Una plaza de Ferrara. Á la derecha un palacio con balcón guarnecido de celosías, y una puerta baja. Sobre el balcón un gran escudo de piedra cargado de blasones con esta palabra en gruesas letras en relieve sobredoradas: BORGIA. Á la izquierda una casita con puerta á la plaza. En el fondo casas y campanarios.
LUCRECIA, GUBETTA
Lucrecia.—¿Está dispuesto todo para esta noche, Gubetta?
Gubetta.—Sí, señora.
Lucrecia.—¿Estarán los cinco?
Gubetta.—Todos cinco.
Lucrecia.—Me han ultrajado muy cruelmente, Gubetta.
Gubetta.—No estaba yo allí, señora.
Lucrecia.—No han tenido compasión.
Gubetta.—¿Os han dicho vuestro nombre, alto y claro?
Lucrecia.—No me han dicho mi nombre, Gubetta; me lo han escupido al rostro.
Gubetta.—¿En pleno baile?
Lucrecia.—Delante de Genaro.
Gubetta.—¡Vaya unos atolondrados! ¡Salir de Venecia para venirse á Ferrara! Verdad es que no les quedaba otro remedio habiendo sido designados por el Senado para formar parte de la embajada que llegó la otra semana.
Lucrecia.—¡Oh! Me aborrece y me desprecia ahora, y es por culpa suya. ¡Ah, Gubetta! ¡Me vengaré de ellos!
Gubetta.—En hora buena; esto es hablar. Habéis abandonado vuestras fantasías de misericordia; ¡alabado sea Dios! Estoy mucho más á mis anchas con Vuestra Alteza cuando es natural, como en este caso. Por lo menos, me reconozco mejor. Entended, señora, que un lago es lo contrario de una isla; una torre, lo contrario de un pozo; un acueducto, lo contrario de un puente, y yo tengo el honor de ser lo contrario de un personaje virtuoso.
Lucrecia.—Genaro está con ellos. Cuidado que le suceda nada.
Gubetta.—Si nos convirtiéramos, vos en buena mujer y yo en hombre de bien, sería cosa monstruosa.
Lucrecia.—Cuida de que no le suceda nada á Genaro, te digo.
Gubetta.—Estad tranquila.
Lucrecia.—¡Quisiera sin embargo verle todavía una vez más!
Gubetta.—¡Vive Dios, señora, Vuestra Alteza le ve todos los días! Habéis ganado á su criado para que determinase á su amo á alojarse ahí, en esa bicoca, frente á frente de vuestro balcón, y desde vuestra ventana enrejada tenéis todos los días el inefable goce de ver entrar y salir al susodicho gentil-hombre.
Lucrecia.—Digo que quisiera hablarle, Gubetta.
Gubetta.—Nada más sencillo. Enviadle á decir por vuestro porta-manto Astolfo, que Vuestra Alteza lo espera hoy á tal hora en palacio.
Lucrecia.—Lo haré, Gubetta; ¿pero querrá venir?
Gubetta.—Retiraos, señora, creo que va á pasar por aquí dentro un momento con los estorninos en cuestión.
Lucrecia.—¿Te toman siempre por el conde de Belverana?
Gubetta.—Me creen español desde los talones hasta las cejas. Soy uno de sus mejores amigos. Les pido dinero á préstamo.
Lucrecia.—¡Dinero! ¿Para qué?
Gubetta.—¡Pardiez! para tenerlo. Por otra parte, nada más provechoso que hacer de mendigo y tirarle de la cola al diablo.
Lucrecia (aparte).—¡Dios mío! ¡Haced que no le suceda nada á mi Genaro!
Gubetta.—Y á propósito, señora; se me ocurre una reflexión.
Lucrecia.—¿Cuál?
Gubetta.—Que es menester que la cola del diablo esté soldada, enclavijada y atornillada en la espalda con extraordinaria solidez para que resista á la innumerable multitud de gentes que tiran de ella perpetuamente.
Lucrecia.—Todo te mueve á risa, Gubetta.
Gubetta.—Es una manía como cualquier otra.
Lucrecia.—Creo que están aquí.—Piensa en todo.
(Entra en palacio por la puertecilla bajo el balcón.)
