QUE NADA SE SABE...
Ni esto siquiera sé, que nada sé; lo conjeturo, sin embargo, de mí y de los demás.
Sea esta proposición mi bandera; ésta se debe seguir: Nada se sabe.
Si supiere probarla, concluiría con razón que nada se sabe; si no supiere, mejor todavía, pues tal es lo que afirmo.
Pero dirás: si sabes probarla, seguiráse lo contrario, pues ya sabes algo.
Pero yo concluí lo contrario primero que tú arguyeras.
Ya se comienza a enredar la cosa; de esto mismo ya se sigue que nada se sabe.
Tal vez no me entendiste y me llamas ignorante y caviloso.
Dijiste verdad. Pero yo mejor que tú, porque no entendiste.
Ambos, pues, ignorantes.
Ya, pues, sin saberlo, concluíste lo que buscaba.
Si entendiste la ambigüedad de la consecuencia, viste manifiestamente que nada se sabe; si no, piensa, distingue y desátame el nudo.
Aguza el ingenio. Prosigo.
Traigamos la cosa por su nombre. Pues para mí toda definición es nominal y casi toda cuestión lo es.
Voy a explicarme.
No podemos conocer las naturalezas de las cosas; al menos yo; si dices que tú sí, no lo disputaré; pero es falso. ¿Por qué tú y no yo? De ahí, que nada sabemos.
Y si no las conocemos, ¿cómo demostrarlas? De ninguna manera.[3]
Tú, no obstante, dices que es definición la que demuestra la naturaleza de la cosa. Dame una. No la tienes. Concluyo, pues...
Además, ¿cómo ponemos nombres a las cosas que no conocemos? No lo concibo. Los hay, sin embargo.
De ahí, duda perpetua acerca de los nombres y mucha confusión y falacia en las palabras, y tal vez en todo esto que acabo de decir. Concluye tú...
Dices que tú defines esta cosa que es el hombre con esta definición: animal racional mortal. Niego. Pues dudo nuevamente de la palabra animal, de la racional y de la otra.
Definirás todavía estas cosas por los géneros y las diferencias superiores, según les llamas, hasta llegar al ente. Preguntaré lo mismo de cada uno de los nombres y, finalmente, del último: ente. Ya sé menos.[4]
Dirás, sin embargo, que al fin se ha de cesar en las preguntas. Esto no resuelve la dificultad ni satisface a la mente. Declaras, forzado, la ignorancia. Me alegro. Procedo, pues, en consecuencia.
Una sola cosa es el hombre; pero la señalas, no obstante, con muchos nombres: ente, substancia, cuerpo, viviente, animal, hombre y, finalmente, Sócrates. ¿No son, todas éstas, palabras? Ciertamente. Si significan lo mismo, son superfluas; si nuevas cosas, no significan una sola: el hombre.
Dices que consideras muchas cosas en el mismo hombre, a cada una de las cuales atribuyes nombres propios. Haces la cuestión más dudosa. No entiendes a todo el hombre, que es algo magno, craso y perceptible por el sentido, y lo divides en tan pequeñas partes, que escapan al sentido, el más seguro de todos los jueces, para indagarlas con la razón falaz y oscura. Obras mal, me engañas, y te engañas más a ti mismo.
Pregunto: ¿qué llamas en el hombre animal, viviente, cuerpo, substancia, ente? Lo ignoras como antes. Y yo también. Y esto quería. Lo diré, sin embargo, más abajo.
Pregunto después: ¿qué significa este nombre cualidad, qué naturaleza, qué ánima, qué vida? Dirás: esto. Lo negaré fácilmente, pues puede ser otra cosa. Pruébalo. Recurres a Aristóteles. Yo a Cicerón, cuyo es el oficio de mostrar las significaciones de las palabras.
Dirás que no habló con tanta propiedad Cicerón ni con tanta exquisitez. Yo replicaré lo contrario, pues Cicerón ejercía este arte, no Aristóteles. Si quieres más, traeré otros cultivadores de la lengua latina o de la griega, pues es lo mismo. No hay entre ellos concordia alguna, ninguna certidumbre, ninguna estabilidad, ningunos límites. Cada cual fuerza las palabras a su antojo, las desencaja aquí y allí las acomoda a su placer. De ahí tantos tropos, tantas figuras, tantas reglas, tanta confusión, de todo lo cual se compone la Gramática.
Y ¿qué no pervierten la Retórica y la Poética? ¿De qué modos no abusan? Todos ellos ejercitan sólo la inútil locuacidad.
Así también la Dialéctica o Lógica, aunque de diversa suerte; pues dispone en orden las palabras, las prepara al combate y les prohibe que peleen separadas, en vez de unidas; dicta leyes, cohibe, consiente, apremia. Finalmente, son parecidas la Dialéctica y la Lógica a aquellos que fingen batallas y campamentos en los juegos y espectáculos públicos, en los cuales se requiere más decoro que fuerza; muy al contrario acontece a los que se preparan seriamente para la guerra, a los cuales más conviene la fuerza que la hermosura.
Y, para todos, son las palabras soldados locuaces. ¿A cuál de ellas creerás más? Es dudoso. Cada una quiere ser creída. No basta esto. Las significaciones de las palabras parece que dependen principal o totalmente del vulgo, y, por tanto, a él se han de preguntar; pues ¿quién nos enseñó a hablar sino el vulgo?
Por esta razón, casi todos los que hasta el momento presente escribieron tomaron por fundamento de disputa lo que más frecuentemente está en boca de los hombres, como aquello: «Entonces decimos que sabemos algo cuando conocemos sus causas y principios», y aquello otro: «Hase de aceptar aquí aquel principio aprobado por el consentimiento de todos, que todos los hombres entonces se juzgan firmes», etc.
Mas ¿hay en el vulgo alguna certidumbre y estabilidad? Ninguna. ¿Cómo, pues, habrá alguna vez reposo en las palabras?
Ya no hay dónde te refugies.
Dirás tal vez que se ha de buscar qué significación usó el que primero impuso el nombre. Búscalo, pues. No lo hallarás.
Pero ya es bastante.
¿Es o no es todo, manifiestamente, cuestión de nombres? A mí me parece que lo probé. Si lo niegas continuarás la prueba de la cuestión principal. Pero luego se probará mejor.