LA PAREJA
PARTE PRIMERA
Una sala del palacio ducal de Ferrara. Tapices de cuero de Hungría incrustados de arabescos de oro. Mobiliario magnífico, según el gusto de fines del siglo XV en Italia. El sillón ducal de terciopelo rojo, bordado con las armas de la casa de Este. Al lado, una mesa cubierta de terciopelo rojo. En el fondo, una gran puerta. Á la derecha una puertecilla, y á la izquierda otra secreta. Detrás de ésta se ve, en un compartimento practicado en el teatro, el principio de una escalera en espiral que se hunde en el suelo y está iluminada por una larga y estrecha ventana enrejada.
PERSONAJES
D. ALFONSO DE ESTE, con traje de colores magnífico; RUSTIGHELLO, vestido con los mismos colores, pero de tela más sencilla
Rustighello.—Monseñor, quedan ejecutadas vuestras primeras órdenes. Espero otras.
Alfonso.—Toma esta llave y vé á la galería de Numa. Cuenta todos los entrepaños de la ensambladura, comenzando en la grande figura pintada, que está cerca de la puerta y representa á Hércules, hijo de Júpiter, uno de mis antepasados. Cuando llegues al vigésimo tercero, verás una pequeña abertura, oculta en las fauces de una serpiente dorada, que es una serpiente de Milon. Mandó hacer el tal entrepaño Ludovico el Moro. Introduce la llave en esta abertura y aquel girará sobre sus goznes como una puerta. En el armario secreto que recubre verás, sobre una bandeja de cristal, un frasco de oro y otro de plata con dos copas esmaltadas. En el frasco de plata hay agua pura. En el frasco de oro hay vino preparado. Llevarás la bandeja, sin tocar á nada, al gabinete contiguo á esta cámara, Rustighello; y si nunca has oído á aquellos cuyos dientes castañeteaban de terror, hablar del famoso veneno de los Borgias, que en polvo es blanco y centelleante como polvo de mármol de Carrara, y que, mezclado con el vino, cambia el de Romorantino en vino de Siracusa, te guardarás bien de tocar al frasco.
Rustighello.—¿Es esto todo, monseñor?
Alfonso.—No; tomarás tu mejor espada, te estarás en el gabinete, de pie, detrás de la puerta, de manera que oigas cuanto aquí se diga y para que puedas entrar á la primera señal que te haga con esta campanilla de plata, cuyo sonido conoces. (Muestra una campanilla sobre la mesa.) Si digo sencillamente: ¡Rustighello! entrarás con la bandeja. Si toco la campanilla, entrarás con la espada.
Rustighello.—Basta, monseñor.
Alfonso.—Tendrás la espada desnuda en la mano, á fin de no tomarte la molestia de desenvainarla.
Rustighello.—Bien.
Alfonso.—Rustighello, toma dos espadas. Una podría romperse. Anda.
(Rustighello sale por la puertecilla.)
Un hujier (entrando por la puerta del fondo).—Nuestra señora la duquesa desea hablar á nuestro señor el duque.
Alfonso.—Haced entrar á mi señora.
ALFONSO y LUCRECIA
Lucrecia (entrando con impetuosidad).—Señor, señor, esto es indigno, esto es odioso, esto es infame. Algún hombre del pueblo, ¿sabéis eso, don Alfonso? acaba de mutilar el nombre de vuestra esposa, grabado debajo de mis armas de familia, en la fachada de vuestro propio palacio. La cosa se ha hecho en pleno día, públicamente, ¿por quién? lo ignoro, pero es harto injurioso y temerario. Se ha hecho de mi nombre un padrón de ignominia, y vuestro populacho de Ferrara, que es, á no dudarlo, el más infame de toda Italia, monseñor, está allí mofándose alrededor de mi blasón como si fuera una picota. ¿Os imagináis acaso, don Alfonso, que me resigno á esto y que no preferiría mil veces más morir de una puñalada, más bien que de la picadura envenenada del sarcasmo y de la befa? ¡Pardiez, señor, que me tratan extrañamente en vuestro señorío de Ferrara! Esto empieza á cansarme, y os encuentro demasiado tranquilo, mientras arrastran por los arroyos de vuestra ciudad la reputación de vuestra esposa, despedazada por la injuria y la calumnia. Me es menester una reparación ruidosa de esto, os lo prevengo, señor duque. Preparaos á hacer justicia porque es un acontecimiento grave el que acaba de acaecer ¿sabéis? ¿Creeríais acaso que no tengo en nada la estimación de nadie en el mundo y que mi marido puede dispensarse de ser mi caballero? No, no, monseñor; quien se casa, protege; quien da la mano, da el brazo. Cuento con ello. Cada día recibo una nueva injuria y nunca veo que os alteréis. ¿Acaso ese cieno de que me cubren no os salpica, don Alfonso? ¡Vaya, por mi alma, enfadaos un poco, que os vea una vez en la vida enojaros por mí, señor! Que estáis enamorado de mí, me decís algunas veces; estadlo, pues, de mi gloria; que estáis celoso, estadlo de mi reputación. Si he doblado con mi dote vuestros dominios hereditarios; si os he traído en matrimonio, no solamente la Rosa de oro y la bendición del Padre Santo sino lo que ocupa más lugar en la superficie del globo, Siena, Rímini, Cesena, Spoletto y Piombino, y más ciudades que castillos tenéis, y más ducados que baronías teníais; si he hecho de vos el más poderoso caballero de Italia, no es esto una razón para que dejéis que vuestro pueblo me escarnezca, me denigre y me insulte; para que dejéis á vuestra Ferrara señalar con el dedo á toda Europa á vuestra mujer, más despreciada y más bajamente puesta que la sirvienta de los criados de vuestros palafreneros; no es una razón, digo, para que vuestros vasallos no puedan verme pasar entre ellos sin decir: «¡Anda! ¡Esa mujer!...» Pues bien: os lo declaro, señor; quiero que el crimen de hoy sea perseguido y ejemplarmente castigado, ó bien me quejaré al papa, me quejaré al de Valentinois, que está en Forli con quince mil hombres de guerra; ved ahora si vale esto la pena de que os levantéis de vuestro sillón.
