Comedor en la Pardina.
EL CONDE, NELL, DOLLY, EL CURA, EL MÉDICO, sentados a la mesa; VENANCIO y GREGORIA, que les sirven.
La cena toca a su fin. El Conde, en el sitial, a la cabecera de la mesa, tiene a su derecha a Nell; enfrente el Cura, teniendo a su derecha a Dolly. Entre las dos parejas el Médico.
EL CONDE
¿Qué secretos son esos, pastor Curiambro? Toda la noche picoteando con Dolly.
EL CURA, riendo.
¡Ah! son cosas nuestras. La señorita Dolly es muy simpática y ocurrente. Yo celebro infinito que el señor D. Rodrigo haya alterado esta noche la colocación de costumbre, y me haya cedido a una de sus nietas...
EL CONDE
Por variar. Cuando están las dos a mi lado me aturden.
EL CURA
A mí esta me encanta... ¡Qué pico, qué sal!
DOLLY
Como está tan desganadito, no sé cuántas cosas tengo que decirle para hacerle comer.
EL CURA, riendo.
¡Si es ella la que no come, y tengo que partirle la comida en pedacitos, y dárselos envueltos en un poco de sermón para que no me desaire!
DOLLY
Yo me como el sermón y él los pedacitos. Cada uno lo que más le aprovecha.
EL CURA, riendo más fuerte.
¿Te gustan mis sermones?
DOLLY
Si, padre; quiero enflaquecer. (Todos ríen.)
EL CONDE, deseando volver a un tema interrumpido.
Cuando acabes de reír las gracias de Dolly, continuaremos lo que hablábamos de los monjes de Zaratán, y del Prior...
EL CURA, tragando a prisa para poder hablar.
¡Ah! sí... ahora voy...
EL CONDE, al Médico.
¿Decís que el Prior desea verme?
EL MÉDICO
Sí, señor... quiere ofrecer sus respetos a D. Rodrigo de Arista-Potestad, cuyos antecesores fundaron aquel insigne Monasterio.
EL CONDE
Y lo dotaron espléndidamente. Después vinieron años malos, la exclaustración. Siendo yo niño vi frailes en Zaratán. Desde aquel tiempo hasta hace poco, ha permanecido el edificio como un panteón en ruinas.
EL CURA
Hasta que el Conde de Laín, Diputado por Durante, gestionó que se incluyera una partida para restauración, y que volvieran los monjes...
EL MÉDICO
No ha tenido poca parte en la resurrección del Monasterio el actual Prior, hombre de gran virtud, de una actividad asombrosa, conocedor del mundo...
EL CURA
Como que es de la escuela romana... hombre de mucha sociedad, instruidísimo. Treinta y tantos años ha estado en las oficinas De Propaganda Fide.
EL CONDE
¿Y cómo se llama ese sujeto?
EL MÉDICO
Padre Baldomero Maroto...
EL CONDE, festivo.
Baldomero... Maroto... Pues debiera llamarse con más propiedad El abrazo de Vergara.
EL CURA
Eso dice él... y se ríe... Su nombre y apellido no carecen de simbolismo, porque el hombre es el puro espíritu de la conciliación...
EL MÉDICO
Enlace entre las ideas que pasaron y las vigentes, siempre dentro del dogma...
EL CURA, con énfasis en el elogio.
Y por su trato se diría que ha pasado la vida entre aristócratas... ¡Que finura, qué tacto y delicadeza en la conversación!
EL MÉDICO
He oído que procede de una gran familia.
EL CONDE
¿Es navarro quizás?
EL CURA
No, señor, malagueño... Es punto muy fuerte en heráldica, y cuando se pone a hablar de linajes no acaba. Conoce el Becerro como nadie.
EL CONDE
¡Ah!... pues sí, me gustaría charlar con él.
NELL, bajito al Conde.
Abuelito, ¿qué Becerro es ese?
EL CONDE
Un libro... ya te lo explicaré.
DOLLY, por lo bajo al Cura.
D. Carmelo, ¿qué es el Becerro?
EL CURA
Ya te lo diré.
NELL, a Dolly.
Un libro. Debe de ser como un Diccionario.
EL CURA, encomiástico.
