que me arrastra... ¡Gubetta!

Gubetta.—Señora.

Lucrecia.—Dispón que se lleven á nuestro gobierno de Spoletto las órdenes que vamos á dar.

Gubetta.—Mandad, señora; siempre tengo cuatro mulas ensilladas y otros tantos correos dispuestos á marchar.

Lucrecia.—¿Qué se ha hecho de Galeas Accaioli?

Gubetta.—Sigue en la prisión, esperando á que Vuestra Alteza mande ahorcarle.

Lucrecia.—¿Y Buondelmonte?

Gubetta.—En el calabozo; aún no habéis dado la orden para que le estrangulen.

Lucrecia.—¿Y Manfredo de Curzola?

Gubetta.—Esperando también la hora de la ejecución.

Lucrecia.—¿Y Spadacappa?

Gubetta.—Todavía es obispo de Pésaro y regente de la Cancillería; pero antes de un mes quedará reducido á un poco de polvo, pues le han prendido á causa de vuestras quejas, y está bien vigilado en las cámaras bajas del Vaticano.

Lucrecia.—Gubetta, escribe al punto al Padre Santo pidiéndole gracia para Pedro Capra; y que se ponga en libertad á Accaioli, Manfredo de Curzola, Buondelmonte y Spadacappa.

Gubetta.—¡Esperad, señora, esperad, dejadme respirar! ¡Cuántas órdenes me dais á un tiempo! ¡Ahora llueven perdones y misericordia! ¡Estoy sumergido en la clemencia, y no podré librarme nunca de este diluvio de buenas acciones!

Lucrecia.—Buenas ó malas ¿qué te importa, con tal que te las pague?

Gubetta.—¡Ah! es que una buena acción es mucho más difícil de hacer que una mala. ¡Pobre de mí! Ahora que imagináis ser misericordiosa ¿qué llegaré á ser yo?

Lucrecia.—Escucha, Gubetta; tú eres mi más antiguo y mi más fiel confidente...

Gubetta.—Sí; hace quince años que tengo el honor de colaborar con vos.

Lucrecia.—Pues bien, amigo mío, mi fiel cómplice, ¿no comienzas á comprender la necesidad de que cambiemos de género de vida? ¿No tienes sed de que nos bendigan á ti y á mí tanto como nos han maldecido? ¿No se cuentan ya bastantes crímenes?

Gubetta.—Veo que estáis en camino de llegar á ser la princesa más virtuosa del mundo.

Lucrecia.—¿No te comienza á pesar esa reputación de infames, de asesinos y de envenenadores, común á los dos?

Gubetta.—Nada de eso. Cuando paso por las calles de Spoletto, suelo oir á veces á los plebeyos que murmuran á mi alrededor: «¡Hum! ese es Gubetta, Gubetta veneno, Gubetta cuchillo, Gubetta dogal», pues me han puesto una infinidad de motes de los más brillantes; pero á mí no me importa. Se dice todo eso, y cuando no se emplea la palabra, los ojos lo expresan. Esto no me hace mella, porque estoy acostumbrado á mi mala reputación, como el soldado del Papa á servir la misa.

Lucrecia.—Pero ¿no comprendes que todos los nombres odiosos con que te designan, y á mí también, podrían despertar el desprecio y el odio en un corazón en que quisieras hallar cariño? ¿No amas á nadie en el mundo, Gubetta?

Gubetta.—¡Yo quisiera saber á quién amáis vos, señora!

Lucrecia.—¿Qué sabes tú? Yo soy franca contigo; no te hablaré de mi padre, ni de mi hermano, ni de mi esposo, ni de mis amantes.

Gubetta.—No comprendo que se pueda amar otra cosa.

Lucrecia.—Pues hay otra, Gubetta.

Gubetta.—¡Hola! ¿os haréis virtuosa por amor de Dios?