GUBETTA, solo
¿Quién es ese Genaro? ¿Ó qué diablos quiere hacer ella con él? No sé todos los secretos de la dama ni con mucho, pero éste excita mi curiosidad. Á fe que no ha tenido confianza conmigo esta vez, y no creo vaya á imaginarse que le sirva en esta ocasión; saldrá de la intriga con ese Genaro como pueda. Pero ¡qué extraña manera de amar á un hombre cuando se es hija de Rodrigo Borgia y de la Vanozza, cuando se es una mujer que tiene en las venas sangre de cortesano y sangre de papa! ¡Lucrecia haciéndose platónica! ¡No me sorprendería ya, aun cuando me dijesen que el papa Alejandro Sexto cree en Dios! (Mira á la calle vecina.) Vamos, he aquí á nuestros jóvenes locos del carnaval de Venecia. ¡Bonita idea han tenido de abandonar una tierra neutral y libre para venir aquí después de haber ofendido mortalmente á la duquesa de Ferrara! En su lugar, hubiérame yo abstenido, ciertamente, de formar parte de la cabalgata de los embajadores venecianos. Pero los jóvenes son así. Las fauces del lobo son de todas las cosas sublunares aquella en que de mejor gana se precipitan.
(Entran los jóvenes señores sin ver al principio á Gubetta, que se ha colocado en observación bajo uno de los pilares que sostienen el balcón. Hablan en voz baja y con aire de inquietud.)
GUBETTA.—GENARO, MAFFIO, JEPPO, ASCANIO, APÓSTOLO, OLOFERNO.
Maffio (en voz baja).—Diréis lo que os parezca, señores; pero podía uno dispensarse de venir á Ferrara cuando se ha herido en el corazón á Lucrecia Borgia.
Apóstolo.—¿Qué podíamos hacer? El Senado nos envía aquí. ¿Hay manera acaso de eludir las órdenes del serenísimo senado de Venecia? Una vez designados, menester era partir. No se me oculta, sin embargo, Maffio, que Lucrecia Borgia es una formidable enemiga. Aquí es la dueña.
Jeppo.—¿Qué quieres que nos haga, Apóstolo? ¿No estamos al servicio de la república de Venecia? ¿No formamos parte de la embajada? Tocar á un cabello de nuestra cabeza sería declarar la guerra al Dux, y Ferrara no se indispone así como así con Venecia.
Genaro (meditando en un rincón del teatro, sin mezclarse en la conversación).—¡Oh, madre! ¡madre mía! ¡Quién me dijera lo que podría hacer yo por mi buena madre!
Maffio.—Pueden extenderte en el sepulcro, Jeppo, sin tocar á un cabello de tu cabeza. Hay venenos que resuelven los asuntos de los Borgias sin aparato ni estruendo, mucho mejor que con el hacha y el puñal. Recuerdo cómo Alejandro Sexto ha hecho desaparecer del mundo al Sultán Zizimí, hermano de Bayaceto.
Oloferno.—Y á tantos otros.
Apóstolo.—En cuanto al hermano de Bayaceto, su historia es curiosa y no de las menos siniestras. El papa le persuadió que Carlos de Francia le había envenenado el día que hicieron colación juntos; Zizimí se lo creyó todo y recibió de las bellas manos de Lucrecia Borgia un titulado contra-veneno, que en dos horas despachó al hermano de Bayaceto.
Jeppo.—Parece que ese bravo turco no entendía nada la política.
Maffio.—Sí; los Borgias tienen venenos que matan en un día, ó en un año, á su antojo. Son venenos infames que vuelven mejor el vino y hacen vaciar el frasco con más placer. Os creéis ebrio y estáis muerto. Ó bien un hombre siente de pronto languidez, su piel se arruga, sus ojos se hunden, sus cabellos blanquean, los dientes se rompen como vidrio al contacto del pan; no anda ya, se arrastra; no respira, estertorea; no ríe, no duerme, tirita al sol en pleno mediodía; joven, tiene el aspecto de un anciano; agoniza así algún tiempo, y muere. Muere, y entonces recuerda que hace seis meses ó un año bebió un vaso de vino de Chipre en casa de un Borgia. (Volviéndose.) Ved, señores; he ahí justamente á Montefeltro, á quien conocíais quizás, que es de esta ciudad, y á quien le sucede actualmente lo que digo. Pasa por allí, en el fondo de la plaza. Miradle.
(Vese pasar en el fondo del teatro un hombre con el cabello blanco, flaco, vacilante, cojeando, apoyado en un bastón y embozado en una capa.)
Ascanio.—¡Pobre Montefeltro!
Apóstolo.—¿Qué edad tiene?
Maffio.—Mi edad: veintinueve años.
Oloferno.—Le he visto el año pasado, sonrosado y fresco como vos.
Maffio.—Hace tres meses cenó en casa de nuestro Santísimo Padre el Papa, en su viña de Belvedere.
Ascanio.—¡Esto es horrible!
Maffio.—¡Oh! Se cuentan cosas muy extrañas de esas cenas de los Borgias.
Ascanio.—Son bacanales desenfrenadas, sazonadas con envenenamientos.
Maffio.—Ved, señores, cuán desierta está la plaza á nuestro alrededor. El pueblo no se aventura tan cerca como nosotros del palacio ducal; tiene miedo de que los venenos que se elaboran en él día y noche no transpiren á través de las paredes.