¡Ah! lo que tiene usted que ver, Sr. D. Rodrigo, es el Monasterio.
EL MÉDICO
Han hecho maravillas, en el año y medio escaso que llevan en él.
EL CONDE
Yo lo he conocido habitado por los lagartos.
EL MÉDICO
Pues ahora... ¡qué amplitud, qué comodidad! Luz y ambiente por los cuatro costados. No hay en toda la provincia lugar más higiénico.
EL CONDE
¿De veras...?
EL CURA
Resguardado de los vientos del Norte por el monte de Verola, disfruta de un temple meridional.
EL MÉDICO
Y la huerta, que propiamente es un extenso parque, rodeado de tapias, mide ochenta hectáreas.
EL CURA, hiperbólico.
¡Oh! allí verá usted toda clase de cultivos, desde el naranjo al almendro.
EL MÉDICO
Son agrónomos de primera... Además, tienen vacas holandesas, faisanes, un palomar con más de quinientos pares, gallinas de famosas razas, colmenas... estanques con riquísimas carpas... y qué sé yo...
EL CONDE, con donaire.
Convengamos, amigos míos, en que esos pobres frailecitos se dan una vida de perros.
EL MÉDICO
Ellos trabajan infatigables, eso sí, de sol a sol. Por la vida común, por la igualdad en el disfrute de los dones de la tierra, por el orden y la división del trabajo, vemos en el instituto religioso de Zaratán como un esquema de las futuras organizaciones sociológicas...
EL CURA
¡Ah, ya te lo diré yo...!
(Arde en ganas de definir el verdadero papel de la Iglesia en la vida social; pero no conviniéndole abandonar el asunto que en aquel momento se trata, aplaza discretamente el punto evangélico-sociológico. Nell y Dolly atienden con toda su alma, sin chistar, a la conversación de los mayores.)
DOLLY, muy bajito.
D. Carmelo, ¿qué es esquema?
EL CURA
Es... (Con desdén.) Cosas de estos sabios... nada.
(Las dos niñas, de un lado a otro de la mesa, con visajes y alguna palabra suelta, se entienden, y comentan lo que oyen.)
EL CONDE
Hermoso será sin duda.
EL CURA
De mí sé decir que siempre que voy a Zaratán me dan ganas de ponerme la cogulla y quedarme allí.
EL CONDE
¿Por qué no te quedas? Te convendría, créeme, entablar relaciones con el azadón.
EL CURA, suspirando.
¡Oh! sí... Pero no soy libre. Pertenezco a mis feligreses. Usted sí, Sr. D. Rodrigo; usted sí que debería ser el Carlos V de ese Yuste.
EL CONDE, vagamente, sin mirarles.
No es mala idea...
EL MÉDICO, pensando que no es pertinente manifestar el deseo ni menos el propósito de llevarle a Zaratán.
El señor Conde no gustará quizás del excesivo regalo y confort que allí tendría.
EL CURA
Seguramente no. Los monjes le tratarán con demasiado mimo, y el mimo y los agasajos excesivos pugnan con el carácter rudo y llanote del Conde de Albrit.
EL CONDE
Según y conforme, amigos míos. (Con sutil malicia.) Antes de resolver nada en este delicado punto, la primera persona con quien debo consultar es Venancio, a quien debo generosa hospitalidad... Venancio, acércate. ¿Has oído? Sí, tú todo lo oyes. ¿Qué te parece? ¿Debo ir a Zaratán?
VENANCIO. (Oportunamente aleccionado por el Médico y el Cura, contesta todo lo contrario de lo que tan ardientemente desea.)
Señor, en ninguna parte está usía como en su casa.
EL CONDE, con finísima marrullería.
Ya veis... ¡Cómo he de desairar yo a este hombre tan bueno para mí... que me hace la limosna con cristiana delicadeza!... Ea, hablemos de otra cosa.
EL CURA, contrariado de que el Conde desvíe tan bruscamente la conversación.
Pero esto no es óbice para que el señor Conde reciba al Prior...
EL MÉDICO
Ni para que le pague la visita. Iremos todos. Yo quiero que se haga cargo de la organización admirable de Zaratán.
NELL, gozosa.
¿Iremos, abuelito?
DOLLY
D. Carmelo... ¿iremos nosotras?
EL CONDE, impaciente por pasar a otro asunto.