Lucrecia.—¡Gubetta, Gubetta! Si hubiese hoy en Italia, en esta fatal y criminal Italia, un corazón noble y puro, un corazón dotado de elevadas y varoniles virtudes, un corazón de ángel bajo la coraza del guerrero; si no me quedase á mí, pobre mujer odiada, despreciada y aborrecida, maldita de los hombres y condenada del cielo, mísera aunque poderosa; si no me quedase, en el estado aflictivo en que mi alma agoniza dolorosamente, más que una idea, una esperanza, la de merecer y obtener antes de mi muerte un poco de ternura y de cariño en un corazón tan intrépido como puro; si no tuviera más pensamiento que la ambición de sentirle latir un día alegre y libremente sobre el mío, ¿comprenderías entonces, Gubetta, por qué me urge purificar mi pasado y mi reputación, lavar las manchas que por todas partes tengo, y convertir en una idea de gloria, de penitencia y de virtud, la idea infame y sanguinaria que Italia tiene de mi nombre?

Gubetta.—¡Señora! ¿En qué ermita habéis estado hoy?

Lucrecia.—No te rías. Hace ya largo tiempo que tengo estas ideas y nada te digo; el que se ve arrastrado por una corriente de crímenes no se detiene cuando quiere; los dos ángeles luchaban en mí, el bueno y el malo, y paréceme que el primero triunfará al fin.

Gubetta.—Entonces, ¡te Deum laudamus, magnificat anima mea Dominum! ¿Sabéis, señora, que no os comprendo, y que desde hace algún tiempo sois del todo indescifrable para mí? En el espacio de un mes, Vuestra Alteza anuncia su marcha á Spoletto, se despide de don Alfonso de Este, vuestro esposo, que tiene la candidez de enamorarse de vos como un tortolillo, mostrándose celoso como un tigre; Vuestra Alteza sale de Ferrara y va secretamente á Venecia, casi sin séquito, tomando un nombre supuesto napolitano, y yo otro español. Llegada á Venecia, Vuestra Alteza tiene á bien separarse de mí, dándome orden de no conocerla, y después asiste á todas las fiestas, á las serenatas y á las reuniones, aprovechándose del Carnaval para ir siempre enmascarada, ocultándose á las miradas de todos, y sin hablarme nunca más que dos palabras entre puertas todas las noches. ¡Y ahora que todos esos regocijos terminen con un sermón para mí! ¡Un sermón de vos, señora! ¿No os parece esto prodigioso? Habéis metamorfoseado vuestro nombre, después vuestro traje y ahora vuestra alma. ¡Esto sí que es un Carnaval llevado hasta el último extremo! Yo me confundo. ¿Dónde está la causa de esa conducta por parte de Vuestra Alteza?

Lucrecia (cogiéndole vivamente el brazo, y acercándose á Genaro dormido).—¿Ves ese joven?

Gubetta.—Ese joven no es nada nuevo para mí; ya sé que vais en su seguimiento con vuestro disfraz desde que estáis en Venecia.

Lucrecia.—¿Qué dices?

Gubetta.—Digo que es un joven que duerme echado en este momento, y que dormiría de pie si hubiera oído la conversación moral y edificante que acabo de tener con Vuestra Alteza.

Lucrecia.—¿No te parece hermoso?

Gubetta.—Más lo sería si no tuviese los ojos cerrados; una cara sin ojos es un palacio sin ventanas.

Lucrecia.—¡Si supieras cuánto le amo!

Gubetta.—Esa es cuestión de don Alfonso, vuestro real esposo; pero debo advertir á Vuestra Alteza que pierde el tiempo, porque ese joven, según me han dicho, está enamorado de una hermosa doncella llamada Fiametta.

Lucrecia.—¿Y le ama ella?

Gubetta.—Dicen que sí.

Lucrecia.—¡Mejor! Quisiera verlos felices.

Gubetta.—Cosa singular, y que no se aviene con vuestro proceder. Yo creía que erais más celosa.

Lucrecia (contemplando á Genaro).—¡Qué figura tan noble!

Gubetta.—Yo creo que se parece á...

Lucrecia.—No digas á quién... déjame.

(Sale Gubetta. Lucrecia permanece algunos instantes como extasiada ante Genaro, sin ver dos hombres disfrazados que acaban de entrar por el fondo y que la observan.)