Alfonso.—Señora, el crimen de que os quejáis me es conocido.
Lucrecia.—¡Cómo, señor! ¡Os es conocido el crimen y no está descubierto todavía el criminal!
Alfonso.—El criminal está descubierto.
Lucrecia.—¡Vive Dios! Si está descubierto ¿cómo es que no está ya detenido?
Alfonso.—Está detenido, señora.
Lucrecia.—Por mi alma, si está detenido, ¿por qué motivo no está todavía castigado?
Alfonso.—Lo estará. He querido antes saber vuestra opinión sobre el castigo.
Lucrecia.—Habéis hecho bien, monseñor. ¿Dónde está?
Alfonso.—Aquí.
Lucrecia.—¡Ah! ¡aquí! He de hacer un ejemplar, ¿entendéis, señor? Esto es un crimen de lesa majestad, y esos crímenes hacen caer siempre la cabeza que los concibe y la mano que los ejecuta. ¿Conque está aquí? Quiero verle.
Alfonso.—Es fácil. (Llamando.) ¡Bautista!
(El hujier reaparece.)
Lucrecia.—Una palabra aún, señor, antes de que el culpable sea introducido. Quien quiera que fuere ese hombre, aunque fuese de nuestra ciudad, aunque fuese de nuestra casa, don Alfonso, dadme vuestra palabra de duque coronado de que no saldrá vivo de aquí.
Alfonso.—Os la doy. Os la doy, ¿lo entendéis bien, señora?
Lucrecia.—Bien está; sin duda que lo entiendo. Traedle ahora; quiero interrogarle yo misma. ¡Dios mío! ¿qué habré hecho yo á esa gente de Ferrara para que me persiga de este modo?
Alfonso (al hujier).—Haced entrar al preso.
(Ábrese la puerta del fondo. Vese aparecer á Genaro desarmado entre dos partesaneros. En el mismo momento se ve á Rustighello subir la escalera en el pequeño compartimiento de la izquierda, detrás de la puerta secreta; lleva en la mano una bandeja en la cual hay un frasco dorado, otro plateado y dos copas. Pone la bandeja en el alféizar de la ventana, saca su espada y se coloca detrás de la puerta.)
Los mismos, GENARO
Lucrecia (aparte).—¡Genaro!
Alfonso (aproximándose á ella, bajo y con una sonrisa).—¿Conocíais acaso á ese hombre?
Lucrecia (aparte).—¡Es Genaro! ¡Qué fatalidad, Dios mío!
(Le mira con angustia; él aparta la vista.)
Genaro.—Señor duque, soy un simple capitán y os hablo con el respeto que conviene. Vuestra Alteza me ha hecho prender en mi alojamiento esta mañana: ¿qué me queréis?
Alfonso.—Señor capitán, se ha cometido esta mañana un crimen de lesa majestad frente á frente de la casa que habitáis. El nombre de nuestra bien amada esposa y prima doña Lucrecia Borgia ha sido insolentemente mutilado en la fachada de nuestro palacio ducal. Buscamos al culpable.
Lucrecia.—No es él; hay un error, don Alfonso. No es ese joven.
Alfonso.—¿Cómo lo sabéis?
Lucrecia.—Estoy segura de ello. Este joven es de Venecia y no de Ferrara. Así...
Alfonso.—¿Y qué prueba eso?
Lucrecia.—El hecho ha ocurrido esta mañana y yo sé que él ha pasado aquellas horas en casa de una joven llamada Fiametta.
Genaro.—No, señora.