Veremos esa maravilla... Gregoria. (Adelántase Gregoria.) Ven acá, mujer... Quiero felicitarte delante de todos por la excelente cena que nos has dado. Sin necesidad de que yo te lo advirtiera, te has esmerado esta noche, porque tenemos dos buenos amigos a nuestra mesa. Así me gusta. El régimen de sobriedad y economía se guarda, naturalmente, para cuando estamos solos las niñas y yo.
GREGORIA, azorada.
Señor...
EL CONDE, envolviendo su sátira en formas exquisitas.
Yo alabo tu arreglo, y me parece muy bien que, cuando como solo con estas, no se conozca que eres buena cocinera, ni que tu despensa está bien surtida, ni que posees vajilla elegante y manteles limpios. Decidido a dejarme educar por vosotros en la sordidez y en la miseria, que tan bien cuadran a este tristísimo fin de mi vida, os daría la satisfacción, si lo quisiérais, de comer con vosotros en la cocina... (Mutismo enojoso de Gregoria y Venancio. Este traga saliva muy amarga. El Cura y el Médico no saben qué decir.) Yo te felicito una y otra vez, porque distingues, con claro talento, entre mi persona humilde y la de mis amigos. Nos debemos a la sociedad. (Gregoria recoge las migajas y el servicio del postre sin decir una palabra. La procesión va por dentro. Venancio se retira.) Y estoy bien seguro, porque te conozco, de que el café de esta noche será excelente, como tú sabes hacerlo cuando no estamos en familia, en la santa llaneza a que os obligan vuestros escasos recursos...
GREGORIA, tragándose la ira.
El Sr. Angulo toma té, ¿verdad?
EL MÉDICO
Sí: el café me desvela.
EL CURA
A mí, no: venga café.
DOLLY
Lo serviremos nosotras.
NELL, levantándose.
Ponlo en aquella mesita.
GREGORIA, poniendo el servicio donde se le indica.
Aquí está.
(El Cura saca su petaca, y da un cigarro al Conde. Ambos encienden. El Médico no fuma.)
EL CONDE
Chiquillas, servidnos ya.
NELL, vivamente.
Yo le sirvo al abuelo.
DOLLY
Le sirvo yo.
NELL
Yo...
DOLLY
A mí me corresponde.
NELL
¿A ti, por qué?
DOLLY
Porque no me senté a su lado. De algún modo se ha de compensar...
NELL
No me conformo. (Disputan con cierto calor sobre cuál servirá al abuelo.)
EL CURA
Vaya, no reñir, niñas. ¿Qué más da?
DOLLY, testaruda.
Sí da.
EL MÉDICO
Pues que lo echen a la suerte.
NELL
Eso es: dos pajitas.
EL CURA
Vaya... A la suerte. (Coge rabillos de guindas que han quedado en la mesa.) Una pajita grande y otra chica. (Las prepara y las da al Conde.) En manos del león de Albrit está la suerte.
EL CONDE
Sea. Chiquillas, venid, y aquí tenéis la solución de vuestro destino.
(Van las niñas, y de los dedos del abuelo cada una saca un palito.)
NELL, con alegría.
Yo gané. (Muestra la pajita grande.)
DOLLY, retirándose corrida.
Ha habido trampa.
NELL
¿Qué?
DOLLY, con ligereza, sin saber lo que dice.
El abuelo ha hecho trampa.
EL CONDE
¡Que yo hago trampas!
DOLLY
Porque no me quiere.
EL CONDE, meditabundo, hablando solo.
¡Qué innoble! No hay duda, es la falsa, la mala, la intrusa.
(Las niñas llenan las tazas.)
EL CURA
¡Si os quiere a las dos! Dolly, no te enfades.
DOLLY
Yo no me enfado. (Se ríe.)
EL CONDE, para sí.
¡Se ríe... qué descarada... después de ofenderme!
NELL, llevando al abuelo su taza.
Abuelo... ahí lo tienes como te gusta, amarguito.
EL CURA
Dolly me sirve a mí. Ya sabes: pónmelo dulzacho.
DOLLY
Ahí va. Ahora el té para el doctor.
EL CONDE, para sí.