Lucrecia (creyéndose sola).—¡Es él! ¡Al fin me ha sido dado contemplarle un momento sin peligros! ¡No, jamás le soñé tan hermoso! ¡Oh, Dios mío, no me castiguéis con la angustia de verme jamás aborrecida y despreciada de él, pues ya sabéis que es lo único que amo en este mundo!... No me atrevo á quitarme la careta, y sin embargo es preciso enjugar mis lágrimas.

(Se quita la careta para secarse los ojos. Los dos hombres enmascarados hablan en voz baja, mientras que ella besa la mano de Genaro dormido.)

1.er Enmascarado.—Eso basta; ahora puedo ya volver á Ferrara. No he venido á Venecia sino para asegurarme de su infidelidad, y he visto lo suficiente. No puedo prolongar más mi ausencia. Ese joven es su amante. ¿Cómo se llama, Rustighello?

2.º Enmascarado.—Se llama Genaro; es un capitán aventurero, pero muy intrépido; no tiene padre ni madre ni se conoce su vida. Ahora está al servicio de la República de Venecia.

1.er Enmascarado.—Arréglate para que vaya á Ferrara.

2.º Enmascarado.—Esto se hará de por sí, Excelencia, porque pasado mañana marchará á dicho punto con varios de sus amigos que forman parte de la embajada de los senadores Tiópolo y Grimani.

1.er Enmascarado.—Está bien. Los informes que he recibido eran exactos; y como ya he visto lo suficiente, podemos marchar.

(Salen.)

Lucrecia (uniendo las manos y casi arrodillada ante Genaro).—¡Oh Dios mío, que haya tanta felicidad para él como desgracia para mí!

(Besa la frente de Genaro, que se despierta sobresaltado.)

Genaro (cogiendo por los dos brazos á Lucrecia asustada).—¡Un beso, una mujer! ¡Por vida mía, señora, que si fuérais reina y yo poeta tendríamos aquí verdaderamente la aventura de Alain Chartier, el vate francés!... Pero ignoro quién sois, y yo no soy más que un soldado.

Lucrecia.—¡Dejadme, caballero Genaro!

Genaro.—De ningún modo, señora.

Lucrecia.—¡Alguien viene!

(Huye; Genaro la sigue.)

ESCENA IV

JEPPO y después MAFFIO

Jeppo (entrando por el lado opuesto).—¿Quién es esa? ¡Es ella! ¡Esa mujer en Venecia!... ¡Oye, Maffio!

Maffio (entrando).—¿Qué ocurre?

Jeppo.—Un encuentro inesperado.

(Habla al oído de Maffio).

Maffio.—¿Estás seguro?

Jeppo.—Tanto como lo estoy de que nos hallamos en el palacio Barbarigo y no en el de Labbia.

Maffio.—¿Hablaba amorosamente con Genaro?

Jeppo.—Sí.

Maffio.—Será preciso librar á mi hermano Genaro de esa araña.

Jeppo.—Avisemos á nuestros amigos.

(Salen.—Durante algunos momentos no aparece nadie en escena; sólo se ven pasar de vez en cuando por el fondo algunas góndolas con música.—Vuelven á entrar Genaro y Lucrecia con antifaz.)

ESCENA V

GENARO y LUCRECIA

Lucrecia.—Este terrado está oscuro y desierto; aquí puedo quitarme la careta, y quiero que veáis mi rostro, Genaro.

(Se descubre.)

Genaro.—¡Sois muy hermosa!

Lucrecia.—¡Mírame bien, Genaro, y dime que no te causo horror!

Genaro.—¡Causarme horror, señora! ¿Y por qué? Muy por el contrario, siento en el fondo del corazón algo que me atrae á vos.

Lucrecia.—¿Crees que podrías amarme, Genaro?

Genaro.—¿Por qué no? Sin embargo, señora, quiero ser franco; siempre habrá una mujer á quien amaré más que á vos.

Lucrecia (sonriendo).—Ya lo sé, la linda Fiametta.

Genaro.—No.

Lucrecia.—¿Pues quién?

Genaro.—Mi madre.

Lucrecia.—¡Tu madre! ¡Oh Genaro mío! ¿La amas mucho?