Ascanio.—Señores, bien mirado, los embajadores han obtenido ayer su audiencia del duque. Nuestra misión está casi terminada. El séquito de la embajada se compone de cincuenta caballeros y nuestra desaparición no se notará en este número. Creo que obraríamos cuerdamente en abandonar á Ferrara.
Maffio.—¡Hoy mismo!
Jeppo.—Señores, mañana será tiempo. Estoy invitado á cenar esta noche en casa de la princesa Negroni, de la cual ando perdidamente enamorado, y no quisiera dar á entender que huyo ante la mujer más linda de Ferrara.
Oloferno.—¿Estás invitado á cenar esta noche en casa de la princesa Negroni?
Jeppo.—Sí.
Oloferno.—Pues yo también.
Ascanio.—Y yo también.
Apóstolo.—Y yo también.
Maffio.—Y yo también.
Gubetta (saliendo de la sombra del pilar).—Y yo también, señores.
Jeppo.—¡Toma, he ahí al señor de Belverana! Perfectamente: iremos todos juntos; será una alegre velada. Buenos días, señor de Belverana.
Gubetta.—Largos años os guarde Dios, señores.
Maffio (por lo bajo á Jeppo).—Te voy á parecer muy tímido, Jeppo; pues bien: si quisiérais creerme, no iríamos á esa cena. El palacio Negroni está contiguo al palacio ducal y no tengo gran confianza en la amabilidad de ese señor Belverana.
Jeppo (por lo bajo).—Estáis loco, Maffio. La Negroni es una mujer encantadora; os digo que estoy enamorado de ella, y Belverana es un excelente sujeto. Me he enterado de él y de los suyos. Mi padre estuvo con su padre en el sitio de Granada, en mil cuatrocientos ochenta y tantos.
Maffio.—Eso no prueba que éste sea hijo del padre con quien estaba el vuestro.
Jeppo.—Libre sois de no venir á cenar, Maffio.
Maffio.—Iré, si vais vos, Jeppo.
Jeppo.—¡Viva Júpiter, entonces! Y tú, Genaro, ¿no quieres ser de los nuestros esta noche?
Ascanio.—¿Acaso la Negroni ha dejado de invitarte?
Genaro.—Así es. Le habré parecido á la princesa mediano gentil-hombre.
Maffio (sonriendo).—Entonces, hermano, irás por tu parte á alguna cita amorosa, ¿no es eso?
Jeppo.—Á propósito, cuéntanos algo de lo que te decía Lucrecia la otra noche. Parece que anda loca por ti. Largo debió de hablarte. La libertad del baile era una buena ocasión para ella. Las mujeres no disfrazan su persona más que para desnudar más audazmente su alma. Rostro tapado, corazón desnudo.
(Desde algunos instantes Lucrecia está en el balcón cuya celosía ha entreabierto. Escucha.)
Maffio.—¡Ah! Has venido precisamente á alojarte delante de su balcón. ¡Genaro! ¡Genaro!
Apóstolo.—Lo cual no deja de ser algo peligroso, camarada, pues se dice que este digno duque de Ferrara anda muy celoso de su señora esposa.
Oloferno.—Vamos, Genaro, cuéntanos á qué alturas te encuentras en tus amoríos con Lucrecia Borgia.
Genaro.—Señores, si volvéis á hablarme de esa horrible mujer, habrá espadas que saldrán á relucir al sol.
Lucrecia (en el balcón, aparte).—¡Ay!
Maffio.—Es pura broma, Genaro. Pero me parece que bien se te puede hablar de esa dama, puesto que llevas sus colores.
Genaro.—¿Qué quieres decir?
Maffio (mostrándole la banda que lleva).—Esta banda.
Jeppo.—Son, en efecto, los colores de Lucrecia Borgia.
Genaro.—Fiametta es quien me la ha enviado.
Maffio.—Así lo crees tú. Lucrecia te lo ha enviado á decir; pero Lucrecia en persona es la que ha bordado la banda con sus propias manos para ti.
Genaro.—¿Estás seguro de ello, Maffio? ¿Por quién lo sabes?
Maffio.—Por tu criado, que te entregó la banda, y á quien ella sobornó.
Genaro.—¡Condenación!
(Arráncase la banda, la destroza y la pisotea.)
Lucrecia (aparte).—¡Ay!
(Cierra la celosía y se retira.)
Maffio.—Es una mujer hermosa, con todo.
Jeppo.—Sí, pero hay algo de siniestro impreso en su belleza.
Maffio.—Es un ducado de oro con la efigie de Satanás.
Maffio.—¿Qué diablos hace?