¡Y aún se ríe!... Carece de delicadeza... No le hacen mella los desaires. Epidermis moral muy gruesa... extracción villana. (Alto.) ¿Qué tal os sirve la pintora?
EL CURA
Divinamente.
EL CONDE
Siempre juguetona y atropellada.
EL MÉDICO
Señor Conde, un poquito de ron. (Ofreciéndole de una botella que acaba de traer Gregoria.) Es riquísimo; le probará bien.
EL CONDE
No me sientan bien los alcoholes. Pero si te empeñas... Y parece muy bueno. (Catándolo.) ¡Qué guardadito lo tenías, Gregoria! Así se hace: estas cosas ricas para las ocasiones.
EL CURA, después de servirse ron.
Ahora, chicuelas, un poquito para vosotras.
NELL, retirando su copa.
No, no... ¡qué asco!
DOLLY
Yo, sí... póngame media copa, D. Carmelo.
EL CURA, riendo.
Te emborrachas unas miajas, y a la camita.
EL CONDE, para sí, mirándola beber.
¡También eso!... ¡Qué ordinaria! ¡Buena diferencia de esta mía, que en todo revela su origen noble!... (Bebe de un trago, y al instante siente desvanecimiento en su cabeza.)
EL MÉDICO, observando que cierra los ojos, y articula palabras ininteligibles.
¿Qué... qué es eso?
EL CONDE
Nada... se me va un poco la cabeza... Ya te dije... los alcohólicos... (Se confunden sus ideas; aléjase la realidad; ve a los comensales y a sus nietas como sombras esfuminadas, y oye sus voces como un murmullo distante de hojas secas que arrastra el viento.)
EL CURA
Parece que se aletarga.
EL MÉDICO, sacudiéndole suavemente el brazo.
Sr. D. Rodrigo...
NELL
Está fatigado. (Llamándole.) ¡Abuelito!
EL CONDE, volviendo en sí, y pasándose la mano por los ojos.
Lo he soñado.
DOLLY
¡Pero si no has tenido tiempo de soñar nada! Ha sido un instante.
EL MÉDICO
Medio minuto.
EL CONDE, mirando detenidamente a todos.
Lo he soñado... ¡Qué imitación tan perfecta de la realidad!
DOLLY, asustada.
¿Qué dices?
EL CONDE
Le he visto... como ahora te veo a ti.
NELL
¿A quién?
EL CONDE
A tu padre... Entró por aquella puerta. No le veíais, yo sí... Acercose a la mesa, y se sentó junto a Dolly... sin decir nada... A mí solo miraba. (Vuelve a pasarse la mano por los ojos. Dolly, medrosa, no acierta a pronunciar palabra alguna. Venancio y Gregoria espían desde la puerta.)
NELL, abrazándole.
Papaíto, debes retirarte... Estás rendido.
EL CURA
Sí, sí: a la cama.
EL MÉDICO
Vamos. (Dispuesto a llevársele, le coge del brazo.) Sr. D. Rodrigo, a dormir.
EL CONDE, levantándose con dificultad, ayudado de Nell y de Angulo.
No tengo sueño ya... Pero, pues tú lo quieres, Nell, vamos... Tú mandas, hija mía...
NELL
Señores, mi abuelito les pide permiso para retirarse.
EL CURA
Sin cumplidos... ¡No faltaba más!
EL MÉDICO, viendo que el Conde suelta su brazo.
¿No quiere que le acompañe a su dormitorio?
EL CONDE
No es preciso. Gracias, querido Salvador. Estoy bien... muy bien. Carmelo, buenas noches.
DOLLY, despidiéndose del Cura y del Médico.
Buenas noches. (Va tras de su abuelo, que, apoyado en Nell, avanza lentamente hacia la puerta.)
EL CONDE, volviéndose hacia ella bruscamente.
No vengas. (Con displicencia.) Acompaña a estos señores. Aprende a ser cortés. (Pausa.)
(Retíranse despacio el Conde y Nell. Dolly vuelve al centro de la estancia, se sienta, apoya en la mesa los codos, la cara en las palmas de las manos.)
EL CURA
¿Qué tienes, chiquilla?
EL MÉDICO
También la marea el ron.
DOLLY, sollozando.