Genaro.—Sí; y eso que jamás la he visto. ¿No os parece esto muy singular? Mirad, no sé por qué siento una inclinación á confiarme á vos, y voy á revelaros un secreto que aún no he comunicado á nadie, ni siquiera á mi hermano de armas, á Maffio Orsini. Es extraño descubrirse así al primero que llega; pero me parece que vos no sois para mí una desconocida.—Capitán aventurero, que ignora cuál es su familia, fuí educado en Calabria por un pescador de quien me creía hijo. El día que cumplí diez y seis años, el buen hombre me dijo que no era mi padre, y algún tiempo después, presentóse un gran señor que, después de armarme de caballero, se marchó sin levantar siquiera la visera de su casco. Más tarde, llegó un hombre vestido de negro, y entregóme una carta; abríla y supe que era de mi madre, á quien no conocía; pero que á mi entender era buena, benigna, tierna, hermosa como vos; mi madre, á quien adoraba con toda mi alma. En aquella misiva, sin darme á conocer nombre alguno, manifestábaseme que era noble, de una familia distinguida, y que mi madre era muy desgraciada.

Lucrecia.—¡Buen Genaro!

Genaro.—Desde aquel día me hice aventurero, pues siendo algo por mi cuna, quería serlo también por mi espada. He corrido toda la Italia; pero el primer día de cada mes, hálleme donde quiera, veo llegar siempre al mismo mensajero, quien me entrega una carta de mi madre, recibe la contestación y se va; nada me dice, ni yo tampoco, porque es sordo-mudo.

Lucrecia.—¿Conque no sabes nada de tu familia?

Genaro.—Sé que tengo madre, y que es desgraciada, y que yo daría mi vida en este mundo por verla llorar, y en el otro por verla sonreir. Esto es todo.

Lucrecia.—¿Qué haces con sus cartas?

Genaro.—Todas las tengo sobre el corazón. Nosotros, los hombres de guerra, arriesgamos siempre la piel, presentando el pecho á la punta de las espadas, y las cartas de una madre son una buena coraza.

Lucrecia.—¡Noble corazón!

Genaro.—¿Queréis ver su escritura? He aquí una de sus cartas. (Saca del pecho un papel, lo besa y entrégaselo á Lucrecia.) Leed.

Lucrecia (leyendo):

«... No trates de conocerme, Genaro mío, antes del día que yo te señale. Soy muy digna de compasión; estoy rodeada de parientes sin piedad, que te matarían, como mataron á tu padre. El secreto de tu nacimiento, hijo mío, quiero ser yo la única en conocerlo. Si tú lo supieses, es cosa tan triste al par que tan ilustre, que no podrías callarlo; la juventud es confiada; no conoces, como yo, los peligros que te rodean; ¿quién sabe? querrías arrostrarlos por bravata de joven, hablarías ó dejarías que lo adivinasen y no vivirías ya dos días. ¡Oh, no! conténtate con saber que tienes una madre que te adora, y que día y noche vela por tu vida. Genaro mío, hijo mío, tú eres todo lo que amo en la tierra; mi corazón se deshace cuando pienso en ti.»

(Interrúmpese para enjugar una lágrima.)

Genaro.—¡Cuán tiernamente leéis eso! Diríase, no que leéis, sino que estáis hablando.—¡Ah! ¡Lloráis!—Sois buena, señora, y os agradezco que lloréis de lo que me escribe mi madre. (Vuelve á tomar la carta, la besa de nuevo y la vuelve á poner en su pecho.) Sí; ya veis, ha habido muchos crímenes en torno de mi cuna. ¡Pobre madre mía! ¿No es verdad que ya comprendéis ahora que me entretengo poco en galanteos y amoríos porque no tengo más que un pensamiento en el corazón, mi madre? ¡Oh! ¡Librar á mi madre! ¡Servirla, vengarla, consolarla, qué felicidad! Ya pensaré después en el amor. Todo lo que hago, es para hacerme digno de mi madre. Hay muchos aventureros que no son escrupulosos y se batirían por Satanás después de haberse batido por San Miguel; yo, no; no sirvo más que causas justas; quiero poder depositar un día á los pies de mi madre una espada limpia y leal como la de un emperador. Ved, señora; me han ofrecido un ventajoso cargo al servicio de esa infame Lucrecia Borgia y he rehusado.