Alfonso.—Ya ve Vuestra Alteza que ha sido mal informada. Dejadme que le interrogue. Capitán Genaro, ¿sois vos quien ha cometido el crimen?
Lucrecia (desesperada).—¡Me ahogo aquí! ¡Aire! ¡aire! ¡tengo necesidad de respirar un poco! (Se dirige á una ventana, y pasando al lado de Genaro le dice en voz baja y rápidamente): Dí que no eres tú.
Alfonso (aparte).—Le ha hablado en voz baja.
Genaro.—Duque Alfonso, los pescadores de Calabria que me criaron y que me han templado muy joven en el mar para hacerme fuerte y atrevido, me han enseñado esta máxima con la cual se puede arriesgar á menudo la vida, nunca el honor: «Haz lo que dices, dí lo que haces.» Duque Alfonso, yo soy el hombre á quien buscáis.
Alfonso (volviéndose á Lucrecia).—Tenéis mi palabra de duque coronado, señora.
Lucrecia.—Tengo que deciros dos palabras en particular, monseñor.
(El duque hace seña al hujier y á los guardias de retirarse con el prisionero á la sala contigua).
LUCRECIA, ALFONSO
Alfonso.—¿Qué me queréis, señora?
Lucrecia.—Lo que yo os quiero, don Alfonso, es que no quiero que ese joven muera.
Alfonso.—Hace apenas un instante habéis venido á mi encuentro como la tempestad, irritada y llorosa; os habéis quejado de un ultraje que se os había inferido; habéis reclamado con injurias y gritos la cabeza del culpable; me habéis pedido mi palabra ducal de que no saldría vivo de aquí; os la he lealmente concedido, ¡y ahora no queréis que muera! ¡Por Cristo, señora, que esto es extraño!
Lucrecia.—No quiero que ese joven muera, señor duque.
Alfonso.—Señora, los caballeros tan probados como yo no tienen costumbre de dejar su fe en prenda. Tenéis mi palabra y es menester que la retire. He jurado que el culpable moriría y morirá. Por mi alma, que podéis escoger vos misma el género de muerte.
Lucrecia (con aire risueño y lleno de dulzura).—Don Alfonso, don Alfonso, en verdad que no hacemos más que decir locuras vos y yo. Es cierto que soy una mujer caprichosa; mi padre me ha consentido demasiado ¡qué queréis! Desde mi infancia se ha obedecido á todos mis caprichos. Lo que yo quería hace un cuarto de hora, no lo quiero ya en este momento. Ya sabéis, don Alfonso, que siempre he sido así. Vamos, sentaos ahí, cerca de mí, y hablemos un poco, tierna y cordialmente, como marido y mujer, como dos buenos amigos.
Alfonso (tomando por su parte cierto aire de galantería).—Doña Lucrecia, sois mi señora y me considero harto dichoso con que os plazca tenerme un momento á vuestros pies.
(Siéntase cerca de ella.)
Lucrecia.—¡Qué bueno es entenderse! ¿Sabéis, Alfonso, que os amo como el primer día de mi matrimonio, aquel día en que hicisteis tan deslumbradora entrada en Roma, entre el señor de Valentinois, mi hermano, y el señor cardenal Hipólito de Este, que lo es vuestro? Yo estaba en el balcón de las gradas de San Pedro. ¡Recuerdo aún vuestro hermoso caballo blanco cargado de guarniciones de oro y el noble aspecto de rey que teníais!
Alfonso.—Erais también muy bella vos, señora, y aparecíais bien resplandeciente bajo vuestro dosel de brocado de plata.
Lucrecia.—¡Oh, no me habléis de mí, monseñor, cuando os hablo de vos! Cierto que todas las princesas de Europa me envidian el haberme casado con el mejor caballero de la Cristiandad. Y yo os amo verdaderamente, como si tuviese diez y ocho años. ¿Sabéis que os amo, no es verdad, Alfonso? ¿No lo habéis dudado nunca, á lo menos? Soy fría algunas veces, y distraída; esto proviene de mi carácter y no de mi corazón. Escuchad, Alfonso: si Vuestra Alteza me riñese por ello suavemente, yo me corregiría bien pronto. ¡Qué cosa tan buena es amarnos como lo hacemos! ¡Dadme vuestra mano, dadme un beso, don Alfonso! Á la verdad, pienso ahora en ello, es muy ridículo que un príncipe y una princesa como vos y yo, que están sentados uno al lado de otro en el más bello trono ducal que haya en el mundo, y que se aman, hayan estado á punto de disputar por un miserable capitanete aventurero veneciano. Dad orden para arrojar de aquí á ese hombre y no hablemos más de ello. Que vaya donde le plazca ese pícaro ¿no es verdad, Alfonso? El león y la leona no van á irritarse por un pulgón. ¿Sabéis, monseñor, que si la corona ducal fuese otorgada en certamen al más hermoso caballero de vuestro ducado de Ferrara, seríais vos, también, quien la tendría? Esperad á que vaya á decirle á Bautista de parte vuestra que se ha de expulsar cuanto antes de Ferrara á ese Genaro.