El... abuelo... no me quiere.
Dormitorio del Conde. Es de noche. Una lamparilla de aceite, puesta en una rinconera, alumbra la estancia; la luz es chiquita, tímida, llorona, un punto de claridad que vagamente dibuja y pinta de tristeza los muebles viejos, las luengas y lúgubres cortinas del lecho y del balcón. Profundo silencio, que permite oír el mugido lejano del mar como los fabordones de un órgano. El viento, a ratos, gime, rascándose en los ángulos robustos de la casa.
EL CONDE, solo. (Después de un sueño breve y profundo, se viste precipitadamente, y se sienta en el borde de la cama.)
Bien despierto estoy, no puedo dudarlo... En vela, paréceme que duermo; dormido, veo y toco la realidad. ¿Qué es esto? Tan cierto como esa es luz, yo vi a Rafael entrar en el comedor, acercarse a la pequeña y... La primera vez no hizo más que mirarme... movimiento, ninguno: no tenía brazos. La segunda vez, Rafael tenía brazo derecho y mano... nada más que un brazo y una mano. No sé qué arma era la que llevaba. Solo sé que así, así... de un golpe, mató a Dolly. La pobre niña no dijo ¡ay! Murió calladita y risueña... como un ángel, cumpliendo la ley del destino, que ordena que las hijas paguen las culpas de las madres... (Tratando de despejarse, da algunos pasos.) Sueño ha sido; mas no debemos despreciar los sueños como obra caprichosa de los sentidos, ni creer que estos, al dormirnos, se sueltan, se embriagan, se dan a la imitación burlesca y desenfrenada de los actos normales dictados por el juicio... No, no son los sueños un Carnaval en nuestro cerebro. Es que... bien claro lo veo ahora... es que el mundo espiritual, invisible, que en derredor nuestro vive y se extiende, posee la razón y la verdad, y por medio de imágenes, por medio de proyecciones de lo de allá sobre lo de acá, nos enseña, nos advierte lo que debemos hacer... (Se pasea vacilante, sin guardar la línea recta en sus idas y venidas.) ¡Cómo suena esta noche la mar! ¡Y yo, durmiendo, creía que ese bum-bum eran mis ronquidos!... ¡Y es el mar el que ronca! (Detiénese a escuchar.) ¡Qué silencio en la casa! Todos duermen: las niñas también, ignorantes de que urge expulsar a la intrusa. Ley de justicia es. No he inventado yo el honor, no he inventado la verdad. De Dios viene todo eso; de Dios viene también la muerte, fácil solución de los conflictos graves. Tiene razón Laín: el que usurpa, debe morir, debe ser separado... Rafael y yo separamos, apartamos lo que por fraude se ha introducido en el santuario de nuestra familia. (Coge maquinalmente su palo, por costumbre de andar con él.) Esto es más claro que la luz. Siempre lo has dicho, Albrit; siempre lo has dicho. La causa de que las sociedades estén tan podridas, la causa de que todo se desmorone es la bastardía infame... el injerto de la mentira en la verdad, de la villanía en la nobleza... Tú lo has dicho, Albrit; tú debes sostenerlo, Albrit...
(Sale de su cuarto cautelosamente, y tentando las paredes avanza por un largo pasillo. La claridad de la luna le permite llegar sin tropiezos insuperables basta una puerta, por cuyos resquicios se filtra luz. Es el cuarto donde duermen Nell y Dolly. Aproxímase, procurando evitar todo ruido, y aplica el oído a la cerradura.)