Lucrecia.—¡Genaro! ¡Genaro! ¡Tened piedad de los malos! No sabéis lo que pasa en su corazón.

Genaro.—No tengo piedad de la que sin piedad se muestra. Pero, dejemos eso, señora, y ahora que os he dicho quién soy, haced vos lo mismo, y decidme á vuestra vez quién sois.

Lucrecia.—Una mujer que os ama, Genaro.

Genaro.—Pero ¿vuestro nombre?...

Lucrecia.—No me preguntéis más.

(Antorchas. Entran con estruendo Jeppo y Maffio. Lucrecia vuelve á ponerse el antifaz precipitadamente.)

ESCENA VI

Los mismos, MAFFIO ORSINI, JEPPO LIVERETTO, ASCANIO PETRUCCI, OLOFERNO VITELLOZZO, APÓSTOLO GAZELLA. Señores, damas, pajes llevando antorchas.

Maffio (con una antorcha en la mano).—Genaro, ¿quieres saber quién es la mujer á quien hablas de amor?

Lucrecia (aparte, bajo su careta).—¡Justo cielo!

Genaro.—Todos sois amigos míos, pero juro á Dios que el que toque á la máscara de esta mujer será mozo atrevido. La máscara de una mujer es sagrada como la cara de un hombre.

Maffio.—¡Precisa antes que la mujer sea una mujer, Genaro! No queremos insultar á esa; queremos tan solamente decirle nuestros nombres. (Dando un paso hacia Lucrecia.) Señora, soy Maffio Orsini, hermano del duque de Gravina, al que vuestros esbirros han asesinado de noche mientras dormía.

Jeppo.—Señora, soy Jeppo Liveretto, sobrino de Liveretto Vitelli, á quien habéis hecho dar de puñaladas en los subterráneos del Vaticano.

Ascanio.—Señora, soy Ascanio Petrucci, primo de Pandolfo Petrucci, señor de Siena, al que habéis asesinado para quitarle más fácilmente su ciudad.

Oloferno.—Señora, me llamo Oloferno Vitellozzo, sobrino de Iago d’Appiani, á quien habéis envenenado en una fiesta después de haberle traidoramente robado su buena ciudadela señorial de Piombino.

Apóstolo.—Señora, habéis condenado á muerte en el patíbulo á Francisco Gazella, tío materno de don Alfonso de Aragón, vuestro tercer marido, á quien habéis hecho matar á golpes de alabarda en la meseta de la escalera de San Pedro. Soy Apóstolo Gazella, primo del uno é hijo del otro.

Lucrecia.—¡Oh Dios!

Genaro.—¿Quién es esta mujer?

Maffio.—Y ahora que os hemos dicho nuestros nombres, señora, ¿nos permitís que digamos el vuestro?

Lucrecia.—¡No, no! ¡Tened piedad, señores! ¡No delante de él!

Maffio (desenmascarándola).—Quitaos vuestra máscara, señora, que se vea si podéis aún ruborizaros.

Apóstolo.—Genaro, esa mujer á quien hablabas de amor, es envenenadora y adúltera.

Jeppo.—Incesto en todos grados. Incesto con sus dos hermanos que se han dado muerte uno á otro por amor á ella.

Lucrecia.—¡Perdón!

Ascanio.—¡Incesto con su padre, que es papa!

Lucrecia.—¡Piedad!

Oloferno.—Incesto con sus hijos, si los tuviese, pero el cielo los rehusa á los monstruos.

Lucrecia.—¡Basta! ¡Basta!

Maffio.—¿Quieres saber su nombre, Genaro?

Lucrecia.—¡Perdón! ¡Perdón, señores!

Maffio.—Genaro, ¿quieres saber su nombre?

Lucrecia (Arrástrase á los pies de Genaro.)—¡No escuches, Genaro mío!

Maffio (extendiendo el brazo).—¡Es Lucrecia Borgia!

Genaro (rechazándola).—¡Oh!...

Todos.—¡Lucrecia Borgia!

(Cae desmayada á los pies de Genaro.)