Alfonso.—No corre prisa.
Lucrecia (con aire juguetón).—Quisiera no tener que pensar más en el asunto. Vamos, monseñor, dejadme terminar esta cuestión á mi manera.
Alfonso.—Es menester que termine según la mía.
Lucrecia.—Pero, en fin, Alfonso mío, ¿no tenéis razón alguna para querer la muerte de ese hombre?
Alfonso.—¿Y la palabra que os he dado? El juramento de un rey es sagrado.
Lucrecia.—Esto es bueno para decírselo al pueblo. Pero de vos á mí, Alfonso, ya sabemos lo que es eso. El Padre Santo había prometido á Carlos VIII de Francia la vida de Zizimí, y Su Santidad no por eso dejó de matar á Zizimí. El señor de Valentinois se había constituído bajo palabra en rehenes del mismo niño Carlos VIII, y el señor de Valentinois no por eso dejó de evadirse del campo francés así que pudo. Vos mismo habíais prometido á los Petrucci devolverles Siena. No lo habéis hecho ni debido hacer. ¡Eh! La historia de los países está llena de estas cosas. Ni reyes ni naciones podrían vivir un día con la rigidez de los juramentos que se guardaran. Entre nosotros, Alfonso, una palabra jurada no es una necesidad sino cuando no se presenta otra.
Alfonso.—Sin embargo, doña Lucrecia, un juramento...
Lucrecia.—No me deis esas malas razones. No soy ninguna tonta. Decidme más bien, mi caro Alfonso, si tenéis algún motivo de queja contra ese Genaro. ¿No? Pues bien, concededme su vida. Bien me habéis concedido su muerte. ¿Qué os importa que me plazca perdonarle? Yo soy la ofendida.
Alfonso.—Justamente porque os ha ofendido, amor mío, no quiero concederle mi perdón.
Lucrecia.—Si me amáis, Alfonso, no os opondréis por más tiempo á mis deseos. ¿Y si me place ensayarme en la clemencia? Es un medio para hacerme querer de vuestro pueblo. Quiero que vuestro pueblo me ame. La misericordia, Alfonso, hace asemejar un rey á Jesucristo. Seamos soberanos misericordiosos. Esta pobre Italia tiene bastantes tiranos sin nosotros, desde el barón, vicario del Papa, hasta el Papa, vicario de Dios. Acabemos con esto, querido Alfonso. Poned á ese Genaro en libertad. Es un capricho, si queréis; pero algo tiene de sagrado y de augusto el capricho de una mujer cuando salva la cabeza de un hombre.
Alfonso.—No puedo, querida Lucrecia.
Lucrecia.—¿No podéis? Pero en fin, ¿por qué no podéis concederme una cosa tan insignificante como la vida de ese capitán?
Alfonso.—¿Me preguntáis por qué, amor mío?
Lucrecia.—Sí; ¿por qué?
Alfonso.—Porque ese capitán es vuestro amante, señora.
Lucrecia.—¡Cielos!
Alfonso.—¡Porque le habéis ido á buscar á Venecia! ¡Porque le iríais á buscar al infierno! ¡Porque os he seguido mientras le seguíais! ¡Porque os he visto, enmascarada y palpitante, correr tras él como la loba en pos de su presa! ¡Porque ahora mismo le cubríais con una mirada llena de lágrimas y de fuego! ¡Porque os habéis prostituído á él, sin duda alguna, señora! ¡Porque hay ya bastante vergüenza é infamia y adulterio en todo eso! ¡Porque es tiempo de que vengue mi honor y haga correr alrededor de mi lecho un río de sangre, entendedlo bien, señora!
Lucrecia.—Don Alfonso...
Alfonso.—¡Callad! ¡Velad por vuestros amantes desde ahora, Lucrecia! Poned en la puerta por donde se entra á vuestra cámara nocturna al hujier que queráis; pero en la puerta por donde se sale habrá ahora un portero de mi elección, el verdugo.
Lucrecia.—Monseñor, os juro...
Alfonso.—No juréis. Eso de los juramentos es bueno para el pueblo. No me deis tan malas razones.
Lucrecia.—Si supiérais...