Genaro.—¡Oh! ¡Maldita sea esa Lucrecia Borgia! ¡Decís que esa mujer me ama! Pues bien: tanto mejor; sea este su castigo: ¡me horroriza! ¡Sí, me horroriza! Ya lo sabes, Maffio, siempre ha sido así; no hay manera de ser indiferente hacia una mujer que nos ama. Hay que amarla ó aborrecerla. ¿Y cómo amar á esa? Sucede que, cuando más perseguido se ve uno por el amor de esas mujeres, más las aborrece. Esta me persigue, me embiste, me tiene sitiado. ¿Por qué he podido merecer yo el amor de una Lucrecia Borgia? ¿No es eso acaso una vergüenza y una calamidad? Desde aquella noche en que de tan ruidosa manera me habéis dicho su nombre, no podéis creer hasta qué punto me es odioso el pensamiento de esa mujer malvada. En otro tiempo no veía yo á Lucrecia más que de lejos, á través de mil intervalos, como un fantasma terrible de pie sobre Italia, como el espectro de todo el mundo. Ahora este espectro es el mío, viene á sentarse á mi cabecera; me ama y quiere acostarse en mi lecho. ¡Por mi madre, esto es espantoso! ¡Ah, Maffio, ha matado al señor de Gravina, ha matado á tu hermano! Pues bien, ¡yo reemplazaré á tu hermano para contigo, y yo le vengaré para con ella!—¡He ahí, pues, su execrable palacio! ¡Palacio de la lujuria, palacio de la traición, palacio del asesinato, palacio del adulterio, palacio del incesto, palacio de todos los crímenes, palacio de Lucrecia Borgia! ¡Oh! el sello de infamia que no puedo poner sobre la frente de esa mujer, ¡quiero ponerle al menos en la fachada de su palacio!
(Sube sobre el banco de piedra que está debajo del balcón, y con su puñal hace saltar la primera letra del nombre de Borgia grabado en el muro, de manera que no queda más que la palabra: ORGIA.)
Maffio.—¿Qué diablos hace?
Jeppo.—Genaro, esta letra de menos en el nombre de Lucrecia, es tu cabeza de menos sobre tus espaldas.
Gubetta.—Señor Genaro, he aquí un retruécano que someterá mañana á media ciudad al tormento.
Genaro.—Si buscan al culpable, yo me presentaré.
Gubetta (aparte).—¡Me alegraría, pardiez! ¡Eso pondría en grande apuro á Lucrecia!
(Desde algunos instantes, dos hombres vestidos de negro se pasean por la plaza. Observan.)
Maffio.—Señores, he aquí unos individuos de mala catadura que nos miran algo curiosamente. Creo que será juicioso separarnos. No hagas nuevas locuras, hermano Genaro.
Genaro.—Anda tranquilo, Maffio. ¿Tu mano? Señores, divertíos mucho esta noche.
(Entra en su casa; los otros se dispersan.)
LOS DOS HOMBRES, vestidos de negro
Hombre 1.º—¿Qué diablos haces tú por ahí, Rustighello?
Hombre 2.º—Espero á que te largues, Astolfo.
Hombre 1.º—¿De veras?
Hombre 2.º—¿Y tú, qué haces ahí, Astolfo?
Hombre 1.º—Espero á que te largues, Rustighello.
Hombre 2.º—¿Con quién tienes que ver, Astolfo?
Hombre 1.º—Con el hombre que acaba de entrar ahí. ¿Y tú, con quién te las tienes?
Hombre 2.º—Con el mismo.
Hombre 1.º—¡Diablo!
Hombre 2.º—¿Qué piensas hacer con él?
Hombre 1.º—Llevárselo á la duquesa. ¿Y tú?
Hombre 2.º—Quiero llevárselo al duque.
Hombre 1.º—¡Diantre!
Hombre 2.º—¿Qué le espera en casa la duquesa?
Hombre 1.º—El amor sin duda. ¿Y en casa el duque?
Hombre 2.º—Probablemente la horca.
Hombre 1.º—¿Cómo componérnoslas? No debe hallarse á la vez en casa del duque y de la duquesa, amante feliz y ahorcado.
Hombre 2.º—Ahí va un ducado. Juguemos á cara ó cruz quien de nosotros se llevará el hombre.
Hombre 1.º—Lo dicho.
Hombre 2.º—Á fe mía, si pierdo le diré buenamente al duque que el pájaro había volado. ¿Qué me importan á mí los negocios del duque?
(Echa su ducado al aire.)
Hombre 1.º—Cruz.
Hombre 2.º (mirando á tierra).—Es cara.
Hombre 1.º—El hombre será ahorcado. Tómale. Adiós.
Hombre 2.º—Buenas noches.
(Cuando ha desaparecido el otro, abre la puerta baja que está cabe el balcón, entra y reaparece un momento después acompañado de cuatro esbirros, con los cuales va á llamar á la puerta de la casa donde ha entrado Genaro. Cae el telón.)