No duermen... Parece que rezan. Oigo confusas sus dos voces, que no son más que una. (Con súbita emoción afectiva.) ¡Oh, Dios! ¡Si me parece que las amo a las dos; que no puedo separarlas en mi amor; que la falsa se agarra a la verdadera y se hace con ella una sola persona...! Esto no puede ser; esto es una cobardía... Albrit, mira quién eres: la justicia, la verdad están en tu mano... ¡Oh! ahora distingo mejor las voces... (Poniendo toda su alma en el oído.) No, no hay cántico de ángeles que iguale a sus vocecitas... No rezan; ahora hablan. Nell parece que quiere consolar a Dolly... Oigo mi nombre... «el abuelo...» Dolly solloza... sin duda se aflige porque la reñí, porque le manifesté despego, diciéndole que no viniera conmigo, como de costumbre. (Con desesperación muda.) ¡Señor, Señor, haz que las dos sean legítimas!... Pero ni Dios, con todo su poder, puede impedir que Dolly sea falsa... La denuncia su carácter villano... es el contrabando infame introducido en mi casa por esa ladrona de mi honor... (Asaltado de una idea terrible, se clava en el cráneo las uñas de la mano derecha.) ¡Y si las dos son falsas, si las dos son...! (Pone la mano en la puerta, con intención de abrirla suavemente. Espantado de sí mismo, se aleja.) No, no, Albrit; tú no puedes, no sabes... no sirves para la ejecución de estas obras crueles, por más que sean justas... (Volviendo a la puerta.) ¿Y de qué modo se amputa y arroja la maleza, si una ley torpe, inicua, ampara el fraude? (Nueva indecisión. Su voluntad, turbada, gira rápidamente a impulsos de un huracán.) ¡Pobrecitas, se asustarán si entro tan a deshora!... Y Nell me dirá... de seguro me lo dirá... «Abuelo, no mates a Dolly.» Tú lo has dicho también, Albrit; tú lo has dicho: «Todo ser humano que tiene vida debe vivir.» Dios se la dio... nosotros no debemos quitársela... (Se aleja pausadamente.) Hasta podría ser... sí... podría suceder que la espúrea, que es Dolly, fuera buena... buena y espúrea, ¡qué sarcasmo!... ¡Así anda el mundo, así anda la justicia!... Pero de eso no tenemos culpa los pobres mortales: es el de arriba quien tiene la culpa, el que permite la rareza extravagante de que salga buena la falsa... (Avanza. En mitad del pasillo es sorprendido por Venancio.)
EL CONDE, VENANCIO; después GREGORIA y CRIADOS
VENANCIO, con malos modos.
¿Por qué está levantado el señor Conde?
EL CONDE, arrogante.
Porque quiero... ¿Quién eres tú para interrogarme en esa forma descortés?
VENANCIO
Nada tiene que hacer usía a estas horas en los pasillos obscuros, rondando como alma en pena.
EL CONDE
Si tengo o no tengo que hacer, eso no es cuenta tuya.
VENANCIO, con autoridad.
Entre usía en su alcoba.
EL CONDE
¡Lacayo!... ¿te atreves a mandarme?
VENANCIO
Me atrevo a guardar el orden en mi casa, y a no permitir...
EL CONDE, furioso.
Vil... vete de mi presencia.
VENANCIO
Estoy en mi casa.
EL CONDE, que devora su ira, apretando los dientes y los puños.
¡En tu casa, sí!... Pero eso no es razón para que te insolentes con tu señor.
VENANCIO
No hay señor que valga. A mí solo me manda una persona, la señora Condesa de Laín.
EL CONDE, con intenso coraje reconcentrado.
Es cierto... Eres un villano que dice la verdad... y yo estoy aquí de limosna... Pues bien: quiero mandar un recado a tu ama, dignísima reina de tal vasallo.
VENANCIO
¿Qué?
EL CONDE
Un mensaje de gratitud... (Con rápida acción enarbola el palo, y con la fuerza que le imprime su insensata cólera, lo descarga sobre la cabeza de Venancio, sin darle tiempo a esquivar el golpe. Es palo de ciego, palo nocturno. Formidable acierto.) Toma... De mi parte.
VENANCIO
¡Ay!... ¡Maldito viejo!
GREGORIA, que acude en paños menores; tras ella, dos criados con un farol.
¡Sujetarle!... Ese hombre está loco.
EL CONDE, cuadrándose fiero.
¡Villanos, al que se atreva a poner la mano en el león de Albrit, al que manche estas canas, al que toque estos huesos, le mato, le tiendo a mis pies, le despedazo!
(Inmóviles y mudos, no se atreven a llegar a él. Dirígese Albrit impávido a su estancia, y penetra en ella sin mirarles.)
VENANCIO, mientras se restaña con un pañuelo la herida, de que brota sangre.
¡Encerrarle, encerrarle!
(Un criado da vuelta a la llave y la quita.)
FIN DE LA JORNADA TERCERA