Alfonso.—¡Ved, señora, que aborrezco á toda vuestra abominable familia de los Borgias, y vos la primera, á quien tan locamente he amado! Es menester que os lo diga; es una cosa vergonzosa, sorprendente é inaudita ver aliadas en nuestras dos personas la casa de Este, que vale más que la de Valois y la casa de Tudor, la casa de Este, digo, y la familia Borgia, que ni siquiera se llama Borgia, que se llama Lenzuoli, ó Lenzolio, ¡qué sé yo! ¡Cáusame horror vuestro hermano César, que ha matado á su hermano Juan! ¡Me inspira horror vuestra madre Rosa Vanozza, la vieja ramera, que escandaliza á Roma después de haber escandalizado á Valencia! Y en cuanto á vuestros pretendidos sobrinos los duques de Sermoneto y de Nepi... ¡buenos duques son á fe mía! ¡duques de ayer! ¡duques hechos con ducados robados! Dejadme acabar. Me causa horror vuestro padre, que es papa, y tiene un serrallo de mujeres como el Gran Turco Bayaceto; vuestro padre, que es el Anti-Cristo; vuestro padre, que llena el presidio de personas ilustres y el sacro colegio de bandidos, de tal suerte, que viendo vestidos de rojo á galeotes y cardenales, se pregunta uno quiénes son los unos y quiénes los otros. Idos, ahora.
Lucrecia.—¡Monseñor! ¡monseñor! os pido de rodillas y con las manos juntas, por Jesús y María, por vuestro padre y vuestra madre, monseñor, os pido la vida de ese capitán.
Alfonso.—¡En esto pára el amor! Podréis hacer de su cadáver lo que os plazca, señora, y quiero que sea esto antes de haber pasado una hora.
Lucrecia.—¡Perdón para Genaro!
Alfonso.—Si pudiéseis leer la firme resolución que tengo formada en mi ánimo, me hablaríais de ello como si estuviese ya muerto.
Lucrecia (levantándose).—¡Ah! ¡Tened cuidado, don Alfonso de Ferrara, mi cuarto marido!
Alfonso.—¡Oh, no os hagáis la terrible, señora! En mi alma no os temo. Sé vuestras costumbres. ¡No me dejaré envenenar como vuestro primer esposo, aquel pobre caballero español, cuyo nombre no sé, ni vos tampoco! ¡No me dejaré echar como vuestro segundo marido Juan Sforza, señor de Pésaro, ese imbécil! ¡No me dejaré matar á golpes de pica, en no importa qué escalera, como el tercero, don Alfonso de Aragón, débil niño, cuya sangre ha manchado las losas de otra suerte que si fuese agua pura! ¡Ah, no reza eso conmigo! Yo soy hombre, señora, y el nombre de Hércules se lleva á menudo en mi familia. ¡Vive el cielo! tengo llena de soldados mi ciudad y mi señorío, y yo mismo lo soy y no he vendido aún, como ese pobre rey de Nápoles, mis buenos cañones al papa, vuestro santo padre.
Lucrecia.—Os arrepentiréis de esas palabras, señor. Olvidáis que soy...
Alfonso.—Sé muy bien quién sois, pero sé muy bien dónde os halláis. Sois la hija del papa, pero no estáis en Roma, y sois la gobernadora de Spoletto, pero no estáis en Spoletto; sois la mujer, la vasalla y la sierva de Alfonso, duque de Ferrara, y estáis en Ferrara. (Lucrecia, pálida de terror y de cólera, mira fijamente al duque y retrocede lentamente ante él, hasta un sillón donde viene á caer como desfallecida.) ¡Ah! Eso os sorprende, tenéis miedo de mí, señora. Hasta ahora he sido yo quien ha tenido miedo de vos, y entiendo que no será así de hoy en adelante. Para empezar, he aquí al primero de vuestros amantes cogido y condenado á muerte.
Lucrecia (con voz débil).—Razonemos un poco, don Alfonso. Si este hombre es el mismo que ha cometido para conmigo el crimen de lesa majestad, no puede ser al mismo tiempo mi amante...
Alfonso.—¿Por qué no? ¡En un acceso de despecho, de cólera, de celos! Porque puede estar celoso él, también. Por otra parte ¿yo qué sé? Quiero que este hombre muera. Es mi voluntad. Este palacio está lleno de soldados que me son leales y no conocen á nadie más que á mí. No puede escapar. Nada impediréis, señora. He dejado á Vuestra Alteza la elección del género de muerte. Decidid.
Lucrecia (retorciéndose las manos).—¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío!
Alfonso.—¿No respondéis? Voy á ordenar que le maten en la antecámara á estocadas.
(Se dispone á salir; Lucrecia le coge por el brazo.)
Lucrecia.—¡Deteneos!
Alfonso.—¿Preferís servirle vos misma un vaso de vino de Siracusa?
Lucrecia.—¡Genaro!
Alfonso.—Es menester que muera.
Lucrecia.—No á estocadas.
Alfonso.—Poco me importa la manera. ¿Qué elegís?
Lucrecia.—Lo otro.
Alfonso.—¿Tendréis cuidado de no equivocaros y de darle vos misma el contenido del frasco de oro que sabéis? Por lo demás, yo estaré allí. No os figuréis que vaya á dejaros.
Lucrecia.—Haré lo que queráis.
Alfonso.—¡Bautista! (El hujier reaparece.) Traed al preso.
Lucrecia.—Sois un hombre terrible, monseñor.
Los mismos, GENARO, los guardias
Alfonso.—¿Qué es lo que he oído decir, señor Genaro? ¿Que lo que habéis hecho esta mañana sólo ha sido por aturdimiento y bravata, y sin mala intención; que la señora duquesa os perdona, y que por otra parte sois un valiente? Por mi madre, si es así, podéis volveros sano y salvo á Venecia. Á Dios no plazca que prive yo á la magnífica república de Venecia de un buen servidor, y á la cristiandad de un brazo fiel que lleva una fiel espada cuando hay allende las aguas de Chipre y de Candía idólatras y sarracenos.
Genaro.—Enhorabuena, monseñor. No me esperaba, lo confieso, este desenlace. Pero doy las gracias á Vuestra Alteza. La clemencia es una virtud de raza real, y Dios perdonará allá arriba al que perdona aquí abajo.
Alfonso.—Capitán, ¿es buen servicio el de la república? ¿Cuánto ganáis un año con otro?
Genaro.—Tengo una compañía de cincuenta lanzas, monseñor, que pago y visto. La serenísima república, sin contar los gajes y las presas, me da dos mil cequíes de oro por año.
Alfonso.—¿Y si yo os ofreciese cuatro mil, me serviríais á mí?
Genaro.—No podría. Debo servir aún cinco años á la república. Estoy ligado.
Alfonso.—¿Cómo ligado?
Genaro.—Por juramento.
Alfonso (bajo á Lucrecia).—Parece que esa gente cumple los suyos, señora. (Alto.) No hablemos más de ello, señor Genaro.
Genaro.—No he cometido ninguna cobardía para salvar la vida, pero puesto que Vuestra Alteza me la deja, he aquí lo que puedo decir ahora. Vuestra Alteza se acordará de que en el asalto de Faenza, hace dos años, monseñor el duque Hércules de Este, vuestro padre, corrió gran peligro de perecer á manos de dos arcabuceros del Valentinois que iban á matarle. Un soldado aventurero le salvó la vida.
Alfonso.—Sí, y nunca se ha podido encontrar á ese soldado.
Genaro.—Era yo.
Alfonso.—Pardiez, capitán, esto merece recompensa. ¿No aceptaríais por acaso esta bolsa llena de cequíes de oro?
Genaro.—Hacemos juramento cuando entramos al servicio de la república de no recibir dinero alguno de los soberanos extranjeros. Con todo, si Vuestra Alteza me lo permite, tomaré esta bolsa y la distribuiré en mi nombre á los bravos soldados que veo aquí.
(Muestra los guardias.)
Alfonso.—Hacedlo. (Genaro toma la bolsa.) Pero, entonces, beberéis conmigo, siguiendo la misma costumbre que mis antepasados, á fuer de buenos amigos como somos, un vaso de mi vino de Siracusa.
Genaro.—De muy buena gana, señor.
Alfonso.—Y para honrar á quien ha salvado nada menos que á mi padre, quiero que sea la señora duquesa en persona quien os escancie el vino. (Genaro se inclina y se vuelve para ir á distribuir el dinero á los soldados en el fondo del teatro. El duque llama): ¡Rustighello! (Rustighello aparece con la bandeja.) Pon la bandeja ahí, sobre esa mesa. Bien. (Cogiendo á Lucrecia por la mano.) Señora, escuchad lo que voy á decirle á ese hombre. Rustighello, vuelve á colocarte detrás de esa puerta con tu espada desnuda en la mano; si oyes el sonido de esta campanilla, entrarás. Anda. (Rustighello sale, y se ve cómo vuelve á colocarse detrás de la puerta.) Señora, le echaréis vos misma de beber al joven, y tendréis cuidado de escanciarle lo que hay en el frasco de oro.
D. Alfonso (aparte).—Ya está...
Lucrecia (pálida, con voz débil).—Si supiéseis lo que hacéis en este momento, y cuán horrible cosa es, os estremeceríais, por desnaturalizado que seáis, monseñor.
Alfonso.—Tened cuidado con no equivocar el frasco. Vamos, capitán.
(Genaro, que ha terminado su distribución del dinero, vuelve al proscenio. El duque se sirve de beber en una de las dos copas esmaltadas con el frasco de plata, y toma la suya, llevándola á sus labios.)
Genaro.—Estoy confuso con tantas bondades, señor.
Alfonso.—Señora, escanciadle vino al señor Genaro. ¿Qué edad tenéis, capitán?
Genaro (tomando la otra copa y presentándola á la duquesa).—Veinte años.
Alfonso (bajo, á la duquesa, que trata de coger el frasco de plata).—El frasco de oro, señora. (Lucrecia le toma temblando.) ¡Bravo! ¿Y andaréis enamorado?...
Genaro.—¿Quién no lo está un poco, monseñor?
Alfonso.—¿Sabéis, señora, que hubiera sido una crueldad privar al capitán de la vida, del amor, del sol de Italia, de las ilusiones de los veinte años, de su gloriosa carrera de soldado y de aventurero por la cual han empezado todas las casas reales, de las fiestas, de los bailes de máscaras, de los alegres carnavales de Venecia donde se engaña á tantos maridos, y de las hermosas mujeres que ese joven puede amar y que deben amarle? ¿No es verdad, señora? Dad de beber al capitán. (Por lo bajo.) Si vaciláis, hago entrar á Rustighello.
Genaro.—Os doy gracias, monseñor, por dejarme vivir para mi pobre madre.
Lucrecia (aparte).—¡Oh, qué horror!
Alfonso (bebiendo).—¡Á vuestra salud, capitán Genaro; que viváis muchos años!
Genaro.—¡Monseñor, Dios os conserve!
(Bebe.)
Lucrecia (aparte).—¡Cielos!
Alfonso (aparte).—Ya está. (Alto.) Y con esto, os dejo, capitán. Partiréis para Venecia cuando queráis. (Bajo, á Lucrecia.) Dadme las gracias, señora, os dejo á solas con él. Debéis tener que despediros. Vivid con él, si así os parece, su último cuarto de hora.
LUCRECIA, GENARO
(Vese siempre en el compartimiento á Rustighello, inmóvil detrás de la puerta secreta.)
Lucrecia.—¡Genaro! ¡Estáis envenenado!
Genaro.—¡Envenenado, señora!
Lucrecia.—¡Envenenado!
Genaro.—Habría debido conocerlo, habiéndome escanciado vos el vino.
Lucrecia.—¡Oh, no me agobiéis, Genaro! No me quitéis las pocas fuerzas que me quedan, de las cuales tengo necesidad aún por algunos instantes. Oídme: el duque está celoso de vos; el duque os cree mi amante, y no me ha dejado otra alternativa que la de veros dar de puñaladas delante de mí por Rustighello ó daros yo misma el veneno. Un veneno terrible, Genaro, un veneno cuyo solo nombre hace palidecer á todo italiano que sabe la historia de los últimos veinte años.
Genaro.—Sí, los venenos de los Borgias.
Lucrecia.—De él habéis bebido. Nadie en el mundo conoce el antídoto de esta composición terrible, nadie, excepto el papa, el señor de Valentinois y yo. Tomad, ved esta redomilla que llevo oculta siempre en mi seno. Esta redomilla, Genaro, es la vida, es la salud, es la salvación. Una sola gota en vuestros labios y estáis salvado.
(Quiere aproximar la redoma á los labios de Genaro, que retrocede.)
Genaro (mirándola fijamente).—Señora, ¿quién me dice que no sea ese el veneno?
Lucrecia (cayendo aniquilada en el sillón).—¡Dios mío! ¡Dios mío!
Genaro.—¿No os llamáis Lucrecia Borgia? ¿Creéis que no me acuerdo del hermano de Bayaceto? Sí; sé un poco de historia... Hiciéronle creer, á él también, que estaba envenenado por Carlos VIII y se le dió un antídoto del cual murió. Y la mano que le presentó el antídoto es la que tiene ahora esa redoma. ¡Y la boca que le dijo que bebiera, hela aquí, me habla!
Lucrecia.—¡Miserable de mí!
Genaro.—Oíd, señora, no me engañan vuestras apariencias de amor. Abrigáis algún siniestro designio sobre mí. Esto se ve. Debéis saber quién soy. En este momento se lee en vuestro rostro que lo sabéis; fácil es conocer que alguna razón poderosa tendréis para no decírmelo nunca. Vuestra familia debe conocer á la mía, y quizás á estas horas no es de mí de quien os vengáis envenenándome, sino, ¿quién sabe?, de mi madre...
Lucrecia.—¡Vuestra madre, Genaro! Quizás la veis distinta de lo que es. ¿Qué diríais si no fuese más que una mujer criminal como yo?
Genaro.—No la calumniéis. ¡Oh, no, mi madre no es una mujer como vos, doña Lucrecia! ¡Oh! la siento en mi corazón y la sueño en mi alma tal como es; tengo su imagen aquí, nacida conmigo; no la amaría como la amo si no fuese digna de mí. El corazón de un hijo no se engaña sobre su madre. La aborrecería si pudiese parecerse á vos. Pero, no, no; hay algo en mí que me dice muy alto que mi madre no es una de esas infames culpables de incesto, de lujuria y de envenenamiento como vosotras, las hermosas mujeres de este tiempo. ¡Oh Dios! Estoy bien seguro de ello; ¡si hay bajo el cielo una mujer inocente, una mujer virtuosa, una mujer santa, es mi madre! ¡Oh! Así es ella y no de otra manera. La conocéis sin duda, doña Lucrecia, y no me desmentiréis.
Lucrecia.—¡No, á esa mujer, Genaro, á esa madre, no la conozco!
Genaro.—Pero ¿ante quién estoy hablando así? ¿Qué os importan á vos, Lucrecia Borgia, las alegrías ó los dolores de una madre? No habéis tenido hijos nunca, dicen, y debéis sentiros bien venturosa. Porque vuestros hijos, si los tuviéseis, ¿sabéis que renegarían de vos, señora? ¿Qué desdichado, bastante dejado de la mano del cielo, quisiera una madre semejante? ¡Ser hijo de Lucrecia Borgia! ¡Llamar madre á Lucrecia Borgia! ¡Oh!...
Lucrecia.—Genaro, estáis envenenado; el duque, que os cree muerto, puede llegar de un momento á otro. No debería pensar yo más que en vuestra salvación y en vuestra fuga, pero me decís cosas tan terribles, que no me queda más que permanecer ahí, petrificada, oyéndolas.
Genaro.—Señora...
Lucrecia.—Veamos; se ha de acabar. Maltratadme, agobiadme con vuestro desprecio; pero, estáis envenenado; bebed esto en seguida.
Genaro.—¿Qué debo creer yo, señora? El duque es leal; he salvado la vida á su padre. Vos, no; os he ofendido y tenéis que vengaros de mí.
Lucrecia.—¡Vengarme de ti, Genaro! Si fuera menester dar toda mi vida para añadir una hora á la tuya, derramar toda mi sangre para impedir que vertieses una lágrima, sentarme en la picota para colocarte sobre un trono, pagar con una tortura del infierno cada uno de tus menores placeres, no vacilaría yo, no murmuraría, sería feliz y besaríate los pies, Genaro. ¡Oh, no sabrás tú nunca nada de mi pobre corazón sino que está lleno de ti! Genaro, el tiempo urge, el veneno corre, de un momento á otro lo sentirás... un poco más y no será ya tiempo. La vida abre en este momento dos espacios oscuros delante de ti, pero el uno tiene menos minutos que años el otro. La elección es terrible. Deja que yo te guíe. Ten piedad de ti y de mí, Genaro. ¡Bebe pronto, en nombre del cielo!
Genaro.—Bueno; está bien. Si hay un crimen en esto, caiga sobre vuestra cabeza. Después de todo, digáis ó no verdad, no vale mi vida la pena de ser tan disputada. Dadme.
(Toma la redomilla y bebe.)
Lucrecia.—¡Salvado! Ahora es menester partir para Venecia á caballo y á escape. ¿Tienes dinero?
Genaro.—Tengo.
Lucrecia.—El duque te cree muerto. Fácil será ocultarle tu fuga. Espera; guarda ese frasco y llévalo siempre encima. En tiempos como los que vivimos, el veneno figura en todos los convites. Tú, sobre todo, estás expuesto. Ahora, parte pronto. (Mostrándole la puerta secreta que entreabre.) Baja por esta escalera que comunica con uno de los patios del palacio Negroni. Fácil te será evadirte por allí. No esperes hasta mañana, no esperes la puesta de sol, no esperes una hora, ni siquiera media. Abandona á Ferrara en seguida, abandona á Ferrara como si fuese Sodoma que arde, y no vuelvas la vista atrás. ¡Adiós! espera un instante. ¡Tengo una última palabra que decirte, Genaro mío!
Genaro.—Hablad, señora.
Lucrecia.—Te digo adiós en este momento, Genaro, para no volver á verte jamás. No has de pensar ya encontrarte alguna vez en mi camino. Es la sola dicha que tendría yo en el mundo; pero sería arriesgar tu cabeza. Henos aquí separados para siempre en esta vida; ¡ay! ¡harto segura estoy también de que lo mismo estaremos separados en la otra! Genaro, ¿no me dirás una sola palabra de cariño antes de abandonarme así por una eternidad?
Genaro (bajando los ojos).—Señora...
Lucrecia.—¡Acabo de salvarte la vida, en fin!...
Genaro.—Así lo decís. Todo esto me parece lleno de tinieblas. No sé qué pensar. Ved, señora, todo puedo perdonároslo excepto una cosa.
Lucrecia.—¿Cuál?
Genaro.—Juradme por todo cuanto os es caro, por mi propia cabeza, puesto que me amáis, por la salvación eterna de mi alma, que vuestros crímenes no tienen que ver nada con las desgracias de mi madre.
Lucrecia.—Todas las palabras son formales en vos, Genaro. No puedo juraros eso.
Genaro.—¡Oh madre! ¡madre mía! He aquí la espantosa mujer que ha causado tu desgracia.
Lucrecia.—Genaro...
Genaro.—Lo habéis confesado, señora. ¡Adiós! ¡Maldita seáis!
Lucrecia.—Y tú, Genaro, ¡bendito seas!
(Sale. Lucrecia cae desvanecida en el sillón.)